José Gabriel y la revolución española. Apuntes en torno a «La vida y la muerte en Aragón» (Niall Binns)

Este texto de Niall Binns (1) forma parte del libro La vida y la muerte en Aragón, recientemente publicado por Salvador Trallero editor y El Perro Malo. El libro está disponible en el Catálogo de Publicaciones de la Fundación Andreu Nin. 

Hay dos grandes núcleos emocionales en La vida y la muerte en Aragón: el día que el corresponsal de guerra José Gabriel pasa en el frente con Buenaventura Durruti y en el que es testigo del ataque a Fuentes de Ebro, y el día en que visita Torres del Obispo, el pueblo aragonés donde nació cuarenta años antes, en 1896, y donde descubre que la sala en que está reunido con el comité del pueblo es la casa de su niñez. José Gabriel López Buisán –más tarde, como periodista y escritor, prescindiría de los apellidos de sus padres, acaso como si fuesen un lastre– pasó sus primeros nueve años de vida entre Torres del Obispo y Madrid. De sus días en el Madrid bombardeado del otoño de 1936 no hablaría en los dos libros que dedicó a la guerra de España, pero en un ensayo escrito a su regreso a Buenos Aires recordaría así la ciudad de su infancia: “Chapaleaba de pibe en el Manzanares, al pie de las Vistillas, entre la espuma de la colada que navegaba como camalote, y los hilitos tibios de nuestro pis; en el Manzanares, ‘arroyo aprendiz de río’ dijo Quevedo, y se olvidó de decir: y de héroe. Lo vi después, desde el Puente de Segovia, con hilitos de sangre, también de niños” (“Mares y ríos”, El nadador y el agua, 1938).

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En torno a 1905, la familia de José Gabriel se estableció en Buenos Aires. El escritor adulto jamás olvidaría, y jamás dejaría de agradecer y celebrar la acogida que recibieron él y los suyos, como tantas otras familias inmigrantes, en la ciudad que llamaría siempre “mi Buenos Aires”. Lo comentó con insistencia en España en la cruz (1937), en el relato de su viaje en barco al viejo continente para asistir, como enviado especial del diario Crítica, a la guerra civil. Los niños que viajaban con él, pero en tercera clase, “en las costuras del barco”, eran todos argentinos: “unos, hijos de italianos, otros de españoles, otros, de polacos, otros, de turcos; pero todos argentinos, nacidos en Buenos Aires, en Santa Fe, en el Norte; todos argentinos; con fachitas que revelan diferentes razas; pero todos argentinos. Hablan entre ellos en criollo, naturalmente, como todos los niños de allá, como los míos”. Los veía jugar, reír y pelearse, como si estuvieran todavía en una calle o conventillo porteño, y decirse “vení, andá, che, che, vos qué te creés”; y al verlos y oírlos se entristecía. En los años treinta, la “década infame”, las tierras promisorias del Río de la Plata se habían ido haciendo cada vez más hostiles, comenzaba a legislarse en contra de la inmigración, y era en ese clima en que las familias que lo acompañaban en el barco regresaron a sus países de origen. Reflexionaba Gabriel: “Y cuando los oigo y pienso que dentro de unos años, dispersos por tierras tan distintas, ciudadanos de varias naciones, hablarán diversos idiomas, me parece pensar la pérdida de un tesoro. Estos niños de tan varias procedencias raciales eran, son aún, ciudadanos del mundo; dentro de poco serán ciudadanos limitados; la humanidad que circula por ellos habrá retrocedido”.
Orgulloso de su Buenos Aires querido, orgulloso –sin duda, ingenuamente orgulloso– de su argentinidad y su americanidad, José Gabriel irá comprendiendo en su viaje de 1936 la distancia que lo separaba, como americano, de Europa. América, para él, era un continente plural, abierto al mundo y rebosante de esa humanidad ancha y fraternal que sentía amenazada al observar a los niños del barco. Cuando en su paso por Italia le hablaron de la suerte que tenían americanos y españoles por compartir un idioma común, respondió en seguida con un matiz decidor. Más suerte era la de los americanos: tenían no solo el español sino también el italiano. Esta noción expansiva de lo americano se confunde, sin duda, con lo bonaerense. Así se ve en la simpatía que Gabriel ya sintió en el barco hacia un joven italiano que volvía a su país, aun siendo este un devoto de Mussolini: “El italiano que habla italiano –dulce idioma– apenas es extranjero para mí; pero el que habla cocoliche, el que habla el criollo con tropezones italianos, ni apenas ni nada. Este –lo veo ahora que viajo– me parece, no sé si un argentino más, pero sí un porteño. ¿No es acaso miembro de mi misma familia?”.

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En un texto rescatado hace poco, José Gabriel escribió que “a los nueve años, pedía yo limosna por las aldeas empotradas en los montes cántabros de la península, a los diez [¿en Argentina ya?] era hortera, a los once peón de panadería, a los doce mozo de fonda, a los trece pintor letrista, a los catorce mensajero, a los quince empleado de escritorio”. A los veinte años ya trabajaba en el periodismo, militaba en la línea sindicalista (no anarquista) de la Federación Obrera Regional Argentina (la llamada FORA) y en el año de la “Semana Trágica” (1919) fue instigador de una huelga legendaria que paralizó durante once días el vetusto y prestigioso diario La Prensa. Poco después publicaría los primeros de sus numerosos libros: los relatos de Las salvaciones (1920), el ensayo La educación filosófica (1920) y la biografía Evaristo Carriego. Su vida y su obra (1921). En la década de los veinte comenzó, también, a trabajar como profesor de literatura en el Colegio Nacional y el Liceo de Señoritas de La Plata, y entró como editorialista y cronista de fútbol en la redacción del vespertino Crítica, que en años venideros se convertiría en el diario de mayor circulación en el mundo en lengua española.
El golpe militar del general José Félix Uriburu, en septiembre de 1930, llevó a José Gabriel a exiliarse en Uruguay, y sería en Montevideo donde escribió Burgueses y proletarios en España. La revolución española. Su origen – su significado – su destino (1932), un folleto que es la antesala de sus libros posteriores sobre la guerra civil. En él, trazó una historia de la larga agonía del viejo régimen –“en 1930, un año antes de su entierro en oro y cortesías, la monarquía no era más que un cadáver en descomposición”–, lamentó que el gobierno recién instituido hubiese contenido el incendio de conventos –“le bastaba al gobierno republicano haber hecho vista gorda ante aquel desmán popular y dejar que el clero nefasto desapareciese de una vez de la tierra española inficionada por él”–, y auguró que la burguesía española no tenía más opción que entregar el poder al proletariado o armarse ilegalmente, “haciéndole un corte de mangas al liberalismo de sus intelectuales”. La mención a los intelectuales no era fortuita. El folleto repudiaba expresamente a esos miembros de la Generación del 98 que en su momento habían promovido la llegada de la República pero abdicaron luego de su compromiso con el nuevo régimen. El 14 de abril de 1931, en un “repentino eclipse de las fuerzas que hasta entonces habían ejercido la dirección espiritual de España”, se “jubilaron” todos, y notablemente los más renombrados: Miguel de Unamuno y José Ortega de Gasset. Así, “una ola de estupidez parece haber invadido la zona intelectual española en el mismo instante de la proclamación de la república”. Años más tarde, durante la guerra y después del triunfo de Franco, seguiría acusando a los intelectuales españoles –con escasísimas excepciones– de no haber sabido o, más bien, de no haberse atrevido a estar a la altura de las circunstancias.
Entre citas de Trotski y analogías entre la situación en España y la Rusia prerrevolucionaria de 1917, Gabriel veía la península como “una de las regiones del orbe más maduras para la revolución proletaria”, sobre todo en vista de la “desesperada inepcia” de su burguesía. Sin embargo, a diferencia de Rusia, que contaba en ese entonces con el partido bolchevique y con líderes excepcionales como Lenin y Trotski, el pueblo español no estaba ni medianamente preparado para una revolución. Además, la mayoría del proletariado militante era anarquista, es decir, “un peso muerto para la lucha de clases”; en cuanto a la U.G.T., se había fundido con los socialdemócratas en un “infructuoso reformismo” y el Partido Comunista, por su parte, era “obediente a la inepta dirección moscovita e inepto por sí mismo” y solo había conseguido “desorientar a las masas”. Los únicos que se salvaban, para Gabriel, eran la Oposición Internacional, y a esta joven y marginal agrupación, seguidora de Trotski, liderada por Andreu Nin, le atribuía el “gigantesco” cometido de “combatir el confusionismo comunista oficial”, librar el proletariado del “opio” del anarquismo y “lograr, con la totalidad o con la mayor parte de la masa trabajadora, la formación del frente único revolucionario”. Le daba un año para cumplir su misión.
El folleto se clausura con dos cartas, la primera de ellas fascinante. Firmada el 23 de abril de 1931, está dirigida al “buen camarada” Manuel Azaña, entonces ministro de Guerra del Gobierno Provisional de la República, y con el que Gabriel se había cruzado en España en tiempos de Primo de Rivera. La carta transmite su alegría, porque “¡al fin se fue quien debía irse y no volverá!”, pero advierte al flamante ministro que aún quedaba mucho por hacer –“El rey se ha ido, pero la monarquía todavía no. Aguardo la noticia del saqueo del Palacio de Oriente”–, y enumera los pasos necesarios para alcanzar la revolución, recordándole a Azaña las palabras de Lenin –¡ni un paso atrás!– y avisándole de la imposibilidad de estorbar el camino de la Historia: “El formidable engranaje del mundo rueda por sus propias fuerzas. Muy poco se le puede ayudar; no es posible contrariarle: somos granitos de polvo entre sus ruedas dentadas”.

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La ideología de José Gabriel se hizo notoria en mayo de 1933 cuando publicó en Buenos Aires, en Contra. La revista de los franco-tiradores “El titán encadenado”, un homenaje que celebraba a Trotski como un nuevo Prometeo –el que entregó a la humanidad el fuego de la Revolución–, y como un hombre “de doctrina tan vasta y tan honda y de acción ciclópea, una acción y una doctrina más gigantesca que las de Lenin, aunque Lenin lo superase en calidades afectivas y en sentido de la vulgaridad”. Gabriel estaba consciente de la “osadía” de su texto, pero la consideraba una osadía justificada y obligada por la injusticia sufrida por Trotski. Reconocía, eso sí, que era un “mal momento para hablar de un hombre ‘tabú’, excomulgado por reaccionarios y por revolucionarios, arrojado de su casa y de la ajena, acusado de energúmeno por unos, de renegado por otros, acorralado por todos”; un mal momento para “recordar a un hombre que según la ficción jurídica del mundo burgués y del mundo proletario prematuramente aburguesado, no existe”.
La osadía de Gabriel dio lugar a la polémica anticipada y llama la atención de que el poeta Raúl González Tuñón, director de la revista, después de abrir sus páginas –con espíritu de izquierdismo ecuménico– no solo a Gabriel sino a los también trotskistas Liborio Justo (oveja negra de la familia del general Agustín Justo, presidente de la República y su padre) y el exiliado boliviano Tristán Maroff, cerrara la página editorial del último número de Contra (septiembre de 1933) afirmando que “los trotskistas, comunistas sinceros o no, son siempre contrarrevolucionarios. De ellos se aprovecha la burguesía para desprestigiar, no solo a la U.R.S.S., vanguardia del proletariado, sino también al comunismo”. Era de verdad un mal momento para defender a Trotski. Peor, sin embargo, mucho peor, sería hacerlo tres años y medio más tarde.

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El 15 de septiembre de 1936, Crítica festejó sus veinte y tres años de existencia, jactándose en la portada de los cuatrocientos o quinientos mil ejemplares que emitía cada tarde. Doce días antes, había publicado la crónica inaugural de su “enviado especial” José Gabriel, que sería el primero de los tres corresponsales de guerra del diario: viajarían después, de febrero a agosto de 1937 el poeta y crítico de arte comunista Cayetano Córdova Iturburu, y en los meses iniciales de 1939 el jefe de redacción Raúl Damonte Taborda. La sede del diario, en la Avenida de Mayo, se había convertido en esos primeros dos meses de la guerra en un lugar de reunión para simpatizantes de la República Española: allí podían leer los últimos cables, transcritos sobre pizarras en el vestíbulo; allí podían contribuir a la colecta para la Cruz Roja impulsada por el periódico; y allí, más tarde, iban a poder visitar exposiciones de fotos o carteles de la guerra.
Se publicaron en Crítica doce crónicas de Gabriel enviadas desde España, las más breves por telegrama (se publicaban esa misma tarde en Buenos Aires) y las otras, más extensas, por vía aérea.
(i) 3 de septiembre, fechada en Gibraltar el ¿21? de agosto: “La guerra civil vista desde Gibraltar; primer contacto con la realidad española”. En esta primera crónica, simpatizantes republicanos refugiados en el peñón narran a Gabriel las atrocidades cometidas al otro lado de la frontera, en la zona rebelde de Algeciras y La Línea de la Concepción. Destaca, entre otros, el testimonio del barbero Luis Moreno, que “todavía temblaba” al contar su historia: “hace unos días que los rebeldes le llevaron a fusilar; eran dos con un camión; cerca de la frontera pararon, lo bajaron a tierra, uno dijo: ‘déjamelo a mí’ y el otro hizo funcionar el motor; pero al ejecutante le falló el revólver, a quemarropa, y el reo, aún con las manos esposadas, pudo huir”.
(ii) 4 de septiembre, fechada ese mismo día: “Cataluña, baluarte antifascista, es el arsenal de la República”. Es una crónica que habla de la reorganización de la industria, del optimismo que se palpaba en Barcelona, y de las milicias que parten para el frente cantando. Afirma Gabriel, de paso, que “ayer saludé al escritor ruso [Ilya] Ehrenburg, que salió para el frente”, y termina: “Ahora, solo espero mi turno de periodista, para ir al frente de batalla desde donde informaré a Crítica con amplitud de detalles”.
(iii) 5 de septiembre, fechada ese mismo día: “Con serenidad Cataluña vive el momento trágico”. Habla de la vuelta de cierta normalidad a la vida cotidiana de Barcelona, y relata una entrevista con el presidente de la Generalitat: “le pedí que cambiara los nombres de Argentina y Uruguay que tienen los barcos que han sido convertidos en prisión. El señor Companys prometió hacerlo. También comentó con cortesía la iniciativa argentina tendiente a humanizar la guerra civil [se refiere a los esfuerzos del canciller Carlos Saavedra Lamas], pero objetó que sería más correcto tratar de que cesar la provocación de los alzados”. Relata el entierro de un periodista extranjero muerto en el frente, que “había venido como yo a presenciar la gesta maravillosa de la libertad del pueblo español y pagó con su vida la honra buscada”.
(iv) 10 de septiembre, fechada en Barcelona el 1 de septiembre: “La dramática revolución de Barcelona”. Narra la resistencia popular del 19 de julio contra la sublevación militar. Habla de la cooperación entre sindicatos y partidos, el “milagro” del pueblo en armas y la desaparición de la burguesía (“Ya no hay ‘señoritas’”). Relata la muerte ante el cuartel de Atarazanas del dirigente anarquista Francisco Ascaso, “que con mayor fortuna se había salvado de la policía de Buenos Aires no hace mucho”. Este artículo se reprodujo en el diario chileno Frente Popular entre el 15 y el 17 de septiembre.
(v) 12 de septiembre, fechada el 30 de agosto: “Las diversas tendencias formaron en Cataluña un Frente Único por la Libertad”. Es una crónica que llega con retraso. Cuenta las “primeras impresiones” de Gabriel en Portbou y luego la unidad establecida por partidos revolucionarios para luchar contra el fascismo: “Podría envanecerme de mi suerte; sé que algún día podré decir orgulloso: yo vi en Barcelona el embrión del ejército rojo español”.
(vi) 18 de septiembre, fechado el 13 de septiembre: “La trágica lucha en el frente de Aragón”. El cronista ha vuelto “turbado” del frente y de su primera experiencia directa de la guerra. Ha visto los pueblos de Aragón “como costras en los cerros áridos”, ha oído el “quejido –no estampido, eso es literatura–” de los cañones y “las imprecaciones de los milicianos en el asalto”. Incapaz de descansar, se distrae en la escritura. Explica el funcionamiento de las milicias populares y narra la heroicidad de las milicianas, para la cual sale en busca de todo tipo de analogías pertinentes: “He asistido a acontecimientos de epopeya y de égloga; viví pasajes de Remarque y de Homero, y cuadros de Teócrito y de película aragonesa de Imperio Argentina; y tuve ante los ojos atónitos escenas que no sé a qué ficciones artísticas o poéticas referir, pues he conocido en relatos y en pinturas a mujeres guerreras, pero no haciendo normalmente la guerra, como estas jóvenes catalanas que, fusil al hombro o cosiendo los monos de los milicianos o gobernando la cocina, habitan los pueblos de avanzada y hasta los parapetos”. El protagonismo del yo testigo, eufórico por lo vivido, se desata al final: “Recorrí todo el tramo de la columna Durruti, siempre con el enemigo ahí enfrente, a tiro de escopeta; tomé mate en su cuartel general, donde tuve la suerte de reforzar la previsión de yerba a punto de agotarse; estreché en ella la mano a un voluntario cubano y a cuatro voluntarios argentinos; conversé amenamente con el primer y segundo jefe, ambos largos años residentes en Buenos Aires; y al caer el sol espléndido, con el destacamento que la columna tiene en Osera, a treinta kilómetros escasos de Zaragoza, asistí a un admirable ataque de los milicianos”. En esta y en la crónica siguiente, se reproduce al final la firma de Gabriel.
(vii) 19 de septiembre, sin fecha de redacción: “La trágica lucha en el frente de Aragón”. Gabriel relata detalladamente los acontecimientos adelantados al final de la crónica anterior. Destaca el tuteo omnipresente entre los milicianos –“todos somos camaradas, sin otra jerarquía en el trato”–, y afirma haberse acostumbrado tanto a la costumbre de saludar “en alto los puños, con la expresión que un argentino puede entonar como suya: ‘¡Salud’” como al escarceo constante de chistes en la columna, que se dirigían hasta a los “jefes” sin que se tomara como indisciplina. Pregunta: “¿Acabarán estos hombres por demostrarle a un mundo idiota que no se necesitan para nada los formalismos?”. Narra su encuentro con Durruti, el ataque a Fuentes de Ebro y el camino de regreso a Barcelona. La primera parte de La vida y la muerte en Aragón se basa muy estrechamente en esta crónica.
(viii) 23 de septiembre, fechada en Toledo ese mismo día: “José Gabriel describe la terrible lucha en el Alcázar de Toledo”. El intenso testimonio de su visita a Toledo, relatada aquí y en la crónica siguiente, no figura en los libros de Gabriel: “Llevo cinco días al pie del Alcázar de Toledo, asistiendo entre llamas, truenos, risas y coraje al desenlace de uno de los episodios más intensos del actual drama español. Pugnan, por un lado, una fortaleza cesárea y la voluntad sin entrañas de los rebeldes, y, por el otro, un pueblo enérgico, pero humano. / La lucha, desde luego, es espantosa. Tan pronto surge un incendio voraz o una emboscada en los parapetos. Los tanques intervienen en el asalto y frecuentemente se traban los adversarios en combates cuerpo a cuerpo, con bombas de mano y apóstrofes homéricos. En medio de este infierno braman trombas de plomo candente y se desmoronan las casas de tres y cuatro pisos. Pero todavía este horror sería más trágico si el pueblo ofendido no se contuviese para eludir la crueldad. / Mas en realidad, este sentimiento humanitario prolonga la lucha. / Sin embargo, el final se acerca. Nadie evitará la entrada de los milicianos a los sótanos profundos con espectros y cadáveres, como un descenso dantesco al último círculo infernal. / Nadie piense que los defensores del Alcázar estén resucitando la epopeya de Numancia, porque aquí el pueblo agredido es el sitiador y resultará a la postre victorioso”.
(ix) 1 de octubre, fechada en septiembre sin especificar el día: “Por qué fue tan larga la resistencia” [las imágenes que poseo son de pésima calidad e incompletas; es posible que el título sea más extenso]. Una nota inicial señala que “José Gabriel, enviado especial de Crítica a España, nos remite la crónica que reproducimos acerca del sitio del Alcázar. Fue escrita, como lo advertirá el lector, antes de la entrada a Toledo de las tropas rebeldes”. Obligado a salir de Toledo después de ocho días en la ciudad, el cronista intenta explica a sus lectores por qué los sitiados han aguantado tanto: por un lado, estaban parapetados de manera muy poco hidalga detrás de las mujeres y los niños que habían tomado como rehenes; por otro, se aprovechaban de los sótanos del Alcázar que se extendían laberínticamente por debajo de la ciudad. Gabriel vuelve a hacer alarde de su experiencia como testigo: “He recorrido, entre escombros de casas y de hombres, la mayor parte de los reductos que los confinados del Alcázar tenían; he estado en el mismo Alcázar, en la zona reconquistada a pecho limpio, con un valor que enfría la sangre, por los milicianos y los guardias de asalto”. Su experiencia lo lleva a afirmar que los “audaces recluidos” estaban ya perdidos: “¿Qué pueden esperar ahora, si no la muerte en los sótanos o en una salida desesperada, o una ayuda externa que el pueblo parece dispuesto a impedirles? Ojalá cuando llegue a destino esta crónica se conozca ahí ya el desenlace que yo habría querido presenciar hasta el fin”. Si se contrasta la alusión a los ocho días pasados en Toledo de esta crónica con los cinco mencionados en el anterior, cabe deducir que la fecha de escritura es el 26 de septiembre. Es decir, en vísperas de la llegada de esa “ayuda externa” y la liberación del Alcázar por el ejército de Franco. Cuando la crónica se publicara en Buenos Aires, el desenlace del asedio se conocería de sobra y no era, evidentemente, el anunciado y deseado por Gabriel.
(x) 3 de octubre, sin fecha de redacción: “En Barcelona, un cubano casa y descasa en nombre de las milicias”. El cronista relata una visita a la Casa Lenin, ocupada por milicias del P.S.U.C. en el antiguo Hotel Colón de la Plaza de Cataluña, donde un cubano “divorciador y casamentero del nuevo orden revolucionario”, llamado Arturo Gortazar Álvarez, se encargaba de la resolución “ipso facto” de casamientos y de divorcios solicitados de manera consensuada. Gabriel llegó a actuar de testigo en uno de estos ritos. Así se ve en un foto titulada “Boda laica”, con el siguiente pie: “Los contrayentes, según ‘el derecho del nuevo orden revolucionario’, Eulogio del Pozo Bertoló y Carmen Gabriel Beixeda, con el actuario Antonio Gortazar Álvarez y el testigo José Gabriel, enviado especial de Crítica en la guerra civil española”.
(xi) 8 de octubre, fechada el 26 de septiembre: “Los bombardeos de Madrid”. Habla de los entierros de milicianos, las bombas, la escasez de comida y las larguísimas colas, aunque destaca el buen humor de los madrileños. El “coraje insólito” de los habitantes y de los defensores de la ciudad convence a Gabriel que esta no será vencida. Aun así, la emoción dominante de la crónica es la tristeza, como si se tratase –aunque él no lo diga, no lo quiera reconocer– de un mundo condenado a morir: “Me daban tristeza hasta sus edificios sólidos, macizos, limpios, juguetones de ornato y de luz; me entristecían sus viejas coquetas, sus extranjeros achulados, sus muchachos piropeadores, sus muchachas extraordinariamente hermosas, de una hermosura algo afichesca, como para exhibirse siempre, pero extraordinaria al fin; me entristecían sus parejas acarameladas en el café, mimosas en la vía pública”.
(xii) 9 de octubre, fechada como la anterior el 26 de septiembre: “Lo de España no es ‘Perder o Ganar’ sino Existir o no Existir”. Cuenta su visita al Palacio Nacional, con el fin de solicitar una entrevista con el “camarada Jesús Hernández”, ministro de Justicia Pública, aunque “en realidad, descontaba lo que había de decirme. En estos momentos se puede hacer un reportaje a cualquier funcionario español sin verlo”. Sobre todo, deseaba entrevistarse con Azaña, pero recibió el permiso para hacerlo cuando ya abandonaba la ciudad. La crónica reflexiona sobre el intento de integrar partidos y sindicatos de distintas ideologías en un Consejo Nacional de Defensa y en los Consejos Regionales, y de superar el choque frontal entre socialistas y comunistas que “creen intempestivo hacer una revolución cuando hay que hacer la guerra”, y militantes anarquistas que defienden que “la guerra no puede hacerse eficazmente sin hacer la revolución”. Gabriel se atreve a aportar su punto de vista: “Mi opinión, no de hombre que ha vivido los ‘bureaux’ de los partidos, sino que ha estado en el frente, conversando con milicianos y con campesinos, es que, sea en total, sea en parte, habrá que ceder finalmente a las pretensiones de la C.N.T.”. De todos modos, su reflexión al respecto vuelve al dilema ya presente en el título de la crónica: “Es la discusión de siempre en España, entre marxistas (o que mal se llaman) y anarquistas; pero ahora parece hacer la conciencia de que no es una discusión teórica, sino práctica, viviente, de la que puede resultar, no perder o ganar el debate, sino existir o no existir”. La crónica se cierra con un apartado que regresa a Toledo, y relata la “fuerte impresión” que le provocó a Gabriel, en sus últimas horas en la ciudad, conversar con una mujer que tenía a un primo hermano y a su novio dentro del Alcázar, y que decía a los milicianos “entre sonriente y llorosa: ‘Pero, no mataréis soldaditos, ¿verdad?’”.

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Se podría agregar, a esta docena de crónicas, la entrevista “Jacinto Benavente habla para Crítica”, que se publica el 22 de noviembre de 1936, cuando Gabriel “acaba de regresar de España”. Benavente, ganador del premio Nobel en 1922, permaneció en Valencia a lo largo de la guerra sin apenas llegar a opinar sobre el conflicto y, cosa insólita, sin sentir la necesidad de hacerlo. A mediados de septiembre, a raíz seguramente del desprestigio internacional provocado por la muerte de Lorca, fuentes rebeldes divulgaron el bulo que Benavente había sido fusilado por los “rojos”, algo que se desmintió con la publicación en la prensa el 19 de ese mes de una carta de protesta por la muerte del granadino firmada por Benavente. El comienzo de la entrevista resulta, sin duda, extraño. El dramaturgo afirma que no cree que Lorca haya muerto fusilado: “¿Por qué lo iban a fusilar?”. Debían de haberlo matado por error. Cuando Gabriel le recuerda, como posibles motivos, el hecho de que su cuñado fuese el alcalde socialista de Granada o que hubiese manifestado en ocasiones simpatías comunistas, responde: “Vaya, pero no era nada de eso. García Lorca no había llegado al pueblo; era un señorito, que le gustaba la buena vida, detestaba las cosas de abajo, y hacía una literatura para capillas”. Cuando Gabriel insiste en que está equivocado, el joven secretario de Benavente se apresura a informarle que “Don Jacinto ha perdido algo el oído” y no lo escucha.
La reticencia y displicencia del entrevistador, que ya se despedía de España, es notoria. Un fragmento, de tintes homófobos, bastará para verlo:

Ninguna presa más fácil que Benavente para la ironía. Quizás porque ha dedicado él tanto a los demás, se le puede dedicar tanto a él. Puede hacérsele blanco de ironía y de sarcasmo […]. Es fácil burlarse de su figurita de vieja, de sus erres zezeadas, de las señales de criada que va haciendo con los dedos para enumerar sus argumentos, de su risita de señor-conde que aparenta congraciarse con la servidumbre, pero está desando que se la saquen de delante. ¿A qué buscar un triunfo fácil? […]
–Usted y Unamuno –le digo– representaban en la generación del 98 dos posiciones, no opuestas pero diferentes.
–Sí, es verdad…
–¿Por qué Unamuno ha fallado ahora, cuando parecía que se realizaba lo que el 98 quería?
–Hombre, a Unamuno hay que aceptarlo como es. Nosotros, los artistas, tenemos nuestro pensamiento y no podemos pensar como todos. No militamos en política.
–En política de comité, acaso no; pero Unamuno, más que una posición de artista, tenía una pretensión de pensador de su pueblo.
–Hombre, sí; pero siempre le ha gustado contradecir. Hace años lo trajeron a Madrid para que hablara contra la ley de jurisdicciones, que protegía de la crítica a los militares, y salió hablando en favor del militarismo. Otra vez, le llevaron los vascos para que ensalzase su nacionalismo, y les criticó. Es su costumbre, es su costumbre –y Benavente se ríe con su civilizada risa de compromiso que yo por civilizado también le tolero, pero que me causa dolor en las mandíbulas.

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¿Por qué regresó José Gabriel tan precipitadamente y sin aviso previo de España? ¿Será que Crítica perdió paciencia y confianza en su enviado especial después de que anunciara, el día antes de la caída del Alcázar, que los sitiados estaban perdidos? ¿Hería el orgullo del diario tener que publicar esa crónica –por otra parte, tan rica en su testimonio– cuando estaba ya más que consumada la derrota republicana en Toledo?
Puede ser. De todos modos, algunos meses más tarde, cuando Gabriel ya era blanco del ataque de muchos intelectuales antifascistas argentinos, empezó a consagrarse otra versión: fueron las autoridades españolas quienes lo obligaron a abandonar el país. Según el narrador comunista Raúl Larra, en un artículo titulado “Las opiniones de José Gabriel sobre el Frente Popular” y publicado en La Nueva España, el cronista fue expulsado de España “por inconducta y por afirmar que los milicianos carecían de decencia” (21 de febrero); en el mismo periódico, Leopoldo del Signo propuso otro motivo: “Él no predicaba ganar la guerra y después hacer lo demás, sino, primero la revolución y después ganar la guerra. Ni más ni menos que agravar al enfermo y luego querer curarlo. Y como los españoles tienen bastante criterio, cortaron el asunto expulsando al genio gabrielino” (“José Gabriel, el último gaucho”, 13 junio).
No debería sorprendernos. En España en la cruz, Gabriel relata su encuentro con el cónsul argentino en Barcelona, Jorge Blanco Villalta, un viejo porteño liberal “de excelente humor criollo” que le recomienda cautela: “Me aconseja que no me meta en nada, y que si tengo que opinar, que diga que todo me parece bien: ‘los ánimos están exaltados, hay muchas suspicacias, ¿para qué comprometerse?’”. Pues en la última de sus crónicas enviadas, que reseñé arriba, “Lo de España no es ‘Perder o Ganar’ sino Existir o no Existir”, Gabriel desoyó al cónsul y dejó dicha su opinión, comprometiéndose con ella con la postura de los anarquistas (y del P.O.U.M.): primero la revolución y después (y si no después, al mismo tiempo) ganar la guerra. En un momento en que tanto el gobierno en España como las fuerzas favorables a un Frente Popular en Argentina abrazaban la línea “práctica” promovida desde Moscú –hoy el triunfo, la revolución mañana–, la voz de José Gabriel resultaba, quizá, demasiado discordante para las páginas del diario más efusivo y eficaz de las Américas en su apoyo a la República.

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En 1933, José Gabriel habló de Trotski como “el hombre ‘tabú’, excomulgado por reaccionarios y por revolucionarios […], acusado de energúmeno por unos, de renegado por otros, acorralado por todos”. Le tocaría a él, ahora, ser hombre tabú. La primera de sus crónicas ya suscitó una reacción cargada de desdén en el diario filofascista Crisol, donde un artículo del 5 de septiembre, “Gabriel, el traidor”, informó sobre la publicación en el “Pasquín Innominable” de una crónica desde Gibraltar del enviado especial de Crítica, y preveía que las informaciones enviadas a continuación serían “un almácigo de mentiras, de calumnias y de insolencias”, y “servirán de pasto para alimentar a las bestias del bajo fondo porteño”. Postulaba, por otra parte, una mala conciencia en el flamante corresponsal: “La razón es sencilla. Gabriel es español de nacimiento y al volver a la tierra de sus mayores y propia, y ver que sus conciudadanos se desangran, ha de tener reales deseos de tomar parte en la lucha… naturalmente, a favor del gobierno. Pero como el miedo lo domina, mirará las cosas desde la ventana. Y eso es en el fondo una traición, una nueva traición que hace a sus propias ideas. Por ello se debe tener asco él mismo. Que con su pan se lo coma”.
Como al hombre tabú que tanto admiraba, los ataques le llegaban desde todos los flancos ideológicos. El artículo de Raúl Larra que he citado arriba fue la respuesta a un anticipo de España en la cruz, publicado en la revista Señales, y muy crítico con el Frente Popular. Esas críticas, según Larra, eran las mismas que se leían en la prensa fascista, y el argumento de Gabriel de que Companys y Azaña estaban controlados en su acción por diplomáticos soviéticos tenía una “afinidad peligrosa con los de los reaccionarios”. En esa misma línea, un editorial de La Nueva España, publicado cuando España en la cruz estaba ya en la calle, denunció el libro como “el más canallesco infundio contra España de que se tenga noticia hasta la hora presente” e informó, además, que Gabriel acababa de lanzar un manifiesto denunciando los sucesos de comienzos de mayo en Barcelona, lo cual “complementa su aporte a la causa del traidor Franco”. El editorial hilvana una serie de calumnias, hablando del escritor como “víctima de un evidente complejo de inferioridad”, como un “caso patológico” necesitado de un psicoanalista, y recurre al ataque ya ensayado por Crisol, insinuando su cobardía. A fin de cuentas, ¿por qué un español como él, “viendo en peligro las conquistas de los trabajadores españoles” y estando en su país, solo iba a atinar a “salir de la zona de lucha y de España misma para venir a los ’36 Billares’ [un bar en la Avenida de Mayo bonaerense] a hacer desde aquí la defensa del proletariado español” (“José Gabriel”, 30 de mayo).
Lo cierto es que los propios editores de España en la cruz –la editorial Ercilla de Santiago de Chile, dirigida por el aprista peruano en el exilio Luis Alberto Sánchez– parecen haber dudado o haberse arrepentido cuando el libro estaba ya listo a publicarse. Solo así se explica el intento de curarse en salud de la pequeña nota introductoria, según la cual “hay que decir que este documento, aunque lleno de vibración humana, es unilateral”, y que “la riqueza de colorido y la hondura de la visión están determinadas por un sentimiento preconcebido y una idea trazada de antemano, respetable, pero existente y manifiesta”. La nota quería hacer explícito, además, que la impresión del libro no significaba “ningún abanderamiento” por parte de la editorial, sino más bien una apuesta por incluir “ideas de diferentes puntos de partida” y por tratar de “reflejar lo contemporáneo en todos sus aspectos”.

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A pesar de las críticas y las dudas de última hora de Ercilla, España en la cruz (Viaje de un cronista a la guerra) se publicó en el otoño austral de 1937, probablemente en abril o comienzos de mayo. En su elección del título Gabriel, como otros tantos intelectuales antifascistas, se rebeló contra la visión maniquea –propagada desde el bando franquista y la Iglesia– de una guerra santa de católicos contra ateos, reclamando la figura de Cristo como modelo de martirio y ejemplo de la pureza del sacrificio por una causa. Ahí están títulos como Resurrección: impresiones de una conciencia libre sobre la epopeya heroica del pueblo español, una novela del uruguayo Elías Castelnuovo publicada en Buenos Aires en septiembre de 1936; “El miliciano Jesucristo”, un relato del chileno Andrés Sabella de 1939, y del mismo año el magistral España, aparta de mí este cáliz, de César Vallejo, tan vibrante de imaginería litúrgica y de milicianos que se levantan de la muerte y andan como Cristo o como Lázaro. Gabriel explicaba el título en un breve prólogo: “quiero dar a entender que España, como Jesús, haya de morir crucificada, sino que aun muerta redimirá al mundo occidental”; y dio gracias al diario Crítica por darle la oportunidad de “vivir la redención española”. Lo cierto es que la analogía con Cristo no lo intimidaba. Más tarde en el libro, cuando el capitán francés del buque que lo llevaba a Europa, que consideraba a Gabriel un subversivo, le prohibió seguir bajando a la bodega para fraternizar con los viajeros de tercera clase, comentaría: “Jesús descendió más, descendió a los Infiernos. Cuando la revolución dice que hay que proletarizarse para entrar en el mundo nuevo, dice que hay que efectuar el descenso de Jesús”.
En un momento en que sus ideas eran ideas tabú a oídos del lector antifascista habitual, el autor seguía confiando en el poder de su palabra al prologar España en la cruz: “Creo que haré algo bueno, para la España buena, para la Argentina buena y para todos los hombres de bien”. Consciente de la urgencia de comunicar su visión y experiencia del conflicto, se arropaba también en un “maravilloso” epígrafe –así lo diría él– tomado del Don Juan de Byron, que ensalzaba el papel del escritor en la lucha por la libertad:

Quiero combatir al menos con palabras
Y, si tuviese suerte, con hechos,
A todos los que luchan contra el pensamiento…
No es que adule al pueblo:
Hay sin mí suficientes demagogos,
Fieles por demás, para demoler todos los campanarios
Y construir en su lugar otra cosa mejor.
Si sembramos el escepticismo para cosechar el infierno,
Como pretende un dogma cristiano bastante rígido.
No lo sé. Lo que quiero es que los hombres sean libertados,
Los del pueblo como los reyes, tanto yo como ellos.

No sé si la traducción es del propio José Gabriel, pero no es buena. Los últimos dos versos se entienden mal en su canto a la libertad que tenía mucho, en el original, de canto libertario; deberían hablar del deseo del poeta de que “los hombres sean libres / tanto de las muchedumbres como de los reyes, tanto de ti como de mí”. Interesante, por otra parte, es la traducción del sexto verso del epígrafe; el original habla no de fieles sino de infieles: “Hay sin mí suficientes demagogos, / e infieles, para demoler todos los campanarios…”; y son ellos –esos demagogos, esos infieles–, y no nosotros, los que sembrarán el escepticismo. Byron rechazaba no solo la monarquía y la Iglesia, sino a cualquiera que intentara sustituirlas con otra autoridad, por esa “otra cosa mejor”. Es fácil imaginar la interpretación de Gabriel: no a la monarquía y la Iglesia; no, también, a los republicanos y comunistas que querían sustituirlas sin cambiar –según él– nada de raíz.

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Quiero combatir al menos con palabras / Y, si tuviese suerte, con hechos. Por eso se hizo corresponsal de guerra. En una de sus crónicas enviadas a Crítica, aludió José Gabriel al entierro de un periodista extranjero. En España en la cruz lo describiría con detalle: el cortejo de ciudadanos en camiseta y milicianos en mono acompañando el féretro, desfilando mudos, las banderas y los crespones, las flores y los fusiles, los puños levantados en silencio, y también la reflexión, la toma de conciencia de que un corresponsal de guerra no va de turista a los frentes. Es una toma de conciencia que conlleva su emoción, pero también un sentimiento de orgullo por una “misión” que acarreaba el peligro muy real de morir.
De todos modos, el oficio de corresponsal de guerra repugnaba a Gabriel. Vio en España a demasiados periodistas profesionales, que consideraban precisamente su trabajo como un oficio, y que eran “deshonesta y honestamente mentirosos… o frívolos”. Por paradójico que pareciera, ser honestamente mentiroso no era en sí tan difícil. Gabriel no vio a muertos en las calles de Barcelona pero otros, aun sin verlos, terminaban creyendo en su existencia y se convencían a sí mismos de que los había visto: así como un cobarde lo creería por miedo y un enemigo por conveniencia, un periodista lo creería por “necesidad profesional”, porque no podía permitirse defraudar a sus lectores; “tiene que confirmarles, por lo menos, que ha visto algo: un cadavercito, dos”; y cuando se trataba de escribir desde el frente, evidentemente, la “honestidad de la mentira” y las expectativas del público obligaban a magnificarlo todo: el miedo, los efectivos, las bajas y los peligros. Esas necesidades, aseguraba Gabriel –dando así, sin duda, legitimidad a su propio testimonio–, no le atañían a él, porque él fue a España “sin oficio, como voy a todas partes, como hombre, no como corresponsal de guerra”. Era militante, sí, “pero de la sinceridad”, así “que no se me pida” –espetaba a sus lectores– “un cadáver barcelonés, ni un atraco en la vía pública, ni un registro domiciliario, ni un saqueo”.
Ahora bien, si la presión de los lectores nublaba la visión del periodista profesional, convirtiéndolo a veces en “mentiroso honesto”, el dilema de Gabriel era cómo expresar la carga emocional de sus experiencias, de los pasos que lo llevaban “de asombro en asombro” por la ciudad revolucionaria de Barcelona, sin llegar a falsificarla y sin caer en lo trivial. ¿Cómo estar, como escritor, a la altura de las circunstancias? A fin de cuentas, y así lo cuenta él: “Asistí al parto de un nuevo mundo, parto doloroso y placentero como todos; y esta asistencia, después de la de mi mujer y la de mis hijos, puede ser ya, si Dios no me tiene reservadas otras, la satisfacción de mi vida. Referiré lo que vi y viví; pero ¿cómo transmitir su emoción?”.

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Raúl González Tuñón, en el que para mí es el más grande de sus poemas, se definió en un verso célebre: “soy triste y cordial como un legítimo argentino”. Puede que Tuñón, que también fue corresponsal de guerra en España –uno más en la nómina de cuarenta y cuatro reunidos por Jesús Cano Reyes en un libro magnífico: La imaginación incendiada. Corresponsales hispanoamericanos en la guerra civil española (2017)–, haya sido triste y cordial. José Gabriel, por su parte, era cordial y sobre todo sentimental. Su libro España en la cruz comienza con el llanto. Mientras el barco se aleja del puerto de Buenos Aires, observa el autor las risas y lágrimas de su mujer, sus hijos, sus hermanos y sus amigos; cuando ya los pierde de vista, se conforma con “mirar dentro de mí las lágrimas que la valentía de mi compañera no pudo enjugar en sus ojos, los gemidos que vencieron la preocupación frívola de mi hija, y la mano tendida del hijo que parecía extrañar por qué su padre, ante ese ademán, no lo tomaba en brazos”. Ya a solas, a bordo, serán sus propias lágrimas las que lo acompañen: “Yo creía que escribir llorando, solo era una figura literaria; y sin embargo, esta noche, irremediable ya mi soledad, al buscar en la palabra escrita, como otras veces, un alivio, tengo que apartar del papel la cara para evitar el borrón que haría de mi llanto un tropo”.
Más tarde, por supuesto, la emoción de asistir al parto de un nuevo mundo volverá a hacerlo llorar. En la Argentina militarizada de los años treinta, primero golpista (el año y medio en el poder de Uriburu), luego reaccionaria y represora (bajo Justo), ya no podía emocionarse como antes con los desfiles del ejército, pero en Barcelona, dice, “he llorado en la Plaza de Cataluña viendo desfilar una columna miliciana que va para el frente. Era una columna comunista, perfectamente equipada y con música marcial y banderas”. Era, para Gabriel, como volver a la infancia: “Aplaudí, vivé, icé el puño esta tarde en la Plaza de Cataluña presenciando la formación en marcha de las milicias populares, el embrión impresionante del Ejército Rojo. Volvía a ser pibe, vivía, resucitados para mí, viejos episodios históricos, encarnaba lecturas y estampas, asistía al nacimiento de un futuro maravilloso”. Después del desfile, sentados en la terraza de un café, tuvieron que enjugarse los ojos no solo él, sino también el corresponsal uruguayo Etcheto (Alberto Etchepare) y un compañero platense. Cordiales, sentimentales y quién sabe si tristes los tres…

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La nostalgia de José Gabriel se siente en el fervor que le produce, una y otra vez, encontrarse en España con argentinos o con españoles que han vivido en su país. Sucede, en La vida y la muerte en Aragón, en el frente con Durruti, y en España en la cruz en su encuentro con Diego Abad Santillán, antiguo director del periódico anarquista La Protesta de Buenos Aires, que seguía hablando con acento “nuestro”, que le preguntaba por amigos comunes, y que le decía: “Pero, hombre ¡si yo soy más sudamericano que español!”. Mientras contemplaba a Santillán, intentando detectar cuáles eran los elementos argentinos que conservaba, se dio cuenta de repente de lo obsesivo de su búsqueda y encontró la explicación en “mi deseo de encontrar paisanos míos; ¡o mi ilusión de que todo esto estuviese ocurriendo en Buenos Aires!”. Volvería a emocionarse al conocer, en la Casa de Lenin del P.S.U.C., al “camarada Julio, que también ha estado en Buenos Aires y conserva nuestro acento –me conoce como cronista deportivo: algo es algo–”, y a Joaquín Almendros, “otro porteño y hasta excompañero en mi propio diario: ¿será Buenos Aires todo esto? ¡sueños azules!”.
De su visita al consulado argentino de Barcelona, afirmó Gabriel que “no olvidaré nunca el momento auténticamente argentino que viví con el Dr. Blanco Villalta”, y hasta llegó a emocionarse con el consejero de cultura de la Generalitat, Ventura Gassol, al que recordaba sin cariño de los tiempos de la monarquía cuando este acompañó en su exilio en Buenos Aires a Francesc Maciá. En el breve esbozo del encuentro está encarnada la cordialidad sentimental del autor: “No lo traté en Buenos Aires: me fue simpático su republicanismo perseguido, pero no me atrajo su pinta de poeta bohemio. Pocas palabras me bastan ahora para sentirme afecto a él. ¡Si viera V. –me dice, como espichando algo que tenía embuchado– con qué nostalgia recuerdo la Argentina! No son palabras meramente corteses: se les ve la emoción: Gassol, como poeta, habla y se delata: le tiemblan las mejillas y se le aniñan los ojos al decirme: ¡Si viera V…!”. No cuesta imaginar un temblor idéntico en las mejillas de Gabriel mientras veía y escuchaba al poeta, y una correntada de nostalgia atravesándole las venas.

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Hay menciones al “Casbah” en La vida y la muerte de Aragón, que se corresponden con una teoría elaborada por José Gabriel en su libro anterior. En su viaje en barco, pasó brevemente por Milán, Génova y Marsella, pero lo que vio de Europa lo entusiasmó más bien poco, y se comparaba siempre mal con su añorada patria, con su América. Frente a los espacios abiertos de las ciudades americanas (y sobre todo de su Buenos Aires), veía la urbe europea como un vestigio de la Edad Media. La reflexión le llegó a raíz de sus visitas a Dakar y Casablanca, y sobre todo de su paseo fascinado por el “Casbah” argelino, que las autoridades francesas habían amenazado con dinamitar (de este rumor sacó amplio provecho en sus reflexiones). El viaje le había enseñado que los barrios viejos de las ciudades europeas no diferían del Casbah en su falta de espacio vital, en su ausencia de cielo, en los recovecos y retorcimientos de sus calles, y en la apretada promiscuidad de su convivencia. Para Gabriel, Génova era “un Casbah con algo menos de mugre aparente” y Marsella, por su parte, “como otras ciudades del viejo mundo, si no es el Casbah exacto, se le aproxima mucho y está en el modelo. Europa –por lo menos la Europa mediterránea y en ella lo europeo genuino, lo que no ha sido higienizado e iluminado por América– es un inmenso Casbah, en el que, para mayor propiedad del símil, también está a punto de explotar la dinamita”. Cuando llega a Barcelona y se dirige a su pensión de la calle Escudillers, en pleno barrio gótico, se siente “de nuevo en Marsella, en Génova, en el Casbah. Estoy en pleno Casbah. Con el Casbah en los ojos, ya no me sorprende tanto este nuevo Casbah; pero acaso me aturde más, porque es el amplificado Casbah genovés y al mismo tiempo el argelino, un tumulto de casas altas y de gente, un viboreo de calles, un torbellino en las plazuelas, una fugitiva caverna viva”. Atrapado en ese laberinto de callejuelas, no dejaba de “pensar con nostalgia en mi Buenos Aires, tan franco y tan limpio”.
En efecto, no podían ser iguales de espíritu los europeos que vivían en las cavernas del Casbah y los americanos acostumbrados al campo y al cielo. Obligados a la existencia colectiva, ¿no era natural que esa vivencia cavernaria se tensara poco a poco hasta reventar en la Revolución Francesa y estallar ahora en la revolución desencadenada en Barcelona el 19 de julio ?

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El hecho de viajar en un barco francés, y estar rodeado de oficiales y viajeros que él intuía eran simpatizantes del fascismo, llevó a Gabriel a reflexionar sobre Francia, y sobre el Frente Popular que gobernaba en Francia, desde las primeras páginas del libro. Estas reflexiones, en el contexto de la lucha en América –fallida en Argentina, exitosa en Chile– por un frente antifascista capaz de alcanzar el poder, estaban destinados a levantar polémica. Para Gabriel, sin embargo, ese “invento político de nuestros días” no era más que un “reemplazante desnaturalizador” del Frente Único que años atrás había planteado Trotski. No creía en él como “agente de la revolución” y en España –a su juicio– no había servido para nada, hasta tal punto que la República se habría perdido si no fuera por el proletariado que se levantara en armas a defenderla. No podía ser más explícito: “Frente Popular es, para mí, casi casi narcótico popular; lo es sin casi casi en su extremo carnavalesco, como se está tentando en la Argentina”.
Hacia finales de España en la cruz, en sus reflexiones sobre la política española, habló de la República como una sucesión de traiciones, primero de Miguel Maura y de Niceto Alcalá Zamora, luego de Manuel Azaña, luego de Alejandro Lerroux y por último, también, del Frente Popular, que empleó armas contra el pueblo que le había dado el poder. Ahora bien, el fracaso de la sublevación militar hacía ver a Gabriel que España tenía un espíritu y un impulso vital ausentes en el resto de Europa. En este sentido, acudió por apoyo a un tópico: “El socialismo disciplinó a Europa y la dejó así apta para el fascismo… y para el estalinismo. Gracias que Europa termina en los Pirineos”. En 1932, cuando comparó la situación de la República con el ambiente prerrevolucionario en Rusia de 1917, veía que faltaba un proletariado medianamente preparado para luchar. La analogía lo llevaba, en 1937, a otras conclusiones sin duda idiosincrásicas. Por lo que había visto en España, confiaba en que el país sabría evitar los errores soviéticos, y que no caería en el despotismo estalinista precisamente porque no era Europa, y por lo tanto sería capaz de consolidar una democracia verdadera: “Esto no es Rusia, es la democracia. Rusia es Europa; por lo menos, actualmente prevalece en ella el europeísmo; y en cuanto es Europa o europeizante, no difiere mucho de Italia o de Alemania, llámese comunista o como se quiera. España no es Europa; los que quisieran que lo fuese son los sediciosos y el campeón del 98 europeizante, Unamuno, que por algo está en la otra barricada; el pueblo leal quiere que sea Iberia, quiere que sea ella misma, y por eso realiza la democracia, que no es europea”.
Era la España de los milicianos, de los defensores de la libertad repudiados por la República durante cinco años. Era la España del pueblo que se levantó en armas, del “pueblo, última consistencia humana, conexión del mundo con Dios, que no falla nunca”. Gabriel la encontró en los militantes del P.O.U.M. Su pensión en Barcelona se encontraba, por azar, al lado del cuartel del P.O.U.M. y vivió con emoción el contacto físico “con hombres a los que estoy espiritualmente vinculado desde hace años”. Aún más que ellos, sin embargo, eran los anarquistas quienes deslumbraron al cronista. Ventura Gassol le contaría así, lleno de admiración, su heroísmo del 19 de julio: “los republicanos peleamos ¿eh? pero los anarquistas fueron formidables”.
Tanto en sus vivencias españolas –como esa última crónica enviada desde la península mostraba– como en las reflexiones posteriores de España en la cruz, se alternan en Gabriel la esperanza y el pesimismo, la fe en el triunfo de la revolución y el temor ante las fuerzas empeñadas en desactivar el poder conquistado por el pueblo en armas. El miedo estaba allí, porque él había visto cómo republicanos, socialistas y comunistas “empezaban a hacer con el anarquismo lo que sus inspiradores los estalinistas rusos, tan superiores a todo maquiavelismo conocido, habían hecho con Trotski: intentar eliminarlo de la historia, comenzando por rebajarlo. Temo que aquello que empezaban lo están llevando ya adelante resueltamente”. Aun así, también había visto el poderío de un pueblo unido y eso pesaba más, a veces, que sus dudas y temores. La amenaza del fascismo y la sangre derramada harían que la unión de las fuerzas revolucionarias prevaleciera, al final, por encima de las discrepancias. No podía ser de otra manera. “Cataluña es un nuevo mundo en marcha”, declaraba, “no hay que dudarlo”, y esa vivencia le ofrecía una esperanza firme para el futuro: “Sin caer en el panfilismo de los sueños paradisíacos: ¿Quién puede dudar de la grandeza de lo que vendrá?”.
Haber vivido la ebullición revolucionaria en España era un privilegio. Había sido testigo de “un mundo pleno, feliz o, mejor aún, trabajando y luchando alegremente por ser dichoso, mereciendo serlo; y esto, si no lo pispaban en seguida los ojos, lo tocaba el corazón y se grababa dentro”. España en la cruz, publicado pocas semanas antes de los eventos de mayo, con la intuición quizá de que iban a ocurrir pero sin renunciar a la esperanza de que no, terminaría refugiándose en la emoción de la experiencia vivida: “Aquello era simplemente un mundo de hombres buenos. Yo lo vi con ojos ávidos y conservo su imagen; y cuando el ambiente me hostiliza ahora y me obliga a refugiarme en mí mismo, me miro adentro y me digo: si esta pobre humanidad supiese lo que veo me envidiaría como a un dios”.

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Los hechos de mayo sentenciaron para siempre la unión revolucionaria anhelada y palpada por Gabriel. El editorial de La Nueva España que mencioné arriba alude a un manifiesto que este debe de haber escrito repudiando el desmantelamiento de la revolución y la campaña propagandística lanzada por el gobierno republicano y sus aliados comunistas para justificar el enfrentamiento con los anarquistas y el P.O.U.M. Esos hombres y mujeres a los que estaba “espiritualmente vinculado desde hace años” se habían visto acorralados y perseguidos. El 28 de mayo, el nuevo primer ministro Juan Negrín cerró su diario La Batalla; el 16 de junio, el partido fue ilegalizado y Andreu Nin y otros dirigentes detenidos. En los días siguientes, Nin fue interrogado, torturado y asesinado en Alcalá de Henares. Ya se sabe la historia y no hace falta volver a George Orwell, y los intentos desesperados de publicar su testimonio en la prensa británica, para recordarlo. Era un mal momento para verdades incómodas, un mal momento para una historia tabú.

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Hemos visto arriba la indignación de José Gabriel cuando Benavente habló de Lorca como un señorito apolítico, ajeno al pueblo y autor de una literatura “para capillas”. Un año más tarde, el cronista –que llevaba once meses sin aparecer en Crítica– publicó en sus páginas un homenaje a Lorca, veinte y tres fragmentos en prosa bajo el título “Hace un año que los facciosos asesinaron a García Lorca” (7 de octubre de 1937). Se inicia como un lamento, marcado aún por la incredulidad ante la noticia de su muerte:

Hacia un año que los facciosos españoles fusilaron a Federico García Lorca. Crimen bárbaro, hecho que solo sería estúpido si no fuese un crimen. ¿Qué se castigó con él? ¿Qué se remediaba? Brutalidad ciega. Nada ni nadie nos devolverá al poeta, pero sería un alivio para la condición humana descubrir que solo había sido una equivocación, un accidente, un tiro que se le escapó a un guardia civil borracho, un atropello del tráfico en una carretera.

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Cuando hemos visto a los facciosos asesinar sin piedad niños en las calles, en las casas, en las escuelas, en los hospitales de Madrid, ¿qué mayores crímenes podemos reprocharles? Pero quizás solo esas enormidades superan a la enormidad del asesinato de García Lorca. ¿Qué hacía el poeta? ¿Por qué mereció la última pena? No era un político; apenas podía llamársele líricamente izquierdista. ¿Qué castigaron en él los esbirros de Franco? Y ¡cuánto mataban al matarlo!

Gabriel defiende los vínculos de Lorca con el pueblo –su obra era “toda, absolutamente toda, de extracción popular”– y encuentra, de hecho, como único móvil plausible de su muerte el de “castigar a un representante de su pueblo; pero no a un representante electoral, sino a un representante espiritual, racial, sanguíneo”. A fin de cuentas, cuando Lorca fustigaba a la Guardia Civil, sus versos participaban en un odio secular, bien enraizado en el pueblo. Acaso recordaba las palabras de Benavente al apuntar que “García Lorca –preciso es decirlo– pudo ser considerado, y se le consideró un tiempo, un señorito andaluz, un granadino de familia acomodada que había estudiado derecho y filosofía, que practicaba la pintura y las letras y que no desdeñaba las juergas”. Aun así, quedó cautivado por la inspiración de su pueblo: “la gitanería lo atrapó y dejó de ser señorito”. Como en tantos homenajes al poeta fusilado, Gabriel no podía dejar de aludir –como si algo hubiese de profecía en ellos– a los poemas de Antoñito el Camborio y también, por supuesto, a Mariana Pineda:

Viendo a Mariana Pineda, condenada al cadalso, dice una novicia del convento de Santa María Egipcíaca de Granada: “Ya están abriendo flores – que irán contigo muerta”. Llegaba en junio del 36 a casa de sus padres, en Granada, el poeta, y ya abrían flores que podían haberlo acompañado en la sepultura. […]

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Supo García Lorca, desde que lo prendieron –como a Antoñito el Camborio, porque su corazón era gitano–, que lo iban a matar: Lo supo en la cárcel y lo supo cuando lo sacaron para apuntarlo contra la tapia donde había de desplomarse. Lo mismo que Mariana Pineda, habrá sentido entonces el mundo entre sus dedos “como un grano de arena”. ¡Bah! Y así pudo salir del mundo sin flojedad. Es ya conocido que les dijo serenamente, alegremente, a sus verdugos lo que ellos le escamoteaban: que lo conducían a la tapia.

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“¡Corazón, no me dejes! ¡Silencio! Con un ala, ¿dónde vas? Es preciso que tú también descanses. Nos espera una larga locura de luceros –que hay detrás de la muerte–. ¡Corazón, no desmayes!” Así musitaba Pineda la granadina al ir al patíbulo. García Lorca le pidió al jefe del piquete de ejecución que le permitiese escribir unos versos. No se lo permitió: le urgía acallar la voz del pueblo. Habrá que desenterrar un día el cadáver del poeta: en su frente estarán escritos sus últimos versos. […]

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Fusilaron al poeta en el pueblecito de Viznar. Antes de morir hizo firmes protestas de cristianismo liberal y dio vivas a la libertad y a la república. ¿No es eso mismo su pueblo? “¡Yo soy la libertad porque el amor lo quiso!”, proclama, también, antes de morir, Marianita la liberal. Después de muerto, se llamó a prisioneros masones y se les obligó a sepultarlo en Alfajara, término de Viznar. Allí estará floreciendo. Florecía todo lo que tocaba. Era el Generalife y el Valle del Genil.

José Gabriel volvería a este texto en 1939, para editarlo como folleto con el título Ditirambo a García Lorca.

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Me he dedicado en estas páginas a indagar en el viaje y los escritos de José Gabriel que conducen y rodean a este libro, La vida y la muerte en Aragón, que se publicó en Buenos Aires, en Ediciones Imán, en 1938. En la última página de España en la cruz, se leía estampado en azul y en mayúsculas: “Este libro continúa en España atormentada del mismo autor”. Es un título, evidentemente, que no prosperó.
Hay tres novedades en La vida y la muerte en Aragón. En primer lugar, aparte del prólogo, el libro es casi exclusivamente testimonial y carece de las reflexiones y disquisiciones políticas de España en la cruz; por otra parte, trabaja con episodios del viaje de Gabriel que no figuraban en el libro anterior; por último, es un testimonio terminado y publicado después de mayo de 1937, es decir, sin ambigüedades, sin esperanzas falsas y sin pelos en la lengua.
El prólogo plantea de frente la perspectiva del autor: fueron dos imperialismos –“el llamado FASCISTA y el llamado DEMOCRÁTICO”– los que hundieron la revolución en España. La ideología, por supuesto, llega en el testimonio pero de otro modo. No es casual, por ejemplo, que esa línea solitaria dedicada a Ehrenburg en una de sus crónicas se haya convertido en un capítulo entero: el primero. “De Rusia”, dice Gabriel, “no se habla hoy con franqueza sino en las alcobas”. Él sí habla con franqueza, lo ha hecho en su prólogo, pero ejerce ahora una estrategia más bien narrativa. Con su facha “de rusito y de burgués”, con esa mezcla “de desdén y de afectividad”, ahí está Ehrenburg en el comienzo mismo del testimonio, como símbolo inamovible del poder soviético que terminará aplastando, con la connivencia de los demócratas republicanos, todo lo que aparece a continuación de ilusión y promesa y esperanza.

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Atacado desde la derecha y la izquierda, Gabriel seguiría defendiendo su perspectiva sobre España en la revista trotskista Inicial. En ella denunciaba el encarcelamiento y la campaña de calumnias y hostigamiento judicial sostenida desde hacía más de un año contra los militantes del P.O.U.M: “Ahí, en las cárceles de la República española, condenados a larga reclusión, mal vestidos y medio muertos de hambre, y siempre amenazados con la muerte artera, están algunos de los héroes (los otros ya los han asesinado) que salvaron con su arrojo a la República e iniciaron con ímpetu la redentora revolución proletaria ibérica. Y es la República, precisamente, la que los ha encarcelado, después de calumniarlos convenientemente; y el proletariado contempla sin indignarse de la infamia”. Volvía, por otra parte, a denostar la idea del Frente Popular, precisamente en el mes en que al otro lado de los Andes Pedro Aguirre Cerda fue investido presidente. “Hoy estamos tutelados”, advertía Gabriel; “El Frente Popular vela por nosotros en todo el orbe. Y es el Frente Popular el que asesina a Durruti en Madrid, a Berneri en Barcelona, a Nin en Alcalá de Henares, y el que condena a largos años de cárcel a Andrade, a Gorkin, a Arquer… ¿Hasta dónde llegará esta monstruosa perversión?” (“El proceso contra el P.O.U.M.”, diciembre de 1938).

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Después de la victoria del ejército franquista, José Gabriel volvió a encontrarse en Buenos Aires con Diego Abad de Santillán, y colaboró con él en la nueva etapa de la revista Timón. La guerra se perdió, argumentaba en ella, por culpa de la U.R.S.S., cuando “en nombre del Frente Popular” puso fin a las milicias populares. No obstante, “ante la certeza de esta realidad espléndida que oyeron mis oídos, que vieron mis ojos, que tocaron mis manos, que oyeron y vieron y tocaron miles de otros hombres buenos ¿qué puede importar la interrupción de unos días, de unos años? Aquello está hecho, es irremediable, volverá. No lo dudemos” (“El triunfo español”, noviembre de 1939).
En el tercer número de Timón, Gabriel volvió –como en Burgueses y proletarios…, ese folleto ya lejano de ocho años antes– a atacar a los intelectuales de España. Decía entonces que estos se había “jubilado” después de la inauguración de la República. En 1936, su entrevista con Benavente presentó otra imagen igualmente desalentadora. Con la guerra ya concluida, se salvarían solo cuatro de la invectiva de Gabriel, uno de ellos el inevitable Federico García Lorca, santo y mártir de la causa:

Difícilmente pudo ser más desdichada la actitud de la intelectualidad española ante la guerra. Unos, como Unamuno, d’Ors, García Morente o Giménez Caballero, se entregaron sin condiciones y sin reservas a los facciosos; otros, como Marañón, Pérez de Ayala, Ortega y Gasset o Pío Baroja, escarcearon para ver si esquivaban el recado, pero al fin se sometieron también; otros, como Menéndez Pidal o Azorín, desensillaron hasta que aclarase, brindándose luego, claro está, a los triunfadores; otros, como Marquina o Gómez de la Serna, tuvieron su veleidad republicana, pero con un pronto y fervoroso arrepentimiento; otros, como Benavente, pusieron la cara (y él…) que exigía el mando de turno; y de los que puede decirse que estuvieron con la República, Palacio Valdés o los Quinteros no estuvieron más que físicamente, Américo Castro estuvo para negociar con los facciosos, Antonio Machado para cantar a un brigante como Líster, Rafael Alberti y Sender para auxiliar y justificar a los verdugos estalinistas, Amado Alonso para merecer una fama liberal que no le impedía negociar con una casa facciosa. Fuera de unos cuantos profesores, escritores, periodistas y técnicos de escasa nombradía (y quizás resida en ellos el valor que todavía seguimos asignándoles a los otros) que sirvieron de grado o por fuerza a la República y aun a la revolución proletaria, solo fueron nuestros, francamente nuestros, hasta las últimas consecuencias revolucionarias, Hoyos y Vinent, Gonzalo de Reparaz y León Felipe, aureolados por el martirio de García Lorca. (“La deserción de los intelectuales”, enero de 1940).

Notas

(1) Niall Binns  fue investigador principal del proyecto I+D+i “El impacto de la Guerra Civil Española en la vida intelectual de Hispanoamérica” (FFI2015-65817-P); autor de Argentina y la guerra civil española. La voz de los intelectuales (2012).

El asesinato de Pietro Tresso (Riccardo Anfossi)

Artículo publicado en su versión original italiana en Socialismo o barbarie, nº 24, diciembre 1996. Traducción castellana de Iniciativa Socialista (nº 43, febrero 1997).

El asesinato de Pietro Tresso. Año: 1943. Lugar: sur de Francia. Acusación: trotskismo. Mano: estalinista. Otro dramático episodio a conocer, otro fragmento de la verdad a descubrir.

Las revoluciones democráticas de 1989 han golpeado a muerte el gran engaño del estalinismo y del «socialismo real». Han empezado a hacer justicia y limpieza del mortífero aparato que durante decenios ha jugado con todos los medios posibles sus propias funciones contrarrevolucionarias y antisocialitas, jugando un papel indispensable en el apoyo, cobertura y acompañamiento del sistema capitalista. Con todos los medios: porque parte esencial del modo de ser del estalinismo y de su esencia política burguesa ha sido el contraponerse a todo germen de socialismo, a toda potencialidad o realidad revolucionaria, con la instrumentalidad, el humo ideológico, la lógica de aparato, la violencia de la calumnia y del engaño, el chantaje. Y cuando la mentira y la re-escritura de la historia no bastaban, enjaular y truncar la potencialidad socialista significaba utilizar los servicios secretos, las cárceles, la tortura, los homicidios, los tanques. La historia del estalinismo es también la historia de los crímenes cometidos contra el proletariado, contra los pueblos, contra la humanidad. Crímenes que han sembrado la lúcida y obsesionante coherencia de la sanguinaria reacción Contra revolución y socialismo y contra todos aquellos que se hacían sus intérpretes.
El hundimiento del «socialismo real», el cambio de época representado por el 89, han permitido volver a esta historia, afrontarla con mayor coherencia y con mayor conocimiento, pero también reclamar, y finalmente obtener, justicia y verdad sobre estos crímenes, disipando las nieblas del engaño estratificadas durante decenios. Engaños y crímenes que afectan al estalinismo en su conjunto y a sus componentes nacionales, todas igualmente corresponsables y parte del proyecto contrarrevolucionario y antisocialista. Hoy no solamente es indispensable recoger el hilo de la memoria sobre el papel del estalinismo en tantas revoluciones (China, España, Hungría), sino también preguntarse de nuevo por la suerte de tantos protagonistas que se contrapusieron al estalinismo en nombre de la revolución y del socialismo, y que por esa razón han pagado con su vida.
Una contribución fundamental ha sido aportada por el libro de Pierre Broué y Raymond Vacheron: Asesinatos en el maquis. La trágica muerte de Pietro Tresso, publicado por Prospettiva Edizioni. Cincuenta años después de aquella misteriosa desaparición» de Blasco, el nombre de guerra de Tresso, finalmente esta investigación muestra todo aquello que en estos decenios había sido imposible probar: Tresso, junto a otros tres trotskistas, Abraham Sadek, Pierre Salini y Jean Reboul, fue asesinado, fusilado en el campo partisano de Raffy por militantes del Partido Comunista francés; que le habían hecho escapar algunas semanas antes de la prisión en la que estaba recluido. Un asesinato con la directa participación de los servicios secretos de Moscú, la implicación de la dirección del Partido Comunista francés y el aval y cobertura de la dirección del Partido Comunista italiano. Togliatti, personalmente, echó tierra durante decenios sobre este caso, del que tenía perfecto conocimiento (como demuestra el libro), contribuyendo al velo de mentira que ha tratado de borrar de la memoria a un protagonista del movimiento obrero italiano como Pietro Tresso.
El libro de Broué-Vacheron permite reflexionar sobre la realidad del estalinismo, reabrir una página que se quería mantener sepultada y olvidada, exigir que se arroje toda la luz sobre el asesinato por parte de los herederos del PCI (PDS y PRC) a través de sus archivos, pero además permite redescubrir una figura que, no por casualidad, se ha tratado de borrar: todavía hoy es extremadamente difícil encontrar información y datos sobre Pietro Tresso, a pesar del papel que había jugado en el mismo PCI.
Tresso fue un dirigente del PCI de origen proletario, nacido en Schio en el año 1893,autodidacta de formación, ya que comenzó a trabajar a la edad de nueve años, convirtiéndose en sastre. Su primera aproximación al movimiento obrero, que se convirtió en una opción definitiva de vida, se produce en la Juventud Socialista. En 1921 se encuentra entre los fundadores del PCI, donde se encuadró entre los partidarios de Bordiga, desarrollando una intensa obra de organización sindical. Delegado en el IV Congreso de la Internacional Comunista, en 1922, forma parte de los órganos dirigentes de la Internacional Sindical Roja. Mientras tanto, se fue acentuando su interés y su capacidad respecto a los aspectos organizativos. En el Congreso de 1926 entró como miembro candidato al comité central, y a fines del mismo año, tras la detención de Gramsci (por el que se había pronunciado, abandonando, aunque con reservas a Bordiga) y otros por el régimen fascista, lo que trastornó la estructura dirigente y organizativa del PCI, formó parte del máximo organismo de dirección del partido, el Buró Político, como responsable de los asuntos organizativos.
En este período se produce el acontecimiento más conocido sobre Tresso, y que determinó su expulsión del partido: el denominado svolta (giro) que representó la definitiva sumisión del PCI a los dictados y a las imposiciones de la Internacional en proceso de estalinización. El giro fue la traducción italiana del tercer período estalinista, el zigzag extremista por el que todos los partidos debían prepararse para la insurrección victoriosa. En estas condiciones, el principal enemigo no era la reacción fascista, sino la socialdemocracia, definida como socialfascismo. Esta fue la política que selló la normalización de la Internacional como feudo del estalinismo y de los intereses estatales de la URSS, y que otorga a Stalin la responsabilidad histórica en el ascenso del nazismo en Alemania.
En Italia el enfrentamiento no toma la forma de una lucha entre diferentes opciones políticas, pero sí la de una contraposición rápidamente exacerbada sobre las formas organizativas del giro en Italia. En el Buró Político se produjo una alianza entre Tresso, Ravazzoli y Leonetti (los tres) contra los métodos extremistas de los jóvenes guiados por Longo y apoyados por Togliatti, que buscaba su definitiva legitimación en Moscú tras sus peligrosas veleidades bujarinianas.
La conclusión de este choque fue la expulsión definitiva de los tres en junio de 1930, aunque es importante subrayar que la victoria de Togliatti, que reforzó su posición y dio un gran impulso a la estalinización del PCI, se debió también a la debilidad, contradictoriedad y confusiones de la oposición.
En realidad, en el momento de la batalla, ninguno de los opositores, y tanto menos Tresso (que hasta el fatídico 1930 se había presentado siempre como convencido portavoz de las orientaciones estalinistas), puso en discusión la política estalinista del Tercer período: la confrontación se centró en la situación objetiva de Italia y en el extremismo organizativo togliattiano (que, entre otras cosas, llevará al PCI a una verdadera hecatombe en los meses siguientes), y no sobre la lucha contra el estalinismo.
Precisamente, fue la conciencia de la necesidad de no limitarse a una serie de elementos de contraposición, para pasar a actuar más a fondo, atacando directamente la base misma de la línea y del poder de Togliatti -base constituida por la concepción estalinista-, lo que llevó a los tres, demasiado tardíamente, a transformar su oposición a Togliatti en una lucha contra Stalin, aliándose frecuentemente con la oposición de izquierda, referente natural para esta batalla. Los tres se autocriticarán sucesivamente por no haber llevado a fondo la batalla contra la mayoría, pero en realidad la clarificación completa, la elección de campo, tendrá lugar en los meses y años siguientes, no tanto con la efímera conformación de la NOI (Nueva Oposición Italiana), destinada a agotarse en poco tiempo sin dejar huellas consistentes en la historia del movimiento obrero italiano, sino a través de las opciones individuales.
Si bien Ravazzoli adhirió pronto a la socialdemocracia y Leonetti abandonó el movimiento trotskista en la segunda mitad de los años treinta, iniciando un largo recorrido que le llevará en 1962 a ser readmitido en el PCI, Tresso, exiliado en Francia, adhiere conscientemente y de manera cada vez más completa a la Oposición de izquierda, militando en las organizaciones trotskistas francesas, iniciando una rica relación epistolar con Trotski, participando en el Congreso de fundación de la Cuarta Internacional en 1938 y, en particular, dedicándose a una constante denuncia de la crueldad del estalinismo, de sus métodos criminales, del evidente significado contrarrevolucionario que asumía, no perdiendo ocasión de atacar a la dirección estalinista del PCI, con Togliatti en primer lugar, por su política de conciliación de clases.
Para el estalinismo internacional, Tresso era tanto más peligroso porque sus denuncias venían de quien había sido dirigente durante años, en los máximos niveles, de un partido comunista; de alguien que luchaba en nombre del marxismo revolucionario contra la mentira y los engaños en los que él mismo había creído y de los que él mismo se había hecho portador. Era un «perro rabioso», en la terminología grata al estalinismo, y su suerte estaba echada.

Una verdad borrada
La investigación de Broúé y Vacheron reconstruye los sucesos de 1943, no sólo a través de una atenta criba de documentos, en particular de las fuentes primarias, sino ante todo con el testimonio inédito de quien vivió junto a Pietro Tresso sus últimos meses. Gracias a la perseverancia de Vacheron y su pequeña grabadora, los testimonios directos que durante 50 años habían ocultado la verdad en nombre de los «intereses del partido», que habían convivido con el conocimiento de un crimen del que en algunos casos eran copartípes en nombre de un ideal que era una mentira y un engaño, en nombre de una línea y de una fe por las que, como escriben Broué y Vacheron, se transformaban en «hombres que querían y creían contribuir a liberar a la humanidad asesinando a sus hermanos de armas y de ideas», estos hombres, tras 1989, han decidido liberarse del fardo y saldar cuentas con su pasado, de forma muy dolorosa, revelando la verdad. En las angustias, en las amnesias, en las autojustificaciones, en los derrumbamientos personales de estos testigos que han sido estalinistas se revela también el significado que ha tenido el estalinismo entre los trabajadores, los jóvenes y las mujeres que él ha infectado y sometido a su propio juego.
En este libro se ve desplegarse el profundo cinismo del estalinismo, de los dirigentes comunistas; para los que la humanidad era un instrumento sometido a sus propias intenciones. Cómo en las evasiones selectivas, en las que se organizaba la fuga de una prisión solamente para los jefes o los militantes más «fieles a la línea», mientras decenas de prisioneros políticos, encarcelados por haber alzado una bandera roja un primero de mayo o por haber organizado una huelga, eran abandonados a una suerte en la que se preveía su transferencia a los campos de exterminio nazi.
Pietro Tresso, que había continuado su actividad en la clandestinidad rechazando expatriarse tras la invasión nazi en Francia, estaba prisionero, junto a los otros trotskistas, en la cárcel de Le Puy. Los dirigentes comunistas dieron la indicación de que debían ser aislados, «puestos en cuarentena», porque no eran patriotas, porque luchaban por la revolución y no por la unidad nacional con la burguesía propugnada por los estalinistas.
Los maquis comunistas organizaron la fuga de Tresso, porque no era posible hacerlo de otra manera. Pero su liquidación (una palabra que, trágicamente, aparece muchas veces en el libro) estaba ya decidida. El marxismo revolucionario, la idea de revolución y de socialismo encarnada por Pietro Tresso y por sus compañeros, eran los mayores enemigos de Stalin y de su aparato contrarrevolucionario: por ese motivo, debían intervenir los asesinos de los servicios especiales, creados precisamente con este propósito. Tresso y los otros, tras haber sido detenidos, mantenidos bajo vigilancia en el maquis comunista de Raffy durante algunos días, fueron fusilados el 26 o el 27 de octubre de 1943 por orden del jefe del maquis, un italiano de nombre Giovanni Sosso, uno de los principales dirigentes dc la Resistencia, un hombre de los servicios secretos soviéticos. Una orden que procede de una decisión tomada en las cúpulas dcl PCF, del PCI y de la Internacional, desde el momento en que Tresso no era un militante cualquiera.
Después de 50 años, la verdad ha hecho finalmente justicia a Blasco, y con él a tantos otros masacrados por el estalinismo porque su ideal seguía siendo la revolución y el socialismo. En el momento en el que la Historia y los pueblos toman venganza contra este colosal engaño que ha marcado nuestro siglo: en el momento en el que, en la época que estamos viviendo, toman impulso las razones y el compromiso del marxismo revolucionario crítico y constructivo, los escombros del pasado deben seguir siendo despejados, pues aún hay muchos crímenes del estalinismo que esperan que se haga la luz sobre ellos. Una batalla que Tresso encarnaba en primera persona, cuando terminaba una de las últimas cartas que escribió en la cárcel antes de ser «liberado»: «Sin embargo, una cosa es cierta. Es imposible soportar en silencio aquello que va contra los sentimientos más profundos del ser humano. No podemos admitir como justos los actos que sabemos son injustos. No podemos decir que lo que es falso es verdadero y que lo verdadero es falso, con el pretexto de que eso puede servir a esta o a aquella fuerza en conflicto. Eso recaería, en definitiva, sobre la humanidad entera, sobre nosotros mismos, y destruiría las razones mismas de todos nuestros esfuerzos».

Edición digital de la Fundación Andreu Nin, enero 2004

Orwell, un poumista atípico (Pepe Gutiérrez-Álvarez)

Después del «revival» recreado en base al pretexto de su novela, 1984, y que, en su sentido más influyente fue orientado a reforzar el discurso neoconservador, convirtiendo en la medida de lo posible el pensamiento izquierdista y socialista, y por lo mismo, antiestalinisra de Orwell, en una bateria más en el proyecto de derrotar el comunismo con la descomposición y caída del estalinismo, en este año se ha vuelto a hablar ampliamente de Orwell, ahora con un pretexto, digamos más normalizado: el de su centenario. Al igual que en 1984, el pretexto puede servir para recomponer la verdad y restablecer el espíritu libertario de Orwell. Para ello hay puertas como la que ha abierto editorial Tusquets con la edición del voluminoso Orwell en España (tr. Antonio Prometeo Moya), siguiendo la edición británica de Peter Davison. El libro comprende, aparte de una edición completa del ya célebre Homenaje a Cataluña (que conoció diversas ediciones en los últimos tiempos, en Virus y en Círculo de Lectores, entre otras), se ofrecen otros ensayos poco conocidos, como lo son las reseñas de libros sobre la guerra española (como el de Mary Low y Juan Brea, o La forja de un rebelde, de Arturo Barea), amén de su correspondencia española, que amplia por lo tanto la documentación facilitada en la edición de Destino, Mi guerra civil española (Barcelona, 1978, tr. de Rafael Vázquez Zamora y Josep C. Vergés).
Recordermos que, aunque ignoraba la trama política española, Orwell había estado atento a lo que ocurría en España desde 1931, y siguió con interés el triunfo del Frente Popular en las elecciones de febrero de 1936. Cuando estalló la sublevación militar-fascista con el burdo pretexto de contrarrestar un inexistente «complot comunista»(1) la conmoción internacional que causó le afectó muchísimo y desde los primeros días de la guerra se convenció tan firmemente de que su sitio estaba en las trincheras antifascistas que nada ni nadie lo pudo contener . El golpe militar-fascista se inició con el convencimiento de que sería un simple paseo militar. Su primera actuación fue contundente, utilizando una cínica maniobra logró cribar dentro del ejército a los militares antifascistas y planeó la conquista de los principales centros vitales del Estado a cualquier precio. Pero a pesar del desconcierto inicial (por la total falta de previsión de una izquierda que no supo sacar conclusiones de unos preparativos golpistas que eran un secreto a voces), los trabajadores, a veces sin más armas que su propio entusiasmo, lograron arrebatar a los sublevados las principales capitales del Estado y las zonas más industrializadas. La primera batalla de la guerra había sido ganada por las masas.
Así lo entendió Orwell que escribió: «En los primeros meses de la guerra, el verdadero enemigo de Franco no fue el gobierno, sino los sindicatos. Apenas se produjo el alzamiento, los organizadores obreros de las ciudades replicaron primero con una huelga general, luego exigiendo y, tras un cierto forcejeo. apoderándose de las armas de los arsenales. De no haber obrado espontáneamente y de un modo más o menos independiente, es muy posible que Franco no hubiera encontrado resistencia. (…) El gobierno había hecho muy poco o nada para impedir el alzamiento, que algunos habían previsto con bastante anticipación, y cuando empezó la lucha su actitud fue débil y vacilante, hasta el punto de que España tuvo nada menos que tres primeros ministros en un solo día (2). Además, la única decisión que podía salvar del peligro inmediato, armar a los obreros, sólo se tomó muy en contra de su voluntad y para aplacar los violentos clamores populares. Sin embargo, se distribuyeron armas y, en las grandes ciudades del este de España, los franquistas fueron derrotados a costa de un grandioso esfuerzo, principalmente por parte de la clase obrera, ayudada por las fuerzas armadas (guardias de asalto, etc.) que habían permanecido fieles al gobierno. Este esfuerzo probablemente sólo lo podían hacer quienes luchaban con unos propósitos revolucionarios, es decir, creyendo que luchaban por algo mejor que el statu quo…(3).
La derrota inicial obligó a los sublevados a emplear mejor la ayuda que Mussolini –vía J. A. Primo de Rivera, su agente en España- venía prestando desde los inicios de la conjura, lo que permitió unir los focos africanos con los de la península. La internacionalización del conflicto se planteó pues desde los primeros días, pero la República sólo recibió el apoyo de los voluntarios de todo el mundo que se alistaron en las milicias o los que formaron las Brigadas Internacionales. Unirse a éstas fue según su propia confesión, el impulso inicial de Orwell que siempre lamentó no haberse encontrado en el frente de Madrid, centro de la guerra civil. Para ir a España tuvo que empeñar objetos de valor y quedó en la peor situación económica que había conocido.
Se ha discutido mucho sobre las razones íntimas que impulsaron a Orwell a emprender, con tanto empeño, su aventura española. Se ha dicho que lo empujó la frustración por no haber sido uno de los etonianos voluntarios en la primera guerra mundial por lo que, según sus propias palabras, se sintió menos hombre». También se ha hablado de su mala conciencia birmana, pero ni una ni otra tienen base documental. Una opinión interesante e interesada es la de la escritora, Teresa Pámies cuando se pregunta : «¿Quiso sentir en España lo que siente un hombre con un fusil en la mano, en una guerra de verdad? Sería injusto decir que Orwell se fue a España, el año 1937, –con fines literarios, para experimentar sensaciones inéditas (que le permitieran escribir un libro sobre la guerra revolucionaria. En realidad, España le ofreció a Orwell la posibilidad de vivir lo que Malraux calificó como mon heure lyrique» (4).
Con una erudición muy superior, la conclusión de su biógrafo Bernard Crick es que, efectivamente, Orwell se había quedado «seco» literariamente y buscaba en España una fuente de inspiración. El hecho más verosímil, a mi juicio, es que se trató de una combinación de factores entre los que la voluntad de combatir por la libertad no fue el último, aunque el literario fuera el primero. Durante su estancia en España, Orwell no mostró ninguna voluntad por parecer y ser escritor; pudo haber muerto muchas veces antes de que, después de mayo de 1937, se le ocurriera escribir su homenaje a la Cataluña revolucionaria. Su camino en España también se hizo al andar, descubrió el socialismo y la dignidad humana entre sus compañeros que serían luego acusados de «agents provocateurs».
Orwell abandonó Londres el 22 de diciembre y llegó a Barcelona el 26, dos semanas antes que el contingente del ILP. En la víspera de su viaje había mantenido una entrevista con Harry Pollit, a través de John Strachey, a la sazón secretario general del PC británico. Éste, contó, Orwell, «después de haberme planteado varias cuestiones, decide evidentemente que yo era políticamente poco seguro y rechaza ayudarme; para quitarme la idea de partir trata de espantarme insistiendo sobre el terrorismo anarquista». Pollit le aconseja que pase por la embajada española en París, ciudad donde Orwell tendrá un breve encuentro con Henry Miller. Camino de Barcelona, se siente conmovido por los campesinos franceses que saludan a los expedicionarios con los puños en alto. En su bagaje llevaba «Ios conceptos normales del ejército británico», que se convertirán en los valores de un experto ante una tropa con tanto entusiasmo como ignorancia militar. Fue comprendiendo que «Ios buenos militantes eran los mejores soldados», pero para ello era imprescindible una preparación previa y, escandalizado ante la falta de disciplina, se empeñó en enseñar a sus compañeros. En las trincheras descubre «el socialismo» en su significación más profunda, como acción revolucionaria de las masas. En un medio sucio, sin medicinas, sin apenas instrucción, conoció la igualdad en las trincheras, la democracia sin jerarquía, la fraternidad sin hipocresías, la fidelidad de clase, la generosidad ilimitada….Está enrolado en la 29. a División Rovira, perteneciente al POUM, pero ello es fruto de la casualidad. El equipaje de Orwell no incluía ninguna postura partidista y, tal como entendía las cosas, el Partido Comunista le pareció el más conveniente .
El escritor y militante revolucionario ruso-francés Victor Serge, cuenta en sus Memorias las dificultades casi insalvables que existieron en la segunda mitad de los años treinta –época de ascenso simultáneo del fascismo y del estalinismo, y que él definió como de «medianoche en el siglo»- para criticar la degeneración grosera de la revolución rusa y la contrarrevolución burocrática. (5) Los obreros consideraban que estas críticas eran una manera de dividir aún más sus filas y hacerle así el juego al fascismo desprestigiando el único baluarte sólido contra éste en un momento en que las democracias mostraban su debilidad. Por otro lado, les era muy difícil comprender que detrás de la utilización de los símbolos tradicionales del comunismo se escondía una política antirrevolucionaria derivada del interés de Stalin en subordinar el movimiento obrero a su juego diplomático, que pasaba por un entendimiento con las clases dominantes de las potencias imperialistas democráticas (6).
Para muchos obreros el Frente Popular era un aplazamiento táctico de la revolución. Pero no lo veían así muchos intelectuales que anteriormente se habían opuesto radicalmente a la revolución rasa, y ahora se sentían identificados aunque fuera parcialmente, con un estalinismo que perseguía la revolución. Este fue el caso de Beatriz y Sydney Webb, de Shaw y Wells. Algo parecido ocurrió con las mentiras del estalinismo; mientras los obreros se mantenían al margen del asunto –como hizo notar Orwell en sus escritos–, los intelectuales como Barbusse, Rolland, Aragon, Éluard, etc., no podían ignorar las barbaridades dichas, pero todos se prestaron desde los más altos a los más bajos, a la campaña de desprestigio del POUM y de los «trotskystas» en España, apoyando desde la prensa de París, Londres o Nueva York, una reedición hispana de los fraudulentos juicios de Vichinsky-Stalin. Con el tiempo, la mayoría de estos intelectuales se desplazaron hacia posiciones anticomunistas vulgares mientras que Orwell, siempre a su manera, se mantuvo fiel a sus concepciones éticas y socialistas.
Durante este período, Orwell compartió también una «luna de miel» con los comunistas. Mantenía excelentes relaciones con muchos de ellos y aunque sintió repugnancia por los «procesos de Moscú», pensó que los comunistas que se encontraban fuera de la URSS no tenían por qué estar implicados en el asunto. Carente de una coherencia doctrinaria, no tenía prejuicios frente a ellos, que le parecían además mucho más eficaces. «No es difícil comprender por qué en esta época –inicial de la guerra- yo prefería el punto de vista comunista al del POUM. Los comunistas seguían una política concreta y práctica, una política que era evidentemente mejor desde el punto de vista del sentido común, que sólo presta atención a los meses inmediatos. Y, desde luego, la política improvisada del POUM, su propaganda y todo lo demás, era algo indeciblemente malo; así tenía que ser, ya que de los contrario hubieran atraído a un número mucho mayor de seguidores. y lo que acababa de remachar el clavo era que los comunistas –o así me lo parecía- estaban llevando adelante la guerra, mie91tras que nosotros y los anarquistas no adelantábamos ni un paso. Ésta era la opinión general en esa época. Los comunistas habían aumentado su poder e incrementado de un modo enorme los efectivos de su partido apelando a las clases medias contra los revolucionarios, pero en parte también porque eran los únicos que parecían capaces de ganar la guerra. El armamento ruso y la magnífica defensa de Madrid, realizada por tropas que en su mayor parte dependían de los comunistas, los habían convertido en héroes de España. Como alguien dijo, cada avión ruso que volaba sobre nuestras cabezas era propaganda comunista. El purismo revolucionario del POUM me parecía lógico, pero también más fútil. En definitiva, lo único que importaba era ganar la guerra» (7).
No tenía más vínculo con el POUM que el establecido accidentalmente a través del ILP. En una de sus cartas escribe: «Casi por accidente me afilié a las milicias del POUM, en lugar de a la Brigada Internacional, lo que ha sido en parte una lástima pues significa que nunca veré el frente de Madrid». No entendía muy bien el interés de los poumistas en justificar su razón revolucionaria con citas de Lenin ad nauseaum, y de hecho se sintió también más identificado con la manera de ser y actuar de los anarquistas por los que experimentó una gran simpatía :.–limitada por su desconfianza en el utopismo de éstos–, pero al fin sus compañeros de las trincheras lo fascinaron y cuando descubrió que eran tachados de «quintocolumnistas» y perseguidos, no se replegó, sino que por el contrario sintió avivada su identificación, y cuando el POUM fue ilegalizado lamentó con dolor no haberse afiliado antes a este partido.
Su estado de «virginidad» política no podía durar mucho tiempo. En un principio, cuando sus compañeros de trinchera le presentaban a alguien de otra tendencia obrerista, no salía de su estupor, «es qué no somos todos socialistas ? ». Pero la cuestión era mucho más compleja y así acabó entendiéndolo: «Me parecía idiota que unos hombres que luchaban por sus vidas militaran en partidos separados; mi actitud era la actitud «antifascista» más ejemplar, cuidadosamente difundida por los periódicos ingleses, sobre todo con el objeto de que la gente comprendiese la verdadera naturaleza de la lucha. Pero en España, y especialmente en Cataluña, ésta era una posición que nadie podía mantener indefinidamente. Gradualmente o por la fuerza todo el mundo acaba por tomar partido. Porque, incluso sí a uno le eran completamente indiferentes los partidos políticos y sus respectivas «líneas» en pugna, era obvio que el destino personal de cada cual dependía también de estas cuestiones. Un miliciano era un soldado que luchaba contra Franco, pero también era un peón de una gigantesca batalla que se estaba librando entre dos teorías políticas. . .»(8).
Con el tiempo fue madurando y, Orwell aplicó su inteligencia natural al estudio de los datos más importantes. Para ello no se dejó llevar por ninguna labor de adoctrinamiento y proselitismo, ni dejó que le pusieran unas anteojeras con las que sólo podría ver la verdad de un aparato determinado… Le sirvió su experiencia concreta, su conocimiento nada desdeñable de todas las opciones que conoció sin prejuicios, y leyó todo lo que le cayó entre manos sobre la guerra y. sobre las polémicas políticas que marchaban paralelas. Cuando en 1937 volvió a verle el dirigente socialista Fenner Brockway que ya lo había tratado antes de su llegada a Barcelona y durante los primeros tiempos de la guerra, quedó sorprendido por su madurez.
Lo primero a destacar es sin duda su identificación natural y profunda con la revolución. Comprendió que se encontraba «en el corazón de la sección más revolucionaria de la clase obrera española» . En una carta, a Connolly, escrita desde el hospital donde yacía herido en una mano –y donde por primera vez fue visitado por Eileen–, decía: «He visto cosas maravillosas y, finalmente, creo realmente en el socialismo, lo que no me había ocurrido nunca». Lo segundo a destacar es quizá su amor por la gente que luchaba, su aprecio por los que había conocido en las trincheras. Se sentía conmovido por la «amistad que nos demostraban los campesinos», que tradicionalmente temían la proximidad de unas tropas y que sin embargo a ellos les «ponían siempre muy buena cara… supongo que porque pensaban que, por muy molestos que fuéramos, gracias a nosotros no volvían los terratenientes de antes».(9). En el primer párrafo de Homenaje a Cataluña simboliza en un miliciano italiano desconocido el sentimiento de fraternidad que le había cautivado:
«Era un joven de veinticinco o veintiséis años, de aspecto vigoroso, pelo rojizo, amarillento y hombros anchos. Llevaba una gorra de piel, de visera puntiaguda, provocadoramente ladeada sobre un ojo. Yo le veía de perfil, con la barbilla hundida sobre el pecho, contemplando con ceño fruncido y expresión de perplejidad el mapa que uno de los oficiales había desplegado sobre la mesa. Había algo en su cara que me emocionó profundamente. Era la cara de un hombre capaz de cometer un asesinato 0 de dar la vida por un amigo, la clase de cara que uno hubiera supuesto que correspondería a un anarquista, aunque existían las mismas probabilidades de que fuera comunista. En ella había a un tiempo algo de candor y ferocidad; y también la conmovedora reverencia que las personas incultas tienen por las que suponen superiores. Evidentemente, no entendía ni jota de aquel mapa; y evidentemente consideraba que saber interpretar mapas era una prodigiosa hazaña intelectual. No sé muy bien por qué, pero en pocas ocasiones he conocido a alguien –me refiero a un hombre- por quien haya sentido una simpatía tan inmediata…» (10).
Otro factor sobresaliente en su formación fue su insaciable voluntad dé conocer los hechos, de comprenderlos. Dos poumistas que lo trataron en la 29.a División subrayaron este aspecto al escribir: «Se podía ver inmediatamente que sentía el mismo placer que un niño al observar. Su mirada fija de introvertido no constituía un obstáculo, ya que podía establecer pronto una calurosa relación. La mayoría de los milicianos eran jóvenes y alegres, como los describió él mismo, y ninguno de ellos pudo imaginar que aquel extranjero de piernas largas, que debía de andar a gatas en las trincheras mientras los demás andaban normalmente, era un intelectual, un escritor que notaba todos los detalles de su entorno, y notablemente los trazos psicológicos de los seres humanos con los que compartía su vida con toda camaradería. . .
Contrariamente a otros voluntarios extranjeros presentes en las milicias… Orwell había venido a tomar parte en los combates, sin querer significarse, ya que no era un aventurero en busca de honores y decoraciones. Durante todo el tiempo que pasó en el frente, no dejó nunca las trincheras, salvo una vez que fue herido y otra por un corto permiso –por lo que se entiende que nunca buscó entrar en contacto con la jerarquía militar, con los hombres políticos o con los periodistas, que se podían encontrar en las divisiones más o menos alejadas de las primeras líneas…(11).
La actuación de Orwell en las trincheras se puede calificar de modesta y valerosa al mismo tiempo. Curiosamente, temía más a las ratas que a las balas. Una noche en que el campamento estaba durmiendo, una rata le había estado fastidiando reiteradamente. Orwell, bastante nervioso, sacó su fusil y disparó contra el animal, ocasionando un gran revuelo. Los dos frentes se pusieron a disparar, la artillería rugió y algunos destacamentos salieron a patrullar. Sus otras preocupaciones no eran mucho más heroicas, se trataba del sueño, el frío o los cigarrillos, y no de un adversario entre los que adivinaba a muchos infelices obligados a luchar contra sus propios intereses. En una ocasión se negó a disparar sobre un «fascista» que tenía caídos los pantalones porque un hombre en dicha circunstancia no podía ser un fascista. Esta posición antiheróica es uno de los encantos imperecederos de Homenaje a Cataluña. Durante su estancia en el frente no escribió nada relevante. Había llegado a España como corresponsal del órgano del ILP, New Leader, y lo fue también de otros diarios y revistas. Escribió muy poco y lo que hizo lo firmó como E. A. Blair, su nombre auténtico, pero con el que era absolutamente desconocido.
En el orden de factores que dieron forma y cuerpo a sus posiciones políticas hay que contar, finalmente, el de su incorruptible sinceridad y amor a la verdad. Temía las trampas ideológicas, y creyó pura y simplemente en lo que como santo Tomás pudo tocar directamente con las manos. Desarrolló individualmente una investigación que le llevó a comprender que se encontraba en una situación muy compleja, pero ante la cual no podía permanecer neutral y menos indiferente. Cuando llegaba a unas conclusiones, nunca pretendía haber llegado a una verdad definitiva y lo que creía lo intentaba contrastar con otras fuentes escritas españolas y extranjeras. Hasta mayo de 1937, las controversias… sobre el curso político de la guerra habían tenido un lugar más bien secundario en sus preocupaciones que se centraban en el campo de batalla, aunque no tardó en plantearse una serie de cuestiones que comenzaba a ver claras y que le enfrentaban con la línea gubernamental, cada vez más abiertamente pro burguesa, y con su vanguardia que era, suprema ironía de la historia, el Partido Comunista. Éste había realizado un giro de 180° desde que en la primera etapa de la República había defendido descabelladamente el derrocamiento de ésta por «reaccionaria» y la instauración de unos «soviets» inexistentes.
La verdad le parecía, en el fondo muy sencilla y era hija de una realidad que había podido comprobar desde la primera fila. Sabía que nadie le podía discutir honradamente el hecho incuestionable del carácter obrerista y pro socialista de las primeras batallas contra el levantamiento, cuyo verdadero’ trasfondo era la defensa de la propiedad terrateniente y capitalista. Pensaba que el franquismo (al que erróneamente definía como un intento de retroceso feudal, precapitalista, cuando en realidad se trataba, y así se demostraría en su desarrollo ulterior, de un bloque pro capitalista. Esta caracterización, utilizada básicamente por los comunistas, tenía como intención facilitar la idea estalinista de que en España –que estaba mucho más adelantada que la Rusia zarista- sólo podía hacerse una revolución democrático-burguesa) había sido un movimiento contra una revolución que acabaron involuntariamente por desencadenar. Nadie había puesto en duda, durante los primeros tiempos de la guerra, que en la zona republicana había tenido lugar esta revolución que resultó incompleta; dicho de otra manera, un proceso revolucionario que había destruido todos los «aparatos» del sistema capitalista –ejército, policía, tribunales, Iglesia, parlamento, propiedad privada, etc.-, aunque no había abordado el centro y punto de recomposición: el Estado.
Orwell nunca puso en duda que la «auténtica lucha es la que se da entre la revolución y la contrarrevolución». Y esta apreciación no la deducía de ningún esquema teórico sino de la atmósfera que pudo observar: «Generales y soldados rasos, campesinos y milicianos se trataban aún de igual a igual; todo el mundo cobraba la misma paga, llevaba las mismas ropas. comía el mismo rancho y llamaba «‘a todos «tú» y «camarada»; no había amos ni criados, ni mendigos, ni prostitutas. ni abogados, ni curas, ni había que lamer las botas a nadie. ni hacer ningún saludo reglamentario. . .»(12).
Había advertido el valor militar y revolucionario de las milicias, que se basaban «en la lealtad de clase», mientras que la disciplina «de un ejército de reclutas burgués se basa en último término en el miedo»; y aunque, siguiendo los planteamientos del POUM que eran deudores de los escritos de Trotsky sobre el ejército rojo ruso, no era contrario a una mayor militarización de aquéllas, Orwell comprendió que lo que se pretendía con su disolución era acabar con la revolución y restaurar un ejército burgués. Se lamentaba de que no existiera ningún movimiento regular en la retaguardia franquista, algo que había sido una de las «armas secretas» de toda guerra revolucionaria y que, en España era perfectamente posible, ya que las tropas franquistas estaban repletas de gente de extracción popular a la que la República no había conseguido entusiasmar con sus proyectos timoratos de reforma agraria. También se lamentaba de que los republicanos no intentaran que los marroquíes se volvieran contra Franco; pero para eso había que conceder la independencia a su país, algo que el gobierno «amigo» de París no quiso consentir, aunque sí aceptó la farsa de la «no intervención». Orwell no esperó nunca que los burgueses ingleses o franceses ayudaran a la República por más respetable que ésta tratara de ser; sabía o intuía que, por el contrario, gente como su odiado Winston Churchill sentía más agrado por Franco –no en vano éste mismo había mostrado abiertas simpatías por los mussolinis y hitlers de los primeros tiempos.
A pesar del distanciamiento inicial, Orwell fue identificándose cada vez más con las posiciones del POUM. Este partido ha sido caracterizado de muy diferentes maneras: «trotskysta» , «trotskobujarinista» , socialista de izquierda, comunista disidente, etc. La primera definición fue utilizada por los estalinistas y luego extendida por comentaristas e historiadores poco amantes de la exactitud, y resulta cuando menos parcial, ya que Trotsky criticó muy duramente su actuación; (13) la segunda, más correcta, es la del periodista soviético Mijhail Koltsov, que sabía de qué se trataba, (14) y se ajusta bastante a una caracterización de las dos fuerzas cuya unificación dio lugar a dicho partido: la Izquierda Comunista de Nin y Andrade, que estuvo vinculada hasta poco antes de la formación del POUM con la Oposición Internacional trotskysta, y el Bloc Obrer i Camperol de Maurín, Portela y Gorkín, identificado con las críticas bujarinistas al ultraizquierdismo estalinista de 1929-1935, y que había radical izado ostensiblemente sus posiciones ante el auge fascista. Pero esta caracterización es cierta sólo sí la limitamos a los orígenes. Posteriormente el POUM se diferenció incluso de sus «partners» del Buró de Londres, provenientes de la socialdemocracia en general como el ILP, el grupo de Marceau Pivert, y el Parti Ouvrier et Paysan; por su parte el POUM era la conjunción de dos tendencias comunistas disidentes y en él los componentes trotskystas y los componentes maurinistas nunca llegaron a compenetrarse totalmente. A pesar de sus limitaciones de implantación y de sus posibles errores tácticos, el POUM fue el único partido consecuente y honrado con su historia y su programa en el campo republicano, y fue esto lo que convenció a Orwell.
En el frente, el debate político se encontraba en segundo plano y difícilmente las divergencias políticas podían delimitarse. Una primera herida –la segunda lesionó su garganta y significó el final de su estancia en España–, le llevó al sanatorio Maurín de Lérida; desde allí se trasladó a Barcelona donde presenció y vivió los acontecimientos de mayo de 1937. y también allí descubrió «no solamente la distorsión de la verdad», «sino la mera invención de la historia. Un aspecto de 1984 estaba ya ocurriendo» (Crick). Igual que otras veces, lo que le llevó a tomar partido en un sentido revolucionario no fue una concepción política estricta sino los hechos mismos que de por sí tenían ya una gran fuerza.
Tal como hemos dicho, Orwell se sintió fascinado por la situación revolucionaria que encontró en Barcelona. Pero esta vez la impresión fue exactamente la contraria. Ya le había llamado la atención el aburguesamiento de Tarragona, pero lo que vio en Barcelona fue para él mucho más revelador: «El cambio que se había operado en el aspecto de la gente era asombroso. El uniforme de la milicia y los monos azules casi habían desaparecido por completo; todo el mundo parecía llevar los elegantes trajes veraniegos que son la especialidad de los sastres españoles. Por todas partes se veían hombres prósperos y obesos, mujeres elegantes y coches de lujo. (Parece ser que aún habían coches particulares; sin embargo, todo el mundo que era «alguien» parecía poder disponer de un coche.) Los oficiales del nuevo Ejército Popular, un tipo casi inexistente cuando yo me fui de Barcelona, ahora abundaban de un modo sorprendente. En el Ejército Popular había al menos un oficial por cada diez hombres. Parte de estos oficiales habían servido en la milicia y habían sido retirados del frente para recibir instrucción técnica, pero la mayoría eran jóvenes que habían preferido ir a la Academia Militar en vez de incorporarse a la milicia. Su relación con los soldados no era la misma que en un ejército burgués, pero había una diferencia social clarísima, manifestada en las desigualdades en la paga y en el uniforme (…). Mientras andaba por la calle, observé que la gente volvía la cabeza para mirar nuestro desastrado aspecto. (…) En la ciudad se había producido un profundo cambio. Pasaban dos cosas; la primera era que la gente. la población civil, había perdido buena parte de su interés por la guerra; la segunda, que la habitual división de la sociedad en ricos y pobres. en clases altas y bajas, estaba volviendo a reaparecer. (15).
Esté ambiente reflejaba la poderosa contraofensiva conservadora, contraria a las conquistas de la revolución. Se esperaba una prueba de fuerzas entre los sectores pro gubernamentales encabezados por el PSUC al que secundaban los nacionalistas catalanes, y el frente pro revolucionario representado por las bases de la CNT-FAI y el POUM con un programa alternativo –gobierno obrero, profundización de las medidas revolucionarias…-. Además de esta contradicción social inmediata, surgió otra a la que Orwell aludía como una gran batalla entre destilerías políticas, la «trotskysta» y la estalinista. Los hombres de Stalin en España no podían olvidar que el POUM había sido la única formación política española que había tomado partido contra los «procesos de Moscú», y seguía defendiendo el honor de Trotsky y de toda la vieja guardia bolchevique. Sus diferencias con el «trotskysmo» eran en cierta medida secundarias, puesto que seguían reivindicando a Trotsky –al que el POUM intentó instalar en el Vendrell (Tarragona) en vísperas de la guerra–, estaban por la revolución permanente, puesto que definían como socialista la revolución que había que hacer en España y, además, consideraban que en la URSS había una degeneración burocrática. Las consignas de Moscú estaban claras y fueron expresadas, otra ironía de la historia, por Antonov Ovseenko; había que liquidar a «los trotskystas ya los irresponsables» (los anarquistas) como se había hecho en Moscú. Desde hacía cierto tiempo el PSUC –al que Togliatti tomó como ejemplo de celo antitrotskista frente a los demás comunistas españoles, a su parecer más moderados–, llevaba a cabo una impresionante campaña de prensa pidiendo la supresión del POUM al que tachaba de trotskysta, o sea de fascista.
Para Orwell esto era simplemente demencial: «¿ y qué es un trotskysta ? Esta terrible palabra –en España se le puede encarcelar a uno en estos momentos y tenerle allí indefinidamente, sin proceso, sólo sí se oye decir que se es trotskysta– está sólo empezando a agitarse en Inglaterra. Pero ya la oiremos con el paso del tiempo. La palabra «trotskysta» (o «trotskofascista), ) se suele emplear refiriéndose a un fascista disfrazado que quiere aparecer como ultrarrevolucionario para dividir las fuerzas izquierdistas. Pero su poder tan especial se debe al hecho de significar tres cosas distintas. Puede referirse a uno que, como Trotsky, deseaba la revolución mundial; o al miembro de una organización encabezada por el propio Trotsky (el único uso legítimo de la palabra); o por último, al fascista disfrazado que ya he mencionado. Esos tres significados pueden englobarse en uno solo sí se quiere. El primer significado puede llevar implícito el segundo. y el segundo significado casi invariablemente lleva implícito el tercero. Así: «Fulano ha hablado favorablemente de la revolución mundial; por lo tanto es un trotskysta; por lo tanto es un fascista’). En España, y en cierta medida también en Inglaterra, cualquiera que profese el socialismo revolucionario (es decir, cualquier partidario de las ideas que profesaba el Partido Comunista hace sólo unos pocos años) cae bajo las sospechas de ser un trotskysta pagado por Franco o Hitler» .(16)
El enfrentamiento comenzó con el intento por parte de las fuerzas gubernamentales y del PSUC de tomar la central telefónica de Barcelona, en manos de la mayoría anarcosindicalista. El rechazo de los trabajadores se extendió a toda la capital que se llenó de barricadas. Orwell se vio metido en medio del embrollo. Cuando los combates se intensificaron, no pudo subir por las Ramblas –centro de la contienda- para ir hasta el hotel Continental donde se albergaba Eileen que había ido otra vez preocupada por sus heridas. El hotel se encontraba en las proximidades de la Central Telefónica. Entonces se dirigió al otro extremo de las Ramblas, al hotel Falcón, donde se encontraba la sede poumista en la que reinaba la mayor confusión; no se sabía muy bien lo que había ocurrido pero los militantes ocuparon su lugar en las barricadas junto a los cenetistas.
El 4 de mayo Orwell , armado de un fusil y con tabaco suficiente, consiguió llegar hasta el hotel Continental donde encontró a Eileen ya George Kopp, un rico soldado de fortuna belga que se había convertido en una auténtica «bete noire» para los estalinistas. Kopp trató de evitar un baño de sangre e intentó hacerse una idea clara de la situación. Consiguió una tregua ya Orwell le tocó vigilar desde los techos del cine Poliorama. Allí permaneció durante tres días y tres noches sin demasiados problemas. En varias ocasiones oyó ráfagas de ametralladoras, diversos tiroteos, etcétera, pero él sólo tiró una vez. La «tranquilidad» se impuso con la medida gubernamental de enviar refuerzos a Barcelona y los anarcosindicalistas se replegaron a los ruegos de sus mandos ministeriales.
En esta lucha todo resultaba menos claro que en la de 1936. Orwell no obstante era consciente de que se trataba de salvaguardar las conquistas obreras y de contrarrestar la ofensiva republicano-estalinista, pero, como los dirigentes del POUM, no confiaba en que pudiera darse un «golpe de timón» que modificara la correlación de fuerzas existente. Sobre todo cuando los que tenían capacidad para ello, los anarcosindicalistas, habían optado por un compromiso cuyos resultados se iban a poner pronto de manifiesto: en poco tiempo fue raptado y asesinado Andrés Nin, desapareció su amigo Bob Smillie (hijo de uno de los líderes históricos del sindicalismo revolucionario inglés y militante del ILP), el POUM fue perseguido y puesto fuera de la ley, y el gobierno de Largo Caballero, que se negó a respaldar la persecución de organizaciones obreras, cayó bajo la presión conjunta de los comunistas –que hacían el trabajo sucio y de los socialistas de derecha que hablaban de restablecer la propiedad privada y apoyaban la represión de la izquierda. Se instauró un gobierno que persiguió a sus revolucionarios y que contó con el beneplácito de Herriot, Churchill y otros «amigos» de la causa republicana.
Orwell pudo descubrir entonces que la prensa. de izquierdas podía mentir casi tanto como la de derechas, y que desde los comunistas hasta los liberales coincidían en atribuir los acontecimientos de mayo de 1937 a una «provocación» fascista con la complicidad directa del POUM, que se convirtió en el partido de la «quinta columna». El mismo Orwell fue acusado de «trotskysta» y tuvo que pasar a la clandestinidad, finalmente pudo ocultarse y llegar a Inglaterra. Allí inició una cruzada personal para rebatir las brutales tergiversaciones que encontraba en la prensa y en la literatura. Fruto de este esfuerzo es su obra Homage to Catalonia (Homenaje a Cataluña} y un volumen de escritos editados en castellano con el título de Mi guerra civil española, reflejo fehaciente de que Orwell siempre pensó como un revolucionario cuando escribió sobre España.
En julio de 1937 comenzó a redactar Homenaje a Cataluña, en donde explica sus vivencias con un afán eminentemente vindicativo frente a las deformaciones que se han divulgado entre la izquierda. Esta obra se coloca entre las mejores novelas escritas sobre la guerra civil española. Se publicó el 25 de abril de 1938, pero fue un rotundo fracaso comercial. Volvió a ser reeditada junto a sus obras completas aparecidas en 1951, y al año siguiente se publicó en Estados Unidos con el famoso prólogo de Lionel Trilling que reproduce la edición española de 1970. Existe otra traducción castellana publicada por la editorial anarquista argentina Proyección.
Las críticas a su primera edición fueron anodinas, y desde la izquierda comunista se insistió en la descalificación de los revolucionarios. Un hecho interesante ocurrió en el The Listener donde un crítico anónimo destacaba su «descripción magistral de la guerra», pero añadía que era políticamente «confusa e incierta» y lo acusaba de hacer una apología de la táctica trotskysta, «lo que equivalía ala traición». La respuesta de Orwell fue publicada con una excusa del director, algo completamente excepcional, ya que, por lo general, las replicas de Orwell a las acusaciones contra sus compañeros encontraron el vacío en las publicaciones de izquierdas.
El libro es, como dirá Luis Romero en su introducción, «parcial en dos sentidos», porque ocurre en un lapso de tiempo relativamente corto y en un limitado espacio geográfico. El mismo Orwell tuvo la inusitada honestidad de subrayar esta parcialidad cuando escribió: «He tratado de escribir objetivamente sobre los sucesos de Barcelona, aunque, como es obvio, nadie puede ser completamente objetivo en una cuestión de esta clase. Uno se ve virtualmente obligado a tomar partido, y quisiera que quedase bien claro de qué lado estoy. Además «inevitablemente habré cometido errores factuales, no sólo aquí, sino incluso en otras partes. Es muy «difícil no incurrir en errores escribiendo sobre la guerra civil española debido a la falta de documentación que no sea de carácter propagandístico. Prevengo a todos contra mi parcialidad y prevengo. a todos contra mis errores. Sin embargo, he hecho todo lo posible por ser veraz. Pero, como se comprobará, mi versión es completamente distinta a la que apareció en la prensa extranjera, sobre todo en la comunista» (17).
El tiempo ha ido colocando las cosas en su sitio, y mientras hasta los propios comunistas se ven obligados a distanciarse de lo que escribieron en aquella época, la obra de Orwell se toma como fuente fidedigna por parte de ensayistas e historiadores. Sin duda, se ha convertido en uno de los testimonios literarios más citados de los existentes sobre la guerra y fue una obra de avanzada, puesto que reivindicó una revolución que, según el término de Burnett Bulloten, fue «camuflada» durante más de un par de décadas por especialistas e historiadores, y terminó siendo reconocida incluso por los autores más abiertamente pro gubernamentales.
Se trata de una obra testimonial, movida por un excepcional interés por la verdad que estaba siendo deformada siguiendo los procedimientos que el estalinismo había logrado imponer en la URSS, y lo es «de un escritor y no de un político que escribe para acomodar, o para tratar de acomodar, los acontecimientos a su posición ideológica en el momento que aparecerá el libro. Muchas de las obras escritas sobre la guerra civil española, y aun entre las publicadas en los últimos años, adolecen de esa intencionalidad partidista –que cuando llega a la tergiversación me parece un defecto gravísimo– en mucha mayor medida que Homenaje a Cataluña, que fue editado cuando la guerra seguía su curso» (Luis Romero). Este período final de la contienda acabó con todas las esperanzas de Orwell y le confirmó en sus ideas básicas. Profundamente conmovido por la derrota sufrió angustias y una profunda melancolía.
Notas
(1) Sobre ésta y otras falacias promovidas por los franquistas, luego reproducidas por los Pinochets (y remozadas por el neconservadurismo), resulta todavía muy útil la lectura del libro de Herbert Soustworth, El mito de la Cruzada de Franco (París, Ruedo Ibérico); no es necesario recordar que las críticas de Orwell a la izquierda fueron por no haber luchado consecuentemente contra los sublevados.
(2) Casares Quiroga, Martínez Barrio y Giral. Los dos primeros se negaron a dar armas a los sindicatos. (Nota de Orwell.) Casares Quiroga desoyó las advertencias de Prieto tachándolo de menopáusico, y cuando estalló el alzamiento su comentario fue que se iba a dormir. Esta «traición» de la derecha republicana a la respuesta obrera contra el alzamiento será un factor normalmente ocultado por los historiadores que tratan de ofrecer una imagen incestionable de las instituciones republicanas.
(3) Cf. Homenaje a Cataluña, Barcelona, Ariel, 1983, p. 84.
(4) Teresa Pámies que, sería una de las plumas más audaces del «revisionismo» eurocomunista en los años setenta, atribuye a los críticos de Orwell la opinión de que Homenaje a Cataluña es «su peor pieza literaria».. En su obra Cuando éramos capitanes (Barcelona, Dopesa, 1974), Pámies dice que Orwell «no creía en la revolución de los parias; era «un señorito británico o un británico señorito. que consiguió algunas páginas de emoción auténtica, pero «de revolucionario, Orwell, ¡ni hablar!. (hemos de suponer que revolucionarios fueron los comunistas). Más tarde, después de la crítica de un lector, no le «duelen prendas. en reconocer que sí bien no lo era «se comportó como tal. (cf. Romanticismo militante, Barcelona, Galba, 1976, pp. 92-93). Mucho más justo sería Luis Romero en su introducción al Homenaje…, escribe que Orwell «vino a España a luchar por la causa de la República y, más concretamente, en favor de la revolución proletaria. Entre su idealismo y la realidad se interfirieron no pocas contradicciones (…) era un intelectual inglés –no un fils de papa, ni un literato de salón.-…
(5) Cf. Victor Serge. Memorias de un revolucionario, México, El Caballito. Algo por el estilo pudo comprobar Orwell que comentó lo siguiente en su diario de El camino de Wigan Pier: «Me sorprendió la mucha simpatía que les tienen aquí a los comunistas. Grandes aplausos cuando anunció Hannington que sí Inglaterra y la URSS luchas en la una contra la otra, ganaría la URSS,». A mi manera, p.64.
(6) Otro factor es el generacional, así lo hace notar Trotsky en una entrevista con C. R. L. James: «…La traición de la Tercera Internacional se ha desarrollado tan rápidamente y de una forma tan inesperada que resulta que la misma generación a la que en otra ocasión anunciamos su formación. es la que está aquí todavía para oírnos denunciarla. Yesos hombres se acuerdan de que ellos ya habían oído esto anteriormente (en relación a la Segunda»>. León Trotsky: Le mouvement communiste en France, París, Minuit. 1967. p. 633.
(7) Cf. Homenaje a Cataluña, p.92.
(8) Cf. Homenaje a Cataluña. p. 83.
(9) Cf. Mi guerra civil española. Barcelona, Destino. 1978, p. 94.
(10) Cf.Homenaje a Cataluña, p. 40.
(11) Cf. J. Coll y Josep Pané, Josep Rovira: una vida al servei de Catalunya, Barcelona, Ariel, 1978.
(12) Cf. Homenaje a Cataluña, p. 142.
(13) Cf. León Trotsky, La revolución española, 2 tomos. edición de Pierre Broué. Barcelona, Fontanella. 1977.
(14) Cf. Diario de la guerra de España, Madrid, Akal, 1977. Koltsov, como los demás agentes rusos en España, fue eliminado por Stalin.
(15) Cf.Homenaje a Cataluña, p.147.
(16) Cf. Mi guerra civil española, Barcelona, Destino, 1978. p. 29. Un retrato parecido encontramos en Homenaje… Un poco más adelante (p. 169). dice de él: .Es difícil pensar en aquel hombre concreto sin varias clases de amargura. Como se hallaba en los cuarteles Lenin. es probable que fuese trotskysta o anarquista Y. en las condiciones tan peculiares de nuestro tiempo. cuando a gente así no la mata la Gestapo suele matarla la GPU». Esto último fue exactamente lo que le ocurrió al grupo dirigente de la IV Internacional entre 1935 y 1945.
(17) Cf. Homenaje…, p. 195. Sobre las inexactitudes del libro, escribe Luis Romero: «…Sí las hay; y son más evidentes para quienes vivimos la época (…). Por ejemplo, confunde en varias ocasiones la Guardia Civil con la de Asalto; él mismo debió de advertirlo o alguien se lo hizo notar, como se deduce de una nota aparecida en sus papeles póstumos». Romero prosigue diciendo que «nadie se llame a engaño», «…reconozcamos que se trata de un extranjero, inglés por más señas, que cae en la Barcelona de 1937. No es extraño que, a pesar de su honestidad intelectual y de la rectitud de sus intenciones informativas, aplique algunas medidas británicas a la circunstancia revolucionaria española». Idem, pp. 11-12.

Edición digital de la Fundación Andreu Nin, junio 2003

¿Por dónde pasa hoy la fidelidad al legado político de Castoriadis? (Amador Fernández-Savater)

Texto elaborado a partir de las notas leídas el último día del “Encuentro Castoriadis” que tuvo lugar en mayo de 2005 en Buenos Aires. Este artículo ha sido publicado bajo una licencia Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 2.0. Eres libre de copiar, distribuir y comunicar públicamente por cualquier medio, siempre que sea de forma literal y sin fines comerciales.

Empujados hacia Castoriadis

Quería empezar por recordar una de las aportaciones teóricas más fecundas y radicales de Castoriadis, que se ha discutido mucho en este encuentro por su importancia: su reflexión sobre la historia, sobre la naturaleza misma del proceso histórico.

La historia, según Castoriadis, no es la reproducción de lo mismo (en cualquiera de sus variantes), sino el surgimiento de formas nuevas que no están inscritas ni son deducibles de las condiciones presentes. Novedades radicales. Por ejemplo, Castoriadis volvió una y otra vez sobre un acontecimiento histórico muy preciso que tuvo indudable impacto en su vida y su pensamiento: la revuelta del movimiento obrero húngaro, confundido con la población (H. Arendt), contra la burocracia soviética en 1956. Unas veces meditaba sobre la insurrección húngara para sacar a la luz el potencial revolucionario de su “programa”, materializado en los hechos (Consejos Obreros, crítica del trabajo alienado, etc.). Y en otras ocasiones, volvía a 1956 para elucidar desde allí en qué consiste exactamente la creación histórica. Siempre se preguntaba: ¿por qué se dio esa revuelta y esa innovación política (colectiva, existencial) tan poderosa en Hungría y no en otros países del Este, donde las condiciones de dominio y explotación eran muy similares, donde la experiencia de vida era parecida, donde el despotismo soviético se ejercía con igual brutalidad?

Castoriadis concluía que la creación histórica no se puede deducir de ningún sitio (mismas causas que conllevan inevitablemente mismos efectos). No hay una serie de variables fijas en la historia que nos permitan anticipar y determinar de ninguna manera lo que va a ocurrir en un futuro, su significado, expresión y desarrollo. La historia es creación. Esa revuelta, y las formas y contenidos que produjo, fue una creación propia de la población húngara. No una novedad ex nihilo, sino la elaboración creativa (y, por tanto, impredecible) de una experiencia de vida. Por tanto, las revoluciones no son, como se ha dicho a menudo, los momentos privilegiados en los que la historia -concebida a menudo como un corsé de monotonía y progreso- estalla y se abre a lo desconocido. El modo de ser de la historia es precisamente la explosión y la apertura a lo desconocido. Más o menos visible, más o menos imperceptible. Las revoluciones representan condensaciones ejemplares de la misma naturaleza del hecho histórico, porque muestran a quien tenga ojos para verlo -o, si uno es afortunado, cuerpo para sentirlo- la creatividad instituyente en marcha, la disolución de lo instituido, el surgimiento de lo nuevo. A partir de ahí, de estas pinceladas sobre Castoriadis y la historia, yo empezaría esta intervención por preguntarme cómo nos relacionamos entonces con el pasado y, en concreto, cómo nos relacionamos con el legado del propio Castoriadis.

Es difícil, creo yo, que se consiga hallar algo significativo en el pensamiento de un gran filósofo mediante un simple trabajo de comentario, de interpretación, de repetición. A mi juicio, algo significativo sería una lectura del filósofo en cuestión que no sólo comentase o contextualizase la obra, sino que la vivificase, le otorgara un nuevo sentido, la hiciera vibrar en el roce con lo que pasa, con la historia. Me apostaría cualquier cosa a que Castoriadis estaría de acuerdo con esto. Y como afirmaba Nietszche, es precisamente la creación en el presente lo que te permite ver algo significativo en el pasado. Es decir, una sacudida en el presente ofrece la posibilidad de un mirada nueva vuelta hacia el pasado y, por tanto, de un pasado nuevo.

Por ejemplo, yo mismo, durante muchísimo tiempo, prácticamente los años 90 al completo, leí profusamente a Castoriadis, sin interrupción. Ahora sería largo recapitular todo lo que me enseñó y hasta qué punto configuró mi mirada, mi discurso, mi práctica política. El valor fundamental de la autonomía, la idea de creación contra todo fatalismo histórico, la primacía de la experiencia contra la ideología y sus expertos, la convicción de que lo determinante en la vida social está en su base, de que no hay lugar privilegiado de lo político. Etc. Pero llegó un momento en el que ya no veía nada más en los libros de Castoriadis, como cuando alguien repasa varias veces el mismo texto para corregirlo. Nada que no fuera confirmación de lo ya sabido. Y sin embargo, la aparición de un tiempo a esta parte de lo que se ha venido (mal)llamando “movimiento antiglobalización”, que no quisiera yo que se identificase aquí sólo con la gente que va de contracumbre en contracumbre sino más bien como un movimiento telúrico o sísmico (Wu Ming) de nueva politización, nos permite volver a Castoriadis y encontrarlo fecundo.

Algo nuevo que surge en y por la historia nos permite hallar riqueza en muchas cosas de las que decía Castoriadis (pero también límites, como desarrollaremos más adelante). Es decir, no es un trabajo esforzado de lectura atenta y minuciosa, sino más bien un chispazo existencial en el presente (nuevos problemas, nuevos desafíos, nuevas búsquedas) lo que abre de nuevo el pasado a una exploración productiva. Sólo la creación en el presente nos permite vincularnos de manera viva con el pasado histórico, que también es creación. Hallamos autonomía en las calles y recodos de la materia social (asambleas barriales, piqueteros, clubes de trueque, etc.), buscamos herramientas conceptuales (imagen que hay que despojar de la carga instrumental que porta) y de pronto nos topamos con la obra de un tipo calvo y malhumorado que gira precisamente en torno a la posibilidad y la capacidad humana para la autonomía, esto es, la capacidad de pensar por uno mismo y actuar concertadamente con otros (tan presente, inadvertidamente, en la misma vida cotidiana) y la posibilidad de vivir juntos sin necesidad de una geometría jerárquica que nos organice -algo que Castoriadis llamó “proyecto de autonomía”.

Por tanto, no sólo creo que es buenísima la idea de sondear el trabajo de Castoriadis a partir de la experiencia argentina de creación política de los últimos tiempos, como se ha propuesto en este encuentro, sino que pienso que quizá este encuentro y el interés por releer colectivamente a Castoriadis es también un fruto rendido por la experiencia argentina tras 2001 y no habría sido posible sin ella.

Al pie de la calle y al pie de la letra

Me vais a perdonar (espero) que a partir de aquí meta un poco el dedo en el ojo. Creo que durante estos días se han contrastado (nunca suficientemente, pero sí bastante) las reflexiones de Castoriadis y las experiencias sociales y callejeras de autonomía en Argentina, la invención de nuevas formas de democracia, de deliberación pública de masas, de horizontalidad. Hemos visto hasta qué punto los conceptos e imágenes de Castoriadis (“magma”, “instituyente e instituido”, “autonomía”, “autoorganización”, etc.) sirven, han servido o pueden servir para enriquecer la reflexión sobre lo que hacemos, sobre lo que pasa. Yo querría, desde esa tensión creativa entre el trabajo filosófico de Castoriadis y la emergencia social de nuevos focos de autonomía y sentido, señalar algunos problemas que veo, algunos interrogantes que me suscita ahora su obra. Me vais a perdonar que aplique una mirada mayormente crítica sobre los límites de una grandísima meditación como es la de “Corneille”. Pero creo que es importante abrir aquí un hueco para una reflexión con ese perfil.

¿Qué peligro corremos continuamente los que hallamos muchísimo placer en albergar en nuestra cabeza pájaros filosóficos de esos que siempre preocupan a la gente seria, realista y pragmática, “con los pies en la tierra”? Hallamos autonomía en las calles, buscamos imágenes teóricas que sirvan para darle profundidad a lo vivido… y de pronto ya sólo interpretamos lo vivido según lo que leemos en los libros. Como advertía Ignacio Lewkowicz, ya no usamos los libros para descifrar los problemas y las potencias de una experiencia al pie de la calle, sino que leemos e interpretamos las experiencias vividas al pie de la letra.

Castoriadis advertía frecuentemente sobre esta tentación, que tenía según él un vínculo muy profundo (y no se equivocaba) con las significaciones centrales del capitalismo y con la esencia del “pensamiento heredado”. Primacía de lo teórico, advertía. Es decir, en la fábrica unos “diseñan” (crean la imagen-modelo) y otros ejecutan (la “materializan”). En el ámbito teórico, se juzga que “pensar” es una contemplación desinteresada del mundo y “hacer” es una tarea técnica o instrumental. En el marxismo “ortodoxo”, los dirigentes anticipan el devenir revolucionario de lo social y las masas mudas y obedientes entregan su vida a colmar la brecha entre el “deber ser” (la imagen-modelo) y el “ser” (lo que hay). Etc.

Por otro lado, las dos corrientes principales del “pensamiento heredado” (materialista e idealista, o platónica y hegeliana) comparten estrechamente su profundo disgusto ante las ideas de creación, de indeterminación, de espontaneidad, de imaginación, de experiencia. Es decir, precisamente las categorías que Castoriadis trabajó. El pensamiento heredado ha tratado siempre de domesticar el hecho histórico, incapaz de aferrar lo que surge en inmanencia, reduciendo cualquier novedad histórica a la dialéctica de una historia determinada o a la combinación de variables y elementos de una estructura “eterna”. En todo caso, aplicando sobre lo real esquemas que pre-comprenden lo que pasa y nos dan seguridad.

Esta primacía de lo teórico es muy fácil denunciarla en lo teórico, pero a veces parece más complicado evitarla en la práctica, es decir, verdaderamente aplicar una mirada que no se limite a aplicar nuestros esquemas conceptuales sobre el desenvolvimiento de lo real. Es la misma distancia que hay entre repetir la cita de Castoriadis sobre que nuestra libertad depende de que sepamos mirar el abismo de nuestra existencia de frente y el hecho de encarar verdaderamente nuestra mortalidad y finitud. Abismal.

Por ejemplo, durante los años 80 Castoriadis criticó mucho a los movimientos ecologistas y pacifistas por su carácter parcial, por no asumir el problema de la institución global de la sociedad. Le parecía absurdo un ecologista preocupado por las reservas naturales sin comprender la cadena que une inextricalmente las reservas naturales con nuestro modo de consumir, con el imaginario del crecimiento, del progreso, del desarrollo. Era muy crítico de esa parcialidad, aunque disculpaba a los ecologistas que asumían el problema con su cabeza (“eran conscientes”) aunque no pudieran desarrollar ninguna respuesta práctica (porque la dimensión del problema se les escapase). Por supuesto, podemos estar de acuerdo “teóricamente” con Castoriadis en esa apreciación concreta del movimiento ecologista. La crítica parece razonable.

Pero si queremos evitar los deber-ser que funcionan como requerimientos exteriores que tensionan estérilmente desde fuera una experiencia sin aferrarla ni conocerla, habría que plantearse una serie de preguntas: ¿por qué ocurría tal cosa? ¿se trataba sólo de una comprensión deficitaria de lo social? ¿una cuestión de conciencia? ¿cómo vivían ese problema los protagonistas de las luchas ecologistas? ¿no produjeron también los movimientos ecologistas o pacifistas coordinaciones a nivel internacional? ¿por qué resultaba -y resulta- tan difícil anudar distintas luchas sociales? ¿cómo se dan hoy las artículaciones políticas sobre el terreno de la dispersión, de la disolución de un horizonte único o hegemónico de lucha (la lucha en la fábrica del movimiento obrero, por ejemplo)? ¿criticar a fondo una dimensión esencial como la relación de una sociedad con el medio ambiente no altera la totalidad de su estructura?

¿Castoriadis argentino?

Y ¿qué podría haber dicho Castoriadis del proceso de creación histórica inaugurado de alguna manera por la insurrección de 2001? Está feo poner palabras en boca de alguien que no puede defenderse, pero me parece que el ejercicio especulativo podría ser útil para iluminar el problema que trato de exponer.

Seguramente, en el rostro de Castoriadis se hubiera dibujado una sonrisa enorme si hubiera vivido aquí durante el proceso de autoorganización social que se abre en diciembre de 2001. Confirma una de sus principales ideas-fuerza: la creación histórica como emergencia de algo que no estaba presente como tal en la sociedad. En este caso, me refiero a la cultura social de la autogestión, que anima la experimentación desde abajo de nuevas formas de consumo, producción, comunicación, organización, etc. A mí, como a cualquiera en Europa, nos cuesta horrores entender algo de lo que pudiera ser el peronismo. Un amigo me decía estos días: “es una mezcla de anarquismo y franquismo” (¡!). Pero mucha gente me repite lo mismo: lo único que no se puede decir que sea el peronismo es una cultura de la horizontalidad, de la autogestión, de la autoorganización. Esa cultura social y política es una novedad, una creación. Por supuesto, esto no quiere decir que no hubiera trazas de esa cultura de la autoorganización en Argentina. Raúl Zibechi ha publicado Argentina: genealogía de la revuelta, un libro muy interesante que precisamente asume la tarea de rastrearlas. La creación política en Argentina ha elaborado esas huellas, pero los resultados no se hallaban inscritos en ellas: los efectos exceden a las causas.

Castoriadis se hubiera alegrado enormemente también de la reactualización de la significación de autonomía. Era el corazón de su trabajo teórico, de su apuesta política, de su mismo estar-en-el-mundo. Pero hoy, con un gobierno que vuelve a asumir la iniciativa en todos los ámbitos de lo social, mientras muchísima gente habla de “impasse”, “reflujo” o “derrota”, quizá Castoriadis hubiera concluido que la fiesta estuvo bien mientras duró, pero se acabó tan pronto porque no asumió el problema de la institución global de la sociedad, se buscó refugió en los “islotes de horizontalidad” y no se elaboró un nuevo “proyecto de sociedad (autónoma)”. Es lo que he escuchado a alguna gente en este encuentro, muy marcada por las ideas de Castoriadis. Y podemos encontrar muchísimas consideraciones así en la obra del último Castoriadis.

Fidelidad es traición

Daniel Blanchard, antiguo compañero de Castoriadis en SouB, alguien que hizo de puente durante un tiempo entre la Internacional Situacionista y el grupo de Castoriadis, contaba en una entrevista a mitad de los 90 algo que me dejó helado. Medio de broma, le sugirió a Castoriadis que, tal y como estaban las cosas entonces, deberían rehacer SouB y Castoriadis respondió (sin seguir la broma): “yo creo que todos los análisis que hicimos en Socialismo o Barbarie son todavía absolutamente pertinentes”. En algún momento de El ascenso de la insignificancia afirma lo mismo: los análisis que se hicieron a finales de los años 50 sirven perfectamente para aferrar la situación social a mediados de los años 90. ¡Como si no se hubiera producido entre medias un hecho decisivo como la derrota catastrófica de los movimientos sociales de los años 60!

A Blanchard esta anécdota le servía para reflexionar, abriendo vías muy fecundas que exploramos y prolongamos por nuestra cuenta aquí, sobre una curiosa paradoja constituyente de la vida y la obra de Castoriadis: un énfasis muy fuerte en la apertura (base de su reflexión sobre la creación histórica) mezclado con momentos muy fuertes de cierre. Apertura, cuando en 1965, mostrando un coraje y una audacia que hoy nos cuesta imaginar, rompe con las vulgatas marxistas y las lenguas de palo ortodoxas que constituían el horizonte mental y afectivo de tanta gente y emprende en solitario la tarea de reconstrucción de las categorías filosóficas que nos sirven para pensar la sociedad y la historia. Cierre ante el pensamiento de “otros significativos” (citemos los nombres de Deleuze, Guattari, Foucault), cierre ante los procesos y los movimientos portadores de cambios esenciales a partir de los años 80. Etc. Un cierre rígido y arrogante de las categorías frente a lo desconocido. Una dificultad para reinventarse a sí mismo como intelectual revolucionario (motivada sobre todo, según Blanchard, por el deseo de entregarse a la filosofía).

Seguramente, eso de “reinventarse a sí mismo” suena hoy muy posmoderno: muchos lo traducen como un “cambio de chaqueta” oportunista. Sin embargo, la fidelidad no significa repetición. De hecho, la repetición traiciona lo más profundo de un pensamiento que se nutre de prácticas creativas, que no asigna la primacía a lo teórico-especulativo. Socialismo o Barbarie nos lega sobre todo una cierta forma de mirar, que se traiciona cuando se repite y se mantiene viva cuando se actualiza. Los análisis de Socialismo o Barbarie son de una riqueza extrema para pensar cierta experiencia de vida y de luchas: la experiencia de dominación y contestación del proletariado industrial. Pero aplicarlo sobre el presente supone dejar escapar su singularidad, potencia y novedad. Esto es, traicionarlo. La fidelidad a la experiencia de SouB no pasa por repetir sus análisis treinta años más tarde, sino por mantener su espíritu intrépido e independiente de pensamiento, por continuar la voluntad de desarrollar teorías conectadas a las prácticas políticas radicales.

El paisaje contemporáneo

¿Cómo van a ser válidos hoy en día los análisis de SouB? En ellos no se menciona la palabra precariedad, que marca hoy con un zarpazo la vida social entera, ni se considera la realidad masiva del desempleo, no como un intervalo entre dos trabajos, sino como una condición permanente de la vida del sujeto. La noción de red, otro ejemplo, está completamente ausente: el análisis gira en torno a las pirámides jerárquicas. El rasgo principal de la sociedad criticada por SouB era la burocracia, la división entre dirigentes y ejecutantes. No sólo en el lugar de trabajo (aunque quizá originada allí), sino también en el Estado, la escuela, en la familia, en la investigación, etc. La burocracia era la “práctica dominante” de la sociedad fordista, es decir, el modelo general de todas las formas de dominación social.

En ese sentido, SouB produce una descripción muy potente de su época y de sus contradicciones fundamentales: racionalización del trabajo que acaba generando mayor irracionalidad al no contar con los sujetos que trabajan, etc. Podemos respirar también el aire de la época leyendo a Althusser hablar sobre “aparatos ideológicos del Estado”, a Foucault analizar las “instituciones disciplinarias” o a Guy Debord radiografiar “la sociedad del espectáculo”. El modelo de todas esas formas de dominación es la imposición alienante de sentido total. Pero Estado, escuela, fábrica, hospital, psiquiátrico, familia… ¿son hoy moldes sólidos que formatean nuestra subjetividad? La burocracia, ¿cómo se reconfigura en la época de la acumulación flexible, la globalización, la sociedad-red? El espectáculo que describía Guy Debord como un poder que no admite réplica, simbolizado en la relación de un espectador con su televisión, ¿funciona hoy de la misma manera, cuando el espectador que consume pasivamente imágenes alienantes se ha convertido un navegante de la red de redes? Y el Estado, ¿sigue siendo soberano en la globalización? ¿es capaz hoy en día de producir principios, valores, realidad y no sólo cárceles y represión?

Las cosas se han complicado terriblemente. “Autonomía” es una palabra frecuente en los manuales contemporáneos de management, la lógica del beneficio ha fagocitado en buena medida los discursos críticos del 68 (Boltanski/Chiapello), ha puesto a trabajar los valores de creatividad, autonomía, realización, flexibilidad. La dominación no es clara y distinta (unos mandan y otros obedecen), sino que se organiza como manchas en la piel de un leopardo (Virno). Es decir, en el mundo actual podemos encontrar un mosaico de modalidades esclavistas de trabajo (los inmigrantes sin papeles, por ejemplo) junto a formas sofisticadísimas de automovilización (en el sector de la “nueva economía, sin ir más lejos). Un mosaico articulado en red gracias a las nuevas tecnologías de la comunicación y la información. No hay oposición tajante entre dominación y autonomía, entre el poder y la liberación de la creatividad. No hay un modelo de dominio, sino el mestizaje de todos los modelos históricos de opresión y explotación que ha conocido la historia. Incluida la burocracia, claro.

La fragmentación no es sólo un obstáculo o una incapacidad de los movimientos sociales para elaborar hipótesis globales de articulación. Los mismos movimientos sociales deliran cuando se piensan a sí mismos en términos de centros jerárquicos de sentido (toma del palacio de invierno, representación del proletariado, etc.). La fragmentación es un dato básico, de partida, que nos constituye. Es el suelo mismo que pisamos o, mejor aún, que se escapa incesantemente bajo nuestros pies. La sociedad no es “o bien autónoma o bien heterónoma” (como quizá podía juzgarse cuando la categoría de “totalidad” tenía un sentido efectivo e inmediato), sino un magma donde podemos hallar ambas cosas mezcladas, fragmentos de libertad, recodos de autonomía, situaciones de horizontalidad, etc. Esa mutación radical del paisaje que habitamos obliga a repensar también radicalmente las categorías que usamos para aprehenderlo. Romper muchas inercias. Inventarnos lentes nuevas.

La acción contemporánea

Creo que el pensamiento de Castoriadis sobre la naturaleza de la acción política quedó absolutamente marcado por la lucha del proletariado industrial contra la dominación burocrática (idéntica en muchos aspectos en el Este y en el Oeste). De alguna manera, el movimiento obrero sí cargaba “sobre sus espaldas” el problema de la institución general de la sociedad. ¿Por qué? Es una larga discusión: su centralidad en la estructura social y la forma misma de esa estructura, el alcance de su práctica política y de las instituciones que creaba, el carácter “integrado” de la sociedad que habitaba, etc. Lo cierto es que portaba una alternativa global de sociedad. Ya no, ha perdido la partida (Robert Castel). Pero si evaluamos las experiencias de lucha por contraste con la imagen-modelo del movimiento obrero nos perderemos su especificidad, su potencia, sus problemas reales. No rescataremos más que sus aspectos deficitarios con respecto a un deber-ser. Ésa es la impresión que me deja en mayor medida la lectura de los textos sobre luchas contemporáneas que escribió Castoriadis durante los años 80 y 90 (mucho más pobres que lo que podemos leer en Deleuze, Guattari o Foucault, que trataban de pensar esas luchas en inmanencia, sin modelo). El afecto que acompaña inevitablemente a esa mirada es la tristeza, aunque en el caso de Castoriadis despojada de huellas nostálgicas o de resentimiento (como en el caso de muchos post-situacionistas y otros).

Castoriadis elaboró sus nociones sobre la acción política transformadora o antagonista en condiciones de dominio burocrático generalizado que se trataba de desarreglar, romper, subvertir, agujerear e interrumpir para crear otras formas de existencia colectivas más allá. La crítica del 68 es anti-estatal, anti-jerárquica, anti-burocrática. Apuesta por la participación, el juego, la experimentación, la liberación de la creatividad, la realización, la comunicación. Se inscribe en una lógica de enfrentamiento muy fuerte: happening, teatro-guerrilla, disturbios callejeros, interrupción del orden, del sentido dominante. Los líderes más conocidos del 68 eran (entre otras cosas) maestros en el arte de la provocación: Dany Cohn-Bendit, Tom Hayden, Abbie Hoffmann, Jerry Rubin, Mark Rudd, René Riesel… Libertad era equivalente a liberación. Todo ese potencial de conflicto quizá resuena hoy en nuestros oídos con el sonido de los cacerolazos. Pero, ¿en qué sentido resuena? ¿cómo pensar debemos las similaridades y las discontinuidades?

En nuestras condiciones de vida, el consumo, la flexibilidad, la precariedad, la inseguridad o la saturación informativa no imponen un sentido (“rigideces”), sino que impiden cualquier construcción de sentido (y, por tanto, de carácter, que como decía Nietzsche alude a una “experiencia que se repite”). Funcionan a modo paródico de “desarreglo de todos los sentidos” rimbaldiano: desarreglan, rompen, subvierten, agujerean e interrumpen toda secuencia lineal, toda actividad a largo plazo, toda posibilidad de acumulación. Algo de eso percibió Castoriadis cuando empezó a analizar “el ascenso de la insignificancia” o “el mundo fragmentado”. Pero de manera muy superficial y unilateral, a mi juicio. Generalidades sin carne y hueso, sin el trabajo empírico que había caracterizado a SouB. No se analiza una “gran transformación”, sino sólo una “gran descomposición”: des-orientación social, des-interés por lo público, des-integración de los mecanismos de dirección, des-aparición del conflicto político, etc. La disolución de un mundo. La caída del Imperio Romano por implosión. El porvenir de barbarie predicho hacía tiempo por Castoriadis y sus compañeros si los hombres y las mujeres no luchaban por instituir el socialismo, la autonomía.

¿Y si finalmente el legado político más importante de Castoriadis es su legado filosófico, es decir, las categorías que aporta para pensar (entre otras muchas cosas) la historia como creación, el sujeto como autoorganización y el ser como multiplicidad? Nos toca a los demás verificar la potencia de esas categorías en el roce mismo con lo real histórico -y, por tanto, con las prácticas de transformación social.

Autonomía en 2005

El primer día de este encuentro se pasó el vídeo de una conferencia de Castoriadis aquí en Buenos Aires, en 1996. El vídeo transmitía una fuerza enorme. Aunque las conclusiones de Castoriadis sobre el presente eran pesimistas. No sin razón, estábamos en 1996, en plena época de “conformismo generalizado”, como llamó Castoriadis al proceso de neutralización de lo político tras el 68, el reflujo de despolitización, privatización y “contrarrevolución” que solemos identificar con los gobiernos Thatcher-Reagan.

¿Podemos anunciar que esa época se ha acabado? ¿que ha sido pulverizada por la irrupción del movimiento global, es decir, de la proliferación de luchas que cuestionan la hegemonía del neoliberalismo y construyen “otros mundos posibles”? En absoluto. Seattle, Génova, Argentina, Bolivia… no representan un nuevo 68. El hilo rojo que enlaza a través del planeta distintas experiencias no asume la forma de un movimiento articulado. No es un acontecimiento que cierre una fase (el “desierto que crece”) y abre una secuencia completamente nueva y progresiva de acumulación de fuerzas. No es posible pensarlo así. Más bien habría que pensar en términos de resonancias (como dicen los zapatistas), extraños ecos, parentescos insólitos, reactualizaciones constantes, “rastros de carmín” (Greil Marcus). En ese común difuso que comparten las distintas experiencias más radicales (en el sentido de “ir a la raíz”) encontramos desde luego las significaciones de autonomía y horizontalidad, como valores, como principios, como horizonte, como nombre otorgado por las propias experiencias a una serie de comportamientos colectivos, políticos. Pero se reactualiza la noción de autonomía en un contexto completamente cambiado. Por tanto, su significado efectivo cambia. Nos perderemos eso si simplemente vemos la historia de la modernidad como una lucha entre Capitalismo y Autonomía (como significados dados) en épocas sucesivas.

No hay cambio epocal, porque podemos rastrear elementos fortísimos de continuidad: privatización, despolitización, neutralización del conflicto político. Sin embargo, se abren nuevas “brechas” (por utilizar el término que Castoriadis empleó para hablar de mayo del 68 en Francia) en el muro del conformismo generalizado. ¿Se han “cocinado” esas fisuras durante los años más oscuros de las últimas décadas? A partir de ahí, podría hacerse una relectura del pasado que cuestionase el poder omnímodo de la privatización y el conformismo durante cierta época. Quizá durante los años 70, 80 y 90 se dieran transformaciones subjetivas en la percepción de la ciudad, la comunidad, la lucha política, el trabajo, el consumo y la educación que funcionaran como gérmenes (por usar otra palabra del gusto de Castoriadis) de lo que ahora se elabora colectivamente e irrumpe en la superficie social. Creo que no podemos entender las significaciones de las luchas contemporáneas sin atender a esa mutación antropológica de las últimas décadas.

En este vacío contemporáneo de significaciones, la experiencia argentina es altamente inspiradora y estimulante, porque precisamente se da ahí una lógica de construcción de nuevos vínculos, nuevas formas de pensar, hacer y decir. La libertad no es sólo liberación, sino asociación, recreación de lazo social, despliegue de una lógica de cuidados. No se agota en el “No”, sino que afirma una construcción de redes alternativas, de nueva subjetividad, de otras modalidades de autoayuda colectivas. No pivota en torno al “anti”, inventa una “nueva geometría de la hostilidad” (Virno) en la que el Estado puede ser un recurso o un interlocutor, no sólo un enemigo que nos define a la contra. En Europa (hablo muy en general) la acción política sigue más pegada a la lógica del enfrentamiento, la visibilización, la denuncia, la reinvindicación. Expresa un “No” que aún no sabe bosquejar un “Sí” encarnado en experiencias alternativas, contrapoderes, etc.

Ahora bien, ese “No” (“no a la guerra”, por ejemplo) también nos ha permitido ver a su trasluz una afirmación previa, redes de sociabilidad difusas (afinitarias, éticas, estéticas, existenciales) que se politizan de pronto. No partimos de la nada, sino de un “nosotros dislocado” (Precarias a la deriva). Es decir, ya no pertenecemos de entrada a estructuras sólidas de sentido (movimiento obrero, nación, Partido, etc.). No hay un “nosotros” previo que “liberar”. Estamos “conectados” a distintas redes, frágiles, efímeras, muy ambivalentes. El “nosotros” es un proyecto o una apuesta, no una herencia. No deberíamos pensar el proceso de reconstrucción de lo “común” como el “remake” con nuevo decorado y protagonistas (la multitud, el precariado, los excluidos) de la experiencia de autocreación del movimiento obrero (que se dio igualmente en condiciones de dispersión muy fuertes). Ese imaginario funciona como bloqueo, nos obliga a pensar el presente como reedición del pasado. Nos vuelve a someter a la primacía de lo teórico-especulativo. Y como decía Lenin, la historia no reconstruye los platos rotos.

En ese sentido, conviene asumir hasta el fondo la -sana pero problemática- disolución de todo centro jerárquico de sentido y, por tanto, de cualquier respuesta fácil sobre el problema de la institución global de la sociedad. El problema de la articulación política (entre distintas experiencias alternativas, en relación con las instituciones) está abierto. Es un problema crucial (como se ve en Venezuela, en Bolivia, etc.). Entre la tentación centralista y la tendencia “natural” a la dispersión, ¿qué formas de vínculo, intercambio y cooperación pueden darse? Una vez abandonado el imaginario del universal-modelo, ¿puede refundarse un nuevo universalismo emancipador, concreto y situado, que no funcione mediante el formateo de las diferencias, sino mediante el contagio trasversal del ejemplo?

Y, ¿por dónde vendrán las nuevas formas de politicidad? ¿serán reinvindicación de derechos negados, conciencia de la nueva explotación, encarnación de la potencia del trabajo inmaterial hegemónico, expresión del malestar difuso que recorre lo social? A veces pensamos por comodidad que las viejas formas de politización surgían en la “toma de conciencia” de la explotación, del lugar que ocupaba uno en la estructura social asimétrica. La obra de Castoriadis demuestra abundamente hasta qué punto este planteamiento es pobre. La autocreación del movimiento obrero es una obra portentosa de elaboración colectiva de la experiencia (Thompson), transformación social y creación cultural (Castoriadis). La “toma de conciencia” explica muy poco, a pesar de lo que creyera el marxismo más reduccionista. Hay que mirar más bien la producción de formas de vida, de deseos colectivos, de valores, de historias e imaginario alternativo. De otra manera no entenderemos nada. Nos quedaremos en lo ideológico. Juzgaremos a los movimientos sociales por su conciencia y no por su práctica efectiva. Creo que sigue siendo perfectamente pertinente esa aseveración que hizo Castoriadis durante los años 70: «la transformación de la sociedad, la instauración de una sociedad autónoma, implica un proceso de mutación antropológica que, evidentemente, no podía y no puede completarse ni única ni centralmente en el proceso de producción. O bien la idea de una transformación de la sociedad es una ficción sin interés, o la contestación del orden establecido, la lucha por la autonomía, la creación de nuevas formas de vida individual y colectiva invaden e invadirán en lo futuro (conflictiva y contradictoriamente) todas las esferas de la vida social».

Ayer mismo estuve en una discusión entre experiencias alternativas de educación, de comunicación, de producción y de pensamiento. Me sorprendió mucho. Alguien que viene de Europa podría pensarse que la ola del 19/20 está en absoluto reflujo. Por tanto, espera encontrarse tristeza por doquier, un sentimiento de impotencia y carencia (“lo que fuimos y ya no somos”). Sin embargo, me sorprendió la capacidad de toda esta gente de estar pensando qué arma y que desarma hoy las experiencias de autonomía, en la nueva situación que nombramos “Kirchner”. Una situación (por lo que entiendo) de relativa hegemonía cultural del gobierno, trabajada mediante una política de gestos simbólicos con escaso alcance material (como en España con Zapatero). En esa situación, ¿cómo oponerse a la tristeza y la marginación y seguir pensando, seguir conectando núcleos activos aunque minoritarios de resistencia?

Castoriadis describía la democracia como un régimen político “trágico”. Trágico, porque histórico. La historia no es el relato de la victoria progresiva de algún Sujeto (clase obrera o multitudes) que camina sin verdaderos extravíos hasta la reconciliación final, la victoria. Volvemos al principio: si la historia es creación, también es destrucción. Crisis, calamidades, derrotas, pérdidas. Durante años, se han manejado distintas ilusiones deterministas sobre la historia entre los movimientos políticos. “Bien está lo que bien acaba”, venían a decir. ¿Puede darse una esperanza que no pase por mantener ilusiones sobre el futuro? El historiador Christopher Lasch rastreó entre los movimientos “populistas” norteamericanos (movimientos de artesanos fundamentalmente, que defendían su autonomía frente al poder financiero y estatal) la presencia de una esperanza “trágica”, que encuentra apoyo más en el pasado que en el futuro. Una esperanza que funciona como motor en el presente, que incita a perseverar. Debemos conservar esa esperanza, esa confianza en los poderes de la imaginación humana, sin necesidad de creer que vamos a favor de la corriente, sin ilusiones. Porque, como se ha dicho, quien vive en la ilusión al final acaba muriendo en la decepción.

Edición digital de la Fundación Andreu Nin, agosto 2006

Marxism, War and Revolution. Trotsky and the POUM (Andy Durgan, 2006)

First published in Revolutionary History, Volume 9, nº2, 2006.

THE Spanish Revolution marked the end of a cycle that began with the Russian revolution of 1917. The scope and complexity of the social experiments that took place in the first months of the Spanish Civil War were even more far reaching than in Russia 19 years before. The defeat of the Spanish Republic was a massive blow to the international working-class movement, a defeat that has to be seen in the context of the rise of fascism and Stalinism on a world scale and the burying of the hopes of human liberation that had been ignited by the events in Russia in 1917. The experience and lessons of the Russian revolution run through the writings of Leon Trotsky, who from exile, hounded and slandered by his capitalist and Stalinist enemies alike, was trying desperately to reorganise the scattered forces of revolutionary Marxism.

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Los primeros comunistas en España (Víctor Alba, 1973)

Se reproducen a continuación una nota del autor y los capítulos primero y segundo del libro de Víctor Alba Historia del BOC y del POUM. El marxismo en España 1919-1939 (B. Costa Amic editor, México, 1973). Edición digital de la Fundación Andreu Nin de 2002, autorizada por el autor.

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Memoria d´un Febrer del 36: un cartell i una traveta (Víctor Alba, 2003)

Avui. 24/02/2003.
Feia gairebé un mes que havia arribat als vint anys. Em faltava poc per acabar la carrera -dret-, treballava de redactor a Última Hora, diari de la tarda, i militava a les joventuts del POUM, format poc abans en unir-se el Bloc Obrer i Camperol dirigit per Joaquim Maurín i l’Esquerra Comunista d’Andreu Nin.

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