Vorkuta: de la victoria a la masacre (Pierre Broué)

Capítulo  XXII del libro Comunistas contra Stalin, disponible en el Catálogo de Publicaciones de la Fundación Andreu Nin

Por estas fechas, aún no había pasado nada en Vorkuta, salvo las tomas de contacto y las conversaciones exploratorias. La huelga empezó tres semanas después de la asamblea que hemos descrito [capítulo XX] y que optó por una «huelga de hambre masiva de los detenidos políticos, huelga sin precedentes y ejemplar en las condiciones de los campos soviéticos», como subraya M.B. Al amanecer, al despertar, en casi todos los barracones los detenidos se declaran en huelga. Ahí donde hay militantes opositsioneri todo el mundo está generalmente en huelga; ocurre incluso que algunos guardias se unen al movimiento.

EL AISLAMIENTO ORGANIZADO DE LOS HUELGUISTAS
Los dos primeros días los huelguistas permanecen en su lugar habitual, cerca de los demás, pero las autoridades, que temen este movimiento, quieren aislar a los huelguistas de sus camaradas, del conjunto de los detenidos y del resto del mundo. La administración decide alejar a los huelguistas, todos juntos -primero a la tundra, a 40 kilómetros de la mina, al borde de la Syr-Laga, donde se encuentran unos barracones en muy mal estado que arreglan superficialmente. Desde que los hacen más o menos habitables, llevan a los huelguistas de hambre con la ayuda de los habitantes de la región, que proporcionan sus tiros de renos para este transporte a distancia. Pronto serán seiscientos en este primer emplazamiento y un segundo centro empieza a llenarse cerca de Chibiu.
Mussia cuenta que todo el mundo estaba enfermo, pero que no esperaban un final trágico. Se divertían con un diario oral y una hoja satírica titulada Menos que un perro. La administración, por su parte, tomaba medidas para impedir que el movimiento se extendiera o que encontrase apoyos fuera de las fronteras, aun cuando la política del Frente Popular y de los Partidos Comunistas constituyeran ya una sólida defensa. Se suspendió el derecho de los detenidos a la correspondencia con sus familias; los asalariados del campo ven suprimidos sus días festivos y se les prohíbe dejar la isla.
Intentan también de un modo disimulado enfrentar a los asalariados con los prisioneros. No se renuevan las reservas de víveres de la mina y resulta difícil alimentar a los que trabajan; la administración explica que ha gastado las reservas de grasa y de azúcar en los trabajadores del fondo, pues hacía falta para alimentar por la fuerza y de modo artificial a los huelguistas de hambre.
Uno de los momentos más penosos fue cuando intentaron alimentar por la fuerza a los huelguistas haciéndoles tragar un líquido mediante tubos. Ellos luchaban por impedir la inserción del tubo o por rechazar el líquido que les habían introducido en la boca.
UNA PRUEBA TERRIBLE

 

Entonces se recurrió sistemáticamente a la fuerza; a los prisioneros se les tenía bajo control, incluso amarrados. De todas formas, es un combate físico en el que los huelguistas de hambre tienen cada vez menos fuerza para soportar. Muchos sólo pueden dejarse llevar. ¿Es realmente el fin de esta huelga histórica? Parece que lo piensan en la cumbre regional de la administración penitenciaria, en Vorkuta.
Al cabo de tres meses de ayuno, no se dijo en efecto ni una sola palabra de las reivindicaciones de los huelguistas. Peor aún, las autoridades buscaban provocar. En varias ocasiones el jefe de la sección tercera, Nikitin, acompañado del jefe de las operaciones de seguridad del campo, Ujov, jefe de la sección política secreta, y del policía Pobierejets, recorre el espacio de los huelguistas. Un día les dice con mala intención que se comportan «como imbéciles», puesto que, de todas formas, no tomará en consideración ninguna de sus reivindicaciones: un frío desprecio. Los huelguistas le insultan: «¡Déjanos en paz!», y no se equivocan al decirle ante sus narices que es un monstruo.
Ujov se aproximó entonces a ellos y les dijo entre dientes, de un modo odioso, el fondo de su pensamiento de policía reaccionario, brutal y limitado: «¿Piensan acaso que Europa oirá hablar de su huelga de hambre y les tomará bajo su protección? ¡Imbéciles! ¡No cuentan! Escupimos sobre Europa». (Esta cita la da Soljenitsin de forma distinta, pero Kostiuk estaba absolutamente seguro de que la suya, que nosotros utilizamos, era la buena).
Escuchemos a Kostiuk, cronista atento y compasivo:

«En las tiendas y cabañas de tierra de Syr-Laga el frío era terrible. Las pequeñas estufas de bronce primitivas apenas proporcionaban algo de calor. Las camas hechas de una plancha recubierta de un colchón no conservaban en absoluto y las planchas eran terriblemente malas para los huesos de los prisioneros. Parece que los huelguistas sufrían más por el frío y por la dureza de las camas que por el hambre… Muchos camaradas no pudieron soportar estos sufrimientos. El corazón de muchos de ellos comenzó a dar signos de debilidad. Otros empezaron a tener problemas para respirar. Los dirigentes de la huelga anunciaron que quien sentía que sus fuerzas le abandonaban tenían moralmente el derecho de parar. Muchos seguían el consejo, pero otros no cesaron la huelga y varios murieron. Mi memoria guardó el recuerdo de un solo nombre: el ingeniero Semën Voronin, de Moscú, hombre cultivado y de una gran firmeza de principios».

Una tarde de febrero un comando procedente de Moscú se llevó por sorpresa de las tiendas de los huelguistas a tres de las personalidades que seguían el movimiento: V. V. Kosior, M. V. Ivanov, el «ferroviario», y sobre todo al hijo «apolítico» de Trotsky, Sergei Sedov, llamado Serioja. Los tres fueron embarcados, a pesar de sus protestas y los gritos de sus camaradas. No es seguro que ninguno de ellos los volviera a ver vivos nunca más.

VICTORIA

Poco después, sin embargo, la huelga se detiene por sí misma, normalmente, después del envío por Moscú de un radiograma de la NKVD redactado como sigue: «Haced saber a los huelguistas de hambre detenidos en las minas de Vorkuta que sus reivindicaciones serán satisfechas».
Tras ciento treinta y dos días de huelga y al precio de varios muertos, los huelguistas habían ganado. Todos recibieron de inmediato la alimentación reservada a los enfermos; después, tras restablecerse un poco, retomaron el trabajo, todos en la superficie, algunos incluso en los despachos como contables, economistas o empleados. Su jornada de trabajo era de ocho horas y su ración alimentaria independiente de su respeto de la norma de rendimiento. Era una victoria de dimensiones históricas en este mundo de concentración. Iba a ser ignorada durante decenios y nunca realmente comprendida.

EL TIEMPO DE LOS ASESINOS CONTINÚA

El primer signo inquietante en Vorkuta, donde el radiograma de la NKVD había dado luz verde a la recuperación de una vida normal tras ciento treinta y dos días, fue la decisión de agrupar a todos los detenidos que habían participado en la huelga, entre ellos por supuesto el núcleo bolchevique-leninista, aún más apartado de los demás detenidos. No se dio ninguna razón, pero evidentemente se trataba de separarlos de la masa de los demás prisioneros y extender deliberadamente rumores que alimentasen sus ilusiones y los desarmaran.
Para alojarlos aparte, la administración eligió un viejo local industrial abandonado, la fábrica de ladrillos: cuatro edificios medio demolidos, bastante cerca de las tiendas de Syr-Laga, pero lejos del campo. Mussia llegó antes de su puesta en servicio, pero con el médico, cuando decidieron enviar allí a los prisioneros. Vio por tanto la fábrica de ladrillos antes que todos los demás, descubriendo con espanto que no había ningún medio para calentarla. Escribirá que era «una prisión fantasma, muy alejada, solitaria, en medio del vacío brillante, helado, del frío mordiente y de tormentas de nieve de la tundra».
Nombre bendecido, nombre maldito, se pregunta ella. Para empezar, va a amarlo a pesar de su incomodidad, los medios de calefacción improvisados, los tabiques aún mal arrimados, la reconstrucción deprisa y corriendo, y el resto: los soldados armados que lo rodean, a varios kilómetros, y la carretera que fue desplazada para que no pasara cerca.
De hecho, ella no se interrogó durante mucho tiempo: rápidamente ama esta fábrica de ladrillos a causa de sus habitantes, los huelguistas de hambre, es decir, los bolcheviques-leninistas, pero también, y sobre todo, una juventud ardiente que, como dicen en Francia los militantes del Frente Popular, «quiere asaltar el cielo». «Reíamos mucho, afirmaba ella, porque había muchos jóvenes».

ASESINATO EN MASA

Mussia está en su trabajo, en el centro médico, cuando aparece una detenida muda, paralizada, de la fábrica de ladrillos. Inquieta, pero vacilante, le preguntó por Raya Vasilieva Lukinova y por Zosia Yatsek, hermana de Vladimir Yatsek y bailarina estrella del Bolchoi, sus dos amigas de campo, que se encuentran allí, piensa ella. La respuesta le llega a trocitos por parte de esta camarada en estado de shock.
Les anunciaron un traslado del que formaban parte sus amigas, prometiéndoles un paquete de tabaco y la mitad de un paquete de té. Sale entonces un relato sorprendente: Zossia, al no disponer de ropa caliente, se queda por decisión del responsable y se envía a otra persona en su lugar, pendiente de dársele alguna indumentaria. Y de pronto sale del almacén de ropa gritando: «Allí… allí dentro, el abrigo de Raya cubierto de sangre, las manchas de sangre pegada, ¡la sangre!».
Raya y sus compañeros fueron ejecutados. Justo después, leerán a los detenidos en la fábrica de ladrillos lo que la radio anunció un poco antes: la lista de los que fueron ejecutados. Son todos los dirigentes de la huelga de hambre, y el primero entre ellos es Grigori Yakovlevich Yakovin, ya sabemos lo que él representaba para Mussia, el amigo de otros tiempos convertido en compañero amado.
Su nombre está allí, el primero: «Entre los otros nombres, mezclados de forma casi sacrílega, entre los nombres y apodos de ladrones y criminales bestiales, estaban los de revolucionarios sinceros y ardorosos» -describe. Como homenaje a los habitantes de la fábrica de ladrillos y por su propio recuerdo, escribirá estas líneas conmovedoras:

«La fábrica de ladrillos había agrupado bajo su muy deteriorado techo a lo mejor de la elite creadora de los campos, un pueblo de espíritus arrojados y valientes. Con sus argumentos y su entrenamiento, su capacidad de dar respuestas lógicas, a veces proféticas, habían aportado un dinamismo vital en la existencia estática, intolerable, de este lugar glaciar increíblemente sucio y lleno de enfermos […]. Un día les dieron una ración de tabaco: preparaos para un traslado. Fue como la inyección de un elixir de vida. Se apresuraban en empezar su viaje aplaudiendo el aire puro, el camino blanco y la esperanza de una nueva vida […]. Una hora más tarde, como un árbol al que cortaron las raíces, cayó un cadáver. Tras él, toda la línea de hombres y mujeres, como nudos mal trabados, recubiertos y aplastados por los cadáveres que les seguían en la fila […]. Sus cantos, su espíritu, su vida, todo estaba aplastado, todo abatido. Pisotearon en el suelo páginas de existencias inacabadas. Cuánto más hubieran podido dar a la revolución, al pueblo, a la vida. Pero ya no están. Se acabó, era irreversible».

Un día, uno de los que habían sido abatidos, por orden de Kachketin, ametrallados (así conseguían desembarazarse de ellos más rápido y a lo grande), se volvió a levantar, cubierto de sangre -la suya y la de otros-, y dijo simplemente: «No me habéis matado. Acabad conmigo». Y acabaron con él.

EL DRAMA VIVIDO EN LA FÁBRICA DE LADRILLOS

Es M.B., en el periódico menchevique Sotsialistichky Vetsnik, quien cuenta el drama tal como lo vivieron los habitantes de la fábrica de ladrillos. En el campo, el régimen se endureció de nuevo con el regreso desde Moscú de Kachketin, su comandante, que sabía que el viento no soplaba del lado de la clemencia. Pero este nuevo endurecimiento no fue comprendido.
En efecto, quedaban en el campo los detenidos menos combativos, incluso los más resignados. Los hombres y mujeres capaces de comprender los crímenes que preparaban contra ellos, la gente de Kachketin estaba en la fábrica de ladrillos donde, desde hacía un cierto tiempo, no pasaba nada. Al principio, se comprendió mal. En el campo se pegaba, pero no en la fábrica de ladrillos. Entonces, ¿por qué preocuparse?
Tras su regreso, Kachketin fue a la fábrica a interrogar a los detenidos. Dio la orden, días atrás, de golpear a muerte a Lev Tregubov -no confundir con el respetado por todos anciano de la colonia Biisk-, que en efecto murió debido a los golpes. Llegando a la fábrica de ladrillos, pegó a varios detenidos y, sobre todo -muy violentamente y varias veces-, al viejo bolchevique armenio Virap, al que dió puñetazos en la cara. Poco después comenzaron los «transportes». Cuenta Kostiuk:

«A finales de marzo, se comunicó una lista de veinticinco personas, entre las cuales figuraban Gevorkian, Virap. A cada uno de ellos se entregó un kilo de pan y se ordenó que prepararan sus cosas para un nuevo convoy. Tras el caluroso adiós a sus amigos, los llamados abandonaron sus barracones y, tras el aviso, el convoy abandonó el recinto. Al cabo de quince o veinte minutos, muy lejos de allí, a quinientos metros sobre la orilla escarpada del pequeño río Verjnaya Vorkuta, se oyó una brusca salva, seguida de disparos aislados y desordenados, después todo se aplacó; pronto, la escolta del convoy pasó cerca de los barracones. Todos sabían muy bien a partir de ese momento en qué tipo de convoy se enviaba a los detenidos.
«Al día siguiente, nueva llamada, esta vez cuarenta nombres. De nuevo, una ración de pan. Algunos incluso eran incapaces de moverse; se les prometió meterlos en un carro. Reteniendo su respiración, los detenidos que quedaron en los barracones escuchaban el crujido de la nieve bajo las ruedas del convoy que se alejaba. Desde hacía tiempo todos los ruidos se detuvieron. Pero todos quedaron al acecho, escuchando siempre. Transcurrió cerca de una hora así. Después, de nuevo, detonaciones en la tundra. Esta vez procedían de mucho más lejos, de la dirección del ferrocarril de vía estrecha que pasaba a tres kilómetros. Este segundo convoy convenció definitivamente a los que se quedaron de que estaban condenados sin posibilidad de apelación…»

A los detenidos exhuelguistas les llamaban por grupos de entre veinte y cien varias veces por semana; debían llevar víveres y tabaco, pero no se les volverá a ver.
Iban a la muerte por grupos: los dirigentes primero, después grupos compuestos (por la comodidad de la estadística) por personas que presentaban afinidades -por ejemplo, un grupo de mujeres, con Ida Chumskaya, Varvara Smirnova, Pacha Kunina, la antigua niñera de los hijos de Bujarin, y la bella Faina Jablonskaya, con sus manos atadas detrás de la espalda.

NINGUNA LÁGRIMA POR MUSSIA

Los amigos de Raya Vasilievna Lukinova no fueron fusilados aquí. Pero, quizás a causa de Raya, Maria Mijailovna habla mucho de ello. Con la ejecución de Lazar Chatskin debido al bloque de oposiciones, llegó la de los dirigentes de las Juventudes Comunistas del periodo revolucionario. Mussia evoca con respeto y admiración a Piotr Ivanovich Smorodin, «un joven abogado excepcionalmente dotado, organizador de nacimiento y orador inspirado». En 1937, en la mesa, había dicho a sus amigos lo que había que hacer con el régimen estalinista, del que ya no escondía lo que pensaba. Primero se encontró solo, después en prisión. Fue abatido en 1938.
Estaba con él Vasia Lukin, encargado de la propaganda, cuya mujer, Raya Vasilievna, escritora y artista, ejecutada cerca de la fábrica de ladrillos, y su abrigo, enrojecido con su sangre tras la salva asesina, constituyen uno de los leitmotiv del desgarro interrior de Mussia, fascinada por estos jóvenes comunistas de la época heroica.
Dejemos aquí a esta magnífica Mussia con su sensibilidad y su inmensa tristeza ante lo que, a pesar de su gran valor, considera como un verdadero cataclismo, la pérdida de tantos hombres y mujeres, inestimables tesoros de humanidad. Recordemos el epitafio, transcrito páginas atrás, que escribió para ellos y para la eternidad.

PESADO BALANCE

Todo el mundo, en todos los barracones, había oído la lista de los cuarenta y un primeros ejecutados. Tras los «cabecillas», Grigori Yakovin, Sokrat Gevorkian, I. M. Kotziubinsky (cuya presencia era cuestionada por algunos testigos, según los cuales fue ejecutado antes del traslado), N.P. Gorlov, V. V. Virapov, N. P. Baskakov, Faina Viktorovna Jablonskaya, la generación de Octubre fue masacrada en su totalidad. Con Yakovin y Gevorkian desaparecían de un solo golpe todas las esperanzas de la Oposición: F. N. Dingelstedt, G. M. Stopalov, I. S. Kraskin, I. M. Poznansky, N. M. Sermuks, Viktor Krainiy, Dmitro Kurenevsky, Vl. K. Yatsek, G. M. Vulfovich, Arkadi Heller, V. I. Rechetnichenko, Lado Enukidze, J. M. Pevzner, «Dika» Znamenskaya. Belle Epstein, que había velado ante los jóvenes reclutas chinos con Abraham Grigorievich Prigojin, historiador, igualmente fusilado por más de un motivo.
La casi totalidad de los prisioneros que hemos nombrado en este capítulo y en el precedente desparecieron en estas ejecuciones, salvo Andrei Konstantinov y Carlo Patskachvili que consiguieron huir y encontraron la muerte más tarde, según el testimonio de Maria Mijailovna. Citarlos a todos nos llevaría demasiadas páginas.
Destaquemos simplemente la ejecución del obrero decista Mijail Lazarevich Chapiro, de la fábrica Treugodnik de Moscú, deportado a Ichim, después prisionero en Verjneuralsk, fusilado en Vorkuta, como Lev Dranovsky, de Odessa, con el grupo de los dirigentes. Fueron fusilados igualmente el ingeniero francés Jacques Louis (casado con una soviética), el obrero moscovita Tijon Kravtsev, el obrero metalúrgico sindicalista Nokolai Podbello, el joven comunista polaco Moisei Charfhaus, el cineasta Maxim Maximov. Encontramos también los nombres de centenares de combatientes de Krasnaya Presnia, los Piotr Alexeyev, Ivan Kozlov, Tarjov, Alexeenko, Belotserkovsky y tantos otros en Margadan… El resto, la mitad, desaparecía un poco más al Este, en el corazón de Kolyma.
Mientras estos jóvenes vertieron su sangre, Stalin añadió un detalle de su crueldad. Para contrarrestar a toda esta juventud, y porque después de todo la gran dama estaba muy comprometida en esta larga historia, hizo fusilar a la Babuchka, Alexandra Lyovna Sokolovskaya, «Vonskaya» en el partido, la primera mujer de Trotsky, la madre de sus dos hijas Zinaida y Nina, la abuela de Sieva (Vsevolod Volkov) y de Alexandra Zajarova, así como de Volina y de Lev Nevelson, sin olvidar a la pequeña Lyulik Sedov.

UNA VEZ MÁS, LA MEMORIA ASESINADA

Aquí se impone una reflexión personal, después de tantas páginas consagradas al asesinato en masa de trabajadores, de jóvenes, también de profesores y de estudiantes de historia.
En efecto, en el árbol genealógico de la familia establecido con amor y respeto por el sobrino de Trotsky, Valery Bronstein, y publicado por el coloquio de Aberdeen, no encontramos el apellido, patronímico y nombre del tercer Lev Sedov, Lyulik, hijo de Liova, nieto amado, nacido antes de la expulsión de la URSS y el último exilio de su abuelo y de su padre. ¿Cómo es que Valery Bronstein habría podido conocer su existencia, confrontado como estaba sobre ello a Stalin, asesino de la memoria, y no habiendo él mismo tenido contacto ni con la madre, que se quedó en la URSS, ni con el padre, en el exilio? De hecho, Anna, la mujer de Liova, se había vuelto a casar y su hermana lo estaba con el hijo del secretario de Stalin, Poskrebychev; en cuanto a mí, había encontrado en Moscú a una vieja militante que le había conocido en prisión en 1936. Además, había conocido muchos detalles sobre Lyulik en la correspondencia de su padre y de su abuelo, y hablé de ello en mi biografía de Liova. No hay reproches por tanto hacia Valery, quien tenía el deber de mantenerse a distancia, y de este modo pido disculpas por esta ignorancia.
Pero manifiesto que me sorprendió recibir de él una carta en la que me reprochaba haber pura y simplemente inventado a este hijo de Liova, y escribir sobre un asunto que yo no conocía. Le respondí amablemente y con documentos. No acusó recibo, pero constaté que el joven Lyulik había sido restaurado en la genealogía reconstruida. En este sentido, ningún reproche hacia Valery, quien finalmente me daba la razón -aunque fuera de forma meramente implícita. Pero, ¿qué buscaba quien le «informó» y qué le empujó a escribirme? Ignoro su nombre, pero, de modo consciente o no, fue la voz de Stalin.
Es preciso que Valery Bronstein admita en primer lugar que el hecho de ser de la familia no le da el privilegio de saberlo todo sobre ella, y que se equivocó al tomarla conmigo porque yo supiera la existencia de Lyulik, que él ignoraba. Tomó su pluma para acusarme de haber inventado a Lyulik, pero corrigió su error con discreción y sin darme las gracias, además, por la foto de Lyulik que le había ofrecido de un modo amistoso (cuando nada me obligaba a hacerlo). Lo peor es que, al disimular su error sin explicarlo, disimula y disculpa al hombre Stalin que le expulsó. Silenciando este incidente, protege a un cómplice de Stalin en el asesinato de la memoria, e indirectamente a Stalin. Es rechazable: ¿Acaso no es Stalin, a sus ojos, culpable de un crimen contra la memoria?

Volvamos a leer a Shalamov, quien pone en su sitio lo que cuenta:

«La segunda “tormenta” que sacudió la tierra de Kolyma fueron las interminables ejecuciones en el campo, lo que se llamó la garaninchtchina. La masacre de los “enemigos del pueblo”, la masacre de los “trotskistas”. Durante meses, tanto de día como de noche, durante las llamadas de la mañana y de la tarde, se leían innumerables condenas a muerte. Bajo un frío de menos cincuenta grados, los detenidos músicos (presos comunes) hacían sonar la fanfarria antes y después de la lectura de cada orden. Las antorchas de petróleo humeantes no alcanzaban para percibir en la oscuridad y concentraban centenares de miradas en las delgados folios cubiertos de escarcha donde estaban impresos hechos tan horribles […] Todas las listas se terminaban de la misma forma: “la sentencia fue ejecutada. El jefe de la USVITL, el coronel Garanin”».

¿Cuántos? Shalamov afirma que «millares». En sus antologías del Gulag, Jacques Rossi da la cifra de veintisiete mil –de todos modos, mucho más que todos los KRTD reunidos. Dejemos la cuestión abierta. Lo que es seguro es que Stalin no dio cuartel.

LA LUCHA CONTINÚA

Es precisamente la represión lo que suscitó una resistencia seria, impresionante por su determinación, un combate a cara descubierto contra esta represión que golpeaba a los huelguistas, sin duda la primera a semejante escala. No podemos mencionar aquí todas las iniciativas que se tomaron. Iban probablemente a costar la vida a todos los que las tomaban.
Tatiana Ivanovna Miagkova fue ejecutada. Tras años de exilio, de campo y de prisión, reconoció en un traslado, al otro lado de las rejas, a su camarada Veniamin Moiseyevich Poliakov: ella intentó hablarle, un guardia se lo impidió y ella lo injurió. Fusilaron a Poliakov como uno de los dirigentes de la huelga el 26 de octubre de 1937 y a Tatiana el 17 de noviembre del año siguiente.
En Magadan ella se había encontrado con Vera Varhavskaya y con Rosa Mijailovna Smirnova, quienes manifiestaron que algunos detenidos, entre ellos varias mujeres (Alexandra Vasilievna Ladojina, Victorina Lemberskaya, Itta Lemelman, Evgeniia Tigranova Zajarian -treinta y cuatros años, opositsioneri desde 1929-, la exestalinista  Liza Osiminskaya, Glazer, Zelttzer), firmaron una protesta contra la represión en Magadan desde agosto de 1936.
Entre los últimos supervivientes figura Evgeniia Tigranovna Zajarian, antigua JC de Tiflis. Entró en la Oposición en 1929, con Salomon Naumovich Serbsky, de treinta años, opositsioneri.
En 1928, alumno y amigo de Vladimir Ivanovich Maliuta, fundador de un grupo de defensa de los derechos de los prisioneros, organizador de un movimiento en diciembre de 1936, posteriormente de acciones de solidaridad con las víctimas de la represión. Se une a ellos un exIPR y exprofesor de historia, Grigori Vasilievich Ladoja. Los tres desaparecen en 1937, al mismo tiempo que Alexandra Ladojina, M.I Kratsman, A.L. Yaichnikov. Los últimos combatientes, P.Z. Chpitalnik, F. F. Litvinov, Y. S. Neman, I. A. Matiugov, V. G. Goldstein, son ejecutados en 1938.
Estos combatientes por los derechos humanos -es una primicia- se autodenominaban «trotskistas», cuando sólo los estalinistas empleaban hasta el momento esa palabra como una injuria. Era un desafío.
De este movimiento citaremos un solo documento, con fecha de 31 de marzo de 1937, firmado por Ch[aliko] Gochelachvili, P. Sviridov y N. Majlak, dirigido al Comité Ejecutivo central de los Soviets y al Consejo de los Comisarios del Pueblo -no al Partido Comunista-, y del que se destacará su firmeza, puesto que los autores sabían que iban a pagar este texto con sus vidas:

«Habiendo conocido el veredicto pronunciado por la sección del Juzgado del territorio de Extremo Oriente en Magadan concerniente al caso de los camaradas Krol, Baranovsky, Maidenberg, Bessidtsky y Bolotnikov, que, en tanto que presos políticos comunistas, fueron condenados a muerte, así como el caso de otros doce presos condenados a diez años de prisión, nosotros, presos políticos comunistas, sólo podemos protestar contra estas penas infligidas a comunistas. Las acusaciones realizadas contra ellos son chocantes por el hecho de su absurdidad y de su ausencia total de fundamento (preparación para la toma del poder en Kolyma, sabotaje, envenenamiento de trabajadores, etc.).
«Ninguna persona sensata puede creer ninguna de las acusaciones realizadas por los jueces contra los acusados. Estamos por tanto obligados a buscar cuáles son los motivos que han llevado al tribunal a redactar estas sentencias. Sabemos que los camaradas condenados tomaron parte en huelgas de hambre prolongadas, que no fueron al trabajo para protestar contra las duras condiciones del campo a las que se les sometía desde el inicio por los oficiales que dirigen el campo del Nordeste (Sevostlag).
«Los camaradas Krol, Baranovsky, Maidenberg y otros sólo eran culpables de resistencia a las tentativas de la NKVD de convertir el régimen de esclavitud en el campo en un régimen permanente para los prisioneros políticos comunistas, un régimen de aniquilamiento físico y moral. Reivindicaban el beneficio de un régimen político -es decir, de condiciones de prisión que generaciones de revolucionarios habían procurado tener en las prisiones zaristas y del que ya se habían beneficiado en las prisiones y campos soviéticos. Estaban prestos a morir en estas huelgas de hambre prolongadas, como fue este el caso de los camaradas G. Ter-Oganessov, M. Korjin, M. Kuritz, E. B. Solntsev, más que a renunciar a su dignidad política y convertirse en esclavos. El NKVD tomó medidas extraordinariamente duras para reprimir las huelgas de hambre y, sin embargo, fue obligado a satisfacer parcialmente las reivindicaciones de los prisioneros en huelga de hambre. Es esto lo que los carceleros no pueden perdonarles y esperaron el momento oportuno para infligirles su castigo de venganza.
«Protestamos contra los procedimientos judiciales ilegales empleados contra los revolucionarios proletarios que no se ponen de rodillas y que un tribunal estalinista tradujo por primera vez ante ellos. Comenzado el 8 de febrero de 1937, el examen del asunto por el tribunal fue detenido bruscamente, evidentemente por el hecho de la ausencia total de base de las acusaciones. Un mes más tarde, se retomó este proceso a puerta cerrada. Esto permite a los jueces disimular a la opinión pública la ausencia de fundamento de las acusaciones y aplicar su sentencia de venganza.
«Pedimos a las instancias supremas del poder soviético tomar nota del hecho que, con relación al proceso de los presos políticos en Magadan, hubo cada vez con mayor frecuencia en Kolyma llamamientos sistemáticos a pogroms y a la persecución de los presos políticos, con la participación directa de numerosos funcionarios, lo que hace que los actos de violencia física contra los presos políticos se volvieran más frecuentes. Como ejemplo, citaremos el ataque de bandidos contra los barracones ocupados por los presos políticos en nuestro campo “plan quinquenal”, que terminó con una grave paliza a tres personas. Además, un guardia que acudió a ayudar a los prisioneros resultó herido de gravedad de una cuchillada. Los delincuentes realizaron su pogromo con la consigna de “Por diez trotskistas muertos, sólo se añadirá un año a nuestra pena”.
«Atribuimos completamente al gobierno la responsabilidad de las muertes de comunistas ciudadanos, de las víctimas por venir de la dominación arbitraria de los órganos represivos y de los pogroms realizados por delincuentes. Exigimos el fin de los pogroms y de las persecuciones.
«Exigimos la creación de condiciones de vida normales para los presos políticos. La primera etapa en esta dirección debe ser la anulación de la sentencia establecida por el tribunal de Magadan relativa a los asuntos de los camaradas Krol, Maidenberg, Baranovsky y otros.
«Firmado: Ch[aliko] Gochelachvili, P. Sviridov, N. Maj[laj], presos políticos».

No sabemos gran cosa de los firmantes, salvo que los dos primeros estaban en Verjneuralsk en 1930. Chaliko Gochelachvili, hijo de un minero georgiano sin partido, había sido uno de los dirigentes de la Juventud Comunista en su país, y había sido detenido en 1928, cayó parcialmente en gracia a los ojos de Ciliga, quien fue a Verjneuralsk con él, y era lo bastante especial como para ser mencionado.

¿CUÁNDO LO SUPIERON?

¿Pasaron realmente desapercibidos los seis mil «trotskistas» asesinados en Magadan y otro tanto en Vorkuta? No dudamos ni un instante que los autores del destacado texto que acabamos de citar fueron pasados por las armas. La apertura de los archivos permitió que lo conociéramos.
Un superviviente, cuyo conocimiento de los lugares, de las distancias y de las cifras es de una precisión extraordinaria, David Reutman, de quien nadie dice que debió de trabajar en la administración de los campos para tener una información tan precisa, da la cifra de 1.082 prisioneros de la fábrica de ladrillos ejecutados, donde no quedaron más de un centenar cuando las ejecuciones de masas terminaron -en agosto de 1938, precisan varios testigos, y no en abril como se ha dicho y escrito.
Podríamos sospechar que este hombre fuera el misterioso «R» del que hemos hablado más arriba, ese miembro del comité de huelga protegido y ascendido tras la huelga en el aparato del campo. Pero eso sería arbitrario: no solamente ninguno de los acusadores de R lo nombra, sino que tampoco ninguno de ellos dice cuál hubiera sido o hubiera podido ser su actividad al servicio de la GPU.
De hecho, éste último estaba bien informado, a través de Volchok cuando este se decidió a hablar y, con anterioridad, por decenas de detenidos a quienes se les había obligado a tomar una decisión: «El chivatazo o la muerte». Sobre Boris Kniajnitsky, llamado Graf, tenemos el testimonio de Baitalsky quien se había encontrado con él en la mina de oro de Kolyma: le confió que odiaba su trabajo de soplón, que estrangularía voluntariamente a Stalin con sus manos, pero que estaba atrapado como una rata.
Se impone una última observación para concluir estos dos capítulos. Parece que la noticia de la huelga de hambre y de la represión en Vorkuta no fue conocida en el mundo antes de 1945 y la publicación en Roma de un pequeño libro de calidad mediocre sobre La Justicia Soviética, en francés, firmado por Sylvestre Mora y Pierre Zweniak, citado y reseñado por Victor Serge en la revista La Revolution Proletarienne. Después, tuvieron lugar las investigaciones que se conocen y la colección Nikolayevsky.
Incluso entre las personas desplazadas inmediatamente después de la guerra parece que hayan existido, a través de rumores y habladurías, algunas confusiones entre Vorkuta y Magadan. El artículo de la revista menchevique Sotsialistitcheski Vestnik sobre Vorkuta apareció en 1962 y el libro de Maria Joffe en 1978.
Roy Medvedev, cuya obra sobre el estalinismo apareció en 1989, indica que, informado de su proyecto de libro y de sus posibilidades de llevarlo a buen puerto, le visitó un antiguo opositsioner, superviviente de milagro, Avraham Davidovich Pergament, citado varias veces en ese volumen, para hablarle de los traslados y de las ejecuciones por ametrallamiento de Vorkuta.
Tras ello, fue necesario la caída de la URSS para descubrir las dimensiones de la tragedia de la Kolyma-Magadan. Muchos recuerdos datan la muerte de una misma persona en dos lugares distintos o en varias ocasiones. Todo es, sin duda, inferior a la atroz realidad… Nosotros hemos hecho lo posible; nos gustaría que excusaran nuestros errores.

¿Hemos recalcado que los amables cocodrilos que vierten un mar de lágrimas por las víctimas hipotéticas de lo que se obstinan en llamar «el comunismo» no parecen haber visto los fantasmas de estas represiones? Por la simple razón de que se trataba de «rojos», un color ante el que, al igual que Stalin, son decididamente alérgicos…

 

Sobre el autor: Broué, Pierre

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