Carta a las generaciones futuras (Nikolái Bujarin, 1938)

Abandono la vida. Al inclinar la cabeza, no lo hago ante el hacha proletaria, que debe ser implacable, pero pura. Siento mi impotencia ante la máquina infernal que, recurriendo sin duda a métodos medievales, dispone de una fuerza titánica, fabrica calumnias organizadas desvergonzadamente y con seguridad. Leer artículo «Carta a las generaciones futuras (Nikolái Bujarin, 1938)»

Los nuestros: Alberto Aranda (Wilebaldo Solano, 1997)

Semblanza publicada originalmente en Iniciativa Socialista nº 45, junio de 1997, e incluida en el libro de Wilebaldo Solano El POUM en la historia

El 6 de abril falleció en Madrid, donde vivía después de un largo exilio en Francia, Alberto Aranda, obrero mecánico del «Metro» madrileño y militante ejemplar del POUM. Tenía 92 años y nos parecía que iba a seguir viviendo porque su sola presencia, cordial y estimulante, nos impresionaba a todos sus amigos y compañeros. Hablar y bromear con Aranda era siempre un placer. Como lo pudimos comprobar, una vez más, en los actos que se realizaron en Madrid en Junio de 1995 para celebrar el triunfo de Tierra y Libertad, el magnífico film de Ken Loach.

Aquella noche, Aranda contó muchas anécdotas de su vida militante y yo sugerí que se le hiciera una larga interviú filmada sobre sus actividades en los momentos más importantes de las luchas del POUM (guerra civil, represión stalinista, clandestinidad bajo el fraquismo) ,en los que Aranda estuvo siempre en primera línea. Fue de los mejores en todas las misiones que le confió el partido. En fin, tengo entendido que mi sugestión se aplazó demasiado.

En Julio de 1935, Aranda intervino en las luchas de Madrid para aplastar a los militares sublevados y en seguida participó en la organización de la Columna Motorizada del POUM de Madrid mandada por el vasco-argentino Hipólito Etchebehere. Esta columna combatió en: el frente de Sigüenza con el Batallón Pasionaria en aquellos días de euforia unitaria «en que todos parecíamos unos» en el gran combate. La propia Pasionaria, tan sectaria después, le había dicho a Hípólito que «ahora no hay más problema que la lucha común contra el fascismo». Hipólito murió poco después al frente de su columna, como otros mílícianos del POUM de Madrid y de Extremadura.

Las misiones especiales de Aranda

Aranda se ocupó al principio de instruir a los milicianos recién reclutados en el manejo de las armas. Pero cayó herido en la catedral de Sigüenza y fue evacuado a Madrid y luego a Barcelona. Poco tiempo después se incorporó a las milicias del POUM del frente de Aragón. Cuando se desencadenó la represión stalinista impuesta por Moscú y se produjo la disolución de la 29 División que mandaba Josep Rovira (episodio reconstruido en Tierra y Libertad por Ken Loach) se creó una situación muy especial para los combatientes del POUM en los diversos frentes.

El POUM estaba en ilegalidad y no podía disponer de unidades militares. La directiva general fue que los oficiales y soldados poumistas se presentaran en los centros de reclutamiento, donde en principio tenían que ser distribuidos en diversas unidades «según sus méritos». Indalecio Prieto, ministro de Defensa, liberó a Josep Rovira, jefe de la 29 División y garantizó que los oficiales poumistas nombrados por el Ministerio conservarían sus funciones. Crescenciano Bilbao, subsecretario de Defensa, garantizó tambien los nombramientos de comisarios políticos. Pero los primeros combatientes del POUM que se presentaron en los centros de reclutamiento o en los mandos de las Divisiones fueron rechazados o detenidos. Algunos de ellos, como el Comisario Hervás y los maestros Trepat y Xuriguerra fueran asesinados.

Ante esta situación, que, como era natural, provocó una campaña de denuncia de tales crímenes en nuestra prensa clandestina (La Batalla, Juventud Obrera y demás), el Comité Ejecutivo del POUM decidió nombrar una comisión encargada de la «cuestión militar» (Rovira, Arquer, Solano). Esta comisión se puso en relación con los organismos dirigentes de la CNT-FAI, de la Izquierda Socialista (Largo Caballero, Zancajo) y de la prensa no sometida al stalinismo. Sin grandes problemas, llegamos a un acuerdo para que los combatientes poumistas se incorporaran a las Divisiones y Brigadas mandadas por cenetistas y socialistas de izquierda y, a veces, prietistas. De esta manera salvamos de situaciones difíciles a centenares de compañeros. La tarea resultó más fácil gracias a la acción personal de Pedro Herrera, secretario de la FAI, y de Crescenciano Bilbao, y al trabajo excepcional de un pequeño equipo animado por Alberto Aranda, que hizo el enlace entre el C.E. del POUM y los núcleos del POUM dispersos en las unidades militares de los frentes. Aranda y sus adjuntos mantenían la relación, establecían contactos, difundian nuestra prensa y nos traían las informaciones y la temperatura que prevalecía en los frentes. Más de una vez pasamos momentos de angustia al comprobar que Aranda no volvía en las fechas previstas y al pensar que podía haber caído en una trampa del SIM ruso-stalinista. Pero la cosa funcionó bien hasta la caída de Barcelona.

Enlace en la frontera de los Pirineos

Este episodio, que es quizás el más importante de la vida de militante de Alberto Aranda y que, como me decía recientemente un amigo, podría facilitar un material fabuloso a cualquier novelista con un poco de imaginación, no es el único digno de consideración y exaltación. En los años 40-50 (segunda guerra mundial y caída del fascismo en Europa) el POUM, solo o en contacto estrecho con los primeros grupos de la Resistencia francesa mantuvo diversos servicios de enlace entre Francia y España. Tanto para sacar de España a antifranquistas perseguidos como para ayudar a pasar a España clandestinamente a los antífascistas y revolucionarios acosados por la Gestapo y la policía de Vichy. Pero, con todo, la tarea esencial fue la relación y el trabajo ilegal de las organizaciones emigradas en Francia con las primeras fuerzas que iniciaron la resistencia al terror franquista en 1939-1942 en Barcelona, en Madrid y en Asturias. El POUM se reconstruyó muy pronto y una pequeña vanguardia heroica logró denunciar el propio asesinato de Lluis Companys mediante un periódico especial escrito en la Cárcel Modelo de Barcelona y difundido en condiciones increibles.

Alberto Aranda, exiliado en Dijon tras haber logrado salir del campo de concentración, se ofreció en seguida al C.E. del POUM para incorporarse al servicio de enlace con España que dirigían Luis Roc y Ramón Bitriu, un militante leridano injustamente olvidado. Su oferta fue aceptada sin vacilaciones porque todos conocíamos las cualidades de Aranda: experiencia, valor acreditado, sentido de la responsabilidad, afán de ser útil en las misiones más audaces y arriesgadas, fidelidad al POUM calumniado y perseguido por múltiples adversarios. Y casi no es preciso decir que Aranda estuvo a la altura de las circunstancias en todo momento durante varios años. A él se le confió todo lo más delicado y peligroso. Las fuerzas de represión atacaron a nuestro servicio, asesinaron al compañero Franquesa en Barcelona, nos obligaron a interrumpir misiones de otros camaradas. Aranda siguió siempre en su puesto hasta el momento en que consideramos que era mejor que se replegara a Dijon, donde siguió trabajando como mecánico y militando como poumista. Luego vino su jubilación en Ceret y su regreso a Madrid, en donde se incorporó a la Fundación Andreu Nin y tuvo la suerte de pasar los últimos años de su vida -los años de Operación Nikolai y de Tierra y Libertad, de la gran rehabilitación histórica del POUM- con jóvenes camaradas que le respetaron y estimaron y que no le olvidarán. Era un hombre sencillo, bueno, jovial, que inspiraba la consideración y la simpatía.Y fue un gran militante del POUM.

Mis memorias. Aquilino Moral

Aquilino Moral es una figura muy importante del movimiento obrero asturiano, cuya historia a lo largo del siglo veinte está estrechamente unida a su vida. Aquilino fue un gran dirigente histórico de la CNT, a la cual perteneció hasta su muerte. También estuvo vinculado al Bloque Obrero y Campesino y al POUM, con el mantuvo una importante colaboración durante la dictadura franquista. Para la Fundación Andreu Nin es un gran honor poder publicar estas memorias como forma de rendirle un merecido homenaje.

El texto de Aquilino tiene la forma y la naturalidad propia de un obrero autodidacta. La actual edición digital mantiene la vivacidad expresiva del autor, habiendo efectuado las correcciones estilísticas que se han considerado imprescindibles para facilitar su lectura, sin afectar a su contenido y sin que se perdiera, en ningún momento, su tono original. Las modificaciones introducidas por el editor aparecen entre corchetes. También se han incluido algunos títulos adicionales respecto de fragmentos de las memorias.

Mi nombre es Aquilino Moral Menéndez, nací en La Felguera, concejo de Langreo (Asturias), el día 5 de agosto de 1893. Mi padre era de Aramil, en el concejo de Siero, el cual de muy joven tuvo que salir del pueblo que le vio nacer, para ganarse el pan de cada día. Se colocó desde el primer momento en la Sección Fábricas de Duro Felguera, donde ganó desde once reales hasta siete pesetas, cantidad esta última que le pagaban en el año 1920, cuando falleció a la edad de 66 años. En la fabrica citada conoció a mi madre, que era natural de Lada, pueblo éste próximo a la Felguera, con la cual contrajo matrimonio, de cuya unión nacieron cinco hijos; yo [fui] el último de ellos.

Me quedé sin madre cuando contaba solamente cuatro años, pero mi padre se casó por segunda vez y, en menos de un año, quedó nuevamente viudo. Cuando se casó por tercera vez, yo aún tenía seis años. De este tercer matrimonio nacieron dos hijas. Una de ellas, cuando tenía cinco años, murió carbonizada con el fuego de la cocina del hogar familiar; y la otra murió en Rusia en el año 1972, país para el cual se evacuó en el año 1939 para liberarse del fascismo que en la citada fecha se apoderó de España. De las dos hijas de mi madre natural, la que aún vive sufrió duras consecuencias de la guerra civil española, pues, en los primeros momentos de la lucha, los fascistas le asesinaron un hijo, alegando para justificar tal fechoría que aquel, en la escuela donde era maestro, obligaba a sus alumnos a cantar la Internacional.

Cuando nació mi última hermana, hija de mi tercera madre, en el año 1901, mi padre tenía un jornal diario [por] doce horas de trabajo, de tres pesetas y cincuenta céntimos. Dicho salario tenía que hacer frente a las necesidades de un matrimonio con cuatro hijos que además tenía que abonar una renta para la vivienda. Ante tal apurada situación, por semejante miseria, un aumento de los ingresos era vital; y así mi hermana primera, después de algunas gestiones de mi padre, logró conseguir colocación, en el lavadero de carbón de la mina «El Fondón», y la segunda se colocó de sirvienta en casa de unos familiares de mi tercera madre. Al disponer del sueldo de las dos hermanas mayores, yo pude ir a la escuela (tenía ocho años) y ello sucedió durante un corto tiempo. Dicha escuela era gratuita, lo cual hizo [posible] mi incorporación a ella, el no pagar era debido a que para la instalación había estado pagando mi padre, al igual que los demás obreros de Duro-Felguera, veinticinco céntimos mensuales, los cuales eran descontados en taquilla el día de la paga, en las oficinas de la citada empresa. Sociedad ésta que fue quien patrocinó la labor escolar que era y sigue siendo regentada por los religiosos de la orden de La Salle. Recién inaugurado el referido colegio, tuve la ocasión de presenciar la visita que al mismo hizo el rey Alfonso XIII que estaba […] recién casado con Victoria Eugenia.

El periodo escolar fue para mi muy corto. El mísero jornal que ganaba mi padre obligó a que yo tuviera que dedicarme a alguna actividad con la cual se pudiera reunir algún ingreso que sirviera de ayuda al exiguo salario de mi padre, […] [a] la edad de 10 años. Primero me dediqué a «rebuscar» carbón en las escombreras de las minas y también en el río donde desembocaban las aguas de los lavaderos que siempre tenían algunas pérdidas aprovechables. Vendía los 50 kilos del negro mineral, a una peseta cincuenta céntimos, por cuyo beneficio los más de los días estaba desde las seis de la mañana hasta las seis de la tarde. En aquellos tiempos la jornada de los obreros del exterior de las minas era en tiempo de verano de 12 horas, la de los del interior de la mina de l0 horas. Para los primeros el jornal era de 3,25, [para] los del interior era de más de 5 pesetas.

Cuando yo tenía 12 años de edad, empecé a trabajar en obras particulares, asistiendo albañiles. El primer sueldo que me pagaron por tal servicio fue de 0,75 por jornada de 12 horas. Tan mal trato fue el que recibí en la asistencia a albañiles que mi aversión al ramo de la construcción siempre fue grande. Cuando tenia 15 años de edad, mi padre que ya hacia 30 años que trabajaba en fábricas de Duro-Felguera consiguió colocarme en dicha factoría, siendo 2 pesetas el sueldo que me pagaron durante dos años por una jornada de 12 horas diarias, el trabajo era a turnos y cada quince días se hacia una doble, entrando a las seis de la mañana de domingo para salir a las seis de la mañana del lunes con cuatro pesetas ganadas.

Cuando empecé a interesarme por la cuestión social

Ya en los primeros momentos de mi ingreso en la fábrica mencionada cuando ví en los días de paga, y [en los días siguientes] a tal fecha, dar unos recibos cuyo importe […] era de 0,60 céntimos pronto pregunté el objeto que tales documentos tenia y […] pedí que se me hiciera socio, [la] cuota para mi era de 0,30 céntimos mensuales; […] la entidad era Sociedad «La Justicia».

La prensa obrera más conocida en la fecha […] era la “Aurora Social”, órgano de la Federación Socialista Asturiana la cual se editaba en Oviedo y “Acción Libertaria” que aparecía semanalmente en Gijón, (…) que era hecha por un grupo de elementos ácratas, siendo los más destacados (…) Eleuterio Quintanilla, Pedro Sierra y Marcelino Suárez. La lectura de los mencionados periódicos sirvió para que pronto me iniciara en la lucha por el progreso y la libertad.

La organización obrera felguerina, desde su constitución el año 1900 hasta el año 1917 estuvo constituida a base de sociedades de oficio y hasta el año 1911, estuvo bastante influenciada por elementos republicanos. En el año 1911 se avecinó en La Felguera José María Martínez, quien hubo de marchar de Gijón por un suceso ocurrido con motivo de una huelga. El citado elemento pronto consiguió (…) que aumentara la influencia del anarcosindicalismo en el movimiento obrero felguerino. Los republicanos cuando estaban en los puestos directivos del Centro Obrero «La Justicia» ponían todos los inconvenientes que podían a la propaganda anarcosindicalista. Un día en el año 1911, después de una asamblea muy reñida por la defensa de un compañero que la dirección de la Duro había […]despedido del trabajo; unos cuantos compañeros de los que entendían que era necesaria la creación de un grupo específico que se encargara de orientar el movimiento obrero en sentido anti-republicano, trataron de celebrar una reunión con tal objeto en el local social y no […] les fue permitido. Por indicación de José María Martínez, nos fuimos un centenar de compañeros […] a un prado en un lugar que llaman Ladreo y allí bajo la luz de las estrellas (ya eran las once de la noche) discutimos ampliamente sobre la necesidad del grupo específico, terminando con el acuerdo de crear un Grupo Sindicalista el cual a las pocas semanas contaba con un número grande de adheridos. Las charlas que el Grupo Sindicalista organizaba con frecuencia a base de elementos preparados como José Maria Martínez, Jesús Rodríguez y otros, influyeron bastante en mi preparación y cuando tenía 16 años de edad ya aceptaba el tomar parte en comisiones que tuvieran por objeto el resolver asuntos que afectaran al mejoramiento de la situación de los trabajadores. En la edad señalada, la primera vez que tomé parte en una reunión en la cual se ventilaba un asunto de mejora salarial fue para reclamar una prima, que se les daba a una parte de los trabajadores del departamento, taller de hornos altos, y nos dejaban sin ese beneficio a otra parte del mismo servicio. De mi intervención en la asamblea para la finalidad citada pronto tuvo conocimiento el jefe del departamento de hornos altos, [a] quien tan mal le sentó lo expuesto por mí que el día siguiente de la asamblea no ocultó su desagrado delante de mi padre, que era maestro en el horno, a quien le manifestó que «el Centro obrero no debía de tomar en consideración las opiniones de jóvenes como yo».

Mi actividad sindical e ideológica se redobla a partir del año de 1912

En agosto de 1912 surgió una huelga en Sección Fábricas de Duro-Felguera [que] tuvo de duración 6 meses, terminando con la derrota de los trabajadores. Al salir la empresa triunfante, la dirección no se conformó solo con no dar nada de las peticiones que habían motivado el conflicto sino que para la reanudación del trabajo en la industria eligió entre los trabajadores que se habían declarado en rebeldía igual que de si fruta se tratara, fue una selección espantosa la que los Urquijo y compañía hicieron en nombre de dios, a quien iban adorar diariamente a la iglesia.

Yo fui uno de los señalados para la selección. Muchos de los represaliados se fueron a otros lugares en busca del pan de cada día (algunos al extranjero) y los que quedamos en La Felguera en su mayor parte no hemos tenido mas remedio que ir a trabajar a la mina, trabajo que nos era completamente desconocido. Yo estuve durante siete años trabajando en el interior de la mina con nombre supuesto, pues el grupo minero donde conseguí el trabajo pertenecía a Duro- Felguera y como la dirección de ésta se había formado el propósito de sitiar por hambre a quienes habían sido seleccionados de fábricas por la huelga de 1912, tenía dadas ordenes para que se rechazara nuestra solicitud.

Al ser obrero de minas era lógico el que ingresara en «El Despertar del Minero», organización sindical que había sido creada en el año 1906, en la que figuraron como dirigentes en sus primeros tiempos Belarmino Tomás, Ovidio Montes, Frutuoso Rebolledo, Baldomero García, José Bárzana y José Ramón Fernández, y ella era orientada con arreglo a los principios de mi ideología pues [en] el Sindicato Minero Asturiano, que fue organizado posteriormente a «El Despertar», tenían predominio los elementos socialistas. Después del año 1912 «El Despertar del Minero» existió durante corto tiempo, pues la oposición de los pertenecientes al Sindicato dirigido por Manuel Llaneza, cuyo organismo contaba en su seno con una [gran] mayoría de los trabajadores de las minas, nos obligó a dejar aquel inactivo, ya que incluso se llegó hasta el extremo de hacer huelgas en algunos grupos mineros por parte de los pertenecientes al Sindicato socialista pidiendo el que no se nos dejara trabajar si no accediamos a ingresar en el Sindicato que estaba adherido a la UGT. Ante la imposición de la fuerza tuvimos que rendirnos y (…) contra nuestra voluntad estuvimos hasta el año 1915, fecha en que los dirigentes del Sindicato Minero Asturiano hicieron una petición a la Patronal Minera consistente en que ésta diera para el Sindicato 25 céntimos por cada tonelada de carbón que se arrancara. El que los mineros se vieran privados de una mejora salarial que buena falta les hacía para hacer frente al costo de la vida, provocó un gran descontento que nosotros aprovechamos para hacer un manifiesto muy bien razonado, poniendo a la terminación del mismo una convocatoria en la que se invitaba a los obreros mineros a una asamblea, que tuvo lugar en el Centro Obrero «La Justicia», en donde después de una amplia y razonada discusión se procedió al nombramiento de un Comité provisional que se encargara de la redacción de unos estatutos por los cuales se regiría el nuevo Sindicato Minero cuyo título […] era: “El Porvenir Social”. En los primeros momentos [tuvimos]un éxito en la creación del nuevo organismo, pero a medida que se producía el olvido –en [aquellos cuyo]descontento lo había motivado única y exclusivamente los céntimos que los elementos socialistas les habían llevado para beneficio de sus intereses de partido-, los adheridos a “El Porvenir Social” fueron disminuyendo hasta llegar a una situación en que el continuar con la escisión podía ponernos en las condiciones en que hubiéramos estado cuando tuvimos que disolver ”El Despertar del Minero”. En ataques contra nosotros no faltaron los socialistas que no eran del Sindicato Minero pero sí beneficiados con los 25 céntimos de cada tonelada de carbón (fue cuando compraron la imprenta donde se llegó a hacer “Avance” y que ello se decía propiedad del partido), llegando hasta presentarnos como aliados de los elementos reaccionarios, justificando tal acusación por haber sido imprimido el manifiesto de que hice mención, en la imprenta donde se editaba el periódica de derecha “El Pueblo Astur”, hecho que sucedió así porque en el citado diario trabajaba como maquinista de la rotativa un compañero nuestro.

Con la derrota sufrida por los metalúrgicos de Duro-Felguera en […] 1912 quedó la organización obrera felguerina bastante quebrantada, pues era la citada factoría la que antes de la huelga daba la totalidad de los trabajadores organizados. A pesar de suceder lo que dejo señalado, […]los anotados por los representantes de la Duro como indeseables y que [quedamos] en la Felguera mantuvimos el fuego sagrado de la lucha, no olvidando ni un solo momento a aquellos que la habían traicionado. Para que los traidores no fueran olvidados y en tiempo oportuno llevaran el pago merecido, todos los años al llegar las fiestas de San Pedro hacíamos un manifiesto en el que recordábamos la lucha sufrida y se señalaban los nombres de los individuos que habían sido esquiroles en la huelga que tuvo 6 meses de duración. Hubo un tiempo en que eran varios los compañeros que había con la preparación que era necesaria para redactar el manifiesto, pero llegó el momento de que aquellos se fueron para otras localidades por razones de mejor situación y me quedó a mi la misión de tal labor.

Fue el año 1915 cuando yo redacté el manifiesto en cuestión, me costó bastante trabajo el redactarlo pero, aunque algo deficiente, el manifiesto salió y yo mismo me encargué del reparto en una gran parte de la villa felguerina sin dejar de hacerlo en uno de los bares de los que tenían el boicot, del cual tuve que salir al instante para no ser linchado por los esquiroles que allí se encontraban. La imprenta donde se hizo el manifiesto estaba instalada en un lugar de la calle Dorado de Sama de Langreo y la máquina donde fue tirado tenia que ser movida por una manivela, labor en la cual tuve que participar si [quería] que el manifiesto saliera [en] la fecha con la oportunidad precisa, ya que el impresor era un hombre de una edad a la que no se le podía pedir un gran rendimiento. El referido tipógrafo, que respondía al nombre de Gaspar Betegón, como su condición de ventajista no tenía en la Confederación campo apropiado, llegó a ser un anti-cenetista cien por cien, condición que le sirvió para que a pesar de su situación de patrono le dieran el ingreso en una organización que decía ser anti-capitalista.

Motivo de mi primer encarcelamiento

En el año 1915 en una reunión del Grupo Sindicalista fui nombrado corresponsal del semanario “La Voz del Obrero” que salía en La Coruña como órgano de la organización afecta a la Confederación Nacional del Trabajo en la región galaica. Mi misión era distribuir entre los militantes los 90 ejemplares que traía el paquete, recoger el dinero [del] importe de los mismos y enviarlo a La Coruña. De la cuestión literaria estaba encargado un compañero muy bien preparado llamado Jesús Rodríguez, que creo haya fallecido en Mendoza (Argentina). Un día además del paquete de “La Voz del Obrero” llegó otro paquete hecho con otro formato que [me llamó] la atención al recogerlo en correos, viendo una vez quitado la envoltura escasa que era un manifiesto de gran tamaño, lo leí y su contenido me llenó de gran satisfacción porque […] ya desde muy joven no [simpaticé] nunca [con] el militarismo; era un documento anti-militarista que estaba muy bien razonado. Sin detenerme nada, del paquete recibido hice unos cuantos paquetes chicos y me fui con ellos a casa del conserje del Centro Obrero (este estaba clausurado) y a uno de los hijos de aquel le entregué los paquetes con el ruego de que el los distribuyera entre sus amigos y ambos los repartieron por la villa felguerina. El manifiesto fue repartido profusamente pero no dejó de enterarse la guardia civil, [que], al instante, pudieron conseguir de los chicos que quien les había dado los manifiestos fue Aquilino Moral. El mismo día en que fue repartido el manifiesto a las dos de la mañana se presentaron tres guardias en el domicilio de mis padres, […] en el cual yo residía y, después de un registro en la casa que duró mas de una hora, me mandaron que les acompañara. Estaba una noche malísima, caía nieve en cantidad y el frío era intenso. Mi pobre padre que creía que su avanzada edad y lo tempestuoso de la noche serviría para ablandar el corazón de los guardias y [que] estos me dejarían libre, caminó detrás de mi dando lugar a que uno de ellos le dijera: «váyase usted para casa que nosotros solos nos bastamos llevar a su hijo». No les hizo caso y se fue hasta el Ayuntamiento en cuyos calabozos del mismo fui encerrado. Mi padre permaneció debajo de los arcos de la casa consistorial y una vez llegado el día fue a ver a un familiar [del] que sabia de su amistad con el alcalde, persona que podía hacer algo en mi favor. La situación no era de mando del poder civil, pues estaban suspendidas las garantías constitucionales en España y el poder de la plaza estaba en manos de un comandante del ejército. A pesar de la situación, el familiar en cuestión visitó al alcalde y éste fue a ver al comandante militar, el cual tenía a la vista en su mesa el manifiesto. A la petición de la primera autoridad civil del concejo pidiéndole que me disculpara por mi corta edad, el comandante contestó que el delito era para ser fusilado y más en esta situación en que están suspendidas las garantías constitucionales en el país.

Confieso que [había] realizado un acto propio de un ingenuo. Primero por haber hecho circular un manifiesto de tal calidad en momentos en que el poder central tenía declarado el país en situación de alarma -por el descontento que se venía manifestando en las Juntas Militares de Defensa, cuya cabeza mas visible […] era el coronel Márquez-, y al haber dado el manifiesto para su reparto a unos muchachos de muy corta edad. A pesar de la «gravedad» recobré la libertad a las veinticuatro horas de ser detenido.

Tal recuerdo me ha quedado del hecho que he citado que, en una ocasión, un amigo que residía en la capital de Lugo me invitó a su casa y al estar en el citado lugar me dio la idea de ir a La Coruña solo por ver si podía encontrarme en [un] lugar para mi inolvidable. Lo he conseguido, y una vez estando en una larga calle de La Coruña pregunté a un guardia municipal por la calle Socorro, contestándome aquel que ya no existía tal calle y a continuación me dio el nombre que tenia actualmente la calle por la que yo preguntaba, caminé y cuando me pareció pregunté a un joven por la calle cuyo nombre me dio el guardia y le dije que necesitaba ver el numero tres, llegamos al lugar por mi deseado y me dice el joven este es el número que no cambiaron de cuando era calle Socorro. Le pregunté al joven que si sabia por quien estaba ocupado el edificio donde estaba el número 3 y me contestó que por Falange y que antes de la guerra civil el piso lo ocupaban los sindicatos de los trabajadores y que en el bajo había una imprenta en la que se hacia un periódico llamado “Solidaridad Obrera”. Le di las gracias al joven, de quien marché agradecido por haberme ayudado a saber el lugar de donde salió lo que motivó mi primer encarcelamiento. Le di las gracias a quien me había servido de guía y allí estuve como media hora contemplando aquella casa y recordando a José Villaverde, Jesús Arenas, Juan No, Constancio Romeo, y muchos otros que entre aquellas paredes [habían] trabajado por la libertad y hoy estaban en poder de quienes llevaron a España al retroceso de unos cuantos cientos de años.

La primera vez que escribí en un periódico

Los socialistas que después de la huelga de 1912- en la que diré de paso, no se han portado nada bien en lo que respecta a la solidaridad- ponían gran empeño en conseguir en La Felguera adeptos para su causa creyendo que la derrota sufrida en la heroica lucha de seis meses que llevaría a los trabajadores felguerinos a cambiar la táctica, «equivocada», según la juzgaban los discípulos de Pablo Iglesias, por la preconizada por los caballeristas. Con el fin de conseguir su objetivo, un día del año 1916 la media docena de simpatizantes con que contaba la UGT en La Felguera se les ocurre organizar un mitin que habría de celebrarse en un lugar céntrico de la citada localidad. Los trabajadores felguerinos que en su gran mayoría nunca dejaban de acudir a los actos que se celebraran de propaganda social, pronto llenaron el amplio local donde tendría lugar el acto.
Eran tres los oradores señalados para hacer uso de la palabra, dos de, ellos hablaron sin tener la menor interrupción pero al comenzar Wenceslao Carrillo (padre de Santiago Carrillo), su peroración, […] elemento [que] no decía en los actos donde tomaba parte cuatro palabras que no fuera molestando a los de ideología contraria a la suya, surgió un griterío que no cesó hasta que el presidente del acto dio por terminado aquel. Alguien de los que interrumpieron no se conformó [con] que Wenceslao Carrillo no hablara, sino que al salir aquel por la puerta del local donde se hubiera organizado el mitin le dio una patada. Como yo estaba cerca de donde Wenceslao Carrillo sufrió la agresión, tal vez aquel me confundió y cuando los periodistas en Gijón le hicieron preguntas sobre el incidente de La Felguera, Carrillo contestó: «todo podía tener disculpa menos la agresión de que fui victima, a cuyo extremo llegó el sindicalista Aquilino Moral». De los tres periódicos que por aquel entonces aparecían en la villa de Jovellanos solo «El Comercio» publicó lo dicho por Carrillo a cuya falsa acusación contesté, pidiendo en nota aparte al director del periódico el que mi defensa fuera publicada en el lugar destacado en que fue publicada la falsa acusación. Mi petición fue cumplida y la opinión asturiana quedó enterada de que yo, ni en los principios de mi juventud, padecí el error de querer ventilar con el procedimiento de la violencia la diferencia ideológica que hemos heredado de Carlos Marx y Miguel Bakunin.

La primera guerra mundial y la opinión de los anarquistas

Cuando surgió la primera guerra mundial en el año 1914 […] dio lugar a que en el campo anarquista se manifestaran dos opiniones diferentes, yo a pesar de estar en periodo de iniciación en la lucha social, después de ver expuestas las opiniones de los del grupo “Tierra y Libertad” que se editaba en Barcelona, y que era el de lucha contra toda guerra que no fuera la social, y la de la fracción de Kropotkin, Malato, Juan Grave, Ricardo Mella, Eleuterio Quintanilla y otros mas, pronto di mi adhesión a la opinión de los últimos porque vi que en efecto estaba justificada la simpatía kropotkinista por la causa de los aliados que representaban la libertad y el progreso que las botas de los germanos querían pisar de forma que no resucitara más. Si, no participaba de la opinión de los anarquistas que aplaudieron a un tal Vicente García quien desde su residencia de Londres llamó traidor a Pedro Kropotkin por entender éste que había que reformarse si no se quería perecer. También he condenado la acusación que se hizo contra el anarquismo en general por la postura de aquél contra toda clase de guerras hechas por regímenes capitalistas. Y se llegó a la calumnia contra quienes he juzgado equivocados, porque los elementos al ver la postura de una parte del anarquismo español creyeron, llegado el momento, de mandar a España un equipo de su numerosa banda de espionaje que hicieron por conseguir de los elementos más destacados del anarcosindicalismo catalán, el que éstos aceptaran grandes cantidades de dinero que les permitiera la publicación de revistas y periódicos, cuyo objetivo […] fuera el de hacer campaña antiguerrera para que España mantuviera su neutralidad, ya que los alemanes estaban convencidos de que nuestro país no intervendría en la lucha a favor de ellos. Con tal fin, elementos del espionaje se entrevistaron de forma separada o bien sea, un día con uno y otro día con otro, con Ángel Pestaña, Salvador Seguí, Francisco Miranda, José Negre, Francisco Jordán, José Rueda López y otros más; este último y Francisco Jordán, qué era por aquel entonces secretario del Comité Nacional de la CNT, asintieron favorablemente a la propuesta de los del espionaje y cuando lo presentaron en la Organización fue puesto al margen de la misma y si bien Jordán llegó a ser reivindicado (cuando los del «Libre» lo asesinaron ya estaba de nuevo en la secretaria de la Confederación) Rueda López quedó expulsado y nunca más figuró en los medios confederales. Los demás elementos señalados todos dieron el no a la propuesta de los germanos. Todos silenciaron lo de la propuesta que se les hizo menos Salvador Seguí, que al día siguiente de la visita publicó en “Solidaridad Obrera” un articulo cuyo titulo del mismo era: “Una entrevista con el diablo” y en el cual señalaba, con todo detalle, el objetivo que perseguía el espionaje alemán que pululaba por las calles de la ciudad condal.

Por motivos de la opinión antiguerrera siguió la campaña de descrédito del anarquismo y en el año 1916 un periódico cuyo titulo era «El Parlamentario», el cual se editaba en Madrid, publicó una serie de artículos firmados por un tal Pascual en los cuales afirmaba que «el anarquismo español estaba al servicio del espionaje alemán». En esa ocasión tampoco los anarquistas se quedaron en silencio. Un día los grupos específicos de Barcelona se reúnen y nombran a uno de los reunidos para que vaya a Madrid a pedir al director del periódico “El Parlamentario” que demuestre las acusaciones que contra el anarquismo venía haciendo el diario por él dirigido. El director en cuestión contestó que quien hizo los artículos a que se refería el visitante, que era un joven que en aquel momento no se encontraba en la redacción. Ricardo Fornell, que era el delegado a quien confiaron tal misión los grupos anarquistas de Barcelona, [al] director del periódico ya señalado le propuso […] la organización de un acto público donde hablara el acusador y la representación de los acusados. La propuesta fue aceptada por el director y éste quedó encargado de la organización del acto, señalando al mismo tiempo la fecha del mismo. Cuando Fornell se presentó el día indicado por la redacción del “Parlamentario” el director de éste dijo a Fornell que el joven autor de los artículos en que se acusaba al anarquismo de estar al servicio del espionaje alemán […] se fue para el extranjero, contestación de la que Fornell sacó la consecuencia de que el autor de los artículos injuriosos fue el mismo que dirigía el periódico donde aparecieron. No se puede dudar de que […] ha favorecido al crédito del anarquismo español la contestación que dieron en Barcelona los visitados por los del espionaje alemán y el resultado tenido con motivo de las acusaciones del periódico “El Parlamento”, cuyo director se negó a sostener las acusaciones en un acto público al que se le invitó.

[Una protesta contra la subida del pan]

Un día del mes de septiembre de 1914, la Patronal de Industriales de Langreo da una nota a la prensa en la que hace saber que para determinada fecha aumentarían cinco céntimos en el kilo de pan. Ante tal noticia la Federación Local de Sociedades Obreras de La Felguera convoca a una asamblea magna en el Centro Obrero «La Justicia»,que antes de la hora señalada para la reunión estaba el amplio local lleno de ciudadanos deseosos de tomar parte en las deliberaciones. Señalado por el presidente el objeto de la asamblea hacen uso de la palabra muchos de los asistentes, coincidiendo todos en oponerse a la pretensión de los fabricantes de pan […] que […] era aumentar el precio del citado artículo de primera necesidad.

Así se acuerda y se recomienda que al día siguiente no se acuda al trabajo ninguna de las industrias y en cuantas actividades hubiera personal asalariado, y que todos en la calle impidan el que salga el pan de las panaderías con el precio que anunciaron los fabricantes. Así se hizo, y en el momento en que los repartidores se disponían a salir a repartir las piezas fabricadas, fueron asaltadas las panaderías por la multitud que al instante se hizo cargo del pan que estaba fabricado. Los propietarios panaderos y el personal que estaba al servicio de las panaderías de Lada y La Felguera no se opusieron a la actitud adoptada por la multitud, solo en la casa del industrial Enrique Menéndez, cuando uno de los de la multitud trata de abrir el portón que daba a la panadería, fue atacado con una escopeta por el hijo del amo, que se encontraba dentro, hiriéndole en la cabeza de forma que le hizo caer desplomado desde lo alto del portón, en donde se puso con idea de franquearlo. Tan pronto se vio la sangre correr y que ello era producto de la agresión realizada por el hijo del industrial, de dio la voz de fuego y antes de una hora era hecho cenizas una manzana que se componía del lagar de hacer sidra, un bar, comercio de tejidos y ultramarinos y el edificio donde estaba instalada la panadería.

Después de lo sucedido pronto comenzaron las detenciones, y los juzgados a trabajar con el fin de esclarecer los hechos para dar castigo a los culpables. Hemos sido muchos los que pasamos por el juzgado, pero no se ha podido comprobar nuestra culpabilidad, teniendo que conformarse las autoridades con hacer único responsable a José María Martínez, que ya al día siguiente de los sucesos pasó la frontera, metiéndose en Portugal. En cuanto a mi, las consecuencias que me tocaron de los hechos señalados, fue el que como miembro del Comité Pro-presos tuve que redoblar el trabajo por la situación en que quedaron la compañera e hijos del acusado de incendiario. Hubo también que salir al paso de la campaña hecha por un periódico reaccionario que se editaba en Oviedo, en una imprenta que estaba instalada en un edificio ubicado al lado del ferrocarril de la compañía Vasco-Asturiana, quien durante unos cuantos días apareció diariamente con unas letras grandes en primera página que decían: “Huye José Riestra acusado de incendiario».

José María Martínez, cuando vino a residir a La Felguera, en sus documentos personales figuraba con el apellido de Riestra porque […] un incidente tenido con unos esquiroles en Gijón le obligó a tener que hacer uso de los documentos personales de un compañero. Para ver si se podía conseguir desvirtuar las acusaciones de culpabilidad hacia José Maria Martínez, que «El Pueblo Astur» venía haciendo campaña, se hicieron varias cosas; entre ellas se sacó la siguiente canción:

Ya lo saben en Oviedo
Ya lo saben en Gijón
Que el lunes por la mañana
Quemó la casa de Anrincon

Fue un lunes del mes de septiembre de 1914 cuando el pueblo felguerino hizo que el egoísmo de los industriales panaderos no prevaleciera. José Maria Martínez, acogido a una amnistía concedida por el gobierno de Romanones regresó a España después de sufrir un exilio de unos dos años en tierras portuguesas. Martínez, al igual que Seguí, siguió trabajando por la causa a la que ya de muy joven dio su adhesión, siendo uno de los que trabajó sin descanso cuando se preparaba el movimiento revolucionario que surgió en Octubre de 1934, para conseguir la unión de los trabajadores, cuya labor […] culminó en la constitución de la Alianza Obrera, organismo que supo preparar con éxito en los primeros momentos de la revolución de Octubre, en la que perdió la vida José María Martínez, luchador que fue uno de los últimos que abandonó el campo de lucha. Se ha dicho en distintas veces, y ello es una gran verdad, […] que la CNT y los trabajadores en general que luchan por un mejor vivir para los desheredados de la fortuna, perdieron un valor importantísimo con la desaparición de José Maria Martínez. […] Los que lo contamos estamos satisfechos del resultado de la labor realizada por el mártir señalado porque vemos que sigue la unión creada en aquella fecha entre cenetistas y ugetistas.

La huelga general revolucionaria de agosto de 1917

La primera guerra mundial surgida en el año 1914 dejó consecuencias desagradables, de las cuales no se libró España. En los años 1915, 16 y 17 la situación económica del país era malísima. La crisis industrial cada día iba en aumento y los salarios de los trabajadores no estaban, ni con mucho, a nivel con los precios que tenían los artículos indispensables para la vida. El malestar [crecía] cada día en el país. Ante el justificado descontento que existía entre las clases menesterosas, que siempre son las afectadas por lo malo que traen consigo los regímenes capitalistas, la Confederación Nacional del Trabajo y la Unión General de Trabajadores se pusieron de acuerdo para iniciar un movimiento revolucionario, cuyo objetivo era un cambio de Régimen, por ver en ello la única solución para hacer desaparecer las causas de las privaciones a que se veían sometidas las clases salariales.

La negativa de las compañías ferroviarias a unas peticiones hechas por la Federación Nacional del citado ramo para los trabajadores del mismo, motivó la declaración de huelga en las líneas ferroviarias, y a los tres días de estar paralizadas, con el pretexto de prestarles solidaridad, se declaró la huelga general en toda España, cuya finalidad del movimiento era lo que ya he señalado más arriba: un cambio de régimen en el país. A fin de que existiera unanimidad en el paro en la fecha que fue fijada para el mismo, los delegados de la UGT y de la CNT […] recorrieron toda España en plan de organización del movimiento (en La Felguera por la Confederación estuvo Jaime Aragó), dejando en cada localidad que visitaban la contraseña que decía: “Cosas verdes”, que publicaron “El Socialista” de Madrid y “Solidaridad Obrera” de Barcelona en primera plana la víspera del día en que se señaló para […] el movimiento revolucionario.

El resultado de la huelga no fue favorable al objetivo que se buscaba, y el fracaso de la lucha trajo la dura represión que culminó llenando las cárceles de trabajadores.

[Los miembros del] Comité de Huelga de la UGT, compuesto por Julián Besteiro, Francisco Largo Caballero, Daniel Anguiano, Andrés Saborit y Virginia González, fueron pronto detenidos, juzgados y condenados a 30 años de prisión. Luis Araquistain, también estuvo implicado, pero no llegó a ser juzgado porque su culpabilidad no pasó de ser miembro en aquel momento de la Comisión Ejecutiva del Partido Socialista. A propósito de la detención del gran escritor la prensa reaccionaria echó las campanas a vuelo porque en el lugar donde estuvo oculto Araquistain, la policía encontró también a Virginia González.

Los componentes del Comité de la CNT, que eran Salvador Seguí, Ángel Pestaña, Jaime Aragó y Francisco Miranda (este último era yerno de Anselmo Lorenzo), como la distancia con la frontera era más favorable que a los de Madrid, pudieron meterse en Francia, donde permanecieron hasta que el Gobierno del que formaba parte José Sánchez Guerra (que fue un tenaz opositor a la dictadura de Primo de Rivera) promulgó un decreto de amnistía que les permitió regresar a España. Para que el decreto de amnistía fuera una realidad se hizo una extensa campaña periodística y oral durante un largo tiempo. La primera idea manifestada en la campaña de prensa y actos públicos fue pedir que se hicieran unas elecciones generales. Concedido esto, los hombres que fueron condenados por señalarlos como dirigentes del movimiento revolucionario, aparecieron en candidatura y todos ellos salieron elegidos diputados. Ante tal hecho el Gobierno no tuvo más remedio que hacer el decreto de «Perdón», ya que la demostración fue de que la totalidad del pueblo español estaba de acuerdo con lo que hicieron los que se encontraban en la cárcel. De los actos públicos celebrados con tal finalidad en La Felguera solo se celebró uno y fue de gran resonancia, entre los oradores que hicieron uso de la palabra todos ellos muy destacados en la política española, habló Melquíades Álvarez quien dijo entre otras cosas: «que lo oiga el rey, que lo oigan los militares, sí, hemos ido a un movimiento para derrocar una monarquía antipopular».

En todas las provincias hubo sub-comités de huelga, estando formado en Asturias por Pedro Sierra, que representaba a las fuerzas anarcosindicalistas, Wenceslao Carrillo, que representaba a las fuerzas ugetistas y socialistas, Benito Conde a los republicanas, y Valdés Prida a los reformistas de Melquíades Álvarez. Los pueblos, Sama, Mieres, Oviedo y La Felguera, tenían sus enlaces que frecuentemente visitaban [al] Comité Provincial, que tenía su residencia en Gijón. De la primera localidad eran Enrique Celaya y Manuel Álvarez, de la segunda eran Manuel Llaneza y Ramón Rodríguez, de la tercera Bonifacio Martín y Teodomiro Menéndez y de La Felguera Jesús Rodríguez y Francisco Equisuaín. En La Felguera todos los militantes tuvimos alguna función que cumplir. En la citada localidad, donde había un número de trabajadores que pasaba de los 5.000, celebramos en las afueras de la villa una asamblea en el campo casi todos los días, a fin de orientar a los trabajadores de la forma en que se iba desarrollando el movimiento. Y toda la labor que se realizó, se desarrolló dentro de la mayor normalidad durante los doce días que los obreros fuimos dueños de la situación y ella se desarrolló en la forma que queda dicho sin necesidad de lucha con las fuerzas armadas, ya que éstas tan pronto surgió el movimiento, fueron a reconcentrarse a Oviedo.

Una vez conocido el fracaso de la lucha, yo me oculté en un lugar donde pude seguir orientando a quienes estaban libres de la persecución policíaca, de forma que supieran lo que debían hacer para que no faltara la ayuda a los presos y perseguidos. Con el objetivo de la solidaridad y durante el tiempo de mi escondrijo mandé muchos escritos al periódico “El Noroeste de Gijón” -que dicho sea de paso que fue un diario que se portó muy bien con la causa perseguida, antes y después del movimiento fracasado. Cuatro meses duró mi situación de oculto. Un día, por confiar más de lo debido, di un falso paso que me costó el ser descubierto por la policía que sin pérdida de tiempo me venía buscando desde que desaparecí de mi domicilio. Me llevaron a la cárcel de Laviana en donde permanecí encerrado durante seis meses, al ser sobreseída mi causa recobré la libertad. Durante mi encierro aproveche el tiempo en cosas útiles para la causa. Un día, al apartarse un momento de nuestra presencia el guardián que nos vigilaba en el locutorio, pude dar a mi compañera un sobre que contenía un artículo para que aquella lo mandara a “Tierra y Libertad” de Barcelona, periódico que hacía Tomás Herrero en la imprenta de su propiedad que estaba instalada en la Calle Cadena número 78. El articulo que […] titulaba: “De la represión en Asturias durante y después de la huelga general” fue publicado a su debido tiempo. Tan duros eran los ataques que en tal escrito hacía contra las fuerzas represoras y donde no faltaba tampoco lo que ridiculizaba al general Burguete sobre las declaraciones que este hizo sobre su “toma” de la Faya de los Lobos, que de Madrid se conoce que dieron órdenes de que se procediera contra mi; […] inmediatamente me metieron en celda de castigo donde permanecí durantes diez días.

Es justo señalar que la Confederación Nacional del Trabajo en esa memorable huelga cumplió bien con su deber durante la lucha y después en el exilio desde donde, sin miras a un acta de diputados, combatieron tenazmente al Gobierno y autoridades que hacían la represión. En la campaña que con tal fin realizó Solidaridad Obrera, cuyo cuerpo de redacción se componía en aquella ocasión de José Borobio, José Negre, Jaime Aragó y Antonio Amador, no faltaban artículos diariamente de los que estaban allá de la frontera, en los que la censura se ensañaba duramente […] haciendo muchas veces el que las páginas del diario sindicalista aparecieran en blanco.

Concedida la amnistía, al retornar los exilados a los lugares donde tenían su residencia cuando surgió el movimiento, Salvador Seguí, tan pronto puso sus pies en Barcelona publicó un artículo en “Solidaridad Obrera” cuyo titulo […] era el siguiente: “decíamos ayer”, y el primer párrafo del escrito decía lo siguiente: «Si, decíamos ayer que el pueblo español necesitaba un régimen de justicia y bienestar para todos, con tal finalidad hemos ido al movimiento de agosto de 1911. Si en la fecha citada no hemos salido triunfantes seguiremos luchando hasta conseguirlo». Seguí así lo hizo; siguió trabajando activamente por la causa del proletariado hasta que un día de marzo del año 1923 fue asesinado por los del llamado sindicato libre en la calle Cadena, lugar muy céntrico de Barcelona, lo acribillaron a tiros. Con idéntico procedimiento que el empleado con Seguí y en el mismo momento fue muerto Canela (este en sus escritos firmaba con el seudónimo de Paronas), también destacado militante anarcosindicalista. Tales asesinatos produjeron una honda indignación entre el proletariado que, sin orden oficial de la Organización, fueron a la huelga en toda España las fuerzas afectas a la Confederación Nacional del Trabajo.

En esa ocasión la UGT no estuvo en el lugar que debía de estar, pues no prestarse a la protesta contra aquellos hechos vandálicos que por aquel entonces se venían sucediendo en Barcelona, era tanto como hacerse cómplices de quienes los realizaban. El resultado de mirar aquellos sucesos de manera impasible por parte de los elementos socialistas fue […] que estos fueron perdiendo terreno en el campo obrero y que ello fue en beneficio del crecimiento de los efectivos confederales en Asturias, Vizcaya, Madrid, contando todo el centro, y Riotinto, localidad ésta donde durante muchos años fue un fuerte ugetista.

En todo lo que se hizo con motivo de lo que dejo enumerado siempre estuve presente, unas veces tomando parte en las asambleas para acordar los paros y luego para organizar la vuelta al trabajo, y otras veces repartiendo manifiestos que contenían la orientación que necesitaban conocer los trabajadores a quienes [se]les pidiera adoptar determinada actitud.

Volviendo a la UGT, las diferencias habidas en algunos tiempos entre los hombres del citado organismo y los de la CNT, no impidieron el que ambas centrales sindicales se entendieran para la creación de la Alianza Obrera, organismo de gran recuerdo en la organización de movimientos revolucionarios, pues a quienes orientaban las fuerzas de la Unión General de Trabajadores y de la Confederación Nacional del Trabajo en Asturias se debe el que se haya llegado a la formación de la Alianza Obrera en los momentos en que era tan necesaria la unidad del proletariado.

Entiéndase bien que la fecha [última] a que nos referimos es la de octubre de 1934.

[Actividad confederal]

El 1918 es año de gran actividad confederal. Se preparaba el congreso que ha de tener gran resonancia en el año 1919. Toda la organización afecta a la Confederación trabaja para llevar ya constituidos al citado congreso el mayor número posible de sindicatos de ramo e industria (sindicatos únicos), estructuración que [se] venia propagando desde primeros del citado año, en que se acordó en el congreso celebrado por la Confederación Regional de Cataluña en la barriada de San.

En Asturias no hemos ido a la zaga. En La Felguera concretamente, después de cambiar de Grupo Sindicalista por Agrupación Libertaria, se hizo intensa campaña de propaganda cuyo resultado fue la creación de varios grupos libertarios en la provincia, los que pronto crearon la Federación de Grupos Libertarios de Asturias que al instante tuvo su órgano en la prensa cuyo título era “El Comunista”, […] del cual fui administrador desde que apareció hasta que dejó de salir (treinta y dos números).

Ya digo en otro lugar de este escrito que la influencia total del anarcosindicalismo en la Organización obrera de La Felguera viene a partir del año 1911. A pesar de ser ello así, las sociedades obreras domiciliadas en el Centro Obrero “La Justicia”, de hecho no pertenecieron a la Confederación Nacional del Trabajo, algunas de ellas hasta el año 1917, y digo algunas, porque las hubo que se metieron en el año 1918 para ingresar en el organismo confederal, siendo una de ellas la más importante por cierto “La Justicia”, Sociedad en Hierro y demás metales, que en el Congreso de la Comedia ya figuró como Sindicato de los Obreros Metalúrgicos y Siderúrgicos de Langreo.

Los obreros de las minas que por razones ya expuestas constituyeron en algún tiempo “El Porvenir Social” cambiaron este título por el de Sindicato Único de Mineros de Asturias, llegando al número da 3.000 representados en el congreso de referencia. Este importante número de adheridos que se fue del sindicato de la UGT, alarmó bastante a los socialistas cuya alarma siguió durante algún tiempo al ver que el Sindicato Único, orientado por los anarcosindicalistas llegaba a superar numéricamente al dirigido por Manuel Llaneza y demás socialistas.

Por otra parte en Cataluña, de una y otra forma, la lucha obrera cada día se intensificaba más dando ello lugar a que a los socialistas les pareciera que el anarcosindicalismo caminaba demasiado, cosa que aquellos quisieron evitar desencadenando una campaña de descrédito contra los procedimientos de lucha de la Confederación. Como es natural los hombres de la CNT unidos para la defensa de lo que creían bueno para el bienestar de los trabajadores, hicieron su campaña utilizando para ello todos los medios legales que se les presentaron, tales como los órganos periodísticos, que eran un factor muy importante. En los momentos citados en que se debatía mucho sobre la hegemonía del movimiento obrero español, un día aparece una nota en el diario España Nueva, periódico que se editaba en Madrid en la calle Carretas número 3, y cuyo gerente […] era un señor llamado Rodrigo Soriano, que fue diputado a Cortes durante varias legislaturas como republicano independiente, en el parlamento español en tiempo de la monarquía y también de la República, en la cual se abría una encuesta para que se expusieran en los escritos que se enviaran para su publicación lo que procedía hacer para que llegaran a fusionarse la Unión General de Trabajadores y la Confederación Nacional del Trabajo. La encuesta duró desde primeros del año 1918 hasta el año 1919 en que se celebró el congreso de la Confederación. Durante ese tiempo todos los días apareció la sección dedicada a la encuesta ocupada de escritos, de los que ninguno de ellos fue de procedencia ugetista, [a] cuyos elementos les pareció mejor desencadenar una campaña contra Rodrigo Soriano, por haber este favorecido los planes de los hombres de la CNT, que eran los planes que convenían a los intereses del proletariado.

Yo en esa sección, cuyo título era siempre: “Unión General de Trabajadores-  Confederación Nacional del Trabajo”, llegué hasta el noveno articulo y a pesar de haber sido escisionista creando en las cuencas mineras el Sindicato Único frente al Sindicato Minero de la UGT me justificaba y señalaba lo que se debía de hacer para que fuera posible el que estuvieran unidos los que un día y otro sufrían el látigo de la explotación. De aquellas jornadas en que el periódico “España Nueva” intervino, a pesar de no ser órgano oficial de la Confederación, porque no quiso serlo cuando su dueño Rodrigo Soriano se lo ofreció, hay gratos recuerdos que no son olvidados por quienes hemos vivido aquellos momentos. Además de lo que con sus campañas hizo durante un largo tiempo en favor del bien general para los trabajadores, si hay algún periodista de aquella época de los que trabajaban en Madrid, recordarán que estaban en huelga en defensa de unas peticiones que las empresas se negaban a concederles en la fecha en que dio principio las tareas del congreso de la Confederación, y como “España Nueva”, atendiendo a la CNT, dio las mejoras a sus obreros periodistas, las demás empresas se vieron obligadas a conceder lo que fue motivo de la huelga.

[El Congreso del Teatro de la Comedia]

Y llegamos al congreso de 1919 celebrado en el Teatro de la Comedia, en el cual toda la delegación asturiana está de acuerdo con la opinión expuesta por Eleuterio Quintanilla, en varias intervenciones que tuvo en el punto sobre unificación del proletariado. A pesar de los argumentos de peso y expuestos en la forma bien en que Quintanilla sabía hacerlo, este no logró convencer a las delegaciones de Cataluña, Levante y Andalucía que representaba el grueso de los efectivos de la Confederación Nacional del Trabajo, acordándose una resolución que los más antiugetistas hemos juzgado de error de gran bulto. Las mismas delegaciones y las mismas fuerzas que consiguieron el que saliera triunfante la propuesta de ir a la absorción de la UGT, fueron quienes impusieron también el que la CNT ingresara en la Internacional Comunista. Aquí también triunfó el error, pero ello no sucedió sin que se oyera la voz de Eleuterio Quintanilla, a quien en aquel momento la mayoría no le dio la razón pero no pasó mucho tiempo en que los órganos periodísticos de la Confederación trajeran diariamente artículos razonando el porqué Quintanilla fue el único acertado al sostener que había una honda contradicción al decir que la CNT va hacia el comunismo libertario y a continuación acordar el ingreso en la III Internacional; organización política que es completamente antípoda del comunismo libertario. Cuando algunos delegados de aquellos que [no] estábamos demasiado entusiasmados con la revolución rusa [quisimos] deshacer el error proponiendo que la permanencia en la Internacional Comunista fuera mientras no se constituyera la Internacional Sindical Roja, propuesta que llevó Ángel Pestaña, en su primera visita a Moscú. Para llegar definitivamente a la creación de la Central Sindical Roja, convocaron a la CNT en el año 1921, fecha en que estaban casi todos sus militantes en la cárcel, para nombrar la delegación que fuera a Moscú, se celebró un Pleno Nacional en la clandestinidad en Lérida, para el que fui nombrado suplente. En ese pleno, como se sabe, fueron nombrados para ir a la constitución de la Internacional Sindical Roja: Hilario Arlandis, Joaquín Maurín, Andrés Nin, Jesús Ibáñez y Gastón Leval.

Cada día era mayor el grupo de los arrepentidos por lo que se hizo en el congreso de Madrid, dando ello lugar a que sin esperar de que la delegación citada regresara de Moscú, el Comité Nacional de la CNT que funcionaba en Barcelona en la clandestinidad, organizara un Pleno Nacional también en la clandestinidad, que se celebró en Logroño, en el cual estuve yo en compañía de Turman y Avelino González, representando a la Confederación Regional de Asturias, León y Palencia.

En este Pleno Nacional celebrado en Logroño, en contra de la opinión de la delegación asturiana, se acordó en principio desautorizar a la delegación que se encontraba en Moscú, hasta que definitivamente lo hiciera un Congreso, teniendo en cuenta que fuera un Congreso el que tomó el acuerdo de adhesión al organismo que convocó a la referida delegación. Nuestra propuesta fue de que, obrando de manera regular, teníamos el deber de esperar a que regresaran a España los delegados que estaban en Rusia. No se atendió nuestra indicación y se siguieron haciendo las cosas de forma irregular, llegando a culminar con la Conferencia de Zaragoza que se celebró el 11 de junio de 1922, en la cual se acordó romper toda clase de relaciones […] que se tenían hasta aquel momento con las organizaciones creadas por el comunismo internacional, al mismo tiempo que se nombraba a Avelino González y Galo Díaz para ir a Berlín a una reunión de la Asociación Internacional de los Trabajadores, a cuya organización la CNT siguió perteneciendo hasta el día en que escribo estas líneas.

[El] acuerdo de Zaragoza creó algún descontento, pero ello no llegó más que a grupos que por aquel entonces carecían de influencia en las organizaciones del proletariado español. Las cosas de tiranía, que informes no dudosos daban de [lo] que sucedía en Rusia, iban consiguiendo el que desapareciera entre muchos trabajadores la esperanza que algún día les creo el hecho ocurrido en aquel país en Octubre de 1917.

Cumpliendo con los acuerdos tomados en el Congreso de Madrid sobre estructuración de la Confederación Nacional del Trabajo, en donde entra la creación de Confederaciones Regionales en todas las regiones de España, en el mes de noviembre de 1919 se celebró en Oviedo, en el local de los republicanos tenían en la calle Cabo Noval, el congreso constitutivo de la Confederación Regional de Asturias, Palencia y León, en el cual estuve de delegado representando al Sindicato Único de Mineros del cual era presidente.

[En Duro-Felguera]

A últimos del año 1919 el Sindicato de Obreros Metalúrgicos y Siderúrgicos de Langreo, aprovechando la ocasión de la entrada en el Consejo de Administración de la Sociedad Duro-Felguera, de señores que se sabía que tenían sentimientos liberales (los Felgueroso), acuerda en una numerosa asamblea de trabajadores el presentar a la citada empresa la reclamación de que fueran a ocupar sus respectivos puestos todos aquellos que habían sido despedidos por su significación en la huelga de 1912. Fue dura la oposición a tal concesión, pero ante la postura favorable de los consejeros no oscurantistas y la buena disposición de los trabajadores metalúrgicos para llegar hasta donde fuera necesario para conseguir tan humana mejora, la empresa accedió a la petición señalada, dando el plazo necesario con el que pudiera dar lugar a reintegrarse a sus puestos a quienes les interesara, hasta los que estaban residiendo fuera de La Felguera.

Esta mejora que el Sindicato Metalúrgico consiguió, y que fue a cambio de un aumento de salarios, sirvió para enaltecer al proletariado felguerino, que una vez más ha sabido escribir una página más en su brillante historia en las luchas del proletariado. Fue una mejora de las que se conocen pocas reivindicaciones obreras. Después de siete años, los que fuimos seleccionados, vamos a nuestros puestos con los mismos derechos que si hubiéramos estado en ellos durante el tiempo citado. Yo nunca olvidaré la honda satisfacción que recibí cuando tuve conocimiento del gran triunfo del Sindicato, con el cual yo podía decir adiós para siempre al penoso trabajo que tenía en la mina, y digo para siempre, porque si al correr el tiempo llegaran a ocurrir circunstancias como las que motivaron el que fuera a trabajar a la mina, a ella no volvería.

Ingresé en fábricas a primeros del año 1920 al mismo puesto que tenía en el año 1912 y con el ascenso que hubo durante el tiempo que estuve seleccionado. Al corto tiempo de volver a ser del ramo metalúrgico me nombraron presidente del Sindicato. Era una época de gran crisis industrial y muy particularmente en las industrias del hierro. Alguien, que creo estaba autorizado para afirmarlo, dijo que si Duro-Felguera podía seguir con la sección siderúrgica funcionando, era para consumir el carbón menudo de sus minas, que en aquella ocasión no tenían salida, dando lugar a tener grandes stocks en las plazoletas de los centros de producción. La crisis fue de gran magnitud y los empresarios no vieron otra solución más que la de ir a la rebaja de los salarios de los productores. En las minas de carbón de Asturias, la baja fue de quince reales sin resistencia alguna por parte de los trabajadores. Manuel Llaneza, secretario general del Sindicato Minero Asturiano después de la dura lucha con los representantes de la patronal, hizo todo lo posible por convencer a los obreros de las minas de que no había otra solución más que la de aceptar la baja de los salarios. Lo mismo hicieron en Bilbao los dirigentes del Sindicato de los obreros de las minas de hierro y los del Sindicato Metalúrgico, siendo unos y otros, al igual que el de Asturias, afectos a la UGT. Ante tal precedente ¿qué podíamos hacer los metalúrgicos de la Duro-Felguera?; nos hemos resistido hasta el último momento, pero no tuvimos más remedio que aceptar la baja de los diez reales que unos y otros de los trabajadores sabíamos que vendría a aumentar la precaria situación por la que atravesaban nuestros hogares. Todavía hoy me es desagradable el recordar aquellos momentos del año 1921, fecha en que se hizo la rebaja de los jornales, pues para mi fueron momentos de gran sufrimiento al ver a los trabajadores afectados por la baja exponer grandes razones [a las] que la realidad no les daba paso; y repito lo del sufrimiento, porque además de ser uno de los afectados por la rebaja, pesaba sobre mi el deber como dirigente, de dar opinión sobre la actitud que se debía adoptar; así lo hice y mi opinión no gustó a algunos, el 80 por ciento sí estuvo de acuerdo. Alguno de los que padecían error llegaron a presentar la dimisión del cargo que tenían en la organización. Yo, a pesar de alguna ingratitud seguí en la presidencia del Sindicato el tiempo reglamentario, quedando libre de cargos sindicales durante algún tiempo, hasta que un día fui nombrado secretario del mismo organismo sindical, cargo que desempeñe también durante el tiempo que señalaban los estatutos. Después de cesar como secretario del Sindicato tuve a mi cargo la correspondencia literaria de “Solidaridad Obrera”, la que aparecía en Gijón semanalmente y que […] dirigió primero Manuel Buenacasa, y después Avelino González. La salida de Buenacasa de la dirección del órgano sindicalista la motivo el que aquel, un día en el editorial del periódico, habló de manera desfavorable sobre la conducta observada por Evelio Boal, Salvador Seguí, Ángel Pestaña y Salvador Quemades, por haber hecho éstos un pacto de mutua ayuda con Francisco Largo Caballero y demás miembros de la Comisión Ejecutiva de la UGT. Buenacasa fundaba su dura crítica en que era una inconsecuencia de gran bulto el hacer un pacto con representantes de una organización a [la que] hacía un corto tiempo se la tildó de amarilla. Antes de ocurrir lo que dejo señalado, Buenacasa proyectó el hacer diario “Solidaridad Obrera”, y para ello lo principal era tener imprenta propia, pero para tal adquisición no daban las cuotas ordinarias de los sindicatos de la provincia, dando ello lugar a la celebración de un Pleno regional en el que se acuerda establecer una cuota extraordinaria de cinco pesetas por cada sindicado, pagaderas en tres meses; con algunas dificultades (los sueldos eran de 6,50 el peón y de 8 pesetas el oficial) se hizo la recaudación y la imprenta se adquirió. […] Estaba instalada en un local ubicado en la calle llamada, por aquel entonces, La Libertad, de Gijón. Después de conseguido el factor muy importante, en otro Pleno que se celebró sin pérdida de tiempo, se acordó el que saliera diariamente “Solidaridad Obrera”, nombrándome a mi para un puesto de redactor, cargo que me negué a aceptar alegando que había en la organización obrera militantes más competentes que yo. Con la marcha de Buenacasa se malogró la idea de sacar el diario y siguió apareciendo semanalmente “Solidaridad Obrera”, dirigido por Avelino González, y yo de corresponsal en La Felguera, de donde daba todas las semanas una amplia información del movimiento obrero de dicha localidad. En mis escritos he tenido algunas veces que contestar a algo del descontento que dejó la cuota extraordinaria que se hizo para la compra de la imprenta, y ello sucedió con aquellos trabajadores que no van a los sindicatos más que por aumentar su salario o disminuir su jornada. La citada corta aspiración de los aludidos obreros contribuye a que ellos no crean en el desinterés de los que luchan por un total bienestar para los que todo lo producen, y digo esto porque mi interés porque no quedara ninguno sin pagar la cuota pro-imprenta, fue juzgada por alguien de forma de que aquella era una empresa de negocio de la cual yo era un accionista.

En estas mis consideraciones, no quiero dejar sin decir que con dolor, declaro que la preparación de los trabajadores de la localidad donde yo he tenido mis actividades en mi juventud hasta hoy, no responde a la propaganda que se ha hecho tanto oral como desde los muchos periódicos obreros, revistas y folletos que en La Felguera se han colocado.

[Actividad contra la represión]

Los obreros panaderos de la empresa Granda y Compañía un día del mes de noviembre de 1920 se declararon en huelga por la negativa de los patrones a concederles mejora en las condiciones de trabajo. Cuando hacía 15 días que había surgido el paro, un vagón cargado de paja [con] destino […]para la empresa Granda y Compañía, apareció hecho cenizas en el lugar donde estaba estacionado de la compañía del Norte de La Felguera. Los llamados “guardadores del orden”, sin tener la menor prueba de culpabilidad de persona alguna, detuvieron y llevaron al cuartel a cuatro trabajadores, entre los cuales los había que no eran ni huelguistas ni panaderos. Al no poder comprobar que los detenidos fueron los autores del incendio que destruyó el vagón […], se golpeó a los acusados de forma que las huellas que quedaron en el cuerpo no dejaran duda alguna del mal trato de que fueron objeto. Tal abuso de autoridad no podía quedar en silencio, y por entenderlo así los componentes del Comité de la Federación local de sindicatos se reunieron al instante acordando la publicación de un manifiesto en el que se hablara del mal trato que en el cuartel dieron a los cuatro trabajadores que fueron detenidos por habérseles acusado de hechos que no cometieron. De la redacción del manifiesto me encargaron a mi; lo hice bastante duro contra la guardia civil, que fueron los autores del procedimiento de la fuerza bruta, y yo mismo llevé el original a la imprenta donde se hizo. El manifiesto salió y cuando de ello se [dio] cuenta la guardia civil, los 3000 ejemplares que se hicieron ya estaban repartidos. El manifiesto apareció sin pie de imprenta, y como es lógico se repartió sin llevar a la primera autoridad local los tres ejemplares que determinaba la ley. No se si por el tipo de letra o por alguna otra razón, las guardias fueron de frente a la imprenta donde se había imprimido y el dueño de esta, sin que fuera forzado para ello, dijo que sí, que allí en su casa fue hecho y que el original [se] lo entregó Aquilino Moral, y este mismo lo redactó porque [conocía] su caligrafía. El impresor cantó más de lo que le preguntaron los guardias, creo, por si ello le valía para salvarse de la responsabilidad que le alcanzara por haberlo dejado salir sin el pie de imprenta; así sucedió, nada le pasó, era un reaccionario de gran categoría que sirvió a la dictadura de Primo de Rivera y sirvió al franquismo hasta los últimos días de su vida, a mi en la situación franquista me hizo bastante daño.

Yo como me daba cuenta de lo que tenía que suceder, pronto preparé mi cobijo mientras que los miembros del Comité de la Federación local tomaban posiciones para poder evitar el que los que dicen ser guardadores del orden no pudieran emplear conmigo el mismo procedimiento que tuvieron para con los acusados de haber incendiado el vagón que estaba cargado de paja. La primera gestión hecha por los compañeros del Comité en la Federación fue la de acompañarme a ver el gobernador Militar, que lo era el General Bermúdez de Castro, quien haciendo honor a la verdad diré nos recibió amablemente y después de escucharnos todo lo que le expusimos sobre las causas del manifiesto, [en] presencia nuestra habló con el sargento de la guardia civil del puesto de La Felguera recomendándole el que de una parte y otra “se suavizaran las cosas a fin de la armonía entre todos”. Salimos del Gobierno Militar convencidos de que nada de más nos había dicho quien afirmó que Bermúdez de Castro era un señor de buenos sentimientos.

Al día siguiente me encontré con el sargento de la guardia civil en una calle de La Felguera y aquel me dijo: “¡Cómo has sabido curarte en salud!”.

Un mondo senza evasione possibile…Giorgo Amico

“Sin dall’infanzia, mi sembra d’aver sempre avuto, molto netto, il doppio sentimento che doveva dominarmi durante tutta la prima parte della mia vita: quello cioè di vivere in un mondo senza evasione possibile dove non restava che battersi per una evasione impossibile”(1). Inizia così Memorie di un rivoluzionario di Victor Serge, uno dei capolavori della memorialistica politica di questo secolo. Al pari di molti altri protagonisti di primo piano del movimento rivoluzionario dei paesi latini come Nin, Monatte, Rosmer, Victor Serge, che in realtà si chiamava Viktor L’vovic Kibal’cic, si  forma in quella vera e propria fucina del socialismo critico rappresentato dal movimento libertario e dal sindacalismo rivoluzionario di inizio secolo, quando gli scambi e i confini fra socialismo, anarchismo e sindacalismo non erano ancora rigidamente definiti come oggi (2). Un anarchismo “sentimentale nutrito di ansia di totale rinnovamento etico e sociale, che avversava insieme la ‘pochezza’ del socialismo riformista e le storture dell’ordine costituito borghese”(3).

Victor  Serge nasce a Bruxelles il 30 dicembre 1890 da genitori russi emigrati. L’infanzia trascorsa in un ambiente poverissimo  segna indelebilmente  la sua vita. Ricordando nelle sue memorie il fratello, Raoul-Albert, morto a nove anni di tubercolosi e di fame, Victor rende espliciti i motivi ispiratori e le caratteristiche stesse della sua lunga e travagliata militanza politica: l’avversione profonda verso ogni tipo di ingiustizia e di oppressione, il disprezzo per l’ipocrisia mascherata dei benpensanti, la profonda umana attrazione verso chi soffre.

“Detestavo – scrive – la fame lenta dei bambini poveri; negli occhi di quelli che incontravo, credevo riconoscere le espressioni di Raoul. Mi erano così più vicini di chiunque altro, fratelli, e li sentivo condannati. Sono questi sentimenti profondi che mi sono rimasti”(4).

Privo di studi regolari, istruito dal padre che, “universitario povero”, disprezzava  l’insegnamento borghese impartito alle classi popolari,(5) il giovane Victor a quindici anni si allontana da casa impiegandosi prima come apprendista fotografo, poi come fattorino d’ufficio, disegnatore tecnico, operaio. Membro della Jeune Garde Socialiste, ne scopre presto il carattere opportunista e nel 1906 in occasione del congresso straordinario del Parti Ouvrier Belge rompe con la socialdemocrazia per formare il Groupe Révolutionnaire di Bruxelles di ispirazione libertaria.

“L’anarchismo – ricorda nella sua autobiografia – ci prendeva per intiero perché ci chiedeva tutto, ci offriva tutto: non c’era un solo angolo della vita che non rischiarasse…l’anarchismo esigeva anzitutto l’accordo tra gli atti e le parole: per questa ragione andammo alla tendenza estrema, quella che mediante una dialettica rigorosa arrivava, a forza di rivoluzionarismo, a non avere più bisogno di rivoluzione”(6).

Trasferitosi in Francia, prima a Lille e poi a Parigi, con lo pseudonimo di Rétif collabora alla stampa anarchica ed entra in contatto con i teorici dell’azione diretta e illegale. Nel 1912, coinvolto marginalmente nel caso Bonnot, per il suo rifiuto di collaborare con la polizia viene condannato a cinque anni di prigione. Scarcerato, nel gennaio 1917 si rifugia in Spagna, dove con il nuovo nome di Victor Serge partecipa alla preparazione dell’insurrezione di Barcellona del 19 luglio per iniziare, poi, nell’estate un lungo e drammativo viaggio verso la terra dei suoi genitori, quella Russia dove la rivoluzione proletaria è all’ordine del giorno.  Rientrato clandestinamente in Francia, arrestato e internato nel campo di Précigné, nuovamente espulso agli inizi del 1919, Serge riesce finalmente dopo una lunga peregrinazione attraverso  l’Europa a raggiungere Pietrogrado nell’aprile 1919. Dall’esperienza del carcere e dal fallimento dell’insurrezione barcellonese egli ha maturato la consapevolezza che la possibilità di raccogliere vittoriosamente la sfida della borghesia, di trasformare la guerra imperialista in rivoluzione proletaria richiede ben altri stumenti di quelli offerti dall’anarchismo. Proprio per questo, nonostante l’iniziale sconcerto provocato dal contrasto tra gli ideali libertari e la realtà di una crescente limitazione degli spazi della democrazia operaia che egli nota fin dal suo arrivo in Russia, decide di aderire al Partito comunista e di militare da bolscevico pur preservando intatto il proprio spirito critico:

“La mia decisione era presa; non sarei stato né contro i bolscevichi né neutrale, sarei stato con loro, ma liberamente, senza abdicare al pensiero né al senso critico…Sarei stato con i bolscevichi perché davano compimento con tenacia, senza scoraggiamenti, con ardore magnifico, con passione riflessa, alla necessità stessa; perché erano soli a darvi compimento, prendendo su di sé tutte le responsabilità e tutte le iniziative e dando prova di una stupefacente forza d’animo. Essi erravano certo su parecchi punti essenziali: con la loro intolleranza, con la loro fede nella statizzazione, con la loro tendenza alla centralizzazione e alle misure amministrative. Ma, se bisognava combatterli con libertà di spirito e in spirito di libertà, era con loro, tra loro” (7).

La rivoluzione in un vicolo cieco

Collaboratore dell’organo del Soviet di Pietrogrado, Severnaja Kommuna, Serge lavora alle dirette dipendenze di Zinoviev, presidente del CE del Comintern, sviluppando un’enorme mole di lavoro e impegnandosi a fondo nei dibattiti in corso nel partito e nell’internazionale in una Pietrogrado affamata e misera ma percorsa da una tensione febbricitante, quella “città conquistata”, protagonista del suo grande romanzo del 1931. La costituzione della Ceka e lo scatenamento del terrore non lo convincono, così come non nasconde di provare un’intima pietà per le vittime della repressione qualunque fosse la loro origine sociale, ma è altrettanto consapevole della tragicità dell’ora e che “non c’è mai stata rivoluzione senza terrore”(8). Il X Congresso del partito con il divieto delle frazioni e la tragedia di Kronstadt lo colpiscono profondamente, così come la definitiva liquidazione di ciò che resta del movimento anarchico e dei  partiti sovietici. Grazie alle sue radici libertarie egli è lucidamente consapevole dei pericoli che il potere sovietico sta correndo, ma anche della necessità di scelte che apertamente confliggono con il “sogno”, così lo chiama, di quello Stato-Comune descritto da Lenin nelle pagine di Stato e rivoluzione:

“La guerra, la difesa interna contro la controrivoluzione, la carestia creatrice di un apparato burocratico di razionamento avevano ucciso la democrazia sovietica. Come sarebbe rinata? Quando? Il partito viveva del giusto sentimento che il minimo abbandono di potere avrebbe dato la meglio alla reazione”(9).

La speranza è nella rivoluzione mondiale, nel proletariato di quell’Occidente che stenta a ritrovare una normalità borghese dopo la sanguinosa esperienza della guerra imperialistica. Nel 1921 il Comintern lo invia prima a Berlino a lavorare nella redazione di Inprekorr  e poi a Vienna dove soggiornerà fino al 1923, redattore insieme a Gramsci e a Lukacs de La Correspondance Internationale, ormai a pieno titolo rivoluzionario professionale, membro del partito mondiale della rivoluzione proletaria:

“Gli eventi continuavano a schiacciarci…Vivevamo soltanto per un’azione integrata alla storia, saremmo stati intercambiabili… ci sentivamo legati ai compagni che, adempiendo agli stessi compiti, soccombevano o ottenevano successi al capo opposto d’Europa. Nessuno di noi aveva nel senso borghese della parola un’esistenza personale; cambiavamo di nome, di luogo, di lavoro secondo i bisogni del partito, avevamo appena di che vivere… e non ci interessavamo né a far denaro, né a far carriera, né a produrre un’opera né a lasciare un nome: ci interessavamo soltanto ai difficili progressi del socialismo”(10).

Da Vienna Serge assiste annichilito dopo la morte di Lenin allo scatenamento della campagna contro Trotsky, al diffondersi del cancro burocratico, all’estendersi della “soffocante dittatura degli uffici”, alla emarginazione di ogni voce anche minimamente fuori del coro, dai francesi Rosmer, Monatte, Souvarine, all’italiano Bordiga, all’ungherese Lukacs che una notte lo invita alla capitolazione in attesa di tempi migliori:

“Soprattutto non fatevi stupidamente deportare per nulla, per il rifiuto di una piccola umiliazione, per il piacere di votare a sfida… credetemi, le vessazioni non hanno grande importanza per noi. I rivoluzionari marxisti hanno bisogno di pazienza e di coraggio; non hanno affatto bisogno di amor proprio. L’ora è cattiva, siamo a una svolta oscura. Risparmiamo le nostre forze: la storia farà ancora appello a noi”(11).

Dall’osservatorio privilegiato di Berlino e Vienna osserva con l’attenzione minuziosa del cronista il fallimento di un moto insurrezionale male organizzato e peggio diretto dagli emissari di un’Internazionale comunista sempre più burocratizzata e ne stigmatizza, in quel piccolo capolavoro di giornalismo militante che sono le Notes d’Allemagne, gli esiti infausti per la ripresa della rivoluzione in Occidente. Non sorprende, dunque, la sua adesione all’Opposizione di sinistra di cui, una volta tornato in Russia, viene chiamato a far parte prima del comitato direttivo di Leningrado e poi della commissione internazionale del Centro Nazionale di Mosca. In questa veste egli si occupa di far conoscere all’estero i termini politici reali dello scontro in atto nel partito, scrivendo dal febbraio all’agosto del 1926 una serie di articoli sui problemi economici e politici dello Stato sovietico, che appariranno sulla rivista francese La Vie ouvrière (12).

Nel 1927 la situazione precipita. Il fallimento della rivoluzione cinese a causa della politica opportunista di Stalin e l’acutizzarsi della crisi della NEP determinano un brusco acutizzarsi dello scontro nel partito. A dicembre il XV Congresso delibera l’espulsione degli oppositori, all’inizio del 1928 iniziano gli arresti di massa dei trotskisti che vengono deportati in appositi campi di concentramento, i cosiddetti “isolatori”. Lo stesso Trotsky è espulso dal partito e deportato a Alma Ata nel cuore dell’Asia Centrale. Victor Serge, che non ha mai cessato di battersi scrivendo tra l’altro un acutissimo pamphlet su Le lotte di classe nella rivoluzione cinese in cui denuncia le gravissime responsabilità della direzione staliniana nel soffocamento dei moti operai di Canton e Shanghai, è arrestato in marzo. L’arresto fa scalpore, il suo è un nome troppo conosciuto.A Parigi molti intellettuali protestano e la cosa finisce sui giornali. Allarmato, il regime è costretto a liberarlo dopo un paio di mesi, accontentandosi di un suo impegno a non svolgere per il futuro “attività antisovietica”.

Isolato, circondato da spie e provocatori, totalmente disilluso sulle possibilità reali dell’Opposizione di sinistra di svolgere un’efficace azione politica dalla clandestinità, Serge si impegna in una resistenza solitaria e tenace, carcando di non farsi abbattere dalle avversità, dalla miseria, dalla quotidiana lotta per la sopravvivenza sua e dei suoi familiari, essendogli come per gli altri oppositori preclusa ogni possibilità di impiego regolare. Ma più di tutto pesa l’incapacità di fare i conti con la realtà, di tirare un bilancio definitivo della tragica parabola della rivoluzione e del partito, un coraggio che farà difetto anche a un combattente come Trotsky che dall’isolamento di Alma Ata continua a mostrarsi fiducioso nelle possibilità di un recupero del partito e dell’internazionale:

“Nessuno consentiva a vedere il male così grande come era. Che la controrivoluzione burocratica fosse giunta al potere e che un nuovo Stato dispotico stesse uscendo dalle nostre mani per schiacciarci, riducendo il paese al silenzio assoluto, nessuno, nessuno tra noi voleva ammetterlo. Dal fondo del suo esilio di Alma Ata, Trotsky sosteneva che questo regime rimaneva il nostro, proletario, socialista, benchè malato; il partito che ci scomunicava, ci imprigionava, cominciava ad assassinarci, restava il nostro e continuavamo a dovergli tutto; non bisognava vivere che per lui, non potendosi servire la rivoluzione che per mezzo suo. Eravamo vinti dal patriottismo di partito; questo suscitava la nostra ribellione e ci schierava contro noi stessi”(13).

Escluso dal partito, impedito nel suo lavoro di giornalista militante, strettamente sorvegliato dalla polizia politica, a partire dal 1928 Serge si dedica assiduamente alla letteratura a cui aveva rinunciato nel 1919 in quanto “cosa ben secondaria in una simile epoca”. Ma ora le cose sono cambiate. La rivoluzione si è spenta a poco a poco, i margini di azione politica sono andati progressivamente riducendosi fino a scomparire. “Solo quando sono stato costretto a un’assoluta passività esterna”, scriverà all’amico Marcel Martinet  nel settembre del 1930, “sono tornato all’espressione letteraria, che ora comincia ad appassionarmi… Sempre di più penso che bisogna ricominciare tutto dalla base, quindi, sotto un certo profilo, dalla formazione dei caratteri. Da questo punto di vista, dei libri sinceri e veritieri possono essere utili” (14).

Serge vive dunque la creazione letteraria non come fuga da un presente ingrato, ma come diretta prosecuzione con altri mezzi e in un contesto radicalmente mutato di un impegno “improntato a rigorosi principi etici e politici, in primo luogo alla ricerca e alla difesa della verità, irriducibile a qualsivoglia ragione di Stato o di partito”(15). Vicino anche in questo campo alle posizioni di Trotsky, espresse nel 1924 in Letteratura e rivoluzione, egli impronta l’intera sua produzione al principio per cui “la letteratura, se vuole compiere nella nostra epoca tutta la sua missione, non può chiudere gli occhi sui problemi interni della rivoluzione”(16). Il romanzo, dunque, come strumento pedagogico, come forma privilegiata di conservazione di una memoria storica al di fuori della quale non esiste possibilità di riscatto. E’ in quest’ottica che Serge, che pure proprio in questo periodo sta portando a termine una delle sue opere più significative, quel L’anno I della Rivoluzione russa destinato a diventare con I dieci giorni… di John Reed e La storia della rivoluzione di Trotsky un classico della storiografia militante, abbandona di fatto la ricerca storica per la narrativa:

“Il lavoro storico non mi soddisfaceva interamente…. non permette di mostrare sufficientemente gli uomini vivi, di smontare il loro meccanismo interno, di penetrare nella loro anima. Una certa luce sulla storia non può essere gettata, ne sono persuaso, altro che dalla creazione letteraria libera e disinteressata… Io concepivo…lo scritto… come un mezzo di esprimere per gli uomini ciò che i più vivono senza sapere esprimere, come un mezzo di comunione, come una testimonianza sulla vasta vita che fugge attraverso di noi e di cui dobbiamo tentare di fissar gli aspetti essenziali per coloro che verranno dopo di noi”(17).

Vedono così la luce uno dopo l’altro i romanzi del cosiddetto “ciclo della rivoluzione”, tentativo di narrare attraverso le vicende di uomini e luoghi l’intero ciclo di lotte di classe che va dall’Affare Bonnot all’Ottobre, dalla dolente descrizione del mondo carcerario e delle relazioni fra gli uomini che lo abitano de Gli uomini nella prigione, all’affresco corale di Nascita della nostra forza,  rievocazione dell’ascesa “dell’idealismo rivoluzionario attraverso l’Europa devastata del 1917-1918”,(18) per concludere con il disincantato e splendido La città conquistata dove egli tira un amaro bilancio della rivoluzione come necessità che sovrasta l’individuo e che in qualche modo si nutre dei suoi sogni e delle sue speranze privandolo dell’innocenza:

“Il mondo è da rifare. Per questo bisogna vincere, resistere, sopravvivere ad ogni costo. Più saremo duri e forti, meno verrà a costare. Duri e forti anzitutto verso noi stessi. La rivoluzione è un’impresa che va realizzata sino in fondo senza debolezze. Noi siamo soltanto gli stumenti di una necessità che ci trascina, ci travolge, ci esalta e sicuramente passserà sui nostri corpi. Noi non inseguiamo nessun sogno di giustizia, noi facciamo ciò che deve essere fatto, ciò che non può non essere fatto” (19).

Nella mezzanotte del secolo

Nuovamente arrestato, Serge viene trasferito a Mosca e poi condannato a tre anni di deportazione in  “quel modesto succedaneo dell’inferno”(20) che è tornata ad essere la Siberia sotto Stalin. Ridotto in estrema miseria, Serge resiste alla disperazione scrivendo due nuovi romanzi, Gli uomini perduti e La tormenta, e preparando la prima stesura de L’anno II della rivoluzione russa. Tutti materiali destinati ad andare persi al momento della sua liberazione. L’arresto e la deportazione dello scrittore non passano sotto silenzio. In Francia si sviluppa una forte campagna in suo favore, persino intellettuali vicini allo stalinismo come Romain Rolland o  considerati “amici dell’URSS” come André Gide si mobilitano premendo sulle autorità sovietiche perché lo scrittore venga liberato. Ma è solo nel 1936, alla scadenza della pena, che Serge è liberato ed espulso dall’URSS assieme alla sua famiglia.

Il 18 aprile 1936 Serge arriva a Bruxelles e si dedica subito ad un’intensa attività pubblicistica. In pochi mesi apparvero un opuscolo sui processi di Mosca,  un bilancio sulla rivoluzione russa a due decenni dall’Ottobre e numerosi articoli su pubblicazioni della sinistra rivoluzionaria e sul quotidiano socialista di Liegi, La Wallonie. Inizia anche una collaborazione con Trotsky, allora esule in Norvegia, che fin dall’inizio appare non facile. A differenza di molti sostenitori del “vecchio”, in genere giovani intellettuali giunti da poco alla politica militante, Serge non si sente schiacciato dal carisma debordante del fondatore dell’Armata Rossa e non rinuncia a rimarcare le differenze di visione sulla Spagna e sul Poum o sul Fronte popolare francese, anche se con grande onestà intellettuale saprà riconoscere, una volta verificatasi la rottura definitiva, le ragioni del suo interlocutore:

“Trotsky mi scriveva dalla Norvegia che tutto ciò avrebbe condotto a disastri e io avevo torto di dargli torto: vedeva giusto e lontano in quel momento”(21).

Nonostante queste differenze, Serge si mantiene vicino al movimento trotskista, tanto da essere invitato alla cosiddetta Conferenza di Ginevra che si tiene nel luglio 1936 in preparazione della costituzione formale della Quarta Internazionale.  Ma la sua attività non esaurisce nell’ambito del trotskismo, assieme a intellettuali critici e a vecchi militanti operai del calibro di André Breton, Marcel Martinet, Magdeleine Paz, Pierre Monatte, Alfred Rosmer, Maurice Dommanget, Daniel Guérin e altri, costituisce un Comitato per l’inchiesta sui processi di Mosca e per la difesa della libertà d’opinione nella Rivoluzione che tenta di spezzare la cortina di silenzio sui crimini dello stalinismo e di controbattere in qualche modo la martellante campagna di menzogne sull’URSS patria del socialismo e principale baluardo antifascista frutto congiunto della propaganda dei PC staliniani e di un’intellettualità “progressista” asservita alla controrivoluzione. Fin dall’inizio Serge ha ben chiaro il filo conduttore che lega la politica staliniana e unisce fenomeni per molti versi sconcertanti come le grandi purghe in URSS o la politica controrivoluzionaria in Spagna. Può così prevedere con largo anticipo, dopo il primo grande processo dell’agosto, i processi che seguiranno e indicare persino i nomi dei futuri condannati a morte:

“Comprendevo – nota nelle sue Memorie– che era il principio dello sterminio di tutta la vecchia generazione rivoluzionaria… Perché questo massacro, mi domandavo nella Révolution Prolétarienne, e non gli vedevo altra spiegazione che la volontà di sopprimere i gruppi di ricambio del potere alla vigilia di una guerra considerata imminente. Stalin, ne sono persuaso, non aveva strettamente premeditato il processo, ma egli vide nella guerra civile di Spagna il principio della guerra europea…Una orribile logica ha presieduto all’ecatombe…Assassinati i primi bolscevichi, bisognava evidentemente assassinare gli altri, diventati testimoni incapaci di perdonare. Bisognò pure, dopo i primi processi, sopprimere coloro che li avevano montati e ne conoscevano i retroscena, al fine che la leggenda creata diventasse credibile. Il meccanismo dello sterminio era così semplice che si poteva prevederne la marcia”(22).

Liquidata la vecchia guardia bolscevica, la controrivoluzione non si ferma, ma investe direttamente l’opposizione marxista rivoluzionaria ovunque questa cerchi di organizzarsi. Nella primavera del 1937, soffocata nel sangue la Comune di Barcellona, gli staliniani procedono alla liquidazione sistematica dei poumisti e degli anarchici. Nel settembre a Losanna viene assassinato da sicari al soldo di Stalin l’ex dirigente della GPU Ignat Reiss da poco passato con l’opposizione trotskista. Nel febbraio dell’anno successivo muore a Parigi in circostanze mai chiarite il figlio di Trotsky, Leva Sedov, mentre in luglio viene rapito e assassinato Rudolf Klement, segretario organizzativo della Quarta Internazionale. E’ una vera e propria guerra di sterminio che non risparmia nessuno e a cui Serge cerca  di opporsi come può, pubblicando su La Révolution prolétarienne una rubrica di denuncia dei crimini staliniani,“Cronaca del sangue versato”, e dando alle stampe due nuove opere, Da Lenin a Stalin e Destino di una rivoluzione, in cui, riprendendo sostanzialmente le tesi sviluppate da Trotsky in La rivoluzione tradita,  traccia un bilancio ancora ”ortodosso” dell’esperienza sovietica. Nonostante la violenza rivoltante del Termidoro staliniano, per Serge l’URSS resta ancora uno Stato operaio grazie alla proprietà statale dei mezzi di produzione e alla pianificazione. Proprio per questo  la controrivoluzione burocratica è spietata, come in E’ mezzanotte nel secolo, un altro grande romanzo apparso nel 1938, il deportato Ryzik chiarisce agli altri detenuti demarcando con triste orgoglio il confine fra i militanti bolscevichi perseguitati, ma non vinti e i nuovi padroni:

“Sanno quello che siamo e cosa sono essi stessi… Nessuno è più pratico, più cinico e più lesto a risolvere tutto con l’omicidio, dei plebei privilegiati che sopravvivono alle rivoluzioni… Nasce una nuova piccola borghesia con i denti aguzzi, che ignora il significato della parola coscienza, si prende gioco di ciò che ignora, vive di energie e di slogan d’acciaio e sa molto bene di averci rubato le vecchie bandiere… E’ feroce e vile. Noi siamo stati implacabili per trasformare il mondo, loro lo saranno per conservare il bottino. Noi davamo tutto, anche quello che non avevamo, il sangue degli altri assieme al nostro, per un futuro sconosciuto. Loro sostengono che ogni cosa è compiuta purchè non gli si chieda niente; e per loro ogni cosa è realmente compiuta visto che hanno tutto. Saranno inumani per vigliaccheria”(23).

E’ mezzanotte nel secolo, redatto fra il 1936 e il 1938,  rappresenta la prima di una serie di opere dedicate da Serge a ricostruire gli esiti tragici di una generazione rivoluzionaria “logorata dalle lotte, spezzata dalla macchina totalitaria che –ed è una delle avventure più tragiche che la storia conosca- essa stessa, senza volerlo e senza rendersene conto, ha costruito con le proprie mani”(24). Il romanzo esce in Francia nel 1939, fra il crollo della repubblica spagnola e lo scoppio della seconda guerra mondiale e racconta la storia, trasposizione letteraria della drammatica esperienza di deportazione vissuta dall’autore, di un gruppo di trotskisti irriducibili confinati in un lager dell’estremo Nord. Il periodo che intercorre fra la stesura e la pubblicazione del romanzo segna un momento cruciale nell’evoluzione politica di Serge  che proprio in quei mesi rompe definitivamente con Trotsky e con la Quarta Internazionale in cui non aveva mai riposto alcuna speranza:

“Da quest’epoca data pure la mia rottura con Trotsky. Mi ero tenuto al di fuori del movimento trotskista, in cui non ritrovavo le aspirazioni dell’opposizione di sinistra in Russia a un rinnovamento delle idee, dei costumi e delle istituzioni del socialismo. Nei paesi che conoscevo, in Belgio, in Olanda, in Francia, in Spagna, gli infimi partiti della IV Internazionale, lacerati da frequenti scissioni e, a Parigi, da lamentevoli litigi, costituivano un movimento debole e settario, in cui, mi pareva, nessun pensiero nuovo poteva nascere… L’idea stessa di fondare un’Internazionale nel momento in cui tutte le organizzazioni internazionali socialiste soccombevano, in piena ondata di reazione e senza appoggi da nessuna parte, mi pareva insensata”(25).

Partito da una critica contingente ai limiti dell’Opposizione di sinistra, Serge progressivamente allarga il suo campo di indagine all’intero percorso politico del  bolscevismo a partire dalla rivoluzione d’Ottobre con l’intento di individuare quei fattori che hanno in qualche modo favorito lo sviluppo del totalitarismo staliniano. Il punto di rottura viene concretamente individuato nel “terribile episodio” di Kronstadt e nella creazione della Ceka, per Serge gravissimi errori  in quanto “incompatibili” con il socialismo. Fermamente convinto dell’assoluta necessità etica e politica di superare la discrasia fra fini e mezzi che gli pare sostanziare l’intera esperienza bolscevica, Serge  chiede al movimento trotskista un pronunciamento aperto sul tema della democrazia. La risposta è raggelante. Trotsky rifiuta sprezzantemente di confrontarsi con posizioni che ritiene nulla più di una “manifestazione di demoralizzazione piccoloborghese”. Per lui Serge, scambiando la sua crisi personale per quella del marxismo,  cerca di unire marxismo anarchismo e poumismo in una sintesi priva di qualsiasi valenza politica. E’ una critica che non lascia spazio a mediazioni di sorta. La frattura non verrà ricomposta e un anno più tardi l’assassinio del “vecchio” chiuderà definitivamente la questione. Nelle sue Memorie, rievocando questo episodio, Serge si esprimerà nei riguardi di Trotsky con enorme rispetto e con un affetto quasi filiale che non nasconde, tuttavia, una radicale critica politica:

“Sui problemi dell’attualità russa riconoscevo a Trotsky chiaroveggenza e intuizioni stupefacenti… Lo vedevo mescolare con i lampi di un’alta intelligenza, gli schematismi sistematici del bolscevismo d’altri tempi, di cui credeva la risurrezione inevitabile in ogni paese. Comprendevo quel suo irrigidirsi di ultimo superstite di una generazione di giganti, ma, convinto che le grandi tradizioni storiche non si continuano altrimenti che attraverso i rinnovamenti, pensavo che il socialismo debba pure rinnovarsi nel mondo moderno; e che ciò debba accadere mediante l’abbandono della tradizione autoritaria e intollerante del marxismo russo dell’inizio di questo secolo”(26).

In un mondo senza perdono

Lo scoppio della guerra lo coglie a Parigi. Il 10 giugno 1940, poco prima dell’entrata dei tedeschi nella capitale, egli parte con i propri familiari per Marsiglia, da lì con grande fatica dopo infinite peripezie riesce ad ottenere un visto per il Messico dove giunge nel settembre dopo un viaggio avventuroso di cinque mesi che ha toccato la Martinica, San Domingo e Cuba. L’esperienza, prima della fuga dalla Francia occupata e poi dell’esilio messicano, è terribile e segna profondamente Serge accentuandone quella vena di amarezza che già aveva manifestato nei suoi ultimi scritti. Rivoluzionario senza partito, odiato dagli stalinisti, respinto dai trotskisti, egli è costretto a bere fino in fondo l’amaro calice di un isolamento quasi totale. “Noi viviamo –scrive dal Messico all’amicoAntoine Borie- del tutto isolati… le persone vivendo per gruppi nazionali, ogni solidarietà essendosi dissolta”.27 “Ci si salva d’altronde per famiglie politiche, i gruppi non servono più ad altro che a questo. Tanto peggio per il fuori partito che si è permesso di pensare solo…” (28).

Nell’esilio messicano Serge si dedica totalmente ad una intensissima attività letteraria. Mentre redige le sue Memorie, collabora attivamente con riviste europee e nordamericane e scrive gli ultimi suoi romanzi, Il caso Tulaev, Gli ultimi tempi e Anni spietati. Dedicato al tema dei grandi processi staliniani degli anni Trenta e delle confessioni degli esponenti della vecchia guardia bolscevica che si erano autoaccusati di ogni sorta di crimine contro il potere sovietico, Il caso Tulaev ricostruisce dal di dentro con una precisione assoluta il clima di terrore e di menzogna sviluppatosi in URSS a partire  dall’assassinio di Kirov e culminato nelle gigantesche purghe che spazzano via quello che resta del vecchio partito bolscevico. Pubblicato in Francia soltanto nel 1948, un anno dopo la morte di Serge, il romanzo, che egli considerava il suo libro migliore, và a confondersi con i primi segnali della guerra fredda e della propaganda antisovietica tanto da far attribuire al suo autore l’etichetta falsa di sostenitore del “mondo libero” e di anticomunista. In realtà, pur da posizioni estremamente critiche, Victor Serge si considererà sempre un marxista, anche se il suo marxismo assume col tempo una sempre più marcata connotazione umanistica a cui non è estraneo un crescente interesse verso la psicologia considerata “la scienza rivoluzionaria dei tempi totalitari”. Seppur critico verso ogni forma di dogmatismo e assertore convinto, anche se confuso, della necessità di un radicale rinnovamento della teoria, Serge non rifluisce sulle giovanili convinzioni libertarie, né aderisce, nonostante qualche momentanea debolezza, ad un’illusoria terza via tra capitalismo e comunismo, ma fino all’ultimo  si dichiara apertamente a favore della validità del metodo marxiano:

“Il concetto di lotta di classe spiega la storia degli ultimi vent’anni con un’esattezza illuminante; ciò significa che essa è intellegibile solo alla luce del marxismo. Soltanto il marxismo ci permette di capire la sconfitta del socialismo in Europa…Le sconfitte del movimento socialista non sono necessariamente sconfitte per il marxismo…Il fatto indiscutibile che siamo sconfitti non deve scoraggiarci troppo se riusciamo a comprendere perché e come siamo stati sconfitti”(29).

Altrettanto coerente è la sua posizione verso il bolscevismo. Serge non sarà mai, nonostante le ingenerose critiche di Trotsky,  un rivoluzionario pentito. Certo, le sue posizioni cambiano, evolvendo dall’originale condivisione della tesi trotskiana dell’URSS stato operaio degenerato ad una concezione, poco definita e in gran parte giocata sul piano sovrastrutturale, dello stato sovietico come totalitarismo, per approdare infine, durante  gli anni della guerra, al tentativo di fondere, con esiti peraltro notevolmente confusi, le teorie fra loro inconciliabili del capitalismo di stato e del collettivismo burocratico. Ciononostante, a differenza di molti altri intellettuali impegnati che nel dopoguerra si schiereranno a fianco del Dipartimento di Stato nella crociata anticomunista, Serge anche quando si sposta in qualche modo verso destra mantiene un profondo legame emozionale con la rivoluzione russa e la sua esperienza di militante prima del partito di Lenin e poi dell’Opposizione di sinistra, tale da ricondurlo sempre su posizioni inconciliabili con l’ordine borghese (30). Sicchè il valore dell’intera opera di Serge non consiste solo nell’essere un documento storico-politico pressochè unico, ma nella riaffermazione della validità di un ideale rivoluzionario in cui politica e morale possano coesistere. In quest’ottica la sua critica, talvolta anche aspra, al “giacobinismo” esasperato di Lenin e Trotsky si stempera in un più meditato bilancio secondo cui “né l’intolleranza né l’autoritarismo dei bolscevichi (e della maggior parte dei loro avversari) consentono di mettere in questione la loro mentalità socialista e le acquisizioni dei primi dieci anni della rivoluzione… Resta il fatto che la resistenza della generazione rivoluzionaria, alla testa della quale si trovava la maggior parte dei vecchi socialisti bolscevichi, fu così tenace che, nel 1936-1938, all’epoca dei processi di Mosca, questa generazione dovette essere sterminata interamente perché il nuovo regime potesse stabilizzarsi. Fu il colpo di forza più sanguinoso della storia. I bolscevichi perirono a decine di migliaia… i più grandi campi di concentramento del mondo si incaricarono dell’annientamento fisico di masse di condannati”(31).

“Serge – commenta il suo maggiore studioso italiano- conosce troppo bene, per averla vissuta dall’interno, la parabola della rivoluzione per ignorare che la degenerazione burocratico-totalitaria non è il prodotto fatale di un’ideologia, bensì il risultato del progressivo isolamento della rivoluzione nei confini di un paese arretrato, e per dimenticare che l’amalgama tra la Russia di Lenin e quella di Stalin è priva di qualsiasi fondamento, giacchè lo stalinismo ha potuto affermarsi sul terreno della rivoluzione solo soffocando la rivoluzione stessa, negandone i presupposti, vanificandone i fini e massacrando un’intera generazione di rivoluzionari. In definitiva, si può affermare che tutta l’opera di Serge, proprio quando più aspra e serrata si fa la critica degli orrori dello stalinismo, testimonia a favore della rivoluzione e non contro di essa”(32).

Victor Serge muore il 17 novembre 1947, stroncato da un infarto in un taxi di Città del Messico. A lui ben si addicono, quasi a rappresentare un ideale testamento, le parole di uno dei suoi personaggi: “Scomparendo, non   stabiliamo il bilancio del disastro, ma testimoniamo la grandezza d’una vittoria che ha anticipato troppo il futuro e chiesto troppo agli uomini” (33).

Savona, dicembre 1999
Notas

1  V. Serge, Memorie di un rivoluzionario, La Nuova Italia, Firenze 1956, p.3.
2  E. Santarelli, «Nuovi studi su Victor Serge», Bandiera Rossa, n.24, aprile-maggio 1992.
3  M.L. Salvadori, «Victor, testimone della bufera», La Stampa del 21/9/1983.
4  V. Serge, Memorie…, cit., p. 9.
5  Ibidem, pp.12-13.
6  Ibidem, p.28.
7  Ibidem, pp.111-112.
8  V. Serge, Gli anarchici e l’esperienza della rivoluzione russa,  Jaca Book, Milano 1969, p.17.
9  V. Serge, Memorie…, cit., p.194.
10 Ibidem, pp.257-258.
11 Ibidem, p.282.
12 P. Casciola, Victor Serge (1890-1947), introduzione a V. Serge, Ritratto di Stalin, Erre emme, Roma 1991, p.18.
13 V. Serge, Memorie…, cit., p.356.
14 V. Serge, lettera a Marcel Martinet, 17 settembre 1930.
15 A. Chitarin, Introduzione a V. Serge, La città conquistata, Manifestolibri, Roma 1994, p. 8.
16 V. Serge, Letteratura e rivoluzione, Celuc Libri, Milano 1979, p.74.
17 V. Serge, Memorie…, cit., pp.381-382.
18 V. Serge, lettera a Marcel Martinet, 20 febbraio 1931, Rivista di storia contemporanea, n.3, ottobre 1978.
19 V. Serge, La città conquistata, Manifestolibri, Roma 1994, p.44.
20 V. Serge a H. Poulaille, lettera del 7 agosto 1934, in Rivista di storia contemporanea, cit.
21 V. Serge, Memorie…, cit., p.484.
22 Ibidem, p.486.
23 V. Serge, E’ mezzanotte nel secolo, Edizioni e/o, Roma 1980, p. 122.
24 F. Lefevre, intervista con Victor Serge, La Wallonie, 30 gennaio 1940.
25 V. Serge, Memorie…, cit., p.514.
26 Ibidem, pp.514-515.
27 V. Serge, Lettres a Antoine Borie, Témoins. Cahiers indépendants, Zurich, Février 1959, p.10.
28 V. Serge, Memorie…, cit., p.535.
29 V. Serge, Socialismo e totalitarismo, Prospettiva Edizioni, Roma 1997, pp.81-82.
30 A. Wald, «Victor Serge et la Gauche anti-stalinienne de New York 1937-47», Cahiers Léon Trotsky, n.35, septembre 1988, p.16.
31 V. Serge, La crisi del sistema sovietico, Edizioni Ottaviano, Milano 1976, pp. 210-212.
32 A. Chitarin, Introduzione a V. Serge, Il caso Tulaev, Bompiani, Milano 1980, p.XIII.
33 V. Serge, Il caso Tulaev, cit., p.429.

El POUM en la memoria . Andalucia Libre.2005

«La dirección del Partido oficial (el PCE) no ha hecho nada absolutamente por crear en Vasconia, en Galicia y en Andalucía un movimiento de independencia nacional íntimamente ligado a la clase obrera revolucionaria (…) Nosotros somos partidarios ardientes de la independencia de Cataluña, de Euskadi, de Galicia, de Andalucía, etc. La burguesía no ha podido hacer la unidad ibérica. Ha mantenido la cohesión mediante un régimen de opresión constante. España, que no es una nación sino un Estado opresor, debe ser be ser disgregada». Carta abierta de la Federación Comunista Catalano-Balear al Comité Ejecutivo de la Internacional Comunista, La Batalla, 1 de Mayo de 1931.

[Citada en Grandizo Munis, «Jalones de Derrota, Promesa de Victoria. Critica y Teoría de la Revolución española (1930-1939)», Zero Zyx, Madrid, 1977, pags. 70-71; Víctor Alba, «Dos Revolucionarios: Andreu Nin y Joaquín Maurin», Madrid, 1975, Págs. 133-134; Andrew Charles Dugan, «BOC 1930-1936, El Bloque Obrero y Campesino», Laertes, Barcelona, 1996, pag. 105]

La cita anterior no pretende en absoluto describir cual fue la posición del POUM sobre la cuestión nacional en general y la andaluza en particular.

De hecho, las brillantes intuiciones políticas que contenía este documento de 1931 -cronológicamente el primero que conocemos expresamente favorable a la independencia andaluza- quedaron sin continuidad. Hecho publico sólo quince días después de las proclamaciones de la República Catalana -reconvertida por Macià en Generalitat autónoma- y de la II República Española, sus posiciones fueron pronto matizadas en junio de 1931 por la FCC-B a traves de su líder y portavoz Joaquim Maurin, en un sentido favorable a la «separación para la libre unión». Las referencias al problema nacional de Andalucía desaparecieron de los textos de la FCC-B y de sus sucesores, Federación Comunista Ibérica y Bloque Obrero y Campesino; ausencia a la que quizá coadyuvaron tanto su evolución general en esta cuestión como su carencia de implantación en nuestra Nación así como las debilidades políticas del movimiento andalucista histórico de Blas Infante. El BOC, presente básicamente en Cataluña -donde era la principal fuerza política socialista y competía con ERC y CNT- centró lógicamente desde 1932 su atención en este tema en la elaboración de sucesivas actualizaciones tácticas ante la cuestión catalana, al hilo de la complejísima evolución de la situación política y social en este periodo revolucionario. Además, también hay que hacer constar que en su momento su formulación y defensa por la FCC-B provocó muy duras respuestas por parte de Andréu Nin y de la ICE, en términos más afines a los que entonces -y ahora- se entendía por «ortodoxia leninista». (La ICE sí que tenía presencia en Andalucía, contando con organizaciones locales -que luego fueron del POUM- en Sevilla, Cádiz, Gerena, Guadalcanal, Algeciras, Jaén y Fuensanta de Martos y en la vecina Llerena, exterminadas todas por los franquistas) (1).

Si hemos recuperado ahora este aspecto parcial de la «prehistoria» del POUM es para llamar la atención a su traves sobre el riquísimo caudal de perspectivas que encierra el conocimiento de la trayectoria de las dos corrientes revolucionarias que, configuradas en torno a 1930, confluyeron en su formación en septiembre de 1935: la Izquierda Comunista, sección de la Oposición de Izquierda y el Bloque Obrero y Campesino. Enseñanzas que no se agotan en absoluto en el nivel teórico de sus elaboraciones ni en el interés de sus aportaciones en el terreno del análisis o en el caudal informativo y polémico aportado por las discusiones cruzadas entre sí, con Trotsky y la Oposición de Izquierda Internacional o con otras organizaciones de la izquierda, sean los diversos nacionalistas de izquierda, los estalinistas del PCE o las diferentes corrientes del socialdemócrata PSOE o del movimiento anarco-sindicalista. El BOC y la IC fueron dos organizaciones militantes que durante la etapa republicana desarrollaron con honestidad el intento de construir una estrategia revolucionaria acorde a la situación en la que les tocó operar, defendiendo en la practica un proyecto socialista revolucionario coherente. Así es obligado recordar que sin su trabajo e influencia social, sindical y política no es posible entender -por ejemplo- la formación de las Alianzas Obreras que encabezarían las insurrecciones de Asturias y Cataluña en 1934 o fenómenos políticos de importancia como el origen, alcance y limites de la radicalización del PSOE-UGT entre 1933 y 1936 ante el ascenso de la amenaza fascista y la crisis terminal del régimen republicano.

Llegado 1936, el POUM constata que la alternativa está planteada entre fascismo y socialismo. En condiciones muy difíciles, intenta articular su inmersión en la masiva corriente de respuesta popular unitaria con aspiraciones democrático-socialistas que se plasma en el triunfo de la coalición obrera-republicana en las elecciones de febrero -una vez que no consigue que se de un frente de izquierdas socialistas sin adherencias azañistas- combinándola con el impulso y centralización del vigoroso movimiento obrero y popular que se expresa en esas fechas a partir de la victoria electoral, con multitud de huelgas y ocupaciones de tierras. Denuncia que mientras esto ocurre, se gesta y extiende la conspiración militar-fascista, alertando ante la pasiva connivencia del Gobierno republicano del Frente Popular. Luego de que la movilización revolucionaria derrote el golpe militar en Julio y abra paso a la guerra civil, el POUM intentará que la vinculación entre «Guerra y revolución/Revolución y guerra» se mantenga, entendiendo esta conexión como única vía para la victoria; sufriendo, primero, las consecuencias de su condición minoritaria ante la CNT y la izquierda largocaballerista del PSOE y luego, la embestida directa del Frente Popular (ERC, republicanos Azañistas, derecha prietista del PSOE y gubernamentales de la CNT) a traves del ariete del estalinista PCE-PSUC. Tras las primeras escaramuzas contra el POUM de Madrid en noviembre de 1936, el estallido de la provocación de las Jornadas de Mayo de 1937 en Barcelona y la ulterior capitulación de la CNT, el Régimen republicano ilegalizará al POUM buscando con ello abrir paso franco a la liquidación de las conquistas revolucionarias de Julio de 1936 y reinstaurar el descompuesto régimen de la II República.

A avalar ese objetivo, encubriéndolo tras calumnias, responde el intento de trasmutar al POUM en una «agencia de espionaje franquista», faena a la que se dedican con virulencia el PCE-PSUC. Siguiendo la técnica de los Procesos de Moscú -denunciados valientemente por el POUM en su prensa- agentes de la policía secreta soviética en colaboración con estalinistas españoles secuestran a Andréu Nin, secretario político del POUM, para intentar arrancarle una confesión de su presunta «traición». La heroica resistencia a las torturas de Nin lleva a su asesinato y desaparición y el escándalo internacional subsiguiente salva a los otros detenidos del POUM de similar destino, pese a su condena judicial, que los mantendrá, no obstante, en prisión hasta el avance franquista, cuando aprovechan la confusión para evadirse.

En medio de una desmoralización general creciente en el campo popular, el POUM se reconstruye en la clandestinidad, reanudando su trabajo que persistirá en la resistencia tras la victoria franquista, recomponiendo una seria organización ilegal en Cataluña y Madrid.

En 1945 el POUM sufrirá la escisión de una parte de su organización catalana que dará lugar a la formación del Moviment Socialista de Catalunya (MSC), organización que defiende la formación de una nueva socialdemocracia catalana. En plena guerra fría e influidos por ese contexto, abandonaran también el POUM del exilio otros antiguos militantes que pasaran del antiestalinismo a la «estalinofobia». En 1952, el POUM resentirá los efectos de una amplia caída de militantes del interior, detenidos por la policía franquista, quedando reducido en la practica a una organización del exilio, desde donde desarrolla en adelante tareas de propaganda, infraestructura y apoyo a las fuerzas antifranquistas del interior. Durante los últimos años del franquismo, la incorporación de algunos nuevos jóvenes militantes llevará a un intento frustrado de reconstrucción política del POUM en el interior como organización de izquierda revolucionaria que -aparte de otras dificultades- tendrá que sobrellevar y superar los efectos de una operación paralela destinada a sumar la «imagen del POUM» en el haber de quienes pretenden reorganizar la socialdemocracia en Cataluña. Resuelto el envite, el nuevo POUM no conseguirá sin embargo sostenerse y terminará su actividad partidaria hacia finales de 1980 (no sin que antes, algunos militantes andaluces del POUM participen con otras fuerzas como FLA y JCA en la efímera formación del independentista Frente Andaluz de Liberación en 1979).

El Hilo Rojo

Las fuentes y obras ya accesibles nos permiten distinguir las actuaciones del momento de sus interpretaciones posteriores, incluso cuando estas son efectuadas por algunos de sus protagonistas y situar en su adecuado lugar las diferencias habidas incluso cuando toman forma virulenta. Lo más productivo es acercarse a ellas no a partir de previos alineamientos doctrinarios sino animados por la voluntad de saber y entender, intentando ponerse sinceramente en el lugar de aquellos y aquellas militantes del POUM que aún hoy, 70 años después, siguen mereciendo nuestro testimonio de respeto y admiración.

La reivindicación del POUM hoy va más allá del reconocimiento debido a una corriente militante que fue socialista revolucionaria y democrática -«cuando era media noche en el siglo»- y la más avanzada en su época en la comprensión desde la izquierda del problema nacional. No se limita al restablecimiento necesario de un hilo ético de continuidad honrosa, que trasciende el nivel de acuerdos y desacuerdos concretos posibles fruto de la evolución histórica o de las diferencias en perspectivas políticas. Es un ejercicio de justicia histórica que, sin requerir en absoluto identificación acrítica alguna, sino bien al contrario, sosteniéndose en el minucioso conocimiento de los hechos y en su intenso debate subsiguiente nos ofrece argumentos sobrados para contraponer en la polémica política actual a quienes aún hoy siguen, bien justificando explicita o vergonzantemente al Régimen franquista, bien -sea en versión socialdemócrata o zombiestalinista- ocultan la realidad histórica para presentar aquel periodo revolucionario como una simple confrontación entre «democracia-liberal» y «totalitarismo», desde la que justificar sus posteriores transacciones con los herederos del franquismo y su colaboracionismo con el Régimen actual.

Quede expresa nuestra consideración del POUM como experiencia militante histórica, que forma parte del patrimonio plural de quienes ahora, en pleno siglo XXI, luchan en Andalucía por la Independencia y el Socialismo.

Nota (1): Para datos de implantación en Andalucía de la ICE, ver Pelai Pages, «El Movimiento Trotskista en España (1930-1935)», Ediciones Península, Barcelona, 1977, pag. 90; Para datos de implantación del BOC y del POUM, ver: Andrew Charles Dugan, «BOC 1930-1936, El Bloque Obrero y Campesino», Laertes, Barcelona, 1996, Apendices pag. 535 y ss.

España y el anarquismo en Cuba (Carlos Estefania, 2000)

Artículo publicado originalmente en Iniciativa Socialista nº  59, invierno 2000-2001. Carlos M. Estefanía, disidente cubano residente en Suecia, es director de la revista electrónica Cuba Nuestra.

Los libertarios han luchado en Cuba contra toda suerte de regímenes despóticos, el de Batista no fue la excepción. Cientos de ácratas cubanos sufrieron persecución, tortura, muerte y exilio por su participación en acciones de protesta, incluso armadas, contra la dictadura. Entre los combatientes antibatistianos se encontraban numerosos anarquistas: Boris Luis Santa Coloma (muerto durante el ataque al Cuartel Moncada), Miguel Rivas (desaparecido), Aquiles Iglesias y Barbeito Álvarez (desterrados), así como Isidro Moscú, Roberto Bretau, Manuel Gerona, Rafael Cerra, Modesto Barbieta, María Pinar González, Dr. Pablo Madan, Plácido Méndez, Eulogio Reloba (y sus hijos), Abelardo Iglesias y Mario García (también con sus primogénitos). Todos ellos fueron encarcelados, y en casos torturados, incluso hasta la muerte, como ocurrió con Isidro Moscú. Los anarquistas estarían presentes en las guerrillas. En las de Oriente participarían Gilberto Liman y Luis Linsuaín. En las del Escanbray una de las principales figuras lo fue Plácido Méndez. La lucha urbana contó con el local de la Asociación Libertaria de La Habana como centro de reuniones conspirativas tanto para el 26 de julio como el Directorio Revolucionario.
La perspectiva libertaria sobre la naturaleza de la Revolución Cubana

A principios de los sesenta, la revista libertaria argentina «Reconstruir» publicó una serie de artículos extraordinariamente reveladores sobre la revolución cubana. Tales textos constituyen material de primera mano para interpretar, desde una perspectiva libertaria, el proceso socio-político que condujo al derrocamiento de Batista y comprender la esencia del nuevo régimen establecido. Se destacan los trabajos firmados por Justo Muriel, Gastón Leval, Augusto Souchy y especialmente los de Abelardo Iglesias, veterano de la Guerra Civil española y participante en la lucha antibatistiana. Entre las referencias especialmente importantes sobre el momento del triunfo revolucionario que nos ofrece Iglesias, están sus valoraciones en torno a los logros sindicales obtenidos por los obreros cubanos (de los que serían privados por su «Revolución») y una «lectura» de la apoteósica «Marcha sobre la Habana» de Fidel. Para Iglesias no fue más que una comedia copiada de la marcha de Mussolini sobre Roma. El costoso espectáculo, según Iglesias, no tenía sentido militar, el pueblo cubano ya se había liberado de Batista. Aquella era una simple ceremonia ostentadora del poder del nuevo caudillo.

Los textos publicados por Reconstruir develan el carácter policlasista, reformista y democrático que en sus orígenes tuvo la revolución cubana, así como la ausencia en el proceso, salvo en elementos muy aislados, del radical antinorteamericanismo y del prosovietismo puestos en boga por Fidel Castro después de sentirse firme en el poder. Lo que se desprende de estos artículos es que aquella no había sido una verdadera revolución obrero-campesina, y que tampoco había conducido al restablecimiento de las libertades civiles, ni a la creación de un sistema socialista; tras ella se violaban los derechos humanos más elementales y los trabajadores del campo y la ciudad continuaban alienados de los medios de producción, del mismo modo o peor de lo que habían estado antes.

A pesar de haber transcurrido más de 30 años, desde que se publicaron, estos artículos mantienen gran vigencia, particularmente los análisis de Iglesias sobre el funcionamiento de la nueva oligarquía gobernante, sus técnicas propagandísticas, de coacción y de movilización masiva.

Desgraciadamente, existe una sesuda «cubanología» parapetaba en ciertas universidades europeas y latinoamericanas que desconoce artículos como los de Reconstruir u otros trabajos que detallan la desnaturalización estalinista sufrida por la revolución cubana. Un proceso que se inició mucho antes de la confrontación (realmente provocada por Fidel Castro) con los Estados Unidos.

Nuestro hombre en La Habana

Los soviéticos descubrieron muy a tiempo en Fidel Castro un individuo con suficiente habilidad política como para atribuirse la victoria revolucionaria -que pertenecía en realidad al conjunto de las diversas fuerzas sociales que enfrentaron a Batista-. La imagen burgesa-latifundista del joven Castro evitó que los cubanos sospecharan lo que él mismo llegó a declarar en 1961, que había sido un marxista convencido (aunque inmaduro) desde los inicios de la lucha armada. Todas sus acciones y declaraciones políticas de aquella etapa estuvieron encaminadas a crear confusión acerca de su verdadera ideología. Hubo quien le atribuyó concepciones fascistas, otros anarquistas.

En la trampa de tomar a Castro por libertario han caído unos cuantos, incluso el jefe de propaganda del Partido Socialista Popular (partido de los estalinistas cubanos), Luis Mas Martín, quien intentó usar a Raúl Castro para influir en Fidel. Mas Martín todavía en 1959 opinaba que Fidel Castro era un anarquista cuyo odio a los Estados Unidos le llevaría a manos del Partido (comunista) sobre todo si los norteamericanos «seguían actuando de manera idiota» [Andrew]. Es muy probable que los estrategas soviéticos prefirieran mantener compartimentada la información sobre sus planes para Cuba entre la nueva mano derecha (KGB) y la vieja izquierda estalinista que ya estaba introducida en la Isla desde los años 20. Esto explicaría que tanto Mas Martín como otros dirigentes del PSP desconocieran los proyectos soviéticos para la revolución cubana.

El primer gobierno revolucionario tenía apariencia liberal. El presidente Manuel Urrutia, designado por Fidel Castro, había defendido en su condición de magistrado el derecho de Fidel Castro a rebelarse contra la dictadura de Batista, pero al mismo tiempo era un declarado opositor al imperialismo soviético, posición que compartía con numerosos militantes del 26 de Julio y de las demás organizaciones revolucionaria. Estos creían en Fidel, pero no así en Raúl Castro y Ernesto Che Guevara declarados filosoviéticos Muy pronto se demostró que aquel gobierno provisional no tenía verdadero poder. A los pocos meses el presidente Urrutia es obligado a renunciar por una maniobra que el mismo denominó. «e1 golpe de estado de 17 de Julio».

La penetración comunista fue denunciada por el comandante Huber Matos, jefe militar de Camagüey lo que le costaría la acusación de traidor y ser condenado a 20 años de prisión. Es en medio del proceso contra Matos que desaparece Camilo Cienfuegos, según el régimen producto de un «accidente aéreo». Pero existe otra versión la que nos ofrece, en «Reconstruir» el capitán Roberto Cárdenas, Jefe de la Base Aérea de Camagüey en el momento de la desaparición. Cárdenas era amigo personal de Camilo, había combatido contra la tiranía de Batista en la Columna 14, en la cual era jefe de su sección de espionaje:

«En realidad lo que había sucedido era que Camilo había sido muerto por el propio Fidel en el Palacio Presidencial, aproximadamente a las nueve y media de la noche del 27 de octubre, día que se celebró el mitin para pedir el fusilamiento de Húber Matos. Pepita Riera se encontraba presente en el Palacio presidencial durante la concentración donde las masas fueron excitadas para pedir el fusilamiento de Húber Matos. Hablaron Fidel, Raúl y Almeida a la multitud. Camilo no quiso hablar esa noche. Después recriminó a Raúl y dijo que era vergonzoso incitar a las masas a pedir el fusilamiento del comandante Matos, quien verdaderamente no era culpable de ningún delito. Raúl respondió lleno de ira, insultantemente y Camilo le dijo también en tono descompuesto que si seguía así lo iba a matar allí mismo. Hay otro testigo cuyo nombre no puede ser descubierto aún, que presenció la continuación de esta discusión. Según él las voces fueron subiendo de tono, hasta que súbitamente, se sintió un disparo, y a continuación otro más. Este testigo oyó a Raúl gritar: ¡Lo has matado! Esto sucedía en una de las habitaciones del Palacio Presidencial donde se habían reunido. Después llegó a nuestro conocimiento que Fidel necesitó esa noche asistencia médica, porque había tenido una crisis nerviosa y estaba histérico» [Cárdenas].

Como oficial de la Fuerza Aérea Rebelde y experimentado piloto, el capitán Cárdenas detectó una serie de incongruencias en la búsqueda de Camilo y organizó una investigación paralela. Asi dió con el avión de Camilo en una finca situada a 25 millas al sudeste de Camagüey, llamada «La Larga». Allí estaba la pequeña nave áerea escondida bajo pencas de guano y con las insignias cubiertas de pintura blanca [Cárdenas].

Camilo ha sido una de la figura cuyo carisma e ideología ambigua, unidos al color rojinegro del brazalete de los miembros del 26 de julio, ha contribuido a la confusión universal sobre la matriz libertaria de la revolución Cubana. El autor tuvo la oportunidad de tratar el tema en mayo de 1998, en una actividad de los anarcosindicalistas suecos, con el ácrata napolitano, Egno Carbone, quien citó un artículo aparecido en el periódico libertario italiano Humanita Nuova donde se señalaba a Camilo Cienfuegos como el espíritu libertario de la Revolución y la posibilidad de que Fidel lo hubiera mandado a matar.

Según el colega Frank Fernández, concienzudo historiador del anarquismo cubano, no existe prueba alguna de ideología anarquista en Camilo aunque se sabe que su padre militó en las filas libertarias durante la juventud. Por otra parte sabemos que el hermano de Camilo, Osmani, era miembro del PSP antes de la revolución y fue, hasta no hace mucho, uno de los dirigentes más importantes del régimen cubano. (¿conocería las revelaciones de Cárdenas sobre Camilo?).

Lo que si parece ser, por lo que declara Roberto Cárdenas, es que Camilo, a diferencia de su hermano, habría constituido un obstáculo para la sovietizacion del país. Afirma el capitán Cárdenas, que ya en 1958 algunos oficiales rebeldes habían detectados las «tendencias comunistoídes» de Fidel Castro. Una noche del mes de septiembre de 1958 se celebró una reunión en la finca de Cárdenas con la participación de Camilo. Allí se acordó que a la primera manifestación comunista de Fidel los presentes harían todo lo posible por destituirlo [Cárdenas].

Desafortunadamente los acontecimientos se desarrollaron con tal vertiginosidad que las fuerzas antiestalinistas de la revolución no atinaron a detener la penetración, fraguada de antemano, por prosoviéticos. Los sectores políticos, económicos, ideológicos y especialmente represivos del aparato estatal fuero copados rapidamente por cuadros comunistas. Quien se tomara el trabajo de visitar el museo del Ministerio del Interior, cito en quinta avenida y catorce, Miramar, La Habana, como hizo el autor en la primavera de 1993, detectaría, por las biografías inscritas en los pies de los retratos de los primeros «mártires» del G-2, la mayoritaria pertenencia a la «Seguridad» de los miembros del Partido Socialista Popular. Comparado con otras organizaciones, el PSP apenas se destacó en la lucha clandestina contra Batista. Así resulta algo desproporcionado la confianza que se depositó en sus cuadros a la hora de reprimir los grupos de todo tipo (muchos de origen revolucionario) que se opusieron al gobierno de Castro.

España; aparta de mí ese cáliz

No estaba ocurriendo «nuevo bajo el sol»; los anarquistas cubanos, que participaron como combatientes en la guerra civil española, descubrieron que se estaba repitiendo en Cuba, pero a mayor escala que en España, el modus operandi de los comunistas. Durante la guerra civil, los estalinistas, amparándose en la lucha antifascista, así como el apoyo económico, y de inteligencia les ofreció la URSS consiguieron cuotas de poder suficiente para aniquilar arteramente a muchos antifranquistas. La decisión de prestar ayuda a la República Española fue tomada por Stalin el 31 de agosto de 1936, en el curso de una reunión del Politburó celebrada en Moscú. Desde entonces, el Komintern y sus diversos agentes, organizaciones secretas y de espionaje se prepararon para para un mayor compromiso militar. El 14 de septiembre tuvo lugar una reunion determinante, nada más y nada menos que en los cuarteles de la tristemente célebre Lubianka, al parecer en presencia de Yagoda, jefe de la policía secreta NKDV. En ella se determinó organizar la ayuda militar directa de Rusia a España -algun día sabremos donde se efectuó la que hizo lo mismo con Cuba- En la reunion de marras se le atribuyó al NKDV la tarea de supervisar los envíos de armas y personal con destino a España y se nombró a «Alexander Orlov» (seudónimo) como oficial superintendente [Johansson…]. Este individuo sería la eminencia gris encargada de prácticar en España muchas de las medidas represivas que poco más de 20 años despues aplicarían sus discípulos contra los anarquistas en Cuba.

Vale recordar aquí, a modo de ejemplo, uno de los casos represivos estalinistas más escandalosos en España, el de la aniquilación del Partido Obrero de Unificación Marxista (POUM). Éste era una organización conformada por unos 60000 miembros, que lideraba Andrés Nin, antiguo secretario de Trotsky en Moscú, que mantenía una posición totalmente crítica hacia el estalinismo. Por cierto, fue gracias a la influencia de Nin sobre el comunista cubano Sandalio Junco que nacería el trotskismo en Cuba. No es mera casualidad que Junco cayera una década después que su mentor, también a manos del estalinismo, bajo los disparos de una pandilla en la que participó Armando Acosta, entre otros. Acosta se convertiría en asistente del Che durante su incursión guerrillera en las Villas, y posteriormente presidente de los llamados Comité de Defensa de la Revolución.

Volviendo a España. El prestigio de Nin le permitió ocupar la cartera de ministro de Justicia en el gobierno catalán, lo que le valió al POUM la critica de Trotsky. A pesar de ello el POUM no se pasó al estalinismo, siguió siendo uno de los pocos grupos dentro de la República, que, junto a algunas publicaciones anarquistas, se atreviera a denunciar los procesos de Moscú.

Los comunistas españoles y sus aliados internacionales, comenzaron una fuerte campaña contra el POUM. El primer eslabón fue expulsar a Nin del Gobierno catalán en diciembre del 36. El punto culminante fue su arresto y desaparición. Los dirigentes del POUM fueron acusados de fascistas. Las persecuciones y torturas las llevaban a cabo los comunistas extranjeros siguiendo instrucciones de Orlov, quien insistía en que le gobierno español no debía tener información sobre el asunto. Mientras los socialistas y republicanos, ensimismados en su lucha contra Franco apenas se dieron por enterados. Asesinado Nin, los hombres de Orlov continuaron en activo, mientras se formaba un servicio de contraespionaje llamado SIM (Servicio de Investigación Militar), con el fin de limitar la actividad entre otros, de los anarquistas. Aunque al principio el SIM sirvió con lealtad al gobiemo republicano, incluso denunció casos de los funcionarios rusos que pretendían actuar sin consultar con éste, terminó por transformarse en una policía política de los comunistas. Hugh Thomas, historiador de la guerra civil española, nos refiere:

«En todo caso el SIM pronto empezó a emplear los viles métodos de tortura de la NKVD: se construyeron celdas de unas dimensiones tan pequeñas que apenas cabía en ella un prisionero y el suelo era de ladrillos colocados de canto. Se instalaron fuertes luces eléctricas que producían deslumbramiento, o se utilizaban ruidos ensordecedores, o baños helados, hierros candentes o porras. EL SIM fue responsable del asesinato de varios reclutas del ejército republicano, y no sólo de los cobardes e ineficaces, sino también de aquellos que no estaban dispuestos a seguir las órdenes de los jefes comunistas» [Andrew].

Del mismo modo que el estalinismo de España quiso hacer pasar a los militantes del POUM por agente de los «Nacionales» se ha querido hacer pasar a los opositores de Castro, entre ellos a los anarquistas y trotskistas, como aliados de la reacción o agentes del imperialismo. El recurso de identificar al antiestalinista con las fuerzas de la «contrarrevolución» sería aplicado en Cuba, gracias a las «asesorías» de numerosos cuadros formados durante la guerra civil española, o de hijos de los comunistas educados en «La patria de Lenin». No debe extrañarnos semejanzas entre los medios de presión utilizados en las cárceles de Cuba, según los testimonios del nuevo presidio político cubano, y los que describe Hugh, como propios de las cárceles del SIM en España. Podemos arribar, pues a la conclusión de que la Guerra civil española sirvió a los estrategas soviéticos como campo de experimentación, cuyos resultados serían aplicados indefectiblemente en la transformación en saéelite de los países de Europa Oriental, y especialmente de Cuba (cuyo contexto sociocultural emparentaba con el español).

Veamos cómo se inicia el expediente cubano de la KGB -descartando la versión de Salvador Díaz Verson de que Castro fué reclutado en 1948-: a mediados de los años 50 los servicios de inteligencia soviéticos tenían grandes dudas sobre la posibilidad de un poder comunista en América Latina, dada la enorme influencia de los Estados Unidos en el continente y pese a contar con la magnífica cantera de espías que significaban los partidos comunistas, verdaderos brazos políticos de la URSS en el continente el partido comunista era capaz de desencadenar una revolución o detenerla según ella favoreciera o perjudicara los intereses de la Unión Soviética en la región-.

E1 primero en descubrir dentro de la KGB las potencialidades de Castro para los intereses regionales de la URSS fue el joven oficial hispanohablante de la KGB Nikolay Sergeievich Leonov, estacionado en la ciudad de México. Leonov había «conocido» previamente a Raúl Castro en 1951. Fue a raíz de su participación en el Festival Internacional de la Juventud en Viena. Este primer contacto tuvo lugar en el barco en que regresaba de Europa el hermano de Fidel. Se iniciaría así una historia que empequeñecería a la más fantástica de las aventuras de «James Bond» pero ahora con un final de signo contrario, el de victoria rotunda de la KGB sobre los servicios de inteligencia occidental.

Leonov frecuentará la casa de la famosa «María Antoni» -de la que habla Ernesto Guevara en su carta de despedida a Fidel Castro ante la aventura de Bolivia-. En ese lugar, Leonov también hará buenas migas con Emesto Guevara, un «rebelde sin causa» argentino de vaga ideología marxista, admirador de Mao, captado por Ñico López y Raúl Castro (en aquel entonces estalinistas convictos y confesos) para el movimiento armado. Guevara se encontrará posteriormente con Leonov en la Embajada y en las instituciones «culturales» soviéticas en México allí sera proveído de lo mejor de la literatura soviética. (Y por supuesto de su propaganda).

Cuenta Carlos Franqui que cuando conoció a Guevara éste leía las tesis de Lenin explicadas por Stalin, Franqui le preguntó que si había leído el informe de Nikita Kruschev al XX Congreso del PCUS. Guevara respondió que eso era «propaganda imperialista». Del mismo modo, Guevara manifestó ante otro testigo que la revolución antiestalinista húngara no había sido otra cosa que un motín fascista. Sin que pueda afirmarse que el Che fue un agente profesional de la KGB, no cabe dudas de que se convirtió, junto a Raúl Cartro, en un verdadero Caballo de Troya de la penetración de los prosoviéticos en las guerrillas y el posterior copamiento de la Revolución Cubana por los comunistas. Siendo uno más durante la preparación del Granma, Guevara recibirá la máxima calificación y será el alumno predilecto del maestro durante los entrenamientos militares que ofreció Alberto Bayo, prestigioso oficial del ejercito republicano español, a los expedicionarios del Granma.

Ya comandante guerrillero, Guevara favoreció en la guerrilla a los cuadros del PSP, entre ellos figuras de destacada trayectoria estalinista como Carlos Rafael Rodríguez y el ya mencionado Armando Acosta, su asistente guerrillero. Pero no sólo Guevara y Raúl tenían contactos directos con el representante de la KGB. También Fidel Castro se había dirigido a la embajada soviética en busca de ayuda militar para sus campañas guerrilleras contra Batista. Leonov comenzó a encontrarse regularmente con él ofreciéndole todo su apoyo moral. Leonov tuvo en cuenta el total control de Castro sobre le 26 de julio y el hecho de que su hermano Raúl, y un hombre de confianza, el Che ya se consideraran fueran para entonces verdaderos marxistas-leninistas.

El segundo momento crucial de esta historia lo tiene, a principios del 59 cuando viaja a Cuba el agente de la KGB Alexander Alexeiev (con la covertura de periodista de TASS) para entrevistarse, primero con Guevara y luego con el propio Castro a quienes promete todo el apoyo necesario por parte de la URSS. En julio de 1959 Ramiro Valdés, jefe de inteligencia de Castro, sostuvo un encuentro clandestino en México con el embajador soviético y el representante de la KGB. De este encuentro quedó el acuerdo de enviar a más de 100 consejeros de la KGB para los servicios de inteligencia y la seguridad de Castro. Estos consejeros fueron seleccionados entre «los niños» como se denominaban a los hijos exiliados en Rusia de los comunistas españoles. También fue enviado el veterano español Enrique Líster Farjan, uno de los jefes de propaganda del Partido Comunista español y uno de los más acérrimos críticos de las experiencias libertarias durante la guerra civil española.

En su memorias, Líster definió la revolución anarquista de Aragón como una «tiranía inhumana, que había establecido el terror como instrumento de autoridad y crimen organizado». Sin embargo, ello no fue óbice para que le tocara a Líster, en Cuba, la dudosa gloria de haber sido en creador de uno de los aparatos de represión y vigilancia colectiva más efectivos de cuantos haya conocido sociedad totalitaria alguna, los Comités de defensa de la Revolución, colocados, como dijimos, bajo la presidencia de Armando Acosta un hombre de probada fidelidad a la causa de la Madresita Rusia.

Así, los que ya se habían enfrentado dentro del campo republicano durante la guerra civil española: estalinistas y antiestalinisntas, volverían a encontrarse en Cuba. Un paradigma de este destino lo tenemos en la historia del gran intelectual republicano Antonio Ortega. Fué un hombre que supo conjugar la formación científica y cultural con la de consejero de propaganda del Consejo de Asturias como representante del partido de Izquierda republicana. Ortega se traslada a Cuba bajo la condición de exiliado a mediados de 1939. En octubre fue designado jefe de información de la prestigiosa revista Bohemia, que bajo la dirección de Miguel Ángel Quevedo comenzaba a tener una proyección continental. Antonio Ortega puede ser considerado como uno de los mejores cuentistas de cuantos produjeran en Cuba por aquellos años, por ello en 1945 fue invitado a formar parte de la fundación del Pen Club de Cuba. En 1954 Bohemia, donde continuaba ejerciendo el cargo de jefe de Información, se había convertido en la revista de idioma español de mayor tirada en el mundo y la de mayor circulación en Hispanoamérica. Ese año la triunfante empresa editora adquiere la revista que le seguía en importancia, Carteles y Antonio Ortega es designado su director. Como demostración de repudio a la dictadura de Batista, Ortega se abstuvo de participar en las actividades culturales organizadas por instituciones oficiales.

El derrumbe del régimen batisitano fue celebrado por carteles. Pronto vendría la decepción por el criterio de que en Cuba se establecería un régimen comunista. En esta situación el director de Bohemia (la revista que tan buena publicidad había hecho a la guerrilla de Castro), le propuso a Ortega marcharse del país para fundar en Venezuela «Bohemia Libre», y otra vez debió correr el camino del exilio ahora escapando del estalinismo cubano. Murió pobre pero libre en Caracas en 1970.

Otro caso similar es el de Salvador García, quien debió exiliarse despues de la revolución en México, precisamente la tierra donde su compatriota Alberto Bayo había entrenado a Fidel Castro y sus hombres. Salvador García ingresó en las juventudes libertarias siendo casi niño. Durante la guerra civil luchó hasta la caída de Cataluña. El grueso de su división fue a parar a un campo de concentración en Francia donde se incorporó a los maquis contra el ejército de ocupación alemán. Emigrado más tarde a Cuba, de donde era originaria su esposa, fue secretario de la CNT de España durante muchos años. Los acontecimientos cubanos le obligaron a exiliarse en la embajada mexicana en 1963. Su testimonio al salir de Cuba constituye una de las críticas más contundentes de cuantas haya hecho un anarquista español contra el régimen de Castro. La revista «Reconstruir» publicó una entrevista a Salvador García donde éste detalladamente relató cómo una nueva clase administraba la producción, cómo se teje la tela de araña del estado totalitario, donde toda queja o reclamo era tachado de contrarevolución, los lujos de los técnicos soviéticos, la merma de la capacidad adquisitiva del cubano, otrora uno de los países de mejor nivel de vida, perdía los derechos ciudadanos y sindicales, el fracaso del azúcar y del mal llamado trabajo voluntario. Aunque no perdía las esperanzas de una pronta liberación; declaraba sus temores pues «no es fácil que un pueblo se libere por sí solo», y ponía el caso de la España de Franco a pesar de que el fascismo internacional ya había sido vencido en los campos de batalla.

Desgraciadamente el régimen de Fidel Castro superaría al de Franco por su duración y falta de libertades. En una mesa servida por la KGB, el anarquismo estaba de más. Con el establecimiento del poder absoluto de Fidel Castro los anarquistas en Cuba solo podían tener una garantía: la de que sus días en la isla estaban contados.
Fuentes

– Abelardo Iglesias, «Revolución y dictadura en Cuba», Reconstruir 20/10/62, Buenos Aires, Argentina, y Reconstruir, compilación de artículos, 1963 / Apostillas al articulo deAlfiedo Gómez. En Guangara Libertaria, Otoño 1991.

– Agrupación Sindicalista Libertaria, «Declaración de Principios», La Habana, Junio 1960. En Guángara libertaria, Verano 1990- Alfredo Gómez, Los anarquistas cubanos o la Mala conciencia del Anarquismo. En Guangara Libertaria, Verano 1981

– Anna Johansson, Annika Hjelm, Rebecka Bohlin, «Kuba urettfühetligt perspektiv» (Cuba desde una perspectiva libertaria) En Syndikalisten, april 1998, Stockholm.

– August Souchy, «Testimonios sobre la Revolución Cubana», Reconstruir, Buenos Aires, Argentina, dic. 1960

– Christofepher Andrew, La KGB desde adentro, Nonnierr Fakta Bokförlag CAAB, Uddevallá 1991.- Frank Fernández: The Anarchist & Liberty, Monty Miller Press, 1987 / Lucha Justa y necesaria, Oct. 1996, pp. 88-90 / «Homenaje a Santiago Cobo» en Guángara Libertaria, Inviemo 1992, Vo1.13-No 49 / Carta personal al autor, 5 de dicíembre de 1997.

– Gastón Leval, «El castro-comunismo no puede engañar a nadie», Reconstruir 21 Nov-dic. 1962.

– Hugh Thomas, La Guerra Civil Española, Tomo I, Grijalbo Mondadori, Barcelona 1995

– Jorge Domingo Antonio Ortega, «De regreso», La Gaceta de Cuba, 2. Marzo/ Abril 1998, La Habana

– Justo Muriel, «Los cubanos y la libertad», Reconstruir , 41, Marzo-Abril, 1961.

– Paco Cabello, «A cien años de la independencia cubana…el Papa en Cuba». CNT febrero-abril 1998.- Roberto Cárdenas, «La muerte de Camilo Cienfuegos», Reconstruir Nov-Dic. 1961.

– Salvador García, «En torno a la revolución cubana». Reconstruir, Jul-Agosto 1963

– Sam Dolgoff, Den Kubanska Revolutionen -ur ett Kritisk Perspektiv (La Revolución Cubana desde una perspectiva crítica) Tryckeri AB Federativ, Stockholm, 1982

Aquilino Moral (1896-1979). W.Solano 1997

El 16 de febrero de 1979 falleció en La Felguera (Asturias) nuestro compañero Aquilino Moral Menéndez, militante de la CNT y del POUM. Su entierro constituyó una impresionante manifestación de duelo, a la que se asociaron casi todas las organizaciones obreras de la región. Su féretro fue llevado a hombros por sus camaradas y amigos más íntimos desde su casa hasta el cementerio de Pando, donde Aquilino reposará para siempre.

Aquilino Moral tenía ya 85 años. Pero ni él ni nadie de los que convivían con él pensaban que el fatal desenlace pudiera producirse tan pronto… No hay aquí la menor paradoja. Aquilino era un hombre de una enorme vitalidad. Pese a sus años, había conservado una lucidez excepcional, una memoria prodigiosa y un entusiasmo que le envidiaban no pocos jóvenes.

La prensa asturiana ha destacado en diversas notas y artículos sus cualidades humanas, su significación sindical y política y su valor militante. La Voz de Asturias ha recordado que «semanas antes de su muerte, pegó pasquines y repartió octavillas y manifiestos a la salida de los turnos de Duro Felguera». El mismo periódico, en el que Aquilino colaboraba con artículos «mal hilvanados», según afirmaba sin pretensión alguna, ha dicho también que, enfermo en la cama, aprovechaba para dictar a una nieta suya el trabajo que sobre Melquíades Álvarez [el político republicano que, tras una evolución derechista, llegó a estar relacionado con el levantamiento militar del 17 de julio de 1936] y otras personas pensaba publicar en el Portafolio de San Pedro. En este álbum literario aparecía siempre con puntualidad su trabajo sobre el ayer felguerino. Y es que aquel ayer no se le había olvidado.

Aquilino Moral era un obrero de La Felguera, esa ciudad que tanto representa en la historia de las luchas sociales de España. Pertenecía a esa generación de militantes que se forjó en el potente movimiento obrero asturiano de los años 1915-1930. Un proletariado «profundamente reflexivo que detesta la aventura» pero que sabía mejor que nadie preparar y organizar las grandes batallas (huelga general de 1917, revolución de octubre de 1934, etc.), como analizó magistralmente Joaquín Maurín, al que, por cierto, Aquilino Moral, al igual que otros valiosos militantes astures, se sintió muy ligado durante largos años.

Es completamente imposible resumir en un breve artículo los rasgos más salientes de los setenta años de vida militante de Aquilino Moral. Pero si hay un periódico en el que se debe rendir homenaje especial a Aquilino, éste es, ante todo y sobre todo, La Batalla. En efecto, si bien nuestro entrañable compañero colaboró en numerosas publicaciones obreras a lo largo de su vida, su firma apareció con asombrosa regularidad en nuestro periódico desde el año 1922, es decir, desde su fundación. Y ahora podemos decir ya sin problemas que Aquilino Moral, utilizando el seudónimo de Mario Guzmán, fue el mejor y más fiel corresponsal de La Batalla en los años 1960-1972. Basta echar una ojeada a los números de nuestro periódico de aquellos años para darse cuenta de la valiosa contribución que nos aportó Aquilino y de todo cuanto hizo para popularizar las luchas de los trabajadores asturianos. Sin embargo, hay que añadir que Aquilino fue también el mejor organizador de la difusión de La Batalla, de Tribuna Socialista y de toda la literatura política del POUM en Asturias durante los últimos quince años de la dictadura franquista.

Durante estos quince años, por decisión del CE del POUM, tuve la suerte de mantener una relación muy estrecha con él. Nos escribíamos casi todas las semanas. Él era, en general, mucho más diligente que yo en la transmisión de informaciones y documentos. Estos días, pensando en él, he vuelto a leer algunas de sus cartas de los años duros con una intensa emoción. Ello me ha permitido revivir la huelga general asturiana de 1962, que tanto influyó en la evolución del movimiento obrero y del país, los demás conflictos y luchas de los años siguientes, la fundación y el desarrollo del FUSOA (uno de los organismos de solidaridad más eficaces que hubo por entonces en España y al que el POUM aportó, directa o indirectamente, una ayuda considerable); la creación, la lucha y la dispersión del CRAS (Comunas Revolucionarias de Acción Socialista), animado por Luis García Rúa, los avatares de Gesto de Gijón y la organización del comité de solidaridad y de lucha de Asturias. Aquilino intervino en todos estos organismos y en todas estas actividades con una constancia ejemplar. Al propio tiempo, fue secretario de la organización clandestina de la CNT y tuvo la suerte de presidir el primer mitin público de ésta que se celebró en España, en 1976, donde afirmó su fidelidad a la CNT y su condición de militante del POUM, cosas de las que siempre se había enorgullecido.

La prensa asturiana ha destacado sobre todo su calidad de militante sindicalista. Nosotros tenemos la obligación elemental de evocar que Aquilino Moral fue uno de los primeros militantes de Asturias que se solidarizaron con la oposición comunista de Maurín, que figuró entre los fundadores del Bloque Obrero y Campesino en esa región, junto con aquellos camaradas inolvidables que fueron Benjamín Escobar (principal responsable del célebre Sindicato Único de Mineros), Marcelino Magdalena, José Prieto y tantos otros. En 1935, cuando se fundó el POUM, Aquilino, Escobar, Magdalena, Prieto y Grossi coincidieron en la misma organización con Emilio García, Agustín Lafuente, Ignacio Iglesias y todos los compañeros procedentes de la Izquierda Comunista. Durante la Guerra Civil y la revolución, Aquilino, como todos, tuvo que hacer frente a las calumnias y a la represión estalinistas, de las que pudo protegerse por su militancia y su prestigio en la CNT. Encarcelado por los franquistas tras la caída de Asturias, fue a parar a la prisión de Burgos, donde permaneció hasta 1941. Liberado, fue uno de los primeros organizadores del movimiento obrero asturiano en los años más duros y sangrientos y no interrumpió jamás su actividad hasta su muerte.

Fuertemente preocupados por las consecuencias que podía tener su infatigable actividad, le hicimos venir a París tres o cuatro veces. Charlamos con él largamente sobre los problemas de Asturias; le incitamos a ser más prudente, pues nos angustiaba que, a su edad, pudiera ir de nuevo a la cárcel y ser objeto de los malos tratos policiales habituales en aquellos años. Cuando le dijimos que ciertas tareas eran más propias de los jóvenes que hombres como él, nos contestó, rotundo, que él «no era viejo». Nos asombró, como a todos, su memoria privilegiada. En una ocasión explicó con un lujo impresionante de detalles el desarrollo del célebre congreso de La Comedia, celebrado por la CNT en 1919 en Madrid, donde Aquilino conoció a Maurín, a David Rey y a Nin. Recordaba los nombres y apellidos de los principales delegados y hasta fragmentos de los discursos que habían pronunciado. Impresionados por ello, le incitamos a que escribiera sus memorias, cosa que hizo poco después. Pero por motivos sobre los cuales no queremos extendernos, tales memorias no se han publicado todavía.

En los últimos años, Aquilino Moral fue visitado por infinidad de profesores y estudiantes interesados por la historia del movimiento obrero. Todos obtuvieron de él informaciones de primera mano y todos salieron de su casa orgullosos de haber podido conocer a uno de los militantes más representativos de una generación extraordinaria del movimiento obrero asturiano.

Nosotros, sus camaradas, sus amigos de los días ingratos, le profesábamos un afecto difícil de explicar. Era, para todos, un ejemplo de voluntad, de combatividad, de generosidad y de coraje. La simple presencia de este obrero metalúrgico que se había forjado a través de largos años de lucha, constituía una especie de aliento permanente, de incitación a perseverar en medio de todas las dificultades y por encima de todos los abandonos. Su muerte ha sido un duro golpe para nosotros. Ya no volveremos a charlar con Aquilino. Mas nos queda el consuelo de que pudo ver el fin de la dictadura franquista y asistir al renacimiento del movimiento obrero. Y nos queda la lección de su vida, que fue una lucha constante, sin pausas ni treguas, por la emancipación de la clase obrera y la victoria del socialismo auténtico. Todos los que le conocieron saben que esto significa mucho. Pero nadie lo sabe tan bien como los que tuvimos la suerte de ser sus camaradas y sus amigos participando, de una forma u otra, en el combate admirable de su existencia ejemplar.

Un revolucionario humanista, Victor Serge (Francesc de Cabo, 1990)

De Víctor Serge, nombre de «guerra» de Víctor Luovich Kibalchich Paderevski, nacido en Bruselas, hijo de exiliados rusos, casado con Liouba Roussakova, con la que tuvo dos hijos, Vladimir, conocido por Vlady, renombrado pintor que reside en México, y Jeannine, que trabaja en el Centro de Estudios Básicos en Teoría Social de la Universidad de México, se cumple este año el centenario de su nacimiento.

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El POUM y la cuestión sindical (Francisco de Cabo)

Un partido revolucionario sin una base sindical en la cual pueda apoyarse es como un edificio sin cimientos sólidos. La base sindical de un partido obrero revolucionario es su propio reaseguro de clase. Los anarcosindicalistas, en la preguerra civil convirtieron a los sindicatos de la CNT en su “partido político”: “en sí” y “por sí” el sindicato era su espacio político. Y este espacio político lo defendieron como un coto cerrado e incluso recurrieron al lenguaje de las pistolas cuando los intrusos marxistas intentaron desviar hacia sus propios conceptos sindicales los principios en que se fundamentó la creación de la Confederación Nacional del Trabajo.

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