Burocracia y capitalismo de Estado (Ignacio Iglesias, 1951)

Este ensayo fue publicado en La Batalla, periódico del POUM en el exilio, editado en París, en los números 101 (25 de agosto de 1951), 102 (10 de octubre de 1951), 103 (12 de noviembre de 1951) y 104 (15 de diciembre de 1951).

Ignacio Iglesias escribió unos meses después un estudio bastante más extenso sobre la cuestión rusa que fue publicado en POUM (Cuadernos de La Batalla) con fecha 15 de agosto de 1952 con el título «La URSS: de la revolución socialista al capitalismo de Estado». El Comité Ejecutivo del POUM en el exilio había nombrado a José Rebull y a Ignacio Iglesias para redactar dicha ponencia, aunque la redacción fue efectuada por Iglesias, reflejando el punto de vista de ambos. Un resumen del trabajo de Iglesias dio lugar en diciembre de1952 a un «Proyecto de resolución sobre la cuestión rusa» suscrito por Rebull, Balaguer, Bonet, Roc, Rodes e Iglesias.

I
Los fenómenos nuevos no pueden ser definidos como viejos conceptos sin caer en el inevitable peligro de situarse ipso facto fuera del tiempo y del espacio de la época. Esta mentalidad estática y en el fondo conservadora, supone un retraso de décadas en la comprensión de los acontecimientos, resultando algo así como situarse de espaldas a todo cuanto la vida social ofrece de nuevo o de particular. El conservadurismo intelectual y la pereza mental, que en las más de las ocasiones se confunden e
identifican, invitan al uso y abuso de los viejos cánones, al empleo de las fórmulas corrientes heredadas del pasado, al simple y vulgar encasillado, en una palabra, al esquematismo.

Así, cuantas veces nos enfrentamos con el problema tan de nuestro tiempo del carácter de clase del Estado ruso, surgen en el campo mismo del movimiento obrero las voces cansinas de los aferrados a las definiciones vetustas, que sólo alcanzan vigor para anatemizar a cuantos nos negamos a compartir esa gran mixtificación que en la URSS nos ofrece el estalinismo. Por ejemplo, uno de los simpáticos pontífices del trotskismo actual ha escrito últimamente que los conceptos de capitalismo de Estado y de imperialismo soviético son ideas propias de la burguesía, compartidas poco más o menos por todos aquellos que se niegan a «prendre parti dans la gigantesque lutte de clase qui se développe a l’echelle mondiale, si ce n’est pour passer avec armes et bagages dans le camp de la bourgeoisie» (1). Este lenguaje nos es tan conocido que no nos merece mucha atención. Señalamos, no obstante, un hecho bien claro: para los trotskistas sólo existe hoy por hoy una manera de tomar partido, que no es otra que la de abrazar la causa estalinista. Muchas gracias.

La primera particularidad que nos ofrece la URSS es el carácter de su burocracia. No se trata en este caso de una supervivencia del pasado, es decir, de una herencia del viejo estado zarista legada al nuevo Estado surgido de la revolución victoriosa de octubre. Los teóricos del marxismo, de Marx a Lenin, apuntaron más de una vez los peligros que suponía esa herencia, por lo que insistieron en la necesidad imperiosa de destruir el antiguo aparato burocrático. Pero nada dijeron sobre la posible eventualidad -que en la URSS se convirtió en realidad- de un renacimiento de la burocracia sobre bases nuevas,
cuestión que por cierto plantearon Bakunin y el mismo Proudhon. La burocratización de la URSS no correspondió a la influencia de la burocracia del aparato estatal zarista, sino que se realizó merced a la paulatina degeneración del propio partido bolchevique. Fue, pues, la burocracia del partido, la nueva burocracia surgida en su mismo seno, la que gracias a su ejercicio del poder pudo burocratizar el Estado también nuevo. Esa degeneración del partido bolchevique es harto conocida para que merezca ser explicada. Sus causas son múltiples, la primera su abandono de toda perspectiva revolucionaria internacional para acogerse a la engañosa teoría del socialismo en un solo país, resultando esencialmente contrarrevolucionaria. Y al igual que toda contrarrevolución siguió un proceso de violencia, como atestigua la destrucción y aniquilamiento físico de los mejores cuadros del bolchevismo.

En estas condiciones no podemos atenernos a cuanto sobre los peligros de burocratización cernidos sobre todo nuevo Estado obrero han escrito los clásicos de la doctrina marxista. Mejor dicho, siendo aún válidos en general para toda revolución
socialista triunfante, no lo son por lo que a la URSS en particular se refiere. El caso de este país sedicente socialista es el de una burocracia surgida en el seno del partido bolchevique, que ha llegado a dominarlo por completo así como al propio estado, con el cual se confunde. y aquí tropezamos con otra cuestión no menos actual: la de si esta nueva burocracia triunfante constituye o no una nueva clase social. Ciertos doctrinarios rebosantes de puro empirismo alegan que la burocracia no puede constituir una clase social en el lato sentido de la palabra, por el hecho de que el Estado es una superestructura política y que en buena doctrina marxista las clases sólo pueden formarse en la infraestructura económica de la sociedad. Sin embargo, esta especie de silogismo seudomarxista tampoco es valedero por lo que a la URSS respecta, dada su realidad social. ¿Es qué desde el momento en que el estado se convierte en el dueño absoluto de la economía la infraestructura económica y la superestructura política no tienden a confundirse? Habiendo destruido todo asomo de democracia obrera y libre por
tanto de todo control, la burocracia se halla a horcajadas del resto de la sociedad asumiendo las funciones de las antiguas clases poseedoras y disfrutando de algunos de sus privilegios. Ante tal realidad, poco importa que los casuístas la denominen «capa social» o «casta dirigente» en lugar de nueva clase social. Para todo socialista que aspira al establecimiento de una sociedad que se encamine de veras hacia la desaparición de las diferencias sociales existentes ya la extinción del Estado, lo que cuenta en la cuestión de la URSS es que allí se ha restablecido la relación de dueño a servidor tanto ene el terreno