Homenaje a Rosa y a Karl. Enrique del Olmo. 2009

Intervención en el homenaje a Rosa Luxemburgo y Kart Liebknecht que se realizó el 24 de enero de 2009 en la Agrupación Socialista del Distrito Centro de Madrid, en el 90 Aniversario de sus asesinatos en Berlín y de la celebración de una velada homenaje que se realizó el 24 de enero de 1919 en la Casa del Pueblo de Madrid de la calle Piamonte. Dicho acto fue organizado por la Asociación Cultural Fabricantes de Ideas y contó con la colaboración de la Fundación Pablo Iglesias, la Fundación Andreu Nin, la Fundación Largo Caballero, No Nos Resignamos y la Secretaría de Cultura y Deporte del Partido Socialista de Madrid. Intervinieron también Rubén Caravaca, Patrocinio de las Heras y Luis Gómez Llorente. Revista Trasversales número 14 primavera 2009.

Cuando Rubén, de Fabricantes de Ideas, nos propuso realizar este homenaje lo acogimos con entusiasmo, pero no esperábamos esta magnífica respuesta en una tarde de sábado. Esto muestra que a veces estamos equivocados cuando pensamos que cuestiones históricas o ideológicas no interesan, aún más hoy aquí los compañeros de las Juventudes Socialistas de Galapagar nos dicen que ellos organizaron su homenaje y que además viajaron a Berlín a los actos conmemorativos y la visita a las tumbas de los líderes socialistas alemanes asesinados por los antecesores del nazismo.

Estamos hablando de dos extraordinarias figuras del movimiento socialista revolucionario, que han quedado indisolublemente unidos en la historia, a través de su trágico destino, pero que realmente durante su vida no tuvieron tanto que ver.

El impacto del asesinato de Karl y de Rosa, fue enorme en el movimiento obrero y no es casual que en Madrid a los nueve días se celebrase la velada homenaje en la Casa del Pueblo de Piamonte. Otro revolucionario de inquebrantable trayectoria y destino trágico, León Trostky, escribía 3 días después, el 18 de enero de 1919:
Acabamos de sufrir la mayor de las pérdidas. El duelo nos embarga por partida doble. Nos han arrebatado a dos líderes, dos jefes cuyos nombres quedarán inscritos por siempre jamás en el libro de oro de la revolución proletaria: Kart Liebknecht y Rosa Luxemburg.

Karl, señala el gran relator de la revolución alemana Sebastián Hefner, era uno de los hombres más valerosos que Alemania jamás ha dado. Un referente de valor y decisión. Y ese valor y decisión se mostró en su capacidad de emblematizar hechos y fechas. Tres fechas quedaron marcadas en la historia del movimiento obrero europeo protagonizadas por Karl:

– 2 de diciembre de 1914, Liebknecht vota contra los créditos de guerra. Anteriormente, el 4 de agosto todo el bloque socialdemócrata había votado a favor, marcando esta fecha como la de la traición al internacionalismo proletario, tanto fue así que Lenin pensó que la página del Vorwaerts (órgano del SPD) donde se informaba del voto favorable era una falsificación hecha por agentes intoxicadores.

– 1 de mayo de 1916. La manifestación obrera acaba con el agitador Karl concluyendo la misma con las consignas de ¡Abajo la guerra! ¡Abajo el gobierno!, por lo que le condenaron a 2 años y medio de prisión, pero a la vez pasó a ser la personificación de la lucha contra la guerra.

– 9 de noviembre de 1918, en plena revolución alemana proclama la república social.

Era un activista nato, siempre de un lado para otro, la misma Rosa decía “Karl es prácticamente inaprensible porque pasa como una nube por el aire”.

Luxemburgo era una gran personalidad del movimiento socialista, era una de las grandes polemistas y teóricas de la internacional, del movimiento contra la guerra y de la fundación del Partido Comunista. Política de pura cepa y al mismo tiempo una pensadora original además de una mujer calurosa y fascinante. Su íntima amiga y referente del movimiento de la mujer en el viejo socialismo, Clara Zetkin, decía:

Su energía impetuosa y siempre en vilo aguijoneaba a los que estaban cansados y abatidos, su audacia intrépida y entrega hacía sonrojar a los timoratos y a los miedosos. El espíritu atrevido, el corazón ardiente y la firme voluntad de la ‘pequeña’ Rosa eran el motor de la rebelión

Estas dos grandes figuras, cada uno con sus características, durante los 67 días de la revolución tuvieron muy poco papel, mucho menos que dirigentes sindicales o políticos como Artealdt o Dorremburg, aunque hicieron presencia en alguna reunión del Comité Revolucionario. Se centraban en la preparación del congreso de Fundación del Partido Comunista (KPD), donde además fueron derrotados, y en la edicion del Die Rotê Fähnen (Bandera Roja), pero no fueron en ningún momento protagónicos del extraordinario movimiento revolucionario que recorrió Alemania.

Entonces ¿ por qué fueron a por ellos? ¿Y quiénes? Más allá de su papel limitado en aquellos días, ambos representaban la revolución y la confrontación con la revolución en curso, el impacto del octubre ruso aleteaba sobre las clases dominantes y sobre los políticos conservadores y socialdemócratas. Schiedeman y Ebert (los principales dirigentes del SPD) habían puesto precio de 50.000 marcos por la cabeza de cada uno; el verdugo de la revolución y protector de los grupos militaristas Gustav Noske había ordenado a von Oertzen mantener control sobre la línea telefónica de Karl e informar a Pabst, que fue el que dirigió el comando asesino. Los freikorps entran en Berlín el 11 de enero y el 15 ocupan los barrios sur, oeste y centro y aparecen pancartas y pasquines en los postes donde, firmadas como “los soldados del frente”, se dicen cosas como:

La patria se acerca al final. Salvadla. Matad a sus líderes. ¡Matad a Liebkchnet! Entonces tendréis paz, trabajo y pan.

El objetivo era claro, la cabeza de Rosa era la de la revolución y la de Karl era la decisión de combatir, liquidarlas era acabar con la marea roja y abrir el paso a la marea parda (SA) primero y a la marea negra (SS) después.

La producción política, científica e ideológica de Rosa es de una gran innovación, frescura y riqueza. Fue alguien que no renunció a expresar sus opiniones con libertad; todavía en el movimiento obrero no había caído el negro telón del estalinismo y la persecución e incluso el exterminio de los que opinaban diferente al aparato o a los dirigentes no era una práctica existente en el movimiento obrero.

Rosa siempre levantó la voz libre de su opinión, es famosa su polémica con Berstein sobre “reforma o revolución” y luego con el maestro Kaustky.

Sus discusiones con Lenin siempre se hicieron desde el campo de la defensa de la revolución; así, cuando Stalin la atacó como una dirigente centrista o ecléctica (1932, Algunos problemas de la historia del bolchevismo), Trotsky salio en su defensa de una forma categórica y recordó que Rosa desde la cárcel en 1918 había dicho en defensa de la revolución rusa “Todo el honor revolucionario y la capacidad de acción, que tanto le faltan a la socialdemocracia occidental, los bolcheviques demostraron poseerlos. Su insurrección de octubre salvó no sólo a la Revolución Rusa sino también el honor del socialismo internacional”.

Es bello ver cómo Rosa veía en la revolución una manifestación profunda del ser humano. Decía el 18 de julio de 1906 a Emmanuel y Matilde Wurm: “La revolución es magnífica… todo lo demás es un disparate”. En carta al viejo Franz Mehring reafirmaba una concepción del socialismo muy profunda que afectaba no sólo a las relaciones de producción sino a la cultura básica de la sociedad, diciéndole en febrero de 1916: El socialismo no es, precisamente, un problema de cuchillo y tenedor, sino un movimiento de cultura, una grande y poderosa concepción del mundo. Y recuperar esto en el día de hoy nos obliga a reflexionar, porque si algo caracteriza a la izquierda actual es la falta de esa potente concepción del mundo y posiblemente se sitúe en esta esfera la necesidad de construcción de un paradigma alternativo al que se ha hundido sin paliativos en el momento actual pero al que sin una visión global (plagada de incertidumbres y de dudas, como no puede ser de otra manera) difícilmente se podrá responder en esta crisis de humanidad que vivimos en nuestros días.

De todas la discusiones que mantuvo Rosa a lo largo de su vida me gustaría resaltar tres ámbitos donde su pensamiento y acción nos aportan un enfoque innovador y sumamente interesante.

– La discusión con Lenin y los bolcheviques sobre la centralización del poder en el partido. En 1904, en la revista Neue Zeit, señalaba Rosa que los poderes absolutos llevarán probablemente a intensificar más peligrosamente el conservadurismo que caracteriza de forma natural a ese género de organización. Quiero resaltar aquí la profunda inteligencia de Luxemburg al vincular centralización y conservadurismo. Esto se produce en las organizaciones del tipo que sea, por más revolucionarios que sean sus principios y políticas, las lógicas de centralización del poder introducen los rasgos propios de los aparatos y los aparachitks que destrozaron el carácter liberador de la revolución rusa. Su crítica a la burocracia era aguda y profunda: la vida se extingue, se torna aparente y lo único activo que queda es la burocracia.

– Sobre el uso del terror, en 1918, en plena polémica sobre ese uso reivindicado por Trotsky y Lenin, de nuevo Rosa apunta a la necesidad de una revolución profunda, no tutelada ni impuesta. En el Programa del Partido Comunista Alemán (KPD) expresaba su rechazo al terror: En las revoluciones burguesas el derramamiento de sangre, el terror y el asesinato político eran armas indispensables de las clases que se levantaban pero la revolución proletaria no necesita el terror para lograr sus propósitos y odia y abomina el asesinato.

– Rosa, de nacionalidad polaca, vivió muy intensamente el conflicto nacional que se desarrollaba en su Polonia natal y como tal participó activamente en las discusiones que en la internacional se desarrollaban. Fue intensa su polémica con Lenin sobre el derecho de autodeterminación nacional, pero es interesante resaltar el ángulo desde el que ambos abordaban la cuestión que contradice enormemente la visión actual de una izquierda que se mueve actualmente entre la encarnación del centralismo y la supeditación al nacionalismo y el independentismo. Rosa en 1905 en sus escritos sobre la cuestión polaca, era tajante: La independencia nacional es una preocupación burguesa que no interesa al proletariado especialmente al internacional y desde esa postura polemizó con los bolcheviques pero reconociendo que su posición no partía de la adaptación a los nacionalismos sino tomando el punto de vista del desarrollo social en conjunto y de los intereses del proletariado y el socialismo.

Son muchos otros aspectos del pensamiento de Rosa que merecerían atención, como su concepción de la acumulación capitalista o el papel de la liberación de la mujer -a lo que seguro que se referirá Patro- y otros, pero hoy el objeto de este acto y de esta charla es saber que el socialismo tiene historia, que la revolución no es una locura del pasado, que la transformación de una sociedad radicalmente injusta es un motor de rebelión en millones de personas y que referentes como Rosa y Karl nos hacen más ricos, más vivos, más humanos y más decididos a seguir intentando cambiar las relaciones entre los seres humanos.

Las dos almas del socialismo (Hal Draper, 1966)

Publicado originalmente en inglés, en noviembre de 1966, en la revista New Politics. Traducción al castellano de Iniciativa Socialista número 15, junio 1991. Esta edición electrónica ha tenido en cuenta la revisión de dicha traducción efectuada en 1998 por Izquierda Revolucionaria

¿Qué es el socialismo desde abajo?

La actual crisis del socialismo es una crisis del significado del socialismo.
Por primera vez en la historia del mundo, muy posiblemente una mayoría de sus habitantes se autoproclaman «socialistas» en un sentido o en otro; pero tampoco ha existido nunca otro momento en el que tal etiqueta fuera menos informativa (1). Lo más cercano a un contenido común en los diversos «socialismos» es una negación: anticapitalismo. En cuanto a lo positivo, la variedad de ideas incompatibles y en conflicto que se llaman a sí mismas socialistas es más amplia que la gama de ideas dentro del mundo burgués.
Incluso el anticapitalismo es cada vez menos un factor común. En un extremo del espectro, algunos partidos socialdemócratas casi han eliminado de sus programas cualquier reivindicación específicamente socialista, prometiendo mantener la empresa privada donde quiera que esto sea posible. El más destacado ejemplo es la socialdemocracia alemana («Como una idea, una filosofía y un movimiento social, el socialismo en Alemania no está, desde hace mucho tiempo, representado por un partido político», resume D. A. Chalmers en su reciente libro, The Social Democratic Party of Germany). Estos partidos han redefinido al socialismo tanto que ya no existe, pero sólo han formalizado una tendencia que es la de toda la socialdemocracia reformista. ¿En qué sentido son aún socialistas todos estos partidos?
En otro lado de la escena mundial, están los estados comunistas, cuya proclamación como socialistas está basada en una negación: la abolición del sistema del beneficio privado capitalista, y en el hecho de que la clase dominante no está formada por propietarios privados. Sin embargo, desde un punto de vista positivo, el sistema socioeconómico que ha reemplazado al capitalismo no sería reconocible para Karl Marx. El Estado posee los medios de producción, ¿pero quién posee al estado? Ciertamente no las masas de trabajadores, que son explotados, sin libertad y desposeídos de todo control político y social. Una nueva clase dominante, los burócratas, domina sobre un sistema colectivista: un colectivismo burocrático (2). A no ser que estatalización sea igualada mecánicamente con «socialismo», ¿en que sentido son «socialistas» estas sociedades?
Estos dos autodenominados socialismos son muy diferentes, pero tienen en común más de lo que creen. La socialdemocracia ha soñado, de forma característica, en «socializar» al capitalismo desde arriba. Su principio básico ha sido siempre que el incremento de la intervención del estado en la sociedad y en la economía es, «en sí», socialista. Este principio tiene una fatal semejanza familiar con la concepción estalinista de imponer, desde arriba hacia abajo, algo llamado socialismo, y de igualar estatalización con socialismo. Ambas concepciones tienen sus raíces en la ambigua historia de la idea socialista.
Vayamos a las raíces: las siguientes páginas se proponen investigar históricamente el significado del socialismo, siguiendo un nuevo camino. Siempre ha habido diferentes «tipos de socialismo», que comúnmente han sido divididos en reformistas o revolucionarios, pacíficos o violentos, democráticos o autoritarios, etc. Estas divisiones existen, pero la fundamental es otra. A lo largo de la historia de las ideas y de los movimientos socialistas, la fundamental división se da entre socialismo desde arriba y socialismo desde abajo.
Lo que une a las muchas diferentes formas de socialismo desde arriba es la concepción de que el socialismo (o un razonable facsímil de él) debe ser otorgado como limosna a las masas agradecidas, de una forma u otra, por una élite dominante que, de hecho, no está sometida a su control. El corazón del socialismo desde abajo es su afirmación de que el socialismo solamente puede ser realizado a través de la autoemancipación de las masas activas en movimiento, llegando a él, libremente con sus propias manos, movilizadas «desde abajo» en una lucha para hacerse cargo de su propio destino, como actores (no simplemente como sujetos pacientes) de esta etapa de la historia. «La emancipación de los trabajadores debe ser obra de los trabajadores mismos»: éste es el primer párrafo de los estatutos escritos por Marx para la Primera Internacional, y éste es el primer principio del conjunto de su obra.
Es la concepción del socialismo desde arriba lo que explica la aceptación de la dictadura comunista como una forma de «socialismo». Es la concepción del socialismo desde arriba lo que concentra toda la atención de la socialdemocracia sobre la superestructura parlamentaria de la sociedad y sobre la manipulación de «la cumbre» de la economía, haciéndola hostil a la acción de masas desde abajo. El socialismo desde arriba es la tradición dominante en el desarrollo del socialismo.
Nótese que ésta no es una peculiaridad del socialismo. Por el contrario, el anhelo de emancipación desde arriba es el principio totalmente extendido a lo largo de los siglos de sociedad de clases y de opresión política. Es la permanente promesa dada por cada poder dominante para mantener al pueblo mirando hacia arriba esperando protección, en lugar de mirar hacia sí mismo para liberarse de la necesidad de protección. El pueblo confiaba en los reyes para corregir las injusticias hechas por los señores, y en los mesías para destruir la tiranía de los reyes. En vez de tomar el atrevido camino de la acción de masas desde abajo, es siempre más seguro y más prudente encontrar al «buen» dominador que «podrá hacer feliz al pueblo». El modelo de emancipación desde arriba se repite a lo largo de toda la historia de la civilización, y también se pone de manifiesto en el socialismo. Pero es únicamente dentro del marco del moderno movimiento socialista que la liberación desde abajo puede llegar a ser una aspiración realista; dentro del socialismo, esa aspiración comienza a destacar, pero a trompicones. La historia del socialismo puede leerse como un continuo pero repetidamente fallido esfuerzo para liberarse de la vieja tradición, la tradición de la emancipación desde arriba.
Convencido de que la actual crisis del socialismo sólo puede comprenderse en los términos de esta gran división dentro de la tradición socialista, pasaremos a algunos ejemplos de las dos almas del socialismo.

1. Algunos «precursores» socialistas

Karl Kautsky, el dirigente teórico de la Segunda Internacional, comienza su libro sobre Thomas More con la observación de que las dos grandes figuras que inauguran la historia del socialismo son More y Münzer, y que ambos «prolongan una larga línea de Socialistas, desde Licurgo y Pitágoras hasta Platón, los Gracos, Catilina, Cristo…». Se trata de una lista verdaderamente impresionante de tempranos «socialistas», y Kautsky, considerando su posición, debería haber sido capaz de reconocer a un socialista al verle. Lo más fascinante de esta lista es la forma en la que, una vez examinada, se deshace en dos grupos muy diferentes.
La vida de Licurgo escrita por Plutarco condujo a los primeros socialistas a aceptarle como fundador del «comunismo» de Esparta, motivo por el cual Kautsky le incluye en su lista. Pero, tal y como describe Plutarco, el sistema espartano estaba basado en la división igual de la tierra bajo propiedad privada; no era un camino socialista. La impresión «colectivista» que pueda sacarse de una descripción del régimen espartano procede de una dirección muy distinta: el propio modo de vida de la clase dominante espartana, organizada como una guarnición permanente y disciplinada en estado de sitio; y a esto hay que añadir el régimen de terror impuesto sobre los ilotas (esclavos). No entiendo de qué modo puede un socialista moderno estudiar el régimen de Licurgo sin tener la sensación de encontrarse, no ante un antecesor del socialismo, sino ante un precursor del fascismo. ¡Existe bastante diferencia! ¿Pero cómo es que el principal teórico de la socialdemocracia no sacó la misma impresión?
Pitágoras fundó una orden elitista que actuó como brazo político de la aristocracia terrateniente contra el movimiento democrático de los plebeyos; él y su partido fueron derrotados y expulsados finalmente por una sublevación popular revolucionaria. ¡Kautsky parece estar en el lado equivocado de las barricadas! Además, dentro de la orden pitagórica prevalecía un régimen de total autoritarismo y reglamentación. A pesar de todo esto, Kautsky considera a Pitágoras como un precursor socialista porque él cree que los organizados pitagóricos practicaban el consumo comunal. Incluso si fuera verdad (y Kautsky descubrió más tarde que no lo era), eso haría de la orden pitagórica exactamente tan comunista como pueda serlo cualquier monasterio. Marquemos en la lista de Kautsky a un segundo precursor del totalitarismo.
El caso de la República de Platón es bastante bien conocido. El único elemento de «comunismo» en su estado ideal es el precepto de consumo monástico-comunal para la pequeña élite de «Guardianes» constituida por la burocracia y el ejército; pero el sistema social circundante se da por sentado que será de propiedad privada, no socialista. Y —de nuevo— el estado modelo de Platón está gobernado por una élite aristocrática, y su argumento enfatiza que democracia significa inevitablemente el deterioro y la ruina de la sociedad. El propósito político de Platón, de hecho, era la rehabilitación y purificación de la aristocracia dominante para combatir la tendencia hacia la democracia. Llamarle un precursor socialista implica una concepción del socialismo que hace irrelevante cualquier tipo de control democrático.
En cuanto al otro grupo, Catilina y los Gracos no tienen ningún aspecto colectivista. Sus nombres están asociados con los movimientos de masas de revueltas democráticas y populares contra el sistema establecido. Con toda seguridad no eran socialistas, pero estuvieron en el bando popular dentro de la lucha de clases en el antiguo mundo, el bando del movimiento popular desde abajo. Para el teórico de la socialdemocracia parece que todo era igual.
Aquí, en la prehistoria de nuestro tema, encontramos dos tipos de figuras reclamadas para el panteón del movimiento socialista. Por un lado, están las figuras con un tinte de (supuesto) colectivismo, que son completamente elitistas, autoritarias y antidemócratas; y, por otra parte, están las figuras sin ningún tipo de colectivismo a su alrededor, asociadas con luchas democráticas de clase. Hay una tendencia colectivista sin democracia, y hay una tendencia democrática sin colectivismo, pero todavía no existe nada que una a las dos corrientes.
La sugerencia de tal unión no la encontramos hasta Thomas Münzer, el líder del ala izquierda de la reforma alemana; un movimiento social con ideas comunistas (las de Münzer) que estaba también comprometido en una intensa lucha democrático popular desde abajo. Un contraste a esto es, precisamente, Sir Thomas More: el abismo que separa a estos dos contemporáneos alcanza el corazón de nuestro tema. La Utopía de More diseña una sociedad completamente regimentada, más evocadora de la sociedad en la novela de George Orwell, 1984, que de la democracia socialista: elitista de cabo a rabo, incluso admitiendo la propiedad de esclavos, un típico socialismo desde arriba. No es sorprendente que, de estos dos «precursores socialistas» situados en el umbral del mundo moderno, uno de ellos (More) execrase al otro y apoyase a los verdugos que llevaron a Münzer y a su movimiento a su muerte.
¿Cuál era entonces el significado de socialismo cuando apareció por primera vez en el mundo? Desde el comienzo, estuvo entre las dos almas del socialismo, en guerra entre ellas.

2. Los primeros socialistas modernos

El socialismo moderno nació durante el más o menos medio siglo que va desde la Gran Revolución Francesa hasta las revoluciones de 1848. También lo hizo la democracia moderna. Pero no nacieron unidos como hermanos siameses. Al comienzo, se movieron sobre líneas separadas.
¿Cuándo se cortaron ambas líneas por primera vez?
A partir del naufragio de la Revolución Francesa crecieron diferentes tipos de socialismo. Consideraremos tres de los más importantes a la luz de nuestra pregunta.
1) Babeuf: El primer movimiento socialista moderno fue dirigido en la última fase de la Revolución Francesa por Babeuf («la conjura de los Iguales»), concebido como una continuación del jacobinismo revolucionario con el añadido de un objetivo social más consistente: una sociedad de igualdad comunista. Es ésta la primera ocasión en la era moderna en la que la idea socialista se une a la idea de un movimiento popular, una combinación de enorme importancia.
Esta combinación da lugar inmediatamente a una pregunta crítica: ¿Cuál es exactamente la relación que en cada caso se concibe entre esta idea socialista y este movimiento popular? Ésta es la cuestión clave para el socialismo durante los siguientes 200 años.
Los seguidores de Babeuf entienden esa relación de la siguiente forma: el movimiento de masas popular ha fracasado; parece que el pueblo ha vuelto la espalda a la revolución. Sin embargo, el pueblo sufre y necesita el comunismo, nosotros lo sabemos. La voluntad revolucionaria del pueblo ha sido derrotada por una conspiración de la derecha: necesitamos una conspiración de la izquierda para recrear el movimiento popular, para llevar a cabo la voluntad revolucionaria. Debemos, por tanto, tomar el poder. Pero el pueblo ya no está preparado para ello. Por tanto, es necesario que nosotros tomemos el poder en su nombre, para elevar el pueblo hasta esa altura. Esto exige una dictadura temporal, que en verdad es de una minoría; pero sería una dictadura educativa, con el propósito de crear las condiciones que harían posible el control democrático en el futuro (En este sentido son demócratas). No sería una dictadura del pueblo, como lo era la Comuna, menos aún del proletariado; se trata, francamente, de una dictadura sobre el pueblo, con muy buenas intenciones.
Durante algo más de los 50 años siguientes, la concepción de la dictadura educativa sobre el pueblo permaneció como el programa de la izquierda revolucionaria: a través de las tres B (Babeuf, Buonarroti y Blanqui) y, con la palabrería anarquista añadida, de Bakunin. El nuevo orden será donado al sufriente pueblo por la banda revolucionaria. Este típico socialismo desde arriba es la primera y más primitiva forma de socialismo revolucionario, pero todavía hay admiradores de Castro y de Mao que creen que es la última palabra en revolucionarismo.
2) Saint Simon: Saliendo del periodo revolucionario, una mente brillante tomó un rumbo totalmente diferente. Lo que empujó a Saint Simon era su repulsión a la revolución, al desorden y a los disturbios. Lo que le fascinaban eran las potencialidades de la industria y de la ciencia.
Su visión no tenía nada que ver con algo parecido a la igualdad, la justicia, la libertad, los derechos del hombre o pasiones semejantes: a él le interesaban solamente la modernización, la industrialización, la planificación, divorciadas de las anteriores consideraciones. La industrialización planificada era la llave del nuevo mundo, y, obviamente, la gente que llevaría esto a cabo eran las oligarquías de financieros y de hombres de negocios, científicos, tecnólogos, dirigentes. Cuando no apelaba a tales sectores, Saint Simon pedía a Napoleón o a su sucesor Luis XVIII que implementasen proyectos de una dictadura real. Sus proyectos cambiaban, pero todos ellos eran completamente autoritarios, hasta la última ordenanza planificada. Racista sistemático e imperialista militante, era un rabioso enemigo de la misma idea de igualdad y libertad, que odiaba como descendientes de la Revolución Francesa.
Solamente en la última fase de su vida (1825), decepcionado por la respuesta de la élite natural ante sus llamamientos a que cumpliese con su deber e impusiese una nueva modernizadora oligarquía, dio un giro dirigiéndose a los trabajadores que se encontraban allá abajo. La «Nueva Cristiandad» sería un movimiento popular, pero su papel se reduciría a convencer a los poderes establecidos para que prestasen atención a los consejos dados por los planificadores saint-simonianos. Los trabajadores se organizarían… para pedir a sus capitalistas y a sus dirigentes que sustituyesen a las «clases ociosas».
¿Cuál era entonces la relación que él establecía entre la idea de sociedad planificada y el movimiento popular? El pueblo, el movimiento, podría ser útil como ariete —puesto en ciertas manos—. La última concepción de Saint Simon fue un movimiento desde abajo para conseguir un socialismo desde arriba. Pero el poder y la capacidad de control debían permanecer donde siempre han estado: arriba.
3) Los utópicos: Un tercer tipo de socialismo que se produjo en la generación post-revolucionaria fue el de los socialistas utópicos de verdad: Robert Owen, Charles Fourier, Etienne Cabet, etc. Ellos diseñaron una ideal colonia comunal, salida hecha y derecha del cerebro del líder, para que fuese financiada por gracia de los ricos filántropos bajo la protección del poder benevolente.
Owen (en muchos sentidos el mejor del lote) era tan categórico como cualquiera de ellos: «Este gran cambio… debería y podría ser realizado por los ricos y los poderosos. No hay otros para hacerlo… para los pobres, oponerse a los ricos y a los poderosos es un derroche de tiempo, talento y dinero…» Evidentemente, Owen estaba en contra del «odio de clases», de la lucha de clases. De los muchos que así lo han creído, pocos han escrito con tanta franqueza que el propósito de este «socialismo» es «gobernar o tratar a toda la sociedad como el más avanzado de los médicos gobierna y trata a sus pacientes en el manicomio mejor organizado», con «paciencia y bondad» para los desgraciados que «han llegado a esa situación a causa de la irracionalidad y la injusticia del actual sistema social, sumamente irracional.»
En el modelo de la sociedad de Cabet estaban previstas elecciones, pero no la libre discusión; de forma insistente, imponía una prensa controlada, el sistemático adoctrinamiento y una uniformidad completamente reglamentada.
Para estos socialistas utópicos, ¿cuál era la relación entre la idea socialista y el movimiento popular? Este último era el rebaño que debía ser guardado por el buen pastor. No debe suponerse que el socialismo desde arriba implica necesariamente intenciones cruelmente despóticas.

3. La aportación de Marx

El utopismo era elitista y antidemocrático en lo esencial porque era utópico, esto es, porqué pretendía imponer un modelo prefabricado, inventando un plan que debería ser aplicado. Sobre todo, era inherente a él la hostilidad hacia la idea de transformar la sociedad desde abajo, por medio de la inquietante intervención de las masas en busca de su liberación, incluso en aquellos casos en los que finalmente aceptaba recurrir al movimiento de masas como instrumento de presión sobre las cúpulas. En el movimiento socialista, tal y como se desarrolló antes de Marx, la línea de la idea socialista nunca se intersecó con la línea de la democracia desde abajo.
Esta intersección, esta síntesis, fue la gran contribución de Marx: en comparación con ella, todo el contenido de El Capital es secundario. Lo que él unió fue socialismo revolucionario con democracia revolucionaria. Éste es el corazón del marxismo: «Esta es la ley; todo lo demás es comentario». El Manifiesto Comunista de 1848 expresa la autoconciencia del primer movimiento (en palabras de Engels) «cuya idea era desde el primer momento que la emancipación de los trabajadores debería ser obra de los trabajadores mismos».
El propio Marx pasó en su juventud por el estadio más primitivo, tal y como el embrión humano surgió pasando por el estadio branquial; expresándolo de otro modo, una de sus primeras inmunizaciones la logró cogiendo la más omnipresente de todas las enfermedades, la ilusión en el déspota salvador. Cuando Marx tenía 22 años, el viejo káiser murió, y Federico Guillermo IV accedió al trono entre los hosanas liberales y en medio de la expectación de reformas democráticas desde arriba. Nada de eso ocurrió. Marx nunca volvió a esa idea que ha endemoniado a todo el socialismo con sus esperanzas en dictadores o presidentes salvadores.
Marx se incorporó a la política como editor de un periódico que era el órgano de la extrema izquierda de la democracia liberal en la industrializada zona del Rin, y pronto se convirtió en la principal expresión editorial de toda la democracia política en Alemania. Su primer artículo fue una polémica en favor de una ilimitada libertad de prensa frente a cualquier censura estatal. Cuando el gobierno imperial impuso su destitución, Marx estaba ya en contacto con las nuevas ideas socialistas que llegaban de Francia. Cuando este destacado portavoz de la democracia liberal se hizo socialista, todavía vio en esta tarea el triunfo de la democracia, aunque ahora democracia tenía un significado más amplio. Marx fue el primer pensador y dirigente socialista que llegó al socialismo a través de la lucha por la democracia liberal.
En notas manuscritas hechas en 1844, rechazó el existente «comunismo vulgar» que negaba la personalidad humana, y aspiraba a un comunismo que sería un «humanismo totalmente desarrollado». En 1845, él y su amigo Engels elaboraron una argumentación contra el elitismo de una corriente socialista representada por Bruno Bauer. En 1846 organizaron los «Comunistas democráticos alemanes» en el exilio de Bruselas, y Engels escribió: «en nuestra época, democracia y comunismo son la misma cosa». «Solamente el proletariado será capaz de fraternizar realmente, bajo la bandera de la democracia comunista…».
Al elaborar el primer punto de vista que unía la nueva idea comunista con las nuevas aspiraciones democráticas, entraron en conflicto con las sectas comunistas existentes, como la de Weitling, que soñaban en una dictadura mesiánica. Antes de unirse al grupo que se convertiría en la Liga Comunista (para la que escribirían el Manifiesto Comunista), exigían que la organización dejara de ser una élite conspirativa del viejo tipo y se transformase en un abierto grupo de propaganda, que «todo aquello que lleva a un autoritarismo supersticioso sea eliminado de los estatutos», que el comité dirigente fuese elegido por el conjunto de los miembros, contra la tradición de «decisiones desde arriba». Ganaron a la Liga para su nuevo enfoque, y en el periódico editado en 1847, pocos meses antes del Manifiesto Comunista, el grupo anunció:
No nos encontramos entre esos comunistas que aspiran a destruir la libertad personal, que desean convertir el mundo en un enorme cuartel o en un gigantesco asilo. Es verdad que existen algunos comunistas que, de forma simplista, se niegan a tolerar la libertad personal y desearían eliminarla del mundo, porque consideran que es un obstáculo a la completa harmonía. Pero nosotros no tenemos ninguna intención de cambiar libertad por igualdad. Estamos convencidos… de que en ningún orden social podrá asegurarse la libertad personal tanto como en una sociedad basada sobre la propiedad comunal… Pongámonos a trabajar para establecer un estado democrático en el que cada partido podría ganar, hablando o por escrito, a la mayoría para sus ideas…
El Manifiesto Comunista, resultado de estas discusiones, proclamó que el primer objetivo de la revolución era «ganar la batalla de la democracia». Cuando, dos años más tarde y después del declive de las revoluciones de 1848, la Liga Comunista se rompió, estaba una vez más en conflicto con el «comunismo vulgar» de los putschistas, que querían sustituir con determinadas bandas de revolucionarios al movimiento de masas real de una clase trabajadora consciente. Marx les dijo: «La minoría… convierte a la mera voluntad en la fuerza motor de la revolución, en vez de las relaciones reales. Allá donde nosotros decimos a los trabajadores: «Tendréis que pasar por quince, veinte o cincuenta años de guerras civiles e internacionales, no sólo para cambiar las condiciones existentes, sino también para cambiaros a vosotros mismos y capacitaros para la dominación política», vosotros, por vuestra parte, decís a los trabajadores: «Debemos alcanzar el poder en seguida, o, en caso contrario, irnos a dormir».
«Para cambiaros a vosotros mismos y capacitaros para la dominación política»: éste es el programa de Marx para el movimiento obrero, en contra tanto de aquéllos que dicen que los trabajadores pueden tomar el poder cualquier domingo como de los que dicen que nunca podrán hacerlo. Así nació el marxismo, en lucha autoconsciente contra los abogados de la dictadura educativa, de los dictadores salvadores, de los revolucionarios elitistas, de los comunistas autoritarios, de los bienhechores filantrópicos y de los liberales burgueses. Éste era el marxismo de Marx, no las monstruosas caricaturas que, con tal etiqueta, predican los profesores del establishment, que se estremecen con el irreconciliable espíritu de oposición revolucionaria al status quo capitalista existente en Marx, y también los estalinistas y neo-estalinistas, que tienen que ocultar que Marx declaró la guerra a todos los de su género.
«Finalmente fue Marx quien enlazó las dos ideas de socialismo y democracia» porque él desarrolló una teoría que hacía posible por primera vez esa síntesis. (La cita es de la autobiografía de H. G. Wells. El inventor de las utopías, del socialismo desde arriba, más lóbregas de toda la literatura, aquí denuncia a Marx por este paso histórico.)
El corazón de la teoría es la siguiente proposición: existe una mayoría social con interés y motivos para cambiar el sistema, y que la intención del socialismo puede ser la educación y la movilización de esta masa mayoritaria. La clase explotada, la clase obrera, es, en definitiva, la fuerza motriz de la revolución. Por tanto, un socialismo desde abajo es posible, sobre la base de una teoría que ve las potencialidades revolucionarias en las amplias masas, incluso si parecen atrasadas en determinado momento y lugar. El Capital, al fin y al cabo, no es otra cosa que la demostración de la base económica de esta perspectiva.
Sólo una teoría del socialismo obrero de este tipo hace posible la fusión del socialismo revolucionario con la democracia revolucionaria. No estamos ahora argumentando nuestro convencimiento de que esta creencia está justificada, sino únicamente insistiendo en la alternativa: todos los socialistas o pretendidos reformadores que la repudian están obligados a asumir algún tipo de socialismo desde arriba, ya sea reformista, utópico, burocrático, estalinista, maoísta o castrista. Y así lo hacen.
Cinco años antes del Manifiesto Comunista, un joven de 23 años recientemente convertido al socialismo escribía todavía dentro de la vieja tradición elitista: «Podemos reclutar adherentes en aquellas clases que han gozado de una bastante buena educación, esto es, en las universidades y entre los comerciantes…» El joven Engels aprendió rápido; pero este obsoleto juicio está todavía entre nosotros.

4. El mito del carácter «libertario» del anarquismo

Uno de los más profundos autoritarios en la historia del radicalismo no es otro que el «padre del anarquismo», Proudhon, cuyo nombre es periódicamente revivido como ejemplo de gran «libertario», a causa de su frecuente repetición de la palabra libertad y de sus invocaciones a la «revolución desde abajo».
Algunos podrían ser condescendientes y pasar por alto su hitleriana forma de antisemitismo («El judío es el enemigo de la humanidad. Es necesario devolver su raza a Asia o exterminarla…»). O su racismo en general (pensaba que el Sur tenía derechos a mantener a los negros americanos en la esclavitud, por ser la más baja de las razas inferiores). O su glorificación de la guerra por sí misma (de igual forma que Mussolini) O su opinión de que las mujeres no tienen derechos («Niego sus derechos políticos y sus iniciativas. La mujer sólo encuentra su libertad y bienestar en el matrimonio, en la maternidad, en los deberes domésticos…», esto es, el Kinder-Kirche-Küche de los nazis).
Pero no es posible disculpar su violenta oposición no sólo al sindicalismo y al derecho de huelga (hasta apoyando la ruptura de la huelga por la policía), sino incluso a las ideas de derecho a voto, sufragio universal, soberanía popular y a la misma idea de constitución («Toda esta democracia me asquea… Daría cualquier cosa por arremeter contra esta turba con mi puño cerrado»). Las características de su sociedad ideal incluyen la supresión de todos los demás grupos, la prohibición de cualquier reunión de más de 20 personas y de cualquier prensa libre, así como de cualquier tipo de elecciones; en las mismas notas, pensaba para el futuro en una «inquisición general» y en la condena de «algunos millones de personas» a trabajos forzados, «una vez hecha la revolución».
Detrás de todo esto estaba un feroz desprecio para las masas populares, fundamento necesario del socialismo desde arriba, de la misma forma que el marxismo sentaba sus bases en el sentimiento opuesto. Las masas están corrompidas y desahuciadas («Yo adoro a la humanidad, pero escupo a los hombres»). Son «únicamente salvajes… a quienes es nuestro deber civilizar, sin convertirles en nuestros soberanos», escribe a un amigo al que reprende con desprecio: «Tú todavía crees en el pueblo». El progreso, para él, puede llegar únicamente por la autoridad de una élite que toma la precaución de no dar al pueblo la soberanía.
En algunos momentos, Proudhon contempla a algún déspota como el dictador que podría traer la revolución: Luis Bonaparte (en 1852 escribe un libro entero ensalzando al Emperador como portador de la revolución); príncipe Jerome Bonaparte; finalmente, el zar Alejandro II («No olvidemos que el despotismo del zar es necesario para la civilización»).
Evidentemente, había otro candidato al papel de dictador, más cercano al hogar: él mismo. Elaboró un detallado proyecto para una empresa «mutualista», cooperativa en la forma, que se extendería apropiándose de todas las empresas y, después, del estado. En sus notas, Proudhon se coloca a sí mismo como director jefe, no sujeto, naturalmente, al control democrático que él tanto desprecia. Ha previsto con cuidado muchos detalles: «Redactar un programa secreto, para todos los directivos: eliminación irrevocable de la realeza, la democracia, los propietarios, la religión [y así sucesivamente]».
Los directivos son los representantes naturales del país. Los ministros son simplemente los directivos superiores o los directivos generales: como yo lo seré algún día… Cuando nosotros seamos los amos, la Religión será la que nosotros queramos que sea, y lo mismo ocurrirá con la educación, la filosofía, la justicia, la administración y el gobierno.
El lector, tal vez lleno de las usuales ilusiones sobre el carácter «libertario» del anarquismo, puede preguntarse: ¿mentía entonces cuando hablaba de su gran amor por la libertad?
Nada de eso: basta con comprender el significado de la «libertad» anarquista. Proudhon escribe: «El principio de la libertad es del abad de Thélême (en Rabelais): ¡haz lo que quieras!» y este principio significa: «cualquier hombre que no puede hacer lo que quiere y cualquier cosa que quiera, tiene el derecho a la revuelta, incluso solo, contra el gobierno, incluso si el gobierno está formado por todos los demás». El único hombre que puede gozar de esta libertad es un déspota; éste es el sentido de la brillante intuición de Shigalev de Dostoyevsky: «Partiendo de la libertad ilimitada, llego al ilimitado despotismo».
La historia es similar en lo que respeta al segundo «padre del anarquismo», Bakunin, cuyos planes para la dictadura y la supresión del control democrático son mejor conocidos que los de Proudhon.
La razón básica es la misma: el anarquismo no está relacionado con la creación del control democrático desde abajo, sino solamente con la destrucción de la «autoridad» sobre los individuos, incluyendo la autoridad de la más extremadamente democrática regulación de la sociedad que sea posible imaginar. Esto ha sido dejado claro por autorizados autores anarquistas una y otra vez; por ejemplo, George Woodcock: «incluso allá donde la democracia es posible, el anarquista no podría apoyarla… Los anarquistas no abogan por la libertad política, sino por liberarse de toda política…»
El anarquismo es, por principio, violentamente antidemocrático, ya que una autoridad idealmente democrática sigue siendo autoridad. Pero ya que, rechazando la democracia, no tiene otro camino para resolver los inevitables desacuerdos y diferencias entre los habitantes de Thélème, su ilimitada libertad de cada incontrolado individuo es distinguible del ilimitado despotismo de tal individuo, tanto en la teoría como en la práctica.
El gran problema de nuestra época es la consecución del control democrático desde abajo sobre los extensos poderes de la moderna autoridad social. El anarquismo, más generoso que nadie para parlotear sobre «cualquier cosa desde abajo», rechaza este objetivo. Es la otra cara de la moneda del despotismo burocrático, con todos sus valores invertidos, no la solución o la alternativa.

5. Lassalle y el socialismo de estado

Con mucha frecuencia se presenta al verdadero modelo de una socialdemocracia moderna, el Partido Socialdemócrata alemán, como si se hubiese desarrollado a partir de una base marxista. Esto es un mito más en las historias del socialismo existente. El impacto de Marx fue fuerte, incluso sobre algunos de los líderes durante cierto tiempo, pero la política que penetró y finalmente impregnó el partido procede principalmente de otras dos fuentes. Una fue Lassalle, fundador del socialismo alemán como un movimiento organizado (1863); la otra fueron los fabianos británicos, que inspiraron el «revisionismo» de Eduard Bernstein.
Fernando Lassalle es el prototipo del socialista de estado, es decir, alguien que se propone conseguir el socialismo como un don del estado existente. No era el primer ejemplo prominente (antes estuvo Louis Blanc), pero en su caso el estado existente era el estado del Káiser bajo Bismarck.
El estado, decía Lassalle a los trabajadores, es algo «que puede realizar por cada uno de nosotros aquellas cosas que ninguno podría conseguir por sí mismo». Marx enseñaba exactamente lo opuesto: que la clase obrera debe conseguir su emancipación por sí misma, y abolir en ese proceso el estado existente. Eduard Bernstein tenía razón cuando decía que Lassalle «creó un verdadero culto al estado».
«Yo defiendo con vosotros al inmemorial fuego vestal de toda civilización, el Estado, contra estos modernos bárbaros (la burguesía liberal)»‘ dijo Lassalle ante un tribunal prusiano. Esto es lo que hace que Marx y Lassalle sean «fundamentalmente opuestos», señala el biógrafo de Lassalle, Footman, dejando al descubierto el pro-prusianismo —el nacionalismo pro-prusiano y el imperialismo pro-prusiano— de Lassalle.
Lassalle organizó este primer movimiento socialista alemán como su dictadura personal. Muy conscientemente, él abordó su construcción desde el primer momento como la de un movimiento de masas desde abajo para conseguir un socialismo desde arriba (recordemos el ariete de Saint Simon). El objetivo era convencer a Bismarck para que concediese concesiones, particularmente el sufragio universal sobre cuya base un movimiento parlamentario dirigido por Lassalle podría llegar a ser un aliado de masas del estado bismarckiano en una coalición contra la burguesía liberal. Con este fin, Lassalle intentó realmente negociar con el canciller de hierro. Lassalle envió a Bismarck los estatutos dictatoriales de su organización, presentados como «la constitución de mi reino que quizá envidiaréis» y diciendo, algo más adelante:
Pero esta miniatura no será suficiente para mostrar en qué medida es cierto que la clase trabajadora siente una inclinación instintiva hacia un dictador, si es previamente persuadida en modo adecuado de que la dictadura sería ejercida en su propio interés; y también en qué medida, a pesar de todas las opiniones republicanas —o más bien precisamente a causa de ellas— podría por lo tanto inclinarse, como os dije recientemente, a ver a la Corona, en oposición al egoísmo de la sociedad burguesa, como representante natural de la dictadura social, si la Corona por su parte pudiese alguna vez adecuar su mentalidad para dar el paso —en verdad improbable— de poner en marcha una línea realmente revolucionaria y de transformarse a sí misma de la monarquía de los órdenes privilegiados en la monarquía popular social y revolucionaria.
Aunque esta carta secreta no era conocida en su tiempo, Marx comprendió perfectamente la naturaleza del lassalleanismo. Llamó a Lassalle, en su cara, «bonapartista», y escribió que «Su actitud es la del futuro dictador de los obreros». A la tendencia de Lassalle la denominaba «socialismo del Gobierno real prusiano», denunciando su «alianza con los oponentes absolutistas y feudales contra la burguesía».
«En vez del proceso revolucionario de transformación de la sociedad», escribe Marx, Lassalle se imagina la llegada del socialismo «desde la «ayuda estatal» otorgada a las sociedades cooperativistas de productores, creadas por el estado, no por los trabajadores». Marx ridiculiza esto. «Pero en lo que concierne a las actuales cooperativas, sólo tienen valor en la medida que son creaciones independientes de los trabajadores y no protegidas por el estado o por la burguesía». Esta es una clásica exposición del significado de la palabra independiente como la piedra de toque del socialismo desde abajo contra el socialismo de estado.
Existe un ejemplo muy instructivo de lo que ocurre cuando un típico académico americano antimarxista como Mayo se topa con este aspecto de Marx. Mayo, en Democracy and Marxism (después revisada con el título de Introduction to Marxist Theory), demuestra cómodamente que el marxismo es antidemocrático por el simple expediente de definir al marxismo como la «ortodoxia de Moscú». Pero al menos parece que ha leído a Marx, y se da cuenta de que en ninguna parte, en kilómetros de papel escrito y en una larga vida, da Marx señales de querer más poder para el estado sino más bien todo lo contrario. Cae en la cuenta de que Marx no era un «estatista»:
La crítica más popular dirigida contra el marxismo es que tiende a degenerar en una forma de «estatismo». A primera vista [o sea, lectura] la crítica parece equivocada, porque la virtud de la teoría política de Marx… es la total ausencia de cualquier glorificación del estado.
Este descubrimiento ofrece un notable desafío a los críticos de Marx, que evidentemente saben de antemano que el marxismo debe glorificar el estado. Mayo resuelve la dificultad con dos afirmaciones: 1) «el estatismo está implícito en los requerimientos de una planificación total…» 2) Ver lo que pasa en Rusia. Pero Marx no hace ningún fetiche de la «planificación total». Ha sido también frecuentemente denunciado (por otros críticos distintos) por no haber diseñado un prototipo de socialismo, precisamente por la misma causa por la que reaccionó tan violentamente contra el «planificacionismo» utópico o la planificación desde arriba de sus predecesores. El «planificacionismo» es precisamente la concepción del socialismo que Marx desea destruir. El socialismo debe abarcar planificación, pero la «planificación total» no es igual al socialismo, exactamente igual que cualquier idiota puede ser un profesor pero no necesariamente todo profesor es un idiota.

6. El modelo fabiano

En Alemania, tras la figura de Lassalle, van apareciendo una serie de «socialismos» moviéndose en una interesante dirección.
Los llamados socialistas académicos («socialistas de la cátedra», Kathedersozialisten, una corriente de los académicos del «establishment») ponían sus esperanzas en Bismarck aún más abiertamente que Lassalle, pero su concepción del socialismo de estado no era en principio ajena a la de éste. La diferencia estaba en que Lassalle asumía el riesgo de promover un movimiento de masas desde abajo con ese propósito (riesgo porque, una vez en movimiento, podría escapársele de las manos, como de hecho ocurrió más de una vez). El propio Bismarck no vacilaba en presentar sus políticas económicas paternalistas como una forma de socialismo, y se escribieron libros sobre el «socialismo monárquico», el «socialismo de estado bismarquiano», etc. Más hacia la derecha, llegamos al «socialismo» de Friedrich List, un proto-nazi, y a los círculos en los que una forma anticapitalista de antisemitismo (Dühring, A. Wagner, etc) dejó parte de la base para el movimiento que se llamó a sí mismo socialista bajo Adolfo Hitler.
El rasgo que une a todo este espectro, a pesar de todas sus diferencias, es la concepción del socialismo como un mero equivalente a la intervención del estado en la economía y en la vida social. «¡Staat, greif zu!», pedía Lassalle. «Estado, ¡hazte cargo de las cosas!» éste es el socialismo de todo este grupo.
Por esto Schumpeter está en lo cierto cuando observa que el equivalente británico del socialismo de estado alemán es el fabianismo, el socialismo de Sidney Webb.
Los fabianos (más exactamente, los webbianos) son, en la historia de la idea socialista, la corriente socialista moderna que se desarrolla de forma más completamente divorciada del marxismo, la más ajena a él. Era un reformismo socialdemócrata casi químicamente puro, sin mezcla alguna, particularmente antes del ascenso del movimiento de masas obrero y socialista en Gran Bretaña, que ellos no quisieron y que no ayudaron a construir (a pesar de un extendido mito que dice lo contrario). Por lo tanto éste es un test muy importante, a diferencia de otras corrientes reformistas que pagaron su tributo al marxismo, adoptando parte de su lenguaje pero distorsionando su substancia.
Los fabianos, procedentes expresamente de la clase media en su composición e influencia, no querían construir un movimiento de masas en ningún sentido, y menos aún un movimiento de masas fabiano. Se consideraban como una pequeña élite de consejeros que podría impregnar las instituciones sociales existentes, influenciando a los reales líderes tanto en la esfera conservadora como en la liberal, guiando el desarrollo social hacia sus objetivos colectivistas con la «inevitabilidad del gradualismo». Ya que su concepción del socialismo se limitaba a la intervención del estado (nacional o municipal), y que su teoría decía que el propio capitalismo estaba siendo colectivizado rápidamente día a día y tenía que seguir moviéndose en esa dirección, su función era simplemente la de acelerar el proceso. La Sociedad Fabiana fue proyectada en 1884 para ser el pez piloto de un tiburón: al principio, el tiburón fue el Partido Liberal; pero cuando la penetración en el liberalismo fracasó de forma miserable y los trabajadores organizaron por fin su propio partido de clase a pesar de los fabianos, el pez piloto simplemente se agregó al mismo.
Quizás no exista otra tendencia socialista que haya elaborado su teoría de un socialismo desde arriba de forma tan sistemática y consciente. La naturaleza de este movimiento fue reconocida prontamente, aunque más tarde resultase oscurecida por la disolución del fabianismo en el cuerpo del reformismo laborista. Un dirigente socialista cristiano dentro de la sociedad fabiana tachó en una ocasión a Webb de «colectivista burocrático» (quizá ésta fue la primera vez que se utilizó este término). El alguna vez famoso libro de Hilaire Belloc (The Servile State, 1912), fue en gran parte provocado por el «colectivismo ideal» tipo Webb, básicamente burocrático. G.D.H. Cole recuerda: «Los Webb, en aquellos días, tenían afición a decir que cualquiera que fuese activo en política era un ‘A’ o un ‘B’ —un anarquista o un burócrata— y que ellos eran ‘B’…»
Estas caracterizaciones apenas bastan para darnos todo el sabor del colectivismo webbiano, del fabianismo. Era completamente dirigista, tecnocrático, elitista, autoritario, «planificacionista». Para Webb la política era casi un sinónimo de la manipulación de resortes. Una publicación fabiana escribió que ellos pretendían ser «los jesuitas del socialismo». El evangelio era orden y eficacia. El pueblo, que debería ser tratado bondadosamente, sólo tenía capacidad para ser dirigido por expertos competentes. La lucha de clases, la revolución y los disturbios populares eran perjudiciales. En Fabianism and the Empire, el imperialismo era alabado y aceptado. Si alguna vez el movimiento socialista desarrolló su propio colectivismo burocrático, fue en esta ocasión.
«Puede pensarse que el socialismo es esencialmente un movimiento desde abajo, un movimiento de clase», escribe un portavoz fabiano, Sidney Ball, para desengañar al lector de esa idea; pero ahora los socialistas «abordan el problema desde la perspectiva científica, no desde la popular; son teóricos de clase media», se enorgullece, llegando a decir que existe «una clara ruptura entre el socialismo de la calle y el socialismo de la cátedra».
Las secuelas son bien conocidas, aunque frecuentemente encubiertas. Mientras que el fabianismo como tendencia especial desapareció en 1918 en el más amplio río del reformismo laborista, los dirigentes fabianos tomaron otra dirección.
Tanto Sidney y Beatrice Webb como Bernard Shaw —el trio de cabeza— se convirtieron en defensores por principio del totalitarismo estalinista de los años 30. Anteriormente, Shaw, quien pensó que el socialismo necesitaba a un Superman, encontró a más de uno. Apoyó a Mussolini y Hitler como déspotas benevolentes que darían el «socialismo» a los patanes, y se disilusionó únicamente al comprobar que no abolieron realmente el capitalismo. En 1931, Shaw reveló, tras una visita a Rusia, que el régimen de Stalin era realmente fabianismo llevado a la práctica. Los Webb también fueron a Moscú, y encontraron a Dios. En su Soviet Communism: A New Civilization, probaron (a partir de los propios documentos de Moscú y de las propias declaraciones de Stalin, laboriosamente investigadas) que Rusia era la mayor democracia del mundo; Stalin no era un dictador; la igualdad reinaba totalmente; la dictadura unipartidista era necesaria; el Partido Comunista era una élite completamente democrática que llevaba la civilización a esclavos y mongoles (pero no a los ingleses); la democracia política había fracasado de todos modos en Occidente, y no había razón alguna para que los partidos políticos debieran sobrevivir en nuestro tiempo…
Apoyaron firmemente a Stalin en los juicios de Moscú y en el pacto de Hitler-Stalin sin nauseas observables, y murieron siendo unos proestalinistas acríticos de los que ahora ya no podrían encontrarse ni en el Politburó. Como Shaw ha explicado, los Webb no tenían sino desprecio por la Revolución Rusa como tal: «Los Webb esperaron hasta que la destrucción y la ruina del cambio acabaron, los errores fueron remediados y el estado Comunista se levantó». Es decir, esperaron hasta que las masas revolucionarias fueron introducidas en una camisa de fuerza, los dirigentes de la revolución destituidos, cuando ya la eficaz tranquilidad de la dictadura se había adueñado de la escena y la contrarrevolución se había establecido firmemente; y entonces llegaron ellos para proclamar cumplido el ideal.
¿Era éste realmente un gigantesco engaño, un incomprensible despropósito? ¿O tenían razón al pensar que éste era en efecto el «socialismo» que armonizaba con su ideología, pasando por alto un poco de sangre? El giro del fabianismo desde el proyecto de influenciar a la clase media hasta el estalinismo era el vaivén de una puerta que tenía como bisagras al socialismo desde arriba.
Si echamos un vistazo a las décadas anteriores al final del siglo en que nació el fabianismo, aparece otra figura, antítesis de Webb: la principal personalidad del socialismo revolucionario en este período, el poeta y artista William Morris, que llegó a ser socialista y marxista poco antes de los cincuenta años. Los escritos de Morris sobre el socialismo alientan por todos sus poros el espíritu del socialismo desde abajo, exactamente en la misma medida en la que cada línea escrita por Webb era todo lo contrario. Esto es tal vez más claro en sus profundos ataques al fabianismo (por las razones justas); en su aversión al «marxismo» propio del dictatorial H.M. Hyndman, versión británica de Lassalle; en su denuncia del socialismo de estado; y en su repugnancia a la utopía burocrática colectivista de Bellamy, Looking Backward (que le incitó a hacer la siguiente consideración: «si ellos me alistasen a un régimen de trabajadores, yo me resistiría con uñas y dientes»).
Los escritos socialistas de Morris están impregnados por su énfasis, para el presente, en la lucha de clases desde abajo; y, en cuanto al futuro socialista, su obra News from Nowhere fue escrita como una antítesis directa del libro de Bellamy. Él nos advierte:
Los individuos no pueden descargar los asuntos de la vida sobre las espaldas de una abstracción llamada Estado, sino que deben hacerlos frente en asociación consciente con los demás… La diversidad de la vida es un objetivo del verdadero comunismo tanto como lo sea la igualdad de condiciones, y… ninguna cosa excepto la unión de estas podrá conducirnos a la verdadera libertad.»
«Incluso algunos socialistas», escribió, «son capaces de confundir la maquinaria cooperativa, hacia la que la vida moderna tiende, con la esencia del socialismo mismo». Esto implica «el peligro de que la comunidad degenere en burocracia». Por tanto, él expresaba su temor a una futura «burocracia colectivista». Reaccionando violentamente contra el socialismo de estado y contra el reformismo, cae en el antiparlamentarismo pero no en la trampa anarquista:
…El pueblo tendrá que implicarse en la administración, y en ocasiones existirán diferentes opiniones… ¿Qué hacer entonces? ¿Quién debe ceder? Nuestros amigos anarquistas dicen que eso no debe hacerse por mayoría; en ese caso, deberá hacerlo una minoría. ¿Y por qué? ¿Hay algún derecho divino en una minoría?»
Esta crítica atina en el corazón del anarquismo mucho más profundamente que la opinión común de que el inconveniente del anarquismo es su superidealismo.
William Morris contra Sidney Webb: esta es una forma de resumir esta historia.

7. La fachada «revisionista»

Eduard Bernstein, el teórico del «revisionismo» socialdemócrata, recibe su impulso por el fabianismo, por el que fue fuertemente influenciado en su exilio londinense. No inventó la política reformista en 1896: simplemente, se convirtió en su portavoz teórico. El dirigente de la burocracia del partido prefería menos teoría: «No se dice, se hace», le dijo a Bernstein, queriendo decir que la política de la socialdemocracia alemana había sido vaciada de contenido marxista mucho tiempo antes de que sus teóricos reflejasen la transformación.
Pero Bernstein no «revisó» el marxismo. Su papel era arrancarlo mientras aparentaba podar sus ramas marchitas. Los fabianos no habían tenido que molestarse en poner pretextos, pero en Alemania no era posible destruir el marxismo con un ataque frontal. La regresión a un socialismo desde arriba («die alte Scheisse») fue presentada como una «modernización», una «revisión».
Esencialmente, al igual que los fabianos, el «revisionismo» encontró su socialismo en la inevitable colectivización del propio capitalismo; vio el movimiento hacia el socialismo como la suma de las tendencias colectivistas inherentes al capitalismo; apuntó a la «autosocialización» del capitalismo desde arriba, por medio de las instituciones del estado existente. La ecuación «estatalización=socialismo» no fue una invención del estalinismo, sino que fue sistematizada por la corriente socialista de estado, fabiana y revisionista del reformismo socialdemócrata.
Muchos de los «descubrimientos» contemporáneos que anuncian que el capitalismo no existe desde hace tiempo, pueden encontrarse ya en Bernstein, que declaró que era «absurdo» llamar capitalista a la Alemania de Weimar, dados los controles ejercidos sobre los capitalistas. Del bernsteinismo se deduciría que el estado nazi era aún más anticapitalista, como proclamaba…
La transformación del socialismo en un colectivismo burocrático está ya implícita en el ataque de Bernstein a la democracia obrera. Denunciando la idea del control obrero en la industria, procede a redefinir la democracia. Rechaza que sea «el gobierno del pueblo», proponiendo la definición negativa de «ausencia de gobierno de clase». Así, la misma noción de democracia obrera como un «sine qua non» del socialismo es arrojada a la chatarra, de forma tan eficaz como lo hace la más inteligente de las redefiniciones corrientes en las academias comunistas. Incluso la libertad política y las instituciones representativas se pierden en la redefinición, un resultado teórico que es aún más impresionante por no ser Bernstein personalmente antidemocrático, como lo eran Lassalle o Shaw. Es la teoría del socialismo desde arriba lo que impone estas formulaciones. Bernstein es el dirigente socialdemócrata que teorizó, no solamente la ecuación «estatalización= socialismo», sino también la disyunción entre socialismo y democracia obrera.
Fue apropiado, por tanto, que Bernstein llegase a la conclusión de que la hostilidad de Marx al estado era «anarquista», y que Lassalle tenía razón al confiar en el estado para el inicio del socialismo. «El cuerpo administrativo del futuro próximo sólo puede diferenciarse del estado actual en cuestión de grado», escribe Bernstein; el hecho de «extinguirse el estado» no es otra cosa que utopía, incluso bajo el socialismo. Él, por el contrario, era muy práctico; por ejemplo, cuando el no extinguido estado del Káiser se arrojó a la pelea imperialista por las colonias, Bernstein inmediatamente se declaró en favor del imperialismo y de la «responsabilidad del hombre blanco»: «solamente puede reconocerse un derecho condicional de los salvajes a la tierra que ocupan; la civilización superior puede, en el fondo, proclamar un más alto derecho».
El mismo Bernstein contrastó su visión del camino del socialismo con la de Marx: la de Marx «es la imagen de un ejército que marcha hacia adelante, dando rodeos, sobre astillas y piedras… Finalmente, llega ante un gran abismo. Al otro lado está, haciéndole señas, el objetivo deseado, el estado del futuro, que solamente puede ser alcanzado a través de un mar, un mar rojo, como algunos han dicho». Por el contrario, la visión de Bernstein no era roja, sino rosácea: la lucha de clases se mitiga convirtiéndose en armonía, y un estado benefactor transforma pausadamente a la burguesía en burócratas bondadosos. No ocurrió esto: cuando la bernsteinianizada socialdemocracia primeramente abatió a la izquierda revolucionaria en 1919 y, después, reinstalando en el poder a la empedernida burguesía y a los militares, ayudó a arrojar Alemania en los brazos de los fascistas.
Si Bernstein era el teórico de la identificación del colectivismo burocrático y el socialismo, fue su oponente de izquierda en el movimiento alemán quien llegó a ser el principal portavoz en la Segunda Internacional de un socialismo desde abajo democrático revolucionario. Se trata de Rosa Luxemburgo, quien puso tan enfáticamente su confianza y su esperanza en la lucha espontánea de una clase trabajadora libre que los forjadores de mitos inventaron para ella una «teoría de la espontaneidad» que ella nunca tuvo, una teoría en la que «espontaneidad» se contrapone a «dirección».
Dentro de su propio movimiento, ella luchó duramente contra los elitistas «revolucionarios» que redescubrían la teoría de la Dictadura educativa sobre los trabajadores (redescubierta en cada generación como si fuera el verdadero «último grito»), y escribió: «Sin la voluntad consciente y sin la acción consciente de la mayoría del proletariado no puede haber socialismo… Nunca asumiremos la autoridad gubernamental si no es a través de la clara y no ambigua voluntad de la gran mayoría de la clase obrera alemana…» Y su famoso aforismo: «Los errores cometidos por un genuino movimiento obrero revolucionario son mucho más fructíferos y valiosos que la infalibilidad del mejor Comité Central».
Rosa Luxemburgo contra Eduard Bernstein: este es el capítulo alemán de esta historia.

8. La escena 100% americana

En los orígenes del «socialismo nativo» americano, el cuadro es el mismo, pero en mayor grado. Si pasamos por alto el importado «socialismo alemán» (lassalliano con adornos marxistas) del temprano Socialist Labour Party, la figura más importante es, muy destacadamente, Edward Bellamy y su Looking Backward (1887). Poco antes había llegado el ahora olvidado Laurence Gronlund, cuyo Cooperative Commonwealth (1884) fue extremadamente influyente en su día, vendiendo cien mil copias.
Gronlund estaba tan al día que no dijo que rechazara la democracia: simplemente la «redefinió» como la «administración por los competentes», en contra del «gobierno de las mayorías», junto a una modesta propuesta para suprimir al gobierno representativo como tal y a todos los partidos. El «pueblo» únicamente quiere, según él, «una administración que administre bien». Deberían encontrar «los líderes apropiados», y entonces «depositar todo el poder colectivo en sus manos». El gobierno representativo sería reemplazado por el plebiscito. Está seguro de que este esquema funcionará, explica, por que ya funciona bien para la jerarquía de la Iglesia Católica. Naturalmente, rechaza la horrible idea de la lucha de clases. Los trabajadores son incapaces de la autoemancipación, y denuncia específicamente la famosa expresión de este Primer Principio hecha por Marx. Los patanes serán emancipados por una élite «competente», salida de la intelectualidad; en una ocasión, se puso a organizar una secreta y conspiratoria Fraternidad Socialista Americana para estudiantes.
La utopía socialista de Bellamy en Looking Backward toma directamente al ejército como modelo ideal de la sociedad reglamentada, jerárquicamente dominada por una élite, organizada de arriba a abajo, con la agradable comunión de la colmena como gran objetivo. La transición se realiza, según el libro, a través de la concentración de la sociedad en una gran corporación empresarial, con un único capitalista: el estado. El sufragio universal es abolido; todas las organizaciones de base, eliminadas; las decisiones las toman desde arriba tecnócratas administradores. Así es como uno de sus seguidores definió este «socialismo americano»: «Su idea social es un sistema industrial perfectamente organizado que, a causa del exacto engranaje de sus ruedas, trabajaría con un mínimo de fricción y un máximo de riqueza y de ocio para todos».
Como en el caso de los anarquistas, la caprichosa solución de Bellamy al problema básico de la organización social —como resolver las diferencias de ideas y de intereses entre los hombres— fue la suposición de que la élite sería sobrehumanamente sabia e incapaz de injusticia (esencialmente, lo mismo que el mito totalitario estalinista de la infalibilidad del partido), siendo lo fundamental de esta suposición el hacer innecesario cualquier cosa concerniente al control democrático desde abajo. Este último fue impensable para Bellamy, porque las masas, los trabajadores, eran simplemente un monstruo peligroso, la horda bárbara. El movimiento basado en las ideas de Bellamy —que se autocalificaba como «Nacionalismo» y que originalmente se proponía ser a la vez antisocialista y anticapitalista— se organizó sistemáticamente apelando a la clase media, como los fabianos.
Estos fueron los educadores más populares del ala «nativa» del socialismo americano, cuyas concepciones encontraron eco, a través de los sectores no marxistas y antimarxistas del movimiento socialista, durante parte del siglo XX, con un resurgimiento de «Clubs Bellamy» incluso durante los años 30, cuando John Dewey elogiara a Looking Backward como un exponente de «el ideal americano de democracia». La tecnocracia, que ya presentaba rasgos fascistas abiertamente, fue un descendiente directo de esta tradición. Si se quiere ver cuan fina puede ser la línea que une alguna cosa llamada socialismo con algo como el fascismo, es instructivo leer la monstruosa exposición del socialismo escrita por el una vez famoso inventor científico y dignatario del Socialist Party, Charles P. Steinmetz. Su America and the New Epoch (1916) da vida, con aburrida seriedad, exactamente a la antiutopía frecuentemente satirizada en novelas de ciencia-ficción. El Congreso es reemplazado por senadores directamente nombrados por DuPont, General Motors y las demás grandes corporaciones. Steinmetz, presentando a las gigantescas corporaciones monopolistas (como su propio patrón, General Electric) como lo definitivo en eficacia industrial, propuso disolver el gobierno político en favor de la dominación directa de las corporaciones monopolistas asociadas.
El «Bellamismo» inició a muchos en el camino del socialismo, pero el camino se bifurcó. Alrededor del cambio de siglo, el socialismo americano desarrolló la más vibrante antítesis al socialismo desde arriba en todas sus formas: Eugene Debs. En 1897 estaba todavía pidiendo, nada menos que a John D. Rockefeller, que financiase el establecimiento de una colonia socialista utópica en un estado del Oeste; pero Debs, cuyo socialismo estaba forjado en la lucha de clases de un movimiento obrero combativo, pronto encontró su verdadera voz.
El corazón del socialismo de Debs era su llamada a la autoactividad de las masas desde abajo y su confianza en ella. Los escritos y discursos de Debs están impregnados de este tema. Frecuentemente, citaba o parafraseaba el «Primer Principio» de Marx, usando sus propias palabras: «El gran descubrimiento hecho por los modernos esclavos es que ellos mismos deben conseguir su libertad. Este es el secreto de su solidaridad, el corazón de su esperanza…». Su clásica declaración es ésta:
Los trabajadores del mundo han esperado durante demasiado tiempo que algún Moisés les conduzca fuera de su cautiverio. Tal Moisés no ha llegado ni llegará. Yo no os sacaría de él, aunque pudiera; pues si pudierais ser sacados, también podríais ser llevados de nuevo a él. Yo aspiro a convenceros de que no hay nada que no podáis hacer por vosotros mismos.
Hace eco a las palabras de Marx en 1850:
En la lucha de la clase obrera, para liberarse a sí misma de la esclavitud asalariada, nunca se repetirá lo suficiente que todo depende de la clase obrera misma. La simple pregunta es ¿pueden los trabajadores capacitarse a ellos mismos, por medio de la educación, de la organización, de la cooperación y de la disciplina autoimpuesta, para tomar el control de las fuerzas productivas y de la dirección de la industria en el interés del pueblo y en beneficio de la sociedad? Esto es todo.
¿Pueden los trabajadores capacitarse a ellos mismos…? No tenía ingenuas ilusiones en cuanto a cómo la clase obrera era (o es). Pero él propuso un objetivo diferente al de los elitistas cuya única sabiduría consiste en señalar el atraso del pueblo y en enseñar que siempre será así. Contra la fe en la dominación de una élite desde arriba, Debs opuso la noción directamente contraria de la vanguardia revolucionaria (también una minoría) a la que sus ideas empujan a recomendar un camino más firme a la mayoría:
Son las minorías las que han hecho la historia de este mundo [dice en el mitin antiguerra de 1917, por el que el gobierno de Wilson le encarceló]. Son los pocos que han tenido el coraje de ocupar su lugar al frente; que han sido lo bastante auténticos consigo mismos para decir la verdad que había en ellos; que se han arriesgado a oponerse al orden establecido de cosas; que han abrazado la causa de los pobres que sufren y luchan; que han sostenido, sin pensar en las consecuencias personales, la causa de la libertad y de la justicia.
El «socialismo Debsiano» evocó una tremenda respuesta en el corazón del pueblo, pero Debs no tuvo sucesor como tribuno del socialismo democrático revolucionario. Tras el período de radicalización de posguerra, el Socialist Party, por un lado, se hizo rosáceamente respetable, y el Communist Party, por la otra, se estalinizó. Por su parte, el liberalismo americano había ido desarrollando un proceso de «estatificación», que culminó en los años 30 con la gran ilusión del New Deal. El sueño elitista de una «tutela desde arriba» atrajo a todo un tipo de liberales para los que el aristócrata rural de la Casa Blanca era lo mismo que Bismarck para Lassalle.
El heraldo de este tipo de gente fue Lincoln Steffens, el liberal colectivista que (como Shaw y Georges Sorel) se sentía tan atraído por Mussolini como por Moscú, y por las mismas razones. Upton Sinclair, dejando el Socialist Party por ser demasiado «sectario», lanzó su «amplio» movimiento para «Acabar con la pobreza en California» con un manifiesto apropiadamente titulado «Yo, Gobernador de California, y cómo yo acabé con la pobreza» (probablemente el único manifiesto radical con dos «yo» en el título) sobre el tema de «socialismo desde arriba en Sacramento». Una de las figuras típicas de ese tiempo fue Stuart Chase, que zigzagueo desde el reformismo de la Liga por la Democracia Industrial hasta el semifascismo de Tecnocracia. Había intelectuales estalinistas que subliminaron su combinada admiración por Roosevelt y por Rusia, aclamando tanto a la NRA [pieza central de la política de Roosevelt] como a los procesos de Moscú. Otro signo de los tiempos fue Paul Blanshard, que abandonó el Socialist Party para pasarse a Roosevelt dando como razón que el programa de «capitalismo dirigido» del New Deal había tomado la iniciativa en el cambio económico por encima de los socialistas.
El New Deal, frecuentemente bien llamado «período socialdemócrata de América», fue también la gran aventura de los liberales y de los socialdemócratas con el socialismo desde arriba, la utopía de «monarquía popular» de Roosevelt. La ilusión en la «revolución desde arriba» de Roosevelt unió al socialismo gradualista, al liberalismo burocrático, al elitismo estalinista, y a las ilusiones sobre el colectivismo ruso y el capitalismo colectivizado, en un mismo paquete.

9. Seis subtipos de socialismo desde arriba

Existen varios diferentes estilos o corrientes del socialismo desde arriba. Suelen estar entrelazados, pero permítasenos separar algunos de sus aspectos más importantes para verlos más de cerca.
i) El Filantropismo: El socialismo (o la «libertad» o cualquier cosa semejante) debe ser otorgado, para «el bien del pueblo», por los ricos y los poderosos, desde la bondad de sus corazones. Como el Manifiesto Comunista planteaba, con los primeros utópicos como Robert Owen en mente, «Para ellos el proletariado solamente existe desde el punto de vista de ser la clase que más sufre». En agradecimiento, los pobres oprimidos deben sobre todo guardarse de los sinsentidos sobre la lucha de clases o la autoemancipación. Este aspecto debe ser considerado como un caso particular de:
ii) El Elitismo: Hemos mencionado algunos casos relativos a la convicción de que el socialismo es asunto de una nueva minoría dominante, de naturaleza no capitalista y por lo tanto con garantías de pureza, imponiendo su propia dominación ya sea temporalmente (simplemente para una época histórica), ya sea de forma permanente. En cualquier caso, a esta nueva clase dominante se le asigna el objetivo de una Dictadura educativa sobre las masas —para hacerles el bien, claro—, siendo ejercida la dictadura por un partido de élite que suprime todo control desde abajo, o por déspotas benevolentes o líderes salvadores de algún tipo, o por los «Superhombres» de Shaw, por manipuladores genéticos, por los gestores «anarquistas» de Proudhon, por los tecnócratas de Saint Simon o por sus equivalentes más modernos, utilizando términos y cortinas verbales que permitan proclamar estas concepciones como nueva teoría social, a diferencia del «decimonónico marxismo».
En el otro lado, los demócratas revolucionarios partidarios del socialismo desde abajo han sido siempre una minoría, pero el abismo entre la perspectiva elitista y la perspectiva de vanguardia es crucial, como hemos visto en el caso de Debs. Tanto para él como para Marx y Luxemburgo, la función de la vanguardia revolucionaria es impulsar a la masa mayoritaria a autocapacitarse para tomar el poder en su propio nombre, a través de sus propias luchas. No se trata de negar la importancia decisiva de las minorías, sino de establecer una relación diferente entre la minoría avanzada y las más atrasadas masas.
iii) El Planificacionismo: Las palabras clave son Eficacia, Orden, Planificación, Sistema y Reglamentación. El socialismo es reducido a ingeniería social, ejecutada por un Poder sobre la sociedad. Una vez más, no se trata ahora de negar que el socialismo efectivo requiere una planificación global (o que la eficacia y el orden son cosas buenas); pero la reducción del socialismo a producción planificada es algo totalmente diferente, de la misma forma que una efectiva democracia requiere el derecho a voto, pero la reducción de la democracia al derecho a votar de vez en cuando es un fraude.
De hecho, sería importante demostrar que la separación del plan y del control democrático desde abajo convierte a la planificación misma en una burla, pues las inmensamente complejas sociedades industriales de hoy no pueden ser efectivamente planificadas por medio de los dictámenes de un todopoderoso comité central, que inhibe y reprime el libre juego de la iniciativa y de la corrección desde abajo. Ésta es, en realidad, la contradicción básica del nuevo tipo de sistema de explotación social representado por el colectivismo burocrático soviético. Pero no podemos aquí seguir avanzando más con este tema.
La sustitución del socialismo por el planificacionismo tiene una muy larga historia, aparte de su encarnación en el mito soviético de que «Estatalización= Socialismo», un dogma que, como ya hemos visto, fue sistematizado primeramente por el reformismo socialdemócrata (Bernstein y los fabianos, en particular). Durante los años 30, la mística del «Plan», tomada en parte de la propaganda soviética, llegó a tener gran prominencia en el ala derecha de la socialdemocracia, con Henri de Man proclamado como su profeta y como sucesor de Marx. De Man desapareció gradualmente de vista y ahora está olvidado porqué cometió el error de llevar sus teorías revisionistas primero al corporativismo y después a la colaboración con los nazis.
Aparte de las construcciones teóricas, el Planificacionismo aparece en el movimiento socialista encarnado, con mucha frecuencia, en un cierto tipo psicológico de persona radical. En justicia, una de las primeras descripciones de tal tipo se encuentra en The Servile State, de Belloc, teniendo en mente a los fabianos. Este tipo, escribe Belloc:
«Ama el ideal colectivista en sí mismo… porque es una forma de sociedad ordenada y regulada. Le gusta considerar el ideal de un Estado en el que la tierra y el capital se encuentra bajo el dominio de funcionarios que ordenarán a los otros hombres y que también les preservarán de las consecuencias de sus vicios, de su ignorancia y de su locura… En él, la explotación del hombre no provoca indignación. De hecho, ni la indignación ni ninguna otra pasión vital le son familiares… [Los ojos de Belloc están aquí fijados en Sidney Webb]… la perspectiva de una extensa burocracia bajo la que toda la vida estaría catalogada y fijada a algunos simples esquemas… da a su pequeño estómago una definitiva satisfacción».
En lo que hace a ejemplos contemporáneos con una coloración proestalinista, pueden encontrarse muchos en las páginas de la revista de Paul Sweezy, Monthly Review (3).
En un artículo de 1930 sobre los «modelos motores del socialismo», escrito cuando él aún pensaba ser un leninista, Max Eastman atribuía a este tipo el estar centrado sobre «la organización eficaz e inteligente… una verdadera pasión por el plan… la organización competente».
Para semejante tipo, dice Eastman, la Rusia de Stalin ejerce una fascinación:
Es una región que, por lo menos, merece ser disculpada en otros países, seguramente no censurada desde el punto de vista de un sueño loco como la emancipación de los trabajadores y, con ella, de toda la humanidad. Para aquellos que construyeron el movimiento marxista y que organizaron su victoria en Rusia, este loco sueño era su motivo central. Eran, aunque algunos son ahora propensos a olvidarlo, extremadamente rebeldes contra la opresión. Lenin quizá destacará, cuando la conmoción provocada por sus ideas amaine, como el mayor rebelde de la historia. Su mayor pasión era la liberación del hombre… Si un único concepto debe escogerse para resumir el objetivo de la lucha de clases tal y como está definido en los escritos marxistas, y especialmente en los escritos de Lenin, su nombre es la libertad humana…
Podría añadirse que más de una vez Lenin definió las aspiraciones a una planificación total como una «utopía burocrática».
Existe una subdivisión dentro del Planificacionismo que se merece un nombre propio: llamémoslo el Productivismo. Evidentemente, todos somos partidarios de la producción, al igual que lo somos de la Virtud y de la Buena Vida; pero para este tipo, la producción es el test decisivo y el fin de una sociedad. El colectivismo burocrático ruso es «progresista» a causa de las estadísticas de producción de hierro en lingotes (este mismo tipo ignora usualmente las impresionantes estadísticas de incremento de la producción bajo el capitalismo nazi o japonés). Está permitido destruir o impedir el sindicalismo libre bajo Nasser, Castro, Sukarno o Nkruma, porque hay algo, conocido como «desarrollo económico», que es superior a los derechos humanos. Este duro punto de vista no fue inventado por los radicales, por supuesto, sino por los crueles explotadores del trabajo en la Revolución Industrial capitalista; y el movimiento socialista nació luchando encarnizadamente contra estos teóricos de la explotación «progresista». Sin embargo, los apologistas de los modernos regímenes autoritarios «izquierdistas» tienden a considerar a esta vieja doctrina como la más nueva revelación de la sociología.
iv) El «Comunionismo». En su artículo de 1930, Max Eastman designó a esto el «modelo de unión fraternal» de «socialistas gregarios o de solidaridad humana…deseosos de solidaridad humana, con una mezcla de misticismo religioso y de gregarismo animal». Esto no debe confundirse con la idea de solidaridad en las huelgas, etc. y tampoco debe identificarse necesariamente con lo que se llama camaradería en el movimiento socialista o el «sentido de comunidad» en cualquier otro lugar. Su contenido específico, como dice Eastman, es «la búsqueda de la submersión en una Totalidad, buscando perderse uno mismo en el seno de un sustituto de Dios».
Eastman se refiere en esas líneas al escritor del Communist Party, Mike Gold; otro ejemplo excelente es el de Harry F. Ward, el religioso compañero de viaje del Communist Party, cuyos libros teorizan este tipo de anhelo «oceánico» por despojarse de la propia individualidad. Los cuadernos del escritor americano Bellamy revelan en él un caso clásico: escribe sobre la nostalgia «por la absorción en la gran omnipotencia del universo»; su «Religión de la Solidaridad» refleja su desconfianza en el individualismo de la personalidad, su deseo de disolver el Yo en comunión con algo superior.
Esta deformación es muy prominente en algunos de los más autoritarios partidarios del socialismo desde arriba, y no es raro encontrarla en casos más moderados, como los elitistas filantrópicos de opiniones socialistas cristianas. Naturalmente, este tipo de socialismo «comunionista» es siempre proclamado como un «socialismo ético» y alabado por su horror a la lucha de clases; no debe haber conflictos dentro de una colmena. Este tipo tiende a contraponer «colectivismo» a «individualismo» (una falsa oposición desde un punto de vista humanista), pero lo que realmente impugna es la individualidad.
v) El Penetracionismo. El socialismo desde arriba tiene muchas variedades por la simple razón de que hay siempre muchas alternativas a la automovilización de las masas desde abajo; pero los casos discutidos tienden a dividirse en dos familias.
Una de ellas tiene la perspectiva de derrocar a la actual sociedad jerárquica capitalista, para reemplazarla por un nuevo tipo no capitalista de sociedad jerárquica, basada en un nuevo tipo de élite y de clase dominante (estas variantes son normalmente etiquetadas como «revolucionarias» en las historias del socialismo). La otra tiene la perspectiva de penetrar en los centros de poder de la sociedad existente, para metamorfosearla —gradualmente, inevitablemente— en un colectivismo estatalizado, tal vez al modo en que, molécula a molécula, la madera se petrifica en ágata. Este es el estigma característico de las variedades reformistas, socialdemócratas, del socialismo desde arriba.
El propio término de penetracionismo fue inventado como autodescripción de aquellos que hemos llamado la «más pura» variedad de reformismo nunca visto, el fabianismo de Sidney Webb. Todo el penetracionismo socialdemócrata está basado en una teoría de inevitabilidad mecánica: la inevitable autocolectivización del capitalismo desde arriba, que es igualada al socialismo. La presión desde abajo (cuando ésta es considerada admisible) puede acelerar y conducir el proceso, con la condición de que permanezca bajo control para evitar asustar a los autocolectivizadores. Por tanto, los penetracionistas socialdemócratas no están solamente deseoso, sino ansiosos, de «unirse al establishment» en vez de luchar contra él, en la medida en que su capacidad se lo permita, ya sea como manobras o como ministros. Característicamente, la función que dan al movimiento desde abajo es, fundamentalmente, la de chantajear a los poderes dominantes, para que éstos les paguen con tales oportunidades de penetración.
La tendencia hacia la colectivización del capitalismo es en verdad una realidad: como hemos visto, eso significa la colectivización burocrática del capitalismo. En la medida en que este proceso ha avanzado, los socialdemócratas contemporáneos han sufrido también una metamorfosis. Hoy, el principal teórico de este neorreformismo, C.A.R. Crosland, denuncia como «extremista» la blanda declaración en favor de las nacionalizaciones que fue originariamente escrita en el programa del laborismo británico ¡nada menos que por Sidney Webb (con Arthur Henderson)! La gran cantidad de socialdemocracias continentales que han purgado ahora sus programas de todo contenido específicamente anticapitalista —un destacado nuevo fenómeno en la historia socialista— refleja el grado en el que el desarrollo del proceso de colectivización burocrática se acepta como una entrega a plazos de «socialismo» petrificado.
Esto es el penetracionismo como gran estrategia. Lleva, por supuesto, al penetracionismo como táctica política, un tema que aquí no podemos desarrollar más allá de mencionar su más importante forma actual en Estados Unidos: la política de apoyo al partido Demócrata y la lib-lab (liberal/laboral) coalición alrededor del «Consenso Johnson», sus predecesores y sus sucesores.
La distinción entre estas dos «familias» de socialismo desde arriba es válida para socialismos caseros, desde Babeuf hasta Harold Wilson; es decir, aquellos casos en los que la base social de la corriente socialista dada se encuentra dentro del sistema nacional, sea la aristocracia obrera o sea elementos desclasados o cualquier otra. El caso es algo diferente para los «socialismo desde fuera» representados por los modernos partidos comunistas, cuya estrategia y táctica depende en último análisis de un poder cuya base es externa a cualquiera de los estratos sociales domésticos; esto es, de las clases dominantes burocrático-colectivistas del Este.
Los partidos comunistas se han mostrado especialmente diferentes a cualquier tipo de movimiento casero por su capacidad para alternar o combinar tanto el oposicionismo «revolucionario» como las tácticas penetracionistas, según su conveniencia. Así el American Communist Party oscilaría desde su aventurero y ultraizquierdista «Tercer Período» de 1928-34 hasta el ultrapenetracionista período del Frente Popular, volviendo a un incendiario «revolucionarismo» durante el período del pacto Hitler-Stalin, y así sucesivamente, siguiendo las idas y venidas de la guerra fría, combinando ambas tácticas en diversos grados. Con la escisión de la corriente comunista entre las líneas de Moscú y Pekín, los «Khruschovianos» y los maoístas tienden a encarnar cada uno de ellos una de las dos tácticas que anteriormente alternaban.
Frecuentemente, por tanto, el partido comunista oficial y los socialdemócratas tienden a converger en la política de penetracionismo, aunque desde los ángulos de diferentes socialismos desde arriba.
vi) El socialismo desde fuera. Las precedentes variedades del socialismo desde arriba miran hacia las cumbres de la sociedad. Ahora trataremos el caso en el que las expectativas de socorro se depositan en el exterior.
El culto a los platillos volantes es una forma patológica del mesianismo más tradicional, en el que «fuera» significa fuera de este mundo; pero, en este caso, «fuera» significa fuera de la lucha social en el propio país. Para los comunistas de Europa del Este después de la II Guerra Mundial, el Nuevo Orden tenía que ser importado por las bayonetas rusas; para los socialdemócratas alemanes en el exilio, la liberación de su propio pueblo sólo era imaginable gracias a la victoria militar extranjera.
En tiempo de paz, este tipo se presenta bajo la variedad del socialismo por modelo ejemplar. Éste era, evidentemente, el método de los viejos utópicos, que construían sus colonias modelo en apartadas tierras americanas para demostrar la superioridad de su sistema y convertir a los no creyentes. Hoy, este sustituto de la propia lucha social se está convirtiendo, cada vez más, en la esperanza esencial del movimiento comunista en Occidente.
El modelo ejemplar es Rusia (o China, para los maoístas); y, aunque es difícil hacer la suerte de los proletarios rusos semiatractiva a los trabajadores de Occidente, incluso con una generosa dosis de mentiras, existen otros dos enfoques con más posibilidades de éxito:
a) La posición relativamente privilegiada de los ejecutivos, burócratas e intelectuales-lacayos dentro del sistema colectivista ruso puede ser contrastada con la situación en Occidente, donde estos mismos elementos están subordinados a los propietarios de capital y a los que manipulan la riqueza. Aquí, el atractivo del sistema soviético de economía estatalizada coincide con el alcanzado históricamente por los socialismos de clase media: a los elementos disconformes entre los intelectuales, los técnicos, los científicos, los burócratas administradores y los hombres de organización de diferente especie, que pueden identificarse más fácilmente con una nueva clase dominante basada en el poder del estado en vez de en el poder del dinero y de la propiedad, y que, por ello, se ven a sí mismos como los nuevos hombres del poder en un sistema, no capitalista, pero elitista.
b) Mientras los partidos comunistas oficiales están obligados a mantener la máscara de la ortodoxia en relación a algo llamado «marxismo leninismo», es más frecuente que algunos teóricos serios del neoestalinismo que no están atados al partido se encuentren libres de la necesidad de fingir. Uno de sus desarrollos es el abandono abierto a cualquier perspectiva de victoria a través de la lucha social dentro de los países capitalistas. La «revolución mundial» es igualada simplemente con la demostración por los estados comunistas de que su sistema es superior. Esto ha sido ya expresado en forma de tesis por los principales teóricos del neoestalinismo, Paul Sweezy e Isaac Deutscher.
El Monopoly Capitalism (1966) de Baran y Sweezy rechaza terminantemente «la respuesta de la tradicional ortodoxia marxista: que el proletariado industrial debe, al fin y al cabo, sublevarse en una revolución contra sus opresores capitalistas». Lo mismo dicen para los demás grupos desfavorecidos de la sociedad —desempleados, campesinos, las masas de los guetos, etc—, ya que no pueden «constituir una fuerza coherente en la sociedad».
Esto no deja salida: el capitalismo no puede ser cambiado efectivamente desde dentro. ¿Cómo entonces? Algún día, explican los autores en su última página, «quizá no en el presente siglo», la gente se desilusionará con el capitalismo, «cuando la revolución mundial se extienda y cuando los países socialistas muestren con su ejemplo que es posible» construir una sociedad racional [énfasis añadido]. Esto es todo. Así, las frases marxistas llenando las otras 366 páginas de este ensayo se reducen simplemente a un conjuro como la lectura del Sermón de la Montaña en la catedral de San Patricio.
La misma perspectiva se presenta, menos abruptamente, por un escritor más dado a circunloquios, en The Great Contest de Deutscher. Deutscher transmite la nueva teoría soviética de «que el capitalismo occidental sucumbirá no tanto —o, al menos, no directamente— a causa de sus propias crisis y contradicciones inherentes a él, como a causa de su incapacidad para competir con los logros del socialismo [esto es, los estados comunistas]»; y después, dice: «Debe decirse que esto reemplaza en cierta medida a la perspectiva marxista de la revolución permanente». Aquí nos encontramos con una teorización racional de lo que durante largo tiempo ha sido la práctica del movimiento comunista en Occidente: actuar como guardia de fronteras y como cobertura para la competencia, el sistema rival del Este. Sobre todo, la perspectiva del socialismo desde abajo es tan ajena a estos profesores del colectivismo burocrático como a los apologistas del capitalismo en las academias americanas.
Este tipo de ideología neoestalinista es frecuentemente crítica con el actual régimen soviético. Un buen ejemplo de ello es Deutscher, que está tan lejos como sea posible de ser un apologista acrítico de Moscú del tipo de los comunistas oficiales. Hay que considerarles como penetracionistas con respecto al colectivismo burocrático. Lo que se ve como un «socialismo desde fuera» desde el mundo capitalista, es una especie de fabianismo visto desde dentro del ámbito del sistema comunista. En este contexto, el cambio únicamente desde arriba es un firme principio de estos teóricos, como lo era para Sidney Webb. Esto quedó demostrado, «inter alia», por la hostil reacción de Deutscher a la revuelta de 1953 en Alemania Oriental y a la revolución húngara de 1956, por el ya clásico motivo de que tales sublevaciones desde abajo podrían asustar al «establishment» soviético y apartarle de su curso de «liberalización» por la Inevitabilidad de la Gradualidad.

10. ¿De qué lado estás?

Desde el punto de vista de los intelectuales que tienen elección de qué papel jugar en la lucha social, la perspectiva del socialismo desde abajo ha sido históricamente poco atractiva. Incluso dentro del movimiento socialista, ha tenido pocos partidarios consistentes y no muchos más de inconsistentes. Fuera del movimiento socialista, naturalmente, la línea típica es que tales ideas son visionarias, impracticables, irrealistas, «utópicas»; tal vez idealistas, pero quijotescas. Las masas populares son congénitamente estúpidas, corruptas, apáticas y generalmente inútiles; los cambios progresistas deben proceder de «Gente Superior» semejantes —por casualidad— al intelectual que expresa estos sentimientos. Todo esto se traduce teóricamente a una Ley de Hierro de la Oligarquía o a una ley de lata del elitismo, de una manera u otra implicando una teoría cruda de la inevitabilidad del cambio únicamente desde arriba.
Sin pretender repasar en unas pocas palabras los argumentos a favor y en contra de esta omnipresente opinión, podemos notar el papel social que juega, como el rito autojustificatorio de los elitistas. En tiempos «normales», cuando las masas no están en movimiento, la teoría simplemente requiere señalar esto con desprecio, mientras que toda la historia de revolución y de las sublevaciones sociales es simplemente descalificada como obsoleta. Pero los repetidos disturbios sociales y sublevaciones revolucionarias, definidos precisamente por la intrusión en la historia de las antes inactivas masas, y característicos de periodos en los que el cambio social fundamental está puesto al orden del día, son exactamente tan «normales» en la historia como los intermedios períodos de conservadurismo. Cuando el teórico elitista tiene que abandonar, por consiguiente, la postura de científico observador que se limitaba a predecir que la masa de la gente continuará siempre en reposo, cuando se le enfrenta la realidad opuesta de unas masas revolucionarias intentando subvertir la estructura de poder, entonces es típico que no tiene reparos en pasar a otra senda muy diferente: la denuncia de la intervención de las masas como mala en sí misma.
El hecho es que, para el intelectual, la elección entre socialismo desde arriba y socialismo desde abajo, es básicamente una opción moral, mientras que para las masas trabajadoras que no tienen alternativa social es una cuestión de necesidad. El intelectual puede tener la opción de «unirse al Establishment», cuando los trabajadores no la tienen; lo mismo ocurre con los dirigentes sindicales, que, al elevarse por encima de su clase, disponen igualmente de una posibilidad de elección que antes no tenían. La presión para adecuarse a las costumbres de la clase dominante, la presión para el aburguesamiento, son proporcionales al grado en que se debilitan los lazos personales y organizativos con la base. No es difícil para un intelectual o para un jefe sindical burocratizado convencerse a sí mismo de que la penetración en el poder existente y la adaptación a él son el camino más astuto, cuando (por casualidad) también permite compartir las ventajas de la influencia y de la opulencia.
Es un hecho irónico, por consiguiente, que la «Ley de Hierro de la Oligarquía» sea férrea principalmente por los elementos intelectuales de los que proviene. En tanto que estrato social (eso es, dejando aparte individuos excepcionales) los intelectuales no han sido nunca conocidos por levantarse contra el poder establecido en la forma en que la moderna clase obrera lo ha hecho una y otra vez en su relativamente breve historia. Actuando típicamente como los lacayos ideológicos de los amos establecidos de la sociedad, el sector de las clases medias no propietarias, dedicado al trabajo intelectual, se encuentra, a pesar de todo y al mismo tiempo, movido al descontento y al mal humor por el trato recibido. Como muchos otros sirvientes, este Admirable Crichton piensa «soy mejor que mi amo, y si las cosas fuesen diferentes ya veríamos quien se arrodillaría». Más que nunca en nuestro día, cuando el crédito del sistema capitalista se desintegra en todo el mundo, él sueña fácilmente con una forma de sociedad en la que puede actuar a su gusto, en la que mande el Cerebro y no las manos ni la riqueza; en la que él y sus similares serían liberados de la presión de la Propiedad a través de la eliminación del capitalismo, y liberados de la presión de las masas gracias a la eliminación de la democracia.
Tampoco es necesario que su sueño vaya muy lejos, porque existen versiones de ese tipo de sociedad ante sus ojos, en los colectivismos del Este. Incluso cuando rechaza estas versiones, por diversas razones, entre ellas la Guerra fría, puede teorizar su propia versión de un «buen» tipo de colectivismo burocrático, llamado en los EE.UU. «meritocracia», «managerismo», «industrialismo» o cualquier otra cosa que se quiera; o «socialismo africano» en Ghana y «socialismo árabe» en El Cairo; o muchos otros tipos de socialismo en otros lugares del mundo.
La naturaleza de la elección entre socialismo desde arriba y socialismo desde abajo se ve más claramente en lo que se refiere a una cuestión sobre la que existe un considerable grado de acuerdo entre los intelectuales liberales, socialdemócratas y estalinistas de hoy. Se trata de la supuesta inevitabilidad de dictaduras autoritarias (despotismos benevolentes) en los nuevos estados que se desarrollan, particularmente, en África y Asia —Nkruma, Nasser, Sukarno y otros—, dictadores que destruyen a los sindicatos independientes y a toda la oposición política, organizando la explotación del trabajo con el propósito de maximizarla, chupándoles la sangre a las masas trabajadoras para extraer el suficiente capital para acelerar la industrialización al ritmo que los nuevos amos desean. De esta forma, en una medida sin precedentes, círculos «progresistas» que en otra ocasión hubieran protestado contra cualquier injusticia, se han convertido en apologetas de cualquier autoritarismo que sea considerado como no capitalista.
Aparte de las razones de determinismo económico usualmente dadas para esta posición, hay dos aspectos de la cuestión que echan luz sobre lo que verdaderamente está en juego:
a) El argumento económico para la dictadura, que pretende demostrar la necesidad de una industrialización «a matacaballo», es sin duda alguna de mucho peso para los nuevos amos burocráticos —que significativamente no escatiman en sus propios ingresos y engrandecimiento—, pero es incapaz de convencer al trabajador situado abajo del todo de que él y su familia deben inclinarse ante la superexplotación y el superesfuerzo durante algunas generaciones, en aras de la rápida acumulación de capital. (De hecho, es por esto por lo que la industrialización «a matacaballo» exige controles dictatoriales).
El argumento económico-determinista es la racionalización del punto de vista de una clase dominante; tiene sentido humano solamente desde tal punto de vista, el cual, evidentemente, pretende siempre identificarse con las necesidades de la «sociedad». Es de igualmente buen sentido que los trabajadores que ocupan los últimos peldaños de la sociedad deben oponerse a esta superexplotación para defender su elemental dignidad humana y su bienestar. Así ocurrió durante la Revolución Industrial, cuando los «nuevos países en desarrollo» estaban en Europa.
No se trata de una simple cuestión de argumentos técnicos y económicos, sino de lados diferentes en la lucha de clases. La pregunta es: ¿De qué lado estás?
b) Se argumenta que las masas populares en estos países están demasiado atrasadas para controlar la sociedad y su gobierno; y esto es, sin duda, verdad, y no únicamente allí. ¿Pero qué se deduce de eso? ¿Cómo consigue un pueblo o una clase capacitarse para gobernar en su propio nombre?
Únicamente por medio de la lucha para conseguirlo. Únicamente librando su lucha contra la opresión: la opresión ejercida por aquellos que les dicen que no están capacitados para gobernar. Únicamente luchando por el poder democrático se educarán a sí mismos y se alzarán hasta el nivel en el que serán capaces de ejercer este poder. Nunca ha habido otro camino para ninguna clase.
Aunque hemos considerado una particular línea apologética, los dos puntos señalados se aplican de hecho a todo el mundo, en cada país, avanzando o desarrollado, capitalista o estalinista. Cuando las manifestaciones y boicoteos de los negros del Sur de los EEUU ponían en aprieto al Presidente Johnson de cara a las elecciones, la pregunta era: ¿De qué lado estás? Cuando el pueblo húngaro se revelaba contra el invasor ruso, la pregunta era: ¿De qué lado estás? Cuando el pueblo argelino luchaba por su liberación contra el gobierno «socialista» de Guy Mollet, la pregunta era: ¿De qué lado estás? Cuando Cuba fue invadida por los títeres de Washington, la pregunta era: ¿De qué lado estás? y cuando los sindicatos cubanos son sojuzgados por los comisarios de la dictadura, la pregunta es también: ¿De qué lado estás?
Desde el comienzo de la sociedad, han existido un sinfín de teorías «probando» que la tiranía es inevitable y que la libertad en democracia es imposible; no hay otra ideología más conveniente para una clase dominante y para sus intelectuales lacayos. Se trata de predicciones autosatisfechas, ya que ellas solamente son ciertas mientras son tomadas como ciertas. En último análisis, el único camino de demostrar su falsedad es la lucha misma. Esta lucha desde abajo nunca ha sido detenida por las teorías desde arriba, y ha cambiado el mundo una y otra vez. Escoger cualquiera de las formas del socialismo desde arriba es mirar hacia atrás, al viejo mundo, a la «vieja mierda». Escoger el camino del socialismo desde abajo es afirmar el comienzo de un nuevo mundo.

Notas

1 Así fue en 1966, cuando se escribió este artículo. Lo ocurrido desde entonces sólo subraya la importancia de sus análisis.
2 Ver la introducción, sobre el análisis de «colectivismo burocrático».
3 Una revista académico-marxista editada en los Estados Unidos. Durante un período, se publicaba una versión en castellano.

Edición digital de la Fundación Andreu Nin, diciembre 2001

Carta de Nikolái Bujarin a Anna Larina (1938) y respuesta de Anna Larina (1992)

Carta de Nikolái Bujarin a Anna Larina (1938)

Querida, dulce Annushka, mi adorada:

Te escribo ya en la víspera del juicio y te escribo con un fin determinado, que subrayo tres veces: a pesar del0 que puedas leer o escuchar, no importa lo terribles que sean las circunstancias, a pesar de todo lo que me dirán y de lo que yo podré decir, sobrelleva todo con valor y tranquilidad.
Leer artículo «Carta de Nikolái Bujarin a Anna Larina (1938) y respuesta de Anna Larina (1992)»

Carta a las generaciones futuras (Nikolái Bujarin, 1938)

Abandono la vida. Al inclinar la cabeza, no lo hago ante el hacha proletaria, que debe ser implacable, pero pura. Siento mi impotencia ante la máquina infernal que, recurriendo sin duda a métodos medievales, dispone de una fuerza titánica, fabrica calumnias organizadas desvergonzadamente y con seguridad. Leer artículo «Carta a las generaciones futuras (Nikolái Bujarin, 1938)»

1937. Buró Internacional de las Juventudes Revolucionarias

Acta de la reunión del Comité Central del Buró Internacional de las Juventudes Revolucionarias en Barcelona el 9 de mayo de 1937. Traducción de Brigitte Engelfried y Pello Erdoziain del texto original en alemán. Archivo de Willy Brandt (Oslo).

Leer artículo «1937. Buró Internacional de las Juventudes Revolucionarias»

El POUM y la guerra civil española (Francisco de Cabo,1987)

«La guerra civil española fue el período más feliz de nuestras vidas. Entonces nos sentimos felices, pues cuando la gente moría, parecía como si su muerte estuviera justificada y fuese importante.Habían muerto por algo en lo que creían…»

Ernest Hemingway: prefacio a The Creat Crusade (1940)
 

Introducción

La guerra civil española de 1936-39 es, después de la Revolución Rusa de 1917, el acontecimiento revolucionario más importante europeo de este siglo. De otra manera no se explica que a medio siglo vista aún se publiquen libros y más libros -ya se cuentan por millares- y se organicen continuamente simposiums y encuentros internacionales en los que renombrados historiadores de oficio y sesudos intelectuales segreguen su humor amarillento, de sabor amargo, como expertos «futurólogos del pasado» intentando en la época actual, justificar sus posiciones de antaño, y la inundación, que casi nos arrastra, de jóvenes investigadores, con sus tesis, que nos licencian las universidades año tras año que, objetivamente, pretenden ser neutrales por su distanciamiento en el tiempo de los hechos, pecando de un academicismo petulante propio de la juventud e incluso, por omisión predeterminada, de partidismo descarado.

Empleo un método, como si efectuara un análisis de laboratorio, para conocer la ideología política de los historiadores que se esconden tras una seudo-objetividad. ¡Es infalible! Me refiero a la descripción e interpretación de los Hechos de Mayo como asimismo del horrible asesinato de Andreu Nin. Constituyen la piedra de toque para medir la consistencia de su honradez histórica.

Un ejemplo que es imprescindible remarcar por el prestigio del historiador es el de Pierre Vilar. A cincuenta años de los hechos y con centenares de testimonios tanto escritos como orales de los que participaron, incluso de dirigentes comunistas de la época, en unas pocas líneas, haciendo gala de un humor bilioso, el señor Pierre Vilar, en su libro recién publicado La guerra civil española, traducción de La Guerre d’Espagne de la colección Que sais-je de Presses Universitaires, sentencia: «Los Hechos de Mayo han inspirado toda una literatura. A menudo a partir de la narración de Orwell, el testimonio más despistado (el subrayado es mío) del combate más confuso. Esta agonía de la revolución ha hecho llorar mucho a las universidades americanas». “El POUM, con una bonita fórmula acusaba a los comunistas ortodoxos de querer transformar la guerra civil en guerra imperialista», sin mencionar de dónde ha copiado esta consigna como es el deber de un historiador serio. Y remata esta página de antología antihistórica con estas palabras sobre las consecuencias de los Hechos de Mayo: «Para el POUM, es una marginación; el PSUC quería un proceso de espionaje, calcado sobre los de Moscú (¿Era sólo el PSUC?) exactamente contemporáneos; la justicia republicana lo considera sólo una insubordinación en tiempos de guerra, castigada con la simple prisión. Pero Nin, transferido a Madrid al comienzo de la insurrección, desaparece a manos de una policía paralela». Para el serio historiador Pierre Vilar, Nin se esfumó como una sombra. Las policías paralelas son una creación del capitalismo de la posguerra. Incluso en este aspecto represivo los estalinianos se adelantaron como la vanguardia que eran, ya que habían dejado de serlo del proletariado, de la represión, con centenares de asesinatos de militantes no sólo poumistas sino también anarquistas y socialistas; prisiones clandestinas, torturas, persecuciones sistemáticas, etc. El Comité Ejecutivo del POUM fue exonerado de las burdas acusaciones del proceso «calcado sobre los de Moscú» pero fue condenado a varios años de prisión como reo del delito terrible de «querer superar la República democrática e instaurar sus propias concepciones sociales». Para el señor Pierre Vilar todo se limitó a «una marginación», sin darse cuenta que el que queda marginado es él, con su ocultación y tergiversación de la verdad histórica.

Toda historia debe relatar el desarrollo de los hechos tal como ocurrieron pero, al mismo tiempo, hacer comprender al lector para que, por lo menos, éste saque la conclusión del porqué de los mismos, es decir, de las causas históricas que lo motivaron. Ni el azar ni la aventura intervienen en los acontecimientos históricos y los grandes hombres que han jugado un papel preponderante en la historia, no pudieron, por si solos, alterar el curso básico del desarrollo histórico, el cual, a su vez, se compone de un cúmulo de diversos factores objetivos que, en ese preciso momento histórico -no antes ni después-, han llegado a su punto de madurez. La conjunción de los factores objetivos y subjetivos en el proceso histórico es fundamental para un cambio radical revolucionario. Napoleón, si hubiera nacido en otra época, se habría limitado a ser un buen teórico y profesor militar e incluso un brillante hombre de Estado pero no hubiera cambiado la faz del mapa político de Europa y si Lenin hubiera nacido a principios del siglo pasado en lugar de al término del mismo, no habría cambiado, en la forma que lo hizo, el destino de Rusia y del mundo. Cuando no se da esta simbiosis entre causa y efecto es cuando fracasan estos saltos prodigiosos hacia adelante en la historia de la humanidad. Esto es lo que ocurrió en España. Desafortunadamente, no sincronizaron los factores objetivos y subjetivos determinantes.

A pesar de que España, según la jerga de los economistas, en estos últimos años, ha pasado de ser un país subdesarrollado a un país en vías de desarrollo, se yuxtaponen, en un mosaico de nacionalidades y regiones, estadios distintos e incluso superpuestos de desarrollo histórico, desde el feudo latifundista, en sus diversas etapas de evolución, con un estancamiento cultural y relaciones sociales arcaicas, cuyo conglomerado social, con sus diversos escalafones sociales medios, es el que provee de militares, fuerzas de represión, personal a la Iglesia y burócratas, que se incrustan como garrapatas al aparato del Estado -base social del franquismo- hasta la periferia industrial, en que coexisten fases desiguales de desarrollo de los medios de producción, que, por sus mismas estructuras subdesarrolladas de relaciones que domina el conjunto, crean desequilibrios ahogando su expansión y debilitándola política y socialmente. No es por el sobado «carácter anárquico, individualista del español» que España, a diferencia de los países más desarrollados, ha carecido y carece de una clase burguesa potente y progresista dentro de los cánones de la propiedad privada y economía de mercado, es decir, del capitalismo. Su espacio lo ocupa, actualmente, podríamos decir, por delegación, el reengendrado PSOE, cuyos dirigentes son meros «ejecutivos» administrativos de la sociedad anónima estatal. Esta incoherencia distorsionante del conjunto de la estructura social española, condiciona, asimismo la formación de las organizaciones obreras creando una heterogeneidad ideológica no fácil de captar. Ningún precedente histórico, por aleccionador y exitoso que haya sido, puede sustituir al análisis directo de una situación nacional concreta. Todos los caminos llegan a Roma pero cada uno es diferente. Sin embargo, estos rasgos distintivos, por muy acentuados que sean, tienen límites históricos. Nuevas condiciones históricas pueden modificarlos. y están sujetos a los procesos predominantes de la economía y la política mundiales que pueden alterarlos. Según Trotski, “la peculiaridad nacional es el producto más generalizado de la desigualdad del desarrollo histórico, su resultado final». Tomemos por ejemplo el Partido Socialdemócrata alemán y el Partido Laborista inglés, cuyas diferencias notorias, tanto en la práctica como en la teoría, son el resultado de los diferentes trasfondos históricos, de sus procesos de desarrollo desiguales.

Una caracterización diferencial, que no se dio en ningún otro país de Europa, y que influyó, de una manera determinante en el desenvolvimiento revolucionario obrero español hasta la la guerra civil, fue el anarquismo, en sus diversas tendencias, con predominio, aunque parezca a primera vista paradójico, en Cataluña y Andalucía. En España encontró campo abonado para que fructificara la prédica anarquista de Giuseppe Fanelli, que vino a propagar, a finales de 1886, las ideas de la Internacional y, sobre todo, del anarquismo de Bakunin, el cual se diferenciaba más por los diferentes estadios de desarrollo respectivos, industrial en Cataluña, latifundista en Andalucía, que por las diversas tendencias de sus teóricos: Bakunin, Kropotkin, Malatesta, etc. Angel Marvaud, en La Question Sociale en Espagne, en pocas líneas, aclara esta aparente contradicción:» El anarquismo andaluz es un anarquismo con crisis agudas pero breves; los levantamientos en esta parte de la Península, más que actos reflexionados y preparados de antemano, hacen pensar en una serie de incidentes de extrema gravedad, pero sin dirección, sin otro impulso que el hambre y la cólera. El anarquismo catalán es mucho más temible porque es menos impulsivo y mucho más organizado. Es también más «intelectual». Barcelona es el cuartel general del anarquismo en España». Toda comparación es relativa, depende del parámetro en que se basa.

Del 19 al 26 de junio de 1870, tuvo lugar el Congreso de fundación de la Internacional. Después de años de pasar las vicisitudes propias de su militancia ácrata, surgió de nuevo de la clandestinidad en 1881 celebrando un Congreso en Barcelona, consiguiendo reagrupar unos 50.000 afiliados, de los cuales 30.000 eran andaluces y 13.000 catalanes.

Paralelo al auge económico de España en los años de la primera guerra mundial- debido a su neutralidad- fue el aumento vertiginoso del proletariado industrial. A finales de 1918 los afiliados de la CNT en Cataluña superan los 300.000. En junio de 1922, en el Congreso de Zaragoza, la CNT rompe definitivamente con la Internacional Comunista y la Internacional Sindical Roja. En diciembre de 1922 se adhiere a la nueva AIT aportando el 50% de los afiliados de esa internacional, es decir, que en España estaban adheridos la mitad de todos los militantes anarquistas del mundo. En el verano de 1931 irrumpe la FAI, surgida del mismo seno de la CNT, influyendo decididamente en la misma con sus postulados extremistas anarcos aportando más confusión ideológica. En agosto de 1931 se dio a conocer el famoso «Manifiesto de los Treinta», denominado así porque lo firmaban treinta destacados sindicalistas con Juan Peiró y Ángel Pestaña a la cabeza, que, en su esencia, proclamaba un reformismo sindicalista enfrentado a la praxis revolucionaria de la FAI, la cual, reaccionando violentamente, en nombre, «Oh, paradoja!, del comunismo libertario, expulsó a todos los dirigentes impuros (treintistas, marxistas, etc.) consiguiendo hacerse dueña absoluta de la CNT. Estas divergencias no impidieron que durante la guerra civil, «faistas» y «treintistas» colaboraran juntos con los gobiernos de Largo Caballero y Negrin e incluso con la Junta del Coronel Casado-Besteiro para dar la puntilla final a la consigna de primero ganar la guerra. El 1° de Mayo de 1936 (dos meses y medio antes del 19 de julio) tuvo lugar el IV Congreso de la CNT, asistiendo 649 delegados por 982 sindicatos que representaban a 550.000 afiliados.

Me he detenido en la descripción del movimiento anarcosindicalista español para poner de relieve su influencia, su importancia numérica y su protagonismo revolucionario dentro del contexto del movimiento obrero, especialmente en Cataluña. No se puede comprender ni juzgar debidamente el estallante principio revolucionario de la guerra civil y el deplorable desenlace de la misma sin tener en cuenta el papel decisivo, negativo a la larga, de la CNT, en las primeras semanas (Stalin demoró tres meses en meter la cuchara en España) en Cataluña, bastión de la revolución.

En las épocas normales, el Estado juega el supuesto papel de árbitro; «la administración de las cosas» corre a cargo de una élite privilegiada de las clases altas que se sitúa por encima del pueblo llano: monarcas, presidentes, ministros, gobernadores, jueces, alta jerarquía clerical y militar, burócratas, la gran prensa, etc. En las épocas de crisis revolucionarias las masas desbordan, cual mar embravecido, las defensas del Estado, derribando a su paso cuánto obstáculo encuentran en su camino. En este momento álgido de la cresta de la historia es cuando las masas se desprenden de sus ataduras ancestrales: religiones castradoras, las sumisiones morales que les han inculcado, rencores heredados de generaciones, etc., y por la otra parte, en las élites del poder, sale a relucir su verdadera faz: su soberbia, sinónimo de menosprecio, su prepotencia, su incomprensión y su miedo histriónico. Con otras palabras, sale a la luz pública la división descarada de la sociedad en clases y cada una se sitúa en el lugar que le corresponde. Ya no valen los engaños y los circunloquios. Esto es lo que ocurrió en las jornadas de julio de 1936 en España. El gobierno del Frente Popular, a cuya creación contribuyó el tándem Dimitrov- Stalin con su viraje de 180 grados en el VII congreso de la III Internacional, se derrumbó a la primera embestida de las dos fuerzas sociales antagónicas. Los resortes del poder se derribaron estrepitosamente: ejército, policía, guardia civil, burocracia, etc. El Gobierno nonato de Martínez Barrio, que sustituyó al de Casares Quiroga, en un intento desesperado de pactar con los rebeldes, concediéndoles todo lo que quisieran, se convirtió en una entelequia. El general Mola, el cerebro estratega de la sublevación cívico-militar, ante un llamamiento desesperado de Martínez Barrio, le contestó: «Si llegamos a un acuerdo la primera cabeza que rodaría sería la mía. Y lo mismo le ocurriría a usted en Madrid. Ninguno de los dos podernos ya dominar a nuestras masas». El general sublevado comprendía mejor que el político profesional el momento histórico que vivíamos.

La clase obrera española, desde el mismo 19 de julio de 1936, dio pruebas fehacientes de un gran espíritu de lucha doblado de una inteligencia intuitiva de clase al demostrar que sí sabía lo que no quería. Lo que sorprendió no sólo a los gobernantes republicanos burgueses sino también a los líderes y comités de las centrales obreras y de los partidos de la izquierda social. Los dirigentes de los partidos obreros, desde el primer momento, fueron desbordados por las masas. Iban a la zaga de los acontecimientos. De dirigentes se convirtieron en dirigidos y comenzaron a maniobrar desde sus cargos no para encauzar y dirigir a la revolución en marcha sino para frenarla. Sólo en los comunards parisinos podemos encontrar un precedente histórico de la espontaneidad revolucionaria de las masas. La clase obrera española, forjada y templada por la lucha revolucionaria de décadas anteriores: 1909, 1917, 1921-23, 1931, 1934, organizó la resistencia, con una audacia sin parangón, a la contrarrevolución preventiva y, sin solución de continuidad, sobre la marcha, sin ninguna regla y compás, creó los Comités de Milicias Antifascistas, las Patrullas de Control Revolucionario y la organización de la vida económica en tiempo de guerra civil a través de las colectivizaciones en la industria y en el agro. El gobierno central y los autonómicos, en los que estaban representados los líderes de las organizaciones obreras, se limitaron a dar validez legal a los hechos consumados.

La creación del Partido Obrero de Unificación Marxista (POUM) fue la culminación de un proceso de unidad que arrancaba, en el plano internacional, de la toma del poder por los nazis en Alemania y, en España, del triunfo electoral de la reacción causado por la política nefasta de la coalición republicana-socialista en el primer bienio y la abstención de las masas de la CNT que siguieron la consigna de su dirección. El fascismo, como las revoluciones proletarias se adaptan a las peculiaridades del desarrollo desigual de cada nación: Italia, Portugal, Austria, Alemania, eran regímenes de carácter fascista en términos generales pero diferentes en sus métodos de ejercerlo. Como en España, lo mismo que en Polonia y el Portugal de aquel entonces, aún predominaba la economía agraria, con una burguesía subdesarrollada, conjeturábamos que el fascismo se basaría en el ejército como su principal instrumento. En el trabajo que se publicó en forma de folleto, a fines de 1931, de Andreu Nin, éste escribía: «España es un país eminentemente agrícola, el 70% de la población trabajadora está dedicada a las labores del campo. El peso específico de la producción agrícola es superior al de la industria.. Lo que da la nota en nuestra economía agraria es la gran propiedad semifeudal, dominante sobre todo en el sur, caracterizada por la existencia de haciendas inmensas, mal cultivadas o absolutamente incultas, y de una masa campesina miserable y cruelmente explotada. He aquí una cifras que constituirán, con una irrebatible evidencia, la ilustración más elocuente de lo que decimos. De los 50 millones de hectáreas que forman nuestro territorio, más de 31 millones están sin cultivar, y de los 5 millones de campesinos que hay en el país, 4 y 1/2 millones no poseen tierras. Este es el resultado directo de la persistencia del latifundio en nuestro país. La industria, excepción hecha de algunos islotes esparcidos aquí y allá en el mar de nuestro atraso económico, apenas ha salido del período manufacturero. Sólo en la industria metalúrgica, en Vizcaya, ha alcanzado una relativa madurez. En cuanto a Cataluña, la región más importante de España desde el punto de vista de la producción global, la industria textil, que es la dominante, está dividida en gran número de pequeños establecimientos mal utillados… La estructura económica del país hallaba su expresión política en la monarquía, la cual se apoyaba en el caciquismo de los grandes terratenientes, en la Iglesia, que contaba -y cuenta aún- con una poderosa base económica, en un enorme aparato burocrático-policiaco-militar y en un centralismo despótico y regresivo, que ahogaba todos los focos vitales del país. Ese régimen politico-económico constituía un obstáculo insuperable al desarrollo de las fuerzas productivas del país. La ausencia de una burguesía suficientemente fuerte para tomar la dirección del país y la descomposición general del régimen, explican el papel importante desempeñado en la vida política española por el ejército, única fuerza sólidamente organizada, centralizada y disciplinada que existía.».

El frente único de la reacción, a pesar de sus antagonismos y contradicciones internas, se iba perfilando en el horizonte con una claridad meridiana. Ante ese compacto bloque que se nos venía encima era imprescindible y urgente unirnos si no queríamos correr la misma suerte de los pueblos en los cuales había tomado el poder, en sus diferentes matices, el fascismo, nombre que hizo fortuna al adoptarlo el primer país fascista de Europa: Italia.

Las organizaciones obreras que responden a su razón de ser son las que sostienen el principio fundamental de la lucha de clases. Pues bien, tanto la Izquierda Comunista como el Bloque Obrero y Campesino respondían a esta premisa. Ya durante los primeros tiempos de la República, se habían lanzado llamamientos en favor de la unificación de todos los grupos o tendencias comunistas por parte de la Oposición trotskista y la Federación Catalano-Balear, pero sin el menor resultado, quizá por ser todavía prematuro y precisarse cierto periodo de trasvase. El primer paso serio, que a la larga seria determinante, fue la creación de la Alianza Obrera, en diciembre de 1933 en Cataluña y en marzo de 1934 en Asturias, principalmente, con el propósito de establecer un frente único obrero capaz de impedir el triunfo de la reacción. El documento que dio fe del nacimiento de la Alianza en Cataluña está fechado el 9 de diciembre de 1933 y entre otras cosas dice: «Las entidades abajo firmantes, de tendencias y aspiraciones doctrinales diversas, pero unidas en un común deseo de salvaguardar las conquistas conseguidas hasta hoy por la clase trabajadora española, hemos constituido la Alianza Obrera para oponernos al entronizamiento de la reacción en nuestro país, para evitar cualquier intento de golpe de Estado o instauración de una dictadura.» El documento lo firmaron todas las organizaciones obreras menos el Partido Comunista que asistió a las primeras gestiones de constitución pero luego manifestó su disconformidad. retirándose, y la CNT, ya entonces en manos de la FAI, que, por principio. no pactaba con los marxistas, excepto en Asturias donde se impusieron los partidarios de la Alianza Obrera. El Partido Comunista combatió sin descanso a la Alianza Obrera publicando un folleto especial que tituló «La Alianza Obrera es la Santa Alianza de las Contrarrevolución». Pero en una de sus volteretas políticas a que nos tenia acostumbrados. en el mes de septiembre solicitó su ingreso a la Alianza Obrera. En Cataluña el PC entró en la Alianza Obrera el 4 de octubre de 1934 cuando ya se había acordado la huelga general revolucionaria. En Asturias ni siquiera hubo tiempo de cumplir esa formalidad. En la insurrección de octubre de 1934 la Alianza Obrera, compuesta absolutamente por todas las tendencias del movimiento, incluyendo los anarcosindicalistas, se convirtió en una nueva Commune proletaria aislada, abandonada a su suerte, lo que se haría muy extenso analizar ahora aquí. Lo que si es necesario decir es que la lucha heroica de los trabajadores asturianos sentó las bases para el establecimiento de un mejor clima político, dejando de lado viejas querellas y confrontaciones entre los diversos grupos obreros, lo cual se confirmó en julio de 1936.

Todos los partidos obreros que después formaron el PSUC estalinista, junto con el Bloque Obrero y Campesino y la Izquierda Comunista, entablaron conversaciones en febrero de 1935 con el propósito de fundar un solo Partido, anhelo de todos. A las primeras de cambio aparecieron las discrepancias, algunas de ellas con el propósito deliberado de hacer fracasar la unificación, que tanto deseaban las bases de los partidos respectivos. En esa primera reunión se consiguieron los siguientes acuerdos mínimos: «1º- Los reunidos reconocemos la necesidad de unificar las fuerzas marxistas existentes; 2°- La unificación será llevada a cabo sobre la base del marxismo revolucionario, que supone, a) desarrollarse con independencia de todo partido burgués, b) toma violenta del poder a través de la insurrección armada y c) instauración transitoria de la dictadura del proletariado.»En Abril de 1935 tuvo lugar la segunda reunión en la cual las discrepancias aparecieron claramente definidas. Como preveíamos, el Partido Comunista exigió que se excluyera a la Izquierda Comunista, proposición que no fue aceptada. La Unión Socialista de Catalunya. insistió que antes se tenían que unir los partidos comunistas por un lado y los socialistas por otro, argumento capcioso que indicaba ya por dónde venían los tiros. La última reunión se celebró el 13 de abril con la asistencia de todos. En la segunda no había participado el PSOE (Sección catalana). Esta última junto con la Unió Socialista de Catalunya coincidieron en afirmar que el partido marxista que se quería crear ya existía y no era otro que el PSOE y el Partido Comunista insistió que la unificación se había de conseguir únicamente a través de la Internacional Comunista.

Tampoco fructificó la unificación entre los que restaron debido a que el Partit Català Proletari entendía que el nuevo partido debía ser exclusivamente catalán, tesis respetable pero que la Izquierda Comunista y el Bloque Obrero Campesino no podían suscribir ya que en el primero la mayoría de sus militantes residían fuera de Cataluña y el segundo aspiraba a expandirse por el resto de la península. La ruptura amigable se llevó a cabo en junio de 1935.

La creación del POUM

A pesar de las defecciones de las demás organizaciones el BOC y la IC continuaron con su intento de unificación. A los que pertenecíamos a la IC el aislamiento en que nos encontrábamos ante el clamor de unidad, que era arrollador entre los trabajadores, frente al avance peligroso de la reacción, nos empujaba a propiciar una organización donde tuviéramos la posibilidad de poner en práctica nuestro programa político en aquel momento propicio en que España vivía un periodo revolucionario que presagiaba grandes cambios. No era cuestión de continuar con nuestro papel de severos críticos de los demás pero meramente contemplativos. Aspirábamos a ser protagonistas de los acontecimientos que se avecinaban. El ingreso en el PSOE no lo considerábamos como el camino pertinente a seguir. Tanto Nin como Andrade habían pertenecido, en su juventud, al PSOE y, por tanto, conocían la «vida interior» del mismo impregnada hasta los tuétanos de pablismo, variante arteriosclerósica política de los cuadros dirigentes del mismo.

Todo nuevo cambio organizativo tiene repercusiones en el interior de los partidos políticos. Un reducido grupo de destacados militantes de la IC -Fersen, Esteban Bilbao, Munis y otros- ingresó en el PSOE aún antes que la IC tomara una decisión final. Andreu Nin mostró una actitud dubitativa. En mi convivencia estrecha con Nin durante los años 1930-1937 intuí que éste sufría, puede que como rémora de sus casi diez años de relacionarse con los altos dirigentes de la IC y de la ISR de lo que podríamos denominarse el síndrome de la Revolución de Octubre, es decir, la veneración hacia sus protagonistas. La rapidez con que Nin aceptó la decisión mayoritaria de la IC de rechazar la táctica del entrismo y aprobar la creación de un partido marxista independiente me confirmó que en el fondo no estaba de acuerdo con Trotski.. Dejo la palabra a Ignacio Iglesias, refugiado clandestinamente en Barcelona en aquellos momentos por los hechos de Octubre de 1934 en Asturias, que, en pocas líneas clarifica -escritas en 1985- la confusa situación en que se desenvolvía el Comité Ejecutivo de la IC: «Por su parte, el CE de la IC se mostró bastante irresoluto, llegando incluso a proponer, -con el voto en contra de uno de sus componentes, Francisco de Cabo- que una vez constituido el nuevo Partido en Cataluña, el resto de la militancia solicitase su ingreso en el PSOE, lo cual suponía, al cabo de cuentas, dar la razón a los que ya se habían ido, al mismo tiempo que, paradójicamente, hacía suyos los puntos de vista del Partit Catala Proletari, que en sus discusiones con éste rechazaba”. En realidad era la posición de Nin (posición híbrida, de reconciliación, de encender una vela a Dios y al Diablo al mismo tiempo); para defenderla, pidió a Iglesias publicase en el Boletín Interior, en abril de 1935, un articulo, que apareció firmado con el seudónimo de Paco, no obstante no estar muy convencido de los puntos de vista que exponía. Pero Nin y el Comité Ejecutivo quedaron prácticamente solos: toda la organización se pronunció -con Andrade a la cabeza- contra el ingreso en el PSOE y en favor del carácter nacional del nuevo partido. y esta fue, finalmente, la actitud adoptada, que coincidía con la del Bloque».

El BOC también sufrió, como era de esperar, varias defecciones pero en diferentes direcciones, producto de su heterogeneidad interna. Un grupo, de tendencia nacionalista catalana, formado por conocidos militantes: Colomer, Estivill, Estartús, Ferrer, etc. dieron a conocer un documento criticando esa unificación a nivel nacional, es decir, peninsular, por lo cual el CC del POUM, en reunión de los días 5 y 6 de enero de 1936, acordó sancionar al grupo de toda actividad por un año. Los sancionados respondieron con la decisión de separarse del POUM. Superados los problemas internos de cada organización la fusión de hecho quedó establecida. Las resoluciones y tesis de la nueva organización fueron redactadas por Maurín y Nin y aprobadas por los respectivos Comités Centrales. Como se vivía en la clandestinidad, en la época del bienio negro, la reunión, efectuada el 29 de septiembre de 1935 -nueve meses justos antes del 19 de julio- no se le puede considerar Congreso sino una simple reunión de representantes autorizados del BOC y la IC. Tuvo lugar en la calle Montserrat de Casanovas nº 24, en el barrio del Carmelo situado a las afueras del casco urbano de Barcelona. Como los asistentes portaban plenos poderes de sus respectivas organizaciones con los nombres propuestos respectivamente para el Comité Ejecutivo y Comité Central del nuevo partido, la reunión se convirtió en un mero hecho protocolario y finalizó con una eufórica esperanza sobre el porvenir del POUM. El CE quedó compuesto por Maurín, como secretario general, y miembros del mismo Bonet, Arquer, Rovira, Coll por el BOC y Nin y Molins i Fàbrega por la IC. Para la dirección de las Juventudes se nombró como secretario a Germinal Vidal, primera victima de la lucha contra la insurrección el 19 de julio, y miembros de la misma a Miquel Pedrola (muerto en el frente de Huesca), W. Solano y Gelada en nombre del BOC e Ignacio Iglesias por la IC. Un nuevo partido revolucionario no surge, súbitamente, como Venus de la espuma del mar. Necesita de cierto tiempo para consolidarse en sí mismo e instalarse en la conciencia de los trabajadores. Esta coyuntura se daba en septiembre de 1935 pero, desafortunadamente, el tiempo corría en contra nuestra y el POUM no pudo extenderse y fortificarse. Aun en el período imprescindible de formación y organización de cuadros (Maurín atrapado en la zona franquista el 19 de julio, víctima de ese periodo de formación) el POUM tuvo que hacer frente a la guerra civil y la revolución en inferioridad de condiciones como partido sólidamente organizado.

La creación del PSUC

Los acontecimientos se precipitaban y era urgente recuperar el tiempo perdido y, en consonancia con el viraje del VII Congreso de la III Internacional, Stalin y su jefe de turno en la Komintern , Dimitrov, decidieron colocar sus piezas en buena posición en el tablero político europeo, ordenando a sus agentes la creación de un Partido de masas, volcando en él todo el apoyo económico, en Cataluña para que hiciera frente al POUM al que consideraba el peligro más inmediato para sus planes en esa área. Esa fue la misión encomendada a Codovila, Gerö, Stefanov, y más tarde a su máxima estrella Togliatti, volcando en España y especialmente en Cataluña a toda la artillería pesada de la Komintern. La historiadora soviética, L.V. Ponomariova, en un texto publicado en 1963, señala, corroborando lo que estamos diciendo, que en la declaración del 23 de junio de 1936, del Comité de Enlace para la fundación del PSUC se reproducían las cinco condiciones de unificación elaboradas por el VII Congreso de la IC, que se efectuó del 25 al 28 de agosto de 1935. Todas las fecha concuerdan cronológicamente. El PSUC no fue un partido que se adhirió a la III Internacional sino que fue formado por ésta. En realidad, en el viraje de la IC era ésta la que se aproximaba descaradamente a las posiciones políticas de la Unió Socialista de Catalunya, partido socialdemócrata de derecha, cuyos dirigentes, en su mayoría, profesores universitarios, sin ningún arraigo en la clase obrera, debía su relativa presencia política parlamentaria y gubernamental a la buena voluntad del Presidente Maciá y a la alianza electoral con el Partido Esquerra Republicana de Catalunya, entonces mayoritario, que podía jactarse, sin ningún compromiso político, de codearse con socialistas. La USC, por su gravitación, base del PSUC por su aportación de afiliados, estaba dirigida por un ambicioso político, Joan Comorera. Los delegados de la IC, apremiados por Stalin a través de Dimitrov, le ofrecieron a Comorera la secretaría general y todo el apoyo de la Komintern o sea de la URSS y cedieron en que la palabra comunista ni figurara en la sigla del nuevo Partido tranzando también con su independencia respecto al PCE. Lo fundamental, como decía la mencionada historiadora Ponomariova, era que «la presentación de los poumistas como los auténticos comunistas de izquierda planteaba al PCE y al PCC (Partit Comunista de Catalunya) la tarea de neutralizar su influencia entre el proletariado catalán y evitar los efectos de su propaganda». La unificación se efectuó por arriba. El 22 de julio de 1936 es considerado -palabra que escribe la historiadora soviética- como el día de la creación del PSUC. Los militantes de los pequeños partidos que formaron el PSUC se enteraron por la prensa que estaban unidos. Hasta veinte años después, en 1965, no fueron aprobados sus Estatutos. Todo un record de lentitud de centralismo democrático. Desde el primer día que comenzó a funcionar el PSUC como partido independiente catalán, la Komintern colocó a su frente, como asesor fraterno a Erno Gerö, conocido como Pedro, delegado permanente de esa benemérita institución internacional. Incluso los borradores de los discursos del secretario general del PSUC, Joan Comorera,  tenían que ser aprobados antes por Pedro cuya oficina estaba instalada en uno de los edificios más conocidos del arquitecto Antoni Gaudi, pontífice del modernismo catalán, denominado La Pedrera. Según testimonio de M. Serra Pàmies al historiador Burnett Bolloten: «Pedro dirigía el PSUC entre bastidores con energía, tacto y eficacia. Ejercía su vigilancia sobre Treball, el órgano del Partido… Dominaba en las reuniones del CE del Partido, inspeccionaba personalmente las secciones más pequeñas y, en suma, ejercía una estrecha y constante supervisión de casi todos los detalles. Gozando de gran estima en Moscú hasta controlaba las actividades de Antonov-Ovseenko, el cónsul general soviético en Barcelona». M. Serra Pamies, secretario de la USC pasó al CE del PSUC a su fundación. Años más tarde, Joan Comorera, acusado de titista, por sus desviaciones nacionalistas, ante el temor de ser asesinado, conocía el paño, se refugió clandestinamente en España. Denunciado por sus ex-camaradas, la policía franquista lo detuvo falleciendo en la cárcel. El arrepentido miembro de la Oposición rusa, Antonov-Ovseenko, cónsul soviético en Barcelona, en una entrevista con Diego Abad de Santillán, según relata éste en una carta escrita en Buenos Aires el 19 de enero de 1971, le manifestó «Que a Stalin le producía hondo disgusto la presencia de Nin en la Generalidad…». El POUM y Nin eran una idea fija que ofuscaba el entendimiento de los servidores de Stalin.

Hay varias versiones sobre la cantidad de afiliados que aportaron las minúsculas organizaciones al PSUC después del 19 de julio o sea después de la lucha contra las tropas sublevadas en Barcelona. Me atengo a la cifra que calculaba Miguel Valdés, líder del PSUC, que provenía del PCC: unos tres mil miembros. Como los historiadores soviéticos tienen la mala costumbre de efectuar el milagro de los panes y los peces, Ponamariova habla de 6.000 afiliados. Lo que ningún historiador menciona es el origen político de los principales dirigentes del PSUC que se convirtieron en furibundos antipoumistas. He aquí una lista incompleta, de antiguos militantes de la Federación Comunista Catalano-Balear y del Bloque obrero y Campesino: Víctor Colomer, Joaquín Olaso, Eusebio Rodríguez Sala, Antonio Sesé, Tomas Pàmies, Pedro Ardiaca, Hilario Arlándis, Liberto Estartús, Ángel Estivill, Miquel Ferrer, etc. Lo curioso de los desertores bloquistas es que unos (los estalinianos ortodoxos) se fueron al PCC, otros (de tendencia socialdemócrata) al PSOE y otros (los nacionalistas catalanes) a la USC pero, después, por arte de birlibirloque, se encontraron de nuevo juntos bajo el manto protector del Estado soviético.

El PSUC creció tan rápidamente que sorprendió a la misma empresa o sea a la Komintern. Según su progresión. geométrica, de acuerdo con sus dirigentes, llegaron a contar con 90.000 afiliados, cifra a todas luces exagerada en su totalidad pero muy disminuida en calidad si la analizamos políticamente. En Cataluña y sobre todo en Barcelona, de solera histórica de lucha de clases, la insurrección reaccionaria no cogió de sorpresa a la clase obrera que desde hacía días estaba alerta en sus puestos de lucha. Esto supone que la flor y nata de las clase obrera revolucionaria, en sus diversos matices políticos, pero mayoritariamente cenetista, estaba ya encuadrada. ¿Qué fue lo que vino a recoger al PSUC, que se fundó después del 19 de julio? Pues la resaca de la clase obrera, los oportunistas de las clases medias, los miedosos del caos revolucionario que necesitaban el carné de un partido como el PSUC que pregonaba el orden y era gobernante, como si fuera un carnet de identidad que los protegiera. La UGT –dominada por el PSUC- se convirtió en el refugio de los empleados de puños blancos, de los burocratas, etc. Fue el PSUC el que organizó a los 18.000 artesanos, comerciantes y pequeños fabricantes en el GEPCI, la federación catalana de gremios y entidades de pequeños comerciantes e industriales. Lo que no se atrevían a efectuar los partidos burgueses, con el amparo de una sigla de signo socialista, lo hicieron los comunistas. Favorecidos por la política errónea de las colectivizaciones a ultranza, encontraron un campo abonado para influenciar a numerosas capas de las clases medias de la ciudad y del campo e incluso de la pequeña burguesía, tan extendida en Cataluña.

Los ex-bloquistas y el POUM

Juan Andrade, en una compilación de artículos de Andreu Nin, publicada en París en 1971, en su prefacio de presentación escribió: «la ausencia de su Jefe Maurín, había creado entre los antiguos bloquistas un reflejo de defensa preventiva contra los dirigentes de la Izquierda Comunista, en los que suponían la intención de «apoderarse del POUM» y de «imponer el trotskismo». Por esta situación, Andreu Nin, fue un secretario disminuido en sus funciones, lo que le afectó dolorosamente durante el año de guerra civil en que vivió, y contra cuyo estado de cosas yo estimaba que no quería ni acertaba a reaccionar resueltamente», palabras que suscribo íntegramente. Al hacerse cargo de la secretaría política, el CE desglosó la secretaría general que había ocupado Maurín en varias secretarías para disminuir el poder de decisión de Nin, el cual me llamó para que lo ayudara en el trabajo de organizar aquel caos en que nos desenvolvíamos en los primeros días de la guerra civil. Al cabo de un poco más de un mes, le presenté mi dimisión diciéndole:

-«Mira Andrés, no aguanto más! Está bien que tengamos que luchar contra el espionaje fascista y el estalinista, pero que encima nos espíen los propios camaradas, no lo aguanto» -Ante su sorpresa, le informé que algunas cartas que le iban dirigidas personalmente, sobre todo del extranjero, se las abrían, lo que hacía suponer que algunas no llegaban a sus manos, y que, además, intentaban controlar -no precisamente en beneficio suyo- la identidad de los visitantes que deseaban hablar con él.-«y te diré quién está al frente de este estúpido y desleal espionaje: Pedro Bonet, miembro del CE». Sabía, y así se lo di a entender que Bonet, incondicional de Maurin, viejo y buen militante por otra parte, se había arrogado el papel de albacea político de Maurín. Sin el guía, los notables maurinistas sufrían un complejo de inferioridad ante un hombre de la talla política de Nin, y ya que eran incapaces, intelectualmente, de hacerle frente, lo trababan en todo lo que podían. Esta discriminación solapada contra los militantes que ocupaban cargos en el POUM por los notables provenientes del BOC estaba generalizada. Salvando las distancias, Nin se encontraba en la misma situación que Trotski  a la muerte de Lenin, ante los «viejos bolcheviques».

Sobre el BOC, uno de sus fundadores y miembro de su Comité Ejecutivo como también después del POUM, Josep Coll, ha escrito: «…la heterogeneidad de los militantes venidos al BOC por caminos diferentes, por no decir contradictorios, hacia difícil que se pudiera adoptar en conjunto, una posición rápida, precisa, concreta, sobre los problemas unitarios». La unificación con los trotskistas de la IC causó un trauma en el BOC. El mismo Coll escribió en 1978: «Además de Rovira, tampoco a muchos de nosotros nos entusiasmó la creación del POUM… La tenacidad de Maurin, su entusiasmo para ir siempre adelante, la seguridad que tenía que en poco tiempo se lograría la asimilación de la IC con el BOC nos inculcó confianza». La fusión de la Federación Comunista Catalano-Balear con el Partit Comunista Català nunca llegó solidificarse y la política de Maurin en el BOC fue un continuo balanceo para contentar a unos y otros lo que motivó la precaria unidad del Partido. En la declaración de principios del BOC, nombre tan contrario a la tradición marxista, y según Maurín «un nombre de circunstancias», no se menciona la palabra comunismo: se habla de la «construcción racional de la sociedad». Esta ambigüedad creaba la base para formar un partido numeroso pero carente a la vez de coherencia y homogeneidad. Por esto no debe extrañar que sufriera tantos desprendimientos en diferentes direcciones políticas. De sus filas surgieron los principales elementos que forjaron el Moviment Socialista de Catalunya que, años después, se fusionó con otros grupos socialdemócratas formando lo que es hoy el Partit dels Socialistes de Catalunya. Los militantes del POUM que provenían del BOC que no ingresaron en el MSC de Josep Pallach, con la llegada de la transición, con Enrique Adroher (Gironella) al frente, que hacia muchos años que se había desvinculado del POUM, a cuyo Comité Ejecutivo había pertenecido, en un acto teatral, ingresaron al PSC. La antinomia nacionalismo-socialismo no la han resuelto nunca. Y no la han superado con el ingreso en el PSC, el cual es un mero apéndice del PSOE. Qué queda de la frase entresacada del ensayo de Josep Coll del libro sobre Josep Rovira: Una vida al servei de Catalunya i del Socialisme, escrito en 1978: «Si un partido se dice catalán y políticamente es una sección, un apéndice, un eco de un partido español, es como si rascáramos una pared cuando nos pica algo». El símil no es muy feliz pero es entendedor. En una carta al historiador Pierre Broue, en 1973, desde su refugio de New York, Maurín le contesta a una serie de preguntas: «El BOC había crecido y seguía creciendo a un ritmo considerable… Pero los elementos directivos del BOC no crecían al mismo ritmo que el partido. La incorporación de Nin reforzaría la dirección del BOC considerablemente. El BOC, por una serie de circunstancias (hubiera sido muy interesante que las aclarara), giraba demasiado alrededor de Maurín (lo cual era cierto) y creía yo que convenía ensanchar la dirección». Estas autocríticas de dirigentes del BOC confirman nuestro análisis del mismo y el poder omnímodo de Maurín perduró aún después de su defección. En una carta dirigida a Juan Rocabert, actualmente en las filas del PSC, fechada en N.Y. el 11.10.1971, puntualiza, con respecto a las perspectivas políticas de aquella fecha, lo siguiente: «En el campo político hay que buscar primero, la unidad del POUM y el MSC, y, en una segunda fase, la unidad con el PSOE».

Otro factor a tener en cuenta para comprender la difícil situación del POUM en el contexto de la guerra civil española y en el interior del mismo partido, es el de la minoría que provenía de la Izquierda Comunista que no pudo volcar todo su peso en la política del POUM. El rápido triunfo de los franquistas en diversas zonas de España: Andalucía, Galicia, Castilla la Vieja, el Norte, etc. exterminó físicamente a los grupos de militantes y pequeñas secciones del POUM que procedían de la IC, privándonos de camaradas valiosos políticamente y diezmando nuestra presencia en el Comité Central haciéndola aún más minoritaria. Sin embargo, la influencia política de los ex-izquierdistas fue muy superior al que una simple suma aritmética puede sugerir. En su corta vida legal revolucionaria -julio de 1936 a mayo de 1937- la mayoría de las resoluciones políticas fundamentales del CE y del CC del POUM. como asimismo los editoriales de La Batalla fueron escritas por Andreu Nin, en primer lugar, y por Juan Andrade, Ignacio Iglesias y N. Molins i Fabrega, camaradas que provenían de la IC.

Coincidencias negativas

La guerra civil española coincidió con la época más brutal del estalinismo, y el POUM, al igual que los oposicionistas y disidentes soviéticos, pagó trágicamente las consecuencias. Retrocediendo de derrota tras derrota, la casta dirigente soviética, tras la victoria del nacional-socialismo hitleriano, a la que contribuyó con su nefasta política ultraizquierdista del social-fascismo, no le quedó otra alternativa que un acercamiento hacia las democracias europeas hasta el extremo de humillarse ante Francia, primera potencia continental en aquel entonces, firmando un pacto militar que obligaba a la URSS, políticamente, a respetar el stato quo social europeo. En el pacto, todas las ventajas estaban de parte de Francia ya que las obligaciones de ésta para con el mismo estaban supeditadas al consentimiento de Inglaterra e Italia, lo que debilitaba, desde cualquier punto de vista, la posición de la URSS. La concatenación de los hechos no se hizo esperar. Viraje de 180 grados en el VII Congreso de la III Internacional e imposición, a sangre y fuego, aprovechando su poder político en la España republicana impuesto con el chantaje del suministro de armamento, de su nueva política de respetar el stato quo burgués en la guerra civil española. Era de esperar que el POUM, que se oponía a toda esa bazofia, fuera el blanco preferido de esa política reaccionaria en la España revolucionaria. A pesar de que ya se preveía que la Italia fascista se uniría a la Alemania nazi en la guerra que ya se mascaba, la URSS continuaba suministrando, en plena guerra civil española, a la Italia de Mussolini, el petróleo que le sirvió para su «gloriosa conquista de Abisinia» y que ahora le permitía llenar los depósitos de su aviación, buques de guerra y carros de asalto que bombardeaban las ciudades españolas, hundían buques que abastecían a la España republicana y combatían a los «brigadistas» que propiciaba la URSS. Del otro lado, el «neutralista» Delano Roosevelt hacia la vista gorda ante el suministro de petróleo, a crédito sin plazo definido, de las compañías petroleras estadounidenses a la España franquista.

Programa político del POUM

El 26 de mayo de 1936 -dos meses antes de las Jornadas de Julio- el órgano del POUM, La Batalla, publicaba una resolución del Comité Central titulada «El Problema de la Unificación Marxista» que era el tema diario y el más apremiante, de todas las organizaciones obreras en aquel crítico período. Copio algunos párrafos más significativos que constituyen una síntesis de su programa político revolucionario.

«Todos estamos persuadidos de que la unidad marxista es necesaria. Nosotros hemos predicado con el ejemplo. Pero esa unidad no puede fabricar se artificialmente. Hay que partir de lo que Karl Liebknecht dijera el 10 de diciembre de 1918: «!Claridad primero. Unidad después!»

Nuestra revolución es democrática. Es decir hay una parte de revolución burguesa que llevar a cabo -liberación de la tierra, de las nacionalidades, de la mujer, destrucción de los residuos feudales, mejora moral y material de las clases trabajadoras- y una parte de revolución socialista –socialización de la Banca, minas, transportes, gran industria y comienzo de organización socialista en el campo. Esta revolución democrático-socialista corresponde llevarla a cabo a la clase trabajadora. El aspecto democrático y el socialista de la revolución están estrechamente ligados y no pueden ser separados.

La burguesía ya no es una clase revolucionaria como lo fue durante los siglos XVII y XVIII y parte del XIX.

La dictadura transitoria del proletariado ha de descansar no sobre el partido -que no más que una parte de la clase obrera, la más consciente-sino sobre el conjunto de la clase trabajadora agrupada en totalidad en las Alianzas Obreras.

La dictadura del proletariado concebida por Marx y Lenin quiere decir la coacción del conjunto de la clase obrera sobre la burguesía vencida.

En la URSS se han dado los primeros pasos hacia el socialismo. La clase trabajadora de los países capitalistas ha de saber que el proletariado ruso con sus esfuerzos incalculables ha trazado el camino… pero hay que desechar resueltamente la concepción teológica anti-marxista que quiere hacer creer que todo cuanto ocurre en la URSS es perfecto y que hay que inclinarse ante lo que allí sucede sin derecho alguno a la investigación ya la critica. Los verdaderos marxistas no pueden hipotecar su libertad de pensamiento. Por eso, al lado de la defensa firme, decidida y entusiasta de la Revolución rusa, hay que reivindicar el derecho de examen y crítica.

Proposición:

No se trata de articular un partido amplio en el que quepan todos, sin distinción de ideologías. Eso significaría confundir lo que de ser la unidad de acción, el frente único, con la unidad orgánica, que ha de apoyarse, necesariamente, sobre la identidad de principios. El problema planteado no es el formar un gran partido de tipo laborista sino un partido marxista revolucionario. Esa unidad ha de ser elaborada por medio de una discusión cordial, comprensiva, marxista, de las respectivas posiciones. Para ello el primer paso en firme que hay que dar es la constitución de un Comité de Enlace integrado por representantes de los tres partidos marxistas: Partido Socialista, Partido Comunista y Partido Obrero de Unificación Marxista. Este Comité de Enlace presidirá la discusión doctrinal y táctica como primer paso hacia la unidad socialista revolucionaria.»
El Pacto Electoral

El 22 de noviembre de 1935 La Batalla, en su editorial, señalaba que el POUM, ante unas posibles elecciones había sido el primero que, oficialmente y de una manera pública, se había dirigido a los Partidos Socialista y Comunista sobre la conveniencia de que fuera la Alianza Obrera, formando un amplio frente obrero, presentara su candidatura en toda España. Nuestra posición reflejaba el sentir unánime de las masas obreras que anhelaban la unidad de acción en todos los terrenos. «Las próximas elecciones tendrán una importancia extraordinaria; después de lo que ha ocurrido durante este segundo bienio, puede cambiar el giro de la situación política. Por eso el movimiento obrero se ha de situar ante este problema convenientemente. Electoralismo, no; pero anarquismo suicida, tampoco. Ni lo uno ni lo otro. El Frente Obrero que nosotros defendemos lograría, caso de constituirse, sacar a las masas obreras de los trillados caminos de la pequeña burguesía…¿Qué el Frente Obrero tenga tal vez que pactar, según las circunstancias, con las fuerzas pequeño-burguesas, con las izquierdas republicanas? Es posible. No excluimos esta posibilidad. Pero un pacto meramente circunstancial dista mucho de ser el Frente Popular que ahora preconiza Moscú». El 3 de enero de 1936 La Batalla en su editorial, puntualizaba: «La campaña en favor de la amnistía constituirá el eje central de la próxima lucha electoral. La amnistía será la línea divisoria. Los que estén por la amnistía se encontrarán a un lado. Los que estén en contra, al otro lado. Luchar por la amnistía significa, claro está, reivindicar Octubre e ir contra los que ahogaron Octubre en sangre. Amnistía quiere decir la liberación de un ejército revolucionario de más de 30.000 soldados rojos -presos o emigrados- para reemprender la tarea empezada. La amnistía ligada, claro está, a la derrota de las fuerzas reaccionarias, ha impuesto la necesidad de una coalición transitoria de las fuerzas obreras y pequeño-burguesas de izquierda. Por una ley electoral monstruosa que hace necesaria la formación de grandes bloques circunstanciales para poder vencer, determina esa coalición transitoria. De todos modos, en medio de esta atmósfera general, el movimiento obrero no puede, no debe perder su personalidad haciendo concesiones».

El 10 de abril de 1936 , con el sugerente titulo de “¿A dónde vamos?” el editorial de La Batalla señalaba que después de ganar las elecciones e imponer la amnistía, el movimiento obrero debía reconquistar una plena independencia para ser el eje de los grandes movimientos revolucionarios, “pero socialistas y comunistas se esfuerzan en prolongar el Frente Popular, dándole formas orgánicas permanentes. Se aproximan momentos muy graves a causa de la actual parálisis de la acción combativa de las masas trabajadoras, impuesta por socialistas y ´comunistas´ “. En aras de un Frente Popular, «única garantía conservadora de España» (El Liberal, 19 de abril de 1936), como ha dicho un diario burgués de Madrid, se sacrifica el porvenir de la revolución. Dejemos al propio firmante del Pacto Electoral, Juan Andrade, que describa las circunstancias y desarrollo interno del mismo: “Largo Caballero, que era ya denominado el ´Lenin español´ y que tenía un influencia casi total en el movimiento obrero, incluso en los medios anarcosindicalistas, convocó a una reunión de todos los partidos obreros: Partido Comunista, Partido Sindicalista, POUM y Juventudes Socialistas. Nuestro Comité Ejecutivo me confió la misión de representar al partido en la reunión, a la que acudieron igualmente Jesús Hernández por el PC. Ángel Pestaña por el PS y Cazorla por la F.N. de Juventudes Socialistas. Inmediatamente de empezada la reunión, el delegado comunista expuso sus oposición a mi presencia, alegando no ya que éramos ´trotsko-fascistas´, como venían repitiendo en su prensa y mítines. sino que éramos escisionistas del movimiento obrero. El pretexto era muy poco hábil en una reunión semejante, de gente informada. Inmediatamente hubo una reacción muy violenta de Largo Caballero, y era conocido el carácter duro e intransigente de éste, para decir que de allí no se eliminaba a NADIE; y que después de todo el PC era también fruto de una escisión del PSOE. Los otros delegados se expresaron igual y Hernández tuvo que batirse en retirada. En resumen, el POUM supo sacar ventaja de una situación tan fluida y confusa como aquélla, en la que las masas estaban fuertemente impulsadas por tres sentimientos fundamentales: la unidad por encima de todo, la liberación de los presos… y el temor a que fuera la última vez que se podría hablar libremente, dado el extraordinario desarrollo de la reacción y porque el resultado de las elecciones se consideraba incierto”. “El triunfo en las elecciones fue sólo de 200.000 votos y si la representación de la izquierda fue mucho más numerosa se debió a la ley electoral”. “Esta fue nuestra conducta y éstos los resultados de lo calificado por Trotski como nuestra ´gran traición´. Por otra parte, quiero agregar que Largo Caballero nos dio cuenta, en otra reunión, del acuerdo a que había llegado con los partidos republicanos, al mismo tiempo que expresó el poco valor político del pacto; manifesté que tenía que consultar con la dirección de mi partido, pues no podía por mí asumir la responsabilidad de firmar. Las elecciones no supusieron para nosotros más que una batalla de autodefensa legal, en una situación en la que el proletariado quería la libertad de sus millares de presos y se se sentía amenazado de perder todas sus libertades. El determinar los medios no dependía exclusivamente de nosotros; no podíamos hacer más que aprovechar los que se nos ofrecían”.

La Guerra Civil y el POUM

La Guerra Civil y la Revolución y el papel que protagonizó el POUM en las mismas, es el tema que trataremos en adelante. En un articulo que publicó La Batalla el 3.1.1936, Joaquín Maurín, escribía con su estilo característico: «Año 1936. Entramos en el séptimo de nuestra Revolución, empezada en 1930 al derrumbarse la dictadura militar». Haciendo un paralelo con acontecimientos anteriores, a los cuales son aficionados los marxistas, Maurín señala que los plazos de los movimientos revolucionarios y contrarrevolucionarios tienen una duración aproximada de seis años en España. y prosigue: «Todo induce a creer que una vez más el plazo medio de seis años es válido aún. El año 1936, será, en cierta medida, el año crucial, definitivo. Lo seguro, lo indiscutible, es que aquí, pisando el suelo hispánico, vamos a librar este año batallas de importancia decisiva o poco menos». El 17 de Julio de 1936, inicio de la sublevación militar en Marruecos y su extensión a toda la península el 19 de Julio, a pesar de que era un secreto a voces, sorprendió a la clase política que rodeaba al gobierno de la República pero no así a las organizaciones obreras revolucionarias. El viernes 17 de Julio La Batalla cuyo material se entregaba a la imprenta cinco días antes, salió a la calle con esta mancheta al lado de la cabecera: «La situación se caracteriza por estos dos hechos: la impotencia del Gobierno y el envalentonamiento del fascismo. ¡ALERTA TRABAJADORES!” En el editorial del mismo día, con el titulo “Ante una situación inquietante”, se decía: «He aquí la caracterización de la situación político-social presente: una polarización obrera hacia la revolución socialista, y una polarización burguesa hacia el fascismo. Los últimos acontecimientos y los que sobrevendrán de una manera inmediata sólo pueden ser explicados y comprendidos a la luz de esta interpretación». Y en otro párrafo se lee: «Hay que tener presente que en la dirección del Ejército hay elementos de la situación anterior y más aún, de la dictadura, tan significados como Franco en Canarias; Goded en Baleares, y, sobre todo, Mola en Navarra… Y Navarra, además es un centro reaccionario de primer orden…» El proceso y desarrollo de la guerra civil demostró cuánta razón tenia La Batalla al señalar a estos generales como los más peligrosos.

El viernes 17 de Julio todo el Partido se encontraba ya en pie de guerra. El.C.E.estaba reunido en sesión permanente desde hacia varios días. El Comité de Defensa, con Rovira, del CE, al frente, tomó las medidas pertinentes recabando todas las armas de que se podía disponer. En nuestro local, el cual lo hablamos ampliado con otros del mismo edificio, hizo guardia toda la noche del 18 al 19 el pequeño destacamento que se había conseguido armar, junto con otros numerosos camaradas, ya la madrugada del domingo 19 llegó la noticia tan esperada de que las tropas hablan salido de sus cuarteles y en un movimiento de pinzas, se dirigían al centro de la ciudad. En el primer enfrentamiento serio con el ejército, en el centro mismo. de la ciudad, plaza de la Universidad, cayó víctima, puede que la primera, nada menos que el secretario de la JCI del POUM, Germinal Vidal. La lucha se fue extendiendo hacia los lugares más estratégicos de la ciudad hasta el último reducto insurreccional situado a un poco más de un centenar de metros del local del POUM, el cuartel de Atarazanas, tocando al puerto: Se organizó en el mismo edificio del local un modesto pero eficiente hospital atendido por jóvenes médicos afiliados al Partido. A las pocas horas aparecieron en nuestra sede armas de todos tipos y calibres, producto de asaltos a armerías, cuarteles y arsenales del ejército.

Los miembros más destacados de la CNT-FAI, que habían soportado años de lucha, de cárceles, de destierro, de exilio, etc., Durruti, García Oliver, los hermanos Ascaso, Ricardo Sanz, Jover, etc. multiplicaron su presencia en los lugares en que tuvieron lugar las luchas más peligrosas, derrochando audacia y valor. Uno de los Ascaso murió en el ataque al Cuartel de Atarazanas, que costó muchas vidas. No es de extrañar que los obreros respondieran a su llamamiento a la resistencia y lucharan codo a codo con sus lideres. El imán humano que atraía a la clase obrera hacia sus líderes anarquistas era que los consideraban de los suyos, de su misma clase, que trabajaban en las mismas fábricas y talleres, que no eran burócratas rentados y que se jugaban la vida en cada esquina en su lucha tenaz por la causa de la clase trabajadora.

El problema del poder se planteó inmediatamente después que las masas, por propia iniciativa, y venciendo el sabotaje y la resistencia del propio gobierno republicano vencieron a la rebelión militar y reaccionaria. Barcelona, primera ciudad importante en que el fascismo fue derrotado, influyendo decididamente en las demás, con la clase obrera de más tradición revolucionaria de la península, no jugó el papel dirigente de vanguardia que le correspondía, debido a las vacilaciones de la CNT-FAI respecto al problema básico del Poder, lo que influyó negativamente en el curso de la revolución a pesar de haber reconocido, desde el primer momento, los anarquistas, que la guerra y la revolución eran inseparables. A pesar de su arrojo revolucionario, maniatados por su propia doctrina, desde el primer día, estuvieron a la defensiva, sin saber qué hacer y cómo hacerlo. Los anarquistas, con su concepto doctrinario negativo de toda política, en los momentos cruciales, se ven impelidos a confiar, aunque sea a contrapelo, en la política reformista liberal de los partidos burgueses denominados de izquierda por su temor innato a los partidos políticos marxistas obreros. Ejemplos históricos en España, que tuvieron una importante repercusión política y social que condicionaron el porvenir, fueron las elecciones de abril de 1931 (proclamación de la República); noviembre de 1933 (subida al poder de las derechas) y febrero de 1936 (amnistía para los 30.000 presos). Al aconsejar votar en el 31 y 36 contribuyeron a un cambio progresivo, y en 1933, al pregonar la abstención, subió al poder la reacción, provocando el Octubre de 1934.

Pero mucho más grave fue lo que sucedió el 20 de julio; renunciar al poder. Transcribo la ya famosa entrevista entre el Presidente de la Generalidad y los líderes anarquistas que pudo haber cambiado el curso de la historia. Se han escrito varias versiones que más o menos coinciden. No eran momentos para tomar nota de la misma taquigráficamente o simplemente escrita. He escogido la descripción de Diego Abad de Santillán, escritor e historiador anarquista que estuvo presente en la histórica entrevista:

«El mismo día 20 de julio por la noche, el presidente de la Generalidad, Luis Companys, convocó a su despacho a los representantes de la C N T y la FAI. para decir más o menos lo siguiente: ´Habéis vencido y el poder ha cambiado de manos. Siempre habéis sido perseguidos, y yo, que antaño fui vuestro defensor, me vi obligado también por las circunstancias políticas, a perseguiros también. Hoy sois los amos de la ciudad y de Cataluña, porque habéis vencido a los soldados fascistas. Espero que no encontraréis de mal gusto que os recuerde que no os ha faltado la ayuda de muchos o de pocos hombres de mi partido y de los guardias de asalto. ..Habéis vencido y todo está en vuestro poder. Si no me necesitáis o no me queréis como presidente, decídmelo ahora y seré un soldado más en la lucha antifascista. Si, por el contrario, me creéis cuando os digo que este puesto lo abandonaré a los fascistas como cadáver, tal vez con mis camaradas y ml nombre y mi prestigio os pueda servir´…

El cansancio nos Impedía a los más responder e incluso darnos cuenta de lo qué significaba lo dicho por Companys; fue García Oliver el que dio algunos signos de hallarse más alerta y habló por todos, respondiendo a Companys que quedase donde estaba, pues nuestra tarea imperiosa y urgente era la lucha contra el fascismo, ya que la victoria en Barcelona y en Cataluña no era el fin. sino el comienzo. ¿Para qué queríamos el poder en aquellas circunstancias? ¿Para qué íbamos a ocupar un puesto desde el cual era poco lo que podíamos hacer en la guerra que se había iniciado, poco más de lo que haría cualquier otro, y en cambio en aquellos momentos, hasta para articular las fuerzas populares para la lucha, quizá ningún otro habría logrado lo que nosotros podíamos hacer.

Se nos ha censurado por ese comportamiento, por ese rechazo del poder que había puesto en nuestras manos formalmente el presidente del gobierno de Cataluña. Más de una vez nos hemos arrepentido de decisiones y de actitudes que hemos tomado en el curso de los acontecimientos; pero en este punto, García Oliver interpretó plenamente nuestro pensamiento y nuestra conducta”.
Estas líneas fueron escritas en 1974 lo que significa que los anarquistas no han aprendido nada y no nos debe extrañar que hayan desaparecido de la escena política, digamos sindical, para no molestarlos. La doctrina anarco-sindicalista se ha ido diluyendo en los países europeos a medida que se han ido industrializando. La fuerza dominante anarquista en la España de la anteguerra fue debido a que aún predominaba una economía de carácter agrario en el país.

El POUM en el frente de Aragón

Numéricamente, el POUM era débil incluso en Cataluña (El PSUC fue creado por la IC después del 19 de Julio) si lo comparamos con el coloso de la CNT que, a pesar de que poseía. los pies de barro, según la expresión de Maurín, su enorme peso especifico y su influencia nos aplastaba. Sin embargo, el POUM jugó un papel importante en la guerra civil por su dinamismo, valentía e independencia y por el esfuerzo enorme de que hizo gala en los dos frentes que le tocó luchar: el frente de guerra propiamente dicho y el de la retaguardia.

El 24 de julio de 1936 partió la primera columna del POUM hacia el frente de Aragón, sector de Leciñena, un día después de la comandada por Buenaventura Durruti de la CNT-FAI. Posteriormente fueron llegando otras columnas formadas en varios lugares de Cataluña. Las primeras importantes batallas que libraron las centurias (nombre de las primeras formaciones militares de milicianos) y las que ya, en su conjunto, se denominaba «Columna Lenin», tuvieron como escenario Estrecho Quinto, Siétamo, Tierz, Monte Aragón, etc., sufriendo numerosas bajas nuestra juventud, entre ellas la de Miquel Pedrola, miembro destacado del CE de la Juventud Comunista Ibérica, nombre de la juventud del POUM. El coronel Martínez Bande, del Servicio Histórico Militar, escribe en su obra La invasión de Aragón:

«Estrecho Quinto era un centro de resistencia y el verdadero escudo de Huesca, y suponía el dominio de una gran extensión de terreno a sus espaldas, con los pueblos de Quicena y Tierz y la vasta llanura al este de la capital en la que era edificio destacado el Manicomio. En el Estrecho se encontraba, además, el depósito de agua que abastecía Huesca. Su cerco comienza en realidad el 4 de septiembre. Por entonces, la guarnición se componía de unos 600 hombres al mando del comandante don Carlos Ayala, con ocho piezas. La defensa estaba compuesta por dos compañías de fusiles, mermadas y una sección de ametralladoras del Regimiento de Infantería de Valladolid, una compañía de fusiles del Regimiento de Carros de Combate, una batería de 75, una sección de 155 y una sección anti-antiaérea…”.

Después de tenaz asedio y duro batallar, el enemigo abandonó el estratégico lugar abandonando cañones, morteros, ametralladoras, municiones, etc. En la operación participó el «Batallón Internacional» del POUM al mando del belga Georges Kopp, compuesto, en su mayoría de militantes del SAP alemán.. Habia también franceses, holandeses y de otros países. Debido a nuestra especial situación, todo extranjero que venia a ofrecerse como voluntario, debía pasar por un severo filtro, por temor a que se nos colara algún espía estalinista de la peor especie. Por esto éramos más severos con los extranjeros lo que nos creaba problemas con ellos. Sobre nuestra presencia y actuación en el frente de Huesca, recomiendo leer el libro de George Orwell.

El 8 de junio de 1937, el Estado Mayor del Ejército del Este cursó una orden de operaciones con el objetivo de cercar y ocuparla posteriormente. Participaron fuerzas de las Divisiones 25, 28, 29, 31 y la XII Brigada Internacional, al mando del general Lukacz, el revolucionario húngaro Mate Zalka, escritor (nadie sabe que obras escribió), oficial del Ejército Rojo, condecorado con la Orden de la Bandera Roja y el Comisario Gustav Regler, alemán y también escritor.

Ante nuestros asombrados ojos vimos llegar baterías de artillería de todos calibres, incluso antitanques, camiones cargados de ametralladoras pesadas, morteros, etc. y unos enormes tanques que pasaban lentamente en fila india. Era como un sueño contemplar todo aquel magnífico material de guerra. Desde dónde estábamos, calda ya la noche, veíamos la interminable caravana guerrera subiendo el camino de cintura hacia Chimillas como si fuera un festivo desfile nocturno, con los faros de los vehículos encendidos.

¡Qué insensatez! ¡Qué irresponsabilidad! exclamábamos. El Servicio Histórico Militar, según el coronel Martínez Bande, anotó, como si fuera un inventario comercial, todo el material de guerra con este titulo: Una imposible sorpresa y un exceso de confianza.

La víspera de la ofensiva, un obús de artillería, al doblar el recodo de la bajada de Estrecho Quinto y enfilar la recta que lleva directamente a Huesca, explota de lleno en la parte delantera del automóvil en que viajaban el General Lukacs, el Comisario Regler y el asesor soviético P. Batov, militar profesional, conocido en España como Fritz.

Nosotros nos dirigíamos a Siétamo, sede de la Plana Mayor de nuestra División, para una reunión de mandos con el objeto de recibir las órdenes respectivas para cada unidad de las que habían de intervenir en la operación del día siguiente. Nuestros coches se cruzaron en la carretera. Unos momentos antes hablamos pasado por el mismo lugar y un obús habla caldo a pocos metros, a un costado de la carretera, sin explotar. Ya estábamos habituados. De regreso, un compañero nuestro, Lluis Puig, que falleció a poco de terminada la guerra en Paris en un hospital, detenido policialmente, militante de una audacia poco común, me mostró el botín que había conseguido: Un impermeable militar estupendo, unos binóculos de campaña, una brújula y otros útiles accesorios de los cuales carecíamos por completo. Le recriminé su acción pero me contestó que no era ésta su intención y que todo fue muy rápido. Al estallar el obús se encontraba muy cerca y al examinar el interior del coche se dio cuenta que no habla nada qué hacer. Fue cuestión de segundos. Cogió lo que pudo rápidamente al oír el ruido del motor de un coche que se acercaba y no era cuestión que lo agarraran con las manos en la masa, no por lo que se llevaba, sino que probablemente le hubieran interrogado y al verificar que era del POUM, ¡qué ocasión para acusarle de que había lanzado una bomba de mano contra el auto! Este hecho ocurrió el día antes de que secuestraran a Nin. En un libro escrito después de la guerra, Der Grosse Beispiel, Gustav Regler narra una serie de sandeces contra el POUM como por ejemplo que vio con binóculos, como unos soldados salían de las trincheras donde estaban las milicias del POUM dirigiéndose al campo enemigo, sin mirar siquiera atrás, debido a que estaban seguros que no recibirían ningún tiro por la espalda, perdiéndose de vista cerca de las primeras casas de Huesca. Este era el pan nuestro de cada día que recibíamos de los estalinistas. Regler hizo una descripción literaria de la muerte de Lukacs bastante ajustada a la realidad:

“De súbito sintió un golpe violento en un costado como si le hubieran dado con una barra de hierro…Un horrible olor a pólvora subía de debajo de la carrocería. El coche había sido lanzado al aire cayendo, en un choque brutal, contra el asfalto de la carretera. Las manos de Alberto (Regler) que tanteaban donde ampararse, estaban cubiertas de pedazos de vidrios punzantes. Intentó incorporarse pero le pareció que tenia el cuerpo partido por la cintura. -´C’est la fin´- exclamó. Giró, con precaución la cabeza hacia el chofer. Emilio -el único español- tenia la cabeza reposando sobre el volante…Le llamó con voz débil. No obtuvo respuesta. Giró entonces la cabeza hacia atrás. Vio el cabello de Fritz (Batov), el invitado, que tenia inclinada la cabeza como si estuviera mirando hacia abajo. -Fritz- gritó Alberto con fuerza. La cabeza no se movió. Un horrible presentimiento se apoderó de Alberto. Efectuando un esfuerzo supremo, se incorporó, olvidando la angustia y el dolor que sentía, y vio la cabeza del general que estaba tan inclinada que parecía que estuviera saludando a alguien. No percibió ningún rastro de sangre en los cabellos grises de Paul (Lukacs)…Alberto consiguió bajar una parte de la ventanilla y sacar medio cuerpo afuera…Sus ojos se nublaron, cerrándose; se le aflojaron las manos cogidas del coche y cayó de bruces sobre la hierba de la cuneta”.

Veinticinco años después, se publicó en Moscú una recopilación de memorias de «voluntarios» soviéticos que participaron en España a la cual denominaron guerra «nacional-revolucionaria». Uno de los «voluntarios», el general de Ejército P. Batov, dos veces Héroe de la Unión Soviética, según el libro, describe el mismo hecho y otros de nuestra guerra, con el particular punto de vista de los comunistas estalinianos:

“Para no llamar la atención del enemigo en un segundo reconocimiento, los coches salieron del pueblo con un intervalo de tres minutos. Habíamos convenido encontrarnos en un sitio determinado. En total, salieron tres automóviles, llevando a ocho jefes que respondían de la futura operación. Yo iba con Mate Zalka en el primer turismo. Cambiando impresiones acerca de la necesidad de establecer orden en las carreteras próximas al frente, llegamos a la conclusión de que había que colocar patrullas de oficiales del Batallón Dombrovski. Mate Zalka estaba profundamente indignado por el desbarajuste existente en las unidades de aquel frente, recordándome la firme disciplina de las tropas del Frente del Centro. En aquel momento, el automóvil entró en un tramo de carretera batido por la artillería. Los facciosos abrieron fuego de cañón desde las afueras de Huesca. Una explosión de colosal fuerza despidió el coche hacia las rocas que bordeaban el camino. Más tarde se supo que el proyectil había acertado en la rueda delantera derecha. Todo esto ocurrió en un instante. El golpe abrió todas las puertas del automóvil y yo salí despedido a la carretera, donde permanecí un rato sin conocimiento. Cuando lo recobré, vi un poco más adelante, bajo un puente, un grupo de españoles. Les grité: ´¡Traer una ambulancia!´ Me puse en pie, anduve unos cuantos metros, pero un dolor lacerante en la pierna me hizo caer nuevamente a tierra. Sólo entonces vi a Lukácz, tendido en una postura extraña: las piernas estaban dentro del coche y el tronco colgando sobre la carretera. En su cabeza, cubierta de espesa cabellera negra, se advertía una herida que se destacaba por un manchón sanguinolento y blancuzco. En aquellos momentos salieron arrastrándose de debajo del puente dos soldados españoles. Pude señalarles con la mano dónde se encontraba Mate Zalka, les dije que era el general Lukácz y me desmayé de nuevo”.

En esta otra descripción del mismo suceso no se menciona al Comisario de la 45 División, Gustav Regler, como si éste se hubiera esfumado del accidentado automóvil y el relator Fritz (Batov) le roba el papel de narrador al escritor alemán. Cómo se explica esta inexplicable contradicción. Pues muy sencillo. Cuando el general ruso escribió estas. memorias el comunista Regler había renegado de su pasado estalinista. En Moscú nos tienen acostumbrados a estas desapariciones históricas, como si no hubieran existido, de personajes de relieve que han jugado un papel importante en la Unión Soviética y en la III Internacional.

La operación resultó un nuevo fracaso ofensivo como ya hemos dicho anteriormente. Dos batallones de la Brigada 129 de la 29 División, al frente los cuales se encontraba el obrero textil de Tarrasa, Amadeu Cahué, consiguieron apoderarse de la loma de Los Mártires, objetivo que le había señalado el Alto Mando. Enseguida entraron en acción los zapadores de la División, al mando de Francisco de Cabo, con la misión de rectificar el trazado de las trincheras y abrir pasillos para protegerse del fuego cruzado de ametralladoras y morteros del enemigo que dominaba, desde una cota, una explanada por la cual era forzoso pasar y también para protegerse de los continuos bombardeos y ametrallamientos de la aviación alemana, con el propósito que pudieran ir y venir los milicianos que se relevaban y los camilleros en su misión de recoger y trasladar heridos. Por todas partes se tropezaba con cadáveres tantos nuestros como de los insurrectos. Entre las bajas hubo que lamentar  la del Comandante de la Brigada, Amadeu Cahué que, a pesar de su juventud, era un veterano militante del BOC y después del POUM con un historial relevante. Terminada la operación, Josep Rovira, Jefe de la División, recibió un comunicado del Alto Comando del Ejército de Operaciones en el cual le felicitaba por el coraje y brillante comportamiento militar de las fuerzas a sus ordenes que han ocupado el objetivo señalado por el Mando. Al regresar las unidades a sus lugares de destino se encontraron con la noticia, aunque no sorprendente, de que había comenzado la caza de poumistas en la retaguardia. Josep Rovira, Jefe de la División, fue llamado desde Barcelona para que se presentara ante el General en Jefe del Ejército del Este, el cual le comunicó que quedaba detenido, por orden superior, acusado de espía de Franco. Aunque parezca inverosímil, el mismo alto Jefe que le envió el telegrama de felicitación el día anterior, lo arrestaba por espía del enemigo.

Fue trasladado a Valencia, sede del Gobierno. Ante la presión internacional, gestiones de lideres políticos, y, sobre todo, de un largo memorándum que le remitieron los jefes de las Divisiones 25, 28 y el nuevo de la 29, del frente de Aragón, todos destacados miembros de la CNT, a Prieto, Ministro de Defensa, éste cursó la orden de que lo dejaran en libertad. Mientras tanto, la División 29 fue retirada del frente para que «descansara» y se reorganizara situándola en varios pueblos de los alrededores de Barbastro.

García Vivancos, Jefe de la División 28, viejo militante de la CNT, que siempre había tenido muy buenas relaciones con el mando de la 29, fue el encargado del difícil papel de convencer a los oficiales y milicianos de la División del POUM de que aceptaran buenamente su disolución. García Vicancos, en una carta del 27.2.1968 dirigida a Jordi Arquer, del C.E. del POUM, le narraba esta difícil misión:

“El general Pozas me llamó a su Cuartel General y me rogó subiera a convencer a los muchachos de la División 29 para que bajaran a los cuarteles de Barbastro a reorganizarse. Antes de aceptar esta misión le rogué al general que me garantizara por escrito el compromiso de que no se tomarían represalias contra nadie, garantía que me firmó Pozas de su puño y letra. Acompañado de mi ayudante fui a los pueblos donde las dos brigadas estaban acantonadas y hablé con sus jefes y comisarios y, tras una discusión bastante borrascosa, pude convencer a los muchachos para que bajaran seguidamente a los cuarteles dc Barbastro en donde, quince días después, ya estaban reorganizados. Conseguido esto, invité al general Pozas a que viniera a pasar revista. El general lo hizo al día siguiente, quedando admirado de la voluntad remarcable dc los muchachos y felicitó a sus jefes.

A los pocos días Pozas me vuelve a llamar y,  mostrándome un telegrama, me dice:

-Orden del Ministerio de Defensa (lo era Prieto entonces) disolviendo la División 29.

Yo me negué a ejecutar la orden y rogué al general que me permitiera ir a Valencia, entonces sede del Gobierno, para hablar con Prieto y ver de conseguir la anulación de aquella orden. Pozas me concedió el permiso, diciéndome:

-Deseo de todo corazón que consigas lo que te propones. Sería un grave error privarse de esas dos brigadas, compuestas por muy buenos combatientes y mejores antifascistas.

Marché a Valencia. Me presenté en el Ministerio de la Defensa donde me recibió el Jefe de Organización Militar, coronel San Juan con estas palabras:

-¿Qué te trae por aquí, amigo Vivancos?

Le expliqué la misión que traía y mi deseo de hablar con Prieto.

-Si insistes -me respondió San Juan- te haré pasar para que hables con el señor ministro. Pero te advierto que es inútil. La orden no es dcl ministro, es de Moscú. Y, como tú sabes, si no se obedece a esa gente, nos amenazan con cortarnos el envío de armas: aviones, tanques, ametralladoras, etcétera. Y, si esto se produce, ¿cómo continuamos la guerra? Yo sé que la División 29 es antifascista cien por cien, y que es un crimen la persecución que se ejerce contra esos muchachos. Pero, qué quieres, en casa ya no manda cl Gobierno. En fin, creo que no hay más remedio que sacrificar a esa división, aunque sea injusto.

Marché al Cuartel General de Pozas y le comuniqué el fracaso dc mi gestión. Regresé a Barbastro y reuní a los mandos de las dos brigadas convenciéndoles de la necesidad dc disolverse, con la garantía de aceptar a todo el mundo en las tres divisiones confederales, a fin dc evitar represalias si caían en unidades comunistas”.

Con la disolución de la División 29 no terminaron las peripecias de sus componentes. Ante todo era necesario salvar los cuadros del partido que componían la oficialidad y los comisarios de la División. Los que aún estaban en edad militar; y los que eran más significados, se refugiaron en varias unidades de la CNT, sobre todo en la División 28. Los nombramientos de oficiales del Ejército Popular de la División 29 estaban bloqueados por los estalinianos incrustados en el Ministerio de Defensa. Gracias a Crescenciano Bilbao, del PSOE, comisario general del Ejército, y del coronel Jesús Pérez Sala, subsecretario del Ejército, en aquel entonces, y a la circunstancia de que comenzaba a distanciarse Prieto de los comunistas, se consiguió que los nombramientos fueran saliendo en el Boletín Oficial del Ministerio de Defensa. Algunos de los que fueron destinados a unidades comunistas murieron con un tiro en la nuca o fusilado, según el parte por intento de pasarse al enemigo. Otros murieron en los diferentes frentes y los que no cayeron heridos, pasaron serias dificultades en las unidades que los tenían fichados como trotskistas.

El POUM fuera de Cataluña

Del protagonismo del POUM en la guerra civil, fuera de Cataluña, poco se puede decir, excepción de la sección de Madrid, capital del Estado. Triunfante la insurrección militar en las regiones y provincias donde la reacción poseía sus feudos socio-políticos, contribuyeron a su rápida victoria varios factores: la carencia de organización, de audacia, en fin, de no saber qué hacer, como es el caso de la CNT-FAI en Zaragoza en dónde ejercía un predominio dominante, y en Sevilla, donde la rivalidad local entre comunistas y anarquistas trababa la capacidad de acción contra una guarnición militar, no muy numerosa pero si bien dirigida .Influyó también la desidia, la cobardía y la ambigüedad de algunos gobernadores civiles de provincias de filiación republicana burguesa, conducta que no debía haber sorprendido a las organizaciones obreras. La pérdida de estas dos capitales fue de una gran importancia negativa estratégica en el posterior curso de la guerra civil. Las pequeñas secciones y grupos del POUM fueron «masacrados» literalmente en esas provincias como asimismo en el Norte después de su ocupación por las tropas franquistas. Fueron fusilados calificados camaradas que provenían de la Izquierda Comunista, con un historial de lucha sindical, en los que el Partido confiaba, por su preparación teórica, como una base firme para una sólida expansión: Luis Rastrollo y Manuel Fernández Sendón en la Coruña; Eusebio Cortezón, veterano militante y dirigente del Sindicato del Petróleo en Santander: los hermanos Arenillas, miembros destacados ya del POUM (José Luis, médico, Jefe de Sanidad de las Milicias de Euzkadi, hecho prisionero, fue ejecutado a garrote vil en marzo de 1938, a su hermano José Mª., economista, lo asesinaron los comunistas en Asturias); Félix Alutiz, secretario del sindicato ferroviario de Navarra y miembro del CC, asesinado en Pamplona por los carlistas y José Martín [asesinado junto] con un grupo numeroso de militantes de Llerena (Badajoz).

Por .lo que se refiere a Madrid, prefiero entresacar, de un informe de Enrique Rodríguez, dirigente de  la Juventud y miembro del Comité Central, unos párrafos ya que él fue protagonista en primera línea de los hechos:

«Unas relaciones personales de camaradas del Partido, nos permitió que el Ayuntamiento, donde la noche del 19 acudimos unos ochenta camaradas, se nos facilitara un fusil a cada uno, permaneciendo allí hasta la madrugada siguiente, trasladándonos a la Casa de Campo. Nos encomendaron la misión, con otras pequeñas columnas, de asaltar el Cuartel Campamento. Tras desordenadas escaramuzas que respondían los insurrectos con tiros de artillería, a finales del mediodía terminaron por rendirse. Con el botín que recogimos nos sirvió para organizar las primeras compañías de milicias. Otro grupo participó en el asalto al Cuartel de la Montaña recuperando igualmente numerosos fusiles y municiones que trajeron al local del Partido. Con este pequeño arsenal pudimos constituir nuestra primera compañía de milicias -unos 150 hombres- que se dirigieron hacia Guadalajara y Sigüenza, población esta última dónde se estabilizó el frente por este lado de la Sierra. Al mando de esta unidad se encontraba el excelente y querido camarada Hipólito Etchebéhere, nacido en la Argentina, de origen vasco-francés, al que acompañaba su compañera Mika, que más tarde había de jugar un papel relevante en nuestra guerra civil en la defensa de Madrid. Políticamente ambos procedían del grupo francés ´Que faire´, desprendido del trotskismo. No tardamos en editar ´El Combatiente Rojo´ destinado a los milicianos y POUM como semanario. Construimos una emisora de Radio desde la cual el Partido, por medio de conferencias y discursos, lectura de nuestra prensa, etc. difundía la política del POUM. En los primeros meses de la guerra el frente de Sigüenza lo componían fuerzas de la CNT, comunistas, ferroviarios de la UGT y el POUM. Cada una de ellas con su jefe respectivo, pero todas bajo el mando de Martínez de Aragón, coronel del Ejército. Se intentó repetidas veces asaltar el Castillo y la ciudad de Atienza que constituía un nudo importante de comunicaciones. Todos los intentos fracasaron y en ellos perdimos a varios camaradas, entre los que se encontraban Rodolfo Mejías, miembro del Comité Local de Madrid, y a Hipólito Etchebéhere, jefe de nuestras milicias, al que reemplazó G. Baldris, quien quince meses más tarde había de mandar una Brigada de la XXV División… Los fascistas no tardaron en contraatacar. En las luchas por defender Sigüenza y la Catedral cayeron varios camaradas, entre ellos Emilio Freire, también del CL de Madrid y dirigente del Sindicato de Zapateros de la UGT. Eugenio Izquierdo, destacado militante del POUM, fue fusilado al caer prisionero junto con otros muchos milicianos, incluso los que se encontraban heridos en la casa-hospital del pueblo. La situación militar continuaba agravándose. Recuperado el Alcázar las tropas franquistas se dirigían hacia Madrid. Las milicias luchaban ya en los pueblos cercanos a la capital. Entre ellas, el Batallón «Lenin» que comandaba G. Baldris, formado por milicianos procedentes de Sigüenza y cientos de campesinos de Andalucía y Extremadura que habían llegado a nuestro cuartel. También participó en estos desordenados combates la Columna «Joaquin Maurin» que el POUM de Cataluña había enviado a Madrid. Decenas de camaradas y simpatizantes dejaron sus vidas en estas batallas que precedieron a la salida del Gobierno hacia Valencia y que me permito simbolizar en los nombres de Eulogio Fernández, Luis Medina. Paco Marrón, Joaquín Pastor y Garcia Palacios, hijo de nuestro camarada Luís Garcia Palacios, todos ellos miembros de la JCI de Madrid. Constituida la Junta de Defensa, una vez el Gobierno en Valencia, ésta no tardó en aparecer como un instrumento estalinista. Anteriormente, los agentes soviéticos habían impedido la participación del POUM en la misma. Manuel Albar, destacado dirigente del PSOE, al que una delegación del Comité Local. fue a ver por tal motivo, les dijo que lamentándolo mucho, pues conocía el coraje con que luchaban nuestros milicianos en el frente, y convencido de la injusticia que se cometía con el POUM, reconocía, sin embargo que «entre la ayuda rusa y la que ellos podían ofrecer en aquella situación, la opción no ofrecía dudas». El chantaje de la mencionada ayuda les permitía todo a los agentes de la GPU. y así llegamos hasta enero del 37, en que la Junta de Defensa procedió a la incautación de la emisora de Radio del POUM, so pretexto que «desde ella se vertían agresiones verbales contra el Gobierno legitimo de la República, contra el Frente Popular y sus dignos representantes, contra las figuras destacadas en la defensa de nuestra invicta ciudad, etc. Siguió la suspensión de nuestro modesto periódico ´El Combatiente Rojo´ y la del semanario ´POUM´. En este sentido puede decirse que la represión estalinista contra el POUM en general, empezó. en Madrid, diríamos que por el eslabón más débil del Partido.»

El POUM, el Comité de Milicias Antifascistas y el Gobierno de la Generalitat

Anteriormente hemos narrado la famosa entrevista entre Companys y la delegación de la CNT-FAI en su despacho de la Generalidad celebrada el 20 de julio de 1936. Hay que hacer la salvedad que la entrevista fue solicitada por Companys, el cual maniobró muy inteligentemente para sortear la difícil situación en que se encontraba ya que, de facto, había dejado de gobernar. Viejo zorro político supo comportarse como tal  al no dejarse arrebatar el timón de las manos en el tormentoso mar de la guerra y la revolución, pero sin el consentimiento benevolente de los dirigentes de la CNT-FAI hubiera desaparecido del mapa político el mismo día 20 de julio de 1936. Y este consentimiento de los anarquistas fue cediendo principios revolucionarios de clase, paulatinamente, ante el Gobierno de la Generalidad y después ante el Gobierno Central de Madrid hasta el sometimiento total  al que [se] puso fin con la derrota de la guerra y la revolución. De aquellos agitados días en que se decidía el destino de la revolución aún no se ha dicho la última palabra. No es nada fácil ver claro en el laberinto de salidas entrecruzadas que se barajaban [en] tan difícil situación. Como escribió R. Louzon en un folleto editado en Buenos Aires en 1938, titulado «La contrarrevolución en España», refiriéndose a los Hechos de Mayo: “La CNT no puede indefinidamente ser la fuerza sin posesionarse del poder, y aceptar, por el contrario, voluntariamente ser derrotada por éste. La revolución no puede tolerar indefinidamente la contrarrevolución”.

La creación del Comité de Milicias Antifascistas, del que tanto se ha pontificado erróneamente fue solo una salida, una solución airosa ante el dilema que se les presentaba a los anarquistas de implantar su propia dictadura libertaria  Mariano R. Vázquez, escribía en un informe del Comité Nacional de la CNT al Congreso de la AIT de diciembre de 1937: «El 21 de julio de 1936 tuvo lugar en Barcelona un Pleno regional de federaciones locales y subregionales convocado por el Comité regional de Cataluña. La situación ha sido analizada y se decidió no hablar más de comunismo libertario mientras no hubiéramos conquistado la parte de España que estaba en poder los facciosos. El Pleno decidió en consecuencia no hacer realizaciones totalitarias pues se encontraba ante un problema: imponer una dictadura, anulando violentamente a todos aquellos-guardias o militantes de otros partidos- que habían colaborado el 19 y 20 de julio al triunfo sobre las fuerzas sublevadas; dictadura que por otra parte seria ahogada desde el exterior incluso si conseguía imponerse en el interior. Con el voto de todos, menos de la Federación comarcal del Bajo Llobregat, (léase García Oliver), el Pleno decidió colaborar y formar con todos los partidos y organizaciones el Comité de Milicias antifascistas.»

Horas después del Pleno de la CNT quedó constituido el Comité de Milicias como un gobierno paralelo al de la Generalidad pero sin las ataduras constitucionales de este último ya que según el informe de la FAI al movimiento libertario internacional, refiriéndose a Luis Companys: «lo necesitábamos para cubrir una apariencia internacional que impidiera que España fuese despedazada por todas las potencias capitalistas y reducida en cuestión de horas.»

En esas horas cruciales, Companys maniobraba por su parte. Según M. García Venero (Historia de las Internacionales en España): «Companys pidió ayuda a los comunistas de obediencia oficial y a los disidentes. Antes de llegar a una entrevista conjunta con los partidos marxistas y los grupos nacionalistas de izquierda, el presidente de la Generalidad procedió a recibirlos por separado y les confiaba lo que parecía ser secreto designio: – Si ustedes no me ayudan a contener a los anarquistas, estoy decidido a dimitir la presidencia»- En realidad lo que Companys buscaba era agradar a todo el mundo para mantenerse. Viendo que sus palabras no gustaban a Nin ni a Gorkin, declaró más o menos a los dos representantes del POUM: «-Me pongo a vuestra disposición; tomad el poder juntamente con la CNT y yo os serviré de cobertura cara al extranjero».

La noche del 20 al 21 de Julio fue decisiva. El poder institucional de la Generalidad de hecho había perdido toda vigencia, flotando en el vacío, y el poder revolucionario victima de su propia ideología, careció de la audacia necesaria para implantar su dictadura de clase. Ante esta situación insostenible, Companys toma la iniciativa, convocando a la CNT para proponerles la continuidad del Frente de Izquierdas al cual se integrarían los anarquistas. Estos rechazan de pleno esta solución «política» pero se aviene a una transacción: la formación del Comité de Milicias Antifascistas.

A pesar de tanta tinta derramada para caracterizar al Comité de Milicias, para adaptarlo a sus tesis políticas, en realidad era un Comité policlasista en que estaban representados 3 delegados de la CNT, 2 de la FAI, 3 de la UGT, 1 del POUM, 3 de la Esquerra.Republicana., 1 de la Unió Socialista., 1 de la Unió de Rabassaires y 1 de AC(Acció Catalana), es decir todo el abanico de la izquierda burguesa que no se había adherido a la sublevación. AC era más bien un partido de centro. No estaban representados los comunistas estatales ni el PSUC pero sí de una manera indirecta por la Unió Socialista de Cataluña, principal componente de los cuatro grupos que formaron poco después el partido estalinista. La representación numerosa de la UGT fue una concesión de la CNT con la esperanza de que serian tratados de la misma manera en los lugares en que ella era minoritaria. Pero esta composición del Comité de Milicias, en el breve plazo que actuó, no impidió que efectuara una verdadera. labor revolucionaria. El POUM colaboró intensamente en ella. Josep Tarradellas, consejero en Jefe del Gobierno de la Generalidad ha dicho públicamente.(Fue destinado, en los primeros momentos, como delegado del Gobierno al Comité de Milicias). «Allí había un ambiente muy enrarecido: toda aquella gente era de la CNT, de la FAI, y sobretodo, del POUM. La gente no lo sabe pero el POUM, en cierta manera, era más demagógico que la FAI. La FAI tenia gente de buena fe y alguna gente de cloaca, pero entusiastas y desinteresados, a menudo ingenuos incluso. Mientras que los del POUM eran inteligentes y actuaban fríamente». Cincuenta años después, este izquierdista republicano nacionalista ha aceptado un marquesado del descendiente de Felipe V. por su contribución a la continuación de las estructuras socio-económicas del franquismo.

A lo largo ya lo ancho de Cataluña, el Comité de Milicias, por la misma dinámica del proceso revolucionario, estableció un orden revolucionario en la retaguardia, consiguiéndolo en muchos aspectos y en otros se limitó a sancionar las transformaciones que efectuaban las masas; se hizo cargo del avituallamiento del frente y abastecimiento de la retaguardia, de la sanidad, del orden público a través de las patrullas de control; organizó o contribuyó a convertir ciertas industrias de paz en industrias de guerra, alentó el cultivo de las tierras disponibles, controló la vigilancia de fronteras y costas y la organización de las milicias en los frentes de Aragón-Cataluña por intermedio de un Comité de Guerra que estaba compuesto por seis militares profesionales, tres de la CNT, uno de la UGT y uno del POUM. Surgido de la situación creada a consecuencia de las jornadas del 19 y 20 de julio, el Comité de Milicias se convirtió en la expresión más genuina del poder del pueblo en que la guerra civil y la revolución social se entrelazaban entre si legitimándose recíprocamente. Ante esta fuerza arrolladora el Gobierno de 18 Generalidad se convirtió en una simple representatividad simbólica; situación a la tuvo que resignarse por la fuerza de aquellas circunstancias peculiares pero sin perder de vista su objetivo de recuperar el poder.

El 1° de agosto Companys, en una maniobra típica de marrullería política, delegó su poder ejecutivo en el presidente del parlamento catalán, Juan Casanovas, el cual formó un nuevo gobierno con representantes de los partidos republicanos burgueses y tres del ya formado PSUC. La CNT reaccionó ante esa maniobra y el día 3 se presentaron ante Companys Garcia Oliver y Aurelio Fernández expresando con dureza que no tolerarían un Gobierno sin el consentimiento del Comité de Milicias y que la CNT aboliría la Generalidad si el nuevo gobierno no desaparecía en breve plazo. Rafael Vidiella, uno de los propuestos por el PSUC para el proyectado gobierno, fue expulsado del Comité de Milicias por haber actuado a sus espaldas. Esta era la relación de fuerzas en esa supuesta dualidad de poderes. La Generalidad se debía limitar a guardar las formas de cara a Madrid y al exterior. Esto era lo pactado. Ilusión sin fundamento político que, con el tiempo, todos debíamos pagar muy caro.

El Comité de Milicias, ante la magnitud de sus tareas, delegó tareas a organismos civiles especializados, ocupándose, como.. principal misiona de los asuntos militares, tal como lo describe César M. Lorenzo en Los anarquistas españoles y el poder:

“La acción del Comité de Milicias fue facilitada por la aparición de los Consejos de obreros y soldados, tanto en los cuarteles de milicianos como entre los antiguos cuerpos de policía tales como la Guardia civil y el Cuerpo de aduaneros o en armas especializadas como la aviación. Estos Consejos, formados cada uno de ellos por cinco hombres más o menos, conocidos por sus convicciones antifascistas, se encargaban de vigilar las actuaciones de los oficiales o individuos poco seguros, impidiendo así que resurgiera un estado de espíritu reaccionario, ocupándose de las cuestiones de disciplina y asegurando los contactos entre la CNT y la UGT; se agrupaban en la cima en un Comité central de Consejos de obreros, soldados y otras fuerzas similares de Cataluña que animaba el. anarquista Alfonso Miguel y compuesto por otros tres libertarios y por tres delegados de la UGT. Desaparecieron después de octubre-noviembre de 1936 para dar paso a los comisarios políticos”.

En Lérida, principal reducto del POUM en Cataluña, los nuevos organismos revolucionarios estaban estructurados, según relató Jordi de Gardeny (seudónimo de Josep Rodes, dirigente local y miembro del Comité Central) en La Batalla, en diciembre de 1965:

«La grande y la pequeña burguesía fueron separadas del ejercicio del poder; los partidos republicanos, genuinos representantes de la pequeña burguesía, fueron barridos de la plaza pública… Durante los primeros días, la constitución de la nueva ciudad revolucionaria quedó fijada. Una serie de comités obreros atendían las necesidades perentorias y controlaban todas las actividades (abastecimientos, transportes, ejército, seguridad revolucionaria, etc.). El POUM convocó una reunión de organizaciones sindicales. De esta histórica reunión salió pujante y fuerte un nuevo orden [sin ninguna relación con el gobierno de Madrid y el de la Generalidad de Cataluña]… La clase obrera ejerció su poder a través de tres organismos, independientes en su funcionamiento, pero estrechamente ligados en sus directivas. Partiendo del principio de que todo el poder emana de la clase obrera, ésta, por medio de las juntas de todos los sindicatos de la CNT, UGT y de la FOUS [sindicato dependiente del POUM], junto con la delegación de un solo partido, el POUM, se constituye en poder legislativo. Su misión era estudiar y fijar normas sobre todos los problemas. La asamblea de las juntas de sindicatos delega el poder ejecutivo en las personas de los comisarios de la Generalidad y Orden público y en el Comité Popular antifascista. Este comité queda constituido por representantes de las mismas organizaciones sindicales y políticas de la asamblea. Dos representantes por organización. Su misión es cumplir las disposiciones acordadas por la Asamblea. Las dos comisarlas tienen las funciones propias de su cargo. La de la Generalidad [dirigida por Joaquín Vila, militante de la UGT] le ocupa de cuestiones económicas, la del Orden Público [dirigida por José Rodes, miembro del POUM) de la seguridad revolucionaria. La Asamblea de los sindicatos establece el orden judicial… Crea el Tribunal Popular revolucionario…”.

Hay una tendencia muy extendida a presentar al Comité Central de Milicias como si fuera un Soviet al estilo ruso (cuyo nombre eslavo significa sencillamente Consejo, Comité o Junta que se crearon en 1905 y después en 1917 en Rusia, país en que los trabajadores no estaban encuadrados en sindicatos de raigambre histórica revolucionaria como en España, sobre todo en Cataluña donde el peso determinante entre los trabajadores era la CNT-FAI. Precisamente en Rusia surgieron los soviets como una necesidad de forjarse la clase obrera y campesina sus propios órganos de lucha creando una unidad de acción democrática sin parangón al no estar ligados a organizaciones sindicales ni políticas. Por esto no hay que olvidar que el Comité de Milicias fue creado desde arriba por las organizaciones y partidos ya establecidos.

La dualidad de poder entre el Comité de Milicias y el Gobierno de la Generalidad no podía durar. Como expresó García Oliver en el curso de un Pleno del movimiento libertario de Cataluña, celebrado a fines de agosto de 1936, cansado de las discusiones que no tenían fin: “O bien colaboramos o bien imponemos la dictadura. ¡Escoged!». Este Pleno, decisión insólita en los anarquistas, fue secreto, y sus acuerdos no fueron publicados en aquel entonces. Este Pleno se efectuó tras la insistente invitación del Presidente de la Generalidad de que los libertarios se integraran al gobierno de Cataluña. Companys esgrimía, como argumentos, que la presión del Gobierno de Madrid para que se volviera a la institución del poder legal era amenazadora: :negándonos fondos para la adquisición de materias primas para la industria civil y de guerra, suministrándonos, en cuentagotas, armas para el frente de Aragón, etc En fin, había el propósito de provocar la asfixia de Cataluña. En cuánto a las relaciones con el exterior, la situación a la cual  habría que hacer frente, si seguíamos un camino diferente del resto de España, era aún mucho peor que incluso podía provocar la intervención armada de las potencias europeas. García Oliver, y Ricardo Sanz, con el grupo Nosotros, eran partidarios de tomar el poder con todas las consecuencias porqué, según palabras de Ricardo Sanz, «cediendo y haciendo concesiones todos los días, la revolución va en regresión». De aquella reunión, escribió A. Souchy en España Libre del 3 de junio de 1951: » García Oliver pedía todo el poder para la Organización, mientras Santillán y otros compañeros opinaban que debía colaborarse con los demás sectores. Se adoptó en definitiva el criterio de Santillán…». Diego Abad de Santillán justifica su posición (Op .cit. p.116) con estas palabras: «»El Comité de Milicias garantizaba la supremacía del pueblo en armas, garantizaba la autonomía de Cataluña, garantizaba la pureza y la legitimidad de la guerra, garantizaba la resurrección del ritmo español y del alma española (sic); pero se nos decía y repetía sin cesar, que mientras persistiéramos en afianzar el poder popular, no llegarían armas a Cataluña ni se nos facilitarían divisas para adquirirlas en el extranjero, ni se nos proporcionarían materias primas para la industria».

Una vez más, los anarquistas, para aquietar pueriles escrúpulos de conciencia, pusieron como condición que el Gobierno de la Generalidad se transformara en Consejo de la Generalidad y que su participación se limitaría, al contrario del Comité de Milicias, a la CNT para que la FAI quedara sin mancha de pecado político alguno. Este jueguito infantil, genuinamente ácrata, de las denominaciones formalistas continuó. Tres meses después, cuando se formó el nuevo Consejo de la Generalidad, con la expulsión del POUM, por presión chantajista de los estalinistas soviéticos, el diario de la CNT Solidaridad Obrera consideró que era un triunfo de los principios libertarios la solución de la crisis porqué en el nuevo gobierno sólo estaban representados los genuinos representantes de la clase obrera, la UGT y la CNT sin mencionar que los nuevos consellers eran también faístas y estalinistas hasta el extremo que el secretario general del PSUC entró a formar parte del Consejo como representante de la UGT.

Después de la firma por el POUM del pacto electoral del Frente Popular, al partido se le presentó otro problema fundamental: la participación en el Gobierno de la Generalidad. Sobre el particular me limitaré a transcribir unas líneas personales de un autorizado miembro del POUM, de todos conocido, fundador y perteneciente al Comité Ejecutivo del mismo, Juan Andrade:

“Los dirigentes de la CNT-FAI, que a pesar de todo seguían manteniendo su entera confianza en Companys, comprendían igualmente que la situación debía ser normalizada, pero en lugar de estructurar el poder obrero se pusieron de acuerdo con el gobierno sin poder ni autoridad de Companys, para liquidar el Comité de Milicias y fortalecer el gobierno de la Generalidad, con la misma composición política que tenía el primero. Nuestro partido, después de haber batido resueltamente y sólo en el Comité de Milicias contra semejante propósito, fue invitado a designar un ministro, pero se reservó la respuesta hasta que deliberase el comité ejecutivo. Este discutió la cuestión ampliamente. Se plantearon todos los problemas que se derivarían de nuestra resolución y también se examinó nuestra impotencia para hacer seguir otro camino y obtener la adhesión de las masas obreras, que sólo seguían las inspiraciones de sus organizaciones. Mi criterio fue el único que se manifestó en contra de aceptar la participación ministerial, pero debo decir honradamente que no de una manera muy resuelta, más bien por mantener el principio, porque estaba embargado por las mismas preocupaciones que mis camaradas del comité y por las consecuencias que se seguirían en aquellas circunstancias para el partido. En primer lugar la inmensa mayoría de las secciones del partido no aceptarían la ruptura con las otras organizaciones obreras, es decir, nuestro aislamiento. En el terreno práctico supondría que no tendríamos los medios materiales y económicos para mantener a nuestros milicianos, que perderíamos todas las posiciones que tenían nuestras secciones localmente; es decir, el partido quedaría anulado y también en una situación ilegal. Por otra parte se les daba casi la mitad del juego ganado a los estalinistas, que aprovecharían  así la ocasión para hacer proclamar nuestra ilegalidad. Eran muchos los factores que se presentaban a nuestra consideración responsable por lo cual el CE decidió someter la resolución definitiva al Comité Central del partido, que se celebró dos días después.

Hay que decir, en honor a la verdad, que nuestro Comité Central expresó siempre, en su mayoría, durante todo el tiempo que duró nuestra legalidad, una tendencia a la derecha del CE, el cual varias veces en las reuniones fue acusado de izquierdista. En la reunión del CC las cosas transcurrieron de una forma casi idéntica a como en el CE. Sólo una voz se alzó para poner reparos: la del delegado de Madrid, el camarada Enrique Rodríguez. Su opinión fue parecida a la mía. Pero ni una sola, absolutamente ninguna otra delegación, se manifestó en contra o hizo observaciones. Es más, en noviembre de 1936, cuando se formó la Junta de Defensa de Madrid, que era una delegación del gobierno de Valencia, fui llamado por nuestra sección de allí, porque estimaban los camaradas del comité madrileño que había posibilidad de obtener un puesto en la Junta y que era preciso realizar las gestiones. Esta ilusión se mostró vana, .pero es una muestra más del estado de espíritu que se manifestaba en el partido, no ya sólo en Cataluña, hasta en Madrid, en la sección más importante de la antigua Izquierda Comunista.

Ahora, en la perspectiva histórica, ante el desarrollo de las luchas políticas en Europa de una manera más o menos pacífica y no en situación grave, crítica, de guerra, el análisis tiene tendencia, porque no va seguido de consecuencias, a ver las cosas, quizá, de diferente manera. Pero cuando un partido en pleno, educado en la lucha de clases, completamente obrero, enemigo del colaboracionismo ministerial, adopta una. resolución de tal importancia, es porque la situación concreta lo imponía”.

El POUM y los Hechos de Mayo

No se pueden comprender los sangrientos acontecimientos de los primeros días de Mayo de 1937 ocurridos en Barcelona, fuera del contexto general de la guerra civil y la revolución, de la relación de hechos significativos que se en enlazan y entretejen entre ellos, tanto nacionales como internacionales. El General Krivitski, jefe del contraespionaje militar soviético en la Europa Occidental, antes de haber sido encontrado suicidado en un hotel de Washington, escribió lo siguiente:

“Desde la llegada de Hitler al poder, en 1933, la política de Stalin se caracterizó por el desasosiego. Sentía el terror de quedarse aislado. Su esfuerzo para llegar a un acuerdo con Hitler, tan pronto recibía estimulo como repulsa. Una vez que hubo perdido toda esperanza de lograrlo, quiso intentar la resurrección del antiguo pacto de la Rusia zarista con Francia pero no alcanzó el éxito rotundo que se prometía… En semejante estado se hallaban las cosas cuando estalló la revuelta de Franco. Obró con lentitud, como es su costumbre. Cuando se convencí de que Franco no iba a alcanzar una victoria rápida y fácil, intervino. Abrigaba la idea, compartida por sus allegados. de atraer a España a su esfera de influencia. Una vez dueño de España, cuya importancia estratégica era vital para Francia e Inglaterra, obtendría lo que deseaba. Seria una fuerza con la que resultaría contar, un aliado codiciable… El problema de la revolución mundial, de mucho tiempo atrás, para Stalin había cesado de ser una realidad. Ya no se trataba más que de política extranjera soviética… La intervención de la URSS pudo ser decisiva en determinados momentos, pero no arriesgó nada. Cuídose de no arrastrar a la URSS a una gran guerra. Se lanzó a la refriega con esta orden: «Mantenerse fuera de los disparos de la artillería». Ese fue nuestra consigna durante todo el tiempo de nuestra intervención en España…Recibí órdenes de Moscú de no desembarcar ninguna carga de armamentos en Barcelona, que tenia su Gobierno propio, casi independiente del gobierno central. El Gobierno catalán estaba dominado por revolucionarios antistalinianos, en quienes Moscú no tenia confianza. Y, sin embargo, sostenían uno de los sectores esenciales del frente republicano… Si Stalin quería servirse de España como de un triunfo en su juego, antes era preciso vencer todas las resistencias en el campo republicano. el centro de las cuales estaba en Cataluña… Hasta la fecha, las Jornadas de Mayo en Barcelona aparecen como una lucha fraticida entre antifascistas, mientras Franco ataca. De acuerdo con la versión oficial, los revolucionarios catalanes, traicioneramente, habían intentado adueñarse del poder, en el instante en que todas las energía eran indispensables para resistir al fascismo… Stalin sabia que el conflicto era inevitable. Por medio de sus corifeos atizó la hoguera e incitó, los unos contra los otros, a socialistas (comunistas), anarquistas y poumistas. Después de cinco días de matanzas, Cataluña se convirtió en el palenque en el que Caballero se jugaba la vida. Al negarse a reconocer el derecho a las demandas de la supresión inmediata y radical de las agrupaciones antistalinianas, fue obligado a presentar la dimisión el 15 de mayo. El Dr. Negrín asumió la jefatura del nuevo Gobierno, .de acuerdo con lo que Stachevski tenia decidido desde hacia tiempo… Stalin, en su intervención en España, se precipitaba a un ignominioso desenlace. Stalin había intervenido con la esperanza de abrir, después de avasallar a España, un camino hacia Londres y Paria, y sobre todo, hacia Alemania. Pero la maniobra se le malogró por falta de audacia. Si tuvo éxito en el asesinato, en los combates fracasó. Paris y Londres adoptaron una actitud más amistosa hacia Franco, y, paulatinamente, en el transcurso de 1938, Stalin fue alejándose de la aventura española. Todo lo que de ella había sacado era una montaña de oro».

Escribiendo estas páginas, en un intervalo, he leído un ensayo del profesor universitario, doctor en Historia, Josep Termes, que, como se dice vulgarmente, me ha sacado la palabra de la boca  coincidiendo su punto de vista con lo que tenia planeado decir. Prefiero, por tanto, remitirme a lo que él escribe: “A mi entender se ha puesto poco énfasis en la cronología en la que se desarrollan los Fets de Maig, en su contexto internacional. Si bien es cierto que los historiadores no comunistas han explicado el paralelismo de los sucesos de mayo, la muerte de Andreu Nin. y la persecución contra el POUM con los procesos de Moscú en los que Stalin liquida a los opositores a su política, me parece que la cronología de lo que ocurre en Rusia es determinante para entender el desarrollo de los hechos. La Guerra Civil española está dramáticamente enmarcada en la consolidación de la dictadura de Stalin en la URSS, en la supresión física de la vieja guardia bolchevique y en la creación de una férrea dictadura, de un régimen político estructurado como sistema totalitario… En agosto de 1936 (días después del inicio de la Guerra Civil española} empiezan los procesos. llamados de Moscú, escaparate publicitario de un profundo clima de terror que se abate sobre la URSS (y en especial sobre la vieja guardia bolchevique que no se pliega a los dictados de Stalin}. Debo hacer un paréntesis para señala que el POUM. en una declaración sobre los procesos de Moscú. dijo, por intermedio de La Batalla del 28 de agosto de 1936: «El CE del POUM no puede pasar en silencio este hecho, no puede dejar de emitir su criterio sobre él. No hacerlo seria proclamarse cómplice del mismo. Somos socialistas revolucionarios. marxistas. En nombre del socialismo y de la clase obrera revolucionaria. protestamos enérgicamente contra el monstruoso crimen que acaba de perpetrarse en Moscú”.

El historiador Josep Termes prosigue: «Tendrán lugar tres grandes procesos de depuración: el primero se inicia en agosto de 1936, el segundo en enero de 1937 (como antesala de los Hechos de Mayo}, y el tercero en marzo de 1938… Y el 12 de junio de 1937 se conoció la condena y ejecución de ocho grandes militares soviéticos. entre los cuales el mariscal Tukatchevski. la figura más prominente del ejército rojo. Durante esta enorme y sangrienta depuración fue ejecutada (bajo las acusaciones más increíbles y ridículas} la casi totalidad de los antiguos bolcheviques (es decir de aquellos que hablan ingresado en el partido antes de la Revolución de 1917)… Stalin habla decapitado la plana mayor de la Revolución rusa. Sus partidos satélites tenían, que completar la obra en sus respectivos territorios: cada disidente de la política estalinista seria el principal enemigo a abatir».

A propósito de los crímenes de Stalin, el POUM, el 3 de septiembre de 1936, en La Batalla, publicó la siguiente declaración: «En Moscú ha sido fusilados, en las monstruosas condiciones que todo el mundo sabe, Zinoviev, Kamenev, Smirnov y varios militantes bolcheviques más en número de dieciséis… Trotski, el compañero de Lenin, el gran organizador del Ejército Rojo, no ha podido ser fusilado por la sencilla razón de que no se encuentra en Rusia, bajo la férula de Stalin. Pero es sistemática y sañudamente perseguido. Desde hace años, su vida es un verdadero calvario. Hoy corre un positivo peligro. Se exige su expulsión o su confinamiento. Se le trata como a un criminal. Se incita, incluso, al asesinato contra él. Nosotros que no somos trotskistas, que tenemos divergencias con Trotski, consideramos que se comete un crimen contra él y exigimos que cese ese escándalo internacional. La clase trabajadora española, la clase trabajadora catalana, no puede pasar por la vergüenza de permitir ese escándalo. Nosotros, seguros de interpretar su sentir, exigimos que se ofrezca un refugio a Trotski en Cataluña, bajo la protección revolucionaria de la clase trabajadora. Sabemos de dónde vendrán las resistencias de este noble propósito. Contra ella lucharemos con toda energía, en cumplimiento de un alto deber de solidaridad revolucionaria».

El Comité Central del POUM se reunió el 12 de mayo de 1937, inmediatamente después de la lucha en Barcelona y en varias poblaciones del interior de Cataluña, dando a conocer un comunicado, el cual se imprimió en hojas sueltas y en toda la prensa del Partido. Entresacamos los principales párrafos:

“Los  trágicos acontecimientos no pueden explicarse como un acto de locura colectiva. Acontecimientos de tal envergadura que han lanzado a la lucha a masas considerables, bañado en sangre las calles de la capital catalana, constando la vida a centenares de hombres, no se producen porque sí, sino que obedecen a causas poderosas y profundas… La actitud provocativa de la contrarrevolución determinó el estallido. Pero, ya los obreros en la calle, el partido tenía que adoptar una actitud. ¿Cuál? ¿Inhibirse del movimiento, condenarlo o solidarizarse con él? Nuestra opción no era difícil. Ni la primer ni la segunda actitud cuadraban con nuestra calidad de partido obrero y revolucionaria y, sin vacilar un momento, optamos por la tercera: prestar nuestra solidaridad activa al movimiento, aún sabiendo de antemano que no podía triunfar. Si el desencadenamiento hubiera dependido de nosotros, no habríamos dado la orden de la insurrección. El momento no era propicio para una acción decisiva. Pero los obreros revolucionarios, justamente indignados por la provocación de que habían sido víctimas, se habían lanzado al combate y nosotros no podíamos abandonarlos. Obrar de otro modo habría constituido una imperdonable traición. La lucha armada se desarrolló de tal forma, fueron tales el ímpetu de los obreros revolucionarios y la importancia de las posiciones estratégicas alcanzadas, que se hubiera podido conquistar el poder. Pero nuestro partido, fuerza minoritaria en el movimiento obrero, no podía tomar sobre sí la responsabilidad de lanzar esta consigna, con tanto mayor motivo cuanto que la actitud de los dirigentes de la CNT y de la FAI, que desde las emisoras barcelonesas invitaban de un modo apremiante a los obreros a abandonar la lucha, creaban la confusión y el desconcierto entre los combatientes. En estas circunstancias, invitar a los trabajadores a tomar el poder era lanzarlos fatalmente a un putch que hubiera sido de consecuencias fatales para el proletariado.»

César M. Lorenzo, en su obra Los anarquistas españoles y el poder (pág.215) puntualiza que «durante la noche del 3 de mayo, dirigentes del POUM (Andreu Nin, Julián Gorkin y Pedro Bonet) se entrevistaron con los responsables libertarios (Alfredo Martínez y Valerio Mas, entre otros) y les propusieron formar un organismo común para dirigir la lucha, aplastar a los estalinistas, presionar al gobierno y, en último extremo, tomar el poder; tropezaron con una negativa”. Juan Andrade, del CE del POUM, protagonista también de aquellos sucesos, años después, en Notas sobre la guerra civil, escribe:

«…Era tal el desconcierto, la confusión y también la irresponsabilidad anarquista, que recuerdo muy bien que cuando yo tenia oportunidad de salir a la calle (nuestro CE estuvo reunido en sesión permanente mientras duraron los sucesos), se acercaban a mi mí y me abordaban numerosos camaradas extranjeros, incluso los trotskistas (pues en Barcelona misma los hechos no se veían igual que en Paris o México), para decirme aproximadamente: «Pero esto no tiene pies ni cabeza. Hay que acabar con esta situación, buscar una salida»… Mantuvimos contactos con el CN de la CNT, establecimos relación con «Los amigos de Durruti», grupo del que hay que decir que no representaba nada efectivo, era un núcleo de peso mínimo que no pretendía hacer más que una oposición en el seno de la FAI…Hago esta aclaración porque después se ha pretendido presentar a «Los amigos de Durruti» como una organización poderosamente representativa, expresión de la conciencia revolucionaria de la CNT… Fui encargado por el CE, durante los sucesos de Mayo, de entablar relaciones con el Comité Regional de la FAI, que tenia su local en el Seminario de Barcelona…Mis primeras gestiones allí estuvieron orientadas a lograr la constitución de un Frente Revolucionario que dirigiera la lucha y que formulara y orientara la finalidad de la misma… Para ellos no era preciso establecer ningún frente unido y su fuerza bastaba, -aunque no se deducía realmente para qué, puesto que los propios combatientes suyos no recibían más órdenes que las de mantenerse en sus posiciones, pero sin consignas definidas… La última visita que hice fue para formular un proposición concreta nuestra, de índole militar… Casi toda la ciudad, a excepción de un centro en torno a la Generalidad, estaba en poder de las fuerzas combatientes de la CNT y el POUM. Se trataba pues de organizar un avance metódico, dirigido por especialistas militares, hacia el centro de la ciudad para tomar la Generalidad. La operación no habría sido costosa, dado sobre todo que los elementos que defendían ese casco de la ciudad no poseían muy elevada moral frente a la combatividad de los trabajadores revolucionarios… Juzgaron esto imposible sin ofrecer ninguna otra solución. Abandoné el local faísta convencido una vez más de que el confusionismo anarquista culmina siempre en las mayores catástrofes políticas… Cuando se simplifican o esquematizan situaciones políticas muy complejas, para idealizarlas y deducir conclusiones falsas favorables a una tesis, se defiende, se hace demagogia fácil, pero no se sirve a la verdad y se elude toda responsabilidad efectiva. Reducir el problema, la situación tan fluida de aquel momento en que la clase trabajadora de Barcelona se habla lanzado a combatir en la calle para ultimar la revolución, y decir que el POUM, como dijeron Trotski y los trotskistas, haciendo el juego a los dirigentes anarquistas, dio la orden de abandonar la lucha, arregla bien los argumentos de los que, por encima de todo, tratan de desacreditar a nuestro partido y de presentar cada una de sus actividades únicamente como una pura traición, pero no responde a la más mínima verdad.»

La represión contra el POUM

La calumnia, la injuria, la falsedad, la mentira, la difamación, la persecución, de sus militantes, la prisión, la tortura y el asesinato de sus militantes no ha sido un privilegio único del POUM. Para no remontarnos a un pasado lejano , sólo citaremos a Jaurés, Matteoti, Karl Liebknech, Rosa Luxemburgo, Salvador Seguí, victimas simbólicas de la lucha de clases que se desarrolla, en las épocas de crisis revolucionarias, a través de pugnas encarnizadas, de vida o muerte. La Liga Espartaquista alemana, con la cual el POUM tiene cierta afinidad de destino, sufrió la calumnia, la persecución y el asesinato de la contrarrevolución en la cual jugó un papel preponderante la socialdemocracia. El partido de Lenin también tuvo que pasar por esta prueba de fuego de la difamación y la calumnia. «Cuánta vileza hace falta -escribía Lenin en aquellos días- para confundir la lucha razonada e inteligente con la difusión de calumnias», palabras que parecen destinadas a los estalinistas. La revista francesa Mai 1936 publicó un texto de 1919 que se divulgó por toda la gran prensa contra los bolcheviques. Se leían cosas como éstas: «El Comité de Información Pública publica un determinado número de cartas que han sido cambiadas entre el gobierno imperial alemán y el gobierno ruso de los bolcheviques… Estos documentos establecen que los jefes actuales del gobierno bolchevique, Lenin y Trotski, y demás consortes, son agentes alemanes; que la revolución bolchevique ha sido preparada por el Estado Mayor Alemán y sostenida económicamente por la Banca del Imperio -Reichsbank- y por las entidades financiera alemanas… Existen alrededor de 70 documentos. Se posee el original de muchos de ellos, con notas marginales procedentes de funcionarios bolcheviques…». La calumnia política carece de imaginación, se repite, se copia e incluso es aburrida por su monótona letanía. Dos meses antes de los Hechos de Mayo José Díaz, en un pleno del Comité Central del PCE celebrado del 5 al 8 de marzo de 1937 expresó: «¿Quiénes son los enemigos del pueblo? Los enemigos del pueblo son los fascistas, los trotskistas y los incontrolados (nombrando indirectamente a los anarquistas)… Nuestro enemigo principal es el fascismo pero nuestro odio va también va dirigido, con la misma fuerza concentrada, contra los agentes del fascismo, que como los poumistas, trotskistas disfrazados, se esconden detrás de consignas pretendidamente revolucionarias para cumplir mejor su misión de agentes de nuestros enemigos emboscados en nuestra propia retaguardia… Deben ser eliminados de la vida política, no solamente en España, sino en todo el mundo civilizado». En enero de 1937, con motivo de uno de los procesos de Moscú, Frente Rojo,  órgano estalinista;  publicó: «La Batalla, órgano de la banda de contrarrevolucionarios y provocadores que dirigen el POUM, se ha presentado al fin a cuerpo descubierto. Le ha dado motivo para arrojar su disfraz el proceso que acaba de iniciarse en Moscú contra la segunda partida de terroristas, espías y asesinos trotskistas, cómplices de la Gestapo y dirigidos, como el POUM, por el propio Trotski «.

Tanto el POUM como los trotskistas hacían esfuerzo para diferenciarse políticamente entre si por cuestiones de táctica que consideraban de suma importancia pero los estalinistas insistían en meterlos en el mismo saco.

David Alfaro Siqueiros, el pintor muralista mexicano, que participó en la guerra civil, como teniente-coronel, según él, en un libro de memorias que tituló Me llamaban el Coronelazo, describe el motivo que le incitó a atentar contra Trostki en Coyoacán, que resultó fallido, el 24 de mayo de 1940. Según él se encontraba confuso y desorientado, no sabiendo qué contestar a las preguntas que le formulaban: «Por aquí un jefe de brigada, por allá un comisario, de división, de cuerpo de ejército, por otro lado un oficial, jefe de compañía e incluso soldados aislados: «Cómo se explica que el general Lázaro Cárdenas, ese amigo de la República Española, ese gran hombre de México, haya podido dar refugio a Trotski y esté favoreciendo las actividades de hecho contrarrevolucionarias contra la URSS, que es la única fuerza internacional que realmente puede salvar nuestra situación contra los reaccionarios del mundo entero?». «En estas condiciones se produjo la puñalada por la espalda más artera que por su magnitud se haya producido en país alguno contra un pueblo que ha tomado las armas para defender unas instituciones democráticas y empujar a su país hacia una etapa superior de progreso social. El POUM, el partido trotskista de España, que respondía a la dirección internacional de la IV Internacional, con cuartel general en México, precisamente’ en casa de Trotski, donde se celebraban congresos internacionales y todo, produjo una sublevación en la extrema retaguardia del Ejército Republicano, en Cataluña, y exactamente en Barcelona, es decir a pocos kms. de la frontera francesa… La sublevación trotskista produjo cerca de 5.000 muertos (los multiplicó por diez), solamente en Barcelona y distrajo más de 30.000 hombres del frente para reprimirla». Esta tendencia de exagerar es propia de los calumniadores para justificar las represalias. Y ahora viene la retorcida estupidez para justificar su intento de asesinato de Trotski. «En consecuencia, para nosotros ya no se trataba sólo de nuestra «vengativa» actitud de mexicanos excombatientes en las filas del ejército republicano español (el comando que asaltó a tiros la casa de Trotski estaba compuesto por excombatientes mexicanos en la guerra civil española) contra el trotskismo por el caso de la artera actitud del POUM en el caso de la sublevación de Barcelona, sino de la necesidad de impedir que el cuartel general de Trotski siguiera llevando a cabo su misión ofensiva, de supuesto origen marxista, esto es, proletario, contra la URSS…».

Se llenarían páginas y más paginas si transcribiéramos las calumnias, falsedades y tergiversaciones de los estalinistas y sus compañeros de ruta: Koltsov, Regler, Ehrenburg, Soria, etc. entre los extranjeros y la de los españoles, no sólo de los dirigentes del PCE sino de los escribidores a sueldo, suman por decenas. Sin embargo, no debemos pasar por alto a José Bergamín, al “fino y sensible” escritor como lo denominaban, de la generación de 1928, venerado por los círculos intelectuales literarios que escribió un ya famoso prólogo a un libelo vergonzoso confeccionado por la NKVD, firmado por un inexistente Max Rieger. He aquí un extracto: «La organización trotskista española del POUM se reveló por la traición de mayo de 1937 como una eficacísima instrumentación fascista dentro del territorio republicano… La guerra española dio al trotskismo internacional al servicio de Franco su verdadera figura visible de caballo de Troya». También se nos haría muy largo, aunque fuera sintetizando, reseñar el proceso contra el POUM que se quiso montar al estilo de los de Moscú, por dejación y cobardía del gobierno y demás organizaciones antifascistas. No es de extrañar que a pesar de que han pasado cincuenta años aun se intenta silenciar los crímenes del estalinismo en la España republicana por el complejo de culpa, de complicidad, o la no protesta de los mismos ante la cantinela chantajista de la ayuda soviética. ¡Si al menos hubiera servido para ganar la guerra! Afortunadamente no todo estaba podrido en Dinamarca y varios dirigentes socialistas y cenetistas, que ya no estaban en el gobierno, declararon en favor de los acusados salvando así las vidas de los miembros del Comité Ejecutivo del POUM de la burda acusación de espías y alta traición. Pero lo que salvó verdaderamente a los miembros del POUM del fusilamiento fue la actitud de un hombre enfermizo que resistió increíblemente el tormento refinado de la tortura física y psíquica hasta morir por negarse a «confesar» los crímenes que no había cometido. Tenia razón Antonov Ovseenko cuando dijo que “España no es Rusia,  Stalin estaba equivocado” Aquí no había, por otra parte, motivo para declararse traidor y contrarrevolucionario para «salvar, para que viva la revolución». Lo que salvó Andreu Nin, con su sacrificio fue la vida de sus compañeros como escribió Largo Caballlero en sus «Memorias», y, sobre todo, la honestidad de las ideas del POUM. Fernando Claudín, dirigente de las juventudes comunistas desde antes del 19 de Julio de 1936 y posteriormente del PCE hasta que fue expulsado en 1964 por su compadre Santiago Carrillo, publicó en «La crisis del movimiento comunista», editado en 1970, las siguientes líneas de autoinculpación: «Agregamos, por nuestra parte, que la represión contra el POUM, y en particular el odioso asesinato de Andrés Nin, es la página más negra en la historia del PCE, que se hizo cómplice del crimen cometido por los servicios secretos de Stalin. Los comunistas españoles estábamos, sin duda, alineados -como todos los comunistas del mundo en esa época y durante muchos años después- por las mentiras monstruosas fabricadas en Moscu. Pero eso no salva nuestra responsabilidad histórica. Han pasado catorce años desde el XX Congreso y el PCE no ha hecho aún su autocrítica, ni ha prestado su colaboración al esclarecimiento de los hechos. Suponiendo -cosa bastante probable a nuestro conocimiento- que los actuales dirigentes del PCE no puedan aportar gran cosa s lo que ya es sabido, si podrían exigir del PCUS que revelara los datos que sólo él posee. El caso de Nin pertenece a la historia de España, no sólo a la de la URSS». Actualmente Claudín es miembro del PSOE y Director de la Fundación Pablo Iglesias y fue de los primeros que destapó la olla de la entrada de España en la OTAN. En 1983 publicó una obra sobre Santiago Carrillo (“Crónica de un secretario general”) en la que dice textualmente «Carrillo afirma no haber sabido nada entonces (en 1937) del asesinato de Nin, creyendo -como todos los comunistas creímos- la rocambolesca historia de que había sido “liberado” por un comando de nazis alemanes disfrazados de voluntarios de las Brigadas Internacionales, con lo que quedaba «probada» su condición de «agentes fascista». Y Claudín se pregunta: «¿por qué la dirección del PCE, después de independizarse del PCUS y de tomar conciencia de los métodos que utilizaba contra sus adversarios políticos, no reclamó a Moscú el esclarecimiento de un episodio que ensombrece tan gravemente su propia historia? ¿Por qué no se ha hecho la debida autocrítica y establecido rigurosamente las responsabilidades en que incurrieron algunos de sus dirigentes?». Preguntas inocentes impropias de un militante de su experiencia que vivió los peores años del estalinismo desde dentro, ocupando cargos directivos. La conclusión que se desprende de sus manifestaciones, a tantos anos vista, es que continua “alineado”aunque no en la misma dirección. La cuestión es estar inscrito en una nómina.

Han pasado cincuenta años del 19 de julio de 1936, de la guerra civil española y la inquieta juventud revolucionaria de hoy se pregunta, con un interés creciente, cuál fue en realidad el papel protagónico que jugó el POUM en la que quizá fuera la última revolución social europea al “estilo clásico”. Sin jactancia, debemos resaltar que nuestra lucha, la del POUM, no tiene ningún parangón histórico. A su lucha contra la reacción fascista española e internacional se añadió la lucha sin cuartel contra la burocracia soviética. La «peculiaridad» de nuestra posición político independiente nos obligó a luchar simultáneamente en dos frentes a la vez, ninguno de los cuales era sólo teórico-político. El cerco que nos rodeaba era total. Sólo individualidades aisladas del exterior nos apoyaban como por ejemplo: Henriyk Sneevliet, Georges Vereecken, Víctor Serge,  personalidades de prestigio en el movimiento revolucionario europeo. La mayoría de dirigentes de los partidos del Frente Popular, incluidos los de la CNT, salvo excepciones, optaron por callar, en aras de la sacrosanta frase: «los rusos nos proporcionan las armas», olvidándose añadir «las indispensables para resistir pero no para ganar la guerra». El 3 de octubre de 1986, el general Goiko Nikolis, yugoslavo, que luchó en España y después con Tito, contra los nazis, manifestó a un periodista de «El Pais»: “Ya es hora de empezar a buscarles explicaciones más válidas a la derrota que sufrimos. La superioridad de Franco no basta. Hay que estudiar el cometido de Stalin en la derrota republicana. Creo que éste, como en el caso de Yugoslavia más tarde, deseaba una España a la medida de sus designios». Por decir esto en tono afirmativo, hace cincuenta años, nos tildaron con toda clase de epítetos denigrantes. Reflexionando sobre las actitudes pasivas de los camaradas de ruta de los estalinianos, uno se pregunta si, en el fondo, se escondía una complicidad benevolente, un dejar hacer provechoso. A fin de cuentas, con la sangrienta represión contra el POUM, los estalinistas les eliminaban un molesto adversario político, el cual, en aquellos momentos de auge revolucionario, constituía, potencialmente, un peligro evidente.

La crisis del movimiento comunista, de Fernando Claudín (Juan Andrade,1970)

Cuadernos de Ruedo ibérico nº 25, junio-julio 1970

Confieso que siento siempre una gran aprensión, en principio, cuando voy a abordar la lectura de un libro escrito por un antiguo dirigente comunista que ha roto las amarras con el partido, y que trata de justificar o explicar sus posiciones políticas presentes. Generalmente se descubre un renegado, en el peor sentido del término, que ha vendido su alma al diablo, y que trata de hacer méritos de arrepentido ejercitándose en un anticomunismo frenético, en el que no se ataca ya sólo a la burocracia estalinista sino también todo lo que sea anticapitalismo, es decir las ideas socialistas en general. Es la manera de intentar justificar el poder servir a otros. Son los que terminan como apóstatas integrales, y desgraciadamente he conocido algunos ejemplos.

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