Un libro de Santos Julía, Fondo Taurus 2004, Historias de las dos Españas (Ignacio Iglesias, 2005)

Texto publicado en Iniciativa Socialista nº 75, primavera 2005
El profesor Santos Juliá, historiador de la máxima solvencia y al que siempre leemos con fruición, nos ofrece ahora un voluminoso texto -más de 500 páginas- sumamente atractivo, que obliga al lector a poner la máxima atención y serena retina. Los temas que trata son múltiples y van desde la decadencia de España -hecho ya bastante estudiado y comentado con mayor o menor acierto, tanto por expertos historiadores como por amateurs, por decirlo así, entre los que me cuento-  hasta la dictadura franquista, pasando por los intentos de los liberales a partir de las Cortes de Cádiz, en 1812, de enderezar el rumbo del país, el papel de los intelectuales en la vida política y otras cuestiones de idéntica importancia.

¿Las dos Españas? El título del libro ya incita a la discusión. ¿Quién sacó a colación este término tan trillado? Lo que sabemos es que lo usaron no pocos, desde Larra a  Balmes, Menéndez Pelayo, Maeztu y sobre todo Ortega y Gasset e incluso el historiador portugués Fidelino de Figueiredo, que escribió sobre As dues Espanhas. En cambio negó tal expresión Américo Castro, a quien tanto debe la historiografía española. En efecto, ¿por qué dos Españas? ¿Por existir dos sectores, uno conservador y hasta reaccionario, cerrado a cal y canto a todo cambio, a la más mínima transformación del país, y otro reformista, progresista, ansioso de salir del estancamiento? Mas esta situación suele darse en otros países, en casi todos los países, divididos entre derechas e izquierdas, conservadores y progresistas. Sin embargo, nadie ha oído de la existencia de dos Francias o de dos Gran Bretaña, pongamos como ejemplo. Lo de las dos Españas debe ser, pues, una excepción española.

¿Cuándo se inicia la decadencia de España? Las opiniones difieren. Para Santos Juliá se torció la historia de nuestro país con la llegada al trono del príncipe Carlos, el futuro Carlos V, escaso de años, falto de experiencia, ignorante de las leyes, de los usos y hasta del habla de la nación que iba a gobernar. Mal aconsejado, violó sus juramentos y venció a la nación que se había alzado en armas en defensa de sus fueros. A partir de ahí, desembarazada de frenos, la potestad real abrió cimiento al régimen absoluto que acabó con la libertad de España y preparó su decadencia y ruina… Entre los cristianos viejos, los actores de la Reconquista, surgió la preocupación por la limpieza de la sangre y el rechazo de los trabajos de artesanía, de comercio y menesteres intelectuales. Para ser consejero de Carlos V había que tener padres, o por lo menos cuatro abuelos que fueran labriegos, pero labriegos propietarios de las tierras y en modo alguno labriegos que las trabajan. ¿Cómo España no habría de caer, inexorablemente, en franca decadencia?

Otro factor importante que facilitó esa decadencia fue el papel de la Iglesia. Me parece que Santos Juliá no insiste lo suficiente en ello. Esa preponderancia política de la Iglesia arranca sobre todo del reinado de los Reyes Católicos. A partir de entonces se fue acabando la tolerancia que existía respecto a las comunidades judía y musulmana.  Mientras en otros países, en particular los del norte de Europa, que también eran religiosos, la conciencia de su identidad colectiva y nacional se basaba en motivos seculares, como muy bien apuntó Américo Castro en uno de sus libros, en España fue todo lo contrario. La función desempeñada por la Iglesia católica, apostólica y romana a lo largo de la historia de nuestro país ha sido -y lo sigue siendo aún en estos inicios del siglo XXI- profundamente retrógrada, opuesta siempre a la más mínima reforma progresista. Su influencia incluso se hizo sentir en las Cortes de Cádiz, que tantas ilusiones despertó en la corriente liberal. Por ejemplo, el artículo 12 de la Constitución aprobada afirma que “la religión de la nación española es y será perpetuamente la católica, apostólica y romana, única religión verdadera”. Y cabe recordar que entre los constituyentes figuraban los hombres más progresistas del país.

Puede afirmarse que toda la historia del liberalismo español, desde las Cortes de Cádiz hasta la primera República, o sea desde 1812 a 1873, no pasó de ser otra cosa que un “querer y no poder”. Nunca lograron conservar el poder las escasas veces que lo tuvieron. El gran momento de los liberales fue la primera República, mas tampoco entonces aprovecharon ese gran momento. Joaquín Maurín, en su libro Los hombres de la dictadura, de 1930, escribió: “La República de 1873 ofrece la particularidad de que fue proclamada por los monárquicos y destruida por los republicanos”. En efecto, en las Cortes de entonces, surgidas de las elecciones de un año antes, los republicanos sólo contaban con una sesentena de diputados, siendo proclamada la República por 258 votos favorables y únicamente 32 en contra. Por desgracia los Figueres, Salmerón, Castelar y Pi y Margall fueron unos excelentes ideólogos, pero pésimos políticos. La República en sus manos se mostró incapaz de llevar adelante los anhelos revolucionarios del pueblo español. Practicaron una política que no se diferenció gran cosa de la de los monárquicos. Al general Pavía le resultó muy fácil dar su golpe de Estado y restaurar la Monarquía borbónica.
Santos Juliá dedica unas cuantas páginas de su libro a los tres intelectuales católicos más sobresalientes en el siglo XIX español: Donoso Cortés, Jaime Balmes y Menéndez Pelayo. La particularidad que distingue al primero es que su pensamiento político tuvo mayor resonancia en el extranjero -en Francia y Alemania, sobre todo- que en la propia España. Puede afirmarse que Donoso Cortés fue el gran profeta de la dictadura contrarrevolucionaria. Refiriéndose a él, escribe Santos Juliá  que “se empleó con todo su vigor a demostrar que en circunstancias dadas -o sea, las de 1848-, la dictadura era un gobierno legítimo, bueno, provechoso…”. Como se sabe, 1848 fue el año en que estalló la revolución en Francia y se propagó rápidamente por gran parte de Europa, revolución que se llevó a cabo enarbolando la bandera de la libertad política, es decir, la soberanía popular y el sufragio universal. Es igualmente el año en que Marx publica su opúsculo La lucha de clases en Francia. Y en 1848 gobernaba en España el general Narváez, con una política autoritaria, de mano dura.

Balmes, el clérigo catalán, fue según Santos Juliá, “el más agudo analista de la política española que haya dado el mundo católico en el siglo XIX, el que echa sobre sus hombros la tarea de darle la vuelta, aunque partiendo de similares elementos, con objeto de negar la implicación liberal y sustituirla por una conservadora”. Y añade que Balmes se proponía “reconstruir las bases sociales de la monarquía y de la Iglesia, después de una revolución como la de 1835, que ha desamortizado y puesto en venta los bienes eclesiásticos y limitado los poderes de la Corona”. Éste era el pensamiento de Balmes.

El tercer hombre de esa trilogía fue Menéndez Pelayo, el cíclope que sabía todo y escribió sobre todo lo humano y divino. Es el que merece más atención por parte del autor de Historias de las dos Españas, lo cual es lógico si se tiene en cuenta que fue el que ejerció mayor influencia en la derecha española. Este católico, apostólico y romano a machamartillo tuvo como programa, según nuestro autor, estas palabras del propio Menéndez Pelayo: “Una fe, un bautismo, una grey, un pastor, una Iglesia, una cruzada, una legión de santos. España evangelizadora, martillo de herejes, luz de Trento, espada de Roma, esa es la grandeza de España; no tenemos otra”. Con esta cita queda dicho todo. Y no obstante Luis Araquistáin, poco sospechoso de ser de derechas, en una conferencia pronunciada en la Universidad de Berlín, en 1933, consideró a Menéndez Pelayo como “uno de los hombres más geniales y fecundos que ha producido España en el curso de su ya larga historia cultural”. Fecundo, lo fue sin la menor duda, pero sorprende que Araquistáin niegue su sectarismo: “este pretendido sectáreo y tradicionalista, según los que no le conocen, los que le han leído, si son imparciales, reconocerán en él uno de los intelectuales más libres y comprensivos que ha producido España…”. Verdad es que años más tarde, en su libro El pensamiento español contemporáneo (Buenos Aires, 1962), Araquistáin, comentando uno de los escritos de Menéndez Pelayo, escribió: “Este es el lenguaje de un fanático y, como tal, ciego a los hechos más evidentes de la historia”.

En la lectura del libro de Santos Juliá nos encontramos -y no podía ser de otro modo- con los hombres de la llamada generación del 98, o sea con Unamuno, Baroja, Azorín, Maeztu, etc. Después de los intelectuales católicos, los iconoclastas, los anarquizantes, convertidos más tarde algunos de ellos en reaccionarios de tomo y lomo, como Maeztu, o Azorín. En 1898 se produjo un acontecimiento de la máxima trascendencia: la guerra hispano-norteamericana, que supuso un gran desastre para España, “desastre nacional”, se dijo entonces. Las consecuencias fueron la pérdida de Cuba, Puerto Rico y más tarde las islas Filipinas, es decir, de los últimos restos del imperio de antaño. La decadencia de España la llevó a su total ocaso. Para los hombres del 98 ese desastre debía suponer el punto de partida de un proceso de regeneración del país. Era el deseo de todos los regeneracionistas, pero al fin y al cabo todo quedó en lamentos. Con razón señala Santos Juliá: “Ganivet, Unamuno, Maeztu, Baroja, Martínez Ruiz, Maragall, disfrutaban haciendo literatura a base de la degeneración, parálisis y muerte de España…”. En efecto, literatura, acompañada eso sí, de una actitud de refunfuñar y gruñir contra todo y contra todos. El autor del libro que nos ocupa escribe lo siguiente: “Pero Martínez Ruiz, anarquista y libertario adscrito a la propaganda por el hecho y convencido de que su misión consistía en la protesta constante contra el orden público, contra las leyes, contra las costumbres y contra la moral admitida, pasó a ser, tras la consabida crisis, Azorín, maurista y hasta andando el tiempo, ciervista, sin cambio perceptible de sus actitudes políticas básicas: ambos, Martínez Ruiz y Azorín, enemigos de la democracia. Y Maeztu, aunque se tomará más tiempo y emprenderá sus nuevos rumbos tras años de lejanía, estudio y reflexión, podrá presumir también de un variado surtido de etapas; como Baroja, que se tuvo en algún  momento por anarquista y luego aspiró a una concejalía del Ayuntamiento de Madrid apuntándose al Partido Radical de Alejandro Lerroux (…). Por  no hablar de Ramón Valle de la Peña, un carlisto/anarquista, o tal vez un anarco-carlista, que muy pronto se convertirá en don Ramón María del Valle-Inclán y que andando el tiempo mostrará su repulsa por Primo de Rivera y su admiración por Mussolini…”. En resumen: lo evidente es que la actitud de todos esos escritores no pasó de ser mero radicalismo verbal, sin el menor entronque con las fuerzas vivas del pueblo español.

El autor de Historias de las dos Españas expone con la máxima claridad la evolución del nacionalismo catalán, que se inició como simple regionalismo, para luego, paulatinamente, convertirse en la reivindicación de Cataluña como nación (señalemos que Santos Juliá omite de su análisis el nacionalismo vasco, quizá para no alargar aún más su libro). Esta pretensión de ser algo más que una región deriva del hecho de tener una lengua propia y una literatura. Quien vio a Cataluña como una nación independiente fue Prat de la Riba. Mas desde él hasta la Esquerra Republicana de hoy, francamente separatista, existe un largo trecho, que Santos Juliá expone con nitidez. Al comienzo de ese camino, cuando las quejas no se habían transformado en exigencias, sobresale la figura de Rubiò y Ors, que se esforzó en salvar la lengua catalana, dándole una distinción nueva al purificar el habla del pueblo -sorprendentemente Santos Juliá no le menciona- participando así al surgimiento político del nacionalismo. Sí menciona a Almirall, que sentó las bases de un nacionalismo republicano y de izquierda, enfrentándose así a la derecha monárquica dirigida por el obispo de Vich, Torras i Bager. La derecha catalanista estuvo representada por la Lliga de Catalunya, a cuyo frente estaba Francisco Cambó, heredero de Prat de la Riba. Cambó, figura sobresaliente del capitalismo financiero e industrial en Cataluña, fue perdiendo su influencia sobre el nacionalismo a medida que intensificaba sus relaciones con Madrid, hasta tal extremo que en 1918 figuró en un gobierno presidido por Maura. Defendió el golpe militar del general Primo de Rivera, si bien le fue retirando su confianza cuando la dictadura entró en crisis. El nacionalismo recuperó su fuerza con la caída de la monarquía y la proclamación de la República, en 1931, del mismo modo que resurgió impetuoso al desaparecer la dictadura de Franco. Hoy día, como todo el mundo sabe, plantea con más vigor que nunca el convertir a Cataluña en nación. Y es que el nacionalismo está sumamente extendido en la población catalana. Se me antoja, quizás me equivoque, que los partidos catalanes son, antes que nada, catalanistas y luego socialistas, comunistas, republicanos o lo que sea.

Anteriormente nos hemos referido, siguiendo a Santos Juliá, al papel desempeñado por los intelectuales de la generación del 98. Este último reproduce los reproches que les hizo José María Salaverría en uno de sus artículos: “Unamuno elogiando la pobreza y el africanismo españoles; Azorín, paladeando el gusto de esos pueblos muertos y tristes de Castilla, y Valle-Inclán abandonándose en brazos del carlismo, momia ancestral”. Todos ellos se conforman con protestas verbales. Y como escribe Santos Juliá, “no llaman al pueblo a la acción, como sería lógico esperar de quienes se sienten angustiados por su pasividad, tampoco proponen una campaña organizada, alguna agrupación o asociación, ni exigen la convocatoria de elecciones limpias”. Según nuestro autor, a Ortega y Gasset  “corresponde haber definido para el periodo abierto con la Semana Trágica y no cerrado hasta la proclamación de la República” lo que sería un intelectual y “la función que a la intelectualidad corresponde”. Desafortunadamente Ortega, genuino liberal, sentía un profundo desdén por las masas, siendo así que al mismo tiempo la masa obrera irrumpía con ímpetu, como evidenció la huelga general de 1917, que paralizó el país.

El fin de la dictadura del general Primo de Rivera acarreó la caída de la monarquía y la proclamación de la República. A las nuevas Cortes constituyentes fueron como diputados bastantes intelectuales, lógico puesto que según escribió Azorín la República la habían hecho posible los intelectuales, opinión que peca de un exceso de exageración. La República, que tantas ilusiones despertó en el pueblo, no supo o no pudo solucionar los problemas que venía arrastrando España desde hacía muchísimos años. Es cierto que se encontró con la oposición de los anarquistas, de los comunistas y de las derechas, que no tardaron en rehacerse de su derrota de 1931. Y así se llegó a la sublevación militar de Franco y la mayoría de los generales, cuyo triunfo trajo como consecuencia el exilio de bastantes intelectuales, sin duda los más relevantes, los cuales pasaron a enseñar en las Universidades de toda América, desde Estados Unidos a Argentina, o bien nutrieron las redacciones de los periódicos. Mientras tanto las Universidades españolas sufrieron la ausencia de sus catedráticos, exiliados o víctimas de la depuración que el franquismo llevó a cabo. Durante bastantes años reinó en todas ellas un atroz silencio.

No obstante la férrea dictadura que reinaba en el país, éste no escapó a los cambios que acontecieron en Europa después de la segunda guerra mundial. Existía una España oficial y una España real, cada día más distante una de la otra. Julián Marías en sus Memorias escribió: “Llevaba algún tiempo dándome cuenta de que el régimen español, nacido de la guerra, no tenía porvenir. Durante algunos años había estado sostenido por la victoria, por la impresión de dominio absoluto sobre el país, con una engañosa impresión de perennidad”. Bastantes intelectuales se fueron separando del régimen franquista y entraron en oposición al mismo e iniciaron su relación con gente del exilio. En febrero de 1959, tuvo lugar en Colliure, pueblecito rosellonés, un homenaje al poeta Antonio Machado, muerto y enterrado en dicha localidad francesa. Asistieron bastantes jóvenes intelectuales, procedentes de Barcelona y Madrid, así como varios exiliados. Unos meses más tarde se celebró en Loumarin, en la Provenza francesa, donde está enterrado Albert Camus, un encuentro de intelectuales de varios países, al que concurrieron algunos españoles. (Conservo un fotografía en la que aparezco acompañado de Laín Entralgo, Cela, Julián Marías, Aranguren y José Luis Cano). Y tres años más tarde, en Munich, Alemania, el Consejo Federal Español, con el patrocinio del Movimiento Europeo, reunió a numerosos intelectuales llegados de España y a otros españoles exilados. Derechas e izquierdas dejan de lado sus diferencias y refrendan su oposición al franquismo. El acontecimiento provocó una violenta reacción del gobierno de Madrid y de la prensa a sus órdenes. ¿Cómo Santos Juliá ha omitido referirse en su libro a estas tres reuniones?

Las últimas páginas de Historias de las dos Españas están dedicadas a comentar las vicisitudes de Falange, punta de lanza del franquismo en sus primeros tiempos. Su influencia comenzó a apagarse con la unificación de todos los grupos, impuesta por Franco, a la que siguieron las exigencias de los generales victoriosos, que no estaban dispuestos a ceder su influencia, y más tarde la ascensión de los tecnócratas del Opus Dei. El grupo de intelectuales falangistas, Ridruejo, Laín Entralgo, Aranguren y Tovar, con alguno más, había fundado la revista Escorial, que según Santos Juliá abrió a todos sus puertas y que antiliberal por su contenido fue liberal por su talante. Fue este grupo el que paulatinamente se fue apartando del régimen hasta entrar en franca oposición. Las nuevas generaciones universitarias comenzaron también a exigir libertad política. Por apoyarlos fueron encarcelados Ridruejo, Miguel Sánchez Mazas, Tamames, Múgica, Javier Pradera, Gabriel Elorriaga y Ruiz Gallardón. Comenta Santos Juliá: “Fueron los primeros en llegar a la cárcel; luego vendrían más, porque los manifiestos no pararon: la cárcel se convirtió a partir de entonces en lugar de encuentro de universitarios e intelectuales procedentes de los grupos políticos que comenzaron a germinar desde la primavera de 1956”.

Lo ocurrido después es de sobras conocido. No obstante la debilidad del régimen, roído por sus contradicciones propias y sobre todo anacrónico en la Europa surgida de la segunda guerra mundial, hubo que esperar a la muerte del generalísimo para que se iniciase un cambio decisivo en España. El franquismo se debilitaba día a día, mas frente al mismo no existía una fuerza suficiente para derrocarlo. La represión llevada a cabo a lo largo de casi cuarenta años de hegemonía fue tan extensa y dura que el miedo aún persistía en gran parte de la población. Las organizaciones políticas y sindicales de izquierda habían sido suprimidas y gran parte de sus dirigentes fusilados. Esas organizaciones surgieron de nuevo en los años últimos del franquismo, pero obligados a actuar en la clandestinidad, lo que mermaba en grado sumo su influencia en la clase obrera. Todo cambió con el fallecimiento del dictador, ya que se inició un periodo de transición que permitió la legalización de los partidos políticos y de los sindicatos, lo cual facilitó que los socialistas, por vez primera en la historia de España, ocupasen el poder en 1982. El Gobierno de Felipe González logró el ingreso del país en la Unión Europea, alejando así a España de la Edad Media.
Historias de las dos Españas es una lograda síntesis de la actuación de los intelectuales españoles a lo largo de los siglos XIX y XX. Es, en suma, un trabajo de enjundia que cabe agradecer a su autor, el historiador Santos Juliá.

Sobre el autor: Iglesias, Ignacio

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