1984: antes y después. Pepe Gutierrez. 2003

En los primeros tiempos de la segunda guerra mundial, Orwell veía que todavía existía la posibilidad y la necesidad de una alternativa socialista al final de la guerra aunque sólo fuera’ en Inglaterra. Si bien se había comprometido en el combate, nunca dudó de que se trataba de una conflagración entre lo menos malo y lo peor. Las componendas que siguieron a la guerra confirmaron a Orwell en la idea de que para los vencedores ninguna razón superaba a la «raison d ‘Etat», y que esto significaba lo peor. La imposición del modelo soviético –para Orwell, un auténtico antimodelo- en los países del Este a la manera estalinista y, sobre todo, la nueva firma de la arrogancia norteamericana que había lanzado una bomba atómica sobre un pueblo de color, le convencieron de que el porvenir de la humanidad no podía ser más terrible.
Las derrotas sufridas por las revoluciones le llevaron a desconfiar de la posibilidad de una alternativa frente a los bloques, y sólo vio un mundo en el que los poderosos se imponían sobre sus «propias clases inferiores» y sobre los pueblos empobrecidos de las colonias. Los bloques eran distintos en sus bases sociales pero la situación les obligaba a utilizar medidas convergentes, por lo que en lo fundamental eran iguales. Previó un mundo dominado por un «equilibrio del terror» en el que no es difícil descubrir algo de lo que vino después: «El miedo inspirado por la bomba atómica y por otras armas futuras será tan grande que todo el mundo deberá de vigilar para que no sean empleadas. Ésta me parece la peor de las posibilidades. Significaría la división del mundo entre dos o tres grandes super-Estados, incapaces de dominarse mutuamente e imposibles de transformar por revueltas internas. Según todas las probabilidades, tendrán una estructura jerárquica. con una casta semidivina arriba y una esclavitud total por abajo, y el aplastamiento de las libertades será peor que todo lo que el mundo ha conocido hasta ahora. En cada Estado, la psicología general requerida será mantenida por una » ruptura completa con el mundo exterior, y por una guerra de ondas permanente contra los Estados rivales. Las civilizaciones de este tipo pueden mantenerse estáticas durante miles de años. (1)
En diferente medida, estas previsiones llenas de pesimismo y angustia iban cobrando cuerpo desde tiempo atrás, y no faltan entre los especialistas orwellianos quienes encuentran sus primeros rastros en el ambiente opresivo y jerárquico de St. Cyprien donde comprendió que no podía ser él mismo, tal como era, sino alguien que debía esconder sus inclinaciones más naturales. Pero estas previsiones empezaron a hacerse realidad a su regreso de España donde la actuación de los liberales, los socialdemócratas y, sobre todo, de los estalinistas, le llevó a creer que aunque el fascismo es el peor de los enemigos, sus opositores estaban asumiendo parte de sus tendencias totalitarias. Las primeras líneas que traslucen esta preocupación se encuentran ya en su novela Subir a por aire y en algunos de sus escritos pacifistas, anteriores a lo que podíamos llamar su giro patriótico-revolucionario .
Empero, su preocupación por el totalitarismo se intensificó al final de la guerra. En una carta escrita en 1943 decía que el desarrollo del totalitarismo y del culto al máximo jefe puede prolongarse a pesar de una victoria contra el Eje. Veía el síntoma de esa nueva enfermedad más allá del nazi-fascismo e incluso del estalinismo que lo habían llevado, de distinta manera y con diferentes contenidos, hasta sus últimas consecuencias. Era una tendencia general que se manifestaba por el expolio de las colonias, el agotamiento de las fuerzas productivas, la creciente autonomía de los poderes ejecutivos de Estados cada vez más fuertes, el desarrollo de las formas de control policíaco sobre los ciudadanos, la burocratización de los partidos y sindicatos, las claudicaciones de una intelligentzia que ocultaba su conservadurismo apoyando la conciliación social y la revolución cuando ésta había dejado de ser peligrosa…Es el fracaso- de la revolución que había soñado despierto durante los años de guerra.
Orwell interioriza, con esa sensibilidad hacia los signos del auge totalitario –término que entendía en un sentido mucho más amplio que el puramente antiestalinista y, no digamos, anticomunista–, los problemas de su aislamiento político. Se encontraba solo, frente a la clase dominante y contra los aparatos organizados de la clase obrera, y tuvo que mantener un tremendo equilibrio.

Tampoco quiso estar con los que sostenían una lucha abierta en un doble frente, con las minorías revolucionarias. Estaba impedido de toda voluntad colectiva y de una reflexión que no fuera la individual; pero a pesar de todo no es difícil encontrar alguna de las huellas de dos corrientes socialistas que se remitían a dos tradiciones distintas, la de Marx, Lenin, Rosa Luxemburgo, Trotsky, por un lado, y la de Bakunin, Kropotkin, Malatesta, etc., por otro. (2)
Su socialismo estaba ahora cubierto por la inquietud y la zozobra más intensas. En enero de 1946, aprovechando la oportunidad de comentar una serie de libros socialistas en un amplio artículo publicado en el Manchester Evening News, se preguntaba qué había ocurrido con la vieja idea de la «fraternidad humana», que significaba entre otras cosas la abolición de «la guerra, el crimen, las enfermedades, la pobreza y el agotamiento laboral», y que había sido abandonada en pro de una sociedad de castas de «un género nuevo en el cual debemos de abdicar de nuestros derechos individuales por la seguridad económica», o sea por un «socialismo tal como él veía en la Rusia soviética y frente al cual no parecía contar con ninguna alternativa tras su fiasco con los laboristas. Los socialistas, decía, «no están obligados a pensar que se puede llegar a una sociedad humana perfecta» (éste es el sueño perdido de las utopías primitivas), se trataba simplemente de lograr una sociedad mejor, en la que «lo esencial de los males cometidos por los hombres resulte de los efectos corruptores de la injusticia y de la desigualdad». Pensaba, al igual que los laboristas de izquierda como Tawney, que la base del socialismo sólo podía ser el humanismo, que aunque era compatible con el , cristianismo no podía compartir con éste la idea del ser humano como criatura caída (sin embargo, esto es lo que ocurre tanto en Rebelión en la granja como en 1984).
En la lucha entablada entre el maquiavelismo burgués, la burocracia estalinista y la utopía revolucionaria, el no tenía ninguna duda, era la utopía la que impulsa el progreso: «Si estudiamos la genealogía de las ideas que defienden escritores como Koestler y Silone, podemos ver que se remontan a los soñadores utópicos como William Morris y a los demócratas místicos como Walt Whitman, pasando por Rousseau, por los ingleses niveladores e igualitarios, por las revueltas campesinas de la Edad Media y, antes, por los primeros cristianos y las revueltas de los esclavos en la antigüedad. El «paraíso terrestre» nunca ha podido ser realizado. pero la idea no parece haber perecido nunca. a pesar de la facilidad con que los hombres políticos de todos los colores la han podido destronar. De esto se sobrentiende que podemos hacer cualquier cosa con la naturaleza humana. y que ésta es capaz de desarrollarse hasta el infinito. Esta fe ha sido la principal fuerza motriz del movimiento socialista. las sectas clandestinas que prepararon el terreno de la revolución rusa incluidas. y por lo tanto podemos afirmar que los utópicos, en el presente una minoría desparramada. son los verdaderos defensores de la tradición socialista». (3)

Paradójicamente. Orwell sentía al mismo tiempo una gran desconfianza por las «minorías proféticas», como se evidenciaba de sus continuos comentarios descalificatorios hacia los grupos trotskystas y anarquistas, y no asumía plenamente las posibilidades de una renovación del socialismo por el simple hecho de que contemplaba la realidad inmediata y el porvenir como situaciones bloqueadas por los aparatos, cuya única función es la de mantenerse en el poder por la mera atracción que ejerce éste. De ahí que al contrario que un Jack London, uno de los grandes antecesores de 1984 con su obra El talón de hierro (4), Orwell no veía la luz al final de su pasillo oscuro y milenario. El pesimismo le jugó una mala pasada y el ferviente utópico escribió la más tremenda antiutopía de la historia.,
Entre todas las obras de Orwell, 1984 fue la de más larga incubación. Su génesis es anterior a Rebelión en la granja y trabajó en ella durante los años de la posguerra hasta concluirla en 1948. Este largo proceso de elaboración permitió que pudiera concentrar en esta novela sus preocupaciones, que durante este período se centraban en un nuevo reparto del mundo y en el nacimiento de una «guerra fría», determinada por un «equilibrio del terror» al que sostenían las grandes potencias gestionadas por unas oligarquías capitalistas o burocráticas, según el caso, y ante cuyo dominio parecía imposible cualquier alternativa socialista y revolucionaria.
No fueron pocos los ex revolucionarios que creyeron que comenzaba un largo período histórico en el que el poder de los aparatos vencería a la historia y detendría las mutaciones sociales. Entre estos notorios pesimistas cabe destacar a extrotkystas como James Burham o Bruno Rizzi (el primero es deudor del segundo, y llevaron evolucioens muy diferente, Burham se convirtió en paradigma de portavoz de la «razón de Estado» norteamericano), a un liberal-socialista como Aldous Huxley ya un ex bolchevique como Yevgueni I. Zamiatin, aunque este estado de ánimo influyó además en amplios sectores que abandonaron la lucha de clases y se instalaron en el conformismo socialdemocráta o, dando un giro radical, terminaron militando en la reacción. Entre estos «renegados» se encontraban un buen número de ex comunistas como Arthur Koestler, Ignazio Silone, André Gide, Richard Wrigth, Stephen Spender, etc.(5) , así como un amplio abanico de ex compañeros de ruta como John Dos Pasos, John Steinbeck, Upton Sinclair, y una lista que sería prácticamente interminable. Al igual que en los años treinta y en pleno apogeo del estalinismo, Orwell volvió a ser una excepción en los inicios de la «guerra fría» manteniéndose firme en sus convicciones, aunque no por ello dejó de reflejar la corriente del momento.
Antes y durante la elaboración de 1984, Orwell recibió múltiples influencias. Entre las primeras cabe mencionar una extensa tradición de novela utópica o antiutópica dentro de la cual cabe destacar la ya mencionada de London, la de William Morris (Noticia de ninguna parte), H. G. Wells (en particular Una utopía moderna), mientras que en las más recientes cabe señalar la de Aldous Huxley {Un mundo feliz) y, sobre todo, Eugene Zamiatin, sin olvidar a León Trotsky y sus escritos sobre el estalinismo. Todas estas influencias eran lo suficientemente heterogéneas como para formar un cuerpo coherente. De entre ellos, el único que ha sido considerado como su antecedente directo es Zamiatin. Resulta evidente que entre ambas obras existen no pocas similitudes y está comprobado el entusiasmo de Orwell hacia Nosotros (6). Partiendo de este hecho, Deutscher llegó a decir que «la afirmación de que Orwell ha tomado de Zamiatin los principales elementos de 1984 no es la adivinación de un crítico con habilidad para rastrear influencias literarias», y afirmó que el ensayo de Orwell sobre Nosotros, escrito en 1946, era un «testimonio concluyente» de lo que decía.
Deutscher estableció un largo paralelismo entre ambos autores. Los dos fueron revolucionarios, pero con características muy peculiares, a los dos les preocupó el mundo de la clase media y los desastres que conllevaba la industrialización. Ciertamente, Zamiatin había sido un revolucionario desde 1905, había estado al lado de los bolcheviques en 1917, aunque su ideario político estaba más próximo al de los populistas que querían un socialismo patriótico y agrarista. Su disidencia comenzó sobre todo al rechazar los planes de superindustrialización de Stalin, al que le escribió una valiente carta (7). Fue liberado gracias a los buenos oficios de Gorky. En el citado ensayo sobre Zamiatin, Orwell empezaba diciendo: «Hasta donde yo soy capaz, creo que no se trata de un libro de primer orden. Pero es, ciertamente, desacostumbrado y resulta sorprendente que ningún editor inglés haya sido lo bastante emprendedor para reeditarlo.» (8)
Orwell entendía que la obra de Huxley Un mundo feliz «tiene que derivar en parte» de Zamiatin aunque esto no había sido advertido en la época (quizá porque la fama de Nosotros se vería impulsada por 1984). Opinaba que la obra del escritor ruso era superior y mas pertinente «a nuestra situación» . Orwell se encontraba realmente fascinado con el universo de Zamiatin, cuyos rasgos son tan crueles como los de 1984. Tampoco Nosotros es únicamente un retrato del país de Ios soviets, lo tomó como modelo para echar una mirada tenebrosa sobre un mundo superindustrializado en el que los seres humanos están numerados y son vigilados en sus casas de vidrio, y en donde el Estado y el «Benefactor» tienen prohibido el amor y el sexo, algo que fue innato bajo el estalinismo como resulta bien patente en cualquier filme soviético hasta en la fase agónica .
A pesar de toda esta vigilancia, los instintos humanos se encuentran presentes. Los rebeldes cultivan actividades tan «subversivas» como fumar y beber alcohol, y los detenidos . son sometidos a una extraña combinación de curación y tortura en la que terminan siempre doblegándose. En opinión de Orwell la obra de Zamiatin comprende mucho mejor que la de Huxley, «el lado irracional del totalitarismo (el sacrificio humano, la crueldad como un fin en sí, el culto de un jefe al que se conceden atributos divinos)…». Huxley no ofrece ninguna razón clara en la explicación de la sociedad que describe: «La finalidad no es la explotación económica. . . no hay hambre de poder, ni sadismo, ni ninguna clase de dureza. Los que están arriba no tienen ningún motivo poderoso para estar arriba, y, aunque todo el mundo es feliz de una manera vacía, la vida se ha hecho tan insustancial que es difícil que tal sociedad pueda mantenerse». (9)
Por el contrario, en la de Zamiatin hay una razón poderosa que no es la explotación económica, sino «el hambre de poder, sadismo y dureza» de la casta dirigente. El esquema se aproximaba al de Orwell, que explicó así los propósitos de la dictadura: «El partido quiere el poder simplemente por el poder… el poder no es un medio, es un fin. No se establece una dictadura para salvaguardar una revolución; se hace la revolución para establecer la dictadura. El objeto de la persecución. . . El objeto del poder es el poder… «(10)
Según Bernard Crick, el conocimiento por parte de Orwell de la obra de. Zamiatin no modificó sustancial mente una elaboración que venía de más atrás y que no fue más que «un grano en su molino». Posiblemente Deutscher haya forzado un tanto los paralelismos, pero una lectura de ambas obras convence de que la convergencia existe y que afecta a la originalidad de Orwell aunque su libro resulte muy superior al de Zamiatin. Andrés Nin, su compañero del POUM, fue junto con Trotsky el modelo para el adversario número uno del Gran Hermano, (11) aunque intelectualmente no influyó mucho sobre él. Distinto fue el caso de Trotsky, cuyo eco en la obra anterior de Orwell ya hemos señalado.
Deutscher, especialista eminente en temas sobre Trotsky, escribió: «…(Orwell) Preguntaba el porqué, no tanto a propósito de la «Oceanía» de su visión cuanto a propósito del estalinismo y las grandes purgas. En un determinado momento buscó la respuesta en Trotsky: de Trotsky-Bronstein tomó no pocos datos biográficos, e incluso la fisonomía y el nombre judío para Emmanuel Goldstein; y los fragmentos de «el libro», que ocupan tantas páginas de 1984, son una paráfrasis patente, aunque no muy lograda, de «La revolución traicionada». A Orwell le impresionó la grandeza moral de Trotsky, pero al mismo tiempo desconfiaba de éste, y dudaba de su autenticidad. La ambivalencia de su imagen de Trotsky encuentra su contrapartida en la actitud de Winston Smith hacia Goldstein. Al final, Smith no puede poner en claro sí Goldstein y la hermandad existieron alguna vez en realidad, o sí «el libro» no habría sido una falsificación ideada por la propia policía del pensamiento. La barrera entre el pensamiento de Trotsky y él mismo, es una barrera que Orwell nunca pudo romper, era el marxismo y el materialismo dialéctico. Orwell encontró en Trotsky la respuesta al cómo, no al por qué».
1984 es la visión que ofreció Orwell sobre el futuro inmediato que espera a la humanidad, visión que deja entrever una «desesperación ilimitada» (Deutscher). El escenario es una Inglaterra dominada por un sistema de «colectivismo burocrático» y en la que se pueden encontrar grandes huellas de la URSS de Stalin, pero también de la Inglaterra de su tiempo y de Estados Unidos. Se trata de una dantesca representación de todo lo que a Orwell le disgustaba de la sociedad moderna en la que un hombre como el que describe, convertida en una parte de Oceanía, , nos encontramos con paisajes conocidos: la oscura y triste monotonía de los suburbios obreros, la «mugrienta, tiznada y hedionda» fealdad de un medio ambiente en putrefacción ecológica, el racionamiento de la comida y los controles gubernativos que fueron carta común durante la guerra, la basura de la prensa «que apenas contiene otra cosa que deportes, crímenes, astrología, sensacionales noveluchas baratas, películas encenagadas de sexo», etc.
Una guerra interminable y sin sentido aparente enfrenta a Oceanía, aliada al Asia Oriental, contra Eurasia; la guerra se ha convertido en una acción cotidiana y eterna. El mundo ha quedado reducido a tres bloques en permanente conflicto, aunque las alianzas cambian arbitrariamente de signo: cuatro años antes Oceanía estaba aliada a Eurasia contra un enemigo común que entonces era Asia Oriental. El Ministerio de la Verdad se dedica a divulgar los partes de guerra en los que nunca se puede saber sí se trata de la verdad .o de la mentira, por lo demás se insiste constantemente en que nunca pasa nada y en que la normalidad está garantizada.
Las calles están plenas de fotos del Gran Hermano con una nota en la que se dice que éste vigila, señalando su omnipresencia. La vigilancia está garantizada por una Policía del Pensamiento que lo controla todo. No existe la historia fuera de la versión oficial que indudablemente está preparada. Se habla una «neolengua» y se utilizan palabras como «neodecir», «viejodecir», «mutabilidad del pasado», «criminopensar», «doblepensar», etc., con las que el Poder adecua la verdad a sus exigencias irracionales. Periódicamente tiene lugar una Semana del Odio en la que los ciudadanos están obligados a repudiar a los enemigos exteriores como a los interiores representados por Goldstein y la Hermandad, a los que se les atribuye maldades sin fin; esta Semana sirve al mismo tiempo para reafirmar la fe en el sistema y en su personificación, el Gran Hermano.
En estas condiciones la vida resulta cada vez más sórdida, más sucia, las casas son cada vez menos habitables y están llenas de gente sin intimidad ni vida propia posible. Los ciudadanos se vigilan mutuamente y son los jóvenes, las mujeres y los niños los más fanáticos de todos. El protagonista, como el resto de la gente que conoce, carece de capacidad para mirar hacia el pasado y de controlar mínimamente el presente; simplemente tiene que creer lo que le dicen so pena de convertirse en un disidente. El partido ‘tiene todo el poder y repite insistentemente tres consignas: «La guerra es la paz», «La libertad es esclavitud» y «La ignorancia es fuerza». El gobierno se concentra en cuatro ministerios: el Ministerio de la Verdad, que se encarga de la propaganda y de la creación de un nuevo lenguaje; Nuevodecir, que impedirá cualquier forma de divergencia ideológica, por mínima que sea; el Ministerio del Amor, del que depende la Policía del Pensamiento, que mantiene la ley y el orden y vigila noche y día a la gente; el Ministerio de la Abundancia que es el que regula el racionamiento y procura que las necesidades más elementales no falten y, finalmente, el Ministerio de la Guerra. En los ministerios trabajan unos «funcionarios escarabajos» que son los más vigilados.
Entre estos funcionarios se encuentra Winston Smith , que trabaja en el Ministerio de la Verdad. Su cometido se limita fundamentalmente a ir escribiendo la historia de manera que siempre coincida con los intereses y predicciones del partido, así como a hacer desaparecer de los diarios, archivos, etc., los nombres de las personas molestas que por una razón u otra deben de ser «vaporizadas». Winston ha ido rebelándose progresivamente contra la autoridad y contra las condiciones de vida que se ve obligado a llevar. Con toda clase de precauciones intenta conservar un diario donde escribe sus dudas, sus pensamientos y sus sentimientos. Los instintos subsisten en él y al conseguir enamorarse de una mujer, Julia, siente grandes ansias de liberación. Julia engaña al sistema apareciendo cada vez que es necesario como una fanática. Trabaja en otro departamento del Ministerio. Un día hace llegar a Winston un trozo de papel donde está escrito: «Te quiero». Después consiguen pasar unos días juntos y, gracias a la picardía de ella, consiguen hacer el amor al aire libre. Estas relaciones clandestinas resultan muy peligrosas, ya que todas las habitaciones tienen una pantalla de televisión a través de la que la policía puede vigilar cualquier acción. Mantienen su clandestinidad en un escondrijo sobre la tienda de un viejo anticuario de Charrington, y allí emprenden unas relaciones libres y comienzan a conspirar contra el partido. Sus acciones subversivas son en ocasiones tan inocentes como beber «verdadero café con verdadero azúcar».
En su progresiva y difícil toma de conciencia, Winston frecuenta los prostíbulos y suburbios donde viven hacinados los «proles». El partido pretendía haber «liberado» a éstos en una revolución cuya historia real el protagonista intenta vanamente reconstruir. Sin embargo, el partido no se atreve a hacer acto de presencia en estos lugares donde el alcohol, la lotería, la subcultura y el miedo mantienen subyugada a la población. Por su parte Winston intuye que los «proles» son humanos y que representan la parte menos enajenada del sistema. Por ello escribe en su diario oculto notas como éstas:
«Si hay alguna esperanza está en los proles. Hasta que no tengan conciencia de su fuerza no se rebelarán, y hasta después de haberse rebelado, no serán conscientes. Éste es el problema.» (12)
Creen descubrir que un compañero de departamento llamado O’Brien es otro revolucionario y confían en él. Quieren que les facilite «el Libro» de Goldstein y un contacto con la oposición clandestina. Consiguen el libro que se llama Teoría y práctica del colectivismo oligárquico, en donde se explica cómo se había desarrollado la revolución, cómo fue traicionada y subyugada por una casta minoritaria, y las razones de cómo se mantienen en el poder . Winston llega a comprender el cómo, pero nunca el porqué de todo el entramado del «colectivismo oligárquico». Finalmente resulta que O’Brien es un miembro del Partido Interior, y ambos son detenidos. torturado psicológica y físicamente, Winston confiesa todo lo que hay que confesar, pero es todavía insuficiente. O’Brien le descubre que el porqué es simple y llanamente el Poder por el Poder: –Somos los sacerdotes del poder –dijo O’Brien–. El poder es Dios. Pero ahora el poder es sólo una palabra en lo q\}e a ti respecta. y ya es hora de que tengas una idea de lo que el poder significa. Primero debes darte cuenta de que el poder es colectivo. El individuo sólo detenta el poder en tanto que deja de ser individuo. Ya conoces la consigna del Partido: «La libertad es la esclavitud». ¿Se te ha ocurrido pensar que esta frase es reversible? Sí, la esclavitud es la libertad. El ser humano es derrotado siempre que está solo, siempre que es libre. Ha de ser así porque todo ser humano está condenado a morir irremisiblemente y la muerte es el mayor de todos los fracasos; pero sí el hombre logra someterse plenamente, sí puede escapar de su propia identidad, sí es capaz de fundirse en el Partido de modo que él es el Partido, entonces será todopoderoso e inmortal. Lo segundo que tienes que aprender es que el poder es poder sobre seres humanos. Sobre el cuerpo, pero especialmente sobre el espíritu. El poder sobre la materia… la realidad externa, como tú la llamarías… carece de importancia. Nuestro control sobre la materia es, desde luego, absoluto». (13)
O’Brien le demuestra que su especie se ha extinguido -Orwell quiso titular el libro El último hombre de Europa-, y que no podía confiar en nada ni en nadie; el libro de Goldstein lo había escrito él mismo y la Hermandad era un patraña. Tenían necesidad de un Mal para representar el Bien, y nada más. No tenía más salida que amar al Partido y sobre todo al Gran Hermano. Al final: «Contempló el enorme rostro. Le había costado cuarenta años saber qué clase de sonrisa era aquella, oculta bajo el bigote negro. !Qué cruel e inútil incomprensión! !Qué tozudez la suya exiliándose a sí mismo de aquel corazón amante! Dos lágrimas, perfumadas de ginebra, le resbalaron por las mejillas. Pero ya todo estaba arreglado, todo alcanzaba la perfección, la lucha había terminado. Se había vencido a sí mismo definitivamente. Amaba al Gran Hermano» (14)
En esta ocasión, Orwell no tuvo ninguna clase de problemas para la edición, más bien al contrario. El libro se publicó en junio de 1949, en Londres y Nueva York, ocho meses antes de su muerte durante los cuales trató vanamente de establecer su justo significado. No tardó en conseguir una popularidad excepcional, como quizá no la haya tenido nunca ninguna novela política. En este éxito concurrieron factores extraliterarios tan importantes como la «guerra fría». Tal como ocurrió con Rebelión en la granja, 1984 se interpretó unilateralmente como una fábula antirrusa y anticomunista, provocando un miedo irracional absurdo y animando con ellos las posiciones derechistas más sectarias y brutales.
Por más que la opinión de los intelectuales más sensatos dijera lo contrario, por más que el propio Orwell tratara de dejar clara su posición, por más que resultara patente en la novela que el mundo que se describe tiene una combinación de factores tanto del «mundo libre» como del «campo socialista», por más que el ellos se refiera a los nazis ya los estalinistas, y también a Churchill ya Roosevelt, por más que utilice imágenes que ilustran la opresión de los países coloniales o semicoloniales, un auténtico Ministerio de la Verdad y una auténtica prensa-basura se encargaron de torcer su contenido hacia las posiciones más repugnantes de uno de los bloques. Una explicación de esta distorsión es la que vuelve a ofrecer Isaac Deutscher: «La «guerra fría» ha producido una «demanda social» de armas ideológicas igual que ha producido una demanda de superarmas físicas. Pero las superarmas son genuinas proezas de la tecnología; y no puede haber discrepancia entre el empleo al que pueden destinarse y la intención de sus productores: están destinadas a extender la muerte, o, al menos, a amenazar con una destrucción total. En cambio, un libro como 1984 puede ser utilizado sin mucha consideración hacia las intenciones del autor. Algunos de sus aspectos pueden ser arrancados de su contexto, mientras que otros, que no se ajustan al propósito político a cuyo servicio se ha puesto el libro, son ignorados o virtualmente suprimidos. y un libro como 1984 no necesita ser una obra maestra literaria, ni siquiera una obra importante y original, para producir su impacto. En verdad, una obra de gran valor literario suele ser demasiado rica en su textura y demasiado sutil en su forma y pensamiento para prestarse a una explotación adventicia. Por regla general, sus símbolos no pueden ser fácilmente transformados en focos hipnotizantes, ni sus ideas convertidas en eslóganes. Las palabras de un gran poeta, cuando entran en el vocabulario político, lo hacen mediante un proceso de infiltración lento, casi imperceptible, no es una incursión .frenética. La obra maestra literaria influye ell la mentalidad política mediante su fertilización y enriquecimiento desde dentro, no aturdiéndola. (15).
Ha sido el tiempo el que ha colocado las cosas en su sitio y la obra de Orwell se ha convertido en una obra «clásica» en el más estricto sentido del término, cuya lectura resulta de gran interés para evaluar el curso último de una humanidad en profunda crisis. Más allá incluso de la propia obra, 1984 ha llegado a ser con el tiempo un título paradigmático en el que se concentran las inquietudes actuales sobre una situación que en muchos aspectos –el hambre, el desastre ecológico, la posibilidad de una guerra termonuclear- sobrepasa los datos más pesimistas de un Orwell enfermo y angustiado. 1984 es también una obra acerca de la que se pueden hacer diferentes lecturas, pero la más consecuente es la que ve en ella una premonición de lo que puede ser el mundo sí las tendencias totalitarias insertas en la sociedad occidental de antes y después de la segunda guerra mundial se desarrollan. No se trata, como se ha dicho, de una obra de «ciencia ficción», Orwell no pretendía sólo dar una imagen de cómo iba a ser el futuro (aunque éste es un aspecto importante de la novela); pretendía ante todo comunicar sociológica y psicológicamente cómo podía ser el mundo sí el totalitarismo de cualquier signo terminaba imponiéndose.
Tampoco pretendía ofrecer una teorización, quería transmitir un estado de ánimo. Orwell no pudo especificar sus inquietudes porque para ello habría escrito una obra de tesis y no una novela. Pero las tergiversaciones llegaron a tal extremo que se vio obligado a intervenir , y en una amplia nota de prensa, avanzó algunos detalles de cómo entendía su obra: «Ciertos críticos de «1984» han sugerido que la opinión del autor es que cualquier cosa como la que describe, o algo parecido, llegará en los cuarenta próximos años al mundo occidental. Eso no es exacto. Creo, sin olvidar que el libro es después de todo una parodia, que alguna cosa como 1984 podría llegar. Ésta es la dirección que toma el mundo actualmente, y la tendencia está profundamente anclada en las bases económicas, sociales y políticas de la situación actual….Particularmente, el peligro descansa en las estructuras impuestas a las comunidades socialistas y capitalistas liberales por la necesidad de preparar una guerra general contra la URSS con los nuevos armamentos, entre los que la bomba atómica es evidentemente la más potente y la más conocida. Pero el peligro reposa igualmente en la aceptación de la perspectiva totalitaria por los intelectuales de todos los colores. La moraleja a sacar de esta situación peligrosa y de esta pesadilla es, simple: No pero admitir que esto ocurra. Y eso depende de todos».
George Orwell estima que sí las sociedades que describe en 1984 llegan a existir , habrían varios super-Estados. Esto está perfectamente explicado en los capítulos de la novela. También es abordado, desde un ángulo distinto, por James Burham en The Managerial Revolution. Estos super-Estados se opondrían mutuamente o (una idea de la novela) pretenderían estar opuestos aunque no lo estarían en la realidad. Dos de esos super-Estados serían evidentemente el mundo angloamericano y Eurasia. Si esos dos grandes bloques llegan a definirse enemigos mortales, está claro que los angloamericanos no tomarían el nombre de sus oponentes y no se presentarían en la escena de la historia ~ tanto que comunistas. En consecuencia, tendrían que encontrar un nuevo nombre para ellos mismos. El nombre sugerido por 1984 está bien claro, Angsoc, pero en la práctica hay más para elegir. En Estados Unidos, la expresión «americanista» o «ciento por ciento americano» conviene, y el adjetivo calificativo es lo suficiente totalitario como para mantenerse. (16)
La crítica más seria descartó las descalificaciones estalinistas –«simple propaganda de la guerra fría», «panfleto anticomunista», etc.-, y las reaccionarias que llegaron al extremo de afirmar que era un alegato antisocialista, naturalmente contrario a los laboristas y favorable a los conservadores. En líneas generales se puede decir que la crítica seria encontró plintos débiles en la obra –falta de verosimilitud de algunos personajes, en particular del Gran Hermano convertido en un malo, más digno de Ian Fleming que de Orwell, la tosquedad de los simbolismos, escasa originalidad en la presentación del nuevo lenguaje, simpleza al tratar temas como el de la tortura, etc.-, pero supo comprender el carácter de obra maestra en su conjunto, en su fuerza para situar a ras de tierra una situación, en su capacidad para hacer entrar al lector en un espacio que a pesar de su excepcionalidad deviene cotidiano.
En el orden político, 1984 adolece de las mismas debilidades que su obra anterior. Con la perspectiva que nos ofrece el tiempo transcurrido desde 1948, no es difícil negar la idea de una convergencia interna entre los bloques aunque el viejo refrán castellano de que los extremos se tocan no carezca aquí de verosimilitud. Cierto es que, tanto en un lado como en el otro, el Poder está en manos de una oligarquía minoritaria, pero la forma, el cómo, es muy distinto. Mientras que los «demócratas» se basan en una dictadura económica internacional, cuyo epicentro es Washington, y que convive con unas superestructuras democráticas formales (que son un obstáculo para ellos); los «comunistas» lo hacen sobre una infraestructura que mantiene conquistas sociales imposibles bajo el capitalismo y en nombre de una revolución cuya gerencia usurpan –por lo que tienen que negar cualquier oposición que cuestione su legitimidad- han sacado a países subdesarrollados del foso del hambre .
Estas diferencias se explican mejor en el terreno internacional. El capitalismo internacional ha ido multiplicando los golpes militares, las insurrecciones contra los gobiernos reformistas o revolucionarios, y ha protagonizado guerras parciales de extrema crueldad en África, Centroamérica y Asia, sobrepasando en ocasiones la ferocidad de los nazis. Los burócratas del Este carecen de iniciativa y su preocupación básica es la defensa de su status. En la carrera de armamentos, el rearme infinito se ha convertido en una pieza angular del sistema capitalista mientras que para los soviéticos resulta una costosa y desagradable competición en la que siempre estarán por debajo. Al tiempo que el imperialismo «democrático» se ha convertido en el sostén de las oligarquías y los «gorilas» militaristas de la periferia de Occidente, los países del «socialismo real» fueron y son una referencia deformada para las ansias de liberación de los pueblos que encuentran en este modelo un medio de independizarse del pillaje imperialista y también un medio de desarrollo industrial más rápido. Orwell siguió sin ver por qué una revolución puede degenerar hasta convertirse en una contraimagen de lo que fue originalmente; no reflexionó sobre el simple hecho de que algo no muy diferente ocurrió con la revolución burguesa, sobre todo en las naciones donde el bloque popular no tenía una base económica fuerte; ni tampoco se dio cuenta de que existían unas precondiciones muy concretas que determinaron en buena medida esta degeneración.
Fue esta debilidad en la contextura de su obra la que permitió o facilitó su utilización reaccionaria no como una advertencia sobre lo que podía ocurrir, sino como un alegato anticomunista. Deutscher vio muy bien esto y en una posdata a su artículo anotó: «¿Ha leído usted ese libro? Tiene que leerlo, señor. Entonces sabrá usted por qué tenemos que lanzar la bomba atómica sobre los bolcheviques.» Con esas palabras, un miserable ciego vendedor de periódicos en Nueva York me recomendó «1984», pocas semanas antes de la muerte de Orwell. ¡Pobre Orwell! ¿Podría haber imaginado alguna vez que su propio libro llegaría a ser un artículo tan importante en el programa de la semana-de-odio?» (17).

Notas

—–(1). Bernard Crick, George Orwell, une vie, Balland, paris, 1982, pg. .430.
—–(2) Al final de su vida, Trotsky no descartaba que en ausencia de una revolución socialista en algunos países –un factor que en su opinión había sido el principal generador del fascismo y del estalinismo–, la humanidad entrara en un «impasse» y conociera una terrible vuelta a la barbarie. De hecho. este pronóstico se ha cumplido aunque sea parcialmente. ya que nunca la barbarie había llegado a amenazar la propia vida en el planeta como en la actualidad
—–(3). Bernard Crick .o.c.,p.435.
—–(4) Orwell escribió varios artículos sobre London tratándolo siempre con gran admiración. Esta obra está editada por la editorial Ayuso, Madrid. en 1976.
—–(5) Todos ellos colaboraron en un libro colectivo, El ocaso de un ídolo (5 testimonios sobre el comunismo), Barcelona. Unión de Editores Latinos. 1951. En él rechazan en mayor o menor medida su pasado. Una soberbia critica a los ex-comunistas renegados es la de Isaac Deutscher. Herejes y renegados. Barcelona, Ariel. 1970.
—–(6). Editada en Barcelona, Seix Barral, 1972.
—–(7). En ella dice: «El autor de esta carta. un hombre condenado a la pena capital. se dirige a usted con la petición de conmutar esta pena. Usted conoce probablemente mi nombre. Para mí, en tanto que escritor, estar privado de la posibilidad de escribir equivale a una condena a muerte. Las cosa han alcanzado tal punto que me resulta imposible ejercer mi profesión, puesto que la actividad de creación es impensable sí se está obligado a trabajar en una atmósfera de persecución sistemática que se agrava cada año» .
—–(8). IsaacDeutscher, «1984: el misticismo de la crueldad», texto incluido en la citada edición de Herejes y renegados, p. 49.
—–(9) Id. , pp. 53-54.
—–(10). Bernard Crick. afirma que Goldstein estuvo tan inspirado en Nin como en Trotsky. Encuentra la prueba en el hecho de que Orwell guardaba un trabajo de Bernard D. Wolfe, Civil War in Spain, en el que había un apéndice. The Thesis of Andrés Nin. que guardaba notables paralelismos con el .testamento) de Goldstein en 1984.27. Íd. p.51.
—–(11). Idem, p. 51.
—–(12). 1984, Barcelona. Salvat-Alianza, 1970, pp. 62-63. 1’1.;
—–(13) Id. . p. 197,
—–(14) id.. p. 224.
—–(15) I. Deutscher,o.c..p.49
—–(16). Bernard Crick, o.c. , p. 483

Malraux y Trotsky: encuentros y desencuentros. Pepe Gutierrez, 2003

1. Introducción.
Repaso mis recortes de prensa, y me encuentro que se sigue hablando de André Malraux con los más diversos pretextos. Su centenario (París, 1901-1976), fue todo un acontecimiento nacional y europeo. Después del ensayo general de la conmemoración del 25 aniversario de su fallecimiento, la efeméride ha dado lugar a un auténtico aluvión de amplias páginas en los principales diarios y revistas, debates en los medias, diversas exposiciones, la puesta en escena de un esplendoroso ballet montado por Maurice Béjart, reediciones de sus obras, publicación de ensayos y biografías, etcétera…Veinticinco años después su muerte, la figura de Malraux carece ya de secretos, y biografías como la que le ha dedicado Oliver Todd (en francés en Gallimard, la versión castellana está en Tusquets, 2002), permiten un inventario en el que el personaje pierde. Todd hace inventario de sus mentiras mitómanas, pero al mismo tiempo lo hace más asequible, operando una limpieza de retina que, por lo mismo, enriquece y restituye su figura humana, las peripecias de alguien que, con todo lo que se pueda decir, fue un ejemplo del triunfo de la voluntad por superarse, por trascender sus limitaciones pequeño burguesas aunque, a la postre, acabara en buena medida reconciliándose con ellas.
Aunque quizás entre nosotros, y entre las nuevas generaciones, se encuentra un tanto olvidado, Malraux fue uno de los iconos del siglo pasado, un personaje marcado por la desmesura en cuya trayectoria vital es posible encontrar, aparte de una obra literaria de altura con obras maestras consagradas como La condición humana o L´Espoir, otras actividades y aventuras, como las siguientes:
-erotómano editor de pornografía clandestina;
-ocasional jugador a la Bolsa, donde se hizo rico pero también arruinó a su familia, y dilapidando todo el dinero de su primera mujer en el curso de pocos meses;
-turbio saqueador de estatuas del templo de Banteal-Srel, en Camboya, por lo que fue condenado a tres años de cárcel (su precoz prestigio literario le ganó una amnistía);
-activista anticolonialista en Saigón (lo que no le impidió en su jubilación gaullista guardar silencio cuando la exigencia liberadora se hizo más patente para emanciparse de Francia, y liberarse de los Estados Unidos;
-animador de revistas de vanguardia como la NRF y promotor del expresionismo alemán, del cubismo y de otros experimentos plásticos y poéticos de los años veinte y treinta;
-uno de los primeros analistas y teóricos del cine, amén de alguien que cuenta en la historia del medio con una película excepcional, L´Espoir (Sierra de Teruel), que se cuenta entre las mejores películas sobre la guerra española;
-testigo participante (aunque menos de lo que presumía) en las huelgas revolucionarias de Cantón del año 1925 que marcan el inicio de la revolución china;
-gestor y protagonista de una expedición (en un monomotor que parecía un invento del TBO) a Arabia, en busca de las ruinas de la hipotética capital de la mítica Reina de Saba…
Pero su mayor prestigio le viene por su papel de intelectual comprometido y figura descollante en todos los enfebrecidos congresos y organizaciones de artistas y escritores europeos movilizados contra el fascismo en los años treinta (al lado de su amigo André Gide). Esta actividad tendrá su culminación en la organización de la escuadrilla España que acabará llamándose André Malraux, y representará el mayor compromiso de un escritor de talla en la defensa de la República, durante la guerra civil española. También será uno de los héroes de la resistencia francesa y jefe de la Brigada Alsacía Lorena… Esta actividad es tan intensa y múltiple, como contradictoria, y de ella se pueden extraer materiales y ejemplos que parecen predeterminados para ser pábulo de la controversia, sobre todo desde que, atendiendo una de sus obsesiones, la del culto al gran hombre, optó por la figura del general De Gaulle, a quien, desde que lo conoció en agosto de 1945 hasta su muerte, profesó una admiración y un culto cuasi religioso, aunque al que al principio de la Resistencia había tachado de fascista. Colaborador político y ministro en todos los gobiernos del general, en abierta ruptura con el estalinismo desde el pacto nazi-soviético, Malraux se convirtió entonces en un «liberal» conservador y nacionalista siempre a su manera, y por lo mismo, en uno de los blancos preferidos de la izquierda intelectual…

2. La épica de 1917.
Procedente de una familia humilde dotado de una extrema inquietud y sensibilidad, Malraux mostró siendo todavía un adolescente nervioso y aislado, muestra un rechazo radical a la estupidez y la crueldad de la Primera Guerra Mundial, y como buena parte de su generación, llegó a la conclusión de que la Europa del capitalismo liberal había en realidad realizado su suicidio, que la Razón había fracasado igual que la Fe, que la civilización progresista y agnóstica fruto de la Europa del XIX posterior a la muerte de Dios había revelado toda su vaciedad, y que el europeo moderno se encontraba a su vez muerto, y que por lo tanto, la única vía de superación era una Revolución cuyas verdades encontró encarnada en todos aquellos trabajadores y trabajadoras que se convertían en grandes al querer asaltar el cielo, y que en el paso de la Historia representaba la épica de la revolución de Octubre.
Malraux formó parte de una generación de artistas e intelectuales que descubrieron y se encontraron con el pueblo militante, y a los que las luchas sociales vistas en primer plano le llevaron a obsesionarse con la leyenda roja de Octubre, que pretendió ser participante total de la mítica que acompañaba la toma del Palacio de Invierno, la creación del Ejército Rojo la Guerra Civil, la revuelta los marinos rebeldes, de los guerrilleros de Budienny a caballo, de la repetición general del acontecimiento que sacó la Rusia atrasada y mística de su adorado Dostoievski para ocupar de pleno el escenario de la historia… En aquel tiempo, cuando Malraux quería resumir el siglo XX tenía a la mano una imagen, la de un camión erizado de fusiles (1)
Como en otros escenarios de su vida, en este también existía –por decirlo así– un actor protagonista. Cuando Malraux pensaba, en el nacimiento del Ejercito Rojo, en las asambleas multitudinarias y las patrullas obreras de la nevada Petrogrado, en la respuesta a las tentativas de sublevación de los cadetes, en la pasión revolucionaria en la Odisea cercada, en las multitudes obreras de Moscú, en aquellos días que conmovieron el mundo, y que al que Malraux se asomaba ardientemente a través de la lectura y del cine, «una figura planeaba sobre esas imágenes violentas: gorra, gafas, perilla, chaquetón con el cuello levantado, elocuencia brillante y aspecto de águila negra de garras poderosas, León Davidovich Bronstein, llamado Trotsky, comisario del pueblo durante la guerra y creador del Ejército Rojo…» (2).
Trotsky fue -¿antes o después de Lawrence?- uno de los grandes personajes contemporáneos que sustituyeron en la apasionada imaginación de Malraux a los reverenciados fantasmas de Saint-Just, de Rimbaud, de Nietzsche y de Iván Karamazov, y fue, durante la primera mitad de los años treinta, el más cercano y asequible. Trotsky era entonces el legendario sobreviviente del aquel acontecimiento, y esto era algo que para él, hacedor de mitos, inventor de actos, inspirador de estos, no pudo por menos que galvanizar de una manera especial. Como escribe Jean Lacouture: «Qué personaje más romántico el del vencedor vencido; más novelesco que el razonable, razonador, racional, perseverante Lenin de técnica elocuencia. Personaje que tenía sobre su ilustre predecesor la ventaja de proseguir en los años treinta una existencia perseguida, de fantasma sobreviviente al Termidor ruso….Malraux no celebraba en Trotsky solamente al constructor de historia. También le admiraba por haberse preocupado activamente de los derechos del escritor, con Lunacharsky, en lo más intenso de la Guerra Civil. Aquel estratega violento, cultivador de luces, era el héroe que soñaba».
Esta poderosa atracción estuvo a punto de manifestarse de la manera más extraordinaria tempranamente, cuando inmediatamente después de regresar de su odisea china, Malraux trazó en 1929 el plan de una expedición a Kazakhstan, con la finalidad de liberar a León Trotsky, entonces deportado en Alma-Ata por orden de Stalin que todavía no había probado la sangre de sus oponente (3). Según cuentan sus biógrafos, Malraux puso mucho interés en la preparación de esta singular aventura que habría asombrado al mundo. Se trataba de algo así como de rescatar a Trotsky en Elba (4) . Los documentos de esta tentativa fueron quemados cuando los alemanes entraron en París, en junio de 1940, por el mítico editor Gastón Gallimard, que en su momento se encargó de poner sobre la mesa toda su autoridad para que el escritor renunciara «a aquella hazaña propia de Tres Mosqueteros que hubieran leído L’Histoire des treize, pero no la historia de la Revolución revisada por Stalin» (5).
Esta aventura frustrada vino a ser como el prólogo de una intensa relación, como en el caso ulterior de André, Gide y Bretón (6), contribuyó el vínculo personal establecido por Pierre Naville, uno de los pioneros y componentes del movimiento surrealista (junto con Gerard Rosenthal), amigo y pariente de Gide, militante comunista disidente de primera hora (junto con algunos de los fundadores del PCF como Alfred Rosmer, Pierre Monatte o Boris Souvarine), audazmente partidario de la línea de oposición de Trotsky con el que fue a reunirse en Prinkipo, la isla de los Príncipes cerca de Estambul, donde el Gobierno de Kemal dio hospitalidad al proscrito. Obviamente, para alguien como Malraux dicha relación tenía una suma de atractivos de primer orden, y se implicó hasta un paso de la militancia organizada. También para Trotsky el encuentro resultaba importante por más que desde el principio fue consciente de lo que les diferenciaba. Entre acuerdos y desacuerdos, la relación se desarrolló apasionadamente durante la primera mitad de los años treinta, hasta que la guerra civil española y los procesos de Moscú abrieron un abismo entre Malraux y el «trotskysmo». Pero tanto en una mitad como en otra, como en su epílogo gaullista, la cuestión Trotsky devendría capital en las relaciones de Malraux con el destino de la Revolución de Octubre y con el movimiento comunista oficial.
Unas relaciones que pasa por diversas estaciones, y que ocupa un lugar importante en la aventura intelectual de Malraux.

3.La revolución china.
Asombroso diálogo. Primero, porque León Trotsky muestra desde un principio su interés por ganar a Malraux a la causa de la oposición, y como es habitual en él, discute de igual a igual con unos y otros, también sabe que su influencia es superior entre escritores e intelectuales en una generación que cuando todavía vive la extrema tensión de la defensa de Octubre, se encuentran con un fenómeno extraño y monstruoso -el de su burocratización-, sobre el que carecen de información y la que existe no pueden diferenciarla fácilmente del alud denigratorio desencadenado por los poderes establecidos. Además, las novelas de Malraux le brindan una oportunidad excepcional para volver a discutir sobre el trágico destino de la revolución china, cuyo primer protagonista, el proletariado industrial, había sufrido en 1927 una derrota sin paliativos. Para Trotsky este capítulo histórico será, más trascendente que ningún otro en aquel período (7), el más dramático e importante de la revolución mundial, la máxima prueba de la actuación del comunismo invertido patrocinado por Stalin y cuyas características son:
a) Aunque las tareas fundamentales de la emergente revolución china eran las propias de 1789, habían dos factores que impedían que la burguesía democrática asumiera su papel histórico, uno era la existencia de un marco internacional determinado por el dilema entre revolución y contrarrevolución, el otro -y complementario- era la potencia de un movimiento obrero concentrado en las grandes ciudades que hasta el momento había estado en primera línea…
b) después de la aventura de la Comuna de Cantón (una insurrección sin condiciones), el objetivo central del partido comunista chino no es hacer la revolución sino garantizar por todos los medios la alianza de la burguesía china (representada durante décadas por el Kuomintang) con la URSS;
c) en consecuencia, en vez preparar a los trabajadores contra la natural tendencia de la burguesía nacionalista a imponer el orden, a temer más a la revolución que a los amos de la china tradicional, el partido y sus consejeros (Borodin), los convencieron para confiar,
d) para garantizar su autoridad el estalinismo tildará de trotskysmo cualquier tentativa crítica, opuesta a la desastrosa línea oficial…
Situado en esta perspectiva, Trotsky llega incluso a magnificar la influencia de aquel con un joven todavía poco conocido, al que atribuye un tanto ingenuamente como coprotagonista de unos acontecimientos que sí bien supo describir magníficamente, ignoraba en buena medida su significado político. Malraux por su parte, respondió con imperturbable seguridad los argumentos de su interlocutor, tomando igualmente por verdad histórica lo que, obviamente, no dejaba de resultar una trama novelesca cuyos datos de fondo eran parcialmente exactos, y cuyos personajes, exceptuando Borodine y Gallen, eran ciertamente imaginarios; de hecho, Malraux ofrecía una interpretación sobre la que se podía debatir siempre que no se olvidara esto, que era una interpretación. El novelista y el teórico revolucionario pendían sobre aquella historia como sí ambos hubieran estado en el mismo plano; y como sí ambos discutieran sobre los planos de un campo de batalla. En un artículo sobre Les Conquérants (apareció en la NRF en abril de 1931) que más tarde reproducirá más tarde en un trabajo
más amplio sobre China (La Revolución estrangulada), Trotsky abría fuego:
«Un estilo denso y bello, la mirada precisa de un artista, la observación original y atrevida; todo confiere a la novela una importancia excepcional. Si hablo de él ahora, no es porque lleno de talento, aunque ese hecho no sea desdeñable, sino porque ofrece una fuente de enseñanzas políticas del más alto valor. ¿Provienen de Malraux? Se desprenden del propio relato, del autor y se manifiestan en su contra; lo que hace honor y al observador y al artista, pero no al revolucionario. Sin embargo, tenemos derecho a considerar igualmente a Malraux desde este punto de vista: en su nombre personal y sobre todo en nombre de Garine, su segundo yo, no regatea los juicios sobre la Revolución. . . » (8).
Por su parte, Malraux partía de una concepción diferente. Para él, el proletariado tenía más significado como símbolo de una humillación eterna que como instrumento de una historia que se desarrollaba en una coyuntura concentra. Su visión del Komintern, también era pues diferente, en parte justificó algunos aspectos de la dirección del Komintern de la abortada revolución china, sin embargo, su alter ego, Garine, tenía poca fe en la mentalidad romana de los bolcheviques, y se quejaba de que Borodin, el agente destacado en China por el Komintern, quería «manufacturar revoluciones del mismo modo que la Ford manufactura automóviles». En su obra ulterior sobre China, La Condition Humaine, hace que los héroes revolucionarios, Kyo, Katow y Tchen pierdan la vida, y lo hagan en buena medida como consecuencia de la política de la Internacional estalinista.
Trotsky concluía su requisitoria deplorando que al autor le hubiese faltado una «buena inoculación de marxismo (que).. habría podido preservarle de errores fatales», y escribe:
«El libro se titula Les Conquérants. En el espíritu del autor, ese título de doble sentido en el que la Revolución se disfraza de imperialismo, se refiere a los bolcheviques rusos o, más exactamente, a determinada fracción de ellos. ¿Los conquistadores?. Las masas chinas se levantaron en una insurrección revolucionaria, bajo la indiscutible influencia del golpe de Estado de Octubre Como ejemplo y con el bolchevismo como bandera. Pero «Los conquistadores» no conquistaron nada. Por el contrario, entregaron todo al enemigo. Si la Revolución rusa ha provocado la Revolución china, los epígonos rusos la han sofocado. Malraux no hace tales deducciones. Ni siquiera parece pensar en ello. No por ello deja de surgir claramente desde el fondo de su notable libro.»
Malraux responde al hombre de Octubre «en el tono intrépido de Saint-Just ante Danton» (Lacouture), y recordó que Borodine y los responsables de la Internacional eran marxistas, y sin embargo… Su respuesta es más literaria tanto en su sentido como en su forma: «Cuando Trotsky añade que no hay afinidad entre el autor y la Revolución, que «las enseñanzas políticas se desprenden del libro a mis espaldas», temo que no conozca en las condiciones de una creación artística: las revoluciones no se hacen solas. pero las novelas tampoco. Este libro no es una «crónica novelada » de la Revolución china, porque principalmente se pone de relieve una relación entre individuos y una acción colectiva Considera que Garine se equivoca; pero Stalin considera que él, Trotsky se equivoca a su vez. Cuando, en su Vida, leemos el angustioso relato de su caída, olvidamos que es marxista, y quizás lo olvide él mismo.» Al final, encadenaba con aplomo: «Como Trotsky reconocía en mis personajes, un valor de símbolos sociales, ahora podemos discutir sobre lo esencial.»
El novelista no ve como Trotsky que en 1925-1926, el Partido Comunista pudiera emprender una política propia, para él no existía sino en la alianza con el Kuomintang. Era la tesis que iba a repetir a Kyo, casi palabra por palabra, el Vologuine de La Condition humaine. Consideraba que: «La Internacional… no tuvo elección… Dije que su objetivo era dar la más de prisa posible al proletariado chino la conciencia de clase que necesitaba para intentar la toma del poder; ahora bien, el obstáculo más poderoso con que se tropezaba entonces la conciencia de clase, era la conciencia de sociedad. Todo militante chino era miembro de alguna de aquellas innumerables sociedades, llamadas secretas, cuya historia es la Historia de China desde 1911; el Kuomintang era la más poderosa de ellas; guardadas todas las distancias, se parece mucho más a nuestra masonería que a nuestro radicalismo. Antes de la fusión, la doctrina comunista era la de una sociedad naciente; inmediatamente después, se convertía en una de las doctrinas de la sociedad más numerosa».
Trotsky no se conformó con esta reprimenda. Propuso una réplica en la propia Nouvelle Revue Francaise (NRF), que, empero no se publicó. Finalmente apareció en La Lutte de Classes transmitió su respuesta al hombre de Les Conquérants: sin embargo, entonces la situación había cambiando, las divergencias sobre el papel del Komintern en China (reproducido luego en otros lugares), quedaba atrás, y ahora el escenario era ocupado por el ascenso de los fascismos, de los nazis en Alemania donde Stalin habían impuesto al PC la política suicida del tercer período, y en la que el enemigo principal era la socialdemocracia, trastocada en socialfascismo. En julio de 1933, Malraux pidió una cita al compañero de Lenin. Un año después, en un viaje a la URSS invitado de Máximo Gorki, Malraux ofreció a León Davidovich su brindis en el mismo Kremlin como respuesta al propuesto por un personaje oficial que lo hizo a la salud de la patria socialista, un término que años más tarde consideraría aberrante. Clara Malraux temió las consecuencias de aquel gesto audaz, por muchísimo menos desaparecieron muchos escritores en los años del gran terror.

4. Compañero de ruta de Trotsky.
Cuando pudo dejar Turquía, Trotsky fue recibido a regañadientes en Francia por el Gobierno del radical Eduard Herriot (8) que no le autorizó a residir en la región parisiense, por lo que tuvo que instalarse cerca de Royan, en una casa de la pequeña estación de Saint-Palais donde abrió las puertas a Malraux el 26 de julio de 1933, una escena magníficamente descrita por el novelista y que Alain Resnais reconstruyó en su película Stavisky como un contrapunto revolucionario a un contexto marcado por la descomposición burguesa. En aquel momento, Malraux acababa de dejar lista para su edición su obra más importante, La Condition humaine (9) , y unos meses antes, en marzo, se había comprometido, junto con Gide, en el combate antifascista, dentro de la Asociación de Escritores y Artistas revolucionarios que todavía no estaba «hegemonizada» por el estalinismo. Malraux publicó nueve meses más tarde en la revista Marianne el relato de la entrevista, coincidiendo con el hecho de que Trotsky acababa de ser expulsado por el Gobierno Doumergue en medio de una crisis (la del 6 de febrero de 1934), durante la cual la prensa derechista multiplicó sus advertencias contra aquel judío bolchevique al que acusaban de mover los hilos de una insurrección proletaria. Es un hermoso texto, vibrante de admiración, Malraux escribía:
«…Avanzando poco a poco entre la luz de nuestros faros, tras un joven camarada prudente que llevaba una linterna, llegaron unos zapatos blancos, un pantalón blanco, una chaqueta de pijama hasta el cuello… La cabeza quedaba en la sombra nocturna. He visto algunos rostros en los que se expresarían vidas capitales: casi todos son rostros ausentes. Esperaba con mucha curiosidad aquella máscara enmarcada por uno de los últimos grandes destinos del mundo, que se paraba, deslumbrada, al lado del faro».
«Desde que se concretó aquel resplandeciente fantasma con gafas, sentí que toda la fuerza de sus rasgos residía en la boca de labios finos, tensos, extraordinariamente dibujados, de estatua asiática. Para tranquilizar a un camarada, se reía con una risa cerebral que no se parecía a su voz; una risa que descubría dientes muy pequeños y separados; dientes extraordinariamente jóvenes en aquel rostro fino de blanca cabellera»…
«Trotsky no hablaba su lengua; pero, incluso en francés, la característica principal de su voz era el dominio total sobre lo que decía: la falta de insistencia por la que tantos hombres dejan adivinar que quieren convencer a otros para convencerse a sí mismos, la ausencia de voluntad de seducción. Casi todos los hombres superiores tienen en común, cualquiera que sea la torpeza de algunos en expresarse, esa densidad, ese centro misterioso del espíritu que parece nacer de la doctrina, que supera en todas partes y que da la costumbre de considerar al pensamiento como algo que hay que conquistar y no que repetir. En el dominio del espíritu, aquel hombre se había construido su propio mundo y en él vivía. Me acuerdo del modo en que me habló de Pasternak».
La conclusión de este artículo era desafiante. Malraux oponía el recuerdo del proscrito a las imágenes de una película presentada por el Partido Comunista que acababa de ver, la de una fiesta en Moscú «aplastada por los retratos gigantescos de Lenin y Stalin». En forma de apóstrofe, la conclusión era una adhesión a la causa del Viejo: «¿Cuántos pensaban en usted… entre esa multitud?. Seguramente, muchos. Antes de la película, hubo discursos, especialmente en favor de Thaelmann; el orador que se hubiera atrevido a hablar de usted, pasado el primer momento de inquietud, habría aplastado rápidamente la hostilidad burguesa y a la prudencia ortodoxa a la vez:. vive usted como un remordimiento en esa multitud que le silencia…Todos están con usted, contra el Gobierno que le ha expulsado: es usted uno de esos proscritos a los que no se consigue convertir en emigrados (…) Yo sé, Trotsky, que su pensamiento sólo espera su propio triunfo del destino implacable del mundo. ¡Que su sombra clandestina, que desde hace casi diez años va de exilio en exilio, pueda hacer comprender a los obreros de Francia ya todos a los que anima esa oscura voluntad de libertad, hecha tan clara por la expulsiones, que unirse en un campo de concentración es unirse un poco tarde. Hay demasiados círculos comunistas en los que ser sospechoso de simpatía hacia usted es tan grave como serIo hacia el fascismo. Su marcha y los insultos de los periódicos muestran que la revolución es una…».
Unas semanas antes, Trotsky había manifestado su simpatía con el visitante: «Léanse atentamente las dos novelas del autor francés Malraux Les Conquérants y La Condition humaine. Sin darse cuenta de las relaciones y consecuencias políticas, el artista formula un acta de fulminante acusación contra la política de la internacional comunista en China y, de la manera más sorprendente, confirma a través de escenas y personajes todo lo que la oposición de izquierda había explicado por medio de tesis y fórmulas…».
Durante todo aquel período (1933-1934), Malraux actuó abiertamente como activo simpatizante del que Churchill llamará el gran negador, al que quería volver a ver en la URSS, como quería un partido unido en el que los trotskystas tuvieran su lugar.
Era evidente que en esta opción tenía mucho que la condición de mito de Trotsky y su gesto en Moscú era un, pero también es cierto que Malraux se sintió identificado por algunos criterios básicos de la oposición, comenzando por el planteamiento de frente único contra el fascismo (el 6 de febrero de 1934, firmó un texto en favor del Frente único que los comunistas desaprobaban); su simpatía iba tan lejos como para conducirle a acciones más arrogantes que hablar en Ios mítines parisienses organizados casi en todas partes contra la expulsión de Trotsky. En una apasionante reunión celebrada en la sala Albony por iniciativa de la Liga Comunista (oposición de izquierda) y con el sector de izquierdas del Partido Socialista de Marceau Pivert, habló junto con éste, Pierre Frank e Iván Craipeau. En una reseña aparecida en La Vérite, órgano de la Liga Comunista se hizo ampliamente eco de la intervención de Malraux: «El orador lanzó un vibrante llamamiento a la realización de la Unidad para la tarea que se impone, la revolución en Francia. «Sepamos comprender que la revolución es una»- Volviendo sobre la expulsión del jefe de los bolcheviques leninistas, concluyó en medio de calurosísimos aplausos, prohibiendo que se «humille a una parte de la fuerza revolucionaria que hizo temblar San Petersburgo»
No obstante, en el mes de abril de 1935, Malraux llevó a cabo un gesto de ruptura a negarse a intervenir a favor de escritor revolucionario que tenía su leyenda en Francia, Víctor Serge, deportado por las autoridades soviéticas durante la primera gran purga que siguió al asesinato e Kirov. Con evidente amargura, Trotsky subrayó aquel silencio en La Vérite.

5. Con Stalin a pesar de todo.
Desde aquel momento, Malraux apareció como un incondicional de la política de Frente Popular, como uno de los portavoces de los compañeros de ruta del movimiento comunista, aunque siempre se permitió un grado de autonomía que, en muchas ocasiones, le convirtieron en molesto. De hecho, nunca aceptó los criterios del mal llamado realismo socialista, aunque nunca lo abordó frontalmente como lo haría Bretón.
Es conocido su discurso asombrosamente heterodoxo ante el Primer Congreso de Escritores Soviéticos de 1934, que provocó una dura réplica de un Karl Rádeck convertido en comisario de la cultura. Aunque los comunistas -dijo Malraux- han confiado en el hombre, los soviéticos no siempre han mostrado una confianza semejante en sus escritores. La literatura soviética pone de manifiesto los hechos externos concernientes a la URSS, pero no su ética ni, lo que es más importante, su psicología. En una nota de advertencia al Congreso, el dualismo de Malraux aparecía con claridad meridiana: «El marxismo -afirmó- es la consciencia de la sociedad; la cultura es la conciencia de lo psicológico». Luego, refiriéndose a la rica herencia de los clásicos rusos, Malraux puso de relieve que el rechazo de la psicología en el arte sólo podría conducir a lo que llamaba un individualismo absurdo. Estaba convencido de que el hombre vivo, se interpone siempre entre la doctrina y la literatura. La libertad esencial del artista no consistía en la libertad de hacer cualquier cosa, «sino en la libertad de hacer aquello que quiere hacer».
En su ideario subsistía plenamente la convicción de que el socialismo era la vía más humana, y se reafirmó en su anticolonialismo cuando en 1935, sesenta y cuatro intelectuales franceses defendieron la aventura abisinia de Mussolini en nombre de los valores Occidentales y de la civilización latina. Malraux replicó que occidente no había sido un concepto poderoso -o valioso- durante largos años.
Pero, Malraux creyó que el estalinismo no afectaba estas ideas, y lo aceptó tácticamente. Por esta razón, evadió los temas de fondo, hasta llegó a plantearse que lo que estaba ocurriendo en Moscú como un mero enfrentamiento personal entre Stalin y Trotsky. Esto explica que en febrero de 1937, durante el segundo gran proceso de Moscú, un periodista ruso, Wladimir Romm, declaró haber visto a Trotsky en París, en julio de 1933, y haber recibido instrucciones suyas para hacer sabotaje en la URSS. Éste replicó inmediatamente que, en julio de 1933, no estaba en París, sino en Royan, donde Malraux le visitó, y que éste podía dar prueba de ello, sin embargo, Malraux guardó silencio. Indignado, Trotsky escribió: «Malraux, al contrario de Gide, es orgánicamente incapaz de independencia moral. Todas sus novelas están impregnadas de heroísmo, pero él no posee esa cualidad en lo más mínimo. Es servil de nacimiento. Acaba de lanzar en Nueva York un llamamiento para que se olvide todo, salvo la Revolución española. No obstante, el interés por la Revolución española no le impide a Stalin exterminar a decenas de viejos revolucionarios…».
Malraux respondió: «EI señor Trotsky está hasta tal punto obsesionado por todo lo que le concierne personalmente que, sí un hombre que acaba de combatir durante siete meses en España, proclama que la ayuda a la República española debe ser antes que nada, para el señor Trotsky, esa declaración esa declaración debe ocultar algo». Y algunos días después, con motivo de una cena ofrecida en su honor por el periódico The Nation, Malraux establecía su propia criterio afirmando que al «igual que la Inquisición no ha socavado la dignidad fundamental del cristianismo los procesos de Moscú no han disminuido la dignidad fundamental del comunismo». Dicha comparación no era desde luego la que podían ofrecer los incondicionales, y tiene ciertas similitudes a la que ofreció Bertolch Bretch en su Galileo (Galileo se inclina ante la Inquisición consciente de sí bien en aquel momento no puede hacer otra cosa, la verdad no tardará en imponerse). Estaba claro que Malraux, tomando seguramente como referencia una pasaje de Los hermanos Karamazov, comparaba el estalinismo con la Inquisición, algo que ya decían sus los que denunciaban los procesos. Sin embargo, los procesos no socavaban la autoridad del comunismo. Aunque cabría hablar mucho sobre la Iglesia, aquí la cuestión era qué comunismo: el que se jugaba la vida y la libertad por restablecer la verdad, o el que estaba destruyendo todo lo que había de liberador de Octubre.
En una de sus polémicas con el entorno del PCF, el propio Malraux puso en cuestión el concepto de la continuidad revolucionaria. En su opinión esta se había convertido en una burla ¿cómo podían pretender los generales de Stalin, cargados de oro y condecoraciones, ser los legítimos herederos de los compañeros de Lenin?, y en más de una ocasión recordaría el viaje que hizo con Gide a Berlín para pedir la libertad de Dimitrov, y como luego el mismo Dimitrov hizo colgar al inocente Petkov. «¿Quién -preguntaba- ha cambiado; Gide y él mismo, o Dimitrov?». Una pregunta llena de pertinencia por supuesto que no se había atrevido a plantearse en la segunda mitad de los años treinta.
Durante la guerra española este dilema tuvo una traducción particular. Malraux prefirió jugar el juego con los comunistas, los únicos capaces en su opinión, de levantar un dique al avance fascista. Inmerso en esta lógica dejó que su escuadrilla tuviera un comisario político estalinista. También rompió todas relaciones con el POUM (Partido Obrero de Unificación Marxista), y mantuvo su silencio cómplice para condenar la caza de brujas de trotskystas y anarquistas a la que se entregaron las gentes de la NKVD y algunos de los jefes de las Brigadas Internacionales. Tampoco dijo nada sobre el extraño proceso al término del cual se fusiló inmediatamente a Zinóviev y a Kaménev, los dos lugartenientes de Lenin, ni sobre la extensa lista de escritores fusilados o desaparecidos sobre los que no cesaban de llamar angustiosamente la atención Víctor Serge y los surrealistas…
En una cita-declaración de Paul Nothomb (un joven comunista belga que en 1936 tenía veintidós años) en su libro Malraux en España (recientemente editado en Edhasa), escribe: «Hoy me consta que los que fuimos sin duda sinceros comunistas éramos los cómplices de grandes crímenes. Nos encontramos a finales de 1936, es decir, en el momento en que Stalin se lanza a sus purgas más sangrientas, cuyos ecos llegan hasta nuestros oídos y dan lugar a violentas discusiones entre nosotros. Después de todos estos años, sin embargo, me niego a considerar a mis camaradas del Partido de manera distinta a como lo hacía entonces».
¿Qué esta diciendo Nothomb?. Dos cosas que no son contradictorias. De un lado, valora aquel momento cuando, gracias a su experiencia en la aviación, se enrola en la escuadrilla España que André Malraux para acudir en ayuda de la República española. Rememorando este compromiso de juventud, de revuelta exigente contra el orden burgués. Nothomb precisa en la página que acabo de citar: «La adhesión a la doctrina de Lenin nos unía como la fe une una orden de monjes soldados». Con ello no está hablando de algo que se pueda amalgamar con el gran terror, sino de algo paralelo que, aunque ciego ante lo que, por perspectiva histórica, por su educación sectaria, no son capaces de ver, y se niega a considerar que sus camaradas fueran responsables de todo aquello. Ellos dieron lo mejor de sí mismo por una causa que lo merecía, y cuando tomaron conciencia de lo que fue el estalinismo, llamaron las cosas por su nombre…Se siente cómplice en el sentido más noble del término, es decir acepta su responsabilidad, pero, insisto, dicha complicidad no menoscaba la generosidad de su experiencia. Algo semejante se podría decir del Malraux capaz transpirar la solidaridad y la generosidad del pueblo en armas en una novela y una película, dos obras inmortales donde las haya que, a su vez, no quita que Malraux se equivocara de pleno en la cuestión de la política comunista oficial como reconocería años después, aunque desde una óptica muy diferente a la de Nothomb (10).
Desde una óptica que se negaba a ver detrás de la grandeur gaullista, por ejemplo la barbarie colonialista.

6. Epílogo gaullista.
Se ha discutido mucho que hay de ruptura y de continuidad en la lenta, subterránea pero clamorosa apostasía de Malraux. Lo mismo que en el caso de Paul Nizan, el pacto nazi-soviético tuvo un efecto decisivo sobre él pero, a diferencia de aquél, él no era del partido, además no hizo pública su defección, aunque su reacción fue airada: «Volvemos a estar a cero». La izquierda, opinaba, estaba herida de muerte, pero ansiaba comenzar de nuevo sobre otras bases. El caso como Coronel Berger fue un obstinado oponente de la fusión del MLN con el Frente Nacional Comunista. Luego, emergió de la guerra como Ministro de Información de Gaulle. La pregunta es, ¿por qué el gaullismo? Está claro que esta opción no tuvo lugar cuando el PCF estaba en descrédito, todo lo contrario. Tampoco entró en liza fácilmente, y por lo general no respondió a acusaciones como las vertidas por Garaudy, que lo tachó de mercenario, de haber sido parcialmente responsable de la «aventurerista Comuna de Cantón, que acabó en una enorme carnicería de trabajadores y demócratas», amén de volver a Francia «justo a tiempo de entrar en relación con Trotsky que, desde entonces, se convirtió en su padre espiritual». También lo tacharon de fascista, algo que no se corresponde a la verdad. Malraux por ejemplo nunca habló de la dictadura de los sindicatos como haría Vargas Llosas en pleno fervor thatcheriano. Más que de fascismo, cabe registrar que Malraux cambió su admiración por las elites revolucionarias por la de los pocos de la Batalla de Inglaterra, pasó de loar a Trotsky para hacerlo con De Gaulle y Churchill, y 1917 y la República española por el Imperio Británico. Su alegación de que «no se trata… de sí usted es comunista, anticomunista, liberal… ya que, el único problema real es saber cómo -por encima e esas estructuras- y de qué manera podemos recrear al hombre», revela la medida de su antipatía para con el materialismo. «La herencia europea -concluyo- es el humanismo trágico», y sí no quiso ver los procesos de Moscú, tampoco quiso enfrentarse con los desastres humanitarios del Tercer Mundo.
También cambió de centralidad, tal él mismo explicará en su última obra de ficción: Les Noyers de l´ Altenburg (publicada en 1948 y de la que no me consta que haya traducción), el lugar de la acordada a la cuestión social durante el período radical que le dio fama internacional, ahora observa y se reafirma en la centralidad de la cultura occidental. Distingue esta de las demás por su resistencia a la fatalidad y al destino, y por su investigación de la psicología del individuo. En un discurso pronunciado en 1946 ante la sesión inaugural de la conferencia de la UNESCO en la Sorbonne, dividió las culturas en bloques étnicos o geográficos: rusa, americana y europea. «La fortaleza de Occidente -dijo- radica en su aceptación de lo desconocido». Lejos quedaba la descripción indignada de las atrocidades cometidas por el avaricioso Imperio Británico de Les Conquérants. Y, adelantándose al neoliberalismo advirtió que los europeos sentían mala conciencia ante sus privilegios y colonias, mientras que los Estados Unidos (y Rusia) aún consideraba legítimos sus privilegios.
Malraux se reafirmó en el nacionalismo mientras criticaba la instrumentalización que Stalin había hecho del internacionalismo.. «Nosotros -diría- habíamos creído que, haciéndonos menos franceses, nos hacíamos mas humanos. Ahora sabemos que simplemente, nos hacíamos más rusos». Rusia había dejado de lado a la Internationale con un «amplio gesto desdeñoso». Su liberalismo se cohesionó tras una conversación con el extrotskysta, James Burham, a la sazón convertido en uno de los teóricos de la revolución conservadora entre finales de los años cuarenta y principios de los cincuenta. Malraux hizo su propia versión del fin de las ideologías, según la cual las viejas categorías de izquierda, centro y derecha, habían dejado de ser válidas; en consecuencia, era absurdo llamar reaccionario al gaullismo. Burham era partidario de ilegalizar el PCF, algo que a Malraux le repugnaba. De alguna manera, era perfectamente consciente del papel de éste en la sociedad francesa.
Hizo un reconocimiento explícito durante el mayo del 68. José Bergamín contaba que un día pasó por delante del Ministerio de Cultura y le picó la curiosidad por saber que pensaba de todo aquello su antiguo compañero, ahora ministro. Atravesó los largos pasillos sin encontrarse a nadie, todos los funcionarios secundaban la huelga general. Llegó hasta el despacho de Monsieur Le Ministre, quien en medio de la conversación le confesó «Felizmente, tenemos el partido comunista». En otra ocasión habló de aquel partido ahora dirigido por oscuros funcionarios como Waldeck Rochet y George Marchais como «la última barricada» de un sistema social que cuando él fue plenamente Malraux, llegó a cuestionar y contra el cual escribió sus mejores obras.
Sant Pere de Ribas

Notas
(1) Entre los diversos estudios que enfocan la relación de Malraux con el comunismo destacan los de David Caute, El comunismo y los intelectuales franceses. 1914-1966 (Col, Libros Tau, Vilasar de Mar, BCN, 1967), y Compañeros de ruta (Ed. Grijalbo, México, 1975), y especialmente el de Herbert R. Lottman, La Rive Gauche. Intelectuales y política en París, 1935-1950 (Ed. Blume, BCN, 1985).
(2) La mayor parte de datos de este trabajo están extraídos de la celebrada biografía que le dedicó Jean Lacouture, y que aquí fue editada en 1976 por Euros, una editorial de izquierdas ligada a un vástago de la familia Godó y a La Vanguardia. Como anécdota cabe señalar que el extenso capítulo dedicado a las relaciones entre Malraux y Trotsky fu reproducido por la prestigiosa revista Triunfo con una foto de Trotsky en la portada.
(3) Aunque ahora se trata de amalgamar toda la historia soviética con el Gulag, lo cierto es que, una vez pasada la guerra civil en la que la revolución se jugaba a vida o a muerte, la eliminación de los adversarios no comenzó de una manera sistemática hasta la entronización definitiva de Stalin («el Lenin de hoy») al poder absoluto. El mismo hecho de que Trotsky fuera primero deportado, y luego exiliado fue algo que hubiera resultado impensable unos años después. El primer opositor asesinado fue Jakob Blumkin, un opositor arrepentido que fue a visitar a Trotsky a Prinkipo. Se daba la casualidad de que Blumkin había sido uno de los eseristas de izquierdas que atentaron contra Trotsky cuando su grupo consideró como una traición la firma de la paz de Brest-Listovk. Aunque oficialmente fue fusilado, Blumkin se hizo bolchevique y fue uno de los secretarios de Trotsky desde la guerra civil.
(4) Este título corresponde a uno de los más famosos artículos del periodista norteamericano John Gunther en el que hacía un paralelismo entre la estancia de Trotsky en Prinkipo con la de Napoleón en Elba. En aquel entonces, tanto a la izquierda como a la derecha, nadie tenía claro sí Trotsky podría volver al poder, una hipótesis que en las cancillerías se tenía muy en consideración, sin ir más lejos, el propio Hitler la barajó como una de las variantes negativas que podía provocar su invasión a Rusia. Lacouture también se hace eco del paralelismo para ampliarlo a Malraux cuando escribe: «Imaginemos a Napoleón en Elba, discutiendo de estrategia con Stendhal, y éste con Fabrice y Grouchy…».
(5) Malraux nunca negó su afinidad con obras de Trotsky como Literatura y Revolución, Mi vida (que tanto entusiasmo literariamente a un Francois Mauriac) y sobre todo, con su Historia de la Revolución rusa, a la que, ya como ministro, recomendó a unos estudiantes egipcios sí «querían comprender el siglo XX». En una entrevista en la ORTF con ocasión de la publicación de sus Antimemorias donde considera a Trotsky, «con De Gaulle. Mao y Nehru, como el hombre más notable (que él haya) encontrado»).. su interlocutor intento establecer un paralelismo entre Michelet y el autor de la Historia de la revolución rusa. Malraux entonces objetó: «Trotsky era Michelet sin generosidad. Trotsky no tenía los brazos abiertos. Había en él una profunda fraternidad. bastante noble; pero no era generosidad», seguramente recordando su intransigencia militante.
(6) Sobre la relación de Trotsky con la izquierda intelectual francesa de los años treinta, me remito a mi edición del Manifiesto por un arte revolucionario e independiente (Ed. El Viejo Topo, BCN, 1999), y a mi artículo sobre Gide aparecido en esta misma revista (abril 2001, nº 151). Este apartado podría ser ampliado a otros nombres, como por ejemplo, Simone Weil, cuyo biógrafo asegura que fue en su casa paterna donde se celebró el Congreso fundacional de la IV Internacional en 1938, aunque las fuentes «trotskyanas» aseguran que la casa la puso Alfred Rosmer. En todo caso, Simone mantuvo una cierta relación, y un debate, con Trotsky durante la estancia en Francia de éste, y militó en el grupo Revolution proletarianne que durante la guerra española mantuvo una colaboración tanto con el POUM como con la CNT.
(7) La historia de la revolución china anterior a la Larga Marcha existen numerosas aportaciones como la célebre de Harold Isaacs o los estudios sobre los orígenes de la revolución china efectuado por Lucien Bianco, o el de Pierre Broué La question chinoise dans l´Internationale Communiste (EDI, París, 1967). Fernando Claudín ofrece una buena reconstrucción de los problemas y debates de entonces en La crisis del movimiento comunista internacional (Ruedo Ibérico, 1971).
(8) Esta evocación de Malraux fue traducida y publicada por la revista la Izquierda comunista española, Comunismo, y reproducida en la amplia antología publicada por Ed. Fontamara (BCN, 1977). Lacouture lo cita ampliamente.
(9) La inclusión de unas imágenes en la que Trotsky abre la puerta a Malraux (acompañado por un joven trotskysta luego asesinado), es una auténtica «licencia» en una película (Stavisky, protagonizada por Jean Paul Belmondo) que se permitieron su director, Alain Resnais, y su guionista, Jorge Semprún, como un contrapunto que fue muy discutido. Y ya que hablamos de cine, entre finales de los setenta y principios de los ochenta se habló insistentemente de una adaptación fílmica de La condición humana que, al parecer, debía dirigir Fred Zinneman con Ives Montand entre los protagonistas. Recuerdo que éste último justificó -en una entrevista en TV2- el cancelamiento del proyecto porque ya nadie se podía creer aquella fervorosa evocación del idealismo comunista… Ahora se vuelve a hablar de otra tentativa con Oliver Stone detrás las cámaras.
(10) En una amplia reseña del libro aparecida en El País (18-12-2001), Jorge Semprún, describe a Nothomb como «seducido y aducido por el ideal bolchevique, el idealismo revolucionario de un bolchevismo irreal que se encamaría en los horrores del socialismo real», y reconoce que éste describe «un espíritu de compañerismo inaudito, un extraordinario buen humor en todo momento, hasta el punto de que, al recordar esas horas pasadas, no puedo dejar de pensar que vivimos uno de esos raros instantes en que la fraternidad humana, eso tan a menudo adulterado, se convierte en algo más que una palabra, que un eufemismo.». Semprún no disocia estos conceptos –muy similares a los de la «solidaridad viril» que Malraux veía encarnada en el activismo revolucionario- del horror estalinista, y trata, una vez más, de abordar una cuestión que describe como sí fuera un entomólogo, o sea como alguien que esta más allá de la historia. aunque esto no es el lugar, cabe recordar al menos algunas cosas, tales como que Semprún aparte de ser un antiguo comunista oficial (que como Federico Sánchez se la jugó contra el franquismo cuando los liberales no se atrevían ni a carraspear), fue luego un marxista heterodoxo (conocido sobre todo por su labor como guionista del cine político), para acabar, finalmente, como un arrepentido neoliberal, como un anticomunista a veces digno del ABC, que mira la Norteamérica (republicana) con la misma devoción con que antaño miró la URSS, solo ahora sus combates por la libertad (de las multinacionales) tiene un carácter mucho menos noble que cuando creyó en el comunismo. Por ejemplo, durante la guerra de Golfo, Semprún dictó como ministro la exclusión de una lista de funcionarios que habían firmado un manifiesto contra la guerra.

Un diálogo con Ignacio Iglesias (Juan Manuel Vera)

Esta entrevista se produjo unos meses antes del fallecimiento, el 15 de octubre de 2005, de Ignacio Iglesias. En ella, Ignacio aborda algunas cuestiones sobre las que nunca antes había hablado públicamente. De mutuo acuerdo, y dado que el destino de la entrevista era aparecer en el libro Escritos del exilio, se decidió iniciar el diálogo con su salida de España, en 1939 .

Escritos del exilio está disponible en el Catálogo de Publicaciones de la Fundación Andreu Nin.

Leer artículo «Un diálogo con Ignacio Iglesias (Juan Manuel Vera)»

Albert Masó: el llarg viatge cap al socialisme (Xevi Camprubí, 2004)

 

Avui, 9-9-2004. Reproducido con permiso del autor

La victòria sobre el nazisme havia reforçat la posició internacional de la Unió Soviètica fins al punt que el nombre d’intel·lectuals comunistes europeus que, a l’inici de la postguerra, s’atrevien a criticar la políticade Stalin era més aviat reduït. Leer artículo «Albert Masó: el llarg viatge cap al socialisme (Xevi Camprubí, 2004)»

Eugenio F. Granell: conciencia política da liberdade de creación (Eugenio Castro, 2007)

Moi a principios dos anos oitenta, un vello amigo (1) contoume que mentres escapaba á carreira da policía, durante unha manifestación, por unha rúa de Madrid, atopou no chan un pequeno folleto pertencente a unha exposición de Eugenio Granell. Como un bo sinal, recolleuno e gardouno (entre outras razóns importantes, a causa do seu coñecemento da participación de Granell no POUM e da súa adhesión á filosofía trotskista) (2) .

Leer artículo «Eugenio F. Granell: conciencia política da liberdade de creación (Eugenio Castro, 2007)»

Frida y Diego: una pareja de cine (Pepe Gutiérrez-Álvarez, 2007)

Aún siendo de lejos la más conocida, la Frida de Salma Hayek-Julie Taymor, no es la primera vez que la gran pantalla enfoca la vida y época de Frida Kahlo (1)   La mejor hasta es el momento sigue siendo la Frida de Paul Leduc, que contaba con una Ofelia Medina impresionante Frida que desde luego no habría suscitado el comentario que Maria Félix que la conoció personalmente, efectuó sobre Salma Hayek: “No se parece en nada”. Leer artículo «Frida y Diego: una pareja de cine (Pepe Gutiérrez-Álvarez, 2007)»

Murió el luchador anarquista Eduardo Pons Prades, la memoria del pueblo (Pepe Gutiérrez, 2007)

Murió el 25 de mayo, a los 87 años, Eduardo Pons Prades, combatiente, escritor e historiador anarquista.

Leer artículo «Murió el luchador anarquista Eduardo Pons Prades, la memoria del pueblo (Pepe Gutiérrez, 2007)»

Entrevista a Arthur London. Cuadernos para el Dialogo. 1970

(Nota introductoria de Pepe Gutiérrez-Álvarez)

Artur London (Ostrava, 1 de febrero de 1915 – París, 7 de noviembre de 1986),  fue uno de los pocos supervivientes de los procesos de Praga de 1952, en el que cayeron numerosos veteranos comunistas, sobre todo de origen judío. Fueron culpados por supuesto de “trotskistas” y también de “titoista”, lo cual era mucho más cierto. Entre los argumentos esgrimidos en la depuración estaba el hecho “sospechoso” de siendo judío, haber podido sobrevivir los campos de exterminio nazis. Muchos estuvieron en las Brigadas Internacionales como es el caso de este comunista checoslovaco, lejano pariente del hombre que prestó su apellido a Jack London, y autor de un testimonio abrumador,  La confesión (hay una reedición del 2000 (Ikusager, ISBN 84-85631-78-1)

Militante comunista veterano, fue miembro de las Juventudes Comunistas, de las que después fue nombrado secretario regional, cuando sólo tenía 14 años. En su trayectoria entusiasta sufrió varios encarcelamientos antes de refugiarse en la Unión Soviética en 1934. Fue de los primeros en sumarse poco después a las brigadas internacionales, con las que luchó en la guerra civil española hasta la caída de Cataluña.

Sobre este episodio de su vida, Arthur escribió Se levantaron antes del alba, obra escrita a su salida de la cárcel. Cuenta la Guerra Civil española desde el punto de vista por uno de los más de treinta mil voluntarios,  de aquellos de más de treinta países que formaron las Brigadas Internacionales. El titulo está extraído de uno de himnos. Este libro también fue una manera de rehabilitar a los veteranos de las Brigadas Internacionales que habían sido encarcelados o ejecutados en los procesos llevados a cabo en Praga, Budapest y Sofía. En esta obra, London todavía no cuestiona que el POUM formara parte de la “Quinta Columna”, no será hasta años más tarde que empezará a recapacitar y a darse cuenta de la tela de araña que no le permitía ver nada fuera del partido. Un partido en el que era mejor equivocarse dentro, que tener razón fuera.

En agosto de 1940 colaboró con la resistencia francesa y se convirtió en dirigente de la MOI (Mano de Obra Inmigrada, del Partido Comunista Francés), entre 1940-1941.Un año después de este hecho, London fue deportado al campo de concentración de Matthausen (Austria), donde formó parte de la dirección de la resistencia. Desde 1949 ocupó el cargo de viceministro de Asuntos Exteriores checoslovaco hasta que fue acusado de «conspiración contra el Estado» y juzgado junto con el entonces ministro Wladimir Clementis y el antiguo secretario del partido comunista Rudolf Slansky. Clementis y Slansky fueron condenados a muerte, y London a cadena perpetua con trabajos forzados. Antes de descomponerse, el estalinismo ya había arruinado el historial del socialismo.

Rehabilitado en 1956, London fue uno de los tres supervivientes, entre los 16 acusados, de los procesos de Praga de la era estaliniana. London, que se estableció en Francia en 1963, se nacionalizó francés después de ser desposeído de la nacionalidad checoslovaca, tras la aparición del libro-testimonio que le dio a conocer mundialmente, pero que no se publicó en los países del Este. Estaba casado con Lise London, cuyo nombre de soltera era Lise Ricol, de origen español y militante de prestigio y  hermana de Raymond Guyot, antiguo miembro del Buró Político del PCF, y tenía dos hijos. De su experiencia durante el juicio y la condena surgió, en 1969, su libro La confesión, que fue llevado al cine por el director Constantin Costa-Gavras e interpretado por Yves Montand e Simona Signoret, dos actores que habían estado muy ligados al PCF desde los tiempos de la Resistencia.

Comunista convencido, el autor describe la reducción de su alma y la de sus compañeros a la nada por la tortura física y moral que sufrieron hasta reconocer los delitos de los que se les acusaba. El actor francés Yves Montand que encarnó a London en la película, ha manifestado, después de dar su condolencia a los familiares del fallecido, que el escritor «había sufrido moral y físicamente estos últimos años».

Artur London narra su secreta detención en 1951 acusado de conspirar contra el Estado, junto con otros miembros del Gobierno de Gottwald, al que pertenecía, y las torturas que padecieron durante los interrogatorios, que les llevó a confesar “crímenes” contra el estado no cometidos. La película fue realizada por Constantin Costa-Gavras entre Z y Estado de sitio, dos títulos de lo que en el potsmayo del 68 se entendió como “cine político” y no es de las mejores, de todas maneras, se trata de un testimonio de primera magnitud, una denuncia que no se podía dejar a los enemigos del socialismo. El guión fue escrito por Jorge Semprún, tratando que el contenido del discurso no interfiriera con el plano histórico. Costa-Gravas dotó a la película de un estilo de thriller. La película no gozó de excesiva popularidad entre el sector de la izquierda que no acababa de sabía distinguir entre el antiestalinismo y anticomunismo.

London fue un fervoroso defensor de la “primavera de Praga”, la última tentativa de masas de reformar un régimen de “socialismo despótico”, dos conceptos opuestos. Luego participó en favor de Carta 77, movimiento en favor de la democratización de Checoslovaquia, y del Vons (Comité de defensa de los prisioneros políticos checos). La confesión cuenta la historia de cómo él, junto con otros 15 miembros del partido y del Gobierno presidido por Klement Gottwald, fueron detenidos, torturados y condenados en 1951 y de su experiencia en trabajos forzados. En la entrevista que hemos recuperado, su historial y sus posiciones quedan claras.

En el tiempo que siguió, la descomposición de lo que había sido el movimiento comunista se hizo mucho más aclarada, y buena parte de los estalinistas de matriz, acabaron renunciando a un leninismo que desconocían completamente. Finalmente, acabaron renunciando a cualquier forma de ideal socialista. Actualmente, el estalinismo más clásico ha quedado reducido a sectores arcaicos que, como el conde Drácula, tienen prohibido ver la luz del día. Tienen que negar lo más evidente. 

El engranaje kafkiano de los procesos estalinistas

PRAGA, finales de enero de 1951. El viceministro de Asuntos Exteriores de la República Socialista de Checoslovaquia, Artur London, es detenido en la calle. Trasladado a los locales de la Seguridad, permanecerá en sus manos, completamente incomunicado, durante veintidós meses, al cabo de los cuales será juzgado en compañía de otros 13 dirigentes del Estado y del Partido Comunista, entre los que se encuentra el pro­pio secretario general, Rudolf Slansky, quien será ejecutado junto con otros 10 de los acusados. Los tres restantes, entre ellos London, serán condenados a trabajos forzados a perpetuidad.

Una idea que me obsesionaba con frecuencia, que me repetía incansablemente… «Si salgo de aquí no tenía muchas esperanzastengo que contarlo, decir la verdad. Contar la realidad, decirles a los de juera que no es verdad, que no soy un traidor…

London, como todos los demás acusados, había reconocido toda la serie de crímenes de los que se le acusaba: «traición, sabotaje, agente del imperialismo, centro de conspiración contra el Estado socialista…». Todos se habían confesado culpables, todos habían aceptado las condenas. Todos ellos, sin embargo, eran militantes revolucionarios, miembros del Partido Co­munista, algunos desde su creación.

 

Nunca dude de los procesos de Moscú

La verdad, al menos una parte, empezó a conocerse mucho más tarde, en 1956, con ocasión del XX Con­greso del Partido Comunista de la Unión Soviética, cuando Krushev dio a conocer el célebre informe donde se hacía responsable a la persona de Stalin y su policía de todos los crímenes cometidos desde los años 30.

Yo nunca dudé de los procesos de Moscú. Porque no podía dudar de la Unión Soviética, ni del Partido Comunista, ni de Stalin. Para no era inconcebible, impensable, que en el país donde se había realizado la Revolución de octubre pudiera llegarse a utilizar tales métodos, a condenar inocentes. A detener, con­denar y ejecutar a los mejores, a los más veteranos luchadores, compañeros algunos del mismo Lenin, bajo acusaciones completamente pre-fabricadas…

Ya en la cárcel, a finales de 1953, London comienza a redactar un informe secreto, «para dar a conocer la verdad, cueste lo que cueste», sobre las circunstan­cias de su detención, las condiciones de los interroga­torios y el desarrollo del proceso. En hojitas del tamaño de papel de fumar, este informe pudo salir de la cárcel gracias a las visitas que periódicamente, iba a hacerle, Lise, su mujer. Años más tarde, libe­rado y rehabilitado jurídicamente en 1956, Artur Lon­don utilizó este material para redactar un libro, «La confesión» donde por primera vez se responde, por uno de los protagonistas —de los pocos supervivien­tes— a algo que nunca se pudo comprender: ¿Por qué?, ¿cómo fue posible?

Para explicar todo esto, nuestras ideas de enton­ces, hay que tener en cuenta nuestro tipo de vida, nuestra lucha, la -formación que habíamos recibido… Se nos había educado bajo la confianza total, con una fe incondicional, que nos impedía ver claro este tipo de cosas.

 

La revolución de octubre nos llenaba de esperanza

 

Artur London nació en 1914, hijo de una familia de obreros judíos, ingresó en la Juventud Comunista de Ostrava cuando apenas contaba trece años. A los diecinueve tuvo que exiliarse de Checoslovaquia para escapar de una condena de varios años de pri­sión. El Partido le envió a Moscú, donde permaneció varios años, dedicado a las actividades de la Inter­nacional de Jóvenes Comunistas.

Habíamos llegado al movimiento comunista tras aquella sangría que fue la I Guerra Mundial. Tras la Revolución de octubre, que encarnaba para todos nos­otros la gran esperanza de -fraternidad, de humanismo, de un mundo nuevo. Esta Revolución que contraria­mente a lo que pensaban Lenin y los que le rodeaban, quedó aislada en un solo país atrasado, en lugar de extenderse por toda Europa, por los países industrial-mente más desarrollados, Alemania, Austria…

Enrolado voluntario en las Brigadas Internaciona­les, London permaneció en España hasta 1939, fecha en que se trasladó a Francia. Allí, inmediatamente después de la ocupación alemana, se incorporó a las filas de la Resistencia. Detenido y torturado por la Gestapo, «Gerard»/nombre de guerra de London/es deportado al campo de concentración de Mathausen, donde es nombrado uno de los responsables de los grupos clandestinos.

La Revolución de Octubre, la Unión Soviética, era para nosotros algo extraordinario lleno de esperanzas. Había que defenderla del bloqueo, rodeada como estaba por países capitalistas. Y eso es lo que hici­mos… El enemigo estaba enfrente, había que luchar y vencerle… No teníamos tiempo para estudiar, para analizar y reflexionar. Habíamos perdido el espíritu crítico, la capacidad de dudar. Teníamos una fe in­mensa…

 

El periodo de «guerra fría»

 

TRAS la Liberación, reunido con Lise, la compañera que conoció en Moscú, la compañera de toda su vida, heroína de la Resistencia contra los alemanes en París, London tiene que permanecer varios años en Francia y Suiza, convaleciente de una tuberculosis que contrajo en Mathausen. Instaurado el régimen socia­lista en su país, la dirección del Partido Comunista Checoslovaco le reclama para, en 1949, nombrarle vice-ministro de Asuntos Exteriores.

Tras la II Guerra Mundial, vino la «guerra -fría», la condena de Tito, aprovechada por Stalin para jus­tificar su esquema de la construcción del socialismo, su famosa tesis de la «creciente agudización de la lucha de clases»… Lo que le permitió desencadenar una serie de medidas de represión en la mayor parte de los países socialistas, donde temía que surgieran y se desarrollaran distintos modelos de socialismo, con arreglo a las condiciones, necesidades y tradiciones de cada país. Para así poder aplicar mejor su política de gran potencia.

En septiembre de 1949, Lazslo Rajk, ministro de Asuntos Exteriores de Hungría; en diciembre del mis­mo año Kostov, secretario general del Partido Comu­nista de Bulgaria, son procesados, condenados a muer­te y ejecutados. Las acusaciones, las mismas: traido­res, agentes del imperialismo, saboteadores… El des­arrollo y las características del proceso, idénticos: ambos, junto con sus co-acusados, confiesan sus «crí­menes» y aceptan la sentencia.

No hay que olvidar que todos estos países, excepto Yugoslavia, y de alguna manera Checoslovaquia, de­bían su liberación al Ejército Rojo. El Partido Comu­nista de Rumania no contaba en ese momento más que con 300 miembros… Eso es lo que permitió a Stalin introducir su contrabando anti-socialista y cri­minal.

London comienza a ser inquietado en relación de ciertos contactos mantenidos años atrás con algunas de las personas acusadas ahora de agentes del ene­migo. Aunque mantenido en su cargo, las críticas, las acusaciones más o menos veladas se van a ir acumu­lando. Es sometido a vigilancia policíaca, a pesar, y por encima, de los más altos responsables del aparato de la Seguridad…

Cuando volvimos a Checoslovaquia, sentimos in­mediatamente la creciente influencia de la policía. La continuación, o más bien el desarrollo de los métodos anti-democráticos en el seno del Partido. Por mi parte, poco tiempo después de mi vuelta, comencé a pedir explicaciones, a solicitar que se aclararan todas las dudas que pesaban sobre mí. Lo que ocurría es que ya todo estaba terriblemente deformado: el «cáncer estalinista» había penetrado en el Partido, los méto­dos autoritarios se desarrollaban, los «consejeros» soviéticos habían empezado su obra, las decisiones del aparato de Seguridad prevalecían sobre las de los órganos políticos del Partido… Todos los intentos que yo, como tantos otros, hicimos, resultaron com­pletamente vanos.

 

                                                                                                                                                    Apresado y encarcelado

 

El 28 de enero de 1951, Artur London sale del Minis­terio de Asuntos Exteriores, se dirige hacia su casa, cuando, de pronto, es obligado a frenar bruscamente, arrancado brutalmente de su coche, amordazado y conducido, los ojos vendados y sin explicaciones, a un lugar desconocido. ¿Rapto? ¿Acción de un comando subversivo anti-socialista?

Antes, nos decíamos: «son calumnias de la bur­guesía». O si la prensa de nuestros aliados, incluso algunos camaradas que rompían con el Partido, de­nunciaban tales hechos: «se trata de elementos de mentalidad pequeño-burguesa, sin el necesario espíri­tu de Partido…». Además, ahí estaban las «pruebas», las confesiones de los mismos condenados.

En la cárcel de Kolodeje, primero, en la de Ruzyn después, London va a pasar un largo martirio de seis meses, completamente incomunicado, sin poder dormir y apenas comer, frecuentemente maltratado, torturado también moralmente, hasta conseguir que, al fin, fir­me sus primeras «confesiones». Era el comienzo del engranaje, hábilmente dirigido y supervisado por los consejeros soviéticos, al mando de una pléyade de torturadores, auténticos «inquisidores» del siglo XX…

Había de todo. Uno de los responsables era Kohutek, que ya antes de la guerra, con los alemanes incluso, formaba parte de la policía, como especialista de la represión anti-comunista. Otros eran auténticos tarados, arribistas, oportunistas sin escrúpulos. La tercera categoría eran gentes en principio honestas, en general procedentes de medios obreros, pero deforma­dos políticamente, guiados por principios tales como «el -fin justifica los medios», o «cuando el Partido lo dice…».

Al principio, junto con London, son detenidos un ex ministro de Asuntos Exteriores, varios viceministros y altos cuadros del Estado. Gran parte de ellos, antiguos brigadistas en España. La mayoría, judíos…

La represión se centró fundamentalmente contra los antiguos miembros del Partido, generalmente los más combativos. Por ejemplo, los que habíamos esta­do en las Brigadas Internacionales. En general, gente con experiencia, con mucho prestigio. Acostumbrada a pensar. Un tipo de gentes que era poco apreciada por Stalin, a quien le hacían -falta ineptos, incapaces de pensar por sí mismos…

 

CONOCIDOS, poco a poco, los hechos, confirmados— a partir del XX Congreso del PCUS, corroborados más tarde por los que volvían de Siberia, los que salían de las cárceles polacas, húngaras, alemanas, to­dos estos testimonios dejaban una laguna fundamen­tal. ¿Cómo es posible que estos hombres, comunistas convencidos, militantes desde hacía años, forjados en condiciones de clandestinidad mucho peores hubieran podido sucumbir, aceptar la responsabilidad de unos crímenes que no habían cometido jamás, confesarlo públicamente?

—“Si el Partido, los enmaradas, me han detenido, por algo será…» Claro que no llega a considerarse cul­pable. El mismo hecho de ser detenido. Toda nuestra formación nos incitaba a ello. «Puede ser que objeti­vamente, sin saberlo, haya cometido algún error, in­currido en alguna falta. Es necesario tener una expli­cación con el Partido, que se aclaren las cosas…»

Meses más tarde, pocos días antes del juicio, el ministro de la Seguridad, Bacilek, miembro de la di­rección del Partido, se entrevista con London y le solicita que «colabore» con el Partido, aceptando y reconociendo los hechos que se le imputan…

Fue después de esta entrevista cuando tuve la certeza de que el Partido había ya decidido sobre mí. Aislado, debilitado, sin fuerzas para enfrentarme con los «representantes» de ese Partido al cual había con­sagrado toda mi vida. De ese régimen por cuya ins­tauración había dado tantos años de lucha y sacrifi­cio… El dolor y la impotencia que se sienten en ese momento, no tiene límites.

Slansky, secretario general del Partido Comunista, con cuyo consentimiento han comenzado las deten­ciones, las torturas y los procesos, es, aprendiz de brujo, a su vez detenido y obligado también a confe­sar que es el máximo responsable de la «conspiración trotskista-titoista-nacionalista-burguesa dirigida contra el Estado socialista».

¿Los métodos que seguían? Todos los imaginables. En primer lugar, destrozar físicamente al hombre, ani­quilarle. Con el tiempo, se llega a un momento en que no se puede más… Otros han cedido ya, confesan­do, implicando a los demás… «por lo menos que me dejen dormir, descansar… Ya todo me da igual… En el juicio diré la verdad…».

Imposibilidad material aparte, ya había demasia­das cosas firmadas. El proceso público, donde decenas de «delegaciones» obreras exigen la pena capital, guar­da las formas de la «legalidad» socialista… Donde todos, sin embargo, desde el fiscal hasta los abogados defensores, pasando por el Tribunal, y, claro está, los acusados, se han aprendido de memoria, y ensayado, lo que tienen que repetir, en el tono conveniente…

Los interrogatorios se hacen invocando el nombre del Partido, de Stalin, del comunismo… «Si te portas bien, el Partido lo tendrá en cuenta». Los inquisidores llegaban a prometernos que no nos caerían más de diez o quince años. Cuando se está en manos de la Gestapo, ya se sabe, un militante revolucionario siem­pre puede caer… Son tus enemigos. Estás seguro del apoyo y la solidaridad de tus compañeros que están fuera, en libertad. «Fusiladme y ¡viva el Partido Co­munista!» Pero, ahora, inocente, golpeado por hom­bres que llevan la insignia del Partido, lo que _ se quiere es salvar la cabeza, sobrevivir… ¿Sobrevivir para qué? Para vivir. Y porque, además se piensa «si puedo salvarme, salir con vida, podré explicarme, ha­cerme comprender, decirlo a mi mujer y a mis hijos… Que su padre no es un traidor, no es verdad, a mis camaradas. Incluso si es para dentro de diez o quince años, vale la pena…».

«La verdad es siempre revolucionaria», decía Grarnsci. Con esta consigna como lema, a partir de su libe­ración y posterior rehabilitación, Artur London em­prendió la tarea de desmitificación, denuncia, expli­cación del cómo y por qué de su, de todos, los procesos estalinistas.

La muerte de Stalin fue decisiva. Y con ella, el XX Congreso del PCUS, hito en la historia del movi­miento comunista. Para nosotros fue como si se abrie­ran las ventanas y entrara aire puro. Desgraciada­mente, tras el XX Congreso, que tuvo el inmenso mérito de descubrir ante todas esas aberraciones, de­formaciones y crímenes cometidos durante la vida de Stalin, no se hizo el análisis debido… Poco a poco nos íbamos dando cuenta de que Stalin había muerto, pero el estalinismo no…

 

Me comprometí con un ideal: destruir este viejo mundo

 

«ENERO de 1968. Antonin Novotny —sucesor de Slansky— secretario general del Partido Comunista, Presidente de la República Checoslovaca, es obligado a dimitir de sus responsabilidades. Junto con distin­tos otros dirigentes de los años 50 que continuaban a la cabeza del Estado o del Partido. Apoyados por los pueblos checo y eslovaco entusiásticamente; por una juventud que había descubierto —o recuperado— su vocación política; animados por una parte impor­tante del movimiento revolucionario internacional, que veían en ella una esperanzadora renovación de las perspectivas socialistas del mundo, un equipo de dirigentes comunistas, encabezados por Dubcek, Kriegel y Smrkovsky, intentan llevar a cabo una de las experiencias más fecundas que hayan tenido lugar nunca en un país socialista europeo. Era, lo que se llamó, «la primavera de Praga»…

Era la continuación del XX Congreso, sin cuya realización nunca se hubiera producido. Era su conti­nuación, al mismo tiempo que su desarrollo, con una mayor perspectiva, llegando mucho más lejos en el sentido de profundizar, de enriquecer el leni­nismo…

Fue entonces, en aquel contexto, cuando London se decidió a publicar su obra…

Ha sido mi contribución a ese movimiento. No corno un simple testimonio, sino como la obra de un militante, de un combatiente.

Porque London/¿todavía?/, sigue siendo Gerard, el militante revolucionario…

A la edad de trece años me comprometí con un ideal: el de destruir este viejo mundo. Y pese a todos los sufrimientos, la cárcel, las torturas, sigo siendo fiel a ese mismo ideal. Porque todo lo que me ha sucedido no tiene para mí relación con él. Porque ahí sigue ese mundo con el que hay que acabar. Yo soy solidario de los que luchan en el Vietnam, en América Latina, en tantas otras partes, bajo la ban­dera del socialismo…

Símbolo de esa generación de revolucionarios que engendró la Revolución de octubre, Artur London lo es también, si cabe, de las últimas vicisitudes del movimiento comunista. Puesto que todavía tenía que pasar por otra situación, «peor quizá desde el punto de vista moral que las anteriormente vividas: la pri­mera agresión en la historia del movimiento obrero contra un país socialista, por otros países socialistas. Contra un país socialista culpable de haber querido recuperar la confianza de sus pueblos en el socia­lismo».

 

DOS años más tarde, ahora, en París, se ha estre­nado la película basada en su obra, «L’aveu». Encargada al director griego Costa Gavras (el del in­menso éxito de «Z»), con el acuerdo de London, por la Unión Cinematográfica Checoslovaca, cuando iba a comenzar el rodaje fue negado el permiso por las autoridades de Praga. Rodada definitivamente en Fran­cia, adaptada por Jorge Semprún e interpretada por la pareja Montand-Signoret, su estreno ha originado una áspera polémica, en la que los principales portavoces ideológicos de la izquierda francesa han tomado pos­tura. El órgano del Partido Comunista Francés, «L’Humanité», es tajante en su comentario: «De un libro que pretendía ser comunista, se ha hecho una película anti-comunista…», acusando a los adaptadores de ha­ber introducido en la película concepciones «pequeño-burguesas» de los problemas de la libertad y de la democracia, así corno «románticas de la lucha revo­lucionaria…».

Claro que la adaptación exige ciertas simplifica­ciones, todo no se puede decir en una película… Se ha escogido el aspecto más político del problema: el engranaje del proceso. Creo que han hecho bien, teniendo en cuenta la actual situación en Checoslova­quia… Porque, en el fondo, todo sigue igual, seguimos luchando por un socialismo auténtico, por un humanismo socialista, quintaesencia del marxismo… La pe­lícula es fiel al espíritu del libro, aportando su men­saje a un público mucho más amplio: la lucha contra el estalinismo, bajo todas las formas como se pre­sente…

¿Anti-socialista?, ¿Anti-soviética? London replica:

¿Sirve mejor al socialismo aquel que se calla ante los crímenes del estalinismo, dejando así que se con­firme la visión del socialismo que dan sus enemigos? ¿O es más positivo que sean los propios comunistas quienes con audacia, analicen abiertamente los errores del pasado con el objetivo de corregirlos, y ganar así, o recuperar, la confianza de las masas? No me parece justa esa idea tan arraigada entre muchos comunistas de que «más vale lavar la ropa sucia en casa…». Hay que plantear los problemas ante las masas, tener con­fianza en ellas, en el socialismo y en sus ideas…

Praga, mayo de 1970. El proceso de «normalización» prosigue. Los dirigentes de la «primavera» son desti­tuidos, expulsados del Partido, después de haber sido obligados a hacerse la autocrítica. Se comienza a ha­blar de procesos políticos/ La confesión es la forma superior de la autocrítica…» decía un inquisidor de los años 50. .El Ejército Rojo, los liberadores de anta­ño, ocupa con 100.000 hombres el pequeño territorio checoslovaco. En las calles de Praga, todavía se puede leer: LENIN, DESPIERTA. ¡SE HAN VUELTO LOCOS!

¿Quién es Vlady? -y por qué es importante saberlo- (Claudio Albertani, 2008)

Reelaboración de una plática ofrecida a los estudiantes de la carrera de Arte y patrimonio cultural en el plantel Tezonco de la Universidad Autónoma de la Ciudad de México (UACM) el 27 de junio de 2008. La idea del título me surgió de un folleto de J. Hoberman, “¿Quién es Victor Serge …Y por qué tenemos que preguntar?” cuya publicación Vlady auspició en los años 80.

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