1984: antes y después. Pepe Gutierrez. 2003

En los primeros tiempos de la segunda guerra mundial, Orwell veía que todavía existía la posibilidad y la necesidad de una alternativa socialista al final de la guerra aunque sólo fuera’ en Inglaterra. Si bien se había comprometido en el combate, nunca dudó de que se trataba de una conflagración entre lo menos malo y lo peor. Las componendas que siguieron a la guerra confirmaron a Orwell en la idea de que para los vencedores ninguna razón superaba a la «raison d ‘Etat», y que esto significaba lo peor. La imposición del modelo soviético –para Orwell, un auténtico antimodelo- en los países del Este a la manera estalinista y, sobre todo, la nueva firma de la arrogancia norteamericana que había lanzado una bomba atómica sobre un pueblo de color, le convencieron de que el porvenir de la humanidad no podía ser más terrible.
Las derrotas sufridas por las revoluciones le llevaron a desconfiar de la posibilidad de una alternativa frente a los bloques, y sólo vio un mundo en el que los poderosos se imponían sobre sus «propias clases inferiores» y sobre los pueblos empobrecidos de las colonias. Los bloques eran distintos en sus bases sociales pero la situación les obligaba a utilizar medidas convergentes, por lo que en lo fundamental eran iguales. Previó un mundo dominado por un «equilibrio del terror» en el que no es difícil descubrir algo de lo que vino después: «El miedo inspirado por la bomba atómica y por otras armas futuras será tan grande que todo el mundo deberá de vigilar para que no sean empleadas. Ésta me parece la peor de las posibilidades. Significaría la división del mundo entre dos o tres grandes super-Estados, incapaces de dominarse mutuamente e imposibles de transformar por revueltas internas. Según todas las probabilidades, tendrán una estructura jerárquica. con una casta semidivina arriba y una esclavitud total por abajo, y el aplastamiento de las libertades será peor que todo lo que el mundo ha conocido hasta ahora. En cada Estado, la psicología general requerida será mantenida por una » ruptura completa con el mundo exterior, y por una guerra de ondas permanente contra los Estados rivales. Las civilizaciones de este tipo pueden mantenerse estáticas durante miles de años. (1)
En diferente medida, estas previsiones llenas de pesimismo y angustia iban cobrando cuerpo desde tiempo atrás, y no faltan entre los especialistas orwellianos quienes encuentran sus primeros rastros en el ambiente opresivo y jerárquico de St. Cyprien donde comprendió que no podía ser él mismo, tal como era, sino alguien que debía esconder sus inclinaciones más naturales. Pero estas previsiones empezaron a hacerse realidad a su regreso de España donde la actuación de los liberales, los socialdemócratas y, sobre todo, de los estalinistas, le llevó a creer que aunque el fascismo es el peor de los enemigos, sus opositores estaban asumiendo parte de sus tendencias totalitarias. Las primeras líneas que traslucen esta preocupación se encuentran ya en su novela Subir a por aire y en algunos de sus escritos pacifistas, anteriores a lo que podíamos llamar su giro patriótico-revolucionario .
Empero, su preocupación por el totalitarismo se intensificó al final de la guerra. En una carta escrita en 1943 decía que el desarrollo del totalitarismo y del culto al máximo jefe puede prolongarse a pesar de una victoria contra el Eje. Veía el síntoma de esa nueva enfermedad más allá del nazi-fascismo e incluso del estalinismo que lo habían llevado, de distinta manera y con diferentes contenidos, hasta sus últimas consecuencias. Era una tendencia general que se manifestaba por el expolio de las colonias, el agotamiento de las fuerzas productivas, la creciente autonomía de los poderes ejecutivos de Estados cada vez más fuertes, el desarrollo de las formas de control policíaco sobre los ciudadanos, la burocratización de los partidos y sindicatos, las claudicaciones de una intelligentzia que ocultaba su conservadurismo apoyando la conciliación social y la revolución cuando ésta había dejado de ser peligrosa…Es el fracaso- de la revolución que había soñado despierto durante los años de guerra.
Orwell interioriza, con esa sensibilidad hacia los signos del auge totalitario –término que entendía en un sentido mucho más amplio que el puramente antiestalinista y, no digamos, anticomunista–, los problemas de su aislamiento político. Se encontraba solo, frente a la clase dominante y contra los aparatos organizados de la clase obrera, y tuvo que mantener un tremendo equilibrio.

Tampoco quiso estar con los que sostenían una lucha abierta en un doble frente, con las minorías revolucionarias. Estaba impedido de toda voluntad colectiva y de una reflexión que no fuera la individual; pero a pesar de todo no es difícil encontrar alguna de las huellas de dos corrientes socialistas que se remitían a dos tradiciones distintas, la de Marx, Lenin, Rosa Luxemburgo, Trotsky, por un lado, y la de Bakunin, Kropotkin, Malatesta, etc., por otro. (2)
Su socialismo estaba ahora cubierto por la inquietud y la zozobra más intensas. En enero de 1946, aprovechando la oportunidad de comentar una serie de libros socialistas en un amplio artículo publicado en el Manchester Evening News, se preguntaba qué había ocurrido con la vieja idea de la «fraternidad humana», que significaba entre otras cosas la abolición de «la guerra, el crimen, las enfermedades, la pobreza y el agotamiento laboral», y que había sido abandonada en pro de una sociedad de castas de «un género nuevo en el cual debemos de abdicar de nuestros derechos individuales por la seguridad económica», o sea por un «socialismo tal como él veía en la Rusia soviética y frente al cual no parecía contar con ninguna alternativa tras su fiasco con los laboristas. Los socialistas, decía, «no están obligados a pensar que se puede llegar a una sociedad humana perfecta» (éste es el sueño perdido de las utopías primitivas), se trataba simplemente de lograr una sociedad mejor, en la que «lo esencial de los males cometidos por los hombres resulte de los efectos corruptores de la injusticia y de la desigualdad». Pensaba, al igual que los laboristas de izquierda como Tawney, que la base del socialismo sólo podía ser el humanismo, que aunque era compatible con el , cristianismo no podía compartir con éste la idea del ser humano como criatura caída (sin embargo, esto es lo que ocurre tanto en Rebelión en la granja como en 1984).
En la lucha entablada entre el maquiavelismo burgués, la burocracia estalinista y la utopía revolucionaria, el no tenía ninguna duda, era la utopía la que impulsa el progreso: «Si estudiamos la genealogía de las ideas que defienden escritores como Koestler y Silone, podemos ver que se remontan a los soñadores utópicos como William Morris y a los demócratas místicos como Walt Whitman, pasando por Rousseau, por los ingleses niveladores e igualitarios, por las revueltas campesinas de la Edad Media y, antes, por los primeros cristianos y las revueltas de los esclavos en la antigüedad. El «paraíso terrestre» nunca ha podido ser realizado. pero la idea no parece haber perecido nunca. a pesar de la facilidad con que los hombres políticos de todos los colores la han podido destronar. De esto se sobrentiende que podemos hacer cualquier cosa con la naturaleza humana. y que ésta es capaz de desarrollarse hasta el infinito. Esta fe ha sido la principal fuerza motriz del movimiento socialista. las sectas clandestinas que prepararon el terreno de la revolución rusa incluidas. y por lo tanto podemos afirmar que los utópicos, en el presente una minoría desparramada. son los verdaderos defensores de la tradición socialista». (3)

Paradójicamente. Orwell sentía al mismo tiempo una gran desconfianza por las «minorías proféticas», como se evidenciaba de sus continuos comentarios descalificatorios hacia los grupos trotskystas y anarquistas, y no asumía plenamente las posibilidades de una renovación del socialismo por el simple hecho de que contemplaba la realidad inmediata y el porvenir como situaciones bloqueadas por los aparatos, cuya única función es la de mantenerse en el poder por la mera atracción que ejerce éste. De ahí que al contrario que un Jack London, uno de los grandes antecesores de 1984 con su obra El talón de hierro (4), Orwell no veía la luz al final de su pasillo oscuro y milenario. El pesimismo le jugó una mala pasada y el ferviente utópico escribió la más tremenda antiutopía de la historia.,
Entre todas las obras de Orwell, 1984 fue la de más larga incubación. Su génesis es anterior a Rebelión en la granja y trabajó en ella durante los años de la posguerra hasta concluirla en 1948. Este largo proceso de elaboración permitió que pudiera concentrar en esta novela sus preocupaciones, que durante este período se centraban en un nuevo reparto del mundo y en el nacimiento de una «guerra fría», determinada por un «equilibrio del terror» al que sostenían las grandes potencias gestionadas por unas oligarquías capitalistas o burocráticas, según el caso, y ante cuyo dominio parecía imposible cualquier alternativa socialista y revolucionaria.
No fueron pocos los ex revolucionarios que creyeron que comenzaba un largo período histórico en el que el poder de los aparatos vencería a la historia y detendría las mutaciones sociales. Entre estos notorios pesimistas cabe destacar a extrotkystas como James Burham o Bruno Rizzi (el primero es deudor del segundo, y llevaron evolucioens muy diferente, Burham se convirtió en paradigma de portavoz de la «razón de Estado» norteamericano), a un liberal-socialista como Aldous Huxley ya un ex bolchevique como Yevgueni I. Zamiatin, aunque este estado de ánimo influyó además en amplios sectores que abandonaron la lucha de clases y se instalaron en el conformismo socialdemocráta o, dando un giro radical, terminaron militando en la reacción. Entre estos «renegados» se encontraban un buen número de ex comunistas como Arthur Koestler, Ignazio Silone, André Gide, Richard Wrigth, Stephen Spender, etc.(5) , así como un amplio abanico de ex compañeros de ruta como John Dos Pasos, John Steinbeck, Upton Sinclair, y una lista que sería prácticamente interminable. Al igual que en los años treinta y en pleno apogeo del estalinismo, Orwell volvió a ser una excepción en los inicios de la «guerra fría» manteniéndose firme en sus convicciones, aunque no por ello dejó de reflejar la corriente del momento.
Antes y durante la elaboración de 1984, Orwell recibió múltiples influencias. Entre las primeras cabe mencionar una extensa tradición de novela utópica o antiutópica dentro de la cual cabe destacar la ya mencionada de London, la de William Morris (Noticia de ninguna parte), H. G. Wells (en particular Una utopía moderna), mientras que en las más recientes cabe señalar la de Aldous Huxley {Un mundo feliz) y, sobre todo, Eugene Zamiatin, sin olvidar a León Trotsky y sus escritos sobre el estalinismo. Todas estas influencias eran lo suficientemente heterogéneas como para formar un cuerpo coherente. De entre ellos, el único que ha sido considerado como su antecedente directo es Zamiatin. Resulta evidente que entre ambas obras existen no pocas similitudes y está comprobado el entusiasmo de Orwell hacia Nosotros (6). Partiendo de este hecho, Deutscher llegó a decir que «la afirmación de que Orwell ha tomado de Zamiatin los principales elementos de 1984 no es la adivinación de un crítico con habilidad para rastrear influencias literarias», y afirmó que el ensayo de Orwell sobre Nosotros, escrito en 1946, era un «testimonio concluyente» de lo que decía.
Deutscher estableció un largo paralelismo entre ambos autores. Los dos fueron revolucionarios, pero con características muy peculiares, a los dos les preocupó el mundo de la clase media y los desastres que conllevaba la industrialización. Ciertamente, Zamiatin había sido un revolucionario desde 1905, había estado al lado de los bolcheviques en 1917, aunque su ideario político estaba más próximo al de los populistas que querían un socialismo patriótico y agrarista. Su disidencia comenzó sobre todo al rechazar los planes de superindustrialización de Stalin, al que le escribió una valiente carta (7). Fue liberado gracias a los buenos oficios de Gorky. En el citado ensayo sobre Zamiatin, Orwell empezaba diciendo: «Hasta donde yo soy capaz, creo que no se trata de un libro de primer orden. Pero es, ciertamente, desacostumbrado y resulta sorprendente que ningún editor inglés haya sido lo bastante emprendedor para reeditarlo.» (8)
Orwell entendía que la obra de Huxley Un mundo feliz «tiene que derivar en parte» de Zamiatin aunque esto no había sido advertido en la época (quizá porque la fama de Nosotros se vería impulsada por 1984). Opinaba que la obra del escritor ruso era superior y mas pertinente «a nuestra situación» . Orwell se encontraba realmente fascinado con el universo de Zamiatin, cuyos rasgos son tan crueles como los de 1984. Tampoco Nosotros es únicamente un retrato del país de Ios soviets, lo tomó como modelo para echar una mirada tenebrosa sobre un mundo superindustrializado en el que los seres humanos están numerados y son vigilados en sus casas de vidrio, y en donde el Estado y el «Benefactor» tienen prohibido el amor y el sexo, algo que fue innato bajo el estalinismo como resulta bien patente en cualquier filme soviético hasta en la fase agónica .
A pesar de toda esta vigilancia, los instintos humanos se encuentran presentes. Los rebeldes cultivan actividades tan «subversivas» como fumar y beber alcohol, y los detenidos . son sometidos a una extraña combinación de curación y tortura en la que terminan siempre doblegándose. En opinión de Orwell la obra de Zamiatin comprende mucho mejor que la de Huxley, «el lado irracional del totalitarismo (el sacrificio humano, la crueldad como un fin en sí, el culto de un jefe al que se conceden atributos divinos)…». Huxley no ofrece ninguna razón clara en la explicación de la sociedad que describe: «La finalidad no es la explotación económica. . . no hay hambre de poder, ni sadismo, ni ninguna clase de dureza. Los que están arriba no tienen ningún motivo poderoso para estar arriba, y, aunque todo el mundo es feliz de una manera vacía, la vida se ha hecho tan insustancial que es difícil que tal sociedad pueda mantenerse». (9)
Por el contrario, en la de Zamiatin hay una razón poderosa que no es la explotación económica, sino «el hambre de poder, sadismo y dureza» de la casta dirigente. El esquema se aproximaba al de Orwell, que explicó así los propósitos de la dictadura: «El partido quiere el poder simplemente por el poder… el poder no es un medio, es un fin. No se establece una dictadura para salvaguardar una revolución; se hace la revolución para establecer la dictadura. El objeto de la persecución. . . El objeto del poder es el poder… «(10)
Según Bernard Crick, el conocimiento por parte de Orwell de la obra de. Zamiatin no modificó sustancial mente una elaboración que venía de más atrás y que no fue más que «un grano en su molino». Posiblemente Deutscher haya forzado un tanto los paralelismos, pero una lectura de ambas obras convence de que la convergencia existe y que afecta a la originalidad de Orwell aunque su libro resulte muy superior al de Zamiatin. Andrés Nin, su compañero del POUM, fue junto con Trotsky el modelo para el adversario número uno del Gran Hermano, (11) aunque intelectualmente no influyó mucho sobre él. Distinto fue el caso de Trotsky, cuyo eco en la obra anterior de Orwell ya hemos señalado.
Deutscher, especialista eminente en temas sobre Trotsky, escribió: «…(Orwell) Preguntaba el porqué, no tanto a propósito de la «Oceanía» de su visión cuanto a propósito del estalinismo y las grandes purgas. En un determinado momento buscó la respuesta en Trotsky: de Trotsky-Bronstein tomó no pocos datos biográficos, e incluso la fisonomía y el nombre judío para Emmanuel Goldstein; y los fragmentos de «el libro», que ocupan tantas páginas de 1984, son una paráfrasis patente, aunque no muy lograda, de «La revolución traicionada». A Orwell le impresionó la grandeza moral de Trotsky, pero al mismo tiempo desconfiaba de éste, y dudaba de su autenticidad. La ambivalencia de su imagen de Trotsky encuentra su contrapartida en la actitud de Winston Smith hacia Goldstein. Al final, Smith no puede poner en claro sí Goldstein y la hermandad existieron alguna vez en realidad, o sí «el libro» no habría sido una falsificación ideada por la propia policía del pensamiento. La barrera entre el pensamiento de Trotsky y él mismo, es una barrera que Orwell nunca pudo romper, era el marxismo y el materialismo dialéctico. Orwell encontró en Trotsky la respuesta al cómo, no al por qué».
1984 es la visión que ofreció Orwell sobre el futuro inmediato que espera a la humanidad, visión que deja entrever una «desesperación ilimitada» (Deutscher). El escenario es una Inglaterra dominada por un sistema de «colectivismo burocrático» y en la que se pueden encontrar grandes huellas de la URSS de Stalin, pero también de la Inglaterra de su tiempo y de Estados Unidos. Se trata de una dantesca representación de todo lo que a Orwell le disgustaba de la sociedad moderna en la que un hombre como el que describe, convertida en una parte de Oceanía, , nos encontramos con paisajes conocidos: la oscura y triste monotonía de los suburbios obreros, la «mugrienta, tiznada y hedionda» fealdad de un medio ambiente en putrefacción ecológica, el racionamiento de la comida y los controles gubernativos que fueron carta común durante la guerra, la basura de la prensa «que apenas contiene otra cosa que deportes, crímenes, astrología, sensacionales noveluchas baratas, películas encenagadas de sexo», etc.
Una guerra interminable y sin sentido aparente enfrenta a Oceanía, aliada al Asia Oriental, contra Eurasia; la guerra se ha convertido en una acción cotidiana y eterna. El mundo ha quedado reducido a tres bloques en permanente conflicto, aunque las alianzas cambian arbitrariamente de signo: cuatro años antes Oceanía estaba aliada a Eurasia contra un enemigo común que entonces era Asia Oriental. El Ministerio de la Verdad se dedica a divulgar los partes de guerra en los que nunca se puede saber sí se trata de la verdad .o de la mentira, por lo demás se insiste constantemente en que nunca pasa nada y en que la normalidad está garantizada.
Las calles están plenas de fotos del Gran Hermano con una nota en la que se dice que éste vigila, señalando su omnipresencia. La vigilancia está garantizada por una Policía del Pensamiento que lo controla todo. No existe la historia fuera de la versión oficial que indudablemente está preparada. Se habla una «neolengua» y se utilizan palabras como «neodecir», «viejodecir», «mutabilidad del pasado», «criminopensar», «doblepensar», etc., con las que el Poder adecua la verdad a sus exigencias irracionales. Periódicamente tiene lugar una Semana del Odio en la que los ciudadanos están obligados a repudiar a los enemigos exteriores como a los interiores representados por Goldstein y la Hermandad, a los que se les atribuye maldades sin fin; esta Semana sirve al mismo tiempo para reafirmar la fe en el sistema y en su personificación, el Gran Hermano.
En estas condiciones la vida resulta cada vez más sórdida, más sucia, las casas son cada vez menos habitables y están llenas de gente sin intimidad ni vida propia posible. Los ciudadanos se vigilan mutuamente y son los jóvenes, las mujeres y los niños los más fanáticos de todos. El protagonista, como el resto de la gente que conoce, carece de capacidad para mirar hacia el pasado y de controlar mínimamente el presente; simplemente tiene que creer lo que le dicen so pena de convertirse en un disidente. El partido ‘tiene todo el poder y repite insistentemente tres consignas: «La guerra es la paz», «La libertad es esclavitud» y «La ignorancia es fuerza». El gobierno se concentra en cuatro ministerios: el Ministerio de la Verdad, que se encarga de la propaganda y de la creación de un nuevo lenguaje; Nuevodecir, que impedirá cualquier forma de divergencia ideológica, por mínima que sea; el Ministerio del Amor, del que depende la Policía del Pensamiento, que mantiene la ley y el orden y vigila noche y día a la gente; el Ministerio de la Abundancia que es el que regula el racionamiento y procura que las necesidades más elementales no falten y, finalmente, el Ministerio de la Guerra. En los ministerios trabajan unos «funcionarios escarabajos» que son los más vigilados.
Entre estos funcionarios se encuentra Winston Smith , que trabaja en el Ministerio de la Verdad. Su cometido se limita fundamentalmente a ir escribiendo la historia de manera que siempre coincida con los intereses y predicciones del partido, así como a hacer desaparecer de los diarios, archivos, etc., los nombres de las personas molestas que por una razón u otra deben de ser «vaporizadas». Winston ha ido rebelándose progresivamente contra la autoridad y contra las condiciones de vida que se ve obligado a llevar. Con toda clase de precauciones intenta conservar un diario donde escribe sus dudas, sus pensamientos y sus sentimientos. Los instintos subsisten en él y al conseguir enamorarse de una mujer, Julia, siente grandes ansias de liberación. Julia engaña al sistema apareciendo cada vez que es necesario como una fanática. Trabaja en otro departamento del Ministerio. Un día hace llegar a Winston un trozo de papel donde está escrito: «Te quiero». Después consiguen pasar unos días juntos y, gracias a la picardía de ella, consiguen hacer el amor al aire libre. Estas relaciones clandestinas resultan muy peligrosas, ya que todas las habitaciones tienen una pantalla de televisión a través de la que la policía puede vigilar cualquier acción. Mantienen su clandestinidad en un escondrijo sobre la tienda de un viejo anticuario de Charrington, y allí emprenden unas relaciones libres y comienzan a conspirar contra el partido. Sus acciones subversivas son en ocasiones tan inocentes como beber «verdadero café con verdadero azúcar».
En su progresiva y difícil toma de conciencia, Winston frecuenta los prostíbulos y suburbios donde viven hacinados los «proles». El partido pretendía haber «liberado» a éstos en una revolución cuya historia real el protagonista intenta vanamente reconstruir. Sin embargo, el partido no se atreve a hacer acto de presencia en estos lugares donde el alcohol, la lotería, la subcultura y el miedo mantienen subyugada a la población. Por su parte Winston intuye que los «proles» son humanos y que representan la parte menos enajenada del sistema. Por ello escribe en su diario oculto notas como éstas:
«Si hay alguna esperanza está en los proles. Hasta que no tengan conciencia de su fuerza no se rebelarán, y hasta después de haberse rebelado, no serán conscientes. Éste es el problema.» (12)
Creen descubrir que un compañero de departamento llamado O’Brien es otro revolucionario y confían en él. Quieren que les facilite «el Libro» de Goldstein y un contacto con la oposición clandestina. Consiguen el libro que se llama Teoría y práctica del colectivismo oligárquico, en donde se explica cómo se había desarrollado la revolución, cómo fue traicionada y subyugada por una casta minoritaria, y las razones de cómo se mantienen en el poder . Winston llega a comprender el cómo, pero nunca el porqué de todo el entramado del «colectivismo oligárquico». Finalmente resulta que O’Brien es un miembro del Partido Interior, y ambos son detenidos. torturado psicológica y físicamente, Winston confiesa todo lo que hay que confesar, pero es todavía insuficiente. O’Brien le descubre que el porqué es simple y llanamente el Poder por el Poder: –Somos los sacerdotes del poder –dijo O’Brien–. El poder es Dios. Pero ahora el poder es sólo una palabra en lo q\}e a ti respecta. y ya es hora de que tengas una idea de lo que el poder significa. Primero debes darte cuenta de que el poder es colectivo. El individuo sólo detenta el poder en tanto que deja de ser individuo. Ya conoces la consigna del Partido: «La libertad es la esclavitud». ¿Se te ha ocurrido pensar que esta frase es reversible? Sí, la esclavitud es la libertad. El ser humano es derrotado siempre que está solo, siempre que es libre. Ha de ser así porque todo ser humano está condenado a morir irremisiblemente y la muerte es el mayor de todos los fracasos; pero sí el hombre logra someterse plenamente, sí puede escapar de su propia identidad, sí es capaz de fundirse en el Partido de modo que él es el Partido, entonces será todopoderoso e inmortal. Lo segundo que tienes que aprender es que el poder es poder sobre seres humanos. Sobre el cuerpo, pero especialmente sobre el espíritu. El poder sobre la materia… la realidad externa, como tú la llamarías… carece de importancia. Nuestro control sobre la materia es, desde luego, absoluto». (13)
O’Brien le demuestra que su especie se ha extinguido -Orwell quiso titular el libro El último hombre de Europa-, y que no podía confiar en nada ni en nadie; el libro de Goldstein lo había escrito él mismo y la Hermandad era un patraña. Tenían necesidad de un Mal para representar el Bien, y nada más. No tenía más salida que amar al Partido y sobre todo al Gran Hermano. Al final: «Contempló el enorme rostro. Le había costado cuarenta años saber qué clase de sonrisa era aquella, oculta bajo el bigote negro. !Qué cruel e inútil incomprensión! !Qué tozudez la suya exiliándose a sí mismo de aquel corazón amante! Dos lágrimas, perfumadas de ginebra, le resbalaron por las mejillas. Pero ya todo estaba arreglado, todo alcanzaba la perfección, la lucha había terminado. Se había vencido a sí mismo definitivamente. Amaba al Gran Hermano» (14)
En esta ocasión, Orwell no tuvo ninguna clase de problemas para la edición, más bien al contrario. El libro se publicó en junio de 1949, en Londres y Nueva York, ocho meses antes de su muerte durante los cuales trató vanamente de establecer su justo significado. No tardó en conseguir una popularidad excepcional, como quizá no la haya tenido nunca ninguna novela política. En este éxito concurrieron factores extraliterarios tan importantes como la «guerra fría». Tal como ocurrió con Rebelión en la granja, 1984 se interpretó unilateralmente como una fábula antirrusa y anticomunista, provocando un miedo irracional absurdo y animando con ellos las posiciones derechistas más sectarias y brutales.
Por más que la opinión de los intelectuales más sensatos dijera lo contrario, por más que el propio Orwell tratara de dejar clara su posición, por más que resultara patente en la novela que el mundo que se describe tiene una combinación de factores tanto del «mundo libre» como del «campo socialista», por más que el ellos se refiera a los nazis ya los estalinistas, y también a Churchill ya Roosevelt, por más que utilice imágenes que ilustran la opresión de los países coloniales o semicoloniales, un auténtico Ministerio de la Verdad y una auténtica prensa-basura se encargaron de torcer su contenido hacia las posiciones más repugnantes de uno de los bloques. Una explicación de esta distorsión es la que vuelve a ofrecer Isaac Deutscher: «La «guerra fría» ha producido una «demanda social» de armas ideológicas igual que ha producido una demanda de superarmas físicas. Pero las superarmas son genuinas proezas de la tecnología; y no puede haber discrepancia entre el empleo al que pueden destinarse y la intención de sus productores: están destinadas a extender la muerte, o, al menos, a amenazar con una destrucción total. En cambio, un libro como 1984 puede ser utilizado sin mucha consideración hacia las intenciones del autor. Algunos de sus aspectos pueden ser arrancados de su contexto, mientras que otros, que no se ajustan al propósito político a cuyo servicio se ha puesto el libro, son ignorados o virtualmente suprimidos. y un libro como 1984 no necesita ser una obra maestra literaria, ni siquiera una obra importante y original, para producir su impacto. En verdad, una obra de gran valor literario suele ser demasiado rica en su textura y demasiado sutil en su forma y pensamiento para prestarse a una explotación adventicia. Por regla general, sus símbolos no pueden ser fácilmente transformados en focos hipnotizantes, ni sus ideas convertidas en eslóganes. Las palabras de un gran poeta, cuando entran en el vocabulario político, lo hacen mediante un proceso de infiltración lento, casi imperceptible, no es una incursión .frenética. La obra maestra literaria influye ell la mentalidad política mediante su fertilización y enriquecimiento desde dentro, no aturdiéndola. (15).
Ha sido el tiempo el que ha colocado las cosas en su sitio y la obra de Orwell se ha convertido en una obra «clásica» en el más estricto sentido del término, cuya lectura resulta de gran interés para evaluar el curso último de una humanidad en profunda crisis. Más allá incluso de la propia obra, 1984 ha llegado a ser con el tiempo un título paradigmático en el que se concentran las inquietudes actuales sobre una situación que en muchos aspectos –el hambre, el desastre ecológico, la posibilidad de una guerra termonuclear- sobrepasa los datos más pesimistas de un Orwell enfermo y angustiado. 1984 es también una obra acerca de la que se pueden hacer diferentes lecturas, pero la más consecuente es la que ve en ella una premonición de lo que puede ser el mundo sí las tendencias totalitarias insertas en la sociedad occidental de antes y después de la segunda guerra mundial se desarrollan. No se trata, como se ha dicho, de una obra de «ciencia ficción», Orwell no pretendía sólo dar una imagen de cómo iba a ser el futuro (aunque éste es un aspecto importante de la novela); pretendía ante todo comunicar sociológica y psicológicamente cómo podía ser el mundo sí el totalitarismo de cualquier signo terminaba imponiéndose.
Tampoco pretendía ofrecer una teorización, quería transmitir un estado de ánimo. Orwell no pudo especificar sus inquietudes porque para ello habría escrito una obra de tesis y no una novela. Pero las tergiversaciones llegaron a tal extremo que se vio obligado a intervenir , y en una amplia nota de prensa, avanzó algunos detalles de cómo entendía su obra: «Ciertos críticos de «1984» han sugerido que la opinión del autor es que cualquier cosa como la que describe, o algo parecido, llegará en los cuarenta próximos años al mundo occidental. Eso no es exacto. Creo, sin olvidar que el libro es después de todo una parodia, que alguna cosa como 1984 podría llegar. Ésta es la dirección que toma el mundo actualmente, y la tendencia está profundamente anclada en las bases económicas, sociales y políticas de la situación actual….Particularmente, el peligro descansa en las estructuras impuestas a las comunidades socialistas y capitalistas liberales por la necesidad de preparar una guerra general contra la URSS con los nuevos armamentos, entre los que la bomba atómica es evidentemente la más potente y la más conocida. Pero el peligro reposa igualmente en la aceptación de la perspectiva totalitaria por los intelectuales de todos los colores. La moraleja a sacar de esta situación peligrosa y de esta pesadilla es, simple: No pero admitir que esto ocurra. Y eso depende de todos».
George Orwell estima que sí las sociedades que describe en 1984 llegan a existir , habrían varios super-Estados. Esto está perfectamente explicado en los capítulos de la novela. También es abordado, desde un ángulo distinto, por James Burham en The Managerial Revolution. Estos super-Estados se opondrían mutuamente o (una idea de la novela) pretenderían estar opuestos aunque no lo estarían en la realidad. Dos de esos super-Estados serían evidentemente el mundo angloamericano y Eurasia. Si esos dos grandes bloques llegan a definirse enemigos mortales, está claro que los angloamericanos no tomarían el nombre de sus oponentes y no se presentarían en la escena de la historia ~ tanto que comunistas. En consecuencia, tendrían que encontrar un nuevo nombre para ellos mismos. El nombre sugerido por 1984 está bien claro, Angsoc, pero en la práctica hay más para elegir. En Estados Unidos, la expresión «americanista» o «ciento por ciento americano» conviene, y el adjetivo calificativo es lo suficiente totalitario como para mantenerse. (16)
La crítica más seria descartó las descalificaciones estalinistas –«simple propaganda de la guerra fría», «panfleto anticomunista», etc.-, y las reaccionarias que llegaron al extremo de afirmar que era un alegato antisocialista, naturalmente contrario a los laboristas y favorable a los conservadores. En líneas generales se puede decir que la crítica seria encontró plintos débiles en la obra –falta de verosimilitud de algunos personajes, en particular del Gran Hermano convertido en un malo, más digno de Ian Fleming que de Orwell, la tosquedad de los simbolismos, escasa originalidad en la presentación del nuevo lenguaje, simpleza al tratar temas como el de la tortura, etc.-, pero supo comprender el carácter de obra maestra en su conjunto, en su fuerza para situar a ras de tierra una situación, en su capacidad para hacer entrar al lector en un espacio que a pesar de su excepcionalidad deviene cotidiano.
En el orden político, 1984 adolece de las mismas debilidades que su obra anterior. Con la perspectiva que nos ofrece el tiempo transcurrido desde 1948, no es difícil negar la idea de una convergencia interna entre los bloques aunque el viejo refrán castellano de que los extremos se tocan no carezca aquí de verosimilitud. Cierto es que, tanto en un lado como en el otro, el Poder está en manos de una oligarquía minoritaria, pero la forma, el cómo, es muy distinto. Mientras que los «demócratas» se basan en una dictadura económica internacional, cuyo epicentro es Washington, y que convive con unas superestructuras democráticas formales (que son un obstáculo para ellos); los «comunistas» lo hacen sobre una infraestructura que mantiene conquistas sociales imposibles bajo el capitalismo y en nombre de una revolución cuya gerencia usurpan –por lo que tienen que negar cualquier oposición que cuestione su legitimidad- han sacado a países subdesarrollados del foso del hambre .
Estas diferencias se explican mejor en el terreno internacional. El capitalismo internacional ha ido multiplicando los golpes militares, las insurrecciones contra los gobiernos reformistas o revolucionarios, y ha protagonizado guerras parciales de extrema crueldad en África, Centroamérica y Asia, sobrepasando en ocasiones la ferocidad de los nazis. Los burócratas del Este carecen de iniciativa y su preocupación básica es la defensa de su status. En la carrera de armamentos, el rearme infinito se ha convertido en una pieza angular del sistema capitalista mientras que para los soviéticos resulta una costosa y desagradable competición en la que siempre estarán por debajo. Al tiempo que el imperialismo «democrático» se ha convertido en el sostén de las oligarquías y los «gorilas» militaristas de la periferia de Occidente, los países del «socialismo real» fueron y son una referencia deformada para las ansias de liberación de los pueblos que encuentran en este modelo un medio de independizarse del pillaje imperialista y también un medio de desarrollo industrial más rápido. Orwell siguió sin ver por qué una revolución puede degenerar hasta convertirse en una contraimagen de lo que fue originalmente; no reflexionó sobre el simple hecho de que algo no muy diferente ocurrió con la revolución burguesa, sobre todo en las naciones donde el bloque popular no tenía una base económica fuerte; ni tampoco se dio cuenta de que existían unas precondiciones muy concretas que determinaron en buena medida esta degeneración.
Fue esta debilidad en la contextura de su obra la que permitió o facilitó su utilización reaccionaria no como una advertencia sobre lo que podía ocurrir, sino como un alegato anticomunista. Deutscher vio muy bien esto y en una posdata a su artículo anotó: «¿Ha leído usted ese libro? Tiene que leerlo, señor. Entonces sabrá usted por qué tenemos que lanzar la bomba atómica sobre los bolcheviques.» Con esas palabras, un miserable ciego vendedor de periódicos en Nueva York me recomendó «1984», pocas semanas antes de la muerte de Orwell. ¡Pobre Orwell! ¿Podría haber imaginado alguna vez que su propio libro llegaría a ser un artículo tan importante en el programa de la semana-de-odio?» (17).

Notas

—–(1). Bernard Crick, George Orwell, une vie, Balland, paris, 1982, pg. .430.
—–(2) Al final de su vida, Trotsky no descartaba que en ausencia de una revolución socialista en algunos países –un factor que en su opinión había sido el principal generador del fascismo y del estalinismo–, la humanidad entrara en un «impasse» y conociera una terrible vuelta a la barbarie. De hecho. este pronóstico se ha cumplido aunque sea parcialmente. ya que nunca la barbarie había llegado a amenazar la propia vida en el planeta como en la actualidad
—–(3). Bernard Crick .o.c.,p.435.
—–(4) Orwell escribió varios artículos sobre London tratándolo siempre con gran admiración. Esta obra está editada por la editorial Ayuso, Madrid. en 1976.
—–(5) Todos ellos colaboraron en un libro colectivo, El ocaso de un ídolo (5 testimonios sobre el comunismo), Barcelona. Unión de Editores Latinos. 1951. En él rechazan en mayor o menor medida su pasado. Una soberbia critica a los ex-comunistas renegados es la de Isaac Deutscher. Herejes y renegados. Barcelona, Ariel. 1970.
—–(6). Editada en Barcelona, Seix Barral, 1972.
—–(7). En ella dice: «El autor de esta carta. un hombre condenado a la pena capital. se dirige a usted con la petición de conmutar esta pena. Usted conoce probablemente mi nombre. Para mí, en tanto que escritor, estar privado de la posibilidad de escribir equivale a una condena a muerte. Las cosa han alcanzado tal punto que me resulta imposible ejercer mi profesión, puesto que la actividad de creación es impensable sí se está obligado a trabajar en una atmósfera de persecución sistemática que se agrava cada año» .
—–(8). IsaacDeutscher, «1984: el misticismo de la crueldad», texto incluido en la citada edición de Herejes y renegados, p. 49.
—–(9) Id. , pp. 53-54.
—–(10). Bernard Crick. afirma que Goldstein estuvo tan inspirado en Nin como en Trotsky. Encuentra la prueba en el hecho de que Orwell guardaba un trabajo de Bernard D. Wolfe, Civil War in Spain, en el que había un apéndice. The Thesis of Andrés Nin. que guardaba notables paralelismos con el .testamento) de Goldstein en 1984.27. Íd. p.51.
—–(11). Idem, p. 51.
—–(12). 1984, Barcelona. Salvat-Alianza, 1970, pp. 62-63. 1’1.;
—–(13) Id. . p. 197,
—–(14) id.. p. 224.
—–(15) I. Deutscher,o.c..p.49
—–(16). Bernard Crick, o.c. , p. 483

Crónica de una presentación (Balius, Amigos de Durruti). Pepe Gutierrez

El pasado jueves 20 de noviembre, como miembro de la Fundación Nin, fui citado por uno de los responsables de la inquieta Editorial barcelonesa Virus, [para participar en la presentación del libro de Miquel Amorós], que tuvo lugar en la amplia sala del Espai Obert, en el Paralelo barcelonés. Se trata de un local alquilado que ejerce las funciones tradicionales de un Ateneo libertario, y en el que, entre otras cosas, había programado un ciclo de películas de greco-francés Costa-Gravas.
A la hora del acto, la sala aparecía bastante concurrida, y entre los presentes pude saludar a algunos amigos y conocidos del mundo libertario como Abel Paz y Eduardo Pons Prades, así como Castany, presidente del Ateneo barcelonés. También estaban presentes editores en una línea tan heterodoxa como Virus, como Quim Cirera, de Octaedro que está preparando la edición de “Los javaneses”, de Jean Malaquais (y me habló del testimonio de éste y de Víctor Serge en la Francia ocupada, un grueso volumen que presenta problemas de edición), y también Carlos, de la Editorial Alikornio que tenía expuesta en el servicio de librería la novísima edición de “Mi guerra de España”, de Mika Etchebéhère, sobre la que quería llamar la atención de la Fundación Andreu Nin. En la misma mesa se encontraban también el “Cuaderno Rojo”, de Mary Low, de la misma editorial, así como el primer volumen de la Obras Completas, de G. Munis, publicada por Muñoz Moya Editores Extremeños, Llerena, y que contenían sus escritos sobre “Revolución y contrarrevolución en Rusia”, una valoración histórica sobre la que Munis justificaba su separación del marco de la IV Internacional.
Desde la tribuna, Patric de Virus justificó el extenso número de invitados a la mesa porque se había tratado de, gustara o no, reunir a todos los grupos y sectores que habían tomado parte en los acontecimientos de mayo de 1937, y que, por lo mismo, tuvieron una relación con Los Amigos de Durruti. La voluntad pluralista empero, presentaba no pocos problemas, empezando por el del tiempo, con tanta gente en la mesa, el propio autor apenas si tuvo ocasión de explicarnos algo sobre su obra, y a las dos horas largas de sesión, el debate apenas si había comenzado entre el público que comenzaba a desfilar, en algunos casos con muestras de desagrado.
Otro se derivaba de la dificultad inherente a tratar un episodio que los historiadores trataban de vadear. Un buen ejemplo en este sentido es Pierre Vilar en su breviario sobre la guerra civil, donde equipara como si fuera en un concurso diversas hipótesis, incluida la provocación quintacolumnista. Además, desde 1937 había transcurrido el suficiente tiempo para que la representatividad de los coprotagonistas del momento permaneciera en su sitio. No se podía comenzar diciendo aquello de “como decíamos ayer…”. El anacronismo se hizo patente cuando les tocó el turno al sector antaño trotskysta, quienes por lo demás, como era de esperar, más que entrar en el debate sobre la verdad y pertinencia del libro de Miquel Amorós, dedicaron su tiempo a tratar de explicar sus propios dictámenes, tomando a los bolcheviques-leninistas de entonces como su punto de llegada (más que partida), todo estaba claro, solo había que comprender la quintaesencia, los historiadores eran buenos o malos según reconocían o no dicha revelación. En este cuadro de tiempo y de certezas, a servidor le asaltó la duda sobre si valía la pena trabar algún discurso, y se limitó a ofrecer varios apuntes (atropellados) de manera que le sobraron cinco minutos de los diez que le habían otorgado. Salvo el autor, nadie más se atuvo al cronómetro.
Miquel Amorós abrió fuego contra unos comentarios despectivos de Josep Fontana (un catedrático de historia muy ligado al PSUC, y en menor medida, al sector más tradicional, del PCC), no en vano su trabajo abundaba en un viejo conflicto historiográfico, contra las tentativas reduccionistas de considerar el hecho revolucionario como “un fenómeno social exótico”, y de menospreciar la historia escrita lejos de las academias (la historia para los profesionales), y este punto suscitó numerosos comentarios, algunos bastante sumarios. En realidad, lo que se planteaba sobre el escenario era ante todo un debate interno y abierto entre las escuelas libertarias, con dos, digamos más amigos de Durruti (y de Balius, y por lo tanto de Amorós, que toma claramente partido por éste), y dos que mostraron abiertamente su disconformidad con el libro.
El más expeditivo fue sin duda Luis Andrés Edo (miembro de la Fundació d´Estudis Libertaris, coorganizador del debate), que dijo tajantemente que si antes era partidario de Los Amigos de Durruti, desde que había que había leído el libro, ya no lo era. Edo tiene justa fama de “enfant terrible”, y este tipo de declaraciones les son muy propias, hasta habló de una segunda muerte de Durruti. Con otro enfoque, también se manifestó muy critico, Adolfo Castaño (del Ateneu Enciclopédic Popular), poeta, y libertario disidente de las escuelas según definición propia. Adolfo llamó la atención sobre un aspecto del libro de Amorós, y era su tono a veces despectivos con algunos de los componentes de la CNT «circunstancialista”, que no fue una mera burocracia. Y aunque no mencionó ningún caso, esto era evidente en caso de “Juanel”, cuyo “curriculum” en la resistencia antifranquista resulta impresionante. Y es que, una cosa es que una gente se pueda equivocar, y tomar posiciones muy contradictorias en medio de algo tan extremo y complejo como fue la guerra y la revolución en España, pero, tal como lo demuestran los hechos, no se trataba de miserables burócratas. Algo similar pensé cuando Amorós tacha de “ruin” unos comentarios de Juan Andrade sobre Los Amigos de Durruti. Es bastante posible que Juan no supiera apreciar lo que significaban, y los trató con irritación (como siempre lo hizo con la CNT-FAI, para él, en extremo inconsecuente), pero esto será si acaso una apreciación injusta derivada de una información escasa o deformada. Esta visión era muy propia en los círculos trotskystas, que interpretaron la acción del grupo como algo honesto y auténtico, pero bastante caótico. No creo pues que se tratara de una actitud “desagradecida” por parte de Andrade.
La pregunta que se hacían los críticos era si se podía hablar de una “revolución traicionada”, y hacerlo, no ya en dirección al estalinismo y la socialdemocracia, sino por parte de la CNT-FAI. Según el munista Eulogio Fernández, la CNT y el POUM fueron organizaciones revolucionarias únicamente hasta las jornadas de julio. Sin embargo, la historia no es una autopista con un mapa que tiene todas respuestas. Hay algo de esto en el libro, un cierto apriorismo encerrado en las propias razones de los protagonistas, pero también se ofrece una reconstrucción bastante minuciosa tanto del singular, Jaume Balius, como del grupo de afinidad como de la propia realidad de la CNT abocada a la lógica gubernamental. También se da una comprensión del significado último del rechazo revolucionario, una acción que se manifiesta cuando la revolución ya está siendo cercada por todas partes. De hecho, el asalto sobre Telefónica por parte de Rodríguez Sala aparece como una torpe precipitación de una “normalización” restauradora que hasta el momento funcionaba calladamente. La reacción proletaria –según Vidiella- cortó la respiración a los representantes del poder restablecido de la Generalitat, hasta que la acción tranquilizadora de la dirección de la CNT permite que el proceso silencioso se restablezca, solo que ahora ya de una forma descarada y virulenta (asesinatos de Nin y Berneri entre otros). Lo más ignominioso de todo esto es que en este propósito la CNT no dudó en tildar a los insurrectos de “agentes a sueldo”, de “provocadores” o de “trotskystas”, con lo que esto significaba en un momento en que la campaña de intoxicación estalinista estaba ligando este concepto con la famosa “Quinta Columna”.
A favor de la lectura de Amorós intervinieron no menos apasionadamente Paco Madrid (del Ateneo al Margen y uno de los más activos divulgadores del pensamiento libertario actualmente), y Just Casas, de la CNT-AIT, que, al ser el último en intervenir, se tomó su tiempo para responder a Edo. El libro restituía al fin una historia que hasta ahora había sido incompleta. Los historiadores de la CNT, en primer lugar José Peirats, habían tratado este episodio de una manera superficial y sumaria, les molestaba. Sin embargo, Los Amigos de Durruti no eran una planta extraña en la CNT, donde hubo corrientes muy diversas, y se expresaron contradicciones de todo tipo. Eran militantes poco conocidos con excepción de Balius y Lliberto Callejas, pero que se habían agrupado sobre la base de un creciente disenso contra el gubernamentalismo. El hecho de que, por lo general, no formaran parte del “caucus” de afines con Durruti, no tiene la menor relevancia, Durruti era un símbolo inequívoco de la revolución, alguien que la gente anónima que había hecho la revolución tenía como un luchador que no se había replegado a la política de los despachos. Lo que hicieron Los Amigos de Durruti fue ejercer su derecho a la crítica, y denunciaron acontecimientos y actitudes contrarias a la revolución que se predicaba. Eran los críticos de la “nomenklatura” confederal, los que expresaron el malestar del pueblo que veía como crecían los privilegios por todas partes. Desde este punto de vista, los acontecimientos de mayo del 37 fueron la continuación de las jornadas de julio, representaban el mismo espíritu, solo que en unas circunstancias más adversas, ya no eran solo los fascistas sino una izquierda que sacrificaba la revolución en nombre de la República que la revolución había salvado…
El tono de la polémica pues, venía ya dado por el propio libro. Amorós no ofrece una valoración reposada de los hechos sino que entra en los debates y las interpretaciones. Su papel es, así lo dijo Casas, el propio de alguien que habría estado en las mismas barricadas. Su concepción es coincidente con la que le da nombre al grupo que recoge el legado de Durruti en el sentido de que se podía prescindir de todo, menos de la revolución, porque la revolución era el único camino a una posible victoria. En sus soflamas, Balius y los demás utilizan el lenguaje inflamado de los “sans-culottes”, de hecho el modelo de adopción de Durruti es muy semejante al que utilizaron los “enrâges” con Marat y El Amigo del Pueblo, su periódico, un tono en el que Edo vio el peligro del puritanismo revolucionario que, por ejemplo, consideraba intolerable que un trabajador fuera impuntual. Este apasionamiento empero, no contradice la existencia de un trabajo serio de investigación, y sobre este punto nadie adelantó ninguna objeción. Desde Orwell hasta el presente se ha escrito mucho de mayo del 37, y de su carácter precursor de una revolución que además de social ya tenía que ser antiburocrática, pero muy poco de sus protagonistas. En 1977 apareció un pequeño folleto, el de Mintz-Peciña, pero que no iba más allá de una introducción. Se ha necesitado un tiempo para que este trabajo haya sido posible, y el libro está ahí. Que ya en su presentación de lugar a una agria polémica entre anarquistas, demuestra que esta corriente con su alma posibilita y su alma izquierdista (a veces amalgamadas), y que por tanto, sus debates históricos, siguen abiertos.
Amorós dedica buena parte de su trabajo a reconstruir la vida y el pensamiento de Jaume Balius (Barcelona, 1904-Hyéres, Francia, 1980), el mítico intelectual de «Los amigos de Durruti», lo que le valió la acusación de privilegiar demasiado el papel de los líderes. Hijo de un corredor de comercio, Balius estudió primero con los jesuitas de Caspe, y después, en diversos colegios privados. Comenzó a estudiar medicina en 1920-1921, pero una enfermedad venérea le impidió continuar. En 1922 se afilió al Acció Catalana, y toma parte en las manifestaciones catalanista de 1923, siguiendo los pasos de Francecs Maciá. En 1925 fue uno de los firmantes del manifiesto catalanista de Bandera Negra, siendo encarcelado por su participación en el complot del Garraf. Evoluciona hacia el anarquismo en el que acabará integrándose ya entrada la República. En un artículo escritor en «defensa propia», para responder a lo que en contra suya se llegó a decir durante los acontecimientos de mayo del 37 en Barcelona, escribió: «Procedo de una familia burguesa(…). Y a través de la sala de dirección de los hospitales, de las cárceles y del destierro ha ido superando mi procedencia hasta llegar a identificarme en absoluto con el proletariado». Aunque Proudommeaux afirma que Balius no se hizo anarquista hasta la crisis de 1934, al parecer fue introducido en los medios libertarios por Lliberto Calleja alrededor de 1932. Amorós también revaloriza a éste, considerado normalmente como un personaje bohemio y de segunda fila en la CNT.
El propio Balius asegura en el citado artículo: «A la vuelta del exilio de tierras francesas en la época de Primo de Rivera, combatí a la Generalitat en un instante en el que podía enchufarme y desde entonces defiendo a la CNT y a la FAI…» Una parálisis le obliga a quedarse en la retaguardia, en Barcelona, donde publicará “El Amigo del Pueblo”, órgano de «Los amigos de Durruti», enfrentados a la dirección oficial anarcosindicalista. Este grupo, del que Balius será subsecretario, discrepa del ministerialismo de su organización y se aproxima en buena medida a las posiciones del POUM y del grupo trotskysta con el que mantendrá algunos contactos. Denuncia el proceso antirrevolucionario en el campo republicano, vincula estrechamente la guerra con la profundización revolucionaria y propugna la instauración de un nuevo poder revolucionario que desplace a los partidos burgueses y a los «marxistas oficiales».
Balius se convertirá en el “chivo expiatorio” de la coalición antirrevolucionaria. Se defiende de las amputaciones de unos y otros, diciendo que se le tacha de tal porque es un «enemigo acérrimo de los partidos políticos pequeños burgueses y de toda esa gentuza que en nombre de la revolución se ha lucrado y todavía se lucra a pesar de que se derrame sangres a torrentes en los campos de batalla…conviene ajustar que la actitud de Balius y sus amigos en defensa del POUM y de Nin, sobresale por su carácter categórico. Se sentían en las mismas barricadas y sabían que la persecución del POUM era una trama más en la desactivación de un proceso revolucionaria ante el que, por parte de Nin y del Estado Mayor poumista, se asiste con no poca ingenuidad. No digamos los cenetistas como Montseny, que se consideraban a salvo. Según Amorós fue la presión de los durrutistas lo que la obligó a cambiar su actitud, y asumir la defensa del POUM.
Después de la «debâcle», Balius marchó al exilio a Francia, y distanciado de los medios confederales, marcha a México, en los años sesenta sobrevive en París, donde colabora con el grupo de origen trotskysta de Munis (al que había conocido en Barcelona en mayo de 1937), pero sigue siendo anarquista. En 1961 aparece de nuevo “El Amigo de Pueblo”. En un caso y otro se dieron encuentros y convergencias, pero esto ocurría en una situación de epílogo, cuando la historia cerraba su cuerda sobre las revoluciones clásicas. Este círculo había empezado en Petrogrado y acababa en Barcelona. Ahora la historia caminaba en sentido contrario, los Kornilov habían reaccionado a tiempo y contaban con toda clase de apoyos, en tanto que la revolución se enfrentaba a la URSS y al “comunismo”.
Se trataba por lo tanto de una acción revolucionaria que emergía en plena reacción, en medio de la mayor confusión que se recuerda. Los revolucionarios hacen un esfuerzo titánico por defender una opción a contracorriente. Amorós describe con detalle el contexto en tiene lugar la constitución del colectivo, sus afinidades y sus tomas de posición, y como en las barricadas llegaron a fascinar a los jóvenes trotskystas como Rosalio Negrete, (Hans Freund) Moulin, Clara y Paul Thaelmann, que se encontraron con una revolución, y con gente que se había fraguado en las barricadas y en las colectivizaciones. En la década siguiente reaparece con la reorganización interior de la CNT y escribe en varios periódicos afines mostrándose fiel a la línea que expresó en 1937. Amorós cierra su estudio con un detallado análisis sobre como este capítulo central en la revolución española ha sido tratado por los diferentes historiadores. Se puede decir sin miedo a error, que de aquí en adelante, la suya será una obra de consulta que obligará a una mayor precisión.
Este debate entre puntos de vistas libertarios no tiene su traducción en las escuelas marxistas. La historia del POUM, así como los posicionamientos de los partidarios de la IV Internacional, han producido mares de tinta, sin embargo, existe una diferencia notable con la CNT-FAI. El POUM no tuvo, ni de lejos, el mismo grado de responsabilidad, ni en el curso de la revolución, ni en el compromiso gubernamental, el apartado más controvertido de su actuación. Con todas las contradicciones (y errores) que se quieran, sus líderes no actuaron de apagafuegos, sino que buscaron una salida de acuerdo con la CNT-FAI. Cuando esta tocó a retirada, consideraron que no podían proseguir por su cuenta en las barricadas, y este es un punto de debate “duro”. Este pudo haber sido un error, pero lo cierto es que no era una opción precisamente fácil. El caso es que en su interior no surgió una reacción de sus bases, todo lo contrario. El destino del POUM es de todos conocido, y el lector puede encontrar en estas páginas una rica bibliografía, toda la documentación necesaria.
En su momento, la IV Internacional optó por un enfrentamiento a tumba abierta con el estalinismo y el reformismo, y buena parte de sus componentes pagaron caro ya en España dicha opción, el propio Trotsky lo haría también poco después. Pero, tal como la historia se ha hartado de demostrar, cuando esto sucede en un curso histórico totalmente adverso, la posesión de un programa justo no es, ni mucho menos, garantía para cambiar el paso de la historia. No lo fue ni en China en 1927, ni en Alemania en 1933-34, Barcelona 1937, ni lo sería tras la II Guerra Mundial, o en Chile en 1973-74.
El trotskysmo fue, como todo el mundo sabe, uno de los componentes del POUM, y quizás no se ha valorado todavía lo suficiente la influencia de algunas aportaciones de Trotsky en el pletórico Joaquín Maurín que sigue sus análisis sobre el ascenso del fascismo y la contrarrevolución estaliniana. La crisis de 1935, dio lugar a una división del grupo al menos en tres ramas. La mayoría que se integró en el POUM con Nin, Andrade, Mika, Enrique Rodríguez y compañía, y que siempre trataron de mantener abierto un puente con Trotsky. Un sector que aunque consideraba acertado el “giro francés”, trató de alimentar una izquierda poumista, empeño en el que estaban Eduardo Mauricio y Antonio Rodríguez entre otros, luego apareció el grupo bolchevique-leninista compuesto por jóvenes en el punto de mira de todas las policías. Fue una generación minoritaria, bisoña, pero con una capacidad impresionante como lo demuestra, con todas sus limitaciones, el valor de sus testimonios escritos, normalmente muy indignados contre el POUM, con un juicio que tiene mucho de precipitado ya que atribuye a este partido un grado de responsabilidad que en ningún momento pudo tener.
En este cuadro resulta muy significativa las lecciones que de estos acontecimientos extrajo G. Munis, quien además trató de abrogarse la continuidad exclusiva del grupo, lo mismo que haría con el refrendo de Natalia Sedova, lo que unido a su relación con Trotsky en México, aparecía como un elemento añadido de legitimación en su empeño por mostrar que los trotskystas habían dado las espaldas al legado de Trotsky y de la IV Internacional. La condensación de estas lecciones definitivas de este legado, tenía un nombre: Manuel Fernández Grandizo, Munis, que como el fervoroso revolucionario que era, trató de crear su propia sección en el interior y sufrió las cárceles de Franco. Luego creó su propio grupo en París, un grupo que se alimentaba de sus propios paradigmas teóricos, en nombre del cual bramar contra las “traiciones” (Louis blanco llegó a decir el jueves que los trotskystas “le chupaban en culo al estalinismo”), estableciendo una medida personal del marxismo “auténtico” gracias al cual no necesitaba ni siquiera una inserción en el tejido social, ni debatir, ni aprender; era su propia interpretación del “final” de la historia. Su fuerte personalidad no fue suficiente para aspirar siquiera al estado de “grupúsculo”, de manera que durante el mayo del 68 ni siquiera atrajo la mirada de la policía (que prohibió todas las variantes trotskystas), pero si para mantener a su alrededor un pequeño grupo de fieles encerrados en su propio juguete.
(El repertorio doctrinario resultaría ampliado por una intervención desde abajo por otro colectivo que igualmente tenía su propio dictamen verdaderamente correcto sobre lo ocurrido. Me estoy refiriendo a la Corriente Comunista Internacional que, en una conversación personal con uno de sus componentes, cuando lo identifiqué con la tendencia que fundó Amadeo Bordhiga, me aclaró que si, pero que eran los de Milán (claro que en medio del ruido igual me dijo lo contrario, y yo estoy ahora dándole cancha al sector disidente, ¿de Roma?). Esta corriente publicó su propia aportación con un título que aclara perfectamente su enfoque, “España 1936: Franco y la República masacran a los trabajadores” (Barcelona, 1977), y que recoge los artículos de su revista “Bilan”. Ya que estamos, Bordhiga era todo un personaje, un revolucionario integral, pero sus tendencias uniformistas, izquierdistas y dogmáticas ya quedaron reflejado en su momento de mayor gloria en la Internacional Comunista, cuando redactó las famosas 21 condiciones…).
Como se puede ver, este es un debate que da para mucho. Lástima que todavía siga enturbiado por los que ya han tienen sus conclusiones excluyentes. Mientras tomaba mis notas, me preguntaba como era posible hablar con tanta certeza sobre una historia tan lejana y tan compleja, y sobre lo fácil que era desde la más absoluta irresponsabilidad, sentar cátedra. Me preguntaba que ligada aquella controversia libertaria con el estadio actual del anarcosindicalismo, replegado sobre sus esencias, y sobre los consuelos que ofrece la seguridad de estar en lo cierto en la historia. Para mí, todo lo que se estaba discutiendo tenía un gran importancia, se podía hablar de lecciones, pero siempre que no se pretenda establecer en ellas las medidas de lo que es y no es correcto. Lo que vino después fue una auténtica hecatombe y el movimiento obrero ya nunca más fue igual. Nada fue igual después de Franco, de una Guerra Mundial y de todo lo demás. Acababa de escribir una reseña de un libro sobre Grimau, y aparecía un interrogante. El franquismo había atribuido a este resistente que se jugaba la vida, toda clase atrocidades. Pero con todo el peso del Estado, no pudo demostrar ningún crimen concreto contra la gente de orden, y sin embargo a Grimau le reconocieron en la URSS su actuación contra los trotskystas y los quintacolumnistas. Está claro que en la historia no hay ninguna autopista. Igualmente me preguntaba sobre como todo este debate podría interesar a esas nuevas generaciones que, después de varios escalones intermedios extraviados en el consumismo y el nadir, volvía a ocupar una escenario político por abajo… Ahora la música de la revolución es otra.
Corto y cierro.
Sant Pere de Ribes, 24-11-03

Malraux y Trotsky: encuentros y desencuentros. Pepe Gutierrez, 2003

1. Introducción.
Repaso mis recortes de prensa, y me encuentro que se sigue hablando de André Malraux con los más diversos pretextos. Su centenario (París, 1901-1976), fue todo un acontecimiento nacional y europeo. Después del ensayo general de la conmemoración del 25 aniversario de su fallecimiento, la efeméride ha dado lugar a un auténtico aluvión de amplias páginas en los principales diarios y revistas, debates en los medias, diversas exposiciones, la puesta en escena de un esplendoroso ballet montado por Maurice Béjart, reediciones de sus obras, publicación de ensayos y biografías, etcétera…Veinticinco años después su muerte, la figura de Malraux carece ya de secretos, y biografías como la que le ha dedicado Oliver Todd (en francés en Gallimard, la versión castellana está en Tusquets, 2002), permiten un inventario en el que el personaje pierde. Todd hace inventario de sus mentiras mitómanas, pero al mismo tiempo lo hace más asequible, operando una limpieza de retina que, por lo mismo, enriquece y restituye su figura humana, las peripecias de alguien que, con todo lo que se pueda decir, fue un ejemplo del triunfo de la voluntad por superarse, por trascender sus limitaciones pequeño burguesas aunque, a la postre, acabara en buena medida reconciliándose con ellas.
Aunque quizás entre nosotros, y entre las nuevas generaciones, se encuentra un tanto olvidado, Malraux fue uno de los iconos del siglo pasado, un personaje marcado por la desmesura en cuya trayectoria vital es posible encontrar, aparte de una obra literaria de altura con obras maestras consagradas como La condición humana o L´Espoir, otras actividades y aventuras, como las siguientes:
-erotómano editor de pornografía clandestina;
-ocasional jugador a la Bolsa, donde se hizo rico pero también arruinó a su familia, y dilapidando todo el dinero de su primera mujer en el curso de pocos meses;
-turbio saqueador de estatuas del templo de Banteal-Srel, en Camboya, por lo que fue condenado a tres años de cárcel (su precoz prestigio literario le ganó una amnistía);
-activista anticolonialista en Saigón (lo que no le impidió en su jubilación gaullista guardar silencio cuando la exigencia liberadora se hizo más patente para emanciparse de Francia, y liberarse de los Estados Unidos;
-animador de revistas de vanguardia como la NRF y promotor del expresionismo alemán, del cubismo y de otros experimentos plásticos y poéticos de los años veinte y treinta;
-uno de los primeros analistas y teóricos del cine, amén de alguien que cuenta en la historia del medio con una película excepcional, L´Espoir (Sierra de Teruel), que se cuenta entre las mejores películas sobre la guerra española;
-testigo participante (aunque menos de lo que presumía) en las huelgas revolucionarias de Cantón del año 1925 que marcan el inicio de la revolución china;
-gestor y protagonista de una expedición (en un monomotor que parecía un invento del TBO) a Arabia, en busca de las ruinas de la hipotética capital de la mítica Reina de Saba…
Pero su mayor prestigio le viene por su papel de intelectual comprometido y figura descollante en todos los enfebrecidos congresos y organizaciones de artistas y escritores europeos movilizados contra el fascismo en los años treinta (al lado de su amigo André Gide). Esta actividad tendrá su culminación en la organización de la escuadrilla España que acabará llamándose André Malraux, y representará el mayor compromiso de un escritor de talla en la defensa de la República, durante la guerra civil española. También será uno de los héroes de la resistencia francesa y jefe de la Brigada Alsacía Lorena… Esta actividad es tan intensa y múltiple, como contradictoria, y de ella se pueden extraer materiales y ejemplos que parecen predeterminados para ser pábulo de la controversia, sobre todo desde que, atendiendo una de sus obsesiones, la del culto al gran hombre, optó por la figura del general De Gaulle, a quien, desde que lo conoció en agosto de 1945 hasta su muerte, profesó una admiración y un culto cuasi religioso, aunque al que al principio de la Resistencia había tachado de fascista. Colaborador político y ministro en todos los gobiernos del general, en abierta ruptura con el estalinismo desde el pacto nazi-soviético, Malraux se convirtió entonces en un «liberal» conservador y nacionalista siempre a su manera, y por lo mismo, en uno de los blancos preferidos de la izquierda intelectual…

2. La épica de 1917.
Procedente de una familia humilde dotado de una extrema inquietud y sensibilidad, Malraux mostró siendo todavía un adolescente nervioso y aislado, muestra un rechazo radical a la estupidez y la crueldad de la Primera Guerra Mundial, y como buena parte de su generación, llegó a la conclusión de que la Europa del capitalismo liberal había en realidad realizado su suicidio, que la Razón había fracasado igual que la Fe, que la civilización progresista y agnóstica fruto de la Europa del XIX posterior a la muerte de Dios había revelado toda su vaciedad, y que el europeo moderno se encontraba a su vez muerto, y que por lo tanto, la única vía de superación era una Revolución cuyas verdades encontró encarnada en todos aquellos trabajadores y trabajadoras que se convertían en grandes al querer asaltar el cielo, y que en el paso de la Historia representaba la épica de la revolución de Octubre.
Malraux formó parte de una generación de artistas e intelectuales que descubrieron y se encontraron con el pueblo militante, y a los que las luchas sociales vistas en primer plano le llevaron a obsesionarse con la leyenda roja de Octubre, que pretendió ser participante total de la mítica que acompañaba la toma del Palacio de Invierno, la creación del Ejército Rojo la Guerra Civil, la revuelta los marinos rebeldes, de los guerrilleros de Budienny a caballo, de la repetición general del acontecimiento que sacó la Rusia atrasada y mística de su adorado Dostoievski para ocupar de pleno el escenario de la historia… En aquel tiempo, cuando Malraux quería resumir el siglo XX tenía a la mano una imagen, la de un camión erizado de fusiles (1)
Como en otros escenarios de su vida, en este también existía –por decirlo así– un actor protagonista. Cuando Malraux pensaba, en el nacimiento del Ejercito Rojo, en las asambleas multitudinarias y las patrullas obreras de la nevada Petrogrado, en la respuesta a las tentativas de sublevación de los cadetes, en la pasión revolucionaria en la Odisea cercada, en las multitudes obreras de Moscú, en aquellos días que conmovieron el mundo, y que al que Malraux se asomaba ardientemente a través de la lectura y del cine, «una figura planeaba sobre esas imágenes violentas: gorra, gafas, perilla, chaquetón con el cuello levantado, elocuencia brillante y aspecto de águila negra de garras poderosas, León Davidovich Bronstein, llamado Trotsky, comisario del pueblo durante la guerra y creador del Ejército Rojo…» (2).
Trotsky fue -¿antes o después de Lawrence?- uno de los grandes personajes contemporáneos que sustituyeron en la apasionada imaginación de Malraux a los reverenciados fantasmas de Saint-Just, de Rimbaud, de Nietzsche y de Iván Karamazov, y fue, durante la primera mitad de los años treinta, el más cercano y asequible. Trotsky era entonces el legendario sobreviviente del aquel acontecimiento, y esto era algo que para él, hacedor de mitos, inventor de actos, inspirador de estos, no pudo por menos que galvanizar de una manera especial. Como escribe Jean Lacouture: «Qué personaje más romántico el del vencedor vencido; más novelesco que el razonable, razonador, racional, perseverante Lenin de técnica elocuencia. Personaje que tenía sobre su ilustre predecesor la ventaja de proseguir en los años treinta una existencia perseguida, de fantasma sobreviviente al Termidor ruso….Malraux no celebraba en Trotsky solamente al constructor de historia. También le admiraba por haberse preocupado activamente de los derechos del escritor, con Lunacharsky, en lo más intenso de la Guerra Civil. Aquel estratega violento, cultivador de luces, era el héroe que soñaba».
Esta poderosa atracción estuvo a punto de manifestarse de la manera más extraordinaria tempranamente, cuando inmediatamente después de regresar de su odisea china, Malraux trazó en 1929 el plan de una expedición a Kazakhstan, con la finalidad de liberar a León Trotsky, entonces deportado en Alma-Ata por orden de Stalin que todavía no había probado la sangre de sus oponente (3). Según cuentan sus biógrafos, Malraux puso mucho interés en la preparación de esta singular aventura que habría asombrado al mundo. Se trataba de algo así como de rescatar a Trotsky en Elba (4) . Los documentos de esta tentativa fueron quemados cuando los alemanes entraron en París, en junio de 1940, por el mítico editor Gastón Gallimard, que en su momento se encargó de poner sobre la mesa toda su autoridad para que el escritor renunciara «a aquella hazaña propia de Tres Mosqueteros que hubieran leído L’Histoire des treize, pero no la historia de la Revolución revisada por Stalin» (5).
Esta aventura frustrada vino a ser como el prólogo de una intensa relación, como en el caso ulterior de André, Gide y Bretón (6), contribuyó el vínculo personal establecido por Pierre Naville, uno de los pioneros y componentes del movimiento surrealista (junto con Gerard Rosenthal), amigo y pariente de Gide, militante comunista disidente de primera hora (junto con algunos de los fundadores del PCF como Alfred Rosmer, Pierre Monatte o Boris Souvarine), audazmente partidario de la línea de oposición de Trotsky con el que fue a reunirse en Prinkipo, la isla de los Príncipes cerca de Estambul, donde el Gobierno de Kemal dio hospitalidad al proscrito. Obviamente, para alguien como Malraux dicha relación tenía una suma de atractivos de primer orden, y se implicó hasta un paso de la militancia organizada. También para Trotsky el encuentro resultaba importante por más que desde el principio fue consciente de lo que les diferenciaba. Entre acuerdos y desacuerdos, la relación se desarrolló apasionadamente durante la primera mitad de los años treinta, hasta que la guerra civil española y los procesos de Moscú abrieron un abismo entre Malraux y el «trotskysmo». Pero tanto en una mitad como en otra, como en su epílogo gaullista, la cuestión Trotsky devendría capital en las relaciones de Malraux con el destino de la Revolución de Octubre y con el movimiento comunista oficial.
Unas relaciones que pasa por diversas estaciones, y que ocupa un lugar importante en la aventura intelectual de Malraux.

3.La revolución china.
Asombroso diálogo. Primero, porque León Trotsky muestra desde un principio su interés por ganar a Malraux a la causa de la oposición, y como es habitual en él, discute de igual a igual con unos y otros, también sabe que su influencia es superior entre escritores e intelectuales en una generación que cuando todavía vive la extrema tensión de la defensa de Octubre, se encuentran con un fenómeno extraño y monstruoso -el de su burocratización-, sobre el que carecen de información y la que existe no pueden diferenciarla fácilmente del alud denigratorio desencadenado por los poderes establecidos. Además, las novelas de Malraux le brindan una oportunidad excepcional para volver a discutir sobre el trágico destino de la revolución china, cuyo primer protagonista, el proletariado industrial, había sufrido en 1927 una derrota sin paliativos. Para Trotsky este capítulo histórico será, más trascendente que ningún otro en aquel período (7), el más dramático e importante de la revolución mundial, la máxima prueba de la actuación del comunismo invertido patrocinado por Stalin y cuyas características son:
a) Aunque las tareas fundamentales de la emergente revolución china eran las propias de 1789, habían dos factores que impedían que la burguesía democrática asumiera su papel histórico, uno era la existencia de un marco internacional determinado por el dilema entre revolución y contrarrevolución, el otro -y complementario- era la potencia de un movimiento obrero concentrado en las grandes ciudades que hasta el momento había estado en primera línea…
b) después de la aventura de la Comuna de Cantón (una insurrección sin condiciones), el objetivo central del partido comunista chino no es hacer la revolución sino garantizar por todos los medios la alianza de la burguesía china (representada durante décadas por el Kuomintang) con la URSS;
c) en consecuencia, en vez preparar a los trabajadores contra la natural tendencia de la burguesía nacionalista a imponer el orden, a temer más a la revolución que a los amos de la china tradicional, el partido y sus consejeros (Borodin), los convencieron para confiar,
d) para garantizar su autoridad el estalinismo tildará de trotskysmo cualquier tentativa crítica, opuesta a la desastrosa línea oficial…
Situado en esta perspectiva, Trotsky llega incluso a magnificar la influencia de aquel con un joven todavía poco conocido, al que atribuye un tanto ingenuamente como coprotagonista de unos acontecimientos que sí bien supo describir magníficamente, ignoraba en buena medida su significado político. Malraux por su parte, respondió con imperturbable seguridad los argumentos de su interlocutor, tomando igualmente por verdad histórica lo que, obviamente, no dejaba de resultar una trama novelesca cuyos datos de fondo eran parcialmente exactos, y cuyos personajes, exceptuando Borodine y Gallen, eran ciertamente imaginarios; de hecho, Malraux ofrecía una interpretación sobre la que se podía debatir siempre que no se olvidara esto, que era una interpretación. El novelista y el teórico revolucionario pendían sobre aquella historia como sí ambos hubieran estado en el mismo plano; y como sí ambos discutieran sobre los planos de un campo de batalla. En un artículo sobre Les Conquérants (apareció en la NRF en abril de 1931) que más tarde reproducirá más tarde en un trabajo
más amplio sobre China (La Revolución estrangulada), Trotsky abría fuego:
«Un estilo denso y bello, la mirada precisa de un artista, la observación original y atrevida; todo confiere a la novela una importancia excepcional. Si hablo de él ahora, no es porque lleno de talento, aunque ese hecho no sea desdeñable, sino porque ofrece una fuente de enseñanzas políticas del más alto valor. ¿Provienen de Malraux? Se desprenden del propio relato, del autor y se manifiestan en su contra; lo que hace honor y al observador y al artista, pero no al revolucionario. Sin embargo, tenemos derecho a considerar igualmente a Malraux desde este punto de vista: en su nombre personal y sobre todo en nombre de Garine, su segundo yo, no regatea los juicios sobre la Revolución. . . » (8).
Por su parte, Malraux partía de una concepción diferente. Para él, el proletariado tenía más significado como símbolo de una humillación eterna que como instrumento de una historia que se desarrollaba en una coyuntura concentra. Su visión del Komintern, también era pues diferente, en parte justificó algunos aspectos de la dirección del Komintern de la abortada revolución china, sin embargo, su alter ego, Garine, tenía poca fe en la mentalidad romana de los bolcheviques, y se quejaba de que Borodin, el agente destacado en China por el Komintern, quería «manufacturar revoluciones del mismo modo que la Ford manufactura automóviles». En su obra ulterior sobre China, La Condition Humaine, hace que los héroes revolucionarios, Kyo, Katow y Tchen pierdan la vida, y lo hagan en buena medida como consecuencia de la política de la Internacional estalinista.
Trotsky concluía su requisitoria deplorando que al autor le hubiese faltado una «buena inoculación de marxismo (que).. habría podido preservarle de errores fatales», y escribe:
«El libro se titula Les Conquérants. En el espíritu del autor, ese título de doble sentido en el que la Revolución se disfraza de imperialismo, se refiere a los bolcheviques rusos o, más exactamente, a determinada fracción de ellos. ¿Los conquistadores?. Las masas chinas se levantaron en una insurrección revolucionaria, bajo la indiscutible influencia del golpe de Estado de Octubre Como ejemplo y con el bolchevismo como bandera. Pero «Los conquistadores» no conquistaron nada. Por el contrario, entregaron todo al enemigo. Si la Revolución rusa ha provocado la Revolución china, los epígonos rusos la han sofocado. Malraux no hace tales deducciones. Ni siquiera parece pensar en ello. No por ello deja de surgir claramente desde el fondo de su notable libro.»
Malraux responde al hombre de Octubre «en el tono intrépido de Saint-Just ante Danton» (Lacouture), y recordó que Borodine y los responsables de la Internacional eran marxistas, y sin embargo… Su respuesta es más literaria tanto en su sentido como en su forma: «Cuando Trotsky añade que no hay afinidad entre el autor y la Revolución, que «las enseñanzas políticas se desprenden del libro a mis espaldas», temo que no conozca en las condiciones de una creación artística: las revoluciones no se hacen solas. pero las novelas tampoco. Este libro no es una «crónica novelada » de la Revolución china, porque principalmente se pone de relieve una relación entre individuos y una acción colectiva Considera que Garine se equivoca; pero Stalin considera que él, Trotsky se equivoca a su vez. Cuando, en su Vida, leemos el angustioso relato de su caída, olvidamos que es marxista, y quizás lo olvide él mismo.» Al final, encadenaba con aplomo: «Como Trotsky reconocía en mis personajes, un valor de símbolos sociales, ahora podemos discutir sobre lo esencial.»
El novelista no ve como Trotsky que en 1925-1926, el Partido Comunista pudiera emprender una política propia, para él no existía sino en la alianza con el Kuomintang. Era la tesis que iba a repetir a Kyo, casi palabra por palabra, el Vologuine de La Condition humaine. Consideraba que: «La Internacional… no tuvo elección… Dije que su objetivo era dar la más de prisa posible al proletariado chino la conciencia de clase que necesitaba para intentar la toma del poder; ahora bien, el obstáculo más poderoso con que se tropezaba entonces la conciencia de clase, era la conciencia de sociedad. Todo militante chino era miembro de alguna de aquellas innumerables sociedades, llamadas secretas, cuya historia es la Historia de China desde 1911; el Kuomintang era la más poderosa de ellas; guardadas todas las distancias, se parece mucho más a nuestra masonería que a nuestro radicalismo. Antes de la fusión, la doctrina comunista era la de una sociedad naciente; inmediatamente después, se convertía en una de las doctrinas de la sociedad más numerosa».
Trotsky no se conformó con esta reprimenda. Propuso una réplica en la propia Nouvelle Revue Francaise (NRF), que, empero no se publicó. Finalmente apareció en La Lutte de Classes transmitió su respuesta al hombre de Les Conquérants: sin embargo, entonces la situación había cambiando, las divergencias sobre el papel del Komintern en China (reproducido luego en otros lugares), quedaba atrás, y ahora el escenario era ocupado por el ascenso de los fascismos, de los nazis en Alemania donde Stalin habían impuesto al PC la política suicida del tercer período, y en la que el enemigo principal era la socialdemocracia, trastocada en socialfascismo. En julio de 1933, Malraux pidió una cita al compañero de Lenin. Un año después, en un viaje a la URSS invitado de Máximo Gorki, Malraux ofreció a León Davidovich su brindis en el mismo Kremlin como respuesta al propuesto por un personaje oficial que lo hizo a la salud de la patria socialista, un término que años más tarde consideraría aberrante. Clara Malraux temió las consecuencias de aquel gesto audaz, por muchísimo menos desaparecieron muchos escritores en los años del gran terror.

4. Compañero de ruta de Trotsky.
Cuando pudo dejar Turquía, Trotsky fue recibido a regañadientes en Francia por el Gobierno del radical Eduard Herriot (8) que no le autorizó a residir en la región parisiense, por lo que tuvo que instalarse cerca de Royan, en una casa de la pequeña estación de Saint-Palais donde abrió las puertas a Malraux el 26 de julio de 1933, una escena magníficamente descrita por el novelista y que Alain Resnais reconstruyó en su película Stavisky como un contrapunto revolucionario a un contexto marcado por la descomposición burguesa. En aquel momento, Malraux acababa de dejar lista para su edición su obra más importante, La Condition humaine (9) , y unos meses antes, en marzo, se había comprometido, junto con Gide, en el combate antifascista, dentro de la Asociación de Escritores y Artistas revolucionarios que todavía no estaba «hegemonizada» por el estalinismo. Malraux publicó nueve meses más tarde en la revista Marianne el relato de la entrevista, coincidiendo con el hecho de que Trotsky acababa de ser expulsado por el Gobierno Doumergue en medio de una crisis (la del 6 de febrero de 1934), durante la cual la prensa derechista multiplicó sus advertencias contra aquel judío bolchevique al que acusaban de mover los hilos de una insurrección proletaria. Es un hermoso texto, vibrante de admiración, Malraux escribía:
«…Avanzando poco a poco entre la luz de nuestros faros, tras un joven camarada prudente que llevaba una linterna, llegaron unos zapatos blancos, un pantalón blanco, una chaqueta de pijama hasta el cuello… La cabeza quedaba en la sombra nocturna. He visto algunos rostros en los que se expresarían vidas capitales: casi todos son rostros ausentes. Esperaba con mucha curiosidad aquella máscara enmarcada por uno de los últimos grandes destinos del mundo, que se paraba, deslumbrada, al lado del faro».
«Desde que se concretó aquel resplandeciente fantasma con gafas, sentí que toda la fuerza de sus rasgos residía en la boca de labios finos, tensos, extraordinariamente dibujados, de estatua asiática. Para tranquilizar a un camarada, se reía con una risa cerebral que no se parecía a su voz; una risa que descubría dientes muy pequeños y separados; dientes extraordinariamente jóvenes en aquel rostro fino de blanca cabellera»…
«Trotsky no hablaba su lengua; pero, incluso en francés, la característica principal de su voz era el dominio total sobre lo que decía: la falta de insistencia por la que tantos hombres dejan adivinar que quieren convencer a otros para convencerse a sí mismos, la ausencia de voluntad de seducción. Casi todos los hombres superiores tienen en común, cualquiera que sea la torpeza de algunos en expresarse, esa densidad, ese centro misterioso del espíritu que parece nacer de la doctrina, que supera en todas partes y que da la costumbre de considerar al pensamiento como algo que hay que conquistar y no que repetir. En el dominio del espíritu, aquel hombre se había construido su propio mundo y en él vivía. Me acuerdo del modo en que me habló de Pasternak».
La conclusión de este artículo era desafiante. Malraux oponía el recuerdo del proscrito a las imágenes de una película presentada por el Partido Comunista que acababa de ver, la de una fiesta en Moscú «aplastada por los retratos gigantescos de Lenin y Stalin». En forma de apóstrofe, la conclusión era una adhesión a la causa del Viejo: «¿Cuántos pensaban en usted… entre esa multitud?. Seguramente, muchos. Antes de la película, hubo discursos, especialmente en favor de Thaelmann; el orador que se hubiera atrevido a hablar de usted, pasado el primer momento de inquietud, habría aplastado rápidamente la hostilidad burguesa y a la prudencia ortodoxa a la vez:. vive usted como un remordimiento en esa multitud que le silencia…Todos están con usted, contra el Gobierno que le ha expulsado: es usted uno de esos proscritos a los que no se consigue convertir en emigrados (…) Yo sé, Trotsky, que su pensamiento sólo espera su propio triunfo del destino implacable del mundo. ¡Que su sombra clandestina, que desde hace casi diez años va de exilio en exilio, pueda hacer comprender a los obreros de Francia ya todos a los que anima esa oscura voluntad de libertad, hecha tan clara por la expulsiones, que unirse en un campo de concentración es unirse un poco tarde. Hay demasiados círculos comunistas en los que ser sospechoso de simpatía hacia usted es tan grave como serIo hacia el fascismo. Su marcha y los insultos de los periódicos muestran que la revolución es una…».
Unas semanas antes, Trotsky había manifestado su simpatía con el visitante: «Léanse atentamente las dos novelas del autor francés Malraux Les Conquérants y La Condition humaine. Sin darse cuenta de las relaciones y consecuencias políticas, el artista formula un acta de fulminante acusación contra la política de la internacional comunista en China y, de la manera más sorprendente, confirma a través de escenas y personajes todo lo que la oposición de izquierda había explicado por medio de tesis y fórmulas…».
Durante todo aquel período (1933-1934), Malraux actuó abiertamente como activo simpatizante del que Churchill llamará el gran negador, al que quería volver a ver en la URSS, como quería un partido unido en el que los trotskystas tuvieran su lugar.
Era evidente que en esta opción tenía mucho que la condición de mito de Trotsky y su gesto en Moscú era un, pero también es cierto que Malraux se sintió identificado por algunos criterios básicos de la oposición, comenzando por el planteamiento de frente único contra el fascismo (el 6 de febrero de 1934, firmó un texto en favor del Frente único que los comunistas desaprobaban); su simpatía iba tan lejos como para conducirle a acciones más arrogantes que hablar en Ios mítines parisienses organizados casi en todas partes contra la expulsión de Trotsky. En una apasionante reunión celebrada en la sala Albony por iniciativa de la Liga Comunista (oposición de izquierda) y con el sector de izquierdas del Partido Socialista de Marceau Pivert, habló junto con éste, Pierre Frank e Iván Craipeau. En una reseña aparecida en La Vérite, órgano de la Liga Comunista se hizo ampliamente eco de la intervención de Malraux: «El orador lanzó un vibrante llamamiento a la realización de la Unidad para la tarea que se impone, la revolución en Francia. «Sepamos comprender que la revolución es una»- Volviendo sobre la expulsión del jefe de los bolcheviques leninistas, concluyó en medio de calurosísimos aplausos, prohibiendo que se «humille a una parte de la fuerza revolucionaria que hizo temblar San Petersburgo»
No obstante, en el mes de abril de 1935, Malraux llevó a cabo un gesto de ruptura a negarse a intervenir a favor de escritor revolucionario que tenía su leyenda en Francia, Víctor Serge, deportado por las autoridades soviéticas durante la primera gran purga que siguió al asesinato e Kirov. Con evidente amargura, Trotsky subrayó aquel silencio en La Vérite.

5. Con Stalin a pesar de todo.
Desde aquel momento, Malraux apareció como un incondicional de la política de Frente Popular, como uno de los portavoces de los compañeros de ruta del movimiento comunista, aunque siempre se permitió un grado de autonomía que, en muchas ocasiones, le convirtieron en molesto. De hecho, nunca aceptó los criterios del mal llamado realismo socialista, aunque nunca lo abordó frontalmente como lo haría Bretón.
Es conocido su discurso asombrosamente heterodoxo ante el Primer Congreso de Escritores Soviéticos de 1934, que provocó una dura réplica de un Karl Rádeck convertido en comisario de la cultura. Aunque los comunistas -dijo Malraux- han confiado en el hombre, los soviéticos no siempre han mostrado una confianza semejante en sus escritores. La literatura soviética pone de manifiesto los hechos externos concernientes a la URSS, pero no su ética ni, lo que es más importante, su psicología. En una nota de advertencia al Congreso, el dualismo de Malraux aparecía con claridad meridiana: «El marxismo -afirmó- es la consciencia de la sociedad; la cultura es la conciencia de lo psicológico». Luego, refiriéndose a la rica herencia de los clásicos rusos, Malraux puso de relieve que el rechazo de la psicología en el arte sólo podría conducir a lo que llamaba un individualismo absurdo. Estaba convencido de que el hombre vivo, se interpone siempre entre la doctrina y la literatura. La libertad esencial del artista no consistía en la libertad de hacer cualquier cosa, «sino en la libertad de hacer aquello que quiere hacer».
En su ideario subsistía plenamente la convicción de que el socialismo era la vía más humana, y se reafirmó en su anticolonialismo cuando en 1935, sesenta y cuatro intelectuales franceses defendieron la aventura abisinia de Mussolini en nombre de los valores Occidentales y de la civilización latina. Malraux replicó que occidente no había sido un concepto poderoso -o valioso- durante largos años.
Pero, Malraux creyó que el estalinismo no afectaba estas ideas, y lo aceptó tácticamente. Por esta razón, evadió los temas de fondo, hasta llegó a plantearse que lo que estaba ocurriendo en Moscú como un mero enfrentamiento personal entre Stalin y Trotsky. Esto explica que en febrero de 1937, durante el segundo gran proceso de Moscú, un periodista ruso, Wladimir Romm, declaró haber visto a Trotsky en París, en julio de 1933, y haber recibido instrucciones suyas para hacer sabotaje en la URSS. Éste replicó inmediatamente que, en julio de 1933, no estaba en París, sino en Royan, donde Malraux le visitó, y que éste podía dar prueba de ello, sin embargo, Malraux guardó silencio. Indignado, Trotsky escribió: «Malraux, al contrario de Gide, es orgánicamente incapaz de independencia moral. Todas sus novelas están impregnadas de heroísmo, pero él no posee esa cualidad en lo más mínimo. Es servil de nacimiento. Acaba de lanzar en Nueva York un llamamiento para que se olvide todo, salvo la Revolución española. No obstante, el interés por la Revolución española no le impide a Stalin exterminar a decenas de viejos revolucionarios…».
Malraux respondió: «EI señor Trotsky está hasta tal punto obsesionado por todo lo que le concierne personalmente que, sí un hombre que acaba de combatir durante siete meses en España, proclama que la ayuda a la República española debe ser antes que nada, para el señor Trotsky, esa declaración esa declaración debe ocultar algo». Y algunos días después, con motivo de una cena ofrecida en su honor por el periódico The Nation, Malraux establecía su propia criterio afirmando que al «igual que la Inquisición no ha socavado la dignidad fundamental del cristianismo los procesos de Moscú no han disminuido la dignidad fundamental del comunismo». Dicha comparación no era desde luego la que podían ofrecer los incondicionales, y tiene ciertas similitudes a la que ofreció Bertolch Bretch en su Galileo (Galileo se inclina ante la Inquisición consciente de sí bien en aquel momento no puede hacer otra cosa, la verdad no tardará en imponerse). Estaba claro que Malraux, tomando seguramente como referencia una pasaje de Los hermanos Karamazov, comparaba el estalinismo con la Inquisición, algo que ya decían sus los que denunciaban los procesos. Sin embargo, los procesos no socavaban la autoridad del comunismo. Aunque cabría hablar mucho sobre la Iglesia, aquí la cuestión era qué comunismo: el que se jugaba la vida y la libertad por restablecer la verdad, o el que estaba destruyendo todo lo que había de liberador de Octubre.
En una de sus polémicas con el entorno del PCF, el propio Malraux puso en cuestión el concepto de la continuidad revolucionaria. En su opinión esta se había convertido en una burla ¿cómo podían pretender los generales de Stalin, cargados de oro y condecoraciones, ser los legítimos herederos de los compañeros de Lenin?, y en más de una ocasión recordaría el viaje que hizo con Gide a Berlín para pedir la libertad de Dimitrov, y como luego el mismo Dimitrov hizo colgar al inocente Petkov. «¿Quién -preguntaba- ha cambiado; Gide y él mismo, o Dimitrov?». Una pregunta llena de pertinencia por supuesto que no se había atrevido a plantearse en la segunda mitad de los años treinta.
Durante la guerra española este dilema tuvo una traducción particular. Malraux prefirió jugar el juego con los comunistas, los únicos capaces en su opinión, de levantar un dique al avance fascista. Inmerso en esta lógica dejó que su escuadrilla tuviera un comisario político estalinista. También rompió todas relaciones con el POUM (Partido Obrero de Unificación Marxista), y mantuvo su silencio cómplice para condenar la caza de brujas de trotskystas y anarquistas a la que se entregaron las gentes de la NKVD y algunos de los jefes de las Brigadas Internacionales. Tampoco dijo nada sobre el extraño proceso al término del cual se fusiló inmediatamente a Zinóviev y a Kaménev, los dos lugartenientes de Lenin, ni sobre la extensa lista de escritores fusilados o desaparecidos sobre los que no cesaban de llamar angustiosamente la atención Víctor Serge y los surrealistas…
En una cita-declaración de Paul Nothomb (un joven comunista belga que en 1936 tenía veintidós años) en su libro Malraux en España (recientemente editado en Edhasa), escribe: «Hoy me consta que los que fuimos sin duda sinceros comunistas éramos los cómplices de grandes crímenes. Nos encontramos a finales de 1936, es decir, en el momento en que Stalin se lanza a sus purgas más sangrientas, cuyos ecos llegan hasta nuestros oídos y dan lugar a violentas discusiones entre nosotros. Después de todos estos años, sin embargo, me niego a considerar a mis camaradas del Partido de manera distinta a como lo hacía entonces».
¿Qué esta diciendo Nothomb?. Dos cosas que no son contradictorias. De un lado, valora aquel momento cuando, gracias a su experiencia en la aviación, se enrola en la escuadrilla España que André Malraux para acudir en ayuda de la República española. Rememorando este compromiso de juventud, de revuelta exigente contra el orden burgués. Nothomb precisa en la página que acabo de citar: «La adhesión a la doctrina de Lenin nos unía como la fe une una orden de monjes soldados». Con ello no está hablando de algo que se pueda amalgamar con el gran terror, sino de algo paralelo que, aunque ciego ante lo que, por perspectiva histórica, por su educación sectaria, no son capaces de ver, y se niega a considerar que sus camaradas fueran responsables de todo aquello. Ellos dieron lo mejor de sí mismo por una causa que lo merecía, y cuando tomaron conciencia de lo que fue el estalinismo, llamaron las cosas por su nombre…Se siente cómplice en el sentido más noble del término, es decir acepta su responsabilidad, pero, insisto, dicha complicidad no menoscaba la generosidad de su experiencia. Algo semejante se podría decir del Malraux capaz transpirar la solidaridad y la generosidad del pueblo en armas en una novela y una película, dos obras inmortales donde las haya que, a su vez, no quita que Malraux se equivocara de pleno en la cuestión de la política comunista oficial como reconocería años después, aunque desde una óptica muy diferente a la de Nothomb (10).
Desde una óptica que se negaba a ver detrás de la grandeur gaullista, por ejemplo la barbarie colonialista.

6. Epílogo gaullista.
Se ha discutido mucho que hay de ruptura y de continuidad en la lenta, subterránea pero clamorosa apostasía de Malraux. Lo mismo que en el caso de Paul Nizan, el pacto nazi-soviético tuvo un efecto decisivo sobre él pero, a diferencia de aquél, él no era del partido, además no hizo pública su defección, aunque su reacción fue airada: «Volvemos a estar a cero». La izquierda, opinaba, estaba herida de muerte, pero ansiaba comenzar de nuevo sobre otras bases. El caso como Coronel Berger fue un obstinado oponente de la fusión del MLN con el Frente Nacional Comunista. Luego, emergió de la guerra como Ministro de Información de Gaulle. La pregunta es, ¿por qué el gaullismo? Está claro que esta opción no tuvo lugar cuando el PCF estaba en descrédito, todo lo contrario. Tampoco entró en liza fácilmente, y por lo general no respondió a acusaciones como las vertidas por Garaudy, que lo tachó de mercenario, de haber sido parcialmente responsable de la «aventurerista Comuna de Cantón, que acabó en una enorme carnicería de trabajadores y demócratas», amén de volver a Francia «justo a tiempo de entrar en relación con Trotsky que, desde entonces, se convirtió en su padre espiritual». También lo tacharon de fascista, algo que no se corresponde a la verdad. Malraux por ejemplo nunca habló de la dictadura de los sindicatos como haría Vargas Llosas en pleno fervor thatcheriano. Más que de fascismo, cabe registrar que Malraux cambió su admiración por las elites revolucionarias por la de los pocos de la Batalla de Inglaterra, pasó de loar a Trotsky para hacerlo con De Gaulle y Churchill, y 1917 y la República española por el Imperio Británico. Su alegación de que «no se trata… de sí usted es comunista, anticomunista, liberal… ya que, el único problema real es saber cómo -por encima e esas estructuras- y de qué manera podemos recrear al hombre», revela la medida de su antipatía para con el materialismo. «La herencia europea -concluyo- es el humanismo trágico», y sí no quiso ver los procesos de Moscú, tampoco quiso enfrentarse con los desastres humanitarios del Tercer Mundo.
También cambió de centralidad, tal él mismo explicará en su última obra de ficción: Les Noyers de l´ Altenburg (publicada en 1948 y de la que no me consta que haya traducción), el lugar de la acordada a la cuestión social durante el período radical que le dio fama internacional, ahora observa y se reafirma en la centralidad de la cultura occidental. Distingue esta de las demás por su resistencia a la fatalidad y al destino, y por su investigación de la psicología del individuo. En un discurso pronunciado en 1946 ante la sesión inaugural de la conferencia de la UNESCO en la Sorbonne, dividió las culturas en bloques étnicos o geográficos: rusa, americana y europea. «La fortaleza de Occidente -dijo- radica en su aceptación de lo desconocido». Lejos quedaba la descripción indignada de las atrocidades cometidas por el avaricioso Imperio Británico de Les Conquérants. Y, adelantándose al neoliberalismo advirtió que los europeos sentían mala conciencia ante sus privilegios y colonias, mientras que los Estados Unidos (y Rusia) aún consideraba legítimos sus privilegios.
Malraux se reafirmó en el nacionalismo mientras criticaba la instrumentalización que Stalin había hecho del internacionalismo.. «Nosotros -diría- habíamos creído que, haciéndonos menos franceses, nos hacíamos mas humanos. Ahora sabemos que simplemente, nos hacíamos más rusos». Rusia había dejado de lado a la Internationale con un «amplio gesto desdeñoso». Su liberalismo se cohesionó tras una conversación con el extrotskysta, James Burham, a la sazón convertido en uno de los teóricos de la revolución conservadora entre finales de los años cuarenta y principios de los cincuenta. Malraux hizo su propia versión del fin de las ideologías, según la cual las viejas categorías de izquierda, centro y derecha, habían dejado de ser válidas; en consecuencia, era absurdo llamar reaccionario al gaullismo. Burham era partidario de ilegalizar el PCF, algo que a Malraux le repugnaba. De alguna manera, era perfectamente consciente del papel de éste en la sociedad francesa.
Hizo un reconocimiento explícito durante el mayo del 68. José Bergamín contaba que un día pasó por delante del Ministerio de Cultura y le picó la curiosidad por saber que pensaba de todo aquello su antiguo compañero, ahora ministro. Atravesó los largos pasillos sin encontrarse a nadie, todos los funcionarios secundaban la huelga general. Llegó hasta el despacho de Monsieur Le Ministre, quien en medio de la conversación le confesó «Felizmente, tenemos el partido comunista». En otra ocasión habló de aquel partido ahora dirigido por oscuros funcionarios como Waldeck Rochet y George Marchais como «la última barricada» de un sistema social que cuando él fue plenamente Malraux, llegó a cuestionar y contra el cual escribió sus mejores obras.
Sant Pere de Ribas

Notas
(1) Entre los diversos estudios que enfocan la relación de Malraux con el comunismo destacan los de David Caute, El comunismo y los intelectuales franceses. 1914-1966 (Col, Libros Tau, Vilasar de Mar, BCN, 1967), y Compañeros de ruta (Ed. Grijalbo, México, 1975), y especialmente el de Herbert R. Lottman, La Rive Gauche. Intelectuales y política en París, 1935-1950 (Ed. Blume, BCN, 1985).
(2) La mayor parte de datos de este trabajo están extraídos de la celebrada biografía que le dedicó Jean Lacouture, y que aquí fue editada en 1976 por Euros, una editorial de izquierdas ligada a un vástago de la familia Godó y a La Vanguardia. Como anécdota cabe señalar que el extenso capítulo dedicado a las relaciones entre Malraux y Trotsky fu reproducido por la prestigiosa revista Triunfo con una foto de Trotsky en la portada.
(3) Aunque ahora se trata de amalgamar toda la historia soviética con el Gulag, lo cierto es que, una vez pasada la guerra civil en la que la revolución se jugaba a vida o a muerte, la eliminación de los adversarios no comenzó de una manera sistemática hasta la entronización definitiva de Stalin («el Lenin de hoy») al poder absoluto. El mismo hecho de que Trotsky fuera primero deportado, y luego exiliado fue algo que hubiera resultado impensable unos años después. El primer opositor asesinado fue Jakob Blumkin, un opositor arrepentido que fue a visitar a Trotsky a Prinkipo. Se daba la casualidad de que Blumkin había sido uno de los eseristas de izquierdas que atentaron contra Trotsky cuando su grupo consideró como una traición la firma de la paz de Brest-Listovk. Aunque oficialmente fue fusilado, Blumkin se hizo bolchevique y fue uno de los secretarios de Trotsky desde la guerra civil.
(4) Este título corresponde a uno de los más famosos artículos del periodista norteamericano John Gunther en el que hacía un paralelismo entre la estancia de Trotsky en Prinkipo con la de Napoleón en Elba. En aquel entonces, tanto a la izquierda como a la derecha, nadie tenía claro sí Trotsky podría volver al poder, una hipótesis que en las cancillerías se tenía muy en consideración, sin ir más lejos, el propio Hitler la barajó como una de las variantes negativas que podía provocar su invasión a Rusia. Lacouture también se hace eco del paralelismo para ampliarlo a Malraux cuando escribe: «Imaginemos a Napoleón en Elba, discutiendo de estrategia con Stendhal, y éste con Fabrice y Grouchy…».
(5) Malraux nunca negó su afinidad con obras de Trotsky como Literatura y Revolución, Mi vida (que tanto entusiasmo literariamente a un Francois Mauriac) y sobre todo, con su Historia de la Revolución rusa, a la que, ya como ministro, recomendó a unos estudiantes egipcios sí «querían comprender el siglo XX». En una entrevista en la ORTF con ocasión de la publicación de sus Antimemorias donde considera a Trotsky, «con De Gaulle. Mao y Nehru, como el hombre más notable (que él haya) encontrado»).. su interlocutor intento establecer un paralelismo entre Michelet y el autor de la Historia de la revolución rusa. Malraux entonces objetó: «Trotsky era Michelet sin generosidad. Trotsky no tenía los brazos abiertos. Había en él una profunda fraternidad. bastante noble; pero no era generosidad», seguramente recordando su intransigencia militante.
(6) Sobre la relación de Trotsky con la izquierda intelectual francesa de los años treinta, me remito a mi edición del Manifiesto por un arte revolucionario e independiente (Ed. El Viejo Topo, BCN, 1999), y a mi artículo sobre Gide aparecido en esta misma revista (abril 2001, nº 151). Este apartado podría ser ampliado a otros nombres, como por ejemplo, Simone Weil, cuyo biógrafo asegura que fue en su casa paterna donde se celebró el Congreso fundacional de la IV Internacional en 1938, aunque las fuentes «trotskyanas» aseguran que la casa la puso Alfred Rosmer. En todo caso, Simone mantuvo una cierta relación, y un debate, con Trotsky durante la estancia en Francia de éste, y militó en el grupo Revolution proletarianne que durante la guerra española mantuvo una colaboración tanto con el POUM como con la CNT.
(7) La historia de la revolución china anterior a la Larga Marcha existen numerosas aportaciones como la célebre de Harold Isaacs o los estudios sobre los orígenes de la revolución china efectuado por Lucien Bianco, o el de Pierre Broué La question chinoise dans l´Internationale Communiste (EDI, París, 1967). Fernando Claudín ofrece una buena reconstrucción de los problemas y debates de entonces en La crisis del movimiento comunista internacional (Ruedo Ibérico, 1971).
(8) Esta evocación de Malraux fue traducida y publicada por la revista la Izquierda comunista española, Comunismo, y reproducida en la amplia antología publicada por Ed. Fontamara (BCN, 1977). Lacouture lo cita ampliamente.
(9) La inclusión de unas imágenes en la que Trotsky abre la puerta a Malraux (acompañado por un joven trotskysta luego asesinado), es una auténtica «licencia» en una película (Stavisky, protagonizada por Jean Paul Belmondo) que se permitieron su director, Alain Resnais, y su guionista, Jorge Semprún, como un contrapunto que fue muy discutido. Y ya que hablamos de cine, entre finales de los setenta y principios de los ochenta se habló insistentemente de una adaptación fílmica de La condición humana que, al parecer, debía dirigir Fred Zinneman con Ives Montand entre los protagonistas. Recuerdo que éste último justificó -en una entrevista en TV2- el cancelamiento del proyecto porque ya nadie se podía creer aquella fervorosa evocación del idealismo comunista… Ahora se vuelve a hablar de otra tentativa con Oliver Stone detrás las cámaras.
(10) En una amplia reseña del libro aparecida en El País (18-12-2001), Jorge Semprún, describe a Nothomb como «seducido y aducido por el ideal bolchevique, el idealismo revolucionario de un bolchevismo irreal que se encamaría en los horrores del socialismo real», y reconoce que éste describe «un espíritu de compañerismo inaudito, un extraordinario buen humor en todo momento, hasta el punto de que, al recordar esas horas pasadas, no puedo dejar de pensar que vivimos uno de esos raros instantes en que la fraternidad humana, eso tan a menudo adulterado, se convierte en algo más que una palabra, que un eufemismo.». Semprún no disocia estos conceptos –muy similares a los de la «solidaridad viril» que Malraux veía encarnada en el activismo revolucionario- del horror estalinista, y trata, una vez más, de abordar una cuestión que describe como sí fuera un entomólogo, o sea como alguien que esta más allá de la historia. aunque esto no es el lugar, cabe recordar al menos algunas cosas, tales como que Semprún aparte de ser un antiguo comunista oficial (que como Federico Sánchez se la jugó contra el franquismo cuando los liberales no se atrevían ni a carraspear), fue luego un marxista heterodoxo (conocido sobre todo por su labor como guionista del cine político), para acabar, finalmente, como un arrepentido neoliberal, como un anticomunista a veces digno del ABC, que mira la Norteamérica (republicana) con la misma devoción con que antaño miró la URSS, solo ahora sus combates por la libertad (de las multinacionales) tiene un carácter mucho menos noble que cuando creyó en el comunismo. Por ejemplo, durante la guerra de Golfo, Semprún dictó como ministro la exclusión de una lista de funcionarios que habían firmado un manifiesto contra la guerra.

Mary Low: 1912-2007 (Pepe Gutiérrez-Álvarez)

El 9 de enero de 2007 falleció en Miami, y a los 94 años, la escritora y pedagoga, Mary Stanley Low, surrealista y militante trotskista, especialmente conocida entre nosotros gracias a la edición en Alikornio de su Red Spanish Notebook, que aquí se tituló más correctamente Cuaderno Rojo de Barcelona, en los que la parte correspondiente a Mary registraba once instantáneas entre agosto y diciembre de 1936, que ofrece la visión de alguien que quiso dejar su vivo testimonio de la Barcelona roja y negra y que, aparecen personajes o hechos históricos relevantes. Mary trabajó en la radio poumista en las emisiones en inglés, pero como periodista escruta sobre todo los pequeños detalles en la vida cotidiana, esta capacidad fue muy valorada por alguien como George Orwell, que sabía muy bien de lo que hablaba.
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Frida y Diego: una pareja de cine (Pepe Gutiérrez-Álvarez, 2007)

Aún siendo de lejos la más conocida, la Frida de Salma Hayek-Julie Taymor, no es la primera vez que la gran pantalla enfoca la vida y época de Frida Kahlo (1)   La mejor hasta es el momento sigue siendo la Frida de Paul Leduc, que contaba con una Ofelia Medina impresionante Frida que desde luego no habría suscitado el comentario que Maria Félix que la conoció personalmente, efectuó sobre Salma Hayek: “No se parece en nada”. Leer artículo «Frida y Diego: una pareja de cine (Pepe Gutiérrez-Álvarez, 2007)»

Murió el luchador anarquista Eduardo Pons Prades, la memoria del pueblo (Pepe Gutiérrez, 2007)

Murió el 25 de mayo, a los 87 años, Eduardo Pons Prades, combatiente, escritor e historiador anarquista.

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In memoriam. Manel Alberich i Olivé (Pepe Gutiérrez-Álvarez)

Tuve ocasión de conocer hace muchos años a Manel Alberich allá por 1977, cuando era un militante reconocido en las filas del PSC de L´Hospitalet, y me lo presentó mi primera amistad poumista, Joan Rocabert (1916-1997) con el que había tratado en la animada casita de Francecs Pedra, y el mismo que años más tarde sería reclutado por Ken Loach como asesor militar en el frente de Aragón donde llegó a ser oficial del estado Mayor de la 29ª División.

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Orwell, un poumista atípico (Pepe Gutiérrez-Álvarez)

Después del «revival» recreado en base al pretexto de su novela, 1984, y que, en su sentido más influyente fue orientado a reforzar el discurso neoconservador, convirtiendo en la medida de lo posible el pensamiento izquierdista y socialista, y por lo mismo, antiestalinisra de Orwell, en una bateria más en el proyecto de derrotar el comunismo con la descomposición y caída del estalinismo, en este año se ha vuelto a hablar ampliamente de Orwell, ahora con un pretexto, digamos más normalizado: el de su centenario. Al igual que en 1984, el pretexto puede servir para recomponer la verdad y restablecer el espíritu libertario de Orwell. Para ello hay puertas como la que ha abierto editorial Tusquets con la edición del voluminoso Orwell en España (tr. Antonio Prometeo Moya), siguiendo la edición británica de Peter Davison. El libro comprende, aparte de una edición completa del ya célebre Homenaje a Cataluña (que conoció diversas ediciones en los últimos tiempos, en Virus y en Círculo de Lectores, entre otras), se ofrecen otros ensayos poco conocidos, como lo son las reseñas de libros sobre la guerra española (como el de Mary Low y Juan Brea, o La forja de un rebelde, de Arturo Barea), amén de su correspondencia española, que amplia por lo tanto la documentación facilitada en la edición de Destino, Mi guerra civil española (Barcelona, 1978, tr. de Rafael Vázquez Zamora y Josep C. Vergés).
Recordermos que, aunque ignoraba la trama política española, Orwell había estado atento a lo que ocurría en España desde 1931, y siguió con interés el triunfo del Frente Popular en las elecciones de febrero de 1936. Cuando estalló la sublevación militar-fascista con el burdo pretexto de contrarrestar un inexistente «complot comunista»(1) la conmoción internacional que causó le afectó muchísimo y desde los primeros días de la guerra se convenció tan firmemente de que su sitio estaba en las trincheras antifascistas que nada ni nadie lo pudo contener . El golpe militar-fascista se inició con el convencimiento de que sería un simple paseo militar. Su primera actuación fue contundente, utilizando una cínica maniobra logró cribar dentro del ejército a los militares antifascistas y planeó la conquista de los principales centros vitales del Estado a cualquier precio. Pero a pesar del desconcierto inicial (por la total falta de previsión de una izquierda que no supo sacar conclusiones de unos preparativos golpistas que eran un secreto a voces), los trabajadores, a veces sin más armas que su propio entusiasmo, lograron arrebatar a los sublevados las principales capitales del Estado y las zonas más industrializadas. La primera batalla de la guerra había sido ganada por las masas.
Así lo entendió Orwell que escribió: «En los primeros meses de la guerra, el verdadero enemigo de Franco no fue el gobierno, sino los sindicatos. Apenas se produjo el alzamiento, los organizadores obreros de las ciudades replicaron primero con una huelga general, luego exigiendo y, tras un cierto forcejeo. apoderándose de las armas de los arsenales. De no haber obrado espontáneamente y de un modo más o menos independiente, es muy posible que Franco no hubiera encontrado resistencia. (…) El gobierno había hecho muy poco o nada para impedir el alzamiento, que algunos habían previsto con bastante anticipación, y cuando empezó la lucha su actitud fue débil y vacilante, hasta el punto de que España tuvo nada menos que tres primeros ministros en un solo día (2). Además, la única decisión que podía salvar del peligro inmediato, armar a los obreros, sólo se tomó muy en contra de su voluntad y para aplacar los violentos clamores populares. Sin embargo, se distribuyeron armas y, en las grandes ciudades del este de España, los franquistas fueron derrotados a costa de un grandioso esfuerzo, principalmente por parte de la clase obrera, ayudada por las fuerzas armadas (guardias de asalto, etc.) que habían permanecido fieles al gobierno. Este esfuerzo probablemente sólo lo podían hacer quienes luchaban con unos propósitos revolucionarios, es decir, creyendo que luchaban por algo mejor que el statu quo…(3).
La derrota inicial obligó a los sublevados a emplear mejor la ayuda que Mussolini –vía J. A. Primo de Rivera, su agente en España- venía prestando desde los inicios de la conjura, lo que permitió unir los focos africanos con los de la península. La internacionalización del conflicto se planteó pues desde los primeros días, pero la República sólo recibió el apoyo de los voluntarios de todo el mundo que se alistaron en las milicias o los que formaron las Brigadas Internacionales. Unirse a éstas fue según su propia confesión, el impulso inicial de Orwell que siempre lamentó no haberse encontrado en el frente de Madrid, centro de la guerra civil. Para ir a España tuvo que empeñar objetos de valor y quedó en la peor situación económica que había conocido.
Se ha discutido mucho sobre las razones íntimas que impulsaron a Orwell a emprender, con tanto empeño, su aventura española. Se ha dicho que lo empujó la frustración por no haber sido uno de los etonianos voluntarios en la primera guerra mundial por lo que, según sus propias palabras, se sintió menos hombre». También se ha hablado de su mala conciencia birmana, pero ni una ni otra tienen base documental. Una opinión interesante e interesada es la de la escritora, Teresa Pámies cuando se pregunta : «¿Quiso sentir en España lo que siente un hombre con un fusil en la mano, en una guerra de verdad? Sería injusto decir que Orwell se fue a España, el año 1937, –con fines literarios, para experimentar sensaciones inéditas (que le permitieran escribir un libro sobre la guerra revolucionaria. En realidad, España le ofreció a Orwell la posibilidad de vivir lo que Malraux calificó como mon heure lyrique» (4).
Con una erudición muy superior, la conclusión de su biógrafo Bernard Crick es que, efectivamente, Orwell se había quedado «seco» literariamente y buscaba en España una fuente de inspiración. El hecho más verosímil, a mi juicio, es que se trató de una combinación de factores entre los que la voluntad de combatir por la libertad no fue el último, aunque el literario fuera el primero. Durante su estancia en España, Orwell no mostró ninguna voluntad por parecer y ser escritor; pudo haber muerto muchas veces antes de que, después de mayo de 1937, se le ocurriera escribir su homenaje a la Cataluña revolucionaria. Su camino en España también se hizo al andar, descubrió el socialismo y la dignidad humana entre sus compañeros que serían luego acusados de «agents provocateurs».
Orwell abandonó Londres el 22 de diciembre y llegó a Barcelona el 26, dos semanas antes que el contingente del ILP. En la víspera de su viaje había mantenido una entrevista con Harry Pollit, a través de John Strachey, a la sazón secretario general del PC británico. Éste, contó, Orwell, «después de haberme planteado varias cuestiones, decide evidentemente que yo era políticamente poco seguro y rechaza ayudarme; para quitarme la idea de partir trata de espantarme insistiendo sobre el terrorismo anarquista». Pollit le aconseja que pase por la embajada española en París, ciudad donde Orwell tendrá un breve encuentro con Henry Miller. Camino de Barcelona, se siente conmovido por los campesinos franceses que saludan a los expedicionarios con los puños en alto. En su bagaje llevaba «Ios conceptos normales del ejército británico», que se convertirán en los valores de un experto ante una tropa con tanto entusiasmo como ignorancia militar. Fue comprendiendo que «Ios buenos militantes eran los mejores soldados», pero para ello era imprescindible una preparación previa y, escandalizado ante la falta de disciplina, se empeñó en enseñar a sus compañeros. En las trincheras descubre «el socialismo» en su significación más profunda, como acción revolucionaria de las masas. En un medio sucio, sin medicinas, sin apenas instrucción, conoció la igualdad en las trincheras, la democracia sin jerarquía, la fraternidad sin hipocresías, la fidelidad de clase, la generosidad ilimitada….Está enrolado en la 29. a División Rovira, perteneciente al POUM, pero ello es fruto de la casualidad. El equipaje de Orwell no incluía ninguna postura partidista y, tal como entendía las cosas, el Partido Comunista le pareció el más conveniente .
El escritor y militante revolucionario ruso-francés Victor Serge, cuenta en sus Memorias las dificultades casi insalvables que existieron en la segunda mitad de los años treinta –época de ascenso simultáneo del fascismo y del estalinismo, y que él definió como de «medianoche en el siglo»- para criticar la degeneración grosera de la revolución rusa y la contrarrevolución burocrática. (5) Los obreros consideraban que estas críticas eran una manera de dividir aún más sus filas y hacerle así el juego al fascismo desprestigiando el único baluarte sólido contra éste en un momento en que las democracias mostraban su debilidad. Por otro lado, les era muy difícil comprender que detrás de la utilización de los símbolos tradicionales del comunismo se escondía una política antirrevolucionaria derivada del interés de Stalin en subordinar el movimiento obrero a su juego diplomático, que pasaba por un entendimiento con las clases dominantes de las potencias imperialistas democráticas (6).
Para muchos obreros el Frente Popular era un aplazamiento táctico de la revolución. Pero no lo veían así muchos intelectuales que anteriormente se habían opuesto radicalmente a la revolución rasa, y ahora se sentían identificados aunque fuera parcialmente, con un estalinismo que perseguía la revolución. Este fue el caso de Beatriz y Sydney Webb, de Shaw y Wells. Algo parecido ocurrió con las mentiras del estalinismo; mientras los obreros se mantenían al margen del asunto –como hizo notar Orwell en sus escritos–, los intelectuales como Barbusse, Rolland, Aragon, Éluard, etc., no podían ignorar las barbaridades dichas, pero todos se prestaron desde los más altos a los más bajos, a la campaña de desprestigio del POUM y de los «trotskystas» en España, apoyando desde la prensa de París, Londres o Nueva York, una reedición hispana de los fraudulentos juicios de Vichinsky-Stalin. Con el tiempo, la mayoría de estos intelectuales se desplazaron hacia posiciones anticomunistas vulgares mientras que Orwell, siempre a su manera, se mantuvo fiel a sus concepciones éticas y socialistas.
Durante este período, Orwell compartió también una «luna de miel» con los comunistas. Mantenía excelentes relaciones con muchos de ellos y aunque sintió repugnancia por los «procesos de Moscú», pensó que los comunistas que se encontraban fuera de la URSS no tenían por qué estar implicados en el asunto. Carente de una coherencia doctrinaria, no tenía prejuicios frente a ellos, que le parecían además mucho más eficaces. «No es difícil comprender por qué en esta época –inicial de la guerra- yo prefería el punto de vista comunista al del POUM. Los comunistas seguían una política concreta y práctica, una política que era evidentemente mejor desde el punto de vista del sentido común, que sólo presta atención a los meses inmediatos. Y, desde luego, la política improvisada del POUM, su propaganda y todo lo demás, era algo indeciblemente malo; así tenía que ser, ya que de los contrario hubieran atraído a un número mucho mayor de seguidores. y lo que acababa de remachar el clavo era que los comunistas –o así me lo parecía- estaban llevando adelante la guerra, mie91tras que nosotros y los anarquistas no adelantábamos ni un paso. Ésta era la opinión general en esa época. Los comunistas habían aumentado su poder e incrementado de un modo enorme los efectivos de su partido apelando a las clases medias contra los revolucionarios, pero en parte también porque eran los únicos que parecían capaces de ganar la guerra. El armamento ruso y la magnífica defensa de Madrid, realizada por tropas que en su mayor parte dependían de los comunistas, los habían convertido en héroes de España. Como alguien dijo, cada avión ruso que volaba sobre nuestras cabezas era propaganda comunista. El purismo revolucionario del POUM me parecía lógico, pero también más fútil. En definitiva, lo único que importaba era ganar la guerra» (7).
No tenía más vínculo con el POUM que el establecido accidentalmente a través del ILP. En una de sus cartas escribe: «Casi por accidente me afilié a las milicias del POUM, en lugar de a la Brigada Internacional, lo que ha sido en parte una lástima pues significa que nunca veré el frente de Madrid». No entendía muy bien el interés de los poumistas en justificar su razón revolucionaria con citas de Lenin ad nauseaum, y de hecho se sintió también más identificado con la manera de ser y actuar de los anarquistas por los que experimentó una gran simpatía :.–limitada por su desconfianza en el utopismo de éstos–, pero al fin sus compañeros de las trincheras lo fascinaron y cuando descubrió que eran tachados de «quintocolumnistas» y perseguidos, no se replegó, sino que por el contrario sintió avivada su identificación, y cuando el POUM fue ilegalizado lamentó con dolor no haberse afiliado antes a este partido.
Su estado de «virginidad» política no podía durar mucho tiempo. En un principio, cuando sus compañeros de trinchera le presentaban a alguien de otra tendencia obrerista, no salía de su estupor, «es qué no somos todos socialistas ? ». Pero la cuestión era mucho más compleja y así acabó entendiéndolo: «Me parecía idiota que unos hombres que luchaban por sus vidas militaran en partidos separados; mi actitud era la actitud «antifascista» más ejemplar, cuidadosamente difundida por los periódicos ingleses, sobre todo con el objeto de que la gente comprendiese la verdadera naturaleza de la lucha. Pero en España, y especialmente en Cataluña, ésta era una posición que nadie podía mantener indefinidamente. Gradualmente o por la fuerza todo el mundo acaba por tomar partido. Porque, incluso sí a uno le eran completamente indiferentes los partidos políticos y sus respectivas «líneas» en pugna, era obvio que el destino personal de cada cual dependía también de estas cuestiones. Un miliciano era un soldado que luchaba contra Franco, pero también era un peón de una gigantesca batalla que se estaba librando entre dos teorías políticas. . .»(8).
Con el tiempo fue madurando y, Orwell aplicó su inteligencia natural al estudio de los datos más importantes. Para ello no se dejó llevar por ninguna labor de adoctrinamiento y proselitismo, ni dejó que le pusieran unas anteojeras con las que sólo podría ver la verdad de un aparato determinado… Le sirvió su experiencia concreta, su conocimiento nada desdeñable de todas las opciones que conoció sin prejuicios, y leyó todo lo que le cayó entre manos sobre la guerra y. sobre las polémicas políticas que marchaban paralelas. Cuando en 1937 volvió a verle el dirigente socialista Fenner Brockway que ya lo había tratado antes de su llegada a Barcelona y durante los primeros tiempos de la guerra, quedó sorprendido por su madurez.
Lo primero a destacar es sin duda su identificación natural y profunda con la revolución. Comprendió que se encontraba «en el corazón de la sección más revolucionaria de la clase obrera española» . En una carta, a Connolly, escrita desde el hospital donde yacía herido en una mano –y donde por primera vez fue visitado por Eileen–, decía: «He visto cosas maravillosas y, finalmente, creo realmente en el socialismo, lo que no me había ocurrido nunca». Lo segundo a destacar es quizá su amor por la gente que luchaba, su aprecio por los que había conocido en las trincheras. Se sentía conmovido por la «amistad que nos demostraban los campesinos», que tradicionalmente temían la proximidad de unas tropas y que sin embargo a ellos les «ponían siempre muy buena cara… supongo que porque pensaban que, por muy molestos que fuéramos, gracias a nosotros no volvían los terratenientes de antes».(9). En el primer párrafo de Homenaje a Cataluña simboliza en un miliciano italiano desconocido el sentimiento de fraternidad que le había cautivado:
«Era un joven de veinticinco o veintiséis años, de aspecto vigoroso, pelo rojizo, amarillento y hombros anchos. Llevaba una gorra de piel, de visera puntiaguda, provocadoramente ladeada sobre un ojo. Yo le veía de perfil, con la barbilla hundida sobre el pecho, contemplando con ceño fruncido y expresión de perplejidad el mapa que uno de los oficiales había desplegado sobre la mesa. Había algo en su cara que me emocionó profundamente. Era la cara de un hombre capaz de cometer un asesinato 0 de dar la vida por un amigo, la clase de cara que uno hubiera supuesto que correspondería a un anarquista, aunque existían las mismas probabilidades de que fuera comunista. En ella había a un tiempo algo de candor y ferocidad; y también la conmovedora reverencia que las personas incultas tienen por las que suponen superiores. Evidentemente, no entendía ni jota de aquel mapa; y evidentemente consideraba que saber interpretar mapas era una prodigiosa hazaña intelectual. No sé muy bien por qué, pero en pocas ocasiones he conocido a alguien –me refiero a un hombre- por quien haya sentido una simpatía tan inmediata…» (10).
Otro factor sobresaliente en su formación fue su insaciable voluntad dé conocer los hechos, de comprenderlos. Dos poumistas que lo trataron en la 29.a División subrayaron este aspecto al escribir: «Se podía ver inmediatamente que sentía el mismo placer que un niño al observar. Su mirada fija de introvertido no constituía un obstáculo, ya que podía establecer pronto una calurosa relación. La mayoría de los milicianos eran jóvenes y alegres, como los describió él mismo, y ninguno de ellos pudo imaginar que aquel extranjero de piernas largas, que debía de andar a gatas en las trincheras mientras los demás andaban normalmente, era un intelectual, un escritor que notaba todos los detalles de su entorno, y notablemente los trazos psicológicos de los seres humanos con los que compartía su vida con toda camaradería. . .
Contrariamente a otros voluntarios extranjeros presentes en las milicias… Orwell había venido a tomar parte en los combates, sin querer significarse, ya que no era un aventurero en busca de honores y decoraciones. Durante todo el tiempo que pasó en el frente, no dejó nunca las trincheras, salvo una vez que fue herido y otra por un corto permiso –por lo que se entiende que nunca buscó entrar en contacto con la jerarquía militar, con los hombres políticos o con los periodistas, que se podían encontrar en las divisiones más o menos alejadas de las primeras líneas…(11).
La actuación de Orwell en las trincheras se puede calificar de modesta y valerosa al mismo tiempo. Curiosamente, temía más a las ratas que a las balas. Una noche en que el campamento estaba durmiendo, una rata le había estado fastidiando reiteradamente. Orwell, bastante nervioso, sacó su fusil y disparó contra el animal, ocasionando un gran revuelo. Los dos frentes se pusieron a disparar, la artillería rugió y algunos destacamentos salieron a patrullar. Sus otras preocupaciones no eran mucho más heroicas, se trataba del sueño, el frío o los cigarrillos, y no de un adversario entre los que adivinaba a muchos infelices obligados a luchar contra sus propios intereses. En una ocasión se negó a disparar sobre un «fascista» que tenía caídos los pantalones porque un hombre en dicha circunstancia no podía ser un fascista. Esta posición antiheróica es uno de los encantos imperecederos de Homenaje a Cataluña. Durante su estancia en el frente no escribió nada relevante. Había llegado a España como corresponsal del órgano del ILP, New Leader, y lo fue también de otros diarios y revistas. Escribió muy poco y lo que hizo lo firmó como E. A. Blair, su nombre auténtico, pero con el que era absolutamente desconocido.
En el orden de factores que dieron forma y cuerpo a sus posiciones políticas hay que contar, finalmente, el de su incorruptible sinceridad y amor a la verdad. Temía las trampas ideológicas, y creyó pura y simplemente en lo que como santo Tomás pudo tocar directamente con las manos. Desarrolló individualmente una investigación que le llevó a comprender que se encontraba en una situación muy compleja, pero ante la cual no podía permanecer neutral y menos indiferente. Cuando llegaba a unas conclusiones, nunca pretendía haber llegado a una verdad definitiva y lo que creía lo intentaba contrastar con otras fuentes escritas españolas y extranjeras. Hasta mayo de 1937, las controversias… sobre el curso político de la guerra habían tenido un lugar más bien secundario en sus preocupaciones que se centraban en el campo de batalla, aunque no tardó en plantearse una serie de cuestiones que comenzaba a ver claras y que le enfrentaban con la línea gubernamental, cada vez más abiertamente pro burguesa, y con su vanguardia que era, suprema ironía de la historia, el Partido Comunista. Éste había realizado un giro de 180° desde que en la primera etapa de la República había defendido descabelladamente el derrocamiento de ésta por «reaccionaria» y la instauración de unos «soviets» inexistentes.
La verdad le parecía, en el fondo muy sencilla y era hija de una realidad que había podido comprobar desde la primera fila. Sabía que nadie le podía discutir honradamente el hecho incuestionable del carácter obrerista y pro socialista de las primeras batallas contra el levantamiento, cuyo verdadero’ trasfondo era la defensa de la propiedad terrateniente y capitalista. Pensaba que el franquismo (al que erróneamente definía como un intento de retroceso feudal, precapitalista, cuando en realidad se trataba, y así se demostraría en su desarrollo ulterior, de un bloque pro capitalista. Esta caracterización, utilizada básicamente por los comunistas, tenía como intención facilitar la idea estalinista de que en España –que estaba mucho más adelantada que la Rusia zarista- sólo podía hacerse una revolución democrático-burguesa) había sido un movimiento contra una revolución que acabaron involuntariamente por desencadenar. Nadie había puesto en duda, durante los primeros tiempos de la guerra, que en la zona republicana había tenido lugar esta revolución que resultó incompleta; dicho de otra manera, un proceso revolucionario que había destruido todos los «aparatos» del sistema capitalista –ejército, policía, tribunales, Iglesia, parlamento, propiedad privada, etc.-, aunque no había abordado el centro y punto de recomposición: el Estado.
Orwell nunca puso en duda que la «auténtica lucha es la que se da entre la revolución y la contrarrevolución». Y esta apreciación no la deducía de ningún esquema teórico sino de la atmósfera que pudo observar: «Generales y soldados rasos, campesinos y milicianos se trataban aún de igual a igual; todo el mundo cobraba la misma paga, llevaba las mismas ropas. comía el mismo rancho y llamaba «‘a todos «tú» y «camarada»; no había amos ni criados, ni mendigos, ni prostitutas. ni abogados, ni curas, ni había que lamer las botas a nadie. ni hacer ningún saludo reglamentario. . .»(12).
Había advertido el valor militar y revolucionario de las milicias, que se basaban «en la lealtad de clase», mientras que la disciplina «de un ejército de reclutas burgués se basa en último término en el miedo»; y aunque, siguiendo los planteamientos del POUM que eran deudores de los escritos de Trotsky sobre el ejército rojo ruso, no era contrario a una mayor militarización de aquéllas, Orwell comprendió que lo que se pretendía con su disolución era acabar con la revolución y restaurar un ejército burgués. Se lamentaba de que no existiera ningún movimiento regular en la retaguardia franquista, algo que había sido una de las «armas secretas» de toda guerra revolucionaria y que, en España era perfectamente posible, ya que las tropas franquistas estaban repletas de gente de extracción popular a la que la República no había conseguido entusiasmar con sus proyectos timoratos de reforma agraria. También se lamentaba de que los republicanos no intentaran que los marroquíes se volvieran contra Franco; pero para eso había que conceder la independencia a su país, algo que el gobierno «amigo» de París no quiso consentir, aunque sí aceptó la farsa de la «no intervención». Orwell no esperó nunca que los burgueses ingleses o franceses ayudaran a la República por más respetable que ésta tratara de ser; sabía o intuía que, por el contrario, gente como su odiado Winston Churchill sentía más agrado por Franco –no en vano éste mismo había mostrado abiertas simpatías por los mussolinis y hitlers de los primeros tiempos.
A pesar del distanciamiento inicial, Orwell fue identificándose cada vez más con las posiciones del POUM. Este partido ha sido caracterizado de muy diferentes maneras: «trotskysta» , «trotskobujarinista» , socialista de izquierda, comunista disidente, etc. La primera definición fue utilizada por los estalinistas y luego extendida por comentaristas e historiadores poco amantes de la exactitud, y resulta cuando menos parcial, ya que Trotsky criticó muy duramente su actuación; (13) la segunda, más correcta, es la del periodista soviético Mijhail Koltsov, que sabía de qué se trataba, (14) y se ajusta bastante a una caracterización de las dos fuerzas cuya unificación dio lugar a dicho partido: la Izquierda Comunista de Nin y Andrade, que estuvo vinculada hasta poco antes de la formación del POUM con la Oposición Internacional trotskysta, y el Bloc Obrer i Camperol de Maurín, Portela y Gorkín, identificado con las críticas bujarinistas al ultraizquierdismo estalinista de 1929-1935, y que había radical izado ostensiblemente sus posiciones ante el auge fascista. Pero esta caracterización es cierta sólo sí la limitamos a los orígenes. Posteriormente el POUM se diferenció incluso de sus «partners» del Buró de Londres, provenientes de la socialdemocracia en general como el ILP, el grupo de Marceau Pivert, y el Parti Ouvrier et Paysan; por su parte el POUM era la conjunción de dos tendencias comunistas disidentes y en él los componentes trotskystas y los componentes maurinistas nunca llegaron a compenetrarse totalmente. A pesar de sus limitaciones de implantación y de sus posibles errores tácticos, el POUM fue el único partido consecuente y honrado con su historia y su programa en el campo republicano, y fue esto lo que convenció a Orwell.
En el frente, el debate político se encontraba en segundo plano y difícilmente las divergencias políticas podían delimitarse. Una primera herida –la segunda lesionó su garganta y significó el final de su estancia en España–, le llevó al sanatorio Maurín de Lérida; desde allí se trasladó a Barcelona donde presenció y vivió los acontecimientos de mayo de 1937. y también allí descubrió «no solamente la distorsión de la verdad», «sino la mera invención de la historia. Un aspecto de 1984 estaba ya ocurriendo» (Crick). Igual que otras veces, lo que le llevó a tomar partido en un sentido revolucionario no fue una concepción política estricta sino los hechos mismos que de por sí tenían ya una gran fuerza.
Tal como hemos dicho, Orwell se sintió fascinado por la situación revolucionaria que encontró en Barcelona. Pero esta vez la impresión fue exactamente la contraria. Ya le había llamado la atención el aburguesamiento de Tarragona, pero lo que vio en Barcelona fue para él mucho más revelador: «El cambio que se había operado en el aspecto de la gente era asombroso. El uniforme de la milicia y los monos azules casi habían desaparecido por completo; todo el mundo parecía llevar los elegantes trajes veraniegos que son la especialidad de los sastres españoles. Por todas partes se veían hombres prósperos y obesos, mujeres elegantes y coches de lujo. (Parece ser que aún habían coches particulares; sin embargo, todo el mundo que era «alguien» parecía poder disponer de un coche.) Los oficiales del nuevo Ejército Popular, un tipo casi inexistente cuando yo me fui de Barcelona, ahora abundaban de un modo sorprendente. En el Ejército Popular había al menos un oficial por cada diez hombres. Parte de estos oficiales habían servido en la milicia y habían sido retirados del frente para recibir instrucción técnica, pero la mayoría eran jóvenes que habían preferido ir a la Academia Militar en vez de incorporarse a la milicia. Su relación con los soldados no era la misma que en un ejército burgués, pero había una diferencia social clarísima, manifestada en las desigualdades en la paga y en el uniforme (…). Mientras andaba por la calle, observé que la gente volvía la cabeza para mirar nuestro desastrado aspecto. (…) En la ciudad se había producido un profundo cambio. Pasaban dos cosas; la primera era que la gente. la población civil, había perdido buena parte de su interés por la guerra; la segunda, que la habitual división de la sociedad en ricos y pobres. en clases altas y bajas, estaba volviendo a reaparecer. (15).
Esté ambiente reflejaba la poderosa contraofensiva conservadora, contraria a las conquistas de la revolución. Se esperaba una prueba de fuerzas entre los sectores pro gubernamentales encabezados por el PSUC al que secundaban los nacionalistas catalanes, y el frente pro revolucionario representado por las bases de la CNT-FAI y el POUM con un programa alternativo –gobierno obrero, profundización de las medidas revolucionarias…-. Además de esta contradicción social inmediata, surgió otra a la que Orwell aludía como una gran batalla entre destilerías políticas, la «trotskysta» y la estalinista. Los hombres de Stalin en España no podían olvidar que el POUM había sido la única formación política española que había tomado partido contra los «procesos de Moscú», y seguía defendiendo el honor de Trotsky y de toda la vieja guardia bolchevique. Sus diferencias con el «trotskysmo» eran en cierta medida secundarias, puesto que seguían reivindicando a Trotsky –al que el POUM intentó instalar en el Vendrell (Tarragona) en vísperas de la guerra–, estaban por la revolución permanente, puesto que definían como socialista la revolución que había que hacer en España y, además, consideraban que en la URSS había una degeneración burocrática. Las consignas de Moscú estaban claras y fueron expresadas, otra ironía de la historia, por Antonov Ovseenko; había que liquidar a «los trotskystas ya los irresponsables» (los anarquistas) como se había hecho en Moscú. Desde hacía cierto tiempo el PSUC –al que Togliatti tomó como ejemplo de celo antitrotskista frente a los demás comunistas españoles, a su parecer más moderados–, llevaba a cabo una impresionante campaña de prensa pidiendo la supresión del POUM al que tachaba de trotskysta, o sea de fascista.
Para Orwell esto era simplemente demencial: «¿ y qué es un trotskysta ? Esta terrible palabra –en España se le puede encarcelar a uno en estos momentos y tenerle allí indefinidamente, sin proceso, sólo sí se oye decir que se es trotskysta– está sólo empezando a agitarse en Inglaterra. Pero ya la oiremos con el paso del tiempo. La palabra «trotskysta» (o «trotskofascista), ) se suele emplear refiriéndose a un fascista disfrazado que quiere aparecer como ultrarrevolucionario para dividir las fuerzas izquierdistas. Pero su poder tan especial se debe al hecho de significar tres cosas distintas. Puede referirse a uno que, como Trotsky, deseaba la revolución mundial; o al miembro de una organización encabezada por el propio Trotsky (el único uso legítimo de la palabra); o por último, al fascista disfrazado que ya he mencionado. Esos tres significados pueden englobarse en uno solo sí se quiere. El primer significado puede llevar implícito el segundo. y el segundo significado casi invariablemente lleva implícito el tercero. Así: «Fulano ha hablado favorablemente de la revolución mundial; por lo tanto es un trotskysta; por lo tanto es un fascista’). En España, y en cierta medida también en Inglaterra, cualquiera que profese el socialismo revolucionario (es decir, cualquier partidario de las ideas que profesaba el Partido Comunista hace sólo unos pocos años) cae bajo las sospechas de ser un trotskysta pagado por Franco o Hitler» .(16)
El enfrentamiento comenzó con el intento por parte de las fuerzas gubernamentales y del PSUC de tomar la central telefónica de Barcelona, en manos de la mayoría anarcosindicalista. El rechazo de los trabajadores se extendió a toda la capital que se llenó de barricadas. Orwell se vio metido en medio del embrollo. Cuando los combates se intensificaron, no pudo subir por las Ramblas –centro de la contienda- para ir hasta el hotel Continental donde se albergaba Eileen que había ido otra vez preocupada por sus heridas. El hotel se encontraba en las proximidades de la Central Telefónica. Entonces se dirigió al otro extremo de las Ramblas, al hotel Falcón, donde se encontraba la sede poumista en la que reinaba la mayor confusión; no se sabía muy bien lo que había ocurrido pero los militantes ocuparon su lugar en las barricadas junto a los cenetistas.
El 4 de mayo Orwell , armado de un fusil y con tabaco suficiente, consiguió llegar hasta el hotel Continental donde encontró a Eileen ya George Kopp, un rico soldado de fortuna belga que se había convertido en una auténtica «bete noire» para los estalinistas. Kopp trató de evitar un baño de sangre e intentó hacerse una idea clara de la situación. Consiguió una tregua ya Orwell le tocó vigilar desde los techos del cine Poliorama. Allí permaneció durante tres días y tres noches sin demasiados problemas. En varias ocasiones oyó ráfagas de ametralladoras, diversos tiroteos, etcétera, pero él sólo tiró una vez. La «tranquilidad» se impuso con la medida gubernamental de enviar refuerzos a Barcelona y los anarcosindicalistas se replegaron a los ruegos de sus mandos ministeriales.
En esta lucha todo resultaba menos claro que en la de 1936. Orwell no obstante era consciente de que se trataba de salvaguardar las conquistas obreras y de contrarrestar la ofensiva republicano-estalinista, pero, como los dirigentes del POUM, no confiaba en que pudiera darse un «golpe de timón» que modificara la correlación de fuerzas existente. Sobre todo cuando los que tenían capacidad para ello, los anarcosindicalistas, habían optado por un compromiso cuyos resultados se iban a poner pronto de manifiesto: en poco tiempo fue raptado y asesinado Andrés Nin, desapareció su amigo Bob Smillie (hijo de uno de los líderes históricos del sindicalismo revolucionario inglés y militante del ILP), el POUM fue perseguido y puesto fuera de la ley, y el gobierno de Largo Caballero, que se negó a respaldar la persecución de organizaciones obreras, cayó bajo la presión conjunta de los comunistas –que hacían el trabajo sucio y de los socialistas de derecha que hablaban de restablecer la propiedad privada y apoyaban la represión de la izquierda. Se instauró un gobierno que persiguió a sus revolucionarios y que contó con el beneplácito de Herriot, Churchill y otros «amigos» de la causa republicana.
Orwell pudo descubrir entonces que la prensa. de izquierdas podía mentir casi tanto como la de derechas, y que desde los comunistas hasta los liberales coincidían en atribuir los acontecimientos de mayo de 1937 a una «provocación» fascista con la complicidad directa del POUM, que se convirtió en el partido de la «quinta columna». El mismo Orwell fue acusado de «trotskysta» y tuvo que pasar a la clandestinidad, finalmente pudo ocultarse y llegar a Inglaterra. Allí inició una cruzada personal para rebatir las brutales tergiversaciones que encontraba en la prensa y en la literatura. Fruto de este esfuerzo es su obra Homage to Catalonia (Homenaje a Cataluña} y un volumen de escritos editados en castellano con el título de Mi guerra civil española, reflejo fehaciente de que Orwell siempre pensó como un revolucionario cuando escribió sobre España.
En julio de 1937 comenzó a redactar Homenaje a Cataluña, en donde explica sus vivencias con un afán eminentemente vindicativo frente a las deformaciones que se han divulgado entre la izquierda. Esta obra se coloca entre las mejores novelas escritas sobre la guerra civil española. Se publicó el 25 de abril de 1938, pero fue un rotundo fracaso comercial. Volvió a ser reeditada junto a sus obras completas aparecidas en 1951, y al año siguiente se publicó en Estados Unidos con el famoso prólogo de Lionel Trilling que reproduce la edición española de 1970. Existe otra traducción castellana publicada por la editorial anarquista argentina Proyección.
Las críticas a su primera edición fueron anodinas, y desde la izquierda comunista se insistió en la descalificación de los revolucionarios. Un hecho interesante ocurrió en el The Listener donde un crítico anónimo destacaba su «descripción magistral de la guerra», pero añadía que era políticamente «confusa e incierta» y lo acusaba de hacer una apología de la táctica trotskysta, «lo que equivalía ala traición». La respuesta de Orwell fue publicada con una excusa del director, algo completamente excepcional, ya que, por lo general, las replicas de Orwell a las acusaciones contra sus compañeros encontraron el vacío en las publicaciones de izquierdas.
El libro es, como dirá Luis Romero en su introducción, «parcial en dos sentidos», porque ocurre en un lapso de tiempo relativamente corto y en un limitado espacio geográfico. El mismo Orwell tuvo la inusitada honestidad de subrayar esta parcialidad cuando escribió: «He tratado de escribir objetivamente sobre los sucesos de Barcelona, aunque, como es obvio, nadie puede ser completamente objetivo en una cuestión de esta clase. Uno se ve virtualmente obligado a tomar partido, y quisiera que quedase bien claro de qué lado estoy. Además «inevitablemente habré cometido errores factuales, no sólo aquí, sino incluso en otras partes. Es muy «difícil no incurrir en errores escribiendo sobre la guerra civil española debido a la falta de documentación que no sea de carácter propagandístico. Prevengo a todos contra mi parcialidad y prevengo. a todos contra mis errores. Sin embargo, he hecho todo lo posible por ser veraz. Pero, como se comprobará, mi versión es completamente distinta a la que apareció en la prensa extranjera, sobre todo en la comunista» (17).
El tiempo ha ido colocando las cosas en su sitio, y mientras hasta los propios comunistas se ven obligados a distanciarse de lo que escribieron en aquella época, la obra de Orwell se toma como fuente fidedigna por parte de ensayistas e historiadores. Sin duda, se ha convertido en uno de los testimonios literarios más citados de los existentes sobre la guerra y fue una obra de avanzada, puesto que reivindicó una revolución que, según el término de Burnett Bulloten, fue «camuflada» durante más de un par de décadas por especialistas e historiadores, y terminó siendo reconocida incluso por los autores más abiertamente pro gubernamentales.
Se trata de una obra testimonial, movida por un excepcional interés por la verdad que estaba siendo deformada siguiendo los procedimientos que el estalinismo había logrado imponer en la URSS, y lo es «de un escritor y no de un político que escribe para acomodar, o para tratar de acomodar, los acontecimientos a su posición ideológica en el momento que aparecerá el libro. Muchas de las obras escritas sobre la guerra civil española, y aun entre las publicadas en los últimos años, adolecen de esa intencionalidad partidista –que cuando llega a la tergiversación me parece un defecto gravísimo– en mucha mayor medida que Homenaje a Cataluña, que fue editado cuando la guerra seguía su curso» (Luis Romero). Este período final de la contienda acabó con todas las esperanzas de Orwell y le confirmó en sus ideas básicas. Profundamente conmovido por la derrota sufrió angustias y una profunda melancolía.
Notas
(1) Sobre ésta y otras falacias promovidas por los franquistas, luego reproducidas por los Pinochets (y remozadas por el neconservadurismo), resulta todavía muy útil la lectura del libro de Herbert Soustworth, El mito de la Cruzada de Franco (París, Ruedo Ibérico); no es necesario recordar que las críticas de Orwell a la izquierda fueron por no haber luchado consecuentemente contra los sublevados.
(2) Casares Quiroga, Martínez Barrio y Giral. Los dos primeros se negaron a dar armas a los sindicatos. (Nota de Orwell.) Casares Quiroga desoyó las advertencias de Prieto tachándolo de menopáusico, y cuando estalló el alzamiento su comentario fue que se iba a dormir. Esta «traición» de la derecha republicana a la respuesta obrera contra el alzamiento será un factor normalmente ocultado por los historiadores que tratan de ofrecer una imagen incestionable de las instituciones republicanas.
(3) Cf. Homenaje a Cataluña, Barcelona, Ariel, 1983, p. 84.
(4) Teresa Pámies que, sería una de las plumas más audaces del «revisionismo» eurocomunista en los años setenta, atribuye a los críticos de Orwell la opinión de que Homenaje a Cataluña es «su peor pieza literaria».. En su obra Cuando éramos capitanes (Barcelona, Dopesa, 1974), Pámies dice que Orwell «no creía en la revolución de los parias; era «un señorito británico o un británico señorito. que consiguió algunas páginas de emoción auténtica, pero «de revolucionario, Orwell, ¡ni hablar!. (hemos de suponer que revolucionarios fueron los comunistas). Más tarde, después de la crítica de un lector, no le «duelen prendas. en reconocer que sí bien no lo era «se comportó como tal. (cf. Romanticismo militante, Barcelona, Galba, 1976, pp. 92-93). Mucho más justo sería Luis Romero en su introducción al Homenaje…, escribe que Orwell «vino a España a luchar por la causa de la República y, más concretamente, en favor de la revolución proletaria. Entre su idealismo y la realidad se interfirieron no pocas contradicciones (…) era un intelectual inglés –no un fils de papa, ni un literato de salón.-…
(5) Cf. Victor Serge. Memorias de un revolucionario, México, El Caballito. Algo por el estilo pudo comprobar Orwell que comentó lo siguiente en su diario de El camino de Wigan Pier: «Me sorprendió la mucha simpatía que les tienen aquí a los comunistas. Grandes aplausos cuando anunció Hannington que sí Inglaterra y la URSS luchas en la una contra la otra, ganaría la URSS,». A mi manera, p.64.
(6) Otro factor es el generacional, así lo hace notar Trotsky en una entrevista con C. R. L. James: «…La traición de la Tercera Internacional se ha desarrollado tan rápidamente y de una forma tan inesperada que resulta que la misma generación a la que en otra ocasión anunciamos su formación. es la que está aquí todavía para oírnos denunciarla. Yesos hombres se acuerdan de que ellos ya habían oído esto anteriormente (en relación a la Segunda»>. León Trotsky: Le mouvement communiste en France, París, Minuit. 1967. p. 633.
(7) Cf. Homenaje a Cataluña, p.92.
(8) Cf. Homenaje a Cataluña. p. 83.
(9) Cf. Mi guerra civil española. Barcelona, Destino. 1978, p. 94.
(10) Cf.Homenaje a Cataluña, p. 40.
(11) Cf. J. Coll y Josep Pané, Josep Rovira: una vida al servei de Catalunya, Barcelona, Ariel, 1978.
(12) Cf. Homenaje a Cataluña, p. 142.
(13) Cf. León Trotsky, La revolución española, 2 tomos. edición de Pierre Broué. Barcelona, Fontanella. 1977.
(14) Cf. Diario de la guerra de España, Madrid, Akal, 1977. Koltsov, como los demás agentes rusos en España, fue eliminado por Stalin.
(15) Cf.Homenaje a Cataluña, p.147.
(16) Cf. Mi guerra civil española, Barcelona, Destino, 1978. p. 29. Un retrato parecido encontramos en Homenaje… Un poco más adelante (p. 169). dice de él: .Es difícil pensar en aquel hombre concreto sin varias clases de amargura. Como se hallaba en los cuarteles Lenin. es probable que fuese trotskysta o anarquista Y. en las condiciones tan peculiares de nuestro tiempo. cuando a gente así no la mata la Gestapo suele matarla la GPU». Esto último fue exactamente lo que le ocurrió al grupo dirigente de la IV Internacional entre 1935 y 1945.
(17) Cf. Homenaje…, p. 195. Sobre las inexactitudes del libro, escribe Luis Romero: «…Sí las hay; y son más evidentes para quienes vivimos la época (…). Por ejemplo, confunde en varias ocasiones la Guardia Civil con la de Asalto; él mismo debió de advertirlo o alguien se lo hizo notar, como se deduce de una nota aparecida en sus papeles póstumos». Romero prosigue diciendo que «nadie se llame a engaño», «…reconozcamos que se trata de un extranjero, inglés por más señas, que cae en la Barcelona de 1937. No es extraño que, a pesar de su honestidad intelectual y de la rectitud de sus intenciones informativas, aplique algunas medidas británicas a la circunstancia revolucionaria española». Idem, pp. 11-12.

Edición digital de la Fundación Andreu Nin, junio 2003