Aquellos tres días de julio… ( Ignacio Iglesias, 1967)

Reseña aparecida en Ibérica (nº 12, volumen 15, Nueva York, 15 de diciembre de 1967) de la obra de Luis Romero Tres días de julio (Ed. Ariel, Barcelona,
1967)

Confieso que me está resultando bastante sospechosa esa insistente afirmación, lanzada un poco a voleo, de que la juventud española se muestra en la hora actual totalmente indiferente por todo cuanto concierne a la guerra civil. No puedo imaginarme, en efecto, que los jóvenes vuelvan la espalda al pasado inmediato o alcen los hombros ante un hecho de trascendencia tal que ha cambiado por completo la faz del país. Si las cosas son como son es por algo; y ese algo es el resultado de nuestra guerra. Por lo tanto el cómo y el porqué de la misma no pueden ser indiferentes a ningún español, joven o viejo. ¿No será más bien que la juventud española está harta de la propaganda oficial, es decir, de la deformación premeditada y permanente de los hechos? ¿No se sentirá ahita de ese “triunfalismo” eregido en dogma y recordado a cada instante, festejado año tras año, sin otro propósito que mantener la división de los españoles en vencedores y vencidos? Esa supuesta indiferencia tal vez no pase de ser una actitud defensiva ante esa especie de lavado de cerebro franquista. En suma: la juventud española se muestra indiferente, por no decir incrédula, ante cierta visión de los hechos que se le quiere imponer manu militari; asimismo muestra incredulidad e indiferencia ante los que, obnubilados por aquel período histórico que va de 1931 a 1939, se muestran incapaces de situar el actual problema político en términos concretos y realistas. Y esto es todo.

Prueba irrefutable de que aquellos años interesan a los españoles, sin duda a los jóvenes en primer lugar, es la abundancia de toda clase de obras -de carácter histórico o meramente novelesco- referentes en primer lugar a la guerra civil. Las editadas en estos últimos tiempos deben sumar un buen número y no pasa semana sin que la bibliografía se acreciente en tal o cual lengua, pues el tema interesa a los estudiosos del mundo entero. En España, amén de las ediciones del Ministerio de Información -que no interesan ni poco, ni mucho, ni nada-, se publican biografías, estudios y monografías tendiente casi todo ello a reivindicar unas personas y unos hechos que no disfrutan de popularidad alguna ante las nuevas generaciones, a las cuales se les quiere imponer la mera propaganda como si fuese la pura verdad histórica. También sale a la luz alguna que otra novela, en la que la guerra civil aparece como telón de fondo, cuando no como escenario principal. Por ejemplo, el Premio Planeta -el mejor retribuido de todos: más de un millón de pesetas- acaba de ser otorgado a Ángel María de Lera por su novela Las últimas banderas, que por lo visto se desarrolla durante los últimos días de la guerra en Madrid. (Digamos, de paso, que Ángel María de Lera fue comisario político en el ejército republicano, que estuvo condenado a muerte y que pasó ocho años en la cárcel.) Y uno de los mayores éxitos de venta durante estos meses últimos correspondió al libro de Luis Romero “Tres días de julio”.

A este libro queremos referirnos hoy. Como es fácil adivinar, esos tres días son los del 18, 19 y 20, tan capitales, tan decisivos en la historia de España. El autor no ha querido hacer la novela de la guerra civil y tal vez acertó. Es más bien una crónica o reportaje de sucesos verdaderamente históricos. Ya en el prólogo nos lo advierte: “Escribo una crónica de tres días sucesivos, no una obra literaria de lucimiento”. Y en esa crónica Luis Romero se limita a narrar los hechos, sin establecer juicio alguno, sin juzgar a las personas. No cabe duda que a medida que la perspectiva resulta mayor, que con los años aumenta la distancia, se desvanecen los subjetivismos, los partidismos, para dar paso a una objetividad más amplia, a una serenidad de mejor ley que no es precisamente imparcialidad hermanada con la indiferencia, sino veracidad pura y simple. Luis Romero creyó sin duda, y tuvo razón, que había llegado el momento de presentarnos los personajes y la atmósfera de esos tres días trascendentales, junto con los actos de los mismos, de manera escueta como pinceladas nítidas. La técnica de la acción simultánea empleada le ha permitido llevarnos de una ciudad a otra, de un lugar a otro, hasta presentarnos la situación general imperante entonces gracias a situaciones parciales que aclaran el conjunto. Su condición de buen novelista le ha permitido salvar airosamente las infinitas dificultades de tal tarea.

La nota sobresaliente en “Tres días de julio” es, repito, la veracidad. “He tratado de perseguir la verdad”, escribe Luis Romero en el prólogo. Persiguiéndola pasó tres años viajando por España y el extranjero, celebrando entrevistas, interrogando personas, enviando cuestionarios a la gente que no pudo ver, leyendo libros, revisando documentos, compulsando datos y verificando fechas. Pocas veces autor alguno puso en su tarea tanto tesón e interés en hallar la verdad, no la de tal o cual, sino la verdad desnuda, situándose para ello, “no en medio, sino en cada uno de los puntos cuya sucesión forma la línea ideal por donde los hechos pasaron, y dar así una interpretación cuya unidad y rigor estuvieran hechos de multiplicidad”. Merced a este ímprobo esfuerzo pudo reunir una documentación amplísima y debidamente contrastada, a través de la cual surge clara una veracidad que nadie podrá discutir. El autor nos dice: “He tratado de perseguir la verdad, me he esforzado por escribir la verdad, me he aplicado en reconstruir la verdad y estoy seguro de haberlo conseguido en muchísimos casos a pesar de que la verdad sea de suyo escurridiza y en ocasiones subjetiva, cambiante y plural. Si es cierto que he tropezado con quienes consciente o inconscientemente han tratado de desfigurarla, regularmente arrimando el ascua a su sardina (no tanto por partidismo político como por vanidad personal), deseo con satisfacción hacer constar que en la gran mayoría de las personas entrevistadas, la búsqueda de la verdad se hacía patente en la manera de hablarme y en la manera de escucharme.”

La base del libro es necesariamente documental e histórica. Aporta datos, noticias y detalles inéditos o poco conocidos. Y por vez primera nos es dable a los actores de entonces y a los lectores de ahora tener una visión de conjunto, gracias a la sucesión rápida de estampas que nos hacen pasar de una ciudad a otra, de un lugar a otro durante aquellos tres días primeros de la guerra civil, cuando nada menos que el destino de España se jugó en la calle. Romero sólo ha novelado tal acto o tal personaje cuando los datos de que dispuso no resultaban lo suficientemente veraces como para poner sin titubeo un nombre, para responder históricamente de un hecho. Pero este recurso novelístico resulta casi mínimo, aunque a lo largo de las seiscientas y pico páginas del libro transluce el arte de novelista del autor, especialmente dotado para describir con vigor y a la par sencillez las personas y las cosas, para hacer revivir en forma viva y directa esos tres días que en la casi totalidad de las capitales de España fueron el preludio sangriento de tres años de guerra civil. Su pluma nos lleva, pues, de los despachos de los gobernadores civiles a las capitanías militares, de los cuarteles sublevados a los locales sindicales, de la finca de Estoril donde el general Sanjurjo se preparaba para ponerse al frente del movimiento insurreccional al Palacio de Oriente, donde el Presidente Azaña reunía a los ministros para tratar de defender la República. Y todo en medio del desorden, del desconcierto, ante una situación que no ofrecía precedentes válidos.

La lectura resulta a fin de cuentas exaltadora y también acogedora. No en vano se nos describen unos días de tragedia y de pasión, de horror y de admiración, de cobardía y de heroísmo. Pero considero que el valor supremo de este libro auténtico, insobornable, verídico, es, sin ser verdaderamente historia, situar históricamente unos hechos irrefutables, que nada tienen que ver con la leyenda interesada, con los mitos impuestos. Las jóvenes generaciones, sobre todo, podrán comprobar cómo se preparó una sublevación militar que, valiéndose de todas las argucias, de todas las trampas, de todas las traiciones, sin mostrar el menor escrúpulo, quiso acabar con una República moderada, reformista. La reacción española se mostró entonces tal como siempre ha sido, tal como es: egoísta, violenta, intransigente. Y así asistió el mundo entero a ese curioso espectáculo de unos titulados nacionales que se levantan contra la nación, de unos supuestos patriotas que ensangrientan la Patria, de unos llamados católicos que en nombre de Cristo matan a mansalva, de unos militares que en nombre del honor reniegan de su juramento, de unos eclesiásticos que hablan de Cruzada y se ayudan de los moros… Léase “Tres días de julio” y se verá cómo se produjo la provocación, fría, metódica, bien preparada; cómo no dudaron un solo instante en jugarse alegremente la vida de un millón de españoles. El autor del libro no ha querido extraer lección alguna, sin duda esperando que cada lector las sacará por su cuenta. También nosotros lo esperamos. Ojalá cada joven español pueda leer estas páginas estremecedoras con la máxima serenidad, desde luego, pero asimismo con la debida atención para extraer las conclusiones que se imponen.

Por lo demás, lamentando no poder extendemos más sobre un libro que de veras lo merece, queremos terminar con las propias palabras finales de Luis Romero: “De mis conclusiones personales deseo anticipar una: a ningún precio los españoles deben repetir un 18, 19 y 20 de julio por muy gloriosas que tirios y troyanos consideren esas fechas. A ningún precio, lo repito, la máquina de matar debe ponerse en marcha porque después no hay quien la detenga. Y para evitarlo, digo yo, que los dirigentes políticos deben esforzarse en que los ‘enemigos’ no lleguen a serlo, y se queden en ‘adversarios’, y que éstos tienen que ser escuchados antes que el aullido de las armas impida oírlos. y esta actitud era válida para los días de julio de 1936 y sigue siéndolo para cualquier época”.

15 de diciembre de 1967

Sobre el autor: Iglesias, Ignacio

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