Antología de textos de Manuel Sacristán en torno a Catalunya, España, el internacionalismo, los derechos nacionales y cuestiones afines. Salvador Lopez Arnal.

Le dije a López Rodó “Cataluña tiene el complejo de haber perdido la guerra civil”. Replicó él sin ninguna vacilación. “Pues yo soy catalán y tengo la impresión clarísima de haberla ganado.”
Salvador Pániker, Segunda Memoria

(Anti-España, 2). ¡Ay, Dios mío!. Tengo miedo de haberme vuelto tan histérico para ciertas cosas que ya es que no me van a aguantar ni las paredes. Me basta con que se me junte, por un lado, en el rabillo del ojo el tremolar de la más inocente rojigualda, limitándose acaso a celebrar la cobertura de aguas de una obra, por otro, ya de frente a la pupila, un cartel de toros de una corrida en Castellón de la Plana todavía chorreando pegajosos y hasta obscenos goterones de engrudo blanquisucio y, en fin, para rematar, en el oído cuatro o cinco compases de El gato montés o de Marcial, tú eres el más grande, allá en la lejanía para que, literalmente, me prendan fuego cuerpo y alma a la vez en medio de la calle y clame a toda voz, no sé si al cielo, a la tierra o al infierno, como si fuese mi último suspiro “¡¡¡Odio España !!!” (Os juro, amigos, que no puedo más).
Rafael Sánchez Ferlosio, Vendrán más años malos y nos harán más ciegos, pp. 42-43.

-¡Oh, en España! ¿Qué tal es España?
-Mira…se viaja mal. Las gentes son medio negras. Castilla es muy seca y dura. El Kremlin es más bello que ese castillo o convento allá abajo al pie de la montaña…
-¿El Escorial?
-Sí, el castillo de Felipe. Un castillo. Me ha gustado mucho más el baile popular de Cataluña, la sardana, acompañada de la tenora. Yo también bailé. Todos se dan la mano y se baila en círculo, en la plaza llena de gente. Es encantador, es humano. Me compré un pequeño bonete azul, como todos los hombres y muchachos del pueblo lo llevan; casi es un fez. Llevo la boina en mi cura de reposo y en otras ocasiones. El señor juzgará si me está bien.
Thomas Mann, La montaña mágica, p. 776.

(…) nuestro President [honorable Jordi Pujol] ha dicho que al inmarcesible Gaudí, que ya va camino de los cielos, le define haber sido “un gran catalanista y un cristiano muy profundo”. No voy a dudar ahora de que fuera ambas cosas, pero eso no lo define y citaré un ejemplo que rebate su tesis. Su hijo Josep, directivo de Europraxis, y su otro hijo, Oriol, secretario general del Departament d’Indústria, ambos implicados en el caso Lear como asesores e informadores, son sin duda grandes catalanistas y cristianos profundos y, sin embargo, no es eso lo fundamental para definirlos.
Gregorio Morán, “La autoridad no tiene principios”, La Vanguardia, 23.3.2002

Manuel Sacristán (1925-1985) no escribió específicamente ningún ensayo sobre España, Catalunya o sobre temas identitarios o de nacionalismo, pero sí se refirió a estos temas y a cuestiones afines en escritos y en muchas de sus intervenciones políticas, de las cuales, en algunos casos, no ha quedado lamentablemente ninguna grabación (Por ejemplo, de sus excelentes reflexiones, según testimonios entre otros de Xavier Folch o Pere Portabella, en las asambleas celebradas durante el encierro de Montserrat de diciembre de 1970). Además, Sacristán llegó a escribir una conferencia o un breve ensayo que dejó incompleto sobre estas cuestiones, sin olvidar, por otra parte, sus intervenciones en las reuniones de los comités ejecutivo y central del PSUC y del PCE que han podido recuperarse gracias al admirable trabajo de Miguel Manzanera.

La siguiente selección es, pues, una antología de sus comentarios y opiniones sobre la ideología nacionalista, sobre la cultura y la denominada cuestión nacional catalana, sobre España y sus atributos históricos y políticos, sobre las concepciones y la práctica política del PSUC-PCE en estos ámbitos, sobre el internacionalismo como valor político-ético y sobre el derecho a la autodeterminación de los pueblos, y sobre su forma de entender las relaciones entre las comunidades ibéricas que, desde luego, nunca concibió en clave nacionalista, ni de gran nación ni de nación oprimida.

Ni que decir tiene, aunque sin duda es muy necesario recordarlo en este caso, que los textos están fechados y presentan tonos y motivaciones diversas, y que el contexto político (lucha contra la dictadura franquista uniformadora de la “España una, grande y libre”, tiempo de la transición política, debates internos partidistas) son determinantes para entender sus acentos, sus puntos de vista, sus insistencias e incluso sus enfados.

Quizás no sea inútil recordar que Sacristán dirigió durante algunos años la revista teórica del PSUC Nous Horitzons [Nuevos Horizontes], que seguramente fue una de las primeras revistas editadas totalmente en catalán “en el interior” durante el franquismo, publicación en la que Joaquim Sempere, Francesc Vicens y Francesc Vallverdú tradujeron algunos de sus papeles más conocidas y leídos (algunos de los cuales, curiosamente, como en el caso de “Tres notas sobre la alianza impía”, no han sido editados en castellano hasta la fecha). Como es sabido, tampoco era imposible encontrar a Sacristán en las manifestaciones antifranquistas del 11 de septiembre, donde se reivindicaban libertades políticas, nacionales y autogobierno, al lado de compañeras o compañeros que se llamaban, o hacían llamar, María, Montse, Paco, Joan, Neus, Joaquín o Jordi, y se apellidaban Codolà, Tafalla, Fernández, Valls, Miras o Gil.

Por lo demás, y como datos biográficos básicos, Sacristán nació en Madrid en 1925. Pasó sus primeros doce años de vida en la ciudad resistente; durante la contienda, vivió con su familia unos dos años en Italia y Francia, y regresó a España, instalándose en Barcelona, en 1939. Salvo algunos (pocos) viajes, sus dos años de estudio en Alemania y su año académico en la UNAM en 1982-1983, Barcelona (o proximidades) fue su lugar en el mundo, aunque al final de sus días, por cuestiones familiares y acaso por alguna incomodidad con el nacionalismo catalán triunfante, Sacristán pensara en volver a su ciudad natal. Así, en este paso de una carta de 3 de febrero de 1985 dirigida a su cuñada Anna Adinolfi, parece hacer explícitas esas dudas en admirable tono de humor (la traducción es de Vera Sacristán).

“Querida Anna:
Hace tanto tiempo que no te escribo, que he pensando que te mereces no sólo una carta, sino una novela. Ahí va:
Capítulo I
Era un día claro y lleno de sol. El señor Manolo recibió una llamada telefónica de un amigo suyo de Madrid, Javier Muguerza, profesor de filosofía de la Universidad Nacional de Educación a Distancia, una especie de Open University para subdesarrollados de lengua española (Esta última precisión es quizá redundante y el conjunto de predicados es seguramente tautológico). Le dijo el señor Javier al señor Manolo: «Si nos prometes que te presentas, sacamos a concurso la cátedra de tu materia, en la UNED». Contestó el señor Manolo: “lo pensaré”.
En realidad, el señor Manolo estaba muy interesado en este ofrecimiento, porque en la UNED no se dan clases (sino sólo consultorio telefónico una vez a la semana, y exámenes): y es que el lector (o más bien la lectora) debe saber que el señor Manolo había empezado a dar clases en 1952, razón por la cual ya no tenía tantas ganas como antes de hacer el payaso en clase. Además, en Madrid hay una facultad de Sociología (que no existe en Barcelona), y esto haría quizás más fácil para Ángeles el encontrar un poco de trabajo interesante y pagado.
Por otra parte, ciertamente en Barcelona el señor Manolo tenía hija y amigos. También una revista, aunque la revista podría tener muy bien media redacción en Madrid, y aunque la distancia Barcelona-Madrid sea sólo de 660 km.
Por otra parte, el señor Manolo confesaba en voz baja (y cuando no había catalanes presentes) que le gustaba bastante la idea de volver al área de su lengua infantil. Recientemente, le había recorrido un escalofrío cuando, después de 50 años, había vuelto a oír cantar el estribillo de un juego de niñas que recordaba de sus compañeras de parvulario: El patio de mi casa / es particular: / cuando llueve se moja / como los demás.
Pero ocurre que lo oyó en México, a niñas mexicanas. En Barcelona no se oían nunca estas cosas.
Así que el señor Manolo fue a ver a su cardiólogo y le preguntó «¿Usted cree que puedo irme a Madrid?”. El cardiólogo, enérgico nacionalista catalán, contestó: «Si está usted suficientemente loco como para preferir esa inmundicia de Madrid, yo le daré una carta de presentación para el cardiólogo Fulano de aquella horrenda ciudad”. Después de lo cual, el señor Manolo se fue a su nefrólogo con la misma pregunta: «Lo siento”, dijo su nefrólogo, que era un viejo amigo, «pero claro que en Madrid hay tanta nefrología como aquí”.
Entonces el señor Manolo explicó a su hija y a sus amigos que se iba a ir a Madrid. Algunos votaron en contra, otros a favor. Pero, en conjunto, el asunto tenía buen aspecto…”.

Mis anotaciones vienen indicadas como “Notas SLA”.

1. Textos de juventud.

A. Confucio es un consecuente cosmopolita que no concede valor substancial a la pertenencia del hombre a grupos étnicos o nacionales:
“He sabido que el príncipe de Ts´u ha perdido su arco; sus seguidores le pidieron que enviara a por él. El príncipe respondió: – El rey de Ts´u ha perdido su arco; un hombre de Ts´u lo encontrará, ¿Por qué buscarlo?”
Confucio lo supo y añadió:
-”Vale más decir: un hombre ha perdido su arco y un hombre lo encontrará. ¿Por qué añadir Ts´u?”.

B. Las personas propensas a creer que la Hispanidad no pasa de ser un pretexto de la retórica gruesa deben considerar la riqueza literaria que nos llega de la América española. Entonces descubrirán -por ejemplo- que Hispanidad es, cuanto menos, eso que nos permite leer La Colmena.
Los Breviarios del FCE son tal vez los más sorprendentes de todos esos libros que nos remite la Hispanidad. Son, en principio, manualitos divulgadores. Pero con frecuencia sus satinadas páginas producen sorpresas de cierta magnitud. De mucha es la que proporciona el manual de Wahl.

C. Mientras se imprime Laye prepara el Orfeó Català la ejecución de la misa en si menor de J. S. Bach. Pese a no quedar incluido en la crónica presente ese importante acontecimiento, quiere el cronista con esta mención felicitar al Orfeó que celebra así su LX aniversario -y el L de su primera interpretación de la obra.
Como también quiere reprochar al mismo Orfeó -nada debe quedar en el tintero- que interfiera indelicadamente con sus ensayos el bien programado y honradísimo, ya que no brillante, concierto de la Masa Coral Tomás Luis de Victoria. No fueron bien acogidos, realmente: hasta el vestíbulo del Palacio estaba cerrado. Se reservaba, sin duda, para el selecto público del domingo por la tarde. ¡Y pensar que los simpáticos MURCIANOS aun tuvieron la galantería de ofrecer, fuera de programa, un par de canciones catalanas!

D. Hasta aquí hemos podido sonreír. Pero hay un aspecto de las actuaciones del Charlatán que acaba con toda disposición benévola: García-Sanchiz supedita a sus minúsculas pasiones y a sus consignas del momento el sentimiento nacional mismo, dicta sobre él decreto de monopolio y ahonda así hasta muy dentro del mapa humano español divisiones tan estúpidas como desgraciadamente operantes. Sus rabietas son siempre partos de los montes, y en eso estriba su peligrosidad: porque el ratón aparece -ridículamente, es claro- en alguna cueva básica de la historia española; para cerrar a Ortega la frontera, García-Sanchiz creyó necesario exhibir de nuevo (en él es cosa frecuente) la llaga nacional por excelencia, la guerra del 36-39. Y al negar a Picasso su ciudadanía española ha creído conveniente -por razones, sin duda, del más subido arcano- relacionar la pintura del malagueño con el Peñón de Gibraltar. Si bien nos imaginamos que, cuando la nostalgia popular por Gibraltar tomó espontáneamente un carácter auténticamente pasional (es decir, a la vuelta de la primera División Azul) el eximio conservador debió formar diligentemente entre las filas de los “sensatos”. Tal vez eso contribuya también a que los jóvenes que protagonizaron el único movimiento popular español por Gibraltar que se ha producido en todo el siglo XX sepan que tienen mucho más que ver con Ortega o con Picasso que con el Charlatán cuyas inquietudes nacionales funcionan bajo consigna de oportunismo.
Oportunismo que en otro sentido (en sentido serio) es todo menos oportuno. Si hay algo inoportuno en España es ahondar zanjas, profundizar divisiones. Los españoles que abisman zanjas divisorias abren fosas para una nueva guerra civil. Bastante diversos somos; demasiado para que nuestra unidad siempre frágil pueda resistir la inoportuna mina de tal o cual estúpido zapador.
Ése es, brevemente dicho, el punto charlatanesco que resulta peligroso. Es probable que, más que por malicia, el pobre hombre llegue a revestir ese aire amenazador para España sólo gracias a una gigantesca concreción de ceguera más o menos inocente. Pero si la ceguera puede ser a menudo inocente, no es nunca inocua. Tal vez los tontos no sean malos; mas, en todo caso, no hay tonto bueno.
Viendo al Eximio Charlatán convertido en peligro para la unidad española, suspiramos: ¡Ah! ¡Buena razón asistía a Heráclito cuando nos enseñó que no hay hilo perdido en la madeja del mundo!

E. Nueva revista. Cuando a juzgar por lo que con evidente impudor exhiben al paso del varón transeúnte ciertos escaparates, creíamos desaparecido el corsé que antaño moderaba climatéricas opulencias, he aquí que con el título de Ateneo nos llega el número inicial de una publicación. Tal vez parezca disparatada la asociación mental de revista a corsé, pero no lo será tanto si se tiene en cuenta que la frivolidad y la fuerza opresiva les son comunes.
Los creadores de la nueva revista vienen a decir, ya campanudos, ya amenazadores, pero siempre en términos confusos, que en el cuerpo pensante hispánico amagan formas capaces de alterar el canon esquelético de sus particulares referencias. Por ello y como remedio propio de mentalidades ajenas al más primario concepto de lo vital e invocando una unidad nacional que ha sido y será siempre tarea conjunta de todos los españoles -opus hispanorum- y no menester exclusivo de un grupo, presentan bajo el mote helénico de “Ateneo” un corsé destinado a contener por presión, que es tanto como decir aparentemente, lo que ellos juzgan herético y que no son sino tejidos vivos de un cuerpo que crece en su historia y que posee el vigor suficiente para que resulte superflua la dirección que pretende ejercer ese núcleo de “Ateneo” cuya sequedad espiritual yace en el primer número que publica.
Pero como los viejos corsés, no faltan a este cintas, lazos y faramallas: aquí, artistas de cine fotografiadas desde la vertical, faquires barbudos ingiriendo clavos y vidrios rociados de ácido nítrico, y otras cosas demostrativas de que las grandes preocupaciones pueden ir también al circo y al cine no apto para menores.
Señalemos el índice de monstruos y réprobos que parece iniciarse en el número aludido y que se encabeza -¿cómo no?- con Unamuno. Ha de advertirse, no obstante, que la exclusión de Unamuno aparece contrapesada por la inclusión de la señorita Silvana Pampini y sus tremendas protuberancias torácicas.

F. Todavía mejores observatorios que la corrida goyesca fueron los festivales regionales del Pueblo Español. Todos resultaron brillantes. Alguno incluso -la prensa lo subrayó- de calidad. Pero no es ocasión de analizarlos. Resultará mucho más interesante echar sobre ellos la sonambúlica mirada con que se suele sorprender a las esencias, grandes amigas de los despistados y de los miopes. Así, desde lejos, y luego de comprobar que -por más calidad que tuvieran- su público no estaba hecho de cultos diletantes, resulta que los festivales de Montjuic se confunden, en la cansada retina, con los demás datos que ella almacenaba sobre el sentimiento folklórico español.
Folklore es, francamente, incluso sin ponerla la correcta V, una palabrota bastante más rara que metacarpiano o indigencia. Pero, si usted amenaza a alguien con aplicarle violentamente los metacarpianos o si dice que la terraza de tal bar está llena de indigentes, la gente pensará que es usted un pedante; en cambio, si pide usted folklore todas las noches, quienes le oigan se limitarán a sonreír, convencidos de que es usted un borrachín simpático, todo naturalidad y campechanería. Pues bien, simbólicamente -sólo simbólicamente- la suerte de la palabra “folklore” encierra la historia, reciente del sentimiento patriótico español. Es muy desagradable dogmatizar en exabrupto. Pero como no es posible transformar una crónica en un ensayo, ni lícito dejar sin comentario esos festivales, necesario será escribir la siguiente tesis: «El mapa sociológico del sentimiento patriótico español se ha invertido hoy con respecto al siglo pasado.» EI pueblo vivía en el siglo XIX sobre claras bases patrióticas que, por el contrario, faltaban a las clases cultas. El pueblo no tuvo dificultad moral alguna para decidir su conducta ante !a invasión napoleónica, por ejemplo, mientras que los hombres «educados» sufrieron lo indecible, sometidos a desgarradoras antinomias. Pero pasan los años y los hombres cultos descubren una nueva fuente para sentir sentimientos semejantes al que en ellos había hecho crisis. La cosa se llamaba «sentimiento nacional» -no ya de Patria- y fue servido en grandes dosis por todo el país y principalmente, como era lógico, en la periferia. El pueblo tardó en hacer acopio del nuevo producto, pese a la eficacísima propaganda. Sí, al pueblo siempre le había gustado bailar. Pero ¿qué quería decir Volklore? Porque antes, bailaba uno una jota y se quedaba tan tranquilo. Pero ahora, según enseñaban los pequeños mancinis peninsulares, bailaba usted una sardana y se llenaba de Volkgeist que daba gusto, hasta rebosar el corazón, las entrañas y la vesícula biliar, que es lo que más se llena de Volkgeist cuando se sufre ominosamente bajo brutal opresión.
Se llena uno tanto de eso que, al final y si se tiene un paladar discreto, se sienten náuseas y se vomita. Hoy, lo más limpio de las clases cultivadas españolas empieza a vomitar Volkgeist. Y el pueblo -tengo conciencia de que la imagen no es muy bella- se lo está tragando.
He aquí pues, que la vanguardia culta española ha descubierto los límites de la cosa y puede volver a entenderse. Pero ahora, hijos de los pequeños mancinis, hay que pagar por los padres: ahora que vosotros sois capaces de elaborar un nuevo y depurado sentido de lo español, el pueblo -que, abandonado a sí mismo, ha cambiado el Volklore metafísico en el molesto y sucio “folore” sentimental- no entiende una palabra que no sea “folórica”. De un pueblo que hace cien años era patriota -con un patriotismo de mayor o menor calidad, eso no vamos a discutirlo- habéis hecho un pueblo nacionalista. Ahora que, salvo los fanáticos y paranoicos, os aburrís del nacionalismo, ¿qué vais a hacer con el pueblo español? Mucho me temo que haya que preguntarlo al revés: ¿qué va a hacer de vosotros el pueblo? ¿Qué va a hacer de España? Porque hay que tener en cuenta que sólo he hablado aquí del pueblo que, en líneas generales, sigue siendo nacionalista, del pueblo que está más o menos «vertebrado». Pero ¿y el contingente que, más inteligente, se burló pronto de las ñoñeces nacionalistas? El sector totalmente desvertebrado -claro: el enorme sector marxista- ¿cómo va a poder ser alcanzado por un nuevo sentimiento español?
O estamos ante el nacimiento del más depurado patriotismo hispánico que haya existido nunca o ante la definitiva muerte del sentimiento español.
(Valga en descargo del cronista el que no dicte «anathema” contra ninguna refutación posible de sus desnudas tesis. Y válgales a éstas su forzada desnudez cierta consideración.)

Notas

(1). A. “Confucio” (1954). En: Esteban Pinillas de las Heras, En manos de la libertad. Dimensiones políticas del grupo Laye en Barcelona y en España. Anthropos, Barcelona 1989, p. 207. 1. B. Manuel Sacristán, Papeles de filosofía. Icaria, Barcelona, 1984, pp. 483 y 486. 1. C. “Las vacaciones de Barcelona”, Laye núm. 15, p. 50. 1. D. ”Entre sol y sol, I”, Intervenciones políticas, Icaria, Barcelona, 1985, pp. 19-20. 1. E Nota de Laye nº 17, 1952, p. 70 (firmada como ‘L’). 1.F. ”Las vacaciones de Barcelona”, Laye núm 15, pp. 47-48.

Nota SLA:

También en Laye (nº 15, p. 49), Sacristán había escrito de forma contundente: “Pocas cosas son tan repugnantes como el nacionalismo artístico. No existe la música española, ni la música francesa, ni la alemana. Existe la música en España, en Francia, en Alemania”.

2. ¿Qué es España?

A. Estaba yo pensando profundamente en todo eso cuando me llegó un sobre voluminoso con el membrete de El País. ¡Cáspita! me dije, como si estuviera traduciendo el Cuore, esta carta debe ser muy importante, a juzgar por su remitente y por lo gorda que es. Abrí el sobre y vi que era una carta con título. Y qué titulo. A saber. “¿Qué es España?”.
Me precipité a consultar el Ferrater, para ver si don Miguel de Unamuno, o don José Ortega y Gasset, don Ramiro de Maeztu, o incluso don Ángel Ganivet (todos esos autores son inevitablemente “don”) estaba todavía vivo. Comprobé que no.
Por otra parte, la carta no da muchas pistas para responder a la pregunta; es verdad que dice que España no es una unidad de destino en lo universal, pero eso no me lo resuelve todo, porque también podría ser un dolor, o un enigma histórico, o un problema, o un sin-problema, o incluso un invertebrado.
Ni tampoco contribuye mucho a resolver la cuestión el encomiable ejemplo de las democracias occidentales ante las que se postra la carta al exhortarnos a adoptar “la perspectiva moderna con que, con la ayuda de la razón crítica, los países más civilizados afrontan sus problemas”. Es obvio que la Gran Bretaña es un país de los más civilizados, por lo menos desde que Astérix y sus amigos enseñaron a los anglos a tomar el té. Entonces, la razón crítica que según El País, nos permitirá descubrir qué es España ¿tendrá que ver con la muerte por inanición de algún preso del IRA? O tal vez con algún bombazo corso, ya que también Francia es un país muy civilizado.
Consulté el diccionario de María Moliner, cosa siempre recomendable. Y en la página 1199 de su primer volumen descubrí que la autora no se atreve a definir “España”. Pero, sin decirlo, explica, en realidad, por qué no define, enjaretándonos la retahíla de términos que transcribo sólo parcialmente: “alanos, arévacos, ártabros, astures, autrigones, bastetanos, benimerines, béticos, cántabros, caporos, cartagineses, celtas, celtíberos, cerretanos, cibarcos, contestanos, cosetanos, deitanos, edetanos, fenicios, godos, iberos, ilercavones, ilergetes, iliberritanos, ilicitanos, ilipulenses, iliturgitanos, indigetes, italicenses, lacetanos, layetanos, masienos, moriscos, mozárabes, numantinos, oretanos, pésicos, saldubenses, santones, suevos, tartesios, tugienses, turdetanos, túrdulos, vacceos, vándalos, vardulos, vascones”
Entonces me puse a pensar profundamente sobre todo eso.

B. (…) porque España no es propiedad de los reaccionarios, yo me siento y soy español aunque fuera de una España pequeña que limitara con los Picos de Europa, Andalucía, Galicia y el área catalana, porque España no es una ficción, es la nación de mis padres y abuelos, de Garcilaso, de Cervantes…

C. En la edición de Gerónimo se ha notado que el editor español, yo, soy un español que sigue siendo español y no tiene vergüenza de ser español, en un momento en que se puso ferozmente de moda no ser español, moda que sigue existiendo. A lo sumo, se admite que uno puede ser, tirando a mucho, castellano, pero español, ¡qué horror!. En cambio, allí se habla de Felipe II, de ministros de Felipe II, y de conquistadores, sin odio y como de antepasados de uno en vez de como unos cabrones que están en la acera de enfrente y con los que uno no quiere saber nada. Es decir, volviendo a repetir el esquema tradicional de buenos y malos, completamente adialéctico y farisaico que hemos heredado de la tradición católico-integrista, repitiéndola al revés.

D. En una carta, de 9 de setiembre de 1978, dirigida a Rafael García, director de la editorial Villalar de Madrid, Sacristán admitía:
Apreciado amigo:
le agradezco (avergonzado) las expresiones de aprecio con que me honra, pero no tengo más remedio que renunciar a la posibilidad que usted me ofrece de prologar el libro sobre la autogestión en Yugoslavia. Yo no tengo suficiente conocimiento de la realidad yugoslava. Lo que sí seré es atento lector del libro, y desde ahora me propongo publicar una reseña del mismo en Materiales.
Me Interesa mucho su programa de publicaciones, y hasta el nombre de su editorial (en esta época de nacionalismo frenético los castellanos de la diáspora estamos un poco incómodos). Le ruego que, si tiene tiempo para ello, me mande información de lo que editan. Cordialmente, Manuel Sacristán Luzón

Notas

(2). A. “Otra página del diario filosófico de Filóghelo”, mientras tanto, nº 18, 1984, pp. 151-152 . 2. B. “Manuel Sacristán o el potencial revolucionario de la ecología”, Tele/Expres, 2-6-1979 (ahora en: De la primera de Praga al marxismo ecologista. Entrevistas con Manuel Sacristán Luzón, Los Libros de la Catarata, Madrid, 2004, pp 115-125; ed. de Francisco Fernández Buey y Salvador López Arnal). 2. C. ‘ ‘Una conversación con Manuel Sacristán’, por J. Guiu y A. Munné’ (1979), Ibidem, pp. 102-103. 2.D. Reserva Universidad de Barcelona, fondo Sacristán (Carp. correspondencia).

3. Notas sobre España.

A. La tesis del atraso español.
Hay algunos defectos nada imposibles de corregir, aunque no lo son sólo del folleto [“Por Universidad democrática”, PSUC 1975]. Se trata de lugares comunes de mala teoría que hemos recibido del pasado. Por ejemplo, la vieja tesis sobre el “atraso” español:
“debido al desarrollo tardío e inconsecuente de la revolución burguesa en España y al compromiso de la burguesía capitalista con la aristocracia feudal, la oligarquía dominante española no ha tenido nunca, en los dos últimos siglos, concepciones modernas burguesas sobre la enseñanza” (pág. 6).
Eso no puede ser nunca la explicación del atraso de la educación en España. Podía perfectamente haber ocurrido aquí lo que el “atraso alemán” -ahora en serio- provocó, según Marx, en Alemania, a saber, que éste fuera el país de punta en la educación y en la ciencia.
Por lo demás, esto vale para todo el campo social: también la burguesía alemana se desarrolló tardía e inconsecuentemente, y también pactó con los terratenientes, y ahí está ella, más moderna que Dios, y creando la universidad moderna cuando ni siquiera tenía vigor el primer gran movimiento burgués, la constitución en nación. No hay por qué insistir en este punto: se trata de un tópico antidialéctico que hay que extirpar de una vez, en este tema de la enseñanza igual que en cualquier otro. Se explica que cayera en el error el joven Engels, al pensar que Alemania no tendría gran industria sino a través de la revolución democrática burguesa. Pero hoy se debería ya saber que las cosas pueden funcionar de otro modo, y no como en Francia (único país en que se basa el lugar común aquí criticado).

B. Lamentable historia (1962)
No te hará falta declaración explícita mía para creer que si, a pesar de lo agotado de estos últimos meses, hoy supero mi crónica pereza epistolar, es porque tengo que comunicar contigo algo que me parece importante.
Ese algo es esa lamentable historia Castro-Albornoz, y su importancia es naturalmente moral y personal, de unas cuantas personas: de Castro, Albornoz, tú y yo y algún otro amigo tuyo que, aunque perezoso en escribir, sea amigo desde antiguo con razones. Repito que la relevancia que doy al asunto es moral. Crítica, histórica y filosóficamente creo evidente que llevas toda la razón y que los dos viejos se han hartado de chochear como les corresponde. Pero la vertiente moral del asunto es más complicada. A uno -y ese uno puede ser tú- se le ocurre acaso que hay que respetar al desterrado por su condición de tal y por reconocer así la injusticia del destierro. También yo soy contrario a toda precipitada condena del emigrado político por su supuesto `desconocimiento del país real´. Pero me parece que en este caso hay tal desconocimiento, envenenado aun por el resentimiento, y no por sanos sentimientos de odio a tal o cual cosa odiada. Eso es en sustancia lo que quería decirte. Cuando me he dado cuenta de que para mí el asunto había tenido esa cara moral, he pensado que podía tenerla también para ti y he vencido la pereza. Una cosa más, no esencial, quiero añadir: me parece mal que hayas tenido tanta consideración con el Castro en tu último artículo. Las cosas estaban así: [él] (…) no había leído tú Séneca y los estoicos. Pues basta. Hasta la deshonestidad no. Por desterrado, etcétera, le podemos perdonar los demás vicios intelectuales de su vocación tardía. Pero lo otro, creo que no.

C. Anotaciones sobre: Manuel Diez Alegría, Ejército y sociedad, Madrid, Alianza editorial 1972 (sin fecha)
“1. Defensa y sociedad (5.III.1968). Un enfoque actual del problema externo de los ejércitos. “(…) un profundo antimilitarismo que contrapone las sociedades industrial y militar como dos distintos tipos“ (p. 9).
No ha oído hablar del “complejo militar industrial”, a pesar de que a lo mejor conoció a Eisenhower en USA.
2. “Distinción con la policía, porque el fin potencial y propio del ejército es emplear las armas contra fuerzas comparables y de origen perceptiblemente exógeno (pp. 14-15).
El armamento de la policía puede ser mucho más débil que el del ejército, porque el adversario es normal y sensiblemente inerme. Ello coloca a la policía más en la marco de la Administración (p. 15).
3. Explica el fracaso del desarme general controlado por la falta de “desarme moral” de los grandes potencias, que ambicionan la hegemonía y por los poderosos intereses vinculados a la industria del armamento, que se oponen a la distensión y a una paz con garantías (p. 36).
4. “El ejército debe mantener el orden en países en que los provincialismos y la oposición pueden adquirir carácter agudo que arrastre a las fuerzas de la policía (p. 47).
Aunque incoherente con otras tendencias del texto, esto es inequívoco y concluyente.
5. “Pero sin descuidar esta misión primordial, y en muchos casos como continuación de la misma, le corresponderá también un deber histórico de guardián de las tradiciones, y valores nacionales, que deben permanecer en el momento de crisis que nos es dado vivir” (p. 49).
O sea, tras la intervención en la lucha de clases, determinación del contenido de clase (valores) del poder triunfante.
6. “Pero esta apoliticidad del elemento armado, dogma indiscutible para la ideología militar, no puede considerarse como absoluta en todas las circunstancias. Precisamente en nuestros tiempos y como consecuencia de los procesos de Nuremberg, ese principio, aunque farisaicamente se pretenda ignorarlo, ha entrado en cierto modo en revisión” (p. 52).
Así que en la guerra civil española, en la revolución francesa, o en la revolución rusa, el ejército fue apolítico…
7. pp.52-53 [Desde “Es decir, y ello no es nuevo, que pueden existir casos, enormemente restringidos…” hasta “(…) pueden venir a ejercer en la gobernación del Estado”]. El “por una parte/por otra” de la filosofía militar. Pero uno de los tipos de intervencionismo, subespecie del tipo que compara con los grupos de presión, es sumamente ambiguo para el régimen: “Se fijarían implícitamente una serie de principios que se consideran intangibles y las fuerzas armadas intervendrían, en forma más o menos discreta, cuando creyeran que la acción del gobierno alcanzara a alguno de ellos” (p. 54). Pero no habla del pueblo. Este es subversivo. Si es él el que lesiona los principios -las esencias, ¿qué otra cosa son?- garantazo “singularísimo”, ¿no?.
8. Apoyándose en el sentir general, cabe que el Ejército derribe violentamente a un régimen que estime indigno (p. 54) hipótesis que no es lamentable (p. 55).
9. “El ejército se verá llamado a colaborar con ellas en los casos de graves perturbaciones de orden público que caben dentro de la denominación general de lucha subversiva” (p. 65).
Ellas son las fuerzas armadas de la policía.
10. “El problema de la seguridad europea a los 25 años de la II Guerra Mundial” (22. VI.1971). Es de política internacional, y se le ve ideológica y políticamente muy distinto que cuando habla de España (Ésta es una conferencia en Wilton Park). Cinismo más… progresista.
11. “Introducción para un estudio de la guerra de guerrillas” (Escuela Superior del Ejército, 9.I.1966). La guerrilla son los comunistas (105, passim).

D. Proyecto de bandera española.
A muchos las banderas no nos habían dicho gran cosa hasta ahora. Lo que menos podíamos suponer era que eso de las banderas fuera un asunto estimulador de la imaginación. Hoy se tiene que reconocer que lo es. En materia de banderas están pasando cosas muy originales. Eso anima la productividad de todo el mundo, y así nosotros mismos, que hasta hace poco nos contábamos entre los insensibles, hemos dibujado el siguiente modelo que proponemos como modesta contribución al certamen:

[SLA: La propuesta era una bandera republicana con una franja roja ampliamente destacada].

Notas

(3). A. “Observaciones para un posible reedición del folleto: ‘Por una Universidad democrática” (1975), Homenaje a Manuel Sacristán. Escritos sindicales y de política educativa, EUB., Barcelona, 1997, p. 172. 3. B. Carta (8/IV/1962) de Sacristán a Juan-Carlos García Borrón. mientras tanto 30-31, 1987, pp. 52-53. 3. C. Reserva UB, fondo Sacristán. 3. D. Materiales nº 3, 1977 (contraportada).

4. Un informe editorial.

En agosto de 1973, Sacristán escribió para la editorial Grijalbo un informe sobre Give me battle, de Julio Álvarez del Vayo (1891-1975), uno de los legendarios líderes republicanos con activísimo papel en la lucha antifranquista. Acaso fuera este comentario uno de los motivos de la publicación del libro de Álvarez del Vayo en 1975, al poco de la muerte del dictador, con el título En la lucha. Memorias

Álvarez del Vayo, Julio. Give me battle, texto mecanografiado y manuscrito.

Estas fragmentarias memorias de Álvarez del Vayo son, como podía suponerse ya antes de la lectura, un texto del mayor interés. Como podía suponerse ya antes de la lectura y, sin embargo, con sorpresa el leer. Pues podía adelantarse el interés de la experiencia vivida desde observatorios históricos tan panorámicos como los ocupados por el autor en épocas decisivas; pero no la espléndida y simpática vitalidad con que Álvarez del Vayo reproduce el sentido aún duradero de lo que vivió e introduce en la narración histórica una constante remisión al presente. Es inútil -me parece- detallar cualidades de un texto que habría que editar lo antes posible. Por eso paso a exponer el problema principal que plantea su edición (el otro, el de censura, no me parece resoluble, de modo que no aludiré a él).
Julio Álvarez del Vayo ha perdido el uso del castellano escrito. Es ese un efecto natural -en un hombre que no es fundamentalmente escritor- del uso cotidiano del inglés en su vida pública y en su vida privada (Álvarez del Vayo está o estaba casado con una suiza, y hablaba con ella inglés y alemán). Su texto es, lingüísticamente, una extraña jerga inglesa con palabras -no siempre- castellanas. Hay que realizar un trabajo de redacción integral, frase por frase. El trabajo es, además de pesado, un poco -no mucho- delicado: por ejemplo, hay que estar sobreaviso respecto de los siglas y los nombres de instituciones internacionales, que el autor menciona en su tenor inglés; lo mismo ocurre -con más gravedad- a propósito de instituciones españolas, ya de antes del actual régimen, ya de éste. El trabajo de redacción ha de ser, en suma, cuidadoso. El texto no se puede publicar tal como está
Por otra parte, el redactor deberá introducir -en la medido de lo posible- en el texto principal las aclaraciones del autor a un editor probablemente inglés; son textos manuscritos que tienen en varios casos muchísimo interés y amplían el texto principal.
Quizá valdría la pena pensar en dos ediciones de este texto: una primera en formato respetable, pasta dura y con ilustraciones; tres meses después, el paperback. No menos conveniente sería ponerse en relación con Álvarez del Vayo para intentar adquirir todos sus escritos cuyas derechos en castellano estén disponibles.

Notas

(4). Reserva de la Universidad de Barcelona, fondo Sacristán.

5. El sentido politico de la palabra “justicia”.

Frederick W. Turner, cuya edición de la historia de Gerónimo he seguido en esta traducción, empieza su ensayo sobre el jefe apache con las palabras siguientes: “Para los apologistas de los indios, los aficionados a las cosas indias en general y los anticuarios de tendencia sentimental, el estudio de los chiricahuas y de su historia y la carrera de Gerónimo representan una verdadera piedra de toque. Muchas de esas personas preferirían concentrarse en torno a la historia y las costumbres de otras tribus, como los cheyennes, los navajos o los sioux, ninguna de las cuales fue jamás tan agresiva como la de los chiricahuas. Pero precisamente por eso es tan interesante esta tribu”. El mismo motivo de interés hemos tenido en la redacción de la colección Hipótesis para escoger la narración autobiográfica de Gerónimo como primer ofrecimiento en memoria de Las Casas en el quinto centenario de su nacimiento.
Salvo que uno esté muy bien predispuesto, es difícil idealizar a los apaches al modo como lo pudieron ser los sénecas, o los mohicanos, o los hurones. Las costumbres de los apaches, y especialmente las de los chiricahuas, no podían ser muy suaves; eran las costumbres de un pueblo de cazadores-recolectores que, por su situación geográfica, se vio obligado a considerar la acción guerrera en busca de botín tan importante para su supervivencia como la caza misma. En contacto y roce con varias otras naciones, todas más numerosas que la apache, en una tierra predominantemente árida, estos hombres que aceptaron para sí mismos el nombre de “apaches” (la palabra quiere decir “enemigos”) desarrollaron una de la culturas más agresivas que se conocen. Entre las causas comúnmente aceptadas de que el norte de la república mexicana no tenga casi población india primitiva destacan las mortíferas expediciones de los apaches, matando personas y llevándose ganado o alimentos, desde los tiempos del imperio azteca hasta finales del siglo XVIII y, ya más huyendo que atacando, buena parte del siglo XIX. Las mismas tradiciones del nómada -que, por ejemplo, no puede entorpecer su marcha con débiles, enfermos y ancianos por lo que suele desarrollar al respecto un juego de valores más bien sobrecogedor- no son como para hacer grata la estampa de estos cuatreros soberbios, cargados, además, hasta hace poco con los papeles más siniestros en las películas del Oeste de antes del mal de fin de siècle. Si a eso se añade la hosca moral del éxito guerrero que desarrollaron los chiricahuas, se hace difícil excitar en su favor movimientos de ánimo acríticos.
Pero es que no se trata de eso. Los apaches, al no facilitarnos las cosas, al impedirnos descansar en una mala conciencia nostálgica, nos dejan solos y fríos, a los europeos, ante la pregunta de Las Casas, la pregunta por la justicia, la cual no cambia porque el indio sea el trágico Cuauhtémoc en su melancólica elegancia o un apache de manos sucias y rebosando licor tisuin por las orejas. Por otra parte, además de ser de Las Casas, este planteamiento tiene la virtud de contraponerse al amoralismo cientificista, forma hoy frecuente del progresismo. Los apaches, tan cerrados ellos, obligan al progresista a reconocerse genocida, o a reconocer que a lo mejor tiene sentido político la palabra “justicia”.

Notas

(5). Presentación de su traducción de Gerónimo. Historia de una vida, Grijalbo, Barcelona, 1975.

6. Sobre traducciones catalanas

En 1962, prologando dos ensayos del filósofo, Enric Jardí aludía, satisfecho -”por fortuna”, decía, “existen precedentes”- a la vinculación del filósofo a la cultura catalana. Russell, en efecto, había estado en Barcelona. Pero no creo que la vinculación de un filósofo a una cultura quede establecida suficientemente ni fecundamente por una agencia de viajes: la mediación adecuada es, sin duda, la de los editores. Si comparamos, pues, el incipiente Russell catalán con los títulos russellianos ya en castellano -más de veinticinco- será probablemente justo describir la situación diciendo: “por desgracia, casi no existen precedentes”.
No es probable que hayan sido determinantes de eso causas externas al negocio editorial mismo. Pues no vemos por qué Russell habría debido tener peor fortuna -ante esas instancias decisorias que no son el editor mismo- que la literatura (para-) filosófica emocional, testimonial, existencialista o entusiástica que ya encontramos en catalán. Es evidente, por lo menos, que cualquier interpretación de ese contraste tiene que ser muy modestamente hipotética, pues todavía es muy breve el tiempo que ha tenido la renaciente edición catalana para equilibrar su producción fuera de los terrenos favorecidos de la lírica y la literatura edificante (En un sentido preciso, se puede incluso afirmar -y así lo repito a mis amigos catalanes- que la edición catalana no habrá renacido verdaderamente hasta que cuente con unos cuantos textos básicos de matemáticas, física, etc). Sin ánimo, pues, de rebasar la simple composición de hipótesis, preguntémonos si la tardanza con que llega Russell a la edición catalana indica que el éxito de los numerosos exorcismos de que ha sido objeto el filósofo -desde las distinciones concedidas por la Majestad británica hasta el Premio Nobel- es, a pesar de todo, escaso.

Notas

(6). “Prólogo a la edición catalana de An outilne of Philosophy de Bertrand Russell” (1965), Papeles de filosofía, Icaria, Barcelona, 1984, pp. 318-319.

Nota SLA:

Algunos años más tarde, al prologar la edición catalana de El Capital en 1983, Sacristán señalaba también:
“La aparición de esta traducción catalana de El Capital puede parecer intempestiva. En efecto, este libro se edita poco más o menos un siglo después que empezase a estar presente en la vida social y cultural de Catalunya; y, además, en un momento que no se puede considerar de excesivo predicamento de la obra del autor, sobre todo si se compara con lo que pasaba hace quince o veinte años. Es obvio que la primera circunstancia está muy ligada a los obstáculos con que ha chocado la cultura superior catalana durante estos cien años, desde los de más lejana raíz histórica hasta los particularmente difíciles que provocó el franquismo. Desde el punto de vista de esta consideración, la publicación de El Capital en catalán, como la de cualquier otro libro clásico, es una buena noticia para todos los que se alegren porque los pueblos y sus lenguas vivan y florezcan”.
En cuanto a la noción de cultura, Sacristán señalaba en un breve artículo “La cultura popular”- publicado en Jove Guàrdia, año V, núm3, mayo 1975, p. 8:
“Una cultura es el conjunto de normas y valores de una manera de vivir, o sea, un conjunto de reglas de la conducta económica (de los modos de trabajar, consumir y poseer), social (comportamiento familiar, de grupo, estatal, cuando hay estado), en las ideas, en el conocimiento, en el arte, en el tiempo ocioso, etc., y un conjunto de valores correspondiente. Así que una tribu de cazadores del Amazonas, por ejemplo, sin lengua escrita, sin objetos de metal, etc., pero con sus costumbres observadas por todos los miembros, no sólo no es un grupo de incultos, sino que es un grupo de seres humanos con una cultura probablemente mucho más sólida, más organizada e integrada que la nuestra en una gran ciudad industrial capitalista.
Cuando a la palabra “cultura”, en vez de usarla en ese sentido básico y principal (que es el sentido que le dan los científicos que estudian el tema, los antropólogos y los etnólogos), se le tienen que añadir adjetivos y hay que hablar de “cultura popular” y “cultura superior”, por ejemplo, entonces es que la sociedad de que se trate está dividida en clases sociales. Por eso está justificado y no es ningún vicio de sectarismo afirmar que hoy, en nuestra sociedad, existe una cultura burguesa, la del bloque de clases dominantes, con matices varios que son lo que se llaman subculturas, culturas parciales: por ejemplo, la subcultura de la pequeña burguesía comercial… Entonces, ¿qué es cultura popular? Probablemente no es nada, del mismo modo que nunca se sabe muy bien qué quiere decir “el pueblo”, aparte de ser una palabra muy cómoda para los reformistas y los nacionalistas. A lo sumo, “cultura popular” puede querer decir una combinación de elementos de subculturas proletarias, campesinas, pequeño-burguesas urbanas y marginales (o sea, minoritarias) de la ciudad y del campo.”
Desconozco por lo demás si alguna vez Sacristán se consideró “un catalán de adopción”, pero de lo que no parece que puedan existir dudas razonables es que fue un ciudadano “muy barcelonés”, aunque no sólo, o, si se prefiere, un ciudadano ampliamente informado sobre Barcelona y su entorno. En un carta enviada a su hija Vera desde México, fechada el 14 de julio de 1983 (“194 aniversario de la toma de la Bastilla, que total, ¿para qué?”), comentaba con detallismo costumbrista y sociológico la estructura de un microbarrio del Eixample barcelonés en los siguientes términos:
“Me parece muy bien que hayáis encontrado piso, y que lo pintéis, y que esté en un sitio tan agradablemente barcelonés como esa manzana, en la que estuvo la escuela de Comercio, y en la que una vez estuve a punto de matar a un señor (a un cerdo, para ser más exacto) o de que me matara él a mí, y que es la manzana de al lado de la de la Pensión Cisneros, donde yo he vivido dos veces cuando, antes de llegar a no tener nada, me encontraba en la más absoluta miseria. Muy divertido todo.
Por lo que dices, las aberturas están orientadas a Poniente, es decir, a Enrique Granados, o hacia la Plaza Letamendi. En la Plaza Letamendi hay un estanquito donde una vez me metí para despistar a gentuza y, para no despertar sospechas del estanquero, salí, casi media hora después sin una peseta, pero con mucho tabaco y con una pitillera de piel de testículo de toro que le regalé a Anna, la cual quizá se acuerde todavía. Pero la plaza, que era muy agradable en los años 40, quedó hecha una birria al cubrirse la zanja del tren de la calle Aragón y al instalarse un garaje monstruoso de SEAT en el chaflán NO. En el chaflán SE hay, o había, una ferretería, de la que proceden nuestros cubiertos de acero inoxidable. Giulia, que era tan europea, sólo quería acero inoxidable cuando en España no se fabricaba apenas. Y una tarde, esperando por allí una rebuznión, ví descargar una caja que llevaba una gran etiqueta: ”Cubertería de acero inoxidable”. De modo que al día siguiente fuimos a comprar los cubiertos. Item más: en la acera de Enrique Granados entre Cjo. de Ciento y Aragón hay o había una parroquia en una especie de garaje, regentada durante años por uno de los curas más fascistas de Barcelona. En el chaflán SO de Balmes y Aragón hay una pastelera, más patriota catalanista que buena. Y un poquito más lejos, en el tramo de Consejo de Ciento, entre Enrique Granados y Aribau, hay tiendas y talleres muy atractivos: carpinterías, papelerías, una granja a la antigua con cosas muy buenas. Un poco más lejos, en el tramo de Aribau, acera de los pares, entre Consejo de Ciento y Aragón, hay un restaurante muy camp que, salvo que esté en temporada de moscas, resulta muy agradable. Además, en el cine que está en Aragón, acera montaña, entre Aribau y Muntaner, se consumen tantas pipas como el La Bordeta o en el Besós. En suma, es un microbarrio muy divertido”.

7. Joan Brossa (1919-1998)

I. Hermetismo.
El hermetismo de Brossa no se debe nunca a metáforas raras ni a violencias verbales. La dificultad de lectura, cuando se llega del buen sentido coloquial-funcional, dificultad que es seguramente lo exorcizado como hermetismo, se debe más bien a la imposibilidad de urdir una coherencia confortadora entre lo muy común que muy naturalmente dicen unas palabras del poeta y lo muy común, que muy naturalmente dicen otras luego de punto, punto y coma, coma o conjunción. Pero la evocación de un surrealismo, a lo Dalí, hecho de fragmentos naturalistas, que esa estructura puede sugerir es engañosa: si se hiciera una transposición al campo visual, la imagen del poema de Brossa sería cotidiana, común.

II. Perfección formal

A. El llanto de Chaplin (1969)
La imperiosidad de la palabra explica la paradoja de la perfección formal de la poesía de Brossa, milagrosa y casi gratuita algunas veces, sobre todo en la inverosímil perfección de tantos sonetos suyos. Ya el mero ejercicio de metro, ritmo y acento de algunos de esos sonetos pueden poner en vilo, y uno se siente a veces ante ellos como Chaplin, según él cuenta, ante la Pavlova: con ganas de llorar por la impresión que produce “la tragedia de la perfección”.
Pero desde muy pronto es también la perfección en la poesía de Brossa un cauce terrible del sarcasmo y de la sardónica destrucción de “valores”, poéticos o no. Bastantes Sonets de Caruixa (1949) [Sonetos de Caruixa] eran ya espeluznantes como perfectos. Tampoco este elemento se ha perdido en el crecer del poeta.

B. La miseria alemana (1970)
Yo relacionaría la perfección formal de la poesía de Brossa con este segundo talante, sin olvidar que Brossa utiliza en ocasiones la perfección formal de manera sarcástica. Ahora bien: si se prescinde de este último uso, la perfección de la poesía de Brossa, si entiendo bien su función, es uno de esos fenómenos culturales cuyo prototipo analizó Marx bajo el rótulo de “la miseria alemana” (no ignoro que al análisis de Marx pueden añadirse otros de orden psicológico): fenómenos en los cuales una excelencia cultural -la filosofía clásica alemana, los sonetos de Brossa- se explica por una deficiencia básica -el atraso alemán, la postguerra española. Ante fenómenos así son frecuentes dos reacciones que hay que evitar: la que podríamos llamar esclavista -que haya arte y sufra el pueblo-, y la que podríamos llamar populista: que el pueblo no sufra y no haya arte (…). Pero si se busca la abolición de tal o cual objetivación sin conseguir a la vez (en sentido físico de “tiempo”) y previamente (en sentido lógico) la abolición y superación de sus fundamentos básicos no se logra sino retrasar esta última, al replantear tareas culturales o, en general, sobreestructurales claramente irresolubles por la misma base inalterada. Por ello la reacción populista es también reaccionaria, como todo lo que consiste en “abolir por arriba”, que, en el fondo, comparte con la actitud francamente reaccionaria, o “esclavista”, aunque inconscientemente, la convicción de que no se puede abolir/superar la contradicción en un estadio social distinto. Por eso lo revolucionario es siempre el todo a la vez, no, por supuesto, tácticamente, pero sí en la fijación de los objetivos.

III. Esencialidad (1969)
También desde muy pronto se suman en la poesía de Brossa esos dos vetas de esencialidad: la conmovida (pero también alegre) poesía sobre la poesía (o sobre el poetizar ) y la sencillez. Documento típico de esta buenísima combinación podrían ser los Romancets del Dragolí (1948) [Romancillos del dragoncito]; la graciosa exacerbación del verso duro del auca y una como petrificación del léxico por la distanciación que implica el juego con él permiten una visión de la realidad terrible que el poeta barrunta en el romance popular. Simplicidad y poesía sobre el poetizar se vehiculan aquí recíprocamente. La cosa no es nada común, y se puede registrar como una característica bastante peculiar de la poesía de Brossa.
De todos modos, la esencialidad de ese discurso no es siempre de complejidad visible y analizable tan a primera vista. Aquí habrá que hacer una concesión al reproche de hermetismo. Porque la mayoría de los lectores tienen derecho a no aceptar la afirmación de El cigne i l´oca (1964) [El cisne y la oca]
EM RENTO LA CARA I EM QUEDA REPRESENTADA A LA TOVALLOLA
[Me lavo la cara y me queda representada en la toalla].

pero los lectores que conocieran a cierto armero paranoico que a finales de los años 40 contaba en Sant Boi cómo determinaron su destino las formas humanas que él vio impresas en su toalla, esos lectores querrán enhebrar aquí de nuevo un discurso que ya les pareció de interés cuando lo inició aquel viejo maestro armero en el Auschwitz samboyano.

IV. El peso de la catástrofe (1969)
Brossa ha sido uno de tantos jovencísimos soldados del Ejército Popular cuyo servicio militar de vencidos se prolongó en el tedio de los años más negros. El peso de la catástrofe gravita también culturalmente y arranca al poeta las pocas intemperancias contra las concepciones y las expectativas de la generación anterior:
El pas del mar rebat aquest farcell
De peix podrit. Tens cara d´ou, herència! (1)
Pero no ahoga el pensamiento ni aplasta la voluntad. En la reiteración de la derrota se va incluso aclarando para el poeta la sustancia de lo enemigo:
No resta en peu sinó amistat deserta;
fent versos em revenjo del meu fat,
i al fort de la demanda i de l´oferta
paro tenda, llibert, fora poblat (2)
El pensamiento en derrotada libertad cuaja bien cuando la voluntad se siente feliz en la utopía, en Jauja:
Escopir a les monedes,
Aquesta sola llei hi ha (3)

(1) “El paso del mar devuelve este fardel / De pescado podrido. ¡Tienes cara de huevo, herencia!”. (2) “No queda en pie sino amistad desierta; / haciendo versos me vengo de mi hado, / y en lo más fuerte de la demanda y de la oferta / levanto tienda, liberto, fuera de poblado.” (3) “Escupir a las monedas / Esta sola ley hay”

V. Dos breves notas (1970)

A. Brossa y Foix
Soy demasiado poco competente para atreverme a situar la poesía de Brossa en el marco de la poesía catalana. Sé, como todo el mundo, que para la lengua poética de Brossa han tenido importancia la lectura de ciertos poetas y el trato inicial con Foix…

B. Incorruptibilidad
Yo diría que la constante principal del trabajo de Brossa es la incorruptibilidad. Una incorruptibilidad popular, sin gestos grandilocuentes. La constante principal de la poesía de Brossa es la destrucción de falsedades. Pero es también característico de su poesía que la destrucción permita brotes de utopía, de felicidad.

Notas

(7). I. “La práctica de poesía”, Lecturas, Icaria, Barcelona, 1985, pp. 222-223. 7. II. A. Ibidem, p. 225. 7.II.B. “Entrevista sobre el poeta Joan Brossa”, Ibidem, pp. 249-250. 7.III “La práctica de la poesía”, Ibid., pp. 227-228. 7. IV. Ibidem, pp. 238-239. 7.V. A.“Entrevista sobre el poeta Joan Brossa”, Ibidem, p. 243. 7.V. B. Ibidem, p. 244.

Nota SLA:

Esta breve observación de Sacristán, de uno de los cuadernos de resúmenes depositados en Reserva de la UB, sobre los Cuadernos de la cárcel de Gramsci:
“Para Brossa, LUN, Q II, p.79 [Desde “Porque ninguna obra de arte…” hasta “(…) de una vieja o diversa cultura”].
¿ Y cuándo no hay mundo poético? La obra se liga a la vertiente cultural (lenguaje) de un mundo sin poesía.
Por otra parte, contenido no es el “tema”

Igualmente, de Reserva de la UB, estas anotaciones no fechadas sobre el teatro de Brossa probablemente escritas durante la elaboración de su prólogo para Poesia rasa:
A. El comte Arnau [Fecha final, 11.XI.1955]
1. Una especie de auto sacramental social y clasista, en el cual (acto II) se desarrolla bastante el tema de al alienación del intelectual.
2. Pero los actos siguientes, sobre todo el 3º, no son nada auto sacramental, y tienen como tema real la mujer.
B. El cavall blanc (6-VI-1957)
1. Difícil el tercer cuadro. El segundo es el prestidigitador. El tercero, los aristócratas. Puede ser una especie de cosmología social de Brossa (Prestidigitador = artista, intelectual).
C. Tríptic. Agosto 1957.
1. La acción, el 1957.
2. La técnica general es realmente el habla estereotipada, ya por lugares comunes, ya por refranes.
3. Los personajes no son coherentes siempre.
4. “L´ovella d´or [La oveja de oro]”: un acto de denuncia político-social que enlaza con el anterior (la muerte del campesino novio) por una noticia del periódico.
5. “A ca l´antiquari [En el anticuario]”: verosímilmente, el primer acto es anterior a la guerra civil, un idilio que acaba en muerte. El segundo es la victoria, el 3º la explotación de la victoria.
Pero entonces los personajes que hablan con frases hechas no están en modo alguno condenados -aunque tampoco salvados: no son el bien populista.
D. També. III-1959.
1. Un primer acto de guerreros arcaicos. Por dos seres del último cuadro, se entiende que es un museo.
2. Un segundo acto de modernidad y lugares comunes. Evidente reducción de lo primero (pesadísimo) a lo segundo.
E. La llenya viva [La leña viva]. IX-1962.
1. Es completamente realista de cuestiones, con graciosas frases académico-irónicas, etc.
2. Se le mezcla aquí el dato a la Brecht.
3. Pese a las ingenuidades propiamente políticas, el realismo es profundísimo. El paso social es impresionante, y en el acto 2º se (?) la burguesía catalana de estos años.
F. El saltamartí [El tentetieso], XII-1962.
1. Lo crudo que le sale, hasta ingenuo, lo político directo es prueba de que lo “enigmático” no es disfraz. Las normas cuestionan y juzgan literalmente la guerra civil española.
2. El teatro de Brossa, que, por lo demás, no pretende ser espectacular ni romper ninguna unidad, no tiene más que una unidad: la de problema, no la de acción, ni tiempo ni espacio. Lo mismo su poesía no tiene acción de discurso, sino sólo de asunto.
3. Esta reveladora pieza revela también ingenuidad de sensibilidad político-moral.
4. Esta es completamente realista. La unidad de problema o de situación o de problemática incluso se realiza plenamente: cuadros de conversación de burgueses, de las normas, de curas, de gente pobre…
G. El temps escénic [El tiempo escénico], mayo 1963.
1. Un ejemplo muy bonito y gracioso de su técnica de frases hechas y refranes.
H. Or i sal [Oro y sal]. 1963. Pròleg d´Arnau Puig.
1. El prólogo de Puig, tontamente condescendiente, tiene algunas informaciones de interés y una tesis que vale la pena tomar como error básico.
(pp. 8-9) Esto es una tontería si se refiere -como pretende- al estilo. La cosa sólo es verdadera de triquiñuelas. Sí es posible, en cambio, que Brossa haya ido perdiendo la fe liberadora que alimentó el surrealismo. Pero eso no implica necesidad de cambiar estilo.
2. Los tres actos no tienen ningún personaje común. En el primero, tres hombres (primero sólo dos) desarrollan una conversación hecha (sobre todo al principio) de lugares comunes fingidos o reales, incoherentes, que “conduce” a una ”disputa “ religiosa en la que el hombre 1 resulta agnóstico y curioso de otras religiones (es el que separa las manzanas buenas de las malas), mientras que el 2, negociante, quiere creer en su dios. De ahí se pasa a conversación de negocios. H2 engaña a H1. Llega H3, el político, y deshace el engaño y anuncia el aumento del “Casal”. Nada.
En el segundo acto, un primer acto de juego de niños. Luego el monólogo de la novia ante el espejo, luego el cuadro del prestidigitador procesado por el Santo Oficio.
El tercer acto, el de la mujer graciosa y el marido cazador de dragones.
I. Diumenge [Domingo], 1964.
1. Teatro en el teatro.
2. Integralmente realista, salvo prólogo y epílogo, a base de tramoyistas.
3. Es un relato de la sirvienta burguesa, burguesía culta.
J. El dia del profeta.
1. El friso hace que muchas cosas estén sólo por la totalización no aristotélica, no intrínseca.
2. Graciosísima transposición política de Wittgenstein, frase final del acto 1º (Del que no podem parlar, hem de callar [De lo que no podemos hablar, hemos de callar]). El acto I es patente lucha de clases con presentación de las conquistas como vencedores futuros.
3. La lucha de clases se suma a la lucha contra la Iglesia (que es la base: J. B. es un ilustrado al que han hablado de las clases).
K. Concert irregular, verano 67.
1. En la casi liquidación de la palabra hay: fregolismo, pesimismo artístico-cultural, valoración de la palabra final.
2. Impresión (interpretación) primaria, al hilo, de los elementos: alegría fregoliana. Insubstancia de la realidad. Imposibilidad de las formas artísticas. Falta de respeto a formas culturales típicas (concierto).
L. Joan Brossa, Teatro. Versión castellana de Pere Gimferrer, 1968.
1. El Gancho: Experimento -así se presenta- que es acaso reducción a nada del teatro.
2. Novela (1967). Muy bonita, muy pragmáticamente teatral, para un frégoli.

8. Sobre derecho de autodeterminación, internacionalismo y cuestiones afines.

A. Mundo Obrero: ¿Qué particularidades se ven hoy [diciembre 1984] dentro del comportamiento político y social en la sociedad catalana respecto de la española? ¿Puede echar una mirada a lo que es el nacionalismo catalán respecto a España?
A mí me parece que los nacionalismos ibéricos están más vivos que nunca, los tres. Paradójicamente el menos vivo es el español -por eso no he dicho los cuatro- en el sentido siguiente: en el caso de la nacionalidad española, los nacionalistas son de derechas, incluida mucha gente del PSOE, pero de derechas de verdad; en cambio, en los otros tres nacionalismos, por razones obvias, por siglos de opresión política y opresión física, el nacionalismo no es estrictamente de derechas sino que hay también nacionalistas de izquierda, como dice el mismo nombre de una formación política catalana [Nacionalistes d’Esquerra], y a mí me parece que la vitalidad de los tres nacionalismos no españoles de la Península es tanta, que aunque parecer utópico, yo no creo que se clarifique nunca la situación mientras no haya un auténtico ejercicio de derecho a la autodeterminación. Mientras eso no ocurra, no habrá claridad ni aquí ni en Euskadi ni en Galicia. Sólo el paso por ese requisito aparentemente utópico de la autodeterminación plena, radical, con derecho a la separación y a la formación de Estado, y viendo lo que las poblaciones dicen enfrentadas con una elección tan inequívoca, tan clara, sólo eso nos podría permitir un día reconstruir una situación limpia, buena, ya fuera la de un Estado federal, ya fuera la de cuatro Estados. Pero en todo caso con claridad.
A mí me parece que por más vueltas que se le dé, por más técnicas políticas y jurídicas con las que se intente organizar algo que no sea eso, no saldrá nunca un resultado satisfactorio. Eso siempre será una justificación del mayor mal que sufre España, que es tener un Ejército político como el que tenemos. Este es el problema fundamenta de este país.

B. Presentación: Poemas y canciones
1. Poco más que las palabras de la presente traducción de las “letras” de Raimon son de exclusiva responsabilidad mía. Los detalles de la edición reflejan el compromiso al que hemos llegado cuatro personas: Raimon, Xavier Folch (director literario de Ariel), Alfred Picó (director de talleres de Ariel) y yo. Criterio común de los cuatro, ya antes de empezar la discusión, era que no se debía dar una versión cantable de los poemas, sino una traducción literal que permitiera a la persona de lengua castellana cantar el texto catalán entendiéndolo en todos sus detalles, o que le sirviera de cañamazo o material para hacerse su propia versión poética y cantable en castellano, al modo como el mismo Raimon se ha hecho la suya catalana de una canción de Víctor Jara, por ejemplo.
En cambio, discrepábamos en cuanto a la manera de poner en práctica ese criterio. Yo quería suministrar una versión literal, palabra por palabra e interlineada. Ésa me sigue pareciendo la forma radical de aplicar el criterio común dicho. Pero mis tres compañeros coincidieron en rechazar la presentación interlineada.
El compromiso al que llegué desde mi minoría de uno consiste en presentar traducciones literales, pero no interlineadas, sino enfrentadas. Se trata de traducciones palabra por palabra, salvo en los poquísimos casos de frases hechas, como, por ejemplo, deixar ploure (literalmente ‘dejar llover’, traducida por «oír llover») o, en otro plano, hora foscant (literalmente ‘hora oscureciente’, traducida por «entre dos luces»).
Doy brevemente cuenta de una pequeña peculiaridad de la traducción: traduzco algunos valencianismos -los que más se prestan a ello- por andalucismos. Por ejemplo: traduzco poc por «poco» y miqueta por «poquito», porque son términos corrientes en Cataluña; pero traduzco poquet, que es catalán del País Valenciano, por “poquiyo”, no por “poquito”, ni por “poquillo”. Quiero así incitar a mis paisanos a ver de qué modo el valenciano es, sencillamente, un catalán, igual que el andaluz es un castellano. Y quizá por causas parecidas a las que hacen que para mi oído el castellano más hermoso sea el sevillano, creo que el valenciano de Raimon es un catalán particularmente agraciado.

2. Me siento algo incómodo al ver reproducida en esta edición para lectores de lengua castellana la nota que escribí en 1973 por cordial encargo de Raimon. Alguna gente de izquierda en sentido amplio (yo diría que en sentido amplísimo), creyéndose inminentemente ministrable o alcaldable, considera hoy oportuno abjurar sonoramente de Lenin. No pretendo ignorar los puntos del leninismo necesitados de (auto-)crítica. Pero por lo que hace a la cuestión de las nacionalidades, la verdad es que la actitud de Lenin me parece no ya la mejor, sino, lisamente, la buena. Ahora bien: una regla práctica importante de la actitud leninista respecto del problema de las nacionalidades aconseja subrayar unas cosas cuando se habla a las nacionalidades minoritarias en un estado y las cosas complementarias cuando se habla a la nacionalidad más titular del estado. A tenor de esa regla de conducta, tal vez sea un error la publicación en castellano de mi nota de 1973, dirigida primordialmente a catalanes.
Espero que no sea un error importante. Y me anima a esperarlo así la acogida de mis paisanos madrileños a Raimon en este suave y confuso invierno de 1976.

C. Argumentos: El marxismo se ha convertido en un fenómeno universal, pero creo que más como método de solución a todos los problemas. Sin embargo, en este momento, la tendencia es hacia una interiorización, hacia una nacionalización de la política. No soy universal porque soy de este mundo, soy universal a partir de un punto concreto, un barrio, una ciudad, de un país o una autonomía, y a partir de ese momento, puedo trascender para llegar a la universalidad. No obstante, el marxismo no ha entendido ni las autonomías, ni los nacionalismos y mucho menos los elementos subjetivos, psicológicos de las sociedades. ¿Cree usted que esta crisis del marxismo es definitiva?
La nacionalización de la política es uno de los procesos que más deprisa pueden llevarnos a la hecatombe nuclear. El internacionalismo es uno de los valores más dignos y buenos para la especie humana con que cuenta la tradición marxista. Lo que pasa es que el internacionalismo no se puede practicar de verdad más que sobre la base de otro viejo principio socialista, que es el de la autodeterminación de los pueblos. Lo que hay que hacer es criticar a muchos partidos de izquierda, marxistas o no, que han abandonado un principio fundamental como es el de la autodeterminación de los pueblos. Todo lo demás que dice usted en esta pregunta es pura moda neorromántica irracionalista, efecto de la pérdida de esperanzas revolucionarias.

D. En el coloquio de una de sus últimas conferencias, la impartida en 1983 sobre “Tradición marxista y nuevos problemas”, se le preguntó a Sacristán sobre el marxismo y los nacionalismos. El interlocutor inició su intervención comentando si lo había esquivado en su exposición por prudencia política o bien es que no pertenecía, en su opinión, al capítulo “de nuevos problemas, de nuevos horizontes”. Esta fue su respuesta:

He pensado que estaba dentro de la economía de una exposición limitarme a los tres, a tres que fueran muy universales [ecologismo, pacifismo, feminismo], que realmente no tuvieran ningún contexto nacional en particular, sino en un plano muy general. Por eso también he prescindido de algunos otros que son importantes. Por ejemplo, la consideración cultural de la homosexualidad, que sin duda tiene importancia en sí. Pero me pareció que para administrar una hora, o una hora y cuarto, podía tocar los tres.
Por otra parte, a lo mejor es una ilusión o una petulancia, pero a mí me parece que en el problema nacional la herencia marxista no es mala. Lo que pasa es que el punto esencial se menciona poco. El punto esencial es el principio de autodeterminación, y ahora resulta que se le menciona poquísimo porque suena a muy subversivo, pero, desde un punto de vista inspirado en la tradición marxista es obvio que ningún problema nacional tiene solución si no parte de una situación de autodeterminación. Entonces, si no, no hay nada que hacer. Todo lo demás es dar palos de ciego, matarse, golpearse, sin despejar nunca la situación, ni siquiera intelectualmente.
Me puedes decir que es una concepción muy breve y demasiado abrupta, pero sinceramente creo en ella, creo que, por más que se especule sobre problemas de nacionalidades, si no es sobre la base de una articulación seria, de una práctica sincera del principio de autodeterminación, no hay nunca solución clara como saben los presentes.
Yo creo que en eso no ha cambiado nada. Pueden olvidarse estos problemas durante ciertas épocas históricas. A lo mejor dentro de mil años ya no nos acordamos de las nacionalidades hoy existentes, es posible. Pero por lo que hace al planteamiento propiamente político de los problemas, es decir, el planteamiento que permita una intervención, yo sigo creyendo que esa vulgata marxista clásica es correcta.

Pero la tradición marxista en este punto…
Es poco sensible, seguro que estás pensando que es que poco sensible

Ambigua
No ambigua teóricamente, porque teóricamente está el principio claro.

Peor en la práctica de la tradición de Marx.
En la práctica, sí. Pero no sólo en ese concepto, sino en tantos otros.”

E. Pequeño fragmento de una intervención de Sacristán en una reunión de suscriptores de la revista mientras tanto celebrada en 1985 en el CTD de Major de Gràcia. Sacristán se “defendía” de ciertas críticas a la falta de sensibilidad “nacionalitaria” del colectivo editor de la revista.
La otra cuestión que quería puntualizar es la cuestión del nacionalismo. Es muy curioso que año tras año se diga que no tenemos posición cuando es de las pocas cuestiones que, desde hace años, se repite en estas reuniones y en otros lugares y que permanece bastante clara y en pie. Es una viejísima tradición de nuestro movimiento que el problema nacional se resuelve con el ejercicio del derecho de autodeterminación, incluida la separación. Punto y basta. Es una de las pocas cosas que hay claras. ¿Dónde esta la falta de sensibilidad para el problema y decidme si hay alguna otra manera de tratarlo que no sea la represión de los movimientos nacionales?

Notas

(8). A. “Entrevista con Mundo Obrero” (1985). De la primavera de Praga al marxismo ecologista. Entrevistas con Manuel Sacristán Luzón. Los libros de la Catarata, Madrid, 2004 (edición de Francisco Fernández Buey y Salvador López Arnal), pp. 219-220. 8. B. Prólogo de la traducción castellana de Raimon, Poemas y canciones, Ariel, Barcelona, 1976, pp. 22-23. 8. C. “Entrevista con Argumentos”. En: De la primavera de Praga al marxismo ecologista. Entrevistas con Manuel Sacristán Luzón, op. cit , 202-203. 6. D. Manuel Sacristán, Seis conferencias, El Viejo Topo, Barcelona, 2005, pp. 142-143. 6. E. Reserva de la UB, fondo Sacristán.

Nota SLA:

Sobre la cuestión nacional, y más concretamente, sobre la política del PSUC-PCE en referencia a las nacionalidades ibéricas, Sacristán se manifestó breve pero contundentemente en su intervención ante el pleno del comité central del PCE en el verano de 1970 (La trascripción de su intervención figura como anexo de la tesis doctoral de Miguel Manzanera sobre Sacristán).
Señaló inicialmente Sacristán que la doctrina del PSUC-PCE en lo que respectaba a este tema le parecía clara y sin problemas de conceptos. “Ser radical, decía Marx, es coger las cosas por la raíz, y la raíz de las cosas es el hombre. La raíz de nuestra concepción del problema de las nacionalidades no son conceptos más o menos mitológicos, de patriotismo antiguo, de fidelidades feudales, ni de mitos burgueses, sino la presencia real de los individuos con sus características nacionales en las diversas localizaciones geográficas”.
Después de argumentar contra el lysenkismo cultural y político que descalificaba una cuestión o problema simplemente por su posible origen social (en este caso, por el origen burgués de la cuestión tratada), Sacristán matizó que sin negar, desde un punto de vista histórico, la fecundidad de la burguesía, ya reconocida en el propio Manifiesto, “lo que no es ni mucho menos verdad, es que el fenómeno de la constitución de las nacionalidades haya sido un fruto tan recto de la evolución burguesa como parece en las historias. Por ejemplo, no se ve por qué, no hay ninguna ley interna a los rasgos nacionales, para que lo que se llama la nación francesa tuviera que ser más nación que lo que habría podido ser una nación occitana con trozos de lo que hoy es Francia y trozos de lo que hoy es España. O en el caso de Euzkadi exactamente igual”.
Lo que es fruto de la burguesía, proseguía Sacristán, es, en cambio, el Estado nacional. “Un Estado que no coincide necesariamente -como manifiestamente lo prueba el caso español, pero también cualquier otro como el francés- con una nacionalidad. Es nacional en el sentido que representa el dominio y también la hegemonía de la función dirigente de una determinada burguesía nacional. En el caso de Francia la del centro, la del núcleo parisiense, y en el caso español no me atrevo a decirlo porque es demasiado complicado históricamente; en el caso italiano, la Toscana, etc.”
La predominancia del aspecto cultural en algunos acontecimientos nacionalitarios era explicada por él en los siguientes términos. “Precisamente esto, la no coincidencia estricta entre cosas a las que se pueden llamar nación, por ejemplo Euzkadi, por ejemplo Occitania y aquello a lo que se llama “nación” en las historias burguesas y que es el Estado nacional, a saber, que en el fenómeno nacional tal como lo conocemos ahora, sin resolver por la burguesía, hay un visible predominio del elemento sobreestructural. ¿Por qué? Porque los elementos básicos, es decir, los económicos, fueron más o menos cristalizados con la constitución del mercado que en cada caso dio pie al Estado nacional. Pero como el Estado nacional no es exactamente una nación, han quedado elementos no fundamentados ni en la delimitación del mercado, ni por tanto recogidos por el poder, que quedan no sólo como sobreestructuras, sino como sobreestructuras sin política, casi sólo como cultura. De aquí el aspecto muy cultural que tienen algunos fenómenos nacionales”.
Proseguía Sacristán recordando que no había que olvidar que algunos de estos rasgos nacionales tienen un carácter radical, “son rasgos que están en el hombre: su lengua, su constitución psicológica, muchísimos otros elementos que no se trata de enumerar y que precisamente porque no se quedaron calcados en la realidad económica la burguesía no resolvió, pues ella ha sido un agente muy fecundo, pero dentro del reino de la necesidad”. Finalizaba su intervención señalando que el asunto de las nacionalidades, en lo que tiene de problema irresuelto, apuntaba, como otros tantos problemas de génesis burguesa (libertades, democracia, por ejemplo) “precisamente más allá del reino de la burguesía, hacia más allá del reino de la necesidad”.

9. Sobre el PSUC-PCE

I. Reconocimientos.

A. Este “movimientismo” es característico de los partidos “eurocomunistas” con un acento, y, con otro acento, y con mayor o menor retraso en las posiciones adoptadas, lo es también de los partidos comunistas menores. Se puede recordar a este propósito, como ejemplos ilustrativos, que hace unos ocho años los partidos minoritarios de extrema izquierda (y su inconsistente corte de intelectuales deslumbrados) vituperaban la defensa de la lengua catalana (“la lengua de la burguesía” como decían en castellano con mucho acento catalán) por el PSUC, antes de convertirse en destacados catalanistas; y que todavía hace cuatro años combatían con graves acusaciones la consigna de amnistía propugnada entonces exclusivamente (entre los comunistas) por el PCE-PSUC. Aquí en Barcelona, hay otro ejemplo espectacular de lo mismo, que es la Asamblea de Cataluña.

B. Creo que no es ninguna exageración decir que esa circunstancia, impuesta por la correlación de fuerzas en la Universidad franquista, y hasta en la sociedad entera, pudo cuajar tan intensamente gracias a la inflexión política del PCE en su quinto congreso y del PSUC en su primer congreso. La nueva política comunista española del año 1956 (por fecharlo con acontecimientos “oficiales” como son los congresos) determinó la formación de una pequeña vanguardia universitaria estudiantil comunista convencida de que su tarea era fabricar una oposición democrática, por así decirlo un poco a lo bruto. La nueva política comunista consiguió tener desde ese movimiento la continuidad que había faltado a otros valiosos esfuerzos de resistencia, en especial catalanistas y socialdemócratas. Mientras que éstos (y los comunistas hasta 1956) habían tendido a desarrollarse cíclicamente, perdiéndose, o casi, cada año las bases conseguidas en el curso anterior, lo que empezó en 1956 por la inspiración del PCE y del PSUC fue una espiral que no se cortó ya hasta el hundimiento del SEU y la crisis del SDEUB. El nuevo movimiento lo hacía todo: desde las protestas por deficiencias particulares de la enseñanza, la difusión de consignas simplemente liberales o democráticas que estaban a la orden del día, hasta la propaganda marxista, pasando también por la presencia de la lengua catalana en la Universidad: la única prensa universitaria catalana y en catalán que ha durado ininterrumpidamente desde el curso 1956-57 hasta hoy en la Universidad de Barcelona ha sido la prensa del comité estudiantil del PSUC.

C. Sobre la importancia de Nous Horitzons (que, por cierto, al principio no se llamó “Nous Horitzons” sino “Horitzons”: hubo que poner el “Nous” por un problema de derechos registrados) en el debate y la lucha ideológica de la Cataluña de principios de los años 60, creo que no fue grande en sí misma, pero que respecto de la situación de la época y del reducido ambiente que se podía tomar en cuenta sí que valió la pena. Discúlpeseme la siguiente trivialidad porque para aquellos años no lo era: ya la mera solidez física, por así decirlo, de Horitzons daba aliento, en forma nada despreciable, a los militantes en particular y a los marxistas en general. El número 2 (no cito el 1 porque alguien se me lo ha “prestado” irreparablemente y no puedo precisar sobre él) tiene 88 páginas y lleva cubierta de cartulina a dos colores; es del primer trimestre de 1961. No menos interesante es el hecho que la gran mayoría de sus páginas está escrita en el interior, principalmente en Barcelona: ocho de los once artículos que presenta. Cosas así eran en aquellos años todavía duros, una realidad muy prometedora. Seguramente contribuyeron a dar seguridad a los militantes, identidad al partido y confianza a otros marxistas.
(…) En cuanto a la calidad científica, no me parece que Horitzons y Nous Horitzons valieran gran cosa en aquellos años. Nuestro marxismo estaba todavía empapado de euforia por la victoria de la URSS sobre el nazismo, por la victoria de la revolución china y, en aquellos mismos meses, de la cubana; y también por el derrumbamiento del viejo sistema colonialista. Esa euforia alimentó un marxismo muy alegre (lo cual estaba muy bien) y asombrosamente confiado (lo cual estuvo muy mal, y visto desde hoy pone los pelos de punta). El principal valor ideológico de Nous Horitzons en aquella época fue, repito, su mera presencia. Su qué fue mejor que su cómo.

D. Teniendo el PCE una organización importantísima en la clandestinidad, ¿cómo se pudo perder después en la democracia?
Sobre esto se puede empezar a trazar círculos concéntricos. La primera onda es constatar que durante la clandestinidad sobrestimamos la educación de clase de los trabajadores. Teníamos motivos para engañarnos. Por ejemplo, en 1964-1965 estuvieron aquí los dirigentes del PCI, los que luego formaron “Il Manifiesto”. Rossana Rossanda, entre otros. A esta gente les mostramos muy poca cosa de la organización. Y lo poco que vieron dijeron que era más de lo que tenían ellos en Italia bajo Mussolini. Teníamos motivos para creer que íbamos a ser una fuerza muy importante y eso era una creencia equivocada. Se ha visto que la población española estaba bastante más dominada ideológicamente por los cuarenta años de dictadura de lo que creíamos. No lo vimos. Si a eso se une que la relación de la dirección del Partido con los intelectuales fue un desastre… No se puede inventar un procedimiento mejor para quedarse sin intelectuales que lo que hizo la dirección. Hay que tener en cuenta que aún en 1966-1968 el núcleo de intelectuales del PSUC -por limitarme a Catalunya, que es lo que más conozco- era el más fuerte de Catalunya. Había casi una hegemonía. Se había deslizado un comunista intelectual en cualquier publicación, digo uno por lo menos, porque en muchos sitios había más. De eso se pasó a una carencia completa.
(…) Desde el punto de vista sociológico -que no es mi campo específico- es visible una completa supeditación de vida económica española a la norteamericana y esto va a tener seguramente consecuencias de bastante gravedad.

E. Sobre la opinión de Sacristán en lo que respecta a la política del PSUC-PCE de los años sesenta en torno a la denominada “cuestión nacional”, este paso de su intervención en el pleno de comité central del PCE (Tesis doctoral de Miguel Manzanera, p. 831):
“(…) Eso lo puedo ilustrar y con eso termino, con una experiencia que el camarada Estévez y yo, y otro camarada, que no esta aquí, vivimos no hace mucho tiempo a principios del 68 o final del 67, en Barcelona, y que es lo siguiente.
Teníamos que ir ante un grupo de intelectuales catalanes un poco como acusados, un poco como sospechosos de inautenticidad ante el problema nacional, para argumentar que no, que el PSUC es un partido catalán y que el PCE tiene una política de nacionalidades correcta. Nos recibían como jueces, teníamos que argumentar largamente, de repente ocurren los hechos de mayo y se produce una cierta contaminación de extremismo en la intelectualidad barcelonesa y en los estudiantes. Entonces un tercer camarada, ni Estévez ni yo, pero que hacía relaciones de este tipo, se vio obligado en la semana siguiente a defenderse de la acusación de catalanismo procedente de los mismos medios y de dos de las tres personas ante las cuales, semanas antes, Estévez y yo habíamos tenido que justificar la naturaleza catalana del partido.
No quiero generalizar eso. Muy probablemente los reproches con que os encontráis son sensatos. Pero en cualquier caso, yo no veo que ninguna otra fuerza política hoy existente tenga la claridad, que ya limita con simplicidad de la doctrina nacional nuestra. Yo creo por tanto que, por inmaduro que esté el tema entre vosotros, no lo sé -y me sorprende un poco, porque entre nosotros en el PSUC no lo está- no hay motivo para tener inhibiciones al respecto”.

Notas

(9.I).A. Intervenciones políticas, Icaria, Barcelona, 1985, p. 200. 9.I.B. Ibídem, pp. 268-269. 9.I.C. Ibidem, pp. 280-281. 9.I.D. “Entrevista con Mundo Obrero” (1985). De la primavera de Praga al marxismo ecologista. Entrevistas con Manuel Sacristán Luzón, op. cit, pp. 216-217. 9.I.E. Tesis doctoral Miguel Manzanera, p. 831.

II. Observaciones críticas.

A. Sacristán escribió unos comentarios a un proyecto de introducción del programa del PSUC de los años setenta. El escrito está fechado en mayo de 1972, lleva una nota manuscrita en su primera página -“Redactado por gusto y para no comunicar ni difundir. Motivo principal de este escribir gratuito: la ira”- e inicia sus observaciones señalando: “La introducción está planteada históricamente. Dada la complicación, la confusión incluso, con que se presenta hoy las cuestiones fundamentales del socialismo, sería preferible una introducción de principio sobre la naturaleza del Partido Comunista y sobre sus objetivos últimos: un planteamiento de futuro, no de pasado. Una introducción así debería contener tesis sobre dos series de problemas o cuestiones”. Estas cuestiones eran: a) “La naturaleza del partido comunista como tal y en general”, y b) “Los problemas nuevos, post-leninianos, planteados por la supervivencia y el crecimiento del imperialismo”.
Después del desarrollo de estos dos conjuntos de problemas, añadía Sacristán: “El presente proyecto de Introducción, fundamentalmente orientado a justificar históricamente una política, una táctica cuya vigencia puede no prolongarse por mucho tiempo, no responde a la necesidad fundamental descrita. Resulta, por lo tanto, rechazable en su conjunto. Pero para el probable caso de que la comisión redactora sea de otra opinión y de que el órgano competente apruebe el texto en su día, conviene colaborar en su posible mejoramiento de detalle. Esta es la finalidad de las siguientes observaciones 2-15”.
A este conjunto de observaciones pertenecen los siguientes textos.

Observación 2 (pág. 1). El párrafo “Sobre una base objetiva diferencial históricamente formada -un territorio, un particular desarrollo económico, una lengua y una cultura comunes, una psicología de pueblo-, la burguesía, como clase dirigente de la sociedad catalana, promovió el movimiento nacional y fue así configurando Catalunya como una nación moderna”, aunque es correcto, y pese al adjetivo “moderna”, puede dar a lectores susceptibles la impresión de que se afirma que no ha habido nación catalana hasta el siglo XIX.

Observación 13 (pág. 8). Texto: “Los comunistas consideramos que la nación catalana está constituida por todos los que viven y trabajan en Catalunya”.
Esta definición de la nación catalana, compartida con otros partidos y que declara implícitamente de nacionalidad bajo-sajona a los obreros de Toledo o de Ripoll que trabajan en Volkswagen [en Alemania], es arbitrariamente falsa. La definición es farisaicamente imperialista en cualquier caso. Cuando la usan el FNC [Front Nacional de Catalunya] o el PSAN [Partit Socialista d´Alliberament (Liberación) Nacional], sirve para preparar la opresión de las minorías nacionales de habla castellana y/o francesa en un futuro estado catalán en el que, evidentemente, los andaluces, además, de echar la plusvalía, echarían los hígados para decir “setze jutges menjen fetges d´un penjat”. Por su parte, el PC confía en que la declaración de la nacionalidad catalana de las importantísimas minorías proletarias inmigrantes de habla castellana implica un voto plebiscitario catalán independentista. Los comunistas no podemos aceptar la cerrada alternativa imperialista (de imperialismo tradicional español o de nuevo imperialismo catalán), implicada por esa definición de untuosa apariencia generosa y humanista. Esas son argucias entre representantes de “patrias” y “patriotismos”, y los proletarios y los que nos adherimos al proletariado no tenemos patria. Tenemos nacionalidad como elemento de la formación de la personalidad individual, de un modo más acentuado en unos que en otros, los cuales pueden cambiar (relativamente) de nacionalidad, o bien conseguir una consciencia casi a-nacional además de apátrida.

Observación 14 (pág. 9). La “unitat dels pobles d’ Espanya en una república federal” es una tesis que se debería restringir al período histórico durante el cual subsisten aún un estado español y un estado francés. España y Francia no son naciones en sentido primario, como es evidente. Pero tampoco son exclusivamente formaciones para-nacionales, menos intensamente unificadas que el conglomerado de nacionalidades que ha dado lugar a la super-nación germánica, por ejemplo, pero que, de todos modos, han originado, con el paso de los siglos, ciertos rasgos «nacionales de segundo orden”, por así decirlo, en millones de individuos de nacionalidades básicas diferentes. Desde un punto de vista marxista, se debe dar la opción primaria de organización política -mientras las sociedades sigan siendo políticas- a las nacionalidades básicas o primarias. Sobre todo en casos como el español o el francés. Sajones, bajo-sajones, renanos, hessenianos, bávaros, pomeranios, silesios, prusianos, etc. están muy unificados. Gallegos, andaluces y catalanes, no.

B. “Apuntes de crítica al avant-projecte” es un escrito fechado el 27 de febrero de 1974. Sacristán señala al inicio de este papel que “estos apuntes parten de un desacuerdo básico sobre la política hoy seguida por el partido. Estando de acuerdo con algunas de sus características –principalmente, con la necesidad de una alianza, discrepo de los razonamientos con que se presentan esas características, porque discrepo acerca de la naturaleza de las necesidades mismas. En este primer punto preciso los desacuerdos básicos”.
Antes de ello, Sacristán justificaba que, a pesar de lo anterior, interviniese en el debate ya que la “redacción de un programa me parece un momento adecuado para exponer todas las discrepancias incluso las más profundas. Siempre puede tener alguna influencia, por ligera que sea, en el resultado final. En segundo lugar, al Partido sigue siendo por su composición el principal partido de la clase obrera en Catalunya y, por lo tanto, la lucha socialista que tiene más sentido es la que se produce en su interior [cursiva SLA]. Esas dos razones justifican el que intervenga en esta discusión aunque sea sobre la base o desde el punto de vista de una discrepancia profunda”.
Entre los errores teóricos que, en su opinión, equivalían a un abandono del marxismo, Sacristán destacaba: 1. La concepción del Estado. 2. La naturaleza de la fase intermedia y la estrategia consiguiente. 3. “Otros errores idealistas y populistas, o, en general, de abandono del marxismo” (relación entre derechos o libertades y poder popular). Entre los errores históricos que determinaban una estrategia equivocada, Sacristán señalaba:

1. Eurocentrismo mecanicista.
Pocas palabras sobre este punto: todos los análisis históricos del Partido están basados, como los de los mencheviques, en la clásica generalización de un modelo francés (aún mas: parisiense) idealizado. Por ejemplo: no es verdadera la correlación general estricta nación-burguesía. Eso no vale más que para el caso de París en los siglos XVII-XIX. No hay nación inglesa, por ejemplo, sino supranacionalidad británica (Inglaterra, Gales, Escocia, Irlanda). A la clase capitalista inglesa le ha bastado con un mercado estatal, no nacional. Otras veces, en cambio, la pequeña nobleza es la que ha construido nación y estado nacional (Hungría, Polonia). Otras veces lo ha hecho la sola autocracia, a pulso (Rusia). Los españoles y los centroeuropeos tenemos la suerte (relativa a esta cuestión) de haber vivido siglos bajo la dinastía más “imperial”, esto es, menos destructora de nacionalidades, de todo Occidente, o sea, los Habsburgo. Esta es una [subrayado MSL] de las causas de que estén vivas las naciones húngaras, checa, eslovaca, croata, serbia, albanesa, catalana, euskera, gallega, etc, mientras están muertas tantas otras de la Europa borbónica, etc. Pero tampoco vale la pena insistir en esto. Lo que sí vale la pena es no hacer mala historia, historia de la ciudad de París o del trono de Luis XIV como si fuera historia del mundo.

En el segundo apartado de su escrito –“Apuntes de corrección del avant–projecte”-, Sacristán reconocía que numerosos elementos del texto mejoraban “en relación con estadios anteriores. Globalmente no hay más que dos partes que preferiría ver suprimidas o muy alteradas”. Una era la titulada “Cambios en la naturaleza del poder del Estado” (abandono de la teoría marxista en su opinión); la otra parte era la dedicada a la “Formación de la nación catalana moderna” ya que le “parece pesada e inútil. Yo creo que para el que no sabe de antemano la historia, no sirve para nada, por lo inevitablemente resumida que es. Y, para el que la sabe, resulta muy pobre. Me parecería mejor limitarse a hablar de la burguesía catalana desde el franquismo”. Sin embargo, Sacristán reconocía: “En lo demás, hay mucho que corregir en mi opinión, pero también mucho que elogiar. Por ejemplo, la sección sobre “alianza de las fuerzas del trabajo y de la cultura” [SLA: creo que su autor fue Joaquim Sempere], salvo el título, está escrita con una claridad y facilidad de lenguaje ejemplares”. Y otras cosas más, añadía Sacristán, señalando algunas propuestas de corrección:

Fol. 21. Si de verdad se es hispánicos, no hay que olvidar a Portugal.

Fol. 33. No existe nacionalismo castellano. Existe chovinismo español. A menos de suponer Castilla = España.

Fol. 34. Cuando se dice que el internacionalismo proletario no niega la existencia de las naciones, habría tal vez que añadir que todo lo contrario, porque si las negara u oprimiera no sería internacionalismo, sino cosmopolitismo capitalista.

Sacristán finalizaba su escrito señalando que sus apuntes estaban escritos de forma muy precipitada por las “condiciones de lucha” de aquellos días (febrero de 1974: muerte de Carrero Blanco, gobierno Arias Navarro, movilizaciones universitarias, luchas obreras). Al mismo tiempo que pedía disculpas por ello, criticaba también “el no haber recibido el texto más que hace cinco días, en un momento de luchas muy intensas y difíciles en el sector en que me encuentro”. Y finalizaba en tono pesimista: “Otro defecto importante de estos apuntes es que no presentan ninguna formulación general alternativa. Esto se debe a que tal alternativa no tendría, por el momento, ninguna utilidad interna para el partido. Hace falta que los órganos dirigentes de éste se hayan desengañado bastante más de la utopía antimarxista que cultivan para que pueda empezar a ser útil proponer alternativas”.

Notas

(9. II). A. Reserva de la UB, fondo Sacristán. 9. II. B. Ibídem.

10. El doctor Rubió.

Los escritores, artistas y científicos más representativos de la cultura catalana se ha movilizado ya prácticamente todos en una ocasión u otra en actividades antifranquistas. Puede decirse que en este terreno se ha alcanzado ya casi un techo. Pero, sin embargo, las formas de movilización preferidas por estas personalidades destacadas, con la admirable excepción del decano de la cultura superior catalana, el doctor Rubió, no suelen ser muy enérgicas. En cambio, el viejo Rubió, que hay para quitarse el sombrero, no retrocede ante nada. Por ejemplo, de todas esas grandes figuras fue el único que se atrevió a firmar una carta bastante dura dirigida al Gobernador militar de Barcelona cuando la detención del camarada Ardiaca, Gutiérrez Díaz y algunos otros. Fue un momento crítico de firmas porque no se consiguió arrancar más de cincuenta. A la gente le dio bastante miedo aquella carta. Sin embargo, Rubió, al que se recurrió cuando no se habían conseguido promesas de que quizás firmara, él mismo tuvo la iniciativa de firmar el primero y de que el camarada nuestro que la llevaba -bastante conocido como comunista- firmara al lado, mezclándose juntos a pesar de los 80 años que el hombre tenía.

Notas

(10). Intervención de Manuel Sacristán en el II Congreso del PSUC de 1965 (anexo tesis doctoral de Miguel Manzanera).

Nota SLA:

La carta a la que alude Sacristán fue enviada al capitán general de Catalunya, la IV Región Militar de la época. Apoyaba la petición de inhibición de la jurisdicción militar solicitada por el Colegio de Médicos de Barcelona y estaba firmada por intelectuales y profesores de la Universidad de Barcelona. Encabezaba las firmas, como señaló Sacristán en su intervención, el Dr. Jordi Rubió i Balaguer. Además de él, firmaban, entre otros, Oriol Bohigas, Jordi Carbonell, Joan Triadú, J. M. Castellet, Antoni Moragas, Agustí de Semir, J. L. Sureda, J. M. Valverde, J. V. Foix, Salvador Espriu, J. A. Goytisolo, J. Petit, Jaime Salinas, Carlos Barral, Jaime Gil de Biedma, Luis Goytisolo, J. M. Casalmiglia, M. Jiménez de Parga y el propio Sacristán. Creo que es él también el autor del texto; la carta está fechada en Barcelona, el 1 de febrero de 1963.
“Excmo. Sr.:
Los abajo firmantes -escritores, universitarios y personas de profesiones liberales- tenemos noticia del escrito dirigido a V. E. por médicos del Colegio de Barcelona en el que solicitan la inhibición de la jurisdicción militar en favor de la ordinaria en el procedimiento sumarísimo seguido contra el Dr. D. Antoni Gutiérrez Díaz y diversas otras personas, ninguna de ellas acusada de haber alterado el orden público ni de haber realizado ningún acto de violencia. Consideramos que las razones expuestas en el referido escrito son jurídicamente plausibles y moralmente fundamentadas por cuya razón rogamos a V. E. que tenga en cuenta dichas razones y nos considere solidarios con los médicos firmantes del escrito en cuestión.
También hemos tenido noticia de otro caso respecto del que deseamos manifestar a V. E. nuestros sentimientos: se trata de la detención de D. Domènec Ribas, cuya avanzada edad y estado de salud suscitan serias preocupaciones. Como en el caso del Dr. Gutiérrez Díaz y las personas con él encarceladas, rogamos a V. E. que considere la conveniencia de mantener la jurisdicción militar al margen de hechos de esta naturaleza y que, de momento, tome las medidas oportunas para asegurar la adecuada asistencia sanitaria a D. Domènec Ribas.

11. Un manuscrito inédito sobre la cuestión nacional.

El siguiente texto es el esquema desarrollado, e interrumpido, de lo que seguramente fue una intervención de Sacristán –muy probablemente a finales del erial franquista- en alguna reunión abierta de militantes del PSUC sobre el principio de autodeterminación y las características “nacionales” del Estado español.
El manuscrito resulta especialmente difícil. Mis múltiples dudas las he señalado con un interrogante, si dudo de la palabra, o con un paréntesis vacío, si no he logrado ni siquiera conjeturar el término.

En esta reunión el problema de las nacionalidades me interesa sobre todo desde el punto de vista de la teoría de la clase obrera como sujeto de la transformación socialista y comunista de la sociedad. O sea, desde el punto de vista del marxismo.
En la tradición leninista el tema de las nacionalidades quedó claro desde el principio como un problema que no tiene más solución posible que el ejercicio del derecho de autodeterminación por las distintas poblaciones. ‘Desde el principio’ quiere decir que la cuestión se concretó en ese sentido ya antes de la llegada de los comunistas al poder en Rusia. Los conocidos textos de Lenin y de Stalin son anteriores a ese momento.
Sin embargo, Lenin ha tenido en la última fase de su vida una preocupación especial por el problema. “La última batalla de Lenin”, según la expresión que ha hecho célebre un conocido libro del historiador Moshe Lewin, está motivada entre otras cosas, por la defensa de la nacionalidad georgiana frente la “saña” de Stalin -la palabra es de Lenin- contra lo que éste llamaba el social-nacionalismo. “Yo creo -escribía Lenin en la carta del 30.XII.1922 a la dirección del partido ruso- que en este asunto han ejercido una injerencia fatal las prisas y los afanes administrativos de Stalin, así como su saña contra el decantado ‘social-nacionalismo’ ” (III Moscú 1966, p.774). Y contesta a la objeción que espera: “Se dice que era necesaria la unidad del aparato. ¿De dónde han partido esas afirmaciones? ¿No será de ese mismo aparato ruso que, como indicaba ya en uno de los anteriores números de mi diario, hemos tomado del zarismo, habiéndonos limitado a ungirlo ligeramente con el óleo soviético” (ibid, 773).
Lenin, pues, achaca la exigencia de “unidad del aparato”, esgrimida para ( ) la nacionalidad georgiana, precisamente a los burócratas gran rusos, procedentes del zarismo. Pero antes, en la misma carta, había manifestado la profundidad de su preocupación escribiendo como primeras palabras: “Me parece que he incurrido en una grave culpa antes los obreros de Rusia [MSL: de Rusia, no de la URSS en general] por no haber intervenido con la suficiente energía y dureza en el decantado problema de la autonomización […]” (ibid, 773).
¿De dónde le viene a Lenin esta preocupación por un correcto planteamiento del problema de las nacionalidades, ese estado de ánimo un tanto pesimista que se manifiesta en la autocrítica con que empieza la carta? Le viene seguramente del pasado del tema en el movimiento marxista. Lenin -y también, en la teoría, Stalin, pese a su posición en el asunto de Georgia- había planteado radicalmente el problema de las nacionalidades sobre la base del principio de autodeterminación. Pero no siempre había sido así. La socialdemocracia había sido insensible y hasta, a veces, reaccionaria ante el problema de las nacionalidades por causa del estatismo, de la identificación de la idea de socialismo con la de Estado común fuerte, que es una tendencia característicamente socialdemócrata (en el sentido dominante en la II Internacional). La debilidad del socialismo en las nacionalidades peninsulares ibéricas -por hacer referencia a hechos próximos- se debió en gran parte al desprecio estatista de la socialdemocracia española por las nacionalidades periféricas. Pero la actitud más frecuente ( ) de la socialdemocracia respecto del problema de las nacionalidades -como en todo lo demás- se produjo al inclinarse la IIª Internacional por la “lealtad” a las “patrias”, o a los estados militaristas en la guerra de 1914-1918. La lealtad para con el estado propio, por ejemplo, de los socialdemócratas austriacos no-leninistas contra los derechos de las minorías nacionales checa, polaca, serbia, croata, eslovena, alemana, búlgara, rumana. Los mismos hechos que desencadenaron la revolución rusa destruyen los grandes potencias estatales con las que se había solidarizado la socialdemocracia con su abandono -entre otras cosas- del principio de las nacionalidades.
Un hecho como tal recomienda prudencia crítica cuando se habla del carácter burgués de tal y cual reivindicación nacional. Pues mientras haya nacionalidades, la opresión o el mero desprecio de una de ellas ocurrirá por fuerza desde otra nacionalidad. El “internacionalismo” de la socialdemocracia austriaca era opresión de las demás nacionalidades por la germánica. Y la “saña” de Stalin, contra el “social-nacionalismo” georgiano era, como dice Lenin, nacionalismo gran-ruso, chauvinismo de gran potencia. Más en general, hay que darse cuenta de lo que quiere decir la afirmación verdadera de que el principio de las nacionalidades es de origen burgués. Quiere decir que la vieja aristocracia feudal y dinástica era una casta cosmopolita, como aún lo siguen siendo sus últimos y más o menos cómicos descendientes. Ese universalismo mínimo de casta del siglo XIV es (entre otras cosas, naturalmente) la ideología de esa casta que, mientras quiere, puede saltar indiferentemente de Hungría a Valladolid o de Centroeuropa a Sicilia. El pueblo, mientras tanto, no habla latín, ni quiere ni siente con el cosmopolitismo de sus señores. La burguesía es la clase que, durante siglos, ha dirigido la resistencia y las rebeliones de esos pueblos contra sus amos. Por eso ha dado voz por vez primera a la reivindicación nacional, del mismo modo que ha vuelto a revindicar las de libertad, igualdad, fraternidad. También la igualdad, la libertad y la fraternidad, en sentido moderno, son invenciones burguesas. Pero de la burguesía ascendente. Nadie diría hoy que la igualdad o la libertad sean precisamente rasgos de la vida burguesa. Por no hablar ya de la fraternidad”.

[SLA: viene a continuación un pasaje especialmente difícil sobre la falta de plasmación del ideario burgués, del que entresaco el siguiente paso]:
La clase burguesa no podrá realizar el programa y la ideología de su ascenso pues no es una clase que represente una visión (?) universal y suficiente. Por eso sus ideales fueron sólo, como dice Marx, “ilusiones heroicas”: no intentará la libertad, ni la igualdad ni la fraternidad. Ni tampoco el principio de las nacionalidades. Algunas nacionalidades facilitaron su lengua y sus tradiciones para imponer nuevos estados opresores de las clases subalternas y, con ellos, de las nacionalidades minoritarias”.

[SLA: En otro pasaje nada fácil, Sacristán ejemplifica esta última tesis con la formación del estado-nacional francés, para finalizar señalando que]:

El poder burgués se caracteriza por la exacerbación del principio del Estado, no por el de las nacionalidades. Por eso dice el Manifiesto Comunista que los proletarios no tienen patria: “También se ha reprochado a los comunistas que quieran abolir la patria, la nacionalidad./ Los trabajadores no tienen patria. No se les puede quitar lo que no tienen. Pero como el proletariado tiene que conquistar primero el poder político, alzarse a clase nacional, constituirse como nación, es él mismo nacional, aunque de ninguna manera en el sentido de la burguesía”.
Patria, no nación: porque “la Patria” es el pilar nacionalmente resuelto en un estado, de una doctrina (?) de clase. Y el proletariado tiende objetivamente a la superación del Estado. El internacionalismo no puede consistir en hacerse cómplice de esa opresión de las nacionalidades no utilizadas como revestimiento cultural del Estado, sino en oponerse a esa imposición como a cualquier otra.

La idea de que el proletariado no está objetivamente interesado en el problema de las nacionalidades tenía raíces teóricas profundas en el marxismo socialdemócrata. Éste era, a principios de siglo, un marxismo unilateralmente obrerista, determinista, economicista, penetrado de la idea de que el momento histórico no tiene más motivos que los basados directa e inmediatamente en la vida económica. (…) Esta reducción de la lucha de clases a su base más estrecha hace que desaparezcan todos los problemas no estrictamente económico-corporativos. Y así la socialdemocracia acaba por proponer a la clase obrera una política en realidad medieval: corporativista, estamental, impropia de una clase que va representando y más, con el trabajo, los elementos definitivos (?) de la vida de la especie.
Para ser revolucionaria, para conseguir el cambio y la sociedad que nazca de él, la clase obrera tiene plenamente que superar su desinterés corporativo y construir, organizar explícitamente su universalidad, su carácter de representante de toda la especie, de portadora del futuro de toda la especie. Para conseguir eso tiene que abarcar todas las realidades sociales, e indicar las vías del desarrollo de éstas.
El hecho nacional es una de esas realidades. La nacionalidad es, por de pronto, un conjunto de rasgos del individuo, un bloque de características lingüísticas, culturales y principios que constituyen su modo de ser. Si existe históricamente una comunidad (¿) que propague esas características y, con ella, una integración económica de algún orden, entonces los rasgos étnicos del individuo tienen en su base una nación ya formada. Todo eso es realidad, incluso cotidiana del individuo. Lo que no es vida real de cada cual, sino aparato ideológico de dominio sobre los individuos, es la serie de ideas especulativas postuladas para gobernar esa realidad, como la idea de destino histórico, el patrimonio imperial, etc. Ningún individuo ni pueblo tiene más sentido que el de vivir, incluyendo en el vivir la muerte. Todo lo demás, todas las vestimentas patriotas son ideología encubridora de dominio [cursiva SLA].
El internacionalismo es el reconocimiento de la realidad plural nacional, la condena de las ideologías patrióticas-imperialistas. No se puede ser internacionalista empezando por aplastar las nacionalidades. Ésta es una verdad elemental pero, por lo visto, necesitada de repetición.
Desde que el capitalismo conquistó prácticamente el mundo entero, instaurando más o menos completamente un mercado mundial, se aprecia un proceso de unificación de la especie humana. La unificación de la especie es genéticamente tan burguesa como el principio de las nacionalidades. Ni una ni otra posibilidad se puede realizar bajo el capitalismo, y en los dos casos por la misma razón: porque el capitalismo no puede legalizar situaciones sin dominio político. La única unificación posible bajo el capitalismo sería del mismo tipo que su única realización posible del principio de las nacionalidades: la instauración de un dominio que pretendiese ser unión sin igualdad. El gobierno de Estados Unidos lo habría intentado al comienzo de la guerra fría, si la URSS no hubiera conseguido construir ella también la bomba atómica. Pero una voluntad resistente no puede seguir ese camino de integración de la especie humana. Las peculiaridades nacionales o étnicas, como las demás, tenderán a superarse, como las demás, por una vía de síntesis… [SLA: a continuación viene un breve, difícil y casi imposible pasaje sobre la forma de superación de la peculiaridad étnica que no he logrado transcribir]

Sería malo terminar una exposición, por teórica que sea, sin aludir al menos, a la problemática propia. Malo moralmente y malo intelectualmente.
La principal dificultad práctica del tema nacional ha sido posiblemente su explotación por las clases dominantes para tener sometidas a las clases dominadas. Francia y Castilla-España son seguramente los dos ejemplos históricos más claros a este respecto.
La distinción entre el hecho nacional y su fetichización patriótico-imperialista es importante para no sucumbir a la propaganda patriótica y pseudonacional burguesa. Pero lo esencial es darse cuenta de que el capitalismo no ha resuelto el problema nacional, que su principio es el del poder estatal, no el de las libertades nacionales. Hay que poner eso de manifiesto e impedir que la clase burguesa finja contar con un elemento de universalidad social del que carece. Esto es particularmente visible en el caso catalán: la gran burguesía catalana no es sino un elemento más -casi tan importante como los grandes financieros vascos- en la alianza oligárquica que dirige igualmente este pueblo y a los otros pueblos de la península, incluido el castellano. Igual que contribuyó a financiar el ejército de Franco durante la guerra civil, la gran burguesía catalana se opondrá mañana al principio de autodeterminación, al igual que a todo cambio democrático…”
[SLA: El manuscrito se interrumpe en este punto].

Notas

(11). Reserva de la UB, fondo Sacristán.

Sobre Hobsbawm y el corto siglo veinte. Juan Manuel Vera. 1996

El siglo veinte terminó en 1991. Eric Hobsbawm identifica y describe detenidamente el periodo 1914-1991, al cual llama el corto siglo veinte, como una etapa histórica coherente (Historia del siglo XX, 1914-1991 -Age of extremes. The short twentieth century-, Barcelona, Crítica, 1995). En una difícil síntesis, en algunos momentos brillante y en otros más que discutible, el historiador inglés se aproxima a la grandeza y miseria del siglo desde la consciencia de que nuestras encrucijadas actuales no son sino un producto de sus acontecimientos y sus tendencias. Desde esa perspectiva afronta nuestra capacidad o incapacidad para aprender de ese pasado.
El siglo corto es conceptualizado mediante una periodificación temporal asociada a varias metáforas. La «era de las catástrofes» de 1914-1945, la «edad de oro» de 1945 a 1973 y el «derrumbamiento» de 1973-1991.
A pesar de las objeciones que podemos realizar a algunos enfoques de Hobsbawm debe reconocérsele el mérito intelectual que supone su brillante labor de síntesis, así como las numerosas aportaciones y algunas lúcidas interpretaciones que contiene. Por otra parte, esta obra constituye la culminación de una notable obra histórica, representada especialmente por la trilogía que componen Las revoluciones burguesas, La era del capitalismo y La era del imperio, todas ellas editadas en España.
Su nuevo libro es, por tanto, una obra interesante, un proyecto de autobiografía del siglo y, de forma latente, de la peripecia intelectual y vital del propio autor y de su generación. Aunque Hobsbawm ha sido un historiador marxista atípico, que ha mantenido algunas distancias respecto a la ortodoxia, su larga fidelidad al Partido Comunista de Gran Bretaña puede estar en la raíz de algunas de las sensaciones generacionales que transmite el autor ante el giro producido por las transformaciones antitotalitarias del 89-91. Así parece totalmente sincero al señalar, que «las nociones morían, igual que los hombres: en el transcurso de medio siglo, él había visto derrumbarse, convertidas en polvo, varias generaciones de ideas» (p.181). Esa visión de hombre del siglo, resulta inseparable de esa vinculación a un marxismo que ha sido incapaz de dar cuenta de los procesos reales de cambio que se estaban desarrollando en el sistema mundial y a los auténticos procesos de mutación en marcha.
Desde el punto de vista crítico se percibe una clara insuficiencia en algunos útiles conceptuales y políticos empleados para analizar las corrientes profundas del siglo. En particular, sorprende el escaso protagonismo que concede al desarrollo de las instituciones democráticas-electorales como rasgo histórico específico posterior a 1945, así como la negativa a la utilización del concepto de totalitarismo respecto a las experiencias de corte estalinista. Tales limitaciones pueden estar relacionadas, como ha señalado Michael Mann (New Left Review, nº 214)con el hecho de que el gran ausente del libro de Hobsbawm es la evolución del pensamiento social contemporáneo, especialmente en términos de teoría política y sociológica, lo cual contrasta con la atención prestada al desarrollo de las culturas y a la ciencia dura.
En la obra de Hobsbawm chirrían diversoso elementos metodológicos, al mantener en la indefinición los elementos motrices de su explicación histórica. En la primera parte tiende a un análisis social en términos de clases, mientras que en la segunda opta por una causalidad tecnológico económica. En cambio, en la categorización del último cuarto de siglo, el autor parece haberse dejado llevar por un determinismo ideológico. Como otros numerosos intelectuales conectados con la experiencia comunista parece ver el final de siglo como la desaparición de una concepción del mundo y atribuye a esa sensación (o convicción) un carácter axial en su interpretación.
Es evidente que en las puertas del siglo XXI estamos ante una etapa de incertidumbres, dudas y dilemas que sitúan al ser humano en un intrincado y complejo laberinto faustico. Pero el hombre de su tiempo hace una trampa al historiador cuando le hace creer que en otros momentos las cosas fueron de otra manera. Incluso en los momentos en que las seguridades totalitarias parecían dominar el desenvolvimiento del siglo, existía ese laberinto indeterminado e indeterminable en el que se desarrollan las acciones humanas.

La era de las catástrofes
En el siglo XX la humanidad ha estado al borde del abismo. Y en ocasiones se ha precipitado en él. La era catastrófica proporcionó dos guerras mundiales, la desaparición de los regímenes democrático-liberales de la mayor parte de Europa durante las primeras décadas del siglo, la eclosión de los fascismos, el triunfo y consolidación del estalinismo y la división del movimiento obrero internacional. Es forzoso estar de acuerdo en la calificación de Hobsbawm de etapa catastrófica. Mucho antes, el gran escritor revolucionario Víctor Serge habló de medianoche en el siglo.
Con gran acierto Hobsbawm establece el contraste entre el optimismo antropológico que se iba extendiendo en el siglo XIX, y el indudable progreso moral y humanización de las instituciones que se aventuraba para el siglo siguiente, con la realidad de la violenta regresión que ha supuesto, desde esa perspectiva, la centuria de las guerras totales, los genocidios, la reinvención del esclavismo a gran escala en el Gulag y los perversos terrores estatales.
La metáfora de la catástrofe o de la barbarie revela mucho más que una caracterización de una etapa del siglo. La tendencia a la catástrofe no es privativa de esas décadas ominosas y terribles. La barbarie es recurrente y sigue presente después de 1945 como una de las facetas más teribles de nuestro mundo. Al fin y al cabo, los barbaries del maoismo, del polpotismo, de las dictaduras militares latinoamericanas o de las guerras de Corea o Vietnam son posteriores a los horrores de la primera mitad del siglo.
Después de 1991 siguen presentes los signos de la catástrofe. La guerra limpia contra Irak va desvelando su horrible trasfondo ocultado a la opinión pública occidental, las matanzas y depuraciones étnicas de la guerra en Bosnia, la barbarie gran-rusa en Chechenia, el terrorismo indiscriminado contra la población civil en numerosas zonas del mundo, la persistencia en la brutal violación de los derechos humanos sólo combatida por débiles organizaciones internacionales o las grandes hambrunas en el África subsahariana son otros tantos ejemplos de las tendencias catastróficas del siglo. Más que una etapa de la centuria “la catástrofe” es uno de los polos que se muestran incapaces de evitar periódicamente las oligarquías que pretenden gobernar el mundo.

La edad de oro
La «edad de oro» del capitalismo está constituida para el historiador inglés por las tres décadas que transcurren, aproximadamente, desde 1945 hasta 1973; desde la derrota de las potencias fascistas y sus aliados hasta el final del ciclo largo de expansión económica de la posguerra. En la «edad de oro» se desarrollan los sistemas de protección social en los países capitalistas avanzados, acaba el colonialismo, se produce el largo equilibrio entre superpotencias que caracterizó la «guerra fría», se acelera el avance tecnológico, etc. Lo más importante es que, asociado al nuevo ciclo demográfico y de acumulación, tiene lugar una trascendental transformación en las condiciones de vida de una gran parte de los habitantes del planeta. Por vez primera, desde el Neolítico, la mayor parte de los seres humanos dejan de vivir de la agricultura y la ganadería, y se desarrolla impetuosamente la urbanización del mundo.
El análisis de la «edad de oro» muestra claramente la doble perspectiva que guía la obra de Hobsbawm: análisis de un tiempo histórico concreto pero, también, estudio de un tiempo social donde operan transformaciones de largo alcance.
Sin embargo, ese nuevo ciclo demográfico, económico, social y cultural de la posguerra podría tener continuidad, tal vez afectando de forma diferente según las grandes áreas geográficas. No parece tan sencillo considerarlo completamente terminado. Desde ese fundamental punto de vista no se entiende la periodificación de Hobsbawm, pues no aporta ningún factor analítico que le permita considerar que a partir de 1973 se haya producido el cierre de esa trascendental era de mutaciones. La aceleración de la mundialización o la nueva revolución telemática pueden considerarse tanto una nueva etapa como un desarrollo de algunas de las tendencias de “la edad de oro”. En definitiva, si el ciclo de desarrollo mundial enfatizado por el propio autor continua desarrollándose, esa periodificación propuesta carece de entidad, al mezclar niveles heterogéneos de tempo histórico que requieren, probablemente, distintos modelos conceptuales.
En otro plano, es necesario señalar la laguna analítica que supone la escasa atención prestada a los equilibrios sociales y políticos que caracterizan a las democracias electorales de los países occidentales en esa etapa. La desaparición de las condiciones para soluciones autoritarias (en la izquierda y en la derecha) durante la posguerra son elementos específicos básicos que permiten comprender la institucionalización de nuevas reglas sociales en esos estados nacionales de la Europa Occidental. Esa perspectiva se difumina ante el escaso protagonismo concedido en el análisis de Hobsbawm a los partidos socialdemócratas y a las fuerzas sindicales.

El derrumbamiento
El «derrumbamiento» de 1973-1991 supone el final de los equilibrios internacionales nacidos en 1945 y mantenidos gracias a la guerra fría. Una imagen tan brutal debería justificarse muy convincentemente. Hobsbawm utiliza ese concepto intentando dar cuenta de forma unificada de diferentes series de acontecimientos: la desaparición de los estados comunistas europeos, el final de la guerra fría, la crisis de la economía mixta y la ofensiva neoliberal, la mundialización creciente de la economía-mundo y la crisis de identidad del estado-nación, la nueva división del trabajo, la nueva era tecno-informática, etc.
La metáfora del derrumbamiento al utilizarse para caracterizar todo un periodo histórico parece unilateral, excesiva y, por tanto, completamente desacertada. Ese término sonoro parece tener una mayor relación con ciertas actitudes generacionales e ideológicas del autor que con unas nuevas tendencias sociales. De hecho, el fenómeno esencial característico de la actual onda de desarrollo histórico es el proceso de mundialización del mercado, bien descrito por el autor. Y ese proceso no se ha iniciado en 1973, ni constituye un proceso “terminado” sino en marcha. Sus efectos sobre los consensos sociales del estado de bienestar, donde éste existe, y los ritmos de evolución desencadenados, son más historia por escribir que historia escrita.
El único hundimiento genuino acaecido en el último cuarto de siglo es el que ha afectado a los anticuados sistemas posestalinistas europeos. Para suavizar ese significado transparente, hablar de la reaparición del desempleo masivo en Occidente, de la crisis del Estado de Bienstar y de la reaparición de la extrema pobreza en las ciudades, admite muchos calificativos, pero la referencia a un “derrumbamiento” común parece excesiva en cualquier caso. En relación a otras zonas del mundo, como el sudeste asiático, ahora están viviendo su «edad de oro» desde el punto de vista de la acumulación de capital. Si utilizamos variables políticas no deberíamos olvidar que, en zonas geopolíticas como América Latina, en la última década han ido desapareciendo todas las viejas dictaduras que ensangrentaron sus naciones y se han generalizado instituciones democráticas electorales, excepto en Cuba. En suma, la metáfora del derrumbamiento sólo es útil para dar cuenta del fin de las dictaduras de origen comunista y completamente inapropiada para dar cuenta de la crisis específica del sistema mundial.

Determinismo y predicción
Los problemas intelectuales en torno a los que Hobsbawm ha construido su ensayo de interpretación histórica se refieren tanto al significado del pasado como al del futuro.
El pasado plantea el problema de su inteligibilidad. La construcción teórica de la historia necesita, precisamente para producir inteligibilidad, tomar apariencias fuertemente causales, lo cual sólo es posible ex post. Pero es esencial afirmar que la posibilidad y la probabilidad en el grado que caracterizan la Historia excluyen cualquier determinismo. Los acontecimientos no son inevitables ni como hechos singulares ni como concatenación de influencias. No era inevitable la primera guerra mundial, ni el triunfo de Hitler, ni la consolidación de Stalin en el poder, ni el lanzamiento de las bombas atómicas sobre Hiroshima y Nagasaki. La conceptualización rígida de los acontecimientos en una determinación histórica causalista es la trampa que la racionalización histórica nos pone delante y la cual debemos eludir.
La reflexión sobre el pasado intenta explicar por qué han ocurrido las cosas y como una posibilidad, frecuentemente no la más probable desde el punto de vista del observador, ha triunfado sobre otras. Toda interpretación histórica implica, consustancialmente, la presencia de alternativas fracasadas. Esa presencia fantasmal conlleva la convicción de que se podían haber evitado catástrofes, muertes, sufrimientos. Indudablemente, al mismo tiempo, surge la seguridad de que otras catástrofes imaginables (y tal vez inimaginables) también pudieron acontecer. La imaginación disutópica del siglo surge de ese doble convencimiento respecto al pasado, abriendo una brecha intelectualmente importante para el desarrollo del pensamiento y las prácticas sociales.
Hobsbawm es consciente del papel crucial que las ideas respecto al pasado pueden tener respecto a las acciones presentes y, por tanto, para construir el futuro. Sobre esta cuestión plantea una intuición polémica: “En las postrimerías de esta centuria ha sido posible, por primera vez, vislumbrar cómo puede ser un mundo en el que el pasado ha perdido su función, incluido el pasado en el presente, en el que los viejos mapas que guiaban a los seres humanos, individual y colectivamente, por el trayecto de la vida ya no reproducen el paisaje en el que nos desplazamos y el océano por el que navegamos. Un mundo en el que no sólo no sabemos adonde nos dirigimos, sino tampoco adonde deberíamos dirigirnos» (p 26). En esa misma línea, llega a afirmar que «la destrucción del pasado, o más bien, de los mecanismos sociales que vinculan la experiencia contemporánea del individuo con la de generaciones anteriores es uno de los fenómenos más característicos y extraños de las postrimerías del siglo XX» (p.13). ¿Tiene razón Hobsbawrn al percibir esa pérdida orwelliana de la memoria intergeneracional como un condicionante de las posibilidades del devenir?
La cualidad esencial del futuro es su impredecibilidad. Desde el punto de vista del pensar futuro es conceptualmente impropio cualquier forma de determinismo. La racionalidad abierta lo que nos permite no es predecir sino apostar. Como ha señalado Edgar Morin la incertidumbre exige estrategias, y éstas se construyen por medio de la apuesta (el riesgo de error) y de la capacidad de aprendizaje del error. Por ello, es menos arriesgado pensar escenarios derivados del presente que cualquier otro tipo de especulación, aunque nuestro pensamiento estratégico deberá desarrollarse y adaptarse a la multidimensionalidad de la realidad. Convendría para ello intentar superar el paradigma ajedrecista respecto a los procesos sociales ya que la determinación, teórica y subjetiva, de los jugadores es una de las variables sometidas a incertidumbre y, al contrario que en el ajedrez, el resultado del juego social no es necesariamente de suma-cero.
Desde el punto de vista de la imaginación creadora las posibilidades peores, que ilustran las más peligrosas bifurcaciones negativas de la acción humana, son mucho más instructivas que las mejores. Sin embargo, las miradas hacia el pasado histórico deberían servirnos de ayuda no sólo para averiguar los caminos que no deberían volver a transitarse, sino también para encontrar las sendas con más posibilidades de permitir el desarrollo de la autonomía social e individual.

Acerca del libro «Queridos camaradas» (Pierre Broué)

El título original de este trabajo es «Historiens objetifs sans critère de classe ou Staliniens mal décrottés?». La reseña traducida al castellano fue publicada en el número 58 de la revista Iniciativa Socialista (otoño 2000)

Esperábamos este libro, el primer trabajo de historiadores españoles, antiguos miembros o cercanos al PCE, que han utilizado los archivos de la Comintern y los del Partido en Moscú.
Tenían todo en sus manos y el hecho de ser dos, un equipo tanto en la investigación como en la vida: Marta Bizcarrondo, una historiadora seria, reconocida y apreciada, y Antonio Elorza, un tercio historiador, un tercio politólogo y dos tercios periodista, como habría dicho el César de Pagnol, que podría aportar pasión e imaginación…
Vanas esperanzas: el resultado está lejos de ser brillante. A Stalin se le pone sobre el tapete, pero no llega a ser verdaderamente explicado, y el estalinismo aparece como una sombra arrastrada por funcionarios políticos y una serie de argumentos para defender una política del día a día y sus operaciones policiales.

El misterio de la Dama de la Comintern

Encontrándome hace algunos años a Antonio Elorza en un coloquio, le mostré mi extrañeza al constatar que la Comintern, después de la derrota de 1939 y de la huida de España de los hombres de la dirección del PCE, había encargado la tarea de dirigir el partido en retirada a una joven mujer de apenas treinta años, casi desconocida, de nombre o sobrenombre Carmen de Pedro, que había sido secretaria técnica del CC y secretaria de Palmiro Togliatti (Alfredo), responsable sólo ante él.
Designada por Francisco Antón como jefa de la delegación del PC en Francia, parte hacia Suiza para asegurar las comunicaciones con Moscú, pero recibió a Carrillo a las puertas del Valle de Arán en 1944. Mi interlocutor estuvo de acuerdo conmigo; ese personaje importante era totalmente desconocido. Aunque no fue separada por los procesos de 1948, y salvó su vida después de la caída de su compañero Jesús Monzón, acabó siendo aplastada por los testigos durante la investigación sobre sus relaciones con Noël Field, en el último episodio del “complot del Lux”. Ella, que había sido sucesora, en cierto modo, de la Pasionaria, fue excluida y terminó ganándose la vida oscuramente, como secretaria bilingüe en Moscú.
A decir verdad, yo sabía que Elorza preparaba un libro sobre el PC, desde su fundación hasta el final de la guerra civil, y pensaba ingenuamente que escribiendo sobre este tema, Marta Bizcarrondo y él iban a descubrir, entre Madrid y Moscú, la identidad real y el papel de esta mujer que no era una simple mecanógrafa, sino que, sin duda alguna, llevó a cabo “servicios” que le permitieron una promoción excepcional sin poseer experiencia política.
Pero la curiosidad de nuestros autores se agota antes de encontrarla, no apareciendo ni una sola vez en esta obra, aunque sobre ella se han cerrado veinte años de las relaciones entre la Comintern y el PCE. Los autores han pasado por encima de este problema ocultándoselo a los lectores y han preferido ignorarlo antes que confesar su ignorancia o su rechazo a hablar de un episodio molesto.
No intento buscarle tres pies al gato. Planteo solamente la pregunta de saber por qué un hecho, a la vez anecdótico y revelador -la designación de una dirigente del PCE para el periodo de clandestinidad que se abre en 1939- no les interesa. Ella es quien en 1943, vía Suiza, mantiene los contactos por radio con Moscú.
¿No habrá otros aspectos abusivamente juzgados? Los documentos revelados desde hace años en la Operación Venona, correspondencia del KGB y del GPU entre Moscú y América, nos confirman un rumor del que Víctor Alba, sin dar referencias, ya se hizo eco. Uno de los primeros reclutados del GPU en España fue Vittorio Sala quien, bajo el control personal de Orlov y después de Eitingon, jefes de la GPU, dirigió una amplia red contra el POUM, interna y externa, con resultados, al parecer, notables. El mismo rumor fue confirmado en lo que concierne a la ex diputada socialista Margarita Nelken, que figuraba en los servicios soviéticos como Amor.
Esas omisiones de talla, así como la laguna más arriba señalada, abren la puerta a todas las sospechas en cuanto a los criterios que justificarían la falta de atención de los autores: ¡qué nadie imagine que la GPU dirigía al PCE!

Una versión grotesca del estalinismo

Stalin está presente a lo largo de todas las páginas. Su foto aparece en la portada. El papel de la burocracia estaliniana, cuya dictadura se constituyó y se reforzó en un contexto de miseria y de barbarie a partir de un partido bolchevique domesticado, de un fantástico lavado de cerebro y de un terror despiadado, no se evoca, sin embargo, cuando se trata -¿cómo evitar la tentación de hacerlo?- de trazar las grandes líneas de la cruel “dictadura” ejercida por Stalin en Moscú. La “burocracia”, según nuestros autores, estaría constituida por las oficinas, , por los métodos, por los prejuicios e incluso por las ideas, pero nunca por una capa social con intereses propios que suministraba el meollo de su política.
Por otro lado, en el centro de la historia del siglo XX español la revolución va y viene con ritmo propio, lo que sus contemporáneos ven, a veces, como un combate europeo de vanguardia, otras de retaguardia y viceversa. En relación a este asunto mundial que movilizó no solamente a Hitler, sino también a Churchill, a Chamberlain, a Roosevelt y a otros, no esperamos la respuesta de los chupatintas, de los periodistas, ni de los asesinos, sino de aquellos que se encontraban en la dirección de la URSS y que confiaron a Stalin la defensa exclusiva de sus intereses.
La amenaza más temida por la burocracia, en tanto que grupo social en la URSS, era la revolución obrera y campesina -en cualquier país- pues hacía peligrar las defensas penosamente construidas en alianzas circunstanciales o neutralizaba a las fuerzas dispuestas a “ayudar a la URSS”, es decir, debilitaba la “defensa”, no de esta última, sino de su burocracia.
Las oposiciones que se manifestaron no constituyen, para nuestros autores, oposiciones entre intereses opuestos en una misma sociedad, una lucha por la dominación de unos contra otros, sino el conflicto entre ideas diferentes, en un mundo estelar, sin base material. También, cuando descienden a los detalles, nuestros autores se encuentran prisioneros de contradicciones más graves todavía en una sociedad que no analizan ni comprenden, y cuyo desgarro no ven tal y como en realidad se daba, sino según la idea que se hacen de él.
Con cierto estupor nos hacen partícipes de una idea que parece seducirles por su originalidad y que repiten de diferentes formas, por medio de diversos ejemplos: a propósito de lo que dicen o escriben durante los años treinta los trotskistas, ellos nos dicen que, en el fondo, los trotskistas piensan del estalinismo lo mismo que piensan los estalinistas, y también que en 1932 Andrés Nin, líder del POUM, y D.Z. Manouilsky, a los que les separaba un río de sangre, estarían de acuerdo sobre la perspectiva fundamental, a saber, la inminente explosión revolucionaria en España.
Sin, al parecer, darse cuenta de que se contradicen, después de habernos hablado del monolitismo estaliniano, añaden una nueva e inútil contradicción describiendo, a partir de 1935, los conflictos entre Vittorio Codovila, de un lado, y de otro ese hombre “más abierto”, “la personalidad política fuerte de Dimitrov”, expresiones que adquieren la plenitud del absurdo cuando se leen después de conocer el Diario de Dimitrov, del que, por otra parte, los autores toman citas que prueban que eligen las frases a su gusto y para sus propias intenciones, ignorando tantas observaciones clarificadoras.
¿Operación consciente o inconsciente? Es evidente que, a fin de cuentas, la inconmensurable necedad y el sectarismo de Codovilla, digno hijo del estalinismo del Tercer Periodo, sin olvidar su falta de honestidad, debían ser sancionadas. El enorme poder de Stalin encuentra aquí una justificación aparente, ya que es él el que va apartarle de las responsabilidades y a reemplazarle, a partir de mediados de 1937, por el hábil político que fue Palmiro Togliatti.

Un adversario no sólo despreciable, sino culpable

No me ha gustado este libro. Pero lo que más me ha descompuesto es el retrato político que los autores se atreven a hacer de Andrés Nin. Antonio Elorza ha apoyado durante años la política y los temas estalinianos. No hemos oído decir que haya sido capaz de tener ni una centésima parte de la iniciativa de Santiago Carrillo al reconocer, aunque bajo una forma poco grata, que Nin había sido asesinado.
Generaciones de estalinistas, generaciones de elorzas han montado guardia, durante decenios, sobre los restos de Nin, a pesar de que fueron dispersados por sus asesinos. Un puñado de personas -entre las que estoy orgulloso de encontrarme- han luchado por restablecer la verdad sobre el POUM, su papel en la revolución, su destrucción por Stalin. Todos han aprendido a respetar y a honrar a Nin. Y he aquí que Antonio Elorza surge para reírse de la apreciación “mil veces repetida” -¿no se repiten los amigos de Elorza?- según la cual “el POUM representaba la revolución en su estado de pureza”, a lo sale al paso diciendo que “los opositores poumistas estaban lejos de ser los ángeles de la revolución descritos por sus apologetas”. Nótese la elección de las palabras con connotaciones religiosas, destinadas a desacreditar hipócritamente a los defensores de la memoria de Nin; eso se aprende en ciertas escuelas. Pero no es suficiente. Elorza mete sus propias manos en el lodo. Para él, Nin repetía, machaconamente, la experiencia de la revolución bolchevique. Elorza decide escribir: “Los esquemas mentales (!!) soportes de la acción del POUM, no variaron desde los tiempos en que [Nin] militaba en la Oposición de Izquierdas en Moscú […] Nin tenía la virtud de pensar y escribir siempre la misma cosa”. Y más adelante, hundiéndose un poco más en la bajeza: “Con los generales a punto de sublevarse, Nin no veía otro enemigo que la política del Frente Popular. Su pensamiento izquierdista desembocaba así en un providencialismo antidemocrático”.
En el debate hay que jugar limpio, pero no puedo por menos que preguntarme ¿quién es este “querido profesor” que se permite tales juicios sobre un hombre auténtico, de una estatura que parece no ver?
Los autores continúan su relato describiendo, con cierta moderación, ya que no se puede negar, el complot policial montado por los agentes de Moscú contra Nin, y después su asesinato, pero sin hablar de los personajes de la alta sociedad española, ganados por el estalinismo, que fueron sus cómplices y propietarios de la casa donde se produjo el asesinato, Constancia de la Mora Maura y su marido Hidalgo de Cisneros y López de Montenegro…
Muestran después la relativa indulgencia de la acción legal llevada contra los otros dirigentes del POUM. La manipulación llega aquí a lo más alto. Se permiten escribir:
“La represión contra el POUM se desarrolla sobre dos planos que no son siempre fáciles de distinguir. Uno es menos visible, corresponde a la acción estalinista llevada a cabo por los servicios secretos soviéticos […] y el plan de represión legal donde las instituciones republicanas sufren la experiencia de la presión comunista pero sin cederles completamente”.
El meollo del asunto:
“Esta división correspondía a las dos vertientes de la política del POUM, su política efectiva y aquella que se le imputaba”.
La represión contra el POUM, deben saberlo los Orwell, Ken Loach, Thalmann, Mary Low, Brea y tantos otros, víctimas o amigos de las víctimas, no es, en último análisis, parte de los crímenes de Stalin en España, sino ¡una de las vertientes de la política del POUM!
Si recordamos que un poco más arriba revelábamos que nuestros mentirosos decían que Nin pensaba siempre la misma cosa, digamos, de pasada, que Andrés Nin, horrorosamente torturado, pensaba siempre lo mismo de los verdugos que le torturaban y de los pequeño burgueses que, por miedo, les ayudaban. Le mataron y no consintió hacer «confesiones».
Es un honor para él haber pensado y dicho lo mismo, hasta la muerte. No es el caso de Antonio Elorza, que ha perdido su honor en esta empresa. Y esto les duele a todos los que le habían considerado como un hombre honesto equivocado.

Una multitud de errores, de deformaciones, de lagunas

No voy a alargar inútilmente este informe. No se puede terminar de leer este libro, salvo si se está interesado en una de las mil formas jurídicas y en las argucias que las personas bien educadas pueden usar para aprobar a los calumniadores, los delatores, los verdugos y los asesinos y creer que han salido con las manos limpias porque no han usado más que un bolígrafo.
¿Por qué no decir, ya que ahora se sabe con seguridad, gracias a los archivos de Orlov, que “el periodista francés Georges Soria”, como ellos dicen, era un agente del NKVD? ¿Por qué, cuando las Juventudes Socialistas de España, como todas las juventudes socialistas del mundo, giran a la izquierda después de la victoria sin combate de Hitler, los autores hablan de su “deriva radical”? Porque se cree ahora, como siempre se ha creído, que lo malo es desear la revolución y la abolición de la explotación del hombre por el hombre, que ser revolucionario es una “deriva”, que si se es socialista hay que ser “moderado”.
Es un error afirmar que el marxismo llega a España alrededor de los años 30, y que fue recibido “a la hora rusa”. En realidad, la hora rusa fue la del día después de la sublevación de Asturias en octubre de 1934, con la incorporación a la Comintern en 1935 de los jóvenes socialistas refugiados o delegados en la URSS que formarían la JSU y que serían después los cuadros del PC estalinizado, Santiago Carrillo a la cabeza.
Es una enorme laguna en lo histórico, y políticamente muy grave, haber pasado por alto los meses de preparación semipública del pronunciamiento, la liquidación de numerosos oficiales de izquierdas, sobre todo socialistas, el rechazo absoluto del gobierno del Frente Popular a tomar en serio las denuncias de los preparativos del golpe, incluso después de su desencadenamiento. Por esta razón el POUM hablaba del balance criminal del Frente Popular y de sus responsabilidades aplastantes en la sangre vertida por el pueblo, lo que los autores le reprochan como una acusación escandalosa, aunque el restablecimiento concienzudo del contexto histórico impone este juicio a todo autor serio.
Es un tremendo error la acusación lanzada contra el POUM de haber diabolizado al ejército cuando hacía falta un ejército para salvar a la República. Espantoso error, ya que los autores no explican que el levantamiento tuvo lugar en dos tiempos, el primero en los cuarteles, de donde los “rebeldes” salían cubiertos de sangre de sus camaradas militares, incluidos numerosos oficiales. Y es deshonesto, ya que mucho han reprochado al POUM su “militarismo rojo”, sin, por otra parte, saber nada al respecto.
Es de una ignorancia supina o de una insigne mala fe no indicar que el gobierno del Frente Popular garantizó, de hecho, el levantamiento, proclamando su confianza en el cuerpo de oficiales, o que la victoria contra el levantamiento militar se obtuvo en los lugares donde no se siguieron las consignas del gobierno, estando a menudo los militantes y los jóvenes comunistas en la primera fila de los combatientes. La otra piedra de toque fue la participación de las formaciones republicanas miembros del Frente Popular, infinitamente más débil en el combate político-militar que la del bloque de partidos y organizaciones sindicales de trabajadores.
Y, claro está, la falsificación vulgar, como la que hacían los periódicos comunistas de la época, de las Jornadas de Mayo, del papel de la CNT-FAI, de sus militantes y dirigentes (Marianet, del que parecen ignorar que se trataba de Mariano Vázquez), y también del POUM y de sus dirigentes. Todo esto es tanto más lamentable en cuanto que sus graves lagunas, de gran peso político, están hoy en día despojadas de todo su misterio.
En toda la correspondencia de los primeros meses de la guerra civil entre el PCE y la Comintern, citada por Elorza y Bizcarrondo, se dibuja perfectamente la política antirevolucionaria (antes de ser contrarevolucionaria) de los amigos de Moscú y del PCE, el combate descarnado para apartar del poder a Largo Caballero -que fracasó-; el aterrizaje, después de las Jornadas de Mayo, en el aparato del Estado con la ayuda de la mayoría de la derecha socialista y, particularmente, de Juan Negrín; la conquista de los sectores clave del aparato del Estado, tan lúcidamente comentada por Togliatti, que fue uno de sus organizadores y que descubrió, en el momento en que los reclutaba, que los generales y altos funcionarios convertidos en comunistas serían siempre generales y altos funcionarios antes de ser “comunistas”.
¿Ni un sólo cumplido para los autores? Sí. Han extraído de los archivos un cierto número de documentos (pp. 296-298) que demuestran que Moscú no tuvo ninguna duda sobre los objetivos y las consignas desde el inicio de esta guerra civil. El telegrama del 20 de julio de 1936 de Dimitrov y Manouilsky lo demuestra: “Aplastar definitivamente la rebelión contrarevolucionaria y defender la República”. El 24 de junio, los mismos precisan sus directrices: concentrar todos los esfuerzos en la liquidación de la rebelión sin obsesionarse con los planes de lo que habrá que hacer con la victoria; evitar todo lo que pueda debilitar la unidad del Frente Popular, no exagerar, no abandonar las posiciones del régimen democrático y no salir de los límites de la defensa de la República; evitar entrar, por el momento, en el gobierno y, en fin, no reclamar la sustitución del ejército por las milicias populares.
Esto es un programa político, es el programa del estalinismo en 1936. La crítica que nuestros autores hacen al POUM demuestra que, sustancialmente, lo hacen suyo y lo justifican de una forma deshonesta. Estos intelectuales hacen lo que ningún aparatchik español se ha atrevido a hacer antes.
La clave de este comportamiento aberrante se encuentra, sin duda, en que tanto Antonio Elorza como Marta Bizcarrondo no creen en la revolución (o no la desean), ni hoy, ni mañana, ni ayer incluso, y que se esfuerzan por borrarla de los encerados de ayer para conjurarla hoy, a fin de que a nadie se le ocurra mañana pensar en ella y le tiente la idea de llevar a cabo el acto Primero de la Utopía, como dicen sus colegas, Stéphane Courtois y con él los partidarios de la teoría del comunismo “criminógeno”.
No es por azar que hayan titulado su primera parte “Entre la Utopía y la Burocracia”. La perspectiva de la abolición de la explotación del hombre por el hombre considerada como una utopía es una posición muy clara en este mundo amenazado por la barbarie. Es el título de un capítulo y una impronta reveladora de su trabajo: todo lo que se quiera, excepto un trabajo de historiadores.
Por tomar un ejemplo más cercano a los franceses y que respaldará nuestra argumentación: condenar a Jaurès significa absolver, de entrada, a su asesino. Bajo el color de la objetividad justifican el crimen, condenándolo sólo desde el punto de vista formal. ¿Qué esperan? ¿La consideración? Pero, ¿de quién?
Este género de comportamiento tiene un nombre, pero no tiene sitio en el marco de esta revista.

Cuaderno rojo de la guerra de España, por Mary Low y Juan Brea (George Orwell, 1937)

Time and Tide, 9 de octubre de 1937

El Red Spanish Notebook (Cuaderno rojo de la guerra de España) proporciona un vivo cuadro de la España leal, tanto en el frente como en Barcelona y Madrid, en el primero y más revolucionario período de la guerra. Ciertamente es un libro partidista, pero no es peor por serIo. Los autores trabajaron para el POUM, el más extremista de los partidos revolucionarios y que luego fue suprimido por el Gobierno. El POUM ha sido tan vilipendiado en el extranjero, y especialmente por la prensa comunista, que era imprescindible dejar claras las cosas.

Hasta mayo de este año era muy curiosa la situación en España. Una multitud de partidos políticos que se eran mutuamente hostiles luchaban por salvar la vida contra un enemigo común y al mismo tiempo peleaban enconadamente entre ellos sobre si esto era o no una revolución además de una guerra. Habían ocurrido acontecimientos decididamente revolucionarios -los campesinos se apoderaron de tierras, fueron colectivizadas industrias, matados grandes capitalistas o expulsados, la Iglesia prácticamente abolida- pero no había habido cambio alguno fundamental en la estructura del Gobierno. Era una situación que podía derivar hacia el socialismo o volver al capitalismo; y ahora está claro que, si se lograse vencer a Franco, surgiría una república capitalista de alguna clase. Pero al mismo tiempo se producía una revolución ideológica que era quizá más importante que los cambios económicos poco duraderos. Durante varios meses grandes masas creyeron que todos los hombres son iguales y pudieron actuar según esa creencia. El resultado fue un sentimiento de liberación y de esperanza que es difícil de concebir en nuestra sociedad basada en el dinero. y en esto es lo que resulta valioso el Red Spanish Notebook. Mediante una serie de cuadros íntimos cotidianos (en general pequeñas cosas: un limpiabotas rechazando una propina, un letrero en los burdeles diciendo: “Por favor, tratad a las mujeres como camaradas” ) muestra este libro cómo son los seres humanos cuando tratan de comportarse como seres humanos y no como engranajes de la máquina capitalista. Nadie .que estuviese en España durante los meses en que la gente seguía creyendo en la revolución podrá olvidar esa extraña y conmovedora experiencia. ~ Ha dejado algo que ninguna dictadura, ni siquiera la de Franco, podrá borrar .

En cualquier libro escrito por un partidista hay que esperar unos u otros prejuicios. Los autores de este libro son trotskistas -me figuro que a veces pusieron en aprietos al POUM, que no era propiamente trotskista aunque algún tiempo trabajasen los trotskistas para él- y por tanto sus prejuicios van contra el partido comunista, con el cual no siempre son del todo justos. Pero, ¿acaso es siempre estrictamente justo, el partido comunista con los trotskistas? Mr. C. L. R. James, autor del libro La revolución mundial, prologa el libro.

 

Una novel·la sobre Andreu Nin de recomanable lectura (Ernest Benito)

He de confessar que m’ha sorprès molt gratament la lectura de “La noche desnuda”, de Juan Carlos Arce. Lectura que vaig iniciar amb certa recança i temor, al tractar sobre la mort i desaparició d’Andreu Nin i el procés al POUM. Un sempre té la prevenció que, al convertir en novel·la fets històrics, la ficció pugui deformar-los en aquest procés de narració. EL temor inicial va convertir-se en un interès, cada cop més apassionat, a les poques planes d’haver iniciat la seva lectura, fins a tal punt que vaig empassar-me-la en una sola nit.
Cal felicitar doncs a l’autor, en primer lloc, per saber respectar de manera bastant escrupolosa les veritats històriques, al ensems que sap col·locar la ficció en aquells moments o situacions que en cap moment desvirtuen les realitats contrastades. És el primer mèrit que cal agrair-li però, certament no es pas l’únic.
Trobo molt encertat el creuament que fa de dues de les figures que més han transcendit en la projecció internacional del POUM la de l’Andreu Nin i George Orwell i tanmateix crec que també es un encert el ressaltar la importància que va tenir en la vida personal d’Andreu Nin la seva dona, Olga Tareeva, el tercer personatge destacat en la novel·la.
Aprofita molt bé la ficció per a explicar allò que mai sabrem com va passar, perquè romandrà per sempre ocult a la història, però que sap posar al lector que conegui la trajectòria dels personatges, en que és el que “podria haver passat”. Ho fa de manera planera i amb una bona capacitat narrativa i mantenint l’atenció del lector en tot moment amb una trama molt ben teixida i argumentada.
Em permeto també destacar la part final de la novel·la on descriu de manera acurada i amb tot un seguit de detalls, que no desvirtuen en cap moment la veritat històrica, tot el procés judicial que va seguir-se contra el POUM i els seus dirigents. Crec que es –en la meva opinió- la millor de les moltes aportacions que fa aquesta narració perquè tots aquells que la llegeixin, a més gaudir-ne en la lectura, ampliïn el seu coneixement d’una realitat històrica que ha estat massa temps oculta i poc divulgada en defensa d’uns interessos que, per sort de tots, avui ja quasi be han desaparegut.
No us desvetllaré pas el contingut de la trama perquè, malgrat la temptació que en tinc, l’autor no em perdonaria mai -i amb tota la raó- el fer-ho en un article d’aquestes característiques però, el que si que us puc recomanar es que no deixeu de llegir-la, perquè a més de gaudir d’una bona novel·la, podreu ampliar el vostre coneixement sobre l’entorn que li va tocar viure a un dels vendrellencs que ha tingut més projecció internacional. L’Andreu Nin.

La vida y la muerte en Aragón (reseña, Pelai Pagès)

El libro «La vida y la muerte en Aragón» está disponible en el Catálogo de Publicaciones de la Fundación Andreu Nin.

Ben segur que en aquests moments són molt pocs els qui coneixen José Gabriel, un periodista i escriptor d’origen aragonès -havia nascut l’any 1896-, però que va viure bona part de la seva vida a l’Argentina, on va arribar amb els seus pares, encara essent un nen, l’any 1905. Dedicat inicialment a múltiples tasques va començar molt aviat a dedicar-se al periodisme i l’any 1920 va publicar el seu primer llibre Evaristo Carriego i l’any 1922 la seva primera novel·la La fonda. Quan va esclatar la guerra civil espanyola el juliol de 1936 fou enviat com a corresponsal del diari “Crítica” a Espanya, des d’on va escriure nombroses cròniques. Era un moment en què José Gabriel López Buisán -per bé que sempre es firmava només amb els dos noms- s’havia radicalitzar políticament i s’havia anat decantant cap al trotskisme, essent un fervent antifeixista i al mateix temps un consagrat anti-estalinista.

A banda de les cròniques que va escriure, va publicar també dos llibres sobre la guerra, España en la cruz (1937) i La vida y la muerte en Aragón (1938), ambdós publicats a Buenos Aires. Justament aquest darrer llibre acaba de ser reeditat en coedició entre El Perro Malo i Salvador Trallero editor, amb un pròleg de Javier Barreiro, centrat en José Gabriel en el seu context i la guerra civil espanyola i amb un epíleg de Niall Binns sobre José Gabriel i la revolució espanyola. Basat en les peripècies que va viure mentre va estar en el front d’Aragó, en el pròleg que va escriure deixa clar que en el món es disputaven l’hegemonia dos imperialismes: “el imperialismo llamado DEMOCRATICO y el imperialismo llamado FASCISTA”. I ambdós coincidien en què calia sufocar la revolució proletària. D’aquí que si els facciosos havien afusellat Maurín -era un moment en què hom pensava, certament, que Maurín havia estat afusellat-, els republicans havien assassinat Durruti, Nin i Bernieri. Deixava ben clar quina era la seva posició política.

Per aquesta raó, després de l’interessant relat que dibuixa del front d’Aragó, a l’Apèndix publica des d’articles que van aparèixer a “La Batalla” i a “El Combatiente Rojo” -ambdós diaris del POUM- fins a un article de l’anarquista francès Gaston Leval sobre la ofensiva que s’havia produït contra les col·lectivitzacions a l’Aragó o un discurs antifeixista de Durruti, que havia estat publicat a “Solidaridad Obrera”, el setembre de 1936 o informacions variades sobre la mort del dirigent anarquista.

Una de les característiques del llibre és que ve acompanyat d’il·lustracions que havien estat publicades a l’edició de 1938 i d’un interessant àlbum de fotografies que recull des de fotografies del front d’Aragó fins a dibuixos del dibuixant que signava amb el sobrenom Sim, José Luis Rey Vila (Cadis, 1900 – París, 1983), o bé cartells de propaganda dels diferents partits i sindicats.

Enguany, que commemorem els vuitanta anys de la derrota republicana, és un bon moment per llegir un llibre d’un autor molt poc conegut a Espanya, però que posseeix un indubtable interès.

Esbós d’un combatiu home de poble: Ramón Fernández Jurado (Manel Alberich)

Prólogo al interesante libro autobiográfico de Ramón Fernández Jurado:  Memòries d´un militant obrer (1930-1942), publicado en 1987 por Editorial Hacer. La edición incluye dos prólogos, uno de Víctor Alba, y otro de Manel Alberich.
 

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El banquete de la vida, de Anselmo Lorenzo (Manel Aisa)

Editorial Sintra  Barcelona 2006, Colección Redescubrir, 21×15 cm, 104 pág.

La Editorial Sintra en su colección Redescubrir ha publicado un texto de Anselmo Lorenzo editado ahora hace poco más o menos cien años, por la editorial de las Publicaciones de la Escuela Moderna que sin ser un libro de texto de la Escuela Moderna sí formó parte de su colección. Así tanto, en el número 8 y 9 del Boletín de la Escuela Moderna de 30 de abril y 31 de mayo de 1905 respectivamente, se reproducen dos apartados del libro para que los niños de la Escuela conozcan y evalúen sobre el “Preámbulo”  que abre el libro y el capítulo dedicado a “El derecho a vivir”.

El Banquete de la Vida fue publicado como hemos dicho antes por la Escuela Moderna en 1905, donde un Anselmo Lorenzo ya maduro lanza un primer golpe de atención a las ideas maltusianas, poco antes de que desde el movimiento libertario avancen las ideas neomalthusianas. .

Lorenzo reflexiona sobre la vida en la Tierra, los espacios naturales, los sentidos, y las actitudes y compromiso ante la vida de las personas y los elementos naturales que les rodean, el trabajo y el Patrimonio Universal Acumulado.

A partir de ahí toma postura por las ideas kropotkinianas del apoyo mutuo y cuestiona elementos de los darwinianos que no de Darwin.

Así Lorenzo denuncia los privilegios de la burguesía que Malthus justifico en su día argumentando el derecho de éstos en detrimento de las clases populares y nos recuerda que la naturaleza tiene resuelta su existencia desde la noche de los tiempos pero no así el hombre que constantemente  legisla, a favor de los privilegios de casta de unos sobre otros.

También en el libro encontramos una reflexión sobre la demografía y el constante crecimiento de la población mundial, donde hoy, podemos entender que no tanto se trata del crecimiento natural de la especie “humana” si no también hay que tener en cuenta, otros factores como la longevidad de la vida de las  personas y lo que ello entraña, en una sociedad que a cada paso va creciendo en número y donde sin duda, la actividad humana modifica el medio ambiente. Donde la alteración se produce por el crecimiento de las ciudades, las comunicaciones y el sector agrícola hechos que avanzan destruyendo los bosques, selvas y erosionando el terreno que lleva forzosamente a la desertización.

Por ello es necesaria una reflexión desde el conocimiento de los avances de la ciencia pero sobretodo a partir del interés de toda la sociedad y no a partir de los privilegios de clase de la burguesía y el capital.

Debido a que hoy en día pocos ya recuerdan la figura de Anselmo Lorenzo también en el libro encontraremos un esbozo biográfico del abuelo del anarquismo español que nos ayudará a comprender su evolución en el campo de las ideas libertarias, y el por qué del arraigo del anarquismo en España.

Para finalizar con unos estupendos dibujos en cada  apartado del libro que se deben a la pluma de Fermín Sagristà. Colaborador incansable entre otros de las publicaciones de la Escuela Moderna y del periódico Tierra y Libertad que a la muerte de Ferrer por encargo de Tomás Herreros hizo una espléndida alegoría sobre el asesinato de Ferrer en Montjuic por la que fue detenido y paso 16 meses en los calabozos del castillo maldito.