La pulverización del marxismo-leninismo (Cornelius Castoriadis, 1990)

Publicado en Le Monde, 24 y 25 de abril de 1990. La redacción cambió su título por «El hundimiento del marxismo-leninismo». Incluido en el libro El ascenso de la insignificancia (traducción de Vicente Gómez). Versión electrónica que circula por Internet.

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Carta de Nikolái Bujarin a Anna Larina (1938) y respuesta de Anna Larina (1992)

Carta de Nikolái Bujarin a Anna Larina (1938)

Querida, dulce Annushka, mi adorada:

Te escribo ya en la víspera del juicio y te escribo con un fin determinado, que subrayo tres veces: a pesar del0 que puedas leer o escuchar, no importa lo terribles que sean las circunstancias, a pesar de todo lo que me dirán y de lo que yo podré decir, sobrelleva todo con valor y tranquilidad.
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Bujarin habla con el diablo (Lydia Dan)

En Unser Zeit, periódico de la Unión Judía del Trabajo, aparece un artículo muy importante de la difunta Lydia Dan, esposa del dirigente menchevique Theodore Dan. Durante los primeros años de la década del 30, relata la señora Dan, cuando la ascensión al poder de Hitler parecía inminente o poco después de haber asumido éste el poder, los socialdemócratas alemanes, en cuyos archivos habían permanecido hasta entonces los papeles de Karl Marx, se preguntaban qué hacer con ellos. El gobierno soviético, que había oído hablar del asunto, se ofreció a comprar los papeles y los socialdemócratas alemanes, necesitados de dinero como estaban, mostraron cierto interés. Como intermediarios en las negociaciones -que terminaron en nada- sirvieron los exiliados mencheviques rusos que vivían en París. Continuar leyendo «Bujarin habla con el diablo (Lydia Dan)»

Carta a las generaciones futuras (Nikolái Bujarin, 1938)

Abandono la vida. Al inclinar la cabeza, no lo hago ante el hacha proletaria, que debe ser implacable, pero pura. Siento mi impotencia ante la máquina infernal que, recurriendo sin duda a métodos medievales, dispone de una fuerza titánica, fabrica calumnias organizadas desvergonzadamente y con seguridad. Continuar leyendo «Carta a las generaciones futuras (Nikolái Bujarin, 1938)»

Entrevista a Arthur London. Cuadernos para el Dialogo. 1970

(Nota introductoria de Pepe Gutiérrez-Álvarez)

Artur London (Ostrava, 1 de febrero de 1915 – París, 7 de noviembre de 1986),  fue uno de los pocos supervivientes de los procesos de Praga de 1952, en el que cayeron numerosos veteranos comunistas, sobre todo de origen judío. Fueron culpados por supuesto de “trotskistas” y también de “titoista”, lo cual era mucho más cierto. Entre los argumentos esgrimidos en la depuración estaba el hecho “sospechoso” de siendo judío, haber podido sobrevivir los campos de exterminio nazis. Muchos estuvieron en las Brigadas Internacionales como es el caso de este comunista checoslovaco, lejano pariente del hombre que prestó su apellido a Jack London, y autor de un testimonio abrumador,  La confesión (hay una reedición del 2000 (Ikusager, ISBN 84-85631-78-1)

Militante comunista veterano, fue miembro de las Juventudes Comunistas, de las que después fue nombrado secretario regional, cuando sólo tenía 14 años. En su trayectoria entusiasta sufrió varios encarcelamientos antes de refugiarse en la Unión Soviética en 1934. Fue de los primeros en sumarse poco después a las brigadas internacionales, con las que luchó en la guerra civil española hasta la caída de Cataluña.

Sobre este episodio de su vida, Arthur escribió Se levantaron antes del alba, obra escrita a su salida de la cárcel. Cuenta la Guerra Civil española desde el punto de vista por uno de los más de treinta mil voluntarios,  de aquellos de más de treinta países que formaron las Brigadas Internacionales. El titulo está extraído de uno de himnos. Este libro también fue una manera de rehabilitar a los veteranos de las Brigadas Internacionales que habían sido encarcelados o ejecutados en los procesos llevados a cabo en Praga, Budapest y Sofía. En esta obra, London todavía no cuestiona que el POUM formara parte de la “Quinta Columna”, no será hasta años más tarde que empezará a recapacitar y a darse cuenta de la tela de araña que no le permitía ver nada fuera del partido. Un partido en el que era mejor equivocarse dentro, que tener razón fuera.

En agosto de 1940 colaboró con la resistencia francesa y se convirtió en dirigente de la MOI (Mano de Obra Inmigrada, del Partido Comunista Francés), entre 1940-1941.Un año después de este hecho, London fue deportado al campo de concentración de Matthausen (Austria), donde formó parte de la dirección de la resistencia. Desde 1949 ocupó el cargo de viceministro de Asuntos Exteriores checoslovaco hasta que fue acusado de «conspiración contra el Estado» y juzgado junto con el entonces ministro Wladimir Clementis y el antiguo secretario del partido comunista Rudolf Slansky. Clementis y Slansky fueron condenados a muerte, y London a cadena perpetua con trabajos forzados. Antes de descomponerse, el estalinismo ya había arruinado el historial del socialismo.

Rehabilitado en 1956, London fue uno de los tres supervivientes, entre los 16 acusados, de los procesos de Praga de la era estaliniana. London, que se estableció en Francia en 1963, se nacionalizó francés después de ser desposeído de la nacionalidad checoslovaca, tras la aparición del libro-testimonio que le dio a conocer mundialmente, pero que no se publicó en los países del Este. Estaba casado con Lise London, cuyo nombre de soltera era Lise Ricol, de origen español y militante de prestigio y  hermana de Raymond Guyot, antiguo miembro del Buró Político del PCF, y tenía dos hijos. De su experiencia durante el juicio y la condena surgió, en 1969, su libro La confesión, que fue llevado al cine por el director Constantin Costa-Gavras e interpretado por Yves Montand e Simona Signoret, dos actores que habían estado muy ligados al PCF desde los tiempos de la Resistencia.

Comunista convencido, el autor describe la reducción de su alma y la de sus compañeros a la nada por la tortura física y moral que sufrieron hasta reconocer los delitos de los que se les acusaba. El actor francés Yves Montand que encarnó a London en la película, ha manifestado, después de dar su condolencia a los familiares del fallecido, que el escritor «había sufrido moral y físicamente estos últimos años».

Artur London narra su secreta detención en 1951 acusado de conspirar contra el Estado, junto con otros miembros del Gobierno de Gottwald, al que pertenecía, y las torturas que padecieron durante los interrogatorios, que les llevó a confesar “crímenes” contra el estado no cometidos. La película fue realizada por Constantin Costa-Gavras entre Z y Estado de sitio, dos títulos de lo que en el potsmayo del 68 se entendió como “cine político” y no es de las mejores, de todas maneras, se trata de un testimonio de primera magnitud, una denuncia que no se podía dejar a los enemigos del socialismo. El guión fue escrito por Jorge Semprún, tratando que el contenido del discurso no interfiriera con el plano histórico. Costa-Gravas dotó a la película de un estilo de thriller. La película no gozó de excesiva popularidad entre el sector de la izquierda que no acababa de sabía distinguir entre el antiestalinismo y anticomunismo.

London fue un fervoroso defensor de la “primavera de Praga”, la última tentativa de masas de reformar un régimen de “socialismo despótico”, dos conceptos opuestos. Luego participó en favor de Carta 77, movimiento en favor de la democratización de Checoslovaquia, y del Vons (Comité de defensa de los prisioneros políticos checos). La confesión cuenta la historia de cómo él, junto con otros 15 miembros del partido y del Gobierno presidido por Klement Gottwald, fueron detenidos, torturados y condenados en 1951 y de su experiencia en trabajos forzados. En la entrevista que hemos recuperado, su historial y sus posiciones quedan claras.

En el tiempo que siguió, la descomposición de lo que había sido el movimiento comunista se hizo mucho más aclarada, y buena parte de los estalinistas de matriz, acabaron renunciando a un leninismo que desconocían completamente. Finalmente, acabaron renunciando a cualquier forma de ideal socialista. Actualmente, el estalinismo más clásico ha quedado reducido a sectores arcaicos que, como el conde Drácula, tienen prohibido ver la luz del día. Tienen que negar lo más evidente. 

El engranaje kafkiano de los procesos estalinistas

PRAGA, finales de enero de 1951. El viceministro de Asuntos Exteriores de la República Socialista de Checoslovaquia, Artur London, es detenido en la calle. Trasladado a los locales de la Seguridad, permanecerá en sus manos, completamente incomunicado, durante veintidós meses, al cabo de los cuales será juzgado en compañía de otros 13 dirigentes del Estado y del Partido Comunista, entre los que se encuentra el pro­pio secretario general, Rudolf Slansky, quien será ejecutado junto con otros 10 de los acusados. Los tres restantes, entre ellos London, serán condenados a trabajos forzados a perpetuidad.

Una idea que me obsesionaba con frecuencia, que me repetía incansablemente… «Si salgo de aquí no tenía muchas esperanzastengo que contarlo, decir la verdad. Contar la realidad, decirles a los de juera que no es verdad, que no soy un traidor…

London, como todos los demás acusados, había reconocido toda la serie de crímenes de los que se le acusaba: «traición, sabotaje, agente del imperialismo, centro de conspiración contra el Estado socialista…». Todos se habían confesado culpables, todos habían aceptado las condenas. Todos ellos, sin embargo, eran militantes revolucionarios, miembros del Partido Co­munista, algunos desde su creación.

 

Nunca dude de los procesos de Moscú

La verdad, al menos una parte, empezó a conocerse mucho más tarde, en 1956, con ocasión del XX Con­greso del Partido Comunista de la Unión Soviética, cuando Krushev dio a conocer el célebre informe donde se hacía responsable a la persona de Stalin y su policía de todos los crímenes cometidos desde los años 30.

Yo nunca dudé de los procesos de Moscú. Porque no podía dudar de la Unión Soviética, ni del Partido Comunista, ni de Stalin. Para no era inconcebible, impensable, que en el país donde se había realizado la Revolución de octubre pudiera llegarse a utilizar tales métodos, a condenar inocentes. A detener, con­denar y ejecutar a los mejores, a los más veteranos luchadores, compañeros algunos del mismo Lenin, bajo acusaciones completamente pre-fabricadas…

Ya en la cárcel, a finales de 1953, London comienza a redactar un informe secreto, «para dar a conocer la verdad, cueste lo que cueste», sobre las circunstan­cias de su detención, las condiciones de los interroga­torios y el desarrollo del proceso. En hojitas del tamaño de papel de fumar, este informe pudo salir de la cárcel gracias a las visitas que periódicamente, iba a hacerle, Lise, su mujer. Años más tarde, libe­rado y rehabilitado jurídicamente en 1956, Artur Lon­don utilizó este material para redactar un libro, «La confesión» donde por primera vez se responde, por uno de los protagonistas —de los pocos supervivien­tes— a algo que nunca se pudo comprender: ¿Por qué?, ¿cómo fue posible?

Para explicar todo esto, nuestras ideas de enton­ces, hay que tener en cuenta nuestro tipo de vida, nuestra lucha, la -formación que habíamos recibido… Se nos había educado bajo la confianza total, con una fe incondicional, que nos impedía ver claro este tipo de cosas.

 

La revolución de octubre nos llenaba de esperanza

 

Artur London nació en 1914, hijo de una familia de obreros judíos, ingresó en la Juventud Comunista de Ostrava cuando apenas contaba trece años. A los diecinueve tuvo que exiliarse de Checoslovaquia para escapar de una condena de varios años de pri­sión. El Partido le envió a Moscú, donde permaneció varios años, dedicado a las actividades de la Inter­nacional de Jóvenes Comunistas.

Habíamos llegado al movimiento comunista tras aquella sangría que fue la I Guerra Mundial. Tras la Revolución de octubre, que encarnaba para todos nos­otros la gran esperanza de -fraternidad, de humanismo, de un mundo nuevo. Esta Revolución que contraria­mente a lo que pensaban Lenin y los que le rodeaban, quedó aislada en un solo país atrasado, en lugar de extenderse por toda Europa, por los países industrial-mente más desarrollados, Alemania, Austria…

Enrolado voluntario en las Brigadas Internaciona­les, London permaneció en España hasta 1939, fecha en que se trasladó a Francia. Allí, inmediatamente después de la ocupación alemana, se incorporó a las filas de la Resistencia. Detenido y torturado por la Gestapo, «Gerard»/nombre de guerra de London/es deportado al campo de concentración de Mathausen, donde es nombrado uno de los responsables de los grupos clandestinos.

La Revolución de Octubre, la Unión Soviética, era para nosotros algo extraordinario lleno de esperanzas. Había que defenderla del bloqueo, rodeada como estaba por países capitalistas. Y eso es lo que hici­mos… El enemigo estaba enfrente, había que luchar y vencerle… No teníamos tiempo para estudiar, para analizar y reflexionar. Habíamos perdido el espíritu crítico, la capacidad de dudar. Teníamos una fe in­mensa…

 

El periodo de «guerra fría»

 

TRAS la Liberación, reunido con Lise, la compañera que conoció en Moscú, la compañera de toda su vida, heroína de la Resistencia contra los alemanes en París, London tiene que permanecer varios años en Francia y Suiza, convaleciente de una tuberculosis que contrajo en Mathausen. Instaurado el régimen socia­lista en su país, la dirección del Partido Comunista Checoslovaco le reclama para, en 1949, nombrarle vice-ministro de Asuntos Exteriores.

Tras la II Guerra Mundial, vino la «guerra -fría», la condena de Tito, aprovechada por Stalin para jus­tificar su esquema de la construcción del socialismo, su famosa tesis de la «creciente agudización de la lucha de clases»… Lo que le permitió desencadenar una serie de medidas de represión en la mayor parte de los países socialistas, donde temía que surgieran y se desarrollaran distintos modelos de socialismo, con arreglo a las condiciones, necesidades y tradiciones de cada país. Para así poder aplicar mejor su política de gran potencia.

En septiembre de 1949, Lazslo Rajk, ministro de Asuntos Exteriores de Hungría; en diciembre del mis­mo año Kostov, secretario general del Partido Comu­nista de Bulgaria, son procesados, condenados a muer­te y ejecutados. Las acusaciones, las mismas: traido­res, agentes del imperialismo, saboteadores… El des­arrollo y las características del proceso, idénticos: ambos, junto con sus co-acusados, confiesan sus «crí­menes» y aceptan la sentencia.

No hay que olvidar que todos estos países, excepto Yugoslavia, y de alguna manera Checoslovaquia, de­bían su liberación al Ejército Rojo. El Partido Comu­nista de Rumania no contaba en ese momento más que con 300 miembros… Eso es lo que permitió a Stalin introducir su contrabando anti-socialista y cri­minal.

London comienza a ser inquietado en relación de ciertos contactos mantenidos años atrás con algunas de las personas acusadas ahora de agentes del ene­migo. Aunque mantenido en su cargo, las críticas, las acusaciones más o menos veladas se van a ir acumu­lando. Es sometido a vigilancia policíaca, a pesar, y por encima, de los más altos responsables del aparato de la Seguridad…

Cuando volvimos a Checoslovaquia, sentimos in­mediatamente la creciente influencia de la policía. La continuación, o más bien el desarrollo de los métodos anti-democráticos en el seno del Partido. Por mi parte, poco tiempo después de mi vuelta, comencé a pedir explicaciones, a solicitar que se aclararan todas las dudas que pesaban sobre mí. Lo que ocurría es que ya todo estaba terriblemente deformado: el «cáncer estalinista» había penetrado en el Partido, los méto­dos autoritarios se desarrollaban, los «consejeros» soviéticos habían empezado su obra, las decisiones del aparato de Seguridad prevalecían sobre las de los órganos políticos del Partido… Todos los intentos que yo, como tantos otros, hicimos, resultaron com­pletamente vanos.

 

                                                                                                                                                    Apresado y encarcelado

 

El 28 de enero de 1951, Artur London sale del Minis­terio de Asuntos Exteriores, se dirige hacia su casa, cuando, de pronto, es obligado a frenar bruscamente, arrancado brutalmente de su coche, amordazado y conducido, los ojos vendados y sin explicaciones, a un lugar desconocido. ¿Rapto? ¿Acción de un comando subversivo anti-socialista?

Antes, nos decíamos: «son calumnias de la bur­guesía». O si la prensa de nuestros aliados, incluso algunos camaradas que rompían con el Partido, de­nunciaban tales hechos: «se trata de elementos de mentalidad pequeño-burguesa, sin el necesario espíri­tu de Partido…». Además, ahí estaban las «pruebas», las confesiones de los mismos condenados.

En la cárcel de Kolodeje, primero, en la de Ruzyn después, London va a pasar un largo martirio de seis meses, completamente incomunicado, sin poder dormir y apenas comer, frecuentemente maltratado, torturado también moralmente, hasta conseguir que, al fin, fir­me sus primeras «confesiones». Era el comienzo del engranaje, hábilmente dirigido y supervisado por los consejeros soviéticos, al mando de una pléyade de torturadores, auténticos «inquisidores» del siglo XX…

Había de todo. Uno de los responsables era Kohutek, que ya antes de la guerra, con los alemanes incluso, formaba parte de la policía, como especialista de la represión anti-comunista. Otros eran auténticos tarados, arribistas, oportunistas sin escrúpulos. La tercera categoría eran gentes en principio honestas, en general procedentes de medios obreros, pero deforma­dos políticamente, guiados por principios tales como «el -fin justifica los medios», o «cuando el Partido lo dice…».

Al principio, junto con London, son detenidos un ex ministro de Asuntos Exteriores, varios viceministros y altos cuadros del Estado. Gran parte de ellos, antiguos brigadistas en España. La mayoría, judíos…

La represión se centró fundamentalmente contra los antiguos miembros del Partido, generalmente los más combativos. Por ejemplo, los que habíamos esta­do en las Brigadas Internacionales. En general, gente con experiencia, con mucho prestigio. Acostumbrada a pensar. Un tipo de gentes que era poco apreciada por Stalin, a quien le hacían -falta ineptos, incapaces de pensar por sí mismos…

 

CONOCIDOS, poco a poco, los hechos, confirmados— a partir del XX Congreso del PCUS, corroborados más tarde por los que volvían de Siberia, los que salían de las cárceles polacas, húngaras, alemanas, to­dos estos testimonios dejaban una laguna fundamen­tal. ¿Cómo es posible que estos hombres, comunistas convencidos, militantes desde hacía años, forjados en condiciones de clandestinidad mucho peores hubieran podido sucumbir, aceptar la responsabilidad de unos crímenes que no habían cometido jamás, confesarlo públicamente?

—“Si el Partido, los enmaradas, me han detenido, por algo será…» Claro que no llega a considerarse cul­pable. El mismo hecho de ser detenido. Toda nuestra formación nos incitaba a ello. «Puede ser que objeti­vamente, sin saberlo, haya cometido algún error, in­currido en alguna falta. Es necesario tener una expli­cación con el Partido, que se aclaren las cosas…»

Meses más tarde, pocos días antes del juicio, el ministro de la Seguridad, Bacilek, miembro de la di­rección del Partido, se entrevista con London y le solicita que «colabore» con el Partido, aceptando y reconociendo los hechos que se le imputan…

Fue después de esta entrevista cuando tuve la certeza de que el Partido había ya decidido sobre mí. Aislado, debilitado, sin fuerzas para enfrentarme con los «representantes» de ese Partido al cual había con­sagrado toda mi vida. De ese régimen por cuya ins­tauración había dado tantos años de lucha y sacrifi­cio… El dolor y la impotencia que se sienten en ese momento, no tiene límites.

Slansky, secretario general del Partido Comunista, con cuyo consentimiento han comenzado las deten­ciones, las torturas y los procesos, es, aprendiz de brujo, a su vez detenido y obligado también a confe­sar que es el máximo responsable de la «conspiración trotskista-titoista-nacionalista-burguesa dirigida contra el Estado socialista».

¿Los métodos que seguían? Todos los imaginables. En primer lugar, destrozar físicamente al hombre, ani­quilarle. Con el tiempo, se llega a un momento en que no se puede más… Otros han cedido ya, confesan­do, implicando a los demás… «por lo menos que me dejen dormir, descansar… Ya todo me da igual… En el juicio diré la verdad…».

Imposibilidad material aparte, ya había demasia­das cosas firmadas. El proceso público, donde decenas de «delegaciones» obreras exigen la pena capital, guar­da las formas de la «legalidad» socialista… Donde todos, sin embargo, desde el fiscal hasta los abogados defensores, pasando por el Tribunal, y, claro está, los acusados, se han aprendido de memoria, y ensayado, lo que tienen que repetir, en el tono conveniente…

Los interrogatorios se hacen invocando el nombre del Partido, de Stalin, del comunismo… «Si te portas bien, el Partido lo tendrá en cuenta». Los inquisidores llegaban a prometernos que no nos caerían más de diez o quince años. Cuando se está en manos de la Gestapo, ya se sabe, un militante revolucionario siem­pre puede caer… Son tus enemigos. Estás seguro del apoyo y la solidaridad de tus compañeros que están fuera, en libertad. «Fusiladme y ¡viva el Partido Co­munista!» Pero, ahora, inocente, golpeado por hom­bres que llevan la insignia del Partido, lo que _ se quiere es salvar la cabeza, sobrevivir… ¿Sobrevivir para qué? Para vivir. Y porque, además se piensa «si puedo salvarme, salir con vida, podré explicarme, ha­cerme comprender, decirlo a mi mujer y a mis hijos… Que su padre no es un traidor, no es verdad, a mis camaradas. Incluso si es para dentro de diez o quince años, vale la pena…».

«La verdad es siempre revolucionaria», decía Grarnsci. Con esta consigna como lema, a partir de su libe­ración y posterior rehabilitación, Artur London em­prendió la tarea de desmitificación, denuncia, expli­cación del cómo y por qué de su, de todos, los procesos estalinistas.

La muerte de Stalin fue decisiva. Y con ella, el XX Congreso del PCUS, hito en la historia del movi­miento comunista. Para nosotros fue como si se abrie­ran las ventanas y entrara aire puro. Desgraciada­mente, tras el XX Congreso, que tuvo el inmenso mérito de descubrir ante todas esas aberraciones, de­formaciones y crímenes cometidos durante la vida de Stalin, no se hizo el análisis debido… Poco a poco nos íbamos dando cuenta de que Stalin había muerto, pero el estalinismo no…

 

Me comprometí con un ideal: destruir este viejo mundo

 

«ENERO de 1968. Antonin Novotny —sucesor de Slansky— secretario general del Partido Comunista, Presidente de la República Checoslovaca, es obligado a dimitir de sus responsabilidades. Junto con distin­tos otros dirigentes de los años 50 que continuaban a la cabeza del Estado o del Partido. Apoyados por los pueblos checo y eslovaco entusiásticamente; por una juventud que había descubierto —o recuperado— su vocación política; animados por una parte impor­tante del movimiento revolucionario internacional, que veían en ella una esperanzadora renovación de las perspectivas socialistas del mundo, un equipo de dirigentes comunistas, encabezados por Dubcek, Kriegel y Smrkovsky, intentan llevar a cabo una de las experiencias más fecundas que hayan tenido lugar nunca en un país socialista europeo. Era, lo que se llamó, «la primavera de Praga»…

Era la continuación del XX Congreso, sin cuya realización nunca se hubiera producido. Era su conti­nuación, al mismo tiempo que su desarrollo, con una mayor perspectiva, llegando mucho más lejos en el sentido de profundizar, de enriquecer el leni­nismo…

Fue entonces, en aquel contexto, cuando London se decidió a publicar su obra…

Ha sido mi contribución a ese movimiento. No corno un simple testimonio, sino como la obra de un militante, de un combatiente.

Porque London/¿todavía?/, sigue siendo Gerard, el militante revolucionario…

A la edad de trece años me comprometí con un ideal: el de destruir este viejo mundo. Y pese a todos los sufrimientos, la cárcel, las torturas, sigo siendo fiel a ese mismo ideal. Porque todo lo que me ha sucedido no tiene para mí relación con él. Porque ahí sigue ese mundo con el que hay que acabar. Yo soy solidario de los que luchan en el Vietnam, en América Latina, en tantas otras partes, bajo la ban­dera del socialismo…

Símbolo de esa generación de revolucionarios que engendró la Revolución de octubre, Artur London lo es también, si cabe, de las últimas vicisitudes del movimiento comunista. Puesto que todavía tenía que pasar por otra situación, «peor quizá desde el punto de vista moral que las anteriormente vividas: la pri­mera agresión en la historia del movimiento obrero contra un país socialista, por otros países socialistas. Contra un país socialista culpable de haber querido recuperar la confianza de sus pueblos en el socia­lismo».

 

DOS años más tarde, ahora, en París, se ha estre­nado la película basada en su obra, «L’aveu». Encargada al director griego Costa Gavras (el del in­menso éxito de «Z»), con el acuerdo de London, por la Unión Cinematográfica Checoslovaca, cuando iba a comenzar el rodaje fue negado el permiso por las autoridades de Praga. Rodada definitivamente en Fran­cia, adaptada por Jorge Semprún e interpretada por la pareja Montand-Signoret, su estreno ha originado una áspera polémica, en la que los principales portavoces ideológicos de la izquierda francesa han tomado pos­tura. El órgano del Partido Comunista Francés, «L’Humanité», es tajante en su comentario: «De un libro que pretendía ser comunista, se ha hecho una película anti-comunista…», acusando a los adaptadores de ha­ber introducido en la película concepciones «pequeño-burguesas» de los problemas de la libertad y de la democracia, así corno «románticas de la lucha revo­lucionaria…».

Claro que la adaptación exige ciertas simplifica­ciones, todo no se puede decir en una película… Se ha escogido el aspecto más político del problema: el engranaje del proceso. Creo que han hecho bien, teniendo en cuenta la actual situación en Checoslova­quia… Porque, en el fondo, todo sigue igual, seguimos luchando por un socialismo auténtico, por un humanismo socialista, quintaesencia del marxismo… La pe­lícula es fiel al espíritu del libro, aportando su men­saje a un público mucho más amplio: la lucha contra el estalinismo, bajo todas las formas como se pre­sente…

¿Anti-socialista?, ¿Anti-soviética? London replica:

¿Sirve mejor al socialismo aquel que se calla ante los crímenes del estalinismo, dejando así que se con­firme la visión del socialismo que dan sus enemigos? ¿O es más positivo que sean los propios comunistas quienes con audacia, analicen abiertamente los errores del pasado con el objetivo de corregirlos, y ganar así, o recuperar, la confianza de las masas? No me parece justa esa idea tan arraigada entre muchos comunistas de que «más vale lavar la ropa sucia en casa…». Hay que plantear los problemas ante las masas, tener con­fianza en ellas, en el socialismo y en sus ideas…

Praga, mayo de 1970. El proceso de «normalización» prosigue. Los dirigentes de la «primavera» son desti­tuidos, expulsados del Partido, después de haber sido obligados a hacerse la autocrítica. Se comienza a ha­blar de procesos políticos/ La confesión es la forma superior de la autocrítica…» decía un inquisidor de los años 50. .El Ejército Rojo, los liberadores de anta­ño, ocupa con 100.000 hombres el pequeño territorio checoslovaco. En las calles de Praga, todavía se puede leer: LENIN, DESPIERTA. ¡SE HAN VUELTO LOCOS!

Tiempo de destrucción (Víctor Serge, 1945)

México, 1945. El autor de El año I de la revolución rusa envió este trabajo a la redacción del periódico argentino Antinazi. Escrito a fines de la segunda guerra mundial en su exilio mexicano, e inédito hasta ahora, hace una acalorada crítica a «la era de la destrucción». Siendo inhallable el ejemplar de la publicación citada, hace poco tiempo se rescató de su archivo en México una copia del original en francés y se tradujo para un diario de ese país, de donde se reprodujo en la revista argentina El Rodaballo. [Traducción de Emilio Brodziak del original francés para La Jornada Semanal, México, 28 de abril de 1996]

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Burocracia y capitalismo de Estado (Ignacio Iglesias, 1951)

Este ensayo fue publicado en La Batalla, periódico del POUM en el exilio, editado en París, en los números 101 (25 de agosto de 1951), 102 (10 de octubre de 1951), 103 (12 de noviembre de 1951) y 104 (15 de diciembre de 1951).

Ignacio Iglesias escribió unos meses después un estudio bastante más extenso sobre la cuestión rusa que fue publicado en POUM (Cuadernos de La Batalla) con fecha 15 de agosto de 1952 con el título «La URSS: de la revolución socialista al capitalismo de Estado». El Comité Ejecutivo del POUM en el exilio había nombrado a José Rebull y a Ignacio Iglesias para redactar dicha ponencia, aunque la redacción fue efectuada por Iglesias, reflejando el punto de vista de ambos. Un resumen del trabajo de Iglesias dio lugar en diciembre de1952 a un «Proyecto de resolución sobre la cuestión rusa» suscrito por Rebull, Balaguer, Bonet, Roc, Rodes e Iglesias.

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