Aproximaciones de Manuel Sacristán a la obra de Antonio Gramsci Antología mínima. Salvador Lopez Arnal

[…] puede tal vez señalarse algún importante problema pendiente en el pensamiento socialista contemporáneo, problema identificado y abierto en la obra de Gramsci, y no resuelto en ella, probablemente porque todo auténtico pensador descubre problemas más allá de sus soluciones.
Manuel Sacristán Luzón (1967)

Gramsci ha sido, con interesante paradoja, un característico «filósofo de la práctica» y, al mismo tiempo, el clásico marxista más capaz de contemplación. Contemplación del mundo exterior y del interior.
Manuel Sacristán Luzón (1977)

Junto con José Mª Laso, Jordi Solé Tura y Francisco Fernández Buey, Manuel Sacristán (1925-1985) ha sido uno de los primeros y principales introductores del pensamiento del revolucionario sardo no sólo en nuestro país sino también en el ámbito hispanoamericano (recordemos la publicación de su Antología de Gramsci por Siglo XXI, en México, en 1970). Junto con Lukács y los dos grandes clásicos de la tradición, Gramsci ha sido uno de los pensadores marxistas que más ha influido en Sacristán: en su concepción de la propia tradición marxista, en su noción del intelectual comunista, en su compromiso militante, en la importancia que para su acción y su pensamiento político han tenido categorías como hegemonía, guerra de posiciones o bloque histórico, e incluso en su misma noción de la filosofía y del filosofar, sin olvidar, claro está, la profunda identificación de Sacristán con el hacer, con la vida, con la dignidad y resistencia militante, de alguien al que consideró un clásico y un revolucionario sin sombras.

La primera aproximación de Sacristán a Gramsci puede verse en la entrada “Filosofía”, publicada en el suplemento de 1957-58 de la Enciclopedia Espasa (actualmente recogida en el segundo volumen de Panfletos y Materiales: Papeles de filosofía, Icaria, Barcelona, 1984, pp. 90-219). En el apartado “Algunas personalidades destacadas”, Sacristán incluyó a J. D. Bernal, Mao Tse-tung y Antonio Gramsci. A este último dedicó las páginas 182-192. A este trabajo inicial, hay que sumar “La formación del marxismo de Gramsci” (1967) (Sobre Marx y marxismo, Icaria, Barcelona 1983, pp. 62-84), inicialmente publicado en Realidad y Nous Horitzons; la voz del Diccionario de Filosofía editado por Dagobert Runes, y cuya traducción Sacristán coordinó: “Gramsci, Antonio“ (1969) (recogida ahora en Papeles de filosofía, op. cit., pp. 414-416), su Antología (México: Siglo XXI, 1970), en la que destaca no sólo la magnífica selección realizada, sino su sustantiva advertencia inicial, sus tablas cronológicas y sus imprescindibles notas de traductor, y el que fuera uno de sus últimos escritos de mayo de 1985: “El undécimo cuaderno de Gramsci en la cárcel“, presentación de la traducción castellana de Miguel Candel de Antonio Gramsci, Introducción al estudio de la filosofía. Barcelona: Crítica, 1985 (reimpresa en Pacifismo, ecología y política alternativa. Barcelona: Icaria 1987, ed. de Juan-Ramón Capella, pp. 184-206).
Después del fallecimiento de Sacristán, Albert Domingo Curto ha transcrito, editado y presentado la introducción interrumpida de su Antología para Siglo XXI con el título El Orden y el Tiempo, Madrid: Trotta, 1998. Es obligado reconocer el magnífico trabajo realizado por Domingo Curto, así como el documentado texto que abre su edición: “A modo de presentación” (pp. 9-44).

Hay además, en tres entrevistas a Sacristán, interesantes aproximaciones a la obra de Gramsci: en la de 1977, para Diario de Barcelona: “Gramsci es un clásico, no es una moda”; en la de 1979 para El Viejo Topo, editada póstumamente, realizada por Jordi Guiu y Antoni Munné (ambas han sido recogidas en: De la primavera de Praga al marxismo ecologista. Entrevistas con Manuel Sacristán Luzón, Los Libros de la Catarata, Madrid 2004, pp. 81-90 y 91-114, respectivamente, edición de Francisco Fernández Buey y de Salvador López Arnal) y en la de 1979 para Nous Horitzons (ahora recogida en Intervenciones políticas, Icaria, Barcelona 1985, pp. 280-283) donde Sacristán da cuenta de la importancia del programa gramsciano en el consejo de redacción de la revista.
En el fondo de Reserva de la Universidad de Barcelona, puede consultarse además un cuaderno “Gramsci” que contiene interesantes anotaciones de lectura sobre la mayoría de los escritos del autor italiano, al igual que el esquema detallado de una conferencia de mayo de 1977, impartida en la Facultad de Geografía e Historia de la Universidad de Barcelona con ocasión de la conmemoración del XL aniversario de la muerte de Gramsci.

En uno de estos cuadernos allí depositados, puede verse una nota autobiográfica de finales de los sesenta en la que se lee: “[…] Durante un cierto tiempo, la vida de mis rentas científicas fue soportable porque, gracias a la ausencia de perplejidad histórica, o sea, gracias a la convicción de estar reflejando realidad, me era al menos posible conseguir formulaciones generales que implicaban un programa o un objetivo político-cultural y de política filosófica. Una pieza típica de esa situación es el prólogo al Anti-Dühring. Años antes lo había sido el prólogo a Revolución en España. El mismo prólogo al Heine tiene ese elemento (M.S., profesión traductor, prologuista). El estudio de Gramsci empezó todavía dentro de esa constelación. Pero es posible que durante ese estudio empezara a desarrollárseme la perplejidad deprimente sobre el destino del movimiento socialista”.

La breve antología que aquí se presenta no puede sino dejar insatisfecho al lector y al propio antólogo, y pide (incluso exige con cortesía) la lectura atenta y completa de los diversos textos de Sacristán. Los fragmentos aquí seleccionados se presentan divididos en los apartados siguientes: I. Su Gramsci, las consideraciones centrales de su aproximación. II. Vida: obra y acción, especialmente los años de encarcelamiento. III. Escritos: básicamente, sus escritos juveniles y los Cuadernos de la cárcel. IV. Conceptos gramscianos: bloque histórico, centro de anudamiento, filosofía de la práctica, consejos obreros. V. Matices, es decir, algunas reflexiones críticas, y, finalmente, VI. Empatía, donde se muestra la profunda identificación, no sólo intelectual, de Sacristán con el filósofo y dirigente italiano.

Al final de cada apartado, se dan las referencias correspondientes.

I. Su Gramsci.

1. […] Gramsci es un clásico, o sea, un autor que tiene derecho a no estar de moda nunca, y a ser leído siempre. Y por todos. Nadie tiene derecho a meterse un clásico en el depósito del coche…

2. La mejor manera de evitar las parcialidades monográficas o polémicas en la consideración de la vida y la obra de Gramsci consiste en satisfacer respecto de ellas el criterio que él declaró obligado para la comprensión de un hombre y de su obra: “la búsqueda del leit-motiv, del ritmo del pensamiento en desarrollo, tiene que ser más importante que las afirmaciones casuales y los aforismos sueltos”. Las varias dificultades que se oponen a esa tarea no impiden ver como motivo rector del pensamiento y la práctica del fundador de L´Ordine Nuovo el problema del orden de la vida de los hombres, el tema de la caducidad del orden viejo, y el de los tiempos con y en que puede aparecer el orden nuevo. Lo que ocurre es que no se podrá esperar de un hombre cuyo método de pensar y de hacer ha sido la autocrítica perenne -y expresa, además, en un escribir entrecortado y disperso por la brutalidad de las cosas, por el desorden del “orden” capitalista en su dilatada crisis- ninguna exposición inmutada y sistemática de los logros intelectuales y prácticos que haya arrancado al leitmotiv de su vida, sino más bien los sucesivos frutos, a veces orgánicamente contradictorios, de su forcejeo con aquella problemática.

3. Las personas viven en su época: por eso resultan cursis las presentaciones de Gramsci con halo de novela rosa política, como un iluminado que, en cuestiones de organización política, hubiera anticipado en 30 años y superado incluso el XX Congreso del PCUS.

4. Pero la veracidad y la franqueza con que Gramsci vive su problema van teniendo, como suele ocurrir, su premio. En materia de ideas lo estéril no suele ser la aceptación veraz de los problemas, por espectaculares que sean los cortocircuitos mentales que produzca ante una cuestión irresuelta la debilidad de los instrumentos intelectuales aplicados (en el caso de Gramsci, el difuso idealismo culturalista en que ha crecido).

5. Del mismo modo que Marx no ha sido ni economista, ni historiador, ni filósofo, ni organizador, aunque aspectos de su “obra” se puedan catalogar académicamente como economía, historia, filosofía, organización político-social, así tampoco es Gramsci un crítico literario, un crítico de la cultura, un filósofo o un teórico político. Y del mismo modo que para la obra de Marx es posible indicar un principio unitario -aquella “unión del movimiento obrero con la ciencia”- que reduce las divisiones especiales a la función de meras perspectivas de análisis provisional, así también ofrece explícitamente la obra de Gramsci el criterio con el cual acercarse a la “obra” íntegra para entenderla: es la noción de práctica, integradora de todos los planos del pensamiento y de todos los planos de la conducta.
En el caso de Gramsci la conveniencia de acentuar la unidad práctica de la “obra” parece obvia, porque las publicaciones antológicas en lengua castellana no se han beneficiado casi hasta ahora [1969] de la disponibilidad, desde hace años, de numerosos escritos políticos juveniles en los que se manifiesta inequívocamente la raíz de todo el hacer de Gramsci.

6. Yo no veo que en 1924 Gramsci tuviera ya en claro que el enemigo principal e inmediato fuera el fascismo. Creo que por esa fecha, aunque ya había comprendido que la revolución no estaba al alcance de la mano, seguía pensando en el fascismo como en cosa pasajera y no muy diferente de otras formas de dominación capitalista. No me parece que Gramsci haya podido rectificar ese eufórico error de la III Internacional antes de su prisión. En cambio, sí que lo tenía corregido en 1928, cuando el VI Congreso de la Internacional exacerbó ese error hasta lo catastrófico. Ése es el momento en que cuaja, en mi opinión, su mayor aportación: la explicación de la dificultad de la revolución en Occidente. El hecho mismo ya lo habían visto otros, principalmente Trotski y Lenin. Pero Gramsci coloca ese hecho en el centro de su reflexión, y descubre en él la vital complejidad del estado por así decirlo occidental, o sea, del estado capitalista que vive ya sobre base propiamente capitalista, arraigado en una sociedad que no tiene ya con él más contradicciones que las orgánicas a ese modo de producción. Dejémoslo en eso: me parece mejor mejor subrayar ese punto central que recitar una lista de méritos de Gramsci sin que nos podamos detener ante ninguno de ellos.

7. […] No pretendíamos elaborar teorías. No en lo político, por las mismas razones que expuso para sí mismo Althusser, de manera inolvidable, en el prólogo al Pour Marx: la literatura política se nos aparecía en aquella época a los comunistas sólo como exposición de los clásicos para formación de militantes o como fundamentación, comentario y propaganda de la política del partido. Y tampoco teoría especulativa, porque ésta, afortunadamente, no gozaba de la simpatía ni de los assenyats catalanes de la redacción ni de los no-catalanes de ella, los cuales, aunque mucho menos assenyats, éramos gente de formación demasiado crítica, y hasta hipercrítica, para especular.
En cambio, sí que se aspiraba a elaborar y comprender realidad con la teoría disponible y con la crítica. Mucha realidad, toda la posible, igual la básica que la más sofisticada. Quizá parezca ridículo a la vista de los resultados, pero el hecho es que al menos la redacción de “Horitzons” en el interior quiso practicar desde el principio un programa gramsciano, un programa de crónica crítica de la vida cotidiana entendida como totalidad dialéctica concreta, como la cultura real. Este no es interpretación a posteriori: ese programa era explícito y querido por los redactores. Y su realización, por modesta que fuera, permitió a “Nous Horitzons” algunos aciertos que no da rubor recordar, por ejemplo, haber tratado en serio los problemas de la mujer cuando no eran muchas las mujeres (y menos los hombres) conscientes de esa problemática.

Referencias: 1. “Entrevista con Diario de Barcelona”, De la primavera de Praga al marxismo ecologista. Entrevistas con Manuel Sacristán Luzón, op. cit, p. 87 .2. El orden y el tiempo, op. cit, pp. 86-87. 3. “La formación del marxismo en Gramsci”, Sobre Marx y marxismo, op. cit, p. 70 (nota 7). 4. Ibídem, p. 73. 5. “Advertencia”, Antonio Gramsci, Antología, p. XIII 6. “Entrevista con Diario de Barcelona”, De la primavera de Praga al marxismo ecologista, op. cit, pp. 84-85. 7. “Entrevista con Nous Horitzons”, Intervenciones políticas, op. cit, p. 282.

II. Vida: obra y acción.

1. Esas y otras contradicciones de la obra y el hacer de Gramsci se resuelven orgánicamente en la totalización de la una y el otro en su vida. No en el sentido de que la biografía sea el método adecuado para su comprensión. Aparte de que probablemente no lo sea para el pleno entendimiento de ninguna obra, parece, además, que la biografía en sentido tradicional tiene escaso interés para la comprensión de la obra y la acción de Gramsci, y hasta, paradójicamente, para la comprensión de su vida. Pues se trata de la vida de un pensador y práctico de la lucha política, de un hombre que fundó el sentido de su vida y las motivaciones de su consciencia en realidades extraindividuales, con lo cual, por cierto, no hacía más que aplicarse a sí mismo su propia concepción histórico-social y política de la persona. La clave de la comprensión de los escritos y el hacer de Gramsci, en su variedad y en sus contradicciones, no es, pues la biografía individual, pero sí la totalización quasi-biográfica de numerosos momentos objetivos y subjetivos en el fragmento de historia de Italia, historia de Europa e historia del movimiento obrero cuyo “anudamiento” bajo una consciencia esforzada pudrió el “centro” que fue Antonio Gramsci. En la organicidad de esa vida así entendida -no como oscura intimidad aislada, sino como línea recorrida por el “centro de anudamiento” de innumerables referencias objetivas- el preso, derrotado y moribundo Gramsci consideró no sólo resueltas, sino incluso salvadas las contradicciones, los sufrimientos, las catástrofes de su existencia. Lo ha hecho así implícitamente en sus múltiples negativas a capitular pidiendo gracia a Mussolini, a pesar de su grave estado; y lo había dicho antes explícitamente, añadiendo incluso una explicación, a su autoafirmación moral: la salvación por el “instinto de la rebelión”.

2. Si, pues -entre la primavera de 1922 y alguna fecha imposible de precisar, pero situada sin duda ente el otoño y el invierno de 1923-, Gramsci ha depuesto definitivamente su “inercia” política, ello ha de explicarse por la resolución de una nueva inflexión de su vida, en la cual han cambiado el orden proyectado y el tiempo de ésta, el ritmo de su acción. La causa que desencadena el proceso es una decisión del II Congreso del PCdI, que nombra a Gramsci representante del partido cerca de la Internacional Comunista (El Congreso ratificaba el Comité Ejecutivo anterior, todo él del grupo Bordiga, menos Terracini.) El 26 de mayo salía Gramsci para Moscú, acompañado por la delegación italiana a la II Conferencia del Ejecutivo ampliado de la IC: Bordiga, Gennari, Graziadei y Ambrogi. En Moscú iba a tener Gramsci las dos experiencias de las que arranca su acmé: el conocimiento directo de la Internacional y la relación con Julia Schucht.

3. Cronología: últimos años.

1927. El Tribunal Militar dicta mandato de detención contra AG. Ingreso de AG en la cárcel de San Vittore, de Milán. AG sufre insomnio; no duerme más de tres horas diarias. AG recibe visitas de su hermano Mario y de Piero Sraffa. AG pide libros de temas sardo y el Breviario di neolingüística de Bertoni y Bartoli.

1928. Las autoridades rechazan una solicitud de autorización para escribir, presentada por AG. Auto de procesamiento contra AG. AG ingresa en la cárcel de Regina Coeli, de Roma, en la misma celda que los coimputados Terracini y Scoccimarro. Vista de la causa contra la dirección comunista ante el tribunal especial. Veintidós acusados. Terracini: veintidós años, nueve meses, cinco días. Gramsci y Scoccimarro: veinte años, cuatro meses, cinco días. Informe médico oficial sobre AG al Ministerio de Justicia: “Periodontitis expulsiva debida a trastornos urémicos y a un ligero agotamiento nervioso”. Salida de AG para la cárcel de Turi (Bari). Llegada Turi en estado grave. Registro con el número 7.047. Trato amenazador del médico de la cárcel, Cisternino. AG, en celda individual. AG sufre un ataque de uremia que le impedirá andar durante tres meses. Tatiana Schucht acude a Turi.

1929. AG consigue autorización para escribir en la celda. Segundo plan de estudios de Gramsci. AG sistematiza y resume el plan de estudios del 9-II. La salud de AG empeora. Incapacidad de ingerir, dolores de cabeza y de riñón. Visita de su hermano Carlo Gramsci.

1930. Visita comprobada de Gennaro Gramsci a Antonio. Nueva visita de Tatiana Schucht. AG se beneficia de un indulto de un año, cuatro meses y cinco días. AG tiene noticia de que Julia Schucht está internada en un sanatorio. Primer vómito de sangre de A.G. AG empeora y es ya incapaz de masticar. Intensa crisis física y nerviosa de AG. Los presos comunistas de Turi proyectan un curso a la hora del paseo. Se suspende por roces entre Gramsci y otros.

1931. Visita de Carlo Gramsci. IV Congreso del P.C. d´I, celebrado entre Colonia y Düsseldorf. Se mandan noticias a AG escritas en tinta simpática, en una revista inglesa. Según testimonios de un posterior expulsado del P.C. d´I., Gramsci no se muestra de acuerdo. La información es probablemente verdadera, porque por otros indicios se ve a Gramsci elaborando ya una política de amplias alianzas con el objetivo primero democrático de la “Asamblea Constituyente”. AG recibe obras de Marx en la ed. Costes y artículos del Economist sobre el Primer Plan quinquenal soviético. En carta a Tatiana Schucht: “Como dicen en Cerdeña, doy vueltas por la celda como una mosca que no sabe dónde caerse muerta”. A la una hora (3.VIII), vómito de sangre. Carlo Gramsci y Piero Sraffa acuden a Turi, pero el último no consigue autorización para ver a AG. Dirige una carta a Mussolini reclamando se fijen las lecturas autorizadas. Carta a Tatiana Schucht pidiendo cuadernos pequeños. AG acusa recibo de los cuadernos pequeños.

1932. AG dice a Tatiana Schucht que está escribiendo unas notas sobre los intelectuales italianos. Visita de Carlo Gramsci. Perspectivas de un intercambio de A.G. por clérigos que se encuentran en la U.R.S.S. AG sufre dolores en el pecho. En carta a Tatiana Schucht: “El conjunto de la existencia se hace insoportable”. Tatiana presenta una instancia de revisión médica en favor de AG. La celebración de los diez años de fascismo reduce la pena de AG a doce años, cuatro meses. Eso permite a Piero Sraffa pedir la libertad condicional para Gramsci. Pero el régimen exige una petición de gracia. Gramsci se niega y el régimen le impone incomunicación (que los demás presos consiguen burlar, manteniendo el contacto con él). Muerte de la madre de AG (éste la ignoró hasta su muerte).

1933. AG sin dientes, padece insomnios, trastornos digestivos, tuberculosis pulmonar, arteriosclerosis, mal de Pott y abscesos. La dirección de la cárcel revoca la autorización para escribir. El camarada de Gramsci, Gustavo Trombetti, se instala en su celda para velarle. Visita del doctor Umberto Arcangeli, enviado por Tatiana Schucht una vez conseguida la autorización. Arcangeli establece el diagnóstico verdadero. Tatiana solicita el traslado de AG a una clínica. El gobierno admite la instancia de traslado a la clínica. Al mismo tiempo el Tribunal especial rechaza el recurso sobre libertad condicional. Traslado de AG a la clínica del doctor Cusumano, en Formia.

1934. El profesor Puccinelli, de Roma, visita AG. En el extranjero arrecia la campaña por la libertad de AG. Romain Rolland publica su folleto. Pacto de unidad de acción entre el PCI y el PSI. AG consigue la libertad provisional sin cambio en su situación material (Decreto del 25-X).

1935. Nueva crisis de la salud de Gramsci. Traslado de Gramsci a la clínica Quisisana de Roma. El 24/25 llega Tatiana Schucht, Carlo Gramsci y Piero Sraffa. Presunta, pero hoy discutida, interrupción definitiva de los Cuadernos de Gramsci.
El PCI presenta el programa de la Asamblea Constituyente.

1937: 21.IV: Gramsci cumple condena. 25.IV: Gramsci sufre una hemorragia cerebral. 27.IV: Dieciséis horas: muerte de Antonio Gramsci.

Referencias: 1. El orden y el tiempo, op. cit, pp. 87-88. 2. Ibídem, pp. 162-163. 3. Tablas y datos de Antología, op. cit.

III. Escritos

1. El joven Gramsci.
[…] Acaso por la urgencia periodística con que escribe, y también sin duda por la influencia de aquellos “burgueses auténticos como Garofalo y Croce” que han “impreso huellas imborrables” en el “desarrollo doctrinal del marxismo” (A 20-VII-1916, SM [Sotto la Mole] 203), Gramsci no puede aún seguir por aquella vía y resuelve por lo general su problema con Marx en esa época mediante mezclas sin sintetizar del principio revolucionario-idealista y el ”saber” histórico-económico de Marx. Un texto de 1915 (IGP 13-XI, SG 7) -escrito, por cierto, para comentar el Congreso de aquel año del Partido Socialista Obrero Español-, es característico de la situación general del pensamiento de Gramsci en la época: ”Para nosotros la Internacional es un acto del espíritu, es el conocimiento que tienen (cuando lo tienen) los proletarios de todo el mundo de que constituyen una unidad, un haz de fuerzas concordemente orientado, dentro de la variedad de las entidades nacionales, hacia una finalidad común, la sustitución del factor capital por el factor producción en el dinamismo de la historia, la irrupción violenta de la clase proletaria, hasta ahora sin historia o con historia sólo potencial, en el enorme movimiento que produce la vida del mundo”. La copresencia de conceptos económicos con una concepción de la historia tan idealista que estima fuera de ésta a las masas anónimas es realmente difícil y chirriante.
Cuando, al final de este período juvenil, Gramsci vuelve a tomar la fórmula interpretativa crociana para intentar definirse ante sí mismo su lectura de Marx, llega también a una combinación mecánica; Marx habría enseñado un determinismo histórico respecto del pasado, pero el hecho de que creara un movimiento revolucionario indicaría que no lo estimaba así para el futuro. En 1916 (A 22-V, SM 148) Gramsci se atiene a esa débil, adialéctica paradoja de “la historia, de la cual somos criaturas por lo que hace al pasado y creadores por lo que hace al porvenir”.
Gramsci ha nacido al socialismo sobre la base de la realidad por él conocida -la miseria rural y minera sarda- y de la inspiración culta de unos intelectuales -Croce, Salvemini, Gentile, Bergson, etc.- que no son ni dirigentes obreros ni intelectuales marxistas, sino “senadores”, “burgueses auténticos”, como dice él mismo. El positivismo mecanicista, economicista y antirrevolucionario de la interpretación socialdemócrata de Max le refuerza la tendencia idealista. Más tarde, el trato con dirigentes obreros e intelectuales marxistas en Turín le hace sentir la necesidad de entender a Marx de otro modo. El primer resultado del esfuerzo por conseguirlo es un compromiso tan mecánico como el pensamiento de los autores a los que se opone; Marx sería el científico socialista que suministra “cánones” para la interpretación del pasado. Pero no es el pensador del presente ni del futuro, porque, tal como lo ve la socialdemocracia, su pensamiento no es revolucionario, sino evolucionista, de expectativa: un dejar que actúen mecánicamente los factores interpretados por aquellos “cánones”. Tal es la situación del marxismo en el pensamiento de Gramsci -la de un mero magister vitae ex post- cuando la revolución rusa de febrero y luego la de Octubre someten ese esquema una crisis.

2. Anotaciones sobre “Nuestro Marx”.
“Il nostro Marx”, IGP 4-V-1918. E; SG 217-221 [A, pp. 37-41]
Profundización del primer intento de solución de su problema con Marx.
El papel de la organización: criterio de marxismo. La cuestión “¿Somos marxistas?” es necia oscuridad porque Marx no es un mesías. Revelador como entiende “-ista».
. “Único imperativo categórico, única norma: ‘Proletarios de todo el mundo, uníos’ ” (E 217). Aun más revelador: para Gramsci Marx es el fundador del movimiento obrero organizado.
. Marx es la madurez [¿del movimiento obrero?] [¿O de la tradición revolucionaria idealísticamente interpretada? Más esto]
. Recuerda que la época de Marx coincide con la polémica Spencer-Carlyle. Marx no es ni el místico Carlyle ni el positivista Spencer, “es un historiador, es un intérprete de los documentos del pasado, de todos los documentos, no sólo de una parte de ellos» (E 218; A, p.38).
. Esa “totalidad de los documentos” va a ser la clave de la interpretación: 1) Defecto de las historias es la falta de esa totalidad. 2) Por lo que el hombre se concebía como «espíritu, como consciencia pura” (E 218; A, p.38). Con el error de coger además ideas ficticias y hechos anecdóticos.
Texto central básico en cuanto a interpretación de Marx. Con una debilidad: no hay cuestión genética, no hay crítica marxiana de la ideología de primer grado. Luego Gramsci acaso no sea capaz de criticar más que la de segundo grado. Además, posible dualismo. Y con una fuerza: no hay mecanicismo ni economicismo: “Con Marx la historia sigue siendo dominio de las ideas, del espíritu, de la actividad consciente de los individuos sueltos y asociados. Pero las ideas, el espíritu, se sustancian, pierden su arbitrariedad, dejan de ser ficticias abstracciones religiosas o sociológicas; su substancia está en la economía, en la actividad práctica, en los sistemas o relaciones de producción de intercambio. La historia como acaecimiento es pura actividad práctica (económica y moral). Una idea se realiza no en cuanto lógicamente coherente con la verdad pura, con la humanidad pura (que no existe sino como programa, como fin general de los hombres), sino en cuanto encuentra en la realidad económica su justificación, el instrumento para afirmarse” (E 219; A, p.39).
. Eso produce la consciencia de la necesidad de la división en clases.
. Y voluntad de clase, que es organización.
. Inutilidad del adverbio «marxísticamente”, que puede ser hasta equívoco (por los socialdemócratas, concluyentemente).

3. La revolución y El Capital.
[…] En el artículo más importante y más célebre de este período Gramsci ha escrito la siguiente lapidaria afirmación. “La revolución de los bolcheviques está más hecha de ideología que de hechos (Por eso, en el fondo, importa poco saber más de lo que sabemos ahora.) Es la revolución contra El Capital de Carlos Marx (…) Lo cierto es que lo esencial de su doctrina depende del idealismo filosófico y que en el desarrollo interior de esta doctrina se encuentra la corriente ideal en la cual confluye con adecuación histórica el movimiento proletario y socialista”.
La última frase de este texto da la clave de su totalidad, pero permite también adivinar la nueva problemática que la doctrina de un socialismo revolucionario por idealista va a significar para Gramsci. Da la clave de toda esa doctrina porque muestra su motivación: constituir la fundamentación ideal de la voluntad revolucionaria, contrapuesta a la pasiva espera del cumplimiento, por algún mecánico deus ex machina, de las “previsiones” del materialismo histórico. Y permite ver el nuevo aspecto de la problemática doctrinal de Gramsci porque la voluntad que positivamente ha realizado la revolución “contra El Capital” no se ha movido en absoluto por consideraciones filosóficamente idealistas, sino por una comprensión de los hechos que ella misma atribuye al análisis marxiano (…) La prisa del hacer periodístico le obliga casi a simultanear, o alternar al menos, formulaciones en los dos sentidos, en el de la reafirmación idealista y voluntarista, y en el de la reconsideración de su lectura de Marx. Así, por ejemplo, entre los dos artículos recordados, precisamente siete días después de la segunda edición de “La revolución contra El Capital”, Gramsci publica una nota interpretativa de la Revolución de Octubre que le muestra sumido en una reflexión acerca del pensamiento de Marx bastante menos simple que su “renegarle” de la semana anterior: “La nueva generación parece querer un regreso a la genuina doctrina de Marx, para la cual el hombre y la realidad, el instrumento de trabajo y la voluntad no están separados, sino que se identifican en el acto histórico”.
A eso siguen una versión mejorada de la idea del materialismo histórico como conjunto de “cánones” interpretativos y una conclusión digna de nota: los miembros de la “nueva generación” creen no que “la guerra ha destruido el materialismo histórico” al provocar una revolución contra El Capital, “sino que la guerra ha modificado las condiciones del ambiente histórico normal, por lo cual la voluntad social, colectiva de los hombres ha conseguido una importancia que no tenía normalmente” (Gramsci considera la “concentración” de los trabajadores de la ciudad y el campo “en las trincheras” que ha suplido la concentración “normal” en la gran industria). “Estas nuevas condiciones son, también ellas, hechos económicos, han dado a los sistemas de producción un carácter que no tenían antes”, por ejemplo, con la estatificación transitoria de la industria bélica y pesada en general. “La educación del proletariado se ha adecuado a ello necesariamente y ha llevado en Rusia a la dictadura”. Esa oscilación entre puntos de vista no aparece sólo en la alternancia de unos artículos que se suceden a escasa distancia de tiempo: ocurre incluso en un mismo artículo, y así documenta, con una claridad que sin duda el lector de hoy debe a la urgencia periodística de Gramsci, la situación de crisis del pensamiento socialista de éste. En el mismo artículo “La revolución contra El Capital” por ejemplo, a renglón seguido del cuadro de aquellos bolcheviques que renegaban de Carlos Marx, se lee: “Y, sin embargo, también en estos acontecimientos hay una fatalidad, y si los bolcheviques reniegan de algunas afirmaciones del Capital, no reniegan, en cambio, de su pensamiento inmanente, vivificador”.

4. Cuadernos de la cárcel.

A. Antonio Gramsci, el filósofo marxista más importante de la Europa Occidental, es sobre todo conocido por su obra póstuma (…). Se trata de los treinta y dos Cuadernos de la cárcel, unas tres mil páginas manuscritas (unas cuatro mil en la trascripción mecanográfica), escritas en la prisión desde 1929 hasta 1935, poco antes de su muerte. Al quedar excluido de la vida política por su detención, Gramsci se traza planes de estudio teórico que intenta desarrollar a pesar de las naturales dificultades del régimen carcelario, contra las cuales lucha tenazmente para conseguir material de estudio. Los editores del legado de Gramsci han recogido ejemplos de esa permanente tensión: en setiembre de 1930 el filósofo escribe al entonces jefe del gobierno italiano. “Para mí, que aun tengo que cumplir quince años de reclusión, se trata de una importante cuestión de principio: saber qué libros puedo leer”. Ya esa circunstancia basta para explicar la abundancia de notas sueltas, citas de memoria, etc., en los Cuadernos de la cárcel aunque éstos contienen también estudios largos. pero toda la obra del filósofo queda estructurada por su finalidad: “determinar un renacimiento adecuado” del marxismo, “levantar esta concepción que, por las necesidades de la vida práctica, se ha venido “vulgarizando, a la altura que debe alcanzar para la solución de las tareas más complejas que propone el actual desarrollo de la lucha; es decir, levantarla a la creación de una nueva cultura integral”.

B. Los Cuadernos que escribió Antonio Gramsci en la cárcel de Turi (cerca de Bari, en la Apulia) entre 1929 y 1933 y luego en clínicas de Formia y Roma desde aquella fecha hasta 1935, o quizá algo más tarde, fueron primeramente editados por Felice Platone, bajo la inspiración y con la colaboración de Palmiro Togliatti, a partir de 1948. Esa edición, que fue traducida al castellano en la Argentina, no reproducía los Cuadernos tal como son, sino que reagrupaba temáticamente los trozos para conseguir volúmenes relativamente monográficos. Eso hacía, sin duda, más fácil y agradable la lectura de los textos, pero alejaba de la real composición de los Cuadernos. En 1975 apareció la edición crítica de éstos tal como fueron escritos. Dirigió la edición crítica Valentino Gerratana, persona particularmente capacitada para la tarea, no siempre fácil. De esta edición existe traducción castellana publicada por la editorial mexicana ERA.
El proceso de Gramsci, que terminó con una condena a 20 años, 4 meses y 5 días de presidio, estaba destinado a destruir al hombre, como redondamente lo dijo el fiscal, Michele Isgrò «Hemos de impedir funcionar a este cerebro durante veinte años». Por eso los Cuadernos de la cárcel no valen sólo por su contenido (con ser éste muy valioso), ni tampoco sólo por su contenido y por su hermosa lengua, serena y precisa: valen también como símbolos de la resistencia de un «cerebro» excepcional a la opresión, el aislamiento y la muerte que procuraban día tras día sus torturadores. El mismo médico de la cárcel de Turi llegó a decir a Gramsci, con franqueza fácilmente valerosa, que su misión como médico fascista no era mantenerle en vida. El que en condiciones que causaron pronto un estado patológico agudo Gramsci escribiera una obra no sólo llamada a influir en generaciones de socialistas, sino también, y ante todo, rica en bondades intrínsecas, es una hazaña inverosímil, y los Cuadernos son un monumento a esa gesta.
Si no existieran en castellano varias antologías de textos de Gramsci, más la edición completa mencionada, la edición de un cuaderno aislado tendría sus inconvenientes. Pero como Gramsci tiene ya cierta presencia en nuestra lengua, este volumen va a ofrecer la gran ventaja de permitir la lectura seguida de un texto coordinado de Gramsci con la continuidad y la unidad con las que él lo concibió. Desde este punto de vista la elección del cuaderno 11º es muy acertada, por su contenido y por el hecho de que es uno de los cuadernos menos retocados y corregidos por Gramsci. (La crítica gramsciana distingue tres estadios de redacción en el conjunto de los Cuadernos y en cada uno de ellos. Pero la distinción no tiene prácticamente importancia para el cuaderno.)

C. El cuaderno 11º contiene escritos de madurez, en un sentido convencional y en el sentido, más preciso, de que Gramsci lo emprende inmediatamente después de su segunda hemoptisis, la que le llevó al borde de la capitulación. El asunto principal del cuaderno es el desarrollo de una visión filosófica marxista, o de “filosofía de la práctica” al hilo de una crítica del libro de Nikolai Bujárin sobre el materialismo histórico. Gramsci ha dedicado mucho tiempo a combatir el tendencial mecanicismo de Bujárin y su cientificismo un tanto ingenuo, porque veía en ese estilo de pensamiento la señal de la subalternidad y un grave riesgo de empobrecimiento y esquematización de las ideas socialistas originadas en Marx. A la vista de la rudeza filosófica de Bujárin y, sobre todo, pensando en la esclerosis del pseudomarxismo oficial posterior, parece evidente que Gramsci llevaba razón en su desproporcionado guerra contra el Manual de Bujárin. Pero la línea de pensamiento de Gramsci en la cárcel sobre estas cuestiones es la misma que siguió desde su juventud, a saber, un modo de pensar que, bajo la influencia del idealismo en que primeramente se formó tiende a comprender el marxismo como ideología. En su juventud había intentado armonizar su marxismo ideológico con la crítica de las ideologías por Marx. En los Cuadernos, también en el 11º, Gramsci da, con sólo alguna prevención, una noción positiva de ideología, proponiendo para el término “el significado más alto de una concepción del mundo que se manifiesta implícitamente en el arte, en el derecho, en la actividad económica, en todas las manifestaciones de vida individuales y colectivas”. La convicción de que esa comprensión de las concepciones del mundo ha de ser compatible con el materialismo histórico permite situar a Gramsci (por lo que hace a la tensión materialismo-idealismo) entre el mecanicismo de Bujárin y el idealismo o mentalismo del joven Lukács de Historia y conciencia de clase. Gramsci mismo parece sugerir su posición al respecto en un paso del cuaderno 11º:
Hay que estudiar la posición del profesor Lukács frente a la filosofía de la praxis. Parece que Lukács afirma que sólo se puede hablar de dialéctica para la historia de los hombres, pero no para la naturaleza pero si la historia humana se tiene que concebir también como historia de la naturaleza (incluso a través de la historia de la ciencia) ¿cómo se puede separar la dialéctica de la naturaleza? Tal vez Lukács, por reacción a las barrocas teorías del Ensayo popular [de Bujárin], ha caído en el error opuesto, en una forma de idealismo.

El ideologismo de Gramsci le lleva a concepciones culturales no menos objetables que las del mecanicismo más elementalmente dogmático. Convencido del carácter “orgánico” de cada cultura, según el símil biológico tan querido de vitalistas e historicistas, Gramsci no está dispuesto a admitir ninguna complementariedad entre el socialismo y otras tradiciones o productos culturales. En esto piensa exactamente igual que el joven Lukács idealista. La actitud se manifiesta muy claramente en el cuaderno 11º, por ser éste un cuaderno filosófico. Así se lee bajo el rótulo “concepto de ‘ortodoxia»:
precisamente es “evolucionaria” una teoría en la medida en que es elemento de separación y distinción consciente en dos campos, en cuanto es un vértice inaccesible para el campo adversario. Creer que la filosofía de la praxis no es una estructura de pensamiento completamente autónoma e independiente, en antagonismo con todas las filosofías y las religiones tradicionales, significa en realidad no haber cortado los vínculos con el mundo viejo, cuando no incluso haber capitulado […] En el pequeño volumen de Otto Bauer sobre la religión se pueden hallar algunos indicios de las combinaciones a que ha dado lugar este erróneo concepto de que la filosofía de la praxis no es autónoma e independiente, sino que necesita sostenerse en otra filosofía, materialista o idealista según los casos. Bauer sostiene como tesis política el agnosticismo de los partidos y el permiso dado a sus miembros para que se agrupen en idealistas, materialistas, ateos, católicos, etc., esto es, para el oportunismo más vil y abyecto.

Aparte de que la evolución posterior ha discurrido en sentido opuesto, hay que observar ante todo que esa formulación de Gramsci es de un idealismo extremo que ni siquiera menciona la base material o social del movimiento y el pensamiento socialistas, las clases sociales, sus tensiones y sus luchas, sino que lo reduce todo al plano ideal, con el notable y lamentable resultado de un totalitarismo y un reduccionismo culturales. Vale la pena notar que, contra el difundido lugar común que imputa siempre el reduccionismo y el dogmatismo al materialismo, semejantes consecuencias han sido frecuentemente afirmadas por marxistas idealistas, como el joven Lukács y el Gramsci más ideólogo…

Referencias: 1. “La formación del marxismo de Gramsci”, Sobre Marx y marxismo, op.cit, pp. 66-68. 2. Cuaderno “Gramsci”, Reserva de la UB, fondo Sacristán. 3. El orden y el tiempo, op. cit, pp. 120-124..4.A. “Filosofía”, Papeles de filosofía, op. cit, pp. 186-187. 4.B. “El undécimo cuaderno de Gramsci en la cárcel “, PEYPA, op. cit, pp. 184-185. 4.C. “El undécimo cuaderno de Gramsci en la cárcel”. Presentación A. Gramsci, Introducción al estudio de la filosofía, pp. 23-25.

IV. Nociones gramscianas

1. Centro de anudamiento.
En la concepción marxista de Gramsci la cuestión “¿qué es el hombre?” entendida como cuestión filosófica no pregunta por la naturaleza biológica de la especie sino por otra cosa que él formula del modo siguiente: “¿Qué puede llegar a ser el hombre? Esto es, si el hombre puede dominar su propio destino, si puede “hacerse”, si puede crearse la vida”. Piensa Gramsci que todas las filosofías han fracasado hasta ahora en el tratamiento de esa pregunta porque han considerado al hombre reducido a su individualidad biológica. Pero la humanidad del individuo comporta elementos de tres tipos: primero, el individuo mismo, su singularidad biológica; segundo, “los otros”; tercero, “la naturaleza”. El segundo y el tercer elementos son de especial complejidad: el individuo no entra en relación con los otros y con la naturaleza mecánicamente, sino ”orgánicamente” (con los otros) y “no simplemente (con la naturaleza) por ser él mismo naturaleza, sino activamente, por medio del trabajo y de la técnica” (incluyendo en este último concepto también los “instrumentos mentales”, esto es, la ciencia y la filosofía)” (…) Esas relaciones…, son activas, conscientes, es decir, corresponden a un grado mayor, o menor de inteligencia de ellas que tiene el hombre. Por eso puede decirse que uno se cambia a sí mismo, se modifica, en la medida misma en que cambia y modifica todo el complejo de relaciones del cual él es el centro de anudamiento. Con eso ultima Gramsci su reelaboración del concepto de “naturaleza humana” de Karl Marx: “que la “naturaleza humana” es el “complejo de las relaciones sociales” (como ha escrito Marx) es la respuesta más satisfactoria, ya que incluye la idea de devenir… Puede también decirse que la naturaleza del hombre es la ‘historia´.”

2. Guerra de posiciones.
Soluciones “también para hoy” y para “los problemas generales italianos”: precisiones suficientes para mostrar que, a raíz de la experiencia internacional, Gramsci, por más que no lo teorice, tiene ya en su pensamiento político los elementos analíticos que lo diferencian de la escatología izquierdista y del maximalismo socialdemócrata. La lucha de clases ha entrado ya en la fase de guerra de posiciones, y hay que pensar en el gris aguante cotidiano en la trinchera y en el también gris esfuerzo por desgastar al enemigo día tras día, sin esperar de nadie la consumación de los tiempos. Y para posibilitar esa lucha corrosiva de ambos bandos hay que introducirse en todos los resquicios de las líneas enemigas, separar de ellas todos los sectores sociales cuyos problemas no sean resueltos por el poder capitalista, dar soluciones propias no ya sólo para los problemas de la clase obrera, sino para “los problemas generales italianos”. En este punto se funden la limitación y la perspectiva dilatada de la “guerra de posiciones” que Gramsci teorizará en la cárcel: la necesidad de expansión política para recoger todos los “problemas generales italianos”-necesidad vista como rebasamiento de la real limitación de la política seguida hasta entonces- es, por una parte, reconocimiento de que el partido no es en sí mismo la universalidad de la clase obrera, “el partido de la clase obrera” como dice el exaltado sectarismo, sino, según escribe Gramsci inmediatamente antes del texto últimamente citado, “una fracción orgánica del proletariado”; precisamente por eso ha de buscar en su política la universalidad que no tiene en su composición. Pero, por otra parte, esa expansión política es también indicio de que tras la gris o hasta negra cotidianidad de la guerra de trincheras se esconde la preparación de una futura fase de guerra de movimiento, definitiva a causa del desgaste sufrido por las líneas enemigas y a causa de la universalización política de los motivos propios.
Gramsci no dará sistemáticamente la doctrina de la hegemonía y de la alternancia de g.<uerra> de p.<osiciones> y guerra de mov.<imiento> sino en los cuadernos de la cárcel. Pero las ideas básicas de la misma están presentes en su práctica desde 1923. Lo están también en manifestaciones teóricas acerca de puntos parciales, señaladamente acerca del problema que es central en toda esta cuestión, el problema del partido revolucionario…

3. Bloque histórico
La idea de “bloque histórico” es otra de las afortunadas acuñaciones de conceptos a las que ya se ha hecho referencia y que son acaso el fruto más permanente de la obra teórica de Gramsci: como si en el forcejeo teórico Gramsci hubiera conseguido una agudización de la capacidad de percibir y nombrar el objeto esencial de sus esfuerzos. En este caso -”bloque histórico”- se trata de la totalidad y unidad concreta de la fuerza social, la clase, con el elemento cultural-espiritual que es consciencia de su acción y forma del resultado de ésta. El concepto -con ese nombre o con otro- es sin duda imprescindible para un marxismo verdaderamente dialéctico, que no entienda positivísticamente la historia como evolución fatal y lineal de los fenómenos económicos. Pero en la misma presentación del concepto se aprecia la causa por la cual Gramsci no pudo decidir nunca sino dentro del dilema “ideologismo-o-reformismo”. Las frases de Marx de cuyo vago recuerdo parte la reflexión de Gramsci son sin duda del tipo de la célebre “la teoría se hace fuerza cuando aferra las masas” (Die Theorie wird zur Macht, wenn sie die Massen ergreift).La formación idealista-culturalista de Gramsci le hace identificar “teoría”, la palabra usada por Marx, con “ideología”. Gramsci no ve pues la posibilidad de que la mediación entre la fuerza social (la energía de la clase obrera) y la intervención revolucionaria sea de naturaleza científica, de la naturaleza del programa crítico; para él, la única mediación posible es una nueva ideología, la adopción por el marxismo de la forma cultural de las religiones y de los grandes sistemas de creencias, sintéticos y especulativos, de la tradición. En la época anterior a su detención, Gramsci ha expresado eso sin reparos. He aquí un ejemplo. “Los socialistas marxistas no son religiosos: creen que la religión es una forma transitoria de la cultura humana que será superada por una forma superior de la cultura, la filosófica: creen que la religión es una concepción mitológica de la vida y del mundo, concepción que será superada y sustituida por la fundada en el materialismo histórico […]” (A 26-VII-1920; SM 415). Ese categórico texto contiene -junto con la tesis marxiana de la caducidad de la religión- dos tesis incompatibles con la crítica de Marx (y de Engels) a la ideología: primera, la admisión de la validez futura de la filosofía como visión sintética o constructiva del mundo; segunda, la comprensión del materialismo histórico como un producto cultural funcionalmente idéntico a la religión, o sea, como un producto cultural ideológico.

4. La filosofía de la práctica
La “filosofía de la practica” de A. Gramsci no es un pragmatismo, sino un modo de pensar que historiza los problemas teóricos al concebirlos siempre como problemas de cultura, de hegemonía de las clases en la sociedad y de la consiguiente vida global de la humanidad a través del tiempo. “Lo que interesa a la ciencia” escribe Gramsci, “no es tanto […] la objetividad de lo real cuanto el hombre que elabora sus métodos […], que rectifica constantemente sus instrumentos materiales […] y lógicos (incluidos los matemáticos); lo que interesa es la cultura […], la relación del hombre con la realidad por la mediación de la tecnología. Incluso en la ciencia, buscar la realidad aparte de los hombres […] [no es sino] una paradoja. “Para la filosofía de la práctica el ser no puede separarse del pensamiento, el hombre de la naturaleza, la actividad de la materia, el sujeto del objeto: si se practica esa separación, se cae en la abstracción sin sentido”.
La filosofía ha de entenderse en la práctica de la humanidad, o, como escribe Gramsci, “concretamente, es decir, históricamente”. Gramsci alude alguna vez a los precedentes de la filosofía de la práctica que cuajará en la obra de Marx: Tomás de Aquino, aún en línea con los griegos, pero con mayor énfasis, ha enseñado que “el entendimiento especulativo se hace práctico por extensión”. Leibniz y Vico se han visto, en el otro extremo, arrebatados por un activismo del pensamiento: “Las cosas más especulativas son las más prácticas” (Leibniz); ”Lo verdadero es el hecho mismo” (Vico). Hegel, por último, ha enseñado que “todo lo real es racional”. La filosofía de la práctica ha de poner esos atisbos en un terreno nuevo: no es que la especulación se haga práctica por extensión, o que sea paralela de ésta, o la disuelva en sí, sino que la realidad humana es práctica, hecha por el hombre, y conocerla es hacerla. Por eso el tema de] hombre es “el problema primero y principal de la filosofía de la práctica”.

5. Tercer organismo
Acaso mejor que el incidente en el IV Congreso sirva para documentar la creciente rotura de Gramsci con el sectarismo de la izquierda la experiencia de los “Arditi del Popolo”. Era ésta una formación para-militar de defensa del pueblo contra la creciente violencia fascista, apoyada por la policía. Los “Arditi del Popolo” eran, pues, una organización popular unitaria, un “tercer organismo” de nuevo, de los que Gramsci ha dicho siempre, junto al partido y el sindicato, para sostener y dirigir la lucha de la clase obrera. El 12 de julio de 1921 había publicado en L’Ordine Nuovo -y en primera página- una entrevista con el jefe de los “Arditi” Arrigo Secondari. El día 14 Bordiga replicaba en el mejor estilo sectario: un comunicado del Comité Ejecutivo del PCI, dominado por los izquierdistas, se oponía a la adhesión de los comunistas a los “Arditi del Popolo” porque “el encuadramiento militar del proletariado debe ser sobre la base del partido”, de un partido que conseguiría poco más del 3% de los votos en las inminentes elecciones. Al día siguiente aparecía en L’Ordine Nuovo un artículo de Gramsci en favor del movimiento. Y el 7 de agosto el CE zanjaba el problema, convirtiéndolo en cuestión de disciplina.

6. Consejos obreros.
Está claro que ‘consejo’ es traducción de soviet. Y está fuera de duda que Gramsci ha visto pronto en los soviets lo verdaderamente no particular de la Revolución rusa. “El hecho esencial de la revolución rusa es la instauración de un nuevo tipo de Estado, el estado de los Consejos (…). Todo lo demás es contingente (…)”. Y a finales del verano de 1920, cuando ya son manifiestas las dificultades de la lucha de los consejos obreros de Turín, su aislamiento respecto del país, y cuando Tasca desde la derecha y Bordiga desde la izquierda pueden avalar su oposición al teórico de los consejos turineses con la presumible tragedia final de éstos, Gramsci reafirma aún el origen soviético de su política de aquellos años. “¿Hay en Italia, como institución de la clase obrera, algo que pueda compararse con el Soviet, que tenga algo de su naturaleza? (…) Sí (…); es la comisión interna” (de fábrica). Pero si la concreta influencia rusa y leninista en la doctrina gramsciana de los consejos obreros está fuera duda, la tenacidad de Gramsci en este punto y la continuidad del motivo en todo su pensamiento -incluso, con formas diversas, en la cárcel- se debe a lo que antes se ha indicado como raíz de su leninismo: la coincidencia de problemática con Lenin, la cual da un fundamento muy sólido a la coincidencia (más o menos estrecha) en las soluciones. Los consejos son la concreción del orden nuevo ya en el seno del viejo orden relativo, o absoluto desorden capitalista. Por lo tanto, son algo distinto del sindicato -característica arma de lucha “corporativa” o “estamental” en el desorden de la sociedad burguesa- y también diferentes del Partido político, en cuyo origen el orden socialista no es más que aspiración. Vale la pena notar que la idea de un “tercer organismo” revolucionario -además del partido y del sindicato- aparece en la actividad de Gramsci muy pronto: por ejemplo, y como “club de vida moral”, en 1917. Pero cuando cristaliza en la tesis de los consejos de fábrica, la búsqueda, tan gramsciana, de los gérmenes del orden nuevo en el tiempo viejo, antes de tiempo, por así decirlo, y con consciencia de ello, va a suscitar el entusiasmo de los metalúrgicos de Turín y el desconcierto y la oposición de las que un día serán la derecha y la izquierda comunistas italianas.

Referencias: 1. “Gramsci, A.”, Papeles de filosofía, op. cit, pp. 414-416. 2. El orden y el tiempo, op. cit, p. 166. 3. “La formación del marxismo en Gramsci”, Panfletos y materiales I, op cit, p. 80. 4. “Corrientes principales del pensamiento filosófico contemporáneo”, Enciclopedia Labor, vol X, p. 798. 5. El orden y el tiempo, op. cit, p. 156. 6. Ibídem, pp. 126-127.

V. Matices. Matiz es concepto.

1. Desgraciadamente, el romanticismo hegeliano y la influencia del positivismo se juntan para contagiar a algunos marxistas esta concepción insuficiente (y alienada) de la ciencia como mera técnica. Síntomas del contagio pueden ser encontrados incluso en un pensador tan grande como Gramsci.

2. Los temas que en los filósofos marxistas de corte tradicional componen partes principales del “materialismo dialéctico” (o sea, los temas procedentes de la “filosofía de la naturaleza” prerromántica y romántica), no se presentan prácticamente en la obra de Gramsci. El pensamiento de éste presenta, por otra parte, un punto que lo distingue característicamente de la filosofía marxista de orientación crítica, aún por examinar: se trata de su doctrina de las ideologías. Gramsci ha percibido que el hacer filosófico de Marx es sustancialmente crítica de las ideologías. Pero, por otra parte, Gramsci piensa que todo pensamiento relacionado con la práctica, como es el marxismo, ha de concluir construcciones más o menos ideológicas, mitos, como decía él mismo en sus escritos juveniles. En su edad madura no se decide ya a emplear esa palabra, pero tampoco a desideologizar completamente su concepción de] marxismo. Esto le obliga a distinguir entre “ideologías históricamente orgánicas. que son necesarias para una determinada estructura, e ideologías arbitrarias, racionalistas, queridas. En cuanto históricamente necesarias, tienen una validez que es validez psicológica, porque organizan las masas humanas, forman el terreno en el cual se mueven los hombres y adquieren conciencia de su posición, luchan, etc.” Con esa distinción Gramsci recoge su manera de leer a Marx desde su juventud. En 1918 había escrito: “Marx se burla de las ideologías, pero es ideólogo en cuanto hombre político actual, en cuanto revolucionario. La verdad es que las ideologías son ridículas cuando son pura charla, cuando se destinan a crear confusión, a ilusionar y a someter energías sociales, potencialmente antagónicas, a una finalidad que les es ajena”.

3. Sin duda este ambiente -sobre todo la completa doctrina intelectual de Croce- acarreó, en Gramsci como en toda la cultura italiana hasta hace poco, un desconocimiento casi total de otras corrientes de pensamiento representadas en la misma Italia, en Turín mismo y en aquellos años- por figuras como Valati o Peano. Y también es cierto que la educación preuniversitaria de Gramsci le predisponía a una formación humanista y culturalista ajena a algunos básicos problemas sociales y culturales del mundo moderno, entre cuyos datos dominan los científicos y tecnológicos (…) Todo eso ha contribuido a formar la imagen de un escritor irremisiblemente preso en una fase cultural cerrada, conclusa y en cierto modo provinciana: la fase que hegemonizó el idealismo culturalista y neo-hegeliano de Croce. Esa imagen se esgrime frecuentemente sin más finalidad que la polémica indirecta y con efectos bastante grotescos. “Hasta para el católico Orfei está condicionado Gramsci por su formación idealista y crociana”, ha respondido Giorgio Amendola, con justificado sarcasmo, a una de esas consideraciones puramente instrumentales del problema de la formación juvenil de Gramsci…

4. Gramsci y Lenin son dos pensadores de la sobreestructura. Ambos son excelentes -más Lenin- en la teoría del partido y la revolución. Ambos son excelentes -más Gramsci- en la teoría de la cultura. Ambos son deficientes en teoría de la ciencia, acaso porque ya en ellos obra la convicción de que la ciencia no es sobreestructura.

Referencias: 1. “Tres notes sobre l´aliança impia”, Horitzons 2, p. 22, n. 10 (próxima edición en: Manuel Sacristán Sobre dialéctica, El Viejo Topo, Barcelona (en prensa); ed. de Salvador López Anal). 2. “Corrientes principales del pensamiento filosófico contemporáneo”, Enciclopedia Labor, vol X, p.798 3. El orden y el tiempo, op. cit, p. 106. 4. Cuaderno “Gramsci”, Reserva de la UB, fondo Sacristán.

VI. Empatía

1. Gramsci y Kuhn.
La misma orientación histórica y sociológica de la mirada, que a veces hace caer a Gramsci en ilogicismos historicistas y sociologistas, le permite también formular criterios que luego han aparecido en la filosofía de la ciencia académica de la cultura capitalista (sobre todo desde el libro de Th. S. Kuhn La estructura de las revoluciones científicas). Por cierto que Gramsci no es el único ni el primer marxista que ha destacado la importancia de la evolución histórica de las ideas y de los grupos de intelectuales en la ciencia (su denostado Bujárin lo había dicho en Londres en 1931, por ejemplo) pero lo ha hecho con la concreta eficacia de su estilo y con más planos de pensamiento que el internalista “kuhnismo vulgar” gracias a la práctica “dialéctica” de relacionar unos con otros los varios campos de la cultura, en este caso la ciencia y la evolución de las ideologías sociales.
La forma racional, lógicamente coherente, la redondez de razonamiento que no descuida ningún argumento positivo o negativo que tenga algún peso, posee su importancia, pero está muy lejos de ser decisiva: puede serlo de manera subordinada, cuando la persona en cuestión se halla ya en condiciones de crisis intelectual, oscila entre lo viejo y lo nuevo, ha perdido la fe en lo viejo y todavía no se ha decidido por lo nuevo, etc. Otro tanto se puede decir de la autoridad de los pensadores y científicos

Kuhn no dijo mucho más (filosóficamente) en su best-seller académico, pero la Academia que fue sacudida como por un terremoto por el escrito de uno de sus respetables miembros, ignora a un pensador como Gramsci. Eso tiene, sin duda, explicaciones inocentes, por así decirlo: la costumbre de la lectura especializada… Pero con ideas de Gramsci es posible descubrir también explicaciones un poco más penetrantes.

2. Digno de amor.
Supongo que no me equivoco en los factores que saltan a la vista. Por ejemplo: igual tanto la inhibición general de escribir como el cambio de temas tiene que ver con alguna pérdida de convicción sobre los esquemas clásicos del pensamiento político-cultural del movimiento obrero mayoritario, por lo menos, en Europa Occidental.
También sin necesidad de introspección, porque salta a la vista, recuerdo otro motivo de inhibición: el estudio de Gramsci en otras épocas, no ahora [1979]. Desgraciadamente tengo siempre la mala pata de estar siempre contra las modas. Cuando se pone de moda yo ya no estoy con el estudio de Gramsci. Pero en las años finales de los cincuenta y, sobre todo, en lo sesenta, he estudiado mucho a Gramsci, y estoy seguro de que uno de los factores de mi inhibición de escribir, de intervención política y cultural o político-cultural, ha sido la evidencia final para mí que Gramsci supo que todo era una derrota, que el proceso histórico-político en el que el había intervenido como protagonista se saldaba con una derrota total. Creo que su muerte, su larga enfermedad, su evidente neurosis y sus infinitas manías, sus auténticas manías persecutorias, por ejemplo, de las que hay pruebas fehacientes, son fruto de una enorme depresión. Creo que Gramsci ha muerto de depresión, de muerte psíquica, de catástrofe.
Eso tiene que contar mucho entre los factores de mi inhibición. A mí me parece que la historia de Gramsci es la historia de una catástrofe. Por eso, entre otras cosas, no me puedo poner ahora a cultivar la moda Gramsci. ¿Cómo va a haber esperanza de nada en la historia de una catástrofe? Uno puede tenerle mucho amor a Gramsci -yo se lo tengo, desde luego-, es un figura muy digna de amor, pero no porque sea una perspectiva de éxito del movimiento obrero, sino que, como cualquier mártir, es digno de amor.
Y, por último, hay un tercer factor de inhibición clarísimo. Así como llegué a la convicción de que la historia de Gramsci, por tanto, la historia de la III Internacional y, por lo tanto también y por anticipación, la posible historia del comunismo gramsciano, son historias catastróficas, tragedias, así también llegué a la convicción inhibitoria que la figura del intelectual y su papel es algo deleznable […]
Otro factor fue la pérdida de fe en el esquema político del momento en el movimiento obrero, particularmente en el movimiento comunista de los años 64, 65, 66, 67 y también 68 (el 68 fue la traca final claro). Luego la generalización de eso. Ver que tenía que perder la fe no sólo en la coyuntura política del partido comunista, sino en toda la tradición de la III Internacional e, incluso, en la variante gramsciana.

3. Veracidad.
No sería erróneo, pero sí demasiado parcial, concluir un examen de la formación del marxismo de Gramsci anotando simplemente que ese marxismo ha sido siempre problemático en el sentido de que no ha conseguido nunca decidir sino dentro de la antítesis positivismo-ideología, de la irresuelta crisis entre el positivismo evolucionista de la social-democracia y una inconsciente escapatoria por vía ideológica. Eso sería injusto porque así se olvidarían, para empezar, los muchos conceptos valiosos que Gramsci ha conseguido arrancar al fecundo movimiento de su pensamiento entre los polos del viejo dilema; sería injusto también porque supondría ignorar el desarrollo que el principio de la práctica ha experimentado por obra de Gramsci -desarrollo que la limitación del tema excluía de estas líneas-; y sería injusto, sobre todo, porque equivaldría también a desconocer el valor que tiene la presentación veraz y honda de un problema real. Para el marxismo contemporáneo la insistencia en la inspiración crítica de Marx y, por tanto, la reanudación de su crítica de lo ideológico y la eliminación de especulación ideológica en el pensamiento socialista, es el programa más fecundo que puede proponerse. Es un programa de difícil realización, porque se encuentra amenazado por dos riesgos complementarios: ignorar el peligro de la moderna ideología “neocapitalista” del tecnicismo y del “final de las ideologías” -que es ella misma la ideología del fatalismo monopolista-; y ser confundido con esa ideología por parte de filósofos socialistas nostálgicos de los emocionantes megalitos hegelianos. Pero ése es el programa de la hora. Y el problema a que responde ese programa se encuentra expresado del modo más veraz y radical en la obra del hombre el trigésimo aniversario de cuya muerte de conmemora este año.

Referencias: 1. “El undécimo cuaderno de Gramsci en la cárcel”,Pacifismo, ecologismo y política alternativa, op. cit, pp. 205-206. 2. ‘”Una conversación con Manuel Sacristán”, por J. Guiu y A. Munné´, De la primavera de Praga al marxismo ecologista, op. cit, p. 93-95. 3. “La formación del marxismo en Gramsci”, Sobre Marx y marxismo, op. cit., pp. 83-84.

Homenaje a Rosa y a Karl. Enrique del Olmo. 2009

Intervención en el homenaje a Rosa Luxemburgo y Kart Liebknecht que se realizó el 24 de enero de 2009 en la Agrupación Socialista del Distrito Centro de Madrid, en el 90 Aniversario de sus asesinatos en Berlín y de la celebración de una velada homenaje que se realizó el 24 de enero de 1919 en la Casa del Pueblo de Madrid de la calle Piamonte. Dicho acto fue organizado por la Asociación Cultural Fabricantes de Ideas y contó con la colaboración de la Fundación Pablo Iglesias, la Fundación Andreu Nin, la Fundación Largo Caballero, No Nos Resignamos y la Secretaría de Cultura y Deporte del Partido Socialista de Madrid. Intervinieron también Rubén Caravaca, Patrocinio de las Heras y Luis Gómez Llorente. Revista Trasversales número 14 primavera 2009.

Cuando Rubén, de Fabricantes de Ideas, nos propuso realizar este homenaje lo acogimos con entusiasmo, pero no esperábamos esta magnífica respuesta en una tarde de sábado. Esto muestra que a veces estamos equivocados cuando pensamos que cuestiones históricas o ideológicas no interesan, aún más hoy aquí los compañeros de las Juventudes Socialistas de Galapagar nos dicen que ellos organizaron su homenaje y que además viajaron a Berlín a los actos conmemorativos y la visita a las tumbas de los líderes socialistas alemanes asesinados por los antecesores del nazismo.

Estamos hablando de dos extraordinarias figuras del movimiento socialista revolucionario, que han quedado indisolublemente unidos en la historia, a través de su trágico destino, pero que realmente durante su vida no tuvieron tanto que ver.

El impacto del asesinato de Karl y de Rosa, fue enorme en el movimiento obrero y no es casual que en Madrid a los nueve días se celebrase la velada homenaje en la Casa del Pueblo de Piamonte. Otro revolucionario de inquebrantable trayectoria y destino trágico, León Trostky, escribía 3 días después, el 18 de enero de 1919:
Acabamos de sufrir la mayor de las pérdidas. El duelo nos embarga por partida doble. Nos han arrebatado a dos líderes, dos jefes cuyos nombres quedarán inscritos por siempre jamás en el libro de oro de la revolución proletaria: Kart Liebknecht y Rosa Luxemburg.

Karl, señala el gran relator de la revolución alemana Sebastián Hefner, era uno de los hombres más valerosos que Alemania jamás ha dado. Un referente de valor y decisión. Y ese valor y decisión se mostró en su capacidad de emblematizar hechos y fechas. Tres fechas quedaron marcadas en la historia del movimiento obrero europeo protagonizadas por Karl:

– 2 de diciembre de 1914, Liebknecht vota contra los créditos de guerra. Anteriormente, el 4 de agosto todo el bloque socialdemócrata había votado a favor, marcando esta fecha como la de la traición al internacionalismo proletario, tanto fue así que Lenin pensó que la página del Vorwaerts (órgano del SPD) donde se informaba del voto favorable era una falsificación hecha por agentes intoxicadores.

– 1 de mayo de 1916. La manifestación obrera acaba con el agitador Karl concluyendo la misma con las consignas de ¡Abajo la guerra! ¡Abajo el gobierno!, por lo que le condenaron a 2 años y medio de prisión, pero a la vez pasó a ser la personificación de la lucha contra la guerra.

– 9 de noviembre de 1918, en plena revolución alemana proclama la república social.

Era un activista nato, siempre de un lado para otro, la misma Rosa decía “Karl es prácticamente inaprensible porque pasa como una nube por el aire”.

Luxemburgo era una gran personalidad del movimiento socialista, era una de las grandes polemistas y teóricas de la internacional, del movimiento contra la guerra y de la fundación del Partido Comunista. Política de pura cepa y al mismo tiempo una pensadora original además de una mujer calurosa y fascinante. Su íntima amiga y referente del movimiento de la mujer en el viejo socialismo, Clara Zetkin, decía:

Su energía impetuosa y siempre en vilo aguijoneaba a los que estaban cansados y abatidos, su audacia intrépida y entrega hacía sonrojar a los timoratos y a los miedosos. El espíritu atrevido, el corazón ardiente y la firme voluntad de la ‘pequeña’ Rosa eran el motor de la rebelión

Estas dos grandes figuras, cada uno con sus características, durante los 67 días de la revolución tuvieron muy poco papel, mucho menos que dirigentes sindicales o políticos como Artealdt o Dorremburg, aunque hicieron presencia en alguna reunión del Comité Revolucionario. Se centraban en la preparación del congreso de Fundación del Partido Comunista (KPD), donde además fueron derrotados, y en la edicion del Die Rotê Fähnen (Bandera Roja), pero no fueron en ningún momento protagónicos del extraordinario movimiento revolucionario que recorrió Alemania.

Entonces ¿ por qué fueron a por ellos? ¿Y quiénes? Más allá de su papel limitado en aquellos días, ambos representaban la revolución y la confrontación con la revolución en curso, el impacto del octubre ruso aleteaba sobre las clases dominantes y sobre los políticos conservadores y socialdemócratas. Schiedeman y Ebert (los principales dirigentes del SPD) habían puesto precio de 50.000 marcos por la cabeza de cada uno; el verdugo de la revolución y protector de los grupos militaristas Gustav Noske había ordenado a von Oertzen mantener control sobre la línea telefónica de Karl e informar a Pabst, que fue el que dirigió el comando asesino. Los freikorps entran en Berlín el 11 de enero y el 15 ocupan los barrios sur, oeste y centro y aparecen pancartas y pasquines en los postes donde, firmadas como “los soldados del frente”, se dicen cosas como:

La patria se acerca al final. Salvadla. Matad a sus líderes. ¡Matad a Liebkchnet! Entonces tendréis paz, trabajo y pan.

El objetivo era claro, la cabeza de Rosa era la de la revolución y la de Karl era la decisión de combatir, liquidarlas era acabar con la marea roja y abrir el paso a la marea parda (SA) primero y a la marea negra (SS) después.

La producción política, científica e ideológica de Rosa es de una gran innovación, frescura y riqueza. Fue alguien que no renunció a expresar sus opiniones con libertad; todavía en el movimiento obrero no había caído el negro telón del estalinismo y la persecución e incluso el exterminio de los que opinaban diferente al aparato o a los dirigentes no era una práctica existente en el movimiento obrero.

Rosa siempre levantó la voz libre de su opinión, es famosa su polémica con Berstein sobre “reforma o revolución” y luego con el maestro Kaustky.

Sus discusiones con Lenin siempre se hicieron desde el campo de la defensa de la revolución; así, cuando Stalin la atacó como una dirigente centrista o ecléctica (1932, Algunos problemas de la historia del bolchevismo), Trotsky salio en su defensa de una forma categórica y recordó que Rosa desde la cárcel en 1918 había dicho en defensa de la revolución rusa “Todo el honor revolucionario y la capacidad de acción, que tanto le faltan a la socialdemocracia occidental, los bolcheviques demostraron poseerlos. Su insurrección de octubre salvó no sólo a la Revolución Rusa sino también el honor del socialismo internacional”.

Es bello ver cómo Rosa veía en la revolución una manifestación profunda del ser humano. Decía el 18 de julio de 1906 a Emmanuel y Matilde Wurm: “La revolución es magnífica… todo lo demás es un disparate”. En carta al viejo Franz Mehring reafirmaba una concepción del socialismo muy profunda que afectaba no sólo a las relaciones de producción sino a la cultura básica de la sociedad, diciéndole en febrero de 1916: El socialismo no es, precisamente, un problema de cuchillo y tenedor, sino un movimiento de cultura, una grande y poderosa concepción del mundo. Y recuperar esto en el día de hoy nos obliga a reflexionar, porque si algo caracteriza a la izquierda actual es la falta de esa potente concepción del mundo y posiblemente se sitúe en esta esfera la necesidad de construcción de un paradigma alternativo al que se ha hundido sin paliativos en el momento actual pero al que sin una visión global (plagada de incertidumbres y de dudas, como no puede ser de otra manera) difícilmente se podrá responder en esta crisis de humanidad que vivimos en nuestros días.

De todas la discusiones que mantuvo Rosa a lo largo de su vida me gustaría resaltar tres ámbitos donde su pensamiento y acción nos aportan un enfoque innovador y sumamente interesante.

– La discusión con Lenin y los bolcheviques sobre la centralización del poder en el partido. En 1904, en la revista Neue Zeit, señalaba Rosa que los poderes absolutos llevarán probablemente a intensificar más peligrosamente el conservadurismo que caracteriza de forma natural a ese género de organización. Quiero resaltar aquí la profunda inteligencia de Luxemburg al vincular centralización y conservadurismo. Esto se produce en las organizaciones del tipo que sea, por más revolucionarios que sean sus principios y políticas, las lógicas de centralización del poder introducen los rasgos propios de los aparatos y los aparachitks que destrozaron el carácter liberador de la revolución rusa. Su crítica a la burocracia era aguda y profunda: la vida se extingue, se torna aparente y lo único activo que queda es la burocracia.

– Sobre el uso del terror, en 1918, en plena polémica sobre ese uso reivindicado por Trotsky y Lenin, de nuevo Rosa apunta a la necesidad de una revolución profunda, no tutelada ni impuesta. En el Programa del Partido Comunista Alemán (KPD) expresaba su rechazo al terror: En las revoluciones burguesas el derramamiento de sangre, el terror y el asesinato político eran armas indispensables de las clases que se levantaban pero la revolución proletaria no necesita el terror para lograr sus propósitos y odia y abomina el asesinato.

– Rosa, de nacionalidad polaca, vivió muy intensamente el conflicto nacional que se desarrollaba en su Polonia natal y como tal participó activamente en las discusiones que en la internacional se desarrollaban. Fue intensa su polémica con Lenin sobre el derecho de autodeterminación nacional, pero es interesante resaltar el ángulo desde el que ambos abordaban la cuestión que contradice enormemente la visión actual de una izquierda que se mueve actualmente entre la encarnación del centralismo y la supeditación al nacionalismo y el independentismo. Rosa en 1905 en sus escritos sobre la cuestión polaca, era tajante: La independencia nacional es una preocupación burguesa que no interesa al proletariado especialmente al internacional y desde esa postura polemizó con los bolcheviques pero reconociendo que su posición no partía de la adaptación a los nacionalismos sino tomando el punto de vista del desarrollo social en conjunto y de los intereses del proletariado y el socialismo.

Son muchos otros aspectos del pensamiento de Rosa que merecerían atención, como su concepción de la acumulación capitalista o el papel de la liberación de la mujer -a lo que seguro que se referirá Patro- y otros, pero hoy el objeto de este acto y de esta charla es saber que el socialismo tiene historia, que la revolución no es una locura del pasado, que la transformación de una sociedad radicalmente injusta es un motor de rebelión en millones de personas y que referentes como Rosa y Karl nos hacen más ricos, más vivos, más humanos y más decididos a seguir intentando cambiar las relaciones entre los seres humanos.

Crónica de una presentación (Balius, Amigos de Durruti). Pepe Gutierrez

El pasado jueves 20 de noviembre, como miembro de la Fundación Nin, fui citado por uno de los responsables de la inquieta Editorial barcelonesa Virus, [para participar en la presentación del libro de Miquel Amorós], que tuvo lugar en la amplia sala del Espai Obert, en el Paralelo barcelonés. Se trata de un local alquilado que ejerce las funciones tradicionales de un Ateneo libertario, y en el que, entre otras cosas, había programado un ciclo de películas de greco-francés Costa-Gravas.
A la hora del acto, la sala aparecía bastante concurrida, y entre los presentes pude saludar a algunos amigos y conocidos del mundo libertario como Abel Paz y Eduardo Pons Prades, así como Castany, presidente del Ateneo barcelonés. También estaban presentes editores en una línea tan heterodoxa como Virus, como Quim Cirera, de Octaedro que está preparando la edición de “Los javaneses”, de Jean Malaquais (y me habló del testimonio de éste y de Víctor Serge en la Francia ocupada, un grueso volumen que presenta problemas de edición), y también Carlos, de la Editorial Alikornio que tenía expuesta en el servicio de librería la novísima edición de “Mi guerra de España”, de Mika Etchebéhère, sobre la que quería llamar la atención de la Fundación Andreu Nin. En la misma mesa se encontraban también el “Cuaderno Rojo”, de Mary Low, de la misma editorial, así como el primer volumen de la Obras Completas, de G. Munis, publicada por Muñoz Moya Editores Extremeños, Llerena, y que contenían sus escritos sobre “Revolución y contrarrevolución en Rusia”, una valoración histórica sobre la que Munis justificaba su separación del marco de la IV Internacional.
Desde la tribuna, Patric de Virus justificó el extenso número de invitados a la mesa porque se había tratado de, gustara o no, reunir a todos los grupos y sectores que habían tomado parte en los acontecimientos de mayo de 1937, y que, por lo mismo, tuvieron una relación con Los Amigos de Durruti. La voluntad pluralista empero, presentaba no pocos problemas, empezando por el del tiempo, con tanta gente en la mesa, el propio autor apenas si tuvo ocasión de explicarnos algo sobre su obra, y a las dos horas largas de sesión, el debate apenas si había comenzado entre el público que comenzaba a desfilar, en algunos casos con muestras de desagrado.
Otro se derivaba de la dificultad inherente a tratar un episodio que los historiadores trataban de vadear. Un buen ejemplo en este sentido es Pierre Vilar en su breviario sobre la guerra civil, donde equipara como si fuera en un concurso diversas hipótesis, incluida la provocación quintacolumnista. Además, desde 1937 había transcurrido el suficiente tiempo para que la representatividad de los coprotagonistas del momento permaneciera en su sitio. No se podía comenzar diciendo aquello de “como decíamos ayer…”. El anacronismo se hizo patente cuando les tocó el turno al sector antaño trotskysta, quienes por lo demás, como era de esperar, más que entrar en el debate sobre la verdad y pertinencia del libro de Miquel Amorós, dedicaron su tiempo a tratar de explicar sus propios dictámenes, tomando a los bolcheviques-leninistas de entonces como su punto de llegada (más que partida), todo estaba claro, solo había que comprender la quintaesencia, los historiadores eran buenos o malos según reconocían o no dicha revelación. En este cuadro de tiempo y de certezas, a servidor le asaltó la duda sobre si valía la pena trabar algún discurso, y se limitó a ofrecer varios apuntes (atropellados) de manera que le sobraron cinco minutos de los diez que le habían otorgado. Salvo el autor, nadie más se atuvo al cronómetro.
Miquel Amorós abrió fuego contra unos comentarios despectivos de Josep Fontana (un catedrático de historia muy ligado al PSUC, y en menor medida, al sector más tradicional, del PCC), no en vano su trabajo abundaba en un viejo conflicto historiográfico, contra las tentativas reduccionistas de considerar el hecho revolucionario como “un fenómeno social exótico”, y de menospreciar la historia escrita lejos de las academias (la historia para los profesionales), y este punto suscitó numerosos comentarios, algunos bastante sumarios. En realidad, lo que se planteaba sobre el escenario era ante todo un debate interno y abierto entre las escuelas libertarias, con dos, digamos más amigos de Durruti (y de Balius, y por lo tanto de Amorós, que toma claramente partido por éste), y dos que mostraron abiertamente su disconformidad con el libro.
El más expeditivo fue sin duda Luis Andrés Edo (miembro de la Fundació d´Estudis Libertaris, coorganizador del debate), que dijo tajantemente que si antes era partidario de Los Amigos de Durruti, desde que había que había leído el libro, ya no lo era. Edo tiene justa fama de “enfant terrible”, y este tipo de declaraciones les son muy propias, hasta habló de una segunda muerte de Durruti. Con otro enfoque, también se manifestó muy critico, Adolfo Castaño (del Ateneu Enciclopédic Popular), poeta, y libertario disidente de las escuelas según definición propia. Adolfo llamó la atención sobre un aspecto del libro de Amorós, y era su tono a veces despectivos con algunos de los componentes de la CNT «circunstancialista”, que no fue una mera burocracia. Y aunque no mencionó ningún caso, esto era evidente en caso de “Juanel”, cuyo “curriculum” en la resistencia antifranquista resulta impresionante. Y es que, una cosa es que una gente se pueda equivocar, y tomar posiciones muy contradictorias en medio de algo tan extremo y complejo como fue la guerra y la revolución en España, pero, tal como lo demuestran los hechos, no se trataba de miserables burócratas. Algo similar pensé cuando Amorós tacha de “ruin” unos comentarios de Juan Andrade sobre Los Amigos de Durruti. Es bastante posible que Juan no supiera apreciar lo que significaban, y los trató con irritación (como siempre lo hizo con la CNT-FAI, para él, en extremo inconsecuente), pero esto será si acaso una apreciación injusta derivada de una información escasa o deformada. Esta visión era muy propia en los círculos trotskystas, que interpretaron la acción del grupo como algo honesto y auténtico, pero bastante caótico. No creo pues que se tratara de una actitud “desagradecida” por parte de Andrade.
La pregunta que se hacían los críticos era si se podía hablar de una “revolución traicionada”, y hacerlo, no ya en dirección al estalinismo y la socialdemocracia, sino por parte de la CNT-FAI. Según el munista Eulogio Fernández, la CNT y el POUM fueron organizaciones revolucionarias únicamente hasta las jornadas de julio. Sin embargo, la historia no es una autopista con un mapa que tiene todas respuestas. Hay algo de esto en el libro, un cierto apriorismo encerrado en las propias razones de los protagonistas, pero también se ofrece una reconstrucción bastante minuciosa tanto del singular, Jaume Balius, como del grupo de afinidad como de la propia realidad de la CNT abocada a la lógica gubernamental. También se da una comprensión del significado último del rechazo revolucionario, una acción que se manifiesta cuando la revolución ya está siendo cercada por todas partes. De hecho, el asalto sobre Telefónica por parte de Rodríguez Sala aparece como una torpe precipitación de una “normalización” restauradora que hasta el momento funcionaba calladamente. La reacción proletaria –según Vidiella- cortó la respiración a los representantes del poder restablecido de la Generalitat, hasta que la acción tranquilizadora de la dirección de la CNT permite que el proceso silencioso se restablezca, solo que ahora ya de una forma descarada y virulenta (asesinatos de Nin y Berneri entre otros). Lo más ignominioso de todo esto es que en este propósito la CNT no dudó en tildar a los insurrectos de “agentes a sueldo”, de “provocadores” o de “trotskystas”, con lo que esto significaba en un momento en que la campaña de intoxicación estalinista estaba ligando este concepto con la famosa “Quinta Columna”.
A favor de la lectura de Amorós intervinieron no menos apasionadamente Paco Madrid (del Ateneo al Margen y uno de los más activos divulgadores del pensamiento libertario actualmente), y Just Casas, de la CNT-AIT, que, al ser el último en intervenir, se tomó su tiempo para responder a Edo. El libro restituía al fin una historia que hasta ahora había sido incompleta. Los historiadores de la CNT, en primer lugar José Peirats, habían tratado este episodio de una manera superficial y sumaria, les molestaba. Sin embargo, Los Amigos de Durruti no eran una planta extraña en la CNT, donde hubo corrientes muy diversas, y se expresaron contradicciones de todo tipo. Eran militantes poco conocidos con excepción de Balius y Lliberto Callejas, pero que se habían agrupado sobre la base de un creciente disenso contra el gubernamentalismo. El hecho de que, por lo general, no formaran parte del “caucus” de afines con Durruti, no tiene la menor relevancia, Durruti era un símbolo inequívoco de la revolución, alguien que la gente anónima que había hecho la revolución tenía como un luchador que no se había replegado a la política de los despachos. Lo que hicieron Los Amigos de Durruti fue ejercer su derecho a la crítica, y denunciaron acontecimientos y actitudes contrarias a la revolución que se predicaba. Eran los críticos de la “nomenklatura” confederal, los que expresaron el malestar del pueblo que veía como crecían los privilegios por todas partes. Desde este punto de vista, los acontecimientos de mayo del 37 fueron la continuación de las jornadas de julio, representaban el mismo espíritu, solo que en unas circunstancias más adversas, ya no eran solo los fascistas sino una izquierda que sacrificaba la revolución en nombre de la República que la revolución había salvado…
El tono de la polémica pues, venía ya dado por el propio libro. Amorós no ofrece una valoración reposada de los hechos sino que entra en los debates y las interpretaciones. Su papel es, así lo dijo Casas, el propio de alguien que habría estado en las mismas barricadas. Su concepción es coincidente con la que le da nombre al grupo que recoge el legado de Durruti en el sentido de que se podía prescindir de todo, menos de la revolución, porque la revolución era el único camino a una posible victoria. En sus soflamas, Balius y los demás utilizan el lenguaje inflamado de los “sans-culottes”, de hecho el modelo de adopción de Durruti es muy semejante al que utilizaron los “enrâges” con Marat y El Amigo del Pueblo, su periódico, un tono en el que Edo vio el peligro del puritanismo revolucionario que, por ejemplo, consideraba intolerable que un trabajador fuera impuntual. Este apasionamiento empero, no contradice la existencia de un trabajo serio de investigación, y sobre este punto nadie adelantó ninguna objeción. Desde Orwell hasta el presente se ha escrito mucho de mayo del 37, y de su carácter precursor de una revolución que además de social ya tenía que ser antiburocrática, pero muy poco de sus protagonistas. En 1977 apareció un pequeño folleto, el de Mintz-Peciña, pero que no iba más allá de una introducción. Se ha necesitado un tiempo para que este trabajo haya sido posible, y el libro está ahí. Que ya en su presentación de lugar a una agria polémica entre anarquistas, demuestra que esta corriente con su alma posibilita y su alma izquierdista (a veces amalgamadas), y que por tanto, sus debates históricos, siguen abiertos.
Amorós dedica buena parte de su trabajo a reconstruir la vida y el pensamiento de Jaume Balius (Barcelona, 1904-Hyéres, Francia, 1980), el mítico intelectual de «Los amigos de Durruti», lo que le valió la acusación de privilegiar demasiado el papel de los líderes. Hijo de un corredor de comercio, Balius estudió primero con los jesuitas de Caspe, y después, en diversos colegios privados. Comenzó a estudiar medicina en 1920-1921, pero una enfermedad venérea le impidió continuar. En 1922 se afilió al Acció Catalana, y toma parte en las manifestaciones catalanista de 1923, siguiendo los pasos de Francecs Maciá. En 1925 fue uno de los firmantes del manifiesto catalanista de Bandera Negra, siendo encarcelado por su participación en el complot del Garraf. Evoluciona hacia el anarquismo en el que acabará integrándose ya entrada la República. En un artículo escritor en «defensa propia», para responder a lo que en contra suya se llegó a decir durante los acontecimientos de mayo del 37 en Barcelona, escribió: «Procedo de una familia burguesa(…). Y a través de la sala de dirección de los hospitales, de las cárceles y del destierro ha ido superando mi procedencia hasta llegar a identificarme en absoluto con el proletariado». Aunque Proudommeaux afirma que Balius no se hizo anarquista hasta la crisis de 1934, al parecer fue introducido en los medios libertarios por Lliberto Calleja alrededor de 1932. Amorós también revaloriza a éste, considerado normalmente como un personaje bohemio y de segunda fila en la CNT.
El propio Balius asegura en el citado artículo: «A la vuelta del exilio de tierras francesas en la época de Primo de Rivera, combatí a la Generalitat en un instante en el que podía enchufarme y desde entonces defiendo a la CNT y a la FAI…» Una parálisis le obliga a quedarse en la retaguardia, en Barcelona, donde publicará “El Amigo del Pueblo”, órgano de «Los amigos de Durruti», enfrentados a la dirección oficial anarcosindicalista. Este grupo, del que Balius será subsecretario, discrepa del ministerialismo de su organización y se aproxima en buena medida a las posiciones del POUM y del grupo trotskysta con el que mantendrá algunos contactos. Denuncia el proceso antirrevolucionario en el campo republicano, vincula estrechamente la guerra con la profundización revolucionaria y propugna la instauración de un nuevo poder revolucionario que desplace a los partidos burgueses y a los «marxistas oficiales».
Balius se convertirá en el “chivo expiatorio” de la coalición antirrevolucionaria. Se defiende de las amputaciones de unos y otros, diciendo que se le tacha de tal porque es un «enemigo acérrimo de los partidos políticos pequeños burgueses y de toda esa gentuza que en nombre de la revolución se ha lucrado y todavía se lucra a pesar de que se derrame sangres a torrentes en los campos de batalla…conviene ajustar que la actitud de Balius y sus amigos en defensa del POUM y de Nin, sobresale por su carácter categórico. Se sentían en las mismas barricadas y sabían que la persecución del POUM era una trama más en la desactivación de un proceso revolucionaria ante el que, por parte de Nin y del Estado Mayor poumista, se asiste con no poca ingenuidad. No digamos los cenetistas como Montseny, que se consideraban a salvo. Según Amorós fue la presión de los durrutistas lo que la obligó a cambiar su actitud, y asumir la defensa del POUM.
Después de la «debâcle», Balius marchó al exilio a Francia, y distanciado de los medios confederales, marcha a México, en los años sesenta sobrevive en París, donde colabora con el grupo de origen trotskysta de Munis (al que había conocido en Barcelona en mayo de 1937), pero sigue siendo anarquista. En 1961 aparece de nuevo “El Amigo de Pueblo”. En un caso y otro se dieron encuentros y convergencias, pero esto ocurría en una situación de epílogo, cuando la historia cerraba su cuerda sobre las revoluciones clásicas. Este círculo había empezado en Petrogrado y acababa en Barcelona. Ahora la historia caminaba en sentido contrario, los Kornilov habían reaccionado a tiempo y contaban con toda clase de apoyos, en tanto que la revolución se enfrentaba a la URSS y al “comunismo”.
Se trataba por lo tanto de una acción revolucionaria que emergía en plena reacción, en medio de la mayor confusión que se recuerda. Los revolucionarios hacen un esfuerzo titánico por defender una opción a contracorriente. Amorós describe con detalle el contexto en tiene lugar la constitución del colectivo, sus afinidades y sus tomas de posición, y como en las barricadas llegaron a fascinar a los jóvenes trotskystas como Rosalio Negrete, (Hans Freund) Moulin, Clara y Paul Thaelmann, que se encontraron con una revolución, y con gente que se había fraguado en las barricadas y en las colectivizaciones. En la década siguiente reaparece con la reorganización interior de la CNT y escribe en varios periódicos afines mostrándose fiel a la línea que expresó en 1937. Amorós cierra su estudio con un detallado análisis sobre como este capítulo central en la revolución española ha sido tratado por los diferentes historiadores. Se puede decir sin miedo a error, que de aquí en adelante, la suya será una obra de consulta que obligará a una mayor precisión.
Este debate entre puntos de vistas libertarios no tiene su traducción en las escuelas marxistas. La historia del POUM, así como los posicionamientos de los partidarios de la IV Internacional, han producido mares de tinta, sin embargo, existe una diferencia notable con la CNT-FAI. El POUM no tuvo, ni de lejos, el mismo grado de responsabilidad, ni en el curso de la revolución, ni en el compromiso gubernamental, el apartado más controvertido de su actuación. Con todas las contradicciones (y errores) que se quieran, sus líderes no actuaron de apagafuegos, sino que buscaron una salida de acuerdo con la CNT-FAI. Cuando esta tocó a retirada, consideraron que no podían proseguir por su cuenta en las barricadas, y este es un punto de debate “duro”. Este pudo haber sido un error, pero lo cierto es que no era una opción precisamente fácil. El caso es que en su interior no surgió una reacción de sus bases, todo lo contrario. El destino del POUM es de todos conocido, y el lector puede encontrar en estas páginas una rica bibliografía, toda la documentación necesaria.
En su momento, la IV Internacional optó por un enfrentamiento a tumba abierta con el estalinismo y el reformismo, y buena parte de sus componentes pagaron caro ya en España dicha opción, el propio Trotsky lo haría también poco después. Pero, tal como la historia se ha hartado de demostrar, cuando esto sucede en un curso histórico totalmente adverso, la posesión de un programa justo no es, ni mucho menos, garantía para cambiar el paso de la historia. No lo fue ni en China en 1927, ni en Alemania en 1933-34, Barcelona 1937, ni lo sería tras la II Guerra Mundial, o en Chile en 1973-74.
El trotskysmo fue, como todo el mundo sabe, uno de los componentes del POUM, y quizás no se ha valorado todavía lo suficiente la influencia de algunas aportaciones de Trotsky en el pletórico Joaquín Maurín que sigue sus análisis sobre el ascenso del fascismo y la contrarrevolución estaliniana. La crisis de 1935, dio lugar a una división del grupo al menos en tres ramas. La mayoría que se integró en el POUM con Nin, Andrade, Mika, Enrique Rodríguez y compañía, y que siempre trataron de mantener abierto un puente con Trotsky. Un sector que aunque consideraba acertado el “giro francés”, trató de alimentar una izquierda poumista, empeño en el que estaban Eduardo Mauricio y Antonio Rodríguez entre otros, luego apareció el grupo bolchevique-leninista compuesto por jóvenes en el punto de mira de todas las policías. Fue una generación minoritaria, bisoña, pero con una capacidad impresionante como lo demuestra, con todas sus limitaciones, el valor de sus testimonios escritos, normalmente muy indignados contre el POUM, con un juicio que tiene mucho de precipitado ya que atribuye a este partido un grado de responsabilidad que en ningún momento pudo tener.
En este cuadro resulta muy significativa las lecciones que de estos acontecimientos extrajo G. Munis, quien además trató de abrogarse la continuidad exclusiva del grupo, lo mismo que haría con el refrendo de Natalia Sedova, lo que unido a su relación con Trotsky en México, aparecía como un elemento añadido de legitimación en su empeño por mostrar que los trotskystas habían dado las espaldas al legado de Trotsky y de la IV Internacional. La condensación de estas lecciones definitivas de este legado, tenía un nombre: Manuel Fernández Grandizo, Munis, que como el fervoroso revolucionario que era, trató de crear su propia sección en el interior y sufrió las cárceles de Franco. Luego creó su propio grupo en París, un grupo que se alimentaba de sus propios paradigmas teóricos, en nombre del cual bramar contra las “traiciones” (Louis blanco llegó a decir el jueves que los trotskystas “le chupaban en culo al estalinismo”), estableciendo una medida personal del marxismo “auténtico” gracias al cual no necesitaba ni siquiera una inserción en el tejido social, ni debatir, ni aprender; era su propia interpretación del “final” de la historia. Su fuerte personalidad no fue suficiente para aspirar siquiera al estado de “grupúsculo”, de manera que durante el mayo del 68 ni siquiera atrajo la mirada de la policía (que prohibió todas las variantes trotskystas), pero si para mantener a su alrededor un pequeño grupo de fieles encerrados en su propio juguete.
(El repertorio doctrinario resultaría ampliado por una intervención desde abajo por otro colectivo que igualmente tenía su propio dictamen verdaderamente correcto sobre lo ocurrido. Me estoy refiriendo a la Corriente Comunista Internacional que, en una conversación personal con uno de sus componentes, cuando lo identifiqué con la tendencia que fundó Amadeo Bordhiga, me aclaró que si, pero que eran los de Milán (claro que en medio del ruido igual me dijo lo contrario, y yo estoy ahora dándole cancha al sector disidente, ¿de Roma?). Esta corriente publicó su propia aportación con un título que aclara perfectamente su enfoque, “España 1936: Franco y la República masacran a los trabajadores” (Barcelona, 1977), y que recoge los artículos de su revista “Bilan”. Ya que estamos, Bordhiga era todo un personaje, un revolucionario integral, pero sus tendencias uniformistas, izquierdistas y dogmáticas ya quedaron reflejado en su momento de mayor gloria en la Internacional Comunista, cuando redactó las famosas 21 condiciones…).
Como se puede ver, este es un debate que da para mucho. Lástima que todavía siga enturbiado por los que ya han tienen sus conclusiones excluyentes. Mientras tomaba mis notas, me preguntaba como era posible hablar con tanta certeza sobre una historia tan lejana y tan compleja, y sobre lo fácil que era desde la más absoluta irresponsabilidad, sentar cátedra. Me preguntaba que ligada aquella controversia libertaria con el estadio actual del anarcosindicalismo, replegado sobre sus esencias, y sobre los consuelos que ofrece la seguridad de estar en lo cierto en la historia. Para mí, todo lo que se estaba discutiendo tenía un gran importancia, se podía hablar de lecciones, pero siempre que no se pretenda establecer en ellas las medidas de lo que es y no es correcto. Lo que vino después fue una auténtica hecatombe y el movimiento obrero ya nunca más fue igual. Nada fue igual después de Franco, de una Guerra Mundial y de todo lo demás. Acababa de escribir una reseña de un libro sobre Grimau, y aparecía un interrogante. El franquismo había atribuido a este resistente que se jugaba la vida, toda clase atrocidades. Pero con todo el peso del Estado, no pudo demostrar ningún crimen concreto contra la gente de orden, y sin embargo a Grimau le reconocieron en la URSS su actuación contra los trotskystas y los quintacolumnistas. Está claro que en la historia no hay ninguna autopista. Igualmente me preguntaba sobre como todo este debate podría interesar a esas nuevas generaciones que, después de varios escalones intermedios extraviados en el consumismo y el nadir, volvía a ocupar una escenario político por abajo… Ahora la música de la revolución es otra.
Corto y cierro.
Sant Pere de Ribes, 24-11-03

Malraux y Trotsky: encuentros y desencuentros. Pepe Gutierrez, 2003

1. Introducción.
Repaso mis recortes de prensa, y me encuentro que se sigue hablando de André Malraux con los más diversos pretextos. Su centenario (París, 1901-1976), fue todo un acontecimiento nacional y europeo. Después del ensayo general de la conmemoración del 25 aniversario de su fallecimiento, la efeméride ha dado lugar a un auténtico aluvión de amplias páginas en los principales diarios y revistas, debates en los medias, diversas exposiciones, la puesta en escena de un esplendoroso ballet montado por Maurice Béjart, reediciones de sus obras, publicación de ensayos y biografías, etcétera…Veinticinco años después su muerte, la figura de Malraux carece ya de secretos, y biografías como la que le ha dedicado Oliver Todd (en francés en Gallimard, la versión castellana está en Tusquets, 2002), permiten un inventario en el que el personaje pierde. Todd hace inventario de sus mentiras mitómanas, pero al mismo tiempo lo hace más asequible, operando una limpieza de retina que, por lo mismo, enriquece y restituye su figura humana, las peripecias de alguien que, con todo lo que se pueda decir, fue un ejemplo del triunfo de la voluntad por superarse, por trascender sus limitaciones pequeño burguesas aunque, a la postre, acabara en buena medida reconciliándose con ellas.
Aunque quizás entre nosotros, y entre las nuevas generaciones, se encuentra un tanto olvidado, Malraux fue uno de los iconos del siglo pasado, un personaje marcado por la desmesura en cuya trayectoria vital es posible encontrar, aparte de una obra literaria de altura con obras maestras consagradas como La condición humana o L´Espoir, otras actividades y aventuras, como las siguientes:
-erotómano editor de pornografía clandestina;
-ocasional jugador a la Bolsa, donde se hizo rico pero también arruinó a su familia, y dilapidando todo el dinero de su primera mujer en el curso de pocos meses;
-turbio saqueador de estatuas del templo de Banteal-Srel, en Camboya, por lo que fue condenado a tres años de cárcel (su precoz prestigio literario le ganó una amnistía);
-activista anticolonialista en Saigón (lo que no le impidió en su jubilación gaullista guardar silencio cuando la exigencia liberadora se hizo más patente para emanciparse de Francia, y liberarse de los Estados Unidos;
-animador de revistas de vanguardia como la NRF y promotor del expresionismo alemán, del cubismo y de otros experimentos plásticos y poéticos de los años veinte y treinta;
-uno de los primeros analistas y teóricos del cine, amén de alguien que cuenta en la historia del medio con una película excepcional, L´Espoir (Sierra de Teruel), que se cuenta entre las mejores películas sobre la guerra española;
-testigo participante (aunque menos de lo que presumía) en las huelgas revolucionarias de Cantón del año 1925 que marcan el inicio de la revolución china;
-gestor y protagonista de una expedición (en un monomotor que parecía un invento del TBO) a Arabia, en busca de las ruinas de la hipotética capital de la mítica Reina de Saba…
Pero su mayor prestigio le viene por su papel de intelectual comprometido y figura descollante en todos los enfebrecidos congresos y organizaciones de artistas y escritores europeos movilizados contra el fascismo en los años treinta (al lado de su amigo André Gide). Esta actividad tendrá su culminación en la organización de la escuadrilla España que acabará llamándose André Malraux, y representará el mayor compromiso de un escritor de talla en la defensa de la República, durante la guerra civil española. También será uno de los héroes de la resistencia francesa y jefe de la Brigada Alsacía Lorena… Esta actividad es tan intensa y múltiple, como contradictoria, y de ella se pueden extraer materiales y ejemplos que parecen predeterminados para ser pábulo de la controversia, sobre todo desde que, atendiendo una de sus obsesiones, la del culto al gran hombre, optó por la figura del general De Gaulle, a quien, desde que lo conoció en agosto de 1945 hasta su muerte, profesó una admiración y un culto cuasi religioso, aunque al que al principio de la Resistencia había tachado de fascista. Colaborador político y ministro en todos los gobiernos del general, en abierta ruptura con el estalinismo desde el pacto nazi-soviético, Malraux se convirtió entonces en un «liberal» conservador y nacionalista siempre a su manera, y por lo mismo, en uno de los blancos preferidos de la izquierda intelectual…

2. La épica de 1917.
Procedente de una familia humilde dotado de una extrema inquietud y sensibilidad, Malraux mostró siendo todavía un adolescente nervioso y aislado, muestra un rechazo radical a la estupidez y la crueldad de la Primera Guerra Mundial, y como buena parte de su generación, llegó a la conclusión de que la Europa del capitalismo liberal había en realidad realizado su suicidio, que la Razón había fracasado igual que la Fe, que la civilización progresista y agnóstica fruto de la Europa del XIX posterior a la muerte de Dios había revelado toda su vaciedad, y que el europeo moderno se encontraba a su vez muerto, y que por lo tanto, la única vía de superación era una Revolución cuyas verdades encontró encarnada en todos aquellos trabajadores y trabajadoras que se convertían en grandes al querer asaltar el cielo, y que en el paso de la Historia representaba la épica de la revolución de Octubre.
Malraux formó parte de una generación de artistas e intelectuales que descubrieron y se encontraron con el pueblo militante, y a los que las luchas sociales vistas en primer plano le llevaron a obsesionarse con la leyenda roja de Octubre, que pretendió ser participante total de la mítica que acompañaba la toma del Palacio de Invierno, la creación del Ejército Rojo la Guerra Civil, la revuelta los marinos rebeldes, de los guerrilleros de Budienny a caballo, de la repetición general del acontecimiento que sacó la Rusia atrasada y mística de su adorado Dostoievski para ocupar de pleno el escenario de la historia… En aquel tiempo, cuando Malraux quería resumir el siglo XX tenía a la mano una imagen, la de un camión erizado de fusiles (1)
Como en otros escenarios de su vida, en este también existía –por decirlo así– un actor protagonista. Cuando Malraux pensaba, en el nacimiento del Ejercito Rojo, en las asambleas multitudinarias y las patrullas obreras de la nevada Petrogrado, en la respuesta a las tentativas de sublevación de los cadetes, en la pasión revolucionaria en la Odisea cercada, en las multitudes obreras de Moscú, en aquellos días que conmovieron el mundo, y que al que Malraux se asomaba ardientemente a través de la lectura y del cine, «una figura planeaba sobre esas imágenes violentas: gorra, gafas, perilla, chaquetón con el cuello levantado, elocuencia brillante y aspecto de águila negra de garras poderosas, León Davidovich Bronstein, llamado Trotsky, comisario del pueblo durante la guerra y creador del Ejército Rojo…» (2).
Trotsky fue -¿antes o después de Lawrence?- uno de los grandes personajes contemporáneos que sustituyeron en la apasionada imaginación de Malraux a los reverenciados fantasmas de Saint-Just, de Rimbaud, de Nietzsche y de Iván Karamazov, y fue, durante la primera mitad de los años treinta, el más cercano y asequible. Trotsky era entonces el legendario sobreviviente del aquel acontecimiento, y esto era algo que para él, hacedor de mitos, inventor de actos, inspirador de estos, no pudo por menos que galvanizar de una manera especial. Como escribe Jean Lacouture: «Qué personaje más romántico el del vencedor vencido; más novelesco que el razonable, razonador, racional, perseverante Lenin de técnica elocuencia. Personaje que tenía sobre su ilustre predecesor la ventaja de proseguir en los años treinta una existencia perseguida, de fantasma sobreviviente al Termidor ruso….Malraux no celebraba en Trotsky solamente al constructor de historia. También le admiraba por haberse preocupado activamente de los derechos del escritor, con Lunacharsky, en lo más intenso de la Guerra Civil. Aquel estratega violento, cultivador de luces, era el héroe que soñaba».
Esta poderosa atracción estuvo a punto de manifestarse de la manera más extraordinaria tempranamente, cuando inmediatamente después de regresar de su odisea china, Malraux trazó en 1929 el plan de una expedición a Kazakhstan, con la finalidad de liberar a León Trotsky, entonces deportado en Alma-Ata por orden de Stalin que todavía no había probado la sangre de sus oponente (3). Según cuentan sus biógrafos, Malraux puso mucho interés en la preparación de esta singular aventura que habría asombrado al mundo. Se trataba de algo así como de rescatar a Trotsky en Elba (4) . Los documentos de esta tentativa fueron quemados cuando los alemanes entraron en París, en junio de 1940, por el mítico editor Gastón Gallimard, que en su momento se encargó de poner sobre la mesa toda su autoridad para que el escritor renunciara «a aquella hazaña propia de Tres Mosqueteros que hubieran leído L’Histoire des treize, pero no la historia de la Revolución revisada por Stalin» (5).
Esta aventura frustrada vino a ser como el prólogo de una intensa relación, como en el caso ulterior de André, Gide y Bretón (6), contribuyó el vínculo personal establecido por Pierre Naville, uno de los pioneros y componentes del movimiento surrealista (junto con Gerard Rosenthal), amigo y pariente de Gide, militante comunista disidente de primera hora (junto con algunos de los fundadores del PCF como Alfred Rosmer, Pierre Monatte o Boris Souvarine), audazmente partidario de la línea de oposición de Trotsky con el que fue a reunirse en Prinkipo, la isla de los Príncipes cerca de Estambul, donde el Gobierno de Kemal dio hospitalidad al proscrito. Obviamente, para alguien como Malraux dicha relación tenía una suma de atractivos de primer orden, y se implicó hasta un paso de la militancia organizada. También para Trotsky el encuentro resultaba importante por más que desde el principio fue consciente de lo que les diferenciaba. Entre acuerdos y desacuerdos, la relación se desarrolló apasionadamente durante la primera mitad de los años treinta, hasta que la guerra civil española y los procesos de Moscú abrieron un abismo entre Malraux y el «trotskysmo». Pero tanto en una mitad como en otra, como en su epílogo gaullista, la cuestión Trotsky devendría capital en las relaciones de Malraux con el destino de la Revolución de Octubre y con el movimiento comunista oficial.
Unas relaciones que pasa por diversas estaciones, y que ocupa un lugar importante en la aventura intelectual de Malraux.

3.La revolución china.
Asombroso diálogo. Primero, porque León Trotsky muestra desde un principio su interés por ganar a Malraux a la causa de la oposición, y como es habitual en él, discute de igual a igual con unos y otros, también sabe que su influencia es superior entre escritores e intelectuales en una generación que cuando todavía vive la extrema tensión de la defensa de Octubre, se encuentran con un fenómeno extraño y monstruoso -el de su burocratización-, sobre el que carecen de información y la que existe no pueden diferenciarla fácilmente del alud denigratorio desencadenado por los poderes establecidos. Además, las novelas de Malraux le brindan una oportunidad excepcional para volver a discutir sobre el trágico destino de la revolución china, cuyo primer protagonista, el proletariado industrial, había sufrido en 1927 una derrota sin paliativos. Para Trotsky este capítulo histórico será, más trascendente que ningún otro en aquel período (7), el más dramático e importante de la revolución mundial, la máxima prueba de la actuación del comunismo invertido patrocinado por Stalin y cuyas características son:
a) Aunque las tareas fundamentales de la emergente revolución china eran las propias de 1789, habían dos factores que impedían que la burguesía democrática asumiera su papel histórico, uno era la existencia de un marco internacional determinado por el dilema entre revolución y contrarrevolución, el otro -y complementario- era la potencia de un movimiento obrero concentrado en las grandes ciudades que hasta el momento había estado en primera línea…
b) después de la aventura de la Comuna de Cantón (una insurrección sin condiciones), el objetivo central del partido comunista chino no es hacer la revolución sino garantizar por todos los medios la alianza de la burguesía china (representada durante décadas por el Kuomintang) con la URSS;
c) en consecuencia, en vez preparar a los trabajadores contra la natural tendencia de la burguesía nacionalista a imponer el orden, a temer más a la revolución que a los amos de la china tradicional, el partido y sus consejeros (Borodin), los convencieron para confiar,
d) para garantizar su autoridad el estalinismo tildará de trotskysmo cualquier tentativa crítica, opuesta a la desastrosa línea oficial…
Situado en esta perspectiva, Trotsky llega incluso a magnificar la influencia de aquel con un joven todavía poco conocido, al que atribuye un tanto ingenuamente como coprotagonista de unos acontecimientos que sí bien supo describir magníficamente, ignoraba en buena medida su significado político. Malraux por su parte, respondió con imperturbable seguridad los argumentos de su interlocutor, tomando igualmente por verdad histórica lo que, obviamente, no dejaba de resultar una trama novelesca cuyos datos de fondo eran parcialmente exactos, y cuyos personajes, exceptuando Borodine y Gallen, eran ciertamente imaginarios; de hecho, Malraux ofrecía una interpretación sobre la que se podía debatir siempre que no se olvidara esto, que era una interpretación. El novelista y el teórico revolucionario pendían sobre aquella historia como sí ambos hubieran estado en el mismo plano; y como sí ambos discutieran sobre los planos de un campo de batalla. En un artículo sobre Les Conquérants (apareció en la NRF en abril de 1931) que más tarde reproducirá más tarde en un trabajo
más amplio sobre China (La Revolución estrangulada), Trotsky abría fuego:
«Un estilo denso y bello, la mirada precisa de un artista, la observación original y atrevida; todo confiere a la novela una importancia excepcional. Si hablo de él ahora, no es porque lleno de talento, aunque ese hecho no sea desdeñable, sino porque ofrece una fuente de enseñanzas políticas del más alto valor. ¿Provienen de Malraux? Se desprenden del propio relato, del autor y se manifiestan en su contra; lo que hace honor y al observador y al artista, pero no al revolucionario. Sin embargo, tenemos derecho a considerar igualmente a Malraux desde este punto de vista: en su nombre personal y sobre todo en nombre de Garine, su segundo yo, no regatea los juicios sobre la Revolución. . . » (8).
Por su parte, Malraux partía de una concepción diferente. Para él, el proletariado tenía más significado como símbolo de una humillación eterna que como instrumento de una historia que se desarrollaba en una coyuntura concentra. Su visión del Komintern, también era pues diferente, en parte justificó algunos aspectos de la dirección del Komintern de la abortada revolución china, sin embargo, su alter ego, Garine, tenía poca fe en la mentalidad romana de los bolcheviques, y se quejaba de que Borodin, el agente destacado en China por el Komintern, quería «manufacturar revoluciones del mismo modo que la Ford manufactura automóviles». En su obra ulterior sobre China, La Condition Humaine, hace que los héroes revolucionarios, Kyo, Katow y Tchen pierdan la vida, y lo hagan en buena medida como consecuencia de la política de la Internacional estalinista.
Trotsky concluía su requisitoria deplorando que al autor le hubiese faltado una «buena inoculación de marxismo (que).. habría podido preservarle de errores fatales», y escribe:
«El libro se titula Les Conquérants. En el espíritu del autor, ese título de doble sentido en el que la Revolución se disfraza de imperialismo, se refiere a los bolcheviques rusos o, más exactamente, a determinada fracción de ellos. ¿Los conquistadores?. Las masas chinas se levantaron en una insurrección revolucionaria, bajo la indiscutible influencia del golpe de Estado de Octubre Como ejemplo y con el bolchevismo como bandera. Pero «Los conquistadores» no conquistaron nada. Por el contrario, entregaron todo al enemigo. Si la Revolución rusa ha provocado la Revolución china, los epígonos rusos la han sofocado. Malraux no hace tales deducciones. Ni siquiera parece pensar en ello. No por ello deja de surgir claramente desde el fondo de su notable libro.»
Malraux responde al hombre de Octubre «en el tono intrépido de Saint-Just ante Danton» (Lacouture), y recordó que Borodine y los responsables de la Internacional eran marxistas, y sin embargo… Su respuesta es más literaria tanto en su sentido como en su forma: «Cuando Trotsky añade que no hay afinidad entre el autor y la Revolución, que «las enseñanzas políticas se desprenden del libro a mis espaldas», temo que no conozca en las condiciones de una creación artística: las revoluciones no se hacen solas. pero las novelas tampoco. Este libro no es una «crónica novelada » de la Revolución china, porque principalmente se pone de relieve una relación entre individuos y una acción colectiva Considera que Garine se equivoca; pero Stalin considera que él, Trotsky se equivoca a su vez. Cuando, en su Vida, leemos el angustioso relato de su caída, olvidamos que es marxista, y quizás lo olvide él mismo.» Al final, encadenaba con aplomo: «Como Trotsky reconocía en mis personajes, un valor de símbolos sociales, ahora podemos discutir sobre lo esencial.»
El novelista no ve como Trotsky que en 1925-1926, el Partido Comunista pudiera emprender una política propia, para él no existía sino en la alianza con el Kuomintang. Era la tesis que iba a repetir a Kyo, casi palabra por palabra, el Vologuine de La Condition humaine. Consideraba que: «La Internacional… no tuvo elección… Dije que su objetivo era dar la más de prisa posible al proletariado chino la conciencia de clase que necesitaba para intentar la toma del poder; ahora bien, el obstáculo más poderoso con que se tropezaba entonces la conciencia de clase, era la conciencia de sociedad. Todo militante chino era miembro de alguna de aquellas innumerables sociedades, llamadas secretas, cuya historia es la Historia de China desde 1911; el Kuomintang era la más poderosa de ellas; guardadas todas las distancias, se parece mucho más a nuestra masonería que a nuestro radicalismo. Antes de la fusión, la doctrina comunista era la de una sociedad naciente; inmediatamente después, se convertía en una de las doctrinas de la sociedad más numerosa».
Trotsky no se conformó con esta reprimenda. Propuso una réplica en la propia Nouvelle Revue Francaise (NRF), que, empero no se publicó. Finalmente apareció en La Lutte de Classes transmitió su respuesta al hombre de Les Conquérants: sin embargo, entonces la situación había cambiando, las divergencias sobre el papel del Komintern en China (reproducido luego en otros lugares), quedaba atrás, y ahora el escenario era ocupado por el ascenso de los fascismos, de los nazis en Alemania donde Stalin habían impuesto al PC la política suicida del tercer período, y en la que el enemigo principal era la socialdemocracia, trastocada en socialfascismo. En julio de 1933, Malraux pidió una cita al compañero de Lenin. Un año después, en un viaje a la URSS invitado de Máximo Gorki, Malraux ofreció a León Davidovich su brindis en el mismo Kremlin como respuesta al propuesto por un personaje oficial que lo hizo a la salud de la patria socialista, un término que años más tarde consideraría aberrante. Clara Malraux temió las consecuencias de aquel gesto audaz, por muchísimo menos desaparecieron muchos escritores en los años del gran terror.

4. Compañero de ruta de Trotsky.
Cuando pudo dejar Turquía, Trotsky fue recibido a regañadientes en Francia por el Gobierno del radical Eduard Herriot (8) que no le autorizó a residir en la región parisiense, por lo que tuvo que instalarse cerca de Royan, en una casa de la pequeña estación de Saint-Palais donde abrió las puertas a Malraux el 26 de julio de 1933, una escena magníficamente descrita por el novelista y que Alain Resnais reconstruyó en su película Stavisky como un contrapunto revolucionario a un contexto marcado por la descomposición burguesa. En aquel momento, Malraux acababa de dejar lista para su edición su obra más importante, La Condition humaine (9) , y unos meses antes, en marzo, se había comprometido, junto con Gide, en el combate antifascista, dentro de la Asociación de Escritores y Artistas revolucionarios que todavía no estaba «hegemonizada» por el estalinismo. Malraux publicó nueve meses más tarde en la revista Marianne el relato de la entrevista, coincidiendo con el hecho de que Trotsky acababa de ser expulsado por el Gobierno Doumergue en medio de una crisis (la del 6 de febrero de 1934), durante la cual la prensa derechista multiplicó sus advertencias contra aquel judío bolchevique al que acusaban de mover los hilos de una insurrección proletaria. Es un hermoso texto, vibrante de admiración, Malraux escribía:
«…Avanzando poco a poco entre la luz de nuestros faros, tras un joven camarada prudente que llevaba una linterna, llegaron unos zapatos blancos, un pantalón blanco, una chaqueta de pijama hasta el cuello… La cabeza quedaba en la sombra nocturna. He visto algunos rostros en los que se expresarían vidas capitales: casi todos son rostros ausentes. Esperaba con mucha curiosidad aquella máscara enmarcada por uno de los últimos grandes destinos del mundo, que se paraba, deslumbrada, al lado del faro».
«Desde que se concretó aquel resplandeciente fantasma con gafas, sentí que toda la fuerza de sus rasgos residía en la boca de labios finos, tensos, extraordinariamente dibujados, de estatua asiática. Para tranquilizar a un camarada, se reía con una risa cerebral que no se parecía a su voz; una risa que descubría dientes muy pequeños y separados; dientes extraordinariamente jóvenes en aquel rostro fino de blanca cabellera»…
«Trotsky no hablaba su lengua; pero, incluso en francés, la característica principal de su voz era el dominio total sobre lo que decía: la falta de insistencia por la que tantos hombres dejan adivinar que quieren convencer a otros para convencerse a sí mismos, la ausencia de voluntad de seducción. Casi todos los hombres superiores tienen en común, cualquiera que sea la torpeza de algunos en expresarse, esa densidad, ese centro misterioso del espíritu que parece nacer de la doctrina, que supera en todas partes y que da la costumbre de considerar al pensamiento como algo que hay que conquistar y no que repetir. En el dominio del espíritu, aquel hombre se había construido su propio mundo y en él vivía. Me acuerdo del modo en que me habló de Pasternak».
La conclusión de este artículo era desafiante. Malraux oponía el recuerdo del proscrito a las imágenes de una película presentada por el Partido Comunista que acababa de ver, la de una fiesta en Moscú «aplastada por los retratos gigantescos de Lenin y Stalin». En forma de apóstrofe, la conclusión era una adhesión a la causa del Viejo: «¿Cuántos pensaban en usted… entre esa multitud?. Seguramente, muchos. Antes de la película, hubo discursos, especialmente en favor de Thaelmann; el orador que se hubiera atrevido a hablar de usted, pasado el primer momento de inquietud, habría aplastado rápidamente la hostilidad burguesa y a la prudencia ortodoxa a la vez:. vive usted como un remordimiento en esa multitud que le silencia…Todos están con usted, contra el Gobierno que le ha expulsado: es usted uno de esos proscritos a los que no se consigue convertir en emigrados (…) Yo sé, Trotsky, que su pensamiento sólo espera su propio triunfo del destino implacable del mundo. ¡Que su sombra clandestina, que desde hace casi diez años va de exilio en exilio, pueda hacer comprender a los obreros de Francia ya todos a los que anima esa oscura voluntad de libertad, hecha tan clara por la expulsiones, que unirse en un campo de concentración es unirse un poco tarde. Hay demasiados círculos comunistas en los que ser sospechoso de simpatía hacia usted es tan grave como serIo hacia el fascismo. Su marcha y los insultos de los periódicos muestran que la revolución es una…».
Unas semanas antes, Trotsky había manifestado su simpatía con el visitante: «Léanse atentamente las dos novelas del autor francés Malraux Les Conquérants y La Condition humaine. Sin darse cuenta de las relaciones y consecuencias políticas, el artista formula un acta de fulminante acusación contra la política de la internacional comunista en China y, de la manera más sorprendente, confirma a través de escenas y personajes todo lo que la oposición de izquierda había explicado por medio de tesis y fórmulas…».
Durante todo aquel período (1933-1934), Malraux actuó abiertamente como activo simpatizante del que Churchill llamará el gran negador, al que quería volver a ver en la URSS, como quería un partido unido en el que los trotskystas tuvieran su lugar.
Era evidente que en esta opción tenía mucho que la condición de mito de Trotsky y su gesto en Moscú era un, pero también es cierto que Malraux se sintió identificado por algunos criterios básicos de la oposición, comenzando por el planteamiento de frente único contra el fascismo (el 6 de febrero de 1934, firmó un texto en favor del Frente único que los comunistas desaprobaban); su simpatía iba tan lejos como para conducirle a acciones más arrogantes que hablar en Ios mítines parisienses organizados casi en todas partes contra la expulsión de Trotsky. En una apasionante reunión celebrada en la sala Albony por iniciativa de la Liga Comunista (oposición de izquierda) y con el sector de izquierdas del Partido Socialista de Marceau Pivert, habló junto con éste, Pierre Frank e Iván Craipeau. En una reseña aparecida en La Vérite, órgano de la Liga Comunista se hizo ampliamente eco de la intervención de Malraux: «El orador lanzó un vibrante llamamiento a la realización de la Unidad para la tarea que se impone, la revolución en Francia. «Sepamos comprender que la revolución es una»- Volviendo sobre la expulsión del jefe de los bolcheviques leninistas, concluyó en medio de calurosísimos aplausos, prohibiendo que se «humille a una parte de la fuerza revolucionaria que hizo temblar San Petersburgo»
No obstante, en el mes de abril de 1935, Malraux llevó a cabo un gesto de ruptura a negarse a intervenir a favor de escritor revolucionario que tenía su leyenda en Francia, Víctor Serge, deportado por las autoridades soviéticas durante la primera gran purga que siguió al asesinato e Kirov. Con evidente amargura, Trotsky subrayó aquel silencio en La Vérite.

5. Con Stalin a pesar de todo.
Desde aquel momento, Malraux apareció como un incondicional de la política de Frente Popular, como uno de los portavoces de los compañeros de ruta del movimiento comunista, aunque siempre se permitió un grado de autonomía que, en muchas ocasiones, le convirtieron en molesto. De hecho, nunca aceptó los criterios del mal llamado realismo socialista, aunque nunca lo abordó frontalmente como lo haría Bretón.
Es conocido su discurso asombrosamente heterodoxo ante el Primer Congreso de Escritores Soviéticos de 1934, que provocó una dura réplica de un Karl Rádeck convertido en comisario de la cultura. Aunque los comunistas -dijo Malraux- han confiado en el hombre, los soviéticos no siempre han mostrado una confianza semejante en sus escritores. La literatura soviética pone de manifiesto los hechos externos concernientes a la URSS, pero no su ética ni, lo que es más importante, su psicología. En una nota de advertencia al Congreso, el dualismo de Malraux aparecía con claridad meridiana: «El marxismo -afirmó- es la consciencia de la sociedad; la cultura es la conciencia de lo psicológico». Luego, refiriéndose a la rica herencia de los clásicos rusos, Malraux puso de relieve que el rechazo de la psicología en el arte sólo podría conducir a lo que llamaba un individualismo absurdo. Estaba convencido de que el hombre vivo, se interpone siempre entre la doctrina y la literatura. La libertad esencial del artista no consistía en la libertad de hacer cualquier cosa, «sino en la libertad de hacer aquello que quiere hacer».
En su ideario subsistía plenamente la convicción de que el socialismo era la vía más humana, y se reafirmó en su anticolonialismo cuando en 1935, sesenta y cuatro intelectuales franceses defendieron la aventura abisinia de Mussolini en nombre de los valores Occidentales y de la civilización latina. Malraux replicó que occidente no había sido un concepto poderoso -o valioso- durante largos años.
Pero, Malraux creyó que el estalinismo no afectaba estas ideas, y lo aceptó tácticamente. Por esta razón, evadió los temas de fondo, hasta llegó a plantearse que lo que estaba ocurriendo en Moscú como un mero enfrentamiento personal entre Stalin y Trotsky. Esto explica que en febrero de 1937, durante el segundo gran proceso de Moscú, un periodista ruso, Wladimir Romm, declaró haber visto a Trotsky en París, en julio de 1933, y haber recibido instrucciones suyas para hacer sabotaje en la URSS. Éste replicó inmediatamente que, en julio de 1933, no estaba en París, sino en Royan, donde Malraux le visitó, y que éste podía dar prueba de ello, sin embargo, Malraux guardó silencio. Indignado, Trotsky escribió: «Malraux, al contrario de Gide, es orgánicamente incapaz de independencia moral. Todas sus novelas están impregnadas de heroísmo, pero él no posee esa cualidad en lo más mínimo. Es servil de nacimiento. Acaba de lanzar en Nueva York un llamamiento para que se olvide todo, salvo la Revolución española. No obstante, el interés por la Revolución española no le impide a Stalin exterminar a decenas de viejos revolucionarios…».
Malraux respondió: «EI señor Trotsky está hasta tal punto obsesionado por todo lo que le concierne personalmente que, sí un hombre que acaba de combatir durante siete meses en España, proclama que la ayuda a la República española debe ser antes que nada, para el señor Trotsky, esa declaración esa declaración debe ocultar algo». Y algunos días después, con motivo de una cena ofrecida en su honor por el periódico The Nation, Malraux establecía su propia criterio afirmando que al «igual que la Inquisición no ha socavado la dignidad fundamental del cristianismo los procesos de Moscú no han disminuido la dignidad fundamental del comunismo». Dicha comparación no era desde luego la que podían ofrecer los incondicionales, y tiene ciertas similitudes a la que ofreció Bertolch Bretch en su Galileo (Galileo se inclina ante la Inquisición consciente de sí bien en aquel momento no puede hacer otra cosa, la verdad no tardará en imponerse). Estaba claro que Malraux, tomando seguramente como referencia una pasaje de Los hermanos Karamazov, comparaba el estalinismo con la Inquisición, algo que ya decían sus los que denunciaban los procesos. Sin embargo, los procesos no socavaban la autoridad del comunismo. Aunque cabría hablar mucho sobre la Iglesia, aquí la cuestión era qué comunismo: el que se jugaba la vida y la libertad por restablecer la verdad, o el que estaba destruyendo todo lo que había de liberador de Octubre.
En una de sus polémicas con el entorno del PCF, el propio Malraux puso en cuestión el concepto de la continuidad revolucionaria. En su opinión esta se había convertido en una burla ¿cómo podían pretender los generales de Stalin, cargados de oro y condecoraciones, ser los legítimos herederos de los compañeros de Lenin?, y en más de una ocasión recordaría el viaje que hizo con Gide a Berlín para pedir la libertad de Dimitrov, y como luego el mismo Dimitrov hizo colgar al inocente Petkov. «¿Quién -preguntaba- ha cambiado; Gide y él mismo, o Dimitrov?». Una pregunta llena de pertinencia por supuesto que no se había atrevido a plantearse en la segunda mitad de los años treinta.
Durante la guerra española este dilema tuvo una traducción particular. Malraux prefirió jugar el juego con los comunistas, los únicos capaces en su opinión, de levantar un dique al avance fascista. Inmerso en esta lógica dejó que su escuadrilla tuviera un comisario político estalinista. También rompió todas relaciones con el POUM (Partido Obrero de Unificación Marxista), y mantuvo su silencio cómplice para condenar la caza de brujas de trotskystas y anarquistas a la que se entregaron las gentes de la NKVD y algunos de los jefes de las Brigadas Internacionales. Tampoco dijo nada sobre el extraño proceso al término del cual se fusiló inmediatamente a Zinóviev y a Kaménev, los dos lugartenientes de Lenin, ni sobre la extensa lista de escritores fusilados o desaparecidos sobre los que no cesaban de llamar angustiosamente la atención Víctor Serge y los surrealistas…
En una cita-declaración de Paul Nothomb (un joven comunista belga que en 1936 tenía veintidós años) en su libro Malraux en España (recientemente editado en Edhasa), escribe: «Hoy me consta que los que fuimos sin duda sinceros comunistas éramos los cómplices de grandes crímenes. Nos encontramos a finales de 1936, es decir, en el momento en que Stalin se lanza a sus purgas más sangrientas, cuyos ecos llegan hasta nuestros oídos y dan lugar a violentas discusiones entre nosotros. Después de todos estos años, sin embargo, me niego a considerar a mis camaradas del Partido de manera distinta a como lo hacía entonces».
¿Qué esta diciendo Nothomb?. Dos cosas que no son contradictorias. De un lado, valora aquel momento cuando, gracias a su experiencia en la aviación, se enrola en la escuadrilla España que André Malraux para acudir en ayuda de la República española. Rememorando este compromiso de juventud, de revuelta exigente contra el orden burgués. Nothomb precisa en la página que acabo de citar: «La adhesión a la doctrina de Lenin nos unía como la fe une una orden de monjes soldados». Con ello no está hablando de algo que se pueda amalgamar con el gran terror, sino de algo paralelo que, aunque ciego ante lo que, por perspectiva histórica, por su educación sectaria, no son capaces de ver, y se niega a considerar que sus camaradas fueran responsables de todo aquello. Ellos dieron lo mejor de sí mismo por una causa que lo merecía, y cuando tomaron conciencia de lo que fue el estalinismo, llamaron las cosas por su nombre…Se siente cómplice en el sentido más noble del término, es decir acepta su responsabilidad, pero, insisto, dicha complicidad no menoscaba la generosidad de su experiencia. Algo semejante se podría decir del Malraux capaz transpirar la solidaridad y la generosidad del pueblo en armas en una novela y una película, dos obras inmortales donde las haya que, a su vez, no quita que Malraux se equivocara de pleno en la cuestión de la política comunista oficial como reconocería años después, aunque desde una óptica muy diferente a la de Nothomb (10).
Desde una óptica que se negaba a ver detrás de la grandeur gaullista, por ejemplo la barbarie colonialista.

6. Epílogo gaullista.
Se ha discutido mucho que hay de ruptura y de continuidad en la lenta, subterránea pero clamorosa apostasía de Malraux. Lo mismo que en el caso de Paul Nizan, el pacto nazi-soviético tuvo un efecto decisivo sobre él pero, a diferencia de aquél, él no era del partido, además no hizo pública su defección, aunque su reacción fue airada: «Volvemos a estar a cero». La izquierda, opinaba, estaba herida de muerte, pero ansiaba comenzar de nuevo sobre otras bases. El caso como Coronel Berger fue un obstinado oponente de la fusión del MLN con el Frente Nacional Comunista. Luego, emergió de la guerra como Ministro de Información de Gaulle. La pregunta es, ¿por qué el gaullismo? Está claro que esta opción no tuvo lugar cuando el PCF estaba en descrédito, todo lo contrario. Tampoco entró en liza fácilmente, y por lo general no respondió a acusaciones como las vertidas por Garaudy, que lo tachó de mercenario, de haber sido parcialmente responsable de la «aventurerista Comuna de Cantón, que acabó en una enorme carnicería de trabajadores y demócratas», amén de volver a Francia «justo a tiempo de entrar en relación con Trotsky que, desde entonces, se convirtió en su padre espiritual». También lo tacharon de fascista, algo que no se corresponde a la verdad. Malraux por ejemplo nunca habló de la dictadura de los sindicatos como haría Vargas Llosas en pleno fervor thatcheriano. Más que de fascismo, cabe registrar que Malraux cambió su admiración por las elites revolucionarias por la de los pocos de la Batalla de Inglaterra, pasó de loar a Trotsky para hacerlo con De Gaulle y Churchill, y 1917 y la República española por el Imperio Británico. Su alegación de que «no se trata… de sí usted es comunista, anticomunista, liberal… ya que, el único problema real es saber cómo -por encima e esas estructuras- y de qué manera podemos recrear al hombre», revela la medida de su antipatía para con el materialismo. «La herencia europea -concluyo- es el humanismo trágico», y sí no quiso ver los procesos de Moscú, tampoco quiso enfrentarse con los desastres humanitarios del Tercer Mundo.
También cambió de centralidad, tal él mismo explicará en su última obra de ficción: Les Noyers de l´ Altenburg (publicada en 1948 y de la que no me consta que haya traducción), el lugar de la acordada a la cuestión social durante el período radical que le dio fama internacional, ahora observa y se reafirma en la centralidad de la cultura occidental. Distingue esta de las demás por su resistencia a la fatalidad y al destino, y por su investigación de la psicología del individuo. En un discurso pronunciado en 1946 ante la sesión inaugural de la conferencia de la UNESCO en la Sorbonne, dividió las culturas en bloques étnicos o geográficos: rusa, americana y europea. «La fortaleza de Occidente -dijo- radica en su aceptación de lo desconocido». Lejos quedaba la descripción indignada de las atrocidades cometidas por el avaricioso Imperio Británico de Les Conquérants. Y, adelantándose al neoliberalismo advirtió que los europeos sentían mala conciencia ante sus privilegios y colonias, mientras que los Estados Unidos (y Rusia) aún consideraba legítimos sus privilegios.
Malraux se reafirmó en el nacionalismo mientras criticaba la instrumentalización que Stalin había hecho del internacionalismo.. «Nosotros -diría- habíamos creído que, haciéndonos menos franceses, nos hacíamos mas humanos. Ahora sabemos que simplemente, nos hacíamos más rusos». Rusia había dejado de lado a la Internationale con un «amplio gesto desdeñoso». Su liberalismo se cohesionó tras una conversación con el extrotskysta, James Burham, a la sazón convertido en uno de los teóricos de la revolución conservadora entre finales de los años cuarenta y principios de los cincuenta. Malraux hizo su propia versión del fin de las ideologías, según la cual las viejas categorías de izquierda, centro y derecha, habían dejado de ser válidas; en consecuencia, era absurdo llamar reaccionario al gaullismo. Burham era partidario de ilegalizar el PCF, algo que a Malraux le repugnaba. De alguna manera, era perfectamente consciente del papel de éste en la sociedad francesa.
Hizo un reconocimiento explícito durante el mayo del 68. José Bergamín contaba que un día pasó por delante del Ministerio de Cultura y le picó la curiosidad por saber que pensaba de todo aquello su antiguo compañero, ahora ministro. Atravesó los largos pasillos sin encontrarse a nadie, todos los funcionarios secundaban la huelga general. Llegó hasta el despacho de Monsieur Le Ministre, quien en medio de la conversación le confesó «Felizmente, tenemos el partido comunista». En otra ocasión habló de aquel partido ahora dirigido por oscuros funcionarios como Waldeck Rochet y George Marchais como «la última barricada» de un sistema social que cuando él fue plenamente Malraux, llegó a cuestionar y contra el cual escribió sus mejores obras.
Sant Pere de Ribas

Notas
(1) Entre los diversos estudios que enfocan la relación de Malraux con el comunismo destacan los de David Caute, El comunismo y los intelectuales franceses. 1914-1966 (Col, Libros Tau, Vilasar de Mar, BCN, 1967), y Compañeros de ruta (Ed. Grijalbo, México, 1975), y especialmente el de Herbert R. Lottman, La Rive Gauche. Intelectuales y política en París, 1935-1950 (Ed. Blume, BCN, 1985).
(2) La mayor parte de datos de este trabajo están extraídos de la celebrada biografía que le dedicó Jean Lacouture, y que aquí fue editada en 1976 por Euros, una editorial de izquierdas ligada a un vástago de la familia Godó y a La Vanguardia. Como anécdota cabe señalar que el extenso capítulo dedicado a las relaciones entre Malraux y Trotsky fu reproducido por la prestigiosa revista Triunfo con una foto de Trotsky en la portada.
(3) Aunque ahora se trata de amalgamar toda la historia soviética con el Gulag, lo cierto es que, una vez pasada la guerra civil en la que la revolución se jugaba a vida o a muerte, la eliminación de los adversarios no comenzó de una manera sistemática hasta la entronización definitiva de Stalin («el Lenin de hoy») al poder absoluto. El mismo hecho de que Trotsky fuera primero deportado, y luego exiliado fue algo que hubiera resultado impensable unos años después. El primer opositor asesinado fue Jakob Blumkin, un opositor arrepentido que fue a visitar a Trotsky a Prinkipo. Se daba la casualidad de que Blumkin había sido uno de los eseristas de izquierdas que atentaron contra Trotsky cuando su grupo consideró como una traición la firma de la paz de Brest-Listovk. Aunque oficialmente fue fusilado, Blumkin se hizo bolchevique y fue uno de los secretarios de Trotsky desde la guerra civil.
(4) Este título corresponde a uno de los más famosos artículos del periodista norteamericano John Gunther en el que hacía un paralelismo entre la estancia de Trotsky en Prinkipo con la de Napoleón en Elba. En aquel entonces, tanto a la izquierda como a la derecha, nadie tenía claro sí Trotsky podría volver al poder, una hipótesis que en las cancillerías se tenía muy en consideración, sin ir más lejos, el propio Hitler la barajó como una de las variantes negativas que podía provocar su invasión a Rusia. Lacouture también se hace eco del paralelismo para ampliarlo a Malraux cuando escribe: «Imaginemos a Napoleón en Elba, discutiendo de estrategia con Stendhal, y éste con Fabrice y Grouchy…».
(5) Malraux nunca negó su afinidad con obras de Trotsky como Literatura y Revolución, Mi vida (que tanto entusiasmo literariamente a un Francois Mauriac) y sobre todo, con su Historia de la Revolución rusa, a la que, ya como ministro, recomendó a unos estudiantes egipcios sí «querían comprender el siglo XX». En una entrevista en la ORTF con ocasión de la publicación de sus Antimemorias donde considera a Trotsky, «con De Gaulle. Mao y Nehru, como el hombre más notable (que él haya) encontrado»).. su interlocutor intento establecer un paralelismo entre Michelet y el autor de la Historia de la revolución rusa. Malraux entonces objetó: «Trotsky era Michelet sin generosidad. Trotsky no tenía los brazos abiertos. Había en él una profunda fraternidad. bastante noble; pero no era generosidad», seguramente recordando su intransigencia militante.
(6) Sobre la relación de Trotsky con la izquierda intelectual francesa de los años treinta, me remito a mi edición del Manifiesto por un arte revolucionario e independiente (Ed. El Viejo Topo, BCN, 1999), y a mi artículo sobre Gide aparecido en esta misma revista (abril 2001, nº 151). Este apartado podría ser ampliado a otros nombres, como por ejemplo, Simone Weil, cuyo biógrafo asegura que fue en su casa paterna donde se celebró el Congreso fundacional de la IV Internacional en 1938, aunque las fuentes «trotskyanas» aseguran que la casa la puso Alfred Rosmer. En todo caso, Simone mantuvo una cierta relación, y un debate, con Trotsky durante la estancia en Francia de éste, y militó en el grupo Revolution proletarianne que durante la guerra española mantuvo una colaboración tanto con el POUM como con la CNT.
(7) La historia de la revolución china anterior a la Larga Marcha existen numerosas aportaciones como la célebre de Harold Isaacs o los estudios sobre los orígenes de la revolución china efectuado por Lucien Bianco, o el de Pierre Broué La question chinoise dans l´Internationale Communiste (EDI, París, 1967). Fernando Claudín ofrece una buena reconstrucción de los problemas y debates de entonces en La crisis del movimiento comunista internacional (Ruedo Ibérico, 1971).
(8) Esta evocación de Malraux fue traducida y publicada por la revista la Izquierda comunista española, Comunismo, y reproducida en la amplia antología publicada por Ed. Fontamara (BCN, 1977). Lacouture lo cita ampliamente.
(9) La inclusión de unas imágenes en la que Trotsky abre la puerta a Malraux (acompañado por un joven trotskysta luego asesinado), es una auténtica «licencia» en una película (Stavisky, protagonizada por Jean Paul Belmondo) que se permitieron su director, Alain Resnais, y su guionista, Jorge Semprún, como un contrapunto que fue muy discutido. Y ya que hablamos de cine, entre finales de los setenta y principios de los ochenta se habló insistentemente de una adaptación fílmica de La condición humana que, al parecer, debía dirigir Fred Zinneman con Ives Montand entre los protagonistas. Recuerdo que éste último justificó -en una entrevista en TV2- el cancelamiento del proyecto porque ya nadie se podía creer aquella fervorosa evocación del idealismo comunista… Ahora se vuelve a hablar de otra tentativa con Oliver Stone detrás las cámaras.
(10) En una amplia reseña del libro aparecida en El País (18-12-2001), Jorge Semprún, describe a Nothomb como «seducido y aducido por el ideal bolchevique, el idealismo revolucionario de un bolchevismo irreal que se encamaría en los horrores del socialismo real», y reconoce que éste describe «un espíritu de compañerismo inaudito, un extraordinario buen humor en todo momento, hasta el punto de que, al recordar esas horas pasadas, no puedo dejar de pensar que vivimos uno de esos raros instantes en que la fraternidad humana, eso tan a menudo adulterado, se convierte en algo más que una palabra, que un eufemismo.». Semprún no disocia estos conceptos –muy similares a los de la «solidaridad viril» que Malraux veía encarnada en el activismo revolucionario- del horror estalinista, y trata, una vez más, de abordar una cuestión que describe como sí fuera un entomólogo, o sea como alguien que esta más allá de la historia. aunque esto no es el lugar, cabe recordar al menos algunas cosas, tales como que Semprún aparte de ser un antiguo comunista oficial (que como Federico Sánchez se la jugó contra el franquismo cuando los liberales no se atrevían ni a carraspear), fue luego un marxista heterodoxo (conocido sobre todo por su labor como guionista del cine político), para acabar, finalmente, como un arrepentido neoliberal, como un anticomunista a veces digno del ABC, que mira la Norteamérica (republicana) con la misma devoción con que antaño miró la URSS, solo ahora sus combates por la libertad (de las multinacionales) tiene un carácter mucho menos noble que cuando creyó en el comunismo. Por ejemplo, durante la guerra de Golfo, Semprún dictó como ministro la exclusión de una lista de funcionarios que habían firmado un manifiesto contra la guerra.

Sobre Juan Andrade, Pepe Gutierrez

Aunque su áspero carácter le impidió jugar un papel a la altura de Nin y Maurín, el madrileño Juan Andrade ocupa un lugar excepcional en la historia de la izquierda revolucionaria española. De Andrade llama la atención su larga y coherente trayectoria militante: Andrade empieza su andadura política con los Jóvenes bárbaros (juventudes radicales), pero en 1918 ya está al frente de las juventudes socialistas madrileñas, partidarias de Zimmervald y de la revolución rusa. En 1920 se encuentra entre los animadores del recién construido PCE como director de El Comunista. En 1921 es encarcelado por invención de la policía de una insurrección por parte del joven partido, y lo volverá a ser en 1923 y en 1924. En 1927 es apartado de todos sus cargos del partido por su actitud crítica, que evoluciona desde posiciones izquierdistas consejistas hacia las de la Oposición de Izquierda. Cofundador de la OCE, funda y anima la revista Comunismo. En 1935 es también uno de los fundadores del POUM, a cuyos CC y CE pertenecerá. Procesado en 1938, logra huir de Barcelona en víspera de la entrada de las tropas de Franco.
Durante la ocupación alemana de Francia, Andrade vive ilegalmente, y conoce diversos campos de concentración hasta que es liberado el 24 de febrero de 1944 por un maquis anarquista en el que se encuentra Wilebaldo Solano. Durante los años que vive en Francia, Juan Andrade es uno de los militantes poumistas más constantes a pesar de las continúas discrepancias que mantiene. Para el sector bloquista, Andrade es algo así como el jacobino de la Izquierda Comunista, el intransigente que no tiene mucho miramiento a la hora de comprender posiciones como las del último Maurín. En los años setenta, su espíritu militante le lleva a participar en el fallido intento de reconstrucción del POUM. Finalmente se mantuvo próximo a la LCR. En la biografía de Andrade existen dos capítulos que merecen a nuestro juicio una atención especial, el primero se refiere a las actividades propagandísticas de Andrade y el segundo a su compleja relación con Trotsky y el trotskysmo.
No hay que ser ningún agudo académico para saber que no existen tratamientos privilegiados para los revolucionarios. No hay más que ver que para todos los que se interesen sobre las actividades culturales en el espacio de tiempo que va desde los años finales de Primo de Rivera y la guerra civil, la escena se encuentra ocupada por la estrella Ortega y Gasset, y en menor grado por la espléndida generación del 27. Sin embargo, un estudio hecho más hacia abajo (1), nos permitirá conocer los datos de un encuentro entre el pueblo y la cultura, de lo que no sería exagerado llamar una revolución cultural. La pasión por la lectura; en disfrute de un cine crítico vivo; la conexión activa con artistas e intelectuales dejó de ser el privilegio de las clases altas y medias para alcanzar al conjunto del proletariado. Durante estos años se publicaron centenares de títulos de los clásicos socialistas, millares de novelas vanguardistas, antimilitaristas, revolucionarias, proletarias, y los mejores artistas se sintieron vinculados a un pueblo en marcha.
Detrás de esta auténtica revolución cultural pocos pueden competir con el stajanovismo de Juan Andrade, animador de revistas como PostGuerra y Comunismo, responsable de editoriales como Cenit, Hoy, Iberoamericana, Oriente, Comunismo, etc., articulista vibrante y lúcido bajo diferentes seudónimos, traductor de diversos clásicos marxistas, descubridor de nuevos talentos como Ramón J. Sender (2), y finalmente, autor de diferentes folletos y libros como La burocracia reformista en el movimiento obrero que todavía sigue siendo referencia metodológica obligada para todos los que estudian la UGT y el PSOE de Pablo Iglesias y Largo Caballero. No se trata por lo tanto de una obra teórica brillante ni de primera línea, no hay aportaciones originales, pero sí hay un rigor poco usual entre nuestra izquierda, y sobre todo, una labor que, podíamos definir con Gramsci, significaba «difundir críticamente verdades ya descubiertas, «socializarlas», por así decirlo, y convertirlas, por tanto, en base de acciones vitales, en elementos de coordinación y de orden intelectual y moral».
No les faltaba razón a los sectores bloquistas del POUM cuando trataban a Andrade como un trotskysta que había tenido la desgracia de haberse peleado con Trotsky. Andrade fue un bolchevique clásico tanto en sus virtudes como en sus defectos, un militante duro y severo, riguroso e implacable crítico de los acomodamientos y las medias tintas, capaz de discernir entre la política estalinista y la naturaleza de la revolución rusa, de la URSS y de la base comunista del PCE. Hay un desgarro permanente en Andrade desde que en 1936 Trotsky le devuelve drásticamente su libro sobre La burocracia reformista…, tratándole de traidor por haber suscrito el pacto del Frente Popular. Andrade vio siempre en Trotsky una actitud soberbia hacia sus amigos-adversarios. A alguien incapaz de reconocer una historia y una grandeza de éstos como la reconoció Lenin en gente como Plejanov, Martov, Kropotkin… Este desgarro se hace especialmente duro cuando un “parvenu” del trotskysmo adopta la posición de Trotsky sobre el POUM y sobre él, que ha cubierto más de sesenta años de militancia sin claudicaciones.
Esta actitud de Trotsky, prolongada también en otros casos no menos drásticos y dolorosos como el mítico comunista holandés Henri Sneevliet o su propio hijo León, hay que situarla en unas condiciones de tensión infrahumanas, pero también en una inclinación muy cultivada por la socialdemocracia rusa en el exilio y que tuvo una concreción práctica desastrosa en las inventivas que se dedicaron mutuamente él y Lenin, con los resultados ulteriores que todos conocemos. Incluso admitiendo la corrección política de la crítica de Trotsky al POUM —lo que es mucho admitir, y que se suele hacer primando lo doctrinario y general sobre el análisis más concreto—, existen diferencias entre la actuación de Nin y Andrade (que no se impusieron a una revolución sino que carecieron de capacidad para coordinarla y orientarla) y la de Zinóviev y Kámenev en Octubre de 1917, y sin embargo, estos últimos siguieron al frente del partido bolchevique. Es absolutamente inadmisible tratar así los posibles errores de alguien que ha dedicado su vida a la revolución, y sustituir con la descalificación las propuestas de un debate serio y abierto. Luego fue Andrade uno de los que más se interesó por encontrarle a Trotsky un lugar para vivir en el Vendrell, el que trató de hallarle un tribuna en La Batalla. El que siguió firme cuando tantos y tantos otros renegaron. Esta es una lección que conviene no olvidar.
Notas
(1). Entre otros, ver: Víctor Fuentes, La marcha al pueblo en. las letras españolas. 1917-1936 (Ed. de la Torre, Madrid, 1975); Christopher H. Cobb, La cultura y el pueblo, España, 193011939 (Laía, BCN, 1977); Los novelistas sociales españoles (1928-1936), antología. de José Esteban y Gonzalo Santoja, autor también de la reedición de La novela proletaria, en Ed. Ayuso los dos casos.
(2). Entre sus múltiples actividades editoriales, Andrade fue e! editor del primer libro de Sender, La situación religiosa en México, que apareció con un prólogo de Valle-lnclán, cuya paternidad nunca ha sido entredicha por ningún erudito, y que sin embargo fue obra de Andrade, muy amigo de Don Ramón María. Juan fue también el inductor de la publicacíón de Imán, la novela revelaci6n de Sender, y la mejor de su obra para muchos. Responsable de infinidad de artículos y notas editoriales, su obra personal es más bien escasa, Fontamara publicó su opúsculo sobre el primer PCE, y Serbal sus Recuerdos personales. Servidor (Pepe Gutiérrez) le dedica un amplio espacio en Memorias de un bolchevique andaluz (Ed. El Viejo Topo, BCN, 20002).

Mary Low: 1912-2007 (Pepe Gutiérrez-Álvarez)

El 9 de enero de 2007 falleció en Miami, y a los 94 años, la escritora y pedagoga, Mary Stanley Low, surrealista y militante trotskista, especialmente conocida entre nosotros gracias a la edición en Alikornio de su Red Spanish Notebook, que aquí se tituló más correctamente Cuaderno Rojo de Barcelona, en los que la parte correspondiente a Mary registraba once instantáneas entre agosto y diciembre de 1936, que ofrece la visión de alguien que quiso dejar su vivo testimonio de la Barcelona roja y negra y que, aparecen personajes o hechos históricos relevantes. Mary trabajó en la radio poumista en las emisiones en inglés, pero como periodista escruta sobre todo los pequeños detalles en la vida cotidiana, esta capacidad fue muy valorada por alguien como George Orwell, que sabía muy bien de lo que hablaba.
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Bob Smillie, homenaje a un hombre valiente (Mariado Hinojosa)

Publicado originalmente en Arainfo

“Su canturreo de melodías escocesas podía escucharse acompañando horas difíciles y monótonas en las trincheras, así como las proclamas políticas que gritaba a las líneas enemigas. Quizá sea casualidad, pero durante aquel periodo fueron muchos los fascistas que desertaron de las filas de Franco”.
[Bob Edwards, miembro del ILP Contingent y compañero de Smillie en el frente]

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Albert Masó: el llarg viatge cap al socialisme (Xevi Camprubí, 2004)

 

Avui, 9-9-2004. Reproducido con permiso del autor

La victòria sobre el nazisme havia reforçat la posició internacional de la Unió Soviètica fins al punt que el nombre d’intel·lectuals comunistes europeus que, a l’inici de la postguerra, s’atrevien a criticar la políticade Stalin era més aviat reduït. Leer artículo «Albert Masó: el llarg viatge cap al socialisme (Xevi Camprubí, 2004)»

Eugenio F. Granell: conciencia política da liberdade de creación (Eugenio Castro, 2007)

Moi a principios dos anos oitenta, un vello amigo (1) contoume que mentres escapaba á carreira da policía, durante unha manifestación, por unha rúa de Madrid, atopou no chan un pequeno folleto pertencente a unha exposición de Eugenio Granell. Como un bo sinal, recolleuno e gardouno (entre outras razóns importantes, a causa do seu coñecemento da participación de Granell no POUM e da súa adhesión á filosofía trotskista) (2) .

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