Orwell, un poumista atípico (Pepe Gutiérrez-Álvarez)

Después del “revival” recreado en base al pretexto de su novela, 1984, y que, en su sentido más influyente fue orientado a reforzar el discurso neoconservador, convirtiendo en la medida de lo posible el pensamiento izquierdista y socialista, y por lo mismo, antiestalinisra de Orwell, en una bateria más en el proyecto de derrotar el comunismo con la descomposición y caída del estalinismo, en este año se ha vuelto a hablar ampliamente de Orwell, ahora con un pretexto, digamos más normalizado: el de su centenario. Al igual que en 1984, el pretexto puede servir para recomponer la verdad y restablecer el espíritu libertario de Orwell. Para ello hay puertas como la que ha abierto editorial Tusquets con la edición del voluminoso Orwell en España (tr. Antonio Prometeo Moya), siguiendo la edición británica de Peter Davison. El libro comprende, aparte de una edición completa del ya célebre Homenaje a Cataluña (que conoció diversas ediciones en los últimos tiempos, en Virus y en Círculo de Lectores, entre otras), se ofrecen otros ensayos poco conocidos, como lo son las reseñas de libros sobre la guerra española (como el de Mary Low y Juan Brea, o La forja de un rebelde, de Arturo Barea), amén de su correspondencia española, que amplia por lo tanto la documentación facilitada en la edición de Destino, Mi guerra civil española (Barcelona, 1978, tr. de Rafael Vázquez Zamora y Josep C. Vergés).
Recordermos que, aunque ignoraba la trama política española, Orwell había estado atento a lo que ocurría en España desde 1931, y siguió con interés el triunfo del Frente Popular en las elecciones de febrero de 1936. Cuando estalló la sublevación militar-fascista con el burdo pretexto de contrarrestar un inexistente «complot comunista»(1) la conmoción internacional que causó le afectó muchísimo y desde los primeros días de la guerra se convenció tan firmemente de que su sitio estaba en las trincheras antifascistas que nada ni nadie lo pudo contener . El golpe militar-fascista se inició con el convencimiento de que sería un simple paseo militar. Su primera actuación fue contundente, utilizando una cínica maniobra logró cribar dentro del ejército a los militares antifascistas y planeó la conquista de los principales centros vitales del Estado a cualquier precio. Pero a pesar del desconcierto inicial (por la total falta de previsión de una izquierda que no supo sacar conclusiones de unos preparativos golpistas que eran un secreto a voces), los trabajadores, a veces sin más armas que su propio entusiasmo, lograron arrebatar a los sublevados las principales capitales del Estado y las zonas más industrializadas. La primera batalla de la guerra había sido ganada por las masas.
Así lo entendió Orwell que escribió: “En los primeros meses de la guerra, el verdadero enemigo de Franco no fue el gobierno, sino los sindicatos. Apenas se produjo el alzamiento, los organizadores obreros de las ciudades replicaron primero con una huelga general, luego exigiendo y, tras un cierto forcejeo. apoderándose de las armas de los arsenales. De no haber obrado espontáneamente y de un modo más o menos independiente, es muy posible que Franco no hubiera encontrado resistencia. (…) El gobierno había hecho muy poco o nada para impedir el alzamiento, que algunos habían previsto con bastante anticipación, y cuando empezó la lucha su actitud fue débil y vacilante, hasta el punto de que España tuvo nada menos que tres primeros ministros en un solo día (2). Además, la única decisión que podía salvar del peligro inmediato, armar a los obreros, sólo se tomó muy en contra de su voluntad y para aplacar los violentos clamores populares. Sin embargo, se distribuyeron armas y, en las grandes ciudades del este de España, los franquistas fueron derrotados a costa de un grandioso esfuerzo, principalmente por parte de la clase obrera, ayudada por las fuerzas armadas (guardias de asalto, etc.) que habían permanecido fieles al gobierno. Este esfuerzo probablemente sólo lo podían hacer quienes luchaban con unos propósitos revolucionarios, es decir, creyendo que luchaban por algo mejor que el statu quo…(3).
La derrota inicial obligó a los sublevados a emplear mejor la ayuda que Mussolini –vía J. A. Primo de Rivera, su agente en España- venía prestando desde los inicios de la conjura, lo que permitió unir los focos africanos con los de la península. La internacionalización del conflicto se planteó pues desde los primeros días, pero la República sólo recibió el apoyo de los voluntarios de todo el mundo que se alistaron en las milicias o los que formaron las Brigadas Internacionales. Unirse a éstas fue según su propia confesión, el impulso inicial de Orwell que siempre lamentó no haberse encontrado en el frente de Madrid, centro de la guerra civil. Para ir a España tuvo que empeñar objetos de valor y quedó en la peor situación económica que había conocido.
Se ha discutido mucho sobre las razones íntimas que impulsaron a Orwell a emprender, con tanto empeño, su aventura española. Se ha dicho que lo empujó la frustración por no haber sido uno de los etonianos voluntarios en la primera guerra mundial por lo que, según sus propias palabras, se sintió menos hombre». También se ha hablado de su mala conciencia birmana, pero ni una ni otra tienen base documental. Una opinión interesante e interesada es la de la escritora, Teresa Pámies cuando se pregunta : “¿Quiso sentir en España lo que siente un hombre con un fusil en la mano, en una guerra de verdad? Sería injusto decir que Orwell se fue a España, el año 1937, –con fines literarios, para experimentar sensaciones inéditas (que le permitieran escribir un libro sobre la guerra revolucionaria. En realidad, España le ofreció a Orwell la posibilidad de vivir lo que Malraux calificó como mon heure lyrique” (4).
Con una erudición muy superior, la conclusión de su biógrafo Bernard Crick es que, efectivamente, Orwell se había quedado «seco» literariamente y buscaba en España una fuente de inspiración. El hecho más verosímil, a mi juicio, es que se trató de una combinación de factores entre los que la voluntad de combatir por la libertad no fue el último, aunque el literario fuera el primero. Durante su estancia en España, Orwell no mostró ninguna voluntad por parecer y ser escritor; pudo haber muerto muchas veces antes de que, después de mayo de 1937, se le ocurriera escribir su homenaje a la Cataluña revolucionaria. Su camino en España también se hizo al andar, descubrió el socialismo y la dignidad humana entre sus compañeros que serían luego acusados de «agents provocateurs».
Orwell abandonó Londres el 22 de diciembre y llegó a Barcelona el 26, dos semanas antes que el contingente del ILP. En la víspera de su viaje había mantenido una entrevista con Harry Pollit, a través de John Strachey, a la sazón secretario general del PC británico. Éste, contó, Orwell, «después de haberme planteado varias cuestiones, decide evidentemente que yo era políticamente poco seguro y rechaza ayudarme; para quitarme la idea de partir trata de espantarme insistiendo sobre el terrorismo anarquista». Pollit le aconseja que pase por la embajada española en París, ciudad donde Orwell tendrá un breve encuentro con Henry Miller. Camino de Barcelona, se siente conmovido por los campesinos franceses que saludan a los expedicionarios con los puños en alto. En su bagaje llevaba «Ios conceptos normales del ejército británico», que se convertirán en los valores de un experto ante una tropa con tanto entusiasmo como ignorancia militar. Fue comprendiendo que «Ios buenos militantes eran los mejores soldados», pero para ello era imprescindible una preparación previa y, escandalizado ante la falta de disciplina, se empeñó en enseñar a sus compañeros. En las trincheras descubre «el socialismo» en su significación más profunda, como acción revolucionaria de las masas. En un medio sucio, sin medicinas, sin apenas instrucción, conoció la igualdad en las trincheras, la democracia sin jerarquía, la fraternidad sin hipocresías, la fidelidad de clase, la generosidad ilimitada….Está enrolado en la 29. a División Rovira, perteneciente al POUM, pero ello es fruto de la casualidad. El equipaje de Orwell no incluía ninguna postura partidista y, tal como entendía las cosas, el Partido Comunista le pareció el más conveniente .
El escritor y militante revolucionario ruso-francés Victor Serge, cuenta en sus Memorias las dificultades casi insalvables que existieron en la segunda mitad de los años treinta –época de ascenso simultáneo del fascismo y del estalinismo, y que él definió como de «medianoche en el siglo»- para criticar la degeneración grosera de la revolución rusa y la contrarrevolución burocrática. (5) Los obreros consideraban que estas críticas eran una manera de dividir aún más sus filas y hacerle así el juego al fascismo desprestigiando el único baluarte sólido contra éste en un momento en que las democracias mostraban su debilidad. Por otro lado, les era muy difícil comprender que detrás de la utilización de los símbolos tradicionales del comunismo se escondía una política antirrevolucionaria derivada del interés de Stalin en subordinar el movimiento obrero a su juego diplomático, que pasaba por un entendimiento con las clases dominantes de las potencias imperialistas democráticas (6).
Para muchos obreros el Frente Popular era un aplazamiento táctico de la revolución. Pero no lo veían así muchos intelectuales que anteriormente se habían opuesto radicalmente a la revolución rasa, y ahora se sentían identificados aunque fuera parcialmente, con un estalinismo que perseguía la revolución. Este fue el caso de Beatriz y Sydney Webb, de Shaw y Wells. Algo parecido ocurrió con las mentiras del estalinismo; mientras los obreros se mantenían al margen del asunto –como hizo notar Orwell en sus escritos–, los intelectuales como Barbusse, Rolland, Aragon, Éluard, etc., no podían ignorar las barbaridades dichas, pero todos se prestaron desde los más altos a los más bajos, a la campaña de desprestigio del POUM y de los «trotskystas» en España, apoyando desde la prensa de París, Londres o Nueva York, una reedición hispana de los fraudulentos juicios de Vichinsky-Stalin. Con el tiempo, la mayoría de estos intelectuales se desplazaron hacia posiciones anticomunistas vulgares mientras que Orwell, siempre a su manera, se mantuvo fiel a sus concepciones éticas y socialistas.
Durante este período, Orwell compartió también una «luna de miel» con los comunistas. Mantenía excelentes relaciones con muchos de ellos y aunque sintió repugnancia por los «procesos de Moscú», pensó que los comunistas que se encontraban fuera de la URSS no tenían por qué estar implicados en el asunto. Carente de una coherencia doctrinaria, no tenía prejuicios frente a ellos, que le parecían además mucho más eficaces. “No es difícil comprender por qué en esta época –inicial de la guerra- yo prefería el punto de vista comunista al del POUM. Los comunistas seguían una política concreta y práctica, una política que era evidentemente mejor desde el punto de vista del sentido común, que sólo presta atención a los meses inmediatos. Y, desde luego, la política improvisada del POUM, su propaganda y todo lo demás, era algo indeciblemente malo; así tenía que ser, ya que de los contrario hubieran atraído a un número mucho mayor de seguidores. y lo que acababa de remachar el clavo era que los comunistas –o así me lo parecía- estaban llevando adelante la guerra, mie91tras que nosotros y los anarquistas no adelantábamos ni un paso. Ésta era la opinión general en esa época. Los comunistas habían aumentado su poder e incrementado de un modo enorme los efectivos de su partido apelando a las clases medias contra los revolucionarios, pero en parte también porque eran los únicos que parecían capaces de ganar la guerra. El armamento ruso y la magnífica defensa de Madrid, realizada por tropas que en su mayor parte dependían de los comunistas, los habían convertido en héroes de España. Como alguien dijo, cada avión ruso que volaba sobre nuestras cabezas era propaganda comunista. El purismo revolucionario del POUM me parecía lógico, pero también más fútil. En definitiva, lo único que importaba era ganar la guerra” (7).
No tenía más vínculo con el POUM que el establecido accidentalmente a través del ILP. En una de sus cartas escribe: «Casi por accidente me afilié a las milicias del POUM, en lugar de a la Brigada Internacional, lo que ha sido en parte una lástima pues significa que nunca veré el frente de Madrid». No entendía muy bien el interés de los poumistas en justificar su razón revolucionaria con citas de Lenin ad nauseaum, y de hecho se sintió también más identificado con la manera de ser y actuar de los anarquistas por los que experimentó una gran simpatía :.–limitada por su desconfianza en el utopismo de éstos–, pero al fin sus compañeros de las trincheras lo fascinaron y cuando descubrió que eran tachados de «quintocolumnistas» y perseguidos, no se replegó, sino que por el contrario sintió avivada su identificación, y cuando el POUM fue ilegalizado lamentó con dolor no haberse afiliado antes a este partido.
Su estado de «virginidad» política no podía durar mucho tiempo. En un principio, cuando sus compañeros de trinchera le presentaban a alguien de otra tendencia obrerista, no salía de su estupor, «es qué no somos todos socialistas ? ». Pero la cuestión era mucho más compleja y así acabó entendiéndolo: “Me parecía idiota que unos hombres que luchaban por sus vidas militaran en partidos separados; mi actitud era la actitud «antifascista» más ejemplar, cuidadosamente difundida por los periódicos ingleses, sobre todo con el objeto de que la gente comprendiese la verdadera naturaleza de la lucha. Pero en España, y especialmente en Cataluña, ésta era una posición que nadie podía mantener indefinidamente. Gradualmente o por la fuerza todo el mundo acaba por tomar partido. Porque, incluso sí a uno le eran completamente indiferentes los partidos políticos y sus respectivas «líneas» en pugna, era obvio que el destino personal de cada cual dependía también de estas cuestiones. Un miliciano era un soldado que luchaba contra Franco, pero también era un peón de una gigantesca batalla que se estaba librando entre dos teorías políticas. . .”(8).
Con el tiempo fue madurando y, Orwell aplicó su inteligencia natural al estudio de los datos más importantes. Para ello no se dejó llevar por ninguna labor de adoctrinamiento y proselitismo, ni dejó que le pusieran unas anteojeras con las que sólo podría ver la verdad de un aparato determinado… Le sirvió su experiencia concreta, su conocimiento nada desdeñable de todas las opciones que conoció sin prejuicios, y leyó todo lo que le cayó entre manos sobre la guerra y. sobre las polémicas políticas que marchaban paralelas. Cuando en 1937 volvió a verle el dirigente socialista Fenner Brockway que ya lo había tratado antes de su llegada a Barcelona y durante los primeros tiempos de la guerra, quedó sorprendido por su madurez.
Lo primero a destacar es sin duda su identificación natural y profunda con la revolución. Comprendió que se encontraba «en el corazón de la sección más revolucionaria de la clase obrera española» . En una carta, a Connolly, escrita desde el hospital donde yacía herido en una mano –y donde por primera vez fue visitado por Eileen–, decía: “He visto cosas maravillosas y, finalmente, creo realmente en el socialismo, lo que no me había ocurrido nunca». Lo segundo a destacar es quizá su amor por la gente que luchaba, su aprecio por los que había conocido en las trincheras. Se sentía conmovido por la «amistad que nos demostraban los campesinos», que tradicionalmente temían la proximidad de unas tropas y que sin embargo a ellos les «ponían siempre muy buena cara… supongo que porque pensaban que, por muy molestos que fuéramos, gracias a nosotros no volvían los terratenientes de antes».(9). En el primer párrafo de Homenaje a Cataluña simboliza en un miliciano italiano desconocido el sentimiento de fraternidad que le había cautivado:
“Era un joven de veinticinco o veintiséis años, de aspecto vigoroso, pelo rojizo, amarillento y hombros anchos. Llevaba una gorra de piel, de visera puntiaguda, provocadoramente ladeada sobre un ojo. Yo le veía de perfil, con la barbilla hundida sobre el pecho, contemplando con ceño fruncido y expresión de perplejidad el mapa que uno de los oficiales había desplegado sobre la mesa. Había algo en su cara que me emocionó profundamente. Era la cara de un hombre capaz de cometer un asesinato 0 de dar la vida por un amigo, la clase de cara que uno hubiera supuesto que correspondería a un anarquista, aunque existían las mismas probabilidades de que fuera comunista. En ella había a un tiempo algo de candor y ferocidad; y también la conmovedora reverencia que las personas incultas tienen por las que suponen superiores. Evidentemente, no entendía ni jota de aquel mapa; y evidentemente consideraba que saber interpretar mapas era una prodigiosa hazaña intelectual. No sé muy bien por qué, pero en pocas ocasiones he conocido a alguien –me refiero a un hombre- por quien haya sentido una simpatía tan inmediata…” (10).
Otro factor sobresaliente en su formación fue su insaciable voluntad dé conocer los hechos, de comprenderlos. Dos poumistas que lo trataron en la 29.a División subrayaron este aspecto al escribir: “Se podía ver inmediatamente que sentía el mismo placer que un niño al observar. Su mirada fija de introvertido no constituía un obstáculo, ya que podía establecer pronto una calurosa relación. La mayoría de los milicianos eran jóvenes y alegres, como los describió él mismo, y ninguno de ellos pudo imaginar que aquel extranjero de piernas largas, que debía de andar a gatas en las trincheras mientras los demás andaban normalmente, era un intelectual, un escritor que notaba todos los detalles de su entorno, y notablemente los trazos psicológicos de los seres humanos con los que compartía su vida con toda camaradería. . .
Contrariamente a otros voluntarios extranjeros presentes en las milicias… Orwell había venido a tomar parte en los combates, sin querer significarse, ya que no era un aventurero en busca de honores y decoraciones. Durante todo el tiempo que pasó en el frente, no dejó nunca las trincheras, salvo una vez que fue herido y otra por un corto permiso –por lo que se entiende que nunca buscó entrar en contacto con la jerarquía militar, con los hombres políticos o con los periodistas, que se podían encontrar en las divisiones más o menos alejadas de las primeras líneas…(11).
La actuación de Orwell en las trincheras se puede calificar de modesta y valerosa al mismo tiempo. Curiosamente, temía más a las ratas que a las balas. Una noche en que el campamento estaba durmiendo, una rata le había estado fastidiando reiteradamente. Orwell, bastante nervioso, sacó su fusil y disparó contra el animal, ocasionando un gran revuelo. Los dos frentes se pusieron a disparar, la artillería rugió y algunos destacamentos salieron a patrullar. Sus otras preocupaciones no eran mucho más heroicas, se trataba del sueño, el frío o los cigarrillos, y no de un adversario entre los que adivinaba a muchos infelices obligados a luchar contra sus propios intereses. En una ocasión se negó a disparar sobre un «fascista» que tenía caídos los pantalones porque un hombre en dicha circunstancia no podía ser un fascista. Esta posición antiheróica es uno de los encantos imperecederos de Homenaje a Cataluña. Durante su estancia en el frente no escribió nada relevante. Había llegado a España como corresponsal del órgano del ILP, New Leader, y lo fue también de otros diarios y revistas. Escribió muy poco y lo que hizo lo firmó como E. A. Blair, su nombre auténtico, pero con el que era absolutamente desconocido.
En el orden de factores que dieron forma y cuerpo a sus posiciones políticas hay que contar, finalmente, el de su incorruptible sinceridad y amor a la verdad. Temía las trampas ideológicas, y creyó pura y simplemente en lo que como santo Tomás pudo tocar directamente con las manos. Desarrolló individualmente una investigación que le llevó a comprender que se encontraba en una situación muy compleja, pero ante la cual no podía permanecer neutral y menos indiferente. Cuando llegaba a unas conclusiones, nunca pretendía haber llegado a una verdad definitiva y lo que creía lo intentaba contrastar con otras fuentes escritas españolas y extranjeras. Hasta mayo de 1937, las controversias… sobre el curso político de la guerra habían tenido un lugar más bien secundario en sus preocupaciones que se centraban en el campo de batalla, aunque no tardó en plantearse una serie de cuestiones que comenzaba a ver claras y que le enfrentaban con la línea gubernamental, cada vez más abiertamente pro burguesa, y con su vanguardia que era, suprema ironía de la historia, el Partido Comunista. Éste había realizado un giro de 180° desde que en la primera etapa de la República había defendido descabelladamente el derrocamiento de ésta por «reaccionaria» y la instauración de unos «soviets» inexistentes.
La verdad le parecía, en el fondo muy sencilla y era hija de una realidad que había podido comprobar desde la primera fila. Sabía que nadie le podía discutir honradamente el hecho incuestionable del carácter obrerista y pro socialista de las primeras batallas contra el levantamiento, cuyo verdadero’ trasfondo era la defensa de la propiedad terrateniente y capitalista. Pensaba que el franquismo (al que erróneamente definía como un intento de retroceso feudal, precapitalista, cuando en realidad se trataba, y así se demostraría en su desarrollo ulterior, de un bloque pro capitalista. Esta caracterización, utilizada básicamente por los comunistas, tenía como intención facilitar la idea estalinista de que en España –que estaba mucho más adelantada que la Rusia zarista- sólo podía hacerse una revolución democrático-burguesa) había sido un movimiento contra una revolución que acabaron involuntariamente por desencadenar. Nadie había puesto en duda, durante los primeros tiempos de la guerra, que en la zona republicana había tenido lugar esta revolución que resultó incompleta; dicho de otra manera, un proceso revolucionario que había destruido todos los «aparatos» del sistema capitalista –ejército, policía, tribunales, Iglesia, parlamento, propiedad privada, etc.-, aunque no había abordado el centro y punto de recomposición: el Estado.
Orwell nunca puso en duda que la «auténtica lucha es la que se da entre la revolución y la contrarrevolución». Y esta apreciación no la deducía de ningún esquema teórico sino de la atmósfera que pudo observar: “Generales y soldados rasos, campesinos y milicianos se trataban aún de igual a igual; todo el mundo cobraba la misma paga, llevaba las mismas ropas. comía el mismo rancho y llamaba “‘a todos «tú» y «camarada»; no había amos ni criados, ni mendigos, ni prostitutas. ni abogados, ni curas, ni había que lamer las botas a nadie. ni hacer ningún saludo reglamentario. . .”(12).
Había advertido el valor militar y revolucionario de las milicias, que se basaban «en la lealtad de clase», mientras que la disciplina «de un ejército de reclutas burgués se basa en último término en el miedo»; y aunque, siguiendo los planteamientos del POUM que eran deudores de los escritos de Trotsky sobre el ejército rojo ruso, no era contrario a una mayor militarización de aquéllas, Orwell comprendió que lo que se pretendía con su disolución era acabar con la revolución y restaurar un ejército burgués. Se lamentaba de que no existiera ningún movimiento regular en la retaguardia franquista, algo que había sido una de las «armas secretas» de toda guerra revolucionaria y que, en España era perfectamente posible, ya que las tropas franquistas estaban repletas de gente de extracción popular a la que la República no había conseguido entusiasmar con sus proyectos timoratos de reforma agraria. También se lamentaba de que los republicanos no intentaran que los marroquíes se volvieran contra Franco; pero para eso había que conceder la independencia a su país, algo que el gobierno «amigo» de París no quiso consentir, aunque sí aceptó la farsa de la «no intervención». Orwell no esperó nunca que los burgueses ingleses o franceses ayudaran a la República por más respetable que ésta tratara de ser; sabía o intuía que, por el contrario, gente como su odiado Winston Churchill sentía más agrado por Franco –no en vano éste mismo había mostrado abiertas simpatías por los mussolinis y hitlers de los primeros tiempos.
A pesar del distanciamiento inicial, Orwell fue identificándose cada vez más con las posiciones del POUM. Este partido ha sido caracterizado de muy diferentes maneras: «trotskysta» , «trotskobujarinista» , socialista de izquierda, comunista disidente, etc. La primera definición fue utilizada por los estalinistas y luego extendida por comentaristas e historiadores poco amantes de la exactitud, y resulta cuando menos parcial, ya que Trotsky criticó muy duramente su actuación; (13) la segunda, más correcta, es la del periodista soviético Mijhail Koltsov, que sabía de qué se trataba, (14) y se ajusta bastante a una caracterización de las dos fuerzas cuya unificación dio lugar a dicho partido: la Izquierda Comunista de Nin y Andrade, que estuvo vinculada hasta poco antes de la formación del POUM con la Oposición Internacional trotskysta, y el Bloc Obrer i Camperol de Maurín, Portela y Gorkín, identificado con las críticas bujarinistas al ultraizquierdismo estalinista de 1929-1935, y que había radical izado ostensiblemente sus posiciones ante el auge fascista. Pero esta caracterización es cierta sólo sí la limitamos a los orígenes. Posteriormente el POUM se diferenció incluso de sus «partners» del Buró de Londres, provenientes de la socialdemocracia en general como el ILP, el grupo de Marceau Pivert, y el Parti Ouvrier et Paysan; por su parte el POUM era la conjunción de dos tendencias comunistas disidentes y en él los componentes trotskystas y los componentes maurinistas nunca llegaron a compenetrarse totalmente. A pesar de sus limitaciones de implantación y de sus posibles errores tácticos, el POUM fue el único partido consecuente y honrado con su historia y su programa en el campo republicano, y fue esto lo que convenció a Orwell.
En el frente, el debate político se encontraba en segundo plano y difícilmente las divergencias políticas podían delimitarse. Una primera herida –la segunda lesionó su garganta y significó el final de su estancia en España–, le llevó al sanatorio Maurín de Lérida; desde allí se trasladó a Barcelona donde presenció y vivió los acontecimientos de mayo de 1937. y también allí descubrió «no solamente la distorsión de la verdad», «sino la mera invención de la historia. Un aspecto de 1984 estaba ya ocurriendo» (Crick). Igual que otras veces, lo que le llevó a tomar partido en un sentido revolucionario no fue una concepción política estricta sino los hechos mismos que de por sí tenían ya una gran fuerza.
Tal como hemos dicho, Orwell se sintió fascinado por la situación revolucionaria que encontró en Barcelona. Pero esta vez la impresión fue exactamente la contraria. Ya le había llamado la atención el aburguesamiento de Tarragona, pero lo que vio en Barcelona fue para él mucho más revelador: “El cambio que se había operado en el aspecto de la gente era asombroso. El uniforme de la milicia y los monos azules casi habían desaparecido por completo; todo el mundo parecía llevar los elegantes trajes veraniegos que son la especialidad de los sastres españoles. Por todas partes se veían hombres prósperos y obesos, mujeres elegantes y coches de lujo. (Parece ser que aún habían coches particulares; sin embargo, todo el mundo que era “alguien” parecía poder disponer de un coche.) Los oficiales del nuevo Ejército Popular, un tipo casi inexistente cuando yo me fui de Barcelona, ahora abundaban de un modo sorprendente. En el Ejército Popular había al menos un oficial por cada diez hombres. Parte de estos oficiales habían servido en la milicia y habían sido retirados del frente para recibir instrucción técnica, pero la mayoría eran jóvenes que habían preferido ir a la Academia Militar en vez de incorporarse a la milicia. Su relación con los soldados no era la misma que en un ejército burgués, pero había una diferencia social clarísima, manifestada en las desigualdades en la paga y en el uniforme (…). Mientras andaba por la calle, observé que la gente volvía la cabeza para mirar nuestro desastrado aspecto. (…) En la ciudad se había producido un profundo cambio. Pasaban dos cosas; la primera era que la gente. la población civil, había perdido buena parte de su interés por la guerra; la segunda, que la habitual división de la sociedad en ricos y pobres. en clases altas y bajas, estaba volviendo a reaparecer. (15).
Esté ambiente reflejaba la poderosa contraofensiva conservadora, contraria a las conquistas de la revolución. Se esperaba una prueba de fuerzas entre los sectores pro gubernamentales encabezados por el PSUC al que secundaban los nacionalistas catalanes, y el frente pro revolucionario representado por las bases de la CNT-FAI y el POUM con un programa alternativo –gobierno obrero, profundización de las medidas revolucionarias…-. Además de esta contradicción social inmediata, surgió otra a la que Orwell aludía como una gran batalla entre destilerías políticas, la «trotskysta» y la estalinista. Los hombres de Stalin en España no podían olvidar que el POUM había sido la única formación política española que había tomado partido contra los «procesos de Moscú», y seguía defendiendo el honor de Trotsky y de toda la vieja guardia bolchevique. Sus diferencias con el «trotskysmo» eran en cierta medida secundarias, puesto que seguían reivindicando a Trotsky –al que el POUM intentó instalar en el Vendrell (Tarragona) en vísperas de la guerra–, estaban por la revolución permanente, puesto que definían como socialista la revolución que había que hacer en España y, además, consideraban que en la URSS había una degeneración burocrática. Las consignas de Moscú estaban claras y fueron expresadas, otra ironía de la historia, por Antonov Ovseenko; había que liquidar a «los trotskystas ya los irresponsables» (los anarquistas) como se había hecho en Moscú. Desde hacía cierto tiempo el PSUC –al que Togliatti tomó como ejemplo de celo antitrotskista frente a los demás comunistas españoles, a su parecer más moderados–, llevaba a cabo una impresionante campaña de prensa pidiendo la supresión del POUM al que tachaba de trotskysta, o sea de fascista.
Para Orwell esto era simplemente demencial: “¿ y qué es un trotskysta ? Esta terrible palabra –en España se le puede encarcelar a uno en estos momentos y tenerle allí indefinidamente, sin proceso, sólo sí se oye decir que se es trotskysta– está sólo empezando a agitarse en Inglaterra. Pero ya la oiremos con el paso del tiempo. La palabra «trotskysta» (o «trotskofascista), ) se suele emplear refiriéndose a un fascista disfrazado que quiere aparecer como ultrarrevolucionario para dividir las fuerzas izquierdistas. Pero su poder tan especial se debe al hecho de significar tres cosas distintas. Puede referirse a uno que, como Trotsky, deseaba la revolución mundial; o al miembro de una organización encabezada por el propio Trotsky (el único uso legítimo de la palabra); o por último, al fascista disfrazado que ya he mencionado. Esos tres significados pueden englobarse en uno solo sí se quiere. El primer significado puede llevar implícito el segundo. y el segundo significado casi invariablemente lleva implícito el tercero. Así: «Fulano ha hablado favorablemente de la revolución mundial; por lo tanto es un trotskysta; por lo tanto es un fascista’). En España, y en cierta medida también en Inglaterra, cualquiera que profese el socialismo revolucionario (es decir, cualquier partidario de las ideas que profesaba el Partido Comunista hace sólo unos pocos años) cae bajo las sospechas de ser un trotskysta pagado por Franco o Hitler” .(16)
El enfrentamiento comenzó con el intento por parte de las fuerzas gubernamentales y del PSUC de tomar la central telefónica de Barcelona, en manos de la mayoría anarcosindicalista. El rechazo de los trabajadores se extendió a toda la capital que se llenó de barricadas. Orwell se vio metido en medio del embrollo. Cuando los combates se intensificaron, no pudo subir por las Ramblas –centro de la contienda- para ir hasta el hotel Continental donde se albergaba Eileen que había ido otra vez preocupada por sus heridas. El hotel se encontraba en las proximidades de la Central Telefónica. Entonces se dirigió al otro extremo de las Ramblas, al hotel Falcón, donde se encontraba la sede poumista en la que reinaba la mayor confusión; no se sabía muy bien lo que había ocurrido pero los militantes ocuparon su lugar en las barricadas junto a los cenetistas.
El 4 de mayo Orwell , armado de un fusil y con tabaco suficiente, consiguió llegar hasta el hotel Continental donde encontró a Eileen ya George Kopp, un rico soldado de fortuna belga que se había convertido en una auténtica «bete noire» para los estalinistas. Kopp trató de evitar un baño de sangre e intentó hacerse una idea clara de la situación. Consiguió una tregua ya Orwell le tocó vigilar desde los techos del cine Poliorama. Allí permaneció durante tres días y tres noches sin demasiados problemas. En varias ocasiones oyó ráfagas de ametralladoras, diversos tiroteos, etcétera, pero él sólo tiró una vez. La «tranquilidad» se impuso con la medida gubernamental de enviar refuerzos a Barcelona y los anarcosindicalistas se replegaron a los ruegos de sus mandos ministeriales.
En esta lucha todo resultaba menos claro que en la de 1936. Orwell no obstante era consciente de que se trataba de salvaguardar las conquistas obreras y de contrarrestar la ofensiva republicano-estalinista, pero, como los dirigentes del POUM, no confiaba en que pudiera darse un «golpe de timón» que modificara la correlación de fuerzas existente. Sobre todo cuando los que tenían capacidad para ello, los anarcosindicalistas, habían optado por un compromiso cuyos resultados se iban a poner pronto de manifiesto: en poco tiempo fue raptado y asesinado Andrés Nin, desapareció su amigo Bob Smillie (hijo de uno de los líderes históricos del sindicalismo revolucionario inglés y militante del ILP), el POUM fue perseguido y puesto fuera de la ley, y el gobierno de Largo Caballero, que se negó a respaldar la persecución de organizaciones obreras, cayó bajo la presión conjunta de los comunistas –que hacían el trabajo sucio y de los socialistas de derecha que hablaban de restablecer la propiedad privada y apoyaban la represión de la izquierda. Se instauró un gobierno que persiguió a sus revolucionarios y que contó con el beneplácito de Herriot, Churchill y otros «amigos» de la causa republicana.
Orwell pudo descubrir entonces que la prensa. de izquierdas podía mentir casi tanto como la de derechas, y que desde los comunistas hasta los liberales coincidían en atribuir los acontecimientos de mayo de 1937 a una «provocación» fascista con la complicidad directa del POUM, que se convirtió en el partido de la «quinta columna». El mismo Orwell fue acusado de «trotskysta» y tuvo que pasar a la clandestinidad, finalmente pudo ocultarse y llegar a Inglaterra. Allí inició una cruzada personal para rebatir las brutales tergiversaciones que encontraba en la prensa y en la literatura. Fruto de este esfuerzo es su obra Homage to Catalonia (Homenaje a Cataluña} y un volumen de escritos editados en castellano con el título de Mi guerra civil española, reflejo fehaciente de que Orwell siempre pensó como un revolucionario cuando escribió sobre España.
En julio de 1937 comenzó a redactar Homenaje a Cataluña, en donde explica sus vivencias con un afán eminentemente vindicativo frente a las deformaciones que se han divulgado entre la izquierda. Esta obra se coloca entre las mejores novelas escritas sobre la guerra civil española. Se publicó el 25 de abril de 1938, pero fue un rotundo fracaso comercial. Volvió a ser reeditada junto a sus obras completas aparecidas en 1951, y al año siguiente se publicó en Estados Unidos con el famoso prólogo de Lionel Trilling que reproduce la edición española de 1970. Existe otra traducción castellana publicada por la editorial anarquista argentina Proyección.
Las críticas a su primera edición fueron anodinas, y desde la izquierda comunista se insistió en la descalificación de los revolucionarios. Un hecho interesante ocurrió en el The Listener donde un crítico anónimo destacaba su «descripción magistral de la guerra», pero añadía que era políticamente «confusa e incierta» y lo acusaba de hacer una apología de la táctica trotskysta, «lo que equivalía ala traición». La respuesta de Orwell fue publicada con una excusa del director, algo completamente excepcional, ya que, por lo general, las replicas de Orwell a las acusaciones contra sus compañeros encontraron el vacío en las publicaciones de izquierdas.
El libro es, como dirá Luis Romero en su introducción, «parcial en dos sentidos», porque ocurre en un lapso de tiempo relativamente corto y en un limitado espacio geográfico. El mismo Orwell tuvo la inusitada honestidad de subrayar esta parcialidad cuando escribió: “He tratado de escribir objetivamente sobre los sucesos de Barcelona, aunque, como es obvio, nadie puede ser completamente objetivo en una cuestión de esta clase. Uno se ve virtualmente obligado a tomar partido, y quisiera que quedase bien claro de qué lado estoy. Además “inevitablemente habré cometido errores factuales, no sólo aquí, sino incluso en otras partes. Es muy “difícil no incurrir en errores escribiendo sobre la guerra civil española debido a la falta de documentación que no sea de carácter propagandístico. Prevengo a todos contra mi parcialidad y prevengo. a todos contra mis errores. Sin embargo, he hecho todo lo posible por ser veraz. Pero, como se comprobará, mi versión es completamente distinta a la que apareció en la prensa extranjera, sobre todo en la comunista” (17).
El tiempo ha ido colocando las cosas en su sitio, y mientras hasta los propios comunistas se ven obligados a distanciarse de lo que escribieron en aquella época, la obra de Orwell se toma como fuente fidedigna por parte de ensayistas e historiadores. Sin duda, se ha convertido en uno de los testimonios literarios más citados de los existentes sobre la guerra y fue una obra de avanzada, puesto que reivindicó una revolución que, según el término de Burnett Bulloten, fue «camuflada» durante más de un par de décadas por especialistas e historiadores, y terminó siendo reconocida incluso por los autores más abiertamente pro gubernamentales.
Se trata de una obra testimonial, movida por un excepcional interés por la verdad que estaba siendo deformada siguiendo los procedimientos que el estalinismo había logrado imponer en la URSS, y lo es «de un escritor y no de un político que escribe para acomodar, o para tratar de acomodar, los acontecimientos a su posición ideológica en el momento que aparecerá el libro. Muchas de las obras escritas sobre la guerra civil española, y aun entre las publicadas en los últimos años, adolecen de esa intencionalidad partidista –que cuando llega a la tergiversación me parece un defecto gravísimo– en mucha mayor medida que Homenaje a Cataluña, que fue editado cuando la guerra seguía su curso» (Luis Romero). Este período final de la contienda acabó con todas las esperanzas de Orwell y le confirmó en sus ideas básicas. Profundamente conmovido por la derrota sufrió angustias y una profunda melancolía.
Notas
(1) Sobre ésta y otras falacias promovidas por los franquistas, luego reproducidas por los Pinochets (y remozadas por el neconservadurismo), resulta todavía muy útil la lectura del libro de Herbert Soustworth, El mito de la Cruzada de Franco (París, Ruedo Ibérico); no es necesario recordar que las críticas de Orwell a la izquierda fueron por no haber luchado consecuentemente contra los sublevados.
(2) Casares Quiroga, Martínez Barrio y Giral. Los dos primeros se negaron a dar armas a los sindicatos. (Nota de Orwell.) Casares Quiroga desoyó las advertencias de Prieto tachándolo de menopáusico, y cuando estalló el alzamiento su comentario fue que se iba a dormir. Esta “traición” de la derecha republicana a la respuesta obrera contra el alzamiento será un factor normalmente ocultado por los historiadores que tratan de ofrecer una imagen incestionable de las instituciones republicanas.
(3) Cf. Homenaje a Cataluña, Barcelona, Ariel, 1983, p. 84.
(4) Teresa Pámies que, sería una de las plumas más audaces del «revisionismo” eurocomunista en los años setenta, atribuye a los críticos de Orwell la opinión de que Homenaje a Cataluña es «su peor pieza literaria”.. En su obra Cuando éramos capitanes (Barcelona, Dopesa, 1974), Pámies dice que Orwell «no creía en la revolución de los parias; era «un señorito británico o un británico señorito. que consiguió algunas páginas de emoción auténtica, pero «de revolucionario, Orwell, ¡ni hablar!. (hemos de suponer que revolucionarios fueron los comunistas). Más tarde, después de la crítica de un lector, no le «duelen prendas. en reconocer que sí bien no lo era «se comportó como tal. (cf. Romanticismo militante, Barcelona, Galba, 1976, pp. 92-93). Mucho más justo sería Luis Romero en su introducción al Homenaje…, escribe que Orwell «vino a España a luchar por la causa de la República y, más concretamente, en favor de la revolución proletaria. Entre su idealismo y la realidad se interfirieron no pocas contradicciones (…) era un intelectual inglés –no un fils de papa, ni un literato de salón.-…
(5) Cf. Victor Serge. Memorias de un revolucionario, México, El Caballito. Algo por el estilo pudo comprobar Orwell que comentó lo siguiente en su diario de El camino de Wigan Pier: «Me sorprendió la mucha simpatía que les tienen aquí a los comunistas. Grandes aplausos cuando anunció Hannington que sí Inglaterra y la URSS luchas en la una contra la otra, ganaría la URSS,”. A mi manera, p.64.
(6) Otro factor es el generacional, así lo hace notar Trotsky en una entrevista con C. R. L. James: «…La traición de la Tercera Internacional se ha desarrollado tan rápidamente y de una forma tan inesperada que resulta que la misma generación a la que en otra ocasión anunciamos su formación. es la que está aquí todavía para oírnos denunciarla. Yesos hombres se acuerdan de que ellos ya habían oído esto anteriormente (en relación a la Segunda»>. León Trotsky: Le mouvement communiste en France, París, Minuit. 1967. p. 633.
(7) Cf. Homenaje a Cataluña, p.92.
(8) Cf. Homenaje a Cataluña. p. 83.
(9) Cf. Mi guerra civil española. Barcelona, Destino. 1978, p. 94.
(10) Cf.Homenaje a Cataluña, p. 40.
(11) Cf. J. Coll y Josep Pané, Josep Rovira: una vida al servei de Catalunya, Barcelona, Ariel, 1978.
(12) Cf. Homenaje a Cataluña, p. 142.
(13) Cf. León Trotsky, La revolución española, 2 tomos. edición de Pierre Broué. Barcelona, Fontanella. 1977.
(14) Cf. Diario de la guerra de España, Madrid, Akal, 1977. Koltsov, como los demás agentes rusos en España, fue eliminado por Stalin.
(15) Cf.Homenaje a Cataluña, p.147.
(16) Cf. Mi guerra civil española, Barcelona, Destino, 1978. p. 29. Un retrato parecido encontramos en Homenaje… Un poco más adelante (p. 169). dice de él: .Es difícil pensar en aquel hombre concreto sin varias clases de amargura. Como se hallaba en los cuarteles Lenin. es probable que fuese trotskysta o anarquista Y. en las condiciones tan peculiares de nuestro tiempo. cuando a gente así no la mata la Gestapo suele matarla la GPU». Esto último fue exactamente lo que le ocurrió al grupo dirigente de la IV Internacional entre 1935 y 1945.
(17) Cf. Homenaje…, p. 195. Sobre las inexactitudes del libro, escribe Luis Romero: “…Sí las hay; y son más evidentes para quienes vivimos la época (…). Por ejemplo, confunde en varias ocasiones la Guardia Civil con la de Asalto; él mismo debió de advertirlo o alguien se lo hizo notar, como se deduce de una nota aparecida en sus papeles póstumos». Romero prosigue diciendo que “nadie se llame a engaño», “…reconozcamos que se trata de un extranjero, inglés por más señas, que cae en la Barcelona de 1937. No es extraño que, a pesar de su honestidad intelectual y de la rectitud de sus intenciones informativas, aplique algunas medidas británicas a la circunstancia revolucionaria española». Idem, pp. 11-12.

Edición digital de la Fundación Andreu Nin, junio 2003

El Bloque Obrero y Campesino (Víctor Alba, 1973)

Se reproduce a continuación el capítulo 3 del libro de Víctor Alba Historia del BOC y del POUM. El marxismo en España 1919-1939 (B. Costa Amic editor, México, 1973). Edición digital de la Fundación Andreu Nin de 2002, autorizada por el autor.

El congreso de Terrassa debía enfrentarse a dos cuestiones fundamentales: cuál era la realidad del país y cuál querían que  fuera en el futuro, por un lado, y por el otro qué tipo de organización era la más adecuada para luchar por transformar esta  realidad en la que deseaban.
La mayoría de los participantes eran jóvenes, formados bajo la Dictadura, sin experiencia política ni sindical, pero había  un puñado de viejos militantes cenetistas y de la primera hora del Partido Comunista, con una larga experiencia de combate obrero.
Los problemas que se les planteaban eran inéditos. Había que inventar soluciones y respuestas. Poco les valía que otros también lo hicieran, porque rechazaban sus posiciones: las del apoliticismo sindicalista, las del colonialismo ideológico comunista, las de la evasión republicana. La visión de la realidad española que tenían los reunidos era única, nueva, distinta de todas las restantes.
Esta visión se sintetizó en las tesis políticas aprobadas, que había preparado Maurín. España necesitaba una revolución democrático-burguesa que debía realizar la clase obrera, puesto que la burguesía se había mostrado incapaz de hacerla. Así se abriría el camino hacia la revolución socialista. Esta revolución debía llevarse a cabo con completa independencia internacional, sin someterse a ninguna línea política que no fuera determinada por los propios obreros de la Península.
Esto marcaba ya la posición internacional del nuevo partido. No se afiliaría a ninguna de las Internacionales existentes, y defendería la revolución rusa sin abandonar por esto el derecho y el deber de criticar lo que considerara errores de sus dirigentes. Se opondría al colonialismo y al imperialismo, apoyaría los movimientos de emancipación nacional y las rebeliones coloniales.
Una cuestión que, dada la diversidad de origen de los congresistas, preocupaba a muchos, era la posición del nuevo partido frente al problema catalán. Las tesis del Congreso sobre él lo presentaban no como un problema aislado, sino relacionándolo con las cuestiones más generales de las nacionalidades ibéricas y también de las reivindicaciones de la revolución democrática:
“Los comunistas de Cataluña, que no olvidan la doble esclavitud que sufrimos como trabajadores sometidos a una burguesía y como catalanes dominados por un poder extranjero, reclaman el derecho de Cataluña, el derecho de todas las nacionalidades ibéricas, a la libre determinación de su propio destino, hasta la separación inclusive.
No queremos decir aquí que nos separemos de otros pueblos de Iberia. Queremos solamente decir, que como comunistas partidarios del libre albedrío de los pueblos, no nos podemos oponer si reclaman esta libertad y se organizan por separado de las otras nacionalidades que constituyen España.
Naturalmente, no confundimos este derecho con las necesidades de una burguesía cualquiera, que quiera proclamarse autónoma a causa de sus necesidades económicas de clase.
Pero, partidarios de un Estado por cada nación, los comunistas de Cataluña invocan la organización de todas las naciones ibéricas en una federación de estados agrupados sobre la base de un reconocimiento mutuo de una completa libertad interior.
Nuestra reivindicación es, en lo que se refiere a la cuestión nacionalista: Unión de las Repúblicas Ibéricas. En lo que concierne a Marruecos pedimos su abandono total. Que los marroquíes se organicen como quieran. No tenemos el derecho de intervenir en sus decisiones”.
Pero tener posiciones que se consideran justas no es garantía de que las mismas influirán en la realidad. Precisa una organización que consiga para ellas la adhesión de las masas. ¿Cuál debía ser esa organización? Los congresistas no estimaron que un simple partido comunista, aunque independiente de la Internacional, bastara. La masa obrera no sabía lo que el comunismo era y su formación marxista era levísima. Había pues, el riesgo de que si el programa y la acción del nuevo partido atraían a mucha gente -y los congresistas lo esperaban-, esa gente, sin formación marxista, acabaría dando al partido un tono que los reunidos en Terrassa no consideraban el apropiado a las necesidades del país.
El nuevo partido debía ser democrático y regirse por la voluntad de sus militantes, libremente expresada, después de libres discusiones periódicas y espontáneas. Pero un partido así, en un medio con pocos marxistas, podía dejar pronto de ser marxista. ¿Cómo resolver esta situación? La solución surgió cuando se propuso crear un partido con dos niveles, uno de marxistas militantes y otro, por decirlo así, de noviciado, de simpatizantes, para que, una vez la experiencia les hubiera formado, pasaran a ser militantes del otro nivel.
¿Qué nombre dar a esas dos organizaciones de un mismo partido? Se discutió mucho sobre esto. En los congresos, las cuestiones de táctica suelen ocupar mucho más tiempo que las de principio. Finalmente, el congreso encontró la solución: habría una Federación Comunista Catalano-Balear, de la que formarían parte todos los miembros de la Federación y del PCC, los cuales desaparecían, y a la cual irían entrando los miembros de la otra organización, una vez preparados y educados políticamente. Esta otra organización, que se esperaba que fuera de masas, debía tener un nombre atrayente, que sintetizara su carácter. El nombre fue el de Bloc Obrer i Camperol (Bloque Obrero y Campesino), que pronto fue conocido por BOC. Recordaba una consigna de la Tercera Internacional en 1927, la de formar bloques de obreros y campesinos. Pero parecía adecuado a la situación social del país.
El nombre, además, sonaba bien lo mismo en catalán que en castellano. ¿Para qué preocuparse de esto en un partido que tenía su base solamente en Cataluña? Por dos razones: porque una buena parte del proletariado catalán era inmigrado, de habla castellana, y porque el nuevo partido aspiraba a extenderse con el tiempo, al resto de España (1).

El Congreso eligió un Comité Central, que a su vez designó un Comité Ejecutivo, en los cuales había por mitad elementos procedentes del PCC y elementos de la Federación. El primer Comité Ejecutivo del Bloque estaba formado por Joaquín Maurín como secretario general, y por David Rey, Pere Bonet, Miquel Ferrer, Jordi Arquer y Víctor Colomer. Cuando la fusión se realizó a nivel local, donde la exigüidad de los grupos muchas veces no permitía preocuparse de las cuestiones de paridad, el nuevo partido llegó a tener 700 miembros (2).
Esos setecientos afiliados eran todos militantes y todos conocidos en sus lugares de trabajo, en su sindicato, ateneo, pueblo o barrio. Todos habían participado en las actividades contra la Dictadura.
Los acontecimientos llamaban a la puerta. Se habían convocado elecciones municipales. La Esquerra Republicana de Catalunya, partido de clase media organizado por Macià, cuando finalmente la policía le permitió regresar a Barcelona, propuso al Bloque entrar en la coalición electoral que había establecido con la Unió Socialista de Catalunya. El Bloque declinó, porque las elecciones eran una oportunidad de darse a conocer. Por otro lado, el programa de la Esquerra era vago y el del Bloque, muy concreto (3).
El Bloque presentó candidatos en los pueblos donde tenía sección (una decena, de momento, la mayoría en Lérida) y en casi todos los distritos de Barcelona (4). Todos los dirigentes del Bloque fueron candidatos a concejal. Ninguno, claro, esperaba triunfar. La campaña electoral fue breve y poco intensa, por falta de organización y de dinero. Pero así y todo permitió exponer un programa municipal que puede resumirse con una frase: ni un céntimo para los barrios de los ricos, todo el dinero para los barrios obreros. Pedía también la construcción de un edificio para alojar a sindicatos y partidos obreros, subsidio para los obreros en paro forzoso (que no existía entonces), cobro de impuestos a conventos e iglesias (que no los pagaban), municipalización de los servicios públicos e importación de trigo soviético para abaratar el pan, así como revisión de las fortunas de los concejales de los últimos treinta años y anulación de los contratos turbios aprobados por el ayuntamiento durante la Dictadura (cuyos miembros habían sido nombrados por el gobierno y no elegidos). El programa reflejaba mucha inexperiencia, puesto que en vez de dar dos o tres consignas claras, contundentes, se dispersaba en veinte reivindicaciones detalladas. De todos modos, fue el único clasista que se presentó. Pero el Bloque no sólo era novicio en cuestiones políticas, sino también en técnica electoral. Muchos de los candidatos no habían votado nunca. El que más votos obtuvo llegó a los 2.176 en la ciudad de Barcelona.
Las ilusiones populares, que Maurín preveía y temía, dieron la victoria al partido que menos la esperaba: la Esquerra. Macià, el político que la gente consideraba como un iluminado soñador, había fascinado a las masas. Cenetistas, viejos republicanos, catalanistas jóvenes, votaron por la Esquerra (43.000 votos en Barcelona). El partido de la burguesía, la Liga Regionalista, quedó deshecho (28.000 votos). En todas las ciudades de España vencen los republicanos y socialistas; sólo en los pueblos ganan los monárquicos. ¿Qué haría Macià con la victoria?

Cuarenta y ocho horas después de las elecciones, el martes 14 de abril, a las dos de la tarde, Macià proclama la República Catalana (unos minutos antes, Companys, del mismo partido, ha proclamado la República sin adjetivos nacionalistas).
L’Hora sale a la calle con un número preparado un día antes: “Hay que aprovechar la voluntad republicana del pueblo para proclamar la répública”. Lo que el día 13 habría parecido una posición extremista, el 14 era simplemente el anuncio de algo que va a acaecer unas horas más tarde.
Proclamada la República en Barcelona pero con el rey todavía en Madrid y los generales y la pohcía todavía vacilantes-, un grupo de bloquistas se va al palacio donde se ha instalado el gobierno catalán y monta la guardia. Son los únicos, en todo el país, que piensan en la posibilidad de violencia.
L’Hora, en una hoja extraordinaria, pide que no se permita al rey marcharse y que se organice una guardia cívica. Pero el rey abandona el país y la república se proclama en toda España. El gobierno provisional republicano envía a tres ministros a Barcelona, a negociar con Macià, porque Madrid teme que la república, si consiente tener un Estado catalán en su seno, aparezca ante los españoles como disgregadora de la “unidad nacional”. Se llega a un acuerdo: Cataluña tendrá autonomía, con gobierno y parlamento propios y su gobierno se llamará de la Generalitat de Catalunya, utilizando el nombre de una vieja institución de la época medieval en que Cataluña era reino independiente.
El Comité Ejecutivo del Bloque publica una carta abierta al Comité Nacional de la CNT, proponiéndole que se formen juntas revolucionarias de obreros y campesinos, coordinadas por una junta central. La CNT no contesta siquiera, porque sus dirigentes, que colaboraron con los republicanos, quieren dar tiempo a éstos. El Bloque, en cambio, desea que se ejerza presión, para que el cambio de régimen no quede en meramente político.
El 17 de abril, un manifiesto del Bloque pide de nuevo la formación de juntas revolucionarias, el armamento del pueblo, la tierra para quien la trabaja, la separación de la Iglesia y del Estado, el reconocimiento del derecho de las nacionalidades a la autodeterminación hasta la separación si lo desean, la ayuda a los obreros en paro forzoso, la constitución de un tribunal revolucionario y el establecimiento de una Unión de Repúblicas de Iberia. Consignas todas propias de una revolución democrática. Socialistas y anarcosindicalistas no presionan al gobierno, y el Bloque no es bastante fuerte para hacerlo. Maurín, en un artículo en L’Hora del 17 de abril, afirma que ha sido un error dejar marchar al rey, porque la monarquía será el centro de atracción de las fuerzas que buscarán el desquite y eso hará inevitable una guerra civil. “Se ha perdido la primera batalla -dice-. Los trabajadores españoles deberán verter mucha sangre en defensa de las conquistas revolucionarias”. En el número 6 de La Nueva Era (abril de 1931), el editorial señala que “la revolución no ha terminado, como pretenden los sectores que actualmente son dueños del poder, sino que, por el contrario, se encuentra en plena ascensión…”. Las fuerzas motrices de la revolución son los obreros, los campesinos, el movimiento nacionalista y una parte importante de la juventud. Estas fuerzas deben actuar paralelamente. Pero para conseguir esto “es indispensable una comprensión exacta del fenómeno revolucionario, sobre todo en los medios dirigentes de las clases populares… Precisa un poco de revolución cada día. Que las clases trabajadoras jueguen un papel cada vez más activo en los acontecimientos políticos”. Hay que
llevar sobre todo la revolución al campo, hacer que los campesinos “se adelanten a las leyes de propiedad que han de estatuir las futuras Cortes Constituyentes”. Sólo cuando el “retorno del pasado” no sea ya posible, podrá marcharse hacia “la instauración de la república socialista”.
Pero a últimos de abril va decayendo la agitación. Ninguna organización, aparte del Bloque, parece desconfiar de la república. El gobierno provisional quiere que la constitución venga antes que los hechos, y deja toda la legislación importante para las futuras Cortes Constituyentes. El Bloque, en cambio, quisiera que la república se hiciera primero en la calle y luego se legalizara en las Cortes.
Esta actitud atrajo al Bloque a cierto número de obreros. En dos meses, sus afiliados doblaron. Pero mil cuatrocientos militantes no son muchos, comparados con los cientos de miles de afiliados a la CNT o la UGT, con las decenas de miles del PSOE. La Batalla, que en las semanas siguientes a la proclamación de la república llegó a los 30.000 ejemplares, estabiliza ahora su tirada en los 7.000.

Hay que suplir la deficiencia en número con el entusiasmo y la organización. El modelo es la organización típica de los partidos comunistas: células de cinco miembros en la base, comités de barrio nombrados por las células, comités locales nombrados por los barrios, y un Comité Central elegido por el Congreso, con el encargo de designar entre sus miembros al Comité Ejecutivo. Pocas veces hubo células de empresa, porque no era frecuente que en una misma industria u oficina trabajaran cinco bloquistas. En cambio, había células de sindicato o minorías sindicales, en los sindicatos de la CNT a los cuales los bloquistas estaban afiliados (en Cataluña no existía, de hecho, la UGT, y además los bloquistas adultos procedían todos de los medios anarcosindicalistas).
Lo que distinguía al Bloque de los partidos comunistas es que este sistema funcionaba en la realidad y no sólo sobre el papel. El Bloque se sostenía sin subsidios de nadie, por la cotización de sus militantes y en las células se discutían realmente las tesis para los congresos, las resoluciones del Comité Central -que se reunía a menudo- y las decisiones del Comité Ejecutivo. Los congresos se componían de delegados realmente elegidos por la base. El centralismo democrático, que bajo Lenin funcionó entre los bolcheviques, pero que luego cesó, se hizo una realidad en el Bloque.
Las finanzas eran simples, pero no fáciles. Los militantes cotizaban semanalmente -la cotización era la más alta de todas las organizaciones obreras españolas-. Un porcentaje de la misma se lo quedaba el comité local para sus gastos, y el resto iba al Comité Ejecutivo. Había un sólo cargo con sueldo –muy modesto-, el de Secretario General. Como los militantes eran pocos, el dinero siempre escaseaba. Muchas cosas se hacían por los propios militantes, sin costo: pegar carteles, “imprimir” carteles a mano, hasta barrer los locales. Los pocos que tenían coche, lo ponían a disposición del Bloque para llevar oradores a los pueblos, los domingos (día preferido para los mítines políticos). Todos los años se abría una suscripción pública en favor de La Batalla, aunque ésta cubría su costo; con el resultado de la misma se ayudaba a sostener los otros gastos del partido. Cada vez que había elecciones, se abría otra suscripción voluntaria, que servía, además de reunir dinero, para poner a la gente en contacto con el programa del Bloque. A veces no se podía pagar el alquiler del local central, en Barcelona {que casi siempre había que alquilar a nombre de un militante, porque los propietarios no querían hacerlo a una organización obrera). Los locales eran destartalados, en casas viejísimas, someramente amueblados con muebles viejos. Una conferencia en un local del Bloque (usualmente los domingos por la tarde), era pintoresca porque raramente había tres sillas iguales. Los libros para las bibliotecas -que nunca faltaban-, eran también donativo de los militantes. ¿Oficinas? No las había; los encargados de alguna labor burocrática -correspondencia, ficheros, listas electorales, cotizaciones- hacían el trabajo de noche, en su casa. Los mítines constituían una de las partidas más costosas: alquilar local (a menos que lo cediera el ayuntamiento) e imprimir carteles, pero solían pagarse por sí solos, porque a la salida se hacían colecta entre los asistentes. Podría decirse que en una época en que 200 pesetas mensuales eran un salario corriente, los militantes gastaban unas doce pesetas para el Bloque.
Se suponía que este sistema de organización preparaba al partido para la clandestinidad, con comités de recambio, etc. Las dos veces que tuvo que ponerse a prueba, funcionó bien.
El Bloque era un partido obrero. No sólo de nombre, sino por su composición. Había pocos intelectuales (y ninguno ya famoso), algunos profesionales (abogados, bastantes médicos) y escasos elementos de la clase media (sobre todo, estudiantes). Tal vez el 90 por ciento de los afiliados eran obreros -con un alto porcentaje de obreros de cuello blanco, pero no la mayoría- y en los pueblos, campesinos. El nombre del partido reflejaba lo que era: un partido obrero y campesino en mucha mayor medida que los partidos comunistas oficiales y también que cualquier grupo comunista o socialista disidente en el resto del mundo (que solían componerse de intelectuales y empleados, pero con pocos trabajadores manuales). Probablemente por esto, a los ojos del público el Bloque pronto dejó de ser un partido comunista disidente y se le vio como un partido con personalidad propia.
Había relativamente pocas mujeres (muchas de ellas esposas o hijas de militantes), pero más que en otras organizaciones obreras, aparte acaso de las anarquistas. Un alto porcentaje de los afiliados tenía menos de 30 años; por esto hubo que fijar los 21 años (cuando se iba al servicio militar), la edad hasta la cual se podía pertenecer a las Juventudes, porque de tener las edades habituales en las organizaciones obreras, casi todo el partido hubiera estado en sus juventudes.
Para sus miembros, el Bloque tenía una característica especial: era necesario. Un socialista, si le clausuraban la Casa del Pueblo, se sentía desorientado, pero podía seguir viviendo. Un cenetista, si le clausuraban el sindicato, seguía su existencia normal, aunque echaba algo de menos. Pero para el bloquista, el Bloque era una extensión de su hogar y el trabajar para el Bloque, el militar, era más importante que el trabajo que le daba de comer, pues proporcionaba a su existencia sentido y objetivo. Los locales del Bloque estaban llenos, todos los días, a partir de las siete de la tarde, cuando se cerraban fábricas y tiendas. Para el militante, era inconcebible pasar una velada en que hiciera algo que no estuviera relacionado con el Bloque. Incluso los domingos se dedicaban al Bloque. Las amistades, fuera de las familiares, eran todas del Bloque o trataba de atraerlas al Bloque. Cada bloquista tenía la novia o la mujer, la familia, el trabajo… y su Bloque. Había familias enteras afiliadas al Bloque. Ingresar en el Bloque significaba cambiar de vida; significaba ser bloquista como se es rubio o moreno, alto o bajo. Ser del Bloque se convirtió en una manera de ser.
No era una manera fanática ni puritana. Los bloquistas solían ser disfrutadores de la vida, tenían sentido del humor y en general se sentían, digamos, felices. Escaseaban los resentidos o los que por motivos íntimos se inclinan a los movimientos revolucionarios. No quiere esto decir que los bloquistas no tenían las mismas pequeñeces, terquedades, chismerío, etc., que los miembros de cualquier otra organización; pero tenían algo que nadie más tenía: el Bloque. Así lo sentían ellos.
Esto no era por azar ni por una superioridad inherente del Bloque, sino consecuencia de la situación política del país.
El Bloque, en efecto, no ofrecía perspectivas a los ambiciosos impacientes. Tenía posiciones que no eran sencillas: comunista, pero fuera de la Internacional Comunista; revolucionario y obrero, pero defendiendo en aquel momento la necesidad de una revolución democráticoburguesa; partido de la república, pero procurando evitar que la gente se ilusionara con ella; marxista y, por tanto, adversario del anarquismo, pero trabajando dentro de la CNT; internacionalista, pero defendiendo el derecho de las nacionalidades a la autodeterminación. Precisa, pues, para adherir al Bloque, no ser ambicioso y tener cierta sutileza política. Pedía disciplina en un país donde todo el mundo va a la suya, e iniciativa personal y actividad en un país donde los partidos solían ser personalistas. Veían las consecuencias políticas de todo, en un medio en el cual los obreros eran apolíticos. Con su constante reclamación de ir más allá, de hacer más de lo que se hacía, los bloquistas iban contra la corriente. Cuando todos estaban convencidos de que se había conquistado la libertad, los bloquistas se organizaban como si debieran ir a la clandestinidad al día siguiente. En un ambiente en el cual daba el tono Macià con su imagen de abuelo, y en el cual las amistades valían más que las convicciones, los bloquistas eran rigurosos, sobrios, sin espuma oratoria. La gente que podía sentirse atraída por estas características era una gente distinta de aquella a la que la CNT o la Esquerra atraían. Más exigente, más escéptica y a la vez más entusiasta, inclinada a pensar por cuenta propia, sin clichés, más dispuesta a la disciplina y, al mismo tiempo, más intransigente respecto a sus derechos de militante. Recordando aquellas primeras semanas de la república, siempre me admiró y me pareció imposible que hubiera más de un millar de personas en Cataluña dispuestas a ser bloquistas. Pero entonces los bloquistas veían las cosas tan claras, tan evidentes, que lo que les extrañaba era que hubiera sólo mil.
Para los bloquistas, la revolución no era un motín, sino una manera de vivir; no tenía un perfil definido, sino que era algo que se hacía todos los días, que tomaba el perfil de lo que se iba haciendo. Se identificaba con el Bloque; ningún bloquista creía que la CNT pudiera hacerla, ni que la república la permitiera. A pesar de las ilusiones de aquellos primeros meses de república, los bloquistas sentían que el hombre de la calle quería más de lo que la república daba y su misión consistía, entonces, en explicar en qué consistía ese “más” y en cómo conseguirlo. Esto, para ellos, era ya la revolución.
Los bloquistas nunca tuvieron tiempo de aburrirse. No sabían aburrirse, porque ser bloquistas era una gran aventura. Ser bloquista daba sentido a cuanto se hacía. El bloquista no era distinto de los demás ni un sabelotodo insoportable; unos estaban obsesionados por los libros, otros por las faldas, otros sabían reír de todo corazón. No eran estudiantes, obreros, hombres casados que, además eran bloquistas, sino que eran bloquistas que trabajaban, o que estudiaban, o que estaban casados. El patriotismo de partido, entre ellos, era algo real. Por esto, muy pocos de los que se afiliaban abandonaban al cabo de un tiempo el militar. No hablaban del “partido”, sino del Bloque. Y éste era mucho más que un partido. Era el Bloque, simplemente.

Esta atmósfera fue posible gracias a la conjunción de una serie de circunstancias especiales. Había pocos bloquistas, y esto permitía conocerse y comprenderse. Pero no eran tan pocos que entre ellos se formara el espíritu de capillita o secta. Y eran bastantes para que hubiera dirigentes y militantes, pero no bastantes para que surgieran diferencias entre unos y otros. El sistema de célula, si funciona democráticamente, es excelente para evitar que las diferencias se conviertan en enemistad (*) personal y que las coincidencias se transformen en dogmatismo. Entusiastas y partidistas, los bloquistas, por esto mismo, no eran fanáticos. El diálogo -aunque fuera a gritos- les era indispensable. Justamente el Bloque debía su origen a la necesidad de diálogo de las dos organizaciones que, al fusionarse, lo constituyeron.
El bloquista buscaba las ocasiones de discutir. En el trabajo, en el hogar, en todas partes. Iba a los corrillos de aficionados al fútbol, a los coleccionistas de sellos, a los de compradores de libros viejos, para transformar las discusiones en política. No despreciaba ninguna oportunidad de hacer proselitismo, pero no partidismo, porque quería más que se compartieran sus puntos de vista que no que la gente se afiliara al Bloque.
El Bloque -y en eso, en aquella época, era único- constituía una escuela de educación permanente. Necesitaba serlo, puesto que la inmensa mayoría de sus miembros eran jóvenes, formados bajo la Dictadura, sin experiencia política. Los dirigentes, fuera de media docena, no pasaban de los 40 años; los militantes, de los 30, en general. Esto les permitió hacer del Bloque el tipo de partido que deseaban, que habían soñado. Cada bloquista era, en cierto modo, su propio dirigente, que en cada momento debía improvisar la táctica y los argumentos al servicio de la estrategia fijada por los Congresos y los Comités, en cuya discusión ningún bloquista se abstenía. Había un contacto constante entre dirigentes y militantes, no sólo a través de las células, sino personalmente.
Pero si esto era una educación permanente -y yo diría que lo fue incluso en aquello de la formación del carácter de que hablan los pedagogos-, no bastaba. No había tradición marxista en el país. El Partido oficial no hizo nada en este sentido. Los socialistas no eran marxistas, sino liberales de izquierda. La formación política de los militantes de cualquier partido obrero aparecía como una sanfaina de anticlericalismo republicano, federalismo novocentista y espíritu de clase cenetista. Pero el Bloque se consideraba un partido marxista -el primero y único del país-. Ser marxista independiente –es decir, aprender de Marx al mismo tiempo que de la propia experiencia, y analizar la realidad a través de Marx y de la propia experiencia- no es cosa simple, y puede ser compleja si el marxismo no está en la atmósfera política, si no se respira y se ha de aprender desde el abecedario y si choca con todas las tradiciones mentales que rodean al que quiere ser marxista.
Para el bloquista, el marxismo era una manera de pensar y no un dogma. Se sentía como quien ha sido miope toda la vida, sin saberlo, y de súbito se encuentra con lentes y descubre, gracias a ellos, las formas y colores del mundo. La Batalla, con sus folletones teóricos y sus ediciones de folletos, las conferencias dominicales y finalmente una Escuela Marxista organizada en Barcelona y en algunas ciudades provinciales, eran los elementos que formaban a los bloquistas en el marxismo, además, naturalmente, de la lectura de libros y de la experiencia de la propia actividad política. En las células, con un celo y una pedantería de novatos, se discutían muchas cuestiones teóricas.
La propaganda del Bloque que debía llevar el marxismo a la masa -en la medida de lo posible-, era muy especial. Acaso el hecho de que Maurín, Colomer y otros fueran maestros, influyó en esto. El Bloque se desarrollaba en un medio humano que nunca supo nada del marxismo y su propaganda debía aprovechar cada acontecimiento político para dar una lecciónd e cosas, sin emplear la fraseología marxista, porque ésta hubiera bastado para que se cerraran todos los oídos. La historia del movimiento obrero, explicada con sentido crítico, fue un excelente auxiliar en esta tarea. Y lo mismo el análisis de la economía española.
En esta labor ayudaban también las distintas organizaciones que fue creando el Bloque. El Socorro Rojo, por ejemplo, mantenido por suscripciones públicas -que eran un pretexto para entablar discusiones-, atendía a los presos políticos y represaliados. La Secretaría Electoral de cada comité local trataba de entrenar a los militantes en la monótona actividad de las mesas electorales. La Sección Femenina, no para que en ella militaran las mujeres afiliadas -que lo hacían en las células, al lado de los hombres-, sino para acercarse a las mujeres no afiliadas y tratar de politizarlas discutiendo con ellas sus problemas como amas de casa, como esposas de obreros, como muchachas trabajadoras. Hubo incluso un Teatro Proletario -de aficionados mediocres- que representó obras de Ernst Toller, Gorkin y otros, y que organizó algunas conferencias de Salvador Dalí en una breve época en que éste flirteó con el Bloque, en 1932.
Había también, como es lógico, una Sección de Defensa, con sus grupos de choque, para proteger a los que iban a pegar carteles, contra las agresiones -sobre todo de grupos del Partido oficial-, para ayudar a los huelguistas cuando había que ejercer una presión violenta sobre una empresa o protegerlos contra la policía, para defender los mítines contra las interrupciones, etc.; esos grupos tenían unas docenas de pistolas compradas ilegalmente y en general viejas y con poca munición. Funcionaba asimismo una sección de propaganda –de la que era parte, de hecho, todo el Bloque-, encargada de coordinar la actividad de la veintena de oradores del partido, de organizar actos, de planear carteles, etc., y que prestaba una atención muy especial a las conferencias -también ahí se veía el sentido pedagógico ya anotado-. La propaganda, por lo demás, no era fácil: había que criticar a todos sin antagonizar a nadie en el movimiento obrero y hasta entre los republicanos; había que hacer marxistas sin que se dieran cuenta.
Finalmente, había las Juventudes del BOC, de las cuales formaban parte los militantes hasta que iban al servicio militar, a los 21 años. Se organizaron a últimos de 1931 y fueron siempre una fuerza importante dentro del partido, tanto por su número como por su actividad. Llorenç Masferrer fue su primer secretario general; cuando marchó al servicio, en 1935, lo sustituyó Germinal Vidal, hasta que lo mataron el 18 de julio de 1936; le sucedió, hasta el final de la guerra civil, Wilebaldo Solano, un estudiante de medicina. Las juventudes encontraron bastante eco en la calle, porque durante la república los jóvenes estaban muy politizados. Fue en la sección del Bloque en que figuraba un mayor porcentaje de afiliados de clase media (estudiantes). Esto llevó a una división amistosa entre lo que se llamó, medio en broma, la minoría de la alpargata y la minoría de los zapatos (esta última la más radical). Como puede imaginarse, las juventudes proporcionaron buena parte de los elementos de los grupos de choque. La penetración entre los estudiantes fue lenta y no muy extensa; debía haber, en la Universidad de Barcelona una docena de bloquistas, pero existía bastante simpatía por las posiciones del Bloque. El sistema de organización de las Juventudes era el mismo que el de la Federación: células, comités y congreso. Muchos de los dirigentes locales procedían de las juventudes o eran a la vez, miembros de éstas y del Bloque, cuando en él no había bastantes militantes adultos. Ocurrieron, con los años, algunas pocas defecciones en el Bloque; ninguna en las Juventudes.

El trabajo sindical constituía la parte más compleja y la menos “rentable” de la actividad de los bloquistas.
En los sindicatos se encontraba la masa obrera. Era, pues, preciso trabajar en ellos. Y los obreros catalanes estaban en la CNT.
“La posición, pues, no era cómoda. Faltas de verdadero partido revolucionario, las masas se orientaron hacia la CNT… El anarcosindicalismo resucitó de manera inesperada… En 1931, la CNT-FAI ocupaban a su manera un lugar histórico comparable al partido bolchevique en Rusia en 1917” (5).
Dentro de la CNT lucharon tres tendencias: la sindicalista, con Ángel Pestaña como dirigente más conocido, que controlaba la organización cuando se proclamó la república y que había colaborado con los republicanos contra la monarquía; esta tendencia fue desplazada en 1931-32 por la anarquista de la FAI, porque los miembros de la última supieron aprovechar la política llevada a cabo por los socialistas desde el Ministerio de Trabajo del gobierno republicano, consistente en hacer forzosa la aceptación de los Jurados Mixtos para resolver cualquier conflicto de trabajo; ahora bien, los anarcosindicalistas eran partidarios acérrimos de la acción directa y enemigos de toda intervención del Estado en las cuestiones de trabajo; como los sindicalistas habían colaborado con los republicanos y socialistas que ahora querían forzar a la CNT a aceptar la intervención estatal, los anarquistas puros pudieron acusarlos de haber abandonado los principios y, así, sustituirlos en los lugares de dirección; los socialistas no consiguieron, como querían, destruir a la CNT y reemplazarla allí donde era fuerte, pero en cambio lograron ponerla al margen y en contra, de la república y lanzarla a una serie de insurrecciones abortadas para establecer el comunismo libertario (cuatro en total en 1932-33).
Frente a estas dos tendencias, había la minoritaria del Bloque que se llamaba Oposición Sindicalista Revolucionaria, y que se abría paso muy lentamente. Quería una CNT en la cual pudieran convivir todas las tendencias y que participara en las acciones revolucionarias del futuro al lado del resto del movimiento obrero y no sólo por cuenta propia. Algunos sindicatos de Barcelona (artes gráficas, mercantil) estaban dirigidos por bloquistas. Los bloquistas asistían a las asambleas de los sindicatos (no pocas veces con carnets prestados por obreros indiferentes) y trataban de discutir las posiciones predominantes y, de ser posible, tener puestos de dirección. En general fracasaron en la ciudad de Barcelona, pero fueron conquistando muchos sindicatos de Gerona y Tarragona y casi todos los de Lérida. No era fácil hacerse escuchar en las asambleas sindicales barcelonesas, porque anarquistas y sindicalistas se unían contra los bloquistas y trataban de impedirles el uso de la palabra. Algunas veces se llegó a los golpes.
Cuando la FAI predominó absolutamente sobre los sindicalistas, éstos lanzaron un manifiesto, firmado por treinta viejos dirigentes (por lo que su tendencia se llamó de los treintistas) y separaron sus sindicatos de la CNT, sobre todo en la provincia de Barcelona y en Valencia. Pero la FAI seguía dominando el punto clave: los sindicatos de la ciudad de Barcelona. Ya plenamente en el poder; la FAI hizo aprobar por un pleno nacional, a comienzos de 1932, que no podrían tener cargos sindicales quienes hubieran sido candidatos de algún partido político. Esto iba dirigido contra el Bloque. Los sindicatos que se negaron a destituir a sus dirigentes que hubieran sido candidatos fueron expulsados de la CNT: varios de Barcelona y los de Gerona, Tarragona y Lérida. Formaron un grupo, coordinado de hecho por la Secretaría Sindical del BOC a cargo de Bonet, llamado Sindicatos Expulsados de la CNT, del mismo modo que los dirigidos por los treintistas se llamaban Sindicatos de Oposición de la CNT. Los sindicatos que la FAI trató de organizar para enfrentarlos con los separados o expulsados no arraigaron.
El movimiento sindical catalán, pues, se hallaba dividido en tres sectores: el anarquista fuerte en Barcelona y algunos lugares de su provincia, el sindicalista fuerte en la provincia de Barcelona y el bloquista fuerte en el resto de Cataluña. En España, el movimiento sindical estaba dividido también en tres sectores: el anarquista con la CNT, el socialista con la UGT (de fuerzas aproximadamente iguales) y la CGTU comunista, sin fuerza en ninguna parte fuera de algunos puntos del Norte y el puerto de Sevilla.
La cuestión sindical planteaba el problema del anarquismo. Mientras éste predominara en el movimiento obrero catalán; las perspectivas del Bloque serían limitadas. No podía hacérsele desaparecer con las maniobras de los socialistas, que el Bloque criticaba, ni con la persuasión a los dirigentes anarquistas, sino haciendo que la masa fuera pensando más y más en marxista. La fuerza de los anarquistas no les venía ni de su doctrina ni de su actividad -en general catastrófica- sino del apoyo de la masa. Era la masa, pues, la que había que conquistar.
Por esto, el Bloque criticaba la política seguida por los anarquistas catalanes y el anarquismo como doctrina, a la vez que defendía a los anarquistas de la persecución y protestaba contra ésta. Así, a pesar de que la crítica del Bloque era la más dura que se les dirigía, los anarquistas sentían cierto respeto por los bloquistas.
Esa crítica afirmaba que el “anarquismo español ha sido indirectamente un aliado de la burguesía, que lo ha utilizado como cuña en el movimiento obrero…”, ha servido “de trampolín al radicalismo burgués”. Pues los anarquistas, “cuando han de intervenir en política, lo hacen en segunda persona, apoyando a alguien de la burguesía. Como reacción a esto vinieron el anarcosindicalismo y la CNT. Pero la CNT carecía de doctrina revolucionaria y no supo aprovechar las circunstancias en 1919 y 1920. Las masas estuvieron a mayor altura que sus jefes. La CNT después se enfrascó en un estúpido terrorismo”, y no supo oponerse a la Dictadura. En 1930, renació el anarquismo “a remolque de la burguesía”, y en 1931, en lugar de presentar una candidatura propia, dio el voto a los republicanos. “Como a comienzos de siglo, las masas obreras pasaron a una zona influenciada por la pequeña burguesía. El anarquismo hace más difícil que los obreros vayan a los partidos de clase y les abre las puertas de los partidos pequeño burgueses (6).”
Nada parecía debilitar la influencia anarquista en la CNT. La república se encargaba de dar a la CNT la imagen revolucionaria que sus propios dirigentes no hubieran podido proporcionarle. Con sus dilaciones, los dirigentes republicanos provocaban la impaciencia y desilusionamiento de las masas obreras. De esto, claro, se beneficiaba el Bloque, pero mucho más la CNT, con exasperación de los bloquistas, que no acababan de entender cómo era posible que ellos, que habían predicho lo que estaba ocurriendo, atrajeran a menos gente que los anarquistas, que eran en parte responsables de lo que sucedía. Todavía no habían aprendido que en política, para atraer a la masa es más importante tener masa que tener razón.
Aunque menos que la CNT, el Bloque recibe su parte de persecución oficial. El 6 de mayo la policía entra en el local central de la calle del Vidre, de Barcelona. No encuentra las armas que busca. Naturalmente, incidentes como éste, que se repiten en los pueblos, no detienen el avance del Bloque. Al lado de los dos semanarios barceloneses, aparecen otros: L’Espurna (La Chispa) en Gerona y Combat en Lérida. Esta prensa, comentando el proyecto de Estatuto redactado, dicen, por unos diputados no elegidos, propone que se le substituya por uno muy escueto: “Artículo único: Cataluña tiene derecho a hacer
lo que le dé la gana”. Es decir, a luchar por un pacto de igualdad con los otros pueblos de la Península y a formar con ellos una Unión de Repúblicas de Iberia.
A comienzos de junio de 1931, Maurin ha sido invitado a hablar en el Ateneo de Madrid. Allí trata de limpiar el comunismo del desprestigio en que lo sume la política del Partido oficial -que insiste en pedir todo el poder para los soviets-, y afirma que España necesita de momento una república de jacobinos. Dice:
“Creemos que España ha comenzado su revolución, y toda revolución efectiva tiene dos etapas: la revolución democrática y la revolución socialista. Sin la primera no es posible la segunda. Pero nuestra revolución debe ser una revolución típicamente española. Todas las grandes revoluciones han sido un fenómeno nacional, aunque en su fondo, pero no en su forma, hayan tenido irradiaciones universales. La ortodoxia formulista ha fracasado siempre, revolucionariamente. Por eso fracasó la Internacional Comunista en Alemania, en China y en Bulgaria. El querer reproducir en esos países la fórmula rusa ha sido el motivo del fracaso” (7).
Maurín tiene amigos en Madrid, fundadores del Partido oficial, ahora- separados de él, que forman una Agrupación Comunista. Luis Portela, que publica el semanario La Antorcha, es el más destacado. Sin entrar en el Bloque, colaboran con él.
Los bloquistas, en sus conferencias, repetían las tres condiciones que Lenin fijó para que una revolución fuera posible: que la clase dirigente se halle desmoralizada, que las clases explotadas tengan conciencia de que sólo una revolución podrá resolver sus problemas y que exista un partido revolucionario capaz de dirigir estas clases explotadas. Las dos primeras condiciones, decían los bloquistas, se daban en España, pero la tercera, no. Era preciso transformar el Bloque en este partido. La propaganda, pues, era la actividad fundamental en aquella coyuntura.
Y no era fácil. “Cuando Maurín decía en un mitin: ´Tenemos que enviar a la cárcel ..’ se veía interrumpido por gritos de ‘¡Basta de cárceles!’, y cuando trataba de precisar que había que ahorcar a los usureros y verdugos, le gritaban: ‘¡Dictador, Muera Rusia!” (8). Estas interrupciones, claro, no impedían el discurso más que el tiempo de cambiarse unos puñetazos y de que el público se inclinara con más atención aún hacia el orador.
Mientras en las Cortes Constituyentes se discutían los proyectos de Constitución y luego del Estatuto de Cataluña y de las Bases de la Reforma Agraria, el Bloque celebró mítines casi cada domingo, en todos los lugares donde tenía sesión, para fijar su posición ante cada cuestión importante. El Bloque no tenía diputados, pero no quería estar ausente de los debates parlamentarios, -que llevaba ante el público. En su número 7 (junio-agosto de 1931) el editorial de La Nueva Era resume los temas de esta campaña:
“La República ha sido el nuevo ensayo de Gobierno que la burguesía española ha llevado a cabo para evitar su derrumbamiento final y el consiguiente triunfo de la clase trabajadora.
La crisis del régimen semi-feudal español empezó a tomar graves proporciones en 1917-1919, cuando la clase trabajadora, apartándose del republicanismo pequeño-burgués, comenzó a manifestarse con personalidad propia. El equilibrio feudal-burgués había podido mantenerse hasta entonces gracias al alejamiento de los trabajadores, como clase independiente, de toda actividad política y social importante.
La burguesía, sintiéndose acosada por su adversario histórico, rompió desde ese momento la apariencia de una legalidad constitucional y recurrió al régimen de dictadura.
En el proceso del desquiciamiento capitalista hay tres etapas características: a) 1917-1919. Periodo de coalición de los partidos agrarios e industrial lo que no logró, sin embargo, dar solución a la crisis general: b) 1923-1931. Etapa de la dictadura militar. El capitalismo intenta salvarse apelando a un régimen de fuerza bordeando el fascismo: c) La República. El 14 de abril se hundió la monarquía, comenzando la fase del desmoronamiento definitivo del régimen semi-feudal. La burguesía, encontrándose en una situación inextricable, arroja por la borda a la monarquía. La dictadura sigue subsistiendo. Ha habido, no obstante, una variación importante en la relación de fuerzas.
El Gobierno provisional de la República es un bloque compacto de la gran propiedad agraria -Alcalá Zamora-, de las oligarquías financieras -Maura, Lerroux y Prieto-, de la burguesía catalana -Nicolau d’Olwer-, de la pequeña burguesía -Albornoz y Domingo-, de la burocracia del Estado -Azaña- y de la social-democracia -Largo Caballero.
La burguesía española se ha visto obligada a formar la “unión sagrada” para retrasar la hora de su caída final.
El Gobierno provisional ha logrado durante las primeras semanas contener el impulso revolucionario haciendo promesas y fiándolo todo a las Cortes.
Pero en el momento en que la clase trabajadora ha querido evitar que la Revolución fuese estrangulada, el Gobierno se ha colocado abiertamente al lado de la contrarrevolución.
La huelga revolucionaria de Sevilla, a mediados de julio, y la huelga de Teléfonos, han constituido la linde de demarcación histórica. A partir de ese momento la pequeña burguesía que había flirteado con la revolución democrática, hace marcha atrás y, horrorizada, se entrega en brazos de las fuerzas reaccionarias.
En toda Revolución se llega a un momento en que chocan las fuerzas motrices revolucionarias, puestas en movimiento, y el Gobierno que frena. En la Revolución de 1848, en junio, tuvieron lugar las matanzas de los trabajadores parisienses y el triunfo de la dictadura de Cavaignac. En la revolución española de 1873, a los cinco meses de proclamarse la República, se entronizó una dictadura republicana -Castelar- que abatiendo a sangre y fuego a los obreros y campesinos, preparó el terreno, para el golpe de Estado del general Pavía. En la Revolución alemana de 1918-1919, los espartaquistas, provocados por la burguesía y la social-democracia, se lanzaron a un movimiento de asalto sin contar con la mayoría de la clase trabajadora, y fueron vencidos.
En Rusia, 1917, cuando el movimiento bolchevique fue ganando la simpatía general de las masas trabajadoras, el Gobierno del Kerensky quiso entablar la batalla antes de que los bolcheviques fuesen suficientemente fuertes. Lenin se negó, en julio, a aceptar el combate. Había que esperar que la burguesía se desgastara más. En una situación revolucionaria aguda, uno de los beligerantes tiene que atacar necesariamente. Lo inteligente es atacar a tiempo. La contrarrevolución rusa después de haber provocado a los bolcheviques sin resultado, no tuvo más remedio que lanzarse al asalto: insurrección de Kornilov. El partido bolchevique, que no estaba diezmado por haber sabido maniobrar con tino, pudo desbaratar el ataque. Desde ese momento, el poder le estaba asegurado. Sobre la derrota de Kornilov pudo levantarse la victoria de octubre.
En España, vivimos ahora un momento extraordinariamente inquietante. La clase trabajadora y la burguesía, frente a frente, se observan atentamente. La reacción hace todo los posibles porque el proletariado libre la batalla antes de que esté suficientemente preparado. La huelga de Sevilla ha sido la primera provocación importante.
Hasta ahora, el desbordamiento de la reacción ha sido impedido en gran parte a causa del hecho revolucionario que ha creado la dualidad de poderes: Gobierno provisional, en Madrid, y Gobierno de la Generalidad, en Cataluña. La Generalidad, aunque Gobierno pequeño-burgués, se ha visto obligada, en determinados momentos, bajo la presión de los trabajadores, a servir de acantilado contra el oleaje reaccionario del Gobierno provisional.
El Estatuto de la Generalidad, si bien no encarna el derecho de Cataluña a disponer de sus destinos, es una cuña que se introduce en el viejo Estado monárquico. El movimiento autonomista general que surge en toda España como reflejo del de Cataluña y como fuerza centrífuga frente al Estado, contribuye a la desarticulación de éste, ayudando por este solo hecho, indirectamente, al triunfo de la clase trabajadora.
El Gobierno de la Generalidad entre la presión obrera y radical nacional a un lado, y la de la gran burguesía a otro lado, fluctúa y atraviesa una crisis que hace prever una completa capitulación ante la burguesía panespañola.
La crisis económica española es debida en gran parte a la crisis capitalista general. Y como la crisis mundial se agudiza más cada día, el desconcierto económico de España no tiene perspectivas de arreglo dentro del régimen capitalista. La crisis económica adquiere en España enormes proporciones. La industria se paraliza. Los bancos quiebran y se restringe el crédito. El comercio exterior disminuye. La capacidad adquisitiva del mercado interior disminuye. La peseta no posee más que el 47 por 100 de su valor nominal. Una mala cosecha ha venido aún a acrecer la situación económica desesperada.
La solución de este antagonismo entre las fuerzas productivas y las relaciones de producción no puede ser otra que la ruptura brusca y el triunfo total de la clase trabajadora para pasar a estructurar la economía con arreglo a los principios socialistas.
En la etapa actual de nuestra Revolución se constata una gran separación entre el proletariado y las masas campesinas. Los campesinos en gran parte viven aún el periodo del ilusionismo democrático.
Una Revolución proletaria que no fuese apoyada por los campesinos, que en España constituyen la mayoría de la población, está condenada al fracaso.
El movimiento proletario y el de los campesinos deben soldarse para que la Revolución sea impulsada adelante por ambas fuerzas motrices.
La masa trabajadora sigue en casi su totalidad a la social-democracia y al anarco-sindicalismo. La primera, convertida en la quinta rueda de la burguesía, quiere servirse del poder, no para llevar a cabo la revolución socialista, sino para hacer una política de transición como Mac Donald, en Inglaterra. El anarco-sindicalismo rechaza el poder político.
Por eso se observa hoy en España una gran ofensiva económica por parte de los trabajadores, pero en cambio, hay un gran retraso en su evolución política en el sentido de marchar con paso rápido a la conquista de) poder.
Cuando la clase trabajadora logre dar al gran movimiento huelguístico un contenido político, la hora de su triunfo será próxima.
El porvenir de la Revolución depende de la capacidad de las masas trabajadoras para reaccionar y adaptarse al ritmo político. Si este cambio tiene lugar con mayor lentitud que el de la burguesía para asegurar su dominio, la Revolución será aplastada.
¡República socialista frente a la República burguesa! He ahí la piedra sobre la cual hay que levantar el castillo de la defensa y del ataque”.
La masa de la clase media estaba con los republicanos y aprobaba automáticamente cuanto la república hacía. Una gran parte de la clase obrera estaba también, políticamente, con los republicanos, aunque sindicalmente siguiera las consignas de la FAI: La parte activa de la CNT ignoraba sistemáticamente cuanto discutían las Cortes, simplemente porque lo hacía una institución política. La masa de las derechas y la burguesía desconfiaban de la república. El Bloque tenía que educar, pues, ante todo a la clase obrera, para inmunizarla contra el apoliticismo anarquista, y después a la clase media, para darle un sentido crítico e impulsarla a empujar a los republicanos hacia posiciones más radicales. Era la primera vez que muchos españoles veían funcionar un parlamento. La campaña del Bloque, pues, era realmente de educación política. No cambió la manera de pensar de la masa obrera, pero planteó problemas y sugirió soluciones. Con el tiempo, se vio que no había sido estéril. El Bloque se convirtió, a los ojos del público, en un partido Con el que debía contarse, sino todavía en términos de fuerza, sí ya en términos de pensamiento político.
El 20 de junio L’Hora publica una entrevista con Maurín, de regreso de Madrid. En ella explica que la Internacional Comunista había realizado bajo mano algunas gestiones, rechazadas por Maurín y el Comité Ejecutivo del Bloque, para llevarlos de nuevo al Partido oficial. .”Queremos democracia y no burocracia”, decía Maurín. “Nos oponemos a la creación de una central sindical comunista. El Partido oficial quiere una república soviética. Esto es comunismo infantil. Hay que pasar por la experiencia democrática y que las masas obreras se desilusionen de la república. Hay que crear Juntas revolucionarias para aprovechar esta desilusión inevitable. Los anarcosindicalistas de la CNT han sido desplazados por la FAI porque convirtieron a la CNT en un apéndice de los republicanos. La CNT ya no es una organización dirigida por revolucionarios, sino por dogmáticos”.
El 30 de julio de 1931 La Batalla afirmaba: “La república ya está gastada. Han bastado tres meses de gobierno para ponerla completamente a prueba. Todo el poder debe ir a las organizaciones obreras”. La Monarquía española, decían los bloquistas, había hecho de árbitro entre los intereses de los obreros y de los industriales, a la manera del despotismo asiático, con el cual Marx la había comparado. Era preciso que la república no hiciera el mismo papel, sino que tomara partido por el pueblo, y esto sólo sería posible si los obreros llegaban a controlar la república, es decir, a gobernar.
El 1 de agosto, L’Hora recomienda que se vote en favor del anteproyecto de Estatuto que se somete a referéndum en Cataluña, para llevarlo luego a las Cortes, a pesar de que lo encuentra “reducido, limitado”, pues da demasiada intervención al Estado central y no prevé el financiamiento del progreso económico de Cataluña. A pesar de esto, “votar contra el anteproyecto sería ayudar al centralismo”. Pero, agregaba el periódico, “si las Cortes mutilan el anteproyecto de Estatuto, hay que estar dispuestos a proclamar de nuevo la República Catalana”.
El 15 de agosto, comentando la “ley de fugas” aplicada por la policía a unos obreros en el Parque María Luisa de Sevilla, L’Hora proclama: “¡Obreros, armaos!” y pone de relieve que en diciembre de 1930 se pedía la libertad de los presos políticos, en abril de 1931, el encarcelamiento de los responsables de la corrupción monárquica, y ahora, en agosto de 1931, otra vez hay que reclamar la libertad de los presos políticos.
En octubre de 1931, primer gobierno de izquierdas, puesto que los ministros de derechas del gobierno provisional (Alcalá Zamora y Maura) han dimitido por no estar de acuerdo con los artículos de la Constitución sobre materia religiosa. Lo preside el escritor Manuel Azaña. “Gobierno Kerensky”, dice L’Hora (23 de octubre). A pesar de sus divisiones internas, la CNT es la gran fuerza obrera; por tanto, “todo el poder a los sindicatos”. Maurín, más realista, dice en una entrevista a La Tierra de Madrid, que la crisis hubiera debido resolverse dando el poder no a un republicano, Azaña, sino a los socialistas, que a pesar de sus defectos, forman un partido obrero.
El 6 de noviembre, aniversario de la Revolución Rusa: “Una cosa es la admiración y otra el servilismo. Rusia es la patria de los rusos y nada más”, dice L’Hora.

Mientras se llevaba a cabo esta campaña de educación política, el Bloque tuvo que hacer frente a otras dos tareas: las elecciones complementarias y la acción de la policía. Esta, que perseguía a fondo a la CNT, hostigaba al Bloque. La diferencia de trato se debía, claro está, a la diferencia de importancia de las dos organizaciones. El 2 de agosto, manifestación por una huelga en Barcelona: tres de los heridos son bloquistas. El 9 de agosto, nueva visita de la policía, en busca de armas, al local barcelonés del Bloque, cuando estaba reunido el Comité Central. El 12 de septiembre, “ley de fugas” frente a la Jefatura de Policía de Barcelona; tres muertos y varios heridos; entre los detenidos, diversos bloquistas. El 31 de septiembre, la edición de L’Hora confiscada por la policía por un articulo reclamando la tierra para quien la trabaja. Nada de esto, claro, perjudicaba el crecimiento del Bloque, sino que más bien lo favorecía.
Todo esto, simultaneado con una campaña electoral que para el Bloque duró tres meses.
Los bloquistas, evidentemente, no confían en las elecciones para hacer la revolución, pero quisieran tener a alguien en las Cortes, porque son una buena tribuna. Obtuvieron cierto éxito, con sorpresa suya, en las elecciones municipales del 12 de abril: 11 puestos de concejal, aunque ninguno en la ciudad de Barcelona. En las elecciones de junio, para Cortes Constituyentes, el Bloque saca 17.536 votos en Cataluña y ningún diputado (9).
Dos de los diputados elegidos por la ciudad de Barcelona lo han sido también en provincias, y renuncian a su puesto barcelonés. Hay que cubrir estos dos puestos el 4 de octubre. Maurín es el candidato del Bloque. Los anarquistas y su periódico Solidaridad Obrera hacen campaña contra él y a favor de un candidato del partido radical (que a pesar de su nombre es republicano moderado). El candidato de la derecha gana con 30.000 votos. Maurín saca 8.326 (el Partido oficial obtiene 1.264). Han votado por Maurín muchos simpatizantes que en otras elecciones dan su voto a candidatos con más probabilidades de triunfar. Hay ballotage para el segundo puesto. Se resuelve el domingo siguiente: el candidato catalanista moderado gana con 42.000 votos. Maurin saca 13.708. El Bloque, pues, no tendrá ni un diputado. El partido burgués, Lliga Catalana, ha ordenado a su afiliados que votaran por el candidato catalanista moderado, para impedir una posible victoria de Maurín. Y los anarquistas indicaron a sus simpatizantes que votaran por cualquiera excepto Maurín.
El año 1932 comienza con casi cuatro mil bloquistas. Un año antes eran setecientos.

Esto refleja la desilusión de las masas con la república. La Nueva Era (nº 8, septiembre-octubre de 1931) explica las causas de esta decepción:
“La República de 1931 sigue los mismos pasos que la de 1873. La Revolución democrática es ahogada en sangre.
La Revolución democrática tiene cuatro aspectos fundamentales como objetivos a realizar: 1º) La destrucción total de la monarquía. 2º) El reparto general de la tierra. 3º) Separación de la Iglesia y del Estado. 4º) Derecho de las nacionalidades a la autodeterminación.
¿Qué es lo que ha sido llevado a cabo? ¿Qué se ha realizado?
La monarquía queda en pie. La desaparición del rey no quiere decir que las bases monárquicas hayan sido destruidas. El rey no era más que la cúspide de una monstruosa pirámide. La monarquía la constituían la Iglesia, la aristocracia, los grandes propietarios de la tierra, la Banca, las oligarquías financieras, el ejército, la guardia civil, la policía, la burocracia, la rutina histórica… ¿Qué ha sido destruido de todo eso? Nada. No ha habido alteración alguna. La monarquía tiene sus tentáculos clavados en el corazón de España. La República se apoya sobre bases monárquicas; se sirve, en realidad, de la antigua organización monárquica para sostenerse.
La burguesía no es capaz de destruir una monarquía milenaria.
Al triunfo de la República ayudó mucho la insurrección agraria, el malestar entre los campesinos.
¿Qué ha hecho la República burguesa en pro de los campesinos?
Ha anunciado un proyecto de Reforma Agraria. Reforma es la antítesis de Revolución. No es Reforma, sino Revolución, lo que se precisa ahora. La Reforma quiere oponerse a la Revolución.
España necesita que una Revolución agraria, como la de Francia de fines del siglo XIII, como la de Rusia, a comienzos del siglo actual, la estremezca por los cuatro costados, removiéndolo todo, y no dejando piedra sobre piedra. ¡Basta de foros, basta de latifundios, basta de aparcerías, basta de “rabassa morta”! Todas estas supervivencias feudales han de ser extirpadas brutalmente por el arado de la Revolución agraria. ¡La tierra para el que la trabaja! Es decir, nacionalización de la tierra, y el libre derecho de usufructo a los que la trabajen. La Revolución agraria transformará en poco tiempo todo el suelo de la Península. Se acabará el paro forzoso. Se terminará el hambre crónica. El mercado interior se ensanchará en proporciones fabulosas, y la industria saldrá de su raquitismo tradicional.
Maura, en el discurso pronunciado en Burgos, y Alcalá Zamora, en un artículo publicado por toda la prensa, han dicho claramente que el propietario cobrará el 100 por 100 del valor de la tierra. Es decir, que el campesino tendrá que comprar la tierra, una tierra que ha fecundado él con su trabajo.
La burguesía republicana ahogará, si puede, la Revolución campesina.
El deber de un gobierno republicano era romper inmediatamente las relaciones con el Vaticano e imponer la separación brusca de la Iglesia y del Estado. A esta medida profiláctica, debía haber seguido la expropiación de todos los bienes que posee la Iglesia y la disolución de las congregaciones religiosas.
¿Qué ha hecho el gobierno?
Ha tolerado que la Iglesia complotara impunemente contra el nuevo régimen. Las congregaciones religiosas han continuado dedicándose a la enseñanza. Los jesuitas han hecho emigrar una buena parte de su capital.
“Más aún. El gobierno ha estado en relación constante con el nuncio, para llegar a un acuerdo, que parece ya esbozado en líneas generales. Se llegaría a una separación de la Iglesia y del Estado, sí, pero, durante el “proceso de adaptación”, durante diez años, el Estado proseguirá sosteniendo a la Iglesia…
En la cuestión religiosa, la burguesía trata igualmente de hacer fracasar la Revolución.
Cataluña, al proclamar la República Catalana, dio el toque a rebato que precipitó la caída de la monarquía. Cataluña conquistaba el derecho a gobernarse libremente. Sin embargo, la burguesía pan-española, a los tres días, sustrajo a Cataluña su condición de República. La promesa del Estatuto fue el pago que se le hizo.
El movimiento autonomista va tomando amplias proporciones en toda España. La Revolución permite que se manifieste el divorcio histórico entre la Nación y el Estado. En la base, hay una fuerte rebelión contra el Estado unitario, opresor. Sin embargo, la burguesía, y con ella su quinta rueda, la social-democracia, se oponen, no sólo al reconocimiento del derecho nacional a la separación, sino incluso a la estructuración federal.
Nos encontramos, pues, que la burguesía trata, por todos los medios a su alcance, de estrangular la Revolución democrática. La situación es la misma que en Rusia en 1917. El gobierno Miliukov-Kerensky frenó cuanto pudo la Revolución democrática. Fueron los bolcheviques, en noviembre, al tomar el poder, los que realmente, llevaron a cabo la Revolución democrática. Destruyeron sin compasión las raigambres del viejo Estado zarista, dieron la tierra a los campesinos, la libertad a las nacionalidades y asestaron un golpe mortal a la Iglesia ortodoxa. Durante largo tiempo, los bolcheviques estuvieron entregados a la Revolución democrática, que la burguesía no había querido, o no había podido realizar.
La burguesía española ha perdido toda condición revolucionaria. Mejor dicho aún: es la muralla que se levanta para contener el oleaje de la Revolución.
¿Qué hacer, pues?
Cuando la burguesía ha dado ya la medida de lo que quiere, entonces hay que llevar a la clase trabajadora a la convicción de que es ella la que ha de tomar el poder, para terminar la Revolución democrática y pasar luego a la Revolución socialista”.
Había quienes encontraban esta forma de ver las cosas como pequeñoburguesa y nacionalista. Los trotskystas, por ejemplo (10).
Ya se explicó cómo Nin, al regresar de Rusia, colaboró en L’Hora y simpatizó con el Bloque. Pero “la Federación” escribía a Trotsky el 7 de marzo de 1931, “consideraba que su [de Nin] adhesión podía agravar sus relaciones con la Internacional Comunista”, y esto le parecía justo. El mismo día de las elecciones municipales que trajeron la república, Nin dice al viejo bolchevique: “Hay que entrar en la Federación, hacer en ella un trabajo sistemático y crear una fracción”. Esta era la posición de los trotskystas en todo el mundo: formar fracciones en los partidos comunistas, para regenerarlos; en Cataluña, esto debía hacerse en el Bloque, puesto que el Partido oficial era de hecho inexistente. Pero en junio (día 29) las cosas ya no son tan claras, porque Nin escribe al desterrado de Prinkipo que la política de la Federación es “vacilante, indefinida. Mis relaciones con sus dirigentes han pasado por diversas etapas: colaboración, ruptura, nueva colaboración, nueva ruptura”.
Entre tanto, Nin ha despertado algo a la letárgica Sección Española de la Oposición Comunista y ha comenzado a aparecer la revista mensual Comunismo, en cuyo número 3 escribe un artículo criticando al Bloque y a Maurín y afirmando que la campaña electoral del Bloque “tuvo poco de comunista”. Pero el 18 de septiembre, todavía dice a Trotsky que si consiguiera formar un núcleo trotskysta en Cataluña, sería partidario de que sus miembros adhirieran al Bloque en provincias y al Partido oficial en la ciudad de Barcelona. “Podrían contribuir activamente a la descomposición del Bloque”.
Por lealtad personal y algo por debilidad de carácter ante la intransigencia de Trotsky, Nin acepta, creo que de mala gana, lo que Trotsky le escribe el 20 de junio: “hay que someter a Maurín a una crítica implacable e incesante, que los acontecimientos confirmarán brillantemente”. Lo que los acontecimientos reflejaron fue un constante crecimiento del Bloque y el estancamiento de la Oposición Comunista.
La posición de Nin, claro está, desagradaba a los bloquistas. El 30 de abril, L’Hora califica el trotskysmo de “enfermedad de snobs” y el 7 de mayo publica un artículo de Arquer, “Contra las luchas intestinas comunistas”, en el cual se decía que las luchas de los trotskystas tenían razón de ser en la URSS, pero no fuera de ella, donde “hacer trotskystas era trabajar contra el comunismo”. Cuando Nin, en mayo, se decide a pedir su ingreso al Bloque, el Comité Ejecutivo le contestó que su adhesión no era conveniente, de momento. “Vuestra respuesta evasiva demuestra -les contestó Nin- que mis deseos sinceros de contribuir a la unificación indispensable de las fuerzas comunistas no ha encontrado en vosotros el eco que merecía”. El Comité Ejecutivo rechazaba, de hecho, no a Nin, sino al trotskysmo, y al hacerlo sabía que protegía al Bloque del fraccionalismo que, como se ha visto, los trotskystas se proponían realizar dentro de él.
El 1 de septiembre de 1932, Trotsky ordenaba, desde su isla turca, que la Oposición rompiera con la Federación y unos días después agregaba que “entrar en la Federación deshonraría a la Oposición”. Los hechos, sin embargo, dieron la razón al Bloque. Los trotskystas vieron cómo sus relaciones con Trotsky se enfriaban, porque disentían de él sobre cuestiones de personalidad relacionadas con el Secretariado Internacional de la Oposición. En diciembre de 1933, Trotsky, en una carta a las secciones de la Oposición, criticaba a la sección española y hablaba del “peligro y falsedad de la política del camarada Nin”. En septiembre de 1934, un editorial de Comunismo informaba que la Oposición española había roto con la organización trotskysta internacional, porque se negaba a aceptar la nueva táctica, fijada por Trotsky, de entrar en los partidos socialistas (lo que se llamó el viraje francés, puesto que se inspiraba en la situación de Francia en aquel momento). Si Nin hubiera sido aceptado en el Bloque en 1931, habría tenido que defender en él estas posiciones sucesivas, hubiese creado divisiones y, finalmente, hubieran tenido que expulsarlo. Lo que Nin calificaba de respuesta evasiva era, pues, en realidad, un intento de despersonalizar y suavizar la negativa de admisión (11)
Nin había publicado, a su regreso, una respuesta a un libro del lider catalanista de derechas Francesc Cambó en el cual éste daba consejos al dictador español y analizaba el fascismo italiano. Este libro de Nin, Les dictadures dels nostres dies, tuvo éxito. Luego, hizo, como ganapán, una serie de magnificas traducciones de novelas rusas al catalán, y preparaba un libro sobre el marxismo y la cuestión nacional. Los intelectuales admiraban al traductor y los dirigentes obreros respetaban al militante. El Bloque hubiera visto con gusto a Nin en sus filas. Esperaban que la experiencia catalana iría eliminando el barniz que nueve años de estancia en la URSS habían posado sobre sus reacciones. Pero era demasiado arriesgado aceptar a alguien, por muchos méritos que tuviera, que de momento estaba destinado, por su convicciones y lealtades, a dividir al Bloque.
Maurín escribía a comienzos de 1932:
“El BOC es combatido por la secta impotente de los trotskystas como un movimiento puramente catalanista. El BOC ha sabido dar a la cuestión nacional una interpretación leninista que los pedantes trotskystas son incapaces de asimilar. Ha visto la gran fuerza revolucionaria democrática que posee el movimiento de liberación nacional y ha buscado su concurso, como se ha procurado asimismo el de los campesinos” (12).

Si la crítica del Bloque por los trotskystas era un eco de lo que pensaba Trotsky, la que dirigió el Partido oficial era una mala traducción de loe scrito en Moscú por los altos funcionarios de la Tercera Internacional.
El Partido oficial se quedó sin sección catalano-balear cuando la Federación se separó de él (o, comod ecía el partido, fue expulsada). En 1931, una docena de miembros de la Federación que no habían seguido a ésta, formaban, aunque sólo fuera de nombre, el Partido oficial en Cataluña. Ya se vio que en las elecciones de junio de 1931 obtuvieron 2.320 votos en toda Cataluña.
La Internacional esperaba atraerse todavía a la Federación. Realizó, sin éxito, algunas gestiones privadas (13) El Buró Político del Partido oficial se reunió entonces, y decidió hacer un ofrecimiento público: los disidentes podían regresar al Partido como si no hubiera sucedido nada. Bullejos -que sin duda tenía a Maurín como competidor por la dirección- se opuso a que este ofrecimiento lo abarcara. El delegado de la Comintern, Humbert-Droz, decidió entonces invitar a Maurín y otros bloquistas a Moscú, donde podían discutir todas las cuestiones pendientes con Bullejos, al que darían la orden de ir allí. Maurín rechazó la invitación. No se trataba de una cuestión de quien debía dirigir el Partido, sino de principios. Arlandis y algunos otros, que para entonces se arrepentían ya de haber seguido a la Federación, insistieron para que aceptara, y lo mismo hicieron algunos dirigentes bloquistas. Pero Maurín siguió negándose a ir, aunque no se opuso a que fuera una delegación, y en vista de esto el delegado de la Internacional retiró la invitación no sólo a Maurín, sino a los demás. Comprendieron por fin que Moscú quería que Maurín fuera a la capital rusa para no dejarlo regresar (14). No hubo ya más dudas. Pero el Partido oficial todavía creía que sería posible separar a Maurín del Bloque. El semanario Mundo Obrero, órgano oficial del Partido, publicó a últimos de junio de 1931 un llamamiento a los militantes del Bloque invitándolos a entrar en el Partido:
“En diferentes ocasiones, la Internacional Comunista y el Partido intentaron poner fin a esta situación que tanto daño ocasionaba al desarrollo del movimiento comunista en España. Últimamente la Internacional pidió a los jefes del Bloque el envío de una delegación a Moscú para tratar de las condiciones de su reintegro al Partido, y, por tanto, de la unificación de todas las fuerzas comunistas. Maurín, que ya había emprendido resueltamente su política de alianza con la burguesía catalana, capitulando vergonzosamente ante Macià, y que desde la tribuna del Ateneo de Madrid atacaba a la Internacional Comunista, rechazó la invitación que se le hacía, poniendo así de manifiesto, tanto sus propósitos escisionistas como la falsedad de todas sus declaraciones respecto a la unificación comunista en Cataluña.
El Comité Central del Partido Comunista (S.E. de la I.C.) os dirige un caluroso llamamiento para que reintegréis en nuestras filas y declara que está dispuesto a admitiros en bloque, sobre la base de la aceptación sin reservas del programa y de la línea política de la Internacional Comunista y de su Sección española (15).
Miravitlles, en una conferencia, caracterizó así esta invitación:
“El Partido Comunista de España, sección española de la Internacional Comunista, hizo honor a su subtítulo (16)”.
La invitación no tuvo eco alguno en el Bloque, pero dio pretexto a algunos elementos de la Federación que habían seguido de mala gana a Maurín, para regresar a la vida descansada (intelectualmente hablando) del Partido oficial. Estos elementos trataron de dividir al Bloque y fueron expulsados por el Comité Central. Ninguno tenía cargos importantes, pero llegaron a ocuparlos en el Partido oficial. Los más destacados eran Antonio Sesé e Hilario Arlandis. Finalmente, la Internacional convalidó, en julio de 1931, la decisión del Buró Político del Partido oficial de expulsar a la Federación Comunista Catalano-Balear. En la resolución correspondiente de Moscú, se acusaba al liberalismo y menchevismo, nacionalismo pequeño burgués, de reflejar las ideas de Trotsky y de negar el papel dirigente del proletariado. Es curioso observar que las mismas acusaciones lanzaban contra el Bloque los trotskystas.
Era evidente que Moscú -cuyo partido tenía en toda España menos afiliados que el Bloque en sólo Cataluña-, debía crear una organización que se enfrentara a los bloquistas. Por aquel entonces había regresado de la URSS aquel Ramón Casanellas que se refugió allí en 1921 después de haber participado en el atentado que costó la vida al jefe del gobierno Eduardo Dato, organizado por la CNT. Lo acompañaba un delegado de la Internacional, el húngaro Erno Gerö, que desde entonces actuó siempre en Cataluña bajo el seudónimo de Pedro. (Ese mismo Gerö se encargó, en 1956, de pedir la entrada de los tanques soviéticos en Hungría.) Casanellas fue candidato del Partido oficial en Barcelona. Lo detuvieron luego y lo expulsaron so pretexto de que, habiendo adquirido la nacionalidad soviética estando en Rusia, entró en España sin permiso. Pero al poco normalizó su situación jurídica y regresó a Barcelona.
No era buen orador ni buen escritor, no gozaba de prestigio entre las masas. Moscú pensó, sin duda, que el haber sido uno de los autores de la muerte de Dato le daría influencia entre los anarquistas, pero éstos lo consideraban pasado al enemigo marxista. En su breve actuación (murió en 1933 en un accidente de moto), siguió siempre fielmente las indicaciones de Gerö.
Moscú no estaba satisfecho con la situación de sus fuerzas en España. El 15 de enero de 1932, la oficina para la Europa Occidental del Comité Ejecutivo de la Internacional Comunista publicó una carta en la cual decía que el partido comunista español “no tuvo una actitud correcta respecto al grupo Maurín y su Bloque Obrero y Campesino. Sin menguar en ningún modo la lucha por desenmascarar a Maurín y sus ideas pequeño-burguesas y la colaboración en práctica de su grupo con la burguesía -en realidad, intensificando esa lucha y negándose a hacer cualquier concesión, en cuestión de principios-, sin disimular las diferencias existentes, el partido comunista debe ayudar a todos los miembros de esta organización que están prontos a acogerse a la bandera del Comintern a unirse a las filas del partido comunista”.
En marzo de 1932 se reunió en Sevilla el quinto Congreso del Partido oficial, y entre otras cosas, decidió crear un Partido Comunista en Cataluña, que sería aparentemente autónomo y estaría nominalmente adherido de modo directo a la Internacional Comunista. Aunque se esperaba halagar así a los catalanistas, éstos pronto se dieron cuenta de que no habían sido los comunistas catalanes quienes crearon su propio partido, sino que fue establecido por una decisión del Partido español siguiendo indicaciones de la Comintern.
En mayo comenzó a funcionar el Partit Comunista de Catalunya, con Casanellas como Secretario General y con el semanario Catalunya Roja como órgano de prensa. Tanto el Partido español como el catalán empezaron entonces una activa campaña permanente, contra el Bloque, que no tuvo repercusión alguna. El folleto “Los renegados del comunismo. El Bloque Obrero y Campesino de Maurín” (17) resume los argumentos del comunismo oficial contra el Bloque.
“La burguesía -decía el folleto-, tiene como agentes en el seno de la clase obrera no sólo a los jefes socialfascistas y anarcosindicalistas. Los agentes de la burguesía no se encubren solamente con el nombre de “socialismo” o “anarquismo”, sino también con el de “comunismo”. “El Bloque obrero y campesino” de Maurín y “la Izquierda comunista” de los trotskystas representan dos organizaciones que cumplen el mandato de la burguesía de debilitar y descomponer las filas del Partido Comunista. La destrucción de la dirección traidora y renegada de estas organizaciones, la conquista para el comunismo verdaderamente leninista de los obreros revolucionarios engañados por ellos, es una tarea importantísima del Partido comunista, como lo es la destrucción de la dirección socialfascista y anarcosindicalista.
El “Bloque Obrero y Campesino” de Maurín manifiesta su oportunismo y traición en formas abiertas y bastante descaradas. En su famosa conferencia del Ateneo de Madrid, en junio de 1931, Maurín, para tranquilizar al público burgués, declaró que él no era un comunista ortodoxo, sino un comunista de género especial, al cual es más fácil comprender y que se adapta mejor a las condiciones de España. Esta “adaptación” de Maurín se expresó en la renuncia a la consigna de los soviets, en la defensa de una “Convención” pequeño-burguesa y en la lucha directa contra la Internacional Comunista”.
Decir que el gobierno Azaña era pequeño-burgués, como hacía Maurín, equivalía, según el folleto, a apoyar y propagar “la ilusión de que este gobierno no es contrarrevolucionario”. Separarse de la Internacional equivaldría a romper con el comunismo. La consigna dada por el Bloque de toma del poder por los comités de fábrica parecía errónea al Partido oficial, porque el poder sólo pueden tomarlo los soviets. El sistema de organización a dos niveles del Bloque era “liquidacionismo” y al oponerse al Partido oficial, el BOC cumplía “un mandato indudable de la burguesía”. Maurín era “un agente de la burguesía para la descomposición de las filas comunistas que aprovecha la máscara comunista como requisito necesario de su trabajo de traición”.
En otro folleto (18) “el Partido oficial arremete contra la posición del Bloque en la cuestión catalana. El Bloque hace el juego a la burguesía y de hecho “sostiene el gobierno contrarrevolucionario de Macià, al considerar que la formación de la Generalitat ha creado un segundo poder, lo cual es favorable a la revolución democrática. Esta posición, dice el nada misterioso Prof. I. Kom, es parecida a la de los trotskystas, pero aún peor que ella (y para ser peor que un trotskysta, a los ojos de un comunista oficial, hay que ser realmente muy malo), porque el Bloque propugna el separatismo y Trotsky se opone a él. Pero esto se debe a que los “maurinistas” quieren estar al servicio de la burguesía catalana, mientras que los trotskystas prefieren estar al servicio de la “nación imperialista española”
Después de este delirio de casuística, el autor del folleto afirma que el problema nacional español se reduce a la rebelión de los campesinos catalanes y gallegos contra los sistemas de arrendamiento prevalecientes en su zona. Los obreros no tienen nada que ver, pues, con el problema nacional, que es lo que sostenían Lerroux en 1909 y la FAI en 1932.
Merece la pena citar las frases principales de esos folletos:
“La táctica política de los maurinistas sirve de excelente demostración práctica de que la separación del movimiento comunista de la Internacional significa en realidad la ruptura con el Comunismo. Renunciando a aplicar la línea leninista justa y consecuentemente, Maurín empezó a ocuparse de maniobras sin principio entre varios grupos políticos, en relación con diferentes cuestiones políticas, y le parece, prisionero como se halla de la burguesía, que ejerce una influencia sobre ella. Como resultado ha llegado a una confusión ecléctica en el dominio de las formulaciones teóricas y al servilismo político práctico respecto de la burguesía. Tal es la suerte inevitable de los politicastros pequeño-burgueses.
Es errónea también la consigna de la “toma del poder por los Comités de Fábrica”. Los comités de fábrica y los comités de campesinos son realmente amplias organizaciones especiales políticas primordiales, capaces de ser un potente instrumento para la preparación de la toma del poder por el proletariado y de sus aliados, los campesinos. Pero este papel lo pueden desempeñar solamente en embrión, como antecesores, como camino hacia la creación de los Soviets, como los reductos de los Soviets en las fábricas, como garantía para la solidez de los soviets, como palanca potente de la victoria de los soviets, única forma del poder revolucionario obrero y campesino.
El sentido fundamental y el contenido del maurinismo es la lucha contra el comunismo, la lucha por el rompimiento de la unidad de las fuerzas revolucionarias del proletariado bajo las banderas del Partido Comunista. A La posición anticomunista de los maurinistas en los problemas fundamentales de la estrategia y táctica de la revolución, corresponde también su posición anticomunista en la cuestión del, Partido mismo. Los maurinistas de hecho disuelven al Partido en el Bloque Obrero y Campesmo. El articulo de Víctor Colomé “La Federación y el Bloque” (“La Batalla” del 24 de diciembre de 1931), desarrolla una “teoría” original, que subraya el completo alejamiento de los maurinistas de la doctrina leninista sobre el Partido. Colomé plantea la cuestión de la profunda diferencia y contraposición entre los miembros del Partido preparados y conscientes y las amplias masas de obreros que simpatizan con el comunismo. La incorporación de esos obreros al Partido, en otras palabras, la creación de un partido comunista de masas, Colomé la considera inaceptable. Un partido comunista de masas, en su opinión, “quedará reducido a la impotencia por la diversidad de opiniones y confusiones que irán desde el comunista mejor preparado hasta el que comienza a simpatizar. El mecanismo funcionará con gran dificultad y las crisis serán permanentes. Resultado: un aparato inútil” (Víctor Colomé, “La Federación y el Bloque”, La Batalla, 24 de diciembre de 1931). Por otra parte, continúa Colomé, el grupo de comunistas preparados, conscientes, es cuantitativamente limitado y necesita de una amplia organización de simpatizantes para llevar a cabo su política. La Federación comunista de Maurín y el Bloque Obrero y Campesino representan precisamente, según la opinión de Colomé, la unión de esta minoría consciente con la amplia organización de simpatizantes.
Este punto de vista es absolutamente extraño al comunismo. El comunismo preconiza un Partido comunista de masas capaz de aplicar su línea en las amplias organizaciones sin partido: en los sindicatos, en los soviets, etc, El comunismo no debilita ni separa a los obreros comunistas preparados de los no preparados, sino al contrario los une, garantiza la dirección de toda la clase por la vanguardia. Si las simpatías comunistas de los obreros y su deseo de luchar en las filas del partido comunista están ya suficientemente determinadas y esos obreros piden el ingreso en el Partido, aceptan su programa, resoluciones y disciplina, el Partido les acoge y realiza su educación en las filas del partido y no en una organización de simpatizantes. El punto de vista de los maurinistas representa dos crímenes fundamentales contra el comunismo: la distinción de los comunistas “conscientes” en una secta limitada y la creación, en vez del partido, de una imitación indeterminada de él en forma de organización de simpatizantes, la creación, en vez del partido del proletariado, del “Bloque Obrero y Campesino”.
Pero una manifestación todavía más clara del liquidacionismo de los maurinistas es su posición frente al partido. Es difícil imaginarse una posición más cobarde y contrarrevolucionaria. Los maurimstas declaran que el partido comunista es un “mito” y proclaman abiertamente que el objeto final de ellos es derrumbar y aniquilar el partido. Esto es un mandato indudable de la burguesía, la cual comprende perfectamente que su único enemigo peligroso es la Internacional Comunista y sus secciones.
En la resolución del Pleno ampliado del partido de Maurín leemos:
“Hasta aquí, el desbordamiento de la reacción republicano fascista ha sido impedido en gran parte gracias al hecho revolucionario de la dualidad de poderes: Gobierno provisional de Madrid y Gobierno de la Generalidad de Cataluña. La Generalidad, aunque gobierno pequeñoburgués, se ha visto obligada en determinados momentos, bajo
la presión de los trabajadores, a servir de acantilado ante el oleaje reaccionario del Gobierno provisional…”.
Y más lejos se dice con la misma franqueza: “La clase trabajadora…ha de tratar de acentuar la dualidad de poderes, procurando con su actuación política transformar el gobierno pequeñoburgués de la Generalidad en gobierno obrero de la República obrera de Cataluña” (“La Batalla”, 13-11-31).
Las conclusiones políticas son claras: el deber del proletariado consiste de este modo en sostener el doble poder, es decir, en “sostener el gobierno contrarrevolucionario de Macia”, y ello hasta su “transformación pacífica (mediante la actividad política del proletariado, es decir la presión de abajo) en el gobierno obrero de Cataluña”.
A pesar de la enternecedora unidad de opiniones en las cuestiones políticas “cardinales” de los trotskystas y Maurín, existen también “divergencias” entre ellos. Maurín propugna el apoyo al movimiento nacionalista “separatista” de las nacionalidades oprimidas, el movimiento por la “separación” de Cataluña y España.
Trotsky combate el “separatismo”, la separación de Cataluña y el desmembramiento de España en nombre de la “unidad económica” del país: “Nuestro programa es la federación hispánica con el mantenimiento indispensable de la unidad económica”, dice Trotsky en la “Carta con motivo de la cuestión catalana” (Verité “, 1-septiembre-1931).
¿Dónde se ha ido a esconder el derecho de las nacionalidades a la autodeterminación hasta la separación del Estado central? ¿Por qué defiende Maurín la separación de Cataluña, el separatismo? Porque representa el ala “izquierda” de la burguesía “catalana” nacional contrarre volucionaria que, de palabra, es partidaria de la separación, pero que “de hecho sostiene” al gobierno de Macia y a sus dueños imperialistas de Madrid. ¿Por qué los trotskystas luchan tan enérgicamente “contra” la separación, contra el separatismo, en nombre de la “unidad económica” de España, realizada como es sabido bajo la égida del gobierno opresor imperialista de Azaña-Largo Caballero? Porque a los trotskystas no les agrada de ningún modo estar al servicio únicamente de la burguesía “catalana” (aunque hacen esto, como ya hemos visto, declarando que Macia se atiene “a las soluciones radicales”. Prefieren intervenir con el partido socialista de España en calidad de exploradores y trovadores de la “nación imperialista española”.
Los socialistas españoles no se preocupan menos que Trotsky de la “unidad económica” de España y combaten el separatismo como “el peor enemigo de la democracia, de la paz y de Cataluña” (“El Socialista”, 6-VIII-931).
Lo que los comunistas oficiales no pueden perdonar al Bloque, en realidad, es la crítica bloquista a la burocracia de la Internacional. En el folleto de Maurín ya citado (19) se lee, por ejemplo, esto:
Algo que ha contribuido mucho a la fortaleza del BOC, aunque en ciertos momentos constituya un motivo de grandes dificultades, es su pobreza. No tiene otros recursos que los que consigue con las cotizaciones.
La ayuda económica que los partidos comunistas oficiales reciben de la I.C., es extremadamente perniciosa. Se crea una burocracia permanente que acaba por estar de acuerdo de una manera sistemática con quien manda. Así las cosas, la actividad de los partidos depende del tanto por ciento de protección que reciben. La personalidad de los partidos desaparece, quedando convertidos en piezas de una gran máquina burocrática…
La experiencia ha demostrado de un modo asaz concluyente que el régimen de dictadura burocrática que impera en los partidos comunistas oficiales es tremendamente funesto para la vitalidad del movimiento comunista.
Los republicanos, por su parte, no dejan de dirigir reproches al Bloque, en especial el de que con su crítica de la actuación de la república debilita a ésta. Le achacan además que no es partidario de la democracia. Maurín contesta a esto con unas frases bien claras:
El BOC reivindica la democracia obrera y cree que en ella hay una gran fuerza creadora. Rechaza la teoría de que sólo una pequeña minoría es la que ha de pensar y la gran masa obedecer, y actúa de manera que sea por la acción y el pensamiento de todos su adherentes que el BOC triunfe y trace su línea de conducta (20).

El año 1932 aporta no sólo éstas y otras críticas, sino también luchas, aciertos y tropiezos. Comenzó con un levantamiento anarquista en la cuenca catalana del Alto Llobregat, el 21 de enero, que fue aplastado por las fuerzas policíacas. Pero ocurrió algo interesante: por primera vez unos comités anarquistas, en los pueblos mineros de Fígols y Sallent, tomaron el poder, se instalaron en los ayuntamientos y dieron órdenes para organizar la vida de esas ciudades, durante las 48 horas que estuvieron en sus manos. La Batalla del 29 de enero lo pone de relieve: “Estamos en presencia de un hecho histórico de la más alta significación, que señala para la marcha de nuestra revolución un giro importantísimo. El anarquismo ha dejado de existir. Los obreros y entre ellos, naturalmente, los anarquistas, han aceptado la tesis marxista de la toma del poder”. Los hechos, más tarde, demostrarán que este optimismo no estaba justificado, puesto que en otros lanzamientos anarquistas, en 1932 y 1933, no se repitió la toma del poder local.
Los hechos del Alto Llobregat aportaron al Bloque a algunos militantes cenetistas que habían participado en ellos y aprendieron su lección, después de haber sido deportados a Bata (Africa Occidental) por el gobierno Azaña. Manuel Prieto fue el más destacado. Otro cenetista, que no había tomado parte en dichos hechos, también ingresó al Bloque, Ramón Magre, dirigente destacado de la Unión Gastronómica, un sindicato autónomo de cocineros y camareros. Pero estas adhesiones no determinaron una corriente de cenetistas hacia el Bloque. Las razones eran más psicológicas que políticas. Un militante es, a la vez, un hombre que piensa en términos ideológicos determinados y un hombre que vive en un ambiente dado (el de su organización). En el Bloque los anarquistas se encontraban fuera de su casa, no sólo porque era difícil pasar de la retórica ácrata a la marxista, sino también porque el sentimiento de amistad entre los militantes no se abría fácilmente a los recién llegados procedentes de otras organizaciones.

Había otros medios de expansión. Uno de ellos eran los ateneos obreros. Mientras los miembros de la Unió Socialista de Catalunya se concentraban en el Ateneo Polytechnicum, los bloquistas conquistaron el Ateneo Enciclopédico Popular,
de muy larga tradición. Para ello, los bloquistas se afiliaron en masa y obtuvieron así mayoría en la asamblea para elegir la Junta Directiva. A partir de ese momento, el Enciclopédico redobló su actividad, adoptó iniciativas importantes en el terreno de la educación para los hijos de obreros (por ejemplo, encabezó una campaña pro escuelas) y organizó cursillos de educación política a cargo de figuras destacadas del movimiento obrero. No fue una actividad sectarea, pero era evidente que favorecía al Bloque el simple hecho de que la llevaran a cabo los bloquistas. La USC, los nacionalistas de la Esquerra y el Partido oficial se alarmaron y trataron de copar las asambleas, pero hasta la guerra civil los bloquistas dirigieron el Enciclopédico en colaboración con viejos socios súbitamente rejuvenecidos. Conquistaron también otros ateneos en los barrios obreros y en varias ciudades de provincias; cuando no los había, los fundaron. En los ateneos estaba la sal del proletariado y el Bloque atrajo a los mejores elementos de esta selección, al darles participación en la dirección de los ateneos (21). Los oradores bloquistas sabían que disponían de tribunas prestigiosas desde las cuales exponer sus puntos de vista, pero no trataron de
monopolizarlas.
Otro terreno en el cual el Bloque avanzaba era el sindical. Un pleno regional de la CNT, reunido en Sabadell en abril de 1932, expulsó a las Federaciones locales de sindicatos de Lérida y Gerona, dirigidas por bloquistas, y en mayo el Comité Regional expulsó a la Federación local de Tarragona, por igual motivo. Fue una especie de pataleta de los anarquistas por la crítica bloquista de tal aventura insurreccional de enero (22).
Al lado de estas organizaciones de trabajadores industriales, los bloquistas trataban de organizar a los campesinos. Estos no estaban encuadrados en ninguna parte, fuera de los rabassaires (medieros de la vid), cuya Unión se hallaba controlada por la Esquerra, aunque en ella los bloquistas iban penetrando lentamente. En 1932, fundaron en Lérida la Unió Agraria y en Gerona la Acció Social Agraria. En 1934, la Unió de Lérida tenía casi tantos afiliados como la Unió de Rabassaires (18.000), y la de Gerona se acercaba a los 12.000 (23).
En el terreno sindical el Bloque tuvo una iniciativa que luego otros trataron de atribuirse y que lógicamente hubiera debido corresponder a la CNT si esta central sindical no se hubiese puesto a sí misma entre la espada de las aventuras insurreccionales y la pared de las reivindicaciones inmediatas de sus afiliados. Me refiero a la lucha para defender a los obreros en paro forzoso.
El país pasaba por una crisis económica fuerte, eco de la mundial, pero agravada por la fuga de capitales y el sabotaje económico de los industriales y grandes terratenientes adversarios de la república. Había 400.000 obreros sin trabajo, la mayoría en el campo, y de ellos 34.000 en la provincia de Barcelona (24).
Para un partido obrero, era deber y conveniencia tratar de organizar a los obreros parados. El Bloque se lanzó a esta tarea. Josep Coll, un albañil sin trabajo, era el cerebro de la campaña y Andreu Sabadell, un obrero sin empleo del ramo del agua, su agitador más eficaz. El Bloque había hablado ya del paro forzoso en su programa municipal de 1931.
La campaña encontró eco y condujo a la formación de un Frente Obrero contra el Paro Forzoso, dirigido por bloquistas. El Bloque convocó a una conferencia sobre el paro forzoso, que se reunió el 12 de febrero de 1933, con delegados del Bloque, la USC, varios sindicatos autónomos y las Federaciones expulsadas de la CNT (es decir, dirigidas por bloquistas). El Partido oficial, la CNT y los treintistas no participaron.
Esta conferencia aprobó una lista de reivindicaciones: jornada de seis horas, seguro contra el paro, aumento de los subsidios a los parados (35 pesetas semanales a los obreros y 50 a los casados) y una reforma tributaria que permitiera aplicar estas medidas. El Bloque, al convocar la conferencia había advertido:
“Es preciso que la clase obrera concrete en unas consignas sus aspiraciones inmediatas. Hay que concretar estas aspiraciones pero no nos hagamos la ilusión de que el problema del paro forzoso se pueda resolver dentro del régimen capitalista. Sabemos de sobra que, a pesar de conformarnos con poca cosa, esa poca cosa a la que podemos aspirar actualmente nos costará muchísimo conseguirla. Los obreros que trabajan deben ponerse al lado de los parados. Deben luchar por hacer triunfar las reivindicaciones de los que están sin trabajo por solidaridad de clase y porque mañana mismo pueden ser las consignas que les interesen de una manera directa”.
En abril; el Frente contra el Paro Forzoso escribió a los diputados al Parlamento catalán. Los socialistas del mismo propusieron una ley estableciendo la jornada de seis horas. El Parlamento no la aceptó y en cambio creó un Instituto contra el Paro Forzoso, con 65.7 millones de pesetas anuales. Esta ley, presentada por la Esquerra, era más amplia que la propuesta por sus aliados los socialistas catalanes. Sin la campaña y la conferencia, nada de esto hubiera tenido lugar.
Pero pequeños éxitos como éste no hacían perder la cabeza a los bloquistas. La situación del país era inquietante. El 10 de agosto de 1932, el general José Sanjurjo se sublevó en Sevilla contra la República. Una huelga general frustró esta tentativa. El Bloque, que había denunciado los preparativos de golpe desde hacía varios meses, reclamó la ejecución de Sanjurjo (que fue juzgado, condenado a muerte e indultado a petición de los socialistas). El mismo día de la sublevación, Mundo Obrero, el diario comunista, publicaba a toda página este título: “El gobierno Azaña es el centro de la contrarrevolución fascista”. Por ésta y otras pruebas de falta de sensibilidad política, Moscú acabó cambiando la troika Bullejos- Trilla-Adame y sustituyéndola por una nueva encabezada por el sevillano. José Díaz, que siguió al frente del partido hasta que se suicidó en Georgia, ya terminada la guerra civil española. Pero nada cambió en el Partido oficial, porque el mal no venía de la troika sino de su sumisión a Moscú. La nueva dirección continuó con la táctica del “social-fascismo”, que en Alemania estaba abriendo las puertas del poder a Hitler. Criticar a los socialistas y anarquistas, como hacía el Bloque, no quería decir que hubiera que considerarlos la “antesala del fascismo”, como decía el Partido oficial por órdenes de Moscú. Por esto, el Partido oficial seguía siendo un esqueleto. En las elecciones a diputados al Parlamento catalán, en noviembre de 1932, el Bloque obtuvo 12.000 votos en Cataluña, de los cuales 3.565 en Barcelona-ciudad, y el Partido oficial 1.216. La Lliga tuvo en Barcelona 37.000 votos y la Esquerra 65.000.
La diferencia de posiciones políticas entre el Bloque y cualquier otra orgnización obrera, se vio clara en el segundo Congreso de la Federación Comunista Catalano-Balear (es decir, la organización de militantes del Bloque). Se reunió en abril de 1932, en un nuevo local central, en la calle de Palau número 6. Desde dos meses antes, La Batalla publicó las tesis que discutiría el congreso, para que se debatieran en las células. El Congreso aprobó cambiar el nombre de la Federación por el de Federación Comunista Ibérica, con el fin de englobar a pequeños grupos de simpatizantes en Asturias, Madrid y Valencia. Algunos delegados se opusieron, porque consideraban que era prematuro poder extenderse fuera de Cataluña.
Tal vez el documento más interesante fue la tesis aprobada sobre la cuestión nacional. Merece reproducirse porque analiza la posición de otras fuerzas obreras sobre este problema y porque muestra que había una plena coincidencia entre los bloquistas procedentes del comunismo catalán y los procedentes de la CNT y del comunismo oficial; el aporte de nuevos elementos había, en realidad, sumergido y fundido a estos grupos fundadores. Decía así, en lo fundamental: (25)
“1.-La caída de la monarquía y la implantación de la república, como que este cambio de régimen no ha ido acompañado de la incorporación al nuevo Estado político del programa de la revolución democrática, no representa un avance muy sensible no sólo en el orden de las relaciones de las clases sociales en pugna, sino que tampoco en las relaciones entre las colectividades nacionales que viven, de buen o mal grado, dentro del marco del Estado español.
2.-Bajo la monarquía, el Estado imperialista pan-español, formado históricamente de nacionalidades diversas, sobre las cuales ejercía su hegemonía el feudalismo de Castilla vinculado estrechamente con la monarquía y dominando en las grandes arterias capitalistas superpuestas sobre una economía semi-feudal y pequeño-burguesa, no había logrado fundirse en un solo espíritu nacional. El espíritu asimilista del imperialismo castellano no consiguió vencer la personalidad de las naciones de la periferia: Cataluña, Galicia, Vasconia.
Se ha formado el Estado antes que la nación. El Estado castellano ha logrado poco a poco ejercer su hegemonía sobre las demás nacionalidades ibéricas, destruyendo los organismos estatales de estas nacionalidades. La formación histórica del Estado español no se apoya, pues, sobre bases burguesas sino que toma todas las características feudales, hostil, por tanto, al capitalismo industrial. Dentro del Estado español han ejercido la supremacía no las naciones más progresivas y de mayor impulso industrial -Cataluña, Vasconia- sino las más atrasadas; los núcleos donde aún impera el feudalismo agrario -Castilla, Andalucía, Extremadura, etc.-. Este hecho, explica en parte la contradicción histórica de que el capitalismo no se haya desenvuelto y que falto de impulso al tener que vivir controlado y reglamentado por un Estado de tipo feudal y adverso al capitalismo industrial, éste haya: tenido que vivir a la sombra del arancel, concesión que le ha sido hecha por el latifundismo agrario como paga a su sumisión política.
8.-EI movimiento obrero en Cataluña, sobre el cual ha ejercido durante décadas su hegemonía el anarquismo, se desinteresaba de los problemas políticos, y confundiendo lamentablemente la parte anecdótica del catalanismo -el hecho de que estuviese controlada por la burguesía- con el hecho esencial de una colectividad que comenzaba a reivindicar el derecho a su personalidad independiente, produjo la gran paradoja de que un movimiento esencialmente liberador no interesara a las masas obreras y que su solución, por tanto, no fuese puesta en sus programas de clase.
Esta actitud de incomprensión de los anarco-sindicalistas no ha cambiado en lo más mínimo hasta hoy. En nombre de la “unidad revolucionaria (?) del proletariado” los elementos directivos de la Confederación Nacional del Trabajo han llegado a hacer la afirmación suicida, centralista y reaccionaria, de que se “levantarían en armas contra todo intento de separación”, prestando así apoyo al centralismo feudal y colocándose en una situación eminentemente contraria a sus postulados libertarios.
9.-La posición ante el problema de las nacionalidades ibéricas de los hombres del “Partido Socialista Obrero Español”, no se aparta ni poco ni mucho de la posición adoptada por sus colegas, los partidos socialistas que giran en torno de la Segunda Internacional. Con la sola diferencia que mientras los partidos socialistas del resto de Europa han hecho declaraciones teóricas, exclusivamente
sobre el papel, proclamando el derecho a la libertad de las naciones “cultas” -y así sostenían de una manera directa el derecho de las potencias imperialistas sobre los pueblos coloniales- sin que por otra parte hicieran nada para ayudar prácticamente para que los pueblos “cultos” obtuviesen su independencia el “Partido Socialista Obrero Español” ni tan siquiera ha hecho estas declaraciones
teóricas. Peor aún: como buenos sostenedores del imperialismo pan-español se han pronunciado de una forma brutalmente imperialista contra las reivindicaciones de los pueblos hispanos.
10.- Tampoco el “Partido Comunista de España” ha tenido una posición justa ante la cuestión nacional. En éste como en tantos otros aspectos, su miopía mental ante la realidad, ha sido la causa primera de que no influyese en lo más mínimo en el movimiento de emancipación de las nacionalidades ibéricas. Oficialmente obligados por la Internacional Comunista, han puesto de una manera fría y mecánica en sus programas y entre sus consignas, el derecho de Cataluña, Vasconia y Galicia a su libertad y a su independencia. Pero esto ha sido tan sólo la aceptación del principio del derecho de los pueblos a su autodeterminación como un simple formalismo verbal para no ponerse en desacuerdo con las declaraciones y resoluciones de la I.C. [Internacional Comunista] respecto al papel que tienen que desem peñar los partidos comunistas en los movimientos de liberación nacional.
12.-La aprobación del Estatuto de Cataluña no puede ser en manera alguna la solución del pleito catalán. El Estatuto fue elaborado de espaldas al pueblo y hecho aprobar por “chantage”. La masa obrera y campesina no se siente representada en él. El Estatuto es una claudicación vergonzante ante el Estado imperialista.
13.-La “Federación Comunista Catalano-Balear” como núcleo dirigente de la organización de masas “Bloque Obrero y Campesino”, declara: que siendo la cuestión nacional uno de los puntos básicos del programa de la revolución democrática que no ha sido llevada a cabo como pretende la burguesía con el simple hecho de haberse substituido el régimen monárquico por el republicano, luchará por el derecho de los pueblos a disponer de sí mismos, llegando si precisa a la separación, si tal es su voluntad.
17.-El problema de desarticular los restos del feudalismo español vinculado hoy por culpa de la burguesía a la actual estructuración de la economía española tiene que ser la obra de la clase trabajadora. En esta lucha juega un rol importantísimo la lucha por la libertad de Cataluña, Vasconia, Galicia y Marruecos. La “Federación Comunista Catalano-Balear” consciente de sus deberes históricos como núcleo dirigente de las masas trabajadoras, al aceptar la responsabilidad de la dirección de esta lucha a muerte contra los restos feudales y contra la burguesía impotente que los sostiene con sus claudicaciones, se pronuncia, pues, de una manera clara que no deja lugar a dudas ni equívocos: aceptamos e impulsamos el separatismo como factor de descomposición del Estado español, si bien como comunistas no somos separatistas en el sentido burgués nacionalista.
Mas a pesar de la lucha que mantengamos contra el Estado imperialista español para lograr la libertad de las naciones oprimidas, no solamente no será esto motivo para provocar una ruptura entre el proletariado de los pueblos hispanos, sino que en interés de esta misma lucha contra el enemigo común, el proletariado de Cataluña, Marruecos, Vasconia y Galicia se mantendrá unido con el proletariado de las demás tierras del Estado español. Si aceptamos “como comunistas” el separatismo es sólo para desarticular el Estado español. Mas una vez lo hayamos logrado y el proletariado dueño del poder político del Estado, garantizada efectivamente la libertad absoluta de todos los pueblos ibéricos, no habrá ningún interés que los impulse a una separación suicida. No nos interesa la balcanización de la península Ibérica. Contrariamente, hacemos nuestra la fórmula de Lenin: “Separación en interés de la unión”. Esto es: separar primero, para unir después. Sólo el proletariado en el poder podrá lograr lo que la burguesía ha sido incapaz de conseguir: que las nacionalidades ibéricas se federen voluntariamente y formen una unidad política que de hecho aún no ha existido nunca dentro del Estado español. La clase trabajadora está llamada; pues, a cumplir la unidad ibérica, reincorporando Portugal al ritmo general revolucionario del Estado federal proletario y redimiendo Gibraltar del vasallaje del imperialismo británico al cual está sometido.
19.-Para conseguir esta finalidad la “Federación Comunista Catalano-Balear” luchará incansablemente para evitar que la clase obrera se integre en las organizaciones específicamente “nacionalistas” que pretenden solucionar la cuestión social después de haber logrado la libertad de Cataluña, olvidando lamentablemente el hecho de que el problema de la libertad de Cataluña sólo puede hallar solución cuando las masas trabajadoras al realizar la revolución social se hagan dueñas del poder. Combatiremos, por tanto, este tipo de extremismo revolucionario nacionalista, que es aún una tendencia burguesa, oportunismo de izquierda, dentro del movimiento de liberación de las nacionalidades ibéricas”.
Se discutió una tesis internacional. El Bloque era el único partido del país que mostraba interés por las cuestiones del mundo y el único que condenaba la política española en Marruecos y pedía la independencia del “protectorado”. Era natural, porque las razones mismas que condujeron a la formación del Bloque fueron de carácter internacional. En ese año de 1932, lo que sucedía en Alemania parecía a los bloquistas que iba a influir mucho en España. La tesis internacional señalaba la responsabilidad de la socialdemocracia alemana en el ascenso de Hitler por su política del mal menor, y del comunismo por su política de socialfascismo. “Por la brecha abierta entre socialistas y comunistas se está colando el fascismo”. Por a separación entre socialistas y anarquistas españoles podría ambién colarse un día el fascismo.
Las tesis políticas tenían por título “La revolución española las tareas del proletariado”. Se exponía en ellas la interpretación ya citada varias veces de la revolución española, evolución democrático-burguesa que la clase obrera debía hacer ante la incapacidad de la república burguesa de llevarla a cabo. Y se agregaba que “el comunismo, aun aceptando desde luego, los principios fundamentales del marxismo y del leninismo, no podrá sin embargo conquistar la dirección de la clase trabajadora más que si es fruto directo de la realidad histórica ibérica, y no un modelo estandarizado sujeto a indicaciones burocráticas completamente extrañas a nuestra revolución. La revolución española ha de ser hecha por los trabajadores españoles. El colonialismo revolucionario es desastroso para la la marcha de la revolución”.
En relación con esto, el congreso aprobó también unas tesis sobre la unificación comunista en las cuales se leía: “El comunismo, por tender hacia la democracia auténtica y desprovista de todo vestigio de clase, debe conservar y acrecer como un bien precioso los elementos de la democracia históricamente adquiridos en la lucha de clases y no rehusar el beneficio de la democracia más que a aquellos que conscientemente o no, quieren privar de ella al proletariado”.
El congreso, finalmente eligió a un nuevo Comité Central, y éste a un nuevo Comité Ejecutivo: Maurín, Arquer, Rovira, Bonet, Colomé, David Rey, Ferrer.
En el acto de clausura, Maurín resumió así la situación:
“Existen condiciones objetivas favorables para que la revolución triunfe completamente: incapacidad y caos, arriba; malestar, abajo, provocado por la tremenda crisis económica que padece el país. Falta, sin embargo, que el proletariado comprenda, realmente, que sólo si él toma el Poder, la revolución democrática podrá triunfar plenamente, que exista un fuerte partido comunista -Federación Comunista- y que se cree una alianza entre proletarios y campesinos -Bloque Obrero y Campesino.
El BOC y la Federación Comunista tratan de dar a la clase trabajadora española los instrumentos revolucionarios que históricamente le son necesarios.
La Federación Comunista y el Bloque obrero y Campesino, iniciados en Cataluña, comprenden que es indispensable extender su organización por toda España para que el triunfo final de la clase trabajadora sea posible.
La Esquerra, habiendo fracasado rotundamente, no puede aspirar a dirigir la vida política de Cataluña. La clase obrera, por medio del BOC, ha de asaltar la Generalidad y desde allí con el apoyo de las masas trabajadoras transformar Cataluña en una República Socialista.
La República Socialista de Cataluña será la avanzada de la Unión Ibérica de Repúblicas Socialistas”.

En ese periodo salieron dos libros escritos por bloquistas, además de una serie de folletos. El primero era “De Jaca a Sallent”, de Jaume Miravitlles (Ediciones CIB, Barcelona, 1932), en catalán. Se agotó pronto. Jaca era la ciudad donde en
diciembre de 1930 se habían sublevado contra la monarquía dos capitanes del ejército, que fueron fusilados, y Sallent la ciudad donde la FAI tomó el poder local en enero de 1932. El libro compara las dos maneras de plantearse el problema de la revolución: la marxista y la anarquista.
Empieza señalando que en España nunca hubo un Cronwell ni un Lutero, ni revolución industrial, ni parlamentarismo ni nacionalismo burgués. El resultado de estas carencias es la escasa industria, la escasa población, el escaso parlamentarismo. Hay en España, país sin revolución, dos teorías revolucionarias: la inexistente del anarcosindicalismo o la equivocada del pronunciamiento militar. Revolución supone complot, para los españoles. Pero los complots siempre fallan. Para los anarquistas como para los patronos, hay dos clases de obrero, dice Miravitlles: el bueno y el malo. El que es buen obrero para uno es malo para los otros, y viceversa. Los anarcosindicalistas confunden política con elecciones. Por esto nunca han tenido una política de salarios, de distribución de la riqueza, etc.
El reformismo, sigue diciendo, ha de fracasar en España porque el sistema que predomina es irreformable. y los anarquistas, incluso cuando quieren hacer la revolución, piensan en términos de reformas.
La insurrección de enero puso en evidencia que… “la célula de la revolución española no será el soviet, sino el sindicato y el municipio… La FAI es el fermento del movimiento proletario… Su impaciencia ideológica, producida por
un hecho temperamental, de orden biológico, nos llevará a la catástrofe. No se pude jugar con la insurrección… El fracaso de la insurrección abre las puertas al fascismo”.
No basta con tomar la economía, como quisiera la CNT, sino que debe tomarse también el poder político. y después de afirmar esto, el autor traza un cuadro de las medidas que la clase obrera debería adoptar en España: tomar el poder con
un programa democrático, estabilizarlo con los órganos de poder de la clase obrera (consejos o juntas y sindicatos) y abrir las puertas a la revolución socialista.
El análisis es más general, no se limita a los anarquistas, en el otro libro, éste de Maurín, comenzado en el otoño de 1931 y que se publica en el verano de 1932: La revolución española. De la monarquía absoluta a la revolución socialista (Editorial Cénit, Madrid-Barcelona, 1932.) Era una interpretación de lo sucedido en el país desde la caída de la Dictadura y de lo que significaba la república. Causó menos impresión que el primer libro de Maurín, y, por su tesis, se le hizo el vacío en la prensa. Sin embargo, se agotó pronto.
Siguiendo su costumbre de plantear todos los problemas en términos históricos -costumbre derivada del marxismo, pero también de la personalidad misma del autor-, empieza señalando que España fue el primer país europeo que hizo la unidad nacional, pero no por obra de la burguesía, sino de la monarquía absoluta, hipotecada por la Iglesia a causa de la reconquista contra los árabes. El feudalismo luchó contra la burguesía por la teología (contrarreforma y jesuitas), por la expulsión (de judíos y moriscos), por la emigración (América, válvula de escape de las energías que, en la Península, habrían podido ser revolucionarias), y por el exterminio (germanías y comunidades). Por esto la unidad nacional y el absolutismo no condujeron a la revolución burguesa.
Desde entonces, la burguesía, aliada con otras fuerzas, intentó reformar el país, pero siempre, temerosa de sus propios aliados, acabó poniéndose al lado de las fuerzas feudales. Poco a poco, la monarquía feudal, para sobrevivir, recurre a apoyar a la burguesía, le hace concesiones, persigue al movimiento obrero, trata de industrializar artificialmente (con la Dictadura). Pero no se atreve nunca, claro, a hacer la revolución agraria que es indispensable para que la industria pueda expandirse. Las masas se inquietan y para “evitar que las masas derribaran al rey, lo derriban los señores” convertidos en republicanos.
¿Qué ha sido la república? Maurín contesta con una cita de Marx que en 1854 escribía en el Tribune de Nueva York:
“Una de las características de la revolución [española] consiste en el hecho de que el pueblo, precisamente en el momento en que se dispone a dar un gran paso adelante y empezar una nueva era, cae bajo el poder de las ilusiones del pasado y todas las fuerzas y todas las influencias conquistadas, a costa de tantos sacrificios, pasan a manos de gentes que aparecen como representantes de los movimientos populares de una época anterior”.
Agrega Maurín:
“En 1931, Marx hubiera empezado de la misma manera. La dirección. de la vida política española pasó, al triunfar la república, a los representantes más típicos del viejo régimen…. Los dos puestos más importantes [del gobierno republicano provisional], la presidencia y el ministerio de la Gobernación, estaban ocupados por dos monárquicos…“.
Apoyan el Estatuto catalán y con ello buscan una alianza de la gran propiedad andaluza con la pequeña burguesía catalana. Pero esta alianza no basta:
“La burguesía, una vez más, ha demostrado su inteligencia atando a los socialistas al carro del Poder. Y con la particularidad que les entregó las tres carteras más espinosas: las de Hacienda, Trabajo y Justicia.
Los problemas capitales de la revolución española pasaban, precisamente, por los ministerios ocupados por los socialistas. La crisis económica, el movimiento obrero, las leyes de propiedad y de relación entre el Estado y la Iglesia, fueron confiadas a los ministros socialistas”.
Mientras se discute la constitución, en la calle ocurren cosas importantes:
“Al mismo tiempo que en las Cortes se debatía el problema religioso, los campesinos de Andalucía asaltaban los cortijos y se repartían las tierras. Las revueltas agrarias surgían por doquier. La revolución agraria tomaba de súbito un impulso inusitado.
La burguesía necesitaba proceder a una maniobra rápida, con el propósito de estrangular la revolución campesina. Alcalá Zamora y Maura eran dos obstáculos. Una ley represiva presentada por Maura, corría el riesgo de fracasar. El intento de Ley de Defensa de la República, preparado en julio, abortó. Maura y Alcalá Zamora suscitaban una gran desconfianza, a causa de su pasado monárquico.
La contienda originada con motivo del asunto religioso dio el pretexto para proceder a un cambio de personas que permitiera meter de matute, sin que nadie pudiese poner el grito en el cielo, la Ley de Defensa de la República.
Alcalá Zamora y Maura debían ser sacrificados para proceder rápidamente, por un golpe táctico, a asegurar la Dictadura republicana. Desaparecidos ambos, “ipso facto”, el Gobierno republicano de Azaña logró la ley draconiana, que amordaza el movimiento obrero y trata de embridar la revolución”.
Pero las Cortes no se hacen eco de lo que ocurre en la calle:
“El grito fuerte, viril, del pueblo trabajador, no se ha oído en el Parlamento. Los socialistas no pueden pretender ser los verdaderos representantes de la clase trabajadora revolucionaria. Ni los campesinos andaluces, ni los rabassaires catalanes, ni los obreros huelguistas de Barcelona, Granada, Asturias, han tenido en las Cortes quien se hiciera eco de sus inquietudes y de sus heroicos esfuerzos. Una cosa es el Parlamento y otra la España revolucionaria.
La salud no estaba en las Cortes Constituyentes, que habían de buscar soluciones intermedias, sino en una Convención que encarnara los ímpetus revolucionarios de las masas trabajadoras. Las Cortes Constituyentes, sin embargo, han triunfado sobre la idea de Convención revolucionaria.
El Parlamento acabaría su existencia completamente desprestigiado. Ha sido un vulgar diletante. Colocado por historia ante unos cuantos problemas trascendentales a resolver, no ha hecho más que aflorarlos, sin ahondar ninguno”.
Finalmente, las Cortes aprueban una Constitución:
“¿A quien dará satisfacción la Constitución aprobada? No la da al pueblo trabajador. España no es “una República de trabajadores”. No la da ni a los campesinos explotados que quieren la tierra, ni a los propietarios que se niegan a darla. No la da ni a los autonomistas, que desean una estructuración federal de España, ni a los unitarios empedernidos. No la da a los que desean el exterminio de la Iglesia, ni a los que gritan: “¡Viva el Papa-Rey! “.
La Constitución elaborada por las Cortes es un puente entre la revolución y la contrarrevolución, entre la República democrática y la República fascista. No es la Carta Magna de una nación, ni el Código de una revolución triunfante.
Lassalle, cuando se iba formando el Imperio alemán, estableció la célebre distinción entre la Constitución real y la Constitución jurídica. Los parlamentarios españoles han querido con una Constitución jurídica ahogar la Constitución real, que elaboraba el pueblo en las luchas de todos los días.
La Constitución no será más que un breve armisticio, no largo. Ni la reacción ni la revolución se sienten satisfechas. La Constitución de 1931, en la revolución española, no será más que un prólogo, como la Constituyente de 1789, con respecto a la Convención de 1793, como la Constitución de 1869, en España, con relación a la efímera República de 1873.
La Constitución es pequeño-burguesa, en un país en donde la pequeña burguesía tiene poco peso especifico. En España sólo cabe una constitución como la de 1876, que permita anularla a cada momento o una Constitución revolucionaria que sea la consagración definitiva de la revolución triunfante.
Una Constitución, por su mismo significado, no puede ser una pauta a la que sujetar el porvenir, sino la consagración de un hecho plenamente realizado. La Constitución nace de la revolución, no la precede. Ha de ser el índice, no el prefacio. En la Revolución francesa, quien refleja el momento histórico es la Constitución jacobina de 1793, nacida después de cuatro años de explosión revolucionaria. En la revolución de Méjico, comenzada en 1910, es en 1917, al cabo de siete años de acción, que los revolucionarios se reúnen en Querétaro para escribir la Carta. En la Revolución rusa, la verdadera Constitución, la definitiva, la de la Unión Soviética, es únicamente en 1924 que se formula”.
Cuando se publica el libro, las Cortes están discutiendo un Estatuto de autonomía para Cataluña:
“La aprobación por las Cortes del Estatuto de Cataluña no solucionará la cuestión nacional. El problema es mucho más hondo. El Estatuto no será más que una carta automática que confiere a Cataluña una delegación de Poder -pero no el Poder- en cuestiones administrativas, secundarias. Cataluña no recobra su personalidad nacional. Queda sujeta a la voluntad de la burguesía panespañola.
Las dos fuerzas políticas más importantes son: la gran burguesía y la socialdemocracia. Ambas se oponen completamente a todo intento de descentralización. Que el Poder sea ejercido por la una o por la otra es lo mismo desde el punto de vista nacional. Las dos encarnan la tradición absorbente, imperialista, del viejo Estado. La cuestión nacional subsistirá igualmente. Si antes el opresor era la Monarquía, ahora serán la burguesía republicana y la socialdemocracia”.
Las Cortes debaten también un proyecto de base de la reforma agraria. Maurín discrepa acerca de cómo se ha planeado el problema:
“La solución del problema campesino en España no está en un simple reparto de tierras -reparto que la burguesía de la República no hará-, sino en la industrialización general del país. La revolución agraria y la revolución industrial son la cara y la cruz de la misma medalla.
La una no puede existir sin la otra. Entramos, pues, de lleno en la revolución social. La burguesía española no es capaz de industrializar, porque esto supondría una ruptura con el mundo capitalista. España, bajo el control burgués, no saldrá de su situación de colonia. La burguesía, sea monárquica o republicana, no tiene arrestos para afrontar las consecuencias de querer modelar una nación nueva.
España sólo puede ser salvada si el Estado, durante el periodo de transición al socialismo, se transforma en un gran empresario que, nacionalizando tierra, Banca, minas, transportes, comunicaciones, con arreglo a un plan científico trazado de antemano, se dispone a cambiar a España de los pies a la cabeza.
Naturalmente, esta empresa corresponde a la clase trabajadora”.
Este y otros problemas, como dice incesantemente el Bloque, sólo pueden ser resueltos por la clase obrera. Pero la clase obrera no existe aisladamente, sino que es producto de la misma sociedad que debe transformar:
“El proletariado catalán, a quien la historia ha confiado la grave responsabilidad de ser el agente de más importancia en la transformación social de España, no ha podido formar su conciencia proletaria a causa de la constante emigración campesina de España hacia Cataluña. El torrente de campesinos de Andalucía, Levante y Aragón hacia Barcelona ha dado carácter al movimiento obrero, deformándolo. El proletariado no ha logrado asimilarlo. La gran masa ha ahogado en él sus condiciones característicamente proletarias.
El proletariado de Cataluña, o, lo que es lo mismo, la Confederación Nacional del Trabajo, a través de la influencia campesina, pequeño-burguesa como es natural, ha sido un material fácil para ser moldeado por la pequeña burguesía radical. No ha llegado a descubrirse a sí mismo.
Después de haberse apartado, por lo menos. orgánicamente, de la pequeña burguesía, en 1917-1919, cuando con su actuación, en 1930, hacía conmover las bases del régimen existente, volvió a caer bajo el influjo dirigente de la burguesía.
Toda la clase trabajadora española ha estado, desde que la Monarquía empezó a dar fuertes bandazos, a las órdenes de la burguesía por intermedio de la socialdemocracia y del anarcosindicalismo.
Hubo un instante, sin embargo, en noviembre-diciembre de 1930, en que el movimiento empezaba a salirse de los raíles que la burguesía había colocado. Ni Largo Caballero, ni Pestaña y Peiró podían dirigir en la forma que Alcalá Zamora y Maura querían. Las masas trabajadoras comenzaban a desmandarse buscando intuitivamente su órbita.
La proclamación de la República fue obra de la clase trabajadora. El día 14 de abril, si las masas obreras de Barcelona, en vez de servir de trampolín a la burguesía, hubiesen deseado realmente imponer su triunfo, su victoria era segura.
Pero la clase obrera no quiso más que la República burguesa. La impotencia del proletariado en esa hora histórica era el resultado final de sesenta años de socialdemocracia reformista y de anarquismo”.
En 1930, el proletariado estaba a la ofensiva. En 1931, después de la proclamación de la república, la burguesía contraataca y el proletariado pasa a la defensiva:
“La clase obrera en esta fase ha sido vencida a causa de su incapacidad política. El sindicalismo anarquista ha sido, inconscientemente, quien ha dado el triunfo a la burguesía. En horas difíciles para la burguesía -septiembre 1930/julio 1931- la clase obrera revolucionaria ha sido fuertemente atada a la burguesía a través del anarcosindicalismo, impidiendo que el proletariado adquiera una personalidad política independiente con objetivos propios.
Los trabajadores, el día 12 de abril, votaban a las izquierdas burguesas. El día 14 de abril se lanzaban a la calle para proclamar la República burguesa. El día 22 de junio volvían a votar a la pequeña burguesía. El sindicalismo apolítico rompía su costumbre tradicional, mas no para hacer una política obrera, sino para ayudar a la burguesía seudoliberal.
Supongamos que la clase obrera que dirige el anarcosindicalismo hubiese tomado parte en las contiendas políticas directamente, dando la cara.
Es arriesgado aventurar hipótesis. Pero, por lo que a Barcelona se refiere -clave indiscutible de bóveda de la política española-, no hay duda que el día 12 de abril la candidatura obrera hubiera triunfado por gran mayoría.
¿Qué hubiese ocurrido el día 14 de abril? Barcelona en manos de los obreros quiere decir que la revolución se extiende por toda la provincia de Barcelona y por toda España”.
Esta carencia de la clase obrera se debe a que no ha comprendido el papel del segundo poder:
“En la presente revolución española, nuestra clase obrera no ha comprendido la necesidad imperiosa de crear un segundo Poder frente del de la burguesía. La idea lanzada por dilettantes del movimiento revolucionario de crear Soviets no ha encontrado eco alguno. Proponer es cosa fácil. Nadie es capaz de forzar a la Historia para que saque de sus entrañas un nuevo tipo de organización. Cada país y cada etapa histórica poseen sus formas características.
El Soviet es una creación rusa que no ha logrado adaptarse a ningún otro país. En Italia, cuando la revolución de 1920, eran los comités de fábrica, lo mismo que en Alemania, en 1923, los que encarnaban la actividad revolucionaria y representaban a los trabajadores. Los comités de fábrica ya existían antes de 1920 y 1923. La revolución no hizo nada más que transformarlos en órganos revolucionarios.
Es cuestión de estudiar si el fracaso del movimiento comunista en Alemania, en Bulgaria, en Estonia y en China no ha sido debido a un afán de estereotipar las fórmulas y los métodos de la Revolución rusa. Una revolución tiene una gran fuerza creadora. Empeñarse en querer sujetarla a moldes determinados previamente es condenarla al fracaso.
Si Lenin no hubiera dado la vuelta a las clásicas concepciones del socialismo, en lo que se refiere a la cuestión de la tierra, de las nacionalidades, y a la posición ante la guerra, la revolución bolchevique no habría triunfado.
Los soviets no han surgido en España, como no han aparecido en la revolución mejicana ni se dieron tampoco en la Commune de 1871. ¿Por qué? Porque no corresponden a las tradiciones y a la organización de nuestra clase obrera. Los soviets rusos hicieron su aparición en 1905, cuando la revolución había de tardar aún doce años en triunfar. No era, pues, la proximidad de la victoria, la madurez del movimiento revolucionario, lo que les daba vida sino que, por el contrario, nacían para ayudar a la acción revolucionaria. No fueron ni Lenin, ni Plejanov, ni Trotsky quienes idearon los soviets. Surgieron solos. En Rusia no había sindicatos, los partidos políticos revolucionarios vivían en la clandestinidad, no existían grandes organizaciones de masas. El soviet nació como expresión natural, primaria, de los obreros para organizarse y manifestarse. Era un rudimento de organización. Correspondía a la situación particularísima del país.
Los soviets, a medida que los sindicatos, las cooperativas y, sobre todo, el partido comunista, se han ido desarrollando en el transcurso de la revolución, han ido desapareciendo en importancia. Los soviets son una mera ficción. Hay un gobierno del partido, una dictadura del partido.
Esperar que la clase trabajadora española tome el Poder sólo cuando exista una amplia red de soviets extendida por todo el país, es diferir la victoria del proletariado. El Poder no se toma de una manera metafísica, sino creando la palanca del segundo Poder”.
¿Qué hacer, pues?
“Lo que precisa hacer es aprovecharse de los materiales existentes para construir el instrumento que hace falta.
La organización sindical tiene en España una vivacidad extraordinaria. Los partidos políticos de la clase trabajadora han arraigado poco, pero los sindicatos son una cantera riquísima. Las represiones violentas de la burguesía los han arrasado, mas han resurgido, recobrando su pasado esplendor.
El sindicato en España, sobre todo el sindicato influenciado por la Confederación Nacional del Trabajo, es a la vez organización económica, partido político y fortaleza revolucionaria. Tiene contornos inconfundibles. No puede comparársele ni al burocrático sindicato alemán y francés ni a las conservadoras “trade-unions” británicas.
Nuestro sindicato es el segundo Poder, que espera que se le confiera esa misión. Todo el porvenir revolucionario está en él.
El estancamiento de nuestra revolución, la gran suerte para la burguesía, se debe a que, en las circunstancias históricas en que la formación del Poder proletario se halla planteada, anarquistas y sindicalistas, no saben salir del círculo vicioso en que se encuentran. Quieren sacarse del pozo tirándose de las orejas”.
¿Qué papel debe desempeñar el sindicato? Maurín, rompiendo con las tradiciones cenetistas de su juventud, y las leninistas de su madurez, lo dice claramente:
“El sindicato y el comité de fábrica son los embriones reales del Poder obrero.
La idea de la toma del Poder por los sindicatos asustará a todos los repetidores de un marxismo fosilizado. Querer calcar sobre el mapa de España el de Rusia es grotesco. La revolución española, aunque. influenciada por la revolución de los demás países, tiene sus particularidades. De la misma manera que hay un sistema soviético puede surgir un sistema sindicalista. La Historia no es estéril ni quiere aceptar un tipo determinado de estandarización.
Los sindicatos pueden, en el proceso revolucionario, adquirir formas nuevas, insospechadas. Los consejos de fábrica serán derivaciones naturales. Dentro del Sindicato hay una suma enorme de posibilidades que no han sido ensayadas todavía. Puede ser un órgano insurreccional, como demostró el Sindicato de la construcción de Barcelona durante la huelga general revolucionaria, a comienzos de septiembre.
Lo que precisa es crear una palanca de poder. Con ella puede darse a España una rotación de 180 grados”.
¿Qué han de hacer los sindicatos? La revolución democrática, porque:
“España era uno de los pocos países que aún no habían hecho la revolución democrático-burguesa. Turquía la había llevado a cabo. Y Méjico. E incluso la China. España quedaba en un rincón del mapa, como si la Historia la hubiese olvidado. Pero la Historia no exceptúa a nadie.
Parece, por fin, llegada la hora de España.
Estamos ante una revolución democrática, en un momento en que la burguesía ha perdido ya toda condición revolucionaria, y la revolución democrática es inseparable de la revolución socialista. Por otra parte, el proletariado, que debiera ser quien aportara la solución definitiva, está todavía enormemente retrasado. No acaba de comprender cuál es su misión en este instante trascendental de los destinos nacionales.
He ahí la gran contradicción que da carácter a la actual etapa revolucionaria”.
Pero no todo es pesimista en el panorama. La desilusión de las masas comienza a tener efectos. Por ejemplo:
“La socialdemocracia se encuentra presionada por una radicalización general de las masas obreras, y no tiene más remedio que ser el puntal más firme del Poder para ayudar a la burguesía a evitar la revolución.
Que la socialdemocracia, al cabo de ocho meses de República, haya pasado a ser la clave de la situación política –ya que el Gabinete de Azaña está completamente bajo el control de los socialistas- es un hecho histórico de la mayor importancia. Pone de relieve que la burguesía, mediante las formas democráticas, va perdiendo progresivamente la dirección política. El Poder ejercido por los socialistas, no es todavía el Poder en manos del proletariado; pero no hay duda de que está más cerca de él que si el Gobierno estuviera representado por Lerroux o Maura-Sanjurjo”.
Por esto, la política, que vista en los periódicos parece un juego de maniobras en los pasillos, de personalismos pueriles y de retórica grandilocuente, vista por Maurín se nos presenta como una expresión clara de la lucha de clases:
“Los residuos feudales permanecen agazapados, aunque sin darse por vencidos. Buscan el reagrupamiento. La gran propiedad, oligarquías financieras, capital bancario, Iglesia, Ejército y Guardia civil aprovecharán la disminución de la fuerza centrífuga de la revolución, si realmente, la revolución empieza a decaer, y unificarán sus fuerzas.
Revolución o contrarrevolución: es así como se plantea el problema. No hay término medio posible. O adelante o atrás”.
Por esto:
“Nuestra burguesía buscará la salida por medio de un golpe de Estado republicano-militar, inaugurando una etapa bonapartista al estilo de Pilsudsky, en Polonia.
Todos los síntomas son favorables a una orientación burguesa en ese sentido”.
No puede predecirse, claro está, lo que sucederá, pero Maurín recuerda que:
“Marx hizo ya observar que nuestro país no había sabido asimilarse la costumbre francesa de hacer una revolución en tres días, y que empleaba, en sus ciclos revolucionarios, de tres a nueve años.
Claro está que desde 1854, que es cuando Marx hizo esa constatación, hasta hoy, el ritmo de la historia ha cambiado enormemente; las relaciones de fuerzas son diferentes. No obstante, la afirmación de Marx sigue teniendo un valor relativo. En España los procesos revolucionarios son largos. Es normal un término medio de seis años, como vamos a ver.
La revolución que comenzó en 1868 duró hasta 1874. Es decir, seis años. El movimiento revolucionario pequeño-burgués que se inicia a raíz de la huelga general de fines de 1902, en Barcelona, pasando por Solidaridad catalana, culminó en la explosión de 1908. Nuevo ciclo de seis años. El año 1917, con la aparición de las “Juntas de defensa”, la ofensiva obrera y la asamblea de parlamentarios abre una nueva etapa revolucionaria, que se extiende hasta elgolpe de Estado de 1923. Transcurren seis años. La Dictadura, fenómeno de contrarrevolución, se mantuvo firme desde 1923 hasta 1929, en que empezó a zozobrar. Seis años también.
La caída de Primo de Rivera, enero de 1930, constituye el comienzo de un nuevo ciclo, en el cual, la proclamación de la República no es nada más que un episodio.
Esta periodicidad, a la que no hay que dar en manera alguna el carácter de rotación matemática, corresponde al mismo dominio de las hipótesis revolucionarias sobre los intervalos que, en 1885, llevaba a Engels a afirmar que, después de la Revolución francesa, las revoluciones, esto es, los grandes desplazamientos de fuerzas, en el terreno político, se han sucedido en Europa, aproximadamente, cada quince o dieciocho años.
Que esta etapa revolucionaria dure seis años o menos depende de la clase trabajadora. Si no logra aprovechar los momentos que tiene a su disposición para formular su doctrina de la conquista del Poder y, percatada de la necesidad de que ha de ser ella quien haga la revolución democrática, no se lanza al asalto, decidida a trocar a España en una Unión de Repúblicas Socialistas, entonces, fatalmente, el bonapartismo se impondrá triunfante.
Hay tres fuerzas históricas que pueden converger y estrangular un alzamiento a lo Kornilov: el proletariado, los campesinos y el movimiento de emancipación nacional.
La toma del Poder por la clase trabajadora, gracias a la coordinación de esas tres fuerzas, significaría el fin de una pesadilla que se prolonga durante siglos.
La revolución democrática sería realizada en breve tiempo. Y obreros y campesinos, libres, se lanzarían a la revolución socialista”.
Pocas semanas después de la publicación del libro, el general José Sanjurjo dio su fallido golpe militar. Los republicanos no parecen alarmados, pero el Bloque sí. Esto determina un cambio en su táctica. El adversario tiene prisa. Hay, pues, que apresurarse también. Durante tres años y medio, hasta el 19 de julio de 1936, el Bloque llevará lo que podría llamarse una carrera contra la historia.

Notas

(1) En el segundo congreso de la Federación, en 1932, se decidió cambiar su nombre por el de Federación Comunista Ibérica. y poco a poco, a medida que los miembros del BOC se educaban políticamente y que los acontecimientos politizaban a la clase obrera no afiliada, se fue borrando la diferencia orgánica entre Bloque y Federación.
(2) Humbert-Droz (Op. cit., p. 403) caracteriza así la situación del Partido oficial: “En Cataluña, el Partido Comunista [quiere decir el Bloque], dirigido por Maurín de tendencia trotskysta, agrupaba a la gran mayoría de la organización comunista. No quedaba en Barcelona más que un pequeño grupo fiel a la Internacional”. Como puede verse, el delegado de la Tercera Internacional, en 1931, había aprendido el arte de la amalgama y calificaba al Bloque de trotskysta, cuando ya Trotsky había perdido la batalla contra Stalin y el ser trotskysta era anatema en la URSS y cuantos se negaban a seguir a Stalin eran tildados automáticamente de trotskystas. Pero en un informe a Manuilsky, del 25 de febrero de 1931 (Op. cit., p. 426) , reconoce que La Batalla publica artículos de Stalin y parece que quiere evitar ligarse con los trotskystas. Los maurinistas son muy activos y crean numerosas dificultades a nuestro partido. Le pido que siga de cerca La Batalla. Dice también (p. 409) que el Partido oficial no pasaba de los 50 militantes en toda Cataluña, mientras que el Bloque tiene más de setecientos.
(3) Humbert-Droz (Op. cit.. p. 191) dice que la Internacional indicó al Partido oficial, que formara una coalición con las fuerzas de izquierda, tal como sugería Maurín para Barcelona. En realidad, como acaba de verse, el Bloque rechazó la propuesta de alianza de la Esquerra. Por otro lado, el mismo delegado de la Internacional afirma (p. 448) que el Bloque lleva en Cataluña una campaña de gran violencia contra el partido y ha consolidado sus filas, a pesar de las afirmaciones en contrario de nuestros camaradas. Los elementos que hace dos meses creíamos haber reconquistado, son candidatos del bloque obrero y campesino de Maurin, de modo que desconfío de las afirmaciones de nuestros camaradas, que cada día hablan de la rápida desintegración del partido de Maurín. El resultado de las elecciones dará un cuadro más exacto respecto a esto. No soy optimista y deseo equivocarme.
(4) L’Hora del 8 de abril de 1931 (las elecciones debían celebrarse el 12 de abril), da la lista y fotos de los candidatos de Barcelona, y anuncia que la redacción del semanario ha decidido apoyar la candidatura del Bloque, cuyo programa municipal publica y comenta.
(5) Joaquín Maurín: La revolución española. Madrid, 1932. p. 117.
(6) Joaquín Maurín: “El movimiento obrero en Cataluña”, en Leviatán núm. 6, Madrid, octubre de 1934.
(7) Nin, que habla en el Ateneo madrileño al día siguiente de Maurín, se da cuenta de la impresión que la conferencia ha causado en un público acostumbrado a las vaguedades del momento, puesto que dedica toda su charla a combatir las ideas expuestas por el dirigente del Bloque. Los dos han sido entrevistados por Nuevo Mundo (12 de junio de 1931), que publica estas entrevistas bajo el título pomposo de “D. Joaquín Maurín y D.. Andrés Nin y el fantasma comunista”.
(8) Francisco Madrid, Film de la República Comunista Libertaria. Barcelona, 1932, p. 170.
(9) El Partido oficial sacó 2.320 votos, a pesar de que reforzaron su propaganda los diputados comunistas franceses André Marty y Jacques Duclos, ambos detenidos y expulsados por la policía.
(10) Para más detalles sobre los trotskystas españoles y sobre Nin, véase de Víctor Alba: La formació d’un revolucionari: Andreu Nin, Barcelona, 1973, donde se encontrarán citas más extensas de su correspondencia con Trotsky y una bibliografía sobre el tema.
(11) La correspondencia entre Nin y Trotsky, puede encontrarse -no íntegra, sino seleccionada por una de las tres organizaciones trotskystas francesas actuales- en el número 7/8 de Etudes Marxistes, París, 1969, dedicado a La Révolution Espagnole. Una parte había sido ya publicada en 1933 por el Boletín Internacional de la Oposición de Izquierda, con una nota de Trotsky en la cual hablaba del camarada Nin que se ha hallado en lucha casi permanente con la dirección de la Oposición Internacional y las direcciones de todas las secciones.
(12) Joaquín Maurín: El Bloque Obrero y Campesino, p.28.
(13) Por ejemplo, Humbert-Droz (Op. cit., p. 457) cuenta que en Barcelona reanudé el contacto con el partido disidente de Maurín, donde tenía algunos camaradas de confianza. Pero mis esfuerzos…no consiguieron rehacer la unidad. Lancé de nuevo, para Barcelona y Cataluña, “mí” periódico, “Heraldo Obrero”, del cual yo era el principal redactor.
(14) Conversación con Josep Coll. París, 1969.
(15) Mundo Obrero había comenzado a aparecer en Madrid en agosto de 1930, con 80.000 pesetas que adelantó la Editorial Cénit y con 50.000 pesetas reunidas, oficialmente, por una suscripción popular, es decir, de hecho, un subsidio de la Internacional. Lo dirigía el peruano Cesar Falcón, al que se premiaba así el haber fusionado con el Partido el grupo Nosotros, fundado por él y que durante unos meses fue muy popular. En noviembre de 1931, Mundo Obrero se convirtió en diario.
(16) Jaume Miravitlles: Perquè sóc comunista. Barcelona, 1932. Hay una edición en castellano.
(17) Este folleto formó luego parte de un libro, La revolución española, firmado por un inexistente profesor I. Kom (es decir, Internacional Comunista), Ediciones Edeya, Barcelona 1932.
(18) “La cuestión nacional y el movimiento nacional revolucionario en España” en La revolución española, Barcelona, 1932.
(19) Joaquín Maurín: El Bloque Obrero y Campesino. p. 29-30.
(20) Joaquín Maurín: El Bloque Obrero y Campesino. p. 30-31.
(21) El Ateneu Obrer Martinenc en la barriada barcelonesa de El Clot y uno de los ateneos obreros más importantes de Cataluña, fue controlado por nosotros los bloquistas. (Nota del Editor, Costa Amic)
(22) A pesar de esto, los bloquistas se opusieron a las maniobras del Partido oficial para escindir la CNT con el fin de crear su propia central sindical. A veces, esto llevó al borde de la violencia. Arlandis, ya fuera del Bloque, fue a Reus para tratar de dividir a los sindicatos de esta ciudad en un mitin de escisión sindical. Los bloquistas de Reus pidieron que el Comité Ejecutivo les enviara un orador y acudió Jaume Miravitlles (que procedía del viejo Estat Català de Macià y que tenía un gran sentido de la pedagogía política). El mitin fue copado por los bloquistas y quien habló en él fue Miravitlles en vez de Arlandis. Las cosas sucedían así, a menudo…
(23) Como elemento de comparación, daré unas cifras. En 1932, la UGT tenía 1.000.000 de afiliados en las 49 provincias de España, de los cuales 32.000 en Cataluña (la mayoría en Barcelona y su puerto), y la CNT contaba con 1.200.000 afiliados, de los cuales 200.000 en Cataluña (casi todos en la ciudad y provincia de Barcelona). Los treintistas tenían unos 30.000 afiliados en la provincia de Barcelona. Por otro lado, en 1932 se fundó el partido de Estat Català Proletari (nacionalista y socialista catalán), y en el año siguiente Ángel Pestaña creó el Partido Sindicalista. Ninguno llegó a tener ni siquiera la escasa fuerza del Partido oficial catalán y no fueron obstáculo al crecimiento del Bloque.
(24) Alberto Balcells: Crisis económica y agitación social en Cataluña 1930-1936. Barcelona 1971. pp. 153-54.
(25) La Batalla del 10 de marzo de 1932 publicó el anteproyecto, que no fue apenas modificado por el Congreso. Esta tesis fue, en lo principal, obra de Arquer.

Notas de la Fundación Andreu Nin
(*) En el original, en lugar de enemistad dice enemiga.

Marxism, War and Revolution. Trotsky and the POUM (Andy Durgan, 2006)

First published in Revolutionary History, Volume 9, nº2, 2006.

THE Spanish Revolution marked the end of a cycle that began with the Russian revolution of 1917. The scope and complexity of the social experiments that took place in the first months of the Spanish Civil War were even more far reaching than in Russia 19 years before. The defeat of the Spanish Republic was a massive blow to the international working-class movement, a defeat that has to be seen in the context of the rise of fascism and Stalinism on a world scale and the burying of the hopes of human liberation that had been ignited by the events in Russia in 1917. The experience and lessons of the Russian revolution run through the writings of Leon Trotsky, who from exile, hounded and slandered by his capitalist and Stalinist enemies alike, was trying desperately to reorganise the scattered forces of revolutionary Marxism.
For Trotsky, the significance of events in Spain in 1936 was clear: for the first time since China in the mid-1920s there was the real possibility of a victorious socialist revolution. In many parts of Spain the workers and peasants responded to the military uprising by taking over the factories and the land and organising their own militias. But alongside a myriad of local revolutionary committees, the Republic’s institutions continued to exist. This situation of virtual dual power could not last. For the Stalinists and their social­ democratic and liberal allies, the struggle in Spain was between democracy and fascism. For the revolutionary left, including Trotsky, the war against fascism was inseparable from the struggle for socialism. The implications of a victory for the revolution in Spain were enormous — and not just for Spanish workers and peasants. The isolation of the world’s first workers’ state, the USSR, would be broken and with it, Trotsky believed, the deadly grip of Stalinism over the international communist movement. With the defeat of the Spanish revolution, fascism was strengthened and the world plunged into war.
The intervention of the Soviet government in the Spanish Civil War was the first of its kind outside the borders of the USSR. Trotsky had previously defined Stalinism as ‘bureaucratic centralism’, but events in Spain ‘acted to fix definitively’, he argued in late 1937, ‘the counter-revolutionary character of Stalinism on the international arena’.[1] Three years after having strangled the Spanish revolution, the Stalinists finally eliminated their most persistent opponent, Trotsky. His assassin, Ramón Mercader, was a member of the Stalinist Unified Socialist Party of Catalonia (Partit Socialista Unificat de Catalunya — PSUC) and had first learned his deadly trade in the struggle against his revolutionary compatriots.
Trotsky’s writings on Spain cover many questions of crucial importance for Marxists. The nature of working-class power, the role of anarchism, of Stalinism and of the Popular Front, the relationship between war and revolution, the nature of fascism, and the national and agrarian questions were all graphically illustrated by the Spanish experience.[2] For Trotsky, however, the principal lesson of the Spanish revolution was the need for a revolutionary party. Not surprisingly therefore, much of what he wrote during and after the Civil War concerned the errors of those who considered themselves revolutionary Marxists. Hence the strategy, tactics and general politics of the anti-Stalinist Workers Party of Marxist Unification (Partido Obrero de Unificación Marxista — POUM) were constantly scrutinised by Trotsky. He believed that through its mistakes the POUM held ‘an enormous responsibility for the Spanish tragedy’.[3]

The Foundation of the POUM[4]

The fall of the military dictatorship of Primo de Rivera in January 1930, and the subsequent ousting of the King 15 months later, were to mark the beginning of a period of intense class struggle in Spain, culminating in 1936 in civil war. Although observing events from afar, Trotsky quickly grasped the importance of what was happening, and he was soon both analysing the Spanish situation and trying to give advice to his co-thinkers. However, by the end of 1931, events elsewhere, particularly in Germany, were increasingly attracting his attention, and he wrote less frequently on Spain. He would not write systematically again on the question until 1937, thus only commenting in passing, if at all, on such crucial events in the years leading up to the Civil War as the radicalisation of the Socialist Party, the implications of the Right’s electoral victory of 1933, the creation and nature of the Workers Alliances, the anarcho-syndicalist insurrections of January and December 1933, the revolutionary movement of October 1934, the divisions within the anarcho-syndicalist National Confederation of Labour (Confederación Nacional del Trabajo — CNT) and the nature of the peasant movement.
The Spanish Trotskyist group, the Communist Left (Izquierda Comunista de España — ICE), although smaller than its Stalinist rivals, let alone the massive Socialist and anarcho-syndicalist movements, was one of the more important sections of the International Left Opposition, and contained in its ranks many of the most able cadres of Spanish communism. Relations between Trotsky and the ICE were never very good, as was first reflected in his correspondence between 1930 and 1932 with the Spanish group’s principal leader, Andreu Nin.[5] Trotsky accused Nin of not answering his questions on developments in Spain and of wasting his time trying to influence the ‘right’ communist Workers and Peasants Bloc (Bloc Obrer i Camperol — BOC). The BOC was formed in March 1931 with the unification of the former Catalan Federation (Federación Comunista Catalano-Balear — FCCB) of the Spanish Communist Party and the independent Catalan Communist Party (Partit Comunista Català). The unified organisation kept the name FCCB until 1932 when it became the Iberian Communist Federation (FCI). The FCCB had broken with the Spanish Communist Party (Partido Comunista de España — PCE) because of its bureaucratic methods and its ultra-left analysis of events in Spain. The Catalan Communist Party had been founded in 1928 by young activists, some from a left nationalist background, impressed by the USSR’s ‘solving’ of the national question but unimpressed with the PCE. The Bloc was meant to serve as a periphery organisation to the now enlarged Federation, but in practice both organisations soon became one of the same. Nin initially argued that the Trotskyists should work within all communist factions and not just the PCE, which meant in the dissident Madrid Federation, which had broken with the party in the summer of 1930, as well as the FCCB/BOC, which had 700 members at its foundation in March 1931, compared with a dozen PCE loyalists in Catalonia. Nin was confident that he could influence Maurín’s organisation, and initially this appeared to be the case. Not only did he contribute regularly to the Bloc’s press, but in early 1931 he wrote its first Political Thesis, which differed little from the Trotskyists’ position on the unfolding revolution.[6] However, Nin’s optimism was misplaced, and by mid-1931 he had been excluded from the BOC because of his Trotskyism, as in fact Trotsky had warned would happen once he started to argue openly for the Left Opposition’s politics. Meanwhile, the Madrid Federation had collapsed back into the PCE.
The Spanish Trotskyists now systematically attacked the BOC’s ‘confused’ politics: its call for the CNT to ‘take power’ in September 1931, its apparent defence of separatism and the creation of ‘national movements’ in regions where there was little national consciousness, its muddled organisational basis and its initial refusal to take any position in regard to the situation in the international communist movement. ‘Maybe it would not be possible’, one ICE leader wrote in April 1932, ‘to find in today’s working-class movement an organisation crippled by a more unhealthy opportunism than that which the Catalan Federation suffers.’[7] The BOC, in turn, dismissed the Trotskyists as a divisive and irrelevant sect condemned to the sidelines of the working-class movement, from where they ‘blindly follow the positions handed down by Trotsky’. They were the ‘mirror image of Stalinism’ whose same ‘mechanical centralist methods’ they had copied.[8]
The disagreements between Nin and Trotsky were soon further compounded by the incomplete information reaching the exiled and harassed former Bolshevik leader.[9] This was particularly clear in regard to the ICE’s supposed support for the dissident Landau and Rosmer groups and the unfortunate ‘Lacroix case’. The ICE repeatedly denied any political support for Landau or Rosmer, but argued that both had the right to put their views within the international organisation.[10] Trotsky and the Left Opposition’s International Secretariat (IS) had appeared to back the ICE’s former General Secretary, Henri Lacroix, in his obscure struggle against Nin. Lacroix led a small faction which backed the international Trotskyist leadership in its criticism of the ICE leadership over its change of name (from ‘Communist Opposition’ to ‘Communist Left’ in March 1932) and of ‘its lack of a concrete programme for the Spanish revolution’. The ICE leaders, in turn, described Lacroix’s motives as more personal than political. Such accusations appeared well founded when Lacroix was expelled from the ICE in June 1933 for the misappropriation of funds. He then unsuccessfully applied to rejoin the Communist Party, to whom he described Trotskyism as ‘counter-revolutionary’. In September 1933, he joined the PSOE and publicly denounced his whole communist past.[11] The IS now condemned Lacroix for his ‘violent and poisonous struggle… against the International Left Opposition and a number of leading comrades’, and described him as always having been ‘an alien element among the Bolshevik-Leninists, alien to their ideas and their methods’.[12] Despite the belated acceptance by the international organisation of Lacroix’s disruptive role, its previous support for him had seriously undermined its already tenuous relations with the ICE leadership. However, not all the blame could be placed on the IS and the beleaguered Trotsky. The ICE did very little to overcome the growing tensions between it and the international leadership.
The rejection by the ICE of the ‘French turn’, when Trotsky urged his supporters to enter the socialist parties to influence their growing left wings, was an important step towards the Spanish group’s complete break with the International Left Opposition. The ‘entry’ tactic appeared particularly relevant in Spain, where the Socialist Party had turned sharply left after 1933. The leadership of the radical Socialist Youth (FJS) sympathised openly with Trotskyism and the BOC. In September 1934, the FJS leadership, including its General Secretary Santiago Carrillo, travelled to Barcelona to try to persuade the BOC youth to join them. Despite the offer by the Socialists that the BOC youth would form the leadership of any unified organisation in Catalonia, they rejected the proposal as it would mean the Bloc losing its youth section to the Socialist Party. The ICE, although recognising the importance of developments within the Socialist Party, refused to enter it because it feared losing its political and organisational independence. Instead, the Spanish Trotskyists argued it would be more useful for them to remain outside, thus not only providing a clear pole of attraction for revolutionaries within the Socialist Party, but also for the ranks of the powerful anarcho-syndicalist movement.
The fusion in September 1935 of the ICE and the BOC to form the POUM left the international Trotskyist organisation without a section in Spain, and could appear surprising after the two organisations’ previously embittered relationship. However, by the end of 1934, both the general political climate and the orientation of the two organisations had changed sufficiently for them to be working quite closely together. The creation of Workers Alliances in early 1934, involving the BOC, ICE, Socialists, syndicalists (Treintistas)[13] and other workers’ organisations had opened the way for this collaboration. The events of October 1934, with the defeat of the revolutionary general strike called to oppose the entrance of the far right into the government, led to a further clamour for unity within the workers’ movement. The ICE, which had been unable to break out of its general isolation, was particularly susceptible to such pressure. Its membership had grown to maybe 800, of which nearly half were peasants in the area around Llerena in Extremadura. Elsewhere it had a few groups with a minimal influence, especially in Madrid, Salamanca, Sevilla and some parts of the North.[14] The BOC, in turn, had 4500 members, most of them in Catalonia, compared with up to 10 000 in the PCE. The ICE’s leadership thus proposed fusing with the BOC in Catalonia and, reversing its previous opposition to ‘entrism’, joining the Socialist Party in the rest of Spain. But the ICE rank and file rejected entering the Socialist Party, preferring instead to build the new united party throughout the whole of the country. The group’s membership took this position on the basis of its experience of working within the Socialist unions, the Unión General de Trabajadores (UGT), where the bureaucracy, despite its ‘leftism’, had constantly stifled debate, the recent expulsion of the Trotskyists from the French Socialist Youth and the need to present an open and independent alternative to the CNT masses.
The ICE argued that though the BOC still lacked political clarity, it had dropped its worst political excesses such as its tendency towards nationalism and pseudo-syndicalism, and it had evolved towards an anti-Stalinist position in relation to the international communist movement. On the national question, by 1933 the BOC formally defended the same position as the ICE of calling for self-determination for the principal national minorities, and no longer spoke of calls for separatism or for the creation of national movements where they did not even exist. The ICE itself had also modified its view of the question, accepting in 1934 that the Basque Country was an oppressed nation, a position which Trotsky himself had already defended.[15]
The evolution in the Catalan Federation’s politics towards a more coherent revolutionary Marxist analysis was most notable in relation to developments within the international communist movement. The FCCB/BOC has often been referred to as Bukharinist, both at the time and since, mainly due to its abstentionist position between 1930 and 1932, when it refused to take sides in the debates which divided communism internationally.[16] At the beginning of its open break with the PCE, the Catalan Federation was quite eclectic in its attitude towards the international communist movement, and it published articles by different communist leaders, including both Stalin and Trotsky. Its politics also reflected certain traits of Comintern orthodoxy: for instance, despite its denunciations of the PCE’s ultra-leftism, its press continued to refer to the Socialists as ‘social fascists’ until mid-1932. The idea of a ‘Workers and Peasants Bloc’ was associated with Bukharin’s period of influence in the Communist International, but whereas Bukharin had seen it as a form of electoral alliance, the FCCB’s conception was that of a periphery organisation of sympathisers. The BOC’s abstentionism in relation to the international movement did not last, and in February 1932 the BOC’s leader Joaquín Maurín[17] spoke of the ‘degeneration of the CI since Lenin’s death’, that is before the period of Bukharin’s influence. Six months later, in a series of articles, Maurín denounced the bureaucratisation of the Comintern and the persecution of oppositionists in the Soviet Union. The roots of this degeneration, he wrote, lay in the triumph of ‘socialism in one country’, a theory associated as much with Bukharin as Stalin, which had led to the ‘subordination of the CI to the Soviet state’.[18] Despite Trotsky’s hostility to the FCCB/BOC and its polemics with the ICE, even prior to 1935, the Bloc’s press constantly defended the former Bolshevik leader from Stalinist slander, describing him as ‘Lenin’s best comrade… the man of the October Revolution’ and ‘one of the most extraordinary brains of world socialism’, as well as publishing his articles in its press.[19] Trotsky’s apparent unawareness of this evolution in the BOC’s politics (he made no mention of it in his writings) would not help his subsequent understanding of the nature of the POUM.
The Communist Left was convinced that much of the BOC’s membership was open to revolutionary Marxism, and that the only real difference between the POUM’s programme and that of the International Left Opposition was over the latter’s call to move immediately towards building a new International. Even on this question, the Spanish Trotskyists were confident that the unified party would eventually be won over. The ICE wrote to the International Secretariat in July 1935:
The fusion will take place on the basis of a jointly elaborated programme, which is the result of discussions that have continued for months, and which contains all our fundamental principles: the affirmation of the international character of the proletarian revolution; the condemnation of the theory of socialism in one country and of the democratic dictatorship of the proletariat and the peasantry; defence of the Soviet Union, but with the absolute right to criticise all the errors of the Soviet leadership; affirmation of the failure of the Second and Third Internationals, and the necessity to re-establish the unity of the international workers’ movement on a new basis.[20]
Initially, the IS approved of the ICE’s decision to enter into talks with the BOC in Catalonia, providing it entered the PSOE in the rest of the country. However, once it became clear that the Spanish Trotskyists had changed their position in favour of forming a new unified party in the whole country, the IS condemned their decision, because of the danger of their becoming absorbed by the BOC, particularly as they had renounced the forming of their own faction within the new party. The ICE, in turn, protested about the IS’s ‘fundamental lack of understanding of Spanish affairs’, and reiterated that the only difference with the BOC was over the proposed creation of a new ‘Fourth’ International.[21] The BOC was affiliated to the International Bureau of Revolutionary Socialist Unity, usually known as the London Bureau, which grouped together various small left socialist and dissident communist parties, and which had ‘the objective of preparing for the formation of a reconstructed International on a revolutionary socialist basis’.[22] Trotsky had described the London Bureau as ‘centrist’, and the vacillating positions adopted by some of its affiliates during the Civil War would confirm this evaluation. The ICE saw its work within the Bureau as similar to that of other Trotskyist groups, which had entered their respective socialist parties, within the Second International. As regards its unification with the BOC, the ICE presented this as the same as the position taken by the Dutch and American Trotskyists which were in similar parties to the POUM, namely the RSAP and the Workers Party.
Despite its initial condemnation of the ICE’s decision to fuse with the BOC, the International Secretariat acquiesced after a conciliatory report by the delegate it sent to Spain, Jean Rous, in the summer of 1935. The disappearance of the Communist Left, Rous claimed, was only ‘a stage on the road towards the construction of the revolutionary party and the Spanish section of the Fourth International’. Trotsky, upon hearing of the foundation of the new party, stated:
The new party has been proclaimed. We take note. To the extent that this depends on international factors, we must do everything possible to make this party gain authority and influence. This is possible only through means of intransigent and consistent Marxism. I am prepared to follow this road, and I am sure of the collaboration of all the comrades of the International Secretariat in all that is asked of us.[23]
Some six months later, once the POUM had signed the Popular Front pact and the leftist Socialist Youth had agreed to unite with their communist counterparts, Trotsky was now far less tolerant, stating that the former ICE leaders should be ‘stigmatised forever as criminals against the revolution’ for having permitted ‘the splendid Young Socialists to pass over to Stalinism’. The task of the Spanish supporters of the Fourth International was, on the one hand, to enter the PSOE and the Socialist Youth and, on the other, to ‘grasp in full the wretchedness of the leadership of the POUM… especially of the former Left Communists’.[24]

The POUM and the Popular Front

The POUM’s apparent support for the Popular Front would lead to the definitive break of any remaining links between the IS and the former ICE at an ‘official’ level. It would also be at the centre of Trotsky’s critique of the POUM’s politics during the Civil War. The POUM’s decision to sign the Left Electoral Pact (later known as the ‘Popular Front’) in January 1936 confirmed all Trotsky’s worst fears about Nin and Maurín’s political confusion.
The POUM’s initial reaction to the Comintern’s turn towards the Popular Front in 1935 was to denounce it for subordinating the workers’ movement to the petit-bourgeoisie. In the coming months, the party’s press was full of attacks, in terms similar to those used by Trotsky, on the idea of a Popular Front. In May 1936, Maurín described the Comintern’s position as showing its ‘total incomprehension’ of the nature of fascism, and claimed that it would only result in holding back the working class by keeping its struggle within a bourgeois framework, thereby giving the counter-revolution time to prepare itself. ‘In a word… the new line of the Comintern was the repetition of what the Mensheviks had wanted in Russia in 1917’, and the same as the position of reformist socialism which had led to disasters in Italy, Germany and Austria. Instead of the class collaboration that this new turn by the Stalinists represented, Andreu Nin argued that it was necessary to create the conditions in the short term for the conquest of power, and this meant ‘forging the necessary arms for such a victory — the workers’ united front and the revolutionary party’ — and the workers’ movement maintaining its complete ideological and organisational independence.[25]
For Trotsky, the POUM’s formal position was irrelevant and what mattered was its actual decision to sign the pact. Such treachery, he argued, only served to confirm the opportunism of his would-be Spanish followers since the advent of the Republic in 1931. In his first article on Spain for nearly four years, Trotsky accused the former ICE leaders of having betrayed the proletariat for ‘the sake of an alliance with the bourgeoisie’ of whose left wing they had turned into the ‘mere tail’, and he concluded that it was hard to ‘conceive of a more ignominious downfall’.[26]
Initially the forerunners of the POUM had favoured the Workers Alliances presenting lists in any forthcoming election, but the hostility of the Treintistas to such an idea and the ambiguous attitude of the PSOE towards the Alliances meant that this proposal received little support. By the summer of 1935, the future POUM recognised that some form of provisional agreement with the petit-bourgeois republicans would be necessary, but without the workers’ organisations making any concessions over their political independence.[27] The POUM proposed forming a ‘Workers Front’ with the other workers’ parties which in turn would reach a tactical agreement with the Republicans. But such a front also failed to materialise. Both the Socialist right and the PCE accepted a direct alliance with the left Republicans, on the basis of a bourgeois-democratic programme. The powerful left Socialist faction was hamstrung by its complete ideological confusion, which led it seriously to misunderstand the implications of the Comintern’s latest turn.
Faced with the impossibility of forming a Workers Front, the POUM at the end of 1935 offered to support a left electoral alliance on the basis that it was transitory and aimed at ‘defeating the counter-revolution at the polls’, securing an amnesty for all political prisoners and re-establishing the Catalan Statute of Autonomy. If these basic demands were not met, the party insisted it would stand alone.[28] The subsequent electoral agreement, however, appeared to fulfil these conditions, and the POUM thus ended up signing the Popular Front pact on 15 January, albeit without having had the slightest say in the elaboration of its programme. The POUM leadership explained its decision by declaring itself ‘extraordinarily interested in obtaining parliamentary representation’ which would allow the party to defend a ‘class position’ in the Cortes.[29] The former ICE leader Juan Andrade further justified signing the pact because the party had been forced to recognise the ‘material existence of an electoral law’ that obliged it to make ‘provisional agreements’ with the Republican left ‘to avoid the victory of the bourgeoisie’.[30] The massive support among the working class for some form of electoral unity, if only to achieve an amnesty, would even lead the CNT to abandon its abstentionism and effectively to encourage its members to vote. Faced with this situation, the POUM was loath to isolate itself even further; a fear that would later lead it to participate in the Catalan government during the Civil War.
During the electoral campaign, the POUM organised its own independent propaganda, giving a singularly radical interpretation of the electoral battle. Maurín, speaking to ‘a wildly enthusiastic’ crowd of 5000 in Madrid, the hall bedecked with giant portraits of Lenin and Trotsky, declared:
On the one side is the socialist-democratic front, and on the other only thieves and murderers… We are going to the elections thinking not only of our dead and prisoners, but also of the victory of our revolution that will trace a diagonal line through Europe between Madrid and Moscow that will contribute to the sinking of fascism throughout the world.[31]
The former BOC leader Jordi Arquer, speaking to 12 000 in Barcelona, declared that the POUM did not ‘counterpose democracy to fascism, but communism… the dictatorship of the proletariat’.[32]
The triumph of the left in the elections was greeted by the POUM as a great victory for the workers and peasants, and an important defeat for the counter-revolution. It was not a victory for bourgeois democracy, nor did it represent mass support for petit-bourgeois republicanism, but was a by-product of the revolutionary struggle of October 1934. The POUM pointed out that any new left Republican government, given the depth of the economic and social crisis by 1936, would be worse than the last in 1931. Any attempt to carry out even the mildest aspects of the left’s electoral programme would provoke the fiercest resistance from the ruling class. Two roads stood before the masses — that of Germany and Austria, or that of Asturias.[33] Over the coming months, the POUM constantly denounced the attempts of social democrats and Stalinists alike to subordinate the workers’ movement to petit-bourgeois republicanism. Faced with this crisis, Nin had written soon after the elections, that it was ‘a crime and a betrayal’ to demand that the working class should ‘renounce its maximum aspiration — the destruction of the bourgeois state and the conquest of state power — in the name of ‘consolidating the Republic’.[34]
Apart from denouncing the POUM’s participation in the Popular Front pact, Trotsky now briefly turned to Maurín’s concept of the ‘socialist-democratic revolution’, the theoretical underpinning of the party’s analysis of the Spanish revolution. This was dismissed by Trotsky as an ‘eclectic hodgepodge’; the ‘democratic and socialist revolutions’ were, as the October revolution in 1917 had shown, ‘on opposite sides of the barricades’. Not only had the democratic revolution been carried out in Spain, but the Popular Front was ‘renewing it’. The socialist revolution could only be made by an uncompromising struggle against the ‘democratic’ revolution and its Popular Front. Maurín’s ‘synthetic democratic-socialist revolution’ meant nothing.[35]
It seems that Trotsky had no more than a superficial idea of what Maurín’s theory consisted. He appears to have understood that the POUM leaders were defending a straightforward stagist theory of revolution, common to both Menshevism and Stalinism, whereby after passing through the bourgeois revolution, the workers would move on to the ‘socialist stage’. In fact, for Maurín, writing in May 1936, the coming revolution in Spain would ‘not be bourgeois-democratic but socialist-democratic, or to be precise, socialist’:
Whilst reformist socialism, Menshevism, saw the Russian revolution as a bourgeois-democratic revolution, revolutionary Marxism, represented by Lenin and Trotsky, believed that the proletariat must conquer political power in order to carry through the bourgeois revolution that the bourgeoisie is incapable of doing, and to initiate the socialist revolution… The seizure of power by the working class [in Spain] will entail the realisation of the democratic revolution that the bourgeoisie will not make — the liberation of the land and of the nationalities, the destruction of the church, the economic emancipation of women, the improvement of the material and moral situation of the workers — and at the same time it will initiate the socialist revolution, nationalising the land, transport, mines, heavy industry and the banks.[36]
Thus the POUM’s position in relation to the Popular Front was a lot closer to Trotsky’s than he assumed. However, by actually signing the agreement, it made the party’s ability to differentiate itself from the Socialists and communists that much harder. Subsequent developments in the Civil War, principally in relation to participation in the Catalan government, confirmed Trotsky’s worst fears about the vacillating character of the POUM’s politics.

Revolution: The POUM and the Question of Power

The outbreak of the Civil War in July 1936 meant that Spain once more became central to Trotsky’s work, although his political activity was still hindered by factors beyond his control. From late August 1936, he was interned in Norway and unable to receive information or intervene in the work of his followers. Not until February 1937, once installed in Mexico, could Trotsky begin to write systematically about events in Spain. Unfortunately, many crucial months had passed, and his supporters and critics alike in the revolutionary movement had been deprived of his advice and analysis. The bulk of Trotsky’s writings on the Spanish Civil War were produced when the tide had turned decisively against the revolution and therefore took the form of drawing out the lessons, particularly in relation to the POUM, for revolutionaries throughout the world.
On the eve of the Civil War, the POUM was still a fairly small organisation compared not only with the Socialist Party but also with the PCE.[37] The majority of its 6000 members were still concentrated in Catalonia. This at least meant that the POUM could play a relatively important role in what was both the most industrialised region of Spain and the centre of the revolution. The POUM grew rapidly in the first months of the war, and by the end of 1936 claimed to have 30 000 members.[38] It sent to the front some 8000 militiamen during the first 10 months of the war, produced five daily, as well as numerous weekly, newspapers, and controlled radio stations in Barcelona and Madrid.
The POUM seemed aware of the great responsibility that had befallen it. As one party leader declared:
The victory of the Spanish revolution is the beginning of a powerful world revolutionary movement. The meridian [of the world revolution] has now been displaced from Moscow to Barcelona. The Bolshevik party has degenerated and it is the POUM who will pick up its banner and unfurl it throughout the world.[39]
The war and the revolution were inseparable. The POUM insisted that the immediate tasks of the workers and peasants were both the defeat of the fascist forces and the construction of socialism. Nevertheless, despite holding a formally revolutionary position, the POUM would prove unable to influence significantly the course of events. For the POUM itself, this was a result of its organisational weakness and isolation. For Trotsky, the problem was the whole centrist nature of the political practice of the POUM and its predecessors. He would thus conclude in March 1939:
Left centrism [of which the POUM was a particularly clear example — AD], especially under revolutionary conditions, is always ready to adopt in words the programme of the socialist revolution and is not niggardly with sonorous phrases. But the fatal malady of centrism is not being capable of drawing courageous tactical and organisational conclusions from its general conceptions.[40]
Nowhere would this appear to be clearer than in relation to the question of power.
The immediate problem facing the counter-revolutionary forces in the Republican camp was the need to reorganise a state machine capable of smashing the revolution. An important step towards the restoration of bourgeois control was the creation in September 1936 of a new Catalan government based on all anti-fascist organisations, including the POUM. Prior to the formation of this new regional government, power in Catalonia resided in scores of committees made up of representatives of different organisations. These committees were rarely elected by the local population or workforce, and they tended to reflect the influence of each party or union in any given locality or workplace. Parallel to these committees were the militias, organised along trade union and party lines. The most important committee, and the possible embryo of a revolutionary government, was the Catalan Central Committee of Anti-Fascist Militias (Comité Central de Milicias Antifascistas — CCMA). This body’s decisions reflected the predominance of the revolutionaries at this stage in Catalonia, although the majority of its components could not be considered as such.[41]
The existence of these committees and the militias led POUM leader Andreu Nin to claim that, effectively, the ‘dictatorship of the proletariat already existed’ in Catalonia.[42] This declaration can be seen as an attempt to allay the anarcho-syndicalists’ fears of a proletarian dictatorship, given that Nin was calling on the CNT to form part of a ‘workers’ government’. Nin would later argue that no ‘dual power’ as such had emerged in the Spanish revolution, as Trotsky and his followers claimed, because the local committees were not elected by the masses and that they were often, effectively, Popular Front bodies, representing the whole left, including the petit-bourgeois parties.[43] Strictly speaking, Nin was correct in his assessment if the model for dual power was that of the soviets in revolutionary Russia in 1917. What existed was, in effect, a de facto dual power in that there were many, often disconnected, committees which were an alternative source of power to an initially inept Republican state. They included anti-fascist committees at a local level, as well as those that organised supplies or transport or coordinated the militias (particularly the CCMA) or ran collectivised factories or farms. As one of the leaders of the Trotskyist group in Barcelona during the war, G Munis (Manuel Fernández-Grandizo), would write some years later, there was an ‘atomisation of power’, each committee was like a ‘small government’.[44]
As an alternative to the bourgeois Republic and the Popular Front, the POUM called for the establishment of a Constituent Assembly based on workers’, peasants’ and soldiers’ committees, not only in Catalonia but in the whole of Spain. At a more practical level, the POUM argued for the CCMA to ‘take power’, but the CNT, let alone the PSUC and the Catalan Republicans (Esquerra Republicana de Catalunya — ERC), refused to countenance such a move. Instead, the anarcho-syndicalist trade union federation, bowing, in part, to mass pressure, increasingly put ‘anti-fascist unity’ above all other considerations. Thus, the formation of the new Generalitat (Catalan government) ‘Council’, in which, like the CCMA, the reformists were in the majority (albeit a slightly larger one), seemed a logical outcome of this need for unity.[45] The new body appeared not only to the ERC and PSUC, but also the CNT, as a natural replacement for the CCMA, which was duly disbanded.
The POUM Central Committee, after having to recognise that no other organisation would take up the call for a workers’ government, justified its participation in the Generalitat on the basis that the workers’ organisations were in a majority, the new regional government had a ‘socialist programme’ and the Catalan petit-bourgeois parties had been radicalised. Hence, it contrasted the Generalitat, ‘the government of the revolution’, with the government presided over by the left Socialist leader Largo Caballero in Madrid, which the POUM described as ‘against the interests of the revolution’. Meanwhile, the party would still argue for the ‘formation of workers’, peasants’ and fighters’ committees’ from which would emerge ‘proletarian power’.[46]
In his first declaration after arriving in Mexico in February 1937 on the situation in Spain, reproduced without comment in La Batalla, Trotsky was scathing about the POUM’s participation in the Catalan Government:
… in order to fight hand in hand with the other parties at the front, there is no need to take upon oneself any responsibility for the false governmental policies of these parties. Without weakening the military front for a moment, it is necessary to know how to rally the masses politically under the revolutionary banner.[47]
The reasons the party gave for taking such a course of action were indeed difficult to sustain. Although the workers’ organisations maintained the majority, albeit reduced, that they had had in the CCMA over the Republicans, this ‘majority’ included the Catalan Stalinists (the PSUC), who were clearly, even at this early stage, opposed to the revolution. Even though the Stalinists and Republicans had also formed a small majority within the CCMA, the latter’s direct links with the militias and local committees had placed the initiative in the hands of the revolutionaries. In contrast, the new government represented a shift back towards Republican, that is bourgeois, legality, despite its ‘legalising’ of many of the conquests of the revolution. Taking into account the exact balance of forces within the government is also important in assessing the relevance of its ‘socialist’ programme. Its economic programme was that of the Central Economic Council, which previously had been subordinated to the CCMA. It had been elaborated by Nin and aimed at a ‘socialist transformation of the Catalan economy’. Yet without a revolutionary power to put this programme into practice, it was only partially applied. The ERC and PSUC, although rejecting the programme’s aims ‘completely to collectivise industry’, saw no alternative but to accept it, at least formally. Where, however, they were immediately more successful in pushing back the revolution was in the dissolving of the local anti-fascist committees, rebuilding the security forces in the rearguard and imposing more control over the militias.
As regards the ‘radicalisation’ of the Catalan Republicans, whether this continued or not depended on the pressure exercised by the revolutionary forces outside the government. Since its foundation in 1931, as effectively a coalition of different leftist and radical nationalist groupings, the ERC had received massive support from the Catalan peasantry, the petit-bourgeoisie in general and from many workers, especially ‘white-collar’ sectors.[48] Moreover, much of the CNT rank and file voted for the ERC in elections. The Esquerra’s politics were typical of such a mass petit-bourgeois formation, vacillating between trying to uphold Republican legality and its half-hearted rebellion against the right-wing government in October 1934. Many of its leaders saw themselves as social reformers and had cultivated links with the more moderate sectors of the CNT, while at the same time from within the Catalan government the ERC had tried to break strikes led by the radical Iberian Anarchist Federation (Federación Anarquista Ibérica — FAI) and had favoured non-anarchist unions. During the Republic, the BOC had denounced the ERC as ‘counter-revolutionary’ and had mistakenly predicted its imminent demise as a petit-bourgeois party crushed between the proletariat and the bourgeoisie. The forerunners of the POUM also recognised the contradictory nature of the ERC, given its mass support, and in some towns and villages the dissident communists and left nationalists often belonged to the same unions and had worked closely together against the Right. Elsewhere, the ERC had sided with reactionary groups against the Bloc.[49] In November 1936, Nin was to compare the left nationalist party with the Russian Socialist Revolutionaries (SRs).[50] Maybe Nin was over-generous in his evaluation of the ERC’s radical credentials, but it is difficult to sustain the view that this party directly represented the bourgeoisie.[51] The left Republicans were, as Trotsky wrote in December 1937, the ‘shadow’ of the bourgeoisie, and, along with the Stalinists and right Socialists, they would re-establish bourgeois democratic power in the Republican zone.[52] The bourgeoisie as such was in the Francoist zone or in hiding. The crux of the problem was that the new Catalan government was subordinated to the Popular Front policies of the ERC and the PSUC, which meant the workers’ movement was tied to a bourgeois-democratic programme, and as a consequence this government’s formation would represent an important step, despite the CNT and POUM’s intentions, in the dismantling of the revolution.
Apart from the reasons given publicly by the POUM to justify its participation in the Catalan government, it was also due to its fear of being ‘misunderstood’ by the masses, isolated and therefore being deprived of supplies for its militias and even opening the way to its being made illegal, as the Stalinists already advocated. In particular, the party believed that by entering the Catalan government it would prevent the CNT from being pulled towards the Stalinists and Republicans. Nin himself saw the government’s situation as ‘transitory’ and thus unlikely to last long.[53] At best, the POUM postponed all these problems for a few more months by accepting the invitation to form part of the Generalitat Council in early October 1936.
The party’s representative in the Catalan Government, Nin, was appointed Councillor (Minister) of Justice and he introduced a number of radical reforms,[54] but these were of little significance compared to the role of the new government in undermining the revolution. Having disbanded the CCMA, the Generalitat proceeded to dissolve the local anti-fascist committees and replace them with municipal councils based on the same distribution of representatives as the Generalitat Council. The implications of such a move were obvious for the revolutionary organisations. In scores of towns and villages throughout Catalonia, the CNT and POUM had been the dominant, and often the only, force in the local committees, but now power would shift into the hands of the Catalan Republicans and their Stalinist allies. In fact, upon entering the government, the POUM had claimed that the dominance of the revolutionary forces in Catalonia would ensure the government would not fall under the control of their opponents. Although Nin opposed within the Catalan government the dissolving of the committees, there was no public criticism made by the POUM of the move, and the party’s Central Committee agreed unanimously to implement the new decree.[55] The Stalinists, meanwhile, were stepping up their campaign against the ‘Trotskyist’ POUM, and in December 1936, Nin was thrown out of the Generalitat government following direct pressure from the Soviet government on the Republican authorities.
The POUM’s decision to enter the Generalitat marked the end of any hope — however vague — that Trotsky had that this party could develop into a truly revolutionary organisation. In his subsequent writings on the Spanish situation, he would return repeatedly to the POUM’s participation in the Catalan government, which he saw as the logical outcome of its previous support for the Popular Front in the elections. Accusations that the POUM had only aided the counter-revolution by its stance, albeit without the damning conclusions that Trotsky made, would also come from within the party itself. Within its youth organisation, the JCI (Juventud Comunista Ibérica), there was ‘profound dissatisfaction’ with the decision to participate in the Generalitat Council, and there was also criticism in the Barcelona Local Committee and in the party’s stronghold of Lérida.[56] The first public criticism would be from the former ex-ICE leader Juan Andrade, in April 1937, when he described the party’s participation as having been ‘entirely negative’ and ‘harmful’ to the development of the revolution.[57] Even one of the POUM’s most loyal leaders, Enric Adroher (Gironella), could write a few months after the war had finished that the Generalitat had had ‘one historical mission… to liquidate the committees’, and that the POUM had been ‘entrusted to convince the revolutionary forces’ of the necessity of doing this, then be expelled from the government once the ‘invaluable service’ had been carried out.[58]
At the time, the POUM assessed its expulsion from the Generalitat as marking an important step towards the party’s removal from all legal political activity in the Republican zone. With few exceptions, the party leadership refused to see at this stage that its participation had not only done nothing to strengthen the revolution, but had helped the counter-revolutionary forces to undermine it. The POUM now called, and would continue to do so until the party was made illegal six months later, for its reinstatement in the Catalan government. At the same time, it stepped up its earlier calls for a Constituent Assembly of delegates from workers, peasants and soldiers committees, which in turn would elect a ‘Workers’ and Peasants’ Government’.
While the POUM lamented that the workers ‘had not built soviets’, Trotsky pointed to the committees that workers had already set up in the process of taking over industry. In the Catalan capital, it had been ‘only a question of unifying these committees, of developing them’, he wrote in October 1937, and they would have become the ‘soviet of Barcelona’.[59] The problem with Trotsky’s position was that, with few exceptions, the committees were set up by existing workers’ organisations rather than elected by the masses. Moreover, Trotsky’s formula for the creation of a ‘Barcelona soviet’ failed to take into account either the influence of the anarcho-syndicalists or Stalinists in the unions which controlled all the major workplaces or the weakness of the POUM in the city. Given the general absence of directly-elected committees, Trotsky’s position only made sense as something for which revolutionaries had to agitate within the workers’ organisations.
Formally, the POUM’s position was not so far removed from that of Trotsky. In April 1937, La Batalla quoted Lenin approvingly that ‘there was no middle way between the dictatorship of the bourgeoisie and the dictatorship of the proletariat. All illusions (in such a middle way) were nothing more than the reactionary lamentations of the petit-bourgeoisie’.[60] By early that year, the POUM called for a ‘Revolutionary Workers Front’, whose main task was to call for a congress or assembly of delegates from the trade unions and from ‘existing committees’ — in the workplaces and countryside and at the front — rather than for the creation of new ones. Nin pointed to how, unlike in Russia before the revolution, the unions had ‘great prestige and authority’ among the masses, and had never limited themselves just to immediate demands but had also played a political role. The soviets, in turn, had emerged from the need of the Russian workers to find some form of representative organisation in the absence of strong traditional workers’ organisations. In Spain, in contrast, the workers had not created new revolutionary organisations because they still looked towards the unions. In the same way as the Bolsheviks called on the soviets to take power, the POUM called on the existing expressions of workers’ power — basically the unions and the committees controlled by them — to do the same. Calling on ‘existing committees’ to form the basis of a new proletarian state was similar, at least formally, to Trotsky’s position, but nothing was seriously done by the POUM to raise the question in those areas where it was strong.[61] According to Nin, in one of his last articles, and the only time he directly replied to Trotsky’s criticisms of his party, the POUM’s slogan for ‘workers’, peasants’ and fighters’ committees’ had not ‘permeated’ the masses, and it would thus have been ‘sterile’ to have set up such bodies in isolation.[62] Nin did not consider that it was the party’s task to establish these committees if they did not exist, pointing out that the Bolsheviks had not created the soviets but rather had agitated that these bodies take power.

The POUM and the CNT

At the centre of the POUM’s dilemma over how to build an alternative revolutionary power was its constant fear of clashing directly with the CNT leadership and, as a consequence, ‘isolating’ itself. Thus the real problem for the POUM during the Civil War, and one with which it never came to terms, was how to break the influence of the anarcho-syndicalists over the masses. The majority of the most militant workers were organised in the ranks of the CNT, and, so long as the POUM could not win over at least part of the anarcho-syndicalists’ base, it could not become the true leadership of the working class. Yet instead of offering an independent alternative to anarcho-syndicalist workers, the POUM ended up tail-ending the CNT leadership. Trotsky did not take up this crucial flaw in the POUM’s politics until the end of 1937.[63]
To understand the POUM’s attitude towards the CNT, it is necessary to trace the party’s relationship with the anarcho-syndicalists in the years leading up to the war. In 1931, the BOC believed that the revitalised and increasingly radical CNT unions could play a role similar to that of the soviets in the Russian revolution. These illusions were soon undermined both by the CNT leadership’s adventurist tactics and by the growing persecution of the BOC’s members within the anarcho-syndicalist unions in Catalonia. Between 1932 and 1933, nearly all those unions controlled by the BOC were driven out of the CNT. Parallel to this, the anarcho-syndicalist unions in Catalonia, now led by the FAI, were losing members and influence. By the spring of 1936, the Catalan CNT claimed less than half of the over 300 000 members it had had in 1931. This, along with the growth of the POUM-led unions, led Andreu Nin to talk of the ‘end of the CNT’s hegemony over the Catalan proletariat’.[64]
With the outbreak of the war, the Catalan CNT’s fortunes changed dramatically and it grew spectacularly. In Catalonia, according to their own figures, the anarcho-syndicalist unions grew from some 140 000 members in July 1936 to 360 977 three months later, about a third of the workforce.[65] The pace of events rapidly forced the POUM to re-evaluate the importance of the anarcho-syndicalist movement. By September 1936, Nin could state that the ‘whole future of the Spanish revolution depends, in most part, on the attitude that the CNT and FAI adopt’.[66] Trotsky also recognised that ‘the élite of the Spanish proletariat’ was concentrated in the CNT’s ranks.[67] The difference was, however, that while Trotsky continually berated the anarcho-syndicalists for their disastrous politics, the POUM spent too much time trying to convince the CNT leaders of the error of their ways. As one disgruntled party member argued, the ‘fact that the POUM has not made fraternal, albeit severe, criticism of the CNT has prevented the CNT masses and the working class in general from being able to establish the difference between the two, and has led to a confusion between the positions of the two organisations’. Instead, the party should have gone further in criticising what it termed the anarcho-syndicalists’ ‘trade union capitalism’, whereby some CNT unions treated workplaces, services or industries under their control as effectively ‘their’ property, rather than as part of an economy under working-class control as a whole. Likewise, the POUM should have been more critical of the undoubted cases of forced collectivisation in some parts of the countryside which had driven many workers and, especially, peasants into the hands of the Stalinists.[68]
In the early months of the war, the POUM leadership was optimistic about the possibility of closer collaboration with the CNT. A few days before his expulsion from the Catalan government, Nin wrote about the close ties between his party and the CNT leadership in Catalonia.[69] The CNT, in turn, naïvely expected the POUM to be allowed to join the Liaison Committee it was establishing with the UGT and PSUC. Given the anarcho-syndicalists’ indifference to the POUM’s expulsion from the Catalan government, Nin’s hopes seemed misplaced. In fact, the links continued to be vague, with the notable exception of the Revolutionary Young Workers Front (Frente de la Juventud Trabajadora Revolucionaria — FJTR), established in February 1937 by the JCI and its libertarian counterparts, the JJLL (Juventudes Libertarias). The Front organised a series of public meetings and demonstrations in defence of the revolution, including a rally of 50 000 in the centre of Barcelona, as well as organising joint militia columns for the front and a network of local committees. The FJTR was undoubtedly the nearest the POUM came to forming a united front with the anarcho-syndicalists, but it proved a short-lived experience. The more ‘apolitical’ sections of the CNT leadership were hostile, not only to taking power, but also to any collaboration with political parties. In late May, a Plenary Meeting of CNT delegates voted to put an end to the Libertarian Youth’s involvement with the JCI. However, the anarcho-syndicalists’ apoliticism did not extend to rival trade unions, and during the war the CNT signed several pacts with the Stalinist-dominated Catalan UGT and even, in August 1936, one including the PSUC.
Given the centrality of winning over the anarcho-syndicalist rank and file, perhaps the biggest mistake the POUM made during the war, and one barely touched on by Trotsky, was to have taken those unions under its control into the Socialist UGT rather than the CNT. The consequences of this decision were arguably even more serious than its participation in the Generalitat. By joining the CNT, the POUM would have been in a better position to have worked with the anarcho-syndicalists’ rank and file. In May 1936, the POUM had formed its own trade union federation, the Workers Federation of Trade Union Unity (Federación Obrera de Unidad Sindical — FOUS), with the hope that this would be the first step towards a broader trade union unity.[70] The outbreak of the war soon undermined this hope, as the masses flocked into either the CNT or the UGT; a process speeded along by the Catalan government’s decision to make trade union membership obligatory. Faced with this situation, the POUM had little choice but to enter one of the two major federations. The POUM leaders justified their decision to enter the UGT on the basis that they believed they could win the leadership in Catalonia of the relatively weak Socialist unions. Once this had been achieved, the POUM claimed that it would be possible to pose the question of trade union unity with the CNT. Prior to the war and the foundation of the PSUC,[71] the POUM-led unions had generally had good relations with their Socialist counterparts. In contrast, the bitter internal struggles of 1932-33 within the CNT were still fresh in the minds of many POUM militants. In addition, it was true that had the POUM members worked politically within the CNT they might have put the party’s strategy of trying to influence the anarcho-syndicalist leadership in danger.
It would not take long to see how badly the POUM had miscalculated. Following the Popular Front’s electoral victory in February 1936, the Catalan UGT had already began to grow quite quickly, doubling its membership to around 85 000 on the eve of the war. Once the war started, and especially after the Catalan government’s obligatory syndicalisation decree, the Socialist unions soon claimed 436 299 members in the region by October 1936, more in fact than the CNT.[72] Many of these new members tended to be from the least militant sections of the working class, especially white-collar sectors and technicians. In the countryside, the powerful Unió de Rabassaires ceased to be dominated politically by the ERC, and it fell under the influence of the PSUC. The UGT also set up an organisation for the self-employed and small businessmen, the GEPCI (Gremi i Entitats de Petits Comerciants i Industrials), which would be in the forefront of agitation against the ‘excesses’ of the revolution. With the help of their allies within the UGT leadership in Madrid, the Stalinists had little trouble dominating this new and inexperienced membership, and they found it relatively easy to crush the POUM’s influence within the unions. To make matters worse, many of the POUM’s leading trade union militants were at the front, while some rank-and-file members abandoned the UGT of their own accord and joined the CNT.[73] Within a few months, the party found itself deprived of its trade union base.
Another cause of the POUM’s isolation from the CNT rank and file, according to Trotsky and his supporters, was its military policy. In fact, the POUM’s position differed little from Trotsky’s, and throughout the war it counterposed a ‘Red Army’, modelled on the Russian example, to both the existence of party and trade union militias and the bourgeois ‘Popular Army’ which soon replaced them. However, dissident party members and Trotskyists alike would continually complain about the lack of political life, with few exceptions, within the POUM units and the failure to create the very soldiers’ committees that it advocated in its general propaganda. The Trotskyists also criticised the POUM’s decision to form its own militias and thus once more avoid any direct confrontation with the CNT leadership. The practical result of this decision was that the majority of the POUM’s militiamen ended up isolated on the Aragon front, generally inactive and deprived of arms and basic supplies. Around half of these militiamen were party members, including many of its most experienced militants, especially from among the youth.
While it should have been possible to have avoided so many leading militants being sent to the front, there seemed little alternative in the first weeks of the war to the party forming its own militias. All other workers’ organisations had rapidly done so, and this was considered an indispensable demonstration of each organisation’s anti-fascist credentials. The party leadership eventually became aware of the problems that military isolation was creating, and by early 1937 urged its members to enter other units.[74] Unfortunately, it was too late, for this belated decision had few practical results. The consequences of the party’s isolation would soon become dramatically clear during the events of May 1937.

The May Days

By early 1937, the counter-revolution was gathering pace in the Republican zone. The Stalinist press was increasingly full of slanderous attacks on the ‘Trotsky-fascists’ of the POUM and demands for their suppression. The POUM’s calls for socialist revolution and its constant denunciations of the Moscow Trials were particularly irksome for the Stalinists, both within and outside of Spain. In Madrid, repression against the POUM had already begun. In October, members of the united Communist-Socialist youth organisation, the JSU (Juventud Socialista Unificada), had assaulted the JCI’s headquarters, and soon afterwards the party’s press and radio station in the capital were closed down. It was only a matter of time before similar measures were taken in Catalonia, but the still considerable power of the revolution in the region made this a much more difficult task. There was also the CNT to contend with, once the far weaker POUM had been crushed.
During the first months of 1937, the POUM repeatedly warned against moves to undermine the revolution, in particular any attempt to disarm the workers in the rearguard. Nonetheless, even the POUM leaders, who were far more aware of the dangers the revolution faced than their anarcho-syndicalist counterparts, still overestimated their own strength. For instance, Nin could argue in March 1937 that it was still possible to take power peacefully, without recourse to an armed insurrection.[75] Trotsky, writing from thousands of miles away, dismissed such optimism. ‘Even now power is in the hands of military leaders and the bureaucracy in alliance with the Stalinists and anarcho-reformists… supported by the foreign bourgeoisie and the Soviet bureaucracy. To speak of peacefully gaining power under these conditions is to deceive oneself and the working class.’[76] Unfortunately for the POUM, he would be proved right only too soon.
On 3 May, security forces under the control of the Stalinists attacked the central telephone exchange in Barcelona, which was dominated by the CNT. This latest provocation proved to be the last straw for many militant workers, and it led to a general strike and armed uprising, organised principally by the CNT’s local Defence Committees. Barricades sprung up throughout Barcelona, and within hours most of the city was under the insurgents’ control. Five days of intermittent street-fighting followed between the armed workers and forces controlled by the Stalinists and the Catalan Republicans, leaving over 200 dead. Although most observers admit it would have been relatively easy for the revolutionary organisations to have taken complete control of the city, the movement was eventually sabotaged by the CNT leadership, which was afraid of endangering ‘anti-fascist unity’. Most of the armed workers, the majority of whom were CNT members, disoriented and frustrated, accepted the union leaders’ pleas to lay down their arms. ‘Republican order’ had been restored and the balance of power had been decisively tipped in favour of the counter-revolution.
During the next few weeks, a new wave of repression was directed against the most militant sections of the workers’ movement, accompanied by a massive propaganda campaign by the Stalinists against the ‘Trotskyists’, who were blamed for the insurrection. In Madrid, the left-Socialist leader Largo Caballero was ousted from government because he refused to repress the POUM. The new government, headed by a right-wing Socialist, Juan Negrín, quickly submitted to Stalinist pressure, and the POUM was declared illegal on 16 June. Many POUM members and radical anarchists were arrested, and others disappeared. Dozens of anarchists and POUM militants, along with some foreign Trotskyists and other dissident Marxists, were murdered. The most notorious case was that of Nin, who was kidnapped and later executed by NKVD agents after they had failed to obtain a false confession from him.[77]
Once the fighting started on 3 May, the POUM immediately placed itself on the side of the workers. Even though it did not believe the workers could ‘win’, the POUM proposed the creation of Defence Committees in every neighbourhood and workplace based on not only the anarcho-syndicalists but also the POUM, and it repeated its call for a Revolutionary Workers Front.[78] The party believed it was possible to take over Barcelona and then force the authorities to negotiate with the revolutionaries. The problem arose once more that the POUM’s main orientation was to try to persuade the CNT leadership of the correctness of the party’s position. From the first day of the uprising, the POUM made a great effort to coordinate the struggle with the anarcho-syndicalists, and there were several meetings between representatives of the party leadership and the CNT, FAI and JJLL. But the CNT was only interested in finishing the uprising as soon as possible. The JCI leader Wilbaldo Solano described how the POUM representatives were ‘stunned’ by the ‘frivolity’ and ‘political blindness’ of the CNT leaders.[79]
The pathetic calls of the anarchist Minister García Oliver for the workers to lay down their arms and embrace their enemies were enough to give the CNT’s Barcelona leadership the excuse to back down completely. Internally, the POUM recognised that the CNT had betrayed the struggle, but ‘tactics mean that we should criticise’ the anarcho-syndicalists ‘with care, so as not to isolate ourselves…’. If ‘the top of the CNT was attacked frontally, its base would rise up unanimously in its defence’.[80] Because it was not prepared to break publicly with the CNT leadership, the POUM had little choice but also to abandon the barricades to avoid ‘bloody repression’. The party leadership had already intervened to stop a joint JCI-JJLL column from marching on the few government buildings in the centre of the city that were still in the Generalitat’s hands because the CNT would not support such an action. Likewise, the leadership prevented the POUM’s Barcelona Committee from organising the election of delegates from the barricades to the Defence Committees.[81] Initially, the POUM leadership even tried to present the results of the May Day fighting as a victory, claiming that the counter-revolution’s ‘provocation… had been smashed by the magnificent reaction of the working class’.[82] It would not take long to see the consequences of what, in reality, was a decisive defeat for the revolutionary left.
For Trotsky, the POUM’s failure to lead the struggle to take power in May 1937 was perhaps its greatest betrayal of all. The POUM and the CNT, the former Bolshevik leader stated, had ‘done just about everything to ensure the victory of the Stalinists, that is, of the counter-revolution’.[83] Trotsky believed that the seizure of power was on the agenda. The anarcho-syndicalists had confirmed this, Trotsky argued, by claiming in their press that they could have taken power ‘if they had wanted to’:
If the Catalan proletariat had seized power in May 1937, they would have found support throughout all of Spain. The bourgeois-Stalinist reaction would not even have found two regiments with which to crush the Catalan workers. In the territory occupied by Franco not only the workers but also the peasants would have turned toward the Catalan proletariat, would have isolated the fascist army and brought about its irresistible disintegration. It is doubtful whether under these conditions any foreign government would have risked throwing its regiments onto the burning soil of Spain. Intervention would have become materially impossible, or at least extremely dangerous.[84]
Was it possible for the working class to have seized power in May 1937? It is certainly reasonable to believe, as Trotsky did, that if the workers had taken this step in Catalonia in May, or before, that it would have had dramatic repercussions not only in both the Republican and fascist zones of Spain but also internationally. In particular, the more radical sectors of the CNT and the Socialist left would have been greatly strengthened. However, by May 1937, objective circumstances were not as favourable as Trotsky claimed. It is very doubtful that the ‘bourgeois-Stalinist reaction’ would not have even ‘found two regiments with which to crush the Catalan workers’. The reality was that the Republican government had by this time quite extensive military forces on which it could rely. Apart from units of former Civil Guards and the recently reorganised border police, the Carabineros, the Stalinists had built up a massive military force, in particular around Madrid, which was further strengthened by the presence of the International Brigades. The Stalinists’ base could have been severely shaken by the workers taking power in Catalonia, but given subsequent events it is hard to believe that they would not have been able to count on enough troops to make a serious defence of the Republican state. Of course, this does not rule out the possibility of a revolutionary victory. As Trotsky himself pointed out, no revolution is ‘guaranteed victory in advance’, but the military and political situation by May 1937 was more unfavourable than he seems to have appreciated. In comparison with the first months of the war, the revolution had been seriously undermined by the time the Stalinists provoked the May uprising.
Once more, Trotsky drew attention to the fatal absence in May 1937 of a revolutionary party. But even if the POUM had been the party Trotsky envisaged, its forces were confined almost exclusively to Catalonia. Any revolutionary movement in this region, given its strategic importance, could have exerted considerable influence over the rest of Spain. The problem was, however, that the POUM lacked a significant base among the industrial proletariat of Barcelona, the true vanguard of the region’s working class. Although the party had 30 000 members by December 1936, only 2200 of these were in Barcelona.[85] Its mass base was among peasants and workers in small provincial towns. In Barcelona, the POUM, though having members in most sectors, was only really strong among the shop and clerical workers and, to a lesser extent, printers. There has also been a tendency in Trotskyist writings on the Spanish Revolution to overestimate the importance of the POUM’s potential allies in May 1937, the radical anarchist group, the Friends of Durruti. The latter’s programme, in particular its call for ‘revolutionary juntas’ and the taking of power, was undoubtedly encouraging for Marxists, but it had a rather ephemeral existence as an organisation, and its main aim was to change the leadership of the CNT. During the May events, although there were contacts between the two organisations, the POUM was unable to reach any agreement over joint action with the Friends of Durruti. Andrade reported to the party leadership that they had ‘little weight’, and ‘were incapable of elaborating a responsible policy’.[86]
None of this caution as regards Trotsky’s view of events means that there was no alternative to the position that the POUM took. Two weeks after the uprising, party leader Julián Gorkin gave credibility to Trotsky’s analysis when he reported:
If power had been taken, the central government would have had to make a deal with Catalonia, given Catalonia is the most anti-fascist region in the whole of Spain… [and] it would have feared the repercussions of violent repression, given that the CNT on the Madrid front has provided the best fighters. There is no doubt that a revolutionary government would have been able to have dealt with the rest of the parties in Spain and would have extended the revolutionary situation.[87]
Another party leader, Gironella, would admit soon after the war that his party had failed to understand the course of events leading up to May, had therefore not prepared itself for this struggle and not known how to take advantage of the ‘great betrayal of anarchism’. ‘Instead of posing the situation as it was: a violent struggle for power’, he wrote, the POUM ‘posed it as a simple counter-revolutionary provocation.’ It was not just a provocation, but ‘the definitive solution’ of the contradiction that had arisen in July 1936 ‘in favour of the counter-revolution’.[88]
The POUM’s position in May 1937 was the logical outcome of its political practice since the war had begun. Afraid of being isolated and of breaking publicly with the CNT leadership, it was impotent in the face of events. If the anarcho-syndicalists had accepted the POUM’s proposal that the two organisations should take over Barcelona completely and thus gain a breathing space for the revolution, the outcome of the May events could have been very different. It can only be speculated as to whether or not the revolutionary forces could have made a bid for power throughout the Republican zone. Nevertheless, the line taken by the anarcho-syndicalist leadership amounted to an abysmal surrender, and led to the revolution’s final defeat. By following the CNT leadership, the POUM merely made the destruction of its own organisation and of the remaining gains of July 1936 that much easier.

The Bolshevik-Leninists and the POUM[89]

As we have seen, the question of how a revolutionary party could be built was at the centre of Trotsky’s writings on Spain, especially after the events of May 1937. At the beginning of the Civil War, he did not rule out altogether winning over the POUM, despite all his recent criticisms of its politics. Also, many POUM members, particularly those from the ICE, still sympathised with Trotsky, and especially his fight against Stalinism. Most importantly, the POUM’s press had continued to publish articles by him. The Trotskyist movement’s guarded optimism about the POUM at the beginning of the war was reflected by the American Trotskyist Felix Morrow, who would later be one of its fiercest critics, when he wrote in September 1936 that the POUM ‘counted in its cadres the most experienced revolutionary elements in the country’, and that it had ‘swerved considerably away from its centrist course’.[90]
Despite the breakdown in relations between the IS and the ICE during 1935 and the harsh criticisms made by the Trotskyist movement of the POUM for having signed the Popular Front pact, in the months leading up to the war former ICE leaders such as Andrade and Nin were still in contact with the IS, as well as with various dissident Trotskyist groups.[91] With the outbreak of the revolution, Nin and other POUM leaders now argued that the time had arrived to form a new revolutionary international, something which brought them into conflict with various parties in the London Bureau, and which placed them closer to Trotsky’s position.[92] Hence, when the International Secretariat’s representative Jean Rous arrived in Spain in early August 1936, his first contacts with the POUM were fairly positive.[93] Various foreign Trotskyists, resident in Barcelona, were already working with the POUM, and as a consequence of Rous’ conversations with the party leadership, these and other foreign Trotskyists were encouraged to enlist in its militias. Trotskyists made up the majority of the 50 fighters of the POUM’s International Lenin Column, organised in mid-August 1936, which was to be the first exclusively foreign unit in the militias. At the POUM’s first public rally after the beginning of the war, a message from the Fourth International was read from the platform, and, according to the Italian Trotskyist Nicola di Bartolomo (Fosco), the meeting ended with the audience acclaiming Lenin and Trotsky.[94] Most importantly, the POUM agreed to continue to publish articles by Trotsky in its press and to raise with the Catalan government the question of his being granted asylum in Catalonia.[95] Thus di Bartolomo could later claim that during the first weeks of the war, ‘the Bolshevik-Leninists acquired considerable influence among the ranks of the POUM’.[96]
Trotsky’s response to these early contacts was very conciliatory indeed. He replied to Rous:
As for Nin, Andrade and the others, it would be criminal to let ourselves be guided now in this great struggle by memories of the preceding period. Even after the experiences we have had, if there are differences in programme and method, these divergences must in no way impede a sincere and lasting rapprochement.[97]
Three days later he speculated about how the POUM could collaborate with the anarchists: ‘we are only observers…, these questions can only be solved on the spot’.[98] Trotsky’s letter to Rous was intercepted by Mussolini’s secret police and never reached its destination. The old frictions soon resurfaced, and they reappeared at a time when Trotsky was forced into silence by his internment in Norway. As the French historian Pierre Broué points out, Trotsky’s inability to intervene in the Spanish situation came when in his relationship with Nin and other ex-ICE members ‘the smallest political initiative could have had incalculable consequences’.[99]
In mid-August, the French Trotskyist paper La Lutte ouvrière published a letter from Trotsky, originally intended only for internal consumption, attacking Nin for his ‘crime’ of having supported the Popular Front in February 1936, and advising his followers to avoid ‘any compromise with vainglorious centrists, any erasing of borders between them and us — in a word, any criminal reconciliation’. According to various testimonies, the publication of this letter did considerable damage to relations between Rous and certain POUM leaders.[100] The situation then deteriorated further when the POUM censored an article it published by Trotsky, excluding a critical reference to the French left Socialist leader Marcel Pivert, who the POUM were reluctant to criticise because he was secretly organising the sending of arms to the Republic.[101] With Nin’s entrance into the Generalitat at the end of September 1936, the Trotskyists’ attitude towards the POUM hardened further, and when they asked to be allowed to form an open faction within the party, this was turned down. Although the few Spanish Trotskyists also remained members of the POUM, in November 1936 the Bolshevik-Leninist Section was formally constituted as an independent organisation.
The POUM showed little interest, however, in entering into a dispute with Trotsky, and still perhaps hoped to avoid openly clashing with him. Trotsky’s arrival in Mexico in early 1937 coincided with the visit of a POUM delegation to buy arms headed by the veteran workers’ leader, David Rey. They immediately entered into contact with the old Bolshevik leader, and Rey organised the protection of his house.[102] In February, La Batalla carried, without the slightest comment, Trotsky’s first declaration in Mexico on the situation in Spain, which was critical of the POUM. It was not until a month later that the first public rebuttal of these criticisms appeared in the party’s press.[103]
By the time Trotsky could turn his attention once more to the situation in Spain, he seems to have dismissed any idea of winning over the POUM to his positions. The party’s ‘centrism’ and ‘treachery’, which now became recurring themes in his writings, were the logical outcome of the ICE’s politics in the years prior to the war. As Trotsky had warned just before the Civil War began, ‘small crimes and betrayals which remain almost unobserved in normal times, find a mighty repercussion in the time of revolution’.[104] According to the former Bolshevik leader, the real damage caused by the POUM leadership during the Spanish revolution was that ‘by their general “left” formulas they created the illusion that a revolutionary party existed in Spain and prevented the appearance of the truly proletarian, intransigent tendencies’. Consequently, ‘contrary to its own intentions’, the POUM had ‘proved to be… the chief obstacle on the road to the creation of a revolutionary party’.[105]
If Trotsky had hoped to influence the more left-wing elements within the POUM, the harshness of his language when dealing with the party did not help him in this aim. Jean Rous, writing in early 1939, believed that political differences had not always been dealt with in the most adequate way during the Spanish conflict.[106] Victor Serge, much berated by Trotsky for his support for Nin, blamed ‘the translators and publishers’ for having ‘exaggerated Trotsky’s style’. The leading Belgian Trotskyist, Georges Vereeken, would later accuse Stalinist agents in the Trotskyists’ ranks of having deliberately fostered differences and misunderstandings between Trotsky and the POUM.[107] The situation was made worse by the limited information reaching Trotsky. As Broué has commented, for example, the POUM’s foreign language publications, on which Trotsky often depended for information, were ‘extraordinarily free’ in their interpretation of the party’s politics.[108]
Trotsky’s hopes instead rested on the very limited forces of the Spanish ‘Bolshevik-Leninists’, as the Trotskyists called themselves at this time. At the beginning of the war, there had been no organised Trotskyist group in Spain, and although a few ex-ICE militants were recruited, the Bolshevik-Leninist group consisted, at first at least, mainly of foreigners. Things were made worse by the existence of a small dissident group around the paper Le Soviet, connected to Raymond Molinier’s Parti Communiste Internationaliste, led by di Bartolomo. The ‘official’ group never had more than about 30 members, and it only produced two bulletins and three copies of its newspaper La Voz Leninista during the course of the war, as well as a number of leaflets. The Le Soviet group consisted of only eight people, all but one foreign, and published 15 issues of its paper, but in French.[109] An internal report written in December 1936 on the official Bolshevik-Leninist group leaves little doubt of the group’s initial weaknesses. The first problem was that the best militants when they arrived in Spain were anxious to prove themselves and most went to the front instead of ‘organising a solid nucleus’ in the rearguard. There remained in the rear ‘only a handful of incompetents, careerists and adventurers’, and soon the group found itself ‘without any organisation and completely disoriented’. As foreigners, they lacked ‘solid links with the working class’, had ‘an insufficient knowledge of the language or the habits of the masses’, and came up against ‘enormous difficulties in their political work’.[110]
The Bolshevik-Leninists were confident that, objectively at least, there existed the basis for a ‘regrouping’ of the revolutionary left involving part of the Socialist left, sections of the POUM and the more radical anarchist factions. The Trotskyists were particularly encouraged by their contacts with the Friends of Durruti during the May events, members of whom printed the Bolshevik-Leninists’ propaganda. Nonetheless, despite claims to the contrary, they were unable to exercise any influence over the Friends of Durruti as such.[111] But relations with the POUM were bad, and a further request in April 1937 to be allowed to form an open faction within the party came to nothing. This was hardly surprisingly as the Bolshevik-Leninists’ open letter to the POUM was written in such a way as to leave it clear that it was only a propaganda exercise, designed to ‘expose’ the centrist leadership to its rank and file.[112] Even those sectors identified by the Trotskyists as forming the ‘POUM left’ now showed little interest in collaborating with the Bolshevik-Leninists.[113] The Bolshevik-Leninist leader Erwin Wolf blamed his group’s ‘sectarianism’ and the ‘abstract’ nature of its criticism for its failure to influence the POUM.[114]
Some revolutionary Marxists, however, saw no alternative to working solely within the POUM, even if this meant their not having an open faction. Various foreign dissident and ex-Trotskyist factions gave critical support to the POUM, and their members who went to Spain joined the party without any prior conditions, as was the case with the Le Soviet group. The principal aim of these groups was, by collaborating with the ex-ICE members, to help strengthen the POUM’s left wing and form the nucleus of a genuine revolutionary party. Within the ‘official’ Trotskyist movement, the relatively important Belgian and Dutch sections, much to Trotsky’s disgust, also argued for critical support for Nin’s party. They pointed out that the POUM was far from being a homogeneous organisation, and the only perspective open to the Trotskyists, given their weakness, was to attempt to ‘convert it into a true party of the Fourth International’. According to these groups, the sectarianism of the official Bolshevik-Leninists had only served to alienate those many POUM members who were revolutionaries and had helped the more centrist elements in the party leadership in their struggle against Trotskyism.[115]
The POUM was internally divided, as the criticisms over the party’s participation in the Catalan government had shown, and although formally organised factions did not exist, it is possible to identify left, centre and right tendencies.[116] As one ‘left’ POUM leader later admitted, his party ‘lived from the beginning of the revolution in a hidden permanent state of crisis’.[117] In Valencia, the party leadership openly supported the Popular Front and was quite virulent in its anti-Trotskyism, as was the important Sabadell organisation in Catalonia. The growing crisis within the POUM would probably have emerged even more clearly at its forthcoming National Congress, but this could not be held once the party was made illegal. For example, the JCI Central Committee intended to propose to the congress the expulsion of those elements within the party who supported the Popular Front.[118] Some years after the Civil War, the POUM did indeed split, but it was the right that broke away to form a Catalan social-democratic grouping, the Moviment Socialista de Catalunya. By the late 1940s, the party leadership in exile was in the hands of the party’s left.[119]
Although Trotsky predicted in March 1937 that the POUM might split if it did not change its line, only after the war would he refer, in passing, to its left-wing opposition.[120] The ex-ICE members formed the mainstay of the party’s left, but the military uprising had caught many of them behind enemy lines and few survived. Of the former ICE branches that remained, those in the north of Spain were cut off from the rest of the Republican zone, and in Madrid three-quarters of the organisation’s prewar membership died fighting in the first few months of the war. Nonetheless, the Madrid POUM was quite openly ‘Trotskyist’ in its sympathies, and was to the left of the party leadership in Barcelona. In Catalonia, the ICE group had been heavily outnumbered by the BOC. The Bloc’s principal leader, Joaquín Maurín, had been particularly interested in strengthening his party with the incorporation of the Communist Left’s cadres, in particular his friend Nin. Maurín had thus acted as a bridge between Nin’s group and the former BOC leaders, but in his absence there was a revival of the old suspicions of the intentions of the ‘Trotskyists’.[121] Nin, although publicly the leader of the POUM, was subjected to constant control by the former BOC members, who made up the majority of the party’s leadership. There was even talk of excluding Juan Andrade, the most outspoken critic of the party’s line in the leadership, from the POUM’s Executive Committee.[122] But neither Nin nor the other ex-ICE leaders felt strong enough to break with the party majority.[123] By May 1937, the POUM left had been strengthened as some militants, particularly among the youth and in Barcelona, began to protest at the leadership’s constant vacillations. The most outspoken and coherent opposition came from the administrator of the party press, Josep Rebull, who, in a series of documents written as part of the pre-congress discussion, lambasted the POUM leadership’s failure to provide the masses with a clear revolutionary alternative. Unlike the Trotskyists, Rebull, a former BOC member, saw this failure as a break with the political orientation of the Bloc and the POUM prior to the war. [124]
The repression directed against the most radical sectors of the workers’ movement after the May events undermined any perspective for the revolutionary ‘regroupment’ for which the Bolshevik-Leninists hoped. The left Socialists, demoralised both by the loss of many militants to Stalinism and by the ousting of their leader Largo Caballero from the government, made little attempt to fight the counter-revolutionary onslaught. The left anarchists were heavily hit by repression, and the Friends of Durruti were expelled from the CNT, although this sanction was never carried out. Moreover, as Pierre Broué stresses, the Bolshevik-Leninists, forced into clandestinity and with several of their leading members murdered, now found themselves even more isolated from the POUM and its left wing.[125]

The Missing Party?

Faced with the rise of fascism, the threat of war and the bankruptcy of social democracy and Stalinism, Trotsky saw no alternative than to call for the founding in the short term of a ‘fourth’ International. Trotsky’s decision to advocate the immediate creation of a new revolutionary party in Spain has to be placed in the context of his general political outlook by the late 1930s, with the apparently unstoppable rise of fascism, the imminence of war, and the stranglehold of Stalinism over large sections of the international workers’ movement. Both his own circumstances and that of the movement he was trying to build were increasingly desperate, and this produced what has been described as an ‘almost millenarian and messianic’ element in his politics at this time.[126]or Trotsky, the gap between objective necessity and subjective reality had to be bridged as quickly as possible. There was an urgent need to build a new revolutionary leadership, not just in each country, but at an international level. The ‘historical crisis of mankind’, he wrote in 1938, ‘is reduced to the crisis of the revolutionary leadership’.[127] Yet Trotsky was confident that ‘during the next 10 years the programme of the Fourth International will become the guide of millions and these revolutionary millions will know how to storm earth and heaven’.[128] Writing at the end of 1937 on the defeat of the Spanish revolution, he had concluded that throughout the world: ‘The revolutionary cadres are now gathering only under the banner of the Fourth International. Born amid the roar of defeats, the Fourth International will lead the toilers to victory.’[129]
As Duncan Hallas has commented, ‘the mood of expectation induced by such statements made sober and realistic assessments of actual shifts in working-class consciousness, alterations in the balance of class forces, and tactical changes to gain maximum advantage from them (the essence of Lenin’s political practice) extremely difficult for Trotsky’s followers’, as did an emphasis placed on the centrality of programmatic demands as a way of overcoming the revolutionaries’ weaknesses, whereby the demands in themselves appeared to have ‘some value independent of revolutionary organisation’.[130] As the Bolshevik-Leninist leader Erwin Wolf commented shortly before his abduction by the Stalinists, reflecting on the failure of his group to influence the POUM, ‘correct ideas on their own are not sufficient’.[131]
Although such a stance became characteristic of Trotskyist politics in the late 1930s, as early as December 1930, when the Spanish Left Opposition had barely 50 members, Trotsky had written that despite its weakness, if it took the initiative in ‘posing the political… and organisational problems of the revolution, it can in a very short space of time occupy the leading position in the movement’.[132] Five years later, he bemoaned that ‘with a correct policy, the “Left Communists” as a section of the Fourth International might have been at the head of the Spanish proletariat today’, instead ‘for six years’ Nin and his comrades ‘have done everything possible to subject this energetic and heroic proletariat of Spain to the most terrible defeats.’[133] This damning assessment of the role of the former Spanish Trotskyists assigns to them an importance they never had. As we have seen, this lack of a revolutionary leadership led Trotsky increasingly to place all his hopes in the small band of Spanish Bolshevik-Leninists. So in the spring of 1937, he could declare that ‘outside the line of the Fourth International there is only the line of Stalin–Caballero’, and that revolutionaries had to understand that that there was ‘no intermediary between the Fourth International and betrayal’.[134]
Trotsky thus seemed confident that the correct political line in a revolutionary situation could transform even the smallest of groups into the leadership of the working class. As the POUM was not a small group, but a party of thousands, this was even clearer. In February 1937, he had written:
The policy of the POUM leadership is a policy of adaptation, expectation, hesitation, that is to say, the most dangerous of all policies during civil war, which is uncompromising. Better to have in the POUM 10 000 comrades ready to mobilise the masses against treason than 40 000 members who suffer the policies of others instead of carrying out their own. The 40 000 members… cannot by themselves ensure the victory of the proletariat if their policy remains hesitant. But 20 000, or even 10 000, with a clear decisive, aggressive policy, can win the masses in a short time, just as the Bolsheviks won the masses in eight months.[135]
With the Civil War more or less over and the full magnitude of the defeat of the Spanish working class terribly clear, he concluded that ‘if the POUM had not marched at the heels of the anarchists and had not fraternised with the Popular Front, if it had conducted an intransigent revolutionary policy, then… in May 1937… or most likely much sooner, it would naturally have found itself at the head of the masses’ and would have ensured victory.[136]
Trotsky based his belief in the possibility of a small group transforming itself rapidly in a revolutionary situation into a mass party, and into the leadership of the working class, on the experience of the Bolsheviks. However, it hardly seems necessary to draw attention to the very important differences between the tiny Spanish Bolshevik-Leninist group, or even a rectified POUM, and the Bolsheviks. Prior to taking power, although a relatively small organisation, the Russian party not only had a clear programme, albeit after April 1917, and brilliant leadership in Lenin, but also nearly 20 years’ experience of hard and bitter struggle. Moreover, the Bolsheviks, although in a minority, had a base among key sections of the Russian proletariat.
In contrast to some of his writings at this time, Trotsky’s last article on Spain, on which he was working at the time of his murder in August 1940, reflected the real problems faced in building a revolutionary party. Apart from having a correct programme, such a party needed tried and tested cadres — something which could not be simply created in a short period of time. He pointed out that:
… even in cases where the old leadership [of the working class] has revealed its internal corruption, the class cannot immediately improvise a new leadership, especially if it has not inherited from the previous period strong revolutionary cadres capable of utilising the collapse of the old leading party. … He [Lenin] did not fall from the skies. He personified the revolutionary tradition of the working class. For Lenin’s slogans to find their way to the masses, cadres had to exist… though numerically small at the beginning, the cadres had to have confidence in the leadership, a confidence based on the entire experience of the past…
… during a revolution, that is, when events move swiftly, a weak party can quickly grow into a mighty one provided it lucidly understands the course of the revolution and possesses staunch cadres that do not become intoxicated with phrases and are not terrified by persecution. But such a party must be available prior to the revolution inasmuch as the process of educating the cadres requires a considerable period of time and the revolution does not afford this time.[137]
Thus, the process of converting a party into the leadership of working class does not depend on political clarity alone, but is the result of an organic process involving the accumulation of cadres and the building of a relationship with that class over a period of time. Formally at least, the POUM defended a revolutionary position throughout the war: the need for the working class to take power through the creation of workers, peasants and combatants’ committees, and, when the revolution was on the defensive, for a Revolutionary Workers Front. The problem was to convert these formally correct slogans into reality. Trotsky, of course, was merciless in drawing attention to the contradictions between the POUM’s revolutionary rhetoric and its day-to-day practice. One can speculate endlessly about what might have happened had the POUM adopted other positions, but what is quite clear, and was later recognised as such by some of its own leaders, is that its reluctance to break publicly with the leadership of the CNT and its participation in the Generalitat government hindered its ability to act independently.
Despite the mutual hostility which had developed between the International Secretariat and the ICE prior to the Civil War, it is clear that Trotsky could still have influenced the POUM. Many POUM members sympathised with Trotsky, both as the leader of the Russian revolution and for his general defence of revolutionary Marxism. There are repeated examples, prior to its unification with the ICE, of the BOC both praising Trotsky and publishing his articles, despite its criticism of his followers. This general identification with what Trotsky represented continued with the foundation of the new party in 1935. The politics of the POUM, reflected in its programme of March 1936 and in countless articles in its press, were close to the Trotskyists in many key points: internationalism, opposition to Stalinism, defence of internal party democracy, the need for a new International, its calls for a united front and its opposition to the class collaboration of the Popular Front.
The initial reaction of both the IS and Trotsky to the foundation of the POUM, it should be remembered, was of guarded optimism. This, combined with the personal contacts of Nin, Andrade and others with the Trotskyist movement, meant that the possibility of some form of real collaboration appeared to exist in the summer of 1936, something of which Trotsky himself, as we have seen, was aware. Nonetheless, this was undermined by the publication of Trotsky’s private letter to the International Secretariat in La Lutte ouvrière and the behaviour of most of those Bolshevik-Leninists already in Spain. The failure of Trotsky’s letter to Rous to arrive, one which advocated a conciliatory attitude in dealing with the POUM, proved equally unfortunate. Thus the anti-Trotskyist elements in the POUM leadership were provided with the opportunity they needed to break off even the tentative relations which their party had recently established with the Trotskyist movement
Even with the deterioration of relations, there were still plenty of reasons to believe that the Trotskyist movement, had it adopted a different approach, could have influenced the POUM. The fact that the POUM expressed interest in sending observers to the founding congress of the Fourth International in September 1938 showed that it was open to establish some form of relationship with the Trotskyist movement, despite their, at times, profound disagreements.[138] More importantly, the fact that even mainstream party leaders such as Gorkin and Gironella could recognise in 1939 that the POUM had not clearly understood in May 1937 or before the significance of events or how to pose the question of power, reflects that the distance between the POUM and Trotsky was not insuperable.
Trotsky’s unfinished article from 1940 places the problems involved in establishing a new party more into perspective, and it stands in contrast with the position he defended during most of the war regarding this question. In the end, however, one can only surmise whether the outcome of events would have been any different if Trotsky had dealt with the POUM differently. As it was, by the time he began to write systematically on events in Spain, for the first time since 1931, the revolution was well on its way to defeat. Thus Trotsky’s principal aim in his writings on the Spanish Revolution was that other revolutionaries should learn from what he saw as the POUM’s mistakes.

Notes

[1]. LD Trotsky, ‘The Lessons of Spain: The Last Warning’, 17 December 1937, The Spanish Revolution, New York, 1973, p311.
[2]. Between 1930 and 1940, Trotsky wrote at least 39 articles and 66 letters, most of which were published at the time, that refer to events in Spain. The most complete collection of these are to be found in LD Trotsky, La Revolución Española, two volumes, Barcelona, 1977, edited by Pierre Broué. For a summary of Trotsky’s view on events in Spain, see P Broué, Trotsky, Paris, 1988, pp883-94, and T Cliff, Trotsky: The Darker the Night the Brighter the Star, London, 1993, pp235-90. The standard Trotskyist view of the Civil War and revolution in Spain can be found in F Morrow, Revolution and Counter-Revolution in Spain, New York, 1974, first published in 1938.
[3]. LD Trotsky, ‘The Culpability of Left Centrism’, 10 March 1939, The Spanish Revolution, op cit, p344.
[4]. For a more detailed account of the relationship between the Spanish Trotskyists and the International Left Opposition prior to the Civil War and the background to the formation of the POUM, see A Durgan, ‘The Spanish Trotskyists and the Foundation of the POUM’, Revolutionary History, Volume 4, no 1/2, London, 1992, pp11-53; also in Cahiers Léon Trotsky, no 50, Grenoble, May 1993, pp15-56. See also P Pagès, El movimiento trotskista en España (1930-1935), Barcelona, 1978.
[5]. Andreu Nin, a teacher and journalist, entered organised politics at the age of 19 in 1911 as a left Catalan nationalist, but two years later, dissatisfied with nationalism, he became a member of the Spanish Socialist Party. In 1918, inspired by the Russian revolution, he joined the CNT. He was definitively won over to communism after going to Moscow in 1921, initially to attend the founding congress of the Red International of Labour Unions. He became Assistant General Secretary of the RILU, joined the Left Opposition in 1926, and was finally expelled from the USSR in 1930. Extracts from Nin’s correspondence with Trotsky were originally published in the International Bulletin of the Left Opposition in March 1933, and can also be found in Trotsky, The Spanish Revolution, op cit, pp370-400.
[6]. La Batalla, 12 February 1931, this can be compared with Trotsky’s pamphlet The Revolution in Spain, 24 January 1931. See The Spanish Revolution, op cit, pp67-89.
[7]. L Fersen, ‘Acerca del congreso de la FCCB’, Comunismo, April 1932.
[8]. Around the time of Nin’s break with the FCCB and the expulsion of a small group of his collaborators for having formed a faction, there was a series of anti-Trotskyist articles in the BOC press, see La Batalla, 9, 16 and 23 July, 20 August, 17 and 24 September and 29 October 1931.
[9]. Before arriving in Mexico at the beginning of 1937, Trotsky did not even have a secretary to translate for him from Spanish.
[10]. The ICE repeatedly denied any political support for either group, but argued that they had a right to put their views within the international organisation. The French and German sections, in turn, criticised the ICE’s positions (A Durgan, ‘The Spanish Trotskyists and the Foundation of the POUM’, Revolutionary History, Volume 4, no 1/2, London, 1992, pp21-22; Pagès, op cit, pp30-32. The problems in the international movement that arose from Trotsky’s insistence on all sections intervening in each others’ debates are discussed in Cliff, op cit, pp300-01.
[11]. ‘Henri Lacroix’ (Francisco García Lavid) was a founder member of both the Communist Party in the early 1920s and the Spanish Opposition in February 1930. His correspondence with the PCE leadership of 14 and 15 July 1933 can be found in the party archive in Madrid; his denunciation of communism, in El Socialista 29 September 1933. The Belgian Trotskyist Georges Vereeken goes to some length to show that Lacroix was a GPU agent (G Vereeken, The GPU in the Trotskyist Movement, London, 1976, pp48-67). However, the fact that the PCE did not allow him to rejoin seems to refute this claim. According to Pierre Broué, Lacroix was lynched by Stalinist troops at the end of the Civil War when he was trying to cross the border (Trotsky, La Revolución Española, Volume 2, op cit, p536).
[12]. Vereeken, op cit, pp59-60.
[13]. The Treintistas were dissident members of the CNT who had rebelled against the FAI-dominated leadership of the unions, and had formed the ‘CNT Opposition Unions’, which were strong in Catalan industrial centres such as Sabadell, Manresa and Badalona, as well as in the Valencia region. Most would rejoin the CNT on the eve of the Civil War.
[14]. Pagès, op cit, pp70-94. The ICE was not predominantly a Catalan group as it has sometimes been portrayed, for example by Gerald Brenan, The Spanish Labyrinth, London, 1978, p223n; and P Heywood, Marxism and the Failure of Organised Socialism in Spain 1879-1936, Cambridge, 1990, p168.
[15]. Trotsky had already taken this position in early 1931 in his pamphlet The Revolution in Spain. See Trotsky, The Spanish Revolution, op cit, p78. The ICE’s position, which amounted to a change of line, can be found in JM Arenillas, The Basque Country: The National Question and the Socialist Revolution, ILP, Leeds, 1974.
[16]. For references to the BOC’s ‘Bukharinism’, see M Bizcarrondo, Octubre del 34, Madrid, 1977, p60; JL Martín i Ramos, Els orígins del PSUC, Barcelona, 1977, p48; I Molas, in his introduction to A Monreal, El pensamiento político de Joaquín Maurín, Barcelona, 1984, p8; and P Broué, La Revolución Española, Barcelona, 1977, p247. The ICE also accused the BOC of being ‘Bukharinist’, see El Soviet, 15 October 1931, and especially H Lacroix, ‘De Brandler a Maurín. La fenecida Agrupación Comunista de Madrid’, El Soviet, 12 May 1932. Felix Morrow wrote that the ‘cadre’ of the BOC ‘collaborated with Stalin in the 1924-1928 period in sending the Communist Party of China into the bourgeois Kuomintang “bloc of four classes”; in creating farmer-labor and “two-class” parties “of workers and farmers”… in a word, in the whole opportunist course of those disastrous years’ (Morrow, op cit, p103). This seems a particularly gratuitous criticism given that the only ‘cadre’ of note in the Bloc at this time was Maurín, and he was in prison between 1924 and 1927, and there is no evidence of any specific ‘collaboration’ by him or any other FCCB member with Stalin in relation to the Communist International’s China policy. Moreover, apart from the Left Opposition, most, if not all, communists accepted the Comintern’s policy at this time.
[17]. Joaquín Maurín, a teacher by profession, joined the Catalan CNT in 1918 and was the leader of its small pro-communist faction which became the Catalan Federation of the PCE in 1924. His writings, along with those of Nin and other ICE leaders, represent by far the most serious theoretical contributions made by Spanish Marxists in the 1920s and 1930s.
[18]. La Batalla, 2 June, 29 December 1932, 12 January, 9 February 1933.
[19]. La Batalla, 22 and 29 December 1932, 27 April, 26 October 1933. For a list of articles by Trotsky in the BOC press, see A Durgan, ‘Andreu Nin i la formación del POUM’, in V Alba (et al), Andrés Nin i el socialisme, Barcelona, 1998, p68n.
[20]. Letter from the ICE National Committee to the International Secretariat, 21 July 1935, Boletín Interior de la ICE, 1 August 1935, original emphasis. For the POUM’s founding programme, which was written jointly by Maurín and Nin, see POUM, Qué es y qué quiere el Partido Obrero de Unificación Marxista, Barcelona, 1936.
[21]. Letter from the ICE National Committee to the International Secretariat, 21 July 1935, Boletín Interior de la ICE, 1 August 1935.
[22]. Revolutionary Socialist Bulletin, January 1936.
[23]. Cited in J Rous, Rapport sur la fusion de la Gauche Communiste d’Espagne (Section de la LCI) et le BOC (Bloc ouvrier et paysan, Maurín), September 1935.
[24]. LD Trotsky, ‘Tasks of the Fourth International in Spain’, 12 April 1936, The Spanish Revolution, op cit, pp211-14.
[25]. J Maurín, ‘¿Revolución democrático-burguesa o revolución democrático-socialista?’, La Nueva Era, May 1936; A Nin, ‘Después de las elecciones del 16 de febrero’, La Nueva Era, February 1936. In July 1935, Maurín had denounced the Stalinists for negating the ‘historical concept of the class struggle’ and reducing the proletariat’s actions to class collaboration (La Batalla, 19 July 1935). For more examples of the party’s theoretical rejection of the Popular Front, apart from the aforementioned articles by Maurín and Nin, see Jordi Arquer’s article in La Nueva Era, February 1936, and one by the ex-ICE member José Luis Arenillas in La Nueva Era, July 1936.
[26]. LD Trotsky, ‘The Treachery of the POUM’, 23 January 1936, The Spanish Revolution, op cit, p209.
[27]. For example, J Maurín, ‘Como se plantea entre nosotros la cuestión de las relaciones del movimiento obrero con los partidos pequeño burgueses’, La Batalla, 26 July 1935.
[28]. La Batalla, 27 December 1935.
[29]. Acta del Comité Central del POUM, Barcelona, 5-6 January 1936.
[30]. La Batalla, 24 January 1936.
[31]. La Batalla, 14 February 1936.
[32]. La Batalla, 10 January 1936.
[33]. La Batalla, 13 March 1936.
[34]. La Nueva Era, February 1936.
[35]. LD Trotsky, ‘Tasks of the Fourth International in Spain’, 12 April 1936, The Spanish Revolution, op cit, pp211-14.
[36]. La Nueva Era, May 1936.
[37]. According to its own, undoubtedly exaggerated, figures, the PCE’s membership grew from 20 000 in 1935 to over 80 000 by July 1936. At the height of the Civil War, due as much to its image as the party of ‘order’, military efficiency and ‘anti-fascist unity’ as to the prestige of the USSR, the party claimed to have over 300 000 members. It also controlled the 250 000-strong JSU.
[38]. Boletín Interior del POUM, 15 January 1937.
[39]. La Batalla, 24 December 1936.
[40]. LD Trotsky, ‘The Culpability of Left Centrism’, 10 March 1939, The Spanish Revolution, op cit, p343.
[41]. The CCMA consisted of four members of the Catalan Republican Left (Esquerra Republicana de Catalunya — ERC), five anarcho­-syndicalists, four Stalinists (one from the PSUC and three representing the UGT), one POUM representative and one from the Peasants Union (Unió de Rabassaires).
[42]. ‘What is the dictatorship of the proletariat? It is the exercise of authority solely and exclusively by the working class, the annulment of all the political rights and freedom of the representatives of the enemy classes. If the dictatorship of the proletariat is that comrades…, today in Catalonia such a dictatorship exists.’ (‘El proletariado español ante la revolución en marcha’, 6 September 1936, in A Nin, La Revolución Española, Barcelona, 1978, p218)
[43]. A Nin, ‘El problema de los organos de poder en la revolución española’, Juillet. Revue Internationale du POUM, no 1, Paris-Barcelona, June 1937.
[44]. G Munis, ‘Significado histórico del 19 de julio’, Contra la Corriente, Mexico, August 1943, in Balance, no 5, October 1997.
[45]. The Generalitat Council of September 1936 consisted of four ERC representatives, three anarcho-syndicalists, one from the PSUC, UGT, POUM and the Unió de Rabassaires and a military advisor; thus the balance in favour of the forces opposed to the revolution had changed from nine to six in the CCMA to eight to four.
[46]. La Batalla, 5, 27 and 30 September 1936.
[47]. La Batalla, 20 February 1937; LD Trotsky ‘Interview with Havas’, 19 February 1937, The Spanish Revolution, op cit, p243.
[48]. The ERC had 60 000 members by 1936 and had received over 400 000 votes, 40 per cent of the total cast in Catalonia, in the 1933 elections.
[49]. This had been the case in the municipal elections in 1934, where in some villages the BOC and ERC presented joint lists, while in others the Esquerra had sided with the right, see A Durgan, BOC 1930-1936. El Bloque Obrero y Campesino, Barcelona, 1996, pp268-71.
[50]. August Thalheimer, ‘Notes on a Stay in Catalonia’, Revolutionary History, Volume 4, no 1/2, pp279-80.
[51]. The American Trotskyist Felix Morrow described the ERC as a ‘liberal-bourgeois party’ and its leadership as ‘hardened bourgeois politicians’ (Morrow, op cit, pp76, 112).
[52]. The left Republicans were the ‘political attorneys of the bourgeoisie but not the bourgeoisie itself’ (LD Trotsky, ‘The Lessons of Spain: The Last Warning’, 17 December 1937, The Spanish Revolution, op cit, pp309-10.
[53]. W Solano, El POUM en la historia, Madrid, 1999, p64.
[54]. See Pelai Pagès, ‘Andrés Nin, conseller de justicia de la Generalitat de Catalunya’, in Alba, op cit, pp79-94.
[55]. J Gorkin, ‘El error fundamental’, L’Expérience Espagnole, POUM, Paris, 1939, p7. There was only veiled criticism in La Batalla a few days later, while the party’s foreign language press justified the dissolution of the committees as ‘reinforcing revolutionary power’, see R Tosstorff, ‘Nin com a líder del POUM’, in Alba, op cit, p153. Nin took part in a Catalan government delegation to Lérida, to ensure that the local committee, in which the POUM was influential, accepted the decision to establish a new Municipal Council. Contrary to what has been claimed, the delegation was not received with hostility, and the revolutionary committee accepted the new decree, given the prestige of the POUM and CNT. See F Bonamusa, Andreu Nin y el movimiento comunista en España (1930-1937), Barcelona, 1977, pp299-300.
[56]. Solano, op cit, p64; Tosstorff, op cit, p152; J Andrade, Notas sobre la guerra civil. Actuación del POUM, Madrid, 1986, pp49-51.
[57]. La Batalla, 13 April 1936. Juan Andrade was a founder member of both the PCE and the ICE.
[58]. Gironella (Enric Adroher), ‘Sobre los errores cometidos por el POUM’, L’Expérience Espagnole, op cit, p10. One former ICE militant, Eduardo Mauricio, described the party’s participation in the Catalan government as ‘going against all revolutionary Marxist principles’ (O Emem (Eduardo Mauricio), ‘Situación Revoluciónaria. El poder — El partido’, L’Expérience Espagnole, op cit).
[59]. LD Trotsky, ‘The POUM and the Call for Soviets’, 1 October 1937, The Spanish Revolution, op cit, p299.
[60]. La Batalla, 20 April 1937.
[61]. Various leading party members have pointed to this problem, for instance, J Gorkin, ‘El error fundamental’, L’Expérience Espagnole, op cit; O Emem (Eduardo Mauricio), ‘Situación Revoluciónaria. El poder — El partido’, L’Expérience Espagnole, op cit; Célula 72, ‘Por la creación de los Consejos de Obreros, Campesinos y Combatientes’, in Comité Local de Barcelona del POUM, Boletín Interior, 23 April 1937; P Jane, ‘Por una crítica Revoluciónaria’, Boletín Interior del POUM (edited in France), no 38, 20 January 1948.
[62]. A Nin, ‘El problema de los organos de poder en la revolución española’, Juillet. Revue Internationale du POUM, no 1, Paris-Barcelona, June 1937.
[63]. LD Trotsky, ‘The Lessons of Spain: The Last Warning’, 17 December 1937, The Spanish Revolution, op cit, pp317-18.
[64]. A Nin, ‘La Federación Obrera de Unidad Sindical’, La Batalla, 15 May 1936.
[65]. Solidaridad Obrera, 6 May 1936, 10 October 1936.
[66]. A Nin, ‘El proletariado español ante la revolución en marcha’, 6 September 1936, in A Nin, La Revolución Española, op cit.
[67]. LD Trotsky, ‘For Aid for the Spanish Victims of Stalin–Negrín’, 6 October 1937, The Spanish Revolution, op cit, p299.
[68]. These criticisms were expressed principally by Josep Rebull, administrator of La Batalla, see Célula 72, ‘Contratesis Política’, Comité Local de Barcelona del POUM, Boletín Interior, 23 April 1937, and Célula 72, ‘Resolución sometida al Comité Central del POUM en octubre de 1937’, in Trotsky, La Revolución Española, Volume 2, op cit, p515. These documents, and others by Rebull, are reproduced in Balance, no 19, May 2000, and no 20, October 2000.
[69]. Boletín Interior del POUM, 15 January 1937; also see Tosstorff, op cit, p155.
[70]. The FOUS was founded in Catalonia in May 1936 and had a membership of around 50 000. In Barcelona it had some 17 000 members, its principal base being among low-paid clerks and shop-workers; most of its support from industrial workers came from outside the Catalan capital, particularly in Terrassa, and in the provinces of Girona, Lleida and Tarragona; see A Durgan, ‘Sindicalismo y Marxismo en Catalunya 1931-1936’, Historia Social, no 8, Valencia, 1990, pp29-45; also Durgan, BOC, op cit, pp443-74. On Marxist unions in Barcelona, see A Durgan, ‘The Search for Unity: Marxists and the Trade Union Movement in Barcelona 1931-1936’, in A Smith (ed), Red Barcelona: Social Protest and Labour Mobilisation in the Twentieth Century, London, 2002, pp108-26.
[71]. The PSUC was founded a few days after the beginning of the war by the social democratic Catalan Socialist Union (Unió SociaIista de Catalunya), the radical nationalist Catalan Proletarian Party (Partit Català Proletari) and the local PCE and PSOE. It had less than 3000 members at its foundation, half being from the USC, but it claimed 50 000 by March 1937; for the different sources relating to the PSUC’s initial membership, see Durgan, BOC, op cit, p426, n84.
[72]. Butlletí de la Unió General de Treballadors. Secretariat de Catalunya, 15 December 1936.
[73]. POUM Central Committee meeting, 27 June 1937, El proceso del POUM, Barcelona, 1989, p561.
[74]. La Batalla, 21 January 1937.
[75]. La Batalla, 14 March 1937.
[76]. LD Trotsky, ‘Is Victory Possible in Spain?’, 23 April 1937, The Spanish Revolution, op cit, pp260-61.
[77]. By December 1937, there were claimed to be around 15 000 anti-fascist prisoners in the Republican zone, a thousand of whom were believed to have been POUM members, see Juventud Obrera, 30 November 1937. According to one former POUM member, about 50 party members were murdered by the Stalinists prior to the end of the war in 1939 (V Alba, El Marxismo en España, Volume 2, Mexico, 1973, p521).
[78]. La Batalla, 4 May 1937.
[79]. Solano, op cit, p94.
[80]. ‘Reunión del Subsecretariado Internacional del POUM, 14 de mayo 1937. Informe del camarada Gorkin sobre las jornadas de mayo’, reproduced in Balance, June 1995.
[81]. Célula 72, ‘Las jornadas de Mayo’, Comité Local de Barcelona del POUM, Boletín Interior, 29 May 1937.
[82]. ‘El significado y alcance de las jornadas de mayo frente a la contrarrevolución’ (POUM Central Committee Manifesto), 12 May 1937, in A Nin, La Revolución Española, op cit, p286.
[83]. LD Trotsky, ‘On the Revolutionary Calendar’, 22 October 1937, The Spanish Revolution, op cit, p303.
[84]. LD Trotsky, ‘A Test of Ideas and Individuals Through the Spanish Experience’, 24 August 1937, The Spanish Revolution, op cit, p279.
[85]. Boletín Interior del POUM, 15 January 1937.
[86]. Solano, op cit, p97.
[87]. ‘Reunión del Subsecretariado Internacional del POUM, 14 de mayo 1937. Informe del camarada Gorkin sobre las jornadas de mayo’, Balance, June 1995.
[88]. Gironella (Enric Adroher), ‘Sobre los errores cometidos por el POUM’, L’Expérience Espagnole, op cit.
[89]. For an account of Trotskyist activity in Spain during the Civil War, see P Pagès, ‘Le mouvement trotskyste pendant la guerre civile d’Espagne’, Cahiers Leon Trotsky, no 10, Grenoble, June 1982, pp47-65; A Guillamón (ed), Documentación histórica del trosquismo español (1936-1948), Madrid, 1996, and Revolutionary History, Volume 4, no 1/2.
[90]. Morrow, op cit, p60.
[91]. See the letter from Andrade to Nin, 4 May 1936, which talks about ‘our international organisation’, in Guillamón, op cit, pp44-46.
[92]. Tosstorff, op cit, p169.
[93]. Nicola di Bartolomeo testified to the generally good relations at first between Rous, himself and ex-ICE leaders such as Nin, Molins i Fábrega and, especially, Andrade. Di Bartolomeo himself interviewed Nin on the night of 18 July (N di Bartolomeo, ‘The Activity of the Bolshevik-Leninists in Spain and its Lessons’, Revolutionary History, Volume 4, no 1/2, pp230-34; Fosco, ‘Espagne, Mai 36-Janvier 38’, La Vérité, 1 June 1938, cited in Guillamón, op cit, p179).
[94]. N di Bartolomeo, ‘The Activity of the Bolshevik-Leninists in Spain and its Lessons’, Revolutionary History, Volume 4, no 1/2, p234.
[95]. It was agreed that articles by Trotsky would appear on a weekly basis in La Batalla on its front page, see Fosco, ‘Espagne, Mai 36-Janvier 38’, La Vérité, 1 June 1938, cited in Guillamón, op cit, p183.
[96]. N di Bartolomeo, ‘The Activity of the Bolshevik-Leninists in Spain and its Lessons’, Revolutionary History, Volume 4, no 1/2, p234.
[97]. LD Trotsky, ‘Letter to Jean Rous’, 16 August 1937, The Spanish Revolution, op cit, p240.
[98]. LD Trotsky, ‘Letter to Victor Serge’, 19 August 1936, The Spanish Revolution, op cit, pp241-42.
[99]. Trotsky, La Revolución Española, Volume 2, op cit, p22.
[100]. LD Trotsky, ‘Letter to the International Secretariat’, 27 July 1936, The Spanish Revolution, op cit, pp230-33. On responses to this letter, see P Broué’s note in Trotsky, La Revolución Española, Volume 2, op cit, pp48-49n.
[101]. The original stated ‘only people like Maurice Paz or Marceau Pivert can believe that Daladier is capable of purging the army of reactionaries and fascists… But no one takes such people seriously.’ In La Batalla the part in italics was cut out and replaced with ‘only naïve people’ (LD Trotsky, ‘The Lessons of Spain’, 30 July 1936, The Spanish Revolution, op cit, pp234-39; La Batalla, 22 August 1936).
[102]. Solano, op cit, p109.
[103]. LD Trotsky, ‘Interview with Havas’, The Spanish Revolution, op cit, p242-44; La Batalla, 21 February 1937. The first article to reply to Trotsky’s criticisms was ‘A propósito de unas declaraciones de Trotsky sobre el POUM’, La Batalla, 25 March 1937.
[104]. LD Trotsky, ‘The POUM and the Popular Front’, 16 July 1936, The Spanish Revolution, op cit, p219.
[105]. LD Trotsky, ‘The Lessons of Spain: The Last Warning’, 17 December 1937, and ‘The Culpability of Left Centrism’, 10 March 1939, The Spanish Revolution, op cit, pp318, 345.
[106]. J Rous, ‘Spain 1936-39: The Murdered Revolution’, Revolutionary History, Volume 4, no 1/2, p397.
[107]. Serge, cited in Vereeken, op cit, p161. While some of Vereeken’s claims are somewhat fanciful, the GPU obviously did play a disruptive role within the international Trotskyist organisation in the 1930s. The most notorious case was that of Marc Zborowski (Etienne), who was a leading figure within the International Secretariat during the Spanish Civil War and later confessed in the USA to having been a GPU agent at this time.
[108]. Trotsky, La Revolución Española, Volume 2, op cit, p322, n85.
[109]. According to the Belgian Trotskyists, the Spanish Bolshevik-Leninist group had 33 members in early 1937 (Trotsky, La Revolución Española, Volume 2, op cit, p93n). According to Guillamón (op cit, p24, n10) in May 1937 there were 30 in the BL group and eight in Le Soviet. An internal report by Erwin Wolf claimed that in June 1937 there were 26 members in the group (17 in Barcelona), of which only five were foreigners (BN, ‘Rapport Interieur’, Barcelona, 6 July 1937, in ibid, p139). Munis claimed the majority of the BL group were Spanish by April 1937 (G Munis, ‘Carta a Trotsky’, 22 April 1937, in ibid, p121). The Bolshevik-Leninists’ paper La Voz Leninista was published for the first time on 5 April 1937 and then again on 23 August 1937 and 5 February 1938. The intention was to publish it on a bimonthly basis. See G Munis, ‘Carta a Trotsky’, in ibid, p121.
[110]. ‘Informe de actividad del grupo BL en Barcelona’, in Guillamón, op cit, p58; see also Vereeken, op cit, pp176-77.
[111]. BN, ‘Rapport Interieur’, in Guillamón, op cit, p141; Morrow, op cit, p139, speaks of the BLs establishing ‘close contacts with the anarchist workers, especially the Friends of Durruti’; A Guillamón, The Friends of Durruti Group 1937-1939, Edinburgh, 1996, pp94-106, deals in detail with the Trotskyists’ supposed relations with the Friends of Durruti.
[112]. La Voz Leninista, 5 April 1937.
[113]. BN, ‘Rapport Interieur’, in Guillamón, Documentación, op cit, p141.
[114]. He also criticised them for not doing trade union work (BN, ‘Rapport Interieur’, in Guillamón, Documentación, op cit, pp139-40).
[115]. See the report of the Amsterdam Conference of the Bureau for the Fourth International, 11-12 January 1937, at which the Belgian–Dutch line won the support of the majority present, reproduced in Pierre Broué’s appendices to LD Trotsky, La Revolución Española, Volume 2, op cit, pp422-37. Apart from the French PCI through the El Soviet group, the US Revolutionary Workers League, through Russell Blackwell, tried to work within the POUM.
[116]. Russell Blackwell identified eight different tendencies within the POUM in December 1936, see Political Tendencies Inside the POUM (Preliminary Report), Barcelona, 8 December 1936; also see ‘Comentarios a la reunión del Comité Central ampliado del POUM’, Boletín editado por el grupo Bolchevique Leninista de España (IV Internacional), January 1937.
[117]. J Andrade, ‘Preface’ to A Nin, Los problemas de la Revolución española, Paris, 1971, p8.
[118]. Juventud Comunista, 10 June 1937.
[119]. A few POUM militants joined the Trotskyists, for example a former ICE leader from Llerena, Eduardo Mauricio. In the early 1950s, the POUM adopted a State Capitalist analysis of the USSR and the Eastern Bloc, see the extract from Tony Cliff’s State Capitalism in Russia, ‘Sobre la estructura social de la URSS. La burocracia en la industria’, La Batalla (Paris), 8 April 1951, and the articles by Ignacio Iglesias, La Batalla (Paris), 19 July 1950, 25 August 1951, 10 October 1951, 12 November 1951, 15 December 1951; these were reproduced in POUM (Cuadernos de La Batalla) ‘La URSS: de la revolucón socialista al capitalismo de Estado’; see also ‘Resolución de la Conferencia del POUM. La naturaleza social del regimen ruso’ (25 May 1953), La Batalla, 1 August 1953. The POUM did not ‘disband after the Civil War’ (Cliff, Trotsky, op cit, p284n); after a period of clandestine activity in the late 1940s, it was basically an exile organisation until the 1970s, when it took part in a failed attempt to unite various revolutionary Marxist groups. La Batalla last appeared in 1980.
[120]. LD Trotsky, ‘No Greater Crime’, 15 July 1939, The Spanish Revolution, op cit, p351.
[121]. Maurín was caught in the Francoist zone at the beginning of the war.
[122]. Tosstorff, op cit, p163.
[123]. According to Fosco, in August 1936 Andrade had been talking of organising a faction ‘to struggle against the centrism of Nin’ (N di Bartolomeo, ‘The Activity of the Bolshevik-Leninists in Spain and its Lessons’, Revolutionary History, Volume 4, no 1/2, p234). This claim is dismissed by the former POUM militant Albert Masó in his letter of 5 May 1998, which criticises various aspects of the collection of Bolshevik-Leninist documents edited by A Guillamón, Documentación, op cit; see Balance, August 1998, which also includes Guillamón’s reply.
[124]. Rebull’s documents were published signed by Célula 72 in the Barcelona Local Committee’s Boletín Interior, 23 April 1937 and 29 May 1937; and are reproduced, along with subsequent writings by him in Balance, no 19, May 2000 and no 20, October 2000. Munis would claim, wrongly, that the majority of the party’s Local Committee in Barcelona was in ‘total agreement’ with his group (G Munis, ‘Carta a Trotsky’, in Guillamón, Documentación, op cit).
[125]. See Broué’s comments in Trotsky, La Revolución Española, Volume 2, op cit, p119n. Munis, writing in December 1937, spoke of his group’s ‘near total isolation’ (‘Lettre à Klement’, Barcelona, 29 December 1937, in Guillamón, Documentación, op cit, p168). Despite this isolation, a few days after the POUM being made illegal, the BLs issued an appeal to the POUM left and the Amigos de Durruti which spoke of how the ‘old POUM’ had died, and now it was time to build the ‘POUM of the Fourth International’, see Comité de la Sección Bolchevique-Leninista de España, ‘El viejo POUM ha muerto’, Barcelona, 26 June 1937, in ibid, pp132-35.
[126]. J Molyneux, Leon Trotsky’s Theory of Revolution, Brighton, 1981, p185; Duncan Hallas speaks of a ‘near messianism in Trotsky’s conceptions’ at this time (D Hallas, Trotsky’s Marxism, London, 1979, p95); Tony Cliff also refers to the ‘semi-messianic spirit’ affecting the Fourth International (Cliff, op cit, p306).
[127]. LD Trotsky, The Death Agony of Capitalism and the Tasks of the Fourth International, London, 1972, p12.
[128]. LD Trotsky, ‘The Founding of the Fourth International’, Writings of Leon Trotsky 1938-39, New York, 1974, p87.
[129]. LD Trotsky, ‘The Lessons of Spain: The Last Warning’, 17 December 1937, The Spanish Revolution, op cit, p326.
[130]. Hallas, op cit, pp103-04.
[131]. He also criticised them for not doing trade union work (BN, ‘Rapport Interieur’, in Guillamón, Documentación, op cit, pp139-40).
[132]. LD Trotsky, Letter to A Nin, 12 December 1930, The Spanish Revolution, op cit, p383.
[133]. LD Trotsky, ‘Tasks of the Fourth International in Spain’, 12 April 1936; ‘To the Editorial Board of Lutte Ouvrière’, 23 March 1937, The Spanish Revolution, op cit, pp211, 250.
[134]. LD Trotsky, ‘Is Victory Possible in Spain?’ 23 April 1937; ‘The Insurrection in Barcelona’, 12 May 1937, The Spanish Revolution, op cit, pp262, 266.
[135]. LD Trotsky, ‘A Strategy for Victory’, 25 February 1937, The Spanish Revolution, op cit, p245.
[136]. LD Trotsky, ‘The Culpability of Left Centrism’, 10 March 1939, The Spanish Revolution, op cit, p346.
[137]. LD Trotsky, ‘The Class, the Party and the Leadership’ (unfinished), 20 August 1940, The Spanish Revolution, op cit, pp358-59, 362-63.
[138]. This participation was rejected for security reasons, see the minutes of the founding congress in Cahiers Leon Trotsky, no 1, January 1979 (thanks of Reiner Tosstorff for drawing my attention to this information). According to Wilebaldo Solano, the POUM representative to the congress, Narcis Molins i Fábrega, failed to turn up at the appointed rendezvous, having been deliberately misled by the GPU agent Marc Zborowski (Etienne) (Solano, op cit, p210).

Edición digital de la Fundación Andreu Nin, 2015

El POUM y la guerra civil española (Francisco de Cabo,1987)

La guerra civil española fue el período más feliz de nuestras vidas. Entonces nos sentimos felices, pues cuando la gente moría, parecía como si su muerte estuviera justificada y fuese importante.Habían muerto por algo en lo que creían…

Ernest Hemingway: prefacio a The Creat Crusade (1940)
 

Introducción

La guerra civil española de 1936-39 es, después de la Revolución Rusa de 1917, el acontecimiento revolucionario más importante europeo de este siglo. De otra manera no se explica que a medio siglo vista aún se publiquen libros y más libros -ya se cuentan por millares- y se organicen continuamente simposiums y encuentros internacionales en los que renombrados historiadores de oficio y sesudos intelectuales segreguen su humor amarillento, de sabor amargo, como expertos “futurólogos del pasado” intentando en la época actual, justificar sus posiciones de antaño, y la inundación, que casi nos arrastra, de jóvenes investigadores, con sus tesis, que nos licencian las universidades año tras año que, objetivamente, pretenden ser neutrales por su distanciamiento en el tiempo de los hechos, pecando de un academicismo petulante propio de la juventud e incluso, por omisión predeterminada, de partidismo descarado.

Empleo un método, como si efectuara un análisis de laboratorio, para conocer la ideología política de los historiadores que se esconden tras una seudo-objetividad. ¡Es infalible! Me refiero a la descripción e interpretación de los Hechos de Mayo como asimismo del horrible asesinato de Andreu Nin. Constituyen la piedra de toque para medir la consistencia de su honradez histórica.

Un ejemplo que es imprescindible remarcar por el prestigio del historiador es el de Pierre Vilar. A cincuenta años de los hechos y con centenares de testimonios tanto escritos como orales de los que participaron, incluso de dirigentes comunistas de la época, en unas pocas líneas, haciendo gala de un humor bilioso, el señor Pierre Vilar, en su libro recién publicado La guerra civil española, traducción de La Guerre d’Espagne de la colección Que sais-je de Presses Universitaires, sentencia: “Los Hechos de Mayo han inspirado toda una literatura. A menudo a partir de la narración de Orwell, el testimonio más despistado (el subrayado es mío) del combate más confuso. Esta agonía de la revolución ha hecho llorar mucho a las universidades americanas”. “El POUM, con una bonita fórmula acusaba a los comunistas ortodoxos de querer transformar la guerra civil en guerra imperialista”, sin mencionar de dónde ha copiado esta consigna como es el deber de un historiador serio. Y remata esta página de antología antihistórica con estas palabras sobre las consecuencias de los Hechos de Mayo: “Para el POUM, es una marginación; el PSUC quería un proceso de espionaje, calcado sobre los de Moscú (¿Era sólo el PSUC?) exactamente contemporáneos; la justicia republicana lo considera sólo una insubordinación en tiempos de guerra, castigada con la simple prisión. Pero Nin, transferido a Madrid al comienzo de la insurrección, desaparece a manos de una policía paralela”. Para el serio historiador Pierre Vilar, Nin se esfumó como una sombra. Las policías paralelas son una creación del capitalismo de la posguerra. Incluso en este aspecto represivo los estalinianos se adelantaron como la vanguardia que eran, ya que habían dejado de serlo del proletariado, de la represión, con centenares de asesinatos de militantes no sólo poumistas sino también anarquistas y socialistas; prisiones clandestinas, torturas, persecuciones sistemáticas, etc. El Comité Ejecutivo del POUM fue exonerado de las burdas acusaciones del proceso “calcado sobre los de Moscú” pero fue condenado a varios años de prisión como reo del delito terrible de “querer superar la República democrática e instaurar sus propias concepciones sociales”. Para el señor Pierre Vilar todo se limitó a “una marginación”, sin darse cuenta que el que queda marginado es él, con su ocultación y tergiversación de la verdad histórica.

Toda historia debe relatar el desarrollo de los hechos tal como ocurrieron pero, al mismo tiempo, hacer comprender al lector para que, por lo menos, éste saque la conclusión del porqué de los mismos, es decir, de las causas históricas que lo motivaron. Ni el azar ni la aventura intervienen en los acontecimientos históricos y los grandes hombres que han jugado un papel preponderante en la historia, no pudieron, por si solos, alterar el curso básico del desarrollo histórico, el cual, a su vez, se compone de un cúmulo de diversos factores objetivos que, en ese preciso momento histórico -no antes ni después-, han llegado a su punto de madurez. La conjunción de los factores objetivos y subjetivos en el proceso histórico es fundamental para un cambio radical revolucionario. Napoleón, si hubiera nacido en otra época, se habría limitado a ser un buen teórico y profesor militar e incluso un brillante hombre de Estado pero no hubiera cambiado la faz del mapa político de Europa y si Lenin hubiera nacido a principios del siglo pasado en lugar de al término del mismo, no habría cambiado, en la forma que lo hizo, el destino de Rusia y del mundo. Cuando no se da esta simbiosis entre causa y efecto es cuando fracasan estos saltos prodigiosos hacia adelante en la historia de la humanidad. Esto es lo que ocurrió en España. Desafortunadamente, no sincronizaron los factores objetivos y subjetivos determinantes.

A pesar de que España, según la jerga de los economistas, en estos últimos años, ha pasado de ser un país subdesarrollado a un país en vías de desarrollo, se yuxtaponen, en un mosaico de nacionalidades y regiones, estadios distintos e incluso superpuestos de desarrollo histórico, desde el feudo latifundista, en sus diversas etapas de evolución, con un estancamiento cultural y relaciones sociales arcaicas, cuyo conglomerado social, con sus diversos escalafones sociales medios, es el que provee de militares, fuerzas de represión, personal a la Iglesia y burócratas, que se incrustan como garrapatas al aparato del Estado -base social del franquismo- hasta la periferia industrial, en que coexisten fases desiguales de desarrollo de los medios de producción, que, por sus mismas estructuras subdesarrolladas de relaciones que domina el conjunto, crean desequilibrios ahogando su expansión y debilitándola política y socialmente. No es por el sobado “carácter anárquico, individualista del español” que España, a diferencia de los países más desarrollados, ha carecido y carece de una clase burguesa potente y progresista dentro de los cánones de la propiedad privada y economía de mercado, es decir, del capitalismo. Su espacio lo ocupa, actualmente, podríamos decir, por delegación, el reengendrado PSOE, cuyos dirigentes son meros “ejecutivos” administrativos de la sociedad anónima estatal. Esta incoherencia distorsionante del conjunto de la estructura social española, condiciona, asimismo la formación de las organizaciones obreras creando una heterogeneidad ideológica no fácil de captar. Ningún precedente histórico, por aleccionador y exitoso que haya sido, puede sustituir al análisis directo de una situación nacional concreta. Todos los caminos llegan a Roma pero cada uno es diferente. Sin embargo, estos rasgos distintivos, por muy acentuados que sean, tienen límites históricos. Nuevas condiciones históricas pueden modificarlos. y están sujetos a los procesos predominantes de la economía y la política mundiales que pueden alterarlos. Según Trotski, “la peculiaridad nacional es el producto más generalizado de la desigualdad del desarrollo histórico, su resultado final”. Tomemos por ejemplo el Partido Socialdemócrata alemán y el Partido Laborista inglés, cuyas diferencias notorias, tanto en la práctica como en la teoría, son el resultado de los diferentes trasfondos históricos, de sus procesos de desarrollo desiguales.

Una caracterización diferencial, que no se dio en ningún otro país de Europa, y que influyó, de una manera determinante en el desenvolvimiento revolucionario obrero español hasta la la guerra civil, fue el anarquismo, en sus diversas tendencias, con predominio, aunque parezca a primera vista paradójico, en Cataluña y Andalucía. En España encontró campo abonado para que fructificara la prédica anarquista de Giuseppe Fanelli, que vino a propagar, a finales de 1886, las ideas de la Internacional y, sobre todo, del anarquismo de Bakunin, el cual se diferenciaba más por los diferentes estadios de desarrollo respectivos, industrial en Cataluña, latifundista en Andalucía, que por las diversas tendencias de sus teóricos: Bakunin, Kropotkin, Malatesta, etc. Angel Marvaud, en La Question Sociale en Espagne, en pocas líneas, aclara esta aparente contradicción:” El anarquismo andaluz es un anarquismo con crisis agudas pero breves; los levantamientos en esta parte de la Península, más que actos reflexionados y preparados de antemano, hacen pensar en una serie de incidentes de extrema gravedad, pero sin dirección, sin otro impulso que el hambre y la cólera. El anarquismo catalán es mucho más temible porque es menos impulsivo y mucho más organizado. Es también más “intelectual”. Barcelona es el cuartel general del anarquismo en España”. Toda comparación es relativa, depende del parámetro en que se basa.

Del 19 al 26 de junio de 1870, tuvo lugar el Congreso de fundación de la Internacional. Después de años de pasar las vicisitudes propias de su militancia ácrata, surgió de nuevo de la clandestinidad en 1881 celebrando un Congreso en Barcelona, consiguiendo reagrupar unos 50.000 afiliados, de los cuales 30.000 eran andaluces y 13.000 catalanes.

Paralelo al auge económico de España en los años de la primera guerra mundial- debido a su neutralidad- fue el aumento vertiginoso del proletariado industrial. A finales de 1918 los afiliados de la CNT en Cataluña superan los 300.000. En junio de 1922, en el Congreso de Zaragoza, la CNT rompe definitivamente con la Internacional Comunista y la Internacional Sindical Roja. En diciembre de 1922 se adhiere a la nueva AIT aportando el 50% de los afiliados de esa internacional, es decir, que en España estaban adheridos la mitad de todos los militantes anarquistas del mundo. En el verano de 1931 irrumpe la FAI, surgida del mismo seno de la CNT, influyendo decididamente en la misma con sus postulados extremistas anarcos aportando más confusión ideológica. En agosto de 1931 se dio a conocer el famoso “Manifiesto de los Treinta”, denominado así porque lo firmaban treinta destacados sindicalistas con Juan Peiró y Ángel Pestaña a la cabeza, que, en su esencia, proclamaba un reformismo sindicalista enfrentado a la praxis revolucionaria de la FAI, la cual, reaccionando violentamente, en nombre, “Oh, paradoja!, del comunismo libertario, expulsó a todos los dirigentes impuros (treintistas, marxistas, etc.) consiguiendo hacerse dueña absoluta de la CNT. Estas divergencias no impidieron que durante la guerra civil, “faistas” y “treintistas” colaboraran juntos con los gobiernos de Largo Caballero y Negrin e incluso con la Junta del Coronel Casado-Besteiro para dar la puntilla final a la consigna de primero ganar la guerra. El 1° de Mayo de 1936 (dos meses y medio antes del 19 de julio) tuvo lugar el IV Congreso de la CNT, asistiendo 649 delegados por 982 sindicatos que representaban a 550.000 afiliados.

Me he detenido en la descripción del movimiento anarcosindicalista español para poner de relieve su influencia, su importancia numérica y su protagonismo revolucionario dentro del contexto del movimiento obrero, especialmente en Cataluña. No se puede comprender ni juzgar debidamente el estallante principio revolucionario de la guerra civil y el deplorable desenlace de la misma sin tener en cuenta el papel decisivo, negativo a la larga, de la CNT, en las primeras semanas (Stalin demoró tres meses en meter la cuchara en España) en Cataluña, bastión de la revolución.

En las épocas normales, el Estado juega el supuesto papel de árbitro; “la administración de las cosas” corre a cargo de una élite privilegiada de las clases altas que se sitúa por encima del pueblo llano: monarcas, presidentes, ministros, gobernadores, jueces, alta jerarquía clerical y militar, burócratas, la gran prensa, etc. En las épocas de crisis revolucionarias las masas desbordan, cual mar embravecido, las defensas del Estado, derribando a su paso cuánto obstáculo encuentran en su camino. En este momento álgido de la cresta de la historia es cuando las masas se desprenden de sus ataduras ancestrales: religiones castradoras, las sumisiones morales que les han inculcado, rencores heredados de generaciones, etc., y por la otra parte, en las élites del poder, sale a relucir su verdadera faz: su soberbia, sinónimo de menosprecio, su prepotencia, su incomprensión y su miedo histriónico. Con otras palabras, sale a la luz pública la división descarada de la sociedad en clases y cada una se sitúa en el lugar que le corresponde. Ya no valen los engaños y los circunloquios. Esto es lo que ocurrió en las jornadas de julio de 1936 en España. El gobierno del Frente Popular, a cuya creación contribuyó el tándem Dimitrov- Stalin con su viraje de 180 grados en el VII congreso de la III Internacional, se derrumbó a la primera embestida de las dos fuerzas sociales antagónicas. Los resortes del poder se derribaron estrepitosamente: ejército, policía, guardia civil, burocracia, etc. El Gobierno nonato de Martínez Barrio, que sustituyó al de Casares Quiroga, en un intento desesperado de pactar con los rebeldes, concediéndoles todo lo que quisieran, se convirtió en una entelequia. El general Mola, el cerebro estratega de la sublevación cívico-militar, ante un llamamiento desesperado de Martínez Barrio, le contestó: “Si llegamos a un acuerdo la primera cabeza que rodaría sería la mía. Y lo mismo le ocurriría a usted en Madrid. Ninguno de los dos podernos ya dominar a nuestras masas”. El general sublevado comprendía mejor que el político profesional el momento histórico que vivíamos.

La clase obrera española, desde el mismo 19 de julio de 1936, dio pruebas fehacientes de un gran espíritu de lucha doblado de una inteligencia intuitiva de clase al demostrar que sí sabía lo que no quería. Lo que sorprendió no sólo a los gobernantes republicanos burgueses sino también a los líderes y comités de las centrales obreras y de los partidos de la izquierda social. Los dirigentes de los partidos obreros, desde el primer momento, fueron desbordados por las masas. Iban a la zaga de los acontecimientos. De dirigentes se convirtieron en dirigidos y comenzaron a maniobrar desde sus cargos no para encauzar y dirigir a la revolución en marcha sino para frenarla. Sólo en los comunards parisinos podemos encontrar un precedente histórico de la espontaneidad revolucionaria de las masas. La clase obrera española, forjada y templada por la lucha revolucionaria de décadas anteriores: 1909, 1917, 1921-23, 1931, 1934, organizó la resistencia, con una audacia sin parangón, a la contrarrevolución preventiva y, sin solución de continuidad, sobre la marcha, sin ninguna regla y compás, creó los Comités de Milicias Antifascistas, las Patrullas de Control Revolucionario y la organización de la vida económica en tiempo de guerra civil a través de las colectivizaciones en la industria y en el agro. El gobierno central y los autonómicos, en los que estaban representados los líderes de las organizaciones obreras, se limitaron a dar validez legal a los hechos consumados.

La creación del Partido Obrero de Unificación Marxista (POUM) fue la culminación de un proceso de unidad que arrancaba, en el plano internacional, de la toma del poder por los nazis en Alemania y, en España, del triunfo electoral de la reacción causado por la política nefasta de la coalición republicana-socialista en el primer bienio y la abstención de las masas de la CNT que siguieron la consigna de su dirección. El fascismo, como las revoluciones proletarias se adaptan a las peculiaridades del desarrollo desigual de cada nación: Italia, Portugal, Austria, Alemania, eran regímenes de carácter fascista en términos generales pero diferentes en sus métodos de ejercerlo. Como en España, lo mismo que en Polonia y el Portugal de aquel entonces, aún predominaba la economía agraria, con una burguesía subdesarrollada, conjeturábamos que el fascismo se basaría en el ejército como su principal instrumento. En el trabajo que se publicó en forma de folleto, a fines de 1931, de Andreu Nin, éste escribía: “España es un país eminentemente agrícola, el 70% de la población trabajadora está dedicada a las labores del campo. El peso específico de la producción agrícola es superior al de la industria.. Lo que da la nota en nuestra economía agraria es la gran propiedad semifeudal, dominante sobre todo en el sur, caracterizada por la existencia de haciendas inmensas, mal cultivadas o absolutamente incultas, y de una masa campesina miserable y cruelmente explotada. He aquí una cifras que constituirán, con una irrebatible evidencia, la ilustración más elocuente de lo que decimos. De los 50 millones de hectáreas que forman nuestro territorio, más de 31 millones están sin cultivar, y de los 5 millones de campesinos que hay en el país, 4 y 1/2 millones no poseen tierras. Este es el resultado directo de la persistencia del latifundio en nuestro país. La industria, excepción hecha de algunos islotes esparcidos aquí y allá en el mar de nuestro atraso económico, apenas ha salido del período manufacturero. Sólo en la industria metalúrgica, en Vizcaya, ha alcanzado una relativa madurez. En cuanto a Cataluña, la región más importante de España desde el punto de vista de la producción global, la industria textil, que es la dominante, está dividida en gran número de pequeños establecimientos mal utillados… La estructura económica del país hallaba su expresión política en la monarquía, la cual se apoyaba en el caciquismo de los grandes terratenientes, en la Iglesia, que contaba -y cuenta aún- con una poderosa base económica, en un enorme aparato burocrático-policiaco-militar y en un centralismo despótico y regresivo, que ahogaba todos los focos vitales del país. Ese régimen politico-económico constituía un obstáculo insuperable al desarrollo de las fuerzas productivas del país. La ausencia de una burguesía suficientemente fuerte para tomar la dirección del país y la descomposición general del régimen, explican el papel importante desempeñado en la vida política española por el ejército, única fuerza sólidamente organizada, centralizada y disciplinada que existía.”.

El frente único de la reacción, a pesar de sus antagonismos y contradicciones internas, se iba perfilando en el horizonte con una claridad meridiana. Ante ese compacto bloque que se nos venía encima era imprescindible y urgente unirnos si no queríamos correr la misma suerte de los pueblos en los cuales había tomado el poder, en sus diferentes matices, el fascismo, nombre que hizo fortuna al adoptarlo el primer país fascista de Europa: Italia.

Las organizaciones obreras que responden a su razón de ser son las que sostienen el principio fundamental de la lucha de clases. Pues bien, tanto la Izquierda Comunista como el Bloque Obrero y Campesino respondían a esta premisa. Ya durante los primeros tiempos de la República, se habían lanzado llamamientos en favor de la unificación de todos los grupos o tendencias comunistas por parte de la Oposición trotskista y la Federación Catalano-Balear, pero sin el menor resultado, quizá por ser todavía prematuro y precisarse cierto periodo de trasvase. El primer paso serio, que a la larga seria determinante, fue la creación de la Alianza Obrera, en diciembre de 1933 en Cataluña y en marzo de 1934 en Asturias, principalmente, con el propósito de establecer un frente único obrero capaz de impedir el triunfo de la reacción. El documento que dio fe del nacimiento de la Alianza en Cataluña está fechado el 9 de diciembre de 1933 y entre otras cosas dice: “Las entidades abajo firmantes, de tendencias y aspiraciones doctrinales diversas, pero unidas en un común deseo de salvaguardar las conquistas conseguidas hasta hoy por la clase trabajadora española, hemos constituido la Alianza Obrera para oponernos al entronizamiento de la reacción en nuestro país, para evitar cualquier intento de golpe de Estado o instauración de una dictadura.” El documento lo firmaron todas las organizaciones obreras menos el Partido Comunista que asistió a las primeras gestiones de constitución pero luego manifestó su disconformidad. retirándose, y la CNT, ya entonces en manos de la FAI, que, por principio. no pactaba con los marxistas, excepto en Asturias donde se impusieron los partidarios de la Alianza Obrera. El Partido Comunista combatió sin descanso a la Alianza Obrera publicando un folleto especial que tituló “La Alianza Obrera es la Santa Alianza de las Contrarrevolución”. Pero en una de sus volteretas políticas a que nos tenia acostumbrados. en el mes de septiembre solicitó su ingreso a la Alianza Obrera. En Cataluña el PC entró en la Alianza Obrera el 4 de octubre de 1934 cuando ya se había acordado la huelga general revolucionaria. En Asturias ni siquiera hubo tiempo de cumplir esa formalidad. En la insurrección de octubre de 1934 la Alianza Obrera, compuesta absolutamente por todas las tendencias del movimiento, incluyendo los anarcosindicalistas, se convirtió en una nueva Commune proletaria aislada, abandonada a su suerte, lo que se haría muy extenso analizar ahora aquí. Lo que si es necesario decir es que la lucha heroica de los trabajadores asturianos sentó las bases para el establecimiento de un mejor clima político, dejando de lado viejas querellas y confrontaciones entre los diversos grupos obreros, lo cual se confirmó en julio de 1936.

Todos los partidos obreros que después formaron el PSUC estalinista, junto con el Bloque Obrero y Campesino y la Izquierda Comunista, entablaron conversaciones en febrero de 1935 con el propósito de fundar un solo Partido, anhelo de todos. A las primeras de cambio aparecieron las discrepancias, algunas de ellas con el propósito deliberado de hacer fracasar la unificación, que tanto deseaban las bases de los partidos respectivos. En esa primera reunión se consiguieron los siguientes acuerdos mínimos: “1º- Los reunidos reconocemos la necesidad de unificar las fuerzas marxistas existentes; 2°- La unificación será llevada a cabo sobre la base del marxismo revolucionario, que supone, a) desarrollarse con independencia de todo partido burgués, b) toma violenta del poder a través de la insurrección armada y c) instauración transitoria de la dictadura del proletariado.”En Abril de 1935 tuvo lugar la segunda reunión en la cual las discrepancias aparecieron claramente definidas. Como preveíamos, el Partido Comunista exigió que se excluyera a la Izquierda Comunista, proposición que no fue aceptada. La Unión Socialista de Catalunya. insistió que antes se tenían que unir los partidos comunistas por un lado y los socialistas por otro, argumento capcioso que indicaba ya por dónde venían los tiros. La última reunión se celebró el 13 de abril con la asistencia de todos. En la segunda no había participado el PSOE (Sección catalana). Esta última junto con la Unió Socialista de Catalunya coincidieron en afirmar que el partido marxista que se quería crear ya existía y no era otro que el PSOE y el Partido Comunista insistió que la unificación se había de conseguir únicamente a través de la Internacional Comunista.

Tampoco fructificó la unificación entre los que restaron debido a que el Partit Català Proletari entendía que el nuevo partido debía ser exclusivamente catalán, tesis respetable pero que la Izquierda Comunista y el Bloque Obrero Campesino no podían suscribir ya que en el primero la mayoría de sus militantes residían fuera de Cataluña y el segundo aspiraba a expandirse por el resto de la península. La ruptura amigable se llevó a cabo en junio de 1935.

La creación del POUM

A pesar de las defecciones de las demás organizaciones el BOC y la IC continuaron con su intento de unificación. A los que pertenecíamos a la IC el aislamiento en que nos encontrábamos ante el clamor de unidad, que era arrollador entre los trabajadores, frente al avance peligroso de la reacción, nos empujaba a propiciar una organización donde tuviéramos la posibilidad de poner en práctica nuestro programa político en aquel momento propicio en que España vivía un periodo revolucionario que presagiaba grandes cambios. No era cuestión de continuar con nuestro papel de severos críticos de los demás pero meramente contemplativos. Aspirábamos a ser protagonistas de los acontecimientos que se avecinaban. El ingreso en el PSOE no lo considerábamos como el camino pertinente a seguir. Tanto Nin como Andrade habían pertenecido, en su juventud, al PSOE y, por tanto, conocían la “vida interior” del mismo impregnada hasta los tuétanos de pablismo, variante arteriosclerósica política de los cuadros dirigentes del mismo.

Todo nuevo cambio organizativo tiene repercusiones en el interior de los partidos políticos. Un reducido grupo de destacados militantes de la IC -Fersen, Esteban Bilbao, Munis y otros- ingresó en el PSOE aún antes que la IC tomara una decisión final. Andreu Nin mostró una actitud dubitativa. En mi convivencia estrecha con Nin durante los años 1930-1937 intuí que éste sufría, puede que como rémora de sus casi diez años de relacionarse con los altos dirigentes de la IC y de la ISR de lo que podríamos denominarse el síndrome de la Revolución de Octubre, es decir, la veneración hacia sus protagonistas. La rapidez con que Nin aceptó la decisión mayoritaria de la IC de rechazar la táctica del entrismo y aprobar la creación de un partido marxista independiente me confirmó que en el fondo no estaba de acuerdo con Trotski.. Dejo la palabra a Ignacio Iglesias, refugiado clandestinamente en Barcelona en aquellos momentos por los hechos de Octubre de 1934 en Asturias, que, en pocas líneas clarifica -escritas en 1985- la confusa situación en que se desenvolvía el Comité Ejecutivo de la IC: “Por su parte, el CE de la IC se mostró bastante irresoluto, llegando incluso a proponer, -con el voto en contra de uno de sus componentes, Francisco de Cabo- que una vez constituido el nuevo Partido en Cataluña, el resto de la militancia solicitase su ingreso en el PSOE, lo cual suponía, al cabo de cuentas, dar la razón a los que ya se habían ido, al mismo tiempo que, paradójicamente, hacía suyos los puntos de vista del Partit Catala Proletari, que en sus discusiones con éste rechazaba”. En realidad era la posición de Nin (posición híbrida, de reconciliación, de encender una vela a Dios y al Diablo al mismo tiempo); para defenderla, pidió a Iglesias publicase en el Boletín Interior, en abril de 1935, un articulo, que apareció firmado con el seudónimo de Paco, no obstante no estar muy convencido de los puntos de vista que exponía. Pero Nin y el Comité Ejecutivo quedaron prácticamente solos: toda la organización se pronunció -con Andrade a la cabeza- contra el ingreso en el PSOE y en favor del carácter nacional del nuevo partido. y esta fue, finalmente, la actitud adoptada, que coincidía con la del Bloque”.

El BOC también sufrió, como era de esperar, varias defecciones pero en diferentes direcciones, producto de su heterogeneidad interna. Un grupo, de tendencia nacionalista catalana, formado por conocidos militantes: Colomer, Estivill, Estartús, Ferrer, etc. dieron a conocer un documento criticando esa unificación a nivel nacional, es decir, peninsular, por lo cual el CC del POUM, en reunión de los días 5 y 6 de enero de 1936, acordó sancionar al grupo de toda actividad por un año. Los sancionados respondieron con la decisión de separarse del POUM. Superados los problemas internos de cada organización la fusión de hecho quedó establecida. Las resoluciones y tesis de la nueva organización fueron redactadas por Maurín y Nin y aprobadas por los respectivos Comités Centrales. Como se vivía en la clandestinidad, en la época del bienio negro, la reunión, efectuada el 29 de septiembre de 1935 -nueve meses justos antes del 19 de julio- no se le puede considerar Congreso sino una simple reunión de representantes autorizados del BOC y la IC. Tuvo lugar en la calle Montserrat de Casanovas nº 24, en el barrio del Carmelo situado a las afueras del casco urbano de Barcelona. Como los asistentes portaban plenos poderes de sus respectivas organizaciones con los nombres propuestos respectivamente para el Comité Ejecutivo y Comité Central del nuevo partido, la reunión se convirtió en un mero hecho protocolario y finalizó con una eufórica esperanza sobre el porvenir del POUM. El CE quedó compuesto por Maurín, como secretario general, y miembros del mismo Bonet, Arquer, Rovira, Coll por el BOC y Nin y Molins i Fàbrega por la IC. Para la dirección de las Juventudes se nombró como secretario a Germinal Vidal, primera victima de la lucha contra la insurrección el 19 de julio, y miembros de la misma a Miquel Pedrola (muerto en el frente de Huesca), W. Solano y Gelada en nombre del BOC e Ignacio Iglesias por la IC. Un nuevo partido revolucionario no surge, súbitamente, como Venus de la espuma del mar. Necesita de cierto tiempo para consolidarse en sí mismo e instalarse en la conciencia de los trabajadores. Esta coyuntura se daba en septiembre de 1935 pero, desafortunadamente, el tiempo corría en contra nuestra y el POUM no pudo extenderse y fortificarse. Aun en el período imprescindible de formación y organización de cuadros (Maurín atrapado en la zona franquista el 19 de julio, víctima de ese periodo de formación) el POUM tuvo que hacer frente a la guerra civil y la revolución en inferioridad de condiciones como partido sólidamente organizado.

La creación del PSUC

Los acontecimientos se precipitaban y era urgente recuperar el tiempo perdido y, en consonancia con el viraje del VII Congreso de la III Internacional, Stalin y su jefe de turno en la Komintern , Dimitrov, decidieron colocar sus piezas en buena posición en el tablero político europeo, ordenando a sus agentes la creación de un Partido de masas, volcando en él todo el apoyo económico, en Cataluña para que hiciera frente al POUM al que consideraba el peligro más inmediato para sus planes en esa área. Esa fue la misión encomendada a Codovila, Gerö, Stefanov, y más tarde a su máxima estrella Togliatti, volcando en España y especialmente en Cataluña a toda la artillería pesada de la Komintern. La historiadora soviética, L.V. Ponomariova, en un texto publicado en 1963, señala, corroborando lo que estamos diciendo, que en la declaración del 23 de junio de 1936, del Comité de Enlace para la fundación del PSUC se reproducían las cinco condiciones de unificación elaboradas por el VII Congreso de la IC, que se efectuó del 25 al 28 de agosto de 1935. Todas las fecha concuerdan cronológicamente. El PSUC no fue un partido que se adhirió a la III Internacional sino que fue formado por ésta. En realidad, en el viraje de la IC era ésta la que se aproximaba descaradamente a las posiciones políticas de la Unió Socialista de Catalunya, partido socialdemócrata de derecha, cuyos dirigentes, en su mayoría, profesores universitarios, sin ningún arraigo en la clase obrera, debía su relativa presencia política parlamentaria y gubernamental a la buena voluntad del Presidente Maciá y a la alianza electoral con el Partido Esquerra Republicana de Catalunya, entonces mayoritario, que podía jactarse, sin ningún compromiso político, de codearse con socialistas. La USC, por su gravitación, base del PSUC por su aportación de afiliados, estaba dirigida por un ambicioso político, Joan Comorera. Los delegados de la IC, apremiados por Stalin a través de Dimitrov, le ofrecieron a Comorera la secretaría general y todo el apoyo de la Komintern o sea de la URSS y cedieron en que la palabra comunista ni figurara en la sigla del nuevo Partido tranzando también con su independencia respecto al PCE. Lo fundamental, como decía la mencionada historiadora Ponomariova, era que “la presentación de los poumistas como los auténticos comunistas de izquierda planteaba al PCE y al PCC (Partit Comunista de Catalunya) la tarea de neutralizar su influencia entre el proletariado catalán y evitar los efectos de su propaganda”. La unificación se efectuó por arriba. El 22 de julio de 1936 es considerado -palabra que escribe la historiadora soviética- como el día de la creación del PSUC. Los militantes de los pequeños partidos que formaron el PSUC se enteraron por la prensa que estaban unidos. Hasta veinte años después, en 1965, no fueron aprobados sus Estatutos. Todo un record de lentitud de centralismo democrático. Desde el primer día que comenzó a funcionar el PSUC como partido independiente catalán, la Komintern colocó a su frente, como asesor fraterno a Erno Gerö, conocido como Pedro, delegado permanente de esa benemérita institución internacional. Incluso los borradores de los discursos del secretario general del PSUC, Joan Comorera,  tenían que ser aprobados antes por Pedro cuya oficina estaba instalada en uno de los edificios más conocidos del arquitecto Antoni Gaudi, pontífice del modernismo catalán, denominado La Pedrera. Según testimonio de M. Serra Pàmies al historiador Burnett Bolloten: “Pedro dirigía el PSUC entre bastidores con energía, tacto y eficacia. Ejercía su vigilancia sobre Treball, el órgano del Partido… Dominaba en las reuniones del CE del Partido, inspeccionaba personalmente las secciones más pequeñas y, en suma, ejercía una estrecha y constante supervisión de casi todos los detalles. Gozando de gran estima en Moscú hasta controlaba las actividades de Antonov-Ovseenko, el cónsul general soviético en Barcelona”. M. Serra Pamies, secretario de la USC pasó al CE del PSUC a su fundación. Años más tarde, Joan Comorera, acusado de titista, por sus desviaciones nacionalistas, ante el temor de ser asesinado, conocía el paño, se refugió clandestinamente en España. Denunciado por sus ex-camaradas, la policía franquista lo detuvo falleciendo en la cárcel. El arrepentido miembro de la Oposición rusa, Antonov-Ovseenko, cónsul soviético en Barcelona, en una entrevista con Diego Abad de Santillán, según relata éste en una carta escrita en Buenos Aires el 19 de enero de 1971, le manifestó “Que a Stalin le producía hondo disgusto la presencia de Nin en la Generalidad…”. El POUM y Nin eran una idea fija que ofuscaba el entendimiento de los servidores de Stalin.

Hay varias versiones sobre la cantidad de afiliados que aportaron las minúsculas organizaciones al PSUC después del 19 de julio o sea después de la lucha contra las tropas sublevadas en Barcelona. Me atengo a la cifra que calculaba Miguel Valdés, líder del PSUC, que provenía del PCC: unos tres mil miembros. Como los historiadores soviéticos tienen la mala costumbre de efectuar el milagro de los panes y los peces, Ponamariova habla de 6.000 afiliados. Lo que ningún historiador menciona es el origen político de los principales dirigentes del PSUC que se convirtieron en furibundos antipoumistas. He aquí una lista incompleta, de antiguos militantes de la Federación Comunista Catalano-Balear y del Bloque obrero y Campesino: Víctor Colomer, Joaquín Olaso, Eusebio Rodríguez Sala, Antonio Sesé, Tomas Pàmies, Pedro Ardiaca, Hilario Arlándis, Liberto Estartús, Ángel Estivill, Miquel Ferrer, etc. Lo curioso de los desertores bloquistas es que unos (los estalinianos ortodoxos) se fueron al PCC, otros (de tendencia socialdemócrata) al PSOE y otros (los nacionalistas catalanes) a la USC pero, después, por arte de birlibirloque, se encontraron de nuevo juntos bajo el manto protector del Estado soviético.

El PSUC creció tan rápidamente que sorprendió a la misma empresa o sea a la Komintern. Según su progresión. geométrica, de acuerdo con sus dirigentes, llegaron a contar con 90.000 afiliados, cifra a todas luces exagerada en su totalidad pero muy disminuida en calidad si la analizamos políticamente. En Cataluña y sobre todo en Barcelona, de solera histórica de lucha de clases, la insurrección reaccionaria no cogió de sorpresa a la clase obrera que desde hacía días estaba alerta en sus puestos de lucha. Esto supone que la flor y nata de las clase obrera revolucionaria, en sus diversos matices políticos, pero mayoritariamente cenetista, estaba ya encuadrada. ¿Qué fue lo que vino a recoger al PSUC, que se fundó después del 19 de julio? Pues la resaca de la clase obrera, los oportunistas de las clases medias, los miedosos del caos revolucionario que necesitaban el carné de un partido como el PSUC que pregonaba el orden y era gobernante, como si fuera un carnet de identidad que los protegiera. La UGT –dominada por el PSUC- se convirtió en el refugio de los empleados de puños blancos, de los burocratas, etc. Fue el PSUC el que organizó a los 18.000 artesanos, comerciantes y pequeños fabricantes en el GEPCI, la federación catalana de gremios y entidades de pequeños comerciantes e industriales. Lo que no se atrevían a efectuar los partidos burgueses, con el amparo de una sigla de signo socialista, lo hicieron los comunistas. Favorecidos por la política errónea de las colectivizaciones a ultranza, encontraron un campo abonado para influenciar a numerosas capas de las clases medias de la ciudad y del campo e incluso de la pequeña burguesía, tan extendida en Cataluña.

Los ex-bloquistas y el POUM

Juan Andrade, en una compilación de artículos de Andreu Nin, publicada en París en 1971, en su prefacio de presentación escribió: “la ausencia de su Jefe Maurín, había creado entre los antiguos bloquistas un reflejo de defensa preventiva contra los dirigentes de la Izquierda Comunista, en los que suponían la intención de “apoderarse del POUM” y de “imponer el trotskismo”. Por esta situación, Andreu Nin, fue un secretario disminuido en sus funciones, lo que le afectó dolorosamente durante el año de guerra civil en que vivió, y contra cuyo estado de cosas yo estimaba que no quería ni acertaba a reaccionar resueltamente”, palabras que suscribo íntegramente. Al hacerse cargo de la secretaría política, el CE desglosó la secretaría general que había ocupado Maurín en varias secretarías para disminuir el poder de decisión de Nin, el cual me llamó para que lo ayudara en el trabajo de organizar aquel caos en que nos desenvolvíamos en los primeros días de la guerra civil. Al cabo de un poco más de un mes, le presenté mi dimisión diciéndole:

-“Mira Andrés, no aguanto más! Está bien que tengamos que luchar contra el espionaje fascista y el estalinista, pero que encima nos espíen los propios camaradas, no lo aguanto” -Ante su sorpresa, le informé que algunas cartas que le iban dirigidas personalmente, sobre todo del extranjero, se las abrían, lo que hacía suponer que algunas no llegaban a sus manos, y que, además, intentaban controlar -no precisamente en beneficio suyo- la identidad de los visitantes que deseaban hablar con él.-“y te diré quién está al frente de este estúpido y desleal espionaje: Pedro Bonet, miembro del CE”. Sabía, y así se lo di a entender que Bonet, incondicional de Maurin, viejo y buen militante por otra parte, se había arrogado el papel de albacea político de Maurín. Sin el guía, los notables maurinistas sufrían un complejo de inferioridad ante un hombre de la talla política de Nin, y ya que eran incapaces, intelectualmente, de hacerle frente, lo trababan en todo lo que podían. Esta discriminación solapada contra los militantes que ocupaban cargos en el POUM por los notables provenientes del BOC estaba generalizada. Salvando las distancias, Nin se encontraba en la misma situación que Trotski  a la muerte de Lenin, ante los “viejos bolcheviques”.

Sobre el BOC, uno de sus fundadores y miembro de su Comité Ejecutivo como también después del POUM, Josep Coll, ha escrito: “…la heterogeneidad de los militantes venidos al BOC por caminos diferentes, por no decir contradictorios, hacia difícil que se pudiera adoptar en conjunto, una posición rápida, precisa, concreta, sobre los problemas unitarios”. La unificación con los trotskistas de la IC causó un trauma en el BOC. El mismo Coll escribió en 1978: “Además de Rovira, tampoco a muchos de nosotros nos entusiasmó la creación del POUM… La tenacidad de Maurin, su entusiasmo para ir siempre adelante, la seguridad que tenía que en poco tiempo se lograría la asimilación de la IC con el BOC nos inculcó confianza”. La fusión de la Federación Comunista Catalano-Balear con el Partit Comunista Català nunca llegó solidificarse y la política de Maurin en el BOC fue un continuo balanceo para contentar a unos y otros lo que motivó la precaria unidad del Partido. En la declaración de principios del BOC, nombre tan contrario a la tradición marxista, y según Maurín “un nombre de circunstancias”, no se menciona la palabra comunismo: se habla de la “construcción racional de la sociedad”. Esta ambigüedad creaba la base para formar un partido numeroso pero carente a la vez de coherencia y homogeneidad. Por esto no debe extrañar que sufriera tantos desprendimientos en diferentes direcciones políticas. De sus filas surgieron los principales elementos que forjaron el Moviment Socialista de Catalunya que, años después, se fusionó con otros grupos socialdemócratas formando lo que es hoy el Partit dels Socialistes de Catalunya. Los militantes del POUM que provenían del BOC que no ingresaron en el MSC de Josep Pallach, con la llegada de la transición, con Enrique Adroher (Gironella) al frente, que hacia muchos años que se había desvinculado del POUM, a cuyo Comité Ejecutivo había pertenecido, en un acto teatral, ingresaron al PSC. La antinomia nacionalismo-socialismo no la han resuelto nunca. Y no la han superado con el ingreso en el PSC, el cual es un mero apéndice del PSOE. Qué queda de la frase entresacada del ensayo de Josep Coll del libro sobre Josep Rovira: Una vida al servei de Catalunya i del Socialisme, escrito en 1978: “Si un partido se dice catalán y políticamente es una sección, un apéndice, un eco de un partido español, es como si rascáramos una pared cuando nos pica algo”. El símil no es muy feliz pero es entendedor. En una carta al historiador Pierre Broue, en 1973, desde su refugio de New York, Maurín le contesta a una serie de preguntas: “El BOC había crecido y seguía creciendo a un ritmo considerable… Pero los elementos directivos del BOC no crecían al mismo ritmo que el partido. La incorporación de Nin reforzaría la dirección del BOC considerablemente. El BOC, por una serie de circunstancias (hubiera sido muy interesante que las aclarara), giraba demasiado alrededor de Maurín (lo cual era cierto) y creía yo que convenía ensanchar la dirección”. Estas autocríticas de dirigentes del BOC confirman nuestro análisis del mismo y el poder omnímodo de Maurín perduró aún después de su defección. En una carta dirigida a Juan Rocabert, actualmente en las filas del PSC, fechada en N.Y. el 11.10.1971, puntualiza, con respecto a las perspectivas políticas de aquella fecha, lo siguiente: “En el campo político hay que buscar primero, la unidad del POUM y el MSC, y, en una segunda fase, la unidad con el PSOE”.

Otro factor a tener en cuenta para comprender la difícil situación del POUM en el contexto de la guerra civil española y en el interior del mismo partido, es el de la minoría que provenía de la Izquierda Comunista que no pudo volcar todo su peso en la política del POUM. El rápido triunfo de los franquistas en diversas zonas de España: Andalucía, Galicia, Castilla la Vieja, el Norte, etc. exterminó físicamente a los grupos de militantes y pequeñas secciones del POUM que procedían de la IC, privándonos de camaradas valiosos políticamente y diezmando nuestra presencia en el Comité Central haciéndola aún más minoritaria. Sin embargo, la influencia política de los ex-izquierdistas fue muy superior al que una simple suma aritmética puede sugerir. En su corta vida legal revolucionaria -julio de 1936 a mayo de 1937- la mayoría de las resoluciones políticas fundamentales del CE y del CC del POUM. como asimismo los editoriales de La Batalla fueron escritas por Andreu Nin, en primer lugar, y por Juan Andrade, Ignacio Iglesias y N. Molins i Fabrega, camaradas que provenían de la IC.

Coincidencias negativas

La guerra civil española coincidió con la época más brutal del estalinismo, y el POUM, al igual que los oposicionistas y disidentes soviéticos, pagó trágicamente las consecuencias. Retrocediendo de derrota tras derrota, la casta dirigente soviética, tras la victoria del nacional-socialismo hitleriano, a la que contribuyó con su nefasta política ultraizquierdista del social-fascismo, no le quedó otra alternativa que un acercamiento hacia las democracias europeas hasta el extremo de humillarse ante Francia, primera potencia continental en aquel entonces, firmando un pacto militar que obligaba a la URSS, políticamente, a respetar el stato quo social europeo. En el pacto, todas las ventajas estaban de parte de Francia ya que las obligaciones de ésta para con el mismo estaban supeditadas al consentimiento de Inglaterra e Italia, lo que debilitaba, desde cualquier punto de vista, la posición de la URSS. La concatenación de los hechos no se hizo esperar. Viraje de 180 grados en el VII Congreso de la III Internacional e imposición, a sangre y fuego, aprovechando su poder político en la España republicana impuesto con el chantaje del suministro de armamento, de su nueva política de respetar el stato quo burgués en la guerra civil española. Era de esperar que el POUM, que se oponía a toda esa bazofia, fuera el blanco preferido de esa política reaccionaria en la España revolucionaria. A pesar de que ya se preveía que la Italia fascista se uniría a la Alemania nazi en la guerra que ya se mascaba, la URSS continuaba suministrando, en plena guerra civil española, a la Italia de Mussolini, el petróleo que le sirvió para su “gloriosa conquista de Abisinia” y que ahora le permitía llenar los depósitos de su aviación, buques de guerra y carros de asalto que bombardeaban las ciudades españolas, hundían buques que abastecían a la España republicana y combatían a los “brigadistas” que propiciaba la URSS. Del otro lado, el “neutralista” Delano Roosevelt hacia la vista gorda ante el suministro de petróleo, a crédito sin plazo definido, de las compañías petroleras estadounidenses a la España franquista.

Programa político del POUM

El 26 de mayo de 1936 -dos meses antes de las Jornadas de Julio- el órgano del POUM, La Batalla, publicaba una resolución del Comité Central titulada “El Problema de la Unificación Marxista” que era el tema diario y el más apremiante, de todas las organizaciones obreras en aquel crítico período. Copio algunos párrafos más significativos que constituyen una síntesis de su programa político revolucionario.

“Todos estamos persuadidos de que la unidad marxista es necesaria. Nosotros hemos predicado con el ejemplo. Pero esa unidad no puede fabricar se artificialmente. Hay que partir de lo que Karl Liebknecht dijera el 10 de diciembre de 1918: “!Claridad primero. Unidad después!”

Nuestra revolución es democrática. Es decir hay una parte de revolución burguesa que llevar a cabo -liberación de la tierra, de las nacionalidades, de la mujer, destrucción de los residuos feudales, mejora moral y material de las clases trabajadoras- y una parte de revolución socialista –socialización de la Banca, minas, transportes, gran industria y comienzo de organización socialista en el campo. Esta revolución democrático-socialista corresponde llevarla a cabo a la clase trabajadora. El aspecto democrático y el socialista de la revolución están estrechamente ligados y no pueden ser separados.

La burguesía ya no es una clase revolucionaria como lo fue durante los siglos XVII y XVIII y parte del XIX.

La dictadura transitoria del proletariado ha de descansar no sobre el partido -que no más que una parte de la clase obrera, la más consciente-sino sobre el conjunto de la clase trabajadora agrupada en totalidad en las Alianzas Obreras.

La dictadura del proletariado concebida por Marx y Lenin quiere decir la coacción del conjunto de la clase obrera sobre la burguesía vencida.

En la URSS se han dado los primeros pasos hacia el socialismo. La clase trabajadora de los países capitalistas ha de saber que el proletariado ruso con sus esfuerzos incalculables ha trazado el camino… pero hay que desechar resueltamente la concepción teológica anti-marxista que quiere hacer creer que todo cuanto ocurre en la URSS es perfecto y que hay que inclinarse ante lo que allí sucede sin derecho alguno a la investigación ya la critica. Los verdaderos marxistas no pueden hipotecar su libertad de pensamiento. Por eso, al lado de la defensa firme, decidida y entusiasta de la Revolución rusa, hay que reivindicar el derecho de examen y crítica.

Proposición:

No se trata de articular un partido amplio en el que quepan todos, sin distinción de ideologías. Eso significaría confundir lo que de ser la unidad de acción, el frente único, con la unidad orgánica, que ha de apoyarse, necesariamente, sobre la identidad de principios. El problema planteado no es el formar un gran partido de tipo laborista sino un partido marxista revolucionario. Esa unidad ha de ser elaborada por medio de una discusión cordial, comprensiva, marxista, de las respectivas posiciones. Para ello el primer paso en firme que hay que dar es la constitución de un Comité de Enlace integrado por representantes de los tres partidos marxistas: Partido Socialista, Partido Comunista y Partido Obrero de Unificación Marxista. Este Comité de Enlace presidirá la discusión doctrinal y táctica como primer paso hacia la unidad socialista revolucionaria.”
El Pacto Electoral

El 22 de noviembre de 1935 La Batalla, en su editorial, señalaba que el POUM, ante unas posibles elecciones había sido el primero que, oficialmente y de una manera pública, se había dirigido a los Partidos Socialista y Comunista sobre la conveniencia de que fuera la Alianza Obrera, formando un amplio frente obrero, presentara su candidatura en toda España. Nuestra posición reflejaba el sentir unánime de las masas obreras que anhelaban la unidad de acción en todos los terrenos. “Las próximas elecciones tendrán una importancia extraordinaria; después de lo que ha ocurrido durante este segundo bienio, puede cambiar el giro de la situación política. Por eso el movimiento obrero se ha de situar ante este problema convenientemente. Electoralismo, no; pero anarquismo suicida, tampoco. Ni lo uno ni lo otro. El Frente Obrero que nosotros defendemos lograría, caso de constituirse, sacar a las masas obreras de los trillados caminos de la pequeña burguesía…¿Qué el Frente Obrero tenga tal vez que pactar, según las circunstancias, con las fuerzas pequeño-burguesas, con las izquierdas republicanas? Es posible. No excluimos esta posibilidad. Pero un pacto meramente circunstancial dista mucho de ser el Frente Popular que ahora preconiza Moscú”. El 3 de enero de 1936 La Batalla en su editorial, puntualizaba: “La campaña en favor de la amnistía constituirá el eje central de la próxima lucha electoral. La amnistía será la línea divisoria. Los que estén por la amnistía se encontrarán a un lado. Los que estén en contra, al otro lado. Luchar por la amnistía significa, claro está, reivindicar Octubre e ir contra los que ahogaron Octubre en sangre. Amnistía quiere decir la liberación de un ejército revolucionario de más de 30.000 soldados rojos -presos o emigrados- para reemprender la tarea empezada. La amnistía ligada, claro está, a la derrota de las fuerzas reaccionarias, ha impuesto la necesidad de una coalición transitoria de las fuerzas obreras y pequeño-burguesas de izquierda. Por una ley electoral monstruosa que hace necesaria la formación de grandes bloques circunstanciales para poder vencer, determina esa coalición transitoria. De todos modos, en medio de esta atmósfera general, el movimiento obrero no puede, no debe perder su personalidad haciendo concesiones”.

El 10 de abril de 1936 , con el sugerente titulo de “¿A dónde vamos?” el editorial de La Batalla señalaba que después de ganar las elecciones e imponer la amnistía, el movimiento obrero debía reconquistar una plena independencia para ser el eje de los grandes movimientos revolucionarios, “pero socialistas y comunistas se esfuerzan en prolongar el Frente Popular, dándole formas orgánicas permanentes. Se aproximan momentos muy graves a causa de la actual parálisis de la acción combativa de las masas trabajadoras, impuesta por socialistas y ´comunistas´ “. En aras de un Frente Popular, “única garantía conservadora de España” (El Liberal, 19 de abril de 1936), como ha dicho un diario burgués de Madrid, se sacrifica el porvenir de la revolución. Dejemos al propio firmante del Pacto Electoral, Juan Andrade, que describa las circunstancias y desarrollo interno del mismo: “Largo Caballero, que era ya denominado el ´Lenin español´ y que tenía un influencia casi total en el movimiento obrero, incluso en los medios anarcosindicalistas, convocó a una reunión de todos los partidos obreros: Partido Comunista, Partido Sindicalista, POUM y Juventudes Socialistas. Nuestro Comité Ejecutivo me confió la misión de representar al partido en la reunión, a la que acudieron igualmente Jesús Hernández por el PC. Ángel Pestaña por el PS y Cazorla por la F.N. de Juventudes Socialistas. Inmediatamente de empezada la reunión, el delegado comunista expuso sus oposición a mi presencia, alegando no ya que éramos ´trotsko-fascistas´, como venían repitiendo en su prensa y mítines. sino que éramos escisionistas del movimiento obrero. El pretexto era muy poco hábil en una reunión semejante, de gente informada. Inmediatamente hubo una reacción muy violenta de Largo Caballero, y era conocido el carácter duro e intransigente de éste, para decir que de allí no se eliminaba a NADIE; y que después de todo el PC era también fruto de una escisión del PSOE. Los otros delegados se expresaron igual y Hernández tuvo que batirse en retirada. En resumen, el POUM supo sacar ventaja de una situación tan fluida y confusa como aquélla, en la que las masas estaban fuertemente impulsadas por tres sentimientos fundamentales: la unidad por encima de todo, la liberación de los presos… y el temor a que fuera la última vez que se podría hablar libremente, dado el extraordinario desarrollo de la reacción y porque el resultado de las elecciones se consideraba incierto”. “El triunfo en las elecciones fue sólo de 200.000 votos y si la representación de la izquierda fue mucho más numerosa se debió a la ley electoral”. “Esta fue nuestra conducta y éstos los resultados de lo calificado por Trotski como nuestra ´gran traición´. Por otra parte, quiero agregar que Largo Caballero nos dio cuenta, en otra reunión, del acuerdo a que había llegado con los partidos republicanos, al mismo tiempo que expresó el poco valor político del pacto; manifesté que tenía que consultar con la dirección de mi partido, pues no podía por mí asumir la responsabilidad de firmar. Las elecciones no supusieron para nosotros más que una batalla de autodefensa legal, en una situación en la que el proletariado quería la libertad de sus millares de presos y se se sentía amenazado de perder todas sus libertades. El determinar los medios no dependía exclusivamente de nosotros; no podíamos hacer más que aprovechar los que se nos ofrecían”.

La Guerra Civil y el POUM

La Guerra Civil y la Revolución y el papel que protagonizó el POUM en las mismas, es el tema que trataremos en adelante. En un articulo que publicó La Batalla el 3.1.1936, Joaquín Maurín, escribía con su estilo característico: “Año 1936. Entramos en el séptimo de nuestra Revolución, empezada en 1930 al derrumbarse la dictadura militar”. Haciendo un paralelo con acontecimientos anteriores, a los cuales son aficionados los marxistas, Maurín señala que los plazos de los movimientos revolucionarios y contrarrevolucionarios tienen una duración aproximada de seis años en España. y prosigue: “Todo induce a creer que una vez más el plazo medio de seis años es válido aún. El año 1936, será, en cierta medida, el año crucial, definitivo. Lo seguro, lo indiscutible, es que aquí, pisando el suelo hispánico, vamos a librar este año batallas de importancia decisiva o poco menos”. El 17 de Julio de 1936, inicio de la sublevación militar en Marruecos y su extensión a toda la península el 19 de Julio, a pesar de que era un secreto a voces, sorprendió a la clase política que rodeaba al gobierno de la República pero no así a las organizaciones obreras revolucionarias. El viernes 17 de Julio La Batalla cuyo material se entregaba a la imprenta cinco días antes, salió a la calle con esta mancheta al lado de la cabecera: “La situación se caracteriza por estos dos hechos: la impotencia del Gobierno y el envalentonamiento del fascismo. ¡ALERTA TRABAJADORES!” En el editorial del mismo día, con el titulo “Ante una situación inquietante”, se decía: “He aquí la caracterización de la situación político-social presente: una polarización obrera hacia la revolución socialista, y una polarización burguesa hacia el fascismo. Los últimos acontecimientos y los que sobrevendrán de una manera inmediata sólo pueden ser explicados y comprendidos a la luz de esta interpretación”. Y en otro párrafo se lee: “Hay que tener presente que en la dirección del Ejército hay elementos de la situación anterior y más aún, de la dictadura, tan significados como Franco en Canarias; Goded en Baleares, y, sobre todo, Mola en Navarra… Y Navarra, además es un centro reaccionario de primer orden…” El proceso y desarrollo de la guerra civil demostró cuánta razón tenia La Batalla al señalar a estos generales como los más peligrosos.

El viernes 17 de Julio todo el Partido se encontraba ya en pie de guerra. El.C.E.estaba reunido en sesión permanente desde hacia varios días. El Comité de Defensa, con Rovira, del CE, al frente, tomó las medidas pertinentes recabando todas las armas de que se podía disponer. En nuestro local, el cual lo hablamos ampliado con otros del mismo edificio, hizo guardia toda la noche del 18 al 19 el pequeño destacamento que se había conseguido armar, junto con otros numerosos camaradas, ya la madrugada del domingo 19 llegó la noticia tan esperada de que las tropas hablan salido de sus cuarteles y en un movimiento de pinzas, se dirigían al centro de la ciudad. En el primer enfrentamiento serio con el ejército, en el centro mismo. de la ciudad, plaza de la Universidad, cayó víctima, puede que la primera, nada menos que el secretario de la JCI del POUM, Germinal Vidal. La lucha se fue extendiendo hacia los lugares más estratégicos de la ciudad hasta el último reducto insurreccional situado a un poco más de un centenar de metros del local del POUM, el cuartel de Atarazanas, tocando al puerto: Se organizó en el mismo edificio del local un modesto pero eficiente hospital atendido por jóvenes médicos afiliados al Partido. A las pocas horas aparecieron en nuestra sede armas de todos tipos y calibres, producto de asaltos a armerías, cuarteles y arsenales del ejército.

Los miembros más destacados de la CNT-FAI, que habían soportado años de lucha, de cárceles, de destierro, de exilio, etc., Durruti, García Oliver, los hermanos Ascaso, Ricardo Sanz, Jover, etc. multiplicaron su presencia en los lugares en que tuvieron lugar las luchas más peligrosas, derrochando audacia y valor. Uno de los Ascaso murió en el ataque al Cuartel de Atarazanas, que costó muchas vidas. No es de extrañar que los obreros respondieran a su llamamiento a la resistencia y lucharan codo a codo con sus lideres. El imán humano que atraía a la clase obrera hacia sus líderes anarquistas era que los consideraban de los suyos, de su misma clase, que trabajaban en las mismas fábricas y talleres, que no eran burócratas rentados y que se jugaban la vida en cada esquina en su lucha tenaz por la causa de la clase trabajadora.

El problema del poder se planteó inmediatamente después que las masas, por propia iniciativa, y venciendo el sabotaje y la resistencia del propio gobierno republicano vencieron a la rebelión militar y reaccionaria. Barcelona, primera ciudad importante en que el fascismo fue derrotado, influyendo decididamente en las demás, con la clase obrera de más tradición revolucionaria de la península, no jugó el papel dirigente de vanguardia que le correspondía, debido a las vacilaciones de la CNT-FAI respecto al problema básico del Poder, lo que influyó negativamente en el curso de la revolución a pesar de haber reconocido, desde el primer momento, los anarquistas, que la guerra y la revolución eran inseparables. A pesar de su arrojo revolucionario, maniatados por su propia doctrina, desde el primer día, estuvieron a la defensiva, sin saber qué hacer y cómo hacerlo. Los anarquistas, con su concepto doctrinario negativo de toda política, en los momentos cruciales, se ven impelidos a confiar, aunque sea a contrapelo, en la política reformista liberal de los partidos burgueses denominados de izquierda por su temor innato a los partidos políticos marxistas obreros. Ejemplos históricos en España, que tuvieron una importante repercusión política y social que condicionaron el porvenir, fueron las elecciones de abril de 1931 (proclamación de la República); noviembre de 1933 (subida al poder de las derechas) y febrero de 1936 (amnistía para los 30.000 presos). Al aconsejar votar en el 31 y 36 contribuyeron a un cambio progresivo, y en 1933, al pregonar la abstención, subió al poder la reacción, provocando el Octubre de 1934.

Pero mucho más grave fue lo que sucedió el 20 de julio; renunciar al poder. Transcribo la ya famosa entrevista entre el Presidente de la Generalidad y los líderes anarquistas que pudo haber cambiado el curso de la historia. Se han escrito varias versiones que más o menos coinciden. No eran momentos para tomar nota de la misma taquigráficamente o simplemente escrita. He escogido la descripción de Diego Abad de Santillán, escritor e historiador anarquista que estuvo presente en la histórica entrevista:

“El mismo día 20 de julio por la noche, el presidente de la Generalidad, Luis Companys, convocó a su despacho a los representantes de la C N T y la FAI. para decir más o menos lo siguiente: ´Habéis vencido y el poder ha cambiado de manos. Siempre habéis sido perseguidos, y yo, que antaño fui vuestro defensor, me vi obligado también por las circunstancias políticas, a perseguiros también. Hoy sois los amos de la ciudad y de Cataluña, porque habéis vencido a los soldados fascistas. Espero que no encontraréis de mal gusto que os recuerde que no os ha faltado la ayuda de muchos o de pocos hombres de mi partido y de los guardias de asalto. ..Habéis vencido y todo está en vuestro poder. Si no me necesitáis o no me queréis como presidente, decídmelo ahora y seré un soldado más en la lucha antifascista. Si, por el contrario, me creéis cuando os digo que este puesto lo abandonaré a los fascistas como cadáver, tal vez con mis camaradas y ml nombre y mi prestigio os pueda servir´…

El cansancio nos Impedía a los más responder e incluso darnos cuenta de lo qué significaba lo dicho por Companys; fue García Oliver el que dio algunos signos de hallarse más alerta y habló por todos, respondiendo a Companys que quedase donde estaba, pues nuestra tarea imperiosa y urgente era la lucha contra el fascismo, ya que la victoria en Barcelona y en Cataluña no era el fin. sino el comienzo. ¿Para qué queríamos el poder en aquellas circunstancias? ¿Para qué íbamos a ocupar un puesto desde el cual era poco lo que podíamos hacer en la guerra que se había iniciado, poco más de lo que haría cualquier otro, y en cambio en aquellos momentos, hasta para articular las fuerzas populares para la lucha, quizá ningún otro habría logrado lo que nosotros podíamos hacer.

Se nos ha censurado por ese comportamiento, por ese rechazo del poder que había puesto en nuestras manos formalmente el presidente del gobierno de Cataluña. Más de una vez nos hemos arrepentido de decisiones y de actitudes que hemos tomado en el curso de los acontecimientos; pero en este punto, García Oliver interpretó plenamente nuestro pensamiento y nuestra conducta”.
Estas líneas fueron escritas en 1974 lo que significa que los anarquistas no han aprendido nada y no nos debe extrañar que hayan desaparecido de la escena política, digamos sindical, para no molestarlos. La doctrina anarco-sindicalista se ha ido diluyendo en los países europeos a medida que se han ido industrializando. La fuerza dominante anarquista en la España de la anteguerra fue debido a que aún predominaba una economía de carácter agrario en el país.

El POUM en el frente de Aragón

Numéricamente, el POUM era débil incluso en Cataluña (El PSUC fue creado por la IC después del 19 de Julio) si lo comparamos con el coloso de la CNT que, a pesar de que poseía. los pies de barro, según la expresión de Maurín, su enorme peso especifico y su influencia nos aplastaba. Sin embargo, el POUM jugó un papel importante en la guerra civil por su dinamismo, valentía e independencia y por el esfuerzo enorme de que hizo gala en los dos frentes que le tocó luchar: el frente de guerra propiamente dicho y el de la retaguardia.

El 24 de julio de 1936 partió la primera columna del POUM hacia el frente de Aragón, sector de Leciñena, un día después de la comandada por Buenaventura Durruti de la CNT-FAI. Posteriormente fueron llegando otras columnas formadas en varios lugares de Cataluña. Las primeras importantes batallas que libraron las centurias (nombre de las primeras formaciones militares de milicianos) y las que ya, en su conjunto, se denominaba “Columna Lenin”, tuvieron como escenario Estrecho Quinto, Siétamo, Tierz, Monte Aragón, etc., sufriendo numerosas bajas nuestra juventud, entre ellas la de Miquel Pedrola, miembro destacado del CE de la Juventud Comunista Ibérica, nombre de la juventud del POUM. El coronel Martínez Bande, del Servicio Histórico Militar, escribe en su obra La invasión de Aragón:

“Estrecho Quinto era un centro de resistencia y el verdadero escudo de Huesca, y suponía el dominio de una gran extensión de terreno a sus espaldas, con los pueblos de Quicena y Tierz y la vasta llanura al este de la capital en la que era edificio destacado el Manicomio. En el Estrecho se encontraba, además, el depósito de agua que abastecía Huesca. Su cerco comienza en realidad el 4 de septiembre. Por entonces, la guarnición se componía de unos 600 hombres al mando del comandante don Carlos Ayala, con ocho piezas. La defensa estaba compuesta por dos compañías de fusiles, mermadas y una sección de ametralladoras del Regimiento de Infantería de Valladolid, una compañía de fusiles del Regimiento de Carros de Combate, una batería de 75, una sección de 155 y una sección anti-antiaérea…”.

Después de tenaz asedio y duro batallar, el enemigo abandonó el estratégico lugar abandonando cañones, morteros, ametralladoras, municiones, etc. En la operación participó el “Batallón Internacional” del POUM al mando del belga Georges Kopp, compuesto, en su mayoría de militantes del SAP alemán.. Habia también franceses, holandeses y de otros países. Debido a nuestra especial situación, todo extranjero que venia a ofrecerse como voluntario, debía pasar por un severo filtro, por temor a que se nos colara algún espía estalinista de la peor especie. Por esto éramos más severos con los extranjeros lo que nos creaba problemas con ellos. Sobre nuestra presencia y actuación en el frente de Huesca, recomiendo leer el libro de George Orwell.

El 8 de junio de 1937, el Estado Mayor del Ejército del Este cursó una orden de operaciones con el objetivo de cercar y ocuparla posteriormente. Participaron fuerzas de las Divisiones 25, 28, 29, 31 y la XII Brigada Internacional, al mando del general Lukacz, el revolucionario húngaro Mate Zalka, escritor (nadie sabe que obras escribió), oficial del Ejército Rojo, condecorado con la Orden de la Bandera Roja y el Comisario Gustav Regler, alemán y también escritor.

Ante nuestros asombrados ojos vimos llegar baterías de artillería de todos calibres, incluso antitanques, camiones cargados de ametralladoras pesadas, morteros, etc. y unos enormes tanques que pasaban lentamente en fila india. Era como un sueño contemplar todo aquel magnífico material de guerra. Desde dónde estábamos, calda ya la noche, veíamos la interminable caravana guerrera subiendo el camino de cintura hacia Chimillas como si fuera un festivo desfile nocturno, con los faros de los vehículos encendidos.

¡Qué insensatez! ¡Qué irresponsabilidad! exclamábamos. El Servicio Histórico Militar, según el coronel Martínez Bande, anotó, como si fuera un inventario comercial, todo el material de guerra con este titulo: Una imposible sorpresa y un exceso de confianza.

La víspera de la ofensiva, un obús de artillería, al doblar el recodo de la bajada de Estrecho Quinto y enfilar la recta que lleva directamente a Huesca, explota de lleno en la parte delantera del automóvil en que viajaban el General Lukacs, el Comisario Regler y el asesor soviético P. Batov, militar profesional, conocido en España como Fritz.

Nosotros nos dirigíamos a Siétamo, sede de la Plana Mayor de nuestra División, para una reunión de mandos con el objeto de recibir las órdenes respectivas para cada unidad de las que habían de intervenir en la operación del día siguiente. Nuestros coches se cruzaron en la carretera. Unos momentos antes hablamos pasado por el mismo lugar y un obús habla caldo a pocos metros, a un costado de la carretera, sin explotar. Ya estábamos habituados. De regreso, un compañero nuestro, Lluis Puig, que falleció a poco de terminada la guerra en Paris en un hospital, detenido policialmente, militante de una audacia poco común, me mostró el botín que había conseguido: Un impermeable militar estupendo, unos binóculos de campaña, una brújula y otros útiles accesorios de los cuales carecíamos por completo. Le recriminé su acción pero me contestó que no era ésta su intención y que todo fue muy rápido. Al estallar el obús se encontraba muy cerca y al examinar el interior del coche se dio cuenta que no habla nada qué hacer. Fue cuestión de segundos. Cogió lo que pudo rápidamente al oír el ruido del motor de un coche que se acercaba y no era cuestión que lo agarraran con las manos en la masa, no por lo que se llevaba, sino que probablemente le hubieran interrogado y al verificar que era del POUM, ¡qué ocasión para acusarle de que había lanzado una bomba de mano contra el auto! Este hecho ocurrió el día antes de que secuestraran a Nin. En un libro escrito después de la guerra, Der Grosse Beispiel, Gustav Regler narra una serie de sandeces contra el POUM como por ejemplo que vio con binóculos, como unos soldados salían de las trincheras donde estaban las milicias del POUM dirigiéndose al campo enemigo, sin mirar siquiera atrás, debido a que estaban seguros que no recibirían ningún tiro por la espalda, perdiéndose de vista cerca de las primeras casas de Huesca. Este era el pan nuestro de cada día que recibíamos de los estalinistas. Regler hizo una descripción literaria de la muerte de Lukacs bastante ajustada a la realidad:

“De súbito sintió un golpe violento en un costado como si le hubieran dado con una barra de hierro…Un horrible olor a pólvora subía de debajo de la carrocería. El coche había sido lanzado al aire cayendo, en un choque brutal, contra el asfalto de la carretera. Las manos de Alberto (Regler) que tanteaban donde ampararse, estaban cubiertas de pedazos de vidrios punzantes. Intentó incorporarse pero le pareció que tenia el cuerpo partido por la cintura. -´C’est la fin´- exclamó. Giró, con precaución la cabeza hacia el chofer. Emilio -el único español- tenia la cabeza reposando sobre el volante…Le llamó con voz débil. No obtuvo respuesta. Giró entonces la cabeza hacia atrás. Vio el cabello de Fritz (Batov), el invitado, que tenia inclinada la cabeza como si estuviera mirando hacia abajo. -Fritz- gritó Alberto con fuerza. La cabeza no se movió. Un horrible presentimiento se apoderó de Alberto. Efectuando un esfuerzo supremo, se incorporó, olvidando la angustia y el dolor que sentía, y vio la cabeza del general que estaba tan inclinada que parecía que estuviera saludando a alguien. No percibió ningún rastro de sangre en los cabellos grises de Paul (Lukacs)…Alberto consiguió bajar una parte de la ventanilla y sacar medio cuerpo afuera…Sus ojos se nublaron, cerrándose; se le aflojaron las manos cogidas del coche y cayó de bruces sobre la hierba de la cuneta”.

Veinticinco años después, se publicó en Moscú una recopilación de memorias de “voluntarios” soviéticos que participaron en España a la cual denominaron guerra “nacional-revolucionaria”. Uno de los “voluntarios”, el general de Ejército P. Batov, dos veces Héroe de la Unión Soviética, según el libro, describe el mismo hecho y otros de nuestra guerra, con el particular punto de vista de los comunistas estalinianos:

“Para no llamar la atención del enemigo en un segundo reconocimiento, los coches salieron del pueblo con un intervalo de tres minutos. Habíamos convenido encontrarnos en un sitio determinado. En total, salieron tres automóviles, llevando a ocho jefes que respondían de la futura operación. Yo iba con Mate Zalka en el primer turismo. Cambiando impresiones acerca de la necesidad de establecer orden en las carreteras próximas al frente, llegamos a la conclusión de que había que colocar patrullas de oficiales del Batallón Dombrovski. Mate Zalka estaba profundamente indignado por el desbarajuste existente en las unidades de aquel frente, recordándome la firme disciplina de las tropas del Frente del Centro. En aquel momento, el automóvil entró en un tramo de carretera batido por la artillería. Los facciosos abrieron fuego de cañón desde las afueras de Huesca. Una explosión de colosal fuerza despidió el coche hacia las rocas que bordeaban el camino. Más tarde se supo que el proyectil había acertado en la rueda delantera derecha. Todo esto ocurrió en un instante. El golpe abrió todas las puertas del automóvil y yo salí despedido a la carretera, donde permanecí un rato sin conocimiento. Cuando lo recobré, vi un poco más adelante, bajo un puente, un grupo de españoles. Les grité: ´¡Traer una ambulancia!´ Me puse en pie, anduve unos cuantos metros, pero un dolor lacerante en la pierna me hizo caer nuevamente a tierra. Sólo entonces vi a Lukácz, tendido en una postura extraña: las piernas estaban dentro del coche y el tronco colgando sobre la carretera. En su cabeza, cubierta de espesa cabellera negra, se advertía una herida que se destacaba por un manchón sanguinolento y blancuzco. En aquellos momentos salieron arrastrándose de debajo del puente dos soldados españoles. Pude señalarles con la mano dónde se encontraba Mate Zalka, les dije que era el general Lukácz y me desmayé de nuevo”.

En esta otra descripción del mismo suceso no se menciona al Comisario de la 45 División, Gustav Regler, como si éste se hubiera esfumado del accidentado automóvil y el relator Fritz (Batov) le roba el papel de narrador al escritor alemán. Cómo se explica esta inexplicable contradicción. Pues muy sencillo. Cuando el general ruso escribió estas. memorias el comunista Regler había renegado de su pasado estalinista. En Moscú nos tienen acostumbrados a estas desapariciones históricas, como si no hubieran existido, de personajes de relieve que han jugado un papel importante en la Unión Soviética y en la III Internacional.

La operación resultó un nuevo fracaso ofensivo como ya hemos dicho anteriormente. Dos batallones de la Brigada 129 de la 29 División, al frente los cuales se encontraba el obrero textil de Tarrasa, Amadeu Cahué, consiguieron apoderarse de la loma de Los Mártires, objetivo que le había señalado el Alto Mando. Enseguida entraron en acción los zapadores de la División, al mando de Francisco de Cabo, con la misión de rectificar el trazado de las trincheras y abrir pasillos para protegerse del fuego cruzado de ametralladoras y morteros del enemigo que dominaba, desde una cota, una explanada por la cual era forzoso pasar y también para protegerse de los continuos bombardeos y ametrallamientos de la aviación alemana, con el propósito que pudieran ir y venir los milicianos que se relevaban y los camilleros en su misión de recoger y trasladar heridos. Por todas partes se tropezaba con cadáveres tantos nuestros como de los insurrectos. Entre las bajas hubo que lamentar  la del Comandante de la Brigada, Amadeu Cahué que, a pesar de su juventud, era un veterano militante del BOC y después del POUM con un historial relevante. Terminada la operación, Josep Rovira, Jefe de la División, recibió un comunicado del Alto Comando del Ejército de Operaciones en el cual le felicitaba por el coraje y brillante comportamiento militar de las fuerzas a sus ordenes que han ocupado el objetivo señalado por el Mando. Al regresar las unidades a sus lugares de destino se encontraron con la noticia, aunque no sorprendente, de que había comenzado la caza de poumistas en la retaguardia. Josep Rovira, Jefe de la División, fue llamado desde Barcelona para que se presentara ante el General en Jefe del Ejército del Este, el cual le comunicó que quedaba detenido, por orden superior, acusado de espía de Franco. Aunque parezca inverosímil, el mismo alto Jefe que le envió el telegrama de felicitación el día anterior, lo arrestaba por espía del enemigo.

Fue trasladado a Valencia, sede del Gobierno. Ante la presión internacional, gestiones de lideres políticos, y, sobre todo, de un largo memorándum que le remitieron los jefes de las Divisiones 25, 28 y el nuevo de la 29, del frente de Aragón, todos destacados miembros de la CNT, a Prieto, Ministro de Defensa, éste cursó la orden de que lo dejaran en libertad. Mientras tanto, la División 29 fue retirada del frente para que “descansara” y se reorganizara situándola en varios pueblos de los alrededores de Barbastro.

García Vivancos, Jefe de la División 28, viejo militante de la CNT, que siempre había tenido muy buenas relaciones con el mando de la 29, fue el encargado del difícil papel de convencer a los oficiales y milicianos de la División del POUM de que aceptaran buenamente su disolución. García Vicancos, en una carta del 27.2.1968 dirigida a Jordi Arquer, del C.E. del POUM, le narraba esta difícil misión:

“El general Pozas me llamó a su Cuartel General y me rogó subiera a convencer a los muchachos de la División 29 para que bajaran a los cuarteles de Barbastro a reorganizarse. Antes de aceptar esta misión le rogué al general que me garantizara por escrito el compromiso de que no se tomarían represalias contra nadie, garantía que me firmó Pozas de su puño y letra. Acompañado de mi ayudante fui a los pueblos donde las dos brigadas estaban acantonadas y hablé con sus jefes y comisarios y, tras una discusión bastante borrascosa, pude convencer a los muchachos para que bajaran seguidamente a los cuarteles dc Barbastro en donde, quince días después, ya estaban reorganizados. Conseguido esto, invité al general Pozas a que viniera a pasar revista. El general lo hizo al día siguiente, quedando admirado de la voluntad remarcable dc los muchachos y felicitó a sus jefes.

A los pocos días Pozas me vuelve a llamar y,  mostrándome un telegrama, me dice:

-Orden del Ministerio de Defensa (lo era Prieto entonces) disolviendo la División 29.

Yo me negué a ejecutar la orden y rogué al general que me permitiera ir a Valencia, entonces sede del Gobierno, para hablar con Prieto y ver de conseguir la anulación de aquella orden. Pozas me concedió el permiso, diciéndome:

-Deseo de todo corazón que consigas lo que te propones. Sería un grave error privarse de esas dos brigadas, compuestas por muy buenos combatientes y mejores antifascistas.

Marché a Valencia. Me presenté en el Ministerio de la Defensa donde me recibió el Jefe de Organización Militar, coronel San Juan con estas palabras:

-¿Qué te trae por aquí, amigo Vivancos?

Le expliqué la misión que traía y mi deseo de hablar con Prieto.

-Si insistes -me respondió San Juan- te haré pasar para que hables con el señor ministro. Pero te advierto que es inútil. La orden no es dcl ministro, es de Moscú. Y, como tú sabes, si no se obedece a esa gente, nos amenazan con cortarnos el envío de armas: aviones, tanques, ametralladoras, etcétera. Y, si esto se produce, ¿cómo continuamos la guerra? Yo sé que la División 29 es antifascista cien por cien, y que es un crimen la persecución que se ejerce contra esos muchachos. Pero, qué quieres, en casa ya no manda cl Gobierno. En fin, creo que no hay más remedio que sacrificar a esa división, aunque sea injusto.

Marché al Cuartel General de Pozas y le comuniqué el fracaso dc mi gestión. Regresé a Barbastro y reuní a los mandos de las dos brigadas convenciéndoles de la necesidad dc disolverse, con la garantía de aceptar a todo el mundo en las tres divisiones confederales, a fin dc evitar represalias si caían en unidades comunistas”.

Con la disolución de la División 29 no terminaron las peripecias de sus componentes. Ante todo era necesario salvar los cuadros del partido que componían la oficialidad y los comisarios de la División. Los que aún estaban en edad militar; y los que eran más significados, se refugiaron en varias unidades de la CNT, sobre todo en la División 28. Los nombramientos de oficiales del Ejército Popular de la División 29 estaban bloqueados por los estalinianos incrustados en el Ministerio de Defensa. Gracias a Crescenciano Bilbao, del PSOE, comisario general del Ejército, y del coronel Jesús Pérez Sala, subsecretario del Ejército, en aquel entonces, y a la circunstancia de que comenzaba a distanciarse Prieto de los comunistas, se consiguió que los nombramientos fueran saliendo en el Boletín Oficial del Ministerio de Defensa. Algunos de los que fueron destinados a unidades comunistas murieron con un tiro en la nuca o fusilado, según el parte por intento de pasarse al enemigo. Otros murieron en los diferentes frentes y los que no cayeron heridos, pasaron serias dificultades en las unidades que los tenían fichados como trotskistas.

El POUM fuera de Cataluña

Del protagonismo del POUM en la guerra civil, fuera de Cataluña, poco se puede decir, excepción de la sección de Madrid, capital del Estado. Triunfante la insurrección militar en las regiones y provincias donde la reacción poseía sus feudos socio-políticos, contribuyeron a su rápida victoria varios factores: la carencia de organización, de audacia, en fin, de no saber qué hacer, como es el caso de la CNT-FAI en Zaragoza en dónde ejercía un predominio dominante, y en Sevilla, donde la rivalidad local entre comunistas y anarquistas trababa la capacidad de acción contra una guarnición militar, no muy numerosa pero si bien dirigida .Influyó también la desidia, la cobardía y la ambigüedad de algunos gobernadores civiles de provincias de filiación republicana burguesa, conducta que no debía haber sorprendido a las organizaciones obreras. La pérdida de estas dos capitales fue de una gran importancia negativa estratégica en el posterior curso de la guerra civil. Las pequeñas secciones y grupos del POUM fueron “masacrados” literalmente en esas provincias como asimismo en el Norte después de su ocupación por las tropas franquistas. Fueron fusilados calificados camaradas que provenían de la Izquierda Comunista, con un historial de lucha sindical, en los que el Partido confiaba, por su preparación teórica, como una base firme para una sólida expansión: Luis Rastrollo y Manuel Fernández Sendón en la Coruña; Eusebio Cortezón, veterano militante y dirigente del Sindicato del Petróleo en Santander: los hermanos Arenillas, miembros destacados ya del POUM (José Luis, médico, Jefe de Sanidad de las Milicias de Euzkadi, hecho prisionero, fue ejecutado a garrote vil en marzo de 1938, a su hermano José Mª., economista, lo asesinaron los comunistas en Asturias); Félix Alutiz, secretario del sindicato ferroviario de Navarra y miembro del CC, asesinado en Pamplona por los carlistas y José Martín [asesinado junto] con un grupo numeroso de militantes de Llerena (Badajoz).

Por .lo que se refiere a Madrid, prefiero entresacar, de un informe de Enrique Rodríguez, dirigente de  la Juventud y miembro del Comité Central, unos párrafos ya que él fue protagonista en primera línea de los hechos:

“Unas relaciones personales de camaradas del Partido, nos permitió que el Ayuntamiento, donde la noche del 19 acudimos unos ochenta camaradas, se nos facilitara un fusil a cada uno, permaneciendo allí hasta la madrugada siguiente, trasladándonos a la Casa de Campo. Nos encomendaron la misión, con otras pequeñas columnas, de asaltar el Cuartel Campamento. Tras desordenadas escaramuzas que respondían los insurrectos con tiros de artillería, a finales del mediodía terminaron por rendirse. Con el botín que recogimos nos sirvió para organizar las primeras compañías de milicias. Otro grupo participó en el asalto al Cuartel de la Montaña recuperando igualmente numerosos fusiles y municiones que trajeron al local del Partido. Con este pequeño arsenal pudimos constituir nuestra primera compañía de milicias -unos 150 hombres- que se dirigieron hacia Guadalajara y Sigüenza, población esta última dónde se estabilizó el frente por este lado de la Sierra. Al mando de esta unidad se encontraba el excelente y querido camarada Hipólito Etchebéhere, nacido en la Argentina, de origen vasco-francés, al que acompañaba su compañera Mika, que más tarde había de jugar un papel relevante en nuestra guerra civil en la defensa de Madrid. Políticamente ambos procedían del grupo francés ´Que faire´, desprendido del trotskismo. No tardamos en editar ´El Combatiente Rojo´ destinado a los milicianos y POUM como semanario. Construimos una emisora de Radio desde la cual el Partido, por medio de conferencias y discursos, lectura de nuestra prensa, etc. difundía la política del POUM. En los primeros meses de la guerra el frente de Sigüenza lo componían fuerzas de la CNT, comunistas, ferroviarios de la UGT y el POUM. Cada una de ellas con su jefe respectivo, pero todas bajo el mando de Martínez de Aragón, coronel del Ejército. Se intentó repetidas veces asaltar el Castillo y la ciudad de Atienza que constituía un nudo importante de comunicaciones. Todos los intentos fracasaron y en ellos perdimos a varios camaradas, entre los que se encontraban Rodolfo Mejías, miembro del Comité Local de Madrid, y a Hipólito Etchebéhere, jefe de nuestras milicias, al que reemplazó G. Baldris, quien quince meses más tarde había de mandar una Brigada de la XXV División… Los fascistas no tardaron en contraatacar. En las luchas por defender Sigüenza y la Catedral cayeron varios camaradas, entre ellos Emilio Freire, también del CL de Madrid y dirigente del Sindicato de Zapateros de la UGT. Eugenio Izquierdo, destacado militante del POUM, fue fusilado al caer prisionero junto con otros muchos milicianos, incluso los que se encontraban heridos en la casa-hospital del pueblo. La situación militar continuaba agravándose. Recuperado el Alcázar las tropas franquistas se dirigían hacia Madrid. Las milicias luchaban ya en los pueblos cercanos a la capital. Entre ellas, el Batallón “Lenin” que comandaba G. Baldris, formado por milicianos procedentes de Sigüenza y cientos de campesinos de Andalucía y Extremadura que habían llegado a nuestro cuartel. También participó en estos desordenados combates la Columna “Joaquin Maurin” que el POUM de Cataluña había enviado a Madrid. Decenas de camaradas y simpatizantes dejaron sus vidas en estas batallas que precedieron a la salida del Gobierno hacia Valencia y que me permito simbolizar en los nombres de Eulogio Fernández, Luis Medina. Paco Marrón, Joaquín Pastor y Garcia Palacios, hijo de nuestro camarada Luís Garcia Palacios, todos ellos miembros de la JCI de Madrid. Constituida la Junta de Defensa, una vez el Gobierno en Valencia, ésta no tardó en aparecer como un instrumento estalinista. Anteriormente, los agentes soviéticos habían impedido la participación del POUM en la misma. Manuel Albar, destacado dirigente del PSOE, al que una delegación del Comité Local. fue a ver por tal motivo, les dijo que lamentándolo mucho, pues conocía el coraje con que luchaban nuestros milicianos en el frente, y convencido de la injusticia que se cometía con el POUM, reconocía, sin embargo que “entre la ayuda rusa y la que ellos podían ofrecer en aquella situación, la opción no ofrecía dudas”. El chantaje de la mencionada ayuda les permitía todo a los agentes de la GPU. y así llegamos hasta enero del 37, en que la Junta de Defensa procedió a la incautación de la emisora de Radio del POUM, so pretexto que “desde ella se vertían agresiones verbales contra el Gobierno legitimo de la República, contra el Frente Popular y sus dignos representantes, contra las figuras destacadas en la defensa de nuestra invicta ciudad, etc. Siguió la suspensión de nuestro modesto periódico ´El Combatiente Rojo´ y la del semanario ´POUM´. En este sentido puede decirse que la represión estalinista contra el POUM en general, empezó. en Madrid, diríamos que por el eslabón más débil del Partido.”

El POUM, el Comité de Milicias Antifascistas y el Gobierno de la Generalitat

Anteriormente hemos narrado la famosa entrevista entre Companys y la delegación de la CNT-FAI en su despacho de la Generalidad celebrada el 20 de julio de 1936. Hay que hacer la salvedad que la entrevista fue solicitada por Companys, el cual maniobró muy inteligentemente para sortear la difícil situación en que se encontraba ya que, de facto, había dejado de gobernar. Viejo zorro político supo comportarse como tal  al no dejarse arrebatar el timón de las manos en el tormentoso mar de la guerra y la revolución, pero sin el consentimiento benevolente de los dirigentes de la CNT-FAI hubiera desaparecido del mapa político el mismo día 20 de julio de 1936. Y este consentimiento de los anarquistas fue cediendo principios revolucionarios de clase, paulatinamente, ante el Gobierno de la Generalidad y después ante el Gobierno Central de Madrid hasta el sometimiento total  al que [se] puso fin con la derrota de la guerra y la revolución. De aquellos agitados días en que se decidía el destino de la revolución aún no se ha dicho la última palabra. No es nada fácil ver claro en el laberinto de salidas entrecruzadas que se barajaban [en] tan difícil situación. Como escribió R. Louzon en un folleto editado en Buenos Aires en 1938, titulado “La contrarrevolución en España”, refiriéndose a los Hechos de Mayo: “La CNT no puede indefinidamente ser la fuerza sin posesionarse del poder, y aceptar, por el contrario, voluntariamente ser derrotada por éste. La revolución no puede tolerar indefinidamente la contrarrevolución”.

La creación del Comité de Milicias Antifascistas, del que tanto se ha pontificado erróneamente fue solo una salida, una solución airosa ante el dilema que se les presentaba a los anarquistas de implantar su propia dictadura libertaria  Mariano R. Vázquez, escribía en un informe del Comité Nacional de la CNT al Congreso de la AIT de diciembre de 1937: “El 21 de julio de 1936 tuvo lugar en Barcelona un Pleno regional de federaciones locales y subregionales convocado por el Comité regional de Cataluña. La situación ha sido analizada y se decidió no hablar más de comunismo libertario mientras no hubiéramos conquistado la parte de España que estaba en poder los facciosos. El Pleno decidió en consecuencia no hacer realizaciones totalitarias pues se encontraba ante un problema: imponer una dictadura, anulando violentamente a todos aquellos-guardias o militantes de otros partidos- que habían colaborado el 19 y 20 de julio al triunfo sobre las fuerzas sublevadas; dictadura que por otra parte seria ahogada desde el exterior incluso si conseguía imponerse en el interior. Con el voto de todos, menos de la Federación comarcal del Bajo Llobregat, (léase García Oliver), el Pleno decidió colaborar y formar con todos los partidos y organizaciones el Comité de Milicias antifascistas.”

Horas después del Pleno de la CNT quedó constituido el Comité de Milicias como un gobierno paralelo al de la Generalidad pero sin las ataduras constitucionales de este último ya que según el informe de la FAI al movimiento libertario internacional, refiriéndose a Luis Companys: “lo necesitábamos para cubrir una apariencia internacional que impidiera que España fuese despedazada por todas las potencias capitalistas y reducida en cuestión de horas.”

En esas horas cruciales, Companys maniobraba por su parte. Según M. García Venero (Historia de las Internacionales en España): “Companys pidió ayuda a los comunistas de obediencia oficial y a los disidentes. Antes de llegar a una entrevista conjunta con los partidos marxistas y los grupos nacionalistas de izquierda, el presidente de la Generalidad procedió a recibirlos por separado y les confiaba lo que parecía ser secreto designio: – Si ustedes no me ayudan a contener a los anarquistas, estoy decidido a dimitir la presidencia”- En realidad lo que Companys buscaba era agradar a todo el mundo para mantenerse. Viendo que sus palabras no gustaban a Nin ni a Gorkin, declaró más o menos a los dos representantes del POUM: “-Me pongo a vuestra disposición; tomad el poder juntamente con la CNT y yo os serviré de cobertura cara al extranjero”.

La noche del 20 al 21 de Julio fue decisiva. El poder institucional de la Generalidad de hecho había perdido toda vigencia, flotando en el vacío, y el poder revolucionario victima de su propia ideología, careció de la audacia necesaria para implantar su dictadura de clase. Ante esta situación insostenible, Companys toma la iniciativa, convocando a la CNT para proponerles la continuidad del Frente de Izquierdas al cual se integrarían los anarquistas. Estos rechazan de pleno esta solución “política” pero se aviene a una transacción: la formación del Comité de Milicias Antifascistas.

A pesar de tanta tinta derramada para caracterizar al Comité de Milicias, para adaptarlo a sus tesis políticas, en realidad era un Comité policlasista en que estaban representados 3 delegados de la CNT, 2 de la FAI, 3 de la UGT, 1 del POUM, 3 de la Esquerra.Republicana., 1 de la Unió Socialista., 1 de la Unió de Rabassaires y 1 de AC(Acció Catalana), es decir todo el abanico de la izquierda burguesa que no se había adherido a la sublevación. AC era más bien un partido de centro. No estaban representados los comunistas estatales ni el PSUC pero sí de una manera indirecta por la Unió Socialista de Cataluña, principal componente de los cuatro grupos que formaron poco después el partido estalinista. La representación numerosa de la UGT fue una concesión de la CNT con la esperanza de que serian tratados de la misma manera en los lugares en que ella era minoritaria. Pero esta composición del Comité de Milicias, en el breve plazo que actuó, no impidió que efectuara una verdadera. labor revolucionaria. El POUM colaboró intensamente en ella. Josep Tarradellas, consejero en Jefe del Gobierno de la Generalidad ha dicho públicamente.(Fue destinado, en los primeros momentos, como delegado del Gobierno al Comité de Milicias). “Allí había un ambiente muy enrarecido: toda aquella gente era de la CNT, de la FAI, y sobretodo, del POUM. La gente no lo sabe pero el POUM, en cierta manera, era más demagógico que la FAI. La FAI tenia gente de buena fe y alguna gente de cloaca, pero entusiastas y desinteresados, a menudo ingenuos incluso. Mientras que los del POUM eran inteligentes y actuaban fríamente”. Cincuenta años después, este izquierdista republicano nacionalista ha aceptado un marquesado del descendiente de Felipe V. por su contribución a la continuación de las estructuras socio-económicas del franquismo.

A lo largo ya lo ancho de Cataluña, el Comité de Milicias, por la misma dinámica del proceso revolucionario, estableció un orden revolucionario en la retaguardia, consiguiéndolo en muchos aspectos y en otros se limitó a sancionar las transformaciones que efectuaban las masas; se hizo cargo del avituallamiento del frente y abastecimiento de la retaguardia, de la sanidad, del orden público a través de las patrullas de control; organizó o contribuyó a convertir ciertas industrias de paz en industrias de guerra, alentó el cultivo de las tierras disponibles, controló la vigilancia de fronteras y costas y la organización de las milicias en los frentes de Aragón-Cataluña por intermedio de un Comité de Guerra que estaba compuesto por seis militares profesionales, tres de la CNT, uno de la UGT y uno del POUM. Surgido de la situación creada a consecuencia de las jornadas del 19 y 20 de julio, el Comité de Milicias se convirtió en la expresión más genuina del poder del pueblo en que la guerra civil y la revolución social se entrelazaban entre si legitimándose recíprocamente. Ante esta fuerza arrolladora el Gobierno de 18 Generalidad se convirtió en una simple representatividad simbólica; situación a la tuvo que resignarse por la fuerza de aquellas circunstancias peculiares pero sin perder de vista su objetivo de recuperar el poder.

El 1° de agosto Companys, en una maniobra típica de marrullería política, delegó su poder ejecutivo en el presidente del parlamento catalán, Juan Casanovas, el cual formó un nuevo gobierno con representantes de los partidos republicanos burgueses y tres del ya formado PSUC. La CNT reaccionó ante esa maniobra y el día 3 se presentaron ante Companys Garcia Oliver y Aurelio Fernández expresando con dureza que no tolerarían un Gobierno sin el consentimiento del Comité de Milicias y que la CNT aboliría la Generalidad si el nuevo gobierno no desaparecía en breve plazo. Rafael Vidiella, uno de los propuestos por el PSUC para el proyectado gobierno, fue expulsado del Comité de Milicias por haber actuado a sus espaldas. Esta era la relación de fuerzas en esa supuesta dualidad de poderes. La Generalidad se debía limitar a guardar las formas de cara a Madrid y al exterior. Esto era lo pactado. Ilusión sin fundamento político que, con el tiempo, todos debíamos pagar muy caro.

El Comité de Milicias, ante la magnitud de sus tareas, delegó tareas a organismos civiles especializados, ocupándose, como.. principal misiona de los asuntos militares, tal como lo describe César M. Lorenzo en Los anarquistas españoles y el poder:

“La acción del Comité de Milicias fue facilitada por la aparición de los Consejos de obreros y soldados, tanto en los cuarteles de milicianos como entre los antiguos cuerpos de policía tales como la Guardia civil y el Cuerpo de aduaneros o en armas especializadas como la aviación. Estos Consejos, formados cada uno de ellos por cinco hombres más o menos, conocidos por sus convicciones antifascistas, se encargaban de vigilar las actuaciones de los oficiales o individuos poco seguros, impidiendo así que resurgiera un estado de espíritu reaccionario, ocupándose de las cuestiones de disciplina y asegurando los contactos entre la CNT y la UGT; se agrupaban en la cima en un Comité central de Consejos de obreros, soldados y otras fuerzas similares de Cataluña que animaba el. anarquista Alfonso Miguel y compuesto por otros tres libertarios y por tres delegados de la UGT. Desaparecieron después de octubre-noviembre de 1936 para dar paso a los comisarios políticos”.

En Lérida, principal reducto del POUM en Cataluña, los nuevos organismos revolucionarios estaban estructurados, según relató Jordi de Gardeny (seudónimo de Josep Rodes, dirigente local y miembro del Comité Central) en La Batalla, en diciembre de 1965:

“La grande y la pequeña burguesía fueron separadas del ejercicio del poder; los partidos republicanos, genuinos representantes de la pequeña burguesía, fueron barridos de la plaza pública… Durante los primeros días, la constitución de la nueva ciudad revolucionaria quedó fijada. Una serie de comités obreros atendían las necesidades perentorias y controlaban todas las actividades (abastecimientos, transportes, ejército, seguridad revolucionaria, etc.). El POUM convocó una reunión de organizaciones sindicales. De esta histórica reunión salió pujante y fuerte un nuevo orden [sin ninguna relación con el gobierno de Madrid y el de la Generalidad de Cataluña]… La clase obrera ejerció su poder a través de tres organismos, independientes en su funcionamiento, pero estrechamente ligados en sus directivas. Partiendo del principio de que todo el poder emana de la clase obrera, ésta, por medio de las juntas de todos los sindicatos de la CNT, UGT y de la FOUS [sindicato dependiente del POUM], junto con la delegación de un solo partido, el POUM, se constituye en poder legislativo. Su misión era estudiar y fijar normas sobre todos los problemas. La asamblea de las juntas de sindicatos delega el poder ejecutivo en las personas de los comisarios de la Generalidad y Orden público y en el Comité Popular antifascista. Este comité queda constituido por representantes de las mismas organizaciones sindicales y políticas de la asamblea. Dos representantes por organización. Su misión es cumplir las disposiciones acordadas por la Asamblea. Las dos comisarlas tienen las funciones propias de su cargo. La de la Generalidad [dirigida por Joaquín Vila, militante de la UGT] le ocupa de cuestiones económicas, la del Orden Público [dirigida por José Rodes, miembro del POUM) de la seguridad revolucionaria. La Asamblea de los sindicatos establece el orden judicial… Crea el Tribunal Popular revolucionario…”.

Hay una tendencia muy extendida a presentar al Comité Central de Milicias como si fuera un Soviet al estilo ruso (cuyo nombre eslavo significa sencillamente Consejo, Comité o Junta que se crearon en 1905 y después en 1917 en Rusia, país en que los trabajadores no estaban encuadrados en sindicatos de raigambre histórica revolucionaria como en España, sobre todo en Cataluña donde el peso determinante entre los trabajadores era la CNT-FAI. Precisamente en Rusia surgieron los soviets como una necesidad de forjarse la clase obrera y campesina sus propios órganos de lucha creando una unidad de acción democrática sin parangón al no estar ligados a organizaciones sindicales ni políticas. Por esto no hay que olvidar que el Comité de Milicias fue creado desde arriba por las organizaciones y partidos ya establecidos.

La dualidad de poder entre el Comité de Milicias y el Gobierno de la Generalidad no podía durar. Como expresó García Oliver en el curso de un Pleno del movimiento libertario de Cataluña, celebrado a fines de agosto de 1936, cansado de las discusiones que no tenían fin: “O bien colaboramos o bien imponemos la dictadura. ¡Escoged!”. Este Pleno, decisión insólita en los anarquistas, fue secreto, y sus acuerdos no fueron publicados en aquel entonces. Este Pleno se efectuó tras la insistente invitación del Presidente de la Generalidad de que los libertarios se integraran al gobierno de Cataluña. Companys esgrimía, como argumentos, que la presión del Gobierno de Madrid para que se volviera a la institución del poder legal era amenazadora: :negándonos fondos para la adquisición de materias primas para la industria civil y de guerra, suministrándonos, en cuentagotas, armas para el frente de Aragón, etc En fin, había el propósito de provocar la asfixia de Cataluña. En cuánto a las relaciones con el exterior, la situación a la cual  habría que hacer frente, si seguíamos un camino diferente del resto de España, era aún mucho peor que incluso podía provocar la intervención armada de las potencias europeas. García Oliver, y Ricardo Sanz, con el grupo Nosotros, eran partidarios de tomar el poder con todas las consecuencias porqué, según palabras de Ricardo Sanz, “cediendo y haciendo concesiones todos los días, la revolución va en regresión”. De aquella reunión, escribió A. Souchy en España Libre del 3 de junio de 1951: ” García Oliver pedía todo el poder para la Organización, mientras Santillán y otros compañeros opinaban que debía colaborarse con los demás sectores. Se adoptó en definitiva el criterio de Santillán…”. Diego Abad de Santillán justifica su posición (Op .cit. p.116) con estas palabras: “”El Comité de Milicias garantizaba la supremacía del pueblo en armas, garantizaba la autonomía de Cataluña, garantizaba la pureza y la legitimidad de la guerra, garantizaba la resurrección del ritmo español y del alma española (sic); pero se nos decía y repetía sin cesar, que mientras persistiéramos en afianzar el poder popular, no llegarían armas a Cataluña ni se nos facilitarían divisas para adquirirlas en el extranjero, ni se nos proporcionarían materias primas para la industria”.

Una vez más, los anarquistas, para aquietar pueriles escrúpulos de conciencia, pusieron como condición que el Gobierno de la Generalidad se transformara en Consejo de la Generalidad y que su participación se limitaría, al contrario del Comité de Milicias, a la CNT para que la FAI quedara sin mancha de pecado político alguno. Este jueguito infantil, genuinamente ácrata, de las denominaciones formalistas continuó. Tres meses después, cuando se formó el nuevo Consejo de la Generalidad, con la expulsión del POUM, por presión chantajista de los estalinistas soviéticos, el diario de la CNT Solidaridad Obrera consideró que era un triunfo de los principios libertarios la solución de la crisis porqué en el nuevo gobierno sólo estaban representados los genuinos representantes de la clase obrera, la UGT y la CNT sin mencionar que los nuevos consellers eran también faístas y estalinistas hasta el extremo que el secretario general del PSUC entró a formar parte del Consejo como representante de la UGT.

Después de la firma por el POUM del pacto electoral del Frente Popular, al partido se le presentó otro problema fundamental: la participación en el Gobierno de la Generalidad. Sobre el particular me limitaré a transcribir unas líneas personales de un autorizado miembro del POUM, de todos conocido, fundador y perteneciente al Comité Ejecutivo del mismo, Juan Andrade:

“Los dirigentes de la CNT-FAI, que a pesar de todo seguían manteniendo su entera confianza en Companys, comprendían igualmente que la situación debía ser normalizada, pero en lugar de estructurar el poder obrero se pusieron de acuerdo con el gobierno sin poder ni autoridad de Companys, para liquidar el Comité de Milicias y fortalecer el gobierno de la Generalidad, con la misma composición política que tenía el primero. Nuestro partido, después de haber batido resueltamente y sólo en el Comité de Milicias contra semejante propósito, fue invitado a designar un ministro, pero se reservó la respuesta hasta que deliberase el comité ejecutivo. Este discutió la cuestión ampliamente. Se plantearon todos los problemas que se derivarían de nuestra resolución y también se examinó nuestra impotencia para hacer seguir otro camino y obtener la adhesión de las masas obreras, que sólo seguían las inspiraciones de sus organizaciones. Mi criterio fue el único que se manifestó en contra de aceptar la participación ministerial, pero debo decir honradamente que no de una manera muy resuelta, más bien por mantener el principio, porque estaba embargado por las mismas preocupaciones que mis camaradas del comité y por las consecuencias que se seguirían en aquellas circunstancias para el partido. En primer lugar la inmensa mayoría de las secciones del partido no aceptarían la ruptura con las otras organizaciones obreras, es decir, nuestro aislamiento. En el terreno práctico supondría que no tendríamos los medios materiales y económicos para mantener a nuestros milicianos, que perderíamos todas las posiciones que tenían nuestras secciones localmente; es decir, el partido quedaría anulado y también en una situación ilegal. Por otra parte se les daba casi la mitad del juego ganado a los estalinistas, que aprovecharían  así la ocasión para hacer proclamar nuestra ilegalidad. Eran muchos los factores que se presentaban a nuestra consideración responsable por lo cual el CE decidió someter la resolución definitiva al Comité Central del partido, que se celebró dos días después.

Hay que decir, en honor a la verdad, que nuestro Comité Central expresó siempre, en su mayoría, durante todo el tiempo que duró nuestra legalidad, una tendencia a la derecha del CE, el cual varias veces en las reuniones fue acusado de izquierdista. En la reunión del CC las cosas transcurrieron de una forma casi idéntica a como en el CE. Sólo una voz se alzó para poner reparos: la del delegado de Madrid, el camarada Enrique Rodríguez. Su opinión fue parecida a la mía. Pero ni una sola, absolutamente ninguna otra delegación, se manifestó en contra o hizo observaciones. Es más, en noviembre de 1936, cuando se formó la Junta de Defensa de Madrid, que era una delegación del gobierno de Valencia, fui llamado por nuestra sección de allí, porque estimaban los camaradas del comité madrileño que había posibilidad de obtener un puesto en la Junta y que era preciso realizar las gestiones. Esta ilusión se mostró vana, .pero es una muestra más del estado de espíritu que se manifestaba en el partido, no ya sólo en Cataluña, hasta en Madrid, en la sección más importante de la antigua Izquierda Comunista.

Ahora, en la perspectiva histórica, ante el desarrollo de las luchas políticas en Europa de una manera más o menos pacífica y no en situación grave, crítica, de guerra, el análisis tiene tendencia, porque no va seguido de consecuencias, a ver las cosas, quizá, de diferente manera. Pero cuando un partido en pleno, educado en la lucha de clases, completamente obrero, enemigo del colaboracionismo ministerial, adopta una. resolución de tal importancia, es porque la situación concreta lo imponía”.

El POUM y los Hechos de Mayo

No se pueden comprender los sangrientos acontecimientos de los primeros días de Mayo de 1937 ocurridos en Barcelona, fuera del contexto general de la guerra civil y la revolución, de la relación de hechos significativos que se en enlazan y entretejen entre ellos, tanto nacionales como internacionales. El General Krivitski, jefe del contraespionaje militar soviético en la Europa Occidental, antes de haber sido encontrado suicidado en un hotel de Washington, escribió lo siguiente:

“Desde la llegada de Hitler al poder, en 1933, la política de Stalin se caracterizó por el desasosiego. Sentía el terror de quedarse aislado. Su esfuerzo para llegar a un acuerdo con Hitler, tan pronto recibía estimulo como repulsa. Una vez que hubo perdido toda esperanza de lograrlo, quiso intentar la resurrección del antiguo pacto de la Rusia zarista con Francia pero no alcanzó el éxito rotundo que se prometía… En semejante estado se hallaban las cosas cuando estalló la revuelta de Franco. Obró con lentitud, como es su costumbre. Cuando se convencí de que Franco no iba a alcanzar una victoria rápida y fácil, intervino. Abrigaba la idea, compartida por sus allegados. de atraer a España a su esfera de influencia. Una vez dueño de España, cuya importancia estratégica era vital para Francia e Inglaterra, obtendría lo que deseaba. Seria una fuerza con la que resultaría contar, un aliado codiciable… El problema de la revolución mundial, de mucho tiempo atrás, para Stalin había cesado de ser una realidad. Ya no se trataba más que de política extranjera soviética… La intervención de la URSS pudo ser decisiva en determinados momentos, pero no arriesgó nada. Cuídose de no arrastrar a la URSS a una gran guerra. Se lanzó a la refriega con esta orden: “Mantenerse fuera de los disparos de la artillería”. Ese fue nuestra consigna durante todo el tiempo de nuestra intervención en España…Recibí órdenes de Moscú de no desembarcar ninguna carga de armamentos en Barcelona, que tenia su Gobierno propio, casi independiente del gobierno central. El Gobierno catalán estaba dominado por revolucionarios antistalinianos, en quienes Moscú no tenia confianza. Y, sin embargo, sostenían uno de los sectores esenciales del frente republicano… Si Stalin quería servirse de España como de un triunfo en su juego, antes era preciso vencer todas las resistencias en el campo republicano. el centro de las cuales estaba en Cataluña… Hasta la fecha, las Jornadas de Mayo en Barcelona aparecen como una lucha fraticida entre antifascistas, mientras Franco ataca. De acuerdo con la versión oficial, los revolucionarios catalanes, traicioneramente, habían intentado adueñarse del poder, en el instante en que todas las energía eran indispensables para resistir al fascismo… Stalin sabia que el conflicto era inevitable. Por medio de sus corifeos atizó la hoguera e incitó, los unos contra los otros, a socialistas (comunistas), anarquistas y poumistas. Después de cinco días de matanzas, Cataluña se convirtió en el palenque en el que Caballero se jugaba la vida. Al negarse a reconocer el derecho a las demandas de la supresión inmediata y radical de las agrupaciones antistalinianas, fue obligado a presentar la dimisión el 15 de mayo. El Dr. Negrín asumió la jefatura del nuevo Gobierno, .de acuerdo con lo que Stachevski tenia decidido desde hacia tiempo… Stalin, en su intervención en España, se precipitaba a un ignominioso desenlace. Stalin había intervenido con la esperanza de abrir, después de avasallar a España, un camino hacia Londres y Paria, y sobre todo, hacia Alemania. Pero la maniobra se le malogró por falta de audacia. Si tuvo éxito en el asesinato, en los combates fracasó. Paris y Londres adoptaron una actitud más amistosa hacia Franco, y, paulatinamente, en el transcurso de 1938, Stalin fue alejándose de la aventura española. Todo lo que de ella había sacado era una montaña de oro”.

Escribiendo estas páginas, en un intervalo, he leído un ensayo del profesor universitario, doctor en Historia, Josep Termes, que, como se dice vulgarmente, me ha sacado la palabra de la boca  coincidiendo su punto de vista con lo que tenia planeado decir. Prefiero, por tanto, remitirme a lo que él escribe: “A mi entender se ha puesto poco énfasis en la cronología en la que se desarrollan los Fets de Maig, en su contexto internacional. Si bien es cierto que los historiadores no comunistas han explicado el paralelismo de los sucesos de mayo, la muerte de Andreu Nin. y la persecución contra el POUM con los procesos de Moscú en los que Stalin liquida a los opositores a su política, me parece que la cronología de lo que ocurre en Rusia es determinante para entender el desarrollo de los hechos. La Guerra Civil española está dramáticamente enmarcada en la consolidación de la dictadura de Stalin en la URSS, en la supresión física de la vieja guardia bolchevique y en la creación de una férrea dictadura, de un régimen político estructurado como sistema totalitario… En agosto de 1936 (días después del inicio de la Guerra Civil española} empiezan los procesos. llamados de Moscú, escaparate publicitario de un profundo clima de terror que se abate sobre la URSS (y en especial sobre la vieja guardia bolchevique que no se pliega a los dictados de Stalin}. Debo hacer un paréntesis para señala que el POUM. en una declaración sobre los procesos de Moscú. dijo, por intermedio de La Batalla del 28 de agosto de 1936: “El CE del POUM no puede pasar en silencio este hecho, no puede dejar de emitir su criterio sobre él. No hacerlo seria proclamarse cómplice del mismo. Somos socialistas revolucionarios. marxistas. En nombre del socialismo y de la clase obrera revolucionaria. protestamos enérgicamente contra el monstruoso crimen que acaba de perpetrarse en Moscú”.

El historiador Josep Termes prosigue: “Tendrán lugar tres grandes procesos de depuración: el primero se inicia en agosto de 1936, el segundo en enero de 1937 (como antesala de los Hechos de Mayo}, y el tercero en marzo de 1938… Y el 12 de junio de 1937 se conoció la condena y ejecución de ocho grandes militares soviéticos. entre los cuales el mariscal Tukatchevski. la figura más prominente del ejército rojo. Durante esta enorme y sangrienta depuración fue ejecutada (bajo las acusaciones más increíbles y ridículas} la casi totalidad de los antiguos bolcheviques (es decir de aquellos que hablan ingresado en el partido antes de la Revolución de 1917)… Stalin habla decapitado la plana mayor de la Revolución rusa. Sus partidos satélites tenían, que completar la obra en sus respectivos territorios: cada disidente de la política estalinista seria el principal enemigo a abatir”.

A propósito de los crímenes de Stalin, el POUM, el 3 de septiembre de 1936, en La Batalla, publicó la siguiente declaración: “En Moscú ha sido fusilados, en las monstruosas condiciones que todo el mundo sabe, Zinoviev, Kamenev, Smirnov y varios militantes bolcheviques más en número de dieciséis… Trotski, el compañero de Lenin, el gran organizador del Ejército Rojo, no ha podido ser fusilado por la sencilla razón de que no se encuentra en Rusia, bajo la férula de Stalin. Pero es sistemática y sañudamente perseguido. Desde hace años, su vida es un verdadero calvario. Hoy corre un positivo peligro. Se exige su expulsión o su confinamiento. Se le trata como a un criminal. Se incita, incluso, al asesinato contra él. Nosotros que no somos trotskistas, que tenemos divergencias con Trotski, consideramos que se comete un crimen contra él y exigimos que cese ese escándalo internacional. La clase trabajadora española, la clase trabajadora catalana, no puede pasar por la vergüenza de permitir ese escándalo. Nosotros, seguros de interpretar su sentir, exigimos que se ofrezca un refugio a Trotski en Cataluña, bajo la protección revolucionaria de la clase trabajadora. Sabemos de dónde vendrán las resistencias de este noble propósito. Contra ella lucharemos con toda energía, en cumplimiento de un alto deber de solidaridad revolucionaria”.

El Comité Central del POUM se reunió el 12 de mayo de 1937, inmediatamente después de la lucha en Barcelona y en varias poblaciones del interior de Cataluña, dando a conocer un comunicado, el cual se imprimió en hojas sueltas y en toda la prensa del Partido. Entresacamos los principales párrafos:

“Los  trágicos acontecimientos no pueden explicarse como un acto de locura colectiva. Acontecimientos de tal envergadura que han lanzado a la lucha a masas considerables, bañado en sangre las calles de la capital catalana, constando la vida a centenares de hombres, no se producen porque sí, sino que obedecen a causas poderosas y profundas… La actitud provocativa de la contrarrevolución determinó el estallido. Pero, ya los obreros en la calle, el partido tenía que adoptar una actitud. ¿Cuál? ¿Inhibirse del movimiento, condenarlo o solidarizarse con él? Nuestra opción no era difícil. Ni la primer ni la segunda actitud cuadraban con nuestra calidad de partido obrero y revolucionaria y, sin vacilar un momento, optamos por la tercera: prestar nuestra solidaridad activa al movimiento, aún sabiendo de antemano que no podía triunfar. Si el desencadenamiento hubiera dependido de nosotros, no habríamos dado la orden de la insurrección. El momento no era propicio para una acción decisiva. Pero los obreros revolucionarios, justamente indignados por la provocación de que habían sido víctimas, se habían lanzado al combate y nosotros no podíamos abandonarlos. Obrar de otro modo habría constituido una imperdonable traición. La lucha armada se desarrolló de tal forma, fueron tales el ímpetu de los obreros revolucionarios y la importancia de las posiciones estratégicas alcanzadas, que se hubiera podido conquistar el poder. Pero nuestro partido, fuerza minoritaria en el movimiento obrero, no podía tomar sobre sí la responsabilidad de lanzar esta consigna, con tanto mayor motivo cuanto que la actitud de los dirigentes de la CNT y de la FAI, que desde las emisoras barcelonesas invitaban de un modo apremiante a los obreros a abandonar la lucha, creaban la confusión y el desconcierto entre los combatientes. En estas circunstancias, invitar a los trabajadores a tomar el poder era lanzarlos fatalmente a un putch que hubiera sido de consecuencias fatales para el proletariado.”

César M. Lorenzo, en su obra Los anarquistas españoles y el poder (pág.215) puntualiza que “durante la noche del 3 de mayo, dirigentes del POUM (Andreu Nin, Julián Gorkin y Pedro Bonet) se entrevistaron con los responsables libertarios (Alfredo Martínez y Valerio Mas, entre otros) y les propusieron formar un organismo común para dirigir la lucha, aplastar a los estalinistas, presionar al gobierno y, en último extremo, tomar el poder; tropezaron con una negativa”. Juan Andrade, del CE del POUM, protagonista también de aquellos sucesos, años después, en Notas sobre la guerra civil, escribe:

“…Era tal el desconcierto, la confusión y también la irresponsabilidad anarquista, que recuerdo muy bien que cuando yo tenia oportunidad de salir a la calle (nuestro CE estuvo reunido en sesión permanente mientras duraron los sucesos), se acercaban a mi mí y me abordaban numerosos camaradas extranjeros, incluso los trotskistas (pues en Barcelona misma los hechos no se veían igual que en Paris o México), para decirme aproximadamente: “Pero esto no tiene pies ni cabeza. Hay que acabar con esta situación, buscar una salida”… Mantuvimos contactos con el CN de la CNT, establecimos relación con “Los amigos de Durruti”, grupo del que hay que decir que no representaba nada efectivo, era un núcleo de peso mínimo que no pretendía hacer más que una oposición en el seno de la FAI…Hago esta aclaración porque después se ha pretendido presentar a “Los amigos de Durruti” como una organización poderosamente representativa, expresión de la conciencia revolucionaria de la CNT… Fui encargado por el CE, durante los sucesos de Mayo, de entablar relaciones con el Comité Regional de la FAI, que tenia su local en el Seminario de Barcelona…Mis primeras gestiones allí estuvieron orientadas a lograr la constitución de un Frente Revolucionario que dirigiera la lucha y que formulara y orientara la finalidad de la misma… Para ellos no era preciso establecer ningún frente unido y su fuerza bastaba, -aunque no se deducía realmente para qué, puesto que los propios combatientes suyos no recibían más órdenes que las de mantenerse en sus posiciones, pero sin consignas definidas… La última visita que hice fue para formular un proposición concreta nuestra, de índole militar… Casi toda la ciudad, a excepción de un centro en torno a la Generalidad, estaba en poder de las fuerzas combatientes de la CNT y el POUM. Se trataba pues de organizar un avance metódico, dirigido por especialistas militares, hacia el centro de la ciudad para tomar la Generalidad. La operación no habría sido costosa, dado sobre todo que los elementos que defendían ese casco de la ciudad no poseían muy elevada moral frente a la combatividad de los trabajadores revolucionarios… Juzgaron esto imposible sin ofrecer ninguna otra solución. Abandoné el local faísta convencido una vez más de que el confusionismo anarquista culmina siempre en las mayores catástrofes políticas… Cuando se simplifican o esquematizan situaciones políticas muy complejas, para idealizarlas y deducir conclusiones falsas favorables a una tesis, se defiende, se hace demagogia fácil, pero no se sirve a la verdad y se elude toda responsabilidad efectiva. Reducir el problema, la situación tan fluida de aquel momento en que la clase trabajadora de Barcelona se habla lanzado a combatir en la calle para ultimar la revolución, y decir que el POUM, como dijeron Trotski y los trotskistas, haciendo el juego a los dirigentes anarquistas, dio la orden de abandonar la lucha, arregla bien los argumentos de los que, por encima de todo, tratan de desacreditar a nuestro partido y de presentar cada una de sus actividades únicamente como una pura traición, pero no responde a la más mínima verdad.”

La represión contra el POUM

La calumnia, la injuria, la falsedad, la mentira, la difamación, la persecución, de sus militantes, la prisión, la tortura y el asesinato de sus militantes no ha sido un privilegio único del POUM. Para no remontarnos a un pasado lejano , sólo citaremos a Jaurés, Matteoti, Karl Liebknech, Rosa Luxemburgo, Salvador Seguí, victimas simbólicas de la lucha de clases que se desarrolla, en las épocas de crisis revolucionarias, a través de pugnas encarnizadas, de vida o muerte. La Liga Espartaquista alemana, con la cual el POUM tiene cierta afinidad de destino, sufrió la calumnia, la persecución y el asesinato de la contrarrevolución en la cual jugó un papel preponderante la socialdemocracia. El partido de Lenin también tuvo que pasar por esta prueba de fuego de la difamación y la calumnia. “Cuánta vileza hace falta -escribía Lenin en aquellos días- para confundir la lucha razonada e inteligente con la difusión de calumnias”, palabras que parecen destinadas a los estalinistas. La revista francesa Mai 1936 publicó un texto de 1919 que se divulgó por toda la gran prensa contra los bolcheviques. Se leían cosas como éstas: “El Comité de Información Pública publica un determinado número de cartas que han sido cambiadas entre el gobierno imperial alemán y el gobierno ruso de los bolcheviques… Estos documentos establecen que los jefes actuales del gobierno bolchevique, Lenin y Trotski, y demás consortes, son agentes alemanes; que la revolución bolchevique ha sido preparada por el Estado Mayor Alemán y sostenida económicamente por la Banca del Imperio -Reichsbank- y por las entidades financiera alemanas… Existen alrededor de 70 documentos. Se posee el original de muchos de ellos, con notas marginales procedentes de funcionarios bolcheviques…”. La calumnia política carece de imaginación, se repite, se copia e incluso es aburrida por su monótona letanía. Dos meses antes de los Hechos de Mayo José Díaz, en un pleno del Comité Central del PCE celebrado del 5 al 8 de marzo de 1937 expresó: “¿Quiénes son los enemigos del pueblo? Los enemigos del pueblo son los fascistas, los trotskistas y los incontrolados (nombrando indirectamente a los anarquistas)… Nuestro enemigo principal es el fascismo pero nuestro odio va también va dirigido, con la misma fuerza concentrada, contra los agentes del fascismo, que como los poumistas, trotskistas disfrazados, se esconden detrás de consignas pretendidamente revolucionarias para cumplir mejor su misión de agentes de nuestros enemigos emboscados en nuestra propia retaguardia… Deben ser eliminados de la vida política, no solamente en España, sino en todo el mundo civilizado”. En enero de 1937, con motivo de uno de los procesos de Moscú, Frente Rojo,  órgano estalinista;  publicó: “La Batalla, órgano de la banda de contrarrevolucionarios y provocadores que dirigen el POUM, se ha presentado al fin a cuerpo descubierto. Le ha dado motivo para arrojar su disfraz el proceso que acaba de iniciarse en Moscú contra la segunda partida de terroristas, espías y asesinos trotskistas, cómplices de la Gestapo y dirigidos, como el POUM, por el propio Trotski “.

Tanto el POUM como los trotskistas hacían esfuerzo para diferenciarse políticamente entre si por cuestiones de táctica que consideraban de suma importancia pero los estalinistas insistían en meterlos en el mismo saco.

David Alfaro Siqueiros, el pintor muralista mexicano, que participó en la guerra civil, como teniente-coronel, según él, en un libro de memorias que tituló Me llamaban el Coronelazo, describe el motivo que le incitó a atentar contra Trostki en Coyoacán, que resultó fallido, el 24 de mayo de 1940. Según él se encontraba confuso y desorientado, no sabiendo qué contestar a las preguntas que le formulaban: “Por aquí un jefe de brigada, por allá un comisario, de división, de cuerpo de ejército, por otro lado un oficial, jefe de compañía e incluso soldados aislados: “Cómo se explica que el general Lázaro Cárdenas, ese amigo de la República Española, ese gran hombre de México, haya podido dar refugio a Trotski y esté favoreciendo las actividades de hecho contrarrevolucionarias contra la URSS, que es la única fuerza internacional que realmente puede salvar nuestra situación contra los reaccionarios del mundo entero?”. “En estas condiciones se produjo la puñalada por la espalda más artera que por su magnitud se haya producido en país alguno contra un pueblo que ha tomado las armas para defender unas instituciones democráticas y empujar a su país hacia una etapa superior de progreso social. El POUM, el partido trotskista de España, que respondía a la dirección internacional de la IV Internacional, con cuartel general en México, precisamente’ en casa de Trotski, donde se celebraban congresos internacionales y todo, produjo una sublevación en la extrema retaguardia del Ejército Republicano, en Cataluña, y exactamente en Barcelona, es decir a pocos kms. de la frontera francesa… La sublevación trotskista produjo cerca de 5.000 muertos (los multiplicó por diez), solamente en Barcelona y distrajo más de 30.000 hombres del frente para reprimirla”. Esta tendencia de exagerar es propia de los calumniadores para justificar las represalias. Y ahora viene la retorcida estupidez para justificar su intento de asesinato de Trotski. “En consecuencia, para nosotros ya no se trataba sólo de nuestra “vengativa” actitud de mexicanos excombatientes en las filas del ejército republicano español (el comando que asaltó a tiros la casa de Trotski estaba compuesto por excombatientes mexicanos en la guerra civil española) contra el trotskismo por el caso de la artera actitud del POUM en el caso de la sublevación de Barcelona, sino de la necesidad de impedir que el cuartel general de Trotski siguiera llevando a cabo su misión ofensiva, de supuesto origen marxista, esto es, proletario, contra la URSS…”.

Se llenarían páginas y más paginas si transcribiéramos las calumnias, falsedades y tergiversaciones de los estalinistas y sus compañeros de ruta: Koltsov, Regler, Ehrenburg, Soria, etc. entre los extranjeros y la de los españoles, no sólo de los dirigentes del PCE sino de los escribidores a sueldo, suman por decenas. Sin embargo, no debemos pasar por alto a José Bergamín, al “fino y sensible” escritor como lo denominaban, de la generación de 1928, venerado por los círculos intelectuales literarios que escribió un ya famoso prólogo a un libelo vergonzoso confeccionado por la NKVD, firmado por un inexistente Max Rieger. He aquí un extracto: “La organización trotskista española del POUM se reveló por la traición de mayo de 1937 como una eficacísima instrumentación fascista dentro del territorio republicano… La guerra española dio al trotskismo internacional al servicio de Franco su verdadera figura visible de caballo de Troya”. También se nos haría muy largo, aunque fuera sintetizando, reseñar el proceso contra el POUM que se quiso montar al estilo de los de Moscú, por dejación y cobardía del gobierno y demás organizaciones antifascistas. No es de extrañar que a pesar de que han pasado cincuenta años aun se intenta silenciar los crímenes del estalinismo en la España republicana por el complejo de culpa, de complicidad, o la no protesta de los mismos ante la cantinela chantajista de la ayuda soviética. ¡Si al menos hubiera servido para ganar la guerra! Afortunadamente no todo estaba podrido en Dinamarca y varios dirigentes socialistas y cenetistas, que ya no estaban en el gobierno, declararon en favor de los acusados salvando así las vidas de los miembros del Comité Ejecutivo del POUM de la burda acusación de espías y alta traición. Pero lo que salvó verdaderamente a los miembros del POUM del fusilamiento fue la actitud de un hombre enfermizo que resistió increíblemente el tormento refinado de la tortura física y psíquica hasta morir por negarse a “confesar” los crímenes que no había cometido. Tenia razón Antonov Ovseenko cuando dijo que “España no es Rusia,  Stalin estaba equivocado” Aquí no había, por otra parte, motivo para declararse traidor y contrarrevolucionario para “salvar, para que viva la revolución”. Lo que salvó Andreu Nin, con su sacrificio fue la vida de sus compañeros como escribió Largo Caballlero en sus “Memorias”, y, sobre todo, la honestidad de las ideas del POUM. Fernando Claudín, dirigente de las juventudes comunistas desde antes del 19 de Julio de 1936 y posteriormente del PCE hasta que fue expulsado en 1964 por su compadre Santiago Carrillo, publicó en “La crisis del movimiento comunista”, editado en 1970, las siguientes líneas de autoinculpación: “Agregamos, por nuestra parte, que la represión contra el POUM, y en particular el odioso asesinato de Andrés Nin, es la página más negra en la historia del PCE, que se hizo cómplice del crimen cometido por los servicios secretos de Stalin. Los comunistas españoles estábamos, sin duda, alineados -como todos los comunistas del mundo en esa época y durante muchos años después- por las mentiras monstruosas fabricadas en Moscu. Pero eso no salva nuestra responsabilidad histórica. Han pasado catorce años desde el XX Congreso y el PCE no ha hecho aún su autocrítica, ni ha prestado su colaboración al esclarecimiento de los hechos. Suponiendo -cosa bastante probable a nuestro conocimiento- que los actuales dirigentes del PCE no puedan aportar gran cosa s lo que ya es sabido, si podrían exigir del PCUS que revelara los datos que sólo él posee. El caso de Nin pertenece a la historia de España, no sólo a la de la URSS”. Actualmente Claudín es miembro del PSOE y Director de la Fundación Pablo Iglesias y fue de los primeros que destapó la olla de la entrada de España en la OTAN. En 1983 publicó una obra sobre Santiago Carrillo (“Crónica de un secretario general”) en la que dice textualmente “Carrillo afirma no haber sabido nada entonces (en 1937) del asesinato de Nin, creyendo -como todos los comunistas creímos- la rocambolesca historia de que había sido “liberado” por un comando de nazis alemanes disfrazados de voluntarios de las Brigadas Internacionales, con lo que quedaba “probada” su condición de “agentes fascista”. Y Claudín se pregunta: “¿por qué la dirección del PCE, después de independizarse del PCUS y de tomar conciencia de los métodos que utilizaba contra sus adversarios políticos, no reclamó a Moscú el esclarecimiento de un episodio que ensombrece tan gravemente su propia historia? ¿Por qué no se ha hecho la debida autocrítica y establecido rigurosamente las responsabilidades en que incurrieron algunos de sus dirigentes?”. Preguntas inocentes impropias de un militante de su experiencia que vivió los peores años del estalinismo desde dentro, ocupando cargos directivos. La conclusión que se desprende de sus manifestaciones, a tantos anos vista, es que continua “alineado”aunque no en la misma dirección. La cuestión es estar inscrito en una nómina.

Han pasado cincuenta años del 19 de julio de 1936, de la guerra civil española y la inquieta juventud revolucionaria de hoy se pregunta, con un interés creciente, cuál fue en realidad el papel protagónico que jugó el POUM en la que quizá fuera la última revolución social europea al “estilo clásico”. Sin jactancia, debemos resaltar que nuestra lucha, la del POUM, no tiene ningún parangón histórico. A su lucha contra la reacción fascista española e internacional se añadió la lucha sin cuartel contra la burocracia soviética. La “peculiaridad” de nuestra posición político independiente nos obligó a luchar simultáneamente en dos frentes a la vez, ninguno de los cuales era sólo teórico-político. El cerco que nos rodeaba era total. Sólo individualidades aisladas del exterior nos apoyaban como por ejemplo: Henriyk Sneevliet, Georges Vereecken, Víctor Serge,  personalidades de prestigio en el movimiento revolucionario europeo. La mayoría de dirigentes de los partidos del Frente Popular, incluidos los de la CNT, salvo excepciones, optaron por callar, en aras de la sacrosanta frase: “los rusos nos proporcionan las armas”, olvidándose añadir “las indispensables para resistir pero no para ganar la guerra”. El 3 de octubre de 1986, el general Goiko Nikolis, yugoslavo, que luchó en España y después con Tito, contra los nazis, manifestó a un periodista de “El Pais”: “Ya es hora de empezar a buscarles explicaciones más válidas a la derrota que sufrimos. La superioridad de Franco no basta. Hay que estudiar el cometido de Stalin en la derrota republicana. Creo que éste, como en el caso de Yugoslavia más tarde, deseaba una España a la medida de sus designios”. Por decir esto en tono afirmativo, hace cincuenta años, nos tildaron con toda clase de epítetos denigrantes. Reflexionando sobre las actitudes pasivas de los camaradas de ruta de los estalinianos, uno se pregunta si, en el fondo, se escondía una complicidad benevolente, un dejar hacer provechoso. A fin de cuentas, con la sangrienta represión contra el POUM, los estalinistas les eliminaban un molesto adversario político, el cual, en aquellos momentos de auge revolucionario, constituía, potencialmente, un peligro evidente.

La trayectoria política de Andreu Nin (Francisco de Cabo, 1992)

Publicado originalmente en catalán en el folleto “A l´entorn del centenari d´Andreu Nin”, Fundació Andreu Nin, 1992. La edición en castellano está basada en el texto íntegro mecanografiado de Francisco de Cabo en esta lengua, incluyendo algunas variaciones sobre el texto publicado.

Leer artículo “La trayectoria política de Andreu Nin (Francisco de Cabo, 1992)”

El POUM y la cuestión sindical (Francisco de Cabo)

Un partido revolucionario sin una base sindical en la cual pueda apoyarse es como un edificio sin cimientos sólidos. La base sindical de un partido obrero revolucionario es su propio reaseguro de clase. Los anarcosindicalistas, en la preguerra civil convirtieron a los sindicatos de la CNT en su “partido político”: “en sí” y “por sí” el sindicato era su espacio político. Y este espacio político lo defendieron como un coto cerrado e incluso recurrieron al lenguaje de las pistolas cuando los intrusos marxistas intentaron desviar hacia sus propios conceptos sindicales los principios en que se fundamentó la creación de la Confederación Nacional del Trabajo.

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Un poumista en las Brigadas Internacionales (Francisco de Cabo)

En las descripciones de los hechos que relato sobre la guerra civil española, puede que se refleje el apasionamiento de un protagonista pero ello no es óbice para que no sea una trascripción fiel. He leído y oído numerosas narraciones y estudios analíticos sobre la guerra civil española e historias de la misma de profesores extranjeros y españoles, como asimismo memorias de protagonistas, pero en ninguna me he sentido identificado e interpretado como en los escritos de George Orwell, Leer artículo “Un poumista en las Brigadas Internacionales (Francisco de Cabo)”

En defensa del POUM (Camillo Berneri, 1937)

Publicado en L’adunata dei refrattari. Nueva York. 1/8 de mayo de 1937.
Traducción procedente de la selección de Carlos M. Rama, Guerra de clases en España, 1936-1937 (Tusquets, 1977).

 

La prensa de la III Internacional, siguiendo las instrucciones del gobierno de la URSS, desencadenó y continúa desencadenando una violenta campaña contra el POUM, o sea contra el Partido Obrero de Unificación Marxista de España.

La tendenciosidad y la violencia de tal campaña es inaudita.

El periodista bolchevique Michel Koltsov acusa, en bloque, de despreciables a los militantes del POUM y se complace en repetir que «los destacamentos del POUM de las brigadas internacionales fueron disueltos, y su comandante expulsado del frente de Madrid» (L ‘Humanité, París, 24-1-1937). El periódico italiano comunista centrista II Crido del Popolo de París (14-111-1937) dice en una de sus correspondencias de Barcelona:

¿Y los trotskistas del POUM? En medio del entusiasmo, en este nuevo grandioso esfuerzo que el pueblo está cumpliendo, estos agentes del fascismo organizaron durante varios días consecutivos el recorrido por la ciudad de un camión con una enorme inscripción: ¡Organizamos la lucha contra el fascismo en el frente y la lucha contra el reformismo en la retaguardia!
Estos contrarrevolucionarios llegan a tal vileza que se guardan bien de pelear en el frente Contra el fascismo, pero en cambio, en la retaguardia están prontos para combatir el reformismo, combatiendo por lo tanto los esfuerzos del Frente Popular para poner en pie de guerra a la nación. ¡Pero el pueblo de España, haciendo justicia a estos bandidos, camina derecho a la victoria!

En España la prensa y los representantes del PSUC usan un lenguaje parecido. Mundo Obrero, órgano del Partido Comunista de España, afirmó en su numero del 29-1-1937:

Debemos luchar sin tregua contra los elementos trotskistas. Son los mejores colaboradores de Franco en nuestro país… El POUM es un puesto avanzado del enemigo en nuestro propio campo…
En todo movimiento revolucionario los más peligrosos son aquellos que se disimulan bajo el manto de la amistad, para luego asesinar por la espalda. En toda guerra los más peligrosos no son los enemigos que ocupan las trincheras del frente, sino los espías y los saboteadores. y el POUM se encuentra entre éstos.

En su número del 27 de enero de 1937, Ahora, órgano de la Juventud Socialista Unificada, decía: «liquidemos de una vez para siempre esta fracción de la quinta columna. El pueblo soviético, con su implacable justicia contra el grupo de los saboteadores y asesinos trotskistas, nos señala el camino».

Juan Comorera, influyente representante del PSUC y de la UGT en el gobierno de Cataluña, dijo en su discurso del 24 de enero de 1937: «los que critican al Consejo de la Generalitat son agentes provocadores que actúan en los bajos fondos sociales». Y todavía agregó: «Muerte, no al fascismo que ya ha sido liquidado en el campo de batalla, sino a los agentes provocadores». En aquel mismo mitin, Uribe, diputado comunista, proclamó: «Para ganar la guerra es necesario extirpar el cáncer del trotskismo», y Carrillo, secretario general de la Juventud Socialista Unificada, afirmó: «la política de los trotskistas, al decir que luchan por la revolución social, es la política de los invasores, es la política de los fascistas». Hasta la prensa de la UGT ha publicado disparates de este tipo: «Las estaciones de radio de Torino y de Boizano están perfectamente sincronizadas con La Batalla, y con las estaciones de radio del POUM».
{Claridad, 26 de enero de 1937).

Las difamaciones publicadas contra el POUM son tan gigantescas que merecerían ser reunidas como documentos de la mala fe del Komintern y de sus sacerdotes centristas. Basta recordar, para citar un solo ejemplo entre tantos, que el periódico del partido comunista noruego Ny Tid {en sus números del 28 de enero y del 16 de febrero de 1937) llegó a insinuar que Maurín, fusilado por los fascistas (1), seguía vivo y saludable paseándose tranquilamente por las calles de Burgos. Que la campaña contra el POUM sea inspirada desde Moscú es una de las múltiples pruebas que tenemos a través de periodistas, oficiosos como Koltsov, que dirigió los ataques apoyado por la intervención consular del mismo tipo que aquélla del cónsul ruso en Barcelona, que denunció expresamente en una nota impresa a La Batalla de haberse «vendido al fascismo internacional».

Moscú, que ha impedido a la España antifascista albergar a Trotski, que ha opuesto su veto a la representación del POUM en la Junta de Defensa de Madrid y en el Consejo de la Generalitat de Cataluña. Moscú, que quiere un gobierno fuerte del cual somos excluidos {«los que injurian a la URSS»). Las difamaciones y las amenazas fueron seguidas de los hechos más lamentables: en Madrid fue invadida y arrasada la sede de la juventud del POUM; los diarios del POUM fueron suspendidos y multados, y tanto en Treball como en Mundo Obrero han comenzado a solicitar la supresión del POUM. obviamente, los únicos en beneficiarse de este estado de cosas son los fascistas. La Batalla fue suspendida durante cuatro días por el consejo de la Generalitat de Cataluña, y de inmediato Radio Burgos informa que las divergencias en el seno del Frente Popular son cada vez más graves y que el director de La Batalla ha sido arrestado por la publicación de violentos artículos contra el gobierno de Valencia. y Le Temps del 18 de marzo de 1937 dio a conocer los telegramas de Burgos y de Barcelona referentes a la suspensión del cotidiano poumista, encabezándolos con el título Se agravan las divergencias políticas.

¿Qué actitud tienen los anarquistas frente a esta lucha entre el PSUC y el POUM?

El semanario procomunista parisiense Vendredi del 26 de marzo de 1937 reconoció, a través de la pluma de Marc Bernard, que los anarquistas «sirven de elemento moderador entre los dos partidos que se afrontan con la mayor aspereza: el PSUC y el POUM… Llaman la atención acerca de que la totalidad de los esfuerzos deben encauzarse en la lucha contra el enemigo común y dirigen súplicas a uno y a otro partido para que sus discusiones tengan un tono cortés» .

Y en realidad es así. Un manifiesto de las Juventudes Libertarias de Barcelona expresa:

No estamos dispuestos a solidarizarnos con aquellos que por simples apetitos políticos pretenden hundir a algunos compañeros en un vergonzoso descrédito lanzando gigantescas ondas de calumnia y de infamia contra ellos, en conocimiento de la mentira. como sucede contra la Juventud Comunista Ibérica.
Gritamos hoy con toda la fuerza de nuestros pulmones: ¡Basta!, ¡Basta! Es injusto que por malsanos apetitos se quiera eliminar una organización que combatió y continúa luchando junto con los demás. por el triunfo de la Revolución española.

En respuesta al ya citado discurso pogromista de Comorera, Solidaridad Obrera, órgano regional de la CNT, decía el 6 de febrero de 1937:

Si el compañero Comorera no lo tomase a mal, le daríamos un consejo fraternal: que sea prudente, que controle su lengua, que demuestre poseer el sentido de responsabilidad que tanto recomienda a los demás, que abandone pueriles aspiraciones y trabaje noblemente en pro de la causa común sin provocar, con sus inoportunas intervenciones, tormentas de indignación. Que piense que la vieja política es intolerable, así como son desaconsejables sus procedimientos; que tenga presente que vivimos en Cataluña, que estamos en el curso de la guerra, y que luchamos por la revolución.
Los que dicen que quienes critican al Consejo de la Generalitat son agentes provocadores que agitan los bajos fondos sociales quiebran incluso la disciplina que es nuestro deber imponer.

El alcalde de Gerona, Expedito Durán, miembro de la CNT, en su discurso pronunciado durante la sesión municipal del 12 de febrero de 1937, dijo: «Es una insensatez que nadie cree -incluso quien la escribió- decir que el POUM sirve al fascismo. El POUM ha demostrado suficientemente ser un partido netamente antifascista y auténticamente revolucionario

Tanto la CNT como la prensa anarquista en general hicieron análogas declaraciones.

Un partido que ha tenido varios representantes (Maurín, Etchebehere, José Oliver, Germinal Vidal, Pedro Villarosa, Louis Blanes, etc.) caídos en la lucha, y que en proporción ocupa con sus cuadros y sus pérdidas el segundo lugar en la lucha contra el fascismo, no puede presentarse -salvo ocultando la verdad y violando la justicia- como una amalgama de bellacos y de «agentes de Franco-Hitler-Mussolini», como continúa presentándolo la prensa del Komintern, desde Pradva a L’Humanité, y de Treball a Mundo Obrero.

Un partido que incluso predomina en algunas localidades, especialmente en Cataluña, que tiene millares de hombres en varios frentes, no es una fuerza despreciable. Hablar de suprimir aquí aquel partido, como predican algunos del PSUC, es más que un delito contra la libertad, un acto de sabotaje contra la lucha antifascista.

¿Qué es el POUM?

Surgió en Cataluña en el mes de setiembre de 1935, como consecuencia de la fusión del Bloque Obrero y Campesino (BOC) con la Izquierda y los elementos revolucionarios que militaban en el cuadro de la CNT. Esta organización sindical de tendencia anárquica se adhirió en el año 1919, bajo la influencia de Pestaña, a la Internacional Comunista, pero en el Congreso de Zaragoza, en 1922, retomó su propia autonomía. Un grupo de militantes de la CNT permaneció fiel, incluso criticando la táctica, a la Internacional Comunista, y se esforzó, con Maurín a la cabeza, en dar una orientación marxista al movimiento revolucionario catalán. El Partido Comunista de España, fundado en 1920 por Borodin, emisario de la Internacional, se limitó a amalgamar algunos núcleos de simpatizantes socialdemócratas con el bolchevismo. La Internacional Comunista impuso una política que provocó numerosas escisiones en el seno del partido. Un primer grupo se separó junto con Arquer, Miravitlles, Coll, Montserrat, Rodes y otros, y en 1930 la Federación Comunista Catalana en su totalidad, en desacuerdo con la directiva
moscovita, fue excluida del partido.

De la fusión de aquella federación con el grupo de la oposición que se había separado anteriormente del partido surgió en marzo de 1931 el BOC, que se consolidó en Cataluña, pero tuvo también algunos contrafuertes en Asturias, Madrid, Levante y en el sur. El BOC por oposición al peligro fascista, preconizó la «Alianza Obrera». En septiembre de 1935, como consecuencia de la fusión del BOC y de la Izquierda Comunista surgió el POUM.

El 19 de julio de 1936 el POUM estuvo junto a la FAI y a la CNT durante la heroica resistencia al putsch militar-fascista y organizó en columnas ocho mil hombres que se situaron en varios frentes.

El POUM no puede definirse como un partido trotskista, puesto que no tiene vínculos directos ni predominantes con Trotski, que lo niega, ni con sus secuaces, que lo atacan. Existe una pequeña fracción que a grosso modo puede ser considerada trotskista, pero la mayoría de los trotskistas españoles estaban fuera del POUM.

Se dice que el POUM está contra la URSS. En realidad, sin embargo, exalta la revolución rusa de octubre de 1917, declara que acudiría en defensa del proletariado ruso si éste fuese agredido por un Estado burgués, y no cesa de elogiar la ayuda aportada por el pueblo ruso a la España antifascista; pero no quema incienso a Stalin ni se solidariza con el paneslavismo bolchevique y además niega al gobierno de la URSS el derecho de imponer su propia política al pueblo español, a cambio de la ayuda que le presta.

También se dice, finalmente, que el POUM es contrario al Frente Popular. En realidad, este partido se opone a la tendencia que pretende disociar la guerra civil de la revolución social.

El programa de la Juventud Comunista Ibérica (POUM), que cuenta con una fuerza de diez mil adherentes, en febrero de 1937 es el siguiente:

Abrogación de la Constitución burguesa del 14 de abril de 1931 y disolución del Parlamento: asambleas de delegados de los comités de gestión, de los campesinos y de las milicias para elegir el gobierno obrero revolucionario; derechos políticos para todos los jóvenes de dieciocho años, sin distinción de sexos; disolución de losorganismos de justicia burguesa, y creación de una justicia obrera; lo mismo en lo referente a la policía: depuración de la burocracia.
La JCI afirma que para ganar la guerra es necesario: la disolución de los cuadros del ejército burgués; la movilización general de la juventud; la dirección militar única; la depuración de la escuela de guerra y la preparación militar de la juventud; el desarrollo de una potente industria de guerra y la organización del trabajo voluntario y obligatorio para la guerra; el empleo de los fascistas detenidos en el trabajo de fortificaciones.
La JCI no renuncia a la revolución proletaria, que en su concepto forma una unidad con la guerra civil, y que debe crear una nueva economía proletaria, caracterizada por la socialización de la gran industria, de la banca y de la tierra, del monopolio del comercio exterior y de la municipalización de los servicios públicos.

No todo este programa, que mencionamos en sus puntos más destacados, coincide con nuestras actuales reivindicaciones, o con nuestras aspiraciones, pero ninguno de nosotros puede tacharlo de contrarrevolucionario.

Si el POUM fuese una fuerza política predominante en España, seguramente nuestra crítica tendría materia sobre la cual incidir. Pero hoy el POUM constituye una considerable fuerza en la lucha antifascista, así como en las filas de la resistencia a la asfixia de la revolución, y por lo tanto nuestra divergencia teórica con respecto a ese partido es poca cosa frente a las actuales y posibles convergencias en el terreno de la
acción.

Muchos motivos de la crítica, muchas fórmulas de agitación del POUM, corresponden a la realidad, y son un potencial del desarrollo de la revolución social española.

Contra la opinión hegemónica y la oblicua maniobra del PSUC, debemos afirmar, enérgica e infatigablemente, la utilidad de la libre pluralidad política en el seno de los organismos sindicales y la absoluta necesidad de la unidad de acción antifascista. Es imprescindible evitar los tonos frailunos y la práctica franciscana. Es necesario decir bien alto que cualquiera que insulte y calumnie al POUM, y solicite su supresión, es un
saboteador de la lucha antifascista que no va a ser tolerado.

Esta toma de posición nuestra, además de adecuarse a la necesidad de la gravedad de la hora, y de responder al espíritu del anarquismo constituye la mejor profilaxis contra la dictadura contrarrevolucionaria que cada vez más se perfila en el programa de restauración democrática del PSUC y en la disyuntiva entre revolución y guerra de algunos revolucionarios miopes y desorientados.

 

Notas

(1) En realidad Maurín no había sido fusilado sino que permanecía encarcelado en una prisión franquista, donde pasó diez años.

La represión y el proceso contra el POUM (Ignacio Iglesias, 1938)

Folleto publicado por Ediciones POUM en 1938 con la firma de Andrés Suárez, seudónimo de Ignacio Iglesias. Volvió a ser editado por Ruedo Ibérico. También se ha incluido en el libro Experiencias de la revolución española, que recopila los trabajos más importantes de Ignacio Iglesias sobre la guerra civil y la revolución, disponible en el Catálogo de Publicaciones.

Leer artículo “La represión y el proceso contra el POUM (Ignacio Iglesias, 1938)”

Trotski y el POUM: un balance (Ignacio Iglesias, 2003)

Publicamos el último apartado del texto de Ignacio Iglesias ¨Trotski y la izquierda marxista en España¨ (parte primera del libro Experiencias de la revolución española, disponible en nuestro Catálogo de publicaciones). 


Leer artículo “Trotski y el POUM: un balance (Ignacio Iglesias, 2003)”