Las melancolías de las izquierdas (Juan Manuel Vera)

Publicado en Trasversales nº 47, junio 2019.

“Para que una herencia sea realmente grande, no debe verse la mano del difunto” (René Char, traducido por Jorge Riechmann)

“Lo que llega por tanto día y de día, pero es que no debes llorar, aunque llegue todos los días, intenta conocerlo, te quiere curar” (Ingeborg Bachmann, traducido por Jan Pohl)

La decadencia de la izquierda europea no es producto únicamente de los reflujos electorales y de su impotencia ante los avances de fuerzas de la nueva extrema derecha de carácter populista. Tampoco deriva exclusivamente de su carencia de un proyecto coherente de defensa de las mayorías sociales a escala europea y nacional. Es algo más profundo, en una crisis íntima de sentido, producto de su desarraigo respecto a su fuente social y electoral y de su incapacidad de desciframiento de las posibilidades y necesidades de la época.

Las victorias electorales de la izquierda en España y Portugal, cuyo análisis no es objeto de este artículo, no dejan de ser espejismos de una fortaleza que encubre una enorme debilidad. Es cierto que esa resistencia sirve para contener a la extrema derecha y paliar algunos de los efectos más perniciosos de las políticas de regresión social desarrolladas desde la crisis de 2008. Pero la impotencia ante los problemas de fondo y su desconexión del tejido social popular, son comunes con el resto de la Unión Europea.

Sombras melancólicas

Enzo Traverso en su reciente y sugestivo libro Melancolía de izquierda (Galaxia Gutenberg, 2019) apela a la presencia de una melancolía, que circunscribe a las consecuencias del fracaso histórico de las revoluciones del siglo veinte. Su objetivo es investigar la dimensión melancólica de la actual cultura de izquierda. Para ello, Traverso explora varios formas de melancolía, que siempre se relacionan con un objeto perdido. Desde una concepción de la melancolía como duelo patológico no consumado e imposible, a la visión, más positiva, de un paso necesario que precede o acompaña al duelo y permite ser activo.

Sin entrar al debate en profundidad de los argumentos de Traverso conviene tener presente su fuerte oscilación hacia una mirada retrospectiva de signo benjamiano que vincula las posibilidades de futuro a una cierta memoria de los vencidos y a una metafísica de la redención. “La melancolía de izquierda no significa el abandono de la idea de socialismo o de la esperanza de un futuro mejor; significa repensar el socialismo en un tiempo en que su memoria está perdida, oculta y olvidada y necesita ser redimida” (p.55). El futuro de una izquierda emancipatoria dependería de la recuperación de cierta memoria perdida.

¿Cual es el objeto perdido que desencadena la melancolía de izquierda? Para Traverso es la pérdida de la utopía de la revolución y del sueño igualitario, que asocia a la conciencia de las potencialidades no realizadas del pasado, teniendo más presente las promesas revolucionarias violadas que las consecuencias de los males totalitarios que derivaron de ellas.

Es cierto que una parte de la izquierda, la de tradición comunista, entendida en sentido amplio, entró en una descomposición completa después de 1989 con la desaparición de la Unión Soviética y la caída del muro de Berlín. En esa tradición, los Estados que, supuestamente, representaban revoluciones triunfantes, eran pasos irreversibles en el sentido de la Historia. No estaban preparados para su quiebra absoluta y definitiva. Ello ha golpeado, por supuesto, a quienes defendían directa o solapadamente los regímenes estalinistas, pero también a toda la izquierda de origen leninista, por ejemplo los trotskistas que, de una forma u otra, seguían pensando en términos de un bloque histórico poscapitalista del cual formaban parte las dictaduras comunistas. Por ejemplo, las memorias del dirigente trotskista Daniel Bensaid (Una lenta impaciencia, Sylone, 2018) dan cumplida cuenta del sentimiento de pérdida y derrota que supuso 1989 para su corriente política.

Más pérdidas. El marxismo ha dejado de ser referencia privilegiada de la comprensión crítica de las sociedades de nuestro tiempo. El valor de Marx como pensador social del siglo XIX no disminuye por ello, pero, súbitamente, todas las interpretaciones cuasi-teológicas de los textos marxianos, han perdido el lustre simbólico que le había suministrado una generación de intelectuales de izquierda, cualquiera que fuera su relación con el asunto del estalinismo. La resistencia a enterrar el marxismo como cultura fundamental de la izquierda fue persistente, pero en el siglo XXI, Marx ya no es más que un pensador entre otros.

Los valores y estrategias de la tradición comunista estaban intrínsecamente imbricados con las reglas y concepciones de la guerra fría. Era un tiempo que parecía descifrar de una forma sencilla el tablero del mundo. Y hoy se percibe, en intelectuales y en activistas veteranos, una cierta añoranza de los tiempos en que era posible entender el proceso político e histórico con claves elementales, donde el imperialismo americano y sus aliados ocupaban una parte del tablero y una amalgama de fuerzas progresistas, incluidas las dictaduras comunistas, el otro lado. Ello nunca fue así, pero constituía toda una idiosincrasia dirigida a evitar los riesgos de pensar por uno mismo. Además, la ilusión de que los triunfos del comunismo burocrático eran expansiones irreversibles constituía un elemento esencial de esa cultura de la guerra fría.

Aún no se han analizado con la suficiente profundidad la guerra fría como marco de comprensión de la estructura mental de las izquierdas. Pero no es aventurado señalar, que toda la izquierda (no sólo los comunistas de cualquier condición) estaba atrapada de alguna manera en ese tablero mental. Esos mecanismo de procesamiento de la información, profundamente enraizados, hacían natural, por poner un ejemplo, que la lucha contra la intervención norteamericana en Vietnam, y las atrocidades de la guerra, fueran intrínsecamente compatibles con el apoyo al Vietcong y al régimen estalinista de Vietnam. O que el pacifismo se manifestara como un rechazo a la OTAN sin explicitar las consecuencias que hubiera implicado un desarme unilateral en Europa Occidental. O que la denuncia de las atrocidades de las dictaduras latinoamericanas de derechas de los años setenta fuera compatible con el silencio ante el genocidio camboyano o las atrocidades del Gulag soviético o de la China maoísta.

Con el final de la guerra fría no desaparecieron completamente sus lógicas. No me refiero a la subssistencia del régimen castrista o del norcoreano. Tampoco a China que merece, en cualquier caso, un análisis aparte, porque su combinación de autoritarismo político y capitalismo salvaje, parece cada vez más funcional al mundo del neoliberalismo consolidado.

La persistencia de la sombra de la guerra fría se manifiesta, sobre todo, en la incapacidad de la izquierda (la de tradición comunista, pero no sólo ella) para reconocer las luchas sociales y las causas justas, o para identificarse con las víctimas y combatir a los enemigos de la libertad. La guerra de los Balcanes en la década de 1990 lo mostró claramente. Uno tiene la sensación de que, incluso ahora, parte de la izquierda occidental estaría mucho más contenta si se hubiera permitido a Milosevic arrasar completamente a los bosnios y kosovares. La crítica política sin matices al intervencionismo humanitario tiene una ambigua zona de complicidad con la barbarie real.

Todo ello se ha hecho mucho más patente ante las revoluciones árabes, la guerra civil siria o la lucha de los kurdos contra Estado Islámico, por situarnos ante los conflictos más importantes de la última década. La izquierda internacional parece tender, por defecto de fábrica, a situarse contra las Estados Unidos y sus políticas, como única forma de reconocer un polo negativo que ilumine su visión del mundo. Algo así como: los enemigos de Estados Unidos son mis amigos. Eso se relaciona con la añoranza de una lógica bipolar. Los hechos reales, ya sean políticas de limpieza étnica o el atroz régimen sirio de Al Assad, permanecen ocultos en una visión supuestamente estratégica que no tiene otro origen que los viejos esquemas de la guerra fría.

Más allá de ello, la experiencia de los comunismos estatales significó una radical conformación de estructuras y lógicas autoritarias ajenas a las luchas por la libertad y la igualdad que habían sido la seña de identidad de los movimientos obreros y democráticos desde el siglo XIX. Resulta evidente la contradicción, tan destacada por Enzo Traverso, entre esos poderes brutales y los movimientos que intentaron cambiar el mundo en nombre de un proyecto de igualdad.

La paradoja es que 1989 no fue el final de nada que estuviera vivo sino de las máscaras en descomposición de un sistema brutal de dominación. Sin embargo, parte de la izquierda occidental lo vivió como una derrota y una fuente de melancolía. Es cierto, además, que rápidamente se frustraron las posibilidades de una auténtica revolución democrática en Rusia y en el Este de Europa. La transición fue un éxito para las clases dominantes de la Europa del Este y la del Oeste, estableciendo regímenes electorales poco democráticos y un nuevo capitalismo de base oligárquica, fusionando las viejas élites y las emergentes en sistemas como el de Putin en Rusia.

Un mundo que se difumina y otras melancolías

Con el final del siglo veinte no sólo se fue el comunismo soviético sino, también, se produjo la crisis definitiva del fordismo, el modelo de capitalismo que había dominado las décadas posteriores a la Segunda Guerra Mundial, y de forma simultánea, se intensificó la ofensiva neoliberal contra el modelo del estado de bienestar.

El movimiento obrero europeo, inmerso en ese conjunto de trascendentales cambios, que afectaron a la conformación estructural de la clase trabajadora en el continente, dejó de ser la base social y cultural del desarrollo de la izquierda, como había sido durante más de un siglo. La izquierda, al fin y al cabo, una creación de ese movimiento, perdió sus esenciales señas de identidad, alejada de las necesidades de las mayorías sociales en los nuevos tiempos, de las crecientes capas de trabajadores precarizados y de las clases medias empobrecidas después de la crisis de 2008.

De esa manera, si la melancolía de la izquierda de origen comunista se relaciona con la guerra fría, la melancolía de la socialdemocracia evoca la pérdida de una época dorada, la de la creación del estado del bienestar, que además, en la distancia, se embellece con la imagen fulgurante de sus logros, mientras que sus carencias se desdibujan.

La conversión de la mayor parte del socialismo europeo hacia el social-liberalismo, es decir su convergencia y apoyo al proyecto neoliberal intentando preservar algunas de las conquistas sociales del pasado, sin entrar nunca en conflicto con las élites, ha sido la causa crucial de su decadencia e incluso su cuasi-desaparición en muchos países europeos. Han resistido mejor sólo aquellos que han sido capaces de resistirse, hasta cierto punto, a la tentación neoliberal como el actual laborismo de Corbyn. Los casos de España y Portugal, países donde la construcción de los instrumentos propios del estado de bienestar ha sido tardío, constituyen, en gran medida, una excepción a una tendencia generalizada a la decadencia de la izquierda.

El socialismo europeo se ha convertido en una fuerza melancólica que evoca tiempos mejores mientras intenta su misión imposible de compaginar los requerimientos contrarios a la igualdad del consenso neoliberal, del cual forman parte, y el mantenimiento de una cobertura suficiente de las necesidades sociales. Otra de sus ilusiones es adornar el proyecto capitalista que es, consustancialmente, un proyecto de crecimiento sin límites, con gotas de sensibilidad ecológica.

Las medidas paliativas de la socialdemocracia se revelan plenamente incapaces de afrontar tanto el brutal crecimiento de la desigualdad social como la crisis ecológica y civilizatoria precipitada por el capitalismo neoliberal. Su único atractivo consiste en intentar limitar esos males mientras el sistema avanza rápidamente hacia alguna forma de catástrofe.

Cada fracaso de la izquierda alienta una ofensiva neoliberal más potente. El intento social-liberal no parece que pueda tener éxito. El proyecto neoliberal es agresivo y radical, se resiste a cualquier intento de moderación y cada vuelta de tuerca limita las posibilidades de mantener niveles aceptables de protección dentro del marco del neoliberalismo generalizado.

El apego a los buenos tiempos pasados del crecimiento acelerado, junto a la sensación de que no volverán es, también, una fuente de melancolía para la intelligentsia socialdemócrata.

No aprender de las experiencias

En este año 2019 se cumplieron cien años de la muerte de Rosa Luxemburgo y es inevitable recordarla, De la tradición del socialismo marxista anterior a las catástrofes del siglo XX fue la pensadora más abierta a comprender y pensar sobre el papel de las movimientos sociales, las experiencias y el conflicto social en la formación de la conciencia y el cambio revolucionario. Rosa vivió un tiempo en que se desarrolló impetuosamente el movimiento obrero y en el que las asambleas representativas restringidas fueron contestadas por un poderoso movimiento social y popular en defensa del sufragio universal. Para Rosa, la izquierda era fundamentalmente una expresión organizada de las fuerzas sociales de los de abajo, siendo las luchas y los conflictos el motor esencial del camino hacia la emancipación.

Bajo mi punto de vista, la actual crisis de la izquierda tiene que ver con la desaparición de las referencias y anclajes sociales que la impulsaron desde su nacimiento. En el marco de los mercados electorales, las izquierdas son un producto más, sin personalidad regeneradora ni emancipadora, con similares métodos a los de la derecha, desvinculada de los procesos de movilización social, desligada del aprendizaje de las experiencias de la gente común. El problema de la izquierda política no es un problema de programas, ni de dirigentes o liderazgos sino, fundamentalmente, de su papel en la sociedad.

Todo auténtico desarrollo político emancipatorio, como señalaba con tanta fuerza Cornelius Castoriadis, sólo puede ser un producto de las experiencias, de las luchas y de la creación social. Pues bien, la izquierda europea está completamente desconectada de cualquier proceso de aprendizaje de los movimientos sociales. Los aparatos de la izquierda, pueden ser más radicales o menos, pero lo son en el sentido convencional más completo, como expresión política separada de vínculos sociales. Por ello, existe una enorme discordancia entre las fuerzas políticas de la izquierda y las luchas y métodos de los importantes movimientos sociales reales de la última década.

No sólo hay movimientos sociales inspiradores en España con el 15M. Los hay en el resto de Europa, en Asia, en África, en América.

También sigue habiendo revoluciones. El complejo proceso de las revoluciones árabes no ha terminado. Las recientes movilizaciones en Argelia y Sudán nos lo recuerdan.

Una vez más, la autoorganización de la sociedad se pone en primer plano. ¡Cuánto se podría aprender de todo ello!… si nos dedicáramos a estudiar las verdaderas revoluciones (no las soñadas o esperadas) y los verdaderos movimientos sociales (no los ideados o deseados) que expresan las posibilidades y las limitaciones de la época. Pero no se mira ahí. La izquierda no quiere mirar ahí. Y ese olvido no es casual ni gratuito. Del mismo modo que Marx pasó por alto la revolución de Haití y que generaciones de marxistas de tanto mirar a Rusia ignoraron durante décadas la revolución mejicana.

Pensemos en España, donde un movimiento social como el 15-M reflejó perfectamente en 2011 el sentido de esa discordancia constitutiva entre las experiencias de los movimientos sociales y las organizaciones políticas. El 15-M fue, por supuesto, en primer término, una respuesta generacional a la creciente dificultad para una inserción laboral de los jóvenes y el hundimiento de sus expectativas vitales. Pero reflejó, también, una clara tensión anti-elitista y el rechazo a los liderazgos desvinculados de una base social. Fue un movimiento de naturaleza horizontal, plenamente participativo y deliberativo, con aversión a las jerarquías. Algo muy común a los principales movimientos que hemos visto en las dos últimas décadas en muchos lugares del mundo, que han expresado un proyecto latente de auto-organización de la sociedad contra las élites.

Para la izquierda española la reflexión sobre el 15-M debería ser la fuente primordial de análisis. ¿Qué ocurre realmente? Para los dirigentes PSOE es algo que no debió existir y que se debe olvidar porque no era ni es recuperable. Del mismo modo, una somera reflexión sobre lo que fue el 15-M y la forma de hacer política hiper-jerárquica, semi-plebiscitaria y desvinculada de los movimientos sociales de Podemos es un claro ejemplo de lo poco que sus dirigentes han sabido aprender de la experiencia. Podemos que como fuerza política sólo puede entenderse en el contexto de la crisis económica de 2008, y sus efectos demoledores sobre las instituciones que gestionaron las políticas de austeridad, precarización y regresión social, es un producto indirecto del 15-M. Pero su forma de hacer política, se ha dotado de unos instrumentos radicalmente opuestos al sentido de dicho movimiento. Hoy, Podemos es una fuerza más del modelo de partidos, una Izquierda Unida algo más grande, pero centrada en luchas de poder por las listas electorales, una organización obsesionada por el poder, no por promover y ayudar a la autoorganización social. Un partido más del sistema político, que no mira a la sociedad para aprender sino para obtener réditos electorales (con poca agudeza, por otra parte).

Esa tensión entre las izquierdas y la sociedad no está resuelta. Las movilizaciones de los jubilados o el impulso histórico del movimiento de las mujeres repiten, una y otra vez, la misma contradicción entre lo que se mueve en la sociedad y sus representaciones políticas en la izquierda. Tanto el PSOE como Podemos sólo los contemplan como oportunidades en el mercado de votos y retóricas políticas. Su obsesión es el poder, no ser expresiones de la autoorganización social.

Por otra parte, el horizonte de la izquierda se aleja de las necesidades de la época. No se puede luchar contra la desigualdad engrasando la máquina que genera desigualdad. Su conformación como piezas plenamente integradas en el mercado político-electoral les lleva a la incapacidad estratégica. Impotencia para defender la igualdad, del mismo modo que su nostalgia de las inviables políticas keynesianas es el límite de su radicalidad. Mientras tanto, el mundo se hace cada vez más desigual y siguen pendientes los retos de una reconstrucción social basada en un límite radical al crecimiento destructivo.

La crisis civilizatoria del mundo neoliberal llama a las puertas. Nadie nos salvará. No hay salvadores. Sólo desde una sociedad organizada y movilizada se podrán afrontar esos retos. Detener el curso suicida del crecimiento capitalista sólo será posible con nuevos valores y formas de vida. No se trata de teñir un poco de verde la máquina infernal que está destruyendo el planeta. Del mismo modo, la creciente desigualdad social no se detendrá sin una reacción enérgica desde la propia sociedad.

Tengamos claras dos cosas. Primero, nada será posible sin un poderoso movimiento social. Segundo, ningún cambio sustancial podrá hacerse sin una feroz resistencia de las élites neoliberales.

La izquierda se construyó en la segunda mitad del siglo XIX y las primeras décadas del siglo XX como parte de un movimiento de la sociedad, cuyas metas representada y reflejaba. La izquierda de hoy ya no lo es. Y sin embargo la necesidad de una confluencia político-social es patente. Podemos tuvo la oportunidad, única en la Europa del siglo XXI, de construirse como una organización político-social. Los primeros meses de Podemos, las masivas asambleas en pueblos y barrios que acogieron al proyecto, expresaban esa ilusión, que su dirigentes liquidaron conscientemente para construir un partido al uso, basada en hiper-liderazgos, orientado a ser una simple máquina electoral.

Y, sin embargo, la realidad es tozuda. La ceguera frente a los movimientos sociales auténticos no impedirá que siga existiendo un vacío político. Las izquierdas pueden seguir alimentándose de las melancolías del mundo sencillo de la guerra fría o de la época feliz del estado del bienestar. Pero nada de ello ayudara un ápice a construir un proyecto que merezca la pena. La única política auténtica es la que se construye desde la sociedad y a partir de sus expresiones, cuanto más directas, mejor. El pensamiento de la izquierda pueden seguir sumida en la melancolía, pero el mundo sigue en marcha. La agenda de problemas de nuestro tiempo no es una agenda para melancólicos.

Mayo de 2019

Sobre el autor: Vera, Juan Manuel

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