Los primeros comunistas en España (Víctor Alba, 1973)

Se reproducen a continuación una nota del autor y los capítulos primero y segundo del libro de Víctor Alba Historia del BOC y del POUM. El marxismo en España 1919-1939 (B. Costa Amic editor, México, 1973). Edición digital de la Fundación Andreu Nin de 2002, autorizada por el autor.

Nota del autor

En España no ha habido apenas marxistas. Los socialistas españoles se acercaban más, ideológicamente, a las concepciones del laborismo británico que al marxismo. Los comunistas –cuya fuerza era mínima antes de 1936- adoptaban el vocabulario marxista tal como lo emplearan Lenin y Stalin, pero sus líneas políticas dependían de los intereses de Moscú. El anarquismo y el anarcosindicalismo, muy poderosos, impidieron, durante años, la penetración del marxismo en la zona neurálgica del movimiento obrero español, Cataluña.
Hubo, sin embargo, un partido que se consideraba marxista, que propagó y aplicó el marxismo en su política y en su interpretación de la realidad española hasta lograr darle influencia en amplios sectores del proletariado catalán, y ganar simpatizantes en el resto de España: este partido, que adoptó sucesivamente los nombres de Bloque Obrero y Campesino (BOC) y de Partido Obrero de Unificación Marxista (POUM), desempeñó un papel de catalizador ideológico, antes y durante la guerra civil, pero no había adquirido suficiente desarrollo para influir decisivamente, de modo directo, en los acontecimientos. Sin embargo, no era como uno de los “grupúsculos” al uso actualmente en todo el mundo, sino que dirigía sindicatos y organizaciones culturales obreras y actuaba como un partido político en constante crecimiento.
La historia de cómo se formó este partido, partiendo de la Tercera Internacional, y de cómo fue perseguido, hasta la eliminación física, por los representantes de la misma Tercera Internacional, constituye un episodio importante y muy aleccionador, de la historia del movimiento obrero español. Y como la guerra civil española influyó considerablemente en el movimiento obrero mundial de la época, puede considerársele, sin exageración, como un factor importante del movimiento obrero mundial, además de ser el único ejemplo de actuación marxista en España.
El Bloque y el POUM se adelantaron en varios años a la comprensión del estalinismo y en varias décadas a la interpretación actualmente más aceptada de la realidad española. En este sentido, su historia es útil. Por otro lado, los militantes del Bloque y del POUM mostraron un sentido político y una tenacidad -a veces hasta el heroísmo-, en sus convicciones, que bien merecen pasar a la historia escrita del movimiento obrero.
El Bloque y el POUM contaban con elementos bien preparados para escribir esta historia. Pero el tráfago de la actividad diaria, acaso la tentación de justificar posturas pasadas, y la dispersión de la documentación hicieron que nadie emprendiera esta tarea. La comienzo ahora con la convicción de que será provechosa como lección histórica, y de que puedo llevarla a cabo con la mezcla adecuada de pasión -puesto que fui miembro del Bloque y del POUM- y de objetividad -puesto que nunca ocupé cargos dirigentes y no tengo, por tanto, que justificar nada-. Los acontecimientos en los que el Bloque y el POUM intervinieron no pueden comprenderse fuera de su contexto emotivo; la atmósfera del momento es, acaso, tan importante como los documentos. Los historiadores del futuro sólo contarán con los documentos. Yo quiero proporcionarles, en lo posible, el clima político y social.
Por lo demás, los documentos no abundan. Los archivos del Bloque y del POUM (nunca bien organizados, como suele ocurrir en las organizaciones obreras españolas), deben estar en Moscú, por las razones que se explicarán. Los que se hallan desperdigados por el mundo o en España bastan, sin embargo, para apoyar las afirmaciones fundamentales de esta historia. Las citas que en ella se encontrarán son extensas, precisamente porque la dificultad de consultar esos documentos me ha aconsejado reproducirlos con cierto detalle. Para escribir esta historia me he basado no sólo en documentos, sino, en gran medida, en recuerdos personales y en entrevistas con miembros del Bloque y del POUM, lo mismo militantes que dirigentes. A todos ellos, y especialmente a Ignacio Iglesias, Juan Roca, Manuel Grossi, Wilebaldo Solano y Pere Bonet, quiero darles las gracias. El libro debería estar dedicado a los que murieron en las calles de Barcelona, en el frente, en manos de los comunistas oficiales o ante un piquete de ejecución. Porque ellos, tanto como los teorizantes y dirigentes, hicieron del POUM lo que fue y lo que sigue siendo en el recuerdo de muchos.
Kent, Ohio, 1971
Barcelona, 1973

Capítulo 1. Los primeros comunistas

Barcelona, capital de Cataluña, ha sido también la capital del movimiento obrero español. En ella se fundaron, a finales del siglo XIX, las primeras agrupaciones anarquistas, y las dos grandes centrales sindicales del país.
España tenía una burguesía tímida, que iba a remolque de las fuerzas feudales (grandes terratenientes, Iglesia, Ejército), pero la clase obrera era muy combativa, a pesar de su escasez numérica. La periferia de la Península fue el lugar donde la burguesía adquirió más desarrollo, y por tanto, también el movimiento obrero: Asturias con sus minas de carbón, el País Vasco con su siderurgia, Cataluña con su industria textil, Valencia con su industria ligera y siderúrgica. La burguesía, ya en el siglo XVIII, bajo el despotismo ilustrado de Carlos III, quiso llegar al poder, pero la revolución francesa la asustó. Luego, estuvo aliado de los liberales durante el siglo XIX, en sus luchas contra los conservadores. En 1868, la burguesía destronó a Isabel II y en 1873 estableció una república que sólo duró once meses. Pero cada vez que la burguesía, apoyada por la clase obrera, se acercaba al poder, acababa atemorizada por la presión obrera y aliándose con las fuerzas que la víspera quiso destruir. El mismo juego continuó en el siglo actual: en 1909, cuando abandonó a los obreros en la Semana Trágica de Barcelona; en 1917, cuando estuvo a punto de derrocar a la monarquía. En 1923, asustada por el auge del movimiento sindicalista, apoyó a la dictadura del general Miguel Primo de Rivera, pero lo abandonó en 1930, cuando no pudo superar las repercusiones de la crisis económica mundial. Se puso al lado de la República, cuando ésta se proclamó en abril de 1931, pero apoyó a las derechas en 1933, de nuevo temerosa del empuje del movimiento obrero.
España tuvo sociedades obreras ya en 1840, y en 1855 se declaró la primera huelga general -precisamente en Barcelona-. La Primera Internacional (AIT) encontró buena acogida entre obreros y artesanos, fue perseguida por los gobiernos y defendida por los republicanos. En 1868 se creó el primer núcleo de la AIT, en la cual pronto predominaron los partidarios de Bakunin sobre los de Marx. En 1878 se fundo el PSOE (Partido Socialista Obrero Español), que en 1888 estableció su propia central sindical, la UGT (Unión General de Trabajadores). Los anarquistas habían organizado ya su Federación de Trabajadores de la Región Española, que en 1910 se transformó en CNT (Confederación Nacional del Trabajo). Los socialistas eran fuertes en Madrid y el Norte y los anarquistas en Cataluña, Levante y entre los peones del campo andaluz.
La represión gubernamental se ejerció sobre todo contra los anarquistas que en diversas ocasiones organizaron atentados contra el rey Alfonso XIII y políticos y generales destacados, y que fueron los elementos principales en algunas insurrecciones (como la ya citada Semana Trágica de Barcelona). La lucha entre la tendencia autoritaria y la antiautoritaria fue interrumpida algunas veces por alianzas circunstanciales, como cuando en 1917 una huelga general revolucionaria puso en un brete al régimen monárquico.
El movimiento obrero se desarrolla en una sociedad caracterizada por graves problemas que era incapaz de solucionar: el de la gran propiedad de la tierra, en manos de la aristocracia; y el del predominio de la iglesia en la vida cultural y educativa; el de la tradición de golpes militares y de intervencionismo político del ejército, heredada del siglo XIX, y de la existencia en la Península, bajo el Estado español, de distintas nacionalidades (vasca, catalana, gallega) en las cuales persistían una tradición histórica y cultural y una lengua propias; este último problema se agravaba por el hecho de que dos de las nacionalidades eran los centros industriales más poderosos del país.
Los socialistas veían en la proclamación de la república una panacea que debía hacer desparecer estos problemas; los anarquistas veían la panacea en el establecimiento de una sociedad de comunidades federadas. Pero estos objetivos eran demasiado vagos para ofrecer soluciones viables a problemas muy concretos e inmediatos. Cuando terminó la primera guerra mundial (durante la cual España había mantenido una posición de neutralidad), era evidente que el movimiento obrero necesitaba renovarse y salir de los programas generales para enfrentarse a las cuestiones españolas del momento.
A los ojos de muchos, las condiciones sociales del país semejaban las de la Rusia zarista. Por esto la revolución rusa despertó mucha simpatía entre los socialistas y los anarquistas, que creían que en España sería posible hacer una revolución comparable a la rusa.
Aunque León Trotsky pasó por Madrid en 1916 y sufrió una detención de tres días -que se terminó gracias a una interpelación parlamentaria socialista-, no ejerció ninguna influencia en los socialistas que lo acogieron. En cambio, la idea del soviet, por la espontaneidad de su organización, provocó el interés de los anarquistas.
En el segundo congreso de la CNT (Madrid, diciembre de 1919) estaban representados 100.000 obreros. Los delegados afirmaron que la CNT era partidaria de instaurar un régimen comunista libertario, pero al mismo tiempo “se sugestionaron por la revolución rusa, al punto de ver en ella la revolución soñada por ellos. Para muchos de nosotros -agrega el anarquista que escribió estas frases-, el bolchevique era un semidiós, portador de la libertad y de la felicidad comunes… ¿Quién, en España, siendo anarquista, desdeñó motejarse a sí mismo de bolchevique?” (1). Pocos realmente. Uno de estos pocos, el asturiano Eleuterio Quintanilla, se opuso en el Congreso a la idea de que la CNT se adhiriera a la Internacional Comunista, entonces en periodo de organización, porque decía: “la revolución rusa no encarna nuestros ideales… Su dirección y orientación no corresponden a las intervenciones de los trabajadores, sino de los partidos políticos”. No bastaron los que lo apoyaron para impedir que el congreso decidiera adherir provisionalmente a la Tercera Internacional, y enviar a Rusia una delegación de tres miembros, de las cuales sólo pudo llegar Ángel Pestaña, recibido en Moscú por Víctor Serge, amigo suyo de la época en que el escritor ruso estuvo en Barcelona.
Pestaña fue elegido miembro del Comité del Segundo Congreso de la Internacional. Su oposición a la fundación de partidos comunistas le valió una réplica dura de Trotsky. Pestaña se abstuvo de votar las 21 condiciones que Lenin sugirió como requisito para la admisión en la Internacional, pero firmó el manifiesto de convocatoria de un congreso para constituir la Profintern o Internacional Sindical Roja. De regreso, fue detenido en Italia, y por esto no pudo informar inmediatamente a la CNT acerca de sus impresiones rusas, que luego expuso en el libro “Sesenta días en Rusia”.

Entre tanto, se había planteado en el PSOE, como en casi todos los partidos socialistas del mundo, la cuestión de la adhesión a la Tercera Internacional. El PSOE contaba con 30.000 afiliados, de los cuales 2.000 en las Juventudes; en éstas la posición procomunista era muy fuerte, apoyada por diversos miembros de la Comisión Ejecutiva del Partido que publicaban el semanario “La Internacional”. A finales de 1919 se puso en contacto con este grupo el ruso Mikhail Borodin, enviado por Moscú, que llegaba de los Estados Unidos y México y que luego sería consejero de Chiang-Kai-Chek. No entró en contacto con la CNT y después de entrevistarse con diversos socialistas, continuó el viaje, dejando como delegado suyo a un mejicano que lo acompañaba, Manuel Ramírez.
En diciembre de 1919 un congreso extraordinario del PSOE acordó expresar su simpatía por la revolución rusa, pero sin adherirse a la Internacional (12.497 votos por la adhesión y 14.010 en contra de ella). En junio de 1920, en un congreso de la UGT los partidarios de la adhesión a la Internacional solamente consiguieron 17.916 votos, en contra de 110.902 favorables a la adhesión a la Federación Sindical Internacional (o Internacional de Amsterdam).
Pero los jóvenes socialistas de Madrid consiguieron, en abril de 1920, apoderarse de la Federación de Juventudes Socialistas y le cambiaron el nombre por el de Partido Comunista. Los siguieron aproximadamente la mitad de los miembros, de modo que el nuevo partido, dirigido por el maestro de escuela Ramón Merino Gracia, tuvo un millar de afiliados.
En junio de 1920, nuevo congreso extraordinario del PSOE. Esta vez ganaron los partidarios de la adhesión a la Internacional (8.268 votos contra 5.016). Se envió a Moscú una delegación formada por Daniel Anguiano y Fernando de los Ríos. Después de escuchar los informes de esos delegados, a su regreso, un nuevo congreso del PSOE votó definitivamente contra la adhesión (8.808 en contra y 6.025 en favor), y decidió adherirse, en cambio, a la Internacional Reconstructora, organizada sin éxito por los socialistas austriacos y que Lenin llamaba la Internacional “Dos y Medio”.
Fue a De los Ríos que Lenin dio la famosa respuesta:”Libertad. ¿para qué?” (“Liberté, pour quoi faire?”). Y el catedrático socialista citó indignado esta frase al congreso de su partido. Los que en él quedaron en minoría decidieron retirarse y formar el Partido Comunista Obrero. Muchos militantes y algunos dirigentes salieron así del socialismo.
Los dos partidos comunistas (el de los jóvenes y el obrero) enviaron delegaciones al tercer congreso de la Internacional y allí, por decisión de ésta, se fusionaron en un partido único, el Partido Comunista de España. La fusión en España misma fue controlada por el abogado italiano Antonio Graziadiei, enviado por Moscú. El órgano del Partido era el semanario “La Antorcha”, publicado en Madrid. El secretario general era Rafael Millá, de los jóvenes; cuando lo detuvieron lo sustituyó Manuel Núñez Arenas, de los adultos. Entre los fundadores del Partido encontramos muchos nombres que aparecerán en este libro: José Bullejos, Oscar Pérez Solís, Juan Andrade, Luis Portela, Julián Gómez (Gorkin), etc.
El PC no consiguió mucha popularidad. En las elecciones de 1923 su candidatura por Madrid logró 2.476 votos (contra 21.417 a los socialistas).
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Pero el problema del país no era de votos. La primera guerra mundial dio a la burguesía especialmente a la catalana- la oportunidad de enriquecerse rápidamente. La clase obrera crecía no sólo en número sino también en combatividad. El republicanismo de la clase media y el catalanismo (movimiento autonomista catalán) ya no satisfacían a las masas. Varios dirigentes republicanos se acercaron al anarcosindicalismo, entre ellos los abogados Francesc Layret y Lluís Companys. Salvador Seguí y otros sindicalistas comprendieron que los sindicatos no podían encerrarse en el viejo anarquismo y descubrían las posibilidades de la política de clase.
Para muchos, la revolución rusa abría perspectivas nuevas: no solamente inducía a leer las obras de Lenin y Trotsky -traducidas a toda prisa y mal-, sino que ponía de relieve la insuficiencia de las soluciones tradicionales. Entre los que recibieron la triple influencia de la tradición republicana, la combatividad anarcosindicalista y la esperanza rusa estaba un joven maestro, Joaquín Maurín, nacido en 1896, en Bonanza (Huesca), que enseñaba en una escuela particular de Lérida. Era miembro de las Juventudes Republicanas y redactor de su diario “El Ideal”. Se encargó de la campaña local por la amnistía de los sentenciados por el movimiento de 1917 y esto le puso en contacto con el Centro Obrero donde conoció a Seguí, secretario del comité regional catalán de la CNT.
En 1919 está en Madrid, de soldado. Asiste al segundo congreso de la CNT. Él mismo cuenta:
“Me sentía decididamente atraído por la causa obrera. Ahora bien, en España había dos movimientos obreros distanciados y a veces divergentes. Del socialismo me atraían la historia, la continuidad y el sentido de responsabilidad. Del sindicalismo, su espíritu revolucionario, combativo. Doctrinalmente, me encontraba cerca de los socialistas. Pero prácticamente, los sindicalistas me parecían más realistas, más audaces, más jóvenes. En mi orientación me ayudó grandemente la lectura de George Sorel. El sindicalismo soreliano, asentado sobre lo que hay de sólido en el marxismo, pragmático y creador, contestó favorablemente a mis preguntas” (2).
En el segundo congreso de la CNT, que causó sensación en el país, otro maestro catalán, nacido en el Vendrell en 1892, Andreu Nin, defendió la adhesión de la CNT a la Internacional. Además de aprobar esta adhesión, como ya se dijo, el Congreso decidió ir hacia la absorción de la UGT, y esto dividió, inexorablemente por muchos años, el movimiento obrero español.
De regreso a Lérida, Maurín fue nombrado secretario del Comité Central de la CNT y director de su semanario “Lucha Social” y de la escuela del Centro Obrero. Uno de los colaboradores destacados del semanario era Pere Bonet, del que se hablará a menudo aquí. El Comité Regional enviaba a veces a oradores para los actos de propaganda y así Maurín trabó amistad con Nin.
El año 1920 pudo ser decisivo. El sindicalismo catalán se había fortalecido. Los sindicatos únicos (de industria) creados por iniciativa de Seguí en 1918, era un instrumento eficaz. La crisis económica que siguió a la guerra era fuerte y la burguesía quería que los obreros pagaran los platos rotos. Era de prever una ofensiva patronal. Los dirigentes de la CNT, abandonando su aspiración irrealizable de absorber a la UGT, decidieron buscar la unidad de acción entre las dos centrales sindicales. Se firmó, así, en agosto, un pacto CNT-UGT. Pero el pacto no pudo evitar que la burguesía catalana consiguiera del gobierno de Madrid una política de represión contra la CNT: los patronos organizaron sindicatos “libres” y bandas de pistoleros, la policía aplicaba la ley de fugas y la ciudad de Barcelona fue escenario de docenas de atentados contra dirigentes sindicales y contra patronos y policías. El diputado Layret, abogado de la CNT, fue asesinado por los pistoleros de la patronal. La cárcel Modelo de Barcelona, el castillo de Montjuic y el castillo de La Mola (Menorca) se llenaron de detenidos sindicalistas. Evelio Boal, secretario del Comité Nacional de la CNT, fue asesinado y Nin lo sustituyó. El Comité Regional catalán fue detenido y lo reemplazó otro en el cual Maurín representaba a Lérida. El enlace de este Comité Regional con él Nacional era un joven metalúrgico de 30 años, Ramón Arch, que según dice Maurín, “concibió y dirigió la estrategia antiterrorista, apuntando arriba, al Presidente del Consejo de Ministros, Eduardo Dato”. Arch fue asesinado en el verano de 1921. Pero antes, el 8 de marzo de 1920, desde una moto que seguía al coche de Dato, dispararon contra éste y el Jefe del Gobierno murió de los disparos. Los autores del atentado eran tres sindicalistas: Mateu, Nicolau y Casanellas, que desaparecieron. El terrorismo se detuvo y al cabo de un tiempo un nuevo gobierno presidido por el conservador José Sánchez Guerra, cambió el jefe de policía y el gobernador de Barcelona y dejó en libertad a los sindicalistas detenidos.
Mientras todo esto sucedía, Moscú invitó a la CNT a enviar una delegación al tercer Congreso de la Internacional Comunista y al congreso de fundación de la Profintern. Había un deslumbramiento de la Internacional, porque ésta, como escribió luego Maurín, “en sus comienzos trataba de parecerse más que a la Segunda Internacional, formada por los partidos socialistas, a la Primera, que agrupaba al conjunto del movimiento obrero, sin distinción de sindicatos y partidos. Por otra parte, Lenin, aunque marxista, tenía una gran simpatía por el movimiento sindicalista libertario, muy vigoroso entonces en los países latinos” (3).
El libro de Lenin, escrito en vísperas de octubre de 1917, “El Estado y la Revolución”, “era el puente doctrinal que enlazaba el bolchevismo con el sindicalismo y el anarquismo” (4).
Pestaña, cuenta Maurín, “simpatizaba con la revolución rusa como cuestión de principio. Ahora bien, le alarmaba la hegemonía del partido comunista, que hacía presentir la dictadura de un partido sobre el proletariado. Lenin enseguida descubrió lo que Pestaña era: un obrero inteligente y puritano, dotado de un gran don de observación y de sentido crítico, para quien la idea de libertad era la piedra angular de su edificio ideológico”.
Mientras Pestaña estaba en Rusia y luego detenido en Italia, el Comité Nacional que substituía al desmantelado por la policía reunió un pleno nacional de la CNT. Para despistar a la policía, los delegados fueron convocados en Lérida y desde allí Maurín los dirigió a la casa de un militante en el Pueblo Seco de Barcelona, donde se congregaron el 28 de abril de 1921. Asistían Andreu Nin del Comité Nacional, Jesús Ibáñez de Asturias, Hilario Arlandis de Valencia, Joaquín Maurín de Cataluña y Arturo Parera de Aragón; no pudieron enviar delegados las regionales del Centro, Norte y Andalucía.
Durante las cuatro horas de la reunión se discutió, ante todo, la situación del país; la regional aragonesa quería hacer del terrorismo la base de la actuación de la CNT, mientras que los demás se oponían al terrorismo como sistema; este punto de vista prevaleció. Luego se planteó la cuestión del envío de una delegación a Moscú, en respuesta a la invitación de la Internacional. Maurín sugirió que se formara con militantes que hablaran, por lo menos, una lengua extranjera. Se designaron Maurín, Nin, Ibáñez y Arlandis; éste propuso que se incluyera a un representante de los grupos anarquistas, que luego nombraron al francés Gaston Leval. Días después, Maurín y Nin por un lado, y los tres restantes por otro, pasaron la frontera, la mayoría sin pasaporte y sin dinero. Maurín había recibido, para el viaje, 200 pesetas de los sindicatos de Lérida. Los delegados confiaban sobre todo en la ayuda de los sindicalistas europeos.
No les falló. Los condujeron de París a Metz y de allí a Sarrebruck, Frankfurt y Berlín. En la capital alemana, los sindicalistas locales les informaron que Ibáñez, llegado unos días antes (era a comienzos de junio), estaba detenido; la policía de toda Europa cazaba a anarquistas españoles, deseosa de ganarse la recompensa de un millón de pesetas ofrecida por el gobierno español por la captura de los autores del atentado contra Dato, y éste fue el motivo de la detención de Ibáñez. Teodoro Plievier (novelista entonces anarquista y luego comunista) guió a la delegación cenetista. Rudolf Rocker, el teórico anarquista, les dijo que la revolución rusa no había conducido a la dictadura del proletariado, sino a la dictadura sobre el proletariado. Por fin Ibáñez fue puesto en libertad. La delegación recibió pasaportes como rusos repatriados, entregados por la embajada soviética, y se dirigió a Stettin, donde se embarcó hacia Reval; de allí, en tren a Petrogrado y Moscú.
Hacía sólo dos meses y medio que Trotsky se había encargado de aplastar la rebelión semianarquista de los marinos de Kronstadt, los mismos que en 1917 apoyaron a los bolcheviques e hicieron inevitable su victoria. Esto colocaba a los cenetistas en una situación difícil cuando, el 22 de junio, se inauguró en el Kremlin el tercer Congreso de la Internacional. En él Lenin explicó su Nueva Política Económica (NEP) y la necesidad de coexistir con el capitalismo internacional, que era más fuerte de lo que había creído.
Lenin produjo una gran impresión en los delegados cenetistas, como antes la produjeron en Pestaña.
“Personalmente sencillo y modesto, daba la impresión de tener conciencia de sus limitaciones -ha escrito Maurín-. Era un mediano teorizante, un mediano economista, un mediano escritor, un mediano orador… Pero como estratega político alcanzaba proporciones de genio” (5).
Los delegados cenetistas lo vieron en las sesiones del congreso de la Internacional, a las cuales asistieron como espectadores, porque donde debían intervenir era en el congreso de constitución de la Profintern, que se celebró poco después, en julio, en la Casa de los Sindicatos de Moscú (el antiguo club de la nobleza). Maurín fue el secretario de la delegación española, Arlandis e Ibáñez intervenían en las comisiones y Nin en las sesiones plenarias. Una de las primeras cosas que hubieron de decidir fue su posición ante la cuestión fundamental del Congreso: las relaciones entre la Profintern y la Comintern (y, en consecuencia, entre los sindicatos y los partidos comunistas en cada país). Arlandis, que terminó como fiel comunista oficial, se oponía entonces a toda relación entre las dos organizaciones, mientras que los demás delegados querían que hubiera relaciones, pero no supeditación.
Había otro asunto que interesaba a la delegación española: la posición contra los anarquistas rusos. Los delegados anarcosindicalistas de diversos países se reunieron en el Hotel Lux, donde se alojaban, y enviaron una delegación a Djerjinsky, el jefe de la Cheka, que no les concedió nada, y luego a Lenin, que les prometió plantear la cuestión en el Buró Político. Poco después, muchos de los anarquistas detenidos fueron libertados y pudieron salir de Rusia.
Los delegados españoles estuvieron en relación, sobre todo, con el francés Alfred Rosmer y el ruso-belga Víctor Serge. Tuvieron una larga entrevista con Trotsky, al que, por encargo del Comité Nacional de la CNT, le pidieron armas para hacer la revolución en España. La respuesta fue tajante: no. Para hacer la revolución hay que contar con la simpatía del pueblo y, por tanto, de los soldados, que son quienes tienen las armas. Las armas para la revolución española están en España, les dijo.
A finales de agosto, después de las consabidas visitas a fábricas, campos y escuelas, Ibáñez y Maurín regresaron a España. El primero fue detenido, porque viajaba con pasaporte legal; el segundo, con pasaporte falso, se escabulló de la policía.
Una idea de las costumbres de la época la proporciona la ficha policíaca de Maurín (publicada por Pere Foix, “Los archivos del terrorismo blanco”, Barcelona, 1932), en la cual se dan como nombres falsos que utilizaba para viajar los de Juan Olmedo, José Antonio Escolá Macellas y Luis Seral Soro. Dice también la ficha que en su viaje de regreso de Rusia estuvo detenido cinco días en la ciudad alemana de Stettin y expulsado de Alemania. En ese momento viajaba con un pasaporte con el romántico nombre de Honorio de Lima. La ficha informa todavía de su “boite-à-lettres” y confiesa que la policía nunca logró averiguar su domicilio.
En octubre de 1921 se reunió en Lérida un pleno nacional de la CNT. Maurín informó del viaje a Rusia. No había aún muchas dudas sobre los bolcheviques, en los medios confederales, y el informe fue aprobado por unanimidad. Pero pronto comenzaron las polémicas. El semanario madrileño “Nueva Senda” pedía que la CNT se retirara de la Internacional mientras que “Lucha Social”, de Lérida, defendía su permanencia en ella. Maurín era ahora secretario provisional del Comité Nacional, pues Nin se había quedado en Moscú, por decisión de la delegación cenetista; la policía española lo consideraba implicado en el atentado contra Dato y su regreso a Barcelona le hubiera hecho correr un peligro inútil. Nin, poco después, entró a trabajar en la Profintern y permaneció nueve años en Moscú (6).
Maurín, tajante y persuasivo a la vez, con un prestigio creciente en los medios cenetistas, pudo evitar que la polémica pasara de los semanarios al Comité Nacional, el cual ratificó la adhesión de la CNT a la Profintern, por considerar que era un acuerdo de Congreso que sólo un Congreso podía modificar.
Pero la influencia de Maurín terminó súbitamente. El 22 de febrero de 1920 fue detenido. El Comité Nacional comenzó a vacilar, entonces, en la cuestión del Profintern. En junio de 1922, la CNT volvió a la legalidad, porque había cambiado el gobierno y el nuevo suspendió la persecución de los cenetistas. Inmediatamente se reunió en Zaragoza una Conferencia Nacional de la CNT que decidió retirar la adhesión a la Profintern y enviar una delegación a un congreso convocado en Berlín para crear la Asociación Internacional de Trabajadores (AIT, el mismo nombre de la Primera Internacional), en el cual se congregarían los diversos movimientos anarquistas y anarcosindicalistas.
En esta decisión influyó el hecho, ya indudable, de que la Profintern era un apéndice de la Internacional Comunista. Los anarcosindicalistas españoles veían que su presencia en la Profintern no servía para dar a esta organización una personalidad independiente, y su apoliticismo prevaleció sobre las razones de orden táctico y la simpatía por la revolución rusa, que iba disminuyendo entre ellos. Las dotes dialécticas de Maurín sólo consiguieron retrasar este momento. Maurín ausente, la tradición predominó. Ayudó a ello también la campaña que desde hacía dos años sostenía contra los anarcosindicalistas el semanario madrileño “El Comunista”, que hacían Andrade, Pumarega y Merino Gracia.
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Maurín y los que pensaban como él no aceptaron esta decisión, porque no procedía de un congreso y, sobre todo, porque representaba el predominio en la CNT de los elementos anarquistas sobre los sindicalistas, que consideraban peligroso para el provenir de la central sindical. Para expresar estos puntos de vista y tratar de hacerlos aceptar por la CNT, Maurín, Nin (desde Moscú), Arlandis, Ibáñez, Bonet, Víctor Colomer y otros formaron su propia organización, aunque continuando como miembros de la CNT. No era una nueva central sindical, sino unos simples grupos, que llamaron Comités Sindicalistas Revolucionarios, que trabajaban dentro de los sindicatos cenetistas. Los Comités fueron establecidos por una Conferencia de los elementos cenetistas -sobre todo catalanes, asturianos y valencianos- que querían mantener la adhesión a la Profintern. Se reunió en Bilbao, a últimos de 1922. Naturalmente, el nuevo movimiento lanzó inmediatamente un semanario, “La Batalla”, que dirigía Maurín y el primer número del cual salió en diciembre de 1922. Tiraba 3.000 ejemplares, de los cuales 300 se vendían en Lérida, 100 en Tarragona y unos pocos en Barcelona; los demás, fuera de Cataluña. No tenía local, sino sólo un apartado de correos. Cuando, en abril de 1923 los pistoleros del “libre” asesinaron al administrador José María Foix (un sindicalista que trabajaba con Maurín en la Asociación de Empleados Municipales de Barcelona), la compañera de Bonet, Natalia, se encargó de la administración. Arlandis y Bonet eran los redactores.
Los Comités se inspiraron, en cierta medida, en los que en Francia habían organizado los sindicalistas del grupo “La Vie Ouvrière”, de Pierre Monate y Alfredo Rosmer. Encontraron amplio eco en la base sindical. Tres sindicatos importantes de Barcelona estaban dirigidos por elementos de los Comités: el de los Transportes, el Metalúrgico y el Textil. Los Comités no trataban de dividir a la CNT, sino de ganarse la confianza de los trabajadores y, con ello, conseguir la dirección de la central sindical.
Los Comités y “La Batalla” atrajeron a muchos militantes de valor. Uno de ellos era Daniel Rebull (conocido por David Rey, que pasó una tercera parte de su vida en la cárcel). Otro fue que los hombres de acción anarquista visitaban, cuando estaban heridos, al médico Tomás Tusó. Eusebio Rodríguez Salas se adhirió con un grupo de compañeros de Tarragona (Rodríguez Salas era manco y se contaba de él que una vez, para ocultarse de la policía, había pasado un día entero encaramado a un árbol).
Los contactos con los cenetistas eran frecuentes, a pesar de que los anarquistas intentaban oponerse a ellos. El último de estos contactos fue en diciembre de 1923, ya proclamada la Dictadura y suspendido el diario de la CNT, “Solidaridad Obrera”, cuando los redactores de “La Batalla” hicieron un diario, “Lucha Obrera”, en el cual trabajaron los redactores de la “Soli”; pero los anarquistas prefirieron que los obreros no tuvieran diarios a que tuvieran uno que ellos no controlaban, impusieron a los redactores de la “Soli” que abandonaran “Lucha Obrera”, y este periódico desapareció a las tres semanas.
Entre tanto, el Partido Comunista comenzaba a organizarse en federaciones, siguiendo la tradición del movimiento obrero español. El órgano del Partido fue, como se ha dicho, “La Antorcha”, que salía en Madrid los viernes y en cuya redacción figuraban César Rodríguez González, Manuel Núñez Arenas, Antonio García Quejido, Isidro Acevedo, Oscar Pérez Solís, Ramón Merino Gracia, Andreu Nin, Virginia González, José Bullejos, Eduardo Torralva, Ramón Lamoneda, Evaristo Salmerón, Juan Andrade y José Loredo Aparicio. La fuerza obrera del Partido le venía del Sindicato de mineros vascos, dirigido por comunistas, y de los sindicatos catalanes dirigidos por elementos de los Comités Sindicalistas Revolucionarios.
En marzo de 1922 tuvo lugar el primer Congreso del Partido. Asistió a él el suizo Jules Humbert-Droz, que hasta 1932, (7) fue delegado de la Internacional para el partido español. El Congreso discutió, sobre todo, las posibilidades de formar un frente único obrero, de acuerdo con la consigna lanzada por la Comintern. Dirigió un llamamiento a la CNT y la UGT para que se aliaran; pero no obtuvo respuesta alguna. También se habló de la posibilidad de atraer a los campesinos.
En marzo de 1923 el segundo Congreso del Partido condenó el terrorismo como medio de lucha obrera, por considerarlo no sólo estéril, sino, a la larga, favorable a las fuerzas reaccionarias. Por esa época estuvo en Madrid un italiano enviado por Moscú para ayudar a crear el Socorro Obrero Internacional, Dino Tranquili. Detenido, escribió desde la cárcel algunos artículos para “La Batalla”, que firmó con el seudónimo de Ignazio Silone.
Los Comités Sindicalistas Revolucionarios tenían buenas perspectivas en su lucha. Losovsky, el secretario de la Profintern, escribió una carta a Seguí (probablemente redactada por Nin) invitándolo a visitar Moscú el Primero de Mayo. Nin agregó a ella una posdata manuscrita. Seguí no pudo contestarla, porque el 10 de marzo de 1923 lo asesinaron los pistoleros del “libre”. Maurín había seguido en contacto con Seguí, como con muchos otros cenetistas, y confiaba que del viaje a Rusia regresaría, si no comunista, sí dispuesto a dar a la CNT un carácter más sindicalista y menos anarquista.
Pero esas perspectivas quedaron anuladas cuando el general Miguel Primo de Rivera, impulsado por el rey y por la burguesía catalana, dio un golpe de estado el 13 de septiembre de 1923. El Partido Comunista, ante el golpe, se puso en contacto con la Federación de Grupos Anarquistas y la CNT y las tres organizaciones se dirigieron a la UGT y el PSOE proponiéndoles una huelga general de protesta. No obtuvieron respuesta. Poco después, la CNT se vio arrojada a la clandestinidad. Pagaba el no haber sabido prever ni frustrar el golpe militar. El terrorismo sin objetivo político había conducido a la reacción y no a la revolución. Los Comités Sindicalistas Revolucionarios ya no pudieron actuar, pues su campo de acción eran las asambleas sindicales donde podían hacerse escuchar por los trabajadores. Pero continuaron publicando “La Batalla”, con muchos espacios en blanco impuestos por la censura, hasta que el general Severiano Martínez Anido, ministro de gobernación del gobierno militar, la suspendió en el verano de 1924.
Para asistir a un congreso de la Profintern, en el verano de 1924, los Comités nombraron una delegación formada por Maurín, dos dirigentes del sindicato de transportes, Desiderio Trilles (muerto en julio de 1936 en el puerto de Barcelona, por rivalidades sindicales), y José Grau Jassans (más tarde diputado por la Esquerra), y dos del sindicato metalúrgico, José Valls y José Jover.
Moscú era distinto de la ciudad de 1921. No había ya fiebre revolucionaria. La revolución se burocratizaba. “La impresión general produjo un gran desagrado en la delegación española -recuerda Maurín-. Ninguno de los cuatro obreros que la integraban se sintió atraído por el comunismo” (8).
La realidad rusa fue más fuerte que las lecturas y la propaganda. Hay que recordar que si bien la Dictadura española impuso la censura a la prensa, se mostró muy tolerante con las editoriales. Se publicaba lo que se quería y diversas editoriales consideraban un buen negocio publicar obras de bolcheviques y sobre la URSS. “La Batalla”, más modestamente, publicó, mientras salió, folletos que se vendían en los quioscos de periódicos. Entre ellos hubo uno de Nin sobre “El sindicalismo revolucionario y la Internacional”, dos de Maurín sobre “El sindicalismo a la luz de la revolución rusa” y “La crisis de la CNT”, y varios de Losovsky.
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El Partido Comunista, entre tanto, pasaba por una pequeña crisis. Virginia González, su hijo, Ramón Lamoneda y varios más, regresaron al PSOE. El Comité Ejecutivo quedó formado por Oscar Pérez Solís (un antiguo capitán del ejército), como Secretario General, José Bullejos como Secretario de Organización y otros.
Empezaba a sonar en Barcelona otro nombre político, el de la Unió Socialista de Catalunya (USC), formada una semanas antes del golpe de 1923 por un grupo de profesores y empleados, decepcionados de los republicanos, poco interesados por el socialismo a la madrileña y más inspirados por el laborismo que por el marxismo. Manuel Serra i Moret y Rafael Campalans eran sus dirigentes más destacados. Sus militantes tenían como centro de atracción el Ateneo polytechnicum, del mismo modo que los de los Comités Sindicalistas Revolucionarios tenían como centro el Ateneo Enciclopédico popular y otros Ateneos obreros en diversos barrios de la ciudad.
Es difícil comprender ahora el papel que la red de ateneos, coros, grupos teatrales, grupos excursionistas y hasta centros vegetarianos y esperantistas, tuvo en el desarrollo del movimiento obrero. La misma Dictadura no comprendió que esos centros, con sus bibliotecas y salas de conferencias, eran el vivero del movimiento obrero. Por esto no los clausuró definitivamente, sino que se contentó con cerrarlos de vez en cuando, para hacer acto de autoridad. Los libros y los ateneos fueron el caldo de cultivo de la generación que actuó durante la República y sostuvo la guerra civil. Bajo la Dictadura, clausurados los sindicatos y prohibidas las reuniones políticas, los ateneos eran lugar de refugio de quienes no se resignaban a abandonar la acción.
Claro que no todo tenía lugar en los ateneos. Había tentativas de complot, reuniones clandestinas. y persecución, aunque no muy sangrienta, sí persistente, sistemática. Cuando Pérez Solís fue detenido (y en la cárcel se convirtió al catolicismo, por obra de un dominicano muy popular, el padre José Gafo), los dirigentes del Partido se marcharon a París. El Partido, sin embargo, no se hallaba en la ilegalidad. Frente a su local central, en la calle de Madrazo, de Madrid, había dos policías con casco y espada y sus semanarios sufrían frecuentes suspensiones pero no estaban prohibidos.
Por esa época, los Comités Sindicalistas Revolucionarios entraron a formar parte de la Federación Comunista Catalano-Balear, que reunía una treintena de miembros, entre los cuales Pérez Baró, Ramón Comas, Ramón Merino Gracia (que se pasó a los sindicatos “libres” cuando lo detuvieron en 1925). Había cinco afiliados en Mallorca. Eso era todo. Los Comités, pues, quedaron de hecho dueños de la Federación, porque eran más numerosos.
El grupo de “La Batalla” estaba en desacuerdo con la pasividad del Partido. Este creía que, siendo débil, debía amoldarse a la situación, mientras que Maurín consideraba que debía combatirse a la Dictadura, yendo, si fuera preciso, a la clandestinidad, pues en este combate crecería el Partido. En noviembre de 1924 se reunió en Madrid un pleno del Comité Central. Hubo críticas duras contra la dirección, el Comité Ejecutivo dimitió y el pleno eligió a otro, con Maurín de Cataluña, González Canet de Levante y Martín Sastre del Norte. De hecho, la dirección quedaba en manos de la Federación Catalano-Balear. Lo primero que hizo fue publicar un periódico ilegal, “Vanguardia”, muy duro con la Dictadura. Esta reaccionó y en enero de 1925 empezaron las detenciones: Sastre y González Canet en Madrid, Maurín y otros en Barcelona.
La detención de Maurín estuvo a punto de costarle la vida, pues el 12 de enero, cuando salía del Ateneo Barcelonés, unos policías de paisano le dieron el alto, Maurín echó a correr, para perderse en los callejones de aquella parte de la ciudad; dispararon contra él y lo hirieron en la pierna. Lo llevaron al hospital y de allí a la cárcel, donde ya encontró a otros miembros del grupo de “La Batalla” (uno de ellos, Fontanilles, se convirtió al catolicismo, mientras estaba en la prisión, y al salir entró en los sindicatos “libres”).
En noviembre de 1927 se reunió en París una conferencia hispano-francesa sobre Marruecos. Los compañeros de Maurín creyeron que el momento era oportuno y movilizaron en París a unos cuantos personajes -Henry Torres entre ellos-, que pidieron la libertad de Maurín y sus camaradas. Como el gobierno de Madrid no tenía interés en que la conferencia se celebrara en un ambiente de agitación, dejó en libertad a Maurín y sus amigos. Tenía pendiente una sentencia de cuatro años, dada por un juez de Bilbao, pero el gobierno hizo la vista gorda.
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Maurín estaba “quemado”, de momento. La policía lo seguía por todas partes; su correspondencia era censurada. Ante esto, lo llamaron a París, en octubre de 1928. Allí encontró la situación del Partido más bien turbia. Mientras había estado en la cárcel, recibió ecos de la lucha por la sucesión de Lenin. No tomó posición, pero se negó sistemáticamente a condenar a Trotsky, como se había puesto de moda que hicieran los dirigentes de los partidos afiliados a la Internacional. Maurín podía adoptar esta actitud porque no debía su posición dirigente a un nombramiento de Moscú, sino a su propia actividad y a la confianza de sus compañeros. Por otro lado, los Comités y “La Batalla” eran el Partido, en Cataluña.
En París, Maurín se encargó de dirigir las Ediciones Europa-América, utilizadas por el Comintern para popularizar las obras que le interesaban. Eran ediciones muy cuidadosas y con excelentes notas, porque en Moscú todavía se tomaba en serio el marxismo. Maurín se sumergió inmediatamente en la lucha política entre los exilados españoles, que celebraban reuniones, organizaban mítines de protesta, anudaban conjuras y vivían de rumores.
La vida política no impedía, empero, la vida privada. Maurín se casó con Jeanne Souvarine, hermana de Boris Souvarine, uno de los fundadores del Partido Comunista francés, que acabó fuera de él. Años después tuvieron un hijo, Mario.
En París se encontraban ya Gorkin y otros, así como el grupo del ex-teniente coronel del ejército español y ex-diputado catalán Francesc Macia, que en 1925 había ido a Moscú, donde después de entrevistarse con Zinoviev y Bujarin, no consiguió la ayuda que pedía para sus planes de invasión armada de Cataluña (9). Había también elementos anarquistas que en 1927 habían fundado, en una reunión clandestina en Valencia, la Federación Anarquista Ibérica (FAI).
En España, la caída de la Dictadura se veía inminente. Todo el mundo quería que ocurriera algo, pero pocos sabían qué. Había conjuras, tentativas románticas, como unas frustradas invasiones de los catalanistas y los anarquistas. Maurín, en París, se impacientaba por volver, para tratar de orientar esas energías y esperanzas.
Pero la influencia de Stalin en el Comintern ya se dejaba sentir. El colonialismo ideológico implícito en el predominio del partido comunista ruso en la Tercera Internacional iba haciéndose evidente. Después del sexto Congreso en 1928 (el último hasta 1935), en que se aprobó la lírica del “socialfascismo”, del frente único por la base y de “clase contra clase”, consignas que en definitiva abrieron a Hitler las puertas del poder, Maurín y sus compañeros comenzaron a sentirse como en un cuarto cerrado y a asfixiarse.
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El Partido no debía tener más allá de 500 miembros en España, bajo una dirección que nadie respetaba. Maurín recibió de la Internacional el encargo de preparar un informe y proponer soluciones a la crisis del Partido. Entre tanto, José Bullejos y un joven intelectual, Gabriel León Trilla, habían sido nombrados por Moscú dirigentes del Partido. Consiguieron, desde París, dos éxitos: el viaje de Macia a Moscú y la adhesión al Partido de un grupo de obreros del puerto de Sevilla encabezada por José Díaz (que con el tiempo acabaría sustituyendo a Bullejos). Bullejos ha contado cómo Moscú resolvió la crisis:
“La situación creada en España determinó una nueva intervención del Comité Ejecutivo de la Internacional. Acababa yo de llegar por primera vez a Moscú, correspondiéndome desempeñar el papel de actor principal en la solución de la crisis como en los acontecimientos posteriores. Una Comisión creada por el Ejecutivo de la Internacional deliberó durante varios días acerca de la política que convenía seguir en España y de los diferentes problemas de organización. Participaron en las deliberaciones Doriot y Marty, del Partido francés; Antonio Gramsci y Verti, del italiano; Codovila, argentino; Almanza, del mexicano, y Humbert Drotz, Losowsky, Andrés Nin por los Secretariados de la Internacional. Representábamos al Partido español Jesús Ibáñez, Julián Gorkin y yo”.
“Trazadas las nuevas directivas, se resolvió -de acuerdo con lo expuesto en diversas cartas por los compañeros de Barcelona [las de Maurín]- encomendarme la tarea de reorganizar la dirección del Partido Comunista de España, para lo cual, días después, partí de Moscú” (10).
Nada de esto podía desvanecer las dudas que la política de la Internacional suscitaba en dirigentes y militantes de los Comités Sindicalistas Revolucionarios. La campaña de bolchevización de los partidos, emprendida por Zinoviev, los había inquietado, porque su formación se oponía a la idea de que los partidos comunistas tuvieran que ser uniformes, con dirigentes nombrados de hecho por Moscú y una línea política fijada por Moscú.
El Partido daba pruebas de falta de sensibilidad política, no había comprendido el valor revolucionario del problema de las nacionalidades ibéricas y aplicaba a ciegas la política de “clase contra clase”, siendo así que, bajo una dictadura, convenía a ojos vistas crear coaliciones contra el dictador. Cuando el dictador estableció una Asamblea Nacional, con miembros designados por él, Moscú, que negociaba importantes contratos de venta de petróleo a España, ordenó al Partido que participara en la parodia de parlamento. Pero la posición era tan absurda que la troika Bullejos-Trilla-Adame no pudo por menos de oponerse a ella ante la presión de los militantes.
Maurín y sus amigos no se recataban de criticar las posiciones de la dirección. Hasta que llegaron a comprender que no se trataba de un caso de mala dirección, sino de una cuestión de principio. Amistad con la URSS, sí; sumisión al PC soviético, no. Cada partido debía fijar su línea política y elegir a su dirigentes. Sin esto no existía el centralismo democrático del que hablara Lenin. La troika quiso deshacerse de Maurín y someter a la Federación Catalano-Balear. Trilla fue a Moscú y lanzó una serie de acusaciones contra Maurín: derechista, indisciplinado, etc. Nin se enteró y avisó a su compañero. Maurín contraatacó y “La Correspondencia Internacional”, órgano de la Comintern, publicó una nota reivindicando a Maurín y a la Federación Comunista Catalano-Balear.
En 1932 Maurín explicó la evolución que los puntos de vista de la Federación Catalano-Balear habían tenido. Decía que mientras estaba en la cárcel, en 1925, “surgió entre nosotros y el grupo de funcionarios que, aprovechándose de nuestro encarcelamiento, había asaltado la dirección del partido comunista, una seria divergencia”.
“Nosotros opinábamos que era necesario continuar la política que habíamos iniciado, es decir, proseguir la acción contra la Dictadura y al mismo tiempo, concentrar en Cataluña la actuación principal del partido”.
“Bullejos, Trilla, trotskistas primero, luego furibundos antitrotskistas cuando Trotsky fue derrotado, trasladaron al partido comunista de España todos los vicios de la degeneración burocrática. Faltos de la más elemental inteligencia política para dirigir un partido, al sentirse apoyados por la I.C. se hicieron fuertes en sus posiciones y se lanzaron a la magnífica tarea de “estructurar” el partido. Se expulsó a camaradas excelentes que aun admitiendo que sostuvieron tesis equivocadas, no dejaban, sin embargo, de ser elementos valiosísimos. Las Federaciones fueron trituradas implacablemente. Se destituían los Comités a capricho del grupo de dictadorzuelos infatuados. En una palabra, el partido era “bolchevizado””.
“Con la dictadura del aparto burocrático corría pareja la táctica equivocada de la Internacional Comunista que no comprendió jamás la esencia de la política española. En 1927 como demostración palpable de su incomprensión absoluta, quiso imponer al partido comunista de España la intervención en la Asamblea consultiva de Primo de Rivera. Esto significaba, literalmente, la muerte del comunismo en España para una larga época. La. I.C. hizo una resolución famosa, en enero de 1927, obligando al partido a que tomara parte en la Asamblea de Primo de Rivera. “La táctica del boicot a la Asamblea -decía la Resolución- estaría únicamente justificada en el caso de que la situación política de España fuese inmediatamente revolucionaria, en el caso de que hubiera una situación en la que las masas fueran arrastradas a movilizarse espontáneamente contra el Directorio de una manera activa. Pero en la situación presente, la convocatoria de la Asamblea y sus trabajos eventuales deben ser considerados como un punto de partida para un trabajo de agitación y organización y los trabajos de una asamblea representativa cualquiera (Parlamento, municipalidad, etc.). Esta línea, que corresponde a la tradición bolchevique y a la práctica del partido comunista ruso, es la única que se adapta a la situación actual de España y del Partido Comunista Español…”.
En Cataluña, el antiguo grupo de “La Batalla” que había resistido una dura represión, no viendo posibilidad alguna, con una táctica tan errónea, de poner en pie un movimiento comunista que se había iniciado con tantas dificultades, se disgregó, en parte.
Muchos camaradas reflexionaban así: “Nuestra posición ha sido fuerte y hemos hecho grandes progresos mientras que hemos estado al margen de la I.C., trazándonos nosotros mismos el camino. Pero en el momento en que hemos aceptado la disciplina y la política de la I.C., nos hemos convertido en extranjeros a nuestro movimiento obrero, nos hemos divorciado inmediatamente de la realidad. Su razonamiento era justo. Era cierto.
Otros creíamos que era preciso llegar hasta el último extremo para evitar la escisión del movimiento comunista. Decidimos permanecer dentro del partido y de la Internacional abrigando una esperanza, aunque muy débil, es cierto, sobre la rectificación de la I.C.
Pero la I.C., muerto Lenin, se había burocratizado enormemente bajo el mando de Zinoviev. Bujarin, que le sustituyó, no hizo nada más que cambiar de equipo. El régimen era el mismo. El afán de ahogar la personalidad de los partidos y la mecanización absurda que se imponía a todos ellos había llegado al límite máximo.
La I.C. había conocido el fracaso en Alemania en 1923, en Estonia en 1924, en Bulgaria en 1925, en China en 1927. En 1922 no había sido capaz de impedir la toma del poder por los fascistas de Mussolini. Su política había hecho posible el triunfo de Hindenburg, como presidente del Reich, en 1926. Al sistema “putchista” de Zinoviev sustituyó la política de derecha de Bujarin-Stalin que culminó en la alianza con Chiang-Kai-Chek, cuando Chiang-Kai-Chek preparaba el exterminio brutal de los heroicos comunistas chinos.
¿Cómo podía salvarse nuestro pequeño movimiento comunista en medio de ese desconcierto?” (11)
En 1929 debía celebrarse el tercer congreso del Partido, pero varios delegados fueron detenidos en la frontera. Finalmente, en agosto se reunió el congreso en París. La Federación Catalano-Balear dio su mandato a Maurín y a Bonet, pero no fueron admitidos a las sesiones. El delegado de la Internacional, un italiano que se hacía llamar Greco, ayudó a la troika a impedir que pudieran hablar los opositores. Todo se hizo muy “reglamentariamente”; como Maurín y Bonet vivían en París por orden del Partido, se les dijo que debían ser miembros del PC francés y que, por tanto, no eran miembros del PC español. Pero, así y todo, el Congreso sustituyó a la troika dirigente por una nueva. La Federación Catalano-Balear envió al Congreso su propio proyecto de tesis política, que, dice Maurín, “quedarán en la historia de nuestro movimiento como una intuición magnífica de cómo había de desarrollarse el movimiento revolucionario en España. Se decía en ellas que la revolución sería democrática, y se acababa propugnando como consigna, en ese momento de Dictadores: la República Federal Democrática”.
“Las Tesis de la Federación Comunista Catalana fueron rechazadas por la I.C. como derechistas. Y, en cambio, se tradujeron al español las tesis de exportación de la “dictadura democrática de los obreros y campesinos”.
La I.C. volvía a equivocarse en España. No comprendió que estábamos en vísperas de la revolución democrática, y que la fórmula dada provocaría como resultado un divorcio completo entre las aspiraciones políticas de las grandes masas obreras y el partido comunista. Pedir como sustitución de un régimen de dictadura otra dictadura era el suicidio (12).”
Cayó el dictador. La dirección del Partido no lo había previsto. Bullejos comentó el fin de la Dictadura diciendo en “La Correspondencia Internacional” que “no ha pasado nada”. Manuilsky, uno de los dirigentes rusos de la Internacional, afirmó que los acontecimientos de España “no tienen importancia”.
Pero los hechos no pedían permiso a la gente de Moscú. Para tratar de ponerse de acuerdo con los hechos, la “troika” convocó en Bilbao una conferencia nacional del Partido, en marzo de 1930. Esta conferencia dio la dirección del Partido, por imposición de Moscú, a la vieja “troika” destruida por el Congreso de París medio año antes. Además, consideró justa la tesis del Partido de que la Dictadura (ahora, la dictadura de transición que había seguido a la del general Primo de Rivera) sólo podía ser derrocada por el triunfo del proletariado. Y afirmó que el objetivo del Partido era la instauración de “una dictadura democrática de obreros y campesinos que tenga como base los soviets de obreros y campesinos y como expresión un gobierno obrero y campesino”. Bullejos dijo, años más tarde, sobre esta conferencia, que “aunque en apariencia los acuerdos del VI Congreso de la Internacional no fueran la causa determinante de la crisis interior que en 1930 dividió el movimiento comunista español, es necesario, sin embargo, estudiarla en relación con la política del Comité Ejecutivo de la Internacional. Porque fue ésta la que influyó esencialmente en la separación del grupo Maurín del Partido Comunista” (13).
“A partir de 1926 habíanse manifestado algunas discrepancias entre Maurín y la Federación Catalano-Balear, de una parte, y la dirección del Partido de otra. Giraban éstas sobre las relaciones con las fuerzas democráticas burguesas y la política de independencia de la clase obrera con respecto a los partidos burgueses que realizaban el Partido y la Internacional. A estas divergencias de opinión uníase la oposición de Maurín a los métodos de la Internacional y la línea política y táctica de ésta a partir del V Congreso”.
“En 1930 la delegación de la Federación Catalana en la Conferencia Nacional celebrada en Bilbao rectificaba sus puntos de vista respecto a la política del Comité Central, aceptando las líneas generales de ésta (14). Su gestión fue desautorizada en Barcelona por la Federación, y ésta era separada del Partido por el Comité Central a propuesta de la delegación de la Internacional” (15).
“Trotsky, expulsado de la Unión Soviética en 1929 por su labor contrarrevolucionaria, que tendía a restablecer el capitalismo, trasladó la lucha a la palestra internacional, intentando crear una plataforma común para todos los renegados y abrir un cisma en la Internacional Comunista. En España los trotskistas abrieron fuego contra la política del Partido en todos los problemas fundamentales de la revolución, tratando de apoderarse de la dirección del Partido para la realización de sus fines contrarrevolucionarios”.
“Los intentos trotskistas de dividir el Partido Comunista de España fueron fallidos. El Partido se mantuvo unido y fiel a la Internacional Comunista”.
“Sin embargo, en Cataluña, Maurín consiguió con malas artes arrastrar a una parte de la Federación Comunista Catalano-Balear. Esta desgarradura tuvo consecuencias dolorosas para el desarrollo del Partido en Cataluña, si bien, a pesar del revés temporal, un núcleo de firmes militantes reorganizó las filas del Partido”.
La separación de la Federación Catalano-Balear se presenta a posteriori como una maniobra trotskista. Ya veremos al hablar de la guerra civil española, por qué los comunistas de hoy quieren dar una imagen trotskista de los disidentes de 1930.
Maurín y sus amigos se encontraban, pues, fuera del Partido, pero no sin partido.

Capítulo 2. La Federación Catalana-Balear y  el Partit Comunista Català

En el país había muchos más comunistas que afiliados al Partido. Era el suyo un comunismo especial, menos dogmático que el del Partido, que no seguía consignas, sino que derivaba de la simpatía por la URSS, a la que se veía entonces como un gran experimento social, cuyo éxito ayudaría a cambiar las cosas en el mundo y en España también.
La Dictadura -como ya se dijo- no había sido severa con las ediciones; abundaban las obras de los bolcheviques, de los marxistas europeos y los libros sobre la revolución rusa. Las ediciones “Europa-América”, además, publicaban mucho. Lo que el Partido Socialista no hizo, lo hacía la simpatía por la URSS, popularizar el marxismo. Claro que los lectores de esta literatura no eran marxistas químicamente puros. En su mayoría jóvenes, se habían formado bajo la Dictadura o, los mayores, en los años de pujanza del sindicalismo. Había en ellos una dosis de anticlericalismo republicano, de federalismo pimargalliano, de enciclopedismo anarquizante. Mucha inquietud por el futuro y desconcierto por el presente. Habían constatado el fracaso sucesivo de los republicanos que no proclamaron la república, de los catalanistas que no había conseguido la autonomía, de los anarquistas que no hicieron su revolución libertaria. Pensaban que en Rusia se había hecho todo esto. La consecuencia era lógica: buscar la solución en las doctrinas que inspiraron a quienes hicieron la revolución rusa.
Todo cuanto se conocía de la URSS era por la propaganda comunista. Los anticomunistas eran tan evidentemente reaccionarios que inclinaban a los jóvenes hacia el comunismo. El partido no supo capitalizar esta simpatía difusa, ese marxismo autodidacta, porque la línea política dictada por el sexto congreso de la Internacional no encajaba en la realidad española. Decir a los españoles que los anarquistas constituían “la antesala del fascismo” era contarles cuentos de miedo. Los socialistas, que colaboraron en cierto grado con la Dictadura, estaban rectificando y aparecían para muchos como una esperanza; nadie creía que fueran la “antesala del fascismo”. La Dictadura había molestado a muchos. Obreros, campesinos, estudiantes, clase media, intelectuales, estuvieron contra ella. Decir que sólo los obreros podían destruirla era renunciar a desempeñar un papel en los acontecimientos.
Repitamos que a comienzos de 1930, cuando cayó el dictador, no había más de 500 afiliados al Partido. Una tercera parte de ellos estaban en la Federación Catalano-Balear. Pero había muchos más, posiblemente millares, de simpatizantes con el comunismo. Y cuando las notas del gobierno atribuían a los comunistas toda la oposición, la gente se decía que los comunistas no podían ser tan malos, si combatían lo que ella detestaba.
Esta simpatía dio a la Federación Catalano-Balear su partido. Un partido en potencia. Sólo faltaba descubrirlo y organizarlo. Esta fue la tarea inmediata de la Federación, cuando se encontró separada del Partido Comunista.
A comienzos de 1930 había en Cataluña diversos grupos comunistas. El más visible era el de los estudiantes; un par de docenas; no se contentaban con la esperanza de una república. En el Estat Cátala, de Macià, había quienes querían no sólo libertades para Cataluña, sino también para los catalanes, y que creían que ambas únicamente podían conseguirse con el socialismo. Una docena, en total, también. En Madrid había un pequeño grupo -de nuevo, una docena- de trotskistas, en torno a Juan Andrade, y en Barcelona media docena que se congregó alrededor de Andreu Nin cuando éste regresó de la URSS a mediados de año (1). Había también algunos militares jóvenes –acaso una docena- que flirteaban con el marxismo y que, al mismo tiempo, tenían contactos con los anarquistas.
Ninguno de estos núcleos estaba organizado; se mantenían por la amistad y por el contacto diario y actuaban dispersos, participando en todas las actividades contra la monarquía. Pero había dos grupos organizados: uno era la Federación Catalano-Balear. El otro, el Partit Comunista Cátala (PCC). La Federación congregaba a los sobrevivientes de los Comités Sindicalistas Revolucionarios. No pasaban de 150 a 200 hombres. Su historia se ha resumido en el capítulo anterior. El PCC tenía un origen más reciente.
Un puñado de muchachos, inquietos, impacientes, catalanistas, deslumbrados por la URSS, se consideraban comunistas, aunque no habían leído mucho marxismo. Al mismo tiempo veían con desconfianza al Partido Comunista español, por estar demasiado atado a Moscú y porque estimaban que no comprendía el problema catalán. Querían un partido comunista catalán, que encontrara en el comunismo la solución al problema nacional y que fuera independiente de Moscú. Este deseo cristalizó cuando el Partido Comunista recibió la orden de Moscú de tomar parte en la Asamblea Nacional organizada por el dictador. Un maestro de Lérida, amigo de Maurín, Víctor Colomé, se separó con algunos otros de la Federación Catalano-Balear, porque estimó que no podía seguir creyéndose en la posibilidad de regenerar al Partido desde dentro. Se le unieron algunos que no eran afiliados a la Federación, pero que simpatizaban con su posición, el más destacado de los cuales era un joven trabajador mercantil, Jordi Arquer; el núcleo más numeroso de este grupo estaba en Lérida.
El 2 de noviembre de 1928 se reunieron secretamente en el depósito ferroviario de Lérida y fundaron el Partit Comunista Català. Su secretario general fue Domènec Ramón, un trabajador mercantil. Poco después, los miembros barceloneses
de este nuevo partido ilegal se apoderaron (afiliándose y logrando la mayoría en la asamblea) de un centro de aficionados al teatro y lo convirtieron en la sede ilegal del PCC. Al mismo tiempo, politizaron el boletín de este centro, le cambiaron el nombre por el de “Treball” (Trabajo) y lo convirtieron en órgano disimulado del PCC. El PCC encontró cierto eco, porque dos años después, a la caída de la Dictadura, contaba con unos 200-250 miembros, es decir, más que la Federación.
Entre tanto, aprovechando la caída del dictador, la Federación volvió a publicar “La Batalla”. En 1930 hay pues, en Cataluña, centro del movimiento obrero español, dos partidos comunistas y dos periódicos comunistas; todos están fuera de la disciplina de la Internacional.
En febrero de 1930, el gobierno del general Dámaso Berenguer, que sucede a la Dictadura, da una amnistía. Salen los presos políticos, regresan los exiliados. Maurín vuelve a Barcelona y en mayo la Federación y el Partido rompen, como ya se explicó.
Pero la Federación era poco más que “La Batalla”. Es difícil comprender, hoy, la importancia de los semanarios en el movimiento obrero. La gente, súbitamente politizada por la caída de la Dictadura, estaba ávida de lectura. Se necesitaba poco dinero para lanzar un periódico. Los periódicos obreros se sostenían mediante suscripciones voluntarias entre sus simpatizantes y en general eran mediocres. Pero “La Batalla”, que también dependía de las aportaciones de sus lectores, fue siempre uno de los periódicos obreros mejor hechos del mundo, con amplios comentarios internacionales, artículos teóricos, análisis de la realidad local, todo ello sin pérdida de su combatividad. Era, por sí solo, una escuela de marxismo -la única en el país, de hecho-. Al reaparecer, tiró 3000 ejemplares. Entre “La Batalla” y sus lectores se estableció pronto una especie de
relación personal. Maurín y sus amigos visitaban los núcleos en barrios y pueblos, les daban conferencias, trataban de organizarlos. El tono de “La Batalla” era el de Maurín, que la dirigía. Esto se vio claro cuando apareció, a mediados de 1930, su primer libro, “Los hombres de la Dictadura” (publicado por la Editorial Cénit, recién fundada y que se dedicaba a literatura comunista). Durante su estancia en París, Maurín pudo ver las cosas de España con perspectiva. El resultado de esto fue el libro, que comenzó a escribir en París y terminó en la cárcel de Barcelona (pues a poco de llegar lo detuvieron por unas semanas).
El libro llevaba debajo del título, seis nombres: José Sánchez Guerra (un político conservador), Francisco Cambó (un político catalanista burgués), Melquiades Álvarez (un republicano convertido en monárquico), Alejandro Lerroux (un demagogo republicano), Pablo Iglesias y Francisco Largo Caballero (dos dirigentes socialistas). Eran, según Maurín, los hombres que, en defensa de los intereses que representaban, habían preparado el camino de la Dictadura, unos, y hecho de mentores de ella, otros. Todavía en esta selección se veía la influencia de la política del socialfascismo de Moscú, a pesar de que Maurín la rechazaba.
Las doscientas cincuenta páginas de prosa clara, de frases cortas, sin retórica, con una argumentación bien trabada, causaron mucha impresión. La prensa comentó el libro, se leyó en los corrillos políticos y en los núcleos de militantes obreros. Muchos discreparon de su tesis, pero todos reconocieron que había aparecido un nuevo escritor político, en un país que tenía muy pocos. Maurín contaba entonces 34 años.
El movimiento obrero español abundó en organizadores eficaces, en propagandistas encendidos y en hombres de acción audaces, pero careció de teorizantes. Fueron republicanos como Pi y Margall, o populistas como Joaquín Costa, quienes le dieron buena parte de sus ideas. Después del ayuno intelectual de la época de la Dictadura, el libro de Maurín fue una revelación: primera interpretación marxista de la realidad social y política española, pero no de un marxismo adocenado, dogmático, de fórmulas, sino vivo, tomado como método de análisis y no como Biblia de la cual podía citarse para apoyar cualquier tesis. Maurín no había sido marcado por el estilo de la Comintern. En su libro no se encuentran las frases hechas ni los clichés comunes en la literatura comunista.
Los seis nombres eran de personajes que se habían declarado opuestos a la Dictadura -decía- pero que todos, de un modo u otro, habían contribuido a llevar a la Dictadura y a que se mantuviera. Los hombres y los partidos que hicieron inevitable la Dictadura se presentaban ahora (en 1930) como sus adversarios. Lo importante del libro era el análisis a la luz del marxismo de los últimos sesenta años de la historia de España, desde la revolución de 1868. Por primera vez se veían en esa revolución, en la república de 1873, en los “años bobos” que la siguieron, en la Dictadura, expresiones de la lucha de clases. Maurín consideraba un peligro cierto la posibilidad de que la masa se dejara arrastrar por las ilusiones suscitadas por republicanos y socialistas. Los primeros, al no saber hacer la república en el momento oportuno (1909-1917), y los segundos al no hacer la unidad con los anarquistas y al colaborar con la dictadura (de la cual fue consejero de Estado, Largo Caballero, por decisión del partido), prepararon el camino al general Primo de Rivera. La burguesía catalana y la aristocracia terrateniente andaluza hicieron lo mismo.
Por otro lado, Maurín fue el primero que señaló y estudió la influencia de las inversiones británicas en la política española, a las que achacaba que trataran de evitar el desarrollo económico del país (con la guerra de Marruecos y con las exportaciones de capital español a América a través de empresas de origen británico).
Según Maurín, Cambó (catalanismo burgués), del brazo de la clase media (republicanos) y de parte de la clase obrera (socialistas), atacó a la monarquía en 1917, pero tuvo miedo y acabó aliándose a las fuerzas feudales (Sánchez Guerra). La Dictadura salvó al PSOE de una grave crisis interna (rivalidad con el anarcosindicalismo y escisión comunista); la Dictadura le toleró hacer propaganda, mientras que perseguía a otras fuerzas obreras, y esto le permitió aumentar sus efectivos de seis a doce mil miembros. Los republicanos apartaron a los trabajadores de sus partidos de clase. Y la burguesía catalana sacrificó los intereses de Cataluña a sus intereses de clase, cada vez que temiendo un avance anarcosindicalista, pedía el apoyo de las fuerzas represivas de Madrid.
España necesitaba una revolución democrático-burguesa, que diera libertad a las nacionalidades (vascos, catalanes, gallegos), que separara a la Iglesia del Estado, que dejara que los campesinos tomaran la tierra, que licenciara al ejército y que liberara al país del yugo británico. Esto podía lograrse con una república federal. Para ello, era preciso “dar alas a la insurrección general del pueblo para dar la victoria a la revolución burguesa”. Pero “la república no puede asegurarse sin el triunfo de una revolución social de gran envergadura. No basta con que se vaya el rey. Hay que echarlo y destruir el régimen monárquico”.
Hablando del papel de Sánchez Guerra, el exministro conservador que intentó un golpe contra la Dictadura, lo compara con Prim:
“Su proyecto [de Prim] inicial de pronunciamiento ha fracasado varias veces. La insurrección, para triunfar, ha de ser popular; el pueblo ha de tomar en ella una parte activísima. Además, precisa atacar al enemigo allí donde su resistencia es menor.
Prim, por fin, acierta. La insurrección de 1868 se hace contando con el pueblo. No se trata ya de un pronunciamiento para cambiar de Gobierno, sino de una sublevación para derrocar el régimen. La consigna de Prim era: “¡Abajo lo existente, y Cortes constituyentes!”. Prim decide esta vez operar en Andalucía. Paúl y Angulo, que en ese momento refleja el espíritu de la burguesía andaluza y a la vez el de la clase obrera revolucionaria, convence a Prim de que hay que desembarcar en Cádiz, asegurándole la insurrección general del pueblo andaluz. Los paisanos han de jugar el papel principal en el movimiento.
La insurrección surgida en Cádiz se extiende como un reguero de pólvora por toda la provincia, comunicándose a las demás de Andalucía. La España feudal-teocrática, cuyo centro es la Monarquía de Isabel II, se desmorona. Las ratas huyen a la desbandada del barco que se hunde. La insurrección triunfa.
Prim, seguro ya de Andalucía recorre el litoral hasta Barcelona, sublevando a su paso todas las ciudades de la costa: Málaga, Almería, Cartagena, Alicante, Valencia y Barcelona. Luego, como una flecha, se dirige a Madrid. La primera parte de la operación ha triunfado. La insurrección ha ganado totalmente la partida.
Así tuvo lugar la revolución de 1863.
Sánchez Guerra pudo haberse servido [en su complot contra la Dictadura] de esa experiencia histórica si en realidad hubiera existido en sus propósitos favorecer el triunfo de una revolución democrática.
Prim, intuitivamente, a última hora, siguió con bastante exactitud las reglas de la insurrección que Engels, en 1852, escribía como resultado de sus experiencias personales y, sobre todo, como fruto de sus estudios históricos: “La insurrección es un arte de igual modo que el de la guerra y cualquier otro, y, como tal, sometido a ciertas reglas que, si son infringidas, conducen al partido que las infringe al descalabro. La primera es no jugar nunca con la insurrección antes de estar completamente preparado para afrontar las consecuencia de la acción. La insurrección es un cálculo de proporciones muy indeterminadas, cuyo valor puede cambiar cada día; las fuerzas contrarias tienen todas las ventajas de la organización, de la disciplina, y la costumbre de la autoridad. Si no les oponéis una fuerte superioridad, estáis vencidos y perdidos. En segundo lugar, una vez que hayáis entrado en la vía insurreccional, obrad con la mayor decisión y tomad la ofensiva. La defensiva es la muerte de toda sublevación armada, que si adopta esa táctica, perece antes de haber podido medir sus fuerzas con las del enemigo. Sorprended a vuestros enemigos cuando sus fuerzas están diseminadas; preparad siempre nuevos triunfos, aunque pequeños, pero repitiéndose cada día. Conservad el ascendente moral que la primera insurrección victoriosa os ha dado; atraed a vuestro lado a los elementos vacilantes que siguen siempre la impulsión del más fuerte y que miran siempre del lado menos peligroso; forzad a vuestros enemigos a retirarse antes de que puedan reunir fuerzas contra vosotros, y, como dijo Dantón, el mayor artista conocido de la política revolucionaria: ‘¡audacia, audacia, siempre audacia!.”
Estas reglas clásicas del arte de la insurrección quizá no eran conocidas por Sánchez Guerra, quien está muy lejos, evidentemente, de leer la literatura marxista. Es posible que el señor Sánchez Guerra, antes de lanzarse a la acción, hubiese hojeado la novela, de Baroja, “El aprendiz de conspirador”, y creyera que eso era suficiente. Pero Aviraneta era un revolucionario de verdad, que es la condición primera para lanzarse a una aventura conspirativa…”.
¿Hubiera podido Sánchez Guerra seguir siendo quien era, de haber adoptado estas reglas? ¿Quién era realmente Sánchez Guerra, no como persona, sino como símbolo de ciertas fuerzas sociales?:
“Sánchez Guerra y Primo de Rivera son los hombres representativos del proceso de crisis del capitalismo español. El primero encarna la continuidad de la alianza feudal-burguesa, el segundo representaba el desbordamiento triunfante del absolutismo. La fuerza de Primo de Rivera durante seis años y medio ha consistido en que su ascensión al Poder se verificó como consecuencia fatal del crecimiento de los restos feudales. La debilidad de Sánchez Guerra, su fracaso, dimana de su afán de hacer contramarcha, de volver atrás, cuando los puentes habían sido volados. Sánchez Guerra quisiera imponer a la historia de España el zig-zag que en otra época le imprimió Cánovas. Sánchez Guerra no sabe, sin duda, que la Historia no se repite exactamente. En este sentido, él es más reaccionario que Primo de Rivera.
Sánchez Guerra aspira a volver a los años que precedieron al golpe de Estado. Ahí está precisamente su gran error político, su incomprensión total de las fuerzas motrices de los procesos históricos. Los resabios feudales se impusieron en 1923 porque habían llegado a un grado tal de evolución que la burguesía no podía jugar a su lado más que el papel de mozo de estoques. y durante los años de la dictadura, naturalmente, no han perdido el tiempo. Las posiciones conquistadas no serán abandonadas fácilmente. Sánchez Guerra ignora que la lucha de clases es tan inflexible como la guerra de trincheras. Para desalojar al enemigo hay que reducirlo por la fuerza. Una actitud más comprensible en Sánchez Guerra fuera si su objetivo hubiese sido el triunfo de la revolución burguesa y la destrucción cruenta de toda la roña feudal. Pero Sánchez Guerra no puede, evidentemente, saltar por encima de su sombra. La época de las revoluciones burguesas, hechas por la burguesía, se ha cerrado. La burguesía no es ya una clase revolucionaria. Al contrario, cuando vislumbra la posibilidad de una conmoción social y política, se agarra a los restos feudales como un náufrago a una tabla. La revolución rusa ha cambiado el reloj de la Historia. Desde 1848, la burguesía, en todas partes, fue perdiendo su espíritu revolucionario. En España, en donde el oleaje de Europa llega siempre con retraso, los acontecimientos de 1848 se dieron veinte años después, en 1868. La gran convulsión rusa ha acabado de operar esta transformación. La burguesía -y el ejemplo más palpable para los españoles es España misma- es hoy el baluarte más firme para impedir la revolución burguesa. La solidez del régimen inaugurado por Primo de Rivera y continuado por Berenguer se basa en eso precisamente. La burguesía teme un cambio que pueda nuevamente hacer posible la aparición del proletariado, cuyo solo recuerdo le interrumpe el sueño.
Sánchez Guerra, como la mayor parte de la decadente burguesía española, vive sumido en una bruma histórica que le aleja de la realidad presente. A la burguesía española le ha faltado un ramalazo brutal, una sacudida en su propia base que le hiciera estremecer sin compasión para hacerla entrar en su verdadera órbita. Sólo así sus hombres representativos se hubiesen percatado del cambio enorme operado durante los últimos veinte años en la relación de fuerzas.”
Fuera de esas fuerzas conservadoras, representadas por Sánchez Guerra, ¿qué hay en el país? Los republicanos, por un lado. Dos clases de republicanos: los de tipo catalán y los de tipo andaluz:
“Andalucía tiene dos aspectos: el terrateniente, a un lado, y el siervo de la gleba, el jornalero, al otro. Los dos extremos: el señor de horca y cuchillo y el miserable que revienta de fatiga para poder comer el gazpacho. En Andalucía existe apenas la burguesía industrial y comercial. Sevilla y Málaga son dos oasis insignificantes en medio de una sabana de tierra que cubre la mitad de la Península casi.
Los hombres hacen su propia historia, pero no la hacen arbitrariamente, en la forma escogida por ellos, sino en las condiciones dadas directamente y heredadas del pasado, decía Marx. Esta verdad fundamental, aplicada a España, lleva a conclusiones sorprendentes. Andalucía ha sido la parte de la Península más difícil de conquistar por el feudalismo español. La lucha entre el feudalismo árabe y los señores feudales cristianos por la posesión de Andalucía duró ocho siglos. Andalucía es la flor más hermosa de España, la región más rica, la más extensa, la que atesora mayores posibilidades. El combate por el dominio de esta parte de la Península fue duro. Una vez conquistada, los boyardos andaluces se han creído con derecho y con fuerza para escribir la historia de España. Ellos han tenido el Poder desde 1874. Los liberales (¡) castellanos y gallegos no han sido otra cosa que sus servidores abnegados.
Andalucía, la gran propiedad, reina y gobierna, ordena y manda. Una clase ejerce el Poder, se sostiene en él por mil medios. Sus enemigos naturales, con frecuencia, por el juego caprichoso de la Historia, constituyen su mejor apoyo. El feudo andaluz, además del asistente castellano y gallego, que le sujetan el estribo, ha tenido dos aliados indirectos que le han apoyado grandemente a ejercer su predominio: el republicanismo y el anarquismo andaluces.
El republicanismo andaluz ha luchado contra el republicanismo catalán, acabando por dominarlo. Cataluña y Andalucía son los dos polos opuestos en la vida política española. La una es la industria naciente, tímida, algo artificial, la burguesía, en fin, y la otra es la gran propiedad, el latifundio. Los combates entre una y otra, sus alianzas momentáneas, sus antagonismos, determinan la marcha de los acontecimientos. Cuando, a comienzos de siglo, la pequeña burguesía catalana se agitaba y se preparaba para un ataque, la gran propiedad, Moret, envió a Barcelona a Lerroux, andaluz, para que tomara la dirección de ese movimiento. El republicanismo catalán fue puesto de este modo al servicio de los señores andaluces.”
Los republicanos se apoyan en la pequeña burguesía. Pero:
“la pequeña burguesía española, como los generales jubilados que aun sueñan con fantásticas batallas, no sabe darse cuenta del cambio que se ha producido en el mundo, y en España, por tanto, durante los últimos veinte años. Discurre de igual modo que cuando la clase obrera iba detrás de ella. La fuerza de ésta, la pequeña burguesía creía que era la suya propia. Se imaginaba aún un Júpiter silencioso que en un momento de cólera puede desencadenar el rayo. Sin embargo, la pequeña burguesía, sin la clase trabajadora, no es más que una sombra que pasea a lo largo del camino planeando Repúblicas fantásticas que no supo crear cuando esto era factible.”
¿Por qué ese fracaso constante de la pequeña burguesía?:
“Una revolución vencida lo es siempre, más que por el combate perdido a última hora, por la batalla que se pudo ganar y, sin embargo, no fue empeñada. La burguesía española salía derrotada en 1873. ¿Por qué?
Todas las experiencias revolucionarias, desde la gran Revolución francesa, han evidenciado que la revolución, una vez empeñada con objetivos meramente burgueses, adquiere a la postre un cariz proletario, ya que es la clase obrera la fuerza motriz que anima los acontecimientos. El proletariado que ha peleado aliado de la burguesía para aplastar las fuerzas reaccionarias, no se detiene fácilmente en el momento en que la burguesía quiere hacer alto. “Se empieza, y luego ya se ve cómo hay que seguir”, decía Napoleón refiriéndose a las batallas. La clase trabajadora, en pleno combate, hace esfuerzos para ganar la dirección del movimiento. Esta experiencia, desde Babeuf, ha venido repitiéndose infaliblemente en todas las revoluciones posteriores. Junio de 1848 y la Commune, en Francia; 1917, en Rusia; 1918-1919, en Alemania, son ejemplos históricos que no dejan lugar a duda. El proletariado se une a la burguesía descontenta, pero no tarda en volverse contra ella. La revolución, que es una cosa dinámica, no se estanca. Toma luego un carácter pronunciado de clase. Por eso la burguesía se horroriza ante la perspectiva de una revolución, aun cuando aparentemente esté inspirada y dirigida por ella. El comienzo es fácil señalarlo y distinguirlo, pero el fin, ¿quién podrá determinarlo? La revolución no obedece ni a los razonamientos de los más profundos sabios oficiales de turno ni a los arrebatadores párrafos oratorios de los Demóstenes burgueses. Sigue adelante, imperturbable, como un meteoro.”
La clase obrera, pero, dividida entre anarcosindicalistas y socialistas, no pudo -o no supo- empujar hacia la revolución. Y no supo tampoco impedir el golpe de Estado:
“Los sindicalistas habían dado de sí todo lo que humanamente era posible. Encerrados en un círculo vicioso, no hacían más que dar vueltas yendo al asalto de su propia sombra. La huelga del transporte que tuvo lugar en Barcelona, en mayo-julio de 1923, provocada por la burguesía y de hecho contradirigida por Primo Rivera, fue la medida de la resistencia de la clase obrera. Vencida en una lucha a la que se había dejado arrastrar estúpidamente por un enemigo que iba tanteando el terreno, estuvo colocada fuera de combate.
La clase obrera de Madrid y de Barcelona tenía una dirección incapaz. El golpe militar, con un Estado Mayor proletario medianamente inteligente, pudo haber fracasado. La huelga general en Barcelona y el Madrid hubiera hecho abortar el pronunciamiento. El proletariado catalán, aunque destrozado por la represión ejercida por el partido conservador, debió haber reaccionado ante un hecho tal. Pero el sindicalismo anarquista se había pasado años y años predicando a las masas obreras el apartamiento de la política. Los anarco-sindicalistas españoles, a la zaga del movimiento obrero de los países europeos industrialmente avanzados, creía hacer un formidable descubrimiento predicando un sindicalismo caducado, estéril, infecundo. A su entender, la clase obrera debía preocuparse solamente de pesetas y de jornales. Lo otro, la política, carecía de importancia, era una especulación puramente burguesa. De ese modo, al proletariado se le inutilizaba para toda acción eficaz en las horas difíciles de lucha social enconada. El 13 de septiembre [de 1923], la clase obrera catalana se mantuvo en la pasividad más completa.
El formidable acontecimiento político que acababa de sobrevenir no le dijo nada de momento. Para los anarcosindicalistas se trataba meramente de discusiones entre los bandos burgueses. A sus jefes, desorientados, confusos, sin saber qué hacer, no se les ocurrió más que ocultarse. Lo que acababa de ocurrir estaba por encima de sus cálculos.
La dictadura ganó la primera batalla: en Barcelona. La segunda victoria se la dieron los socialistas. El partido socialista, que no había sido destrozado por la reacción como los sindicalistas, tenía fuerzas para detener el movimiento. La declaración de huelga general en Madrid, que hubiera trascendido inmediatamente a Bilbao y Asturias, hubiese sido de efectos políticos indiscutibles. El personaje misterioso, que nadie nombra y que todos conocen, que intervenía en el affaire, ante una perspectiva revolucionaria, hubiera, muy valientemente, dado media vuelta. Con la huelga general en Madrid, los sindicalistas hubiesen tenido tiempo para reponerse de su estupefacción y lanzarse asimismo a la acción. El éxito de las grandes batallas puede depender de un momento. La rapidez en la maniobra puede decidir la victoria. El pronunciamiento pudo haber sido vencido el 13 de septiembre. El 14 era ya demasiado tarde. Se trataba de un giro político instantáneo. Los socialistas podían cambiar totalmente el aspecto de la situación. Pero no quisieron. Premeditadamente se abstuvieron. El golpe de Estado era para ellos la salvación que llegaba inesperadamente.”
¿Qué eran, en realidad, lo socialistas españoles?
Una vez el hecho consumado, los socialistas, sin titubear mucho tiempo, aceptaron el nuevo estado de cosas, encontrando en él toda una serie incalculable de ventajas. Les libraba de una catástrofe inminente. Anulaba, por
lo menos temporalmente, a toda una serie de adversarios temibles. En la inmunda chirlata que fue la dictadura, los socialistas tenían pase para entrar y salir libremente. Todos los caminos se les abrieron. El Estado dictatorial les sonrió y los acarició con halago. Surgía para ellos de súbito un mundo de risueñas esperanzas.
Durante los cuatro años que precedieron al golpe de Estado, los socialistas habían atravesado instantes extremadamente críticos. En 1919 estuvieron a punto de desaparecer. Rozaron el abismo. El pánico que se apoderó de ellos fue inconmensurable. El “mane”, “thecel”, “phares” baltasariano apareció grabado en las paredes de la Casa del Pueblo. Sintieron que sus días estaban contados.
La gran avalancha obrera se dirigía hacia el sindicalismo. Las masas obreras proletarias y campesinas iban en tropel a la Confederación Nacional del Trabajo. Los sindicalistas, cuyos campamentos se encontraban en Barcelona, embriagados por sus éxitos, decidieron invadir toda España. Fueron a Madrid también. La Casa del Pueblo se tambaleaba. “El Noi del Sucre” y Pestaña daban conferencias sindicalistas en los salones de la socialdemocracia. La organización obrera de toda España estaba con los sindicalistas. A los socialistas les quedaba solamente, como puesto fuerte, el núcleo madrileño, que amenazaba ruina asimismo. Los Largo Caballero, Saborit, etc., habían hecho la señal de la cruz y se disponían a soportar la dura prueba de la ejecución. Todas las rutas parecían cerradas. No había ni un rayo de esperanza. Sólo un paso en falso del adversario podía evitar el asalto de la Casa del Pueblo y la decapitación de los santones socialistas. Los sindicalistas cometieron ese error. Ilusionados con su fuerza y su empuje, en vez de ir a tomar la Casa del Pueblo, esperaron pacientemente que se entregara a ellos. La socialdemocracia ganó un momento. Para ella era preferible un sitio largo a un asalto brusco e irresistible. En el ataque cuerpo a cuerpo, los socialistas hubieran perecido sin gloria y sin honor. En la espera, podían sobrevenirle al enemigo contratiempos en otros frentes. Y eso fue lo que ocurrió. El lock-out, en Barcelona, hizo variar la dirección de la lucha sindicalista. Las condiciones de la lucha se modificaron. Luego vino la represión contra el sindicalismo. Los socialistas, respiraron. Se habían salvado de milagro. Quedaban muy desquiciados, pero con vida, sin embargo. El enemigo había sido atacado con furia en otro sector y se veía obligado a efectuar un repliegue rápido. Se alzaba el sitio de Madrid… En los garitos de la Casa del
Pueblo, los rabadanes socialistas entonaban un “Te deum” de satisfacción. ¡Santo Dios, qué horas de terrible angustia habían pasado!
Las desdichas socialdemócratas, sin embargo, no habían terminado. Un nuevo cataclismo amenazaba la descomposición de sus filas, bastante malparadas por cierto después de la ofensiva sindicalista. Se trataba de la lucha interior entre partidarios de la Segunda y de la Tercera Internacional. El partido iba a dividirse en dos fracciones, que en adelante se combatirían encarnizadamente. La revolución rusa fue la piedra de toque para los partidos socialdemócratas. Fosilizados en gran parte, anquilosados, convertidos en un apéndice de la burguesía, había llegado la hora de definirse y de tomar posiciones. A un lado o al otro. La escisión se efectuó en marzo de 1921.”
Para explicar estas actitudes, Maurín hace un análisis duro y razonado de las características del socialismo español:
“El partido socialista descansaba sobre tres pilares: una masa proletaria, un crecido grupo de intelectuales, que le daban prestigio, y la burocracia interna apoyándose en la aristocracia obrera. Las masas proletarias, es decir, Vizcaya y Asturias, en buena parte, abandonan el viejo partido socialista. La “intelligentsia” se separó también. Los “pioniers” del partido, García Quejido, Perezagua y Acevedo, siguieron el impulso de la masa. Sólo se quedaron sosteniendo el tronado torreón la aristocracia obrera y los funcionarios reformistas, cuya acción, libre de toda traba, fue en adelante convertir el partido en un museo de antigüedades y en una pequeña bolsa de trabajo.
La escisión fue un rudo golpe para el partido socialista. En 1919 había tenido que soportar la tremenda ofensiva exterior, en 1920-1921 se dividía interiormente. Los mejores elementos, masas e intelectuales, se marchaban. La desaparición del partido socialista como factor político importante quedaba inscrita en la orden del día.
La represión de 1920-1921 contra los sindicalistas favoreció a la socialdemocracia. La persecución de que, al mismo tiempo, fueron asimismo objeto los comunistas, ayudó a los socialistas a recobrar fuerzas.
Pero, en 1922-1923, las cosas políticas cambiaron. El Ministro Sánchez Guerra, y luego la situación liberal “pour rire”, permitieron a los sindicalistas y a los comunistas rehacerse en parte. La socialdemocracia, dentro del movimiento obrero, fue atacada en dos sectores. Los sindicalistas recobraron paulatinamente las posiciones que tuvieron en 1919-1920. Cataluña, Levante, Zaragoza, Coruña, iban entrando de nuevo bajo su influjo. Las dos plazas fuertes más importantes que antes poseía la socialdemocracia, Vizcaya y Asturias, pasaban rápidamente a los comunistas, quedándole sólo Madrid y algunos núcleos dispersos por la Península, sin importancia específica alguna.
Hasta 1919, el sindicalismo y la socialdemocracia se respetaban mutuamente sus posiciones respectivas. Los primeros, teniendo como centro Barcelona, ejercían su influencia en Cataluña y Levante, y algo en Andalucía. La socialdemocracia, asentada en Madrid, dominaba en el Norte y se ensanchaba por Castilla. Las dos Españas, en el orden obrero se toleraban la una a la otra. Mas, en 1919, el sindicalismo halló las fronteras estrechas y buscó expansionarse. En 1922-1923, siguiendo este impulso, continuó minando las posiciones socialistas.
Por su parte, los comunistas, siguiendo una tácita distinta de la de los sindicalistas, procuraban quedarse dentro de la Unión General de Trabajadores para actuar en su seno en contra de la dirección reformista. Esta recurrió a la expulsión de sindicatos para librarse de la crítica y del control de una fracción políticamente adversa. No obstante, a pesar de todos los esfuerzos de los jefes socialistas para dificultar la intromisión comunista, quedaba siempre una pequeña minoría, que en todo momento encendía la mecha y provocaba explosiones. La paz no reinaba jamás en la Unión General de Trabajadores. El diablo de la discordia hacía estragos.
Los socialistas estaban, pues, atacados por los sindicalistas y comunistas. La fortaleza reformista, sometida a este asedio, tenía necesariamente que capitular, tarde o temprano. La situación era enormemente difícil.
No sólo esto. El panorama era, ciertamente, poco agradable en el terreno sindical. Por si esto fuera poco, en la arena política renacía otro contendiente, que volvía a proyectar su sombra sobre los socialistas: el movimiento republicano.
La socialdemocracia ha crecido en todos los países, atrayéndose una parte de los elementos que antes formaban parte del radicalismo pequeñoburgués. La descomposición del republicanismo aportaba fuerzas a los socialistas. Esta etapa histórica se vivió en España entre 1910 y 1920. El crecimiento de la socialdemocracia en Madrid se hizo sobre la base de la pulverización del republicanismo.
La debilidad de partido socialista como resultado de la escisión surgida en 1921 y de la ofensiva sindicalista, así como su incapacidad congénita para comprender la importancia de los problemas políticos y su reacción ante ellos, hicieron que el partido socialista fuese aventajado por los republicanos en la acción política que tuvo lugar en 1922-1923, a consecuencia del desastre de Marruecos. El republicanismo conquistaba fuerzas que la socialdemocracia le había arrebatado. Perdido el núcleo intelectual, el partido socialista, como partido pequeñoburgués, era inferior realmente al partido republicano. Este ascendía en la proporción que la socialdemocracia bajaba.
Tal era el panorama, con respecto al partido socialista, en septiembre de 1923. En las esferas dirigentes reinaba el pánico más atroz. Después de un pequeño crecimiento, en 1917, tenían que constatar una disgregación rápida y una próxima muerte inevitable. Los tres frentes dirigidos contra la socialdemocracia bombardeaban sin compasión. La hora de la derrota total, definitiva, no podía hacerse esperar. Únicamente un cambio brutal de la política general de España podía evitar la catástrofe. Sólo un golpe de Estado, que hiciera enmudecer a los tres adversarios que cañoneaban contra los socialistas y garantizara a estos últimos la existencia, lograría modificar las siniestras perspectivas.
El golpe de Estado era tan indispensable a los socialistas como a la Monarquía, al Militarismo, al Clero, al capital bancario y a la gran burguesía industrial. Los socialistas comprendieron enseguida el alcance de la mutación política, y, sin perder momento, prestaron a los nuevos señores todo su concurso. La dictadura, como recompensa, persiguió a comunistas y sindicalistas. Sin estos enemigos temibles, el partido socialista tendría tiempo y ocasión para fortalecerse y trocarse en un gran partido, en la quinta rueda del sistema burgués. Ese era, al menos, el pensamiento de Largo Caballero y compañía.”
Hay en el movimiento obrero español una dualidad que no es solamente ideológica y que Maurín, formado en Cataluña, ligado al movimiento obrero catalán, comprende mejor que los socialistas y que los propios anarcosindicalistas:
“La capital de la España medieval tenía que ser Toledo, Valladolid o Madrid; es decir, una plaza en el centro de la estepa castellana. Es lógico que el feudalismo procurara la defensa de sus posiciones.
Con el descubrimiento de América y el progresivo desarrollo de la burguesía, la capital debía ser Lisboa o Barcelona. En uno o en otro caso, la burguesía que hubiera crecido en la capital hubiese acabado por asaltar el Estado, realizando la revolución burguesa. Esto es lo que Felipe II comprendió bien, asentando la capital en el desierto.
En Madrid no hay gran burguesía. En cambio, es el foco de todos los restos del feudalismo. La pequeña burguesía madrileña, la más radical de España, precisamente porque tienen que enfrentarse con la reacción feudal, no puede ganar por sí sola una revolución que subvierta los fundamentos de la estructura histórica de España.
Madrid es la capital oficial de España, pero la capital efectiva, real, es Barcelona. Todos los grandes acontecimientos politicosociales sobrevenidos en España durante los últimos años han tenido lugar en Barcelona o han sido inspirados en Barcelona. Y esto tanto en el campo obrero como en el dominio de la burguesía.
La explosión proletaria más sensacional, más gigantesca que hasta comienzos de siglo se había dado en España fue la huelga general de Barcelona del año 1902, que constituye un jalón imperecedero en la historia de las luchas sociales en nuestro país. La Solidaridad Catalana, 1906-1907, y toda la serie de hechos políticos que de ella se derivaron -antimilitarismo, ley de Jurisdicciones, cuestión catalanista- estremecieron la política general de España. El 1909 rojo, que pudo haber sido una revolución trascendental, ocurrió en Barcelona y no en Madrid. En 1917, la aparición de las Juntas de defensa y la Asamblea de Parlamentarios surgen asimismo en las Ramblas. El 1919 sindicalista, tumultuario, soviético, fulgurante, es hijo de Barcelona. El golpe de Estado, en 1923, se da cerca de la estatua de Colón…
Esta característica diferencial entre Madrid y Barcelona debió haber sido comprendida por los primeros propagadores del movimiento obrero. Hacer de Madrid el centro de la clase trabajadora significaba consagrar la escisión permanente del proletariado español.
Pablo Iglesias se apartó de Barcelona, dejando el campo libre a todas las experiencias anarquistas y a la demagogia de la pequeña burguesía por las mismas razones que el feudalismo había trocado un villorrio insignificante en capital de España. Pablo Iglesias, representante típico del oportunismo socialista, de la colaboración de clases, comprendió que Barcelona como centro obrero de España crearía la unidad de la clase trabajadora frente a la dualidad de la burguesía -agraria e industrial-, lo cual sería causa de perturbaciones políticas de gran alcance. Barcelona, inspiradora del movimiento obrero, significaría el triunfo de la corriente revolucionaria y la derrota de la tendencia reformista. Pablo Iglesias, guiado más por los intereses de la burguesía que por los de la clase obrera, consagró la escisión proletaria, dejando Barcelona a merced del azar.
Este fue el primer gran pecado de la socialdemocracia española.
La protesta contra los crímenes horrorosos de Montjuic fue llevada a cabo por la pequeña burguesía. El socialismo se mantuvo en una actitud de soberana indiferencia o manifestó un intervencionismo de encargo, puramente formal.
La huelga general de 1902, no sólo fue objeto del boicot por parte de los socialistas, negándose a colaborar, sino que Pablo Iglesias y su grupo se esforzaron porque las Trade-Unions británicas, que se disponían a ayudar a los huelguistas moral y materialmente, desistieran de sus propósitos.
Después de esta huelga general famosa, Barcelona obrera daba por terminada una etapa -la anarquista- y se disponía a emprender otro sendero. ¿Cuál? El proletariado no encuentra empíricamente su camino. Dejado a su libre impulso, sin guía doctrinal, cae en un estrecho corporativismo o se deja arrastrar por la pequeña burguesía radical.
El momento era llegado para que el partido socialista se adueñara de la dirección del proletariado catalán y surgiera un formidable partido obrero en España. Esto hubiera cambiado del todo la dinámica de la política habitual del país. La aparición de un partido obrero revolucionario con una base inexpugnable en Barcelona hubiese sido un estampido de cañón en la mitad de la noche.
La acción de masas que tuvo lugar con el lerrouxismo hubiera poseído otro carácter más sólido, más taladrante. La clase obrera hubiese ayudado, en 1906, a la burguesía catalana a imponer la revolución democrática, en vez de hacer la política favorable al Estado que siguió Lerroux. La revolución burguesa tenía la victoria segura con la clase obrera como aliado.
Pero la socialdemocracia se alejó de Barcelona una vez más.
En 1909, las masas obreras de Cataluña, impulsadas por la necesidad histórica de la revolución, se insurreccionaron. Aquel movimiento, caótico, incoherente, sin dirección, fue, sin embargo, una de las páginas más brillantes del proletariado español. La clase obrera, dirigida por la pequeña burguesía, se equivocó en el ataque. Cayó sobre el clericalismo en lugar de lanzarse al asalto del Estado. Quemó conventos e iglesias en vez de tomar los cuarteles, Montjuic, Capitanía, el Gobierno civil, los Bancos. No obstante su error básico, aquella protesta encendida merecía el apoyo entusiasta de todos los trabajadores españoles. La revolución de julio, triunfante en Cataluña, pudo ser ahogada en flor, exterminada violentamente, porque el resto de España se mantuvo en la mayor pasividad. Si la insurrección hubiese estallado al mismo tiempo en Vizcaya, Asturias y Madrid, el aspecto del movimiento hubiera sido otro, conduciendo irremediablemente a la lucha por el Poder. Pero la defección de la socialdemocracia se dio la mano con la pequeña burguesía aterrorizada. Socialistas y lerrouxistas se movían siguiendo el mismo impulso. La reacción pudo poner en práctica todos los medios para aplastar a los “sansculottes” del Paralelo. La responsabilidad del fracaso y del asesinato de Ferrer corresponde por igual a Lerroux y a Pablo Iglesias.
Después de 1909 empieza el declive del radicalismo. La clase obrera catalana ha comprendido, tras una dura experiencia, que la dirección de las masas proletarias ejercida por la pequeña burguesía conduce al desastre. La reacción natural es el odio a la política, ya que la política ensayada ha sido catastrófica. Es el partido socialista quien con una labor revolucionaria tenía que enseñar a las clases trabajadoras que hay una política obrera y otra burguesa, una democracia obrera y otra burguesa, y que los objetivos de dos clases diferentes en manera alguna pueden ser idénticos. El partido socialista, como en el último cuarto del siglo XIX y como a comienzos del XX, dejó de cumplir con su deber. El movimiento obrero catalán fue orientándose hasta el sindicalismo y apartándose de la acción política.”
La crítica de la socialdemocracia no puede separarse del análisis de la historia contemporánea del país:
“En 1917 vuelve a manifestarse en España la crisis revolucionaria. Ahora la socialdemocracia es fuerte y puede desempeñar en los acontecimientos un papel importantísimo. Las masas obreras se orientan hacia el partido socialista y quieren convertirlo, a pesar suyo, en un instrumento de combate y de conquistas políticas. La socialdemocracia podía entonces, actuando dignamente, obtener la hegemonía del proletariado español.
La huelga general de agosto de 1917 era el comienzo de la revolución. En ese momento la burguesía no estaba aún tan aterrorizada por las perspectivas inciertas como tres meses más tarde. La burguesía, que quería el Poder y no sabía cómo ganarlo, lo hubiese recibido gracias a la acción revolucionaria de las masas obreras.
Pero en la hora decisiva los socialistas se batieron en retirada. La huelga general fue asesinada por la espalda por aquel Comité de ilustres revolucionarios integrado por Besteiro, Largo Caballero y Saborit. El movimiento de agosto era apuñalado por Cambó y por los socialistas. El sincronismo político de socialistas y gran burguesía se repetía una vez más. No había de ser la última. En la hora decisiva, seis años más tarde, estarían a un mismo lado de la barricada.
En el verano de 1920, Salvador Seguí, con la intuición perfecta del giro de los acontecimientos, salió de Barcelona a Madrid y obligó a Largo Caballero a firmar un pacto entre la Unión General de Trabajadores y la Confederación Nacional del Trabajo. Se convenía que cuando una de las dos organizaciones fuese atacada por el Gobierno, la otra ofrecería su concurso. Los socialistas aceptaron el pacto sin ningún entusiasmo. Seguí quería formar un potente bloque para desvirtuar el ataque a muerte que la burguesía catalana se disponía a emprender.
El fuego se rompió al cabo de pocos meses, a últimos de noviembre. Martínez Anido fue nombrado gobernador civil de Barcelona, recibiendo plenos poderes para “restablecer la calma”. El Estado Mayor sindicalista: Seguí, David Rey, Botella, etc., fue deportado a Mahón; Layret cayó acribillado a balazos. Empezó la “pacificación”.
La Unión General de Trabajadores, con arreglo al pacto acordado y, aunque el pacto no hubiera existido, por un deber ineludible de solidaridad proletaria, tenía que movilizarse rápidamente para salir en defensa de los obreros ametrallados.
La Unión General de Trabajadores recibió de los núcleos sindicalistas el aviso para ir a un paro general; pero la Unión General de Trabajadores no se movió. Dejó que en Barcelona se asesinara impunemente y que las cuerdas de deportados recorrieran todas las carreteras de España. No hubo de su parte la menor protesta activa.”
La conclusión del análisis de las fuerzas políticas españolas es que la destrucción del régimen político ya no la pueden hacer los republicanos, la pequeña burguesía, sino que ha de ser obra de la clase trabajadora. Lo dice Maurín con las frases más encendidas del libro, que recuerdan al Maurín orador: voz sorda, gestos tajantes, mechón sobre la frente, frases cortas como puñetazos:
“Hay algo que los republicanos no comprenden. Y es que la Monarquía no es el rey, sino todo lo que ella encarna. La fuerza de la Corona, su vivacidad, a pesar de todos los contratiempos, radica en su valor representativo. La Monarquía es una Sociedad Anónima cuyos accionistas principales son la Iglesia, el Militarismo, las oligarquías financieras, el Banco de España, la Aristocracia, los grandes latifundistas y, los elevados dignatarios de la máquina del Estado. En esta Sociedad Anónima, el monarca desempeña las funciones de presidente. La Sociedad Anónima monárquica sabe que la deposición del presidente puede ser causa de una grave crisis interior. Por eso la defensa del rey es la defensa propia. De ahí la firmeza de la Corona.
Los republicanos, excesivamente simplistas, no ven en esa monstruosa Sociedad Anónima más que la figura que está en la cúspide, es decir, el rey. Y creen que hacerlo bajar de su sitial es fácil y ello lo resuelve todo.
Y, sin embargo, no es así. Es la Monarquía en totalidad la que hay que abatir. Y esto no puede hacerse sin una profunda revolución.
El rey pudiera un día ser destronado en virtud de una algarada militar. Pero la gran Sociedad Anónima monárquica, ¿desaparecería automáticamente por un golpe de varita mágica? Toda la raigambre de intereses que se concentran alrededor de los restos feudales, de los que la Monarquía no es más que la clave de bóveda, con la inercia que comunica una persistencia de siglos y siglos, no puede saltar si no es mediante una mina cargada de dinamita. Sólo una revolución que socave las entrañas de la sociedad actual pulverizará la agrietada, pero firme aún fortaleza de las supervivencias feudales.
Naturalmente, esta revolución creadora no puede ser obra de los republicanos. No la llevaron a cabo cuando tenían fuerzas suficientes. Menos la harán ahora. Los republicanos, como máximo, podrán producir un engendro híbrido, como el de 1873.
La gran revolución española será la clase trabajadora quien la lleve a cabo.”
El libro contribuyó a aclarar las ideas y dio unos objetivos definidos a muchos comunistas sin organizar y a la Federación misma. Del análisis se derivaban una estrategia y una táctica, que Maurín aplicará en los años sucesivos: alentar toda conquista que acelere la revolución democráticoburguesa y oponerse a toda medida que la retrase.
Maurín preveía un periodo de ilusiones obreras con la República. Los socialistas no hablaban de medidas sociales, sino sólo políticas. La gente estaba tan descontenta con la monarquía, que pensaba sólo en el cambio formal de régimen. Los anarquistas, a pesar de su tradicional apolítica, ayudaban a los republicanos sin hacer nada para obligarlos a adoptar posiciones sobre las cuestiones sociales. La república aparecía, para la mayoría, como una panacea. Maurín sabía que no podía serlo y su análisis de la historia moderna de España lo llevaba a concluir que había que empujar hacia la proclamación de la República, pero al mismo tiempo vacunar al proletariado contra las ilusiones republicanas para que no dejara de presionar y no abandonara su misión del momento: hacer la revolución democráticoburguesa.
El grupo de “La Batalla” iba, pues, contra la corriente. Se encontraba aislado del Partido oficial (así lo llamaremos en lo sucesivo, porque así era como se le conocía en el movimiento obrero español, donde a los comunistas también los llamaban “chinos” o, por extensión “coletas”, porque hablaban más de la revolución china que de la española). A los republicanos y socialistas, el de “La Batalla” les parecía un grupo de mal agüero. Las direcciones socialistas y anarquistas eran impermeables a la propaganda, pero no las masas. Y a éstas, a la base de la CNT sobre todo, se dirigía “La Batalla”. Fueron las masas las que indujeron a sustituir el gobierno de un general -Juan Bautista Aznar- y a éste a convocar elecciones municipales. Las masas también impulsaron a los republicanos a unirse, firmando el llamado Pacto de San Sebastián en agosto de 1930, y luego a constituir un Comité Revolucionario de republicanos, socialistas y catalanistas de izquierda. Algunos militares (entre los cuales el coronel piloto Ramón Franco, y el general Gonzalo Queipo del Llano) se sublevaron en Madrid y luego los capitanes Fermín Galán y José García Hernández se sublevaron en Jaca en diciembre de 1930. Estas sublevaciones no reflejaban a los dirigentes guiando a las masas, sino a las masas empujando a los dirigentes. Esta situación de superioridad de las masas con respecto a sus dirigentes se repetirá diversas veces, en 1934, en 1936, en 1937. En las masas, pues, había que confiar para formar un partido capaz de llevar a la revolución democráticoburguesa.
De momento el grupo de “La Batalla” debía limitarse a la propaganda de sus puntos de vista, a través de su semanario y de una revista mensual teórica, “La Nueva Era”, cuyo primer número salió en París en enero de 1930 y los sucesivos en Barcelona. Otro semanario se hizo eco de esos mismos puntos de vista, a los que sus redactores habían llegado por su cuenta y también como eco del libro de Maurín: “L’Hora”, que apareció en catalán a partir de diciembre de 1930. Los que
publicaban este semanario se consideraban comunistas, pero no estaban afiliados al Partido Oficial. Muchos de ellos formaban parte del Partit Comunista Català.
A fines de julio de 1930 Maurín es detenido y está unas semanas en la prisión. El 2 de octubre, firma un manifiesto de protesta por la detención y expulsión a Francia de Francesc Macià, que había regresado. En la cárcel están también Jordi Arquer y algunos otros elementos del PCC, amigos de Maurín. Hablan con éste sobre todo de la cuestión catalana y cuando se convencen de que su posición sobre ella, expresada en su libro, es sincera, deciden trabajar juntos para formar con la Federación y el PCC un solo partido.
Los hechos pesaban mucho y los hechos exigían un partido nuevo. En la Federación, algunos conservan todavía la esperanza de cambiar al Partido oficial, y en el PCC algunos no creían en la separación real de la Federación y el Partido oficial. Pero se siguió hablando de las posibilidades de fusión.
Hubo una reunión clandestina de militantes de la Federación, en una playa cercana a Barcelona. La mayoría se mostró favorable a la fusión. La ruptura con el Partido quedó, pues, confirmada. Varios, de los que se opusieron a la fusión
decidieron quedarse en el Partido y otros siguieron en la Federación (algunos de los cuales, más tarde, regresaron al Partido, mientras que la mayoría permanecieron leales a la Federación y, con el tiempo, comprendieron que no era posible cambiar al Partido desde dentro).
Por la misma época, en octubre de 1930, el PCC celebró su congreso. La mayoría se pronunció por la fusión. Un grupo de profesionales, sin embargo, se opuso a ella y se quedó fuera. Entre ellos había el que figuraba como propietario del semanario “Treball” (puesto que siendo el PCC ilegal, no podía, lógicamente poseer un periódico legal); y se negó a devolver el periódico al PCC. Esto hizo posible que “Treball”, que no volvió a aparecer más que esporádicamente, se convirtiera durante la guerra civil en el órgano de los comunistas de Barcelona, puesto que con ellos acabó quien había retenido la propiedad del título.
Entre tanto, en septiembre de 1930, Andreu Nin había regresado a Barcelona. Maurín esperaba que una vez volviera a sentirse en su casa, los hechos inducirían a Nin a ingresar en el futuro partido resultado de la fusión ya decidida. Nin mismo, durante un tiempo lo creyó también y así se lo escribió a Trotski (2).
Nin se encontraba atraído por dos influencias contradictorias. Por un lado, la enorme influencia de su experiencia rusa y su afecto personal por Trotski. Por otro lado, la realidad del país, que no encajaba en los clichés de la Internacional ni en los de Trotski. No puede participar en la política activa, porque el grupo trotskista es ínfimo. El 23 de octubre, informa a Trotski de sus impresiones de regreso:
“Actualmente tenemos: 1) el Partido [comunista] oficial, que no tiene ninguna fuerza efectiva y cuya autoridad en las masas es nula; 2) las Federaciones Comunistas de Cataluña y Valencia, excluidas del partido, y que, en realidad, junto con los grupos más influyentes de Asturias y de otros lugares, constituyen, de hecho, un partido independiente; 3) el Partit Comunista Català, que tiene un buen equipo dirigente y cuenta con cierta influencia entre los obreros del puerto de Barcelona y domina el movimiento obrero de Lérida, y 4) la Oposición de Izquierda [trotskista], que no tiene ninguna fuerza en Cataluña.”
Una semana después (el 2 de noviembre), habla a Trotski de Maurín, que, “a pesar de sus vacilaciones, es un camarada muy inteligente y, sobre todo, muy honrado”. “La Batalla” le parece “confusionista” y espera que Maurín pronto se hará trotskista. “Sería una adquisición de gran valor, pues es muy apreciado y muy honrado. Podríamos perder todo esto si lo atacáramos de un modo demasiado injustificado”.
A fines de diciembre de 1930, Nin se encuentra en la Cárcel Modelo, detenido después de la huelga general que apoyó, en Barcelona, la ya citada sublevación militar de Jaca, y escribe desde allí un articulo a “L’Hora”, en el cual defiende el mismo punto de vista de Maurín, sobre la necesidad de que el proletariado haga la revolución democrático-burguesa.
Nin se encuentra, pues, entre la espada y la pared: quisiera ingresar en el partido que se está preparando y sabe que en él tendría un buen lugar, pero al mismo tiempo, por lealtad con Trotski, considera que esta entrada debería ser para conquistar el nuevo partido y convertirlo en trotskista. Cuando, en febrero de 1931, se habla de elecciones legislativas, Nin anuncia al jefe bolchevique que la Federación lo presentará en candidatura y propone que dos trotskistas de Madrid ingresen en la Federación. Ante el anuncio de esas elecciones, “L ‘Hora” sugiere que se forme una candidatura de presos políticos. Pero no habrá elecciones legislativas, sino sólo municipales, y esta iniciativa no se llevará a la práctica.
Los hechos van más deprisa que las negociaciones para la fusión de la Federación y el PCC. La sublevación de Jaca y la huelga general de Barcelona impiden que el congreso de fusión se celebre en diciembre, como estaba previsto. Militantes de ambos grupos en la cárcel y en la calle, conviven ya de hecho como miembros de un mismo partido.
Precisamente porque los acontecimientos van deprisa, es necesario diferenciar las posiciones. La Federación publica en “La Batalla”, una carta abierta al Comité Ejecutivo de la Internacional Comunista, en la cual expone sus críticas a la línea del Partido: la dirección del Partido oficial no ha hecho absolutamente nada para crear en Vasconia, en Galicia, en Andalucía, un movimiento de independencia nacional íntimamente ligado a la clase obrera revolucionaria. La carta señala cuál debería ser la política del Partido, en este terreno: “Somos partidarios de un Estado por cada nación”. Propone, además, la formación de juntas revolucionarias, ya que parecía absurdo pedir, como hacía el Partido, todo el poder para los soviets, cuando en España nunca hubo soviets y muy pocos sabían la que eran. La junta es la forma española, espontánea, de organización del contra-poder que aspira a convertirse en poder. Finalmente, la carta prometía “luchar con todas las fuerzas” por la realización total de la revolución democrática (3).
Los acontecimientos hacen lo que los comentaristas llaman precipitarse. Cae el gobierno del general Berenguer una vez la oposición republicana anuncia que no participará en las elecciones legislativas convocadas por el general. Substituye a éste el almirante Aznar. El 20 de marzo de 1931 tiene lugar en Madrid la vista de la causa contra los miembros del Comité Revolucionario, por haber firmado un manifiesto republicano en diciembre. Seis meses de cárcel a cada encartado. El 22 de marzo, el gobierno restablece las garantías constitucionales y convoca elecciones municipales, como una prueba de su deseo de volver a la constitucionalidad y con la vana esperanza de que unas elecciones habitualmente administrativas no adquieran carácter político.
Ante todo esto y el futuro, hay que fijar posiciones. Los militantes del PCC y de la Federación se reúnen, en grupos, en casas particulares o en cafés, y van redactando textos políticos, de organización, sindicales. A base de esos textos Maurín y unos pocos más escriben las tesis que discutirá y aprobará el congreso de fusión y que serán la plataforma del nuevo partido. Las células de los dos partidos, al recibir la copia mimeografiada de esas tesis, las discuten y proponen enmiendas.
Hay que dar forma oficial a la fusión, que ya existe de hecho. El congreso convocado para diciembre puede reunirse, finalmente, en marzo de 1931, en un bar de la ciudad fabril de Terrassa.
Uno de los asistentes, al ver el reducido número de delegados, comenta:
-Estamos en familia-. Y agrega, para consolarse: -Menos eran los primeros bolcheviques…
Notas del capítulo 1
(1) Manuel Buenacasa: “El movimiento obrero español”. Barcelona, 1928, pp. 109, 71,72 y 110.
(2) Joaquín Maurín: “Hombres e historia”, serie de artículos en “España libre” de Nueva York, a partir del 19 de febrero de 1960.
(3) Maurín, op. cit.
(4) Andando el tiempo. Maurín adoptó una actitud más crítica sobre la fundación de la Tercera Internacional. En 1960 (op. cit), en efecto, escribió que al fundar la Internacional “Lenin cometió un grave error de enfoque cuyas repercusiones fueron desastrosas para el movimiento obrero mundial y para la causa de la democracia. En 1919, Lenin creía que la revolución rusa era el comienzo de la revolución mundial y procedía en consecuencia. A su modo de ver, la Tercera Internacional agruparía a las fuerzas revolucionarias de todo el mundo y la toma del poder político y económico por la clase trabajadora se produciría con la facilidad con que el fruto cae del árbol cuando está maduro. Ideológicamente, Lenin era una mezcla de socialista marxista y socialista utópico. Su marxismo “científico” tenía mucha ganga utópica… En la concepción de la Tercera Internacional el utopista se sobrepuso al marxista. La Tercera Internacional no produjo la revolución mundial, sino la contrarrevolución mundial. La clase obrera quedó dividida en dos organizaciones rivales y por la brecha abierta penetró poco después el fascismo”.
(5) Joaquín Maurín: “Revolución y contrarrevolución en España”, París. 1966. Apéndice, p. 258.
(6) Para más detalles véase de Víctor Alba: “La formació d’un revolucionari: Andreu Nin”. Barcelona, 1973.
(7) Para la interpretación de los acontecimientos españoles por el delegado de la Internacional, consúltense: Jules Humbert-Droz: “Dix années au service de l´Internationale Communiste”. Ginebra, 1971. Su conocimiento de España era tan superficial que hubo casos, según él mismo cuenta, en que, estando en España, se enteró de una huelga general por los diarios.
(8) Maurín: “Revolución y contrarrevolución en España”, p. 266.
(9) Para más detalles sobre este viaje de Macià, véase de Víctor Alba: “La formació d’un revolucionari: Andreu Nin”. cap. 3.
(10) José Bullejos: “Europa entre dos guerras”. México, 1945. pp. 100-101.
(11) Joaquín Maurín: “El Bloque Obrero y Campesino”. Barcelona, 1932, pp. 13-17.
(12) Maurín: “El Bloque Obrero y Campesino”, p. 18-19.
(13) José Bullejos: op. cit. p. 127-128.
(14) En realidad, me afirma Maurín en 1972, la Federación Catalano-Balear no envió ningún delegado, porque se consideraba ya separada del Partido, pero la dirección de éste escogió a dos militantes a los que atribuyó la representación de la Federación. Bullejos no lo dice así porque él, entonces, formaba parte de esta dirección.
(15) Es interesante comparar esta versión, dada por el dirigente máximo del Partido en 1930, pero escrita cuando ya no formaba parte del movimiento comunista, con la que da un equipo de militantes actuales del Partido, encabezado por Dolores Ibarruri (“La Pasionaria”), todos los cuales, en 1930, eran simples miembros. Esta versión se encuentra en la Historia del Partido Comunista de España (París, 1965. p. 82).
Notas del capítulo 2
(1) Nin había estado en la Profintern hasta el 1928. Después de inclinarse por Bujarin, manifestó su simpatía por Trotski y fue despedido de la burocracia de la Internacional Sindical Roja, a cuyo servicio, antes, había hecho viajes clandestinos a Italia, Alemania y Francia (donde fue detenido y expulsado). Después de vivir varios meses de traducciones, le permitieron salir del país con su mujer -una rusa-, y sus dos hijas. Naturalmente, se instaló en Barcelona, puesto que, caída la Dictadura, se permitió el regreso de los exilados.
(2) Para más detalles sobre Nin, véase de Víctor Alba: La formació d’un revolucionari: Andreu Nin, Barcelona 1973. La correspondencia entre Nin y Trotski se encuentra fragmentada, en “La Révolution espagnole”, Etudes Marxistes núms. 7-8, París, 1969.
(3) Como curiosidad histórica, señalemos que quince años más tarde, un trotskista mexicano que estaba en España durante la guerra civil, G. Munis, en su libro Jalones de derrota, promesa de victoria, México, 1948. p. 59, calificaba esta carta abierta de centrismo estalinista y de nacionalismo pequeño-burgués, porque admitía la posibilidad de luchar por la revolución democrática independientemente de la revolución socialista.

Moscú en 1937. Terror y utopía (Juan Manuel Vera)

Reseña publicada originalmente en la revista Trasversales número 34 , febrero 2015

La monumental monografía de Karl Schlögel (Terror y utopía, Moscú en 1937, Acantilado, 2014) supone una destacada aportación al conocimiento de la experiencia totalitaria soviética durante el periodo estalinista.
Schlögel ha convertido el Moscú de 1937 en el objeto de su estudio. Se trata de un intento de comprensión poliédrica del entorno político, económico, sociológico, cultural y técnico de la ciudad. Como señala el autor, “es preciso alzarse en el aire para poder ver la panorámica de un escenario en su conjunto” (p.31). En su primer capítulo, Schlögel va a utilizar el vuelo de Margarita y Voland, en la genial novela El maestro y Margarita, de Mijail Bulgakov, como metáfora de la pretensión panorámica del libro. La ambición de la obra es globalizadora. Pretende recrear la multiplicidad de la ciudad, su arquitectura y obras públicas, las grandes exposiciones, el deporte, el arte, la vida cotidiana.
La abundante información y los distintos enfoques de cada capítulo, no aseguran, sin embargo, la comprensión cabal de una realidad que se resiste a ser aprehendida. La yuxtaposición predomina sobre la integración. Desde arriba se perciben los objetos y los movimientos, pero no es seguro que el corazón invisible del imaginario colectivo se deje vislumbrar y, sin ello, la visión del conjunto no acaba de ser armónica.
Muchos de los temas que se recorren en este libro son, inevitablemente, conocidos, empezando por los grandes procesos públicos a través de los cuales se escenificó la caída definitiva de la vieja guardia bolchevique y de gran parte de los propios cuadros políticos estalinistas. Al mismo tiempo, su lectura nos conduce a lugares menos transitados. Para ello se utiliza, en todo momento, abundante material de archivo, al que se ha podido acceder tras el final del régimen soviético.
Moscú aparece como epicentro del gran terror desencadenado en los años treinta. La ciudad como símbolo de un año siniestro, metáfora del conjunto de la Unión Soviética. Allí se localiza el nodo central de poder y funcionamiento de la oligarquía estalinista. Pero Moscú es, también, la ciudad real, con sus barrios y sus suburbios, sus habitantes que viven o sobreviven mientras tiene lugar un proceso de construcción y destrucción social de enormes dimensiones.
El Moscú de 1937 es un entorno de duras condiciones materiales de vida. “No es posible entender el poder de la década de 1930 sin el agotamiento total de la población, que gastaba todas sus energías frente a la vida cotidiana. La escasez de productos básicos, el fin de la civilización de los bie­nes obvios y los actos rutinarios de la normalidad ejercen una presión no menos opre­sora sobre la vida de un pueblo que la que emana de la cruda represión”(p. 517). La base de la explosividad social latente en la ciudad está en el desplazamiento masivo de la población rural y su hacinamiento, las colas sin fin, la lucha por la subsistencia de la mayoría, el lujo de la minoría privilegiada… El poder total del régimen está sostenido en un equilibrio muy inestable que, en 1937, va a intentar consolidar mediante un giro homicida.
Por supuesto, todo el relato está sobredeterminado por la monstruosa criminalidad que planea sobre la ciudad y la preparación de uno de los mayores asesinatos masivos de la Historia en tiempo de paz. Y, ahí, el autor, se ve obligado a sentir ante el totalitarismo el desconcierto que supone afrontar su atroz racionalidad instrumental. Lo aterrador del totalitarismo, sea el estalinista o el fascista, es esa mezcla compleja de concepciones disparatadas y racionalidad extrema. La lectura del libro de Schlögel, nos hace sentir que la desmesura del Moscú de 1937 escapa a una lógica ordinaria.
Podemos descifrar el Pleno del Comité Central del Partido de febrero-marzo de 1937 (excelente capítulo el que le dedica) y cómo se desencadena la ofensiva de Stalin contra su propio partido. Podemos intuir el terror psíquico en que vivía el dictador ante una realidad crecientemente explosiva como un elemento que contribuye a desencadenar su guerra civil preventiva contra el pueblo. Pero comprender completamente una decisión que supone el sacrifico calculado de millones de seres humanos, incorpora un deslizamiento de sentido donde es difícil sentirse seguros de que podemos entender realmente el acontecimiento.
Hoy se ha documentado que como consecuencia del programa especial de limpieza social encargado al NKVD, entre julio de 1937 y noviembre de 1938, se produjeron cerca de 1.600.000 detenciones y alrededor de 700.000 ejecuciones. Para ello se puso en marchan una administración fuertemente organizada del terror, dirigida centralizadamente, con sus cuotas de detenciones y muertes predeterminadas por territorios y categorías. Era un mecanismo que complementaba el régimen ordinario de represión. Lugares como el campo de tiro de Bútovo, cerca de Moscú, se extendieron por todo el territorio de la Unión Soviética. Según Schlögel: “Si se suman a ello los casos de muerte como consecuencia de las condiciones infrahumanas de los campos y prisiones, es preciso atribuir a la ola represiva de esos años un total de 2 millones de muertes”(p.772).
Schlögel muestra que el sistema del terror se combina con la construcción de una nueva ciudad, desde lo arquitectónico a lo moral. De alguna manera el terror es, también, parte del proyecto de construcción utópica totalitaria.
El totalitarismo siempre tiende al delirio pero sólo en determinadas condiciones éste se hace efectivo, convirtiendo la mera dictadura en el sueño utópico de la dominación total. Hay, pues, un problema sustantivo en comprender las condiciones del delirio estalinista y su extrema racionalidad instrumental. Es algo similar a lo que ocurre al afrontar la cuestión del exterminio de los judíos centroeuropeos por el nazismo.
A lo largo de los numerosos capítulos del libro se va a mostrar de forma trasversal cómo el terror atraviesa a todas las capas sociales, étnicas y profesionales en un torbellino de arbitrariedad donde la elección de las víctimas es, al mismo tiempo, incomprensible y previsible. Ese recorrido por el infierno es una lectura amarga porque no sólo revela la realidad de una experiencia histórica sobrecogedora sino, sobre todo, como se ha destacado tantas veces en relación con el nazismo, porque ilustra la brutal eficacia del descubrimiento totalitario de la plasticidad de la naturaleza humana.
La dimensión de la guerra desencadenada por el poder estalinista contra la población es el centro de la cuestión. Es cierto que tiene precedente en el proceso de la colectivización forzosa, pero el terror de 1937 supone algo más. No se dirige contra una parte de la población sino sobre su totalidad, incluida parte de la propia oligarquía dominante. El estalinismo de 1937 tiene su singularidad en la invención de la construcción flexible del enemigo, que posibilita una represión sin límites. Es una guerra civil unilateral donde uno de los bandos es construido artificialmente, con una forma siempre indefinida, lo que permite que cualquiera pueda ser un enemigo.
Volvamos sobre la cuestión de la racionalidad totalitaria. Se trataba de destruir no sólo la oposición real (léase sobre ella el libro Comunistas contra Stalin, Pierre Broue, Sepha, 2008) sino la posibilidad potencial de una oposición.
La confesión de delitos absurdos en los procesos públicos, y en los interrogatorios secretos, encubre frecuentemente la potencialidad innegable de algunos de los acusados de poder convertirse, en determinadas circunstancias, en opositores. Sólo en una lógica totalitaria ese crimen tiene sentido. Pero en la fase de delirio del totalitarismo, ese crimen se convierte en lo único que tiene sentido.
El objetivo del terror era el dominio por el miedo sobre la población pero, también, exterminar a una parte sustancial de los miembros de la sociedad que podrían, en un momento determinado, por sus lazos, conocimientos, experiencias o capacidades, articular una alternativa social. Se trataba de producir una sociedad anómica, incapaz de reconstruirse por sí misma.
1937 supuso una sangría humana catastrófica en vísperas de una nueva hecatombe, la guerra mundial. Pero, también, una destrucción masiva del tejido de la sociedad, seres, conocimientos, experiencias. El estado totalitario ejecutó su proyecto delirante de dominación total, entendiendo que la destrucción del cemento social era requisito indispensable para consolidar su poder plástico e ilimitado.
A pesar de su singularidad, el modelo de 1937 tuvo descendencia. La revolución cultural china, el sistema khmer en Camboya, o el régimen norcoreano, sólo pueden entenderse desde su genealogía estalinista. Comparten la construcción de un enemigo simbólico, la práctica del terror difuso, la ingeniería social desmesurada y el exterminismo.

Edición digital de la Fundación Andreu Nin, 2015

Ni un intel·lectual català va alçar la veu per preguntar el seu parador On és Nin? (Víctor Alba, 1997)

Avui, 16/06/97
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Aquell 16 de juny, a migdia, Andreu Nin —camacurt, rabassut, cabells rinxolats i ulleres gruixudes—, arribà al local central del POUM, a les Rambles, al costat del cafè Moka. El milicià de guàrdia li digué que havia passat un militar i li havia advertit que hi havia ordre de detenir-lo. Però Nin no en féu cas. Potser pensà que Barcelona no era Moscou. Uns moments després, uns policies vinguts de Madrid es presentaren amb una ordre de detenció signada pel cap de policia de Barcelona, el coronel Burillo, nomenat poc abans per Negrín. Portaren Nin a la comissaria de la Via Laietana. Aquella mateixa nit se l’endugeren a Madrid. I ja mai més no se’n va saber res.

Leer artículo “Ni un intel·lectual català va alçar la veu per preguntar el seu parador On és Nin? (Víctor Alba, 1997)”

Totes les nits són negres (Víctor Alba, 2002)

Avui, 28-11-2002
Aquest estiu TV3 ha emès una sèrie de reportatges de dones que estigueren preses sota el franquisme, a moltes de les quals els arrabassaren els fills. Quelcom de semblant feren, anys més tard, els militars argentins i xilens sota els Francos locals. Molts homes podrien donar imatges semblants sobre les presons franquistes.

Leer artículo “Totes les nits són negres (Víctor Alba, 2002)”

El congreso que se divirtió con sangre (Eugenio Fernández Granell, 1987)

En el año 1937 se celebró el Congreso de Intelectuales Antifascistas de Valencia, presidido por José Bergamín, que fue la ocasión para una virulenta campaña del PCE contra los antiestalinistas de Rusia y de España. Eugenio Fernández Granell en este artículo, publicado originalmente en Diario 16 del día 14 de junio de 1987 (al cumplirse el cincuenta aniversario) efectúa una virulenta recreación del clima de dicho Congreso. Fue reproducido a comienzos de los años noventa en la colección de documentos de la Fundación Andreu Nin y, posteriormente, en el libro Ensayos, encuentros e invenciones (Huerga y Fierro, 1998).

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Un poumista en las Brigadas Internacionales (Francisco de Cabo)

En las descripciones de los hechos que relato sobre la guerra civil española, puede que se refleje el apasionamiento de un protagonista pero ello no es óbice para que no sea una trascripción fiel. He leído y oído numerosas narraciones y estudios analíticos sobre la guerra civil española e historias de la misma de profesores extranjeros y españoles, como asimismo memorias de protagonistas, pero en ninguna me he sentido identificado e interpretado como en los escritos de George Orwell, Leer artículo “Un poumista en las Brigadas Internacionales (Francisco de Cabo)”

Los límites de la oposición (Víctor Serge, julio de 1945)

En 1957 se publicó en Buenos Aires, por el desconocido sello de Ediciones Antloy, un volumen colectivo bajo el título de Examen del comunismo. A diferencia de la proliferación de volúmenes de título semejante saturados por la retórica vacía de la guerra fría, se reproducían allí interesantísmos trabajos críticos del régimen soviético desde perspectivas socialistas, a veces moderadas (socialdemócratas), otras radicales (anarquistas, consejistas…), en un amplio espectro que iba desde Rosa Luxemburg hasta Otto Bauer, pasando por autores como Ernst Toller, Carlo Roselli, Herbert Read o Waldo Frank. No hay indicación del compilador, aunque hay un prólogo firmado por Octavio Rodríguez Maure. Allí se publicó este texto de Serge, en verdad fragmento del artículo “Les Oposittions en URSS” (1945), incluido en Le Nouvel Imperialisme Russe.

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