Operaciones Especiales (Jean-René Chauvin, 1995)

Reseña del libro Operaciones Especiales, de Pavel Sudoplatov (Plaza&Janes,1994).
Publicado en Iniciativa Socialista nº 33, febrero 1995.

«Hay que acabar con Trotsky durante este año». Esa es la orden dada por Stalin a Sudoplatov en marzo de 1939. Gran jefe de las misiones especiales, asesino del jefe nacionalista ucraniano Konovalets, organizador dcl asesinato de Trotsky y del espionaje atómico en Estados Unidos, Pavel Sudoplatov acaba de publicar sus memorias. Las memorias de un criminal de Estado. El joven Sudoplatov, que sólo tiene entonces 32 años, se siente muy emocionado al recibir esa consigna. Es su tercer encuentro con Stalin, habiendo sido el precedente para la liquidación de Konovalets. Está muy emocionado, pero no porque se le pida liquidar a un ser humano, cosa banal en ese tipo de servicio, ni porque ese hombre, junto a Lenin, fuese el principal organizador de la revolución de Octubre; estamos en la época de la gran purga, Kamenev, Zinoviev y Bujarin ya han sido aniquilados, y en todo el país se han votado, a mano alzada, resoluciones aprobatorias, No, no es por ninguna de esas razones, sino porque recibe la orden del mismísimo Stalin.

¿Cómo es posible que un adulto pueda ser dominado psicológicamente hasta ese punto? Es cierto que había incentivos que facilitaban su aceptación de una misión de ese género: «Si la operación triunfaba, el Partido no olvidaría nunca a quienes hubiesen tomado parte en ella, y les protegería, a ellos y a cada uno de los miembros de su familia». Palabras del padrecito de los pueblos, de las que nos pone al corriente este muy especial agente.

Existe otro factor influyente: se encontraba bajo la amenaza de exclusión del partido, y varios de sus amigos más cercanos habían sido detenidos. Le era necesario dar pruebas de fidelidad. Inmediatamente después de su aceptación, es promovido a director adjunto del Departamento extranjero, lo que, por otra parte, inquieta a su mujer, también miembro de la GPU y más al corriente de los riesgos propios de ese tipo de promoción. Ella prefería que hubiese seguido, siendo un simple oficial. El porvenir confirmará sus aprensiones.

Los años de formación de un asesino de Estado

¿Por qué camino intelectual y político llego este hombre hasta ahí? Hijo de un molinero ucraniano de Melitopol y de una mujer rusa, habla ucraniano, lengua cuya enseñanza estaba prohibida bajo los zares, y en la escuela aprende a leer y a escribir en ruso. El año de la revolución, con 10 años de edad, pierde a su padre. Su hermano, Nikolai, se alista en el ejército rojo durante el siguiente año, y Pavel sigue su ejemplo en 1919, con  sólo 12 años. No era el único de esa edad. He conocido otros viejos bolcheviques rusos a los que las convulsiones de la época había arrastrado a la guerra civil y a la acción política con esa misma edad. Como sabe leer y escribir. raras cualidades en ese país salido de la esclavitud hacía sólo 50 años y con una población en gran parte analfabeta, se le destina a transmisiones. Hace de telefonista, secretario, y pronto mecanografía documentos confidenciales, viviendo en medios de los combates y de los golpes de mano. De alguna forma, este engranaje le lleva a los servicios de información, convirtiéndose después en miembro de la Checa, como su hermano mayor, al que admira y que morirá en el frente polaco. Tras diversas peripecias, con 20 años se encuentra en el departamento político secreto de la oficina ucraniana en Jarkov, donde se enamora de una colega dos años mayor que él, Emma Kaganova, rubia de ojos azules, nacida en una comunidad judía de Bielorrusia. Ella ha cursado estudios secundarios y, como se adivina a través del testimonio de Pavel Sudoplatov, le aporta la cultura que a él le falta. Le anima a realizar estudios de Derecho. Aprende alemán para su trabajo. Su carrera está trazada. Son una pareja feliz que trabaja en los servicios de información, para la revolución. Ciertamente, él corre peligros, sobre lodo en el extranjero, cuando se infiltra en las filas nacionalistas ucranianas, pero todo es por la buena causa. Como muchos funcionarios de cualquier país, sirven al Estado y no tienen problemas de conciencia.

Una carrera ejemplar

Mientras desgrana sus recuerdos, él nos hace revivir, a los trotskistas de mi generación, los asesinatos [de partidarios] del Viejo. Confirma y aclara los asesinatos de I. Reiss (Poretski), de Rudolf Klement, y el papel del NKVD, bajo la dirección de Loiwa L. Filbin, Orlov, en los asesinatos de trotskistas y de poumistas en la España republicana, así como el asesinato de Trotsky, preparado durante mucho tiempo. También confirma la infiltración tras la guerra en medios científicos americanos y británicos para obtener los secretos de la bomba atómica. Afirma que los más grandes sabios, Robert Oppenheimer, Enrico Fermi, Leo Szilard y Niels Bhor, pensaban que era necesario compartir sus conocimientos con sus colegas rusos. Todas las personalidades del espionaje desfilan por el libro: Donald MacLean, Kim Philby, Guy Burgess, con sus nombres en clave. Confirma que los esposos Rosenberg sólo jugaron un papel insignificante.

No es una novela policíaca, es una antología de los crímenes estalinistas, desde Henryk Ehrlich y Victor Alter (dirigentes del Bund) hasta el diplomático sueco R. Wallenberg, envenenados por el médico Maïranovski, director del laboratorio de investigaciones toxológicas del ministerio de seguridad, actuando bajo órdenes directas del ministro. Sudoplatov está orgulloso de sus acciones personales. Es un alegato “pro domo”, ya que a pesar de sus inigualables servicios prestados, fue detenido en 1953, con el pretexto de su colaboración con Beria. Tras la muerte de Stalin, Beria, que estuvo a punto de ser liquidado por Stalin por medio del pretendido complot de las «batas blancas», había comenzado, mucho antas que Kruchtchev, a derribar al ídolo, a rehabilitar a los médicos acusados, a liberar a los presos comunes y a intentar liberalizar el régimen con la esperanza de hacerse popular. Sudoplatov pasará 15 años detenido, en la cárcel de Vladimir, una confortable prisión para miembros de la nomenklatura situada 200 kilómetros al Este de Moscú, en la que se entera por sus colegas detenidos de muchos otros detalles sobre los asuntos secretos del régimen. Pero estos testimonios, de segunda mano, son menos precisos que los de la época en la que él era el gran ejecutor.

Una casta cerrada

De paso, nos informa de cosas sobre la nomenklalura, especialmente sobre los órganos compartimentados por el secreto, pero atravesados por luchas de clanes. Si un jefe cae, sus comparsas le acompañan en la caída. Desde los años 20 hasta la caída de Beria ha conocido no pocas purgas. Nos da luz sobre el comportamiento despreciativo y demagógico de los altos dirigentes del Kremlin, insultantes y groseros con sus subordinados inmediatos, aunque tengan rango de ministro, pero de una exquisita cortesía con el pueblo. A cuento de cierto lance, puede aprenderse, sino se sabe ya, cuáles son los privilegios de la nomenklatura. Por ejemplo, sus hijos pueden entrar en las buenas escuelas sin hacer el examen de entrada. Estos celosos servidoras tienen privilegios ignorados por los demás ciudadanos soviéticos. Cuando él habla de un amigo, nunca deja de declinar sus grados y condecoraciones. Como si el respeto a la jerarquía y al tchin (el grado, leamos Gogol) de la época zarista se hubiese perpetuado bajo Stalin y sus sucesores.

Es interesante observar que estos grandes agentes del crimen de Estado, absolutamente disciplinados en su juventud, terminan, con el tiempo, pero sobre todo a partir del momento en que se convienen en víctimas de la arbitrariedad, tomando conciencia de la gigantesca impostura estalinista. El propio Sudoplatov se hace consciente de la imbecilidad de algunas órdenes. Convocado por Stalin en 1952 para dar su opinión como experto sobre un plan para asesinar a Tito, aconseja no hacerlo sino aprovecharse de las rivalidades de su entorno, infiltrado por los servicios soviéticos. Es escuchado. Igualmente, desaconseja a Kruchtchev la liquidación física de algunos nacionalistas ucranianos, no por bondad, sino por eficacia política. Las desapariciones de Stalin y Beria no detienen las ejecuciones secretas ordenadas por sus sucesores, Malenkov, Kruchtchev y Molotov. Cuando es detenido él mismo, está lo suficientemente al corriente de los mecanismos del sistema para no comprender que se le quiere utilizar en una áspera lucha por el poder.

Sin embargo, hay que reconocerle una cualidad política. No es antisemita, siendo su mujer y sus amigos más próximos de origen judío. Liberado en 1968 por Brejnev, no cesa de realizar gestiones para su rehabilitación. Con semejantes servicios, ¡cómo podría el Estado, incluso el soviético, no reconocer sus méritos! Pues bien, ¡no! Tendrá que esperar la implosión del imperio, en agosto de 1991, para que, como escribe, «devuelto a mi nombre el honor que le es debido». Y termina diciendo «Nadie debe ignorar que yo también he sido una víctima de la represión política».

Sudoplatov no me hará llorar por sus 13 años de confortable internamiento en la cárcel de Vladimir, ni tampoco lo hará su subordinado Ramón Mercader, que cumplió 20 años por el asesinato de Trotsky en la penitenciaría de México, en buenas condiciones. Como el nazi Eichmann, estos dos estalinistas participaban en lo que Hannah Arendt llamaba “la banalidad del mal”.

Sobre el autor: Chauvin, Jean-René

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