Las dos almas del socialismo (Hal Draper, 1966)

Publicado originalmente en inglés, en noviembre de 1966, en la revista New Politics. Traducción al castellano de Iniciativa Socialista número 15, junio 1991. Esta edición electrónica ha tenido en cuenta la revisión de dicha traducción efectuada en 1998 por Izquierda Revolucionaria

¿Qué es el socialismo desde abajo?

La actual crisis del socialismo es una crisis del significado del socialismo.
Por primera vez en la historia del mundo, muy posiblemente una mayoría de sus habitantes se autoproclaman “socialistas” en un sentido o en otro; pero tampoco ha existido nunca otro momento en el que tal etiqueta fuera menos informativa (1). Lo más cercano a un contenido común en los diversos “socialismos” es una negación: anticapitalismo. En cuanto a lo positivo, la variedad de ideas incompatibles y en conflicto que se llaman a sí mismas socialistas es más amplia que la gama de ideas dentro del mundo burgués.
Incluso el anticapitalismo es cada vez menos un factor común. En un extremo del espectro, algunos partidos socialdemócratas casi han eliminado de sus programas cualquier reivindicación específicamente socialista, prometiendo mantener la empresa privada donde quiera que esto sea posible. El más destacado ejemplo es la socialdemocracia alemana (“Como una idea, una filosofía y un movimiento social, el socialismo en Alemania no está, desde hace mucho tiempo, representado por un partido político”, resume D. A. Chalmers en su reciente libro, The Social Democratic Party of Germany). Estos partidos han redefinido al socialismo tanto que ya no existe, pero sólo han formalizado una tendencia que es la de toda la socialdemocracia reformista. ¿En qué sentido son aún socialistas todos estos partidos?
En otro lado de la escena mundial, están los estados comunistas, cuya proclamación como socialistas está basada en una negación: la abolición del sistema del beneficio privado capitalista, y en el hecho de que la clase dominante no está formada por propietarios privados. Sin embargo, desde un punto de vista positivo, el sistema socioeconómico que ha reemplazado al capitalismo no sería reconocible para Karl Marx. El Estado posee los medios de producción, ¿pero quién posee al estado? Ciertamente no las masas de trabajadores, que son explotados, sin libertad y desposeídos de todo control político y social. Una nueva clase dominante, los burócratas, domina sobre un sistema colectivista: un colectivismo burocrático (2). A no ser que estatalización sea igualada mecánicamente con “socialismo”, ¿en que sentido son “socialistas” estas sociedades?
Estos dos autodenominados socialismos son muy diferentes, pero tienen en común más de lo que creen. La socialdemocracia ha soñado, de forma característica, en “socializar” al capitalismo desde arriba. Su principio básico ha sido siempre que el incremento de la intervención del estado en la sociedad y en la economía es, “en sí”, socialista. Este principio tiene una fatal semejanza familiar con la concepción estalinista de imponer, desde arriba hacia abajo, algo llamado socialismo, y de igualar estatalización con socialismo. Ambas concepciones tienen sus raíces en la ambigua historia de la idea socialista.
Vayamos a las raíces: las siguientes páginas se proponen investigar históricamente el significado del socialismo, siguiendo un nuevo camino. Siempre ha habido diferentes “tipos de socialismo”, que comúnmente han sido divididos en reformistas o revolucionarios, pacíficos o violentos, democráticos o autoritarios, etc. Estas divisiones existen, pero la fundamental es otra. A lo largo de la historia de las ideas y de los movimientos socialistas, la fundamental división se da entre socialismo desde arriba y socialismo desde abajo.
Lo que une a las muchas diferentes formas de socialismo desde arriba es la concepción de que el socialismo (o un razonable facsímil de él) debe ser otorgado como limosna a las masas agradecidas, de una forma u otra, por una élite dominante que, de hecho, no está sometida a su control. El corazón del socialismo desde abajo es su afirmación de que el socialismo solamente puede ser realizado a través de la autoemancipación de las masas activas en movimiento, llegando a él, libremente con sus propias manos, movilizadas “desde abajo” en una lucha para hacerse cargo de su propio destino, como actores (no simplemente como sujetos pacientes) de esta etapa de la historia. “La emancipación de los trabajadores debe ser obra de los trabajadores mismos”: éste es el primer párrafo de los estatutos escritos por Marx para la Primera Internacional, y éste es el primer principio del conjunto de su obra.
Es la concepción del socialismo desde arriba lo que explica la aceptación de la dictadura comunista como una forma de “socialismo”. Es la concepción del socialismo desde arriba lo que concentra toda la atención de la socialdemocracia sobre la superestructura parlamentaria de la sociedad y sobre la manipulación de “la cumbre” de la economía, haciéndola hostil a la acción de masas desde abajo. El socialismo desde arriba es la tradición dominante en el desarrollo del socialismo.
Nótese que ésta no es una peculiaridad del socialismo. Por el contrario, el anhelo de emancipación desde arriba es el principio totalmente extendido a lo largo de los siglos de sociedad de clases y de opresión política. Es la permanente promesa dada por cada poder dominante para mantener al pueblo mirando hacia arriba esperando protección, en lugar de mirar hacia sí mismo para liberarse de la necesidad de protección. El pueblo confiaba en los reyes para corregir las injusticias hechas por los señores, y en los mesías para destruir la tiranía de los reyes. En vez de tomar el atrevido camino de la acción de masas desde abajo, es siempre más seguro y más prudente encontrar al “buen” dominador que “podrá hacer feliz al pueblo”. El modelo de emancipación desde arriba se repite a lo largo de toda la historia de la civilización, y también se pone de manifiesto en el socialismo. Pero es únicamente dentro del marco del moderno movimiento socialista que la liberación desde abajo puede llegar a ser una aspiración realista; dentro del socialismo, esa aspiración comienza a destacar, pero a trompicones. La historia del socialismo puede leerse como un continuo pero repetidamente fallido esfuerzo para liberarse de la vieja tradición, la tradición de la emancipación desde arriba.
Convencido de que la actual crisis del socialismo sólo puede comprenderse en los términos de esta gran división dentro de la tradición socialista, pasaremos a algunos ejemplos de las dos almas del socialismo.

1. Algunos “precursores” socialistas

Karl Kautsky, el dirigente teórico de la Segunda Internacional, comienza su libro sobre Thomas More con la observación de que las dos grandes figuras que inauguran la historia del socialismo son More y Münzer, y que ambos “prolongan una larga línea de Socialistas, desde Licurgo y Pitágoras hasta Platón, los Gracos, Catilina, Cristo…”. Se trata de una lista verdaderamente impresionante de tempranos “socialistas”, y Kautsky, considerando su posición, debería haber sido capaz de reconocer a un socialista al verle. Lo más fascinante de esta lista es la forma en la que, una vez examinada, se deshace en dos grupos muy diferentes.
La vida de Licurgo escrita por Plutarco condujo a los primeros socialistas a aceptarle como fundador del “comunismo” de Esparta, motivo por el cual Kautsky le incluye en su lista. Pero, tal y como describe Plutarco, el sistema espartano estaba basado en la división igual de la tierra bajo propiedad privada; no era un camino socialista. La impresión “colectivista” que pueda sacarse de una descripción del régimen espartano procede de una dirección muy distinta: el propio modo de vida de la clase dominante espartana, organizada como una guarnición permanente y disciplinada en estado de sitio; y a esto hay que añadir el régimen de terror impuesto sobre los ilotas (esclavos). No entiendo de qué modo puede un socialista moderno estudiar el régimen de Licurgo sin tener la sensación de encontrarse, no ante un antecesor del socialismo, sino ante un precursor del fascismo. ¡Existe bastante diferencia! ¿Pero cómo es que el principal teórico de la socialdemocracia no sacó la misma impresión?
Pitágoras fundó una orden elitista que actuó como brazo político de la aristocracia terrateniente contra el movimiento democrático de los plebeyos; él y su partido fueron derrotados y expulsados finalmente por una sublevación popular revolucionaria. ¡Kautsky parece estar en el lado equivocado de las barricadas! Además, dentro de la orden pitagórica prevalecía un régimen de total autoritarismo y reglamentación. A pesar de todo esto, Kautsky considera a Pitágoras como un precursor socialista porque él cree que los organizados pitagóricos practicaban el consumo comunal. Incluso si fuera verdad (y Kautsky descubrió más tarde que no lo era), eso haría de la orden pitagórica exactamente tan comunista como pueda serlo cualquier monasterio. Marquemos en la lista de Kautsky a un segundo precursor del totalitarismo.
El caso de la República de Platón es bastante bien conocido. El único elemento de “comunismo” en su estado ideal es el precepto de consumo monástico-comunal para la pequeña élite de “Guardianes” constituida por la burocracia y el ejército; pero el sistema social circundante se da por sentado que será de propiedad privada, no socialista. Y —de nuevo— el estado modelo de Platón está gobernado por una élite aristocrática, y su argumento enfatiza que democracia significa inevitablemente el deterioro y la ruina de la sociedad. El propósito político de Platón, de hecho, era la rehabilitación y purificación de la aristocracia dominante para combatir la tendencia hacia la democracia. Llamarle un precursor socialista implica una concepción del socialismo que hace irrelevante cualquier tipo de control democrático.
En cuanto al otro grupo, Catilina y los Gracos no tienen ningún aspecto colectivista. Sus nombres están asociados con los movimientos de masas de revueltas democráticas y populares contra el sistema establecido. Con toda seguridad no eran socialistas, pero estuvieron en el bando popular dentro de la lucha de clases en el antiguo mundo, el bando del movimiento popular desde abajo. Para el teórico de la socialdemocracia parece que todo era igual.
Aquí, en la prehistoria de nuestro tema, encontramos dos tipos de figuras reclamadas para el panteón del movimiento socialista. Por un lado, están las figuras con un tinte de (supuesto) colectivismo, que son completamente elitistas, autoritarias y antidemócratas; y, por otra parte, están las figuras sin ningún tipo de colectivismo a su alrededor, asociadas con luchas democráticas de clase. Hay una tendencia colectivista sin democracia, y hay una tendencia democrática sin colectivismo, pero todavía no existe nada que una a las dos corrientes.
La sugerencia de tal unión no la encontramos hasta Thomas Münzer, el líder del ala izquierda de la reforma alemana; un movimiento social con ideas comunistas (las de Münzer) que estaba también comprometido en una intensa lucha democrático popular desde abajo. Un contraste a esto es, precisamente, Sir Thomas More: el abismo que separa a estos dos contemporáneos alcanza el corazón de nuestro tema. La Utopía de More diseña una sociedad completamente regimentada, más evocadora de la sociedad en la novela de George Orwell, 1984, que de la democracia socialista: elitista de cabo a rabo, incluso admitiendo la propiedad de esclavos, un típico socialismo desde arriba. No es sorprendente que, de estos dos “precursores socialistas” situados en el umbral del mundo moderno, uno de ellos (More) execrase al otro y apoyase a los verdugos que llevaron a Münzer y a su movimiento a su muerte.
¿Cuál era entonces el significado de socialismo cuando apareció por primera vez en el mundo? Desde el comienzo, estuvo entre las dos almas del socialismo, en guerra entre ellas.

2. Los primeros socialistas modernos

El socialismo moderno nació durante el más o menos medio siglo que va desde la Gran Revolución Francesa hasta las revoluciones de 1848. También lo hizo la democracia moderna. Pero no nacieron unidos como hermanos siameses. Al comienzo, se movieron sobre líneas separadas.
¿Cuándo se cortaron ambas líneas por primera vez?
A partir del naufragio de la Revolución Francesa crecieron diferentes tipos de socialismo. Consideraremos tres de los más importantes a la luz de nuestra pregunta.
1) Babeuf: El primer movimiento socialista moderno fue dirigido en la última fase de la Revolución Francesa por Babeuf (“la conjura de los Iguales”), concebido como una continuación del jacobinismo revolucionario con el añadido de un objetivo social más consistente: una sociedad de igualdad comunista. Es ésta la primera ocasión en la era moderna en la que la idea socialista se une a la idea de un movimiento popular, una combinación de enorme importancia.
Esta combinación da lugar inmediatamente a una pregunta crítica: ¿Cuál es exactamente la relación que en cada caso se concibe entre esta idea socialista y este movimiento popular? Ésta es la cuestión clave para el socialismo durante los siguientes 200 años.
Los seguidores de Babeuf entienden esa relación de la siguiente forma: el movimiento de masas popular ha fracasado; parece que el pueblo ha vuelto la espalda a la revolución. Sin embargo, el pueblo sufre y necesita el comunismo, nosotros lo sabemos. La voluntad revolucionaria del pueblo ha sido derrotada por una conspiración de la derecha: necesitamos una conspiración de la izquierda para recrear el movimiento popular, para llevar a cabo la voluntad revolucionaria. Debemos, por tanto, tomar el poder. Pero el pueblo ya no está preparado para ello. Por tanto, es necesario que nosotros tomemos el poder en su nombre, para elevar el pueblo hasta esa altura. Esto exige una dictadura temporal, que en verdad es de una minoría; pero sería una dictadura educativa, con el propósito de crear las condiciones que harían posible el control democrático en el futuro (En este sentido son demócratas). No sería una dictadura del pueblo, como lo era la Comuna, menos aún del proletariado; se trata, francamente, de una dictadura sobre el pueblo, con muy buenas intenciones.
Durante algo más de los 50 años siguientes, la concepción de la dictadura educativa sobre el pueblo permaneció como el programa de la izquierda revolucionaria: a través de las tres B (Babeuf, Buonarroti y Blanqui) y, con la palabrería anarquista añadida, de Bakunin. El nuevo orden será donado al sufriente pueblo por la banda revolucionaria. Este típico socialismo desde arriba es la primera y más primitiva forma de socialismo revolucionario, pero todavía hay admiradores de Castro y de Mao que creen que es la última palabra en revolucionarismo.
2) Saint Simon: Saliendo del periodo revolucionario, una mente brillante tomó un rumbo totalmente diferente. Lo que empujó a Saint Simon era su repulsión a la revolución, al desorden y a los disturbios. Lo que le fascinaban eran las potencialidades de la industria y de la ciencia.
Su visión no tenía nada que ver con algo parecido a la igualdad, la justicia, la libertad, los derechos del hombre o pasiones semejantes: a él le interesaban solamente la modernización, la industrialización, la planificación, divorciadas de las anteriores consideraciones. La industrialización planificada era la llave del nuevo mundo, y, obviamente, la gente que llevaría esto a cabo eran las oligarquías de financieros y de hombres de negocios, científicos, tecnólogos, dirigentes. Cuando no apelaba a tales sectores, Saint Simon pedía a Napoleón o a su sucesor Luis XVIII que implementasen proyectos de una dictadura real. Sus proyectos cambiaban, pero todos ellos eran completamente autoritarios, hasta la última ordenanza planificada. Racista sistemático e imperialista militante, era un rabioso enemigo de la misma idea de igualdad y libertad, que odiaba como descendientes de la Revolución Francesa.
Solamente en la última fase de su vida (1825), decepcionado por la respuesta de la élite natural ante sus llamamientos a que cumpliese con su deber e impusiese una nueva modernizadora oligarquía, dio un giro dirigiéndose a los trabajadores que se encontraban allá abajo. La “Nueva Cristiandad” sería un movimiento popular, pero su papel se reduciría a convencer a los poderes establecidos para que prestasen atención a los consejos dados por los planificadores saint-simonianos. Los trabajadores se organizarían… para pedir a sus capitalistas y a sus dirigentes que sustituyesen a las “clases ociosas”.
¿Cuál era entonces la relación que él establecía entre la idea de sociedad planificada y el movimiento popular? El pueblo, el movimiento, podría ser útil como ariete —puesto en ciertas manos—. La última concepción de Saint Simon fue un movimiento desde abajo para conseguir un socialismo desde arriba. Pero el poder y la capacidad de control debían permanecer donde siempre han estado: arriba.
3) Los utópicos: Un tercer tipo de socialismo que se produjo en la generación post-revolucionaria fue el de los socialistas utópicos de verdad: Robert Owen, Charles Fourier, Etienne Cabet, etc. Ellos diseñaron una ideal colonia comunal, salida hecha y derecha del cerebro del líder, para que fuese financiada por gracia de los ricos filántropos bajo la protección del poder benevolente.
Owen (en muchos sentidos el mejor del lote) era tan categórico como cualquiera de ellos: “Este gran cambio… debería y podría ser realizado por los ricos y los poderosos. No hay otros para hacerlo… para los pobres, oponerse a los ricos y a los poderosos es un derroche de tiempo, talento y dinero…” Evidentemente, Owen estaba en contra del “odio de clases”, de la lucha de clases. De los muchos que así lo han creído, pocos han escrito con tanta franqueza que el propósito de este “socialismo” es “gobernar o tratar a toda la sociedad como el más avanzado de los médicos gobierna y trata a sus pacientes en el manicomio mejor organizado”, con “paciencia y bondad” para los desgraciados que “han llegado a esa situación a causa de la irracionalidad y la injusticia del actual sistema social, sumamente irracional.”
En el modelo de la sociedad de Cabet estaban previstas elecciones, pero no la libre discusión; de forma insistente, imponía una prensa controlada, el sistemático adoctrinamiento y una uniformidad completamente reglamentada.
Para estos socialistas utópicos, ¿cuál era la relación entre la idea socialista y el movimiento popular? Este último era el rebaño que debía ser guardado por el buen pastor. No debe suponerse que el socialismo desde arriba implica necesariamente intenciones cruelmente despóticas.

3. La aportación de Marx

El utopismo era elitista y antidemocrático en lo esencial porque era utópico, esto es, porqué pretendía imponer un modelo prefabricado, inventando un plan que debería ser aplicado. Sobre todo, era inherente a él la hostilidad hacia la idea de transformar la sociedad desde abajo, por medio de la inquietante intervención de las masas en busca de su liberación, incluso en aquellos casos en los que finalmente aceptaba recurrir al movimiento de masas como instrumento de presión sobre las cúpulas. En el movimiento socialista, tal y como se desarrolló antes de Marx, la línea de la idea socialista nunca se intersecó con la línea de la democracia desde abajo.
Esta intersección, esta síntesis, fue la gran contribución de Marx: en comparación con ella, todo el contenido de El Capital es secundario. Lo que él unió fue socialismo revolucionario con democracia revolucionaria. Éste es el corazón del marxismo: “Esta es la ley; todo lo demás es comentario”. El Manifiesto Comunista de 1848 expresa la autoconciencia del primer movimiento (en palabras de Engels) “cuya idea era desde el primer momento que la emancipación de los trabajadores debería ser obra de los trabajadores mismos”.
El propio Marx pasó en su juventud por el estadio más primitivo, tal y como el embrión humano surgió pasando por el estadio branquial; expresándolo de otro modo, una de sus primeras inmunizaciones la logró cogiendo la más omnipresente de todas las enfermedades, la ilusión en el déspota salvador. Cuando Marx tenía 22 años, el viejo káiser murió, y Federico Guillermo IV accedió al trono entre los hosanas liberales y en medio de la expectación de reformas democráticas desde arriba. Nada de eso ocurrió. Marx nunca volvió a esa idea que ha endemoniado a todo el socialismo con sus esperanzas en dictadores o presidentes salvadores.
Marx se incorporó a la política como editor de un periódico que era el órgano de la extrema izquierda de la democracia liberal en la industrializada zona del Rin, y pronto se convirtió en la principal expresión editorial de toda la democracia política en Alemania. Su primer artículo fue una polémica en favor de una ilimitada libertad de prensa frente a cualquier censura estatal. Cuando el gobierno imperial impuso su destitución, Marx estaba ya en contacto con las nuevas ideas socialistas que llegaban de Francia. Cuando este destacado portavoz de la democracia liberal se hizo socialista, todavía vio en esta tarea el triunfo de la democracia, aunque ahora democracia tenía un significado más amplio. Marx fue el primer pensador y dirigente socialista que llegó al socialismo a través de la lucha por la democracia liberal.
En notas manuscritas hechas en 1844, rechazó el existente “comunismo vulgar” que negaba la personalidad humana, y aspiraba a un comunismo que sería un “humanismo totalmente desarrollado”. En 1845, él y su amigo Engels elaboraron una argumentación contra el elitismo de una corriente socialista representada por Bruno Bauer. En 1846 organizaron los “Comunistas democráticos alemanes” en el exilio de Bruselas, y Engels escribió: “en nuestra época, democracia y comunismo son la misma cosa”. “Solamente el proletariado será capaz de fraternizar realmente, bajo la bandera de la democracia comunista…”.
Al elaborar el primer punto de vista que unía la nueva idea comunista con las nuevas aspiraciones democráticas, entraron en conflicto con las sectas comunistas existentes, como la de Weitling, que soñaban en una dictadura mesiánica. Antes de unirse al grupo que se convertiría en la Liga Comunista (para la que escribirían el Manifiesto Comunista), exigían que la organización dejara de ser una élite conspirativa del viejo tipo y se transformase en un abierto grupo de propaganda, que “todo aquello que lleva a un autoritarismo supersticioso sea eliminado de los estatutos”, que el comité dirigente fuese elegido por el conjunto de los miembros, contra la tradición de “decisiones desde arriba”. Ganaron a la Liga para su nuevo enfoque, y en el periódico editado en 1847, pocos meses antes del Manifiesto Comunista, el grupo anunció:
No nos encontramos entre esos comunistas que aspiran a destruir la libertad personal, que desean convertir el mundo en un enorme cuartel o en un gigantesco asilo. Es verdad que existen algunos comunistas que, de forma simplista, se niegan a tolerar la libertad personal y desearían eliminarla del mundo, porque consideran que es un obstáculo a la completa harmonía. Pero nosotros no tenemos ninguna intención de cambiar libertad por igualdad. Estamos convencidos… de que en ningún orden social podrá asegurarse la libertad personal tanto como en una sociedad basada sobre la propiedad comunal… Pongámonos a trabajar para establecer un estado democrático en el que cada partido podría ganar, hablando o por escrito, a la mayoría para sus ideas…
El Manifiesto Comunista, resultado de estas discusiones, proclamó que el primer objetivo de la revolución era “ganar la batalla de la democracia”. Cuando, dos años más tarde y después del declive de las revoluciones de 1848, la Liga Comunista se rompió, estaba una vez más en conflicto con el “comunismo vulgar” de los putschistas, que querían sustituir con determinadas bandas de revolucionarios al movimiento de masas real de una clase trabajadora consciente. Marx les dijo: “La minoría… convierte a la mera voluntad en la fuerza motor de la revolución, en vez de las relaciones reales. Allá donde nosotros decimos a los trabajadores: “Tendréis que pasar por quince, veinte o cincuenta años de guerras civiles e internacionales, no sólo para cambiar las condiciones existentes, sino también para cambiaros a vosotros mismos y capacitaros para la dominación política”, vosotros, por vuestra parte, decís a los trabajadores: “Debemos alcanzar el poder en seguida, o, en caso contrario, irnos a dormir”.
“Para cambiaros a vosotros mismos y capacitaros para la dominación política”: éste es el programa de Marx para el movimiento obrero, en contra tanto de aquéllos que dicen que los trabajadores pueden tomar el poder cualquier domingo como de los que dicen que nunca podrán hacerlo. Así nació el marxismo, en lucha autoconsciente contra los abogados de la dictadura educativa, de los dictadores salvadores, de los revolucionarios elitistas, de los comunistas autoritarios, de los bienhechores filantrópicos y de los liberales burgueses. Éste era el marxismo de Marx, no las monstruosas caricaturas que, con tal etiqueta, predican los profesores del establishment, que se estremecen con el irreconciliable espíritu de oposición revolucionaria al status quo capitalista existente en Marx, y también los estalinistas y neo-estalinistas, que tienen que ocultar que Marx declaró la guerra a todos los de su género.
“Finalmente fue Marx quien enlazó las dos ideas de socialismo y democracia” porque él desarrolló una teoría que hacía posible por primera vez esa síntesis. (La cita es de la autobiografía de H. G. Wells. El inventor de las utopías, del socialismo desde arriba, más lóbregas de toda la literatura, aquí denuncia a Marx por este paso histórico.)
El corazón de la teoría es la siguiente proposición: existe una mayoría social con interés y motivos para cambiar el sistema, y que la intención del socialismo puede ser la educación y la movilización de esta masa mayoritaria. La clase explotada, la clase obrera, es, en definitiva, la fuerza motriz de la revolución. Por tanto, un socialismo desde abajo es posible, sobre la base de una teoría que ve las potencialidades revolucionarias en las amplias masas, incluso si parecen atrasadas en determinado momento y lugar. El Capital, al fin y al cabo, no es otra cosa que la demostración de la base económica de esta perspectiva.
Sólo una teoría del socialismo obrero de este tipo hace posible la fusión del socialismo revolucionario con la democracia revolucionaria. No estamos ahora argumentando nuestro convencimiento de que esta creencia está justificada, sino únicamente insistiendo en la alternativa: todos los socialistas o pretendidos reformadores que la repudian están obligados a asumir algún tipo de socialismo desde arriba, ya sea reformista, utópico, burocrático, estalinista, maoísta o castrista. Y así lo hacen.
Cinco años antes del Manifiesto Comunista, un joven de 23 años recientemente convertido al socialismo escribía todavía dentro de la vieja tradición elitista: “Podemos reclutar adherentes en aquellas clases que han gozado de una bastante buena educación, esto es, en las universidades y entre los comerciantes…” El joven Engels aprendió rápido; pero este obsoleto juicio está todavía entre nosotros.

4. El mito del carácter “libertario” del anarquismo

Uno de los más profundos autoritarios en la historia del radicalismo no es otro que el “padre del anarquismo”, Proudhon, cuyo nombre es periódicamente revivido como ejemplo de gran “libertario”, a causa de su frecuente repetición de la palabra libertad y de sus invocaciones a la “revolución desde abajo”.
Algunos podrían ser condescendientes y pasar por alto su hitleriana forma de antisemitismo (“El judío es el enemigo de la humanidad. Es necesario devolver su raza a Asia o exterminarla…”). O su racismo en general (pensaba que el Sur tenía derechos a mantener a los negros americanos en la esclavitud, por ser la más baja de las razas inferiores). O su glorificación de la guerra por sí misma (de igual forma que Mussolini) O su opinión de que las mujeres no tienen derechos (“Niego sus derechos políticos y sus iniciativas. La mujer sólo encuentra su libertad y bienestar en el matrimonio, en la maternidad, en los deberes domésticos…”, esto es, el Kinder-Kirche-Küche de los nazis).
Pero no es posible disculpar su violenta oposición no sólo al sindicalismo y al derecho de huelga (hasta apoyando la ruptura de la huelga por la policía), sino incluso a las ideas de derecho a voto, sufragio universal, soberanía popular y a la misma idea de constitución (“Toda esta democracia me asquea… Daría cualquier cosa por arremeter contra esta turba con mi puño cerrado”). Las características de su sociedad ideal incluyen la supresión de todos los demás grupos, la prohibición de cualquier reunión de más de 20 personas y de cualquier prensa libre, así como de cualquier tipo de elecciones; en las mismas notas, pensaba para el futuro en una “inquisición general” y en la condena de “algunos millones de personas” a trabajos forzados, “una vez hecha la revolución”.
Detrás de todo esto estaba un feroz desprecio para las masas populares, fundamento necesario del socialismo desde arriba, de la misma forma que el marxismo sentaba sus bases en el sentimiento opuesto. Las masas están corrompidas y desahuciadas (“Yo adoro a la humanidad, pero escupo a los hombres”). Son “únicamente salvajes… a quienes es nuestro deber civilizar, sin convertirles en nuestros soberanos”, escribe a un amigo al que reprende con desprecio: “Tú todavía crees en el pueblo”. El progreso, para él, puede llegar únicamente por la autoridad de una élite que toma la precaución de no dar al pueblo la soberanía.
En algunos momentos, Proudhon contempla a algún déspota como el dictador que podría traer la revolución: Luis Bonaparte (en 1852 escribe un libro entero ensalzando al Emperador como portador de la revolución); príncipe Jerome Bonaparte; finalmente, el zar Alejandro II (“No olvidemos que el despotismo del zar es necesario para la civilización”).
Evidentemente, había otro candidato al papel de dictador, más cercano al hogar: él mismo. Elaboró un detallado proyecto para una empresa “mutualista”, cooperativa en la forma, que se extendería apropiándose de todas las empresas y, después, del estado. En sus notas, Proudhon se coloca a sí mismo como director jefe, no sujeto, naturalmente, al control democrático que él tanto desprecia. Ha previsto con cuidado muchos detalles: “Redactar un programa secreto, para todos los directivos: eliminación irrevocable de la realeza, la democracia, los propietarios, la religión [y así sucesivamente]”.
Los directivos son los representantes naturales del país. Los ministros son simplemente los directivos superiores o los directivos generales: como yo lo seré algún día… Cuando nosotros seamos los amos, la Religión será la que nosotros queramos que sea, y lo mismo ocurrirá con la educación, la filosofía, la justicia, la administración y el gobierno.
El lector, tal vez lleno de las usuales ilusiones sobre el carácter “libertario” del anarquismo, puede preguntarse: ¿mentía entonces cuando hablaba de su gran amor por la libertad?
Nada de eso: basta con comprender el significado de la “libertad” anarquista. Proudhon escribe: “El principio de la libertad es del abad de Thélême (en Rabelais): ¡haz lo que quieras!” y este principio significa: “cualquier hombre que no puede hacer lo que quiere y cualquier cosa que quiera, tiene el derecho a la revuelta, incluso solo, contra el gobierno, incluso si el gobierno está formado por todos los demás”. El único hombre que puede gozar de esta libertad es un déspota; éste es el sentido de la brillante intuición de Shigalev de Dostoyevsky: “Partiendo de la libertad ilimitada, llego al ilimitado despotismo”.
La historia es similar en lo que respeta al segundo “padre del anarquismo”, Bakunin, cuyos planes para la dictadura y la supresión del control democrático son mejor conocidos que los de Proudhon.
La razón básica es la misma: el anarquismo no está relacionado con la creación del control democrático desde abajo, sino solamente con la destrucción de la “autoridad” sobre los individuos, incluyendo la autoridad de la más extremadamente democrática regulación de la sociedad que sea posible imaginar. Esto ha sido dejado claro por autorizados autores anarquistas una y otra vez; por ejemplo, George Woodcock: “incluso allá donde la democracia es posible, el anarquista no podría apoyarla… Los anarquistas no abogan por la libertad política, sino por liberarse de toda política…”
El anarquismo es, por principio, violentamente antidemocrático, ya que una autoridad idealmente democrática sigue siendo autoridad. Pero ya que, rechazando la democracia, no tiene otro camino para resolver los inevitables desacuerdos y diferencias entre los habitantes de Thélème, su ilimitada libertad de cada incontrolado individuo es distinguible del ilimitado despotismo de tal individuo, tanto en la teoría como en la práctica.
El gran problema de nuestra época es la consecución del control democrático desde abajo sobre los extensos poderes de la moderna autoridad social. El anarquismo, más generoso que nadie para parlotear sobre “cualquier cosa desde abajo”, rechaza este objetivo. Es la otra cara de la moneda del despotismo burocrático, con todos sus valores invertidos, no la solución o la alternativa.

5. Lassalle y el socialismo de estado

Con mucha frecuencia se presenta al verdadero modelo de una socialdemocracia moderna, el Partido Socialdemócrata alemán, como si se hubiese desarrollado a partir de una base marxista. Esto es un mito más en las historias del socialismo existente. El impacto de Marx fue fuerte, incluso sobre algunos de los líderes durante cierto tiempo, pero la política que penetró y finalmente impregnó el partido procede principalmente de otras dos fuentes. Una fue Lassalle, fundador del socialismo alemán como un movimiento organizado (1863); la otra fueron los fabianos británicos, que inspiraron el “revisionismo” de Eduard Bernstein.
Fernando Lassalle es el prototipo del socialista de estado, es decir, alguien que se propone conseguir el socialismo como un don del estado existente. No era el primer ejemplo prominente (antes estuvo Louis Blanc), pero en su caso el estado existente era el estado del Káiser bajo Bismarck.
El estado, decía Lassalle a los trabajadores, es algo “que puede realizar por cada uno de nosotros aquellas cosas que ninguno podría conseguir por sí mismo”. Marx enseñaba exactamente lo opuesto: que la clase obrera debe conseguir su emancipación por sí misma, y abolir en ese proceso el estado existente. Eduard Bernstein tenía razón cuando decía que Lassalle “creó un verdadero culto al estado”.
“Yo defiendo con vosotros al inmemorial fuego vestal de toda civilización, el Estado, contra estos modernos bárbaros (la burguesía liberal)”‘ dijo Lassalle ante un tribunal prusiano. Esto es lo que hace que Marx y Lassalle sean “fundamentalmente opuestos”, señala el biógrafo de Lassalle, Footman, dejando al descubierto el pro-prusianismo —el nacionalismo pro-prusiano y el imperialismo pro-prusiano— de Lassalle.
Lassalle organizó este primer movimiento socialista alemán como su dictadura personal. Muy conscientemente, él abordó su construcción desde el primer momento como la de un movimiento de masas desde abajo para conseguir un socialismo desde arriba (recordemos el ariete de Saint Simon). El objetivo era convencer a Bismarck para que concediese concesiones, particularmente el sufragio universal sobre cuya base un movimiento parlamentario dirigido por Lassalle podría llegar a ser un aliado de masas del estado bismarckiano en una coalición contra la burguesía liberal. Con este fin, Lassalle intentó realmente negociar con el canciller de hierro. Lassalle envió a Bismarck los estatutos dictatoriales de su organización, presentados como “la constitución de mi reino que quizá envidiaréis” y diciendo, algo más adelante:
Pero esta miniatura no será suficiente para mostrar en qué medida es cierto que la clase trabajadora siente una inclinación instintiva hacia un dictador, si es previamente persuadida en modo adecuado de que la dictadura sería ejercida en su propio interés; y también en qué medida, a pesar de todas las opiniones republicanas —o más bien precisamente a causa de ellas— podría por lo tanto inclinarse, como os dije recientemente, a ver a la Corona, en oposición al egoísmo de la sociedad burguesa, como representante natural de la dictadura social, si la Corona por su parte pudiese alguna vez adecuar su mentalidad para dar el paso —en verdad improbable— de poner en marcha una línea realmente revolucionaria y de transformarse a sí misma de la monarquía de los órdenes privilegiados en la monarquía popular social y revolucionaria.
Aunque esta carta secreta no era conocida en su tiempo, Marx comprendió perfectamente la naturaleza del lassalleanismo. Llamó a Lassalle, en su cara, “bonapartista”, y escribió que “Su actitud es la del futuro dictador de los obreros”. A la tendencia de Lassalle la denominaba “socialismo del Gobierno real prusiano”, denunciando su “alianza con los oponentes absolutistas y feudales contra la burguesía”.
“En vez del proceso revolucionario de transformación de la sociedad”, escribe Marx, Lassalle se imagina la llegada del socialismo “desde la «ayuda estatal» otorgada a las sociedades cooperativistas de productores, creadas por el estado, no por los trabajadores”. Marx ridiculiza esto. “Pero en lo que concierne a las actuales cooperativas, sólo tienen valor en la medida que son creaciones independientes de los trabajadores y no protegidas por el estado o por la burguesía”. Esta es una clásica exposición del significado de la palabra independiente como la piedra de toque del socialismo desde abajo contra el socialismo de estado.
Existe un ejemplo muy instructivo de lo que ocurre cuando un típico académico americano antimarxista como Mayo se topa con este aspecto de Marx. Mayo, en Democracy and Marxism (después revisada con el título de Introduction to Marxist Theory), demuestra cómodamente que el marxismo es antidemocrático por el simple expediente de definir al marxismo como la “ortodoxia de Moscú”. Pero al menos parece que ha leído a Marx, y se da cuenta de que en ninguna parte, en kilómetros de papel escrito y en una larga vida, da Marx señales de querer más poder para el estado sino más bien todo lo contrario. Cae en la cuenta de que Marx no era un “estatista”:
La crítica más popular dirigida contra el marxismo es que tiende a degenerar en una forma de “estatismo”. A primera vista [o sea, lectura] la crítica parece equivocada, porque la virtud de la teoría política de Marx… es la total ausencia de cualquier glorificación del estado.
Este descubrimiento ofrece un notable desafío a los críticos de Marx, que evidentemente saben de antemano que el marxismo debe glorificar el estado. Mayo resuelve la dificultad con dos afirmaciones: 1) “el estatismo está implícito en los requerimientos de una planificación total…” 2) Ver lo que pasa en Rusia. Pero Marx no hace ningún fetiche de la “planificación total”. Ha sido también frecuentemente denunciado (por otros críticos distintos) por no haber diseñado un prototipo de socialismo, precisamente por la misma causa por la que reaccionó tan violentamente contra el “planificacionismo” utópico o la planificación desde arriba de sus predecesores. El “planificacionismo” es precisamente la concepción del socialismo que Marx desea destruir. El socialismo debe abarcar planificación, pero la “planificación total” no es igual al socialismo, exactamente igual que cualquier idiota puede ser un profesor pero no necesariamente todo profesor es un idiota.

6. El modelo fabiano

En Alemania, tras la figura de Lassalle, van apareciendo una serie de “socialismos” moviéndose en una interesante dirección.
Los llamados socialistas académicos (“socialistas de la cátedra”, Kathedersozialisten, una corriente de los académicos del “establishment”) ponían sus esperanzas en Bismarck aún más abiertamente que Lassalle, pero su concepción del socialismo de estado no era en principio ajena a la de éste. La diferencia estaba en que Lassalle asumía el riesgo de promover un movimiento de masas desde abajo con ese propósito (riesgo porque, una vez en movimiento, podría escapársele de las manos, como de hecho ocurrió más de una vez). El propio Bismarck no vacilaba en presentar sus políticas económicas paternalistas como una forma de socialismo, y se escribieron libros sobre el “socialismo monárquico”, el “socialismo de estado bismarquiano”, etc. Más hacia la derecha, llegamos al “socialismo” de Friedrich List, un proto-nazi, y a los círculos en los que una forma anticapitalista de antisemitismo (Dühring, A. Wagner, etc) dejó parte de la base para el movimiento que se llamó a sí mismo socialista bajo Adolfo Hitler.
El rasgo que une a todo este espectro, a pesar de todas sus diferencias, es la concepción del socialismo como un mero equivalente a la intervención del estado en la economía y en la vida social. “¡Staat, greif zu!”, pedía Lassalle. “Estado, ¡hazte cargo de las cosas!” éste es el socialismo de todo este grupo.
Por esto Schumpeter está en lo cierto cuando observa que el equivalente británico del socialismo de estado alemán es el fabianismo, el socialismo de Sidney Webb.
Los fabianos (más exactamente, los webbianos) son, en la historia de la idea socialista, la corriente socialista moderna que se desarrolla de forma más completamente divorciada del marxismo, la más ajena a él. Era un reformismo socialdemócrata casi químicamente puro, sin mezcla alguna, particularmente antes del ascenso del movimiento de masas obrero y socialista en Gran Bretaña, que ellos no quisieron y que no ayudaron a construir (a pesar de un extendido mito que dice lo contrario). Por lo tanto éste es un test muy importante, a diferencia de otras corrientes reformistas que pagaron su tributo al marxismo, adoptando parte de su lenguaje pero distorsionando su substancia.
Los fabianos, procedentes expresamente de la clase media en su composición e influencia, no querían construir un movimiento de masas en ningún sentido, y menos aún un movimiento de masas fabiano. Se consideraban como una pequeña élite de consejeros que podría impregnar las instituciones sociales existentes, influenciando a los reales líderes tanto en la esfera conservadora como en la liberal, guiando el desarrollo social hacia sus objetivos colectivistas con la “inevitabilidad del gradualismo”. Ya que su concepción del socialismo se limitaba a la intervención del estado (nacional o municipal), y que su teoría decía que el propio capitalismo estaba siendo colectivizado rápidamente día a día y tenía que seguir moviéndose en esa dirección, su función era simplemente la de acelerar el proceso. La Sociedad Fabiana fue proyectada en 1884 para ser el pez piloto de un tiburón: al principio, el tiburón fue el Partido Liberal; pero cuando la penetración en el liberalismo fracasó de forma miserable y los trabajadores organizaron por fin su propio partido de clase a pesar de los fabianos, el pez piloto simplemente se agregó al mismo.
Quizás no exista otra tendencia socialista que haya elaborado su teoría de un socialismo desde arriba de forma tan sistemática y consciente. La naturaleza de este movimiento fue reconocida prontamente, aunque más tarde resultase oscurecida por la disolución del fabianismo en el cuerpo del reformismo laborista. Un dirigente socialista cristiano dentro de la sociedad fabiana tachó en una ocasión a Webb de “colectivista burocrático” (quizá ésta fue la primera vez que se utilizó este término). El alguna vez famoso libro de Hilaire Belloc (The Servile State, 1912), fue en gran parte provocado por el “colectivismo ideal” tipo Webb, básicamente burocrático. G.D.H. Cole recuerda: “Los Webb, en aquellos días, tenían afición a decir que cualquiera que fuese activo en política era un ‘A’ o un ‘B’ —un anarquista o un burócrata— y que ellos eran ‘B’…”
Estas caracterizaciones apenas bastan para darnos todo el sabor del colectivismo webbiano, del fabianismo. Era completamente dirigista, tecnocrático, elitista, autoritario, “planificacionista”. Para Webb la política era casi un sinónimo de la manipulación de resortes. Una publicación fabiana escribió que ellos pretendían ser “los jesuitas del socialismo”. El evangelio era orden y eficacia. El pueblo, que debería ser tratado bondadosamente, sólo tenía capacidad para ser dirigido por expertos competentes. La lucha de clases, la revolución y los disturbios populares eran perjudiciales. En Fabianism and the Empire, el imperialismo era alabado y aceptado. Si alguna vez el movimiento socialista desarrolló su propio colectivismo burocrático, fue en esta ocasión.
“Puede pensarse que el socialismo es esencialmente un movimiento desde abajo, un movimiento de clase”, escribe un portavoz fabiano, Sidney Ball, para desengañar al lector de esa idea; pero ahora los socialistas “abordan el problema desde la perspectiva científica, no desde la popular; son teóricos de clase media”, se enorgullece, llegando a decir que existe “una clara ruptura entre el socialismo de la calle y el socialismo de la cátedra”.
Las secuelas son bien conocidas, aunque frecuentemente encubiertas. Mientras que el fabianismo como tendencia especial desapareció en 1918 en el más amplio río del reformismo laborista, los dirigentes fabianos tomaron otra dirección.
Tanto Sidney y Beatrice Webb como Bernard Shaw —el trio de cabeza— se convirtieron en defensores por principio del totalitarismo estalinista de los años 30. Anteriormente, Shaw, quien pensó que el socialismo necesitaba a un Superman, encontró a más de uno. Apoyó a Mussolini y Hitler como déspotas benevolentes que darían el “socialismo” a los patanes, y se disilusionó únicamente al comprobar que no abolieron realmente el capitalismo. En 1931, Shaw reveló, tras una visita a Rusia, que el régimen de Stalin era realmente fabianismo llevado a la práctica. Los Webb también fueron a Moscú, y encontraron a Dios. En su Soviet Communism: A New Civilization, probaron (a partir de los propios documentos de Moscú y de las propias declaraciones de Stalin, laboriosamente investigadas) que Rusia era la mayor democracia del mundo; Stalin no era un dictador; la igualdad reinaba totalmente; la dictadura unipartidista era necesaria; el Partido Comunista era una élite completamente democrática que llevaba la civilización a esclavos y mongoles (pero no a los ingleses); la democracia política había fracasado de todos modos en Occidente, y no había razón alguna para que los partidos políticos debieran sobrevivir en nuestro tiempo…
Apoyaron firmemente a Stalin en los juicios de Moscú y en el pacto de Hitler-Stalin sin nauseas observables, y murieron siendo unos proestalinistas acríticos de los que ahora ya no podrían encontrarse ni en el Politburó. Como Shaw ha explicado, los Webb no tenían sino desprecio por la Revolución Rusa como tal: “Los Webb esperaron hasta que la destrucción y la ruina del cambio acabaron, los errores fueron remediados y el estado Comunista se levantó”. Es decir, esperaron hasta que las masas revolucionarias fueron introducidas en una camisa de fuerza, los dirigentes de la revolución destituidos, cuando ya la eficaz tranquilidad de la dictadura se había adueñado de la escena y la contrarrevolución se había establecido firmemente; y entonces llegaron ellos para proclamar cumplido el ideal.
¿Era éste realmente un gigantesco engaño, un incomprensible despropósito? ¿O tenían razón al pensar que éste era en efecto el “socialismo” que armonizaba con su ideología, pasando por alto un poco de sangre? El giro del fabianismo desde el proyecto de influenciar a la clase media hasta el estalinismo era el vaivén de una puerta que tenía como bisagras al socialismo desde arriba.
Si echamos un vistazo a las décadas anteriores al final del siglo en que nació el fabianismo, aparece otra figura, antítesis de Webb: la principal personalidad del socialismo revolucionario en este período, el poeta y artista William Morris, que llegó a ser socialista y marxista poco antes de los cincuenta años. Los escritos de Morris sobre el socialismo alientan por todos sus poros el espíritu del socialismo desde abajo, exactamente en la misma medida en la que cada línea escrita por Webb era todo lo contrario. Esto es tal vez más claro en sus profundos ataques al fabianismo (por las razones justas); en su aversión al “marxismo” propio del dictatorial H.M. Hyndman, versión británica de Lassalle; en su denuncia del socialismo de estado; y en su repugnancia a la utopía burocrática colectivista de Bellamy, Looking Backward (que le incitó a hacer la siguiente consideración: “si ellos me alistasen a un régimen de trabajadores, yo me resistiría con uñas y dientes”).
Los escritos socialistas de Morris están impregnados por su énfasis, para el presente, en la lucha de clases desde abajo; y, en cuanto al futuro socialista, su obra News from Nowhere fue escrita como una antítesis directa del libro de Bellamy. Él nos advierte:
Los individuos no pueden descargar los asuntos de la vida sobre las espaldas de una abstracción llamada Estado, sino que deben hacerlos frente en asociación consciente con los demás… La diversidad de la vida es un objetivo del verdadero comunismo tanto como lo sea la igualdad de condiciones, y… ninguna cosa excepto la unión de estas podrá conducirnos a la verdadera libertad.”
“Incluso algunos socialistas”, escribió, “son capaces de confundir la maquinaria cooperativa, hacia la que la vida moderna tiende, con la esencia del socialismo mismo”. Esto implica “el peligro de que la comunidad degenere en burocracia”. Por tanto, él expresaba su temor a una futura “burocracia colectivista”. Reaccionando violentamente contra el socialismo de estado y contra el reformismo, cae en el antiparlamentarismo pero no en la trampa anarquista:
…El pueblo tendrá que implicarse en la administración, y en ocasiones existirán diferentes opiniones… ¿Qué hacer entonces? ¿Quién debe ceder? Nuestros amigos anarquistas dicen que eso no debe hacerse por mayoría; en ese caso, deberá hacerlo una minoría. ¿Y por qué? ¿Hay algún derecho divino en una minoría?”
Esta crítica atina en el corazón del anarquismo mucho más profundamente que la opinión común de que el inconveniente del anarquismo es su superidealismo.
William Morris contra Sidney Webb: esta es una forma de resumir esta historia.

7. La fachada “revisionista”

Eduard Bernstein, el teórico del “revisionismo” socialdemócrata, recibe su impulso por el fabianismo, por el que fue fuertemente influenciado en su exilio londinense. No inventó la política reformista en 1896: simplemente, se convirtió en su portavoz teórico. El dirigente de la burocracia del partido prefería menos teoría: “No se dice, se hace”, le dijo a Bernstein, queriendo decir que la política de la socialdemocracia alemana había sido vaciada de contenido marxista mucho tiempo antes de que sus teóricos reflejasen la transformación.
Pero Bernstein no “revisó” el marxismo. Su papel era arrancarlo mientras aparentaba podar sus ramas marchitas. Los fabianos no habían tenido que molestarse en poner pretextos, pero en Alemania no era posible destruir el marxismo con un ataque frontal. La regresión a un socialismo desde arriba (“die alte Scheisse”) fue presentada como una “modernización”, una “revisión”.
Esencialmente, al igual que los fabianos, el “revisionismo” encontró su socialismo en la inevitable colectivización del propio capitalismo; vio el movimiento hacia el socialismo como la suma de las tendencias colectivistas inherentes al capitalismo; apuntó a la “autosocialización” del capitalismo desde arriba, por medio de las instituciones del estado existente. La ecuación “estatalización=socialismo” no fue una invención del estalinismo, sino que fue sistematizada por la corriente socialista de estado, fabiana y revisionista del reformismo socialdemócrata.
Muchos de los “descubrimientos” contemporáneos que anuncian que el capitalismo no existe desde hace tiempo, pueden encontrarse ya en Bernstein, que declaró que era “absurdo” llamar capitalista a la Alemania de Weimar, dados los controles ejercidos sobre los capitalistas. Del bernsteinismo se deduciría que el estado nazi era aún más anticapitalista, como proclamaba…
La transformación del socialismo en un colectivismo burocrático está ya implícita en el ataque de Bernstein a la democracia obrera. Denunciando la idea del control obrero en la industria, procede a redefinir la democracia. Rechaza que sea “el gobierno del pueblo”, proponiendo la definición negativa de “ausencia de gobierno de clase”. Así, la misma noción de democracia obrera como un “sine qua non” del socialismo es arrojada a la chatarra, de forma tan eficaz como lo hace la más inteligente de las redefiniciones corrientes en las academias comunistas. Incluso la libertad política y las instituciones representativas se pierden en la redefinición, un resultado teórico que es aún más impresionante por no ser Bernstein personalmente antidemocrático, como lo eran Lassalle o Shaw. Es la teoría del socialismo desde arriba lo que impone estas formulaciones. Bernstein es el dirigente socialdemócrata que teorizó, no solamente la ecuación “estatalización= socialismo”, sino también la disyunción entre socialismo y democracia obrera.
Fue apropiado, por tanto, que Bernstein llegase a la conclusión de que la hostilidad de Marx al estado era “anarquista”, y que Lassalle tenía razón al confiar en el estado para el inicio del socialismo. “El cuerpo administrativo del futuro próximo sólo puede diferenciarse del estado actual en cuestión de grado”, escribe Bernstein; el hecho de “extinguirse el estado” no es otra cosa que utopía, incluso bajo el socialismo. Él, por el contrario, era muy práctico; por ejemplo, cuando el no extinguido estado del Káiser se arrojó a la pelea imperialista por las colonias, Bernstein inmediatamente se declaró en favor del imperialismo y de la “responsabilidad del hombre blanco”: “solamente puede reconocerse un derecho condicional de los salvajes a la tierra que ocupan; la civilización superior puede, en el fondo, proclamar un más alto derecho”.
El mismo Bernstein contrastó su visión del camino del socialismo con la de Marx: la de Marx “es la imagen de un ejército que marcha hacia adelante, dando rodeos, sobre astillas y piedras… Finalmente, llega ante un gran abismo. Al otro lado está, haciéndole señas, el objetivo deseado, el estado del futuro, que solamente puede ser alcanzado a través de un mar, un mar rojo, como algunos han dicho”. Por el contrario, la visión de Bernstein no era roja, sino rosácea: la lucha de clases se mitiga convirtiéndose en armonía, y un estado benefactor transforma pausadamente a la burguesía en burócratas bondadosos. No ocurrió esto: cuando la bernsteinianizada socialdemocracia primeramente abatió a la izquierda revolucionaria en 1919 y, después, reinstalando en el poder a la empedernida burguesía y a los militares, ayudó a arrojar Alemania en los brazos de los fascistas.
Si Bernstein era el teórico de la identificación del colectivismo burocrático y el socialismo, fue su oponente de izquierda en el movimiento alemán quien llegó a ser el principal portavoz en la Segunda Internacional de un socialismo desde abajo democrático revolucionario. Se trata de Rosa Luxemburgo, quien puso tan enfáticamente su confianza y su esperanza en la lucha espontánea de una clase trabajadora libre que los forjadores de mitos inventaron para ella una “teoría de la espontaneidad” que ella nunca tuvo, una teoría en la que “espontaneidad” se contrapone a “dirección”.
Dentro de su propio movimiento, ella luchó duramente contra los elitistas “revolucionarios” que redescubrían la teoría de la Dictadura educativa sobre los trabajadores (redescubierta en cada generación como si fuera el verdadero “último grito”), y escribió: “Sin la voluntad consciente y sin la acción consciente de la mayoría del proletariado no puede haber socialismo… Nunca asumiremos la autoridad gubernamental si no es a través de la clara y no ambigua voluntad de la gran mayoría de la clase obrera alemana…” Y su famoso aforismo: “Los errores cometidos por un genuino movimiento obrero revolucionario son mucho más fructíferos y valiosos que la infalibilidad del mejor Comité Central”.
Rosa Luxemburgo contra Eduard Bernstein: este es el capítulo alemán de esta historia.

8. La escena 100% americana

En los orígenes del “socialismo nativo” americano, el cuadro es el mismo, pero en mayor grado. Si pasamos por alto el importado “socialismo alemán” (lassalliano con adornos marxistas) del temprano Socialist Labour Party, la figura más importante es, muy destacadamente, Edward Bellamy y su Looking Backward (1887). Poco antes había llegado el ahora olvidado Laurence Gronlund, cuyo Cooperative Commonwealth (1884) fue extremadamente influyente en su día, vendiendo cien mil copias.
Gronlund estaba tan al día que no dijo que rechazara la democracia: simplemente la “redefinió” como la “administración por los competentes”, en contra del “gobierno de las mayorías”, junto a una modesta propuesta para suprimir al gobierno representativo como tal y a todos los partidos. El “pueblo” únicamente quiere, según él, “una administración que administre bien”. Deberían encontrar “los líderes apropiados”, y entonces “depositar todo el poder colectivo en sus manos”. El gobierno representativo sería reemplazado por el plebiscito. Está seguro de que este esquema funcionará, explica, por que ya funciona bien para la jerarquía de la Iglesia Católica. Naturalmente, rechaza la horrible idea de la lucha de clases. Los trabajadores son incapaces de la autoemancipación, y denuncia específicamente la famosa expresión de este Primer Principio hecha por Marx. Los patanes serán emancipados por una élite “competente”, salida de la intelectualidad; en una ocasión, se puso a organizar una secreta y conspiratoria Fraternidad Socialista Americana para estudiantes.
La utopía socialista de Bellamy en Looking Backward toma directamente al ejército como modelo ideal de la sociedad reglamentada, jerárquicamente dominada por una élite, organizada de arriba a abajo, con la agradable comunión de la colmena como gran objetivo. La transición se realiza, según el libro, a través de la concentración de la sociedad en una gran corporación empresarial, con un único capitalista: el estado. El sufragio universal es abolido; todas las organizaciones de base, eliminadas; las decisiones las toman desde arriba tecnócratas administradores. Así es como uno de sus seguidores definió este “socialismo americano”: “Su idea social es un sistema industrial perfectamente organizado que, a causa del exacto engranaje de sus ruedas, trabajaría con un mínimo de fricción y un máximo de riqueza y de ocio para todos”.
Como en el caso de los anarquistas, la caprichosa solución de Bellamy al problema básico de la organización social —como resolver las diferencias de ideas y de intereses entre los hombres— fue la suposición de que la élite sería sobrehumanamente sabia e incapaz de injusticia (esencialmente, lo mismo que el mito totalitario estalinista de la infalibilidad del partido), siendo lo fundamental de esta suposición el hacer innecesario cualquier cosa concerniente al control democrático desde abajo. Este último fue impensable para Bellamy, porque las masas, los trabajadores, eran simplemente un monstruo peligroso, la horda bárbara. El movimiento basado en las ideas de Bellamy —que se autocalificaba como “Nacionalismo” y que originalmente se proponía ser a la vez antisocialista y anticapitalista— se organizó sistemáticamente apelando a la clase media, como los fabianos.
Estos fueron los educadores más populares del ala “nativa” del socialismo americano, cuyas concepciones encontraron eco, a través de los sectores no marxistas y antimarxistas del movimiento socialista, durante parte del siglo XX, con un resurgimiento de “Clubs Bellamy” incluso durante los años 30, cuando John Dewey elogiara a Looking Backward como un exponente de “el ideal americano de democracia”. La tecnocracia, que ya presentaba rasgos fascistas abiertamente, fue un descendiente directo de esta tradición. Si se quiere ver cuan fina puede ser la línea que une alguna cosa llamada socialismo con algo como el fascismo, es instructivo leer la monstruosa exposición del socialismo escrita por el una vez famoso inventor científico y dignatario del Socialist Party, Charles P. Steinmetz. Su America and the New Epoch (1916) da vida, con aburrida seriedad, exactamente a la antiutopía frecuentemente satirizada en novelas de ciencia-ficción. El Congreso es reemplazado por senadores directamente nombrados por DuPont, General Motors y las demás grandes corporaciones. Steinmetz, presentando a las gigantescas corporaciones monopolistas (como su propio patrón, General Electric) como lo definitivo en eficacia industrial, propuso disolver el gobierno político en favor de la dominación directa de las corporaciones monopolistas asociadas.
El “Bellamismo” inició a muchos en el camino del socialismo, pero el camino se bifurcó. Alrededor del cambio de siglo, el socialismo americano desarrolló la más vibrante antítesis al socialismo desde arriba en todas sus formas: Eugene Debs. En 1897 estaba todavía pidiendo, nada menos que a John D. Rockefeller, que financiase el establecimiento de una colonia socialista utópica en un estado del Oeste; pero Debs, cuyo socialismo estaba forjado en la lucha de clases de un movimiento obrero combativo, pronto encontró su verdadera voz.
El corazón del socialismo de Debs era su llamada a la autoactividad de las masas desde abajo y su confianza en ella. Los escritos y discursos de Debs están impregnados de este tema. Frecuentemente, citaba o parafraseaba el “Primer Principio” de Marx, usando sus propias palabras: “El gran descubrimiento hecho por los modernos esclavos es que ellos mismos deben conseguir su libertad. Este es el secreto de su solidaridad, el corazón de su esperanza…”. Su clásica declaración es ésta:
Los trabajadores del mundo han esperado durante demasiado tiempo que algún Moisés les conduzca fuera de su cautiverio. Tal Moisés no ha llegado ni llegará. Yo no os sacaría de él, aunque pudiera; pues si pudierais ser sacados, también podríais ser llevados de nuevo a él. Yo aspiro a convenceros de que no hay nada que no podáis hacer por vosotros mismos.
Hace eco a las palabras de Marx en 1850:
En la lucha de la clase obrera, para liberarse a sí misma de la esclavitud asalariada, nunca se repetirá lo suficiente que todo depende de la clase obrera misma. La simple pregunta es ¿pueden los trabajadores capacitarse a ellos mismos, por medio de la educación, de la organización, de la cooperación y de la disciplina autoimpuesta, para tomar el control de las fuerzas productivas y de la dirección de la industria en el interés del pueblo y en beneficio de la sociedad? Esto es todo.
¿Pueden los trabajadores capacitarse a ellos mismos…? No tenía ingenuas ilusiones en cuanto a cómo la clase obrera era (o es). Pero él propuso un objetivo diferente al de los elitistas cuya única sabiduría consiste en señalar el atraso del pueblo y en enseñar que siempre será así. Contra la fe en la dominación de una élite desde arriba, Debs opuso la noción directamente contraria de la vanguardia revolucionaria (también una minoría) a la que sus ideas empujan a recomendar un camino más firme a la mayoría:
Son las minorías las que han hecho la historia de este mundo [dice en el mitin antiguerra de 1917, por el que el gobierno de Wilson le encarceló]. Son los pocos que han tenido el coraje de ocupar su lugar al frente; que han sido lo bastante auténticos consigo mismos para decir la verdad que había en ellos; que se han arriesgado a oponerse al orden establecido de cosas; que han abrazado la causa de los pobres que sufren y luchan; que han sostenido, sin pensar en las consecuencias personales, la causa de la libertad y de la justicia.
El “socialismo Debsiano” evocó una tremenda respuesta en el corazón del pueblo, pero Debs no tuvo sucesor como tribuno del socialismo democrático revolucionario. Tras el período de radicalización de posguerra, el Socialist Party, por un lado, se hizo rosáceamente respetable, y el Communist Party, por la otra, se estalinizó. Por su parte, el liberalismo americano había ido desarrollando un proceso de “estatificación”, que culminó en los años 30 con la gran ilusión del New Deal. El sueño elitista de una “tutela desde arriba” atrajo a todo un tipo de liberales para los que el aristócrata rural de la Casa Blanca era lo mismo que Bismarck para Lassalle.
El heraldo de este tipo de gente fue Lincoln Steffens, el liberal colectivista que (como Shaw y Georges Sorel) se sentía tan atraído por Mussolini como por Moscú, y por las mismas razones. Upton Sinclair, dejando el Socialist Party por ser demasiado “sectario”, lanzó su “amplio” movimiento para “Acabar con la pobreza en California” con un manifiesto apropiadamente titulado “Yo, Gobernador de California, y cómo yo acabé con la pobreza” (probablemente el único manifiesto radical con dos “yo” en el título) sobre el tema de “socialismo desde arriba en Sacramento”. Una de las figuras típicas de ese tiempo fue Stuart Chase, que zigzagueo desde el reformismo de la Liga por la Democracia Industrial hasta el semifascismo de Tecnocracia. Había intelectuales estalinistas que subliminaron su combinada admiración por Roosevelt y por Rusia, aclamando tanto a la NRA [pieza central de la política de Roosevelt] como a los procesos de Moscú. Otro signo de los tiempos fue Paul Blanshard, que abandonó el Socialist Party para pasarse a Roosevelt dando como razón que el programa de “capitalismo dirigido” del New Deal había tomado la iniciativa en el cambio económico por encima de los socialistas.
El New Deal, frecuentemente bien llamado “período socialdemócrata de América”, fue también la gran aventura de los liberales y de los socialdemócratas con el socialismo desde arriba, la utopía de “monarquía popular” de Roosevelt. La ilusión en la “revolución desde arriba” de Roosevelt unió al socialismo gradualista, al liberalismo burocrático, al elitismo estalinista, y a las ilusiones sobre el colectivismo ruso y el capitalismo colectivizado, en un mismo paquete.

9. Seis subtipos de socialismo desde arriba

Existen varios diferentes estilos o corrientes del socialismo desde arriba. Suelen estar entrelazados, pero permítasenos separar algunos de sus aspectos más importantes para verlos más de cerca.
i) El Filantropismo: El socialismo (o la “libertad” o cualquier cosa semejante) debe ser otorgado, para “el bien del pueblo”, por los ricos y los poderosos, desde la bondad de sus corazones. Como el Manifiesto Comunista planteaba, con los primeros utópicos como Robert Owen en mente, “Para ellos el proletariado solamente existe desde el punto de vista de ser la clase que más sufre”. En agradecimiento, los pobres oprimidos deben sobre todo guardarse de los sinsentidos sobre la lucha de clases o la autoemancipación. Este aspecto debe ser considerado como un caso particular de:
ii) El Elitismo: Hemos mencionado algunos casos relativos a la convicción de que el socialismo es asunto de una nueva minoría dominante, de naturaleza no capitalista y por lo tanto con garantías de pureza, imponiendo su propia dominación ya sea temporalmente (simplemente para una época histórica), ya sea de forma permanente. En cualquier caso, a esta nueva clase dominante se le asigna el objetivo de una Dictadura educativa sobre las masas —para hacerles el bien, claro—, siendo ejercida la dictadura por un partido de élite que suprime todo control desde abajo, o por déspotas benevolentes o líderes salvadores de algún tipo, o por los “Superhombres” de Shaw, por manipuladores genéticos, por los gestores “anarquistas” de Proudhon, por los tecnócratas de Saint Simon o por sus equivalentes más modernos, utilizando términos y cortinas verbales que permitan proclamar estas concepciones como nueva teoría social, a diferencia del “decimonónico marxismo”.
En el otro lado, los demócratas revolucionarios partidarios del socialismo desde abajo han sido siempre una minoría, pero el abismo entre la perspectiva elitista y la perspectiva de vanguardia es crucial, como hemos visto en el caso de Debs. Tanto para él como para Marx y Luxemburgo, la función de la vanguardia revolucionaria es impulsar a la masa mayoritaria a autocapacitarse para tomar el poder en su propio nombre, a través de sus propias luchas. No se trata de negar la importancia decisiva de las minorías, sino de establecer una relación diferente entre la minoría avanzada y las más atrasadas masas.
iii) El Planificacionismo: Las palabras clave son Eficacia, Orden, Planificación, Sistema y Reglamentación. El socialismo es reducido a ingeniería social, ejecutada por un Poder sobre la sociedad. Una vez más, no se trata ahora de negar que el socialismo efectivo requiere una planificación global (o que la eficacia y el orden son cosas buenas); pero la reducción del socialismo a producción planificada es algo totalmente diferente, de la misma forma que una efectiva democracia requiere el derecho a voto, pero la reducción de la democracia al derecho a votar de vez en cuando es un fraude.
De hecho, sería importante demostrar que la separación del plan y del control democrático desde abajo convierte a la planificación misma en una burla, pues las inmensamente complejas sociedades industriales de hoy no pueden ser efectivamente planificadas por medio de los dictámenes de un todopoderoso comité central, que inhibe y reprime el libre juego de la iniciativa y de la corrección desde abajo. Ésta es, en realidad, la contradicción básica del nuevo tipo de sistema de explotación social representado por el colectivismo burocrático soviético. Pero no podemos aquí seguir avanzando más con este tema.
La sustitución del socialismo por el planificacionismo tiene una muy larga historia, aparte de su encarnación en el mito soviético de que “Estatalización= Socialismo”, un dogma que, como ya hemos visto, fue sistematizado primeramente por el reformismo socialdemócrata (Bernstein y los fabianos, en particular). Durante los años 30, la mística del “Plan”, tomada en parte de la propaganda soviética, llegó a tener gran prominencia en el ala derecha de la socialdemocracia, con Henri de Man proclamado como su profeta y como sucesor de Marx. De Man desapareció gradualmente de vista y ahora está olvidado porqué cometió el error de llevar sus teorías revisionistas primero al corporativismo y después a la colaboración con los nazis.
Aparte de las construcciones teóricas, el Planificacionismo aparece en el movimiento socialista encarnado, con mucha frecuencia, en un cierto tipo psicológico de persona radical. En justicia, una de las primeras descripciones de tal tipo se encuentra en The Servile State, de Belloc, teniendo en mente a los fabianos. Este tipo, escribe Belloc:
“Ama el ideal colectivista en sí mismo… porque es una forma de sociedad ordenada y regulada. Le gusta considerar el ideal de un Estado en el que la tierra y el capital se encuentra bajo el dominio de funcionarios que ordenarán a los otros hombres y que también les preservarán de las consecuencias de sus vicios, de su ignorancia y de su locura… En él, la explotación del hombre no provoca indignación. De hecho, ni la indignación ni ninguna otra pasión vital le son familiares… [Los ojos de Belloc están aquí fijados en Sidney Webb]… la perspectiva de una extensa burocracia bajo la que toda la vida estaría catalogada y fijada a algunos simples esquemas… da a su pequeño estómago una definitiva satisfacción”.
En lo que hace a ejemplos contemporáneos con una coloración proestalinista, pueden encontrarse muchos en las páginas de la revista de Paul Sweezy, Monthly Review (3).
En un artículo de 1930 sobre los “modelos motores del socialismo”, escrito cuando él aún pensaba ser un leninista, Max Eastman atribuía a este tipo el estar centrado sobre “la organización eficaz e inteligente… una verdadera pasión por el plan… la organización competente”.
Para semejante tipo, dice Eastman, la Rusia de Stalin ejerce una fascinación:
Es una región que, por lo menos, merece ser disculpada en otros países, seguramente no censurada desde el punto de vista de un sueño loco como la emancipación de los trabajadores y, con ella, de toda la humanidad. Para aquellos que construyeron el movimiento marxista y que organizaron su victoria en Rusia, este loco sueño era su motivo central. Eran, aunque algunos son ahora propensos a olvidarlo, extremadamente rebeldes contra la opresión. Lenin quizá destacará, cuando la conmoción provocada por sus ideas amaine, como el mayor rebelde de la historia. Su mayor pasión era la liberación del hombre… Si un único concepto debe escogerse para resumir el objetivo de la lucha de clases tal y como está definido en los escritos marxistas, y especialmente en los escritos de Lenin, su nombre es la libertad humana…
Podría añadirse que más de una vez Lenin definió las aspiraciones a una planificación total como una “utopía burocrática”.
Existe una subdivisión dentro del Planificacionismo que se merece un nombre propio: llamémoslo el Productivismo. Evidentemente, todos somos partidarios de la producción, al igual que lo somos de la Virtud y de la Buena Vida; pero para este tipo, la producción es el test decisivo y el fin de una sociedad. El colectivismo burocrático ruso es “progresista” a causa de las estadísticas de producción de hierro en lingotes (este mismo tipo ignora usualmente las impresionantes estadísticas de incremento de la producción bajo el capitalismo nazi o japonés). Está permitido destruir o impedir el sindicalismo libre bajo Nasser, Castro, Sukarno o Nkruma, porque hay algo, conocido como “desarrollo económico”, que es superior a los derechos humanos. Este duro punto de vista no fue inventado por los radicales, por supuesto, sino por los crueles explotadores del trabajo en la Revolución Industrial capitalista; y el movimiento socialista nació luchando encarnizadamente contra estos teóricos de la explotación “progresista”. Sin embargo, los apologistas de los modernos regímenes autoritarios “izquierdistas” tienden a considerar a esta vieja doctrina como la más nueva revelación de la sociología.
iv) El “Comunionismo”. En su artículo de 1930, Max Eastman designó a esto el “modelo de unión fraternal” de “socialistas gregarios o de solidaridad humana…deseosos de solidaridad humana, con una mezcla de misticismo religioso y de gregarismo animal”. Esto no debe confundirse con la idea de solidaridad en las huelgas, etc. y tampoco debe identificarse necesariamente con lo que se llama camaradería en el movimiento socialista o el “sentido de comunidad” en cualquier otro lugar. Su contenido específico, como dice Eastman, es “la búsqueda de la submersión en una Totalidad, buscando perderse uno mismo en el seno de un sustituto de Dios”.
Eastman se refiere en esas líneas al escritor del Communist Party, Mike Gold; otro ejemplo excelente es el de Harry F. Ward, el religioso compañero de viaje del Communist Party, cuyos libros teorizan este tipo de anhelo “oceánico” por despojarse de la propia individualidad. Los cuadernos del escritor americano Bellamy revelan en él un caso clásico: escribe sobre la nostalgia “por la absorción en la gran omnipotencia del universo”; su “Religión de la Solidaridad” refleja su desconfianza en el individualismo de la personalidad, su deseo de disolver el Yo en comunión con algo superior.
Esta deformación es muy prominente en algunos de los más autoritarios partidarios del socialismo desde arriba, y no es raro encontrarla en casos más moderados, como los elitistas filantrópicos de opiniones socialistas cristianas. Naturalmente, este tipo de socialismo “comunionista” es siempre proclamado como un “socialismo ético” y alabado por su horror a la lucha de clases; no debe haber conflictos dentro de una colmena. Este tipo tiende a contraponer “colectivismo” a “individualismo” (una falsa oposición desde un punto de vista humanista), pero lo que realmente impugna es la individualidad.
v) El Penetracionismo. El socialismo desde arriba tiene muchas variedades por la simple razón de que hay siempre muchas alternativas a la automovilización de las masas desde abajo; pero los casos discutidos tienden a dividirse en dos familias.
Una de ellas tiene la perspectiva de derrocar a la actual sociedad jerárquica capitalista, para reemplazarla por un nuevo tipo no capitalista de sociedad jerárquica, basada en un nuevo tipo de élite y de clase dominante (estas variantes son normalmente etiquetadas como “revolucionarias” en las historias del socialismo). La otra tiene la perspectiva de penetrar en los centros de poder de la sociedad existente, para metamorfosearla —gradualmente, inevitablemente— en un colectivismo estatalizado, tal vez al modo en que, molécula a molécula, la madera se petrifica en ágata. Este es el estigma característico de las variedades reformistas, socialdemócratas, del socialismo desde arriba.
El propio término de penetracionismo fue inventado como autodescripción de aquellos que hemos llamado la “más pura” variedad de reformismo nunca visto, el fabianismo de Sidney Webb. Todo el penetracionismo socialdemócrata está basado en una teoría de inevitabilidad mecánica: la inevitable autocolectivización del capitalismo desde arriba, que es igualada al socialismo. La presión desde abajo (cuando ésta es considerada admisible) puede acelerar y conducir el proceso, con la condición de que permanezca bajo control para evitar asustar a los autocolectivizadores. Por tanto, los penetracionistas socialdemócratas no están solamente deseoso, sino ansiosos, de “unirse al establishment” en vez de luchar contra él, en la medida en que su capacidad se lo permita, ya sea como manobras o como ministros. Característicamente, la función que dan al movimiento desde abajo es, fundamentalmente, la de chantajear a los poderes dominantes, para que éstos les paguen con tales oportunidades de penetración.
La tendencia hacia la colectivización del capitalismo es en verdad una realidad: como hemos visto, eso significa la colectivización burocrática del capitalismo. En la medida en que este proceso ha avanzado, los socialdemócratas contemporáneos han sufrido también una metamorfosis. Hoy, el principal teórico de este neorreformismo, C.A.R. Crosland, denuncia como “extremista” la blanda declaración en favor de las nacionalizaciones que fue originariamente escrita en el programa del laborismo británico ¡nada menos que por Sidney Webb (con Arthur Henderson)! La gran cantidad de socialdemocracias continentales que han purgado ahora sus programas de todo contenido específicamente anticapitalista —un destacado nuevo fenómeno en la historia socialista— refleja el grado en el que el desarrollo del proceso de colectivización burocrática se acepta como una entrega a plazos de “socialismo” petrificado.
Esto es el penetracionismo como gran estrategia. Lleva, por supuesto, al penetracionismo como táctica política, un tema que aquí no podemos desarrollar más allá de mencionar su más importante forma actual en Estados Unidos: la política de apoyo al partido Demócrata y la lib-lab (liberal/laboral) coalición alrededor del “Consenso Johnson”, sus predecesores y sus sucesores.
La distinción entre estas dos “familias” de socialismo desde arriba es válida para socialismos caseros, desde Babeuf hasta Harold Wilson; es decir, aquellos casos en los que la base social de la corriente socialista dada se encuentra dentro del sistema nacional, sea la aristocracia obrera o sea elementos desclasados o cualquier otra. El caso es algo diferente para los “socialismo desde fuera” representados por los modernos partidos comunistas, cuya estrategia y táctica depende en último análisis de un poder cuya base es externa a cualquiera de los estratos sociales domésticos; esto es, de las clases dominantes burocrático-colectivistas del Este.
Los partidos comunistas se han mostrado especialmente diferentes a cualquier tipo de movimiento casero por su capacidad para alternar o combinar tanto el oposicionismo “revolucionario” como las tácticas penetracionistas, según su conveniencia. Así el American Communist Party oscilaría desde su aventurero y ultraizquierdista “Tercer Período” de 1928-34 hasta el ultrapenetracionista período del Frente Popular, volviendo a un incendiario “revolucionarismo” durante el período del pacto Hitler-Stalin, y así sucesivamente, siguiendo las idas y venidas de la guerra fría, combinando ambas tácticas en diversos grados. Con la escisión de la corriente comunista entre las líneas de Moscú y Pekín, los “Khruschovianos” y los maoístas tienden a encarnar cada uno de ellos una de las dos tácticas que anteriormente alternaban.
Frecuentemente, por tanto, el partido comunista oficial y los socialdemócratas tienden a converger en la política de penetracionismo, aunque desde los ángulos de diferentes socialismos desde arriba.
vi) El socialismo desde fuera. Las precedentes variedades del socialismo desde arriba miran hacia las cumbres de la sociedad. Ahora trataremos el caso en el que las expectativas de socorro se depositan en el exterior.
El culto a los platillos volantes es una forma patológica del mesianismo más tradicional, en el que “fuera” significa fuera de este mundo; pero, en este caso, “fuera” significa fuera de la lucha social en el propio país. Para los comunistas de Europa del Este después de la II Guerra Mundial, el Nuevo Orden tenía que ser importado por las bayonetas rusas; para los socialdemócratas alemanes en el exilio, la liberación de su propio pueblo sólo era imaginable gracias a la victoria militar extranjera.
En tiempo de paz, este tipo se presenta bajo la variedad del socialismo por modelo ejemplar. Éste era, evidentemente, el método de los viejos utópicos, que construían sus colonias modelo en apartadas tierras americanas para demostrar la superioridad de su sistema y convertir a los no creyentes. Hoy, este sustituto de la propia lucha social se está convirtiendo, cada vez más, en la esperanza esencial del movimiento comunista en Occidente.
El modelo ejemplar es Rusia (o China, para los maoístas); y, aunque es difícil hacer la suerte de los proletarios rusos semiatractiva a los trabajadores de Occidente, incluso con una generosa dosis de mentiras, existen otros dos enfoques con más posibilidades de éxito:
a) La posición relativamente privilegiada de los ejecutivos, burócratas e intelectuales-lacayos dentro del sistema colectivista ruso puede ser contrastada con la situación en Occidente, donde estos mismos elementos están subordinados a los propietarios de capital y a los que manipulan la riqueza. Aquí, el atractivo del sistema soviético de economía estatalizada coincide con el alcanzado históricamente por los socialismos de clase media: a los elementos disconformes entre los intelectuales, los técnicos, los científicos, los burócratas administradores y los hombres de organización de diferente especie, que pueden identificarse más fácilmente con una nueva clase dominante basada en el poder del estado en vez de en el poder del dinero y de la propiedad, y que, por ello, se ven a sí mismos como los nuevos hombres del poder en un sistema, no capitalista, pero elitista.
b) Mientras los partidos comunistas oficiales están obligados a mantener la máscara de la ortodoxia en relación a algo llamado “marxismo leninismo”, es más frecuente que algunos teóricos serios del neoestalinismo que no están atados al partido se encuentren libres de la necesidad de fingir. Uno de sus desarrollos es el abandono abierto a cualquier perspectiva de victoria a través de la lucha social dentro de los países capitalistas. La “revolución mundial” es igualada simplemente con la demostración por los estados comunistas de que su sistema es superior. Esto ha sido ya expresado en forma de tesis por los principales teóricos del neoestalinismo, Paul Sweezy e Isaac Deutscher.
El Monopoly Capitalism (1966) de Baran y Sweezy rechaza terminantemente “la respuesta de la tradicional ortodoxia marxista: que el proletariado industrial debe, al fin y al cabo, sublevarse en una revolución contra sus opresores capitalistas”. Lo mismo dicen para los demás grupos desfavorecidos de la sociedad —desempleados, campesinos, las masas de los guetos, etc—, ya que no pueden “constituir una fuerza coherente en la sociedad”.
Esto no deja salida: el capitalismo no puede ser cambiado efectivamente desde dentro. ¿Cómo entonces? Algún día, explican los autores en su última página, “quizá no en el presente siglo”, la gente se desilusionará con el capitalismo, “cuando la revolución mundial se extienda y cuando los países socialistas muestren con su ejemplo que es posible” construir una sociedad racional [énfasis añadido]. Esto es todo. Así, las frases marxistas llenando las otras 366 páginas de este ensayo se reducen simplemente a un conjuro como la lectura del Sermón de la Montaña en la catedral de San Patricio.
La misma perspectiva se presenta, menos abruptamente, por un escritor más dado a circunloquios, en The Great Contest de Deutscher. Deutscher transmite la nueva teoría soviética de “que el capitalismo occidental sucumbirá no tanto —o, al menos, no directamente— a causa de sus propias crisis y contradicciones inherentes a él, como a causa de su incapacidad para competir con los logros del socialismo [esto es, los estados comunistas]”; y después, dice: “Debe decirse que esto reemplaza en cierta medida a la perspectiva marxista de la revolución permanente”. Aquí nos encontramos con una teorización racional de lo que durante largo tiempo ha sido la práctica del movimiento comunista en Occidente: actuar como guardia de fronteras y como cobertura para la competencia, el sistema rival del Este. Sobre todo, la perspectiva del socialismo desde abajo es tan ajena a estos profesores del colectivismo burocrático como a los apologistas del capitalismo en las academias americanas.
Este tipo de ideología neoestalinista es frecuentemente crítica con el actual régimen soviético. Un buen ejemplo de ello es Deutscher, que está tan lejos como sea posible de ser un apologista acrítico de Moscú del tipo de los comunistas oficiales. Hay que considerarles como penetracionistas con respecto al colectivismo burocrático. Lo que se ve como un “socialismo desde fuera” desde el mundo capitalista, es una especie de fabianismo visto desde dentro del ámbito del sistema comunista. En este contexto, el cambio únicamente desde arriba es un firme principio de estos teóricos, como lo era para Sidney Webb. Esto quedó demostrado, “inter alia”, por la hostil reacción de Deutscher a la revuelta de 1953 en Alemania Oriental y a la revolución húngara de 1956, por el ya clásico motivo de que tales sublevaciones desde abajo podrían asustar al “establishment” soviético y apartarle de su curso de “liberalización” por la Inevitabilidad de la Gradualidad.

10. ¿De qué lado estás?

Desde el punto de vista de los intelectuales que tienen elección de qué papel jugar en la lucha social, la perspectiva del socialismo desde abajo ha sido históricamente poco atractiva. Incluso dentro del movimiento socialista, ha tenido pocos partidarios consistentes y no muchos más de inconsistentes. Fuera del movimiento socialista, naturalmente, la línea típica es que tales ideas son visionarias, impracticables, irrealistas, “utópicas”; tal vez idealistas, pero quijotescas. Las masas populares son congénitamente estúpidas, corruptas, apáticas y generalmente inútiles; los cambios progresistas deben proceder de “Gente Superior” semejantes —por casualidad— al intelectual que expresa estos sentimientos. Todo esto se traduce teóricamente a una Ley de Hierro de la Oligarquía o a una ley de lata del elitismo, de una manera u otra implicando una teoría cruda de la inevitabilidad del cambio únicamente desde arriba.
Sin pretender repasar en unas pocas palabras los argumentos a favor y en contra de esta omnipresente opinión, podemos notar el papel social que juega, como el rito autojustificatorio de los elitistas. En tiempos “normales”, cuando las masas no están en movimiento, la teoría simplemente requiere señalar esto con desprecio, mientras que toda la historia de revolución y de las sublevaciones sociales es simplemente descalificada como obsoleta. Pero los repetidos disturbios sociales y sublevaciones revolucionarias, definidos precisamente por la intrusión en la historia de las antes inactivas masas, y característicos de periodos en los que el cambio social fundamental está puesto al orden del día, son exactamente tan “normales” en la historia como los intermedios períodos de conservadurismo. Cuando el teórico elitista tiene que abandonar, por consiguiente, la postura de científico observador que se limitaba a predecir que la masa de la gente continuará siempre en reposo, cuando se le enfrenta la realidad opuesta de unas masas revolucionarias intentando subvertir la estructura de poder, entonces es típico que no tiene reparos en pasar a otra senda muy diferente: la denuncia de la intervención de las masas como mala en sí misma.
El hecho es que, para el intelectual, la elección entre socialismo desde arriba y socialismo desde abajo, es básicamente una opción moral, mientras que para las masas trabajadoras que no tienen alternativa social es una cuestión de necesidad. El intelectual puede tener la opción de “unirse al Establishment”, cuando los trabajadores no la tienen; lo mismo ocurre con los dirigentes sindicales, que, al elevarse por encima de su clase, disponen igualmente de una posibilidad de elección que antes no tenían. La presión para adecuarse a las costumbres de la clase dominante, la presión para el aburguesamiento, son proporcionales al grado en que se debilitan los lazos personales y organizativos con la base. No es difícil para un intelectual o para un jefe sindical burocratizado convencerse a sí mismo de que la penetración en el poder existente y la adaptación a él son el camino más astuto, cuando (por casualidad) también permite compartir las ventajas de la influencia y de la opulencia.
Es un hecho irónico, por consiguiente, que la “Ley de Hierro de la Oligarquía” sea férrea principalmente por los elementos intelectuales de los que proviene. En tanto que estrato social (eso es, dejando aparte individuos excepcionales) los intelectuales no han sido nunca conocidos por levantarse contra el poder establecido en la forma en que la moderna clase obrera lo ha hecho una y otra vez en su relativamente breve historia. Actuando típicamente como los lacayos ideológicos de los amos establecidos de la sociedad, el sector de las clases medias no propietarias, dedicado al trabajo intelectual, se encuentra, a pesar de todo y al mismo tiempo, movido al descontento y al mal humor por el trato recibido. Como muchos otros sirvientes, este Admirable Crichton piensa “soy mejor que mi amo, y si las cosas fuesen diferentes ya veríamos quien se arrodillaría”. Más que nunca en nuestro día, cuando el crédito del sistema capitalista se desintegra en todo el mundo, él sueña fácilmente con una forma de sociedad en la que puede actuar a su gusto, en la que mande el Cerebro y no las manos ni la riqueza; en la que él y sus similares serían liberados de la presión de la Propiedad a través de la eliminación del capitalismo, y liberados de la presión de las masas gracias a la eliminación de la democracia.
Tampoco es necesario que su sueño vaya muy lejos, porque existen versiones de ese tipo de sociedad ante sus ojos, en los colectivismos del Este. Incluso cuando rechaza estas versiones, por diversas razones, entre ellas la Guerra fría, puede teorizar su propia versión de un “buen” tipo de colectivismo burocrático, llamado en los EE.UU. “meritocracia”, “managerismo”, “industrialismo” o cualquier otra cosa que se quiera; o “socialismo africano” en Ghana y “socialismo árabe” en El Cairo; o muchos otros tipos de socialismo en otros lugares del mundo.
La naturaleza de la elección entre socialismo desde arriba y socialismo desde abajo se ve más claramente en lo que se refiere a una cuestión sobre la que existe un considerable grado de acuerdo entre los intelectuales liberales, socialdemócratas y estalinistas de hoy. Se trata de la supuesta inevitabilidad de dictaduras autoritarias (despotismos benevolentes) en los nuevos estados que se desarrollan, particularmente, en África y Asia —Nkruma, Nasser, Sukarno y otros—, dictadores que destruyen a los sindicatos independientes y a toda la oposición política, organizando la explotación del trabajo con el propósito de maximizarla, chupándoles la sangre a las masas trabajadoras para extraer el suficiente capital para acelerar la industrialización al ritmo que los nuevos amos desean. De esta forma, en una medida sin precedentes, círculos “progresistas” que en otra ocasión hubieran protestado contra cualquier injusticia, se han convertido en apologetas de cualquier autoritarismo que sea considerado como no capitalista.
Aparte de las razones de determinismo económico usualmente dadas para esta posición, hay dos aspectos de la cuestión que echan luz sobre lo que verdaderamente está en juego:
a) El argumento económico para la dictadura, que pretende demostrar la necesidad de una industrialización “a matacaballo”, es sin duda alguna de mucho peso para los nuevos amos burocráticos —que significativamente no escatiman en sus propios ingresos y engrandecimiento—, pero es incapaz de convencer al trabajador situado abajo del todo de que él y su familia deben inclinarse ante la superexplotación y el superesfuerzo durante algunas generaciones, en aras de la rápida acumulación de capital. (De hecho, es por esto por lo que la industrialización “a matacaballo” exige controles dictatoriales).
El argumento económico-determinista es la racionalización del punto de vista de una clase dominante; tiene sentido humano solamente desde tal punto de vista, el cual, evidentemente, pretende siempre identificarse con las necesidades de la “sociedad”. Es de igualmente buen sentido que los trabajadores que ocupan los últimos peldaños de la sociedad deben oponerse a esta superexplotación para defender su elemental dignidad humana y su bienestar. Así ocurrió durante la Revolución Industrial, cuando los “nuevos países en desarrollo” estaban en Europa.
No se trata de una simple cuestión de argumentos técnicos y económicos, sino de lados diferentes en la lucha de clases. La pregunta es: ¿De qué lado estás?
b) Se argumenta que las masas populares en estos países están demasiado atrasadas para controlar la sociedad y su gobierno; y esto es, sin duda, verdad, y no únicamente allí. ¿Pero qué se deduce de eso? ¿Cómo consigue un pueblo o una clase capacitarse para gobernar en su propio nombre?
Únicamente por medio de la lucha para conseguirlo. Únicamente librando su lucha contra la opresión: la opresión ejercida por aquellos que les dicen que no están capacitados para gobernar. Únicamente luchando por el poder democrático se educarán a sí mismos y se alzarán hasta el nivel en el que serán capaces de ejercer este poder. Nunca ha habido otro camino para ninguna clase.
Aunque hemos considerado una particular línea apologética, los dos puntos señalados se aplican de hecho a todo el mundo, en cada país, avanzando o desarrollado, capitalista o estalinista. Cuando las manifestaciones y boicoteos de los negros del Sur de los EEUU ponían en aprieto al Presidente Johnson de cara a las elecciones, la pregunta era: ¿De qué lado estás? Cuando el pueblo húngaro se revelaba contra el invasor ruso, la pregunta era: ¿De qué lado estás? Cuando el pueblo argelino luchaba por su liberación contra el gobierno “socialista” de Guy Mollet, la pregunta era: ¿De qué lado estás? Cuando Cuba fue invadida por los títeres de Washington, la pregunta era: ¿De qué lado estás? y cuando los sindicatos cubanos son sojuzgados por los comisarios de la dictadura, la pregunta es también: ¿De qué lado estás?
Desde el comienzo de la sociedad, han existido un sinfín de teorías “probando” que la tiranía es inevitable y que la libertad en democracia es imposible; no hay otra ideología más conveniente para una clase dominante y para sus intelectuales lacayos. Se trata de predicciones autosatisfechas, ya que ellas solamente son ciertas mientras son tomadas como ciertas. En último análisis, el único camino de demostrar su falsedad es la lucha misma. Esta lucha desde abajo nunca ha sido detenida por las teorías desde arriba, y ha cambiado el mundo una y otra vez. Escoger cualquiera de las formas del socialismo desde arriba es mirar hacia atrás, al viejo mundo, a la “vieja mierda”. Escoger el camino del socialismo desde abajo es afirmar el comienzo de un nuevo mundo.

Notas

1 Así fue en 1966, cuando se escribió este artículo. Lo ocurrido desde entonces sólo subraya la importancia de sus análisis.
2 Ver la introducción, sobre el análisis de “colectivismo burocrático”.
3 Una revista académico-marxista editada en los Estados Unidos. Durante un período, se publicaba una versión en castellano.

Edición digital de la Fundación Andreu Nin, diciembre 2001

Mis memorias. Aquilino Moral

Aquilino Moral es una figura muy importante del movimiento obrero asturiano, cuya historia a lo largo del siglo veinte está estrechamente unida a su vida. Aquilino fue un gran dirigente histórico de la CNT, a la cual perteneció hasta su muerte. También estuvo vinculado al Bloque Obrero y Campesino y al POUM, con el mantuvo una importante colaboración durante la dictadura franquista. Para la Fundación Andreu Nin es un gran honor poder publicar estas memorias como forma de rendirle un merecido homenaje.

El texto de Aquilino tiene la forma y la naturalidad propia de un obrero autodidacta. La actual edición digital mantiene la vivacidad expresiva del autor, habiendo efectuado las correcciones estilísticas que se han considerado imprescindibles para facilitar su lectura, sin afectar a su contenido y sin que se perdiera, en ningún momento, su tono original. Las modificaciones introducidas por el editor aparecen entre corchetes. También se han incluido algunos títulos adicionales respecto de fragmentos de las memorias.

Mi nombre es Aquilino Moral Menéndez, nací en La Felguera, concejo de Langreo (Asturias), el día 5 de agosto de 1893. Mi padre era de Aramil, en el concejo de Siero, el cual de muy joven tuvo que salir del pueblo que le vio nacer, para ganarse el pan de cada día. Se colocó desde el primer momento en la Sección Fábricas de Duro Felguera, donde ganó desde once reales hasta siete pesetas, cantidad esta última que le pagaban en el año 1920, cuando falleció a la edad de 66 años. En la fabrica citada conoció a mi madre, que era natural de Lada, pueblo éste próximo a la Felguera, con la cual contrajo matrimonio, de cuya unión nacieron cinco hijos; yo [fui] el último de ellos.

Me quedé sin madre cuando contaba solamente cuatro años, pero mi padre se casó por segunda vez y, en menos de un año, quedó nuevamente viudo. Cuando se casó por tercera vez, yo aún tenía seis años. De este tercer matrimonio nacieron dos hijas. Una de ellas, cuando tenía cinco años, murió carbonizada con el fuego de la cocina del hogar familiar; y la otra murió en Rusia en el año 1972, país para el cual se evacuó en el año 1939 para liberarse del fascismo que en la citada fecha se apoderó de España. De las dos hijas de mi madre natural, la que aún vive sufrió duras consecuencias de la guerra civil española, pues, en los primeros momentos de la lucha, los fascistas le asesinaron un hijo, alegando para justificar tal fechoría que aquel, en la escuela donde era maestro, obligaba a sus alumnos a cantar la Internacional.

Cuando nació mi última hermana, hija de mi tercera madre, en el año 1901, mi padre tenía un jornal diario [por] doce horas de trabajo, de tres pesetas y cincuenta céntimos. Dicho salario tenía que hacer frente a las necesidades de un matrimonio con cuatro hijos que además tenía que abonar una renta para la vivienda. Ante tal apurada situación, por semejante miseria, un aumento de los ingresos era vital; y así mi hermana primera, después de algunas gestiones de mi padre, logró conseguir colocación, en el lavadero de carbón de la mina “El Fondón”, y la segunda se colocó de sirvienta en casa de unos familiares de mi tercera madre. Al disponer del sueldo de las dos hermanas mayores, yo pude ir a la escuela (tenía ocho años) y ello sucedió durante un corto tiempo. Dicha escuela era gratuita, lo cual hizo [posible] mi incorporación a ella, el no pagar era debido a que para la instalación había estado pagando mi padre, al igual que los demás obreros de Duro-Felguera, veinticinco céntimos mensuales, los cuales eran descontados en taquilla el día de la paga, en las oficinas de la citada empresa. Sociedad ésta que fue quien patrocinó la labor escolar que era y sigue siendo regentada por los religiosos de la orden de La Salle. Recién inaugurado el referido colegio, tuve la ocasión de presenciar la visita que al mismo hizo el rey Alfonso XIII que estaba […] recién casado con Victoria Eugenia.

El periodo escolar fue para mi muy corto. El mísero jornal que ganaba mi padre obligó a que yo tuviera que dedicarme a alguna actividad con la cual se pudiera reunir algún ingreso que sirviera de ayuda al exiguo salario de mi padre, […] [a] la edad de 10 años. Primero me dediqué a “rebuscar” carbón en las escombreras de las minas y también en el río donde desembocaban las aguas de los lavaderos que siempre tenían algunas pérdidas aprovechables. Vendía los 50 kilos del negro mineral, a una peseta cincuenta céntimos, por cuyo beneficio los más de los días estaba desde las seis de la mañana hasta las seis de la tarde. En aquellos tiempos la jornada de los obreros del exterior de las minas era en tiempo de verano de 12 horas, la de los del interior de la mina de l0 horas. Para los primeros el jornal era de 3,25, [para] los del interior era de más de 5 pesetas.

Cuando yo tenía 12 años de edad, empecé a trabajar en obras particulares, asistiendo albañiles. El primer sueldo que me pagaron por tal servicio fue de 0,75 por jornada de 12 horas. Tan mal trato fue el que recibí en la asistencia a albañiles que mi aversión al ramo de la construcción siempre fue grande. Cuando tenia 15 años de edad, mi padre que ya hacia 30 años que trabajaba en fábricas de Duro-Felguera consiguió colocarme en dicha factoría, siendo 2 pesetas el sueldo que me pagaron durante dos años por una jornada de 12 horas diarias, el trabajo era a turnos y cada quince días se hacia una doble, entrando a las seis de la mañana de domingo para salir a las seis de la mañana del lunes con cuatro pesetas ganadas.

Cuando empecé a interesarme por la cuestión social

Ya en los primeros momentos de mi ingreso en la fábrica mencionada cuando ví en los días de paga, y [en los días siguientes] a tal fecha, dar unos recibos cuyo importe […] era de 0,60 céntimos pronto pregunté el objeto que tales documentos tenia y […] pedí que se me hiciera socio, [la] cuota para mi era de 0,30 céntimos mensuales; […] la entidad era Sociedad “La Justicia”.

La prensa obrera más conocida en la fecha […] era la “Aurora Social”, órgano de la Federación Socialista Asturiana la cual se editaba en Oviedo y “Acción Libertaria” que aparecía semanalmente en Gijón, (…) que era hecha por un grupo de elementos ácratas, siendo los más destacados (…) Eleuterio Quintanilla, Pedro Sierra y Marcelino Suárez. La lectura de los mencionados periódicos sirvió para que pronto me iniciara en la lucha por el progreso y la libertad.

La organización obrera felguerina, desde su constitución el año 1900 hasta el año 1917 estuvo constituida a base de sociedades de oficio y hasta el año 1911, estuvo bastante influenciada por elementos republicanos. En el año 1911 se avecinó en La Felguera José María Martínez, quien hubo de marchar de Gijón por un suceso ocurrido con motivo de una huelga. El citado elemento pronto consiguió (…) que aumentara la influencia del anarcosindicalismo en el movimiento obrero felguerino. Los republicanos cuando estaban en los puestos directivos del Centro Obrero “La Justicia” ponían todos los inconvenientes que podían a la propaganda anarcosindicalista. Un día en el año 1911, después de una asamblea muy reñida por la defensa de un compañero que la dirección de la Duro había […]despedido del trabajo; unos cuantos compañeros de los que entendían que era necesaria la creación de un grupo específico que se encargara de orientar el movimiento obrero en sentido anti-republicano, trataron de celebrar una reunión con tal objeto en el local social y no […] les fue permitido. Por indicación de José María Martínez, nos fuimos un centenar de compañeros […] a un prado en un lugar que llaman Ladreo y allí bajo la luz de las estrellas (ya eran las once de la noche) discutimos ampliamente sobre la necesidad del grupo específico, terminando con el acuerdo de crear un Grupo Sindicalista el cual a las pocas semanas contaba con un número grande de adheridos. Las charlas que el Grupo Sindicalista organizaba con frecuencia a base de elementos preparados como José Maria Martínez, Jesús Rodríguez y otros, influyeron bastante en mi preparación y cuando tenía 16 años de edad ya aceptaba el tomar parte en comisiones que tuvieran por objeto el resolver asuntos que afectaran al mejoramiento de la situación de los trabajadores. En la edad señalada, la primera vez que tomé parte en una reunión en la cual se ventilaba un asunto de mejora salarial fue para reclamar una prima, que se les daba a una parte de los trabajadores del departamento, taller de hornos altos, y nos dejaban sin ese beneficio a otra parte del mismo servicio. De mi intervención en la asamblea para la finalidad citada pronto tuvo conocimiento el jefe del departamento de hornos altos, [a] quien tan mal le sentó lo expuesto por mí que el día siguiente de la asamblea no ocultó su desagrado delante de mi padre, que era maestro en el horno, a quien le manifestó que “el Centro obrero no debía de tomar en consideración las opiniones de jóvenes como yo”.

Mi actividad sindical e ideológica se redobla a partir del año de 1912

En agosto de 1912 surgió una huelga en Sección Fábricas de Duro-Felguera [que] tuvo de duración 6 meses, terminando con la derrota de los trabajadores. Al salir la empresa triunfante, la dirección no se conformó solo con no dar nada de las peticiones que habían motivado el conflicto sino que para la reanudación del trabajo en la industria eligió entre los trabajadores que se habían declarado en rebeldía igual que de si fruta se tratara, fue una selección espantosa la que los Urquijo y compañía hicieron en nombre de dios, a quien iban adorar diariamente a la iglesia.

Yo fui uno de los señalados para la selección. Muchos de los represaliados se fueron a otros lugares en busca del pan de cada día (algunos al extranjero) y los que quedamos en La Felguera en su mayor parte no hemos tenido mas remedio que ir a trabajar a la mina, trabajo que nos era completamente desconocido. Yo estuve durante siete años trabajando en el interior de la mina con nombre supuesto, pues el grupo minero donde conseguí el trabajo pertenecía a Duro- Felguera y como la dirección de ésta se había formado el propósito de sitiar por hambre a quienes habían sido seleccionados de fábricas por la huelga de 1912, tenía dadas ordenes para que se rechazara nuestra solicitud.

Al ser obrero de minas era lógico el que ingresara en “El Despertar del Minero”, organización sindical que había sido creada en el año 1906, en la que figuraron como dirigentes en sus primeros tiempos Belarmino Tomás, Ovidio Montes, Frutuoso Rebolledo, Baldomero García, José Bárzana y José Ramón Fernández, y ella era orientada con arreglo a los principios de mi ideología pues [en] el Sindicato Minero Asturiano, que fue organizado posteriormente a “El Despertar”, tenían predominio los elementos socialistas. Después del año 1912 “El Despertar del Minero” existió durante corto tiempo, pues la oposición de los pertenecientes al Sindicato dirigido por Manuel Llaneza, cuyo organismo contaba en su seno con una [gran] mayoría de los trabajadores de las minas, nos obligó a dejar aquel inactivo, ya que incluso se llegó hasta el extremo de hacer huelgas en algunos grupos mineros por parte de los pertenecientes al Sindicato socialista pidiendo el que no se nos dejara trabajar si no accediamos a ingresar en el Sindicato que estaba adherido a la UGT. Ante la imposición de la fuerza tuvimos que rendirnos y (…) contra nuestra voluntad estuvimos hasta el año 1915, fecha en que los dirigentes del Sindicato Minero Asturiano hicieron una petición a la Patronal Minera consistente en que ésta diera para el Sindicato 25 céntimos por cada tonelada de carbón que se arrancara. El que los mineros se vieran privados de una mejora salarial que buena falta les hacía para hacer frente al costo de la vida, provocó un gran descontento que nosotros aprovechamos para hacer un manifiesto muy bien razonado, poniendo a la terminación del mismo una convocatoria en la que se invitaba a los obreros mineros a una asamblea, que tuvo lugar en el Centro Obrero “La Justicia”, en donde después de una amplia y razonada discusión se procedió al nombramiento de un Comité provisional que se encargara de la redacción de unos estatutos por los cuales se regiría el nuevo Sindicato Minero cuyo título […] era: “El Porvenir Social”. En los primeros momentos [tuvimos]un éxito en la creación del nuevo organismo, pero a medida que se producía el olvido –en [aquellos cuyo]descontento lo había motivado única y exclusivamente los céntimos que los elementos socialistas les habían llevado para beneficio de sus intereses de partido-, los adheridos a “El Porvenir Social” fueron disminuyendo hasta llegar a una situación en que el continuar con la escisión podía ponernos en las condiciones en que hubiéramos estado cuando tuvimos que disolver ”El Despertar del Minero”. En ataques contra nosotros no faltaron los socialistas que no eran del Sindicato Minero pero sí beneficiados con los 25 céntimos de cada tonelada de carbón (fue cuando compraron la imprenta donde se llegó a hacer “Avance” y que ello se decía propiedad del partido), llegando hasta presentarnos como aliados de los elementos reaccionarios, justificando tal acusación por haber sido imprimido el manifiesto de que hice mención, en la imprenta donde se editaba el periódica de derecha “El Pueblo Astur”, hecho que sucedió así porque en el citado diario trabajaba como maquinista de la rotativa un compañero nuestro.

Con la derrota sufrida por los metalúrgicos de Duro-Felguera en […] 1912 quedó la organización obrera felguerina bastante quebrantada, pues era la citada factoría la que antes de la huelga daba la totalidad de los trabajadores organizados. A pesar de suceder lo que dejo señalado, […]los anotados por los representantes de la Duro como indeseables y que [quedamos] en la Felguera mantuvimos el fuego sagrado de la lucha, no olvidando ni un solo momento a aquellos que la habían traicionado. Para que los traidores no fueran olvidados y en tiempo oportuno llevaran el pago merecido, todos los años al llegar las fiestas de San Pedro hacíamos un manifiesto en el que recordábamos la lucha sufrida y se señalaban los nombres de los individuos que habían sido esquiroles en la huelga que tuvo 6 meses de duración. Hubo un tiempo en que eran varios los compañeros que había con la preparación que era necesaria para redactar el manifiesto, pero llegó el momento de que aquellos se fueron para otras localidades por razones de mejor situación y me quedó a mi la misión de tal labor.

Fue el año 1915 cuando yo redacté el manifiesto en cuestión, me costó bastante trabajo el redactarlo pero, aunque algo deficiente, el manifiesto salió y yo mismo me encargué del reparto en una gran parte de la villa felguerina sin dejar de hacerlo en uno de los bares de los que tenían el boicot, del cual tuve que salir al instante para no ser linchado por los esquiroles que allí se encontraban. La imprenta donde se hizo el manifiesto estaba instalada en un lugar de la calle Dorado de Sama de Langreo y la máquina donde fue tirado tenia que ser movida por una manivela, labor en la cual tuve que participar si [quería] que el manifiesto saliera [en] la fecha con la oportunidad precisa, ya que el impresor era un hombre de una edad a la que no se le podía pedir un gran rendimiento. El referido tipógrafo, que respondía al nombre de Gaspar Betegón, como su condición de ventajista no tenía en la Confederación campo apropiado, llegó a ser un anti-cenetista cien por cien, condición que le sirvió para que a pesar de su situación de patrono le dieran el ingreso en una organización que decía ser anti-capitalista.

Motivo de mi primer encarcelamiento

En el año 1915 en una reunión del Grupo Sindicalista fui nombrado corresponsal del semanario “La Voz del Obrero” que salía en La Coruña como órgano de la organización afecta a la Confederación Nacional del Trabajo en la región galaica. Mi misión era distribuir entre los militantes los 90 ejemplares que traía el paquete, recoger el dinero [del] importe de los mismos y enviarlo a La Coruña. De la cuestión literaria estaba encargado un compañero muy bien preparado llamado Jesús Rodríguez, que creo haya fallecido en Mendoza (Argentina). Un día además del paquete de “La Voz del Obrero” llegó otro paquete hecho con otro formato que [me llamó] la atención al recogerlo en correos, viendo una vez quitado la envoltura escasa que era un manifiesto de gran tamaño, lo leí y su contenido me llenó de gran satisfacción porque […] ya desde muy joven no [simpaticé] nunca [con] el militarismo; era un documento anti-militarista que estaba muy bien razonado. Sin detenerme nada, del paquete recibido hice unos cuantos paquetes chicos y me fui con ellos a casa del conserje del Centro Obrero (este estaba clausurado) y a uno de los hijos de aquel le entregué los paquetes con el ruego de que el los distribuyera entre sus amigos y ambos los repartieron por la villa felguerina. El manifiesto fue repartido profusamente pero no dejó de enterarse la guardia civil, [que], al instante, pudieron conseguir de los chicos que quien les había dado los manifiestos fue Aquilino Moral. El mismo día en que fue repartido el manifiesto a las dos de la mañana se presentaron tres guardias en el domicilio de mis padres, […] en el cual yo residía y, después de un registro en la casa que duró mas de una hora, me mandaron que les acompañara. Estaba una noche malísima, caía nieve en cantidad y el frío era intenso. Mi pobre padre que creía que su avanzada edad y lo tempestuoso de la noche serviría para ablandar el corazón de los guardias y [que] estos me dejarían libre, caminó detrás de mi dando lugar a que uno de ellos le dijera: “váyase usted para casa que nosotros solos nos bastamos llevar a su hijo”. No les hizo caso y se fue hasta el Ayuntamiento en cuyos calabozos del mismo fui encerrado. Mi padre permaneció debajo de los arcos de la casa consistorial y una vez llegado el día fue a ver a un familiar [del] que sabia de su amistad con el alcalde, persona que podía hacer algo en mi favor. La situación no era de mando del poder civil, pues estaban suspendidas las garantías constitucionales en España y el poder de la plaza estaba en manos de un comandante del ejército. A pesar de la situación, el familiar en cuestión visitó al alcalde y éste fue a ver al comandante militar, el cual tenía a la vista en su mesa el manifiesto. A la petición de la primera autoridad civil del concejo pidiéndole que me disculpara por mi corta edad, el comandante contestó que el delito era para ser fusilado y más en esta situación en que están suspendidas las garantías constitucionales en el país.

Confieso que [había] realizado un acto propio de un ingenuo. Primero por haber hecho circular un manifiesto de tal calidad en momentos en que el poder central tenía declarado el país en situación de alarma -por el descontento que se venía manifestando en las Juntas Militares de Defensa, cuya cabeza mas visible […] era el coronel Márquez-, y al haber dado el manifiesto para su reparto a unos muchachos de muy corta edad. A pesar de la “gravedad” recobré la libertad a las veinticuatro horas de ser detenido.

Tal recuerdo me ha quedado del hecho que he citado que, en una ocasión, un amigo que residía en la capital de Lugo me invitó a su casa y al estar en el citado lugar me dio la idea de ir a La Coruña solo por ver si podía encontrarme en [un] lugar para mi inolvidable. Lo he conseguido, y una vez estando en una larga calle de La Coruña pregunté a un guardia municipal por la calle Socorro, contestándome aquel que ya no existía tal calle y a continuación me dio el nombre que tenia actualmente la calle por la que yo preguntaba, caminé y cuando me pareció pregunté a un joven por la calle cuyo nombre me dio el guardia y le dije que necesitaba ver el numero tres, llegamos al lugar por mi deseado y me dice el joven este es el número que no cambiaron de cuando era calle Socorro. Le pregunté al joven que si sabia por quien estaba ocupado el edificio donde estaba el número 3 y me contestó que por Falange y que antes de la guerra civil el piso lo ocupaban los sindicatos de los trabajadores y que en el bajo había una imprenta en la que se hacia un periódico llamado “Solidaridad Obrera”. Le di las gracias al joven, de quien marché agradecido por haberme ayudado a saber el lugar de donde salió lo que motivó mi primer encarcelamiento. Le di las gracias a quien me había servido de guía y allí estuve como media hora contemplando aquella casa y recordando a José Villaverde, Jesús Arenas, Juan No, Constancio Romeo, y muchos otros que entre aquellas paredes [habían] trabajado por la libertad y hoy estaban en poder de quienes llevaron a España al retroceso de unos cuantos cientos de años.

La primera vez que escribí en un periódico

Los socialistas que después de la huelga de 1912- en la que diré de paso, no se han portado nada bien en lo que respecta a la solidaridad- ponían gran empeño en conseguir en La Felguera adeptos para su causa creyendo que la derrota sufrida en la heroica lucha de seis meses que llevaría a los trabajadores felguerinos a cambiar la táctica, “equivocada”, según la juzgaban los discípulos de Pablo Iglesias, por la preconizada por los caballeristas. Con el fin de conseguir su objetivo, un día del año 1916 la media docena de simpatizantes con que contaba la UGT en La Felguera se les ocurre organizar un mitin que habría de celebrarse en un lugar céntrico de la citada localidad. Los trabajadores felguerinos que en su gran mayoría nunca dejaban de acudir a los actos que se celebraran de propaganda social, pronto llenaron el amplio local donde tendría lugar el acto.
Eran tres los oradores señalados para hacer uso de la palabra, dos de, ellos hablaron sin tener la menor interrupción pero al comenzar Wenceslao Carrillo (padre de Santiago Carrillo), su peroración, […] elemento [que] no decía en los actos donde tomaba parte cuatro palabras que no fuera molestando a los de ideología contraria a la suya, surgió un griterío que no cesó hasta que el presidente del acto dio por terminado aquel. Alguien de los que interrumpieron no se conformó [con] que Wenceslao Carrillo no hablara, sino que al salir aquel por la puerta del local donde se hubiera organizado el mitin le dio una patada. Como yo estaba cerca de donde Wenceslao Carrillo sufrió la agresión, tal vez aquel me confundió y cuando los periodistas en Gijón le hicieron preguntas sobre el incidente de La Felguera, Carrillo contestó: “todo podía tener disculpa menos la agresión de que fui victima, a cuyo extremo llegó el sindicalista Aquilino Moral”. De los tres periódicos que por aquel entonces aparecían en la villa de Jovellanos solo “El Comercio” publicó lo dicho por Carrillo a cuya falsa acusación contesté, pidiendo en nota aparte al director del periódico el que mi defensa fuera publicada en el lugar destacado en que fue publicada la falsa acusación. Mi petición fue cumplida y la opinión asturiana quedó enterada de que yo, ni en los principios de mi juventud, padecí el error de querer ventilar con el procedimiento de la violencia la diferencia ideológica que hemos heredado de Carlos Marx y Miguel Bakunin.

La primera guerra mundial y la opinión de los anarquistas

Cuando surgió la primera guerra mundial en el año 1914 […] dio lugar a que en el campo anarquista se manifestaran dos opiniones diferentes, yo a pesar de estar en periodo de iniciación en la lucha social, después de ver expuestas las opiniones de los del grupo “Tierra y Libertad” que se editaba en Barcelona, y que era el de lucha contra toda guerra que no fuera la social, y la de la fracción de Kropotkin, Malato, Juan Grave, Ricardo Mella, Eleuterio Quintanilla y otros mas, pronto di mi adhesión a la opinión de los últimos porque vi que en efecto estaba justificada la simpatía kropotkinista por la causa de los aliados que representaban la libertad y el progreso que las botas de los germanos querían pisar de forma que no resucitara más. Si, no participaba de la opinión de los anarquistas que aplaudieron a un tal Vicente García quien desde su residencia de Londres llamó traidor a Pedro Kropotkin por entender éste que había que reformarse si no se quería perecer. También he condenado la acusación que se hizo contra el anarquismo en general por la postura de aquél contra toda clase de guerras hechas por regímenes capitalistas. Y se llegó a la calumnia contra quienes he juzgado equivocados, porque los elementos al ver la postura de una parte del anarquismo español creyeron, llegado el momento, de mandar a España un equipo de su numerosa banda de espionaje que hicieron por conseguir de los elementos más destacados del anarcosindicalismo catalán, el que éstos aceptaran grandes cantidades de dinero que les permitiera la publicación de revistas y periódicos, cuyo objetivo […] fuera el de hacer campaña antiguerrera para que España mantuviera su neutralidad, ya que los alemanes estaban convencidos de que nuestro país no intervendría en la lucha a favor de ellos. Con tal fin, elementos del espionaje se entrevistaron de forma separada o bien sea, un día con uno y otro día con otro, con Ángel Pestaña, Salvador Seguí, Francisco Miranda, José Negre, Francisco Jordán, José Rueda López y otros más; este último y Francisco Jordán, qué era por aquel entonces secretario del Comité Nacional de la CNT, asintieron favorablemente a la propuesta de los del espionaje y cuando lo presentaron en la Organización fue puesto al margen de la misma y si bien Jordán llegó a ser reivindicado (cuando los del “Libre” lo asesinaron ya estaba de nuevo en la secretaria de la Confederación) Rueda López quedó expulsado y nunca más figuró en los medios confederales. Los demás elementos señalados todos dieron el no a la propuesta de los germanos. Todos silenciaron lo de la propuesta que se les hizo menos Salvador Seguí, que al día siguiente de la visita publicó en “Solidaridad Obrera” un articulo cuyo titulo del mismo era: “Una entrevista con el diablo” y en el cual señalaba, con todo detalle, el objetivo que perseguía el espionaje alemán que pululaba por las calles de la ciudad condal.

Por motivos de la opinión antiguerrera siguió la campaña de descrédito del anarquismo y en el año 1916 un periódico cuyo titulo era “El Parlamentario”, el cual se editaba en Madrid, publicó una serie de artículos firmados por un tal Pascual en los cuales afirmaba que “el anarquismo español estaba al servicio del espionaje alemán”. En esa ocasión tampoco los anarquistas se quedaron en silencio. Un día los grupos específicos de Barcelona se reúnen y nombran a uno de los reunidos para que vaya a Madrid a pedir al director del periódico “El Parlamentario” que demuestre las acusaciones que contra el anarquismo venía haciendo el diario por él dirigido. El director en cuestión contestó que quien hizo los artículos a que se refería el visitante, que era un joven que en aquel momento no se encontraba en la redacción. Ricardo Fornell, que era el delegado a quien confiaron tal misión los grupos anarquistas de Barcelona, [al] director del periódico ya señalado le propuso […] la organización de un acto público donde hablara el acusador y la representación de los acusados. La propuesta fue aceptada por el director y éste quedó encargado de la organización del acto, señalando al mismo tiempo la fecha del mismo. Cuando Fornell se presentó el día indicado por la redacción del “Parlamentario” el director de éste dijo a Fornell que el joven autor de los artículos en que se acusaba al anarquismo de estar al servicio del espionaje alemán […] se fue para el extranjero, contestación de la que Fornell sacó la consecuencia de que el autor de los artículos injuriosos fue el mismo que dirigía el periódico donde aparecieron. No se puede dudar de que […] ha favorecido al crédito del anarquismo español la contestación que dieron en Barcelona los visitados por los del espionaje alemán y el resultado tenido con motivo de las acusaciones del periódico “El Parlamento”, cuyo director se negó a sostener las acusaciones en un acto público al que se le invitó.

[Una protesta contra la subida del pan]

Un día del mes de septiembre de 1914, la Patronal de Industriales de Langreo da una nota a la prensa en la que hace saber que para determinada fecha aumentarían cinco céntimos en el kilo de pan. Ante tal noticia la Federación Local de Sociedades Obreras de La Felguera convoca a una asamblea magna en el Centro Obrero “La Justicia”,que antes de la hora señalada para la reunión estaba el amplio local lleno de ciudadanos deseosos de tomar parte en las deliberaciones. Señalado por el presidente el objeto de la asamblea hacen uso de la palabra muchos de los asistentes, coincidiendo todos en oponerse a la pretensión de los fabricantes de pan […] que […] era aumentar el precio del citado artículo de primera necesidad.

Así se acuerda y se recomienda que al día siguiente no se acuda al trabajo ninguna de las industrias y en cuantas actividades hubiera personal asalariado, y que todos en la calle impidan el que salga el pan de las panaderías con el precio que anunciaron los fabricantes. Así se hizo, y en el momento en que los repartidores se disponían a salir a repartir las piezas fabricadas, fueron asaltadas las panaderías por la multitud que al instante se hizo cargo del pan que estaba fabricado. Los propietarios panaderos y el personal que estaba al servicio de las panaderías de Lada y La Felguera no se opusieron a la actitud adoptada por la multitud, solo en la casa del industrial Enrique Menéndez, cuando uno de los de la multitud trata de abrir el portón que daba a la panadería, fue atacado con una escopeta por el hijo del amo, que se encontraba dentro, hiriéndole en la cabeza de forma que le hizo caer desplomado desde lo alto del portón, en donde se puso con idea de franquearlo. Tan pronto se vio la sangre correr y que ello era producto de la agresión realizada por el hijo del industrial, de dio la voz de fuego y antes de una hora era hecho cenizas una manzana que se componía del lagar de hacer sidra, un bar, comercio de tejidos y ultramarinos y el edificio donde estaba instalada la panadería.

Después de lo sucedido pronto comenzaron las detenciones, y los juzgados a trabajar con el fin de esclarecer los hechos para dar castigo a los culpables. Hemos sido muchos los que pasamos por el juzgado, pero no se ha podido comprobar nuestra culpabilidad, teniendo que conformarse las autoridades con hacer único responsable a José María Martínez, que ya al día siguiente de los sucesos pasó la frontera, metiéndose en Portugal. En cuanto a mi, las consecuencias que me tocaron de los hechos señalados, fue el que como miembro del Comité Pro-presos tuve que redoblar el trabajo por la situación en que quedaron la compañera e hijos del acusado de incendiario. Hubo también que salir al paso de la campaña hecha por un periódico reaccionario que se editaba en Oviedo, en una imprenta que estaba instalada en un edificio ubicado al lado del ferrocarril de la compañía Vasco-Asturiana, quien durante unos cuantos días apareció diariamente con unas letras grandes en primera página que decían: “Huye José Riestra acusado de incendiario”.

José María Martínez, cuando vino a residir a La Felguera, en sus documentos personales figuraba con el apellido de Riestra porque […] un incidente tenido con unos esquiroles en Gijón le obligó a tener que hacer uso de los documentos personales de un compañero. Para ver si se podía conseguir desvirtuar las acusaciones de culpabilidad hacia José Maria Martínez, que “El Pueblo Astur” venía haciendo campaña, se hicieron varias cosas; entre ellas se sacó la siguiente canción:

Ya lo saben en Oviedo
Ya lo saben en Gijón
Que el lunes por la mañana
Quemó la casa de Anrincon

Fue un lunes del mes de septiembre de 1914 cuando el pueblo felguerino hizo que el egoísmo de los industriales panaderos no prevaleciera. José Maria Martínez, acogido a una amnistía concedida por el gobierno de Romanones regresó a España después de sufrir un exilio de unos dos años en tierras portuguesas. Martínez, al igual que Seguí, siguió trabajando por la causa a la que ya de muy joven dio su adhesión, siendo uno de los que trabajó sin descanso cuando se preparaba el movimiento revolucionario que surgió en Octubre de 1934, para conseguir la unión de los trabajadores, cuya labor […] culminó en la constitución de la Alianza Obrera, organismo que supo preparar con éxito en los primeros momentos de la revolución de Octubre, en la que perdió la vida José María Martínez, luchador que fue uno de los últimos que abandonó el campo de lucha. Se ha dicho en distintas veces, y ello es una gran verdad, […] que la CNT y los trabajadores en general que luchan por un mejor vivir para los desheredados de la fortuna, perdieron un valor importantísimo con la desaparición de José Maria Martínez. […] Los que lo contamos estamos satisfechos del resultado de la labor realizada por el mártir señalado porque vemos que sigue la unión creada en aquella fecha entre cenetistas y ugetistas.

La huelga general revolucionaria de agosto de 1917

La primera guerra mundial surgida en el año 1914 dejó consecuencias desagradables, de las cuales no se libró España. En los años 1915, 16 y 17 la situación económica del país era malísima. La crisis industrial cada día iba en aumento y los salarios de los trabajadores no estaban, ni con mucho, a nivel con los precios que tenían los artículos indispensables para la vida. El malestar [crecía] cada día en el país. Ante el justificado descontento que existía entre las clases menesterosas, que siempre son las afectadas por lo malo que traen consigo los regímenes capitalistas, la Confederación Nacional del Trabajo y la Unión General de Trabajadores se pusieron de acuerdo para iniciar un movimiento revolucionario, cuyo objetivo era un cambio de Régimen, por ver en ello la única solución para hacer desaparecer las causas de las privaciones a que se veían sometidas las clases salariales.

La negativa de las compañías ferroviarias a unas peticiones hechas por la Federación Nacional del citado ramo para los trabajadores del mismo, motivó la declaración de huelga en las líneas ferroviarias, y a los tres días de estar paralizadas, con el pretexto de prestarles solidaridad, se declaró la huelga general en toda España, cuya finalidad del movimiento era lo que ya he señalado más arriba: un cambio de régimen en el país. A fin de que existiera unanimidad en el paro en la fecha que fue fijada para el mismo, los delegados de la UGT y de la CNT […] recorrieron toda España en plan de organización del movimiento (en La Felguera por la Confederación estuvo Jaime Aragó), dejando en cada localidad que visitaban la contraseña que decía: “Cosas verdes”, que publicaron “El Socialista” de Madrid y “Solidaridad Obrera” de Barcelona en primera plana la víspera del día en que se señaló para […] el movimiento revolucionario.

El resultado de la huelga no fue favorable al objetivo que se buscaba, y el fracaso de la lucha trajo la dura represión que culminó llenando las cárceles de trabajadores.

[Los miembros del] Comité de Huelga de la UGT, compuesto por Julián Besteiro, Francisco Largo Caballero, Daniel Anguiano, Andrés Saborit y Virginia González, fueron pronto detenidos, juzgados y condenados a 30 años de prisión. Luis Araquistain, también estuvo implicado, pero no llegó a ser juzgado porque su culpabilidad no pasó de ser miembro en aquel momento de la Comisión Ejecutiva del Partido Socialista. A propósito de la detención del gran escritor la prensa reaccionaria echó las campanas a vuelo porque en el lugar donde estuvo oculto Araquistain, la policía encontró también a Virginia González.

Los componentes del Comité de la CNT, que eran Salvador Seguí, Ángel Pestaña, Jaime Aragó y Francisco Miranda (este último era yerno de Anselmo Lorenzo), como la distancia con la frontera era más favorable que a los de Madrid, pudieron meterse en Francia, donde permanecieron hasta que el Gobierno del que formaba parte José Sánchez Guerra (que fue un tenaz opositor a la dictadura de Primo de Rivera) promulgó un decreto de amnistía que les permitió regresar a España. Para que el decreto de amnistía fuera una realidad se hizo una extensa campaña periodística y oral durante un largo tiempo. La primera idea manifestada en la campaña de prensa y actos públicos fue pedir que se hicieran unas elecciones generales. Concedido esto, los hombres que fueron condenados por señalarlos como dirigentes del movimiento revolucionario, aparecieron en candidatura y todos ellos salieron elegidos diputados. Ante tal hecho el Gobierno no tuvo más remedio que hacer el decreto de “Perdón”, ya que la demostración fue de que la totalidad del pueblo español estaba de acuerdo con lo que hicieron los que se encontraban en la cárcel. De los actos públicos celebrados con tal finalidad en La Felguera solo se celebró uno y fue de gran resonancia, entre los oradores que hicieron uso de la palabra todos ellos muy destacados en la política española, habló Melquíades Álvarez quien dijo entre otras cosas: “que lo oiga el rey, que lo oigan los militares, sí, hemos ido a un movimiento para derrocar una monarquía antipopular”.

En todas las provincias hubo sub-comités de huelga, estando formado en Asturias por Pedro Sierra, que representaba a las fuerzas anarcosindicalistas, Wenceslao Carrillo, que representaba a las fuerzas ugetistas y socialistas, Benito Conde a los republicanas, y Valdés Prida a los reformistas de Melquíades Álvarez. Los pueblos, Sama, Mieres, Oviedo y La Felguera, tenían sus enlaces que frecuentemente visitaban [al] Comité Provincial, que tenía su residencia en Gijón. De la primera localidad eran Enrique Celaya y Manuel Álvarez, de la segunda eran Manuel Llaneza y Ramón Rodríguez, de la tercera Bonifacio Martín y Teodomiro Menéndez y de La Felguera Jesús Rodríguez y Francisco Equisuaín. En La Felguera todos los militantes tuvimos alguna función que cumplir. En la citada localidad, donde había un número de trabajadores que pasaba de los 5.000, celebramos en las afueras de la villa una asamblea en el campo casi todos los días, a fin de orientar a los trabajadores de la forma en que se iba desarrollando el movimiento. Y toda la labor que se realizó, se desarrolló dentro de la mayor normalidad durante los doce días que los obreros fuimos dueños de la situación y ella se desarrolló en la forma que queda dicho sin necesidad de lucha con las fuerzas armadas, ya que éstas tan pronto surgió el movimiento, fueron a reconcentrarse a Oviedo.

Una vez conocido el fracaso de la lucha, yo me oculté en un lugar donde pude seguir orientando a quienes estaban libres de la persecución policíaca, de forma que supieran lo que debían hacer para que no faltara la ayuda a los presos y perseguidos. Con el objetivo de la solidaridad y durante el tiempo de mi escondrijo mandé muchos escritos al periódico “El Noroeste de Gijón” -que dicho sea de paso que fue un diario que se portó muy bien con la causa perseguida, antes y después del movimiento fracasado. Cuatro meses duró mi situación de oculto. Un día, por confiar más de lo debido, di un falso paso que me costó el ser descubierto por la policía que sin pérdida de tiempo me venía buscando desde que desaparecí de mi domicilio. Me llevaron a la cárcel de Laviana en donde permanecí encerrado durante seis meses, al ser sobreseída mi causa recobré la libertad. Durante mi encierro aproveche el tiempo en cosas útiles para la causa. Un día, al apartarse un momento de nuestra presencia el guardián que nos vigilaba en el locutorio, pude dar a mi compañera un sobre que contenía un artículo para que aquella lo mandara a “Tierra y Libertad” de Barcelona, periódico que hacía Tomás Herrero en la imprenta de su propiedad que estaba instalada en la Calle Cadena número 78. El articulo que […] titulaba: “De la represión en Asturias durante y después de la huelga general” fue publicado a su debido tiempo. Tan duros eran los ataques que en tal escrito hacía contra las fuerzas represoras y donde no faltaba tampoco lo que ridiculizaba al general Burguete sobre las declaraciones que este hizo sobre su “toma” de la Faya de los Lobos, que de Madrid se conoce que dieron órdenes de que se procediera contra mi; […] inmediatamente me metieron en celda de castigo donde permanecí durantes diez días.

Es justo señalar que la Confederación Nacional del Trabajo en esa memorable huelga cumplió bien con su deber durante la lucha y después en el exilio desde donde, sin miras a un acta de diputados, combatieron tenazmente al Gobierno y autoridades que hacían la represión. En la campaña que con tal fin realizó Solidaridad Obrera, cuyo cuerpo de redacción se componía en aquella ocasión de José Borobio, José Negre, Jaime Aragó y Antonio Amador, no faltaban artículos diariamente de los que estaban allá de la frontera, en los que la censura se ensañaba duramente […] haciendo muchas veces el que las páginas del diario sindicalista aparecieran en blanco.

Concedida la amnistía, al retornar los exilados a los lugares donde tenían su residencia cuando surgió el movimiento, Salvador Seguí, tan pronto puso sus pies en Barcelona publicó un artículo en “Solidaridad Obrera” cuyo titulo […] era el siguiente: “decíamos ayer”, y el primer párrafo del escrito decía lo siguiente: “Si, decíamos ayer que el pueblo español necesitaba un régimen de justicia y bienestar para todos, con tal finalidad hemos ido al movimiento de agosto de 1911. Si en la fecha citada no hemos salido triunfantes seguiremos luchando hasta conseguirlo”. Seguí así lo hizo; siguió trabajando activamente por la causa del proletariado hasta que un día de marzo del año 1923 fue asesinado por los del llamado sindicato libre en la calle Cadena, lugar muy céntrico de Barcelona, lo acribillaron a tiros. Con idéntico procedimiento que el empleado con Seguí y en el mismo momento fue muerto Canela (este en sus escritos firmaba con el seudónimo de Paronas), también destacado militante anarcosindicalista. Tales asesinatos produjeron una honda indignación entre el proletariado que, sin orden oficial de la Organización, fueron a la huelga en toda España las fuerzas afectas a la Confederación Nacional del Trabajo.

En esa ocasión la UGT no estuvo en el lugar que debía de estar, pues no prestarse a la protesta contra aquellos hechos vandálicos que por aquel entonces se venían sucediendo en Barcelona, era tanto como hacerse cómplices de quienes los realizaban. El resultado de mirar aquellos sucesos de manera impasible por parte de los elementos socialistas fue […] que estos fueron perdiendo terreno en el campo obrero y que ello fue en beneficio del crecimiento de los efectivos confederales en Asturias, Vizcaya, Madrid, contando todo el centro, y Riotinto, localidad ésta donde durante muchos años fue un fuerte ugetista.

En todo lo que se hizo con motivo de lo que dejo enumerado siempre estuve presente, unas veces tomando parte en las asambleas para acordar los paros y luego para organizar la vuelta al trabajo, y otras veces repartiendo manifiestos que contenían la orientación que necesitaban conocer los trabajadores a quienes [se]les pidiera adoptar determinada actitud.

Volviendo a la UGT, las diferencias habidas en algunos tiempos entre los hombres del citado organismo y los de la CNT, no impidieron el que ambas centrales sindicales se entendieran para la creación de la Alianza Obrera, organismo de gran recuerdo en la organización de movimientos revolucionarios, pues a quienes orientaban las fuerzas de la Unión General de Trabajadores y de la Confederación Nacional del Trabajo en Asturias se debe el que se haya llegado a la formación de la Alianza Obrera en los momentos en que era tan necesaria la unidad del proletariado.

Entiéndase bien que la fecha [última] a que nos referimos es la de octubre de 1934.

[Actividad confederal]

El 1918 es año de gran actividad confederal. Se preparaba el congreso que ha de tener gran resonancia en el año 1919. Toda la organización afecta a la Confederación trabaja para llevar ya constituidos al citado congreso el mayor número posible de sindicatos de ramo e industria (sindicatos únicos), estructuración que [se] venia propagando desde primeros del citado año, en que se acordó en el congreso celebrado por la Confederación Regional de Cataluña en la barriada de San.

En Asturias no hemos ido a la zaga. En La Felguera concretamente, después de cambiar de Grupo Sindicalista por Agrupación Libertaria, se hizo intensa campaña de propaganda cuyo resultado fue la creación de varios grupos libertarios en la provincia, los que pronto crearon la Federación de Grupos Libertarios de Asturias que al instante tuvo su órgano en la prensa cuyo título era “El Comunista”, […] del cual fui administrador desde que apareció hasta que dejó de salir (treinta y dos números).

Ya digo en otro lugar de este escrito que la influencia total del anarcosindicalismo en la Organización obrera de La Felguera viene a partir del año 1911. A pesar de ser ello así, las sociedades obreras domiciliadas en el Centro Obrero “La Justicia”, de hecho no pertenecieron a la Confederación Nacional del Trabajo, algunas de ellas hasta el año 1917, y digo algunas, porque las hubo que se metieron en el año 1918 para ingresar en el organismo confederal, siendo una de ellas la más importante por cierto “La Justicia”, Sociedad en Hierro y demás metales, que en el Congreso de la Comedia ya figuró como Sindicato de los Obreros Metalúrgicos y Siderúrgicos de Langreo.

Los obreros de las minas que por razones ya expuestas constituyeron en algún tiempo “El Porvenir Social” cambiaron este título por el de Sindicato Único de Mineros de Asturias, llegando al número da 3.000 representados en el congreso de referencia. Este importante número de adheridos que se fue del sindicato de la UGT, alarmó bastante a los socialistas cuya alarma siguió durante algún tiempo al ver que el Sindicato Único, orientado por los anarcosindicalistas llegaba a superar numéricamente al dirigido por Manuel Llaneza y demás socialistas.

Por otra parte en Cataluña, de una y otra forma, la lucha obrera cada día se intensificaba más dando ello lugar a que a los socialistas les pareciera que el anarcosindicalismo caminaba demasiado, cosa que aquellos quisieron evitar desencadenando una campaña de descrédito contra los procedimientos de lucha de la Confederación. Como es natural los hombres de la CNT unidos para la defensa de lo que creían bueno para el bienestar de los trabajadores, hicieron su campaña utilizando para ello todos los medios legales que se les presentaron, tales como los órganos periodísticos, que eran un factor muy importante. En los momentos citados en que se debatía mucho sobre la hegemonía del movimiento obrero español, un día aparece una nota en el diario España Nueva, periódico que se editaba en Madrid en la calle Carretas número 3, y cuyo gerente […] era un señor llamado Rodrigo Soriano, que fue diputado a Cortes durante varias legislaturas como republicano independiente, en el parlamento español en tiempo de la monarquía y también de la República, en la cual se abría una encuesta para que se expusieran en los escritos que se enviaran para su publicación lo que procedía hacer para que llegaran a fusionarse la Unión General de Trabajadores y la Confederación Nacional del Trabajo. La encuesta duró desde primeros del año 1918 hasta el año 1919 en que se celebró el congreso de la Confederación. Durante ese tiempo todos los días apareció la sección dedicada a la encuesta ocupada de escritos, de los que ninguno de ellos fue de procedencia ugetista, [a] cuyos elementos les pareció mejor desencadenar una campaña contra Rodrigo Soriano, por haber este favorecido los planes de los hombres de la CNT, que eran los planes que convenían a los intereses del proletariado.

Yo en esa sección, cuyo título era siempre: “Unión General de Trabajadores-  Confederación Nacional del Trabajo”, llegué hasta el noveno articulo y a pesar de haber sido escisionista creando en las cuencas mineras el Sindicato Único frente al Sindicato Minero de la UGT me justificaba y señalaba lo que se debía de hacer para que fuera posible el que estuvieran unidos los que un día y otro sufrían el látigo de la explotación. De aquellas jornadas en que el periódico “España Nueva” intervino, a pesar de no ser órgano oficial de la Confederación, porque no quiso serlo cuando su dueño Rodrigo Soriano se lo ofreció, hay gratos recuerdos que no son olvidados por quienes hemos vivido aquellos momentos. Además de lo que con sus campañas hizo durante un largo tiempo en favor del bien general para los trabajadores, si hay algún periodista de aquella época de los que trabajaban en Madrid, recordarán que estaban en huelga en defensa de unas peticiones que las empresas se negaban a concederles en la fecha en que dio principio las tareas del congreso de la Confederación, y como “España Nueva”, atendiendo a la CNT, dio las mejoras a sus obreros periodistas, las demás empresas se vieron obligadas a conceder lo que fue motivo de la huelga.

[El Congreso del Teatro de la Comedia]

Y llegamos al congreso de 1919 celebrado en el Teatro de la Comedia, en el cual toda la delegación asturiana está de acuerdo con la opinión expuesta por Eleuterio Quintanilla, en varias intervenciones que tuvo en el punto sobre unificación del proletariado. A pesar de los argumentos de peso y expuestos en la forma bien en que Quintanilla sabía hacerlo, este no logró convencer a las delegaciones de Cataluña, Levante y Andalucía que representaba el grueso de los efectivos de la Confederación Nacional del Trabajo, acordándose una resolución que los más antiugetistas hemos juzgado de error de gran bulto. Las mismas delegaciones y las mismas fuerzas que consiguieron el que saliera triunfante la propuesta de ir a la absorción de la UGT, fueron quienes impusieron también el que la CNT ingresara en la Internacional Comunista. Aquí también triunfó el error, pero ello no sucedió sin que se oyera la voz de Eleuterio Quintanilla, a quien en aquel momento la mayoría no le dio la razón pero no pasó mucho tiempo en que los órganos periodísticos de la Confederación trajeran diariamente artículos razonando el porqué Quintanilla fue el único acertado al sostener que había una honda contradicción al decir que la CNT va hacia el comunismo libertario y a continuación acordar el ingreso en la III Internacional; organización política que es completamente antípoda del comunismo libertario. Cuando algunos delegados de aquellos que [no] estábamos demasiado entusiasmados con la revolución rusa [quisimos] deshacer el error proponiendo que la permanencia en la Internacional Comunista fuera mientras no se constituyera la Internacional Sindical Roja, propuesta que llevó Ángel Pestaña, en su primera visita a Moscú. Para llegar definitivamente a la creación de la Central Sindical Roja, convocaron a la CNT en el año 1921, fecha en que estaban casi todos sus militantes en la cárcel, para nombrar la delegación que fuera a Moscú, se celebró un Pleno Nacional en la clandestinidad en Lérida, para el que fui nombrado suplente. En ese pleno, como se sabe, fueron nombrados para ir a la constitución de la Internacional Sindical Roja: Hilario Arlandis, Joaquín Maurín, Andrés Nin, Jesús Ibáñez y Gastón Leval.

Cada día era mayor el grupo de los arrepentidos por lo que se hizo en el congreso de Madrid, dando ello lugar a que sin esperar de que la delegación citada regresara de Moscú, el Comité Nacional de la CNT que funcionaba en Barcelona en la clandestinidad, organizara un Pleno Nacional también en la clandestinidad, que se celebró en Logroño, en el cual estuve yo en compañía de Turman y Avelino González, representando a la Confederación Regional de Asturias, León y Palencia.

En este Pleno Nacional celebrado en Logroño, en contra de la opinión de la delegación asturiana, se acordó en principio desautorizar a la delegación que se encontraba en Moscú, hasta que definitivamente lo hiciera un Congreso, teniendo en cuenta que fuera un Congreso el que tomó el acuerdo de adhesión al organismo que convocó a la referida delegación. Nuestra propuesta fue de que, obrando de manera regular, teníamos el deber de esperar a que regresaran a España los delegados que estaban en Rusia. No se atendió nuestra indicación y se siguieron haciendo las cosas de forma irregular, llegando a culminar con la Conferencia de Zaragoza que se celebró el 11 de junio de 1922, en la cual se acordó romper toda clase de relaciones […] que se tenían hasta aquel momento con las organizaciones creadas por el comunismo internacional, al mismo tiempo que se nombraba a Avelino González y Galo Díaz para ir a Berlín a una reunión de la Asociación Internacional de los Trabajadores, a cuya organización la CNT siguió perteneciendo hasta el día en que escribo estas líneas.

[El] acuerdo de Zaragoza creó algún descontento, pero ello no llegó más que a grupos que por aquel entonces carecían de influencia en las organizaciones del proletariado español. Las cosas de tiranía, que informes no dudosos daban de [lo] que sucedía en Rusia, iban consiguiendo el que desapareciera entre muchos trabajadores la esperanza que algún día les creo el hecho ocurrido en aquel país en Octubre de 1917.

Cumpliendo con los acuerdos tomados en el Congreso de Madrid sobre estructuración de la Confederación Nacional del Trabajo, en donde entra la creación de Confederaciones Regionales en todas las regiones de España, en el mes de noviembre de 1919 se celebró en Oviedo, en el local de los republicanos tenían en la calle Cabo Noval, el congreso constitutivo de la Confederación Regional de Asturias, Palencia y León, en el cual estuve de delegado representando al Sindicato Único de Mineros del cual era presidente.

[En Duro-Felguera]

A últimos del año 1919 el Sindicato de Obreros Metalúrgicos y Siderúrgicos de Langreo, aprovechando la ocasión de la entrada en el Consejo de Administración de la Sociedad Duro-Felguera, de señores que se sabía que tenían sentimientos liberales (los Felgueroso), acuerda en una numerosa asamblea de trabajadores el presentar a la citada empresa la reclamación de que fueran a ocupar sus respectivos puestos todos aquellos que habían sido despedidos por su significación en la huelga de 1912. Fue dura la oposición a tal concesión, pero ante la postura favorable de los consejeros no oscurantistas y la buena disposición de los trabajadores metalúrgicos para llegar hasta donde fuera necesario para conseguir tan humana mejora, la empresa accedió a la petición señalada, dando el plazo necesario con el que pudiera dar lugar a reintegrarse a sus puestos a quienes les interesara, hasta los que estaban residiendo fuera de La Felguera.

Esta mejora que el Sindicato Metalúrgico consiguió, y que fue a cambio de un aumento de salarios, sirvió para enaltecer al proletariado felguerino, que una vez más ha sabido escribir una página más en su brillante historia en las luchas del proletariado. Fue una mejora de las que se conocen pocas reivindicaciones obreras. Después de siete años, los que fuimos seleccionados, vamos a nuestros puestos con los mismos derechos que si hubiéramos estado en ellos durante el tiempo citado. Yo nunca olvidaré la honda satisfacción que recibí cuando tuve conocimiento del gran triunfo del Sindicato, con el cual yo podía decir adiós para siempre al penoso trabajo que tenía en la mina, y digo para siempre, porque si al correr el tiempo llegaran a ocurrir circunstancias como las que motivaron el que fuera a trabajar a la mina, a ella no volvería.

Ingresé en fábricas a primeros del año 1920 al mismo puesto que tenía en el año 1912 y con el ascenso que hubo durante el tiempo que estuve seleccionado. Al corto tiempo de volver a ser del ramo metalúrgico me nombraron presidente del Sindicato. Era una época de gran crisis industrial y muy particularmente en las industrias del hierro. Alguien, que creo estaba autorizado para afirmarlo, dijo que si Duro-Felguera podía seguir con la sección siderúrgica funcionando, era para consumir el carbón menudo de sus minas, que en aquella ocasión no tenían salida, dando lugar a tener grandes stocks en las plazoletas de los centros de producción. La crisis fue de gran magnitud y los empresarios no vieron otra solución más que la de ir a la rebaja de los salarios de los productores. En las minas de carbón de Asturias, la baja fue de quince reales sin resistencia alguna por parte de los trabajadores. Manuel Llaneza, secretario general del Sindicato Minero Asturiano después de la dura lucha con los representantes de la patronal, hizo todo lo posible por convencer a los obreros de las minas de que no había otra solución más que la de aceptar la baja de los salarios. Lo mismo hicieron en Bilbao los dirigentes del Sindicato de los obreros de las minas de hierro y los del Sindicato Metalúrgico, siendo unos y otros, al igual que el de Asturias, afectos a la UGT. Ante tal precedente ¿qué podíamos hacer los metalúrgicos de la Duro-Felguera?; nos hemos resistido hasta el último momento, pero no tuvimos más remedio que aceptar la baja de los diez reales que unos y otros de los trabajadores sabíamos que vendría a aumentar la precaria situación por la que atravesaban nuestros hogares. Todavía hoy me es desagradable el recordar aquellos momentos del año 1921, fecha en que se hizo la rebaja de los jornales, pues para mi fueron momentos de gran sufrimiento al ver a los trabajadores afectados por la baja exponer grandes razones [a las] que la realidad no les daba paso; y repito lo del sufrimiento, porque además de ser uno de los afectados por la rebaja, pesaba sobre mi el deber como dirigente, de dar opinión sobre la actitud que se debía adoptar; así lo hice y mi opinión no gustó a algunos, el 80 por ciento sí estuvo de acuerdo. Alguno de los que padecían error llegaron a presentar la dimisión del cargo que tenían en la organización. Yo, a pesar de alguna ingratitud seguí en la presidencia del Sindicato el tiempo reglamentario, quedando libre de cargos sindicales durante algún tiempo, hasta que un día fui nombrado secretario del mismo organismo sindical, cargo que desempeñe también durante el tiempo que señalaban los estatutos. Después de cesar como secretario del Sindicato tuve a mi cargo la correspondencia literaria de “Solidaridad Obrera”, la que aparecía en Gijón semanalmente y que […] dirigió primero Manuel Buenacasa, y después Avelino González. La salida de Buenacasa de la dirección del órgano sindicalista la motivo el que aquel, un día en el editorial del periódico, habló de manera desfavorable sobre la conducta observada por Evelio Boal, Salvador Seguí, Ángel Pestaña y Salvador Quemades, por haber hecho éstos un pacto de mutua ayuda con Francisco Largo Caballero y demás miembros de la Comisión Ejecutiva de la UGT. Buenacasa fundaba su dura crítica en que era una inconsecuencia de gran bulto el hacer un pacto con representantes de una organización a [la que] hacía un corto tiempo se la tildó de amarilla. Antes de ocurrir lo que dejo señalado, Buenacasa proyectó el hacer diario “Solidaridad Obrera”, y para ello lo principal era tener imprenta propia, pero para tal adquisición no daban las cuotas ordinarias de los sindicatos de la provincia, dando ello lugar a la celebración de un Pleno regional en el que se acuerda establecer una cuota extraordinaria de cinco pesetas por cada sindicado, pagaderas en tres meses; con algunas dificultades (los sueldos eran de 6,50 el peón y de 8 pesetas el oficial) se hizo la recaudación y la imprenta se adquirió. […] Estaba instalada en un local ubicado en la calle llamada, por aquel entonces, La Libertad, de Gijón. Después de conseguido el factor muy importante, en otro Pleno que se celebró sin pérdida de tiempo, se acordó el que saliera diariamente “Solidaridad Obrera”, nombrándome a mi para un puesto de redactor, cargo que me negué a aceptar alegando que había en la organización obrera militantes más competentes que yo. Con la marcha de Buenacasa se malogró la idea de sacar el diario y siguió apareciendo semanalmente “Solidaridad Obrera”, dirigido por Avelino González, y yo de corresponsal en La Felguera, de donde daba todas las semanas una amplia información del movimiento obrero de dicha localidad. En mis escritos he tenido algunas veces que contestar a algo del descontento que dejó la cuota extraordinaria que se hizo para la compra de la imprenta, y ello sucedió con aquellos trabajadores que no van a los sindicatos más que por aumentar su salario o disminuir su jornada. La citada corta aspiración de los aludidos obreros contribuye a que ellos no crean en el desinterés de los que luchan por un total bienestar para los que todo lo producen, y digo esto porque mi interés porque no quedara ninguno sin pagar la cuota pro-imprenta, fue juzgada por alguien de forma de que aquella era una empresa de negocio de la cual yo era un accionista.

En estas mis consideraciones, no quiero dejar sin decir que con dolor, declaro que la preparación de los trabajadores de la localidad donde yo he tenido mis actividades en mi juventud hasta hoy, no responde a la propaganda que se ha hecho tanto oral como desde los muchos periódicos obreros, revistas y folletos que en La Felguera se han colocado.

[Actividad contra la represión]

Los obreros panaderos de la empresa Granda y Compañía un día del mes de noviembre de 1920 se declararon en huelga por la negativa de los patrones a concederles mejora en las condiciones de trabajo. Cuando hacía 15 días que había surgido el paro, un vagón cargado de paja [con] destino […]para la empresa Granda y Compañía, apareció hecho cenizas en el lugar donde estaba estacionado de la compañía del Norte de La Felguera. Los llamados “guardadores del orden”, sin tener la menor prueba de culpabilidad de persona alguna, detuvieron y llevaron al cuartel a cuatro trabajadores, entre los cuales los había que no eran ni huelguistas ni panaderos. Al no poder comprobar que los detenidos fueron los autores del incendio que destruyó el vagón […], se golpeó a los acusados de forma que las huellas que quedaron en el cuerpo no dejaran duda alguna del mal trato de que fueron objeto. Tal abuso de autoridad no podía quedar en silencio, y por entenderlo así los componentes del Comité de la Federación local de sindicatos se reunieron al instante acordando la publicación de un manifiesto en el que se hablara del mal trato que en el cuartel dieron a los cuatro trabajadores que fueron detenidos por habérseles acusado de hechos que no cometieron. De la redacción del manifiesto me encargaron a mi; lo hice bastante duro contra la guardia civil, que fueron los autores del procedimiento de la fuerza bruta, y yo mismo llevé el original a la imprenta donde se hizo. El manifiesto salió y cuando de ello se [dio] cuenta la guardia civil, los 3000 ejemplares que se hicieron ya estaban repartidos. El manifiesto apareció sin pie de imprenta, y como es lógico se repartió sin llevar a la primera autoridad local los tres ejemplares que determinaba la ley. No se si por el tipo de letra o por alguna otra razón, las guardias fueron de frente a la imprenta donde se había imprimido y el dueño de esta, sin que fuera forzado para ello, dijo que sí, que allí en su casa fue hecho y que el original [se] lo entregó Aquilino Moral, y este mismo lo redactó porque [conocía] su caligrafía. El impresor cantó más de lo que le preguntaron los guardias, creo, por si ello le valía para salvarse de la responsabilidad que le alcanzara por haberlo dejado salir sin el pie de imprenta; así sucedió, nada le pasó, era un reaccionario de gran categoría que sirvió a la dictadura de Primo de Rivera y sirvió al franquismo hasta los últimos días de su vida, a mi en la situación franquista me hizo bastante daño.

Yo como me daba cuenta de lo que tenía que suceder, pronto preparé mi cobijo mientras que los miembros del Comité de la Federación local tomaban posiciones para poder evitar el que los que dicen ser guardadores del orden no pudieran emplear conmigo el mismo procedimiento que tuvieron para con los acusados de haber incendiado el vagón que estaba cargado de paja. La primera gestión hecha por los compañeros del Comité en la Federación fue la de acompañarme a ver el gobernador Militar, que lo era el General Bermúdez de Castro, quien haciendo honor a la verdad diré nos recibió amablemente y después de escucharnos todo lo que le expusimos sobre las causas del manifiesto, [en] presencia nuestra habló con el sargento de la guardia civil del puesto de La Felguera recomendándole el que de una parte y otra “se suavizaran las cosas a fin de la armonía entre todos”. Salimos del Gobierno Militar convencidos de que nada de más nos había dicho quien afirmó que Bermúdez de Castro era un señor de buenos sentimientos.

Al día siguiente me encontré con el sargento de la guardia civil en una calle de La Felguera y aquel me dijo: “¡Cómo has sabido curarte en salud!”.

La crisis del movimiento comunista, de Fernando Claudín (Juan Andrade,1970)

Cuadernos de Ruedo ibérico nº 25, junio-julio 1970

Confieso que siento siempre una gran aprensión, en principio, cuando voy a abordar la lectura de un libro escrito por un antiguo dirigente comunista que ha roto las amarras con el partido, y que trata de justificar o explicar sus posiciones políticas presentes. Generalmente se descubre un renegado, en el peor sentido del término, que ha vendido su alma al diablo, y que trata de hacer méritos de arrepentido ejercitándose en un anticomunismo frenético, en el que no se ataca ya sólo a la burocracia estalinista sino también todo lo que sea anticapitalismo, es decir las ideas socialistas en general. Es la manera de intentar justificar el poder servir a otros. Son los que terminan como apóstatas integrales, y desgraciadamente he conocido algunos ejemplos.

Leer artículo “La crisis del movimiento comunista, de Fernando Claudín (Juan Andrade,1970)”

El marxismo y los problemas de la revolución española (Juan Andrade, 1937)

Bastaría repasar las colecciones de la Prensa obrera de todos los países, a partir de la muerte de Carlos Marx, en 1883, para convencerse firmemente de lo que ha evolucionado y cambiado, a través de los años, el que podemos llamar pensamiento oficial del marxismo. La interpretación, la valoración de la doctrina de Marx, ha pasado durante este tiempo, por etapas diversas, y ha tenido divulgadores diferentes que llegaban en sus análisis y aplicaciones a conceptos nada homogéneos. La lucha entre marxistas de tan diversas categorías, se ha librado siempre en nombre del marxismo. Es más, hasta cuando se ha intentado llevar a cabo una revisión a fondo del marxismo que dejase a éste desposeído de su auténtica significación, se ha hecho también en nombre del marxismo. El propio Marx, ya en vida, tuvo que renegar de los marxistas.+

Leer artículo “El marxismo y los problemas de la revolución española (Juan Andrade, 1937)”

Los problemas de la construcción económica del socialismo (Juan Andrade, 1937)

La forma en que se organiza la economía desde después del 19 de julio, es el mayor indicio, la mejor prueba de todas las contradicciones que ofrece nuestro movimiento revolucionario en España. Se enfoca la resolución de los problemas siempre con un carácter de provisionalidad, conservando, claro está en lo fundamental las bases de la propiedad privada. El aparato del Estado sigue siendo el mismo de antes de la revolución, salvo con algunas reformas que las propias necesidades han impuesto. Se transige con las conquistas y transformaciones realizadas directamente por el proletariado en los primeros tiempos, convencidos de que, como hechos aislados, tienen que afrontar dificultades poderosas, que darán lugar posteriormente a que se puedan canalizar en el aparato de la República democrática burguesa.

Leer artículo “Los problemas de la construcción económica del socialismo (Juan Andrade, 1937)”

Cien años para aprender tan poco, 1917-2017 (Juan Manuel Vera)

Este texto fue la contribución del autor al debate sobre el centenario de la revolución rusa promovido por publico.es

Fue publicado en Trasversales, numero 45, febrero 2018 

La conmemoración del centenario de la revolución rusa plantea algunas interesantes cuestiones sobre la identidad de lo que se ha llamado izquierda a lo largo del siglo veinte. También podría servir para comprender las razones por las que la herencia del octubre soviético no forma parte del arsenal de instrumentos para desarrollar las nuevas prácticas sociales de lucha contra el capitalismo neoliberal sino que es, más bien, una pesada losa histórica que dificulta la construcción de una alternativa al imaginario capitalista.

Leer artículo “Cien años para aprender tan poco, 1917-2017 (Juan Manuel Vera)”

El fin del estalinismo y el porvenir del socialismo. (Wilebaldo Solano)

Publicado en Iniciativa Socialista nº 21, octubre de 1992. 
El problema capital de nuestro tiempo, de este fin de siglo de grandes convulsiones históricas, consiste en hacer un poco de luz sobre los cambios espectaculares que están modificando la fisonomía del mundo y levantando incógnitas enormes para todos los que se reclaman del socialismo, sean de la tendencia que sean, y no consideran que “la historia se ha terminado” con la “victoria final” del capitalismo.
Ha llegado la hora de la gran reflexión y no de uno de los tantos debates importantes que han marcado la historia del socialismo. Sabemos perfectamente que algunos -precisamente los que más se han equivocado o han incurrido en mayores responsabilidades- prefieren callar, dejar que pase el tiempo y esperar el milagro que pueda rehabilitarles. Mientras tanto practican el empirismo tradicional o se refugian en la socialdemocracia. Pero sabemos también que incluso en el campo de los que, de una forma u otra, denunciaron el estalinismo y sus estragos, abundan los que no ocultan su satisfacción por “haber tenido razón” y rehuyen todo debate que pueda alterar sus certitudes.

Un naufragio sin precedentes

El naufragio de la URSS, la caída de los regímenes estalinistas del este de Europa, la crisis de China, de Vietnam y de Cuba y la dispersión del movimiento comunista en el mundo constituyen un fenómeno sin precedentes en la época contemporánea. Pues bien, un fenómeno de este tipo no puede ser eludido diciendo simplemente que “el capitalismo es peor” o arguyendo que como en la URSS y los países del este “no había socialismo”, el naufragio tiene menos importancia de lo que parece. La verdad cruda y simple es que para millones de personas de todos los países se han desmoronado los mitos ampliamente difundidos por el estalinismo durante varias décadas y que la propia idea de la emancipación humana por la vía del socialismo ha quedado severamente comprometida, por no decir definitivamente desacreditada.
Los que no hemos comulgado nunca con las mistificaciones estalinistas, los que a lo largo de los años y de las vicisitudes de este siglo de guerras y de revoluciones hemos denunciado y combatido el proceso de degeneración de la revolución rusa -en España y en otros países- no podemos aceptar el silencio que se nos quiere imponer. La política del avestruz, el olvido de la experiencia, la renuncia al espíritu crítico y a la propia explicación de los fenómenos sociales y políticos que conmueven al mundo de hoy, son inadmisibles. Y, sobre todo, en el movimiento obrero y socialista y en los círculos de la intelectualidad progresista y radical.
Escribí en un diario de Barcelona que la pregunta que se imponía era “por qué ese naufragio histórico sin precedentes que la televisión mostró al mundo con el patético discurso de Gorbachov y la sustitución de la bandera roja por la bandera del despotismo zarista en el Kremlin” . El naufragio lo reconoce todo el mundo, incluso muchos comunistas; hasta los que se empeñan en proclamar que ellos eran diferentes y que sabían que en la URSS no existía el socialismo. Es un paso adelante mínimo. Lo que se necesita es entrar en las causas y los motivos. Sólo contestan claramente a esto los antiguos comunistas que han llegado a la conclusión vulgar de que “el comunismo ha muerto”, de que la revolución de octubre fue una especie de “catástrofe sin sentido” y de que todo lo que se ha derivado de ella ha resultado profundamente nefasto.
Los marxistas revolcuionarios comprendemos la inmensa decepción de los militantes o de los ex-militantes comunistas que confundieron el despotismo estalinista con el socialismo. Pero no podemos aceptar el mea culpa relativo de los dirigentes y de los intelectuales que sabían tan bien o mejor que nosotros lo quee ra realmente la URSS, lo que representaba la burocracia, las condiciones en que vivían los trabajadores, el aplastamiento de la vida intelectual, la represión y el terror ejercidos durante los largos años de opresión. Lo sabían y se callaban por puro oportunismo. Algunos, como Georges Marchais [el que fuera secretario general del PCF], llegaron a decir que la experiencia de la URSS y de las democracias populares era “globalmente positiva”. Otros, como Berlinguer o Occhetto, paralizados en su país por el descrédito del estalinismo, difundieron edulcoradas algunas de las tesis de los marxistas antiestalinistas, dijeron que se había agotado “el impulso de octubre de 1917”, peros e mantuvieron en la órbita de Moscú y siguieron prestando grandes servicios a la burocracia rusa. Otros, como Carrillo, copiaron a los italianos con retraso, y mal, pero mantuvieron los mitos y el autoritarismo burocrático en sus propios partidos, siguieron ensalzando a los Ceaucescu y a los Kim Il Sung, y no rompieron nunca el cordón umbilical con Moscú.
Lo lógico sería que ahora los dirigentes comunistas y ex-comunistas hicieran un balance crítico de su experiencia. Los militantes que se sienten desamparados y burlados lo reclaman desde hace tiempo. Mas éste balance no aparece por ninguna parte. Así las cosas, los partidos comunistas, o lo que queda de ellos, vegetan, esperan, cambian de nombre o se disfrazan tratando de animar otras organizaciones más amplias y hasta piden asilo político en la Internacional Socialista. Y, de un modo general, operan recurriendo a los métodos burocráticos y a las mistificaciones ancestrales.
La ruptura radical con la “ideología”, la práctica y los métodos burocráticos del estalinismo es absolutamente indispensable no sólo para los intelctuales y los militantes comunistas sino incluso para los que, situándose a la izquierda de los partidos comunistas, operaron, sabiéndolo o sin saberlo, como compañeros de viaje. Sobre todo durante la época en que el equipo aventurero de Brejnev, en plena guerra fría, dio la impresión de que actuaba como una fuerza antiimperialista, cuando en realidad su política consistía en crear y fomentar bases de apoyo para su confrontación con los Estados Unidos. La tesis de los estados obreros, degenerados o deformados, aplicada a la URSS y a las democracias populares, idealizaba a la burocracia, le asignaba una “misión histórica” que era falsa, y llevaba a un callejón sin salida.

Un desmoronamiento previsible

El desmoronamiento de la URSS y de los satélites del Este plantea infinidad de problemas a todo el mundo. Pero, esencialmente, a los que se proclaman socialistas. Son muchos los que aseguran firmemente que ese desmoronamiento era imprevisible. Algunos hemos dicho ya en múltiples ocasiones que para los marxistas revolucionarios que no creíamos en la estabilidad ni en la estabilización del despotismo estalinista, el fin de éste era previsible (aunque no de la manera absurda y grotesca que lo hemos vivido). No quiero abrumar al lector con citas, que se pueden encontrar con facilidad en las obras de León Trotsky, Víctor Serge, Andreu Nin y tantos otros. Destacaremos solamente que, ya en octubre de 1928, el propio Bujarin, que había mantenido una colaboración muy criticada con Stalin, escribía que si la clase obrera no derribaba la dictadura burocrática, otras fuerzas se ocuparían de la tarea. En 1932, la preocupación de Andreu Nin era que el fin del estalinismo no fuera, también, la “caída de la revolución rusa y un desastre irreparable para el proletariado internacional”.
Desde la publicación en 1937 de La revolución traicionada de Trotsky y de Destino de una revolución de Serge, análisis magistrales de la sociedad soviética de los años treinta, la literatura marxista consagrada a la URSS ha sido muy importante. Y, en ella, casi nadie concedía un porvenir histórico a la burocracia soviética y a la URSS estalinista. En 1969 se publicó en París un importante volumen titulado Samizdat I-La voz de la oposición comunista en la URSS, que era una especie de antología de los principales escritos clandestinos que denunciaban los desmanes de la dictadura estalinista. Este docuemnto impresionante daba una idea bastante justa de la resistencia y de la oposición al sistema, oposición muy variada, nacida al calor del XX congreso del PCUS y del período de Jruschov. Muchos de sus animadores, entonces desconocidos, jugaron un papel importante en la época de la perestroika. Entre ellos figura Sajarov que en 1968 publicó un documento poniendo en guardia contra los peligros que amenazaban al régimen y a la humanidad.
Dos años después, en marzo de 1970, Sajarov, el historiador Medvedev y el físico Turchin dirigieron una carta-programa a Brejnev en la que, después de analizar el estancamiento de la economía soviética y los peligros que amenazaban a la URSS, reclamaban “una democratización de toda la vida social” y planteaban: “¿Qué nos espera si no se sigue esa vía? Retraso con relación a los países capitalistas en la segunda revolución industrial y transformación de nuestro país en uan potencia provincial de segundo orden; agravamiento de todas las dificultades; agravación d elos problemas nacionales, ya que la aspiración a la democratización tiene inevitablemente un carácter nacionalista”. En 1987, Gorbachov hacia casi el mismo análisis al explicar el estancamiento bajo el reinado de Brejnev y al justificar la necesidad de la perestroika.
Todo esto viene a confirmar que la teoría de la imprevisibilidad no está justificada y que las causas del hundimiento de la URSS son conocidas en lo esencial: fracaso en la confrontación político-militar con los Estados Unidos, imposibilidad de vivir bajo el equilibrio del terror atómico y de proseguir el rearme y la guerra fría, estancamiento de la economía y retraso tecnológico grave como consecuencia de una planificación burocrática que ya había sido denunciada en los años veinte por Trotsky y por Bujarin, desarticulación del aparato burocrático del partido y del estado frente a las tendencias a la democratización, agravación de los problemas de las nacionalidades oprimidas y explosión de las tendencias nacionalistas, crisis y descomposición de la burocracia como categoría social y emergencia de una nueva clase que preconiza la restauración del capitalismo.
Todos estos problemas merecen un análisis profundo y unos debates apropiados. poeque para nosotros no puede bastar con decir que “no había socialismo” o que era “una dictadura totalitaria”. Y, naturalmente, ese análisis tiene que comprender toda la experiencia de la revolución de octubre, examinada sin prejuicios de ninguna especie, pero rechazando los anteojos reaccionarios de los que tienen interés en mezclarlo todo, en confundir el estalinismo con el comunismo, en acusar al marxismo de todos los males y en proclamar que el socialismo es una utopía peligrosa.

Publicado en Iniciativa Socialista nº 21, octubre de 1992. 
     El Periódico de Cataluña, 17 de febrero de 1992.