Crónica de una presentación (Balius, Amigos de Durruti). Pepe Gutierrez

El pasado jueves 20 de noviembre, como miembro de la Fundación Nin, fui citado por uno de los responsables de la inquieta Editorial barcelonesa Virus, [para participar en la presentación del libro de Miquel Amorós], que tuvo lugar en la amplia sala del Espai Obert, en el Paralelo barcelonés. Se trata de un local alquilado que ejerce las funciones tradicionales de un Ateneo libertario, y en el que, entre otras cosas, había programado un ciclo de películas de greco-francés Costa-Gravas.
A la hora del acto, la sala aparecía bastante concurrida, y entre los presentes pude saludar a algunos amigos y conocidos del mundo libertario como Abel Paz y Eduardo Pons Prades, así como Castany, presidente del Ateneo barcelonés. También estaban presentes editores en una línea tan heterodoxa como Virus, como Quim Cirera, de Octaedro que está preparando la edición de “Los javaneses”, de Jean Malaquais (y me habló del testimonio de éste y de Víctor Serge en la Francia ocupada, un grueso volumen que presenta problemas de edición), y también Carlos, de la Editorial Alikornio que tenía expuesta en el servicio de librería la novísima edición de “Mi guerra de España”, de Mika Etchebéhère, sobre la que quería llamar la atención de la Fundación Andreu Nin. En la misma mesa se encontraban también el “Cuaderno Rojo”, de Mary Low, de la misma editorial, así como el primer volumen de la Obras Completas, de G. Munis, publicada por Muñoz Moya Editores Extremeños, Llerena, y que contenían sus escritos sobre “Revolución y contrarrevolución en Rusia”, una valoración histórica sobre la que Munis justificaba su separación del marco de la IV Internacional.
Desde la tribuna, Patric de Virus justificó el extenso número de invitados a la mesa porque se había tratado de, gustara o no, reunir a todos los grupos y sectores que habían tomado parte en los acontecimientos de mayo de 1937, y que, por lo mismo, tuvieron una relación con Los Amigos de Durruti. La voluntad pluralista empero, presentaba no pocos problemas, empezando por el del tiempo, con tanta gente en la mesa, el propio autor apenas si tuvo ocasión de explicarnos algo sobre su obra, y a las dos horas largas de sesión, el debate apenas si había comenzado entre el público que comenzaba a desfilar, en algunos casos con muestras de desagrado.
Otro se derivaba de la dificultad inherente a tratar un episodio que los historiadores trataban de vadear. Un buen ejemplo en este sentido es Pierre Vilar en su breviario sobre la guerra civil, donde equipara como si fuera en un concurso diversas hipótesis, incluida la provocación quintacolumnista. Además, desde 1937 había transcurrido el suficiente tiempo para que la representatividad de los coprotagonistas del momento permaneciera en su sitio. No se podía comenzar diciendo aquello de “como decíamos ayer…”. El anacronismo se hizo patente cuando les tocó el turno al sector antaño trotskysta, quienes por lo demás, como era de esperar, más que entrar en el debate sobre la verdad y pertinencia del libro de Miquel Amorós, dedicaron su tiempo a tratar de explicar sus propios dictámenes, tomando a los bolcheviques-leninistas de entonces como su punto de llegada (más que partida), todo estaba claro, solo había que comprender la quintaesencia, los historiadores eran buenos o malos según reconocían o no dicha revelación. En este cuadro de tiempo y de certezas, a servidor le asaltó la duda sobre si valía la pena trabar algún discurso, y se limitó a ofrecer varios apuntes (atropellados) de manera que le sobraron cinco minutos de los diez que le habían otorgado. Salvo el autor, nadie más se atuvo al cronómetro.
Miquel Amorós abrió fuego contra unos comentarios despectivos de Josep Fontana (un catedrático de historia muy ligado al PSUC, y en menor medida, al sector más tradicional, del PCC), no en vano su trabajo abundaba en un viejo conflicto historiográfico, contra las tentativas reduccionistas de considerar el hecho revolucionario como “un fenómeno social exótico”, y de menospreciar la historia escrita lejos de las academias (la historia para los profesionales), y este punto suscitó numerosos comentarios, algunos bastante sumarios. En realidad, lo que se planteaba sobre el escenario era ante todo un debate interno y abierto entre las escuelas libertarias, con dos, digamos más amigos de Durruti (y de Balius, y por lo tanto de Amorós, que toma claramente partido por éste), y dos que mostraron abiertamente su disconformidad con el libro.
El más expeditivo fue sin duda Luis Andrés Edo (miembro de la Fundació d´Estudis Libertaris, coorganizador del debate), que dijo tajantemente que si antes era partidario de Los Amigos de Durruti, desde que había que había leído el libro, ya no lo era. Edo tiene justa fama de “enfant terrible”, y este tipo de declaraciones les son muy propias, hasta habló de una segunda muerte de Durruti. Con otro enfoque, también se manifestó muy critico, Adolfo Castaño (del Ateneu Enciclopédic Popular), poeta, y libertario disidente de las escuelas según definición propia. Adolfo llamó la atención sobre un aspecto del libro de Amorós, y era su tono a veces despectivos con algunos de los componentes de la CNT «circunstancialista”, que no fue una mera burocracia. Y aunque no mencionó ningún caso, esto era evidente en caso de “Juanel”, cuyo “curriculum” en la resistencia antifranquista resulta impresionante. Y es que, una cosa es que una gente se pueda equivocar, y tomar posiciones muy contradictorias en medio de algo tan extremo y complejo como fue la guerra y la revolución en España, pero, tal como lo demuestran los hechos, no se trataba de miserables burócratas. Algo similar pensé cuando Amorós tacha de “ruin” unos comentarios de Juan Andrade sobre Los Amigos de Durruti. Es bastante posible que Juan no supiera apreciar lo que significaban, y los trató con irritación (como siempre lo hizo con la CNT-FAI, para él, en extremo inconsecuente), pero esto será si acaso una apreciación injusta derivada de una información escasa o deformada. Esta visión era muy propia en los círculos trotskystas, que interpretaron la acción del grupo como algo honesto y auténtico, pero bastante caótico. No creo pues que se tratara de una actitud “desagradecida” por parte de Andrade.
La pregunta que se hacían los críticos era si se podía hablar de una “revolución traicionada”, y hacerlo, no ya en dirección al estalinismo y la socialdemocracia, sino por parte de la CNT-FAI. Según el munista Eulogio Fernández, la CNT y el POUM fueron organizaciones revolucionarias únicamente hasta las jornadas de julio. Sin embargo, la historia no es una autopista con un mapa que tiene todas respuestas. Hay algo de esto en el libro, un cierto apriorismo encerrado en las propias razones de los protagonistas, pero también se ofrece una reconstrucción bastante minuciosa tanto del singular, Jaume Balius, como del grupo de afinidad como de la propia realidad de la CNT abocada a la lógica gubernamental. También se da una comprensión del significado último del rechazo revolucionario, una acción que se manifiesta cuando la revolución ya está siendo cercada por todas partes. De hecho, el asalto sobre Telefónica por parte de Rodríguez Sala aparece como una torpe precipitación de una “normalización” restauradora que hasta el momento funcionaba calladamente. La reacción proletaria –según Vidiella- cortó la respiración a los representantes del poder restablecido de la Generalitat, hasta que la acción tranquilizadora de la dirección de la CNT permite que el proceso silencioso se restablezca, solo que ahora ya de una forma descarada y virulenta (asesinatos de Nin y Berneri entre otros). Lo más ignominioso de todo esto es que en este propósito la CNT no dudó en tildar a los insurrectos de “agentes a sueldo”, de “provocadores” o de “trotskystas”, con lo que esto significaba en un momento en que la campaña de intoxicación estalinista estaba ligando este concepto con la famosa “Quinta Columna”.
A favor de la lectura de Amorós intervinieron no menos apasionadamente Paco Madrid (del Ateneo al Margen y uno de los más activos divulgadores del pensamiento libertario actualmente), y Just Casas, de la CNT-AIT, que, al ser el último en intervenir, se tomó su tiempo para responder a Edo. El libro restituía al fin una historia que hasta ahora había sido incompleta. Los historiadores de la CNT, en primer lugar José Peirats, habían tratado este episodio de una manera superficial y sumaria, les molestaba. Sin embargo, Los Amigos de Durruti no eran una planta extraña en la CNT, donde hubo corrientes muy diversas, y se expresaron contradicciones de todo tipo. Eran militantes poco conocidos con excepción de Balius y Lliberto Callejas, pero que se habían agrupado sobre la base de un creciente disenso contra el gubernamentalismo. El hecho de que, por lo general, no formaran parte del “caucus” de afines con Durruti, no tiene la menor relevancia, Durruti era un símbolo inequívoco de la revolución, alguien que la gente anónima que había hecho la revolución tenía como un luchador que no se había replegado a la política de los despachos. Lo que hicieron Los Amigos de Durruti fue ejercer su derecho a la crítica, y denunciaron acontecimientos y actitudes contrarias a la revolución que se predicaba. Eran los críticos de la “nomenklatura” confederal, los que expresaron el malestar del pueblo que veía como crecían los privilegios por todas partes. Desde este punto de vista, los acontecimientos de mayo del 37 fueron la continuación de las jornadas de julio, representaban el mismo espíritu, solo que en unas circunstancias más adversas, ya no eran solo los fascistas sino una izquierda que sacrificaba la revolución en nombre de la República que la revolución había salvado…
El tono de la polémica pues, venía ya dado por el propio libro. Amorós no ofrece una valoración reposada de los hechos sino que entra en los debates y las interpretaciones. Su papel es, así lo dijo Casas, el propio de alguien que habría estado en las mismas barricadas. Su concepción es coincidente con la que le da nombre al grupo que recoge el legado de Durruti en el sentido de que se podía prescindir de todo, menos de la revolución, porque la revolución era el único camino a una posible victoria. En sus soflamas, Balius y los demás utilizan el lenguaje inflamado de los “sans-culottes”, de hecho el modelo de adopción de Durruti es muy semejante al que utilizaron los “enrâges” con Marat y El Amigo del Pueblo, su periódico, un tono en el que Edo vio el peligro del puritanismo revolucionario que, por ejemplo, consideraba intolerable que un trabajador fuera impuntual. Este apasionamiento empero, no contradice la existencia de un trabajo serio de investigación, y sobre este punto nadie adelantó ninguna objeción. Desde Orwell hasta el presente se ha escrito mucho de mayo del 37, y de su carácter precursor de una revolución que además de social ya tenía que ser antiburocrática, pero muy poco de sus protagonistas. En 1977 apareció un pequeño folleto, el de Mintz-Peciña, pero que no iba más allá de una introducción. Se ha necesitado un tiempo para que este trabajo haya sido posible, y el libro está ahí. Que ya en su presentación de lugar a una agria polémica entre anarquistas, demuestra que esta corriente con su alma posibilita y su alma izquierdista (a veces amalgamadas), y que por tanto, sus debates históricos, siguen abiertos.
Amorós dedica buena parte de su trabajo a reconstruir la vida y el pensamiento de Jaume Balius (Barcelona, 1904-Hyéres, Francia, 1980), el mítico intelectual de «Los amigos de Durruti», lo que le valió la acusación de privilegiar demasiado el papel de los líderes. Hijo de un corredor de comercio, Balius estudió primero con los jesuitas de Caspe, y después, en diversos colegios privados. Comenzó a estudiar medicina en 1920-1921, pero una enfermedad venérea le impidió continuar. En 1922 se afilió al Acció Catalana, y toma parte en las manifestaciones catalanista de 1923, siguiendo los pasos de Francecs Maciá. En 1925 fue uno de los firmantes del manifiesto catalanista de Bandera Negra, siendo encarcelado por su participación en el complot del Garraf. Evoluciona hacia el anarquismo en el que acabará integrándose ya entrada la República. En un artículo escritor en «defensa propia», para responder a lo que en contra suya se llegó a decir durante los acontecimientos de mayo del 37 en Barcelona, escribió: «Procedo de una familia burguesa(…). Y a través de la sala de dirección de los hospitales, de las cárceles y del destierro ha ido superando mi procedencia hasta llegar a identificarme en absoluto con el proletariado». Aunque Proudommeaux afirma que Balius no se hizo anarquista hasta la crisis de 1934, al parecer fue introducido en los medios libertarios por Lliberto Calleja alrededor de 1932. Amorós también revaloriza a éste, considerado normalmente como un personaje bohemio y de segunda fila en la CNT.
El propio Balius asegura en el citado artículo: «A la vuelta del exilio de tierras francesas en la época de Primo de Rivera, combatí a la Generalitat en un instante en el que podía enchufarme y desde entonces defiendo a la CNT y a la FAI…» Una parálisis le obliga a quedarse en la retaguardia, en Barcelona, donde publicará “El Amigo del Pueblo”, órgano de «Los amigos de Durruti», enfrentados a la dirección oficial anarcosindicalista. Este grupo, del que Balius será subsecretario, discrepa del ministerialismo de su organización y se aproxima en buena medida a las posiciones del POUM y del grupo trotskysta con el que mantendrá algunos contactos. Denuncia el proceso antirrevolucionario en el campo republicano, vincula estrechamente la guerra con la profundización revolucionaria y propugna la instauración de un nuevo poder revolucionario que desplace a los partidos burgueses y a los «marxistas oficiales».
Balius se convertirá en el “chivo expiatorio” de la coalición antirrevolucionaria. Se defiende de las amputaciones de unos y otros, diciendo que se le tacha de tal porque es un «enemigo acérrimo de los partidos políticos pequeños burgueses y de toda esa gentuza que en nombre de la revolución se ha lucrado y todavía se lucra a pesar de que se derrame sangres a torrentes en los campos de batalla…conviene ajustar que la actitud de Balius y sus amigos en defensa del POUM y de Nin, sobresale por su carácter categórico. Se sentían en las mismas barricadas y sabían que la persecución del POUM era una trama más en la desactivación de un proceso revolucionaria ante el que, por parte de Nin y del Estado Mayor poumista, se asiste con no poca ingenuidad. No digamos los cenetistas como Montseny, que se consideraban a salvo. Según Amorós fue la presión de los durrutistas lo que la obligó a cambiar su actitud, y asumir la defensa del POUM.
Después de la «debâcle», Balius marchó al exilio a Francia, y distanciado de los medios confederales, marcha a México, en los años sesenta sobrevive en París, donde colabora con el grupo de origen trotskysta de Munis (al que había conocido en Barcelona en mayo de 1937), pero sigue siendo anarquista. En 1961 aparece de nuevo “El Amigo de Pueblo”. En un caso y otro se dieron encuentros y convergencias, pero esto ocurría en una situación de epílogo, cuando la historia cerraba su cuerda sobre las revoluciones clásicas. Este círculo había empezado en Petrogrado y acababa en Barcelona. Ahora la historia caminaba en sentido contrario, los Kornilov habían reaccionado a tiempo y contaban con toda clase de apoyos, en tanto que la revolución se enfrentaba a la URSS y al “comunismo”.
Se trataba por lo tanto de una acción revolucionaria que emergía en plena reacción, en medio de la mayor confusión que se recuerda. Los revolucionarios hacen un esfuerzo titánico por defender una opción a contracorriente. Amorós describe con detalle el contexto en tiene lugar la constitución del colectivo, sus afinidades y sus tomas de posición, y como en las barricadas llegaron a fascinar a los jóvenes trotskystas como Rosalio Negrete, (Hans Freund) Moulin, Clara y Paul Thaelmann, que se encontraron con una revolución, y con gente que se había fraguado en las barricadas y en las colectivizaciones. En la década siguiente reaparece con la reorganización interior de la CNT y escribe en varios periódicos afines mostrándose fiel a la línea que expresó en 1937. Amorós cierra su estudio con un detallado análisis sobre como este capítulo central en la revolución española ha sido tratado por los diferentes historiadores. Se puede decir sin miedo a error, que de aquí en adelante, la suya será una obra de consulta que obligará a una mayor precisión.
Este debate entre puntos de vistas libertarios no tiene su traducción en las escuelas marxistas. La historia del POUM, así como los posicionamientos de los partidarios de la IV Internacional, han producido mares de tinta, sin embargo, existe una diferencia notable con la CNT-FAI. El POUM no tuvo, ni de lejos, el mismo grado de responsabilidad, ni en el curso de la revolución, ni en el compromiso gubernamental, el apartado más controvertido de su actuación. Con todas las contradicciones (y errores) que se quieran, sus líderes no actuaron de apagafuegos, sino que buscaron una salida de acuerdo con la CNT-FAI. Cuando esta tocó a retirada, consideraron que no podían proseguir por su cuenta en las barricadas, y este es un punto de debate “duro”. Este pudo haber sido un error, pero lo cierto es que no era una opción precisamente fácil. El caso es que en su interior no surgió una reacción de sus bases, todo lo contrario. El destino del POUM es de todos conocido, y el lector puede encontrar en estas páginas una rica bibliografía, toda la documentación necesaria.
En su momento, la IV Internacional optó por un enfrentamiento a tumba abierta con el estalinismo y el reformismo, y buena parte de sus componentes pagaron caro ya en España dicha opción, el propio Trotsky lo haría también poco después. Pero, tal como la historia se ha hartado de demostrar, cuando esto sucede en un curso histórico totalmente adverso, la posesión de un programa justo no es, ni mucho menos, garantía para cambiar el paso de la historia. No lo fue ni en China en 1927, ni en Alemania en 1933-34, Barcelona 1937, ni lo sería tras la II Guerra Mundial, o en Chile en 1973-74.
El trotskysmo fue, como todo el mundo sabe, uno de los componentes del POUM, y quizás no se ha valorado todavía lo suficiente la influencia de algunas aportaciones de Trotsky en el pletórico Joaquín Maurín que sigue sus análisis sobre el ascenso del fascismo y la contrarrevolución estaliniana. La crisis de 1935, dio lugar a una división del grupo al menos en tres ramas. La mayoría que se integró en el POUM con Nin, Andrade, Mika, Enrique Rodríguez y compañía, y que siempre trataron de mantener abierto un puente con Trotsky. Un sector que aunque consideraba acertado el “giro francés”, trató de alimentar una izquierda poumista, empeño en el que estaban Eduardo Mauricio y Antonio Rodríguez entre otros, luego apareció el grupo bolchevique-leninista compuesto por jóvenes en el punto de mira de todas las policías. Fue una generación minoritaria, bisoña, pero con una capacidad impresionante como lo demuestra, con todas sus limitaciones, el valor de sus testimonios escritos, normalmente muy indignados contre el POUM, con un juicio que tiene mucho de precipitado ya que atribuye a este partido un grado de responsabilidad que en ningún momento pudo tener.
En este cuadro resulta muy significativa las lecciones que de estos acontecimientos extrajo G. Munis, quien además trató de abrogarse la continuidad exclusiva del grupo, lo mismo que haría con el refrendo de Natalia Sedova, lo que unido a su relación con Trotsky en México, aparecía como un elemento añadido de legitimación en su empeño por mostrar que los trotskystas habían dado las espaldas al legado de Trotsky y de la IV Internacional. La condensación de estas lecciones definitivas de este legado, tenía un nombre: Manuel Fernández Grandizo, Munis, que como el fervoroso revolucionario que era, trató de crear su propia sección en el interior y sufrió las cárceles de Franco. Luego creó su propio grupo en París, un grupo que se alimentaba de sus propios paradigmas teóricos, en nombre del cual bramar contra las “traiciones” (Louis blanco llegó a decir el jueves que los trotskystas “le chupaban en culo al estalinismo”), estableciendo una medida personal del marxismo “auténtico” gracias al cual no necesitaba ni siquiera una inserción en el tejido social, ni debatir, ni aprender; era su propia interpretación del “final” de la historia. Su fuerte personalidad no fue suficiente para aspirar siquiera al estado de “grupúsculo”, de manera que durante el mayo del 68 ni siquiera atrajo la mirada de la policía (que prohibió todas las variantes trotskystas), pero si para mantener a su alrededor un pequeño grupo de fieles encerrados en su propio juguete.
(El repertorio doctrinario resultaría ampliado por una intervención desde abajo por otro colectivo que igualmente tenía su propio dictamen verdaderamente correcto sobre lo ocurrido. Me estoy refiriendo a la Corriente Comunista Internacional que, en una conversación personal con uno de sus componentes, cuando lo identifiqué con la tendencia que fundó Amadeo Bordhiga, me aclaró que si, pero que eran los de Milán (claro que en medio del ruido igual me dijo lo contrario, y yo estoy ahora dándole cancha al sector disidente, ¿de Roma?). Esta corriente publicó su propia aportación con un título que aclara perfectamente su enfoque, “España 1936: Franco y la República masacran a los trabajadores” (Barcelona, 1977), y que recoge los artículos de su revista “Bilan”. Ya que estamos, Bordhiga era todo un personaje, un revolucionario integral, pero sus tendencias uniformistas, izquierdistas y dogmáticas ya quedaron reflejado en su momento de mayor gloria en la Internacional Comunista, cuando redactó las famosas 21 condiciones…).
Como se puede ver, este es un debate que da para mucho. Lástima que todavía siga enturbiado por los que ya han tienen sus conclusiones excluyentes. Mientras tomaba mis notas, me preguntaba como era posible hablar con tanta certeza sobre una historia tan lejana y tan compleja, y sobre lo fácil que era desde la más absoluta irresponsabilidad, sentar cátedra. Me preguntaba que ligada aquella controversia libertaria con el estadio actual del anarcosindicalismo, replegado sobre sus esencias, y sobre los consuelos que ofrece la seguridad de estar en lo cierto en la historia. Para mí, todo lo que se estaba discutiendo tenía un gran importancia, se podía hablar de lecciones, pero siempre que no se pretenda establecer en ellas las medidas de lo que es y no es correcto. Lo que vino después fue una auténtica hecatombe y el movimiento obrero ya nunca más fue igual. Nada fue igual después de Franco, de una Guerra Mundial y de todo lo demás. Acababa de escribir una reseña de un libro sobre Grimau, y aparecía un interrogante. El franquismo había atribuido a este resistente que se jugaba la vida, toda clase atrocidades. Pero con todo el peso del Estado, no pudo demostrar ningún crimen concreto contra la gente de orden, y sin embargo a Grimau le reconocieron en la URSS su actuación contra los trotskystas y los quintacolumnistas. Está claro que en la historia no hay ninguna autopista. Igualmente me preguntaba sobre como todo este debate podría interesar a esas nuevas generaciones que, después de varios escalones intermedios extraviados en el consumismo y el nadir, volvía a ocupar una escenario político por abajo… Ahora la música de la revolución es otra.
Corto y cierro.
Sant Pere de Ribes, 24-11-03

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Sobre el autor: Gutiérrez-Álvarez, Pepe

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