Bob Smillie, homenaje a un hombre valiente (Mariado Hinojosa)

Publicado originalmente en Arainfo

“Su canturreo de melodías escocesas podía escucharse acompañando horas difíciles y monótonas en las trincheras, así como las proclamas políticas que gritaba a las líneas enemigas. Quizá sea casualidad, pero durante aquel periodo fueron muchos los fascistas que desertaron de las filas de Franco”.
[Bob Edwards, miembro del ILP Contingent y compañero de Smillie en el frente]

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Carta de Nikolái Bujarin a Anna Larina (1938) y respuesta de Anna Larina (1992)

Carta de Nikolái Bujarin a Anna Larina (1938)

Querida, dulce Annushka, mi adorada:

Te escribo ya en la víspera del juicio y te escribo con un fin determinado, que subrayo tres veces: a pesar del0 que puedas leer o escuchar, no importa lo terribles que sean las circunstancias, a pesar de todo lo que me dirán y de lo que yo podré decir, sobrelleva todo con valor y tranquilidad.
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Autobiografía de Nikolái Ivanovich Bujarin

Notas de Bujarin para la Enciclopedia  Granat, edición de Georges Haupt y Jean-Jacques Marie, que con el título de Los bolcheviques apareció en ediciones ERA, México, 1972.

Nací en Moscú el 27 de septiembre de 1888. Mis padres eran ambos maestros. Mi padre, matemático, se graduó en la facultad de ciencias fisicoquímicas de la Universidad de Moscú. Fui educado en un ambiente intelectual; a los cuatro años y medio ya sabía leer y escribir e influido por mi padre, me apasioné por los libros de historia natural, sobre todo por los de Kogoródov, Timiriázev V Brehm. Coleccionaba con entusiasmo mariposas y escarabajos y la casa estaba siempre llena de pájaros. Tenía también una gran afición por el dibujo. En cuanto a la religión, poco a poco fui adoptando respecto a ella una actitud escéptica.
Poco antes de mi quinto cumpleaños, nombraron a mi padre inspector de impuestos en Besarabia. Vivimos allí casi cuatro añoso Este periodo de mi vida fue, en cierto modo, desde el punto de vista de mi desarrollo «espiritual», un periodo de emancipación. carecíamos de libros. En cambio, el ambiente general era e propio de una pequeña ciudad provinciana remota, con todos sus encantos. Mi hermano menor y yo fuimos muchísimo más «libres'», y nuestra equcaci6n mucho menos racional, pues vivíamos «en la calle». Crecimos en jardines y campos, sabiendo de memoria cada nido de tarántulas del jardín, cazando mariposas «calaveras» y atacando a los roedores.
Entonces mi gran ilusión era recibir El atlas de mariposas de Europa y de las posesiones del Asia Central y otras publicaciones análogas de Devrienne. Después retornamos a Moscú y, durante cerca de dos años mi padre estuvo sin trabajo. Tuvimos que sufrir andes dificultades materiales. con frecuencia recogía huesos y botellas para venderlos por dos o tres kópecks. Juntaba periódicos viejos, que llevaba a una tiendecita para ganar algunos centavos. Ingresé entonces en la escuela comunal en segundo de primaria. Mi padre que, en la vida privada, era un «bohemio», conocía muy bien la literatura rusa tenía en gran estima a (Henri) Heine. En esta época leía yo cuanto caía en mis manos. Sabía de memoria páginas enteras de Heine. así como todo Kuzmá Prutkov. Desde mi más tierna infancia leía a los clásicos de la literatura. Es curioso que a esa edad hubiese leído casi todo Moliere y también la Historia de las literaturas antiguas de Korch. Estas lecturas desordenadas y al azar me conducían algunas veces a graves extravagancias. Recuerdo, por ejemplo, que tras ‘la lectura de unas estúpidas novelas españolas me convertí durante la guerra hispano-norteamericana en feroz partidario de los españoles. Bajo la influencia de Korch, soñaba con la antigüedad y no dejaba de considerar con menosprecio la vida ciudadana contemporánea.
Entonces tenía como compañeros de juego a esos que llaman «golfillos», cosa que no lamento en absoluto. El juego de las tabas, del «gorodkí» y las peleas eran nuestras ocupaciones predilectas. Fue en esta época, o acaso un poco más tarde, cuando sufrí «mi primera crisis espiritual» y cuando renuncié definitivamente a la religión. Lo que exteriorizaba además con una actitud «revoltosa», peleándome con todos los demás muchachitos  que aún reverenciaban los sagrados misterios y conseguí sacar de la Iglesia, oculta bajo mi lengua, “una hostia de Cristo», que deposité victoriosamente sobre una mesa. Esto no trascurrió sin incidentes. En ese mismo momento cayó en mis manos la famosa Lectura sobre el Anticristo de Vladimir Soloviov y, durante algún tiempo me pregunté si no era yo el mismísimo Anticristo. Como supe por la lectura del Apocalipsis (que me valió una severa reprimenda del cura de la escuela) que la madre del Anticristo fue una pecadora, pregunté a la mía, mujer nada tonta, de honradez excepcional, trabajadora, que amaba a sus hijos hasta la locura y era virtuosa en extremo, si no era ella una pecadora; lo que la sumió en el mayor desconcierto, pues no podía comprender en absoluto de dónde sacaba semejantes preguntas.
Salí de la escuela siendo el primero, pero durante un año no pude ingresar a la segunda enseñanza; a continuación tuve que sufrir un examen para entrar directamente a sexto, tras de haberme preparado previamente en latín. En el instituto (el primero de Moscú) tenía casi siempre 5, la mejor nota. Sin embargo no me esforzaba en absoluto y carecía de diccionario; copiaba rápidamente las palabras de mis condiscípulos y preparaba mis lecciones cinco o diez minutos antes de que llegara el profesor. En tercero o en segundo, comenzamos a organizar círculos, a publicar revistas, etc. Al principio todo esto era absolutamente inofensivo. Desde Iuego, pasamos por la etapa Písarev. Luego siguió la etapa de leer literatura ilegal, después la de fundación de círculos, «organizaciones estudiantiles», donde entraron los socialistas-revolucionarios y los socialdemócratas; luego pasé definitivamente al campo marxista.
Al principio, la lectura de la teoría económica me dejaba una impresión penosa. Tras lo bello y lo magnífico, «era la mercancía-valor-mercancía». Pero, penetrando in medias res en la teoría marxista, percibí la desacostumbrada armonía lógica. Debo decir que fue sin duda ese rasgo el que me influyó más que ninguno. Las teorías de los «socialistas-revolucionarios» me parecían un simple revoltijo. Los liberales que conocía me inspiraron el deseo de protestar violentamente contra el liberalismo. Después vino la revolución de 1905, mítines, manifestaciones, etc. Naturalmente tomamos en ella una parte muy activa. En 1906 me convertí oficialmente en miembro del partido e inicié el trabajo clandestino. En el momento de los exámenes, al fin de mis estudios, dirigía una huelga en la fábrica de papeles pintados Sladkov, con Ilyá Ehrenburg.
Cuando entré a la universidad, me aproveché de ello, sobre todo para organizar reuniones clandestinas o para pronunciar algunos discursos teóricos, durante el seminario de algún profesor respetado y de tendencias liberales. En 1908 fui elegido para el comité moscovita del partido. En 1909 me eligieron para el nuevo comité. En esa época, me inclinaba hacia una tendencia herética, el empirocriticismo, y leía cuanto aparecía en ruso sobre ese tema. El 29 de mayo de 1909 fui detenido en una reunión del comité de Moscú; después me soltaron para volver a detenerme. Me pusieron en libertad bajo fianza, pero en 1910 fui detenido nuevamente con toda la organización del partido en Moscú (trabajaba entonces en las organizaciones legales). Permanecí varios meses en prisión, se me envió a Onega y, para no ser condenado por el tribunal a trabajos forzados (según el artículo 102) tuve que fugarme al extranjero. Durante todo el periodo ruso de mi actividad como miIitante fui un bolchevique ortodoxo (ni  “otzonovista” ni conciliador”).
En el extranjero comenzó un nuevo periodo de mí vida. En los primeros tiempos vivía con familias de obreros y pasaba los días en las bibliotecas. Si había adquirido en Rusia conocimientos generales y otros más especializados en el dominio de la cuestión agraria, no cabe duda de ue las bibliotecas extranjeras me proporcionaron un capital esencial.
Después conocí a Lenin, que evidentemente tuvo sobre mí una infIuencia enorme. En tercer lugar aprendí lenguas extranjeras y por la práctica me familiarice con el movimiento obrero europeo. Fue en el extranjero donde verdaderamente mi actividad literaria dentro (correspondencia en Pravda, artículos en Prosveschenie, primer estudio impreso en  Die Neüe Zeit de Tugan-Baranovski). En todas partes me esforzaba por toma parte activa en el movimiento obrero. Antes de la guerra fui detenido en Austria. Donde, había ido a escuchar a Bohm-Bawerk y a von Wieser y me expulsaron de Suiza. Con muchas dificultades estuve (estuve detenido temporalmente en Newsclastle), fui a Suecia, donde, con mi amigo íntimo Piatakov, trabajé intensamente en las bibliotecas, hasta que mi detención puso fin a esta actividad (proceso de Heglund). Después viví cierto tiempo en Noruega (participé activamente en la publicación de Klasskampen, órgano de los “Jóvenes”), luego me vi forzado a partir clandestinamente para Norteamérica. Allí me convertí en jefe de redacción de Novy Mir, tomé parte en la formación del ala izquierda del movimiento socialista, etc…
Tras la revolución (de febrero), regresé a Rusia por Japón, fui detenido en Cheliabinsk por los mencheviques, acusado de agitación entre los soldados. A mi llegada a Moscú, me convertí en miembro del comité ejecutivo del soviet de Moscú y del comité de la ciudad y en redactor de Sotsialdemokrat y de la revista Spartak. Siempre formé parte del ala izquierda del partido (en el extranjero defendí la tesis de la inexorabilidad de una revolución social en Rusia).
En el VI Congreso del partido, fui elegido para el CC, del que sigo formando parte. Entre las etapas más importantes de mi vida política considero indispensable llamar la atención sobre el periodo del tratado de Brest-Litovsk, donde a la cabeza de los comunistas de izquierda, cometí una enorme falta política. Durante todo el periodo que siguió, la influencia que ejerció sobre mí Lenin, a quien debo, más que a ningún otro, mi educación marxista, no hizo sino aumentar. Tuve la satisfacción, no sólo de figurar entre sus partidarios, sino también de tratarlo como hombre y camarada. En el presente soy miembro del 00, del Politburó, del presídium del comité ejecutivo de la Komintern y jefe de redacción de Pravda, literato, conferenciante, agitador y propagandista del partido.
He aquí mis obras teóricas más importantes :
1. La economía mundial y el imperialismo.
2. La economía política del rentista (crítica de la teoría del valor y del beneficio en la llamada escuela austriaca).
3. La economía en el periodo de transición (ensayo de un análisis teórico de las leyes fundamentales de la disgregación del capitalismo y de la reorganización social en las condiciones de la dictadura del proletariado).
4. Teoría del materialismo histórico.
5.. Ataque, selección de artículos teóricos (contra Böhm-Bawerk, Struve. Tugan-Baranovski, Oppenheimer, etc).
6. El imperialismo y la acumulación del capital (análisis del proceso de la producción, teoría del mercado y de las crisis, en relación con la crítica de las teorías de Rosa Luxemburgo y de Tugán-Baranovski).

Entre las obras menores de divulgación que tuvieron amplia difusión, figuran: El ABC del comunismo, en colaboración con Preobrazhenski; El programa de los comunistas bolcheviques, etc; luego el trabajo histórico De la dictadura del zarismo a la dictadura del proletariado y Sobre la cuestión del trotskismo; en esta ultima selección se ofrece un análisis teórico de la línea correcta e incorrecta (ortodoxia y heterodoxia) de la política económica, en las condiciones del régimen soviético con  respecto a las relaciones entre  la ciudad y el campo. Además he publicado toda una serie de folletos de segundo orden, artículos de periódicos…Muchos de estos trabajos son, sobre todo, folletos de divulgación, traducidos en diversas lenguas europeas y asiáticas.

Comentario de Jean-Jacques Marie


El que Lenin denominó en su Testamento “el niño querido del partido”, ha seguido sin duda la carrera, al parecer, más enigmática y al mismo tiempo más significativa de todos los dirigentes bolcheviques. En efecto, no se puede explicar por una inconsecuencia histórica, por debilidad de carácter o por una preocupación manipuladora para su propio éxito, la evolución que desplazó a Bujarin de la extrema izquierda del bolchevismo, en 1918 (y en los años precedentes), a la extrema derecha desde 1924. Bujarin se acelera por las ideas con una pasión que lo distingue de Stalin en el momento de su más intima alianza. La evolución de Bujarin refleja, a través de los rasgos personales de su carácter, las transformaciones del bolchevismo entre 1917 y 1924-25 así como los cambios del medio y de la situación en que se mueve.  Espíritu sistemático, Bujarin lo es en odos los sentidos de la palabra: trata de comprender los problemas políticos, económicos y sociales trasladándolos a un sistema global y coherente; y al mismo tiempo lleva este sistema hasta los límites más extremos de su coherencia interna. La armonía y la abstracción le satisfacen y arrebatan. Además ignora toda preocupación táctica y, cuando «maniobra”, como todo político, las preocupaciones tácticas se ajustan a su política, no se derivan de ella. Es lo que Lenin explica en su Testamento.
«Bujarin es el teórico más preciado y más eminente del partido […) No obstante sus opiniones no pueden considerarse como plenamente marxistas sin grandes reservas, pues hay en él algo de escolástico (jamás estudió la dialéctica y creo que nunca la comprendió plenamente).»
Los comienzos de la carrera de Bujarin recuerdan los de otros militantes bolcheviques de cierta envergadura que conocieron Europa. Un detalle divertido: en 1912 Bujarin conoció personalmente a Lenin en Cracovia y después fuer a Viena. Estando allí en enero de  1913, Lenin le pide que guíe en las bibliotecas al joven militante Stalin, que tiene el encargo de escribir un folleto sobre el marxismo y la cuestión nacional. Bujarin escoge y traduce para Stalin las citas adecuadas de Kautsky, Bauer, Springer y Strasser.
Derrotista convencido desde 1914, Bujarin encarna ante todo el izquierdismo más consecuente. En 1915 estimula, con Eugenie Bosch y Piatakov la oposición a  las tesis de Lenin sobre la cuestión nacional. A sus ojos, la autodeterminación nacional es utópica y nociva. En 1916, se opone a la autodeterminación nacional en nombre de la autodeterminación de los, trabajadores, que expresa así en el ABC del comunismo, escrito en colaboración con Preobrazhenski: «Reconocemos el derecho a disponer de sí misma no a una nación en general. Si no sólo a la mayoría trabajadora». En 1916 polemiza con Lenin sobre el Estado, que denuncia en general como «un nuevo Leviatán». En abril de 1929, Stalin le reprocha, como si se tratara de un crimen de lesa majestad, su pretensión de tener la razón sobre este punto frente a Lenin
El hálito de la revolución lo transporta y arrebata. Pasan los años siguientes, la guerra civil, la espera de la revolución europea, en un estado de entusiasmo permanente. En el VI Congreso de agosto de 1917, llama a la “guerra santa en nombre de los intereses del proletariado”. Como la inmensa: mayoría de los dirigentes bolcheviques, no concibió, en efecto, la Revolución Rusa sino como un momento de la revolución mundial. También la paz de Brest-Litovsk le parece al mismo tiempo una traición al proletariado europeo y un compromiso infame e inaceptable. La exaltación permanente que acompaña, en efecto, la sistematización de las ideas en Bujarin, lo llevó entonces a situar cada problema sobre e terreno único de los principios. El rigor moral y el heroísmo de la pureza llevan consigo el rechazo de la táctica y del compromiso, considerados, no como un acto político, sino como una capitulación moral, incluso si tienen apariencia de ello: “Preservando nuestra república socialista -decía entonces- vamos a perder la posibilidad de un movimiento internacional.». Pero no cabe duda de que una tendencia profunda se convirtió en realidad a raíz de la comunicación hecha por Trotsky de las proposiciones franco-inglesas de apoyo, en caso de reanudar la guerra contra Alemania. Bujarin respondió: «Es inadmisible aceptar el apoyo de los imperialistas” y «hace proposiciones concretas: no aceptar ningún tratado concerniente a la compra de armamentos ya la utilización de los servicios de oficiales e ingenieros con las misiones francesas, inglesas y norteamericanas». Los “comunistas de izquierdas» fundaron entonces un órgano de su fracción, el Kommunist. El editorial de su primer número, firmado por Bujarin y Rádeck, proclamaba: «Debemos morir con gesto magnífico, empuñando la espada y gritando: ¡la paz es la deshonra! ¡El honor es la guerra!”.  Una vez tomada la decisión, cae en brazos de Trotsky y llora: «Estamos convirtiendo al partido en un montón de estiércol»
Cuando Lenin evocó la posibilidad de sacrificar la Revolución Rusa por la revolución alemana, se trataba de una eventualidad política fundada en la importancia del proletariado alemán. En Bujarin la conjunción del entusiasmo y de la desesperación se resolvía en un espíritu de lógica rigurosa, pero formal. en un gesto o en una política de frase. Naturalmente, es actitud solo era la traducción a ultranza del sentimiento profundo que tenía Bujarin de la unidad mundial de la lucha de clases y de la comunidad de destino que unía a los proletarios del mundo entero. Pero de esto no se derivaba ninguna estrategia, sino la idea que una noche pasó por su cabeza y las de algunos camaradas de fracción: deponer a Lenin y sustituirlo, a la cabeza de un Gobierno de coalición comunistas  de izquierda con socialrevolucionarios de izquierda, por Piatakov. La idea quedó en idea. Cuatro meses mas tarde cuando los socialrevolucionarios se levantaron en Moscú, Trotsky  los aplastó en la calle y Bujarin…en las columnas de Pravda, donde contó más tarde esa sombra de complot. Esto serviría a Vishinsky en 1938, para acusar a Bujarin de haber preparado el asesinato de Lenin en 1918.
La guerra civil instauró empíricamente un sistema al cual los bolcheviques dieron enseguida el nombre de «comunismo de guerra», y que subordinaba el conjunto de Ia vida política, económica y social a un aparato de Estado tentacular. Bujarin, que a principios de 1918 se había alzado contra los compromisos con el capital privado y reclamaba la nacionalización íntegra de los medios de producción, teoriza sobre el «comunismo de guerra», como un momento en la marcha hacia el socialismo. Ésta es sin duda la razón de que cuando se produce la querella sindical en la primavera de 1921 -después de haber constituido un «grupo tapón” entre Trotsky, partidario de la «militarización de los sindicatos», y Lenin, partidario de una relativa autonomía sindical- se alinea en la posición del primero.
La NEP y el reflujo de la revolución europea, subrayado por el fracaso de la revolución alemana de octubre 1923, alteran la visión de Bujarin. Su sensibilidad exacerbada hace que perciba y viva las transformaciones de Rusia y su aislamiento. Que transfiera a ella la  pasión que la revolución mundial suscita en él. Incapaz de transigir e inapropiado para las transiciones, realiza un viraje brutal que se anuncia desde octubre de 1922. En esta fecha se opone al mantenimiento del monopolio del comercio exterior, así como Stalin y la mayoría del comité central. Lenin, con una presciencia notable en un hombre gravemente enfermo, escribe entonces: «Bujarin toma la defensa del especulador, del pequeñoburgués y de las capas superiores del campesinado contra el proletariado industrial.”
.   Hasta entonces Bujarin había estado muy ligado a Trotsky» de una manera que este último declara «típicamente bujariniana: es decir, medio histérica, medio infantil”. La crisis de las tijeras nacida de la NEP y del fracaso de la revolución alemana de octubre, los arroja a los dos extremos del partido. No vuelven a encontrarse sino en junio de 1925, para redactar una resolución del comité centra sobre  literatura y el  arte. Entonces se entabla la lucha por el nuevo rumbo, donde cristaliza la oposición de izquierda (invierno de 1923). Bujarin sostiene el aparato crítico, explicando que la Rusia soviética se enfrenta a dos peligros: el kulak y la amenaza “político-democrática”, y denuncia en la oposición a un grupo potencialmente antipartido.
Afirma entonces que el capitalismo ha alcanzado un periodo de «estabilización», relegando a fecha lejana toda perspectiva de revolución mundial. y que la Rusia soviética, aislada, había de construir, con sus solos esfuerzos el socialismo. Stalin descubre «el socialismo en un solo país» v lo enuncia. Bujarin lo demuestra elaborando la teoría complementaria de «la edificación del socialismo a paso de tortuga» fundada sobre la integración pacifica y voluntaria del kulak -único productor de excedentes- en el socialismo.  Por tanto había que evitarse todo cuanto pudiera asustar al campesino en general y al kulak en particular. Así Bujarin se alza contra los partidarios de la industrialización acelerada. Desde fines de 1924, entabla una violenta polémica contra su antiguo compañero de pluma Preobrazhenki y su teoría de la «acumulación primitiva socialista”. Siempre entero, el 17 de abril de 1925, declara: «Debemos decir a los campesinos, a todos los campesinos, que han de enriquecerse.»
Durante cuatro años es el ideólogo y la pantalla de Stalin. A veces será hasta el inquisidor. En el XV Congreso pronuncia un discurso ardiente contra la oposición excomulgada y cuyos miembros van a emprender el camino de la deportación: “El telón de hierro de la historia está ahora mismo a punto de caer».
Presidente de la internacional -en lugar de Zinoviev- desde 1926, su descenso se anuncia en el momento mismo en que la victoria de la derecha parece total. Apenas la oposición de izquierda queda excomulgada, los campesinos se niegan a entregar su grano. El hambre ronda en torno de las ciudades. El aparato amenazado responde sus respuestas, día a día, anunciando un giro político contra los kulaks, hacia la colectivización y la industrialización. Desde julio de 1928, Bujarin, enloquecido, confía sus temores a Kamenev: «Stalin nos estrangulará a todos.» Enumera sus fuerzas y manifiesta su repugnancia a emplearlas, antes de estar seguro de que el comité central comprenderá y seguirá. Stalin descarta, uno a uno a sus partidarios o los corrompe, entablando el combate contra la derecha desmoralizada, y sin embargo, mayoritaria en el partido y en el país Bujarin tiene veleidades de resistencia. Capitula. En julio es relevado de la presidencia de la Internacional y después Stalin lo hace presidente del VI Congreso, que promulga una política ultraizquierdista (el «tercer periodo») contraria a la de Bujarin; en noviembre es excluido del Politburó y hace su autocrítica, con Rikov y Tomsky, ese mismo mes: «Nuestras opiniones [. . .] se han revelado erróneas. Reconocemos nuestras faltas.» Stalin le deja un trampolín en el comité central.
En 1933, Stalin lo nombra director de Izvestia. Rinde homenaje al secretario general en el XVI Congreso, pero, de paso por París, al año siguiente, dice en tono confidencial: «Es el diablo y añade: «Nos precipitamos todos en sus fauces sabiendo con toda seguridad que nos devorará». Es miembro de la comisión de redacción de la «Constitución estalinista» de 1936. Encausado con Rikov y Tomsky por los acusados del primer proceso de Moscú, se beneficia de un desistimiento, pero es detenido en 1937 y condenado a ocho años de prisión. Llevado ante el comité central, trata de defenderse, pero dicho comité diezmado y aterrado, acalla su voz con un griterío. Es el acusado principal del tercer proceso de Moscú: quiso asesinar a Lenin. en 1918, trabajó con Trotsky y con la Gestapo para restaurar el capitalismo en la URSS. En su última declaración de doble sentido, afirma: “Nos hemos alzado contra el gozo de la nueva vida, con métodos de lucha de los más criminales. Rechazo la acusación de haber atentado contra la vida de Vladimir Ilich, pero, cómplices de la contrarrevolución, conmigo a la cabeza, hemos tratado de matar la obra de Lenin, continuada por Stalin con prodigioso éxito […] Es preciso ser Trotsky para no desarmarse. Mi deber aquí es mostrar que en el paralelogramo de las fuerzas que han formado la táctica contrarrevolucionaria, Trotsky ha sido el motor principal del movimiento.»
Acusado de haber participado en el asesinato de Kirov, de Kuibyshev, de Menzhinsky, de Gorki y de su hijo Peshkov, Bujarin firma también una última capitulación irónica y ambigua, donde cada palabra remite a su contraria. Es la dialéctica del ratón y el gato.
Bujarin el riguroso era también Bujarin el débil, «de lágrimas fáciles» (Trotsky). Su entusiasmo, su pasión, su ternura por aquellos que reconoce como superiores (el Lenin de todos los tiempos, el Trotsky de la guerra civil) permitían que inteligencias más frías se burlaran de él. Los compañeros de Stalin la llamaban Bujarchik (diminutivo de Bujarin). Para conmover a un congreso ¿qué medio mejor que el empleado por Stalin contra la nueva oposición en diciembre de 1925: «¿Quieren la sangre de Bujarin? ¡Pues, no se la daremos!». Fue a veces juguete de aquellos que se imaginaba que dirigía: el cálculo sólo era en él un momento de exaltación. Trotsky y Lenin insistieron sobre ese rasgo que le era característico: «La naturaleza de este hombre es tal, que debe siempre apoyarse e alguien, depender de alguien, adherirse a alguien. No es, desde entonces sino un médium, a través del cual algún otro habla y actúa.» (Trotsky. «Conocemos toda la dulzura del camarada Bujarin, una de sus cualidades por la que se le ama tanto or la cual no se puede evitar amarle. Sabemos que se le ha bautizado más de una vez, bromeando, con el nombre de ‘cera blanda’. Está probado que en esa ‘cera blanda’ cualquier individuo ‘desprovisto de principio’,  cualquier ‘demagogo puede escribir lo que mejor le parezca. El camarada Kamenev es quien ha utilizado esas expresiones brutales entre comillas […) y tenía derecho a hacerlo.»
Cierto día de 1918, Lenin preguntó a Trotsky: «Si los guardias blancos nos mataran a ti a mí, ¿crees que Bujarin Sverdlov, podrían salir adelante?”.. Por el contrario de lo que dice el profesor Carr, Bujarin era, pues, un «heredero» posible y Lenin le concedió en su Testamento un lugar más importante que a Zinoviev, Kamenev y Piatakov. Pero no podía ser ni Maquiavelo ni Bonaparte. 

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