Sobre Juan Andrade, Pepe Gutierrez

Aunque su áspero carácter le impidió jugar un papel a la altura de Nin y Maurín, el madrileño Juan Andrade ocupa un lugar excepcional en la historia de la izquierda revolucionaria española. De Andrade llama la atención su larga y coherente trayectoria militante: Andrade empieza su andadura política con los Jóvenes bárbaros (juventudes radicales), pero en 1918 ya está al frente de las juventudes socialistas madrileñas, partidarias de Zimmervald y de la revolución rusa. En 1920 se encuentra entre los animadores del recién construido PCE como director de El Comunista. En 1921 es encarcelado por invención de la policía de una insurrección por parte del joven partido, y lo volverá a ser en 1923 y en 1924. En 1927 es apartado de todos sus cargos del partido por su actitud crítica, que evoluciona desde posiciones izquierdistas consejistas hacia las de la Oposición de Izquierda. Cofundador de la OCE, funda y anima la revista Comunismo. En 1935 es también uno de los fundadores del POUM, a cuyos CC y CE pertenecerá. Procesado en 1938, logra huir de Barcelona en víspera de la entrada de las tropas de Franco.
Durante la ocupación alemana de Francia, Andrade vive ilegalmente, y conoce diversos campos de concentración hasta que es liberado el 24 de febrero de 1944 por un maquis anarquista en el que se encuentra Wilebaldo Solano. Durante los años que vive en Francia, Juan Andrade es uno de los militantes poumistas más constantes a pesar de las continúas discrepancias que mantiene. Para el sector bloquista, Andrade es algo así como el jacobino de la Izquierda Comunista, el intransigente que no tiene mucho miramiento a la hora de comprender posiciones como las del último Maurín. En los años setenta, su espíritu militante le lleva a participar en el fallido intento de reconstrucción del POUM. Finalmente se mantuvo próximo a la LCR. En la biografía de Andrade existen dos capítulos que merecen a nuestro juicio una atención especial, el primero se refiere a las actividades propagandísticas de Andrade y el segundo a su compleja relación con Trotsky y el trotskysmo.
No hay que ser ningún agudo académico para saber que no existen tratamientos privilegiados para los revolucionarios. No hay más que ver que para todos los que se interesen sobre las actividades culturales en el espacio de tiempo que va desde los años finales de Primo de Rivera y la guerra civil, la escena se encuentra ocupada por la estrella Ortega y Gasset, y en menor grado por la espléndida generación del 27. Sin embargo, un estudio hecho más hacia abajo (1), nos permitirá conocer los datos de un encuentro entre el pueblo y la cultura, de lo que no sería exagerado llamar una revolución cultural. La pasión por la lectura; en disfrute de un cine crítico vivo; la conexión activa con artistas e intelectuales dejó de ser el privilegio de las clases altas y medias para alcanzar al conjunto del proletariado. Durante estos años se publicaron centenares de títulos de los clásicos socialistas, millares de novelas vanguardistas, antimilitaristas, revolucionarias, proletarias, y los mejores artistas se sintieron vinculados a un pueblo en marcha.
Detrás de esta auténtica revolución cultural pocos pueden competir con el stajanovismo de Juan Andrade, animador de revistas como PostGuerra y Comunismo, responsable de editoriales como Cenit, Hoy, Iberoamericana, Oriente, Comunismo, etc., articulista vibrante y lúcido bajo diferentes seudónimos, traductor de diversos clásicos marxistas, descubridor de nuevos talentos como Ramón J. Sender (2), y finalmente, autor de diferentes folletos y libros como La burocracia reformista en el movimiento obrero que todavía sigue siendo referencia metodológica obligada para todos los que estudian la UGT y el PSOE de Pablo Iglesias y Largo Caballero. No se trata por lo tanto de una obra teórica brillante ni de primera línea, no hay aportaciones originales, pero sí hay un rigor poco usual entre nuestra izquierda, y sobre todo, una labor que, podíamos definir con Gramsci, significaba «difundir críticamente verdades ya descubiertas, «socializarlas», por así decirlo, y convertirlas, por tanto, en base de acciones vitales, en elementos de coordinación y de orden intelectual y moral».
No les faltaba razón a los sectores bloquistas del POUM cuando trataban a Andrade como un trotskysta que había tenido la desgracia de haberse peleado con Trotsky. Andrade fue un bolchevique clásico tanto en sus virtudes como en sus defectos, un militante duro y severo, riguroso e implacable crítico de los acomodamientos y las medias tintas, capaz de discernir entre la política estalinista y la naturaleza de la revolución rusa, de la URSS y de la base comunista del PCE. Hay un desgarro permanente en Andrade desde que en 1936 Trotsky le devuelve drásticamente su libro sobre La burocracia reformista…, tratándole de traidor por haber suscrito el pacto del Frente Popular. Andrade vio siempre en Trotsky una actitud soberbia hacia sus amigos-adversarios. A alguien incapaz de reconocer una historia y una grandeza de éstos como la reconoció Lenin en gente como Plejanov, Martov, Kropotkin… Este desgarro se hace especialmente duro cuando un “parvenu” del trotskysmo adopta la posición de Trotsky sobre el POUM y sobre él, que ha cubierto más de sesenta años de militancia sin claudicaciones.
Esta actitud de Trotsky, prolongada también en otros casos no menos drásticos y dolorosos como el mítico comunista holandés Henri Sneevliet o su propio hijo León, hay que situarla en unas condiciones de tensión infrahumanas, pero también en una inclinación muy cultivada por la socialdemocracia rusa en el exilio y que tuvo una concreción práctica desastrosa en las inventivas que se dedicaron mutuamente él y Lenin, con los resultados ulteriores que todos conocemos. Incluso admitiendo la corrección política de la crítica de Trotsky al POUM —lo que es mucho admitir, y que se suele hacer primando lo doctrinario y general sobre el análisis más concreto—, existen diferencias entre la actuación de Nin y Andrade (que no se impusieron a una revolución sino que carecieron de capacidad para coordinarla y orientarla) y la de Zinóviev y Kámenev en Octubre de 1917, y sin embargo, estos últimos siguieron al frente del partido bolchevique. Es absolutamente inadmisible tratar así los posibles errores de alguien que ha dedicado su vida a la revolución, y sustituir con la descalificación las propuestas de un debate serio y abierto. Luego fue Andrade uno de los que más se interesó por encontrarle a Trotsky un lugar para vivir en el Vendrell, el que trató de hallarle un tribuna en La Batalla. El que siguió firme cuando tantos y tantos otros renegaron. Esta es una lección que conviene no olvidar.
Notas
(1). Entre otros, ver: Víctor Fuentes, La marcha al pueblo en. las letras españolas. 1917-1936 (Ed. de la Torre, Madrid, 1975); Christopher H. Cobb, La cultura y el pueblo, España, 193011939 (Laía, BCN, 1977); Los novelistas sociales españoles (1928-1936), antología. de José Esteban y Gonzalo Santoja, autor también de la reedición de La novela proletaria, en Ed. Ayuso los dos casos.
(2). Entre sus múltiples actividades editoriales, Andrade fue e! editor del primer libro de Sender, La situación religiosa en México, que apareció con un prólogo de Valle-lnclán, cuya paternidad nunca ha sido entredicha por ningún erudito, y que sin embargo fue obra de Andrade, muy amigo de Don Ramón María. Juan fue también el inductor de la publicacíón de Imán, la novela revelaci6n de Sender, y la mejor de su obra para muchos. Responsable de infinidad de artículos y notas editoriales, su obra personal es más bien escasa, Fontamara publicó su opúsculo sobre el primer PCE, y Serbal sus Recuerdos personales. Servidor (Pepe Gutiérrez) le dedica un amplio espacio en Memorias de un bolchevique andaluz (Ed. El Viejo Topo, BCN, 20002).

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