Un diálogo con Ignacio Iglesias (Juan Manuel Vera)

Esta entrevista se produjo unos meses antes del fallecimiento, el 15 de octubre de 2005, de Ignacio Iglesias. En ella, Ignacio aborda algunas cuestiones sobre las que nunca antes había hablado públicamente. De mutuo acuerdo, y dado que el destino de la entrevista era aparecer en el libro Escritos del exilio, se decidió iniciar el diálogo con su salida de España, en 1939 .

Juan Manuel Vera.-Situémonos en 1939. ¿Cómo viviste la etapa final de la guerra civil, en plena la represión contra el partido al que pertenecías, el Partido Obrero de Unificación Marxista (POUM), y la pérdida definitiva de la guerra por la República?
Ignacio Iglesias.-Es una larga historia, que trataré de resumir. Atravesé la represión contra el POUM sin ser encarcelado como lo fueron la mayoría de mis compañeros. Y eso gracias a que tomé la represión estalinista muy en serio, adoptando el máximo de precauciones. Durante los primeros tiempos dispuse de una documentación que me facilitó el diputado socialista Amador Fernández, que en Barcelona se hallaba al frente de la delegación del gobierno asturiano y que conocía mucho a mi padre. Más tarde, al movilizar el gobierno Negrín a las quintas que alcanzaban hasta los cuarenta años, si no recuerdo mal, yo que contaba con veinticinco años, no podía ya disponer de la documentación que me facilitaba el diputado asturiano. Coincidía esto con el hecho de que la casi totalidad de los poumistas de Barcelona se encontraban encarcelados o habían buscado refugio en el ejército republicano. En esta situación decidí hacer lo mismo, es decir, refugiarme en una unidad militar que me ofreciera garantías de que no llegaría hasta mí la larga mano del estalinismo. Los dirigentes de la CNT en Barcelona me ayudaron en mi propósito y gracias a ellos pude camuflarme en el 529 batallón de la 119 brigada mixta, que pertenecía a la 24 división mandada por el anarquista Antonio Ortiz. Ese batallón en el que ingresé se hallaba al mando de Avelino Roces, un joven minero de mi pueblo, que militaba en el sindicato Único de Mineros, del que mi padre fue uno de los dirigentes; me acogió con los brazos abiertos. Al poco tiempo fue ascendido y pasó a mandar la brigada, pero no me olvidó pues días después me citó en su puesto de mando y me dijo que me había designado para ir a Barcelona, a la Escuela de Guerra. Confidencialmente me confesó que la División entera estaba designada para ir al mortífero frente del Ebro. «Al menos tú te salvarás», me dijo. Fue pues con los profesores y los alumnos de la Escuela de Guerra que salí de España.

JMV.- Llegaste a Francia…
II.- Atravesamos los Pirineos y acabé en el campo de concentración de Argelès Sur Mer, guardado por soldados senegaleses del ejército francés. Logré huir unos cuantos días después y con la ayuda de unos militantes del PSOP, partido dirigido por Marceau Pivert y muy próximo al POUM, pude llegar a Pontarlier, cerca de la frontera con Suiza, donde existía un refugio para españoles. Por cierto que allí conocí a la que años después fue mi esposa. Mi libertad duró muy poco, ya que de nuevo los gendarmes me condujeron a Argelès
Una vez más los compañeros pivertistas lograron sacarme del campo, con un contrato de trabajo en un taller de mecánica de Dijon. Pero de nuevo la mala suerte se cebó en mí ya que a las pocas semanas se desmoronó el ejército francés, y las tropas hitlerianas invadieron parte de Francia. Logré subir al ultimo tren que salió de Dijon con dirección al sur del país. Llegué por tanto a Toulouse, centro de la emigración española donde me encontré con el amigo Solano y otros compañeros del POUM. Los dos fuimos detenidos y enviados a un campo cercano, de donde escapamos para ir a Montauban, lugar próximo donde se rumoreaba que era fácil lograr documentación. ¡Puro cuento! Fuimos una vez más detenidos y encarcelados.

JMV.- Fuiste juzgado junto a otros militantes del POUM…
II.-Si. Montaron un proceso contra los militantes del POUM, acusados «de estar al servicio de una potencia extranjera», que debía ser la Unión Soviética, lo que resultaba casi cómico. En fin, algunos fuimos condenados a largos años de prisión. A Solano, a mí y pocos más nos condujeron al penal de Eysses, no muy lejos de Montauban, y a las pocas semanas nos llevaron a Alemania, al campo de Dachau, en Baviera. Por suerte Solano, que se encontraba en la enfermería se salvó de dicho destino. En Dachau, estuve dos o tres semanas, ya que me incluyeron en un traslado al campo de Allach, sito entre Dachau y Munich. De allí me liberó un destacamento de las tropas norteamericanas integrado por chicanos, es decir, mejicanos asentados en Estados Unidos, al mando de un comandante o coronel que era profesor en la Universidad de Berkeley, el cual hablaba un castellano de nuestro Siglo de Oro. Fui evacuado a Toulouse.
Por tanto, desde mi entrada en Francia, a inicios del 39, hasta mi liberación del campo nazi el 30 de abril de 1945, es decir seis años y medio, un total de seis años los pasé detrás de las alambradas de los campos y de las rejas de las cárceles.

JMV.- Nunca hablas sobre tu estancia en los campos de concentración. Prácticamente nunca lo mencionas. ¿Por qué?
II.- En efecto no escribí nada respecto a esa experiencia mía de los campos o en las cárceles. ¿Por qué? Sencillamente porque me propuse olvidarla. Tengo de siempre una particularidad: la de lograr olvidar lo que deseo olvidar. No deseaba anclarme en ese pasado y quería enfrentarme a la vida, a partir de 1945, como si nada me hubiese acontecido. Incluso mis dos hijos tardaron bastante años en saber que yo fui unos de esos deportados políticos de los que se hablaba en la escuela y luego en el liceo. Me facilitó esta decisión mía el hecho de que ni los campos ni las prisiones me marcaron psicológicamente. Físicamente sí, dicho sea entre paréntesis, ya que llegue a pesar como un pajarito. Pero pronto fui recuperando el peso perdido.

JMV. ¿Conoces las obras que hacen referencia a la vida en los campos de concentración?
II.- Procuré no ver película alguna que se refiriese a los campos, ni leer los numerosos testimonios que se escribieron. La excepción han sido las novelas de Jorge Semprún, las cuales admiro mucho, en las que suele referirse a su estancia en Buchelwald. Y, claro está, el clásico de Soljenitsyn, Archipiélago Gulag en el que comprobé que, grosso modo, los campos nazis y los estalinistas se semejaban como dos gotas de agua.

JMV.- ¿Fue difícil la adaptación a la vida normal?
II.- Esta vez seré brevísimo: en absoluto, pues me adapté como si nada me hubiera ocurrido de anormal.

JMV-¿Te sentiste integrado en la sociedad francesa o tu referencia siguió siendo básicamente española?
II.- Integrado a medias, ya que uno no puede escapar a la influencia del medio en que vive, a la circunstancia, por decirlo en términos orteguianos. Pero mi referencia o referencias fueron siempre básicamente españolas.

JMV.- ¿No pensaste en ningún momento en regresar definitivamente a España?
II.- No, en manera alguna. Ten en cuenta que en 1975 ya estaba jubilado y tenía sesenta y tres años, con dos hijos ya casados, pero de los que no deseábamos ni mi esposa ni yo alejarnos. Además, ¿qué podía hacer yo en España, a mi edad? En mis viajes a Asturias para pasar unos días o semanas con mi madre -viajes que cesaron al fallecer ésta en 1985- me dí cuenta de que era un extraño en mi propio pueblo, en el que apenas conocía a media docena de habitantes. Mis estancias en Vilanova, cerca de Sitges, durante las vacaciones veraniegas, me confirmaron que España era otra distinta a la que yo había conocido antes de la guerra civil. Y asimismo que me costaría no poco llegar a adaptarme.

JMV-Volvamos para atrás. Hasta los primeros años cincuenta seguiste militando en el POUM y colaborando en La Batalla y en otras publicaciones, en las cuales expresaste tus tesis que consideraban el poder estalinista soviético como un capitalismo de Estado ¿En qué momento la distancia con la orientación del POUM fue definitiva? ¿Por qué decidiste finalmente abandonarlo?
II.-Me obligas a volver a un pasado, que no es ejercicio que me agrade… Te diré que incidieron varias causas: mis discrepancias sobre la URSS, mi creencia de que había franquismo para rato y que más valía dedicarse a estudiar los problemas básicos de España que hacer agitación en el vacío, tal vez cierto cansancio de malgastar nuestros esfuerzos en una acción sin perspectiva… Me fui del POUM silenciosamente, sin aspavientos, sin tratar de crear una fracción con compañeros que estaban de acuerdo con mis puntos de vista. Procuré no romper personalmente con mis compañeros y defender siempre y en todo momento al POUM. Soy, dicho sea con no poca nostalgia, en estos momentos el único superviviente de cuantos asistimos a la creación del POUM, en el domicilio del también fallecido Francisco de Cabo, el 25 de septiembre de 1935.

JMV.- Francisco de Cabo, uno de tus mejores amigos… a pesar de que discrepabais en muchas cuestiones ¿Con qué otros militantes o ex-militantes del POUM fue más intensa tu relación personal?
II.- ¿Otros amigos? Eugenio Granell, Víctor Alba, Francisco de Cabo, claro, … Con todos ellos mantuve una correspondencia asidua, con puntos de vista coincidentes, salvo con de Cabo, con el que inexplicablemente se convirtió en constante polémica. Pero no logró sacarme de mis casillas, pues lo estimaba muchísimo.
Mi mejor amigo, casi un hermano, fue Agustín Lafuente, militante como yo de Izquierda Comunista y luego del POUM. Huérfano desde muy joven se crió con una abuela que vivía en una aldea próxima a mi pueblo, Sama de Langreo. Se fue a Madrid, pero regresó enfermo y mal nutrido. Los dos nos entendíamos muy bien, pues era un chico con gran inteligencia natural y ávido de conocimientos. Lo encontré a mi vuelta de Barcelona, donde yo habla encontrado refugio después del movimiento revolucionario de octubre de 1934. Junto estuvimos en el frente de Oviedo, en julio de 1936. Los avatares de la guerra nos separaron: al final me fui al exilio en Francia y él se escondió en Galicia. Merced a su trabajo y al de su esposa montó una pequeña industria láctea, que se agrandó al irse a Santander. A partir de entonces las cosas le fueron muy bien: estaba casado, tenía tres hijos y los negocios le fueron viento en popa. No recuerdo cuando iniciamos una correspondencia que sería asidua. Nos vimos cuando a la muerte de Franco yo iba regularmente a Asturias, para estar con mi madre. Él no dejaba de venir a verme. Como su situación económica se lo permitía, me enviaba cuantas revistas y libros consideraba que me interesarían. Su fallecimiento fue para mi un terrible golpe, del que no acabo de reponerme no obstante los años trascurridos.

JMV.- Tras abandonar el POUM, ¿no te planteaste en ningún momento volver a pertenecer a ningún partido o movimiento político?
II.- Ni se me paso por la cabeza. Por muchas diferencias que pudiera tener con el POUM, eran infinitamente mayores las que tenía con las otras organizaciones de izquierda.

JMV.-¿Cómo te definirías políticamente ahora, en 2005, tantos años después?
II-Simplemente como socialista, partidario de un socialismo democrático y como marxista, que para mí no es pensar devotamente como Marx pensaba hace siglo y medio, sino más bien pensar a partir de Marx. O sea aplicar los métodos de análisis de Marx teniendo en cuenta las realidades de la hora actual, que son tan distintas a las de la época en que aquel vivió.

JMV- La mayor parte de tu exilio en Francia coincidió con la llamada guerra fría…
II- Es curioso; no obstante conservar una aceptable memoria respecto a los hechos lejanos, la llamada guerra fría provoca en mí un recuerdo algo borroso, a pesar de la importancia que tuvo, para Europa en particular y para el mundo en general. Lo que sí me viene a la memoria fue el temor, incluso el miedo que cundió en Francia ante la posibilidad de una invasión por parte de las tropas soviéticas. Hay que tener en cuenta que éstas se habían apoderado de todo el Este europeo y de parte de la Europa Central: los países bálticos, Polonia, Checoslovaquia, Hungría, Rumania, Bulgaria y gran parte de los Balcanes, de Austria y de Alemania. En Italia y en Francia existían unos poderosos Partidos Comunistas -en las elecciones generales de 1946, en Francia, el Partido Comunista obtuvo el 26,2% de los sufragios, con más de 5 millones de votos-, que tenían gran influencia no solo entre los trabajadores sino igualmente en los medios intelectuales, en el profesorado, en la prensa, en las editoriales… La inquietud estaba harto justificada.
Los países occidentales europeos se hallaban muy debilitados como consecuencia de la guerra, que apenas acababa de terminar, afortunadamente, con la derrota de la Alemania hitleriana y de la Italia fascista. El ejercito de Stalin sólo tenía enfrente a unos miles de soldados norteamericanos asentados en Francia, Alemania occidental y Gran Bretaña. Pero los Estados Unidos disponían de un arma capital: el monopolio del arma atómica. Por eso Stalin dio un alto a su expansión. Y cuando a su vez logró disponer del armamento nuclear, se encontró con que los países occidentales se habían recuperado gracias al Plan Marshall. Se llegó entonces a una situación en la que tanto la paz como la guerra resultaban imposibles. Se impuso, entre ambos contendientes, lo que se dio en llamar equilibrio del terror. Pero el miedo ya había desaparecido.

JMV.-Conozco tu amor a la literatura. También sé, que has estado relacionado en el exilio con diversas actividades literarias y revistas culturales. Algunas de ellas un tanto controvertidas. ¿Cómo evalúas ahora esta actividad?
II.- Fue muy como grata y beneficiosa para mí. Desde muy joven tuve, por decirlo así, tuve tres pasiones principales: la literatura, la política y las matemáticas. La política me había absorbido bastante tiempo. Las matemáticas fueron casi abandonadas al tener que dejar mis estudios como consecuencia de la revolución asturiana de 1934. Digo casi porque de vez en cuando recurría a ellas como sedante y también en ayuda de mi hijo, hoy ingeniero electrónico. ¡Qué placer hallar la derivada y la diferencial de un cociente de dos funciones!
Y en cuanto a la literatura jamás dejo de interesarme, pues fui y soy un lector voraz, con la particularidad de leer muy deprisa y bien a causa de la práctica o de una cualidad innata. Cuando tenía diez o doce años disfruté con Los tres mosqueteros y las novelas del italiano Emilio Salgari. Más tarde llegaron las lecturas serias. En literatura hubo bastantes libros que dejaron huella en mi recuerdo. Por ejemplo Jean Cristophe, de Romain Rolland, que leí allá por los años veinte, en una traducción al castellano cuya editorial no recuerdo y que comprendía tres o cuatro volúmenes. Y también otorgué un gran valor literario a Mi vida, la autobiografía de Trotski. Una novela que me impresionó bastante cuando la leí a poco de llegar a Francia fue el Viaje al final de la noche de Celine; en cambio la volví a leer hace cuatro o cinco años y me decepcionó. Esto evidencia, sin duda, que los gustos cambian, como cambia todo en la vida. Me viene a la memoria aquel verso del gran poeta portugués Luis de Camoens que dice: “Cambian los tiempos y cambia la esperanza/ El ser cambia y cambia la confianza». Otra lectura que me emocionó fue Réquiem por un campesino español, de Ramón J. Sender, una novela corta que a mi parecer es una verdadera joya literaria.
Mi actividad casi eminentemente literaria durante unos veinte años me fue muy beneficiosa, pues no solo me permitió relacionarme con lo más selecto de la intelectualidad iberoamericana y española, ésta tanto del exilio como del interior de España, sino asimismo colaborar en varios diarios y revistas, más de una veintena en total.

JMV.- Me gustaría que me hablaras de tu participación en la revista Cuadernos.
II.-Si me permites haré un poco de historia personal. En los primeros años había trabajado en un organismo norteamericano denominado International Rescue Committee que ayudaba a los refugiados en Francia de los países del Este y a los españoles víctimas de la guerra civil. La sección española, la más importante, estaba dirigida por José Rodes, del POUM de Lérida. Estuve trabajando en dicha organización hasta final de marzo de 1952, fecha en que cesé: por reducción del personal. Durante el verano trabajé como sustituto en la administración del diario Franc-Tireur, desaparecido años después, gracias al compañero y buen amigo José Rebull, el Pep, que tenía un buen puesto en dicho diario. Terminado este trabajo fue cuando recibí una carta del director de la revista Preuves, publicada en francés por el Congreso por la Libertad de la Cultura. Aclararé que esta organización, creada en Berlín en 1950, estaba integrada por escritores socialdemócratas y liberales -liberales en el lato sentido de la palabra, que nada tiene que ver con el liberalismo reaccionario que actualmente se estila- como Silone, Bertrand Russell, Julian Huxley, Arthur Koestler, André Gide, François Mauriac, Karl Jasper, Upton Sinclair, John Dos Passos, Salvador de Madariaga, Faulkner, Steinbeck, Germán Arciniegas… cuyo propósito era la defensa de la libertad de la cultura y la oposición al totalitarismo estalinista y a toda clase de dictaduras.
En la mencionada carta del director de Preuves me proponía hacer de traductor de los artículos publicados en dicha revista para preparar una edición en castellano (entre paréntesis añadiré que mi nombre le había sido sugerido por mi amigo Víctor Alba, corresponsal de Preuves en Latinoamérica). En la charla que mantuve con dicho director, François Bondy, le convencí de que lo que cabía hacer era una revista en la que colaborasen escritores de América Latina y exiliados españoles.
Así nació Cuadernos, cuyo primer número vio la luz en marzo de 1953, en el que figuré como secretario de redacción. Entre los intelectuales españoles en el exilio pronto colaboraron Ramón J. Sender, María Zambrano, Américo Castro, Francisco Ayala, Claudio Sánchez Albornoz, Jorge Guillén, Juan Ramón Jiménez y otros muchos más. A ellos de unieron luego escritores residentes en España como Vicente Aleixandre, Julián Marías, Aranguren, Tierno Galván, C. J. Cela, Laín Entralgo… De los latinoamericanos contamos con la colaboración de Alfonso Reyes, Roa Bastos, Manach, Gabriela Mistral, Borges, Murena, Verissimo, Rosa Arciniegas, Luis Alberto Sánchez, etc. O sea, con las más revelantes firmas de aquella época, tanto en lo que concierne a los españoles como a los latinoamericanos. También contó con las firmas de conocidos hispanistas franceses como Jean Cassou, Charles V.Aubrun y Jean Camp.
La filosofía de la revista, su norma, quedó reflejada claramente en las siguientes líneas publicadas en su numero 7: “Cuadernos no es ni quiere ser una revista sectárea, sometida a una línea doctrinal o a una tendencia política determinada; es, por lo contrario, una tribuna democrática de confrontación y de intercambio de ideas, de interpretaciones, de rebusca y de exposición de valores culturales y humanos. En ella cada colaborador asume la responsabilidad plena de sus trabajos”. Eso sí, enfrentada decididamente a los regímenes totalitarios y a las dictaduras de todo tipo. Su oposición al franquismo, por ejemplo, fue siempre inequívoca, por lo que su difusión estaba prohibida en España.
Mi experiencia fue positiva, ya que me permitió conocer a fondo las tareas de un secretario de redacción y saber hacer una revista. Pude tratar a intelectuales de gran valor, de los que siempre se aprende algo. Además, me abrió las columnas de importantes diarios y revistas en los que colaboré, por lo general, en comentarios sobre temas literarios.

JMV- Años después el Congreso por la Libertad de la Cultura fue acusado de una financiación irregular y de relaciones con la CIA, ¿cómo viviste tales acusaciones?
II-Este fue un episodio más de la llamada guerra fría. Tanto yo como mi compañero y amigo Julián Gorkin, así como otros colegas, antiguos comunistas o anarcosindicalistas, acogimos esa historia sin grandes aspavientos ni problemas de conciencia. Siempre considere y considero que mas que servirse de nosotros, fuimos nosotros los que nos servimos del Congreso.
Me explicaré: éste no hizo de nosotros unos anticomunistas, puesto que ya lo éramos. Por lo demás, puedo afirmar rotundamente que en Cuadernos jamás recibí una orden cualquiera, ni se me impuso ningún artículo o texto. Como testimonio irrefutable, ahí está la colección de la revista ¿Por qué digo que fuimos nosotros los que nos servimos del Congreso? Pues porque nos dio la posibilidad de luchar contra el estalinismo merced a unas publicaciones que tenían miles de lectores y no como nos ocurría antes, que sólo contábamos con boletines o periódicos de escasa circulación. Los estalinistas lo vieron claro, por lo que nos presentaban como agentes de la CIA, acusación máxima en aquellos tiempos. Por lo que parece y leí en un libro aparecido en París, en 1995, cuyo autor es Pierre Gremion, director de investigación en el prestigioso CNRS ( Centro Nacional de Investigación Social), éste afirmó (pagina 430) que la CIA había financiado, sirviéndose de la Fundación Farfield, de Nueva York, el festival L´oeuvre du XXe siècle, en 1952, festival esencialmente musical organizado por el Congreso en París. En ese libro se publicó la relación de las fundaciones y otros organismos que sostuvieron económicamente al Congreso, unas doce entre ellos el International Rescue Committee, que mencioné antes por haber trabajado yo en él durante unos pocos años. He de añadir que gracias a la independencia de que disfruté en Cuadernos, mi relación con la dirección del Congreso se limitó a varias entrevistas con el Secretario General para resolver asuntos meramente administrativos. Supe, merced a mi amigo Gorkin que tenia más contactos que yo con los dirigentes del Congreso, que más de la mitad de sus gastos generales corrían a cargo de la rica Fundación Ford, lo que se confirma en el libro en cuestión. Y eso fue todo. Las interioridades del Congreso las conocí años después de mi jubilación, mediante la lectura del mencionado libro de Gremion, que relata en sus pormenores la creación y la actuación del Congreso por la Libertad de la Cultura, de 1950 a 1975. En este libro (página 431) puede leerse una declaración firmada por John K. Galbraith, George F. Kennan, Robert Oppenheimer y Arthur Schlesinger, que lleva fecha del 5 de mayo de 1966, que dice: «Basándonos en nuestra experiencia de las relaciones con el Congreso durante los últimos dieciséis años -tanto en sus seminarios, sus festivales, sus revistas y sus dirigentes- podemos afirmar de forma categórica que no tenemos la menor duda en cuanto a la independencia de sus designios, la integridad de sus cuadros y el valor de su contribución. El Congreso, dirigido por su secretario general Nicolas Navokov, fue siempre una institución completamente independiente y permeable sólo a las voluntades de sus miembros, de sus colaboradores y de su Comité ejecutivo…». Desde luego puedo afirmar, ateniéndome a la más estricta verdad que se equivocaron conscientemente o no, aquellos que se figuraron que el Congreso actuaba como un remedo de la actuación soviética, la cual no sólo ayudaba con magnanimidad a las revistas y publicaciones de toda índole que propagaban su política, sino que igualmente controlaba todo férreamente.
¿Puedo añadir algo más? Pues que con mi jubilación en 1972 -aprovechando que los antiguos deportados podíamos solicitar ser jubilados al cumplir los 60 años salí del Congreso tal como había entrado: sin ser propietario de nada y sin otros recursos que aquellos con los que me beneficié con la jubilación, los suficientes para subsistir modestamente, como siempre viví. Igual le ocurrió a mi amigo Julián Gorkin, que por desgracia falleció hace unos años.

JMV.- Después de tantos años de división de Europa, y de tanta actividad personal antitotalitaria, ¿qué sentiste al caer el muro de Berlín?
II.-Una alegría inmensa: era el signo inequívoco de que la URSS entraba en un período de aguda crisis. y cuando la URSS se derrumbó, la alegría fue aún más inmensa. No se trata de un acto de venganza, sino, simplemente, de que nuestras criticas a través de los años quedaban justificadas. ¡Habíamos tenido razón!
En aquellos instantes -así lo escribí a algunos amigos- pensé en todos los compañeros del POUM ya fallecidos, desde Andrés Nin al más oscuro de los militantes. Podíamos lanzar, por fin, un grito de satisfacción; lástima fue que ya quedáramos muy pocos.

JMV.-¿Qué influencias intelectuales reconoces como más destacadas?
II.-Depende de la época. En algunos casos influye la proximidad personal. Tuve mucha relación, sobre todo epistolar, con Camilo José Cela, con Américo Castro -que influyó en mí respecto al pasado histórico de España- y sobre todo con Ramón J. Sender.
En estos últimos años, la lectura de Cornelius Castoriadis y de Claude Lefort me influyeron, o en todo caso me confirmaron en mis convicciones respecto a la Unión Soviética y el estalinismo.

JMV.- ¿Cómo valoraste el proceso de la transición española?
II.-Al principio se me antojó bastante alicorta. Más tarde, con la serenidad que suele dar el tiempo, pensé que teniendo en cuenta que salíamos de una dictadura de casi cuarenta años, no se podía esperar otra cosa. No debe olvidarse que vivían aún muchos españoles que habían conocido la guerra civil y la brutal represión franquista posterior, y que aspiraban a disfrutar de paz y tranquilidad. Los primeros tiempos de la transición no fueron tan nefastos como podía temerse, ya que condujeron a un gobierno socialista, el primero en la historia de nuestro país. Con Felipe González España salió definitivamente de la Edad Media y emprendió su andadura europea, que tantos beneficios. acarreó a nuestro país.

JMV.- ¿Cómo ves el mundo en pleno siglo XXI?
II.- Veo con pesimismo tanto a Europa y al mundo entero. Creo que necesitaremos unos cuantos años para que el péndulo cambie de posición, es decir, para que se agote la política neoliberal y reaccionaria que domina ahora. El capitalismo va capeando sus crisis y la izquierda socialdemócrata aparece agotada. ¿Cómo se reconstruirá la izquierda en el futuro? Lo ignoro, pero pudiera ser que lo fuera sin los partidos y sindicatos, que hasta el presente no han sabido o podido hacer frente a las nuevas realidades. Todos ellos surgieron en el siglo XIX y van resultando anacrónicos. Tal vez la izquierda resurja de sus cenizas gracias a uno de esos movimientos que se movilizan y luchan contra la globalización que se va imponiendo poco a poco bajo la égida del imperialismo de los Estados Unidos de Bush y de los suyos. Si al fin y al cabo Irak fuese la tumba política de todos ellos, quizá el plazo a que me referí anteriormente se abreviaría. En fin, el futuro inmediato no se me antoja muy despejado para nuestras ilusiones socialistas, pero valdrá la pena vivirlo. Por desgracia, mi edad no me lo permitirá…

Edición digital de la Fundación Andreu Nin, 2009

Sobre el autor: Vera, Juan Manuel

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