Acerca del libro «Queridos camaradas» (Pierre Broué)

El título original de este trabajo es «Historiens objetifs sans critère de classe ou Staliniens mal décrottés?». La reseña traducida al castellano fue publicada en el número 58 de la revista Iniciativa Socialista (otoño 2000)

Esperábamos este libro, el primer trabajo de historiadores españoles, antiguos miembros o cercanos al PCE, que han utilizado los archivos de la Comintern y los del Partido en Moscú.
Tenían todo en sus manos y el hecho de ser dos, un equipo tanto en la investigación como en la vida: Marta Bizcarrondo, una historiadora seria, reconocida y apreciada, y Antonio Elorza, un tercio historiador, un tercio politólogo y dos tercios periodista, como habría dicho el César de Pagnol, que podría aportar pasión e imaginación…
Vanas esperanzas: el resultado está lejos de ser brillante. A Stalin se le pone sobre el tapete, pero no llega a ser verdaderamente explicado, y el estalinismo aparece como una sombra arrastrada por funcionarios políticos y una serie de argumentos para defender una política del día a día y sus operaciones policiales.

El misterio de la Dama de la Comintern

Encontrándome hace algunos años a Antonio Elorza en un coloquio, le mostré mi extrañeza al constatar que la Comintern, después de la derrota de 1939 y de la huida de España de los hombres de la dirección del PCE, había encargado la tarea de dirigir el partido en retirada a una joven mujer de apenas treinta años, casi desconocida, de nombre o sobrenombre Carmen de Pedro, que había sido secretaria técnica del CC y secretaria de Palmiro Togliatti (Alfredo), responsable sólo ante él.
Designada por Francisco Antón como jefa de la delegación del PC en Francia, parte hacia Suiza para asegurar las comunicaciones con Moscú, pero recibió a Carrillo a las puertas del Valle de Arán en 1944. Mi interlocutor estuvo de acuerdo conmigo; ese personaje importante era totalmente desconocido. Aunque no fue separada por los procesos de 1948, y salvó su vida después de la caída de su compañero Jesús Monzón, acabó siendo aplastada por los testigos durante la investigación sobre sus relaciones con Noël Field, en el último episodio del “complot del Lux”. Ella, que había sido sucesora, en cierto modo, de la Pasionaria, fue excluida y terminó ganándose la vida oscuramente, como secretaria bilingüe en Moscú.
A decir verdad, yo sabía que Elorza preparaba un libro sobre el PC, desde su fundación hasta el final de la guerra civil, y pensaba ingenuamente que escribiendo sobre este tema, Marta Bizcarrondo y él iban a descubrir, entre Madrid y Moscú, la identidad real y el papel de esta mujer que no era una simple mecanógrafa, sino que, sin duda alguna, llevó a cabo “servicios” que le permitieron una promoción excepcional sin poseer experiencia política.
Pero la curiosidad de nuestros autores se agota antes de encontrarla, no apareciendo ni una sola vez en esta obra, aunque sobre ella se han cerrado veinte años de las relaciones entre la Comintern y el PCE. Los autores han pasado por encima de este problema ocultándoselo a los lectores y han preferido ignorarlo antes que confesar su ignorancia o su rechazo a hablar de un episodio molesto.
No intento buscarle tres pies al gato. Planteo solamente la pregunta de saber por qué un hecho, a la vez anecdótico y revelador -la designación de una dirigente del PCE para el periodo de clandestinidad que se abre en 1939- no les interesa. Ella es quien en 1943, vía Suiza, mantiene los contactos por radio con Moscú.
¿No habrá otros aspectos abusivamente juzgados? Los documentos revelados desde hace años en la Operación Venona, correspondencia del KGB y del GPU entre Moscú y América, nos confirman un rumor del que Víctor Alba, sin dar referencias, ya se hizo eco. Uno de los primeros reclutados del GPU en España fue Vittorio Sala quien, bajo el control personal de Orlov y después de Eitingon, jefes de la GPU, dirigió una amplia red contra el POUM, interna y externa, con resultados, al parecer, notables. El mismo rumor fue confirmado en lo que concierne a la ex diputada socialista Margarita Nelken, que figuraba en los servicios soviéticos como Amor.
Esas omisiones de talla, así como la laguna más arriba señalada, abren la puerta a todas las sospechas en cuanto a los criterios que justificarían la falta de atención de los autores: ¡qué nadie imagine que la GPU dirigía al PCE!

Una versión grotesca del estalinismo

Stalin está presente a lo largo de todas las páginas. Su foto aparece en la portada. El papel de la burocracia estaliniana, cuya dictadura se constituyó y se reforzó en un contexto de miseria y de barbarie a partir de un partido bolchevique domesticado, de un fantástico lavado de cerebro y de un terror despiadado, no se evoca, sin embargo, cuando se trata -¿cómo evitar la tentación de hacerlo?- de trazar las grandes líneas de la cruel “dictadura” ejercida por Stalin en Moscú. La “burocracia”, según nuestros autores, estaría constituida por las oficinas, , por los métodos, por los prejuicios e incluso por las ideas, pero nunca por una capa social con intereses propios que suministraba el meollo de su política.
Por otro lado, en el centro de la historia del siglo XX español la revolución va y viene con ritmo propio, lo que sus contemporáneos ven, a veces, como un combate europeo de vanguardia, otras de retaguardia y viceversa. En relación a este asunto mundial que movilizó no solamente a Hitler, sino también a Churchill, a Chamberlain, a Roosevelt y a otros, no esperamos la respuesta de los chupatintas, de los periodistas, ni de los asesinos, sino de aquellos que se encontraban en la dirección de la URSS y que confiaron a Stalin la defensa exclusiva de sus intereses.
La amenaza más temida por la burocracia, en tanto que grupo social en la URSS, era la revolución obrera y campesina -en cualquier país- pues hacía peligrar las defensas penosamente construidas en alianzas circunstanciales o neutralizaba a las fuerzas dispuestas a “ayudar a la URSS”, es decir, debilitaba la “defensa”, no de esta última, sino de su burocracia.
Las oposiciones que se manifestaron no constituyen, para nuestros autores, oposiciones entre intereses opuestos en una misma sociedad, una lucha por la dominación de unos contra otros, sino el conflicto entre ideas diferentes, en un mundo estelar, sin base material. También, cuando descienden a los detalles, nuestros autores se encuentran prisioneros de contradicciones más graves todavía en una sociedad que no analizan ni comprenden, y cuyo desgarro no ven tal y como en realidad se daba, sino según la idea que se hacen de él.
Con cierto estupor nos hacen partícipes de una idea que parece seducirles por su originalidad y que repiten de diferentes formas, por medio de diversos ejemplos: a propósito de lo que dicen o escriben durante los años treinta los trotskistas, ellos nos dicen que, en el fondo, los trotskistas piensan del estalinismo lo mismo que piensan los estalinistas, y también que en 1932 Andrés Nin, líder del POUM, y D.Z. Manouilsky, a los que les separaba un río de sangre, estarían de acuerdo sobre la perspectiva fundamental, a saber, la inminente explosión revolucionaria en España.
Sin, al parecer, darse cuenta de que se contradicen, después de habernos hablado del monolitismo estaliniano, añaden una nueva e inútil contradicción describiendo, a partir de 1935, los conflictos entre Vittorio Codovila, de un lado, y de otro ese hombre “más abierto”, “la personalidad política fuerte de Dimitrov”, expresiones que adquieren la plenitud del absurdo cuando se leen después de conocer el Diario de Dimitrov, del que, por otra parte, los autores toman citas que prueban que eligen las frases a su gusto y para sus propias intenciones, ignorando tantas observaciones clarificadoras.
¿Operación consciente o inconsciente? Es evidente que, a fin de cuentas, la inconmensurable necedad y el sectarismo de Codovilla, digno hijo del estalinismo del Tercer Periodo, sin olvidar su falta de honestidad, debían ser sancionadas. El enorme poder de Stalin encuentra aquí una justificación aparente, ya que es él el que va apartarle de las responsabilidades y a reemplazarle, a partir de mediados de 1937, por el hábil político que fue Palmiro Togliatti.

Un adversario no sólo despreciable, sino culpable

No me ha gustado este libro. Pero lo que más me ha descompuesto es el retrato político que los autores se atreven a hacer de Andrés Nin. Antonio Elorza ha apoyado durante años la política y los temas estalinianos. No hemos oído decir que haya sido capaz de tener ni una centésima parte de la iniciativa de Santiago Carrillo al reconocer, aunque bajo una forma poco grata, que Nin había sido asesinado.
Generaciones de estalinistas, generaciones de elorzas han montado guardia, durante decenios, sobre los restos de Nin, a pesar de que fueron dispersados por sus asesinos. Un puñado de personas -entre las que estoy orgulloso de encontrarme- han luchado por restablecer la verdad sobre el POUM, su papel en la revolución, su destrucción por Stalin. Todos han aprendido a respetar y a honrar a Nin. Y he aquí que Antonio Elorza surge para reírse de la apreciación “mil veces repetida” -¿no se repiten los amigos de Elorza?- según la cual “el POUM representaba la revolución en su estado de pureza”, a lo sale al paso diciendo que “los opositores poumistas estaban lejos de ser los ángeles de la revolución descritos por sus apologetas”. Nótese la elección de las palabras con connotaciones religiosas, destinadas a desacreditar hipócritamente a los defensores de la memoria de Nin; eso se aprende en ciertas escuelas. Pero no es suficiente. Elorza mete sus propias manos en el lodo. Para él, Nin repetía, machaconamente, la experiencia de la revolución bolchevique. Elorza decide escribir: “Los esquemas mentales (!!) soportes de la acción del POUM, no variaron desde los tiempos en que [Nin] militaba en la Oposición de Izquierdas en Moscú […] Nin tenía la virtud de pensar y escribir siempre la misma cosa”. Y más adelante, hundiéndose un poco más en la bajeza: “Con los generales a punto de sublevarse, Nin no veía otro enemigo que la política del Frente Popular. Su pensamiento izquierdista desembocaba así en un providencialismo antidemocrático”.
En el debate hay que jugar limpio, pero no puedo por menos que preguntarme ¿quién es este “querido profesor” que se permite tales juicios sobre un hombre auténtico, de una estatura que parece no ver?
Los autores continúan su relato describiendo, con cierta moderación, ya que no se puede negar, el complot policial montado por los agentes de Moscú contra Nin, y después su asesinato, pero sin hablar de los personajes de la alta sociedad española, ganados por el estalinismo, que fueron sus cómplices y propietarios de la casa donde se produjo el asesinato, Constancia de la Mora Maura y su marido Hidalgo de Cisneros y López de Montenegro…
Muestran después la relativa indulgencia de la acción legal llevada contra los otros dirigentes del POUM. La manipulación llega aquí a lo más alto. Se permiten escribir:
“La represión contra el POUM se desarrolla sobre dos planos que no son siempre fáciles de distinguir. Uno es menos visible, corresponde a la acción estalinista llevada a cabo por los servicios secretos soviéticos […] y el plan de represión legal donde las instituciones republicanas sufren la experiencia de la presión comunista pero sin cederles completamente”.
El meollo del asunto:
“Esta división correspondía a las dos vertientes de la política del POUM, su política efectiva y aquella que se le imputaba”.
La represión contra el POUM, deben saberlo los Orwell, Ken Loach, Thalmann, Mary Low, Brea y tantos otros, víctimas o amigos de las víctimas, no es, en último análisis, parte de los crímenes de Stalin en España, sino ¡una de las vertientes de la política del POUM!
Si recordamos que un poco más arriba revelábamos que nuestros mentirosos decían que Nin pensaba siempre la misma cosa, digamos, de pasada, que Andrés Nin, horrorosamente torturado, pensaba siempre lo mismo de los verdugos que le torturaban y de los pequeño burgueses que, por miedo, les ayudaban. Le mataron y no consintió hacer «confesiones».
Es un honor para él haber pensado y dicho lo mismo, hasta la muerte. No es el caso de Antonio Elorza, que ha perdido su honor en esta empresa. Y esto les duele a todos los que le habían considerado como un hombre honesto equivocado.

Una multitud de errores, de deformaciones, de lagunas

No voy a alargar inútilmente este informe. No se puede terminar de leer este libro, salvo si se está interesado en una de las mil formas jurídicas y en las argucias que las personas bien educadas pueden usar para aprobar a los calumniadores, los delatores, los verdugos y los asesinos y creer que han salido con las manos limpias porque no han usado más que un bolígrafo.
¿Por qué no decir, ya que ahora se sabe con seguridad, gracias a los archivos de Orlov, que “el periodista francés Georges Soria”, como ellos dicen, era un agente del NKVD? ¿Por qué, cuando las Juventudes Socialistas de España, como todas las juventudes socialistas del mundo, giran a la izquierda después de la victoria sin combate de Hitler, los autores hablan de su “deriva radical”? Porque se cree ahora, como siempre se ha creído, que lo malo es desear la revolución y la abolición de la explotación del hombre por el hombre, que ser revolucionario es una “deriva”, que si se es socialista hay que ser “moderado”.
Es un error afirmar que el marxismo llega a España alrededor de los años 30, y que fue recibido “a la hora rusa”. En realidad, la hora rusa fue la del día después de la sublevación de Asturias en octubre de 1934, con la incorporación a la Comintern en 1935 de los jóvenes socialistas refugiados o delegados en la URSS que formarían la JSU y que serían después los cuadros del PC estalinizado, Santiago Carrillo a la cabeza.
Es una enorme laguna en lo histórico, y políticamente muy grave, haber pasado por alto los meses de preparación semipública del pronunciamiento, la liquidación de numerosos oficiales de izquierdas, sobre todo socialistas, el rechazo absoluto del gobierno del Frente Popular a tomar en serio las denuncias de los preparativos del golpe, incluso después de su desencadenamiento. Por esta razón el POUM hablaba del balance criminal del Frente Popular y de sus responsabilidades aplastantes en la sangre vertida por el pueblo, lo que los autores le reprochan como una acusación escandalosa, aunque el restablecimiento concienzudo del contexto histórico impone este juicio a todo autor serio.
Es un tremendo error la acusación lanzada contra el POUM de haber diabolizado al ejército cuando hacía falta un ejército para salvar a la República. Espantoso error, ya que los autores no explican que el levantamiento tuvo lugar en dos tiempos, el primero en los cuarteles, de donde los “rebeldes” salían cubiertos de sangre de sus camaradas militares, incluidos numerosos oficiales. Y es deshonesto, ya que mucho han reprochado al POUM su “militarismo rojo”, sin, por otra parte, saber nada al respecto.
Es de una ignorancia supina o de una insigne mala fe no indicar que el gobierno del Frente Popular garantizó, de hecho, el levantamiento, proclamando su confianza en el cuerpo de oficiales, o que la victoria contra el levantamiento militar se obtuvo en los lugares donde no se siguieron las consignas del gobierno, estando a menudo los militantes y los jóvenes comunistas en la primera fila de los combatientes. La otra piedra de toque fue la participación de las formaciones republicanas miembros del Frente Popular, infinitamente más débil en el combate político-militar que la del bloque de partidos y organizaciones sindicales de trabajadores.
Y, claro está, la falsificación vulgar, como la que hacían los periódicos comunistas de la época, de las Jornadas de Mayo, del papel de la CNT-FAI, de sus militantes y dirigentes (Marianet, del que parecen ignorar que se trataba de Mariano Vázquez), y también del POUM y de sus dirigentes. Todo esto es tanto más lamentable en cuanto que sus graves lagunas, de gran peso político, están hoy en día despojadas de todo su misterio.
En toda la correspondencia de los primeros meses de la guerra civil entre el PCE y la Comintern, citada por Elorza y Bizcarrondo, se dibuja perfectamente la política antirevolucionaria (antes de ser contrarevolucionaria) de los amigos de Moscú y del PCE, el combate descarnado para apartar del poder a Largo Caballero -que fracasó-; el aterrizaje, después de las Jornadas de Mayo, en el aparato del Estado con la ayuda de la mayoría de la derecha socialista y, particularmente, de Juan Negrín; la conquista de los sectores clave del aparato del Estado, tan lúcidamente comentada por Togliatti, que fue uno de sus organizadores y que descubrió, en el momento en que los reclutaba, que los generales y altos funcionarios convertidos en comunistas serían siempre generales y altos funcionarios antes de ser “comunistas”.
¿Ni un sólo cumplido para los autores? Sí. Han extraído de los archivos un cierto número de documentos (pp. 296-298) que demuestran que Moscú no tuvo ninguna duda sobre los objetivos y las consignas desde el inicio de esta guerra civil. El telegrama del 20 de julio de 1936 de Dimitrov y Manouilsky lo demuestra: “Aplastar definitivamente la rebelión contrarevolucionaria y defender la República”. El 24 de junio, los mismos precisan sus directrices: concentrar todos los esfuerzos en la liquidación de la rebelión sin obsesionarse con los planes de lo que habrá que hacer con la victoria; evitar todo lo que pueda debilitar la unidad del Frente Popular, no exagerar, no abandonar las posiciones del régimen democrático y no salir de los límites de la defensa de la República; evitar entrar, por el momento, en el gobierno y, en fin, no reclamar la sustitución del ejército por las milicias populares.
Esto es un programa político, es el programa del estalinismo en 1936. La crítica que nuestros autores hacen al POUM demuestra que, sustancialmente, lo hacen suyo y lo justifican de una forma deshonesta. Estos intelectuales hacen lo que ningún aparatchik español se ha atrevido a hacer antes.
La clave de este comportamiento aberrante se encuentra, sin duda, en que tanto Antonio Elorza como Marta Bizcarrondo no creen en la revolución (o no la desean), ni hoy, ni mañana, ni ayer incluso, y que se esfuerzan por borrarla de los encerados de ayer para conjurarla hoy, a fin de que a nadie se le ocurra mañana pensar en ella y le tiente la idea de llevar a cabo el acto Primero de la Utopía, como dicen sus colegas, Stéphane Courtois y con él los partidarios de la teoría del comunismo “criminógeno”.
No es por azar que hayan titulado su primera parte “Entre la Utopía y la Burocracia”. La perspectiva de la abolición de la explotación del hombre por el hombre considerada como una utopía es una posición muy clara en este mundo amenazado por la barbarie. Es el título de un capítulo y una impronta reveladora de su trabajo: todo lo que se quiera, excepto un trabajo de historiadores.
Por tomar un ejemplo más cercano a los franceses y que respaldará nuestra argumentación: condenar a Jaurès significa absolver, de entrada, a su asesino. Bajo el color de la objetividad justifican el crimen, condenándolo sólo desde el punto de vista formal. ¿Qué esperan? ¿La consideración? Pero, ¿de quién?
Este género de comportamiento tiene un nombre, pero no tiene sitio en el marco de esta revista.

Sobre el autor: Broué, Pierre

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