Malraux y Trotsky: encuentros y desencuentros. Pepe Gutierrez, 2003

1. Introducción.
Repaso mis recortes de prensa, y me encuentro que se sigue hablando de André Malraux con los más diversos pretextos. Su centenario (París, 1901-1976), fue todo un acontecimiento nacional y europeo. Después del ensayo general de la conmemoración del 25 aniversario de su fallecimiento, la efeméride ha dado lugar a un auténtico aluvión de amplias páginas en los principales diarios y revistas, debates en los medias, diversas exposiciones, la puesta en escena de un esplendoroso ballet montado por Maurice Béjart, reediciones de sus obras, publicación de ensayos y biografías, etcétera…Veinticinco años después su muerte, la figura de Malraux carece ya de secretos, y biografías como la que le ha dedicado Oliver Todd (en francés en Gallimard, la versión castellana está en Tusquets, 2002), permiten un inventario en el que el personaje pierde. Todd hace inventario de sus mentiras mitómanas, pero al mismo tiempo lo hace más asequible, operando una limpieza de retina que, por lo mismo, enriquece y restituye su figura humana, las peripecias de alguien que, con todo lo que se pueda decir, fue un ejemplo del triunfo de la voluntad por superarse, por trascender sus limitaciones pequeño burguesas aunque, a la postre, acabara en buena medida reconciliándose con ellas.
Aunque quizás entre nosotros, y entre las nuevas generaciones, se encuentra un tanto olvidado, Malraux fue uno de los iconos del siglo pasado, un personaje marcado por la desmesura en cuya trayectoria vital es posible encontrar, aparte de una obra literaria de altura con obras maestras consagradas como La condición humana o L´Espoir, otras actividades y aventuras, como las siguientes:
-erotómano editor de pornografía clandestina;
-ocasional jugador a la Bolsa, donde se hizo rico pero también arruinó a su familia, y dilapidando todo el dinero de su primera mujer en el curso de pocos meses;
-turbio saqueador de estatuas del templo de Banteal-Srel, en Camboya, por lo que fue condenado a tres años de cárcel (su precoz prestigio literario le ganó una amnistía);
-activista anticolonialista en Saigón (lo que no le impidió en su jubilación gaullista guardar silencio cuando la exigencia liberadora se hizo más patente para emanciparse de Francia, y liberarse de los Estados Unidos;
-animador de revistas de vanguardia como la NRF y promotor del expresionismo alemán, del cubismo y de otros experimentos plásticos y poéticos de los años veinte y treinta;
-uno de los primeros analistas y teóricos del cine, amén de alguien que cuenta en la historia del medio con una película excepcional, L´Espoir (Sierra de Teruel), que se cuenta entre las mejores películas sobre la guerra española;
-testigo participante (aunque menos de lo que presumía) en las huelgas revolucionarias de Cantón del año 1925 que marcan el inicio de la revolución china;
-gestor y protagonista de una expedición (en un monomotor que parecía un invento del TBO) a Arabia, en busca de las ruinas de la hipotética capital de la mítica Reina de Saba…
Pero su mayor prestigio le viene por su papel de intelectual comprometido y figura descollante en todos los enfebrecidos congresos y organizaciones de artistas y escritores europeos movilizados contra el fascismo en los años treinta (al lado de su amigo André Gide). Esta actividad tendrá su culminación en la organización de la escuadrilla España que acabará llamándose André Malraux, y representará el mayor compromiso de un escritor de talla en la defensa de la República, durante la guerra civil española. También será uno de los héroes de la resistencia francesa y jefe de la Brigada Alsacía Lorena… Esta actividad es tan intensa y múltiple, como contradictoria, y de ella se pueden extraer materiales y ejemplos que parecen predeterminados para ser pábulo de la controversia, sobre todo desde que, atendiendo una de sus obsesiones, la del culto al gran hombre, optó por la figura del general De Gaulle, a quien, desde que lo conoció en agosto de 1945 hasta su muerte, profesó una admiración y un culto cuasi religioso, aunque al que al principio de la Resistencia había tachado de fascista. Colaborador político y ministro en todos los gobiernos del general, en abierta ruptura con el estalinismo desde el pacto nazi-soviético, Malraux se convirtió entonces en un «liberal» conservador y nacionalista siempre a su manera, y por lo mismo, en uno de los blancos preferidos de la izquierda intelectual…

2. La épica de 1917.
Procedente de una familia humilde dotado de una extrema inquietud y sensibilidad, Malraux mostró siendo todavía un adolescente nervioso y aislado, muestra un rechazo radical a la estupidez y la crueldad de la Primera Guerra Mundial, y como buena parte de su generación, llegó a la conclusión de que la Europa del capitalismo liberal había en realidad realizado su suicidio, que la Razón había fracasado igual que la Fe, que la civilización progresista y agnóstica fruto de la Europa del XIX posterior a la muerte de Dios había revelado toda su vaciedad, y que el europeo moderno se encontraba a su vez muerto, y que por lo tanto, la única vía de superación era una Revolución cuyas verdades encontró encarnada en todos aquellos trabajadores y trabajadoras que se convertían en grandes al querer asaltar el cielo, y que en el paso de la Historia representaba la épica de la revolución de Octubre.
Malraux formó parte de una generación de artistas e intelectuales que descubrieron y se encontraron con el pueblo militante, y a los que las luchas sociales vistas en primer plano le llevaron a obsesionarse con la leyenda roja de Octubre, que pretendió ser participante total de la mítica que acompañaba la toma del Palacio de Invierno, la creación del Ejército Rojo la Guerra Civil, la revuelta los marinos rebeldes, de los guerrilleros de Budienny a caballo, de la repetición general del acontecimiento que sacó la Rusia atrasada y mística de su adorado Dostoievski para ocupar de pleno el escenario de la historia… En aquel tiempo, cuando Malraux quería resumir el siglo XX tenía a la mano una imagen, la de un camión erizado de fusiles (1)
Como en otros escenarios de su vida, en este también existía –por decirlo así– un actor protagonista. Cuando Malraux pensaba, en el nacimiento del Ejercito Rojo, en las asambleas multitudinarias y las patrullas obreras de la nevada Petrogrado, en la respuesta a las tentativas de sublevación de los cadetes, en la pasión revolucionaria en la Odisea cercada, en las multitudes obreras de Moscú, en aquellos días que conmovieron el mundo, y que al que Malraux se asomaba ardientemente a través de la lectura y del cine, «una figura planeaba sobre esas imágenes violentas: gorra, gafas, perilla, chaquetón con el cuello levantado, elocuencia brillante y aspecto de águila negra de garras poderosas, León Davidovich Bronstein, llamado Trotsky, comisario del pueblo durante la guerra y creador del Ejército Rojo…» (2).
Trotsky fue -¿antes o después de Lawrence?- uno de los grandes personajes contemporáneos que sustituyeron en la apasionada imaginación de Malraux a los reverenciados fantasmas de Saint-Just, de Rimbaud, de Nietzsche y de Iván Karamazov, y fue, durante la primera mitad de los años treinta, el más cercano y asequible. Trotsky era entonces el legendario sobreviviente del aquel acontecimiento, y esto era algo que para él, hacedor de mitos, inventor de actos, inspirador de estos, no pudo por menos que galvanizar de una manera especial. Como escribe Jean Lacouture: «Qué personaje más romántico el del vencedor vencido; más novelesco que el razonable, razonador, racional, perseverante Lenin de técnica elocuencia. Personaje que tenía sobre su ilustre predecesor la ventaja de proseguir en los años treinta una existencia perseguida, de fantasma sobreviviente al Termidor ruso….Malraux no celebraba en Trotsky solamente al constructor de historia. También le admiraba por haberse preocupado activamente de los derechos del escritor, con Lunacharsky, en lo más intenso de la Guerra Civil. Aquel estratega violento, cultivador de luces, era el héroe que soñaba».
Esta poderosa atracción estuvo a punto de manifestarse de la manera más extraordinaria tempranamente, cuando inmediatamente después de regresar de su odisea china, Malraux trazó en 1929 el plan de una expedición a Kazakhstan, con la finalidad de liberar a León Trotsky, entonces deportado en Alma-Ata por orden de Stalin que todavía no había probado la sangre de sus oponente (3). Según cuentan sus biógrafos, Malraux puso mucho interés en la preparación de esta singular aventura que habría asombrado al mundo. Se trataba de algo así como de rescatar a Trotsky en Elba (4) . Los documentos de esta tentativa fueron quemados cuando los alemanes entraron en París, en junio de 1940, por el mítico editor Gastón Gallimard, que en su momento se encargó de poner sobre la mesa toda su autoridad para que el escritor renunciara «a aquella hazaña propia de Tres Mosqueteros que hubieran leído L’Histoire des treize, pero no la historia de la Revolución revisada por Stalin» (5).
Esta aventura frustrada vino a ser como el prólogo de una intensa relación, como en el caso ulterior de André, Gide y Bretón (6), contribuyó el vínculo personal establecido por Pierre Naville, uno de los pioneros y componentes del movimiento surrealista (junto con Gerard Rosenthal), amigo y pariente de Gide, militante comunista disidente de primera hora (junto con algunos de los fundadores del PCF como Alfred Rosmer, Pierre Monatte o Boris Souvarine), audazmente partidario de la línea de oposición de Trotsky con el que fue a reunirse en Prinkipo, la isla de los Príncipes cerca de Estambul, donde el Gobierno de Kemal dio hospitalidad al proscrito. Obviamente, para alguien como Malraux dicha relación tenía una suma de atractivos de primer orden, y se implicó hasta un paso de la militancia organizada. También para Trotsky el encuentro resultaba importante por más que desde el principio fue consciente de lo que les diferenciaba. Entre acuerdos y desacuerdos, la relación se desarrolló apasionadamente durante la primera mitad de los años treinta, hasta que la guerra civil española y los procesos de Moscú abrieron un abismo entre Malraux y el «trotskysmo». Pero tanto en una mitad como en otra, como en su epílogo gaullista, la cuestión Trotsky devendría capital en las relaciones de Malraux con el destino de la Revolución de Octubre y con el movimiento comunista oficial.
Unas relaciones que pasa por diversas estaciones, y que ocupa un lugar importante en la aventura intelectual de Malraux.

3.La revolución china.
Asombroso diálogo. Primero, porque León Trotsky muestra desde un principio su interés por ganar a Malraux a la causa de la oposición, y como es habitual en él, discute de igual a igual con unos y otros, también sabe que su influencia es superior entre escritores e intelectuales en una generación que cuando todavía vive la extrema tensión de la defensa de Octubre, se encuentran con un fenómeno extraño y monstruoso -el de su burocratización-, sobre el que carecen de información y la que existe no pueden diferenciarla fácilmente del alud denigratorio desencadenado por los poderes establecidos. Además, las novelas de Malraux le brindan una oportunidad excepcional para volver a discutir sobre el trágico destino de la revolución china, cuyo primer protagonista, el proletariado industrial, había sufrido en 1927 una derrota sin paliativos. Para Trotsky este capítulo histórico será, más trascendente que ningún otro en aquel período (7), el más dramático e importante de la revolución mundial, la máxima prueba de la actuación del comunismo invertido patrocinado por Stalin y cuyas características son:
a) Aunque las tareas fundamentales de la emergente revolución china eran las propias de 1789, habían dos factores que impedían que la burguesía democrática asumiera su papel histórico, uno era la existencia de un marco internacional determinado por el dilema entre revolución y contrarrevolución, el otro -y complementario- era la potencia de un movimiento obrero concentrado en las grandes ciudades que hasta el momento había estado en primera línea…
b) después de la aventura de la Comuna de Cantón (una insurrección sin condiciones), el objetivo central del partido comunista chino no es hacer la revolución sino garantizar por todos los medios la alianza de la burguesía china (representada durante décadas por el Kuomintang) con la URSS;
c) en consecuencia, en vez preparar a los trabajadores contra la natural tendencia de la burguesía nacionalista a imponer el orden, a temer más a la revolución que a los amos de la china tradicional, el partido y sus consejeros (Borodin), los convencieron para confiar,
d) para garantizar su autoridad el estalinismo tildará de trotskysmo cualquier tentativa crítica, opuesta a la desastrosa línea oficial…
Situado en esta perspectiva, Trotsky llega incluso a magnificar la influencia de aquel con un joven todavía poco conocido, al que atribuye un tanto ingenuamente como coprotagonista de unos acontecimientos que sí bien supo describir magníficamente, ignoraba en buena medida su significado político. Malraux por su parte, respondió con imperturbable seguridad los argumentos de su interlocutor, tomando igualmente por verdad histórica lo que, obviamente, no dejaba de resultar una trama novelesca cuyos datos de fondo eran parcialmente exactos, y cuyos personajes, exceptuando Borodine y Gallen, eran ciertamente imaginarios; de hecho, Malraux ofrecía una interpretación sobre la que se podía debatir siempre que no se olvidara esto, que era una interpretación. El novelista y el teórico revolucionario pendían sobre aquella historia como sí ambos hubieran estado en el mismo plano; y como sí ambos discutieran sobre los planos de un campo de batalla. En un artículo sobre Les Conquérants (apareció en la NRF en abril de 1931) que más tarde reproducirá más tarde en un trabajo
más amplio sobre China (La Revolución estrangulada), Trotsky abría fuego:
«Un estilo denso y bello, la mirada precisa de un artista, la observación original y atrevida; todo confiere a la novela una importancia excepcional. Si hablo de él ahora, no es porque lleno de talento, aunque ese hecho no sea desdeñable, sino porque ofrece una fuente de enseñanzas políticas del más alto valor. ¿Provienen de Malraux? Se desprenden del propio relato, del autor y se manifiestan en su contra; lo que hace honor y al observador y al artista, pero no al revolucionario. Sin embargo, tenemos derecho a considerar igualmente a Malraux desde este punto de vista: en su nombre personal y sobre todo en nombre de Garine, su segundo yo, no regatea los juicios sobre la Revolución. . . » (8).
Por su parte, Malraux partía de una concepción diferente. Para él, el proletariado tenía más significado como símbolo de una humillación eterna que como instrumento de una historia que se desarrollaba en una coyuntura concentra. Su visión del Komintern, también era pues diferente, en parte justificó algunos aspectos de la dirección del Komintern de la abortada revolución china, sin embargo, su alter ego, Garine, tenía poca fe en la mentalidad romana de los bolcheviques, y se quejaba de que Borodin, el agente destacado en China por el Komintern, quería «manufacturar revoluciones del mismo modo que la Ford manufactura automóviles». En su obra ulterior sobre China, La Condition Humaine, hace que los héroes revolucionarios, Kyo, Katow y Tchen pierdan la vida, y lo hagan en buena medida como consecuencia de la política de la Internacional estalinista.
Trotsky concluía su requisitoria deplorando que al autor le hubiese faltado una «buena inoculación de marxismo (que).. habría podido preservarle de errores fatales», y escribe:
«El libro se titula Les Conquérants. En el espíritu del autor, ese título de doble sentido en el que la Revolución se disfraza de imperialismo, se refiere a los bolcheviques rusos o, más exactamente, a determinada fracción de ellos. ¿Los conquistadores?. Las masas chinas se levantaron en una insurrección revolucionaria, bajo la indiscutible influencia del golpe de Estado de Octubre Como ejemplo y con el bolchevismo como bandera. Pero «Los conquistadores» no conquistaron nada. Por el contrario, entregaron todo al enemigo. Si la Revolución rusa ha provocado la Revolución china, los epígonos rusos la han sofocado. Malraux no hace tales deducciones. Ni siquiera parece pensar en ello. No por ello deja de surgir claramente desde el fondo de su notable libro.»
Malraux responde al hombre de Octubre «en el tono intrépido de Saint-Just ante Danton» (Lacouture), y recordó que Borodine y los responsables de la Internacional eran marxistas, y sin embargo… Su respuesta es más literaria tanto en su sentido como en su forma: «Cuando Trotsky añade que no hay afinidad entre el autor y la Revolución, que «las enseñanzas políticas se desprenden del libro a mis espaldas», temo que no conozca en las condiciones de una creación artística: las revoluciones no se hacen solas. pero las novelas tampoco. Este libro no es una «crónica novelada » de la Revolución china, porque principalmente se pone de relieve una relación entre individuos y una acción colectiva Considera que Garine se equivoca; pero Stalin considera que él, Trotsky se equivoca a su vez. Cuando, en su Vida, leemos el angustioso relato de su caída, olvidamos que es marxista, y quizás lo olvide él mismo.» Al final, encadenaba con aplomo: «Como Trotsky reconocía en mis personajes, un valor de símbolos sociales, ahora podemos discutir sobre lo esencial.»
El novelista no ve como Trotsky que en 1925-1926, el Partido Comunista pudiera emprender una política propia, para él no existía sino en la alianza con el Kuomintang. Era la tesis que iba a repetir a Kyo, casi palabra por palabra, el Vologuine de La Condition humaine. Consideraba que: «La Internacional… no tuvo elección… Dije que su objetivo era dar la más de prisa posible al proletariado chino la conciencia de clase que necesitaba para intentar la toma del poder; ahora bien, el obstáculo más poderoso con que se tropezaba entonces la conciencia de clase, era la conciencia de sociedad. Todo militante chino era miembro de alguna de aquellas innumerables sociedades, llamadas secretas, cuya historia es la Historia de China desde 1911; el Kuomintang era la más poderosa de ellas; guardadas todas las distancias, se parece mucho más a nuestra masonería que a nuestro radicalismo. Antes de la fusión, la doctrina comunista era la de una sociedad naciente; inmediatamente después, se convertía en una de las doctrinas de la sociedad más numerosa».
Trotsky no se conformó con esta reprimenda. Propuso una réplica en la propia Nouvelle Revue Francaise (NRF), que, empero no se publicó. Finalmente apareció en La Lutte de Classes transmitió su respuesta al hombre de Les Conquérants: sin embargo, entonces la situación había cambiando, las divergencias sobre el papel del Komintern en China (reproducido luego en otros lugares), quedaba atrás, y ahora el escenario era ocupado por el ascenso de los fascismos, de los nazis en Alemania donde Stalin habían impuesto al PC la política suicida del tercer período, y en la que el enemigo principal era la socialdemocracia, trastocada en socialfascismo. En julio de 1933, Malraux pidió una cita al compañero de Lenin. Un año después, en un viaje a la URSS invitado de Máximo Gorki, Malraux ofreció a León Davidovich su brindis en el mismo Kremlin como respuesta al propuesto por un personaje oficial que lo hizo a la salud de la patria socialista, un término que años más tarde consideraría aberrante. Clara Malraux temió las consecuencias de aquel gesto audaz, por muchísimo menos desaparecieron muchos escritores en los años del gran terror.

4. Compañero de ruta de Trotsky.
Cuando pudo dejar Turquía, Trotsky fue recibido a regañadientes en Francia por el Gobierno del radical Eduard Herriot (8) que no le autorizó a residir en la región parisiense, por lo que tuvo que instalarse cerca de Royan, en una casa de la pequeña estación de Saint-Palais donde abrió las puertas a Malraux el 26 de julio de 1933, una escena magníficamente descrita por el novelista y que Alain Resnais reconstruyó en su película Stavisky como un contrapunto revolucionario a un contexto marcado por la descomposición burguesa. En aquel momento, Malraux acababa de dejar lista para su edición su obra más importante, La Condition humaine (9) , y unos meses antes, en marzo, se había comprometido, junto con Gide, en el combate antifascista, dentro de la Asociación de Escritores y Artistas revolucionarios que todavía no estaba «hegemonizada» por el estalinismo. Malraux publicó nueve meses más tarde en la revista Marianne el relato de la entrevista, coincidiendo con el hecho de que Trotsky acababa de ser expulsado por el Gobierno Doumergue en medio de una crisis (la del 6 de febrero de 1934), durante la cual la prensa derechista multiplicó sus advertencias contra aquel judío bolchevique al que acusaban de mover los hilos de una insurrección proletaria. Es un hermoso texto, vibrante de admiración, Malraux escribía:
«…Avanzando poco a poco entre la luz de nuestros faros, tras un joven camarada prudente que llevaba una linterna, llegaron unos zapatos blancos, un pantalón blanco, una chaqueta de pijama hasta el cuello… La cabeza quedaba en la sombra nocturna. He visto algunos rostros en los que se expresarían vidas capitales: casi todos son rostros ausentes. Esperaba con mucha curiosidad aquella máscara enmarcada por uno de los últimos grandes destinos del mundo, que se paraba, deslumbrada, al lado del faro».
«Desde que se concretó aquel resplandeciente fantasma con gafas, sentí que toda la fuerza de sus rasgos residía en la boca de labios finos, tensos, extraordinariamente dibujados, de estatua asiática. Para tranquilizar a un camarada, se reía con una risa cerebral que no se parecía a su voz; una risa que descubría dientes muy pequeños y separados; dientes extraordinariamente jóvenes en aquel rostro fino de blanca cabellera»…
«Trotsky no hablaba su lengua; pero, incluso en francés, la característica principal de su voz era el dominio total sobre lo que decía: la falta de insistencia por la que tantos hombres dejan adivinar que quieren convencer a otros para convencerse a sí mismos, la ausencia de voluntad de seducción. Casi todos los hombres superiores tienen en común, cualquiera que sea la torpeza de algunos en expresarse, esa densidad, ese centro misterioso del espíritu que parece nacer de la doctrina, que supera en todas partes y que da la costumbre de considerar al pensamiento como algo que hay que conquistar y no que repetir. En el dominio del espíritu, aquel hombre se había construido su propio mundo y en él vivía. Me acuerdo del modo en que me habló de Pasternak».
La conclusión de este artículo era desafiante. Malraux oponía el recuerdo del proscrito a las imágenes de una película presentada por el Partido Comunista que acababa de ver, la de una fiesta en Moscú «aplastada por los retratos gigantescos de Lenin y Stalin». En forma de apóstrofe, la conclusión era una adhesión a la causa del Viejo: «¿Cuántos pensaban en usted… entre esa multitud?. Seguramente, muchos. Antes de la película, hubo discursos, especialmente en favor de Thaelmann; el orador que se hubiera atrevido a hablar de usted, pasado el primer momento de inquietud, habría aplastado rápidamente la hostilidad burguesa y a la prudencia ortodoxa a la vez:. vive usted como un remordimiento en esa multitud que le silencia…Todos están con usted, contra el Gobierno que le ha expulsado: es usted uno de esos proscritos a los que no se consigue convertir en emigrados (…) Yo sé, Trotsky, que su pensamiento sólo espera su propio triunfo del destino implacable del mundo. ¡Que su sombra clandestina, que desde hace casi diez años va de exilio en exilio, pueda hacer comprender a los obreros de Francia ya todos a los que anima esa oscura voluntad de libertad, hecha tan clara por la expulsiones, que unirse en un campo de concentración es unirse un poco tarde. Hay demasiados círculos comunistas en los que ser sospechoso de simpatía hacia usted es tan grave como serIo hacia el fascismo. Su marcha y los insultos de los periódicos muestran que la revolución es una…».
Unas semanas antes, Trotsky había manifestado su simpatía con el visitante: «Léanse atentamente las dos novelas del autor francés Malraux Les Conquérants y La Condition humaine. Sin darse cuenta de las relaciones y consecuencias políticas, el artista formula un acta de fulminante acusación contra la política de la internacional comunista en China y, de la manera más sorprendente, confirma a través de escenas y personajes todo lo que la oposición de izquierda había explicado por medio de tesis y fórmulas…».
Durante todo aquel período (1933-1934), Malraux actuó abiertamente como activo simpatizante del que Churchill llamará el gran negador, al que quería volver a ver en la URSS, como quería un partido unido en el que los trotskystas tuvieran su lugar.
Era evidente que en esta opción tenía mucho que la condición de mito de Trotsky y su gesto en Moscú era un, pero también es cierto que Malraux se sintió identificado por algunos criterios básicos de la oposición, comenzando por el planteamiento de frente único contra el fascismo (el 6 de febrero de 1934, firmó un texto en favor del Frente único que los comunistas desaprobaban); su simpatía iba tan lejos como para conducirle a acciones más arrogantes que hablar en Ios mítines parisienses organizados casi en todas partes contra la expulsión de Trotsky. En una apasionante reunión celebrada en la sala Albony por iniciativa de la Liga Comunista (oposición de izquierda) y con el sector de izquierdas del Partido Socialista de Marceau Pivert, habló junto con éste, Pierre Frank e Iván Craipeau. En una reseña aparecida en La Vérite, órgano de la Liga Comunista se hizo ampliamente eco de la intervención de Malraux: «El orador lanzó un vibrante llamamiento a la realización de la Unidad para la tarea que se impone, la revolución en Francia. «Sepamos comprender que la revolución es una»- Volviendo sobre la expulsión del jefe de los bolcheviques leninistas, concluyó en medio de calurosísimos aplausos, prohibiendo que se «humille a una parte de la fuerza revolucionaria que hizo temblar San Petersburgo»
No obstante, en el mes de abril de 1935, Malraux llevó a cabo un gesto de ruptura a negarse a intervenir a favor de escritor revolucionario que tenía su leyenda en Francia, Víctor Serge, deportado por las autoridades soviéticas durante la primera gran purga que siguió al asesinato e Kirov. Con evidente amargura, Trotsky subrayó aquel silencio en La Vérite.

5. Con Stalin a pesar de todo.
Desde aquel momento, Malraux apareció como un incondicional de la política de Frente Popular, como uno de los portavoces de los compañeros de ruta del movimiento comunista, aunque siempre se permitió un grado de autonomía que, en muchas ocasiones, le convirtieron en molesto. De hecho, nunca aceptó los criterios del mal llamado realismo socialista, aunque nunca lo abordó frontalmente como lo haría Bretón.
Es conocido su discurso asombrosamente heterodoxo ante el Primer Congreso de Escritores Soviéticos de 1934, que provocó una dura réplica de un Karl Rádeck convertido en comisario de la cultura. Aunque los comunistas -dijo Malraux- han confiado en el hombre, los soviéticos no siempre han mostrado una confianza semejante en sus escritores. La literatura soviética pone de manifiesto los hechos externos concernientes a la URSS, pero no su ética ni, lo que es más importante, su psicología. En una nota de advertencia al Congreso, el dualismo de Malraux aparecía con claridad meridiana: «El marxismo -afirmó- es la consciencia de la sociedad; la cultura es la conciencia de lo psicológico». Luego, refiriéndose a la rica herencia de los clásicos rusos, Malraux puso de relieve que el rechazo de la psicología en el arte sólo podría conducir a lo que llamaba un individualismo absurdo. Estaba convencido de que el hombre vivo, se interpone siempre entre la doctrina y la literatura. La libertad esencial del artista no consistía en la libertad de hacer cualquier cosa, «sino en la libertad de hacer aquello que quiere hacer».
En su ideario subsistía plenamente la convicción de que el socialismo era la vía más humana, y se reafirmó en su anticolonialismo cuando en 1935, sesenta y cuatro intelectuales franceses defendieron la aventura abisinia de Mussolini en nombre de los valores Occidentales y de la civilización latina. Malraux replicó que occidente no había sido un concepto poderoso -o valioso- durante largos años.
Pero, Malraux creyó que el estalinismo no afectaba estas ideas, y lo aceptó tácticamente. Por esta razón, evadió los temas de fondo, hasta llegó a plantearse que lo que estaba ocurriendo en Moscú como un mero enfrentamiento personal entre Stalin y Trotsky. Esto explica que en febrero de 1937, durante el segundo gran proceso de Moscú, un periodista ruso, Wladimir Romm, declaró haber visto a Trotsky en París, en julio de 1933, y haber recibido instrucciones suyas para hacer sabotaje en la URSS. Éste replicó inmediatamente que, en julio de 1933, no estaba en París, sino en Royan, donde Malraux le visitó, y que éste podía dar prueba de ello, sin embargo, Malraux guardó silencio. Indignado, Trotsky escribió: «Malraux, al contrario de Gide, es orgánicamente incapaz de independencia moral. Todas sus novelas están impregnadas de heroísmo, pero él no posee esa cualidad en lo más mínimo. Es servil de nacimiento. Acaba de lanzar en Nueva York un llamamiento para que se olvide todo, salvo la Revolución española. No obstante, el interés por la Revolución española no le impide a Stalin exterminar a decenas de viejos revolucionarios…».
Malraux respondió: «EI señor Trotsky está hasta tal punto obsesionado por todo lo que le concierne personalmente que, sí un hombre que acaba de combatir durante siete meses en España, proclama que la ayuda a la República española debe ser antes que nada, para el señor Trotsky, esa declaración esa declaración debe ocultar algo». Y algunos días después, con motivo de una cena ofrecida en su honor por el periódico The Nation, Malraux establecía su propia criterio afirmando que al «igual que la Inquisición no ha socavado la dignidad fundamental del cristianismo los procesos de Moscú no han disminuido la dignidad fundamental del comunismo». Dicha comparación no era desde luego la que podían ofrecer los incondicionales, y tiene ciertas similitudes a la que ofreció Bertolch Bretch en su Galileo (Galileo se inclina ante la Inquisición consciente de sí bien en aquel momento no puede hacer otra cosa, la verdad no tardará en imponerse). Estaba claro que Malraux, tomando seguramente como referencia una pasaje de Los hermanos Karamazov, comparaba el estalinismo con la Inquisición, algo que ya decían sus los que denunciaban los procesos. Sin embargo, los procesos no socavaban la autoridad del comunismo. Aunque cabría hablar mucho sobre la Iglesia, aquí la cuestión era qué comunismo: el que se jugaba la vida y la libertad por restablecer la verdad, o el que estaba destruyendo todo lo que había de liberador de Octubre.
En una de sus polémicas con el entorno del PCF, el propio Malraux puso en cuestión el concepto de la continuidad revolucionaria. En su opinión esta se había convertido en una burla ¿cómo podían pretender los generales de Stalin, cargados de oro y condecoraciones, ser los legítimos herederos de los compañeros de Lenin?, y en más de una ocasión recordaría el viaje que hizo con Gide a Berlín para pedir la libertad de Dimitrov, y como luego el mismo Dimitrov hizo colgar al inocente Petkov. «¿Quién -preguntaba- ha cambiado; Gide y él mismo, o Dimitrov?». Una pregunta llena de pertinencia por supuesto que no se había atrevido a plantearse en la segunda mitad de los años treinta.
Durante la guerra española este dilema tuvo una traducción particular. Malraux prefirió jugar el juego con los comunistas, los únicos capaces en su opinión, de levantar un dique al avance fascista. Inmerso en esta lógica dejó que su escuadrilla tuviera un comisario político estalinista. También rompió todas relaciones con el POUM (Partido Obrero de Unificación Marxista), y mantuvo su silencio cómplice para condenar la caza de brujas de trotskystas y anarquistas a la que se entregaron las gentes de la NKVD y algunos de los jefes de las Brigadas Internacionales. Tampoco dijo nada sobre el extraño proceso al término del cual se fusiló inmediatamente a Zinóviev y a Kaménev, los dos lugartenientes de Lenin, ni sobre la extensa lista de escritores fusilados o desaparecidos sobre los que no cesaban de llamar angustiosamente la atención Víctor Serge y los surrealistas…
En una cita-declaración de Paul Nothomb (un joven comunista belga que en 1936 tenía veintidós años) en su libro Malraux en España (recientemente editado en Edhasa), escribe: «Hoy me consta que los que fuimos sin duda sinceros comunistas éramos los cómplices de grandes crímenes. Nos encontramos a finales de 1936, es decir, en el momento en que Stalin se lanza a sus purgas más sangrientas, cuyos ecos llegan hasta nuestros oídos y dan lugar a violentas discusiones entre nosotros. Después de todos estos años, sin embargo, me niego a considerar a mis camaradas del Partido de manera distinta a como lo hacía entonces».
¿Qué esta diciendo Nothomb?. Dos cosas que no son contradictorias. De un lado, valora aquel momento cuando, gracias a su experiencia en la aviación, se enrola en la escuadrilla España que André Malraux para acudir en ayuda de la República española. Rememorando este compromiso de juventud, de revuelta exigente contra el orden burgués. Nothomb precisa en la página que acabo de citar: «La adhesión a la doctrina de Lenin nos unía como la fe une una orden de monjes soldados». Con ello no está hablando de algo que se pueda amalgamar con el gran terror, sino de algo paralelo que, aunque ciego ante lo que, por perspectiva histórica, por su educación sectaria, no son capaces de ver, y se niega a considerar que sus camaradas fueran responsables de todo aquello. Ellos dieron lo mejor de sí mismo por una causa que lo merecía, y cuando tomaron conciencia de lo que fue el estalinismo, llamaron las cosas por su nombre…Se siente cómplice en el sentido más noble del término, es decir acepta su responsabilidad, pero, insisto, dicha complicidad no menoscaba la generosidad de su experiencia. Algo semejante se podría decir del Malraux capaz transpirar la solidaridad y la generosidad del pueblo en armas en una novela y una película, dos obras inmortales donde las haya que, a su vez, no quita que Malraux se equivocara de pleno en la cuestión de la política comunista oficial como reconocería años después, aunque desde una óptica muy diferente a la de Nothomb (10).
Desde una óptica que se negaba a ver detrás de la grandeur gaullista, por ejemplo la barbarie colonialista.

6. Epílogo gaullista.
Se ha discutido mucho que hay de ruptura y de continuidad en la lenta, subterránea pero clamorosa apostasía de Malraux. Lo mismo que en el caso de Paul Nizan, el pacto nazi-soviético tuvo un efecto decisivo sobre él pero, a diferencia de aquél, él no era del partido, además no hizo pública su defección, aunque su reacción fue airada: «Volvemos a estar a cero». La izquierda, opinaba, estaba herida de muerte, pero ansiaba comenzar de nuevo sobre otras bases. El caso como Coronel Berger fue un obstinado oponente de la fusión del MLN con el Frente Nacional Comunista. Luego, emergió de la guerra como Ministro de Información de Gaulle. La pregunta es, ¿por qué el gaullismo? Está claro que esta opción no tuvo lugar cuando el PCF estaba en descrédito, todo lo contrario. Tampoco entró en liza fácilmente, y por lo general no respondió a acusaciones como las vertidas por Garaudy, que lo tachó de mercenario, de haber sido parcialmente responsable de la «aventurerista Comuna de Cantón, que acabó en una enorme carnicería de trabajadores y demócratas», amén de volver a Francia «justo a tiempo de entrar en relación con Trotsky que, desde entonces, se convirtió en su padre espiritual». También lo tacharon de fascista, algo que no se corresponde a la verdad. Malraux por ejemplo nunca habló de la dictadura de los sindicatos como haría Vargas Llosas en pleno fervor thatcheriano. Más que de fascismo, cabe registrar que Malraux cambió su admiración por las elites revolucionarias por la de los pocos de la Batalla de Inglaterra, pasó de loar a Trotsky para hacerlo con De Gaulle y Churchill, y 1917 y la República española por el Imperio Británico. Su alegación de que «no se trata… de sí usted es comunista, anticomunista, liberal… ya que, el único problema real es saber cómo -por encima e esas estructuras- y de qué manera podemos recrear al hombre», revela la medida de su antipatía para con el materialismo. «La herencia europea -concluyo- es el humanismo trágico», y sí no quiso ver los procesos de Moscú, tampoco quiso enfrentarse con los desastres humanitarios del Tercer Mundo.
También cambió de centralidad, tal él mismo explicará en su última obra de ficción: Les Noyers de l´ Altenburg (publicada en 1948 y de la que no me consta que haya traducción), el lugar de la acordada a la cuestión social durante el período radical que le dio fama internacional, ahora observa y se reafirma en la centralidad de la cultura occidental. Distingue esta de las demás por su resistencia a la fatalidad y al destino, y por su investigación de la psicología del individuo. En un discurso pronunciado en 1946 ante la sesión inaugural de la conferencia de la UNESCO en la Sorbonne, dividió las culturas en bloques étnicos o geográficos: rusa, americana y europea. «La fortaleza de Occidente -dijo- radica en su aceptación de lo desconocido». Lejos quedaba la descripción indignada de las atrocidades cometidas por el avaricioso Imperio Británico de Les Conquérants. Y, adelantándose al neoliberalismo advirtió que los europeos sentían mala conciencia ante sus privilegios y colonias, mientras que los Estados Unidos (y Rusia) aún consideraba legítimos sus privilegios.
Malraux se reafirmó en el nacionalismo mientras criticaba la instrumentalización que Stalin había hecho del internacionalismo.. «Nosotros -diría- habíamos creído que, haciéndonos menos franceses, nos hacíamos mas humanos. Ahora sabemos que simplemente, nos hacíamos más rusos». Rusia había dejado de lado a la Internationale con un «amplio gesto desdeñoso». Su liberalismo se cohesionó tras una conversación con el extrotskysta, James Burham, a la sazón convertido en uno de los teóricos de la revolución conservadora entre finales de los años cuarenta y principios de los cincuenta. Malraux hizo su propia versión del fin de las ideologías, según la cual las viejas categorías de izquierda, centro y derecha, habían dejado de ser válidas; en consecuencia, era absurdo llamar reaccionario al gaullismo. Burham era partidario de ilegalizar el PCF, algo que a Malraux le repugnaba. De alguna manera, era perfectamente consciente del papel de éste en la sociedad francesa.
Hizo un reconocimiento explícito durante el mayo del 68. José Bergamín contaba que un día pasó por delante del Ministerio de Cultura y le picó la curiosidad por saber que pensaba de todo aquello su antiguo compañero, ahora ministro. Atravesó los largos pasillos sin encontrarse a nadie, todos los funcionarios secundaban la huelga general. Llegó hasta el despacho de Monsieur Le Ministre, quien en medio de la conversación le confesó «Felizmente, tenemos el partido comunista». En otra ocasión habló de aquel partido ahora dirigido por oscuros funcionarios como Waldeck Rochet y George Marchais como «la última barricada» de un sistema social que cuando él fue plenamente Malraux, llegó a cuestionar y contra el cual escribió sus mejores obras.
Sant Pere de Ribas

Notas
(1) Entre los diversos estudios que enfocan la relación de Malraux con el comunismo destacan los de David Caute, El comunismo y los intelectuales franceses. 1914-1966 (Col, Libros Tau, Vilasar de Mar, BCN, 1967), y Compañeros de ruta (Ed. Grijalbo, México, 1975), y especialmente el de Herbert R. Lottman, La Rive Gauche. Intelectuales y política en París, 1935-1950 (Ed. Blume, BCN, 1985).
(2) La mayor parte de datos de este trabajo están extraídos de la celebrada biografía que le dedicó Jean Lacouture, y que aquí fue editada en 1976 por Euros, una editorial de izquierdas ligada a un vástago de la familia Godó y a La Vanguardia. Como anécdota cabe señalar que el extenso capítulo dedicado a las relaciones entre Malraux y Trotsky fu reproducido por la prestigiosa revista Triunfo con una foto de Trotsky en la portada.
(3) Aunque ahora se trata de amalgamar toda la historia soviética con el Gulag, lo cierto es que, una vez pasada la guerra civil en la que la revolución se jugaba a vida o a muerte, la eliminación de los adversarios no comenzó de una manera sistemática hasta la entronización definitiva de Stalin («el Lenin de hoy») al poder absoluto. El mismo hecho de que Trotsky fuera primero deportado, y luego exiliado fue algo que hubiera resultado impensable unos años después. El primer opositor asesinado fue Jakob Blumkin, un opositor arrepentido que fue a visitar a Trotsky a Prinkipo. Se daba la casualidad de que Blumkin había sido uno de los eseristas de izquierdas que atentaron contra Trotsky cuando su grupo consideró como una traición la firma de la paz de Brest-Listovk. Aunque oficialmente fue fusilado, Blumkin se hizo bolchevique y fue uno de los secretarios de Trotsky desde la guerra civil.
(4) Este título corresponde a uno de los más famosos artículos del periodista norteamericano John Gunther en el que hacía un paralelismo entre la estancia de Trotsky en Prinkipo con la de Napoleón en Elba. En aquel entonces, tanto a la izquierda como a la derecha, nadie tenía claro sí Trotsky podría volver al poder, una hipótesis que en las cancillerías se tenía muy en consideración, sin ir más lejos, el propio Hitler la barajó como una de las variantes negativas que podía provocar su invasión a Rusia. Lacouture también se hace eco del paralelismo para ampliarlo a Malraux cuando escribe: «Imaginemos a Napoleón en Elba, discutiendo de estrategia con Stendhal, y éste con Fabrice y Grouchy…».
(5) Malraux nunca negó su afinidad con obras de Trotsky como Literatura y Revolución, Mi vida (que tanto entusiasmo literariamente a un Francois Mauriac) y sobre todo, con su Historia de la Revolución rusa, a la que, ya como ministro, recomendó a unos estudiantes egipcios sí «querían comprender el siglo XX». En una entrevista en la ORTF con ocasión de la publicación de sus Antimemorias donde considera a Trotsky, «con De Gaulle. Mao y Nehru, como el hombre más notable (que él haya) encontrado»).. su interlocutor intento establecer un paralelismo entre Michelet y el autor de la Historia de la revolución rusa. Malraux entonces objetó: «Trotsky era Michelet sin generosidad. Trotsky no tenía los brazos abiertos. Había en él una profunda fraternidad. bastante noble; pero no era generosidad», seguramente recordando su intransigencia militante.
(6) Sobre la relación de Trotsky con la izquierda intelectual francesa de los años treinta, me remito a mi edición del Manifiesto por un arte revolucionario e independiente (Ed. El Viejo Topo, BCN, 1999), y a mi artículo sobre Gide aparecido en esta misma revista (abril 2001, nº 151). Este apartado podría ser ampliado a otros nombres, como por ejemplo, Simone Weil, cuyo biógrafo asegura que fue en su casa paterna donde se celebró el Congreso fundacional de la IV Internacional en 1938, aunque las fuentes «trotskyanas» aseguran que la casa la puso Alfred Rosmer. En todo caso, Simone mantuvo una cierta relación, y un debate, con Trotsky durante la estancia en Francia de éste, y militó en el grupo Revolution proletarianne que durante la guerra española mantuvo una colaboración tanto con el POUM como con la CNT.
(7) La historia de la revolución china anterior a la Larga Marcha existen numerosas aportaciones como la célebre de Harold Isaacs o los estudios sobre los orígenes de la revolución china efectuado por Lucien Bianco, o el de Pierre Broué La question chinoise dans l´Internationale Communiste (EDI, París, 1967). Fernando Claudín ofrece una buena reconstrucción de los problemas y debates de entonces en La crisis del movimiento comunista internacional (Ruedo Ibérico, 1971).
(8) Esta evocación de Malraux fue traducida y publicada por la revista la Izquierda comunista española, Comunismo, y reproducida en la amplia antología publicada por Ed. Fontamara (BCN, 1977). Lacouture lo cita ampliamente.
(9) La inclusión de unas imágenes en la que Trotsky abre la puerta a Malraux (acompañado por un joven trotskysta luego asesinado), es una auténtica «licencia» en una película (Stavisky, protagonizada por Jean Paul Belmondo) que se permitieron su director, Alain Resnais, y su guionista, Jorge Semprún, como un contrapunto que fue muy discutido. Y ya que hablamos de cine, entre finales de los setenta y principios de los ochenta se habló insistentemente de una adaptación fílmica de La condición humana que, al parecer, debía dirigir Fred Zinneman con Ives Montand entre los protagonistas. Recuerdo que éste último justificó -en una entrevista en TV2- el cancelamiento del proyecto porque ya nadie se podía creer aquella fervorosa evocación del idealismo comunista… Ahora se vuelve a hablar de otra tentativa con Oliver Stone detrás las cámaras.
(10) En una amplia reseña del libro aparecida en El País (18-12-2001), Jorge Semprún, describe a Nothomb como «seducido y aducido por el ideal bolchevique, el idealismo revolucionario de un bolchevismo irreal que se encamaría en los horrores del socialismo real», y reconoce que éste describe «un espíritu de compañerismo inaudito, un extraordinario buen humor en todo momento, hasta el punto de que, al recordar esas horas pasadas, no puedo dejar de pensar que vivimos uno de esos raros instantes en que la fraternidad humana, eso tan a menudo adulterado, se convierte en algo más que una palabra, que un eufemismo.». Semprún no disocia estos conceptos –muy similares a los de la «solidaridad viril» que Malraux veía encarnada en el activismo revolucionario- del horror estalinista, y trata, una vez más, de abordar una cuestión que describe como sí fuera un entomólogo, o sea como alguien que esta más allá de la historia. aunque esto no es el lugar, cabe recordar al menos algunas cosas, tales como que Semprún aparte de ser un antiguo comunista oficial (que como Federico Sánchez se la jugó contra el franquismo cuando los liberales no se atrevían ni a carraspear), fue luego un marxista heterodoxo (conocido sobre todo por su labor como guionista del cine político), para acabar, finalmente, como un arrepentido neoliberal, como un anticomunista a veces digno del ABC, que mira la Norteamérica (republicana) con la misma devoción con que antaño miró la URSS, solo ahora sus combates por la libertad (de las multinacionales) tiene un carácter mucho menos noble que cuando creyó en el comunismo. Por ejemplo, durante la guerra de Golfo, Semprún dictó como ministro la exclusión de una lista de funcionarios que habían firmado un manifiesto contra la guerra.

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Sobre el autor: Gutiérrez-Álvarez, Pepe

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