Orwell en España (Miquel Berga, 2003)

Prólogo al libro recopilatorio Orwell en España (“Homenaje a Cataluña” y otros escritos sobre la guerra civil española), Barcelona, Tusquets editores, 2003. Reproducido con permiso del autor para la Fundación Andreu Nin.

“Orwell en España” es un libro que aparece oportunamente en el año del centenario Orwell. Su oportunidad, sin embargo, va mucho más allá de la simple conmemoración de una efemérides literaria. Este volumen es importante en varios sentidos. En primer lugar porque pone a disposición del lector en lengua castellana el conjunto de escritos orwellianos directamente relacionados con nuestra guerra civil seleccionados por Peter Davison entre los veinte volúmenes de su impecable edición de la obra completa de George Orwell. Estamos pues, ante una edición fiable y del mayor rigor académico, una condición acaso indispensable para aproximamos a la obra de uno de los autores más controvertidos del siglo xx. En segundo lugar; “Orwell en España” supone la aparición de una obra central en el canon orwelliano, “Homenaje a Cataluña”, publicada ahora por primera vez en España sin las supresiones y cambios impuestos por la censura franquista (inoperante, por supuesto, con el antiestalinismo de Orwell pero muy efectiva con su antifranquismo) (1). Que para conseguirlo hayan tenido que pasar 65 años desde la primera edición inglesa de “Homage to Catalonia” y 28 años de la muerte del general Franco provoca cierto rubor con relación al mundo editorial peninsular: y no se acaban aquí las buenas noticias. Esta edición presenta el texto de “Homenaje a Cataluña” fijado por Peter Davison en 1986, a partir de las indicaciones que Orwell dejó para una posible segunda edición inglesa e incorporando las recomendaciones del autor a su traductora al francés, Yvonne Davet, cuya versión publicó finalmente Gallimard en 1955 (ver pág. 390). La revisión más significativa tiene que ver con la voluntad de Orwell de colocar los capítulos V y XI de la primera edición como apéndices al final de la narración. Son éstos los dos capítulos dedicados más directamente a dilucidar el embrollo político y las controversias entre las distintas facciones que acabaron en el enfrentamiento librado por las calles de Barcelona durante los primeros días de mayo de 1937. Una segunda Semana Trágica barcelonesa que acabó por convertirse en una guerra civil dentro de la guerra civil y que tuvo funestas consecuencias para la unidad de acción en las filas republicanas. La recolocación de estos capítulos fuera del hilo narrativo de “Homenaje a Cataluña” demuestra hasta qué punto Orwell sentía la preocupación de evitar que la denuncia política traicionase sus instintos literarios. El futuro autor de “Animal Farm” [Rebelión en la granja] y “Mil novecientos ochenta y cuatro” era muy consciente de que para conseguir audiencia, para ser un testimonio escuchado, la escritura política es especialmente eficaz cuando consigue adaptarse a las estrategias narrativas de lo literario. En otras palabras, a menudo el efecto de realidad y veracidad de la experiencia sólo se consigue activando los mecanismos narrativos propios de la ficción. Fusionar arte y política fue, para muchos en los años treinta, un proyecto estético primordial. Pocos lo consiguieron.

El conjunto de textos agrupados en Orwell en España permite examinar el alcance de la experiencia española del escritor en relación con su proyecto literario y la concreción de sus posiciones políticas. Sin embargo, la inclusión de “Homenaje a Cataluña” como texto central de esta recopilación parece proponer al lector un ejercicio sumamente interesante: la lectura de un relato acompañado de múltiples posibilidades de verificación. Eric Blair; un miliciano que participa en diversos episodios de la guerra civil decide narrar sus experiencias usando su “nom de plume” habitual, George Orwell, en un libro que participa, inevitablemente, del género autobiográfico, de la literatura de viajes y de los relatos de guerra. El autor organiza sus materiales y da forma a su relato a través de un yo narrador -un artefacto discursivo astutamente construido- que nos ofrece la típica secuencia del “bildungsroman”, un viaje desde la inocencia a la experiencia. El narrador que sale de España por Port-Bou es, en su visión política, un hombre profundamente cambiado por la experiencia del viaje, un hombre distinto al que cruzó la frontera el año anterior. El inicial ardor antifascista sin matices debe, obligado por la experiencia personal, conllevar una activa militancia antiestalinista. La lucha está en dos frentes; el monstruo tiene dos caras. Ahora bien, el libro (¿reportaje?, ¿autobiografía?, ¿novela histórica?) que Orwell publica a su regreso de Barcelona y del frente de Aragón se nos presenta, en esta edición, rodeado de documentos (correspondencia personal, escritos periodísticos, críticas de otros libros sobre la guerra civil…) que no tienen, por definición, vocación de género literario. Así pues, el lector de “Orwell en España” dispone de la posibilidad de contrastarlas peripecias contadas por el narrador de “Homenaje a Cataluña”, en un discurso literario, con la voz no literaria de su autor. Veamos, con más detalle, algunas de estas cuestiones.
España como experiencia formativa

Cuando estalla la guerra civil Orwell acaba de cumplir 33 años y está culminando un peculiar proceso de expiación ideológica por los cinco años de servicio en la policía imperial británica en la antigua Birmania. El escritor, hijo de un funcionario, nace en Motihari (Bengala) en 1903. Al año siguiente, la madre y el niño fijan su residencia en Inglaterra. Los Blair quieren garantizar a su primer hijo varón una educación adecuada en la metrópolis, una pretensión que culmina con su paso por el elitista colegio de Eton, que supone un pasaporte de garantía para acceder a la educación universitaria en Oxford o Cambridge. Sin embargo, y contra todo pronóstico, el joven Orwell opta por alistarse en la policía imperial y emprende, a los 19 años, el largo viaje hacia Birmania donde pasará cinco años viviendo, en primera línea, los mecanismos represivos sobre los que se sostiene el proyecto imperial de Su Majestad.

Asqueado y culpabilizado por esa primera experiencia formativa, Orwell abandona la policía imperial y regresa a Europa con el firme propósito de redimir su involuntaria complicidad con las formas de explotación del hombre por el hombre. Decide convertirse en escritor y, inspirado en buena medida por los reportajes sociales de Jack London, pretende explorar los estratos más desfavorecidos de la sociedad. Literalmente disfrazado de vagabundo frecuenta las casas de caridad de Inglaterra y sobrevive lavando platos en el barrio latino de París. El relato de estas experiencias es la base de “Down and Out in Paris and London” [Sin blanca por París y Londres, 1933] que supone la publicación de su primer libro y la adopción del seudónimo George Orwell. Simultáneamente, el escritor ha estado trabajando en su primera novela, “Burmese Days” [La marca, 1934] donde proyecta su crítica de los males inherentes al imperialismo. Durante los primeros meses de 1936, por encargo de su editor, investiga las condiciones de vida de los mineros en el norte industrial de Inglaterra. El manuscrito de esta segunda «inmersión» de Orwell entre las clases explotadas está listo en diciembre para ser incluido como «libro del mes» en la popular colección de concienciación izquierdista, Tbe Lefi Book Club. Pero, a pesar de eso, su ciclo expiatorio y formativo no ha concluido. Como el mismo Orwell rememora años más tarde, su vivencia de la pobreza y el “lumpenproletariat” urbano en el mismo corazón del imperio aumenta su repugnancia por el sistema que lo tolera. Si Birmania le ha servido para comprender la naturaleza del colonialismo, el contacto con los mineros le ha hecho plenamente consciente de la condición de la clase trabajadora. Sin embargo, escribe Orwell, «estas experiencias no fueron suficientes para darme una orientación política definida». Va a ser su inmersión en las milicias populares españolas lo que, finalmente, cristalizará en un proyecto ideológico y literario que coincide con su madurez creativa. “The Road to Wigan Pier” [El camino a Wigan Pier, 1937] aparecerá meses más tarde, pero el escritor ya ha decidido venir a luchar al lado de los trabajadores españoles en su intento de salvar la República y detener el fascismo. El día después de Navidad de 1936, Orwell llega a Barcelona.

Fácilmente irritable ante las gesticulaciones izquierdistas del radicalismo intelectual de su país, Orwell viaja a España con la clara predisposición de resultar útil a la causa común que propugnan los partidos comunistas y que se articula en los gobiernos frente-populistas de los años treinta. Por esta razón no duda en buscar credenciales para su experiencia española en la sede del partido comunista de Gran Bretaña. Sin embargo, Harry Pollitt, el entonces secretario general del partido, conoce indirectamente las críticas contra los acomodados intelectuales marxistas que Orwell vierte en la segunda parte de “El camino a Wigan Pier”, aún pendiente de publicación, y probablemente intuye en Orwell una insuficiente inclinación hacia la ortodoxia. Se limita, pues, a advertirle sobre el terror anarquista que vive España y no le facilita credenciales del partido comunista aunque le sugiere que obtenga un salvoconducto de la embajada española en París. Finalmente, Orwell acude a las oficinas del ILP (Independent Labour Party),ya que conoce a algunos de sus miembros. Fenner Brockway (2) le da cartas de recomendación para miembros de su organización que ya están en Barcelona cooperando con el Partido Obrero de Unificación Marxista (POUM), que consideran próximo a sus posiciones. Una vez resueltas las cuestiones burocráticas, Orwell se apresura a emprender el viaje dispuesto a atravesar la frontera española», un accidente político y geográfico que se ha convertido, en el imaginario de la izquierda británica del momento, en un “topos” iniciático, en el test irrenunciable para la conciencia moral de una generación.

Como en el verso de Auden, para muchos «la acción es urgente y clara su naturaleza» y la situación española parece sugerirlo diáfanamente. El lenguaje orwelliano, en los escasos documentos conservados de los días de su viaje a España, traduce la situación de manera característica a los que le preguntan por sus motivos: «Bueno, después de todo no debe haber tantos fascistas en el mundo: si cada uno de nosotros consigue matar a uno de ellos…», «Voy a España, claro. Alguien debe ocuparse de parar el fascismo». Durante el día que pasa en París para recoger papeles del consulado español realiza una visita a Henry Miller. Aunque sus obras literarias reflejan preocupaciones muy dispares, los dos autores se profesan admiración mutua. A!fred Pèrles, el devoto secretario de Miller; registra el encuentro (3). Al parecer, Orwell comunica a Miller su objetivo de ir a España a «matar fascistas» y le echa un sermón acerca de la necesidad imperiosa y el deber moral de los escritores de sumarse a la lucha armada contra el fascismo dadas las circunstancias. Probablemente alarmado y preocupado por la integridad física de su colega, Miller intenta sacarle esas ideas de “boy-scout” de la cabeza y procura hacerle entender que difícilmente su acción individual pueda cambiar el curso fatal de la historia. Miller; con franqueza, le da su opinión: «Ir a España en este momento es el acto de un idiota». Orwell insiste y Miller se rinde: le obsequia con un abrigo de pana como su «contribución personal a la causa de la República Española». A!fred Pèrles se apresura a aclarar que Miller hubiera regalado el mismo abrigo a cualquier escritor; aunque pretendiera ir a luchar al lado de Franco.

Una vez en Barcelona, Orwell entrega su carta de recomendación a John McNair con el que establece una inmediata buena sintonía. McNair es el representante del ILP en la ciudad y el encargado de coordinar las ayudas británicas al POUM. McNair designa al joven periodista local Víctor Alba, para que le muestre los atractivos turísticos de la ciudad en el invierno del 36: los lugares clave de la resistencia del 19 de julio, los restaurantes colectivizados, los lujosos hoteles convertidos en sedes de los partidos, etc. Orwell siente vértigo ante el calidoscopio de siglas incomprensibles de las organizaciones políticas y sindicales: PSUC, POUM, FAI, CNT, UGT, JCI, JSU, AIT… Tiene la impresión de que España sufre una «epidemia de iniciales». Llega a Barcelona pensando que «tomar partido» consiste simplemente en unirse a la lucha contra Franco en nombre de la civilización y la honradez. Cuando después de las Jornadas de Mayo de 1937 se ve forzado a escapar de Cataluña, Orwell ha aprendido que las siglas en tu carné no son baladíes. Pueden resultar una cuestión de vida o muerte. Por eso, en una reflexión posterior, afirma: «Un miliciano era un soldado que luchaba contra Franco, pero también un peón en la titánica lucha que
se estaba librando entre dos teorías políticas» (4).

En cualquier caso, Orwell se alista rápidamente en las milicias del POUM «porque en aquel momento y en aquella atmósfera parecía lo único razonable» (5) y después de una breve «instrucción militar» en el cuartel Lenin sale con una columna de milicianos hacia el frente de Aragón. Entre enero y abril de 1937 Orwell hace «vida de trincheras» en un sector de relativa calma: primero en las posiciones de Monte Trazo y Monte Pocero cercanas a Alcubierre y semanas más tarde en la Granja de Monflorite, a unos cuatro kilómetros de Huesca que se alza «pequeña y transparente como una ciudad de casas de muñecas» (6). A finales de abril obtiene un permiso para reunirse con su esposa en Barcelona y a los pocos días de estar en la ciudad «comenzaron los problemas» (7). Orwell se encuentra de lleno con los enfrentamientos callejeros que se inician el 3 de mayo después del ataque de los guardias de asalto al edificio de la Telefónica, hasta entonces controlado y gestionado por la CNT. Según el testimonio de Enric Adroher; Gironella, miembro de la ejecutiva del POUM, Orwell y otros ingleses al ver la situación en las calles fueron a ponerse a disposición de la ejecutiva en sus locales en la parte alta de las Ramblas. Gironella, con muchos quebraderos de cabeza en medio de la tensión, decide «sacarse de encima» a los ingleses enviándolos a la terraza del actual Teatro Poliorama, al otro lado de la Rambla, desde donde podrían, si era necesario, defender los locales del partido. Después de tres días y tres noches de vigilancia, casi sin dormir y entretenidos con la lectura de libros de la editorial Penguin, Orwell y sus compañeros acuerdan regresar a los locales de la ejecutiva para saber qué diablos ha estado pasando en la ciudad. Gironella les da las explicaciones pertinentes sin mencionar que «me había olvidado completamente de Orwell, los ingleses y la terraza del Poliorama» (8).

A pesar de la situación que ha vivido en Barcelona, de la evidente brecha que se ha abierto entre dos concepciones sobre la naturaleza de la revolución y sobre la mejor estrategia para vencer a Franco, Orwell regresa a sus posiciones en el frente de Aragón. Diez días más tarde «una bala perdida» le atraviesa el cuello y le deja con una cuerda vocal inutilizada. Después de recibir las primeras atenciones y de pasar por los hospitales de Siétamo, Barbastro y Lérida lo trasladan, finalmente, al Sanatorio Maurín, de nuevo en Barcelona. Allí comparte habitación un par de noches con el poumista Ramón Fernández Jurado que lo recordaba como «una persona poco comunicativa con un aparatoso vendaje en el cuello. Un tipo antipático» (9). Sin embargo, aquellos mismos días Orwell escribe a Cyril Connolly algunas de las frases más cálidas hacia las gentes
del POUM: «He visto cosas maravillosas y por fin creo en serio en el socialismo… En general aunque siento no haber visto Madrid, me alegro de haber estado en un frente relativamente poco conocido, entre anarquistas y gente del POUM en vez de entre brigadistas, como habría sido el caso si hubiera venido a España con credenciales del PC y no con las del ILP» (10). Entretanto, las consecuencias políticas de las Jornadas de Mayo se precipitan: el dirigente del POUM, Andreu Nin ha sido secuestrado, el partido ha sido declarado ilegal y sus líderes más destacados están en prisión. Después de muchas peripecias, Orwell su esposa y otros dos ingleses, todos con documentación del POUM, consiguen abandonar Cataluña sin ser detenidos por la policía del nuevo orden impuesto.

Ahora bien, el lector de “Orwell en España” se dará cuenta fácilmente de la existencia de las características paradojas orwellianas en relación con el POUM. Según su propio testimonio, pasa el tiempo en Aragón deseando incorporarse a las Brigadas Internacionales en el frente de Madrid y no sólo para poder estar en un frente más activo; como él mismo explica: «Es fácil entender por qué prefería yo entonces el punto de vista comunista al del POUM. Los comunistas tenían una actitud práctica concreta, una actitud que sin duda era mejor desde el punto de vista del sentido común, que sólo se fija objetivos a corto plazo. Y la política cotidiana del POUM, su propaganda, etc., era increíblemente nefasta; de no haberlo sido, a buen seguro, habrían atraído a muchos más seguidores. Lo que empeoraba las cosas era que los comunistas -eso me pareció por lo menos- seguían adelante con la contienda, mientras que nosotros y los anarquistas estábamos estancados. Tal era la impresión general que había entonces. Los comunistas habían adquirido poder y un considerable incremento de su militancia en parte animando a las clases medias contra los revolucionarios, pero en parte también porque parecían los únicos capaces de ganar la guerra. Las armas rusas y la impresionante defensa de Madrid por contingentes formados básicamente por comunistas habían hecho de ellos los héroes de España. Como alguien dijo, cada avión ruso que nos sobrevolaba era propaganda comunista. En cambio, aunque entendía la lógica del purismo del POUM, me parecía un poco inútil, pues a fin de cuentas, lo que realmente importaba era ganar la guerra [. ..] Por el momento tenía que quedarme donde estaba, pero le decía a todo el mundo que cuando me fuese de permiso me pasaría a la Columna Internacional lo que significaría ponerme a las órdenes de los comunistas» (11). Ésta es la posición de Orwell antes de los hechos de mayo en Barcelona. Pero aquello cambia su percepción, y cuando el POUM es declarado ilegal lamenta no haberse afiliado formalmente al partido en su día y se convierte en un defensor tan acérrimo como sutil de aquella «causa perdida».

Incluso después de la publicación de “Homenaje a Cataluña” Orwell pondera su valoración del partido de Andreu Nin: «En realidad he retratado al POUM con más simpatía de la que sentía, porque siempre les dije que estaban equivocados y en ningún momento quise afiliarme al partido. Pero tuve que retratarlos con toda la simpatía posible, porque en la prensa capitalista nadie les hacía caso y en la de izquierdas sólo se escribían calumnias sobre ellos. La verdad es que, teniendo en cuenta el desarrollo de los acontecimientos en España, creo que había algo sustancioso en lo que decían, aunque es indudable que su forma de decirlo era muy tediosa y provocadora»  (12). Pero a pesar de estas consideraciones y de los escasos actos «de comunicación» con los poumistas catalanes ésta es la experiencia decisiva en la vida y la obra de Orwell. Su interés por la guerra civil le acompaña hasta los últimos años de su vida y aún, en el último documento que se recoge en “Orwell en España”, resuena su afecto y preocupación por el pueblo español. Comentando la edición inglesa del libro de Barea “La llama”, dice en 1946: «Para ellos [los españoles] la guerra no fue un juego, como lo fue para los “escritores antifascistas” que celebraron un congreso en Madrid y fueron de comilona en comilona mientras la ciudad se moría de hambre. El señor Barea asistía con impotencia a las intrigas de los comunistas extranjeros, a las payasadas de los visitantes ingleses y a los padecimientos del pueblo madrileño-, y lo veía todo con el creciente convencimiento de que iban a perder la guerra» (13). Igualmente significativo es que pocos meses antes de morir; ya rico y famoso gracias al éxito de “Animal Farm” [Rebelión en la granja], pero enfermo y postrado en cama-, muestra su afecto personal y ofrece su apoyo económico a viejos camaradas poumistas en el exilio que han organizado en París la Federación Española de Internados y Deportados-, según consta en las cartas a Jordi Arquer de 22 de junio y 28 de julio de 1949 que no figuran en las “Obras Completas” pero que se pueden encontrar en el Archivo Arquer del Centro de Estudios Históricos Internacionales (CEHI) de la Universidad de Barcelona.

En cuanto a los vestigios de la experiencia española en la obra literaria de Orwell bastará señalar algunos de los ecos más evidentes que pueden hallarse en su novela más celebre, “Mil novecientos ochenta y cuatro”, y que el lector atento encontrará en los textos reunidos en el libro que tiene en sus manos. Veamos algunos de los más significativos. De entrada, la necesidad misma de escribir un reportaje escrupuloso sobre los hechos vividos en España por el autor para dificultar la tarea de los que intentan «re-escribir el pasado» anticipa la misma operación que, en la ficción, realiza Winston Smith, el protagonista de “Mil novecientos ochenta y cuatro”, escribiendo un diario personal como acto de resistencia contra la manipulación de la información «oficial» en un régimen totalitario. En la novela de Orwell se describe un régimen basado en la alteración constante del pasado y que dedica a esa ingente labor un ministerio específico llamado -irónicamente, por supuesto- Ministerio de la Verdad. Cuando Orwell reflexiona sobre su experiencia española podemos ver hasta qué punto él siente que «ya» ha vivido bajo esta supuesta ficción. En su ensayo «Recordando la guerra civil española» (14) aparecen fragmentos que parecen sacados de la novela: «… que es característico de nuestro tiempo es la renuncia a la idea de que la historia podría escribirse con veracidad […] El objetivo tácito de esta argumentación es un mundo de pesadilla en el que el Jefe o la camarilla gobernante controla no sólo el futuro, sino también el pasado. Si el Jefe dice de tal o cual acontecimiento que no ha ocurrido, pues no ha ocurrido, si dice que dos y dos son cinco-, pues dos y dos serán cinco». Y más adelante; «… pero en España vi por primera vez noticias de prensa que no tenían ninguna relación con los hechos, ni siquiera la relación que se presupone en una mentira corriente. Vi informar sobre grandiosas batallas cuando apenas se había producido una refriega y silencio absoluto donde habían caído cientos de hombres. Vi que se calificaba de cobardes y traidores a soldados que habían combatido con valentía, mientras que a otros que no habían visto disparar un fusil en su vida se los tenía por héroes de victorias inexistentes; y en Londres vi periódicos que repetían estas mentiras e intelectuales entusiastas que articulaban superestructuras sentimentales alrededor de acontecimientos que jamás habían tenido lugar». Orwell, educado en la tradición liberal inglesa del “fair play”, constata los mecanismos del estado totalitario que en la novela toman nombres como «neohabla» o «Policía del pensamiento» y que son, exactamente, los que vive como poumista en la Barcelona posterior a las Jornadas de Mayo de 1937: «Todo el tiempo teníamos la odiosa impresión de que cualquiera que hasta entonces había sido amigo nuestro podía estar denunciándonos a la policía secreta. […] Nadie que estuviera entonces o los meses que siguieron podrá olvidar el horrible clima generado por el miedo, la sospecha, el odio, los periódicos censurados, las cárceles atestadas, las larguísimas colas de la compra y los grupos armados que recorrían las calles». Son, sin duda, imágenes premonitorias de las sociedades totalitarias que pronto se impondrían en casi todo el mapa de Europa.

El lector de “Orwell en España” va a encontrar numerosos comentarios que anuncian sus formulaciones satíricas de la disputa entre los sistemas totalitarios y la coincidencia en sus métodos de represión y que, en “Mil novecientos ochenta y cuatro”, van a configurar las teorías de los superestados y los imperialismos rivales: «El fin lógico [del comunismo español] es un régimen sin partidos ni prensa de oposición y con todos los disidentes de cierta importancia entre rejas. Un régimen así será fascista, por supuesto […] Y orquestado por comunistas y liberales-, recibirá otro nombre» (15). A su regreso a Inglaterra-, Orwell describe a un amigo la situación en Cataluña en estos términos; «Es un auténtico reino de terror, la imposición del fascismo con la excusa de resistir al fascismo, centenares de personas que pasan meses sin juicio, periódicos prohibidos, etc., etc. Lo más repugnante es la manera en que la llamada prensa antifascista inglesa lo está encubriendo» (16). Décadas más tarde, los ciudadanos de la antigua Checoslovaquia, víctimas de estas perversiones de la ideología, tradujeron las precoces denuncias de Orwell en un chiste popular; «Bajo el capitalismo, el hombre explota al hombre, sin embargo bajo el comunismo es exactamente al revés».

Los periodistas e intelectuales que evitan denunciar lo evidente en España se convierten en las elites intelectuales que adulan al Gran Hermano y que se acomodan a las exigencias propagandísticas del partido. Las críticas de 0rwell en “Homenaje a Cataluña” al periodista del “News Chronicle”, John Langdon-Davies, por su versión de los enfrentamientos de mayo, o los duros ataques posteriores al poeta W. H. Auden a propósito de su poema “Spain”, reflejan la desconfianza de 0rwell hacia la “intelligentsia” y están implícitas en este fragmento de “Homenaje a Cataluña”: «En todas las contiendas pasa lo mismo: los soldados combaten, los periodistas vociferan y ningún superpatriota se acerca jamás al frente, salvo cuando hay una brevísima gira de propaganda. A veces me consuela pensar que la aviación podría cambiarlas condiciones de la guerra. Es posible que cuando estalle el siguiente conflicto bélico internacional asistamos a un espectáculo sin precedentes en toda la historia: un superpatriota con un balazo» (17). 0rwell, en fin, regresa de España con algunos recuerdos imborrables que encuentran formulaciones precisas en su obra de ficción. Van desde fobias físicas como la que el autor siente por las ratas en las trincheras de Aragón y que se convierten en la tortura definitiva para «romper» la resistencia de Winston Smith, a la formulación de su fe en la capacidad de lucha de los trabajadores a pesar de todas las traiciones porque «La lucha de la clase obrera es como una planta que crece. La planta es ciega y sin seso, pero sabe lo suficiente para estirarse sin parar y subir hacia la luz, y no cejará por muchos obstáculos que encuentre» (18). Esta afirmación de esperanza, de resistencia casi animal, es la que resuena en la desolación de “Mil novecientos ochenta y cuatro”: «Si hay alguna esperanza, está en los proles». Y de su precipitada huida de Cataluña, 0rwell se lleva, por supuesto, el recuerdo angustioso de la desaparición de Andreu Nin. Es la idea del disidente, sometido a la torpeza de unos torturadores, agentes estalinistas, que, como ahora sabemos con certeza histórica, al ser incapaces de quebrantar su resistencia y de conseguir una confesión pública para demostrar su «curación», sólo saben asesinarlo y esconder miserablemente su cadáver. La memoria de Nin, así como sus propias e infructuosas pesquisas para saber el paradero de sus compañeros desaparecidos, Georges Kopp y Bob Smillie, son para 0rwell el referente más cercano para describir los «vaporizados» o «nopersonas» que constituyen conceptos básicos del ficticio régimen de “Mil novecientos ochenta y cuatro”.
“Homenaje a Cataluña”: testimonio histórico y estrategias textuales

“Homenaje a Cataluña” constituye el texto central de “Orwell en España”. El reportaje de Orwell sobre sus vivencias en Barcelona y el frente de Aragón ha conseguido, con el paso de los años, convertirse en uno de los libros más valorados del autor y formar parte de la memoria cultural de aquella guerra civil. Contra múltiples obstáculos y un cúmulo de circunstancias adversas, el libro de Orwell se mantiene como uno de los testimonios más escuchados y respetados del conflicto. Entre las innumerables batallas textuales que la guerra originó y que, por supuesto, siguen librándose, el relato de Orwell es un texto canónico en la escritura de guerra en general y un punto de referencia en el imaginario colectivo sobre la guerra civil española. El historiador Pierre Vilar; superando su escasa simpatía por las posiciones políticas del autor; lo formuló de una manera algo rocambolesca: «La imagen de un país (incluso cuando es inexacta) que proyecta un testimonio con gran audiencia (incluso cuando sus razones son discutibles) se convierte en parte de la historia de este país» (19). Estamos, en efecto, ante un libro singular por varios motivos. De entrada sería conveniente aclarar algunas confusiones suscitadas por el título mismo, “Homenaje a Cataluña”. Por una parte, para varias generaciones de lectores de todo el mundo es posible que haya significado una carta de presentación sobre la existencia de un pequeño país, «Cataluña», cuyas posibilidades de proyección internacional eran escasas bajo el régimen de uniformismo cultural y lingüístico impuesto por la dictadura franquista. Sin embargo, Orwell prácticamente no se refiere a cuestiones de identidad nacional ni pondera el peso del republicanismo catalanista en el conflicto. El «homenaje», para decepción de nacionalistas catalanes adulados por el título, apunta principalmente a la actitud idealista y fraternal de algunos milicianos catalanes. «Cataluña» se usa como un referente simbólico, una sinécdoque, en la que el todo, en realidad, nos remite a la parte. En mi opinión, lo que quiere sin duda celebrar Orwell en su título es la epifanía política que ha vivido en Cataluña, una revelación ideológica que va a marcar su futura obra literaria. Mi propuesta es leer el título como si contuviera una elipsis: «Homenaje a [los días que viví en] Cataluña».

Vale la pena señalar, por otra parte, que la primera edición del libro debe considerarse un fracaso editorial. En 1950, el año de la muerte prematura de Orwell a los 46 años, sólo se han vendido 900 ejemplares de la primera edición y no existe aún edición americana. En la actualidad se venden muchos más ejemplares del libro en un año que en toda la década posterior a su publicación. Parece lógico pensar que la pervivencia del libro se aseguró, en gran medida, gracias al sensacional éxito de las dos últimas novelas del autor (“Rebelión en la granja” y “Mil novecientos ochenta y cuatro”) que comportó la reedición de sus obras anteriores y que explica la pronta aparición de una compilación de su obra ensayística y periodística, así como de buena parte de su correspondencia (“Collected Essays, Journalism and Letters of George Orwell”, 4 vols.,1968). En cualquier caso el libro es, hoy, un valioso y valorado testimonio sobre la revolución española, escrito por un participante que, gravemente herido en el frente, consigue sobrevivir para explicar la profunda fractura ideológica que se abre entre las fuerzas de izquierda y que hace eclosión en las calles de Barcelona en mayo de 1937. Ahora bien, más allá de su valor «histórico» o de los curiosos avatares de su publicación, “Homenaje a Cataluña” es para el lector de hoy una sutil aportación a la literatura autobiográfica y la importancia del libro está, finalmente, en la habilidad del autor para «narrativizar» la historia, para crear una secuencia significativa que utiliza sabiamente los mecanismos del relato ficcional para describir la experiencia humana, es decir el tiempo y la memoria. Veamos algunas de las estrategias textuales del narrador que demuestran hasta qué punto Orwell intentaba en este libro contar toda la verdad, en sus propias palabras «sin violar mis instintos literarios» (“Why I Write”, 1946). El escritor activa una serie de estrategias textuales que refuerzan la impresión de verosimilitud. Las más evidentes ya aparecen en el primer capítulo del libro. Son las siguientes:

a) Aunque predominan las formas verbales de pasado típicas del reportaje directo, el narrador intercala claras referencias al tiempo transcurrido entre el momento de los hechos y el momento de la escritura: «Fue a fines de diciembre de 1936, hace menos de siete meses-, y sin embargo es un período que ha quedado muy lejos del presente…» «En aquel momento no me di cuenta de…». El lector asume, pues, que el narrador cuenta su historia con el beneficio de la reflexión posterior (con la «emoción evocada en la tranquilidad» que reclamaba Wordsworth) de manera que el «ahora» y «aquí» con el que empieza el relato ya aparece cargado de sutiles insinuaciones que invitan a la cautela ante las primeras impresiones. Es decir; aunque el mensaje central del libro (la versión oficial de los hechos que propaga la prensa comunista-liberal no es cierta) no va a hacerse explícita hasta los capítulos finales, el lector está siendo «entrenado» para aceptar que, en aquella guerra, las cosas no son lo que parecen, que las primeras impresiones pueden resultar falsas: «Creí que todo era lo que parecía… Qué natural me parecía todo entonces; qué remoto e inverosímil en la actualidad…».

b) El narrador se sitúa continuamente dentro y fuera de la narración. Es, al mismo tiempo “insider” y “outsider”. Si admite emoción o entusiasmo en sus contactos personales (el afecto por el miliciano italiano, las virtudes de los voluntarios catalanes, etc.) se apresura a desactivarlos con comentarios que muestran la capacidad «objetiva» de un narrador que analiza la realidad desde fuera. Los entusiasmos espontáneos se neutralizan con contrapuntos irónicos propios de un observador foráneo (los milicianos tienen hábitos extraños, algo repugnantes incluso, como beber de una vasija de vidrio que llaman «porrón» y que se parece demasiado a un orinal de hospital sobre todo cuando contiene vino blanco… Son ineficientes y aplican el irritante «mañana» hispánico para resolver los problemas… comen unas salchichas rojas que saben a jabón y producen diarrea). Es decir; si el narrador comparte los ideales de sus compañeros lo hace con criterio y no cegado por alguna efusión emocional descontrolada que no cabría esperar de quien es capaz de mantener una mirada «antropológica» sobre la conducta de los milicianos.

c) Como en las novelas del siglo XVIII, el autor interrumpe la voz narrativa con comentarios sobre los motivos de la obra. Por ejemplo, inmediatamente después de unos párrafos elogiosos sobre las milicias, añade: «Pero éste no es un libro de propaganda y no quiero idealizar a los milicianos del POUM». Se trata, en realidad, de una invitación al lector para que no dude de la bondad de los objetivos esenciales del grupo y se muestre indulgente con sus posibles limitaciones.

d) El recorrido que transcurre entre el cándido idealismo político a la conciencia de la revolución traicionada se refleja en la narración en una serie de viajes (Londres/ Barcelona/ Aragón/ Barcelona/ Aragón/ Barcelona/ Londres) que sirven al narrador para alcanzar, gradualmente, su revelación política. Los viajes de retorno ofrecen una pauta discursiva de contrastes y antítesis entre la acción y la reflexión que juega un papel fundamental en la organización del texto. El primer capítulo ya contiene esta estructura de fuga musical. Se inicia con la llegada a Barcelona y la incorporación voluntaria del protagonista a las milicias «porque en aquel momento y en aquella atmósfera parecía lo único razonable» y termina con su salida en el tren atestado hacia la meseta aragonesa y las posiciones del frente de batalla. Este primer viaje hacia el riesgo personal anticipa, en una imagen invertida, el memorable párrafo final del libro con la descripción del viaje hacia la seguridad personal y la placidez del «profundísimo sueño de Inglaterra».

e) El primer capítulo nos muestra un narrador dado a descripciones detalladas y minuciosas sobre aspectos como la vestimenta de los milicianos que tienen la función de acentuar su credibilidad. El lector, acostumbrado a tanta precisión realista sobre aspectos periféricos o colaterales de la guerra, aceptará sin susceptibilidad las dolorosas «verdades» sobre aspectos esenciales del conflicto que aparecerán posteriormente.

f) El narrador evita cualquier tentación de presentarse como un héroe luchando en una contienda heroica. En este sentido son reveladoras las dos primeras frases del capítulo tercero: «Hay cinco cosas importantes en la guerra de trincheras: la leña, la comida, el tabaco, las velas y el enemigo. Aquel invierno, en el frente de Zaragoza, fueron importantes en ese orden, con el enemigo en ultimísimo lugar». Gracias a comentarios de este tipo el lector reconoce en el narrador la voz del soldado raso, del hombre pragmático y con sentido común que, ajeno a la retórica de las abstracciones grandilocuentes del Alto Mando, es el que intenta hacer el trabajo de verdad. Orwell sabe que los lectores de los años treinta tienen vivos los ecos amargos de los combatientes en la primera guerra mundial. Las novelas de Remarque, de Hemingway o de Graves, los poemas de Owen, de e.e.cummings o de Sassoon han vacunado al público contra la propaganda bélica y contra cualquier representación sublimada de los desastres de la guerra.

En fin, creo que estos ejemplos son suficientes. Orwell es un narrador autoconsciente que organiza sus materiales con una voluntad de estilo y que entiende que el relato autobiográfico, para ser eficaz, debe someterse a una estructura narrativa escrupulosamente planificada. El miliciano Eric Blair luchó al lado de los milicianos del POUM y sintió la imperiosa necesidad de contar algunas verdades incómodas. Si sus compañeros fueron, finalmente, vindicados fue, sin embargo, porque aquel miliciano escribía como George Orwell.

Pero, más allá de todas esas consideraciones quizá lo fundamental como ha recordado Christopher Hitchens [“La victoria de Orwell”, 2003], es que Orwell acertó en su antiimperialismo, su antifascismo y su antiestalinismo. En los tres campos fue especialmente precoz y eso le obligó, a pesar suyo, a nadar contracorriente por los “ismos” de su época y a meterse en continuas controversias. Con el beneficio del tiempo transcurrido, la figura de Orwell aparece tocada de una dignidad esencial. Tuvo que escapar de España, herido y refutado por todos los costados y, sin embargo, su lucha para resolver las propias contradicciones y las del tiempo que le tocó vivir parecen iluminar los túneles más oscuros de aquel siglo XX vertiginoso y atroz. Sus victorias, políticas y literarias, han sido, inevitablemente, póstumas. Analizarlas con perspectiva histórica, situarlas entre las pasiones más generosas y las más criminales de su generación, y acaso celebrarlas entre la elegía y la admiración puede resultar un ejercicio útil posiblemente necesario, para reconciliarnos con su tiempo y con un pasado que es el nuestro.

Barcelona, marzo de 2003
Notas

(1) Alberto Lázaro fue el primero en advertir de una manera competente y detallada esta anomalía. Ver su estudio sobre las traducciones al castellano y al catalán de la obra de Orwell en Lázaro, A., (ed), “The Road from George Orwell: His Achievement and Legacy”, Peter Lang, Berna, 2001, (págs. 71-92).

(2) Fenner Brockway, personalidad histórica de la izquierda británica, fue presidente del llamado «Buró Internacional» que agrupaba a los partidos socialistas independientes europeos que abandonaron la II Internacional. En virtud de su cargo visitó España, donde realizó numerosas gestiones ante el gobierno para intentar esclarecer la desaparición de Andreu Nin y protestar por el proceso de ilegalización del POUM. Véase M. Berga, «De la “Justicia Social” de Reus a la “House of Lords” de Londres: Conversa amb Lord Brockway», “L:Avenç”, 40, Barcelona, 1981.

(3) Pèrles, A., “My Friend Henry Miller”, Londres, 1955, págs. 158-159.

(4) “Homenaje a Cataluña”, página 65 de esta edición.

(5) “HC”, pág. 72.

(6) “HC”, pág. 103.

(7) “HC”, pág. 132.

(8) Entrevista del autor a Enric Adroher, “Gironella”, 19/5/1983.

(9) Entrevista del autor a Ramón Fernández Jurado, 12/8/1983.

(10) Véase documento 13 de esta edición, pág. 57.

(11) “HC”, págs. 218-225.

(12) Véase documento 51, pág. 377.

(13) Véase documento 68, pág. 440.

(14) Véase documento 62, pág. 409.

(15) Véase documento 17, pág. 251.

(16) Carta de George Orwell a Geoffrey Gorer, 16/8/1937. Peter Davison no incluye este documento en la presente edición.

(17) “HC”, pág. 221.

(18) Véase documento 62, pág. 409.

(19) Vilar, P., “Història de Catalunya”, vol. 1, Edicions 62, Barcelona, 1987.

Sobre el autor: Berga, Miquel

Ver todas las entradas de: